El presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, Peter Mauer, y el mandatario venezolano Nicolás Maduro./ REUTERS

La crisis ha ocasionado escasez de medicinas y material médico. En febrero la oposición intentó introducir ayuda donada por Estados Unidos y otros países, pero los cargamentos, almacenados en Colombia, Brasil y Curazao fueron bloqueados.

 

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha anunciado este miércoles un acuerdo con la Cruz Roja para el ingreso de ayuda humanitaria a su país, después de reunirse con el presidente del Comité Internacional de esta organización, Peter Maurer. "Llegamos a un acuerdo, los comités internacionales de la Cruz Roja y el Gobierno Bolivariano, de trabajar para, conjuntamente con los organismos de la Organización de Naciones Unidas, la ONU, traer a Venezuela todo el apoyo, toda la ayuda" humanitaria "que pueda traerse", ha asegurado Maduro en una transmisión obligatoria de radio y televisión.


Venezuela atraviesa una aguda crisis económica que ha ocasionado escasez de medicinas y material médico desde hace unos cinco años, y por ello en febrero la oposición venezolana intentó introducir ayuda donada por Estados Unidos y otros países, pero los cargamentos, almacenados en Colombia, Brasil y Curazao fueron bloqueados por orden de Maduro.
En el anuncio de hoy Maduro no hizo referencia a este hecho, sino que explicó que su canciller, Jorge Arreaza, trabaja en negociar un documento "formal" con la Cruz Roja donde se establezcan los parámetros del ingreso de ayudas para que el Comité Internacional del organismo sea el "rector" de todos los "mecanismos" que quieran ayudar.


"Respetando la soberanía de nuestro país, sin politización de ningún tipo, ni tergiversación (...) y efectivamente cumpliendo los protocolos de seguridad extrema, máxima, que el sistema internacional tiene para cuando, a los distintos países del mundo, incluida Venezuela, envían algún tipo de ayuda humanitaria", apuntó. El mandatario señaló que es "bienvenido todo lo que sea legal", aunque destacó que "desde hace mucho tiempo Venezuela recibe de China, Rusia, Turquía, India" y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) apoyo "de ayuda humanitaria".


Este miércoles, el presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) aseguró que esa organización está en la disposición de atender la crisis de Venezuela y reducir sus "impactos negativos" sobre los ciudadanos. Maurer estuvo de visita en el país durante cinco días y sostuvo encuentros con Maduro y varios ministros de su gabinete, los dos vicepresidentes del Parlamento, así como con doctores, enfermeras, pacientes y asociaciones civiles. "Hay un muy buen espíritu de cooperación", dijo Maurer durante un encuentro con periodistas en Caracas al término de su visita.


Maurer indicó que la Cruz Roja ha visto las dificultades de algunos hospitales para prestar servicios a la gente por falta de agua o electricidad y aseguró que también pueden cooperar en esas áreas, así como en la rehabilitación de centros de salud. Pero "no podemos rehabilitar todo el sistema de salud" y "no podemos atender todos los problemas", matizó.

11/04/2019 08:43 Actualizado: 11/04/2019 08:43

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Miércoles, 10 Abril 2019 06:12

La construcción de Vladimir Putin

La construcción de Vladimir Putin

Vivimos en una época de falsificaciones históricas. En las relaciones internacionales, los adversarios y los enemigos son frecuentemente el resultado de un complicado proceso de construcción social. Eso conduce paulatinamente a distorsiones peligrosas que llevan a provocar guerras y otros cataclismos.

La historia de las percepciones que hoy se cultivan sobre Vladimir Putin es un ejemplo de ese tipo de evoluciones. La obsesión de Estados Unidos por mantener su hegemonía está íntimamente relacionada con esta crónica. El poderío del lobby industrial-militar es el motor principal del proceso. Y el papel de los medios de comunicación para moldear la opinión pública es el otro ingrediente clave. El resultado es un peligroso pantano del que las dos más grandes potencias nucleares difícilmente podrán escapar. Hoy el enfrentamiento se concentra en Siria y Ucrania, pero podría transformarse en una confrontación nuclear entre ambas potencias.

En 1989 el muro de Berlín fue derribado. A cambio de aceptar la reunificación de Alemania, Mijail Gorbachov recibió las seguridades de que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no se expandiría para incorporar a los antiguos países satélites de la URSS. En 1990 Gorbachov escuchó a James Baker, secretario de Estado, prometer que la OTAN no se movería "ni una pulgada" en dirección al este. Las mismas promesas se hicieron en reuniones con Helmut Köhl, primer ministro alemán. El canciller Genscher fue claro en su discurso del 31 de enero 1990: "Los cambios en Europa oriental y la reunificación alemana no deben lastimar los intereses soviéticos en materia de seguridad y, por tanto, la OTAN no debe expandirse hacia el este o acercarse a las fronteras soviéticas". Esas fueron las promesas y garantías que escuchó Gorbachov, último dirigente soviético. (Los archivos que confirman estos hechos se encuentran en nsarchive.gwu.edu).

La Unión Soviética fue disuelta en 1991. En 1993, el presidente ruso Yeltsin volvió a recibir garantías sobre la no expansión de la OTAN. Pero en marzo de 1999 las cosas cambiaron: Polonia, Hungría y República Checa ingresaron a la OTAN. Fue un acontecimiento muy mal recibido en Rusia. Yeltsin se sintió traicionado y enfureció. George Kennan, artífice de la política de contención de la Unión Soviética, describió la expansión de la OTAN como un terrible error histórico.

Vladimir Putin accedió a la presidencia de Rusia en mayo de 2000. Un año después pidió que Rusia se convirtiera en miembro de la OTAN, lo que cambiaría radicalmente la naturaleza de la alianza atlántica para convertirla en una asociación garante de la paz regional. La respuesta de Washington y de Europa fue negativa.

Tras los ataques a las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, Putin llamó a George W. Bush y le ofreció su apoyo. Durante los preparativos para la invasión a Afganistán, Putin permitió el transporte y despliegue de militares estadunidenses en las fronteras rusas. Pero más tarde, cuando en 2004 la OTAN acogió en su seno a otros siete países de Europa central y oriental (incluyendo Bulgaria y las repúblicas del Báltico), la exasperación de Putin llegó al límite.

En 2007, Putin recordó a los líderes del G7 las promesas incumplidas. La expansión de la OTAN, señaló, es una provocación que mina la confianza rusa. Acto seguido preguntó: ¿Contra quién está dirigida esa expansión de la OTAN? Al año siguiente, cuando las señales apuntaban hacia la admisión en la OTAN de Georgia, una exrepública de la antigua URSS, Moscú intervino militarmente para impedir que Tbilisi sofocara un levantamiento separatista. Era una señal para congelar el crecimiento de la OTAN.

En febrero de 2014 se consumó un golpe de Estado en Kiev que culminó con la entronización de un régimen poco amistoso hacia Moscú. En la opinión de Stephen Cohen, investigador de la universidad de Princeton, la anexión de Crimea fue más una respuesta reactiva de Moscú que un acto de agresión, pero Washington respondió con nuevas sanciones que hacen más difícil cualquier salida negociada. El proyecto de convertir Ucrania en otro miembro de la OTAN sigue adelante. Para Rusia esa es la línea roja en el sendero a una guerra.

Estados Unidos ahora ha denunciado el tratado de armas de alcance intermedio, lo que abre un nuevo capítulo en la carrera armamentista. En su obsesión por mantener una hegemonía incontestada, el complejo militar-industrial mantiene viva la tradición de la guerra fría. Putin no es ningún santo de la caridad, pero tampoco es lo que los medios estadunidenses han construido. Al igual que Gorbachov y Yeltsin, Putin es un viejo reflejo que siente la amenaza de una Europa que ha atacado dos veces a Rusia en los pasados 100 años. Trágicamente, la llegada de Trump y su delirio egocéntrico sirven de catalizador para que una parte importante de la clase política estadunidense vuelva a deleitarse con los desvaríos de la guerra fría que nunca parece terminar. Vivimos tiempos más peligrosos de lo que se piensa.

Twitter: @anadaloficial

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Tras el “gran debate” Macron baja impuestos

El presidente francés tendrá que cumplir una “fórmula imposible”: bajar impuestos sin desencadenar un déficit. Es la solución temporal a la presión amarilla.

 Macron asumió en persona el cara a cara con los franceses ante la presión de los chalecos amarillos. 

No derribar el sistema ni pagar más impuestos. Este es el retrato que esbozó el gobierno cinco meses después del gran temblor desencadenado por el movimiento de los chalecos amarillos y tras dos meses del “gran debate nacional” cara a cara con los franceses asumido en persona por el presidente Emmanuel Macron. La megaconsulta diseñada como un método para superar la crisis amarilla deja un puñado de síntesis contradictorias presentadas ayer 8 de abril por el primer ministro Edouard Philippe y cuyo principal eje consistió en haber constatado “una inmensa exasperación fiscal”. El Gran debate se articuló en torno a diez mil reuniones de iniciativa local, 30.000 correos, los famosos “cuadernos de quejas” que se expandieron durante la Revolución francesa de 1789 y cientos de miles de contribuciones ciudadanas remitidas a una plataforma de internet concebida para ello. Francia expresó un reclamo masivo para que bajen los impuestos, una crítica permanente a la manera en que está repartida la carga fiscal, unas cuantas preocupaciones ecológicas sin aceptar por ello pagar por la fiscalidad ecológica y una desconfianza substancial hacia los representantes políticos y los altos funcionarios. Consecuencia de ello: antes de que el jefe del Estado anuncie hacia mediados de abril una serie de medidas, su primer ministro anticipó que se debían “bajar los impuestos lo más pronto posible”.


