Jueves, 03 Diciembre 2020 05:41

¿Hay que "profanar" a Jacques Lacan?

¿Hay que "profanar" a Jacques Lacan?

Por un psicoanálisis irreverente

 

En 1983 Jean Laplanche, con ánimo provocador, se preguntaba si no había que “quemar a Melanie Klein”.[1] Casi cuarenta años después, con menos vocación inquisitorial, nos conformamos con preguntar si no hay que “profanar” a Jacques Lacan. Según el filósofo Giorgio Agamben, profanar significa devolver lo sagrado al uso común, hacerlo profano, restituyendo lo que permanece aislado, separado en la esfera de lo divino.[2] En ese sentido, podríamos decir que profanar implica desacralizar, desdivinizar, rehumanizar. A su vez, esa profanación permite nuevos usos terrenales, como el juego, el pensamiento y la creación. Es que un saber sagrado, como un evangelio, sólo se interpreta o se difunde, pero no se cuestiona. No se lo usa de manera crítica ni lúdica.

Cuando el psicoanálisis se concibe a sí mismo como una práctica extraterritorial, como un saber soberano y sin contexto, se convierte en una cosmovisión totalizadora que, desde su propio púlpito, se autoriza a medir o juzgar otros saberes y prácticas.[3] Por esa vía, el psicoanálisis tiende a sacralizarse, apartándose de la esfera de lo terrenal. A veces se vuelve tan doctrinario que resulta imposible entenderlo a partir de categorías que no sean, ellas mismas, sagradas. Sin embargo, cuando el psicoanálisis renuncia a ese carácter divino, admite nuevos usos y permite la invención. Recupera su poder cuestionador. Se abre incluso a nuevas relaciones con otros saberes y prácticas que lo interpelan.[4] Se deja seducir por problemas que no lo contaminan, sino que lo fecundan. Y lo mismo ocurre, podría pensarse, con aquellos que lo adoptan, lo practican y le dan una vida renovada.

En la Argentina, además de conocer una formidable expansión, el psicoanálisis sufrió la sacralización casi desde un principio, cuando en los años ’50 y ’60 las teorías kleinianas, en algunos espacios, llegaron a transformarse en una suerte de culto ritualizado. Sin embargo, al mismo tiempo, en sus “formas profanas” (que algunos consideran desviadas, impuras o bastardas), el psicoanálisis fue el motor de pensamientos y acciones originales, desde Pichon-Rivière, Bleger y Baranger hasta Masotta, sin olvidar “la experiencia del Lanús”.[5] Posteriormente --sobre todo en la universidad--, las ideas lacanianas tomaron para muchos el relevo del lugar sagrado que antes había ocupado el kleinismo, haciendo del analista francés un ícono casi incuestionable (o en todo caso un demonio, que no es más que el reverso de lo mismo). Así, desde los ’80, en nuestro país, el lacanismo dejó de ser un saber contracultural para convertirse en un discurso hegemónico muy arraigado y altamente institucionalizado. No sería errado aventurar que, hoy en día, Lacan está más vivo en Buenos Aires, La Plata, Córdoba o Rosario que en París. ¿Pero a qué precio?

Por eso, retomando la pregunta inicial, casi como un anhelo, respondemos que sí, que hay que “profanar” a Jacques Lacan. Hay que perderle el respeto en el mejor de los sentidos. Hay que franquear esa distancia que lo canoniza para posibilitar sus usos terrenales, para reinventar a diario un psicoanálisis “no todo”, entreverado con los desafíos de su tiempo, que es el nuestro. En el pasado y en el presente, son muchos los que lo han usado (y lo usan) de manera imaginativa, sin convertirlo en credo, sin transformarse en feligreses. Es que el mejor modo de asumir una herencia es aceptar que la fidelidad absoluta es un ideal imposible, que sólo nos lleva a convertirnos en guardianes del templo en el que se conservan los restos de un legado.[6] Ante esa perspectiva, más vale explorar las diversas formas de la “traición”, que no congelan el pasado, sino que, de manera irreverente y cotidiana, lo ponen a trabajar, convirtiéndolo en promesa, forjándole un porvenir.

Alejandro Dagfal es psicoanalista (UBA, CONICET, Biblioteca Nacional).

Texto escrito como presentación de un taller en el marco del XII Congreso Internacional de la Facultad de Psicología de la UBA, del 27 de noviembre pasado.


[1]
Laplanche, J. (1983). Faut-il brûler Melanie Klein? Psychanalyse à l’Université, 32 (8), 559-570.

[2] Agamben, G. (2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

[3] Castel, R. (2014). El psicoanalismo. El orden psicoanalítico y el poder. Buenos Aires: Nueva Visión.

[4] Derrida, J. (2000). États d'âme de la psychanalyse: l'impossible au-delà d'une souveraine cruauté. París: Galilée.

[5] Dagfal, A. (2009). Entre París y Buenos Aires. La invención del psicólogo. Buenos Aires: Paidós.

[6] Derrida, J. (1999). Sur parole. París: Éditions de l'Aube.

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Jueves, 29 Octubre 2020 05:27

Psicoanálisis y sistema

Psicoanálisis y sistema

La organización de las relaciones entre el sujeto y sus allegados

 

Como psicoanalistas, con los elementos a los cuales podemos/logramos acceder, buscamos construir un sistema. Para dar cuenta de este sistema, debemos acudir al lenguaje, puesto que el lenguaje determina el grado de organización del sistema construido.

Desde el psicoanálisis, entendemos que el grado de organización de un sistema puede expresarse en palabras y, a la vez, construir conjunciones significativas entre letras, palabras, demás funciones del lenguaje y números que, también, dejan constancia de la importancia de los términos matemáticos en la organización del sistema.

De esta forma, el grado de organización de un sistema es proporcional a la medida de información que brinda, mientras que el grado de desorganización de un sistema es proporcional a la medida de su entropía. De tal modo, el significado que nos proporciona un sistema depende de su grado de organización/desorganización.

Si esta concepción la aplicamos al estudio de los trastornos psíquicos, nos encontramos con que las perturbaciones psicológicas expresan los grados de desorganización/organización de las relaciones entre el sujeto en cuestión y sus allegados.

Pensemos un caso: para este individuo la mañana era una perturbación. No había modo de reemplazar esa molestia por otra cosa. Al inicio, era una leve molestia, pero con el tiempo se fue transformando de una perturbación en un trastorno y empezó a ser difícil de soportar. La consecuencia: disminuir o abandonar la cantidad de comida y el desinterés por su calidad, ya que le daba lo mismo “alimentarse”. Lo que era una simple perturbación se ha convertido en un “síntoma/trastorno alimenticio”.

Como manifestamos, este síntoma/trastorno expresaba problemas existentes entre el sujeto en cuestión y sus allegados, con los cuales componía un sistema. Se trataba de un sujeto que había conformado una personalidad definida dentro del sistema en el cual estaba incluido. Este individuo se instituía en un elemento sujeto/sujetado a esta organización sistémica que definía de forma precisa las relaciones materiales y simbólicas entre los elementos que la constituían. No obstante, sin saberlo, aquel individuo rechazaba “alimentarse”, “ser alimentado” y/o ser materia de la organización del sistema.

Por Juan Carlos Nocetti, psicoanalista.

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Imagen: AFP

Cómo tramita el sistema de salud la muerte y el duelo en pandemia

Con la crisis sanitaria, quedó excluido el devenir social y comunitario del tratamiento de la muerte. Los límites de los hospitales y el lugar de los cuidados paliativos.

 

Una doble bolsa la separaba del cuerpo de su marido. Entre lágrimas y acuclillada, pronunció que cuidaría de sus cinco hijos y prometió que serían todos buenas personas. Luego se detuvo un instante. Levantó la cabeza para alcanzar la mirada del encargado de la morgue, y sintiendo la impaciencia del hombre, volvió la mirada a la bolsa. Se levantó, y sin mirar a nadie en particular, dijo: “No puedo, no puedo abrir la bolsa. Discúlpenme. No tengo el coraje”. Comenzaba a sacarse el equipo de protección cuando el encargado de la morgue le indicó que lo hiciera afuera y lo descartara en el tacho de bolsa roja.

Una vez en el estacionamiento, su vecina, quien la acompañaba, insistió con la necesidad de ver el cuerpo: “Yo puedo hacerlo, no me impresiona”, dijo. Contaba en su vida ya muchas pérdidas y había pasado por esa situación antes. Por mi parte, pensaba que si tenía que volver y pedirle al encargado de la morgue que volviera a sacar el cuerpo para que lo reconociera la vecina me iba a mandar a la mierda. Les aseguré, tal y como me lo habían explicado, que el protocolo de reconocimiento del cuerpo sigue pautas muy estrictas y estaba garantizado por el hospital, que no teníamos dudas de que ese fuera el cuerpo. Sostenida por el mismo tono de voz, les dije que aquello era una despedida y que si veía o no al cuerpo de su marido no era el punto. Podía elegir no verlo. Aceptaron la explicación. ”Sé que era él, por el tamaño. Es que él era petiso, doctora”.

Las invité al jardín del hospital. Era un día de sol, y nos sentamos en uno de los bancos más alejados conservando cierta intimidad. Ella pudo decir del miedo a no saber con qué se iba a encontrar si abría la bolsa y el temor a quedar capturada por una imagen horrorosa. Miedo a que no fuera su marido, pero esta vez por la diferencia entre aquello que esperaba ver y lo que iba a encontrar. El recuerdo, la descomposición, la realidad, la imagen.

La diferencia entre un reconocimiento del cuerpo y una despedida es que mientras para el primero existen protocolos, para la segundo no.

“A veces, cuando una tiene a las personas con una no dice lo que siente, y entonces después las pierde y eso duele. Hay que decir. Yo pasé por muchas pérdidas, enterré a mi nieta de un año y medio, y ahora mi nuera está embarazada. La vida te da y te quita, es así. Duele y no se entiende. Pero es así cuando uno ama”.

Ella, atenta a las palabras de su vecina, llevó su mano al pecho.

--Gracias por permitirme decirle a mi marido eso que tenía acá. Ahora ya puede descansar.

La mujer del relato, como tantas otras personas, se despidió una tarde de su marido en la Unidad de Febriles del Hospital. Veinticinco días habían pasado desde entonces.

En el relato de los familiares en duelo advertimos el dolor y las dificultades que genera la imposibilidad de acompañar en los tratamientos, la falta de despedida y en muchos casos incluso la imposibilidad de reconocimiento del cuerpo. La incredulidad ante la muerte y la fantasía de errores que pudieran desmentirla son procesos característicos de la activación de mecanismos psíquicos de defensa frente a lo traumático de la pérdida. Estos escenarios se potencian por la imposibilidad de una participación sensible y activa de los familiares: imposibilidad de ver, decir, escuchar, asistir, tocar.

Cuidados Paliativos es una especialidad interdisciplinaria que produce su conocimiento en el acompañamiento de personas con enfermedades incurables, progresivas y amenazantes para la vida. Desde sus cimientos, esta especialidad entiende la muerte como un hecho de impacto fuertemente social y habla de “unidad de tratamiento”, lo que incluye al paciente y a su entorno significativo, reconociendo la importancia de dirigir las intervenciones en ambas direcciones.

