Martes, 19 Mayo 2020 06:30

El capital en su laberinto

El capital en su laberinto

 Nunca le hagas cosquillas a un dragón dormido. (Emblema de la Escuela de Hogwarts)

 

Todo era previsible con la Covid-19. Ocurrió como en cualquiera de las grandes pestes que asolaron a la humanidad, muchas de oriente a occidente también. Entre tantas cosas –cuarentenas, muertes, consternación-, hasta la incertidumbre era predecible, por más que parezca un contrasentido. Es difícil saber hacia dónde vamos. La crisis de sistemas sanitarios alimenta dudas sobre la hora final y el alcance real de la pandemia. Los estragos en la economía, evidentes pero con curso indeterminado, agravan la ansiedad.

El destino de cada nación está sujeto como nunca al rumbo sanitario y económico global. Y las previsiones de la economía mundial inquietan tanto como la caldera social de calles y aeropuertos vacíos, millones de desempleados y el apiñamiento humano ante tiendas, hospitales y cementerios.

Los gobiernos de no pocos países intentan reiniciar actividades económicas sin haber acorralado aún a este coronavirus. En gesto de desesperación, le han dado un giro a las políticas de confinamiento social. Se debaten entre pérdidas de vidas y pérdidas económicas. Y corren el riesgo de precipitarse en ambos sentidos. Un repunte de la epidemia sería costoso en términos financieros también.

Nada nuevo. El azote económico es una carta habitual de las plagas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé en 2020 contracciones récords del PIB en las economías líderes: zona euro (-7,5 por ciento), Estados Unidos (-5,9 por ciento) y Japón (-5,2 por ciento). Cinco de las principales economías europeas (Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España) caerían entre un 6 y un 9 por ciento. El PIB de China apenas crecería un 1,2 por ciento. Con tal lastre, la economía global perdería un 3 por ciento.

Otros expertos pronostican desplomes mayores por la contracción simultánea de producción y consumo, de oferta y demanda. El economista Paul Krugman calcula que en EEUU “el PIB puede llegar a caer, aunque de forma temporal, entre un 20 y un 30 por ciento”. Este estudioso de recesiones de la historia, Premio Nobel de Economía, cavila que “posiblemente esta crisis será entre tres y cinco veces peor que la crisis financiera de 2008” . La mayoría de los expertos equipara la actual contracción con la Gran Depresión de los años 30.

Y eran previsibles las respuestas. Las grandes economías capitalistas volvieron a una fórmula aplicada en EEUU y la zona euro durante la crisis que comenzó en 2008: imprimir billetes sin miramientos. Ante las primeras señales de recesión con signos de Covid-19, los bancos centrales de las principales economías abrieron las compuertas de dólares, euros, yenes y libras esterlinas.

Mediante las llamadas inyecciones masivas de liquidez, la Reserva Federal planea agregar 2,3 billones de dólares a la economía estadounidense. El Banco Central Europeo (BCE), tradicionalmente mucho más cauteloso, no demoró esta vez para aprobar la inyección de 1,1 billones de euros. Esos montos equivalen a alrededor del 10 por ciento del PIB de EEUU y de la eurozona, respectivamente.
De manera casi simultánea, las autoridades monetarias de otros países, incluidas las economías con divisas de referencia -Reino Unido, Canadá, Japón y Suiza-, aplicaron una pauta similar.

Los bancos centrales no encuentran otra salida ante la contracción generalizada de ventas e ingresos, la ruptura de cadenas globales de valor y la paralización casi total de grandes empresas, como las aerolíneas. Se persignan por el peligro inflacionario latente en el aumento desproporcionado de la masa monetaria, pero confían porque después del 2008 la inflación nunca estalló, ni siquiera amenazó a pesar de que la Reserva Federal inyectó 3,8 billones de dólares entre ese año y 2014 mediante la denominada “flexibilización cuantitativa”. En la rancia Europa los indicadores de inflación se mantuvieron más bien deprimidos a pesar de aplicar igual recurso monetario. Es previsible que en esta oportunidad se arriesguen a inyectar montos de dinero mayores en sus economías.

Con esa droga monetaria, los impresores de dinero prometen socorrer a empresas, gobiernos y consumidores. Pero si la partitura es la misma que interpretaron después de 2008, los verdaderos beneficiados serán los grandes bancos y empresas que integran el gran capital, mientras el resto de la sociedad permanece narcotizado.

 

Neoliberales en confinamiento temporal

 

La mayoría de los gobiernos han adoptado planes para socorrer a empresas, autoridades territoriales, hospitales, desempleados y familias. Unos les llaman eufemísticamente programas de estímulo económico, pero en casi todos los casos se trata de planes de emergencia o sobrevivencia. El límite de los montos depende del nivel de endeudamiento que tenían cuando el Sars-Cov-2 entró en escena, pero las economías dominantes en la red financiera global no conocen de frenos.

En EEUU este programa fiscal llegó a casi 3 billones de dólares en abril, cuatro veces el paquete aprobado tras la recesión de 2008. Los gobiernos europeos también han movilizado volúmenes inéditos de dinero en planes de emergencia. Pero los expertos prevén que la crisis económica y sanitaria se tragaría el socorro fiscal en pocos meses. El protagonismo mayor quedará entonces para los bancos centrales y sus políticas monetarias ultraexpansivas, como después de 2008. O para programas de gasto fiscal más agresivos, acorde con el manual que popularizó John M. Keynes en la Gran Depresión de los años 30.

Después de ser desplazados por la tendencia neoliberal durante casi medio siglo, los economistas de la escuela keynesiana han encontrado una oportunidad de oro con la crisis de la Covid-19 . Krugman, uno de los más conocidos, aboga incluso por duplicar el monto previsto en el programa de emergencia fiscal de EEUU frente a la pandemia. Piden compensar la caída del gasto privado con un aumento del gasto gubernamental, dirigido a inversiones en infraestructura, proyectos de investigación y desarrollo (I+D) y programas de asistencia social. Es el recurso para levantar economía y empleo en medio de la crisis.

Krugman admite, sin embargo, que se convertiría en una “gran bomba de tiempo fiscal”, al gravitar sobre una economía con alto endeudamiento y un peligroso déficit presupuestario ya. La deuda pública de EEUU trepó a poco más del 100 por ciento del PIB en 2019 y puede llegar al 131 por ciento este año, según el FMI.

A pesar de que esta fórmula traslada las amenazas para el futuro, los economistas de casi todas las escuelas postulan la intervención protagónica del Estado ante la actual crisis. El francés Pierre-Olivier Gourinchas habla de medidas o “candados de seguridad” disponibles por los gobiernos para aplanar la curva de la pandemia primero, limitar los daños económicos y levantar luego la economía de manera gradual. Este estudioso delinea una inteligente relación entre solución de la pandemia y recuperación económica, en que el apuntalamiento del sistema de salud, la protección de los desempleados y el sostén de la actividad crediticia serían prioridades para el fisco.

El británico Michael Roberts acepta esa idea, aunque advierte que fuera de las economías del G-7 quedan pocas posibilidades de maniobra a países con elevado endeudamiento y alto déficit fiscal. Como buen marxista, Roberts tuerce el timón más a fondo que los keynesianos: “Esta depresión solo puede revertirse con medidas similares a las de la guerra, a saber, la inversión masiva del gobierno, la propiedad pública de los sectores estratégicos y la dirección estatal de los sectores productivos de la economía”.

Hasta los neoliberales aprueban esta vez la intervención de los gobiernos para apagar un incendio sanitario, económico y social ante el cual el mercado se mostró incompetente.

¿Una derrota del pensamiento neoliberal? Sería ingenuo creerlo. Si hablamos en términos militares, se trata apenas de un repliegue táctico, similar al adoptado en 2008. Aquella vez, ante la incapacidad del mercado para enfrentar los riesgos que amenazaban con congelar a la economía mundial, el recurso fue “obligar a los Estados a asumirlos”, razonó el filósofo John Gray.

 Asustados por la quiebra de uno de los bancos aparentemente imbatibles de la época, el Lehman Brothers, las economías neoliberales tocaron a la puerta de los estados, y postularon las peligrosas inyecciones de liquidez con el fin explícito de salvar de la ruina a otros bancos y empresas de gran porte.

El beneficio mayor de los billones de dólares y euros que la Reserva Federal y el BCE inyectaron a partir del 2008 quedó en las cajas fuertes de Goldman Sachs, Bank of America, Citigroup y otros grandes bancos y empresas financieras. A las inversiones productivas, a la economía real, llegó muy poco. Tras provocar la crisis financiera con el festín de las hipotecas subprime o hipotecas basura, el gran capital global tomó los préstamos casi regalados de los bancos centrales para limpiar sus balances contables y hacer nuevos negocios, pero sin salir de su paraíso bursátil.

La recompra de acciones y el juego sucio de los llamados derivados financieros se generalizó en las bolsas de valores después de 2008, como un hueco negro que absorbía el dinero que imprimían los bancos centrales. Las grandes empresas financieras y no financieras emiten nuevas acciones para recomprarlas y elevar artificialmente su valor, fieles a la sacrosanta lógica capitalista: ganar más, con el menor gasto posible, en el menor tiempo posible. En mercados cada vez más desregulados por la pauta neoliberal, la especulación financiera resulta más tentadora que las inversiones a mediano y largo plazo en producciones o en el desarrollo de tecnologías.