Todo ha sido inusual en esta fase de tensión política que se inició en noviembre con la revuelta de los chalecos amarillos, prosiguió los días de la semana con la ocupación de las rotondas y los sábados con unas tan puntuales como violentas manifestaciones en las grandes ciudades del país. Apurado por las demandas, el gobierno dio marcha atrás con su proyecto de equiparar el precio del gasoil con el del combustible común y, como ardid político, en diciembre de 2018 inventó un debate que no tiene precedentes en ninguna democracia occidental. Criticado desde el principio, señalado por servir los intereses mediáticos del presidente, el debate se articuló en torno a cuatro temas: transición ecológica, fiscalidad,organización del Estado y servicios públicos, la democracia y la ciudadanía. La sociedad manifestó su preocupación por el cambio climático, se pronunció a favor de los transportes en común y de un “nuevo modelo agrícola”, aceptó la idea de que disminuya el gasto público (56,8% del PIB) al mismo tiempo que se quejó de la desaparición de los servicios públicos en las zonas rurales y se mostró también muy inclinada a que la factura ecológica sea asumida por los “grandes contaminadores”. La gente, mayoritariamente, impugnó la complejidad burocrática de Francia, la inaccesibilidad de los funcionarios, la indolencia del Estado y la postura de los grandes dirigentes políticos. “Vivimos en un país en el que hemos dejado de vernos”, admitió Edouard Philippe.


A través de sus distintos canales, el debate compiló las reacciones de más de un millón y medio de personas. Los datos fueron luego analizados por varios prestatarios privados y, parte de ellos, puestos en circulación en bruto para que sean examinados de forma independiente. La metodología no garantiza sin embargo que este fresco nacional refleje realmente las intenciones y los malestares del país. Citada por el vespertino Le Monde, una encuestadora había señalado que “el método elegido no es el bueno”, es decir, que en ese gigantesco pozo de respuestas “solo se encontrarán las que se fueron a buscar”. Otros expertos en encuestas y opinión pública también habían cuestionado el carácter “dirigido” de las temáticas presentadas así como los riesgos ligados a su interpretación.


Bueno o malo, acertado o manipulado, ese debate ha funcionado como la estrategia con la cual el Ejecutivo se planteó superar la crisis de los chalecos amarillos y encarar los próximos años de mandato. Tiene, a su manera, un tesoro entre las manos pese a que el gobierno siempre se esforzó en señalar que no se trataba de un referéndum vinculante sino de un “muestreo” del estado y los anhelos de la sociedad. Emmanuel Macron prometió que respondería al debate sin “renegar” de su resultado y sin ser tampoco “un cabeza dura”. Emmanuel Macron encontró con su gran debate a la vez un problema y una solución temporal para liberarse de la presión amarilla. Tendrá ahora que cumplir con lo que el mismo suscitó,empezando por la formula imposible: bajar los impuestos sin desencadenar un déficit. Hay que señalar también que las grandes temáticas trazadas por los chalecos amarillos están casi ausentes de este debate. Sus protagonistas tampoco fueron los mismos. Los chalecos fueron el país de abajo, el debate convocó al país del medio.


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Día Mundial de la Salud: La ONU recuerda que cobertura universal es clave para el desarrollo sostenible

La cobertura de salud universal es una condición fundamental para construir sociedades y economías sanas y lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible, afirmó el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, en un mensaje por el Día Mundial de la Salud, que se celebra cada 7 de abril.


Este año, el Día Mundial de la Salud se centra en la importancia de que toda la población tenga acceso a los servicios sanitarios primarios. “No basta con mejorar los servicios de salud; se necesitan política y medidas en muchos ámbitos, incluidos los factores sociales, económicos y ambientales”, dijo el secretario general de la ONU.


Guterres recordó que, pese a que la salud es un derecho humano, la mitad de la población del mundo aún carece de los servicios sanitarios básicos e indicó que el propósito de la cobertura universal es garantizar que toda la gente tenga un acceso equitativo a esos cuidados sin por ello sufrir dificultades económicas.


Cien millones de personas son arrastradas cada año a la pobreza extrema por no poder hacer frente a los gastos médicos, según el último informe de la Organización Mundial de la Salud sobre financiación que analiza datos de 2016, recuerda una publicación de la ONU a propósito de esta fecha.


Además, uno de cada cuatro centros sanitarios del mundo carece de servicios de agua o saneamiento, una situación que afecta a 2 000 millones de personas en el primer caso y 1 500 millones en el segundo, de acuerdo con los datos de un nuevo estudio conjunto de la Organización Mundial de la Salud y Unicef.


Agregó que también se debe invertir en las personas. “Necesitamos trabajadores sanitarios altamente capacitados y calificados que puedan educar a sus pacientes y defenderlos. Necesitamos personas empoderadas que sepan cuidar de su salud y de la de sus familias. Necesitamos que las comunidades tengan acceso a la atención de la salud en el lugar y el momento precisos. Debemos destacar también la importancia de la salud mental, tantas veces estigmatizada y olvidada”, apuntó Guterres.


Guterres señaló que para materializar el derecho a la salud hacen falta determinación política y alianzas. “Demostremos al mundo que estamos dispuestos a subsanar las deficiencias en materia de cobertura sanitaria en todo el mundo y a asegurar la salud para todos”, concluyó.


La Organización Panamericana de la Salud (OPS) se ha sumado al llamado del secretario general dela ONU y ha destacado la necesidad de un acceso igualitario a la atención de sanitaria integral y de calidad.


La OPS indicó que, aunque un tercio de las personas del continente carecen de servicios básicos de salud, los países de la región han conseguido avances como el aumento de 16 años en las expectativas de vida logrado en los últimos 45 años, además de una reducción de la mortalidad infantil.


Pero los desafíos persisten, sobre todo porque los progresos no han sido equitativos, aclaró la agencia de la ONU, que los días 9 y 10 de abril presentará en México un informe con recomendaciones para ampliar el acceso y la cobertura de salud en la región para 2030, con un enfoque que prioriza que nadie quede atrás.


Para la conmemoración de este año, la OPS lleva a cabo una campaña basada en la solidaridad y la equidad como valores centrales de la salud universal, enfatizando la necesidad de que toda la sociedad aporte para promover la salud de todas las personas, y en particular para proteger a los más desfavorecidos.


En este contexto, señala la necesidad de que los tomadores de decisiones centren las políticas y programas en la prestación de servicios de calidad que aseguren el acceso a estas poblaciones, sin que nadie quede por fuera del sistema de salud.


Actualmente, en la mayoría de los países de la región, los niveles de gasto directo del bolsillo en salud de las personas están por encima del 25 por ciento del gasto total de los hogares, una cifra muy elevada, señala el comunicado de la ONU.

7 abril 2019


(Con información de Noticias ONU)

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Jueves, 04 Abril 2019 05:58

La lengua, identidad y aflicción

La lengua, identidad y aflicción

El psicoanalista Ricardo Nacht presentó en el I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, celebrado recientemente en Córdoba, una reflexión sobre la politicidad de la lengua aquí. El texto de la ponencia.

 

Comienzo con un agradecimiento y un reconocimiento a Raúl Vidal por haber abierto la cuña que hizo posible que haya hoy psicoanalistas hablando en este encuentro. Espero que cuando haya terminado de leer lo que escribí para hoy se pueda medir en toda su magnitud el alcance (político) de su gesto.


Intentaré ser breve y claro, intentaré escribir sostenido en argumentos y hechos. La entrada y el comienzo entonces deberán ser directos. Intentaré ir directamente a lo Real de la lengua. Una aclaración: lo que leeré a continuación es producto de un gran robo. El título mismo lo es: Identidad y Aflicción es el título de un importante ensayo de Nicolás Casullo en el que produce lo que llamó una Remoción de lo Moderno: un decir que no a la identidad. El robo es a mansalva, sólo mencionaré algunos nombres. Dado que se trata de un gran robo y que la lengua es impropia, me dispenso de usar comillas. La lengua tampoco es de “todos” como dato “natural”, como vienen a decirnos: esto sólo esconde quién sería su propietario.


Dado que no hay lengua sin historia, toda relación entre estos dos términos pasa a ser, en la Modernidad, una relación política. Todo pensamiento y toda historia y toda lengua que no esté situada está perdida. Lo que es evidente a veces no es obvio. Toca insistir. Toca, para nosotros analistas, hacer un esfuerzo de pensamiento. Dado que pensar es tomar posición, si no pensamos desde aquí estamos perdidos; y también dominados: toda puesta en relación de la lengua con lo global, en cualquiera de sus formas, produce dominación, ese es su sentido; -produce obediencia. El real del que nos ocupamos no puede aprenderse como tal porque el pensamiento es obediente y dependiente de las condiciones sociales de producción: y esta es la función del pensamiento como ideología, dice Lacan.


Se trata, también en y por la lengua, de una historia (geopolítica) de conquista, de colonización, de crimen, y de cuerpos ordenados y penetrados por los Estados, que van dominando toda la geografía del mundo haciéndolo inmundo. Ya nos detendremos en la lengua penetrada y penetrante, en la nuestra, la que pasa por nuestras bocas, la que va de boca en boca. La que se hace escuchar en las vueltas criminales llenas de desprecio y en la superposición inverosímil entre las voces indígena/indio y negro entre nosotros, que alcanzan un grado tal de naturalidad que hacen que el crimen, y su historia en la lengua (“el aluvión zoológico”), se den en cualquier instante. No hay pensamiento situado que no haya encontrado y producido su anclaje crítico. Si situar un pensamiento crítico es tomar posición, ¿dónde hacerlo si no en la lengua, cómo hacerlo sino en la historia? Si el psicoanálisis es una práctica crítica, haremos de la querella de la lengua en Argentina, de la politicidad de la lengua, nuestro anclaje.