Ver es fundamental para la inscripción de lo acontecido. Se sabe de la dificultad extrema en el duelo cuando, como es el caso de los desaparecidos, no hay un cuerpo efectiva y tangiblemente fallecido que soporte la idea de su muerte. De allí la importancia de los rituales funerarios. Pero en el funeral se compone además una elaboración social hecha de fragmentos, retazos y contrastes. Podríamos aventurar que la despedida de alguien depende de la construcción de un relato respecto de su existencia: ¿de qué existencia es este desenlace?

Para que ese relato exista, son necesarios testigos que puedan soportarlo. Es imprescindible que existan otros dispuestos a acompañar, escuchar, mirar, preguntar, conmoverse, afectarse y reírse. La participación sensible desborda la tarea de ver, tanto para los familiares como para los lazos comunitarios, incluidos allí los profesionales de la salud.

Esa mañana en el jardín del hospital improvisamos un funeral y compusimos una despedida.

Ante la multiplicación de los fallecimientos y contemplando tanto el impacto emocional como el enorme costo social de las dificultades en el proceso de duelo en los familiares se publicó recientemente un protocolo para posibilitar las visitas de familiares en situación crítica o ante la proximidad de la muerte. Pese a esto, no existe aún en todos los hospitales públicos la implementación sistematizada y de forma justa de esta tarea, teniendo por consecuencia transformar eso que podría ser un derecho, en el privilegio de algunos familiares que consiguen por insistencia, querella o empatía que les sea posibilitado, lo que para otros es inviable.

Quedan dudas respecto de la disponibilidad de equipos de protección suficientes y la posibilidad de llevar el protocolo adelante en salas donde los profesionales se encuentran desbordados de trabajo. Existe también en los profesionales de la salud la pregunta por los propios recursos de afrontamiento y la capacidad de brindar contención emocional ante la difícil tarea de ser testigos del dolor, ahora también el de los familiares.

Fueron muchas las transformaciones que produjo en la tarea asistencial la pandemia y la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Entre ellas, obligó a que el tratamiento de la muerte quedara prácticamente en forma exclusiva en manos del sistema de salud, recortando su devenir social y comunitario. Es esa participación la que hoy se reclama y se pone en el centro de escena, haciendo notar las consecuencias de su falta. Sin embargo, resulta necesario observar que el tránsito por esta situación extrema y excepcional pone en evidencia la actitud que caracteriza a nuestra época y cultura frente a la muerte, lo espinoso que resulta el tema y el tratamiento sintomático que en consecuencia hace de ella el sistema de salud. Habitamos un paradigma curativo y técnico, que tiende a colocar la lucha contra la enfermedad como su objetivo y a entender los límites que encuentra como fracaso. En este contexto la tarea de curar es privilegiada por encima de la de cuidar.

A la hora de poner en práctica los protocolos, se evidencia la insuficiente preparación de las instituciones hospitalarias y sus profesionales para afrontar la difícil tarea de asistir y acompañar en el proceso de morir. A su vez, en los programas de formación médica son escasas las referencias al entrenamiento en herramientas técnicas especialmente necesarias en casos de enfermedades limitantes para la vida: técnicas comunicacionales, estrategias de contención emocional, manejo de la empatía y compromiso personal, construcción de la alianza terapéutica y toma de decisiones difíciles.

Es habitual escuchar cómo el temor al desborde emocional y la percepción de falta de recursos para su contención por parte del personal sanitario deriva en actitudes de distanciamiento emocional y evitación. Philippe Ariès hace corresponder esta actitud con el tratamiento de la muerte que caracteriza nuestra época, en tanto que “si los médicos y las enfermeras retasan lo máximo posible el momento de avisar a la familia, y si jamás se deciden a alertar al propio enfermo, es por temor a verse comprometidos en una cadena de reacciones sentimentales que tanto a ellos como al enfermo o la familia, les harían perder el control de sí”.

En este tiempo se han reunido e implementado en muchos hospitales públicos equipos interdisciplinarios de cuidados integrales para la contención emocional y asistencia de pacientes y familiares; para ello, especialistas en Cuidados Paliativos hemos sido convocados por nuestra experiencia en la tarea. Desde ya, resultaría por demás beneficioso aumentar la disponibilidad de este recurso especializado, tanto durante la pandemia como más allá de ella, siendo que nos encontramos muy lejos de alcanzar el acceso a los cuidados paliativos a todo aquel que lo requiera, tal lo contemplado en la Ley de muerte digna sancionada en el año 2012. No obstante, podemos también reconocer en este escenario excepcional una invitación a repensar las representaciones que nos atraviesan culturalmente y en consecuencia a nuestro sistema de salud, para que estos saberes y prácticas de cuidado consigan instalarse como característica transversal de la tarea asistencial.

Ana Azrilevich es psicóloga especialista en Cuidados Paliativos.

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Jueves, 11 Junio 2020 06:06

Retrato de relatos

Retrato de relatos

El teléfono y el psicoanálisis

Esa tarde tenía que entrevistar a tres pacientes. El primero a las 16, el segundo a las 17 y el tercero a las 18.30. Los había llamado a cada uno y, finalmente, tenía frente a mí la imagen, en la pantalla del teléfono celular, del tercero de ellos.

El primero era un abogado que ocupaba el escritorio de una empresa de construcción. El segundo era un deportista que cumplía la función de director técnico de un equipo de fútbol. El tercero, un economista que controlaba los gastos de un ferrocarril. Estos gastos aparecían, en estos momentos, sin control --en palabras de mi paciente--. Si los gastos seguían mucho tiempo sin control --decía el paciente-- se corría el riesgo de destrucción de los vagones y de descarrilamientos.

La imagen de mi teléfono celular, si bien retrataba a mi paciente y me permitía observarlo, pese a no encontrarse personalmente frente a mí, no me permitía definir con claridad sus sentimientos.

La posibilidad de acceder a la imagen de mi paciente, que mi teléfono ofrecía, no era de una manera tal que salvara la distancia física. Por eso, la sesión que posibilitaba la utilización de la videocámara de mi teléfono, con respecto al “cara a cara” en el consultorio, parecía disminuida.

Cabía, entonces, preguntarse si eso que sucedía a través de la pantalla del celular sería psicoanálisis o no lo sería.

El psicoanálisis trabaja con el lenguaje y con los sentimientos. El lenguaje aporta frases, relatos, palabras; los sentimientos registran alegrías y dolores, recuerdos gratos e ingratos.

En alguna medida, el teléfono permitía percibir lenguaje y sentimientos de mis pacientes. Desde esta perspectiva, el teléfono permitiría retener los valores que el psicoanálisis aporta.

Pero, también dijimos, la percepción de sentimientos no tenía claridad en la imagen retratada en la pantalla. De este modo, la pregunta permanecía abierta para el debate: ¿el teléfono permitía retener los valores que el psicoanálisis aporta?

Juan Carlos Nocetti es psicoanalista.

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Una niña mira desde su ventana al exterior en Madrid, durante el confinamiento. ÁLVARO GARCÍAAlvaro Garcia (EL PAÍS) 406

 Sociólogos, psicólogos y pedagogos piden que se permita a los niños salir como en Bélgica o Francia. Otros especialistas ven riesgos

 

Lucas, de 8 años, lleva la cuenta del encierro como un preso en Alcatraz. “Son 12, bueno, 12 días y medio sin pisar la calle. Menos mal que está Harry Potter”, dice. Cuando el Gobierno anunció el domingo una ampliación de 15 días del estado de alarma se llevó las manos a la cabeza: “¿Pero están locos estos políticos? No saben lo que es ser niño y estar encerrado un mes”.

La inquietud de Lucas es también la de las familias de los más de ocho millones de menores que no pueden salir de casa durante el estado de alarma. Aunque el pasado 17 de marzo, una modificación del decreto les permitió, al menos, acompañar a su madre o padre al supermercado en caso de quedarse solos en casa.

“Es curioso y sintomático que en los discursos del presidente se ha mencionado más a las mascotas que a los niños”, apunta César Rendueles, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. “Son vulnerables y deberían recibir una atención especial. Pero han desaparecido. Ni siquiera se está planteando si esto es sostenible para ellos”, alerta.

Mientras las familias españolas se atrincheraban en sus casas, países como Francia y Bélgica permitían que los niños salieran a la calle para pasear a pesar del aislamiento. “Salidas indispensables para el equilibrio de la infancia en espacios abiertos en la proximidad del domicilio, manteniendo la distancia y evitando todo encuentro”, recoge el decreto francés.

CULTURA ADULTOCÉNTRICA

Rendueles cree que la diferencia de estos países con España a este respecto es que la nuestra es una cultura adultocéntrica: “A la pobreza en las políticas de infancia se suma una sociedad donde los niños lo único que pueden hacer es no molestar. Y a ello se une el clasismo de quienes deciden los decretos: no es lo mismo vivir en un piso interior de 40 metros cuadrados, caldo de cultivo de violencia y estrés, que en un chalet de 200 metros con jardín”.

Pero en la vicepresidencia de Asuntos Sociales explican que sí se ha tenido en cuenta la vulnerabilidad de la infancia en esta situación y que se ha planteado un debate de forma interna. “Somos conscientes de que hay un derecho del niño y la niña al esparcimiento, pero estamos en una situación muy extrema y se están teniendo más en cuenta sus derechos a la salud y a la protección. Si se siguiera prolongando esta circunstancia nos plantearíamos otra respuesta para colectivos con una especial necesidad. La prioridad ahora mismo es parar la transmisión. Porque si por ejemplo permitimos la salida de los niños menores de 4 años con un adulto serían más de dos millones de personas por la calle lo que supondría una nueva situación de riesgo que no podemos permitirnos”, explica un portavoz.

¿Cuál es el riesgo real de que los niños salgan a la calle, de forma controlada? ¿Qué consecuencias podría tener para ellos y sus familias un encierro prolongado?

El argumento más repetido para justificar la clausura estricta es que pueden contagiar el virus. La microbióloga Silvia Carlos, profesora del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, explica que “el riesgo está en la socialización, y es difícil controlarla en niños. Tenerlos encerrados permite cortar la cadena de transmisión y nos hace conscientes del peligro”, explica por teléfono.

#CORONAINFANCIAS

La semana pasada una petición en la plataforma Change.org solicitaba flexibilidad en las restricciones para la movilidad de los niños, y en pocas horas lograron más de 5.000 firmas y hoy son casi 8.000. Esta semana Twitter se ha poblado de mensajes de niños en los que explican cómo viven el encierro con el hagstag #Coronainfancias. La autora del texto y la iniciativa, Heike Freire, es pedagoga y psicóloga. “Se habla de las necesidades fisiológicas de los perros, pero no de las de los niños. Y para desarrollarse adecuadamente necesitan la vitamina D del sol, moverse, correr y jugar. Y si este encierro se prolonga, puede tener consecuencias para ellos”, denuncia.

En casa de Lucas y Ana, los decibelios aumentan con los días. “Esto es muy agobiante”, dice el niño ante la enésima bronca. Freire explica que la situación irá a peor. “Es como una olla exprés. Y muchos niños ni siquiera tienen ventana, viven hacinados en pisos compartidos con varias familias o en situaciones de tensión muy extremas. Y existen maneras seguras de que salgan a la calle”.