Empresas mundialmente conocidas por su liderazgo tecnológico amasan sus ganancias más jugosas a cuenta de la llamada financiarización: recompra de acciones, de títulos de deuda y derivados financieros. Alphabet (dueña de Google), Facebook, Amazon, Hewlett Packard, IBM, Motorola, Xenox y Symantec (NortonLifeLock ahora) invierten más en la especulación financiera que en el desarrollo tecnológico. Microsoft se enganchó en 2019 con una recompra de acciones por valor de 40.000 millones de dólares. Entre dos tercios y tres cuartas partes de los activos de Apple, Oracle y Ebay son créditos a otras empresas: piden préstamos a la gran banca para ofrecer a su vez préstamos con tasas de interés más altas a otras compañías de mayor riesgo. General Electric, General Motors, Ford y Pfizer también se sumergen en laberintos financieros cada vez más retorcidos, para mantener las ganancias que se les escapan en los mercados de la economía real.

“En el mundo imaginario del sistema capitalista enseñado en los manuales de economía –concluía Eric Toussaint ante tales evidencias-, las empresas emiten acciones en Bolsa para recaudar capital a fin de invertirlo en la producción. En el mundo real, las empresas capitalistas piden prestado capital en los mercados financieros o a los bancos centrales para recomprar sus acciones en Bolsa a fin de aumentar la riqueza de sus accionistas y dar la impresión de que la salud de la empresa es excelente”.

El analista Brian Reynolds estima que desde 2009 la recompra de acciones ha sido la "única fuente neta de dinero que entra en el mercado de valores". Otro economista estadounidense, William Lazonick, calcula que estas recompras equivalen al 52 por ciento de todas las ganancias corporativas, con dividendos en acciones que representaron otros 3,3 billones de dólares en 2016 y 2017, monto muy cercano, por cierto, a los 3,8 billones que la Reserva Federal inyectó entre 2008 y 2014 en samaritano socorro de Wall Street.

¿Renunciarán estas empresas a ese pastel ahora? ¿Quién garantiza que no se repita la historia cuando se diluyan los nubarrones de la Covid-19? ¿O se estará repitiendo ya, en plena tormenta, mientras la población global delira tras una vacuna que ponga fin a la catástrofe sanitaria?

 

Bomba de tiempo: la deuda global


El juego sórdido de las bolsas tiene el atractivo del bajo riesgo para los mayores especuladores. Cuando los enredos de un gran banco o empresa no financiera se van de rosca y llegan a un punto de quiebra y crisis como la de 2008, cuentan con la protección de un banco central dispuesto a inyectar, prestar, imprimir, inventar dinero, bajo el criterio de que la quiebra de un gigante pondría en riesgo al resto de la economía. “Too big to fail” (demasiado grande para dejarlo fracasar) es la filosofía pública de la Reserva Federal y del BCE.

La especulación, por tanto, no tiene frenos ni miedos. Las respuestas de las autoridades monetarias tampoco. En forma de títulos de deuda soberana y otros activos, los mayores bancos centrales del mundo imprimen dinero con fervor que deja como niños de teta a los asaltantes de la popular serie española Casa de Papel.

Entre 2008 y 2014, la Reserva Federal triplicó la base monetaria en EEUU y llevó las tasas de interés casi a cero. Pero el efecto sobre la economía real fue pobre. En la zona euro y en EEUU, las políticas monetarias cayeron en esos años en un saco roto que Keynes definió como trampa de liquidez en la década del 30: ni las inyecciones masivas de dinero ni las tasas de interés reducidas a mínimos consiguieron reanimar la actividad crediticia ni la economía empresarial. Los analistas más agudos observan que el alza de las bolsas en esos años tuvo expresión mínima en la industria y el comercio de EEUU y la eurozona. China también dio señales de desaceleración.

Ante evidentes síntomas de agotamiento de la economía –visibles antes de la pandemia-, la Reserva Federal tuvo que acudir a fines del 2019 a otra inyección de liquidez, justo cuando se suponía que debía maniobrar para retirar del mercado las anteriores. Ni los bancos prestaban, ni las empresas invertían. Optaban por conservar el dinero líquido en cuentas de ahorro o en negocios bursátiles sin impacto en la economía real. Los bancos centrales de otros países acudieron a igual salvavidas monetario.

Las mayores economías no han logrado salir de esa trampa de liquidez por más que inyectaban billones y más billones. El BCE ha recortado actualmente las tasas de interés por debajo de cero, para presionar a los bancos comerciales a que no escondan en sus cuentas o negocios los recursos financieros que reciben.

Pero con la severa contracción global de oferta y demanda que generó la Covid-19 es poco probable que las empresas se arriesguen en inversiones en la economía real. El sentimiento empresarial dominante en una coyuntura de crisis alienta a reducir gastos, suspender inversiones, reducir créditos. Los billones de dólares y euros que se están sumando a una circulación monetaria que ya estaba desbordada en 2019 corren el riesgo de permanecer en un limbo bancario, si no se los traga la especulación bursátil de nuevo y en particular la recompra de acciones, como advertía en abril una investigación publicada por el Wall Street Journal.

La economía se contrae en el mundo, el dinero se desborda sin límites y la deuda global crece a escalas incontroladas.

El Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, por sus siglas en inglés) alertó en un reciente informe que la deuda global había escalado en 2019 hasta 255 billones de dólares, equivalente al 322 por ciento del PIB del planeta, o sea, más de tres veces la dimensión de la economía mundial. Y teme que ascienda a 342 por ciento en 2020 en un contexto de recesión en que la mayoría de las economías no encuentran otra alternativa que no implique mayor endeudamiento. En abril, la emisión de deuda trepó a 2,1 billones de dólares, frente a una media mensual de 700.000 millones entre 2017 y 2019, según el IIF.

Para mayor conflicto, las tasas de interés ancladas en cero en las mayores economías favorecen que las grandes empresas financieras y no financieras se refugien en el negocio de vender y revender deuda.

Toussaint, opuesto a echar las culpas de la actual crisis económica a la pandemia, advirtió el año pasado sobre el peligro de estallido de la burbuja especulativa que se ha formado en el mercado de valores por las políticas de los bancos centrales. “La deuda pública contraída para rescatar a los bancos es claramente ilegítima”, concluyó.

El bombillo rojo lo perciben no solo los analistas de izquierda. El Banco de Pagos Internacional (BPI), con sede en Basilea, Suiza, advirtió a mediados de 2019 el peligro de una nueva crisis financiera , esta vez a cuenta de la abultada deuda corporativa. Esta suerte de comisario de los bancos centrales del mundo alertó por el sobrecalentamiento visible en el mercado de préstamos “apalancados”, como le llaman a los préstamos a empresas endeudadas en exceso. Sectores económicos completos, como la industria del petróleo y el gas y el comercio minorista en EEUU, están totalmente amarrados a este respirador artificial, estimado en 3,5 billones de dólares.

La filosofía capitalista dominante ya resolvió el problema: ha optado por dejar a las generaciones políticas del futuro la solución del peligroso enredo financiero.
Si la historia se repite, la gran banca mundial y las mayores empresas volverán a hacer su agosto bursátil con el mar de dinero barato que les proporcionan los bancos centrales. Las bolsas resistirán como refugio perfecto, en momentos en que el colapso global de la producción y del comercio arrastra a las economías de menor porte –países y empresas que no saben contar todavía en escala de billones.

Con sibilina habilidad para flotar y ganar siempre, el gran capital financiero quedó como principal beneficiado en la crisis financiera que provocó en 2008. Y apunta a serlo de nuevo, en este desastre de salud y de economía causado, más que por un coronavirus, por la destrucción previa de sistemas sanitarios a cuenta de la doctrina neoliberal que tiene al gran capital como defensor mayor. Todo es previsible con la Covid-19.

Publicado enEconomía
Como la élite mundial tratará de beneficiarse de la pandemia. Entrevista a Naomi Klein

La crisis es la ocasión para colar políticas impopulares

 

El coronavirus es oficialmente una pandemia mundial que hasta ahora ha infectado diez veces mas personas que el SARS de 2003. En EE.UU., escuelas, universidades, museos y teatros, cierran sus puertas; y pronto, ciudades enteras, harán lo mismo. Los expertos advierten de que algunas personas, sospechosas de estar infectadas por el virus en EE.UU: prosiguen su rutina cotidiana. Porque su empleo no les permite bajas pagadas dadas las deficiencias del sistema privatizado de salud norteamericano.

La mayoría de entre nosotros (NT.: para los ciudadanos norteamericanos) no saben qué hacer ni a quién escuchar. El presidente Donald Trump ha rechazado las recomendaciones de los centros de control y de prevención de enfermedades; y estos mensaje contradictorios han reducido nuestro margen de maniobra para atenuar los daños causados por este virus tremendamente contagioso.

Son las condiciones perfectas para que los gobiernos y la élite mundial desplieguen programas políticos, que de otra forma, encontrarían gran oposición si no estuviéramos todos tan desorientados. Esta cadena de acontecimientos no es exclusiva de la crisis creada por el coronavirus; es el proyecto que los políticos y los gobiernos persiguen desde hace décadas, conocido con el nombre de “doctrina del shock”, término inventado por la activista y autora Naomi Klein en un libro del mismo nombre de 2007.

La historia es una crónica de “shocks”: los de las guerras, las catástrofes naturales y las crisis económicas, y de sus consecuencias. Estas consecuencias se caracterizan por el “capitalismo catástrofe”; mediante “soluciones” calculadas y de libre mercado para las crisis que estallan y exacerban las desigualdades existentes.