Formo parte de un colectivo de analistas (Zona de Frontera) que se dio como programa la lectura de libros escritos aquí, libros en los que se produce un pensamiento crítico situado. Qué sabemos de nuestra lengua y de nuestra historia es una pregunta necesaria para aflojar y poder abrir el nudo que sostiene a cada cuerpo, para así poder entrar en el agujero que producen la identidad, la Patria y el Estado. Para este colectivo, haber vuelto a abrir la pregunta de qué es la lengua, implicó tener que hacer un nuevo esfuerzo de pensamiento. La lengua no es un concepto, y menos universal, no es abstracta. La lengua es pulsional, transporta la llamada (pulsión) de muerte. Tampoco es un pensamiento: la lengua se practica. ¿Por qué, nosotros analistas, no sabíamos nada de nuestra lengua y nuestra historia y de cómo están cruzadas en la palabra Patria? Si lengua y frontera suele dar la lengua del exilio, me pregunto cuánto estaré penetrado por ella. La frontera, dice Josefina Ludmer, no es sólo el límite de un Estado, sino un instrumento conceptual particular: una zona inclusiva-exclusiva, una fisura que sutura. Zona de Frontera es entonces el lugar desde donde poder abrir eso que llamamos la identidad

Un cuerpo es algo que está hecho para ser marcado y cartesianamente clasificado, para ser penetrado por esa lengua; -no hay cuerpo sin esa marca escrita en la piel. Decir entonces que todo cuerpo está marcado es hablar de la historicidad de la lengua. Cada lengua produce vacilaciones propias dentro de la historia general del lenguaje, dice Lacan, que la vuelven, a tal o cual, más propicias para poner en evidencia la historia de Un sentido (siempre fijo). Vayamos hacia los que imperan en nuestra lengua.


Digamos también que tanto la historia como la lengua son un campo de batalla no decidido de antemano. Digamos también, benjamianamente, resistentemente, que la historia es el modo en que relampaguea en el presente, y en la lengua, el instante de peligro. Por algo se ha afirmado, y con razón, que la lengua, por la captura que produce, es fascista. Ésta es también la historia del capitalismo: ¿por dónde circula la economía si no es por la lengua? Dónde si no en la lengua ocurre eso que llamamos subjetivación; de allí la subjetividad, de allí el sujeto. La dimensión del o/Otro, de aquello que está siempre antes como punto de partida, es la historia de una relación de exclusión-inclusión y de un concepto: es la relación entre Europa y sus Otros expulsados conceptualmente por la vía regia de la identidad como concepto capital. Es la historia de los cuerpos ordenados disciplinariamente por un concepto moderno, aquel en el que se sostienen lo mismo y la diferencia; -aquello que todo cuerpo sostiene, aquello que mueve al mundo, al crimen y a la economía-. La identidad está en la lengua, la tenemos adentro, es el nudo que sostiene cada cuerpo: un agujero hecho de sexo, género, raza y clase. Cuatro términos que si bien se pueden distinguir, no se pueden separar. Será por esto que no hay concepto moderno más confuso, contradictorio, resbaladizo y ambiguo que éste, como afirma Eduardo Grüner. Es el concepto del Imperio y de la conquista, el de la frustración y de la agonía que exige todo aquello que no se alcanza. A esto se le ha dado en llamar también la Cosa: es la forma de la agonía que exige la Cosa para que se la alcance. Todo cuerpo está colonizado, todo cuerpo es una/esa Cosa. Es lo eternamente inalcanzable, núcleo duro y obsceno de un particular concreto que se esconde detrás de la universalidad abstracta de la ley.


Lo que llamamos síntoma es un nudo hecho de lengua, agujero, marca e historia; es lo que une estos diferentes registros, siempre de manera particular. Para lo que llamamos identidad (igualdad-equivalencia), seguimos la indicación crítica wittgensteniana: tomar en cuenta siempre los principios de partida. Siempre imperiales, siempre coloniales. Si toda lengua está penetrada, sólo hay entrelenguas, toda lengua es mestiza, toda lengua materna es bilingüe. Para lo que se pretende hacer valer como unidad, seguimos aquella potencia y voluntad de pensamiento crítico que postula una parcialidad radical: la relación entre el objeto parcial y la Historia da una heterogeneidad que se sustrae al concepto, a la unidad y a toda identidad. La lengua, que no es un concepto, será penetrada por unos cuantos. La mestización de las lenguas es una condición para poder abrir lo más olvidado, lo más rechazado y forcluido: el punto de fractura sobre el que se construyó, en la Modernidad, un sujeto nuevo y su lengua (en cada historia y en cada geografía). La mestización de las lenguas es lo que nos permitiría leer los libros escritos allí, aquí. Pero sobre todo y también, leer los libros muchas veces poco leídos, escritos aquí. Sólo así cobraría sentido (situado) que, como dice Lacan, en relación al Real (de la lengua, agrego), el nuestro sea un saber que avanza: allí está el sentido, dice, de lo que es una crítica de la ideología, parte integrante, dice, de una subversión que introducimos en el Real. Para cada lengua, según su identidad, su subversión.


Nos situamos. Aquí, “el desierto”. El desierto como el lugar sobre el que están escritos los fundamentos situados de nuestra literatura, de nuestra lengua tramada con nuestra historia. El desierto también como el territorio de una criminal cacería y domesticación de cuerpos y lenguas, como la forma siempre violenta con la que una identidad se impone en la lengua. Semejante violencia siempre ha traído aparejada la expropiación de territorios. El desierto como aquel territorio sin ley a ser penetrado por la lengua, por la cultura, por la ley. El sentido político de hacer estallar hoy el género en la lengua (feminismo mediante) pareciera claro. Los modos en los que la transmisión de la lengua se apoyan en la palabra género (uno de nuestros cuatro términos), no tanto. Si, como dice Piglia, somos los libros que hemos leído, la lengua que ha penetrado nuestros cuerpos está escrita. Como dice Carlos Gamerro, están los libros que inventaron la Argentina. ¿Y cómo se llama el libro de Ludmer que debiera atravesar todo lo que desde aquí podamos decir sobre la lengua?... se llama Aquí América Latina. Desierto, lengua y crimen vuelven a escribirse hoy, para este contexto y para esta historia. A Ludmer le interesa no qué significa una literatura sino cómo operan las ficciones en la definición y distribución de identidades. A modo de ejemplo citamos dos: La Argentina manuscrita –La cautiva en la conciencia nacional–, de Horacio González, y Las aventuras de la china Iron, de Gabriela Cabezón Cámara.


La manera en que tenemos tramada lengua e historia está escrita, y es política. Abramos la politicidad de nuestra lengua de manera breve, y espero clara. En “El género Gauchesco –Un tratado sobre la patria–”, Josefina Ludmer toma posición en la lengua citando a Chomsky. En mi opinión, dice él, la noción de lengua no es una noción lingüística, no es un concepto lingüístico, ni una definición lingüística. ¿Qué es el chino?, se pregunta. Son razones políticas las que definen qué es el chino. Son políticas las razones que explican lo que cada lengua tiene de particular.


La palabra género es a su vez la que trama una relación entre lengua, patria y Estado. Es por el género que la lengua penetra en los cuerpos, ahora escritos (¿qué si no letras como cicatrices es lo que soportan?). Es por el género que la lengua produce identidad fijando para cada uno y cada cuerpo lo que será su racismo, su clasismo y su sexismo. El género es la alianza, dice Ludmer, entre una voz oída y una palabra escrita. Sus enunciados no son ni frases ni proposiciones, sino la relación entre tonos y sentidos. La alianza, el género, es una relación de fuerzas poéticas y políticas entre voces y sentidos producidos por los enunciados del género; no existe antes ni fuera de ellos. Su lógica es deseada y postulada: un deber ser escrito como ser, dice Ludmer. Es todo lo que tiene la forma de lo ya sabido (aunque el ser no sepa ser como ser). Leo un párrafo de su libro: Y también inventaron entre todos, con ese mismo tono, una lengua penetrada de arrogancia, de xenofobia, de sexismo y de racismo. Con esos tonos escribieron sus ficciones legales para el Estado liberal. (Recordemos que Macri tiene fonoaudióloga y, como vemos, son políticas las razones que lo explican)


Vayamos hacia el hecho de que toda lengua está penetrada y es penetrante. Hacer un viaje por la lengua la lleva a Ludmer hacia El cuerpo del delito. Un libro muy poco leído, según Daniel Link. El crimen y el delito están en la lengua y produciendo riqueza, tal como Ludmer lo muestra citando a Marx. Su viaje va hacia los cuentos de educación y matrimonio de la coalición que fundó la cultura aristocrática en la Argentina, porque ellos inventaron, entre todos, dice, un tono y una manera de decir que quiso representar lo mejor de lo mejor de un país latinoamericano en el momento de su entrada en el mercado mundial (con ese tono se entraría, nos dicen hoy), y que se hizo clásico en Argentina.


Hablando de penetración, Oscar Masotta lo dice así: soy un nudo de repugnancias que yo no he puesto en mí. Afirmación que, según Carlos Gamerro, vale como una iluminación benjamiana que, dice, define el odio de clase y el asco racial mejor que ninguna otra que conozca. Raza, clase, asco y entonces el odio como destino inevitable. La identidad está en la lengua, son tonos (tanto de voces como de colores) y sentidos; una agonía.