Para la experta en microbiología de la Universidad de Navarra lo complicado es controlar cada movimiento de los niños en la calle. “Sería seguro si no se relacionan con más gente, si no tocan el mobiliario urbano, o si van en patinete o bici, pero ¿cómo lo controlas?”, plantea. Rendueles apunta que ahí hay una contradicción: “Los científicos consideran que las salidas controladas son aceptables, pero se presupone que los padres vamos a incumplir las normas. En cambio, a los paseantes de perros, o a los que van a la compra, no se les presupone esa culpabilidad”.

NO SERÁ DETERMINANTE

El neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, explica que las carencias que va a provocar este confinamiento no van a condicionar el desarrollo de los menores: “Para que tuviera consecuencias neuronales deberían pasar años. Les ocurrió a los Médici, pero pasaron su infancia encerrados en un palacio sin ver el sol, y cubiertos hasta las orejas”. Apunta a que el entorno familiar es el mejor para el desarrollo cerebral en un confinamiento. “Tienen cariño, estímulos y juego y es una oportunidad para estar en familia que siempre nos falta tiempo y podemos dedicárselo ahora. Es más estresante para los adultos, que no bajan el ritmo, que para los niños. Si se les explica bien, lo asimilan sin problema”.

Pero esta escena bucólica de madres y padres dedicados a contar cuentos y jugar con sus hijos dista bastante de lo que viven las familias, sobrepasadas por las tareas escolares y el teletrabajo. La psicóloga Beatriz Janín, del Forum de Infancias de Madrid, reconoce que los niveles de estrés no nos permiten mantener la calma, la paciencia, ni las ganas de jugar con ellos. “Los niños detectan los temores de los padres, y lo muestran estando muy demandantes, lloran sin motivo, se mueven sin parar, están agresivos, enfadados y comen sin medida. Es su manera de decir que ellos también lo sufren”, apunta. Y propone “escucharlos, crear redes de adultos (virtuales), compartir con amigos lo que está pasando, y que hablen con otros niños por teléfono o videoconferencia”.

El neurobiólogo recuerda que la situación extrema actual requiere de medidas radicales. “La amenaza de muerte es real, debemos ser responsables, y aprovechar para leer más a nuestros hijos, jugar, y cambiar el chip y no tratar de trabajar como si no pasara nada. Y si la curva se aplana, se podrán relajar las medidas”. Y concluye: “Saldremos de esta habiendo aprendido, pensado, y valorando más el trabajo de nuestros maestros, que se pasan ocho horas al día con nuestros hijos y aún nos atrevemos a reprocharles su trabajo”.

Las personas con discapacidad sí pueden salir

Tras decretarse el estado de alarma, varios colectivos de personas con discapacidad reclamaron que se permitiera que estas personas pudieran salir a la calle por motivos terapéuticos. La vicepresidencia de Asuntos Sociales cursó entonces una petición al Ministerio del Interior para que se incluyera esta excepción, y así se planteó en la disposición adicional del 19 de marzo que contempla: “Las personas con discapacidad, que tengan alteraciones conductuales, como por ejemplo personas con diagnóstico de espectro autista y conductas disruptivas, el cual se vea agravado por la situación de confinamiento (...) pueden realizar los desplazamientos que sean necesarios, siempre y cuando se respeten las medidas necesarias para evitar el contagio”. Aún así varias familias han reportado sanciones. Por eso, la plataforma Plena Inclusión recomienda solo “las salidas imprescindibles que impliquen actividades de asistencia o cuidado en la vía pública y de carácter terapéutico” y advierte de que esto no puede ser “un salvoconducto para toda salida”. Y apunta además que debe ser “durante el tiempo imprescindible, acompañados de una persona de apoyo, no se podrá entrar en contacto con otras personas para evitar el riesgo de transmisión, y se deberá presentar la documentación acreditativa de la discapacidad y los informes sobre su situación”. Sería el caso también de los niños hiperactivos que el estado de confinamiento les puede agravar su estado de salud mental y tendrán las salidas permitidas. Pero siempre deben aportar el informe que garantice su diagnóstico. Otro de los colectivos que preocupan en la vicepresidencia de Asuntos Sociales son los menores que puedan estar en riesgo de violencia intrafamiliar. “En estos casos se está haciendo un especial seguimiento vía telefónica de tal modo que al menos haya algún tipo de contacto tanto con los menores como con sus familias”, concluyó un portavoz.

23 mar 2020 - 19:03 COT

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La transferencia analítica y el "fin" del tratamiento psicoanalítico

Una vez abierta una puerta importante de acceso a lo inconsciente se instaura una suerte de flujo interminable. La prolongación en tiempo y espacio es lo que actúa como trabajo elaborativo del análisis.

 

La transferencia es comparable a la capa vegetal

existente entre la corteza y la madera de los árboles,

capa que constituye el punto de partida de la formación

de nuevos tejidos y del aumento del espesor del tronco

  1. Freud

Soy de la idea, sostenida por muchos analistas y por el propio Freud, de que el tratamiento psicoanalítico no tiene fin. Se interrumpe en el mejor de los casos de común acuerdo entre el analista y el analizante, pero puede continuar por otros medios una vez instalado. Por lo que entiendo que una vez abierta una puerta importante de acceso a lo inconsciente se instaura una suerte de flujo interminable.

La experiencia del análisis instaura un pensar otro que se establece como un “entre” donde ninguno de los dos partenaires sabe todo lo que dice ni piensa todo lo que sabe. Es que la transferencia analítica pone a trabajar un modo de comunicación que no es de uno hacia otro sino que genera un “entre” donde lo dicho constituye un nuevo decir del que surge lo impensado.

El tratamiento psicoanalítico no debería restringirse ni al espacio ni al tiempo de la sesiones. Su prolongación en tiempo y espacio es lo que actúa como trabajo elaborativo del análisis.

Sesiones con un espíritu

En un artículo muy singular y polémico el psicoanalista francés Didier Anzieu relata veintiuna sesiones que tuvo con un espíritu. Comenta que una joven colega le habla de una “terapeuta” que acaba de conocer. Es una mujer que, a las cuatro de la madrugada, piensa intensamente en las personas de las que se le ha dado el nombre, la dirección y Anzieu cree, no muy seguro, que también la profesión. Piensa en ellas gratuitamente tanto desde el punto de vista financiero como desde el punto de vista de las ventajas que ella podría obtener y Anzieu agrega, supongo que por necesidad personal de pensar en el prójimo. Esta terapeuta es libre de aceptar o rechazar a la persona que se le propone o que se propone. La cura dura veintiún días a continuación de lo cual parece que se manifiesta una mejoría del estado del destinatario.

Anzieu acepta que la colega le de sus coordenadas a esta terapeuta y le pide que lo prevenga sobre cuando empiece la experiencia para poder anotar los efectos eventuales que le sucedan.

Se sorprende que comentando a su entorno de la experiencia que va a iniciar diga lo siguiente: “dura veintiún días, a continuación de la cual yo estaré curado de mi Parkinson”. Aclara luego en su escrito “he aquí mi deseo de curación, de una curación medicamente imposible de una enfermedad incurable que surge en mi mente en la perspectiva de una intervención de esta ‘curandera’ que yo no conozco y que no me conoce”.

Luego transcribe noche a noche el diario de esa experiencia.

De su lectura uno va viendo la intensidad que toman los movimientos afectivos que le producen sus recuerdos íntimos y la ambivalencia en torno a la creencia en la eficacia del “tratamiento”.

La segunda noche escribe: “Tengo un breve debate interior: no creo en los espíritus, pero tengo que ser honesto conmigo mismo: creo sin creer en ellos. Sé que no existen, pero a pesar de todo, pueden manifestar sus efectos; la prueba es que después de la segunda noche esta desconocida que piensa en mí o más exactamente de la que yo pienso que piensa en mí, me hace bien”.

En la cuarta noche, teniendo después de muchos meses un buen descanso nocturno, ya que las convulsiones parkinsonianas han cesado, dice soñar mucho. Luego de comentar sueños y asociaciones plantea una inquietud que le oscurece el cuadro. Este espíritu con el que yo estoy en contacto, o creo estar en contacto, ha sido hasta ahora un espíritu benéfico. ¿Va a continuar siéndolo o va a convertirse en maléfico? “No importa” concluye, “me hace bien y me protege por la noche de mis perseguidores internos”.

El relato de Anzieu va tomando la forma de un análisis. Al final del texto donde reflexiona sobre la experiencia de esas veintiuna noches y días Anzieu comenta lo siguiente: “Con gran reticencia me resuelvo a publicar el diario de esta experiencia. Tengo el sentimiento de angustia de exponerme a las críticas acerbas de los lectores y más especialmente de los colegas. El ejemplo de Freud exponiendo su vida psíquica íntima en su obra es para mí un precioso estímulo”.

Termina su asombroso texto diciendo: “en tanto que yo sepa o que crea que otro piensa en mí, pienso existir y pensar”.

"Otro que piensa en mí"

Me quiero apoyar en el doble sentido de la expresión “otro que piensa en mí”, en tanto que se entraman en ella eso que en mi piensa y el otro que me piensa. ¿Este otro que piensa en uno en sus dos sentidos no es el principal motor de la transferencia analítica? Esto es, lo que anuda en la relación a un otro la experiencia del inconsciente.

El Espíritu con el que se “autoanaliza” Anzieu es, en su caso particular, un buen dispositivo para relanzar la transferencia analítica. Él se procura una manera de no hablar en soledad consigo mismo poniendo en juego un supuesto otro que lo piensa y a la vez un pensar otro. Abre así nuevamente un diálogo con su inconsciente.

Ahora bien, esa continuación del análisis por otros medios, ¿no estaría emparentada con lo que Freud denominó el trabajo elaborativo que se desarrolla en el tiempo más que en el espacio analítico?

El término alemán Durcharbeiten fue traducido al castellano de distintas maneras. La palabra alemana está compuesta del prefijo durch que significa a través y arbeit, trabajo, sería entonces trabajando a través, de extremo a extremo. Durch tiene su equivalente en castellano en el prefijo per, que connota intensificación, durabilidad, perdurable, durabilidad a través del tiempo. No es sencillo encontrar la forma adecuada que exprese lo que condensa la palabra alemana. Pero el sentido que se impone es el de un trabajo del psiquismo que perdura y que se intensifica en el tiempo.

A Freud se le fue haciendo claro, casi desde el comienzo de su labor clínica, que la eficacia de la cura no consistía solamente en la recuperación de lo olvidado ni de lo reprimido ni, finalmente, en hacer consciente lo inconsciente. Es entonces que aparece en su obra el concepto durcharbeitung.

Si uno sigue detenidamente su argumentación verá que pasa del recordar como objetivo terapéutico a ocuparse de los límites mismos de ese recordar, haciendo hincapié en lo que no puede ser recordado porque nunca fue consciente, lo incapaz de convertirse en recuerdo. Se refiere a lo prehistórico en la vida de un sujeto, tanto a los prototipos inconscientes que nunca serán conscientes como a lo visto y lo oído antes de poder hablar, que entretejen la escena primaria y que, si bien no poseen representación de palabra, insisten en emerger de diferentes maneras. Una es la que determina ciertos estados de ánimo.

Por lo tanto la fórmula de hacer consciente lo inconsciente no termina de abarcar lo que ocurre en la clínica psicoanalítica.