Según Klein, asistimos ya a un capitalismo catastrófico en el terreno nacional; para responder al coronacirus, Trump ha propuesto un plan de estímulo de 700 millardos de dólares que incluye reducción de cargas sociales (que devastarán la seguridad social) y proporcionará una ayuda a las industrias faltas de oportunidades de negocio causadas por la pandemia: “No lo hacen porque crean que es el medio más eficaz para paliar el sufrimiento causado por la pandemia; formulan tales ideas porque ven una oportunidad para desplegarlas”, ha declarado Klein.

VICE ha preguntado a Klein sobre la forma como el “shock” del coronavirus cede su lugar en la cadena de acontecimientos que describió hace ya más de diez años en La doctrina del shock.

 

VICE: Empezemos por lo esencial. ¿Qué es el capitalismo de catástrofe? ¿Cuál es su relación con la “doctrina del shock”?

 

La forma como defino el “capitalismo catástofe” es muy simple: describe la manera como las industrias privadas emergen para beneficiarse directamente de las crisis a gran escala. La especulación sobre las catástrofes y la guerra no es un concepto nuevo, pero se ha profundizado claramente con la administración Bush a partir del 11 de setiembre, cuando el gobierno declaró este tipo de crisis de seguridad sin plazo, y simultáneamente la privatizó y externalizó; esto incluyó el Estado de seguridad nacional en la privatización, así como la invasión y ocupación (privatizada) de Irak y Afganistán.

La “doctrina del shock” es la estrategia política que consiste en emplear las crisis a gran escala para hacer avanzar políticas que profundicen sistemáticamente las desigualdades, enriqueciendo a las élites y debilitando a los demás. En tiempos de crisis, la gente tiende a concentrarse en las urgencias cotidianas para sobrevivir como sea y tiende a contar sobre todo con los que están el poder. En épocas de crisis, desviamos un poco la mirada, lejos del juego real.

 

VICE: ¿De dónde viene esta estrategia política? ¿Cómo trazar su historia en la política norteamericana?

 

La estrategia de la doctrina del shock fue una respuesta de Milton Friedman al programa del New Deal. Este economista neoliberal creía que todo estaba equivocado con el New Deal en Estado Unidos: para responder a la Gran Depresión y al Dust Bowl (NdeT: Tormenta de polvo) un gobierno mucho más activo surgió en el país, que se propuso resolver directamente la crisis económica en la época creando empleos públicos y ofreciendo ayudas directas.

Si Vd. es un economista del libre mercado, comprenderá que cuando los mercados quiebran, hay preparado un cambio progresivo que es mucho más orgánico que el tipo de políticas de desregulación que favorecen a las grandes empresas. La doctrina del shock se desarrolló como un medio de evitar que las crisis cedan el lugar a momentos orgánicos en los que surjan políticas progresistas. Las élites políticas y económicas entienden que los momentos de crisis son la ocasión para hacer avanzar su lista de deseos de políticas impopulares que polarizan aún más la riqueza en este país y en todo el mundo.

 

VICE: Actualmente estamos confrontados con múltiples crisis: una pandemia, falta de infraestructuras para resolverla y hundimiento de la bolsa. ¿Podría explicarnos como cada uno de estos elementos se inscribe en el esquema que Vd. ha descrito en la Doctrina del shock?

 

El shock en realidad es el mismo virus. Se le ha tratado de manera que maximice la confusión y minimice la protección. No creo que sea una conspiración; es justo la forma como el gobierno norteamericano y Trump han gestionado, completamente mal, esta crisis. Hasta ahora Trump ha tratado esta situación, no como una crisis de salud pública, sino como una crisis de percepción y un problema potencial para su reelección.

Es el peor de los escenarios, máxime si se tiene en cuenta el hecho de que Estados Unidos no dispone de un programa nacional de salud y que la protección de la que se benefician los trabajadores es muy mala: por ejemplo, la ley no establece prestaciones por enfermedad. Esta combinación de fuerzas ha provocado un choque máximo. Va a explotarse para salvar industrias que están en el núcleo de las crisis más extremas a las que hemos de enfrentarnos, como la crisis climática: la industria aérea, la petrolera y gasística, la de los cruceros, y quieren consolidar todo esto.

 

VICE: ¿Cómo hemos visto esto antes?

 

En La doctrina del shock hablo de lo que pasó después del huracán Katrina. Grupos de expertos de Washington como la Heritage Foundation se reunieron creando una lista de soluciones “pro libre mercado” para el Katrina. Podemos estar seguros de que ahora se hará el mismo tipo de reuniones. De hecho, la persona que presidió el grupo Katrina fue Mike Pence (NT: la persona que preside ahora el dossier Coronavirus). En 2008, ese movimiento se tradujo en el salvamento de los bancos, cuando los países les entregaron cheques en blanco, que finalmente se elevaron a varios millardos de dólares; pero el coste real de esta situación tomó la forma de amplios programas de austeridad económica (reducciones ulteriores de servicios sociales). Así que no se trata tan solo de lo que pase ahora, sino también de la forma como lo pagarán en el futuro, cuando se presente la factura de todo lo que se debe.

 

VICE: Si nuestros gobernantes y la élite mundial van a beneficiarse de esta crisis para sus propios fines, ¿qué puede hacer la gente para apoyarse mutuamente?

 

“Voy a cuidar de mí y de los míos, podemos adquirir la mejor póliza de seguro privado de enfermedad, y si Vd. no la tiene, probablemente es su error, no es mi problema”: he aquí lo que una economía de vencedor mete en nuestros cerebros. Lo que revela en un momento de crisis como ahora, es nuestra interrelación de unos con otros. Comprobamos en tiempo real, que estamos mucho más interconectados de lo que nuestro brutal sistema económico nos permite creer.

Podemos pensar que estaremos seguros si obtenemos buenos cuidados médicos, pero si la persona que prepara o suministra nuestros alimentos, o que envuelve las cajas, no tiene acceso a cuidados médicos y no puede permitirse los análisis, y aún menos quedarse en casa porque no tiene prestación por enfermedad, no estaremos seguros. Si no nos cuidamos unos a otros, ninguno estará seguro. Estamos atrapados.

Las diferentes formas de organizar la sociedad favorecen o refuerzan diferentes partes de nosotros mismos. Si está en un sistema que, como sabe, no cuida de la gente, y no distribuye los recursos de manera justa, entonces nuestro impulso por la acumulación estará en riesgo. Piense esto y reflexione en cómo. En vez de empecinarse en pensar en cómo pueden cuidarse a sí mismos y a su familia; Vd. puede cambiar y reflexionar sobre la forma de compartir con sus vecinos y ayudar a las personas más vulnerables.

21/03/2020

La entrevista la realizó Marie Solis

Naomi Klein

Autora, entre otros libros, de 'La doctrina del shock' y 'No Logo'.

Publicado enInternacional
Miedo y asco en el capitalismo global: el coronavirus y la crisis de beneficios

La crisis traída a primer plano por la extensión del coronavirus, no es una crisis financiera en origen, sino una crisis directa de la llamada

“economía real”.

 

La crisis global por la extensión del coronavirus va desencadenar una profundísima recesión mundial que puede dejar pequeña la de 2008. Desde luego, nada de lo que esta sucediendo estos días en términos propiamente económicos, y están sucediendo muchas cosas, pilla por sorpresa a quienes han venido siguiendo la situación económica global en los últimos años. Recordemos: todavía hace dos años, estábamos un plácido dominio del modelo de relación entre territorios capitalistas, por la vía de lo que llamamos globalización. Desde entonces ese entramado empezó a crujir ante las presiones, sobre todo americanas, que apuntaban a una vuelta a un modelo centrado en la supuesta soberanía económica de los Estados nación por medio de la competencia generalizada entre territorios y Estados. El aspecto más visible de este giro ha sido la guerra comercial a tres bandas entre EE UU, China y la UE.

La guerra comercial, y en general, el reajuste de posiciones políticas que ha sufrido la economía global en los dos últimos años, ha tenido como telón de fondo una perdurable crisis del beneficio capitalista que se arrastra con distintas intensidades desde 1973. Como ya se ha repetido hasta la saciedad, la gran apuesta capitalista de salida a la crisis de los años setenta fue la financiarización del capital, la reversión de tanta riqueza social como fuera posible a formas monetarias y líquidas. Frente al capital cristalizado en estructuras físicas permanentes, con sus ritmos de amortización predeterminados, el dinero y sus sustitutos dio a la nueva clase capitalista dominante, las finanzas y los mercados financieros, la posibilidad de centralizar el poder sobre el proceso de acumulación a través de la más abstracta de las formas de poder: el dinero y los instrumentos monetarios.

La crisis asiática de 1998, la crisis de la burbuja tecnológica de 2001 y, finalmente, el gran estallido de la burbuja inmobiliaria global en 2007, que con tanta fuerza se sintió en España, nos han ido retirando sucesivamente la ilusión de un capitalismo en el que las vías de beneficio fueran obtenidas por medios mayoritariamente financieros, principalmente por medio del uso extensivo de la deuda y el crédito para la recomposición de la rentabilidad. Se han vuelto a dejar una vez más al descubierto los gigantescos problemas de valorización y realización que arrastra el aparato productivo global, y que se experimentan como una situación de exceso permanente de capacidad productiva y competencia destructiva en los sectores capitalistas centrales, algo fácilmente comprobable en su forma mediada a través de los Estados: de nuevo, la guerra comercial.