Ahora acompañemos este tono con un toque de Benveniste: el cuerpo ante lo sonoro está desprovisto de piel; el sonido no retorna ni como imagen ni como reflexión. El sonido es la cosa misma, es el tiempo (la historia) de la cosa. La cosa, en cada lengua, ahora calzada entre sonido y sentido. El sonido está en la lengua como su deriva líquida, en su carencia de cierre, en su movimiento continuo y su conexión al goce del cuerpo. El sonido es la materialidad del lenguaje, es el soporte material de todo lo que se escucha.


Para finalizar quisiera detenerme en una pregunta para la que, entiendo, lo dicho hasta aquí debiera dejarnos a la puerta de una respuesta. Tomaremos a la pregunta misma como un síntoma del que nosotros, los analistas, debiéramos hacernos cargo en tanto nos pertenece: ¿cómo fue posible, qué hizo posible, que los organizadores de este Encuentro no hayan considerado, en un primer momento, ni la necesidad ni la conveniencia, de que hubiese psicoanalistas participando del campo de batalla al que la lengua llama hoy?


Detengámonos en la nuestra, o sea la que hablamos, en general, los analistas lacanianos cuando practicamos deportivamente un idiolecto (casi como una lengua pura y perfecta) hecho de palabras traducidas del francés, para expresar lo que fue pensado en otra lengua, en otro lugar, para otra historia; –para así poder soñar el sueño del pensamiento perfecto y la reflexión. Es el sueño dominante de la Universidad (de Buenos Aires, que es la que conozco) y de lo universal. Nos preguntamos, entonces, por la real razón que hizo posible que los organizadores de este Encuentro no hubiesen considerado necesario que hubiese analistas hablando aquí. Tuvimos que pedir un lugar, dado que pensamos, junto con algunos otros, que una práctica crítica que se realiza en la lengua obliga a tomar posición, en ella y en la historia. ¿Se jugaría ahí nuestro instante de peligro? Hacer entrar a Lacan en nuestra lengua sin haber primero tomado posición en ella no desemboca en ninguna práctica crítica, ni es capaz de producir la crítica ideológica que cada lengua por separado se merece.


Tocar o interpretar un síntoma, per vía di lévare, como indica Freud, requiere situarlo en su génesis y en su origen, situarlo en la historia, para así dar con su fuerza y su significación, aquello que Benjamin llamó la movilización de la experiencia histórica de los sujetos. Una interpretación crítica y activa es ya una transformación de lo Real, en la medida que altera radicalmente la relación del sujeto con la cultura (siempre de masas). Así movilizados dimos, en la historia de nuestra lengua, y gracias al trabajo de Fernando Alfón (La querella de la lengua en la Argentina), con el momento en el que comienza a afrancesarse nuestra cultura y nuestra lengua, y las razones que lo explican. Lo escribe J. B. Alberdi en 1838, en La emancipación de la lengua (texto desconocido por cada participante del colectivo del que formo parte). Alberdi intenta explicarse por qué la lengua de ciertos jóvenes de talento se va afrancesando, por qué aspiran a eso ciertos jóvenes galicados. Su pregunta, y la conjetura que deriva de ella, nos resultan de una actualidad apabullante: como la lengua, según él, es una faz del pensamiento, perfeccionar una lengua es perfeccionar el pensamiento. El francés, dice, llegó a la mayor simpleza, exactitud, brevedad y elegancia (así es la lengua estética del concepto); e imitar una lengua perfecta es imitar un pensamiento perfecto, es adquirir lógica, orden y claridad, es perfeccionar nuestro pensamiento mismo: ¿la función del pensamiento como ideología? Si la lengua perfecta está en otro lado, solo nos queda obedecer. Repito algo dicho al comienzo: toda puesta en relación de la lengua con lo global, en cualquiera de sus formas, produce dominación, ese es su sentido. No ser analistas obedientes requiere un esfuerzo (una voluntad y una potencia) de pensamiento crítico y de imaginación. Creemos haber dado así con aquello que nos ha hecho obedientes, creemos haber abierto un poco más aquello que ya se ha dicho de manera precisa y contundente: que estamos colonizados en nuestras categorías mentales. La lengua no es un concepto, tampoco una reflexión ni un pensamiento. La falta de una voluntad de pensamiento crítico sobre la lengua en Argentina es el síntoma que los psicoanalistas lacanianos (salvo pocas y honrosas excepciones –entre las cuales quisiéramos poder estar–) portaríamos en Buenos Aires. Y esa es la razón por la cual casi no tuvimos lugar en este Encuentro. Es así y no de otra manera, esa es hoy mi conjetura.


* Leído en el marco del I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, Córdoba (29 de marzo de 2019), dentro de la mesa “Lo real de la lengua contraría lo real de la RAE”, junto a Raúl Vidal y Virginia Vogliotti.

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Recesión en 2020 sería obstáculo para la reelección de Trump

Trump dejó atrás el alucinante engaño del Rusiagate –que en México intentó imitar en forma ridícula la "trama rusa" y la grotesca "Operación Berlín" (https://bit.ly/2UrdBVm), y cuyos palafreneros a los dos lados de la transfrontera exhiben sus fuertes vínculos con el megaespeculador George Soros–, donde jugó un papel decisivo su acercamiento con los Bush (https://bit.ly/2VdDFAx).

Trump tiene el camino libre para su relección, –gracias a errores estratégicos del maximalismo del Partido Demócrata que buscaba el impeachment al precio que fuere–, si logra sortear dos obstáculos mayúsculos: 1. La Espada de Damocles de una recesión en 2020; y 2. Su guerra comercial contra China, que resultó contraproducente (https://bit.ly/2EYvjFO), cuando Pekín puede prolongar las negociaciones para dañar a Trump o acelerarlas para beneficiarlo.

Aún le quedan líos legales a Trump por su conducta sicalíptica y sus tratativas mafiosas con su organización inmobiliaria, pero no son determinantes como un impeachment, salvo en su catarsis cacofónica y afónica.

La popularidad con la opinión pública (que favorece el esquema del Partido Demócrata) es inoperante en el sistema decimonónico del Colegio Electoral de Estados Unidos (de votos fijos por Estado, que favorece al Partido Republicano), lo cual suele ser confundido por la mercenaria industria de las encuestas y los ratings falsificados.

Se detecta cierta angustia del margen de maniobra de Trump frente a la recesión, que hoy se vislumbra como una acelerada ralentización de la economía, por lo que ha recurrido a su carta existencial y electorera de corte supremacista fundamentalista blanco (https://bit.ly/2JFEXmC): la amenaza de cerrar la frontera con México para detener la enésima ola migratoria de Centroamérica.

Larry Kudlow, director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca, exigió el recorte "inmediato (sic)" de las tasas de interés de 0.5 por ciento por la Reserva Federal a quien, a su juicio, se le ha pasado la mano restrictiva, al no existir inflación, lo cual puede empujar a EU a una intolerable recesión antes del 3 de noviembre de 2020 (https://nyti.ms/2OEUXE8).

La tensión de Trump con Jay Powell, gobernador de la Reserva Federal, ha llegado al enfrentamiento público. Trump ha insinuado nominar a Stephen Moore al Consejo de Gobernadores de la Reserva Federal.

Stephen Moore, acérrimo enemigo de Jay Powell de quien ha exigido su expulsión, aboga por un recorte sustancial de la tasa de interés, cuando la inflación ha sido menor a la esperada.

The Financial Times (29/03/19) –vinculado, con The Economist, al grupo británico Pearson, donde predomina la banca Rothschild, aliada de George Soros y archienemigos ambos de Trump– alega que los "signos ominosos" contra la relección de Trump vienen del lado del "mercado de los bonos" cuyo rendimiento a 10 años cayó a su más bajo nivel desde 2017 (la "curva invertida" del "rendimiento negativo" de los Bonos del Tesoro) que presagian que la Reserva Federal será obligada a recortar las tasas de interés para apuntalar la economía.

Según FT, Trump "ancla firmemente sus prospectos de relección con la Bolsa de Valores y la expansión económica" que ha roto su "récord de longevidad".

Gregory Daco, economista en jefe en EU de Oxford Economics, asienta que el "mercado de los bonos refleja el temor creciente de que el próximo estadio de este ciclo es una recesión".

No es ningún secreto aseverar que existe una fuerte correlación entre la situación económica y la relección de un presidente en EU, como le sucedió adversamente a Daddy Bush.

Trump puede negociar in extremis un acuerdo favorable con China, pero donde se le dificulta su margen de maniobrabilidad es en posponer la recesión, más de carácter estructural, después del primer martes de noviembre de 2020.

Recesión habrá, porque así son los estructurales ciclos económicos. Solamente faltará saber si ocurre antes o después del 3 de noviembre. Trump hará lo imposible para que sea después, con el fin de reelegirse.

Dejo de lado que la recesión afectará inexorablemente a México y al mundo.

AlfredoJalife.com

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Publicado enEconomía
Foto: Gabriela Huerta-Tamayo, 09-marzo-2019

Rodeadas por una valla de viejas feministas y defensoras de derechos humanos, de las cinco de la tarde a la medianoche del 8 de marzo, mientras desfilaba la marcha de las feministas por la Ciudad de México, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión y sembraron frente al museo de Bellas Artes un “Antimonumento contra el Feminicidio” de 300 kilos y 3.80 metros de alto.

En la escultura metálica en forma de círculo fusionado con una cruz en cuyo centro se levanta un puño cerrado, se lee: “En México cada día son asesinadas 9 mujeres. Decimos Basta”. El emplazamiento y el mensaje resultan contundentes. Los antimonumentos son una expresión de arte político, semejantes a la okupa de un espacio público, para evidenciar un hecho represivo, como la desaparición, el genocidio o el feminicidio. Van en contra de la (des)memoria oficial y se emplazan para ser removidos cuando se cumpla su demanda.