El trabajo elaborativo --señala Freud-- es constante en la cura pero actúa más en ciertas fases que en otras del tratamiento, y sobre todo cuando parece que éste está estancado, cuando se ha detenido; dominado por las resistencias, aunque esas resistencias hayan sido interpretadas. Agrega Freud que el trabajo elaborativo“puede constituir una penosa labor para el analizado y una dura prueba para la paciencia del analista”.

Freud afirma textualmente: “el trabajo elaborativo constituye parte de la labor que ejerce sobre el paciente la mayor acción modificadora, y la que diferencia el tratamiento analítico de todo influjo por sugestión. Teóricamente podemos equipararla a la derivación por reacción de las magnitudes de afecto aprisionadas por la represión, proceso sin el cual no lograba eficacia alguna el tratamiento hipnótico”.

Como se puede percibir, Freud entiende que la importancia que tenía la abreacción en el tratamiento por hipnosis ahora la tiene, en el tratamiento psicoanalítico, el trabajo elaborativo. Al decir esto Freud señala que lo que determina verdaderamente su eficacia no es la rememoración sino la per- elaboracion. El paciente consigue mediante el trabajo elaborativo que va llevando a cabo dentro y fuera de la sesión analítica no solamente una convicción profunda y afectivamente comprometida de lo que determina sus padecimientos sino que aprende a servirse y gozar de la experiencia del inconsciente.

Puede ampliarse en esta perspectiva lo que se concibe como escena transferencial, en tanto acoge no solamente lo memorable sino lo que nunca podrá ser recordado, la desmesura del inconsciente. En consecuencia, la neurosis de transferencia que se instala en toda cura analítica podría constituir no sólo la repetición en el aquí y ahora de lo reprimido dando lugar a su interpretación, sino que sería ya un comienzo de la per- elaboración de lo que nunca será consciente. Es decir, propicia futuro a cambio de destino.

Así como la interpretación surge de una memoria que retorna de lo reprimido abriendo caminos a producciones deseantes y la construcción analítica se dirige principalmente a lo rehusado y desmentido del discurso del Otro propiciándole al sujeto un sostén histórico representativo de su padecer, la per-elaboración posibilita --a semejanza del trabajo del sueño-- que lo no representable pueda asociarse a los impulsos del ello, logrando así una suerte de figurabilidad. Núcleo caudaloso del que se nutre tanto la producción artística como la transferencia analítica.

Si como conjeturamos la constitución de la neurosis de transferencia puede pensarse como el inicio del trabajo per-elaborativo, su instalación en el análisis ya es un avance de la cura y pergeña su continuidad por otros medios. Recordemos que Freud definía a la neurosis de transferencia como lo que se constituye entre la vida y la enfermedad. Esta concepción propondría un concepto de salud original, donde lo principal no sería la ausencia de enfermedad sino la constitución de un espacio “entre” que procese lo que de alguna manera es fuerza vital y padecimiento al mismo tiempo.

Estas palabras con las que Ives Berger se refiere al recuerdo de su madre muerta iluminan emotivamente este acontecer esencial que el psicoanálisis propicia. Las tomo de un pequeño libro llamado “Rondó para Bervely” que escriben y dibujan conjuntamente padre e hijo, John e Ives Berger, como homenaje tierno y bello a la mujer y a la madre amada.

Te veo con tus mejores galas, sonriente, con esa sonrisa tuya que guardo en el corazón.

Delante de mí está Noel Road, donde viviste algún tiempo antes de que yo naciera. Te imagino viniendo por ella, doblando la esquina, con esa misma sonrisa.

Tantas cosas son iguales y tantas son diferentes. Así es, mamá. Y si como me decías a menudo “no se construyó Roma en una hora”, puede que las cosas más importantes las llevemos muy dentro, desde el día en que nacemos hasta el día en que morimos. Sí, puede que lo que tú llevabas hace cincuenta años cuando cruzabas Noel Road lo lleve yo ahora, mientras estoy aquí sentado delante de la galería. Y si mis pinturas vienen de algún lado, creo que ese sitio podría estar entre tú y yo, entre entonces y ahora. Donde la vida no termina nunca.

Por Luis Vicente Miguelez, psicoanalista.

Publicado enCultura
Jueves, 19 Diciembre 2019 06:27

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

Como anunciaba Joaquín Estefanía en Estos años bárbaros (2015) la salida de la Gran Recesión ha convertido en estructural lo que durante la gestión de la crisis financiera se vendía como secuelas transitorias: el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, la desregulación de los mercados, la privatización de los bienes públicos, arrasando con los antaño derechos constitucionales en educación, sanidad, pensiones, prestaciones sociales. El neoliberalismo completa la revolución conservadora iniciada con Reagan y Thatcher en los años ochenta del pasado siglo con la conquista del Estado en beneficio de unos pocos. Para el fundamentalismo neoliberal, una vez dueños del mundo tras la caída del muro de Berlín, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un obstáculo, un residuo a suprimir, como lo son las políticas sociales de algunos Estados latinoamericanos (Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela…) iniciadas a contracorriente.

Se juega con el mito de la mejor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas públicas, cuando la toma de los gobiernos nacionales por el capital financiero, por ese 1% de la población mundial, no supone el adelgazamiento del gasto público, supone la venta de hospitales, pensiones y universidades del erario a los fondos buitres internacionales. Supone la acumulación ilimitada del capital, como previó Marx, más la también ilimitada invasión de la vida toda. La lógica del mercado configura subjetividades, cosifica las relaciones humanas, convirtiendo todo en consumo, competencia y, en definitiva, mercancía. Estrategia totalizadora, que pretende ir más allá del control de la economía, buscando imponer una cultura y un pensamiento único a nivel mundial. Un pensamiento que borre en el imaginario colectivo los grandes relatos que configuraron el sujeto de ayer, la ilustración, el freudismo, el marxismo. Se trata de forjar un sujeto neoliberal cuya ideología esté procurada por la publicidad y su el deseo copado por el consumo.

Los dueños de los medios seducen a la población con el ideal privatizador, convirtiendo la precarización del trabajo en un aliciente emprendedor, individualismo competitivo del que depende la persona y la sitúa siempre en continuo riesgo. Empresario de uno mismo, se pierde el vínculo social. El nosotros se convierte en un pronombre peligroso, cuando no se reduce a unas pocas personas o a la comunión de los estadios de fútbol. La vida se vuelve una competición en la que ya están definidos los ganadores, los detentadores del poder patrimonial y meritocrático y también los perdedores, los nadie, los desechos poco meritorios, los excluidos, el sobrante social del sistema productivo. Los determinantes sociales lo atestiguan. Por poner unos ejemplos: la renta media de los estudiantes de la Universidad de Harvard corresponde a la renta media del 2% de los estadounidenses más ricos. En Francia las instituciones educativas más elitistas reclutan a sus miembros en grupos sociales apenas más amplios (Piketty, 2015). O las desigualdades en la esperanza de vida, entre una clase social y otra; en un barrio u otro de la misma ciudad en cualquier parte del mundo. En Barcelona, la esperanza de vida en barrios como Torre Baró, en NouBarris, es 11 años menor que en Pedralbes. En el barrio de Calton, un barrio pobre de la ciudad de Glasgow, la población tiene una esperanza de vida de 54 años, una de las más bajas del mundo; a pocos kilómetros, en la rica zona de Lenzie, la esperanza de vida es de 82 años, una de las más altas de Europa (Maestro, 2017). Según un estudio reciente (The Lancet Planetary Health, Usama Bilal y Ana Diez Roux), dependiendo de la zona de Santiago de Chile la diferencia de esperanza de vida es de 18 años. El Chile que ahora explota en las calles y que ha sido vendido como modelo de desarrollo por el neocapitalismo durante las últimas décadas.

Las consecuencias en el sufrimiento psíquico son el incremento de los problemas mentales y sobre todo un estrés generalizado que se traduce en malestar, en infantil desesperanza, frustrado un deseo que nunca fue construido, que nunca tuvo el forjado necesario para perdurar. Enfermedades del vacío o quiebra de la identidad en la ausencia de un útero social.

En este presente, ante estas circunstancias, los interrogantes se vuelven hacia la asistencia social y el sistema sanitario, recolectores de la miseria social, donde la pregunta de entrada, parafraseando al sociólogo Jesús Ibáñez, estaría en si es posible en un sistema capitalista hacer una política de gobierno no capitalista (Ibáñez, 199p. 223). Llevada a la asistencia sanitaria y social, la pregunta es ¿si es posible una sanidad universal y equitativa, una salud colectiva en el contexto neoliberal? Su viabilidades la apuesta (retórica) de la socialdemocracia una vez que aceptó como el menos malo de los sistemas el capitalista. En su discurso: la vuelta a un Estado de Bienestar actualizado por la gestión privada. Pero la cuestión es ¿cuál es el precio de esta actualización, que por lo que sabemos hoy desvirtúa completamente los principios comunitarios y salubristas en los procesos llevados a cabo en Europa? (Desviat, 2016).

En cualquier caso, en esta contradicción se encuentra la ambigüedad y la insuficiencia de los Servicios Nacionales de Salud, de las propias leyes que los crearon en tiempos del Estado del Bienestar, dejando siempre la puerta abierta a la privatización de los servicios. En realidad, aún en los años de mayor protección social, la sanidad pública estuvo siempre condicionada a una financiación que privilegiaba a las grandes empresas farmacéuticas, tecnológicas y constructoras. Los gobiernos conservadores, pero también los socialdemócratas, mantuvieron la sanidad pública en sus programas, lo que además les permitía disminuir costes y acercar los recursos a la población atendida con un claro beneficio político electoral, mas al tiempo protegieron las infraestructuras de poder de la medicina conservadora y empresarial. La reforma sanitaria, y de la salud mental comunitaria, en sus logros de mayor cobertura y universalidad, se desarrolló siempre a contracorriente del poder económico, fueran ministros conservadores o socialistas.

De hecho, las ayudas económicas del Banco Mundial se acompañaron de la exigencia a los países de la reducción de la participación del sector público en la gestión de actividades comerciales y la disminución de los servicios sociales, convirtiendo en objetivo prioritario la privatización de la sanidad y las pensiones, al estilo de EEUU. Algo que queda claro en el informe de 1989 del Banco Mundial sobre financiación de los servicios sanitarios, donde se plantea introducir las fuerzas del mercado y trasladar a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones (Akin, 1987). Y en la pronta asunción de esta política por los Estados, empezando por el Reino Unido, que fue durante tiempo referencia por su aseguramiento público universal, como puede verse en documentos recientemente desclasificados del Gabinete de Margaret Thatcher, donde en un informe del Banco Mundial se dice textualmente que se deberá poner fin a la provisión de atención sanitaria por el Estado para la mayoría de la población, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestión privada, y que las personas que necesiten atención sanitaria deberán pagar por ello. Aquellos que no tengan medios para pagar podrán recibir una ayuda del Estado a través de algún sistema de reembolso (Lamata, Oñorbe, 2014).