De alguna manera, el giro que tomó la geoeconomia global en 2017 hacia el conflicto entre la triada EEUU-China-UE parte de un reconocimiento tácito de que la acumulación de capital, incluidas las vías financieras, no llega a producir beneficios para todos los agentes capitalistas, no hablemos de satisfacer unos mínimos criterios de ordenación política de las sociedades gobernadas por el capital financiero. Alguno de estos agentes tiene que perder la batalla por la rentabilidad y, de forma derivada, su posición jerárquica en el nuevo orden mundial. Este hecho se muestra en la debilidad del proceso de acumulación, del crecimiento o de la inversión, y en que durante los cinco o seis años los bancos centrales hayan inundado de liquidez a las instituciones financieras, sin que esta haya permeado significativamente al tejido productivo.

En este sentido, y ceñidos a la más inmediata actualidad, la crisis traída a primer plano por la extensión del coronavirus, no es una crisis financiera en origen, sino una crisis directa de la llamada “economía real”: de la actividad, de la inversión, del mercado de trabajo. Esta vez no ha hecho falta que reviente un castillo de naipes financiero, ha bastado una alerta de pandemia, para que el PIB se contraiga en todo el mundo, las quiebras se multipliquen y el paro amenace con desbordar todos los niveles conocidos. Por supuesto, esta crisis del aparato productivo va a tener todo tipo de síntomas financieros, y como bien se sabe, en la medida que son las finanzas quienes controlan los aparatos, serán las finanzas las que tengan la última palabra, salvo que se encuentren con algún obstáculo político serio, en la orientación que tome una crisis que, para mas excepcionalidad, no podrá ser sentida en toda su magnitud por sus protagonistas hasta que acaben los actuales encierros y cuarentenas.

Los últimos dos años han servido también para certificar la muerte del neoliberalismo doctrinal que fue discurso hegemónico durante los años de la globalización y sus instituciones. El neoliberalismo doctrinal ponía el libre mercado y sus mecanismos de ajuste en el centro de toda actividad económica y política. Como figura complementaria de este neoliberalismo doctrinal, lo que podríamos llamar“ neoliberalismo realmente existente” se ocupó más de conquistar el Estado que de negarlo, para promover los intereses de las finanzas, desde entonces convertidas en una suerte de figura metonímica para definir “el mercado”. Pues bien, ni el uno ni el otro tipo de neoliberalismo han superado las barreras anteriores a la declaración de esta crisis.

Ya en la cumbre de Davos de 2020, lugar de peregrinación neoliberal por excelencia, ha sido imposible escuchar panegíricos a favor de la libertad de mercado y del mercado autorregulador como panacea. Tampoco la irrupción de la crisis bajo la forma de crisis de salud pública parece que vaya a facilitarles de momento a los neoliberales la contraposición, tan clara como tramposa, entre Estado y Mercado como eje decisional de las políticas públicas durante la crisis. Como dijo Richard Nixon en 1970, antes de asestar el tiro de gracia al régimen de Bretton Woods: “We are all keynesians now”. Porque, efectivamente, la antigua posición dominante de los dos tipos de neoliberalismo —el doctrinal y el realmente existente— se ha ido desgajando en dos posiciones centrales de las que van colgando distintas variantes. Por un lado, se ha ido haciendo fuerte un discurso neokeynesiano que pone el acento en la desinversión que ha supuesto el ciclo neoliberal y que lee la hegemonía de las finanzas como un movimiento propiamente político de las élites, dirigido a obtener un mayor porcentaje de la riqueza social y a concentrar tanto renta como riqueza en el 1% mas rico y poderoso del planeta.

Observamos aquí el conocido discurso de las desigualdades sociales crecientes que se podría revertir mediante la combinación adecuada de política fiscal e inversión masiva. Esta posición ha emergido, no sin traumas, a partir de la constatación de la fortísima deslegitimación política frente a sus poblaciones que han sufrido los gobiernos, tanto socialdemocratas como conservadores, que siguieron al pie de la letra la vulgata neoliberal durante los años de la crisis, con sus rescates millonarios y su austeridad catastrófica. Para este discurso, los sectores tecnológicos y energéticos, desde el punto de vista del paradigma del Green New Deal, serían los grandes puntales del nuevo ciclo de crecimiento que propiciarían las políticas keynesianas, tanto fiscales como monetarias adecuadas. El QE for the people que inventaron las fundaciones progresistas británicas, con Anne Pettifor y la New Economics Foundation a la cabeza, puede ser el ejemplo más inmediato: fabricación masiva de dinero e inversión para una transformación del capitalismo de nuevo en capitalismo productivo. Siguiendo la tradición keynesiana, los beneficios aquí no son un problema. Al depender la capacidad productiva utilizada y rentable única y exclusivamente de la demanda, se trata de fabricar una nueva demanda masiva desde el Estado a la que necesariamente seguirá la inversión privada. 

Otro gran bloque de posiciones políticas en la crisis se ha ido fraguando a partir del ascenso de Trump al poder. Este pone el acento en la soberanía nacional de los Estados nación como salida política a la crisis a partir de la desglobalización. Endurecimiento de las condiciones para la libre circulación de trabajadores, proteccionismo mercantil a través del uso selectivo pero contundente de aranceles y tratados comerciales bilaterales con los que negociar alianzas políticas entre Estados nación frente a los grandes tratados multilaterales de la época de la globalización. Si el neokeynesianismo anteriormente mencionado sigue manteniendo en perspectiva, como área de acción, las grandes zonas políticas transnacionales, como la UE, la perspectiva neosoberanista apunta a la ruptura de estas grandes áreas transnacionales.

La irrupción de la crisis del coronavirus ha supuesto la aceleración de estas tendencias que no eran mas que tomas de posición frente a una crisis global perfectamente anticipada por parte de los agentes capitalistas. La lógica de las finanzas y, por extensión de la economía ortodoxa, se puede esbozar como una serie de causas estructurales que buscan un acontecimiento externo al que adosarse para poder presentarse como consecuencias y no como causas. Es comprensible, ni las finanzas, ni los aparatos políticos nacionales y transnacionales que las sostienen, van a decir, si lo pueden evitar, que el edificio financiero mundial está colapsando desde dentro. En 2007-2008 no tuvieron otro remedio porque la crisis apareció inmediatamente como una crisis bancaria, y aun así, tuvimos que soportar sus buenos tres años de escuchar que estábamos ante un problema de liquidez localizado, provocado por el mercado de hipotecas norteamericano, pero que la salud de la economía global era envidiable.

En este caso, y aunque por el momento no hay medio de comunicación, ni analista global que eche la mirada más atrás de tres semanas, basta mirar los informes financieros de una entidad tan “cuidadosa” con la “confianza de los inversores” como el FMI para ver que desde 2017 no han hecho más que anunciar una gran crisis global, lo mismo se puede decir en lo que se refiere a la inmensa mayoría de organismos económicos y financieros transnacionales. Esta lectura casi automática de la crisis del coronavirus como “la crisis global” que se estaba esperando, ha venido, por un lado, haciendo que las primeras respuestas ya estuvieran teñidas de las posiciones previas tomadas durante estos dos años y, por otro, en un claro caso de profecía autocumplida, han agravado considerablemente los perfiles de la crisis de producción y empleo.

La primera respuesta de China, que lleva desde 2012 incentivando su demanda interna y subiendo el contenido tecnológico de su producción para dejar de ser el sweatshop del mundo, con todo su despliegue propagandístico de capacidad de movilizar militarmente a su fuerza de trabajo, de construcción visible de hospitales en tiempo récord o, ahora recientemente, reclamando haber descubierto una vacuna contra el virus, ponen encima de la mesa claramente una voluntad hegemónica china que no se había visto tan claramente hasta estos días. Durante la guerra comercial, China nunca ha admitido querer ser otra cosa que un empleado preferencial de Estados Unidos, con cierta autonomía pero siempre sabiendo que su lugar es subordinado. La apuesta más fuerte de China, y de la que ha salido por ahora bastante bien parada, fue restringir la producción y el consumo durante los días de la cuarentena hasta un 20% de su capacidad total, forzando la primera oleada de crisis en los mercados financieros. Lo que se demostró en esos días es que China es el único país del mundo que puede bajar la producción a niveles muy por debajo de lo habitual y que los efectos del caos generado en los mercados financieros los sientan otros. En general, China ha aprovechado esta crisis para presentar su candidatura a nueva potencia hegemónica mundial apoyada en el keynesianismo interno y la militarización de la fuerza de trabajo. De haber sido interpretado de esta forma por el resto del mundo, hubiéramos entendido también que sus medidas frente a la extensión del virus no eran replicables en otros lugares.

Por su parte, Donald Trump y el gobierno de los Estados Unidos han puesto por delante la visibilidad de la soberanía nacional en las medidas de crisis: cierre de fronteras, suspensión de viajes desde Europa y de europeos, deportaciones de sin papeles y, aquí también, nuevas lineas de gasto público siempre subordinadas a la aserción de Estados Unidos como fuerza económica. De manera extraordinariamente simbólica, el posible envió de cheques a una población americana que no tiene ni baja por enfermedad, ni seguro de desempleo, ni por supuesto sanidad pública, viene a reforzar esa imagen del Estado soberano que pone dinero en el bolsillo de sus ciudadanos libres sin necesidad de intermediarios.