Desde 2015, en Nuestra América el 8 de marzo ha tomado un carácter feminista masivo de denuncia. El Movimiento ¡Ni una Menos! (eso es, que ni una mujer falte al apelo por asesinato, desaparición o secuestro de la vida pública y afectiva) de Argentina, coordinó entonces su voz con la indignación mexicana contra la crueldad creciente hacia las mujeres, que desde 1995 había cuajado en la demanda ¡Ni una más! (ni una mujer asesinada más), acuñada por la poeta chihuahuense Susana Chávez Castillo, asesinada ella misma por tres hombres al salir de una cantina en su natal Ciudad Juárez, en 2011. #NiUnaMenos se ha propagado como una llamarada entre las feministas alrededor del mundo. Mítines de denuncia y marchas multitudinarias se han sucedido en Argentina, Chile, Uruguay, México, y sobre su ejemplo, en Italia, España, Francia, Estados Unidos, así como en la India, Egipto y Túnez.

Desde 2018, en varios países, el 8 de marzo se ha convertido en un día de Paro Internacional de Mujeres, o Huelga Internacional Feminista laboral, estudiantil, de consumo, de cuidados y de trabajo doméstico contra las discriminaciones sexuales y de género. La huelga feminista es apoyada por algunos sindicatos y partidos progresistas mixtos y, a pesar de la existencia de puntos de discrepancia entre las corrientes feministas, sólo ha sido rechazada por aquellos feminismos que se han deslindado totalmente de los símbolos del feminismo occidental.

El 8 de marzo es, en efecto, la fecha que la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, a instancias de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, escogió para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Lo hizo en honor de las migrantes empleadas como obreras textiles que se manifestaron en Nueva York el 8 de marzo de 1857 contra sus miserables condiciones laborales, bajo la consigna de “Pan y Rosas”. En 1911, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, el 8 de marzo se aprovechó para reclamar los derechos de las mujeres a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. En 1914, se utilizó el día para protestar contra la Primera Guerra Mundial. La Revolución Rusa estalló el 23 de febrero de 1917 día que, según el calendario juliano todavía en vigor en Rusia, coincidía con el 8 de marzo del calendario gregoriano del resto de Europa, cuando las obreras textiles de Petersburgo salieron a manifestarse y fueron seguidas por sus compañeros varones.

En 1975, la Organización de las Naciones Unidas rescató la fecha para declarar el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en 2018 como en 2019, muchas campesinas, obreras de maquila, adultas que mantienen una familia monoparental, mujeres empobrecidas que no pueden darse el lujo de no cobrar un día, migrantes sin sindicatos que las respalde, pastoras, becarias, cuidadoras no profesionales y ancianas sin pensión no han podido ir a huelga, revelando que la precariedad laboral y la discriminación salarial siguen reproduciendo la pobreza femenina y la falta de derechos de las mujeres.

Cuando las mujeres se manifiestan por su libertad, demuestran su fuerza y la pertinencia de sus demandas. El sufragismo a principios de siglo XX y el movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1970 llevaron, como las marchas feministas recientes, a salir a la calle a miles de mujeres, furiosas contra la violencia y la inequidades a las que están expuestas, y felices de sentir su colectividad, de darle voz a sus reclamos. Desde 2017, cientos de miles de mujeres han salido en masa contra los entonces candidatos y ahora presidentes Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil, evidenciando el nexo entre violencia represora, fundamentalismo religioso, neoliberalismo y misoginia. Y salen los días 8 de marzo para reclamar sus derechos y defenderlos.

 

 

Las mujeres representan el 49.6% de la población mundial y están presentes en todas las clases sociales y grupos religiosos, étnicos y nacionales, pero son el eslabón más vulnerable de sus respectivas sociedades. Los partidos de la renaciente derecha internacional, que es misógina, homófoba, autoritaria, xenófoba, en Brasil, Italia, India, Hungría, Andalucía, Estados Unidos, Austria, Arabia Saudita, Polonia, Bulgaria, Colombia, Chile, Nicaragua, noreste de Nigeria, Israel, Turquía, Zimbabue, Argentina coinciden en que las mujeres acaparan una presencia indebida en el espectro político, económico y jurídico de sus países. Pretenden reequilibrar el protagonismo femenino y poner fin a la “ideología de género”, apoyándose en ideas de una supuesta naturaleza humana binaria, heterosexual y jerárquica, provenientes de la propaganda neoevangélica, ultracatólica, islamista e hinduista que sostienen, a la vez, la inexistencia del calentamiento global, la justicia de la competitividad económica neoliberal y el derecho a cerrar las fronteras nacionales para defenderse de las migraciones.

Las derechas mundiales temen el despertar feminista porque para mantener la sociedad de clases es necesario mantener la jerarquía sexual. Obstaculizan por ello la libertad de elección sobre el propio cuerpo, prohibiendo totalmente el aborto en 26 países y limitándolo en 124; buscan reducir la libertad de las mujeres para ejercer su sexualidad y expresar sus demandas; afirman -contra toda evidencia- que la violencia contra las mujeres es un invento feminista y el creciente número de asesinatos de convivientes y ex parejas corresponde a “crímenes pasionales”.

El sistema de discriminación de las mujeres está en la base del funcionamiento capitalista, que se sostiene en la organización familiar que descansa en la pareja matrimonial subordinada. Este sistema se siente acorralado por los reclamos feministas, apela a valores falsamente religiosos acerca de la obediencia que las esposas y las hijas/osdeben a sus maridos/padres y ataca de manera explícita y directa a los principios de igualdad y a las personas que los defienden.

El presidente del partido de extrema derecha español Vox, Santiago Abascal, asegura que “las mujeres asesinadas en España lo han sido a mano de extranjeros” y que la ideología de género es una amenaza que hay que sacar de los colegios (al igual que la memoria histórica, es decir los estudios que evidencian la brutalidad de la dictadura franquista). Según él, se producen contra muchos hombres denuncias falsas por culpa de una “injusta” ley de violencia de género. En Brasil, Bolsonaro niega la evidencia que en los últimos diez años los feminicidios han crecido en un 21% y sostiene que son “mentiras feministas”. El 18 de marzo se celebrará un año del asesinato de Marielle Franco, concejala de izquierda, feminista, activista de los derechos humanos de la comunidad LGTB. El periódico O Globo vincula el asesinato de Mireille Franco con Flavio Bolsonaro, hijo del presidente, ya que ella era crítica con las intervenciones militares y policiales en las zonas más deprimidas de Rio de Janeiro, como la favela de Acari, mismas que el joven Bolsonaro sostenía, apoyando al 41° Batallón de Policía Militar. En Colombia, los feminicidios han crecido en número y crueldad en los últimos años. Según la ONU, en el país suramericano una de cada tres mujeres ha sido golpeada por su pareja actual o anterior y un gran número han sido víctimas de “desplazamiento forzado, despojo de tierras y violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano”. Existe, en efecto, una brecha en la aplicación de las leyes para impulsar la equidad de género que descansa en la cultura de la derecha política. Para muestra un botón: el 10 de junio de 2017, Ramón Cardona, Concejal de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) por el Partido Conservador, declaró que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”.

En todos los países donde gobierna la derecha, los perfiles sociodemográficos de vulnerabilidad de las mujeres asesinadas revelan el incremento de la violencia feminicida contra mujeres empobrecidas, trans y niñas, en un ámbito de muy alta impunidad en los delitos contra las mujeres. Varios tipos de feminicidios se relacionan con la ocupación de las víctimas, su fragilidad social por ser proletarias, migrantes o pertenecientes a naciones minoritarias/indígenas, la condición de violencia generalizada en la zona de residencia, la presencia de mafias, de bandas delincuenciales o de agentes diversos (gubernamentales y no, muchas veces paramilitares) que usan los cuerpos violentados de las mujeres como mensajes para que cunda el pánico en la población y no se manifieste. Éstos feminicidios “sociales” conviven con la violencia doméstica y se suman a los asesinatos seriales y a un brote muy agresivo en la endémica epidemia de machismo, relacionado con fanatismos religiosos y con las más variadas formas de frustración masculina ante los derechos alcanzados por las mujeres, en particular su mayor visibilidad en las artes y la política y su independencia afectiva.

El fin de la violencia feminicida, en sus diferentes etapas, desde los insultos callejeros, los acosos, las amenazas, los golpes hasta el asesinato, es la reivindicación feminista más candente, alrededor del cual se organiza el mayor número de acciones, pero la lucha feminista apunta a la libertad, al placer, a los derechos de las mujeres. Eso es, a la educación igualitaria, a expresar las propias ideas, a desarrollar sus territorios, impulsando una cultura de la liberación colectiva, personal, artística y sexual, y a no sufrir limitaciones en el trabajo y en las expresiones de la propia afectividad.

Desprenderse de las identidades que el sistema patriarcal ha impuesto a las mujeres, en particular las que las obligan a complacer la mirada, el deseo y la organización social masculinas, es un camino que las feministas han emprendido desde hace ya medio siglo para la consecución de su propia libertad. Sin embargo, es precisamente sobre estos caminos de liberación que las derechas económicas, políticas y religiosas han construido un discurso, altamente ideológico, contra “la ideología de género” que, según sus portavoces, impide a las mujeres ser felices con su “naturaleza”, obligándolas a rechazar sus roles.