La filosofía es trasparente: la salud es responsabilidad de la persona, del cuidado o no cuidado que haga con su vida, por tanto deben pagar por los servicios que consume. La sanidad deja de ser un bien público al que todas las personas tienen, por tanto, derecho. La ideología salubrista basada en el estilo de vida –cuide su comida, su hábitat, haga ejercicio, no corra riesgos—ignora los determinantes sociales, las condiciones de vida y de trabajo, que la salubridad que propone exige un cierto estatus social al que buena parte de la población no tiene acceso.

El hecho es que la quiebra de la universalidad deja fuera del sistema sanitario a colectivos vulnerables (desempleados de larga duración, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos…), al tiempo que los recortes presupuestarios deterioran los servicios asistenciales públicos, reducen la cesta básica, introducen el copago en medicamentos y suprimen prestaciones de apoyo (transporte, aparatos ortopédicos…). El Estado desplaza a los mercados la decisión de quien tendrá acceso a vivir y a cómo malvivir o morir. El paciente pasa a ser un cliente que puede ser rentable o no.

Pero hay otro fenómeno que hay que considerar al referirnos al sufrimiento singular y colectivo. Otro fenómeno al que enfrentar aparte de la falta de soporte social de los Estados y de la hegemonía del discurso conservador, la sustancial medicalización de la sociedad. La existencia de un Estado privatizador, la ausencia de una doctrina de salud y servicios sociales orientada al bien común, va a posibilitar el proceso de la mercantilización de la medicina, convertida en una importante fuente de riqueza, y consecuente medicalización y psiquiatrización de la población. Un proceso que tiene tres aspectos básicos, tal como enuncian Isabel del Cura y López García: uno, referir como enfermedad cualquier situación de la vida que comporte limitación, dolor, pena, insatisfacción o frustración (lo que podríamos definir como enfermedades inventadas); otra, la equiparación de factor de riesgo con enfermedad; y, por último, la ampliación de los márgenes de enfermedades (que sí lo son) aumentando así su prevalencia. Todo ello origina intervenciones diagnósticas y/o terapéuticas de dudosa eficacia y eficiencia(del Cura, Isabel; López García Franco, 2008). Hacer medicamentos para personas sanas era un viejo deseo de los laboratorios farmacéuticos, ahora el complejo médico-técnico-farmacéutico, aliado con los medios y con el poder político va más allá, con la fabricación de enfermedades. Ahora la estrategia funciona vendiendo no sólo las excelencias del fármaco sino, sobre todo, vendiendo la enfermedad. La depresión es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. La cosa es simple, buscamos o creamos un malestar (el síntoma), le otorgamos un diagnóstico (precoz) y comercializamos un medicamento o una nueva indicación para un medicamento ya en uso (un antidepresivo para la timidez o un ansiolítico para circunstancias adversas) o costosas pruebas de alta tecnología completamente innecesarias. Robert Whitaker, un estudioso del fenómeno del aumento de consumo delos de los psicofármacos en EE UU, describe rigurosamente en su libro Anatomía de una epidemia la implicación de las instituciones sanitarias, profesionales y de usuarios en la elaboración del relato que les ha convertido en el tratamiento psiquiátrico dominante tanto de trastornos mentales graves como de síntomas comunes de malestar psíquico, cuando no han servido para la creación de falsas enfermedades. Preguntándose, y ese es el origen de la investigación que da lugar al libro, ¿cómo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado desde los años 90 del pasado siglo, cuando precisamente por esas fechas aparecen lo que se propaga por asociaciones científicas y autoridades sanitarias como el mejor, sino único, remedio para atenderlos: los nuevos, supuestamente más eficientes y mucho más caros, antidepresivos, antipsicóticos, estabilizadores del ánimo, estimulantes y ansiolíticos? (Whitaker, 2015)(Desviat, 2017).

La introducción de nuevos medicamentos, no necesariamente mejores, pero si mucho más caros en los años ochenta del pasado siglo, colonizan el discurso psiquiátrico. El fármaco, respaldado por las Clasificaciones y Protocolos Internacionales de las Asociaciones científicas (infectadas por la financiación de las empresas farmacéuticas), se convierte en la bala de plata, en la panacea de los tratamientos del malestar, un atajo acorde con la cultura de la época, pragmática, intrascendente y apresurada. La psiquiatría se introduce en la gestión biopolítica de la vida por el resquicio de la insatisfacción, del vacío, la vida liquida que describe Bauman, ofertando soluciones a los problemas de la existencia: del amor, el odio, el miedo, la tristeza, la timidez, la culpa.

Se medicaliza el sufrimiento social —desahucios, desempleo, pobreza— y se psiquiatriza el mal; así cuando leemos en la prensa un caso criminal, vandálico, y se atribuyen sus actos a un trastorno mental, experimentamos cierta tranquilidad al imputar como una cuestión médica lo que es un mal social. Convertido en una cuestión genética o de anómala personalidad, no existe la responsabilidad de la sociedad en la que convivimos de una manera u otra, sostenemos. Al fin al cabo, no hace tanto que se vinculaba científicamente la criminalidad a la degeneración orgánica, hereditaria e inscrita en el cuerpo y en la mente.

El escándalo del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la fabricación de una enfermedad que ha multiplicado por cientos de miles la venta de estimulantes en pocos años para tratar, en la inmensa mayoría de lo casos, comportamientos habituales en la infancia y adolescencia: distraerse fácilmente y olvidarse cosas con frecuencia; cambiar frecuentemente de actividad; soñar despiertos/fantasear demasiado, corretear mucho; tocar y jugar con todo lo que ven; decir co­mentarios inadecuados, pueden ser diagnosticados de TDH con el aval técnico Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIMH). Estimaciones recogi­das por Sami Timimi (Timimi, 2015)sugieren que a aproximadamente el 10 % de los niños en las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado o tienen pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripción ha aumentado de 6000 recetas al año en 1994 hasta más de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7000 % en solo una década (Department of Health, 2005).

La medicina se ha convertido en una gran generadora de riqueza, en cuanto la salud y el cuerpo se convierten en un objeto de consumo. En manos de la publicidad, es decir de los mercados, la medicina es una herramienta de normalización. Entendiendo por normal aquello que dictan los intereses del capital. Qué comer, qué vestir, qué tomar, como o con quien juntarnos. Las normas estandarizadas se multiplican al tiempo que avanza el proceso que Foucault denominó de “medicalización indefinida”. La medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad, y ya no hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuación. El cuerpo se convierte en un espacio de intervención política. Este tiempo donde los poderes económico-políticos se inmiscuyen y regulan cada ámbito de nuestra vida, donde la vida es cualquier cosa menos algo espontáneo.

La atención de la Salud Mental al sufrimiento psíquico

Los cambios las formas de gestión y en el pensar de la época van a repercutir en las respuestas técnicas de la comunidad psi profesional. Hay una vuelta a la enfermedad como contingencia, que reduce a lo biológico el malestar. El sujeto, su biografía, queda fuera. Protocolos y vademécums sustituyen a una clínica de la escucha, qué se pregunte por el por qué subjetivo, afectivo, social del sufrimiento psíquico; una clínica que busque en las propias defensas de la persona formas de superar el padecer. Al tiempo, la medicalización produce cambios profundos en la demanda de prestaciones, que no tienen porque corresponder con las necesidades de la población, sino a los intereses de la clase hegemónica.

En el esfuerzo por reducir la psiquiatría al hecho físico, a la medicina del signo, se establecen criterios diagnósticos con unos signos-hechos-datos escogidos por consenso o por votación de un pocos que reducen la complejidad de la persona. Uno ya no delira con lo relacionado con su propia biografía. El contenido del delirio es ruido producido por la falla neuronal. No hay lenguaje, sujeto ni deseo. Solo cuerpo, enjambre químico neuronal. Mas, y he aquí la insustancialidad de la propuesta, es que los datos por si solos, como bien saben los propios publicistas de los mercados, poco valen, hay que interpretarlos.

La estrategia es obvia, se trata de homogeneizar, en torno a unos cuantos criterios, una propedéutica y un vademécum común para diagnosticar y tratar a las personas aquejadas de problemas de salud mental, en beneficio de las empresas farmacológicas y tecnológicas. Un único sentido para el mundo. El trastorno mental sería el mismo en China que en Costa Rica, en Noruega que en Mali, lo que facilitaría el mismo tratamiento. Algo tan disparatado, premeditadamente ignorante de la antropología, de la idiosincrasia de los pueblos, que seria irrelevante sino fuera porque la credibilidad de un hecho o de una visión determinada de los hechos está condicionada al aval de universidades, centros de investigación y a publicaciones de gran impacto que suelen depender directa o indirectamente de la financiación de los mercados.

Muy alejadas, por otra parte, de la realidad de la práctica asistencial. Lo que hace decir a autores como Richard Smith y Ian Roberts: que “la forma en que las revistas médicas publican los ensayos clínicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pública (Smith and Roberts, 2006).

Entre la aceptación y la resistencia

La acumulación irrefrenable descrita por Marx se aceleró con el fin del capitalismo industrial y no se sabe cual va a ser el acontecimiento que precipitará el choque final pronosticado por el autor de El capital, el momento en el que las fuerzas productivas entrarían en contradicción con las relaciones de producción, ni si ese acontecimiento tendrá lugar. El derrumbe disruptivo del fracasado socialismo de Estado en 1989 parecería haber agotado, como dice Enzo Traverso(2019), la trayectoria histórica del propio socialismo, de los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad como programa al reducir la historia toda del comunismo al hundimiento del totalitario régimen soviético. Una caída a la que se unía además los cambios profundos en las formas de producción que estaban acabando con el capitalismo industrial, en el que la izquierda forjo su identidad. Las grandes fábricas que concentraban a la clase obrera donde surgieron los sindicatos y los partidos políticos de izquierdas estaban siendo sustituidas por los nuevos modos de producción del neoliberalismo, la deslocalización, la precarización, la fragmentación y robotización de la producción. El sistema de partidos políticos surgidos con la industrialización en la confrontación obreros empresarios perdió su esencia política, convirtiéndose en aparatos electorales. En el caso de la derecha, los empresarios, sobre todo la empresa familiar y localizada territorialmente, fueron sustituidos por los lobbies financieros, sin perder la esencia de su identidad: la defensa de sus intereses de clase. En el caso de la izquierda revolucionaria, el resultado fue la perdida de un escenario que constituía su campo de batalla y su conexión con la izquierda civil. Por otra parte, el fracaso del socialismo autoritario no supuso la construcción de un socialismo democrático, como en un principio algunos imaginaron, sino que la caída de la URSS supuso la rápida transición a regímenes de un capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad y en muchas ocasiones, infiltrado por criminales mafias. Algunos de los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad universal y el pleno empleo, se derrumbaron, lo que llevó en pocos años a la reducción de la esperanza de vida y la precariedad o la indigencia para buena parte de la población. En la otra orilla, un capitalismo sin trabas, desalojadas las narraciones y utopías del siglo que acababa, afianzaba un presente que se quería sin pasado y sin futuro. No es el fin de la historia como preconizaba Fukuyama, sino el fin de la política. El mercado va a sustituirla, en un presentismo, donde no cabe la utopía, y por tanto, el futuro; ni cabe el pasado, perdida la memoria, en una historia huera, vacía de sentido.