También Boris Johnson en Reino Unido ha querido subirse a este tipo de políticas trumpistas, lo que en principio Trump parecía favorecer al excluir al Reino Unido de la prohibición de volar a Estados Unidos. Johnson, candidato que logro su ascenso al 10 de Downing Street mediante la capitalización política del Brexit no puede ahora emular las medidas de la UE sin que le suponga ser pillado en un renuncio. Sin embargo, precisamente porque ya no se encuentra amparado por la UE y Estados Unidos parece solo a medias interesado en llevar al Reino Unido a rebufo, los fuertes ataques que esta sufriendo la libra esterlina en medio del caos generado por la apreciación del dolar y la bajada de los rendimientos de los bonos del tesoro americano a diez años, van muy probablemente a doblegar la posición soberanista británica haciendo comulgar a Johnson con los criterios europeos.

Caso de que todas las tendencias encadenadas a partir de la irrupción de la crisis del coronavirus tengan vida autónoma y capacidad de marcar el camino de las decisiones económicas bastante más allá del momento en que se controle el virus, debemos prestar atención a un factor especialmente importante: un factor que tiene visos de afectar más a la coyuntura económica global que el propio virus. Se trata de la decisión saudí de bajar unilateralmente el precio del petroleo y de aumentar la producción de crudo del Golfo. Esto es nada menos que, por un lado, una reversión de la tendencia a la cartelización de los países productores de petroleo para obtener rentas monopolistas desde los años setenta, y, por otro, un síntoma de la irrupción de la competencia y la bajada de rentabilidad en el sector energético en la misma línea que ambas cosas llevan afectando, también desde mediados de los años sesenta, a los entonces sectores industriales punteros.

En cualquier caso, y aunque la decisión se presenta de forma inmediata como un ataque a Rusia y su petróleo, es evidente que en el punto de mira están tanto las nuevas formas de perforación petrolífera, como, más importante aún, toda la transición energética hacia formas de sustitución de los combustibles fósiles, que agrupadas en el Green New Deal son una de las supuestas tablas de salvación del capitalismo global; amén de ser el único plan encima de la mesa para contener el cambio climático desde parámetros medianamente continuistas. Es de esperar que en los próximas semanas se produzcan quiebras en cadena de agentes financieros especializados en energía y muy especialmente de operadores en el mercado de futuros sobre el petroleo. Y de paso, que se desestabilicen las monedas de los países productores, con la posibilidad de crisis de deuda en varios países periféricos; alguno incluso en el club de los ultrarricos, como Noruega, que ha visto como su moneda se desplomaba por los suelos y ha necesitado de una operación de compra masiva por parte de su banco central.

La Unión Europea, por su parte, como nos tiene acostumbrados, ha sido el actor más histriónico en sus tomas de posición, así como en la solemnidad de sus declaraciones institucionales, si bien menos clara en sus lineas económicas a futuro. Por ahora, además de una escalada de las cifras empleadas en programas ya existentes, como el QE, y una profusión de millones dedicados a avales, es decir de apoyo al sistema financiero, ambas cosas relacionadas en sus cifras astronómicas con el descenso descontado de la factura energética por la bajada de precios del petróleo, hay poco tangible. Hay que tener en cuenta que los mismos riesgos de inflación, la bicha para el BCE, que aleja la bajada del precio del crudo encarece muchísimo el que, en principio, sigue siendo el proyecto central de reconstrucción productiva de la UE: el Green New Deal. Eso sí, el neokeynesianismo ambiente anterior a la crisis del coronavirus, se ha llevado hasta el paroxismo tanto en la Comisión Europea como en la mayoría de los países miembros. Todo ello acompañado de un discurso de keynesianismo de guerra y reconstrucción. De manera muy probablemente inconsciente, se está tocando sobre una lectura clásica de los efectos de la crisis de 2008, donde los multimillonarios rescates a la banca limitaron mucho la destrucción de valor necesaria para relanzar el proceso de acumulación desde parámetros keynesianos. De hecho, es opinión bastante extendida que jamás habría triunfado el keynesianismo como modelo de las economías capitalistas avanzadas sin la gigantesca destrucción de valor que fue la Segunda Guerra Mundial. Pues bien ese ajuste atroz es el que está lanzando la UE, que ahora mismo no esta condiciones de considerar la extensión del daño a la producción y los mercados de trabajo que está haciendo, pero si ve que la situación de alarma y estado de excepción da a los gobernantes de países donde la clase política está tan deslegitimada como Italia y España, poderes tan extraordinarios como temporales para anular cualquier forma de respuesta antagonista.

Isidro López  

Es miembro del Instituto DM.

Emmanuel Rodríguez

@emmanuelrog, es miembro del Instituto DM.

20 mar 2020 10:49

Publicado enEconomía
Miércoles, 22 Enero 2020 06:47

Desigualdad, cambio técnico y robots

Desigualdad, cambio técnico y robots

Durante muchos años buena parte de la comunidad de economistas cultivó la teoría de que la creciente desigualdad en Estados Unidos se debía a la presión que el cambio técnico ejercía sobre las remuneraciones de los trabajadores. Esta narrativa viene en varias envolturas, una más deficiente que otra, pero siempre le arregló muy bien a los poderes establecidos. De ahí su popularidad.

En una de sus presentaciones, el razonamiento es como sigue. El proceso de cambio técnico inherente al capitalismo hace que los trabajadores sean más productivos. Esto reduce la demanda de trabajadores, pero, como los trabajadores siguen teniendo necesidad de laborar, no les queda más remedio que moverse hacia sectores de baja productividad, menores salarios y peores condiciones en términos de precariedad. Es decir, el cambio técnico termina por imprimir un sesgo regresivo en la escala de remuneraciones, porque aumenta la demanda de trabajadores más calificados al tiempo que se castiga a los empleos de menores remuneraciones. En un giro que recuerda las viejas discusiones sobre el cambio técnico inducido, esta historia también afirma que los bajos salarios en las ramas más castigadas eliminan los incentivos a introducir innovaciones intensivas en capital. Todo eso vendría a explicar la creciente desigualdad que ya es motivo de escándalo en la sociedad estadunidense desde hace años.

Esta narrativa sobre las causas de la desigualdad se aplica en estos días a la introducción y difusión de robots de todo tipo en la economía. Ahora la presencia de éstos en casi cualquier rama de la industria manufacturera es común. Pero también lo está siendo cada vez más en el sector servicios, desde los procesos especulativos en el sector financiero hasta los sectores de hotelería, restauración y salud. Nadie va a quedar a salvo de esta oleada de cambio técnico. ¡Quizás hasta un día estas líneas podrían ser escritas por un robot!

Pero si bien la difusión de este proceso de difusión de innovaciones (la robotización) mantiene su ritmo acelerado, hay importantes críticas a esta narrativa cuando se le quiere utilizar para explicar la desigualdad. La primera es que la presencia de robots no es privativa de la economía estadunidense. Economías de un grado de desarrollo tecnológico comparable, como Japón y Alemania, tienen una presencia de robots en su economía similar o mayor que la que encontramos en Estados Unidos. Dicho sea de paso, la introducción de robots en esas economías es una respuesta al envejecimiento de la población y puede ayudar a mitigar su impacto sobre el crecimiento. En todo caso, esas economías no experimentaron el crecimiento en la desigualdad que hoy muestra la sociedad estadunidense. Esto indica que las causas de la desigualdad hay que buscarlas en otra parte.

La tasa de desigualdad en Estados Unidos comienza a crecer de manera patológica en la década de 1970. En esos años culmina un proceso de desintegración del entramado institucional construido durante la Gran Depresión y bajo el mandato presidencial de Roosevelt. Ese marco institucional (parte del New Deal rooseveltiano) había incluido legislación sobre condiciones de trabajo, negociaciones de contratos colectivos y remuneraciones. Por el lado fiscal, también introdujo esquemas impositivos progresivos (con altas tasas fiscales para los estratos de mayores ingresos). La reacción del capital en contra de ese marco institucional se manifestó desde los años 1930, en plena depresión, pero la fuerza de los sindicatos y su penetración en la economía estadunidense eran demasiado importantes.

En 1949 las tres grandes productoras automotrices y los sindicatos llegaron a un acuerdo (llamado por la revista Fortune el “Tratado de Detroit”) sobre mejores prestaciones y fondos para el retiro a cambio de una paz laboral. Ese acuerdo y la legislación laboral y fiscal explican la reducción de la desigualdad en la sociedad estadunidense durante la llamada época dorada del capitalismo. Las cosas comenzaron a cambiar rápidamente cuando por fin el capital pudo lograr revertir estas conquistas laborales. Los trabajos de Tomas Piketty, Emanuel Sáez y Gabriel Zucman muestran cómo el proceso de creciente desigualdad está más relacionado con cambios institucionales que con la introducción de nuevas tecnologías, los patrones comerciales con China o el uso de computadoras.

El resultado de todo este análisis es que la desigualdad está relacionada con el conflicto distribucional que yace en el corazón del capitalismo. Ese conflicto está ligado a la explotación de la fuerza de trabajo por el capital. La retórica podrá disfrazar esta realidad de mil maneras posibles, pero la realidad no se cambia con argucias de retórica. En países como México la desigualdad también proviene de este conflicto de clases que define al capital. Afirmar que la corrupción es culpable de la desigualdad puede ser un expediente útil para abordar un problema político. Pero al igual que la historia de los robots, esa narrativa no corresponde a la realidad.