Una parte de las mujeres de la derecha capitalista, sobre este punto, ha desarrollado un muy especial “feminismo liberal”, que no apunta a la liberación de los roles de género heteronormados, sino a la aceptación “en libertad” de los mismos. Las feministas liberales han creado los mayores conflictos entre feministas al plantear que las mujeres tienen derecho a elegir ser prostitutas, alquilar sus úteros, quedarse en casa dependiendo de un marido que puede llegar a maltratarlas bajo un esquema de violencia normalizada.


El feminismo liberal no cuestiona el sistema capitalista, por lo tanto considera expresiones de la libertad de mercado la compraventa del cuerpo humano y las actividades forzadas por condiciones de pobreza estructurales. Desarrolla por ello un discurso altamente agresivo contra el “moralismo” de las feministas que denuncian el vientre en alquiler como una práctica de abuso, dirigida contra mujeres racializadas, empobrecidas y sin opciones de trabajo, como es el caso de las migrantes en Europa y Estados Unidos. Igualmente, en un mundo donde repuntan formas de esclavitud y trata de personas, de las cuales el 83% son mujeres y niñas obligadas a la prostitución y la pornografía, afirman que “la libertad de prostituirse” es limitada por el supuesto puritanismo de las feministas radicales. Para las “feministas liberales” los valores humanos de la integridad física y emocional de las mujeres, las opciones de trabajo remunerado en igualdad de condiciones con los hombres o de trabajo comunitario y solidario, los derechos a la vida y la afectividad que no someten las mujeres al poder económico masculino son ¡limitaciones moralistas!


Los feminismos que se expresan en las academias en muchas ocasiones toman muy en serio las descalificaciones de los movimientos de liberación de las mujeres por parte de las supuestas feministas liberales, así como tienden a radicalizar el peligro de caer en un dimorfismo social de género cuando se exige poner fin al sistema patriarcal. Éste es un sistema jerárquico que estructura la producción capitalista y la expoliación de la naturaleza, del trabajo y de la capacidad reproductiva. Negar la existencia de un sistema patriarcal que limita y cerca la libertad de las mujeres, poniéndolas en riesgo de ser agredidas, empobrecidas y constreñidas a la repetición de roles de complacencia hacia los hombres, impide pensar y aplicar políticas de búsqueda de una justicia para las mujeres. Justicia reparativa más que sistema de castigo que produzca una ley de las mujeres que nos permita no ser juzgadas ni juzgarnos negativamente en nombre de la obediencia a patrones masculinos.

No se trata de atacar a los hombres desde la radicalidad de la demanda de libertad personal, la igualdad de oportunidades ante la ley y el derecho a la propia diferencia colectiva y particular. Se trata de revelar los privilegios que ciertos hombres gozan dentro del sistema. Ahí donde existen privilegios (que siempre son particulares) los derechos (que son colectivos) no pueden ser respetados: privilegios y derechos son términos antitéticos. Las posiciones de privilegio masculinas, sobre las que se modela el androcentrismo de las sociedades patriarcales, llevan a muchos hombres a no cuestionarse y a mostrarse pasivos ante la injusticia de la desigualdad.

Ahora bien, entre el feminismo liberal que considera que las discriminaciones que viven las mujeres no son tales, sino circunstancias que les ofrecen elegir reproducir libremente una condición femenina subordinada, y la voluntad de las mujeres trans de vivir una identidad “femenina” se inscribe otro nudo de los feminismos contemporáneos.

La condición de transexualidad no es propia de las culturas occidentales modernas. Personas que no se identifican con la vestimenta, los roles y las expresiones afectivas que la propia sociedad asigna a la portación de determinadas características sexuales han sido respetadas en algunas culturas y perseguidas hasta la tortura y la muerte en otras. Las culturas cristianas han sido particularmente violentas con las mujeres y hombres transexuales, travestis y homo y bisexuales, por ejemplo. Por el contrario, en América existían sociedades que consideraban normal que las personas optasen por su propia sexualidad y su adscripción a los trabajos asignados a uno y otro sexo. La heteronormatividad obligatoria es un rasgo altamente patriarcal.

Sin embargo, para las feministas radicales que quieren erradicar todas las desigualdades sociales producidas por el sistema patriarcal capitalista es particularmente difícil reconocer sea el feminismo de la diferencia sexual, que apunta a los aportes positivos de resistencia que la condición femenina ha ofrecido al mundo histórico a través de las experiencias de las mujeres, sea el feminismo de las mujeres transexuales, que consideran que el origen de la opresión patriarcal no son los géneros en sí sino asociarlos a dos únicos sexos al interior de un sistema binario, rígido, que contrapone las mujeres a los hombres.

Si la liberación de las mujeres pasa por liberarse de los estereotipos creados por los roles económicos, sexuales y afectivos de género, estallar los géneros y reconocer la existencia de numerosos sexos permite poner fin a una sociedad binaria de hombres y mujeres “biológicamente” determinados: mujeres madres-hombres trabajadores, prostitutas-compradores, tejedoras-herreros, recolectoras-cazadores, etcétera. Existen decenas de “intersexos”, biológicos, entre el sexo XX o femenino y el XY o masculino, así como divergencias culturales, de identidad y hormonales con los sentires adjudicados a uno u otro género. La sociedad privilegia a las personas que se identifican con el género que se les ha asignado al nacer por sus genitales, la liberación según las feministas transgénero estriba en poder ejercer la propia sexualidad, la propia performatividad, los propios trabajos desde expresiones no marginadas, que no se limitan a lo femenino y lo masculino. No obstante, esta ideal transición continua entre los diversos grados de representación sexuada no es siempre real. Muchas mujeres trans arrastran características de sus privilegios masculinos a una performatividad femenina que las vuelve mucho más protagónicas que las mujeres que se identifican con su genitalidad. Asimismo, muchas mujeres trans participan de la invisibilización de las mujeres identificadas con su sexo biológico conforme a la mayor importancia que les otorgan los medios de comunicación.

Para finalizar, los feminismos que se están manifestando con fuerza después de décadas de menosprecio social constituyen al día de hoy la mayor amenaza para la continuidad de un sistema desigual, ecocida, explotador, racista y violento. Poner fin a la violencia feminicida es el primer paso para poner fin a desigualdades que impiden la expresión de libertades personales y colectivas.

 

Ciudad de México, 12 de marzo de 2019

 


Publicado enEdición Nº255
Letros construidos por participantes en mitin contra el Código de policía, Bogotá, marzo 5 de 2019.

Cada día que pasa el país mira con estupor la violencia desatada por la Policía. Las denuncias se multiplican, aquí y allá agrede y sanciona: a ciudadanos desprevenidos que compran y consumen en expendios callejeros; alguno que corre en una terminal de transporte; a otros por cuestionar un procedimiento policial… El temor crece en amplios sectores sociales ante un autoritarismo que cada día muestra un rostro más tenebroso. Es urgente una acción social que confronte esta realidad.

 

 

Son conocidas las historia padecidas en distintos países donde la “disciplina” y el “orden”, donde el acatamiento de la ley a cualquier precio, han terminado en sometimiento y silenciamiento social. En nuestro país tuvimos una vivencia de ese tipo con el mal recordado Estatuto de Seguridad durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982), pensado y dirigido contra la desobediencia social y fruto del cual las cárceles quedaron repletas de luchadores populares.

Ahora tenemos el tenebroso Código de Policía, un engendro del orden inspirado por una doble realidad: 1) El afán del gobierno Santos por preparar y darle herramientas legales a los cuerpos represivos para la etapa imaginada por ellos de postacuerdo de paz (ante un escenario de mayor protesta social); 2) Responder, por parte de igual gobierno a las demandas de la Ocde para ingresar al “Club de países de las buenas prácticas”, entre ellas, una sociedad que controle la informalidad, que reprima la indisciplina, que despeje el espacio público, es decir, que disponga todo “para el óptimo desarrollo del capital”. Ideal de orden que no repara en las condiciones específicas de cada país, por lo que la realidad debe apretarse hasta que quepa en la ley.

Es una irrealidad que coloca en el centro de su disciplinamiento a los miles/millones que en el país sobreviven del rebusque y, por obvias razones, al espacio público mismo –que es el territorio por ellos ocupado para levantar el pan diario.

Acción de persecución y criminalización potenciada desde la cabeza misma del Ministerio de Defensa, ahora ocupada por quien fuera por años el director y vocero de la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco), permanentes instigadores de la acción represiva de la Policía en contra de quienes con sus cachivaches ocupan y tratan de sacarle algún peso a la calle.

La lógica del absurdo

El Código de Policía actual no fue pensado y redactado por civiles, fue propuesto por policías. Esta ley, conocida como la 1801, que en realidad parece ley de leyes, fue aprobada el 29 de julio de 2016, y entró en vigencia en el 2017. Curiosamente su tramite en el Senado no generó ningún ruido y pasó a “pupitrazo”, sin ningún análisis ni objeción por parte de partido alguno, cosa diferente a lo sucedido en la Cámara de Representantes, donde los partidos alternativos la confrontaron y obligaron a su revisión.

Según Alirio Uribe, en la Cámara fueron derogados y modificados 160 artículos del Código, cada uno de los cuales debió ser argumentado a los abogados y generales de la policía. Pudieron ser muchos más los artículos derogados, según Alirio Uribe, pero la presión de Juan Manuel Santos obligó a que se aprobara de una manera más rápida y simplemente se pusieron en votación de sí o no.

Como se sintió en tales trámites, y ahora es sufrido y comprobado con su imposición cotidiana, el espíritu del Código es el del autoritarismo que desea moldear y disciplinar la sociedad mediante el castigo, pretendiendo regular hasta lo más mínimo de la vida de nuestro país. Un autoritarismo piso para encausar la propagandeada “legalidad” del actual gobierno, es decir, el imperio de la norma por sobre la realidad misma. Todo un exabrupto.