Planteaba en Cohabitar la diferencia (Desviat, 2016) que la Reforma Psiquiátrica, cuyo primer objetivo fue sacar a los pacientes mentales de los hospitales psiquiátricos, de los manicomios, y situar servicios de atención en la comunidad, creó en su devenir nuevas situaciones, nuevos sujetos, nuevos sujetos de derechos. La locura se hizo visible y con ella la intolerancia, el estigma, la exclusión de la diferencia. Hizo ver que el proceso desinstitucionalizador atravesaba toda la formación social, desvelando prejuicios y representaciones sociales que iban mucho más allá del trastorno psíquico, una reordenación asistencial, y que situaban a los alienados juntos con otros de la exclusión social. Destapó la parte oculta en nuestra sociedad por la dictadura de la Razón, de la podredumbre de la razón en palabras de Antonin Artaud, en la que los locos son las víctimas por excelencia (Artaud, 1959), un imaginario colectivo poblado de los mitos, las leyendas y los sueños que nos constituyen. Nos acerca a lo que en verdad teje el síntoma singular y social, pues el síntoma se forja en la historia colectiva, en los deseos y miedos ubicados en la trastienda de nuestra cultura. Un proceso desinstitucionalizador que enfrenta a la Reforma de la Salud Mental con la miseria social y subjetiva, en un escenario en el que no se puede ser un simple observador, un impotente teórico de la marginación, la alienación y el sufrimiento. Donde el hacer comunitario hace del profesional un militante de la resistencia al orden social que instituye la enajenación en la miseria, donde la acción terapéutica, necesariamente experta en los entresijos técnicos de la terapia y el cuidado, se colorea políticamente.

Este estar en lo común por el que se define la salud mental comunitaria supone considerar a la población no solo como potenciales usuarias de los servicios, implica adentrarse en los deseos y frustraciones de sus barrios, hacerles cómplices de la gestión de su malestar. El fracaso de la medicina social es semejante al de la política gobernante que padecemos, y la razón de este fracaso está en la ausencia de comunidad, de los intereses, anhelos, frustraciones y ensueños, de las poblaciones que se atiende o se representa. Es frecuente la existencia de políticos que no han estado nunca en las circunscripciones que representan más allá de los días de la campaña electoral y es igualmente frecuente planificaciones, programas y actividad profesional de salud mental hechos sin haber pisado el barro o las aceras de los barrios que comunitariamente se atiende.

En salud y más concretamente en salud mental hablamos de participación, de la necesidad de contar con los ciudadanos, con las comunidades y los propios usuarios a la hora de la planificación y programación, mas, sin embargo, la participación se reduce, si existe, a encuentro a nivel directivo con sindicatos para temas laborales y el trabajo comunitario a situar centros de consulta fuera de los hospitales. Luego puede extrañarnos que la población no defienda los modelos que más podrían beneficiarles, de confundir las necesidades reales en sus demandas, de dejarse llevar por engañifas electorales que propician la privatización como modelo sanitario, en contra de una salud colectiva que puedan hacer suya.

Concluyendo. El hecho es que hoy, como nunca hasta ahora en la historia parece que no hay un afuera del sistema neoliberal, donde el fascismo hace presente el planteamiento de George Kennan, en un informe secreto, hoy accesible, cuando aconsejaba que había “que dejar de hablar de objetivos vagos e irreales, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratización, y operar con genuinos conceptos fuerza que no estuviesen entorpecidos por eslóganes idealistas sobre altruismo y beneficencia universal, aunque estos eslóganes queden bien, y de hecho sean obligatorios, en el discurso político” (Chomsky, 2000). Una situación que puede conducirnos al “esto es lo que hay” y al “todo vale”. Un esto es lo que hay y en esta situación todo vale al que se suma la desgana por falta de perspectivas profesionales y ciudadanos, el queme o la renuncia o la aceptación de la derrota. Un es lo que hay y todo vale que nos lleva a una permanente insensibilidad, nos lleva a eludir nuestra parte de responsabilidad, nuestra ciega complicidad en el trascurrir de los hechos, nuestra parte de culpa. Algo que según Cornelius Castoriadis, nos ha convertido en cínicos profesional, social y políticamente, pues encerrados en un nosotros, en un mundo personal privatizado, hemos perdido la capacidad de actuar críticamente (Castoriadis C, 2011). Quizás lo más frecuente, como escribía en el libro antes citado (Desviat: p. 17) es el considerar que lo que sucede es lo natural de la sociedad humana, que ha sido siempre, la iniquidad, la desigualdad, la competitividad canalla y la desatención de los más frágiles, asumiendo las funciones cosméticas y de control social que impone el orden social; en el mejor de los casos cobijando la conciencia profesional y cívica en preservar ciertas cotas de dignidad, calidad y eficacia. Pero queda otra postura, una opción partisana, militante que trata de mantener una “clínica” de la resistencia, buscando aliados en los usuarios, familiares y ciudadanos para conseguir cambios en la asistencia a contracorriente y profundizar las grietas del sistema, en pos de un horizonte donde sea posible el cuidado de la salud mental, una sociedad de bienestar.

El peso de la alienación cambia cuando se es consciente de ella. En ese descubrimiento, cuando la mirada del amo ya no fulmina al colonizado, se introduce una sacudida esencial en el mundo, toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto, escribe Fanon en Los condenados de la Tierra (p40).

Una sanidad diferente, una atención a la salud mental que se entienda desde lo singular a lo colectivo, no será plenamente posible sino en una sociedad diferente. No podemos saber qué nos deparará el futuro. El socialismo es tan posible como la caída en la barbarie. Pero sí estamos obligados, si queremos una salud pública universal y equitativa, a desear y trajinar por una sociedad que parta de la igualdad como eje central de su discurso y tarea; una igualdad que trascienda la explotación, sin jerarquías de clase ni de género, y donde se reconozcan y convivan todas las diferencias; donde todas las fronteras sean reconocidas, respetadas y franqueables. Sin falsas identidades societarias.

Inmersos en la distopía del neocapitalismo y el auge en su seno de un nuevo capitalfascismo, puede parecer una descomunal utopía, pero podemos consolarnos con el hecho de que las revoluciones llegan cuando nadie las espera. 

 

Por Manuel Desviat

Viento sur

  Confundimos libertad con “libre mercado”. Así desconocíamos nuestra implacable condena como mercancías. (Francisco Pereña, 2014) 

Referencias

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Artaud, A. (1959). Carta a los poderes . Buenos Aires: Mundo Nuevo.

Chomsky, N. (2000). El beneficio es lo que cuenta.Barcelona: Crítica.

del Cura, Isabel; López García Franco, A. (2008). La medicalización de la vida: una mirada desde la aención priamria. Átopos, Salud Mental, Comunidad y Cultura7, 4–12.

Desviat, M. (2016). Cohabitar la diferencia. Madrid: Grupo 5.

Desviat, M. (2017). Anatomia de uma epidemia (solapas). In Anatomia de uma epidemia.Pílulas Mágicas, Drogas Psiquiátricas eo Aumento Asobroso da Doença Mental. Rio de Janeiro: Fiocruz.

Ibáñez, J. (1997). A contracorriente.Madrid: Fundamentos.

Lamata, Fernando; Oñorbe, M. (2014). Crisis (esta crisis) y Salud (nuestra salud). Retrieved from http://www.bubok.es/libros/235021/Crisis-esta-crisis-y-Salud-nuestra-salud

Maestro, A. (2017). El grito: capitalismo y enfermedad mental. In I. Maestro, A; González Duro, E; Fernández Liria, A; De la Mata (Ed.), Salud mental y capitalismo. Madrid: CismaEnsayo.

Pereña, F. (2014). La religión capitalista y el infirno. Átopos.Salud Mental, Comunidad y Cultura, 15, 64–84.

Piketty, T. (2015). El capital en el siglo XXI. Barcelona: RBA.

Timimi, s. (2015). La McDonaldización de la infancia: La Salud Mental Infantil en las culturas neoliberalese. Atopos16, 15–34.

Traverso, E. (2019). Melancolía de izquierda. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Whitaker, R. (2015). Anatomia de una epidemia. MadridCapitan Swing.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article15415

Publicado enSociedad
Jueves, 21 Noviembre 2019 06:31

El crimen del Joker

El crimen del Joker

El sistema de salud mental enloquecido que muestra la inquietante película de Todd Phillips

¿Quién es la víctima y quién el victimario?, se pregunta la autora al reflexionar sobre la indiferencia e indolencia social respecto del enfermo mental.

A diferencia de la frase de Marx, la historia no va simplemente de la tragedia a la farsa: también puede quedarse atascada en la bufonada trágica. Bruno Latour(1)

En este epígrafe, Bruno Latour retoma la famosa frase de Marx "la historia ocurre dos veces: primero como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa". Pero al sustituir “farsa” por “bufonada” nos evoca la dimensión tragicómica del bufón, aquel personaje marginal y grotesco que circulaba en las cortes de reyes y poderosos, con un discurso provocativo a la vez que libre de censuras. Se podría decir que una inversión se produce en la actualidad por la cual ciertos gobernantes, los Trump, Bolsonaro, Macri, entre otros, revisten esa condición de impunidad tragicómica, mientras del otro lado se desarrolla el drama del desamparo. Porque al igual que el bufón, el poder que detentan, los autoriza a decir lo que nadie se atrevería, exhibiendo una sonrisa payasesca prometedora de felicidad, amor y paz, pero cuyo verdadero rostro es el de la crueldad propia de la segregación y del odio. En la sociedad actual el poder ya no necesita del bufón, él mismo lo encarna, en una versión patética, provocadora, farsante.

Estas son las coordenadas que se despliegan en la película del director Todd Phillips, El guasón (Joker), y que hicieron de esta producción un acontecimiento internacional, para muchos inquietante, por su carácter de interpelación ante la ausencia de políticas sociales y de salud mental. Este film narra la historia de un bufón, un habitante de un submundo oscuro y sórdido de Nueva York, que padece un trastorno mental, que anhelaba encontrar un lugar en la sociedad.

Diversos anuncios publicitarios sobre el film lo clasifican en el género “criminal”. Además, fuertes críticas se sustentan en el lógico temor de que pueda alentar a personas con desequilibrios mentales a cometer actos de consecuencias trágicas. Y bien, cuestión perfectamente posible aunque en esos casos no se trataría de un simple contagio por imitación sino de la apropiación de una causa, que en el psicótico es la de un vacío identificatorio que intenta compensar con la identificación a un semejante. Obviamente, con este argumento no se trata ni de naturalizar, ni de justificar o consentir el crimen. Pero sí es importante considerar dónde hemos de ubicar el origen o causa de esa locura asesina desencadenada en Arthur Fleck. Su historia no pareciera pretender ser interpretada desde el sesgo de lo criminal.

“Usted no me escucha, usted no me entiende”

Así, con estas dos frases dirigidas a su asistente social, Arthur Fleck, el protagonista, sintetiza su sufrimiento a la vez que ya, desde el comienzo del film, anticipa, denuncia, el desamparo al que lo reduce el Otro social. Y que no sólo lo afecta a él por padecer una enfermedad mental, sino también a la agente de seguridad social, que evidencia ser una víctima más de la violencia de un Sistema centrado en el rendimiento económico. Respecto de esta condición, al individuo del neoliberalismo se le pide sacrificio y --dice Ricardo Forster(2)-- “enfrentado a su responsabilidad, se ofrece como víctima propiciatoria allí donde hay que subsanar los excesos del goce y del gasto bajo el nombre de macroeconomía”.