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Kristalina Georgieva, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Washington, EEUU. EFE/EPA/Michael Reynolds

La situación en nuestros días se caracteriza por un "recrudecimiento de la incertidumbre", que tiene en la desigualdad uno de sus factores determinantes, según la directora del FMI Kristalina Georgieva. 

 

La situación actual se caracteriza por un "recrudecimiento de la incertidumbre", que tiene en la desigualdad uno de sus factores determinantes "como un eco de las primera parte del siglo XX", según ha señalado la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, para quien el sector financiero tiene un papel que desempeñar a la hora de evitar que los nuevos años 20 tengan un final semejante al de hace cien años, cuando la década concluyó en una catástrofe financiera. 

Georgieva ha destacado que, mientras que la desigualdad se ha reducido a nivel global durante las dos últimas décadas como consecuencia del crecimiento económico en los mercados emergentes y en desarrollo, la desigualdad interna en los países está aumentando en muchas economías y se mantiene elevada en otras. 

"En cierto modo, esta preocupante tendencia es un eco de la primera parte del siglo XX, cuando las fuerzas combinadas de la tecnología y la integración abrieron las puertas a la primera Época Dorada, los Años Locos y, finalmente, la catástrofe financiera", ha indicado la búlgara, añadiendo el reto "existencial" que representa la crisis climática

La directora del FMI ha expresado la necesidad de aprender las lecciones de la historia y adaptarlas a los nuevos tiempos, señalando que una desigualdad excesiva "obstaculiza el crecimiento y carcome los cimientos de un país. Corroe la confianza dentro de la sociedad y las instituciones. Puede alimentar el populismo y la turbulencia política". 

En este sentido, Georgieva considera que "si no se la ataca, la creciente desigualdad es un problema que no hará más que empeorar" y ha señalado que, si bien la política fiscal sigue siendo una herramienta poderosa, no se puede perder de vista la contribución del sector financiero. "De lo contrario, la década de 2020 podría terminar siendo muy parecida a la de 1920", ha advertido. 

La directora del FMI ha expresado la necesidad de aprender las lecciones de la historia

En cuando al impacto del sector financiero en la desigualdad, el FMI ha identificado tres dimensiones significativas: el tamaño o profundidad, la estabilidad y la inclusión financiera. 

"Las finanzas pueden ayudar a reducir la desigualdad, pero también están asociadas con una mayor desigualdad si el sistema financiero no está bien gestionado", ha apuntado. 

A este respecto, el FMI sostiene que las medidas para fomentar la inclusión financiera y de la mujer contribuyen a reducir la desigualdad, mientras que la regulación y supervisión deben velar por evitar un excesivo crecimiento del sector financiero. 

Asimismo y siempre que la calidad de la regulación y supervisión sea alta, el FMI apuesta por buscar simultáneamente la inclusión financiera y la estabilidad, añadiendo que las medidas en el ámbito financiero "son un complemento, no un sustituto, de otras herramientas". "Todavía se necesitan políticas fiscales y macroestructurales para ayudar a abordar la desigualdad", ha subrayado la directora del FMI.

17/01/2020 17:52 Actualizado: 17/01/2020 17:52

EUROPA PRESS

Publicado enEconomía
Miércoles, 27 Noviembre 2019 06:30

Bill Gates, agricultor africano

Bill Gates, agricultor africano

A partir de los años 1960 la revolución verde permitió incrementar de manera importante los rendimientos (toneladas por hectárea) de ciertos cultivos clave, en especial trigo y arroz, en algunas regiones de India. Esos aumentos se debieron a un paquete tecnológico que incluía el uso de semillas de alto rendimiento, insumos agroquímicos y, por supuesto, inversiones en irrigación. El crecimiento de los rendimientos puede atribuirse casi por igual al empleo de semillas mejoradas, fertilizantes e irrigación.

Estos son los beneficios que tanto impresionaron a Bill Gates. Desgraciadamente, Gates no leyó con atención las señales que estaban en el campo en toda África. El mensaje era claro: no es que la revolución verde hubiera pasado de largo a África. Simple y sencillamente, había fracasado.

Entre 1980 y 2004 el Consejo Consultivo de Centros de Investigación Agrícola Internacional (Cgiar) invirtió 160 millones de dólares anuales en transformar y modernizar la agricultura en África. Con esas inversiones no es posible afirmar que la revolución verde simplemente había ignorado al continente africano. La realidad es mucho más compleja e interesante. Pero Bill Gates prefiere configurar otra narrativa más a su gusto.

La revolución verde vino acompañada de varios problemas graves. Sin los insumos de agroquímicos y la irrigación, los rendimientos no podían aumentar y las semillas maravilla se quedaban sin rendir sus frutos. Por ese motivo los beneficios fueron para los agricultores más privilegiados. De hecho, muchos de los campesinos más pobres perdieron sus tierras al no poder enfrentar el peso del endeudamiento para pagar los insumos. Esto condujo a una mayor concentración de la tierra. Por el lado de la huella ecológica, la revolución verde y sus insumos químicos dejaron cuerpos de agua contaminados, suelos maltratados por la falta de rotación de cultivos y una fuerte erosión genética. En India había alrededor de 30 mil variedades de arroz utilizadas en la producción antes de la revolución verde. En la actualidad, la cosecha en ese país se produce a partir de unas 10 variedades.

Con este saldo es difícil imaginar que alguien quisiera repetir la experiencia en África. Pero en 2006, la Fundación Gates lanzó su iniciativa “Alianza para la revolución verde en África” (Agra). Su objetivo: duplicar los rendimientos e ingresos de más de 30 millones de hogares rurales en el continente para 2020. En estos días se ha dado a conocer una investigación de Tim Wise (Universidad de Tufts y Small Planet Institute), en la cual se demuestra que después de 10 años de inversiones multimillonarias las metas de la iniciativa Agra están lejos de ser alcanzadas. El análisis examina información a escala nacional para los 13 países cubiertos por Agra y también evalúa datos a nivel hogar en tres de ellos: Malawi, Zambia y Mozambique. (Este importante documento está disponible en afsafrica.org).

Wise demuestra que existe poca evidencia de que Agra esté en camino de hacer realidad sus objetivos sobre rendimientos e ingresos. Cuando se encuentran señales de progresos en esos rubros eso se debe a la existencia de programas gubernamentales de subsidios para la adquisición de insumos: la difusión del paquete tecnológico de Agra no se llevaría a cabo sin esos subsidios.

Se puede pensar que buscar una solución tecnológica para cualquier problema es el sesgo natural de una persona con la formación de Bill Gates. Pero quizás hay algo más profundo. En 2010 la Fundación Gates invirtió 23 millones de dólares en la compra de 500 mil acciones de Monsanto, el gigante de las semillas transgénicas y los agroquímicos como el glifosato. Desde entonces la postura respecto de los transgénicos ha sido ambigua, pero hoy se sabe que Agra también incluye ese tipo de semillas en sus programas de difusión tecnológica.

Lo más grave de Agra es que deja de lado otro tipo de trayectorias tecnológicas que son más eficientes para el manejo de agua, suelos y recursos genéticos. Por ejemplo, técnicas de permacultura y agroecología ya son aplicadas en muchas regiones de África y han demostrado ser más eficientes y menos agresivas con el medio ambiente.

Estas técnicas conservan la agrobiodiversidad y son además intensivas en trabajo, lo que permite crear y conservar empleos en el medio rural y proporcionan una mayor soberanía en las decisiones de los agricultores sobre la mezcla de producto y las técnicas de producción.

Organizaciones como Vía Campesina y la Alianza para la Soberanía Alimentaria en África son dos ejemplos de organizaciones que buscan construir desde abajo opciones que son tecnológicamente sanas y socialmente responsables. A final de cuentas, Bill Gates prefiere buscar la solución que desea el capital: apropiarse del proceso productivo campesino y convertirlo en un espacio de rentabilidad.

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Metano del fracking exacerba el calentamiento global: Cornell University

Ni las vacas ni los pantanos son culpables del calentamiento global, como predican los vulgares desinformadores lubricados por la industria texana del gas lutita ( shale gas).

Robert W. Howarth, del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la prestigiosa Universidad Cornell (Nueva York), publica en Biogeosciences (https://bit.ly/2KALVaJ) el descomunal incremento del metano atmosférico, producto del caníbal fracking (fracturación hidráulica) del gas lutita ( shale gas) –que adelanté hace seis (https://bit.ly/2KHi4gM) y cinco años (https://bit.ly/2YVp9Do).

Robert W. Howarth expone que el metano, segundo más importante gas invernadero detrás del bióxido de carbono que provoca el cambio climático, "se ha incrementado rápidamente en la atmósfera en la pasada década", contribuyendo al calentamiento global.

El tan vilipendiado fracking caníbal provoca el "pico global en el metano atmosférico".

Howarth demuestra que “el metano de la producción del gas lutita ( shale gas) en Norteamérica (sic) en la pasada década puede (sic) haber contribuido en más de la mitad (¡mega-sic!) de todas las emisiones aumentadas de los combustibles fósiles globalmente y aproximadamente la tercera parte (¡mega-sic!) del total de las emisiones incrementadas de todas (sic) las fuentes globales en la pasada década”.

"Norteamérica" es el entreguista concepto itamita de forzada integración energética de México (https://bit.ly/2KUvy7U) al triple esquema militar/geopolítico (https://on.cfr.org/31IJcle/) financierista (https://bit.ly/2KG1GNF) de EU.

Howarth comenta que "la atmósfera responde rápidamente (sic) a los cambios en las emisiones de metano". Moraleja: hay que centrarse en la disminución del metano antes que en el dióxido de carbono.