Dicen en los barrios populares, donde infinidad de personas se han visto asaltados por los ahora disciplinadores, que este Código parece la caja menor de la policía, y la realidad refuerza su sentir: según la Fundación Ideas para la Paz (FIP), durante el año y medio de implementación de esta “norma de normas”, van dos millones de “medidas correctivas”, el 40 por ciento de ellas multas y apenas el 17 por ciento medidas educativas. Multas que en no pocos casos ascienden a 883 mil pesos y en otros a 282 mil. Miles de los afectados por los disciplinadores son jóvenes que estaban consumiendo alcohol o psicoactivos en espacio público. Estos, así como quienes han sufrido el látigo del establecimiento por consumir empanadas, correr en una terminal de transporte, o tratar de reírse de la “autoridad” al invitarlos a comer empanadas, así como quienes han sido reprimidos por estar vendiendo en el espacio público, han perdido en pocos segundos mucho más de lo que logran reunir en un mes de trabajo.

Hay que llamar la atención sobre esto, pues el monto del “disciplinamiento” no se compadece de lo que un trabajador sin contrato alguno reúne en un mes de trabajo. Esta desproporción evidencia que quienes redactaron la norma, los llamados “padres de la patria”, con su desproporcionado sueldo de más de 32 millones al mes, ni conocen ni se imaginan las afugias con que viven la mayoría de familias colombianas; quitarles a estas cientos de miles de pesos es condenarlas al hambre y al ahondamiento de sus sufrimientos cotidianos.

Un modelo autoritario

Desde el 2017, cuando empezó a regir el Código, se han interpuesto 144 demandas en contra de sus artículos, pues muchos de estos son verdaderos exabruptos, como el artículo 33 que autoriza a la policía para allanar viviendas sin orden de autoridad judicial, y como el capítulo de regulación a la movilización social, declarado inconstitucional por la Corte Constitucional.

Pese a esta decisión, en octubre de 2018 el actual gobierno, en cabeza de Guillermo Botero, Ministro de Defensa, estigmatizó la protesta social y exigió que fuera regulada, atreviéndose a decir, además, que las movilizaciones sociales son producto de la financiación de organizaciones armadas; es decir, las criminalizó. Acción que no pasa sin consecuencias, en un país el solo año 2018 fueron asesinados no menos de 226 líderes sociales según el reporte de Indepaz, desangre que no para en el 2019, con el asesinato registrado, en escasos dos meses, de más de 29 líderes.
La actuación de este Código de Policía desprende algunos interrogantes: ¿Nos encontramos con una institución de policiva regida por una doctrina militarista? ¿Se diferencia en algo el actuar de esta policía con el actuar de los militares? ¿Acaso debemos hablar de un cuerpo de ocupación militar en vez de policía nacional? ¿Cuál es el modelo de sociedad que pretenden y que está detrás de este Código? ¿Quiénes se benefician con el mismo? ¿Para quién está pensado realmente el espacio público en el país?

Un reto para el conjunto social
Queda claro que este Código de Policía desprende desde el interior de cada uno de sus artículos un tufillo autoritario que atenta contra las libertades a que tenemos derecho como parte del conjunto global; una acción policiva llevada a cabo, además, en una sociedad que ha sufrido por décadas la violencia y el control directo por parte de bandas paramilitares y de sus protectores en el Estado producto de lo cual el tejido social está desecho. Sumarle a esta realidad el control social y el disciplinamiento que ahora pretenden, no ayuda a sanar ese tejido desecho por décadas de violencia. Lo que requerimos en esa vía, es más libertad, más derechos cumplidos –y no en simple norma–, más diálogo, más espacios para el goce y el placer, más espacios públicos para el rebusque y para el ocio, más fraternidad, más justicia.

Como de esto no conoce el establecimiento ni sus agentes, le corresponde al movimiento social tomar cartas en el asunto, denunciar este esperpento y lograr su rechazo por el conjunto social. Un ordenamiento social alterno debe tomar cuerpo, pero el mismo debe ser diseñado, definido y controlado en su implementación por la sociedad misma, nunca por sus órganos represivos.

 

Artículos consultados


https://www.elespectador.com/noticias/nacional/estos-son-los-impactos-de-la-aplicacion-del-codigo-de-policia-en-colombia-articulo-842547
https://www.elnuevosiglo.com.co/articulos/02-2019-codigo-de-policia-blanco-de-la-demanditis
https://www.semana.com/nacion/articulo/codigo-de-policia-tiene-30-demandas/513411
https://www.elpais.com.co/proceso-de-paz/al-menos-113-lideres-sociales-fueron-asesinados-en-colombia-en-2018-onu.html 
https://www.elpais.com.co/proceso-de-paz/al-menos-113-lideres-sociales-fueron-asesinados-en-colombia-en-2018-onu.html

 

Video relacionado

https://youtu.be/OL75InlcqKk

Publicado enEdición Nº255
Lunes, 01 Abril 2019 06:03

Con Dios de nuestro lado

Con Dios de nuestro lado

Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, comentó el otro día que es muy posible que Dios haya sido quien colocó a Trump en la Casa Blanca. No está solo. La vocera de la Casa Blanca, Sarah Sanders, declaró a finales de enero que Dios "quería que Donald Trump se convirtiera en presidente y es por eso que esta ahí".

Pompeo, así como el vicepresidente Mike Pence, son cristianos evangélicos e igual que promueven políticas favorecidas por estas corrientes religiosas dentro de Estados Unidos, también condicionan la política exterior, desde Medio Oriente (sobre todo la defensa de Israel por motivaciones bíblicas), al financiamiento de programas antiaborto, y hasta en la construcción del muro fronterizo, entre otras cosas.

Pompeo, Pence, Jeff Sessions, ex procurador general, y Betsy DeVos, secretaria de Educación, son parte de un grupo de estudios de la Biblia encabezado por el pastor Ralph Drollinger, quien cree que los cristianos en el gobierno están obligados a contratar sólo a otros cristianos, informa Ron Charles, del Washington Post.

Trump –a pesar de sus pecados graves incluidos dos divorcios y constantes aventuras extramaritales incluso con estrellas de cine porno, entre otros– forjó una alianza con las corrientes cristianas conservadoras al adoptar sus posiciones antiaborto, antihomosexuales, la promoción de estudios bíblicos (incluidos los que hablan sobre la evolución) en escuelas públicas y la anulación (parcial) de la regulación federal prohibiendo el respaldo de candidatos políticos por iglesias, entre otras cosas, a cambio de ser coronado como un salvador. Robert Jeffress, líder nacional evangélico, declaró que “millones de estadunidenses creen que la elección del presidente Trump representó a Dios ofreciéndonos otra oportunidad, tal vez nuestra última oportunidad, para realmente hacer a América grande de nuevo”.

Sin embargo, Trump, comparado con sus antecesores, es el presidente con menor vínculo religioso a lo largo de su vida (es oficialmente presbiteriano). De hecho, aun si lo recuerdan, no sería bienvenido en las iglesias de su juventud hoy día, ya que se oponen a sus políticas, incluyendo la antimigrante. Pero como casi todo en su vida, esto se maneja como parte de un espectáculo y Trump está dispuesto hasta a poner su autógrafo en un libro que no sólo no escribió, sino que es difícil de creer que haya leído: la Biblia.

Este es el país mas religioso del primer mundo; "los estadunidenses rezan con más frecuencia, asisten más a servicios religiosos semanales y dan una importancia mayor a la fe en sus vidas" que los adultos de los demás países occidentales avanzados, registra el Centro de Investigación Pew. Aproximadamente 83 por ciento de adultos cree en Dios (63 por ciento de ellos en términos absolutos).

La consigna oficial en cada billete de dólar es "en Dios confiamos" (algo que primero se grabó durante la Guerra Civil y reapareció en 1956, cuando el Congreso lo declaró lema oficial). El Juramento de Lealtad (Pledge of Allegiance), un verso semioficial que se recita en las escuelas y en algunos actos oficiales, fue escrito en 1891, pero en 1954 la frase "bajo Dios" fue añadida en un esfuerzo por definir a Estados Unidos como un país de fe frente al enemigo: una Unión Soviética atea. Y aunque curiosamente la Constitución de Estados Unidos no menciona a Dios o alguna fuerza divina, las 50 constituciones estatales incluyen una referencia divina, informa el Pew.

Pero vale recordar que no hay un solo Dios aquí, y la historia de este país fue en parte escrita por las grandes corrientes religiosas progresistas que han nutrido magnos movimientos sociales y políticos por la abolición de la esclavitud, los derechos laborales, derechos civiles, movimientos antiguerra, de defensa de inmigrantes y refugiados, entre otros.