Esta violencia del Sistema desata la furia asesina de Happy --apodo paradójicamente funesto que elige su madre para nombrarlo-- en una violencia que es sin retorno. Lo que en verdad Happy despierta es un profundo sentimiento de tristeza.

Arthur Fleck, luego de padecer numerosas humillaciones, que arrasan con su ya precaria estructura psíquica, abandona ese frágil sostén ilusorio de algún día llegar a ser un cómico famoso. Para llegar a la conclusión de que él no es el joker, es la sociedad, la ciudad Gotham --God damn como se la denomina a Nueva York-- la que se burla de él, desconoce su sufrimiento. Es a partir de esta revelación que compensa dicho vacío simbólico con su delirio megalomaníaco y su derivación en pasajes al acto homicidas.

Lo que no se ve no existe

“Lo peor de tener una enfermedad mental es que el establishment espera que te comportes como si no la tuvieras”, escribe Fleck con claridad en su diario, en un mensaje de sin salida que hace pasar el film.

Estamos ante esa violencia social propia de la indiferencia y de la indolencia respecto del enfermo mental, que es paradigmática de una tendencia que en la actualidad ejerce el Otro social y estatal, y no sólo respecto de la locura sino también de la pobreza y de todas las formas de marginación social. Cuestión ésta que no es sin consecuencias. Las vemos en nuestro país con el cierre de los hospitales, con la degradación del Ministerio de Salud a Secretaría, nombrada como “reestructuración” de claro significado económico. Imposible no ver a los locos urbanos deambulando sin destino por la ciudad.

Se trata de una práctica silenciosa aunque claramente violenta, que algunos sociólogos denominan de invisibilización. Una práctica que responde a una ideología de la transparencia del mundo moderno, donde todo es visible, priorizando el ojo visión --espectáculo-- respecto del objeto mirada. Un ojo para el que no hay fuera de campo, no hay falta. Pero en esta ideología subyace el engaño: sólo es real todo lo “visible” y lo que no se ve no existe. No existe por lo tanto ni la locura, ni la pobreza, ni el sufrimiento. Hasta inclusive con este pensamiento se habilitan tesis negacionistas como la de la Shoá, basadas en que ninguna imagen mostró el proceso en marcha. A este paradigma, Gerard Wacjman lo denomina como el “ojo absoluto”, un ojo que por un lado ve lo invisible, lo imposible de ser visto, en un franqueamiento de los límites de lo que puede ser visto, a la vez que anestesia la mirada.

No es casual que Arthur Fleck termine haciendo pública su denuncia en la pantalla, en una conjunción de hacerse ver y de hacerse oir en su decisión de no someterse más al goce del Otro, dirigiendo su odio no sólo hacia el conductor sino a todos los espectadores.

Esta es una escena que reedita la del film “El rey de la comedia”, donde el Guasón invitado a un programa de un estudio de TV termina envenenando a todos. Si bien ésa y muchas otras escenas son guiños para la mirada de un cinéfilo, no es éste el propósito del presente análisis.

Ahora bien, no es necesario situar el origen de estos episodios en la temida idea de contagio. Sería olvidar que la crónica norteamericana cuenta con numerosos episodios de violencia ejecutados por francotiradores. Y no solamente los derivados de la proyección de un film como fue el tiroteo en el 2012 en ocasión del estreno de la película de Batman. Lamentablemente es tan sólo muy recientemente que la sociedad comenzó a dividirse en un muy árido debate en contra del libre uso de las armas.

Cómo no ver, por ejemplo, en esos episodios trágicos de matanza masiva como los que suelen producirse en Estados Unidos en instituciones educativas o en otros lugares públicos --aunque también lamentablemente ya han acontecido en nuestro país-- que se trata de personas que sufren algún tipo de afección mental. Por el contrario, el hecho suele dejar a la sociedad perpleja, y preguntándose, recién después de la tragedia, respecto del perfil del asesino. En estos casos las evaluaciones posteriores, casi siempre, coinciden en señalar que se trató de una persona callada, poco comunicativa y sin lazo con sus compañeros. Estos individuos generalmente suelen dejar algún testimonio escrito o filmación que de algún modo pone al descubierto la sordera del Otro. Al respecto, Pete Earle(3), ex periodista del Washington Post, a partir de que a su hijo le niegan atención en un hospital cuando consulta por un episodio psicótico, en su libro Crazy, realiza una investigación sobre la criminalización de la enfermedad mental en el sistema de salud mental norteamericano y saca a relucir que más de un millón de personas con condiciones mentales, como trastorno bipolar o esquizofrenia, son arrestadas cada año. Es decir que, en lugar de recibir tratamiento para su enfermedad reciben condenas y castigos. El informe señala que todos los grandes hospitales de salud mental fueron clausurados sin suplantarlos por programas comunitarios para que los enfermos mentales puedan tener una mejor calidad de vida. Las cárceles son ahora los nuevos asilos para el padecimiento mental. ¿Y en qué se fundamentó esa deslocalización del sistema de salud mental?

¿Derecho a la salud o derecho de libertad?

Es interesante ver cómo la violencia se entrama con el derecho y la justicia para dar como resultado el cierre de los hospitales al poner en tensión dos derechos, el de la salud y el de la libertad. Si el estado tenía el derecho de encerrarlos, también tendría que curarlos o si no, debía dejarlos en libertad. Lo que se inicia desde el campo jurídico como un aparente movimiento de defensa de los pacientes, termina apoyándose en el argumento del derecho a la libertad. Así nadie puede ser encerrado por estar enfermo, no se pueden hacer tratamientos sin el consentimiento informado del paciente, sólo pueden ser internados si hay peligrosidad para la sociedad. Es entonces que priorizando las razones político económicas, se desvanece el derecho a la salud. De algún modo, con su investigación, Earley quiere denunciar la locura, no de los pacientes sino del sistema de salud mental.

La violencia del derecho ha ingresado en el campo de la salud mental judicializando la enfermedad, criminalizándola.

De esta tensión entre la salud y la libertad se deriva el desencadenamiento de la violencia que el mismo sistema engendra a través del mecanismo de exclusión, de todo lo que no entra en la lógica mercantilista, propia del discurso capitalista. La sociedad neoliberal legitimada justamente en la tradición liberal, acoge en su seno mismo una paradoja: la de la propia libertad. “Allí donde la libertad queda sujeta a las normas del mercado y a la supuesta decisión individual de administrar el capital humano”,el sujeto queda solo, es el menos libre de los humanos, de él mismo depende llegar a ser un winner o un looser. Él pasa a ser el empresario de sí mismo, sometido a su autoexigencia, y con obvias consecuencias para su salud mental y fisica.

Mucho más compleja aún es la articulacion entre derecho y salud mental cuando se trata de la locura.

Arthur Fleck vive un proceso de transformación, sus crímenes logran “liberarlo” de sus acosadores, de quienes lo humillaban, y despojaban de su precaria identidad, a la vez que lo único que consigue es ser alojado en una cárcel que lo va a privar de su “libertad”. Es lo que les queda a los marginados sea por la pobreza, o la locura: la intemperie o el encierro(4). Falsa disyunción: libre equivale a desprotegido, encierro a rechazado.

Un sistema de salud mental enloquecido

La paradoja de la profundización de los conocimientos en la modernidad, y su derivación en los organismos de protección de los derechos humanos es la de encontrarnos, sin embargo, con una subjetividad en situación de máxima emergencia.

En este sentido, se puede afirmar que en la actual sociedad posestatal el sistema de salud está en emergencia. En particular en nuestro país --pero también en el mundo-- es alarmante la estadística de violencia y suicidios en niños, adolescentes, así como también el incremento de feminicidios.

Al respecto, en ocasión de una ponencia presentada en el marco del Foro para la elaboración de políticas públicas en salud en nuestro país (2010), Mario Rovere (5) afirmaba ya por entonces que desde la década de los 70 la clase política no se ocupa de la salud, que la salud no se discute en términos políticos y que esta posición renegatoria que deja fuera del debate a la salud trae como consecuencia la re-emergencia de pandemias. Es evidente que aquello que las políticas en salud excluyen, retorna en lo real bajo esa forma provocativamente perturbadora de las catástrofes.

Para cerrar, y volviendo al título de estas reflexiones, en “El crimen del Joker”, el genitivo “del” ¿cómo se puede leer? ¿Quién es la víctima y quién el victimario?

Por Mirta Pipkin, psicoanalista. Autora de La muerte como cifra del deseo y Clínica de las emergencias (Letra Viva).

  1. Bruno Latour. “Donde aterrizar. Como orientarse en politica”. Edic. Taurus.
  2. Ricardo Forster. La sociedad invernadero. Ediciones Akal/Inter Pares.Bs. As. 2019
  3. Informe completo en la revista virtual Letra Urbana.com.
  4. Forster, en “Sociedad Invernadero” aplica esta expresión inspirándose en la metáfora del palacio de cristal, al aludir al sueño utópico y a la vez letal de la modernidad burguesa y mercantil: la separación entre una sociedad atmosféricamente “protegida” pero encerrada y aquella otra vida social de la intemperie para los desfavorecidos.
  5. Espacio Carta Abierta, 23 de mayo de 2010.
Publicado enSociedad
Miércoles, 20 Febrero 2019 06:12

Comunicar para desarmar el tabú

Comunicar para desarmar el tabú

Desde hace 25 años se especializa en el diseño de políticas sanitarias. Hoy se propone revertir los estigmas vinculados a las enfermedades mentales y al consumo problemático de sustancias, que constituyen la principal causa de discapacidad en el mundo.

 

“Supongamos que me ausento unos días en el trabajo: no es lo mismo explicar a mis compañeros y a mi jefe que salí a esquiar y me rompí una pierna, en vez de decir que estuve deprimida y no sentía ganas de salir de la cama. De hecho, si explico que estuve deprimida, la gente evita seguir indagando porque los problemas mentales continúan constituyendo un tabú y causan rechazo”, afirma Dévora Kestel, la primera mujer en la historia a cargo del departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la Organización Mundial de la Salud. Es psicóloga por la Universidad Nacional de La Plata y magíster en Salud Pública por la Universidad de Londres. Desde hace un cuarto de siglo concentra sus esfuerzos en el diseño de políticas sanitarias y, en la actualidad, trabaja desde su oficina en Ginebra para lograr que los gobiernos de las 194 naciones que suscriben a la OMS incluyan estas problemáticas en sus agendas. En esta ocasión, señala por qué es fundamental un abordaje científico transdisciplinario y describe de qué manera expresarse puede contribuir a desarmar las etiquetas del prejuicio y la desinformación.


–¿De qué clase de problemáticas se ocupa la unidad que dirige? La denominación del departamento no es muy precisa.


–Es cierto, el término “salud mental” involucra situaciones múltiples: desde las problemáticas contemporáneas(como la depresión y la ansiedad) hasta las más severas (como la psicosis y los trastornos bipolares), pasando por asuntos neurológicos tradicionales (demencia y epilepsia). Por otra parte, bajo el paraguas “abuso de sustancias” buscamos ocuparnos del consumo problemático de alcohol y drogas, pero también de adicciones de otra estirpe como el juego y los videojuegos (recientemente incorporada en el mapa de conflictos). En este marco tan diverso diseñamos planes de políticas públicas, elaboramos presupuestos y legislación, proponemos líneas de acción y confeccionamos guías. Además, elaboramos programas de prevención, promoción y tratamiento que desarrollan cada una de las 194 naciones que forman parte de la OMS.