El científico Robert W. Howarth sentencia que “reducir el metano ahora puede dar una manera instantánea para disminuir el calentamiento global y conseguir el objetivo de la ONU de conservar al planeta debajo del incremento de 2 °C.

Más allá de que el metano "también contribuye a la formación de ozono (sic) en la superficie terrestre, con inmensas consecuencias adversas para la salud (sic) humana y la agricultura", a juicio de Howarth,"el reciente incremento del metano es masivo" y "globalmente significativo" al haber contribuido "a parte del incremento del calentamiento global", donde el gas lutita es el principal culpable.

¿A alguien de los desalmados financieristas de Wall Street que armaron la burbuja subsidiada del gas lutita mediante el fracking caníbal (https://bit.ly/2F0ZCgu), primordialmente en la Cuenca Pérmica de Texas, le importa en algo la "salud" ajena y la agricultura?

Dejo de lado los cálculos de isotopos y financieros de Robert W. Howarth –el "costo social" del metano es 40 a 100 veces mayor que el dióxido de carbono: 2 mil 700 dólares por tonelada del metano comparado a 27 dólares por tonelada de dióxido de carbono– cuando su estimación basal por "el incremento de emisiones del gas lutita de 9.4 teragramos (TG: mil millones de toneladas) al año, corresponde a un daño a la salud pública (sic), a la agricultura y al clima de 25 mil millones a 55 mil millones de dólares anuales".

Sus conclusiones especifican que el "incremento de las emisiones de metano de los combustibles fósiles probablemente excedan al de las fuentes biogénicas en la pasada década (desde 2007). El incremento en las emisiones del gas lutita (quizá en combinación con las del petróleo lutita) arrojan más de la mitad del total del incremento de las emisiones de los combustibles fósiles" cuando "la comercialización del gas/petróleo lutita en el siglo XXI ha incrementado en forma dramática el metano global".

No es ningún secreto propalar que la mafia petrolera/gasera texana tiene puesto el ojo en la Cuenca de Burgos del noreste de México, curiosamente carente de agua.

Resulta incomprensible que, ante tanta evidencia científica al más alto nivel, se permita continuar con su pernicioso fracking caníbal a los especuladores financieristas de Wall Street y a los mercaderes de hidrocarburos de Texas y anexas, en detrimento del bien común (https://bit.ly/2SfXSDP).

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El oro, fuente de pobreza, engaño, especulación y lujuria

Mientras los bancos centrales del mundo incrementan sus reservas en oro, en los países productores, miles de familias mineras están expuestas a insalubridad, enfermedades, inseguridad y violencia. Al otro extremo, en los Emiratos Árabes Unidos, la lujuria por consumir postres bañados en oro está a la orden del día por miles de dólares.

 

La percepción de riesgos geopolíticos ha provocado que en 2018 varios bancos centrales en el mundo incrementaran sus reservas de oro en 657 toneladas. Estas compras fueron un 74% superiores a las de 2017 y se estima que la demanda va al alza.

Según la ONU, cada año se extraen en el mundo más de 2.700 toneladas de oro. El 20%, que corresponde a más de 500 toneladas, es producido por mineros artesanales y en pequeña escala, la mayoría de ellos en países en desarrollo, que trabajan en condiciones duras, sin la protección de las regulaciones de la industria en materia de pago, salud o seguridad.

Según la misma fuente, a nivel global, en las minas de oro trabajan unos 15 millones de personas usando agentes químicos peligrosos, entre ellas 4,5 millones de mujeres y más de 600.000 niños.

La minería en Latinoamérica es una actividad importante desde la época del saqueo colonial español. Pero en los últimos años se ha expandido, tanto por el incremento de los precios internacionales como por la búsqueda de un medio de subsistencia por parte de miles de familias.

Sumergidos en el agua durante horas o, a cientos de metros bajo tierra, sin protección alguna, los mineros buscan el preciado metal con desesperación, arriesgando su salud y la vida con la esperanza de encontrar la veta que les saque de la miseria.

Contrabando, descontrol y estadísticas dudosas

El Banco Central de Ecuador por ejemplo, informa que si se compara el volumen de la producción de oro con el de exportación, hay una gran diferencia entre esas dos variables, las exportaciones superan ampliamente la producción registrada.

Esto se explica principalmente por el hecho que la pequeña minería y artesanal está al margen del control gubernamental, así como también por los elevados niveles de contrabando.

En Bolivia, la situación en la extracción del oro aluvial es preocupante para el Gobierno, toda vez que las empresas mineras auríferas operan sin cumplir con la legislación minera, no cuentan con concesiones o contratos de arrendamiento con el Estado, y sus condiciones de operación no cumplen normas básicas de explotación, de contratación de mano de obra y mucho menos de responsabilidad ambiental.

Desde Perú se informa que "el PBI minero es casi todo ilegal, no hay aportes a los ingresos del Estado, sino a altas mafias mundiales y, por ende, al fomento del terrorismo y de la delincuencia".

Ni hablar del impacto ambiental que generan estas explotaciones, que afecta a otras actividades, especialmente agropecuarias.

Estos son apenas unos ejemplos de una situación que se repite en los muchos de los países latinoamericanos mineros.

La pobreza, un círculo vicioso

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los datos del 2018 revelan la persistencia de importantes déficits de trabajo decente.

Se estima que más del 53% de la población empleada en Latinoamérica y el Caribe permanece en el empleo informal y de baja calidad. Las tasas de informalidad son cercanas al 80% en varios países de ingresos medios bajos y ronda el 50% en países de ingresos medios altos y altos.

Por lo tanto, no es sorprendente ver que en América Latina y el Caribe, los países con las tasas más altas de informalidad también son los que informan la mayor incidencia de "pobreza multidimensional", entendida como un índice que identifica múltiples carencias a nivel de los hogares y las personas en los ámbitos de la salud, la educación y el nivel de vida.

Mientras que algunas Instituciones internacionales y Gobiernos se jactan de sus porcentajes de crecimiento del PIB, según la OIT no se espera que el fuerte repunte del crecimiento económico conduzca automáticamente a mejoras proporcionales en el mercado laboral en América Latina y el Caribe.

Según el nuevo informe de Naciones Unidas, sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2019, el hambre está creciendo en América Latina y el Caribe, y en 2018 llegó a afectar a 42,5 millones de personas, el 6,5% de la población regional.

El mismo informe indica que el 80% de los países en los que el hambre aumentó son países con economías muy dependientes de productos básicos primarios, como minerales, menas, metales, combustibles, materias primas agrícolas y alimentos para la exportación y la importación.

La FAO advierte que, "dadas estas cifras y las tendencias observadas durante el último decenio, lograr el objetivo del hambre cero para 2030 parece un desafío cada vez más abrumador".

Postres, aparatos electrónicos y especuladores

Pero el mundo sigue girando, y no precisamente a favor de los trabajadores mineros auríferos, que como otros millones llamados trabajadores informales, no tienen esperanza de vivir mejor que sus padres y sus hijos tampoco tienen un futuro promisorio.

Mientras unos dejan sus pulmones en las minas, otros se alimentan de postres bañados en oro, como el Frrrozen Haute Chocolate, que tiene un precio de 25.000 dólares y contiene cinco gramos de oro comestible de 24 quilates y cuya receta incluye 14 de los cacaos más raros y caros del mundo, procedentes de África y Sudamérica.

Para evitar críticas o sanciones, las multinacionales anuncian "productos ecológicos, libres de sangre, sostenibles y producidos de forma ética y humana".

Pero esto no sería plenamente cierto, pues en el caso de Apple, Canon, Nokia y más de 500 empresas las certificaciones que garantizan minerales libres de conflictos se diseñaron teniendo en cuenta a los pequeños mineros, no a las multinacionales, que en algunos casos tienen un historial de abusos a los derechos humanos y daños ambientales.

Al otro lado del tablero aurífero mundial, los inversores han optado por comprar lingotes de oro en lugar de los bonos para protegerse de cualquier crisis que pueda sufrir el mercado bursátil estadounidense. Este sería un factor importante del incremento de la demanda del metal.

¿Quién fabrica y custodia los lingotes?

Son pocas las empresas en el mundo que fabrican barras de oro "con las máximas exigencias de calidad". Los suizos, por ejemplo, dominan la fabricación de lingotes de oro de bancos en Europa y Oriente Medio.

Es bastante habitual que los bancos centrales solo custodien una parte de sus reservas de oro, mientras que el resto se encuentran en otras instalaciones de otros países (habitualmente Londres o Nueva York).

Tal es el caso de Venezuela, cuyas reservas de oro se encuentran depositadas en el Banco de Inglaterra, que ahora se niega a devolverle, siguiendo instrucciones del Gobierno de EEUU.

De ese modo, al típico estilo de los cowboys o los piratas, pero sin máscara, se despoja a países de su riqueza.

Son los intermediarios, los países importadores del metal precioso, las empresas que producen lingotes de oro, los fabricantes de joyas y postres bañados de oro comestible, los especuladores financieros y los bancos que custodian las reservas de oro, al final, los que siempre ganan. 

Esta parece ser la maldición del oro, que arrasa consigo a la pobreza y la inseguridad a miles de familias en los países de latinoamericanos, cuyos Gobiernos no pueden encontrar aún fórmulas adecuadas para formalizar la actividad, hacerla menos riesgosa y menos contaminante.

 

04:03 01.08.2019(actualizada a las 06:45 01.08.2019) URL corto

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Hacia un nuevo sistema-mundo: el retorno de la geopolítica

A doce años de la crisis iniciada en 2007-2008, a sus consecuencias económico y sociales hay que sumar las implicaciones geopolíticas de dicha crisis, que dada su magnitud, nos permite hablar que entramos en una fase que nos conduce a un nuevo sistema-mundo.

Asistimos a una gran transición geopolítica caracterizada por el paso de un mundo unipolar centrado en los EEUU y basado en la ideología liberal, a un mundo multipolar centrado en Asia y en Eurasia con predominio del marco ideológico nacionalista.


El desplazamiento del eje Euro Atlántico hacia el predominio de Asia y el Pacífico cambia el modo occidental de ver el mundo y será objeto de disputas político-militares de grandes dimensiones. Lo que está mutando es la centralidad en la economía-mundo capitalista que, después de dos siglos, retorna al eje de la que fue la primera economía de mercado (China), derrotada por la hegemonía político-militar y la capacidad de fuego del imperialismo anglosajón.


Un nuevo escenario geopolítico cuya característica principal es, el enfrentamiento político directo y en territorios principales entre los bloques de poder centrales del sistema-mundo (EEUU y el Norte Global) y los bloques regionales de poder emergentes (China, Rusia y la semiperiferia), profundizado la situación de multipolaridad relativa que vivimos.


Venezuela, nuevo escenario de rivalidad geopolítica


A diferencia de la etapa anterior, la agudización de las tensiones entre bloques de poder mundial se libra en territorios principales, siendo Venezuela su último escenario hasta el momento. A la Guerra de Siria (2011) y Ucrania (2013), las disputas en el Mar de China, hay que sumar ahora la crisis en Venezuela, conflictos todos ellos donde se aprecia como la disputa por la influencia en el territorio social son directos entre las potencias.


Este nuevo orden mundial, o mejor dicho, desorden mundial, se caracteriza por un tenso proceso de multilateralismo relativo, en el que se desarrollan bloques de poder bajo la forma de Estados-nación continentales (China) o Estados con capacidad para constituirse en nuevos polos de poder regional (Rusia, Irán y probablemente Turquía y al India), menos poderosos que el Norte Global encabezado por EEUU, pero que en la actual crisis de dominio del orden mundial por parte de los países del centro, acrecientan su capacidad de influencia global.


La globalización ha muerto


A diferencia de la década de los setenta, existe una imposibilidad de salir del ciclo de crisis actual, en términos de encontrar soluciones espaciales basadas en una nueva oleada de deslocalizaciones hacia la periferia, tal y como se hizo a finales del siglo pasado. En este sentido, la globalización, entendida como la internacionalización total de todo el proceso económico y como ideología dominante, ha muerto.


El desplazamiento de la producción a los países del este de Asia que caracterizó el final del siglo XX, generó la globalización de todo el proceso de producción y supuso el aplazamiento temporal de la crisis, pero creo las condiciones de la actual. De dicho proceso masivo de deslocalizaciones parte de la periferia se industrializó, mientras los países del centro pasaron a una realidad marcada por el paro estructural y declive económico, proceso que ha dado lugar a uno de los principales resultados del proceso de globalización: la irrupción de la semiperiferia en el sistema-mundo.


Hacia un conflicto global fragmentado


Como se ha planteado anteriormente, las disputas por la influencia social y territorial se dan de forma directa entre una semiperiferia (en especial China) que acrecienta su influencia global y los países del centro (liderados por EE UU) que pretenden retomar la situación recomponiendo el eje Euro Atlántico.


En esta transición geopolítica Trump es la constatación del declive de EE UU, que pretende revertir imponiendo una nueva territorialidad político-estratégica desde una posición de fuerza, haciendo uso del peso militar y geopolítico de EEUU y construir un nuevo orden mundial global que supere y actualice el orden que nació de la Segunda Guerra Mundial y reforzado con la disolución de la URSS, con el objetivo de contener y subordinar a los bloques de poder emergentes como ha hecho con Brasil.


Trump no debe ser tomado como un loco o una simple excentricidad pasajera, sino la última versión menguante del viejo lema occidental de “everyone but China“ (todos menos China), estrategia que nos conduce a escenarios de conflicto geopolítico cada vez más directos entre los bloques de poder del centro occidental y los bloques emergentes de la semiperiferia asiática.


El sueño posmoderno de la gobernanza mundial llega a su fin y se abre la competencia directa por el poder en el sistema-mundo en forma de conflicto global fragmentado.


Venezuela es la última manifestación de este regreso a la geopolítica pura y dura, escenario global del que España parte rumbo a su irrelevancia total

 

Por Eduardo Sánchez Iglesias
11/02/2019

Publicado enInternacional
Google quiere tus datos (también) para ser tu banco

El gigante tecnológico Alphabet, matriz de Google, obtiene licencias en Lituania e Irlanda para poder ofrecer servicios bancarios en toda la Unión Europea y anuncia que usará los datos de los clientes para ofrecer servicios personalizados.

El pasado 28 de diciembre Google obtuvo una licencia por parte del gobierno de Lituania, uno de los países en los que es más fácil obtener este tipo de permisos, para funcionar como una fintech —empresa tecnológica que actúa en el sector financiero—. El martes día 8 fue Irlanda la que concedió a la multinacional la licencia para operar como “entidad de pago”. Estas dos nuevas licencias abren la posibilidad de ofrecer un amplio abanico de servicios financieros, no solo en esos dos países, sino en el conjunto de los Estados miembro de la Unión Europea.


El gigante tecnológico llevaba tiempo intentándolo, y lo ha conseguido. Después de todo, el sector bancario es uno de los más rentables y apetecibles del mercado, y las grandes empresas tecnológicas no se iban a quedar mirando como el todopoderoso sector financiero no compartía el gran pastel.


Bajo estas nuevas licencias, Google Payment Ireland podrá ofrecer servicios de tarjetas de crédito y débito, operaciones de cambios de divisas o transferencias de usuarios, entre otras operaciones. Google Payment Lithuania UAB podrá realizar transacciones de pago, emitir dinero electrónico, ofrecer y gestionar monederos electrónicos, envíos de dinero o transferencias.


Otras grandes del sector de la tecnología y los datos, Facebook y Amazon, tampoco se han querido quedar atrás en esta carrera y han obtenido licencias parecidas en Irlanda y Luxemburgo respectivamente, pero con ciertas diferencias a las obtenidas ahora por la empresa del conocido buscador. “Digamos que existe una carrera de adquisición de todo tipo de distintas licencias para conquistar el sector financiero y operar de la misma forma que un banco”, explica a El Salto Ekaitz Cancela, periodista y escritor que publicará en febrero su nuevo libro Despertar del sueño tecnológico (Akal, 2019), sobre esta batalla de las tecnológicas por hacerse con el sector financiero. “Por ejemplo, Amazon ha registrado 33 millones de clientes, desde 2016, para su servicio Amazon Pay y ha otorgado préstamos por un total de 3.000 millones a pequeñas empresas”, explica el periodista.


La empresa tecnológica no tiene licencia bancaria plena, o ficha bancaria, por lo que no podrá ofrecer algunos servicios, como los depósitos. Lo que le deja, de momento, fuera de uno de los principales servicios y negocios del sector financiero tradicional. Aunque, para Cancela, esto no es casual: “Ninguna quiere ser un banco, es decir, no quieren someterse a su regulación, pero cualquier otra entidad bancaria puede aliarse con ellos para agregar millones de nuevos clientes a cuentas de cheques, ahorros y diversas formas de préstamos”.


CONOCEN Y USARÁN TUS DATOS


Pero, según han anunciado, existe un tipo de servicio añadido que Google pretende ofrecer y que se basa en la misma fuente y recursos en la que se centran todos los negocios y filiales de Alphabet: el uso de nuestros datos. La multinacional podrá utilizar dichos datos para “ofrecer a clientes análisis detallados de sus patrones de consumo, a fin de diseñar planes financieros y presupuestarios personalizados”. De ese modo, la gigantesca acumulación de datos por parte de las grandes empresas tecnológicas podría ser utilizada para reorientar nuestras finanzas, ahorro o consumo.


Este nuevo tipo de utilidad de los datos en las finanzas puede tener sus ventajas desde el punto de vista de la eficiencia y la comodidad, ya que el uso del big data para crear perfiles sobre los usuarios de acuerdo a sus capacidades económicas —gracias a métricas sobre sus ingresos, consumo, posibilidades de ahorro o endeudamiento— pueden maximizar la utilidad que tiene una persona en la economía.


Pero el excesivo control de dichos datos por parte de muy pocas empresas, así como la extensión del uso del big data a sectores que van desde la medicina a la movilidad, tiene sus críticas y detractores. “Esto significa que el gran capital administra cada aspecto de la vida de una persona de manera racional mediante la tecnología —critica Cancela— ya que estas compañías han creado una infraestructura sobre la que tiene lugar toda nuestra vida —consumo y producción— y ahora pueden convertir cada instante de la vida en un servicio”.
Los largos brazos de estas grandes empresas tecnológicas parecen expandirse por todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Nuestras actividades bancarias y financieras parecen el siguiente paso, aunque no parezca que sea el último. “Es el poder corporativo determinando cada instante de la existencia humana”, sentencia Cancela.

YAGO ÁLVAREZ BARBA
@ECONOCABREADO

2019-01-10 06:30:00

Publicado enSociedad
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