–Detrás de los datos que instituciones como la OMS proporcionan hay mucho trabajo científico.


–Todos nuestros datos se basan en la evidencia de la mejor ciencia disponible. Para confeccionar líneas de acción consensuadas es necesario generar acuerdos y reunir las voces de muchos especialistas a lo largo y ancho del globo. Resulta fundamental realizar abordajes transdisciplinarios, capaces de generar respuestas a las diversas necesidades de las diferentes naciones. No nos podemos dar el lujo de cerrarnos en trabajar con las herramientas de una sola disciplina; menos cuando el objeto/sujeto de estudio es el ser humano y toda su complejidad intrínseca.


–Recién mencionaba los problemas de depresión y ansiedad. ¿Por qué son tan comunes en esta época? ¿Qué hay respecto de los suicidios?


–Trabajar para prevenir los suicidios es una de nuestras prioridades. Incluso, constituye uno de los indicadores de los objetivos del desarrollo que se propone Naciones Unidas. Esto constituye una pista fundamental e indica que la problemática salió del nicho para comenzar a ser reconocida y discutida en el ámbito público. Se estima que se producen 800 mil suicidios al año y el promedio de edad disminuye conforme transcurre el tiempo. Además, como es prevenible, necesitamos actuar con urgencia. Según las últimas estadísticas, aproximadamente 300 millones de personas afrontan problemas de depresión y ansiedad en el mundo, y las cifras van en aumento. Ambas situaciones se conectan de manera muy clara.


–Usted menciona que uno de los principales desafíos es revertir el estigma vinculado a los problemas de salud mental y el consumo de sustancias.


–El ejemplo de la ausencia laboral por esquiar o por estar deprimida es tan banal como cotidiano. No poder expresar el conflicto clausura las posibilidades de mejora y la búsqueda de ayuda. Sin ir más lejos, la depresión se ha convertido recientemente en la primera causa de discapacidad a nivel mundial, por lo que tiene un alcance que ya no distingue entre países desarrollados y periféricos.


–¿Cómo desarmar el tabú?


–Es muy difícil porque constituye un conflicto histórico que forma parte de las entrañas de esa caja negra, que es la mente humana. Desde siempre, en las diferentes culturas el que se comporta raro es tildado de “loco” y, como resultado, debe correrse fuera de la vista de los “normales”. Tendemos a segregar al diferente, a mirarlo con los ojos del prejuicio y la discriminación. De ahí que el aislamiento y el encierro en instituciones específicas eran las respuestas que ofrecía la medicina tradicional con una perspectiva esencialmente farmacológica y cientificista. Incluso forma parte de nuestro discurso cuando intentamos describir una situación violenta: “No sé qué le ocurría, estaba agresivo, estaba loco”. Pienso que podemos comenzar a revertirlo a partir de acciones colectivas que promuevan la comunicación.


–¿En qué sentido?


–Hace dos años realizamos una campaña denominada “Hablemos”. La depresión y la ansiedad son problemas que se manifiestan de manera individual pero constituyen conflictos que deben ser abordados de manera colectiva, desde el enfoque de la salud pública. Cuando los medios masivos hacen circular discursos en esta línea también es muy positivo. Hace poco Lady Gaga, durante la ceremonia de entrega de los Grammy, manifestó la importancia de dialogar acerca de los problemas de salud mental. Nos puede gustar más o menos lo que hace pero no podemos desconocer que su palabra es reconocida en el espacio público y que su experiencia puede servir de ejemplo. Hace algún tiempo, el primer ministro de Noruega se retiró de su cargo por asuntos similares y luego regresó cuando se sentía listo y había mejorado su salud mental. Si esto hubiera ocurrido en otros contextos posiblemente hubiese desencadenado la culminación de su carrera política, pero aquella vez su coraje para expresar lo que le sucedía le valió otra repercusión social y cultural. De la misma manera que la salud pública, históricamente, se ocupó con eficacia de las enfermedades contagiosas y los planes de vacunación, es necesario que las afecciones mentales tengan otra jerarquía en la agenda política.


–¿Y los hospitales psiquiátricos? ¿Qué rol deben asumir?


–Las personas con trastornos mentales pueden convivir en sus comunidades siempre y cuando sean bien atendidas en el marco de un sistema de salud adecuado. Formar parte de la sociedad siempre será una solución preferible antes que estar recluido en una institución, encerrado detrás de muros que alimentan fantasías sociales que asocian la locura con la monstruosidad.


–El obstáculo es que países en desarrollo como Argentina no cuentan con sistemas de salud pública adecuados. ¿Qué estrategias propone la OMS en estos casos?


–Lo que comúnmente se hace es trabajar para generar consensos con los representantes de los ministerios de Salud de los Estados miembros que, de manera anual, plantean prioridades para sus naciones. En ese marco, nosotros proponemos objetivos que los países deben cumplir e indicadores para medir de qué manera han cumplido o fracasado con las metas. No contamos con un poder operativo o decisional, pero tenemos el respaldo de los Estados y eso nos faculta para diagramar planes que gozan de independencia respecto de los humores y las negligencias de los gobiernos de turno.


–¿Argentina tiene una agenda en salud pública?


–Es difícil decirlo de manera taxativa porque no hay una investigación específica que me permita responder de manera rotunda, pero hay una serie de datos. Por ejemplo, Argentina es el país del mundo con más psicólogos por habitante y presenta números notables de otras profesiones vinculadas a la salud mental, como el caso de los psiquiatras. Existen, por otro lado, muchas ONG que se están moviendo mucho y muy bien y demuestran su interés por construir una mirada integral de salud mental basada en los derechos humanos. La ley de Salud Mental fue muy discutida y contaba con muchos elementos positivos, pero no fue acompañada por una implementación acorde. Son distintos componentes de un proceso que avanza, pero necesitamos que avance mejor y más rápido. Para ello, la intervención de los Estados es irreemplazable.


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Campos hacinados, sucios y sin medicamentos

De a diez en un contenedor, casi sin agua corriente ni sanidad, con chicos solos y sobrevivientes de la tortura sin atención, la situación en los campos genera enfermedades, desesperación y violencia entre las víctimas.

Cientos de mujeres embarazadas, niños no acompañados y sobrevivientes de tortura están “abandonados” en los campos de refugiados en Grecia, dijo Oxfam. El informe de la organización caritativa descubrió que varias madres habían regresado del hospital a vivir en tiendas de campaña cuatro días después de dar a luz por cesárea, y sobrevivientes de violencia sexual y otras experiencias traumáticas se habían agrupado junto con otros refugiados en Moria, un campamento en Lesbos donde las peleas estallan regularmente y alrededor de dos tercios de los residentes dicen que nunca se sienten seguros.

Los refugiados vulnerables “se enfrentan con mayor frecuencia a un hacinamiento severo”, dijo Renata Rendón, jefa de misión de Oxfam en Grecia al diario británico The Independent. “Durante gran parte del año, Moria y otros centros de la Unión Europea en las islas griegas duplicaron su capacidad. Muy a menudo, las personas vulnerables se amontonan en un contenedor si tienen suerte, una tienda improvisada si no, con un máximo de nueve o diez o aun más personas”.


Rendón dijo que los que están en los campamentos “a menudo carecen de suficiente acceso al agua, sanitarios e higiene”, y muchos informan sentirse inseguros. “La gente está en estos campamentos durante largos períodos de tiempo, carecen de información, de intérpretes, por lo que a menudo se sienten muy frustrados, lo que puede llevar a la violencia dentro del campamento”.


Los refugiados también carecen de acceso a la atención médica, lo que según Rendón es “uno de los grandes problemas que surge cuando estamos hablando de la identificación de personas vulnerables en particular”. Los refugiados no tiene acceso a atención médica, lo que, según Rendón, es “uno de los grandes problemas que surgen cuando estamos hablando de la identificación de personas vulnerables en particular”.


El informe atribuyó la falta crónica de personal y los procesos de selección defectuosos por la falla del sistema destinado a identificar y proteger a los solicitantes de asilo más vulnerables. Como resultado, cientos de los refugiados más vulnerables han sido expulsados y obligados a vivir en Moria, el campamento de la Unión Europea utilizado para registrar y procesar nuevas solicitudes de asilo, que está a casi el doble de su capacidad. “Las condiciones a menudo son peligrosamente superpobladas, escuálidas, antihigiénicas e inseguras para las personas que ya están sufriendo experiencias muy traumáticas, a veces enfermedades de salud mental, a veces discapacidades físicas”, dijo Rendón.


Solo hubo un médico del campamento designado por el gobierno en Lesbos responsable de examinar a aproximadamente 2000 recién llegados cada mes durante gran parte de 2018, señaló el informe, y las evaluaciones médicas se detuvieron en noviembre cuando el médico renunció. El informe encontró una tendencia “particularmente preocupante” de que los adolescentes y sobrevivientes de torturas fueran detenidos después de que las autoridades no los reconocieran como vulnerables.


“Hay personas de 28 nacionalidades diferentes que a menudo son detenidas inmediatamente después de su llegada, esencialmente debido a su nacionalidad”, dijo Rendón. “Estas personas son detenidas antes de tener la oportunidad de tramitar su solicitud de asilo, antes de que se revise su solicitud de asilo, y el gran problema aquí es que una vez que se son detenidas es mucho más difícil acceder a servicios que ya son difíciles de acceder para personas que no están detenidas”.


Los detenidos son “a menudo retenidos en espacios pequeños con muchos otros jóvenes en condiciones de hacinamiento”, agregó. “Sabemos que la experiencia de la detención puede ser muy traumática, especialmente para las personas que son vulnerables y no han sido identificadas como tales”.


Un solicitante de asilo de 28 años de Camerún fue encerrado durante cinco meses por su nacionalidad a pesar de sus graves problemas de salud mental. El informe dice que nadie verificó su salud física y mental antes de que lo detuvieran, y que no vio a un psicólogo durante un mes. “Teníamos solo dos horas al día cuando se nos permitía salir del contenedor”, dijo. “El resto del tiempo uno está sentado en un espacio pequeño con otros 15 hombres que tienen sus propios problemas”.


Las condiciones en el campamento han disminuido a medida que el invierno trajo fuertes lluvias a Lesbos. Se pronostica que la temperatura durante la próxima semana descenderá y podría nevar. Oxfam está pidiendo al gobierno griego y a los estados miembros de la Unión que desplieguen más médicos y psicólogos y corrijan el sistema de detección “para que las personas vulnerables no caigan por las grietas”, dijo Rendón. La organización benéfica dijo que más personas que buscan asilo deberían ser transferidas a la Grecia continental de manera regular, especialmente a aquellos que son vulnerables.


“Estas circunstancias continuarán hasta que haya un esquema de responsabilidad compartida más justo”, agregó Rendón, “por lo que estamos pidiendo a los estados miembros de la Unión que compartan la responsabilidad de recibir a los solicitantes de asilo”.


Samuel Osborne. De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

Publicado enInternacional
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