En pleno siglo XXI en el país más poderoso del mundo un Dios muy blanco y rico que, dicen, eligió a Trump, se enfrenta, otra vez, con el Dios de los que luchan por un paraíso de la justicia, la dignidad y la igualdad.

https://www.youtube.com/watch?v=cAgAvnvXF9U. También consultar en https://open.spotify.com/track/5hBOEqqkcQaUgkRhh6E yX4?si=r0q6chwHRNm7QC_unh_oKw

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“El racismo es una ideología muy potente”

 

En 1975 llegó a Francia empujada al exilio por la dictadura militar. Regresó a Chile a fines de 1989, “cuando salieron las listas que autorizaban a entrar al país a las 51 mujeres que habían estado prohibidas”. En Francia estudió Educación Especializada primero, una profesión que la mantuvo muy cerca del mundo de la exclusión, y realizó la Maestría en Ciencias Sociales Aplicadas, en Universidad Paris XII, y el Doctorado en Sociología, en la Universidad de Paris VIII, más tarde. Trabajó con niños y niñas sin techo y con jóvenes en situaciones de mucha indefensión. Trabajó en cárceles, donde conoció “la mayor de las exclusiones”. En los 90, empezó a observar la llegada de inmigrantes a Chile. Le preocupó el trato de la sociedad hacia ellos. Desde entonces, “más que preguntarles a los inmigrantes cómo están y cómo se sienten, me interesa preguntar a los chilenos por qué los tratan como los tratan, e ir a buscar en nosotros eso que hacemos con los que denominados ‘ellos’, ‘ellas’”, cuenta. María Emilia Tijoux investigó durante décadas la inmigración, la xenofobia, el racismo, la sexualización y racialización de los inmigrantes y los procesos de su deshumanización. Clara en sus conceptos y argumentaciones, parte de su trabajo diario consiste en comprender las raíces del maltrato y las vías para desterrarlo.

 

–¿Qué es el racismo?

–El racismo es muchas cosas a la vez. Por un lado, el racismo es una ideología muy potente; por otro, una práctica que se vincula a la historia. El racismo está incorporado en el cuerpo y en la sociedad. Proviene de la palabra “raza”, una palabra que, lamentablemente, se trata de eludir. En los círculos intelectuales se ha señalado que las razas no existen, que se ha confirmado científicamente que nunca existieron. El término “raza” comenzó a utilizarse en el siglo XVI pero tuvo su auge en el siglo XIX en un sentido de “subespecie”. Hoy no tiene validez taxonómica, sin embargo sigue siendo un marcado de diferencias; y es sobre esta palabra que se constituye el racismo. En el siglo XIX tuvo lugar una antropología potente de estudios racialistas que lograron establecer el hecho de que había jerarquías en las “razas humanas”. En estas jerarquías construidas en Chile, el hombre blanco, occidental, dominante, estaba en lo más alto de la escala social; por debajo estaban en ese momento los africanos y las africanas, que se convierten en el polo opuesto de esta dominación como objeto del trabajo, del objeto de deseo, como objeto de la trata, la explotación, el tráfico, la humillación, la denostación; como objeto de todo aquello que está en el lugar del maltrato más violento que la sociedad tiene sobre los seres humanos. Lo que hoy se despliega hay que ir a buscarlo a esa historia. No podemos pensar en el racismo como un hecho actual. Es indispensable detenerse en los ejes de la Colonia, y entender que africanos y africanas fueron traídos a nuestro continente de la peor manera, que llegaron incluso a Chile como servicio doméstico en un momento reemplazando a los “indígenas” que se suponía no alcanzaban en número para atender, pero que luego fueron traídos como esclavos en las peores condiciones; traídos al fin del mundo para trabajar en el mundo agrícola y reemplazar la mano de obra. Así, la figura, el color, la procedencia, la condición de trabajador no remunerado, y por tanto el lugar de un esclavo, queda plasmado en la historia de una sociedad. El lugar del “negro” o “negra” viene a ser un lugar denostado, hasta que pasa el tiempo y de pronto se dice que “en Chile no hubo negros”.

–¿Quiénes y por qué lo dicen?

–Durante mucho tiempo se dijo eso. Una cantidad de mitos que olvidan que hubo senegaleses en Chile que defendieron al país, que estuvieron en primera línea en la lucha de la guerra. Senegaleses en esa época y senegaleses en Santiago hoy, comercializando en condiciones muy precarias, perseguidos, detenidos, nos invita a buscar esta génesis o estos antecedentes que pueden mostrar qué es lo que ocurre en la actualidad con un inmigrante haitiano o haitiana en Chile. Pero además no solamente se ha racializado a las personas que han llegado de Haití, Colombia o Ecuador, sino que se ha racializado también a nuestros pueblos. La operación muy bien planteada por el Estado y los distintos gobiernos contra nuestros pueblos ha logrado que esa racialización se naturalice, se banalice, incluso se legitime contra el pueblo mapuche, por ejemplo, pero también contra las comunidades aymara o quechuas, que reclaman su lugar en la sociedad. Y no solamente esto, sino que a principios del siglo XX también se dieron distintos procesos de chilenización.

–¿A qué alude el concepto de “chilenización”?

–Fueron procesos que se dieron contra peruanos y bolivianos, entonces los dueños de esta tierra. El término designa un proceso de aculturación de las zonas ocupadas, pero administradas e incorporadas por Chile, tras la Guerra del Pacífico (1879-1883). El gobierno de la época, junto con civiles y militares, hizo un trabajo muy fino. El concepto de “chilenizar” alude a limpiar, higienizar, castigar, expulsar, por la “Pacificación de la Araucanía (1861)”. Al tiempo que chilenizaban por el norte y el sur pensando que había que mejorar la raza, se invitaba a inmigrantes europeos a habitar el territorio. Estas son algunas cuestiones muy generales para que hoy podamos ver al racismo operando en la cotidianeidad del día a día con una cantidad de hechos violentos de norte a sur contra hombres, mujeres, familias, comunidades, que han llegado a Chile con diversos propósitos.

–¿Por qué el ser humano es racista? ¿Hay algún componente de miedo que lo explique?

–El miedo al otro como un otro, es decir, como alguien que nunca podría estar conmigo, lleva a comportamientos racistas porque tiene que ver con el desconocimiento, y por lo tanto, con una distancia que está elaborada a partir de estos procesos de racialización. Ahora, ¿miedo a qué? ¿Miedo a una historia? ¿Miedo a una cultura? ¿A una forma de hablar, de pensar? Son miedos que han sido construidos históricamente. Un miedo que está colocado en diversos objetos, como los cuentos, que separan entre reinas y princesas, blancas y preciosas, brujas viejas y morenas, o entre estos invasores que son bárbaros. Hay una cantidad de elementos que se enseñan a los niños en canciones, o máximas y premisas, que naturalizan a un otro como un otro en el lugar del peligro. Por ejemplo, la idea de invasión: “nos invaden”, “invaden nuestros países”, “invaden nuestras escuelas”, “invaden nuestros centros de salud”. El concepto de invasión llama inmediatamente al peligro y a la guerra, de ahí que tantos discursos de candidatos y gobernantes digan que hay que declarar la guerra a la inmigración, como si la inmigración fuera el problema. Y no, el problema es el racismo.

–¿El miedo se construye?

–-Absolutamente, sí. En los imaginarios equívocos se construyen mitos frente al otro; cuestiones que tienen que ver con lo que comen, con cómo hablan, con sus bailes, con lo que sea. Cuestiones muy curiosas que al mismo tiempo atraen, de lo contrario, no se entendería que muchos elijan ir al Caribe o al Machu Picchu de vacaciones, para llenarse de esos exotismos pero lejos de su país. El miedo del racista común y corriente, ese que anda por la calle, hay que ir a buscarlo en el Estado.

–¿Por qué en el Estado?


–En la construcción política que el Estado ha hecho del miedo para poder gobernar. Y luego en la manera en que se funda ese miedo desde los medios de comunicación, a partir de las imágenes que se colocan en primera plana, dando nombres y exhibiendo a las personas. Pienso en lo que hace el actual gobierno de Sebastián Piñera cuando expulsa a los haitianos, de una manera bastante particular, en lo que llama el Plan de Retorno Humanitario. Me preocupa el lenguaje humanitarista que utiliza el gobierno. Es muy complejo el racismo de la amabilidad, que se observa por ejemplo cuando una persona habla por otra, cuando piensa que ese otro no tiene palabra o que en razón de su origen no se va a hacer entender. Muchas veces, estas situaciones tienen un trasfondo de racismo.


–¿Qué manifestaciones cotidianas y silenciosas son muestras de racismo?


–Hay todo un comportamiento a través de la postura corporal: mirar de reojo, mirar por encima del hombro, formas de mirar que humillan, jerarquizan e inferiorizan. Esta cuestión suele estar vinculada con la clase social. No perdamos de vista que un migrante es esencialmente un trabajador. En general, la sociedad chilena habla muy bien de los migrantes haitianos, por ejemplo, para decir que son obedientes, callados, simpáticos, “el buen migrante” para explorar y maltratar. Porque entonces no va a enfrentarse, no va a responder si alguien lo insulta, porque si lo hace corre el riesgo de ser expulsado. Por otra parte, el miedo hay que vincularlo a los sentidos: al olfato, al oído, a la vista, al gusto. Y es en este punto que el miedo se vincula con el cuerpo. El cuerpo habla, actúa; todo está incorporado desde la infancia. Por eso digo que hay que buscar en las prácticas cotidianas. Cuando llega un inmigrante se lo mira con desconfianza. Y cuando se le pregunta a una determinada persona por qué mira de ese modo, esa persona suele responder: “porque nunca se sabe”. Y entonces habría que preguntar, ¿qué es lo que usted no sabe? Es muy interesante eso que llamo “los racistas de lo cotidiano”, porque es muy fácil derrumbar ese racismo. Sin embargo, no es lo mismo derrumbarlo en las políticas públicas ni en el Estado, porque el Estado necesita gobernar dividiendo. No hay Estado que no sea racista; necesita esa disputa por abajo.

–¿Por abajo solamente?


–Sí, principalmente entre la clase trabajadora, para que exista ese trabajador que diga que le vienen a robar el trabajo. El maltrato opera por abajo; no es necesario que opere arriba. ¿Cuántas familias son las dueñas de Chile? ¿Ocho? No es necesario que se dediquen a eso, ni siquiera saben lo que está pasando. Sus vacaciones suceden en otras partes del mundo; no se tocan.


–Recién decía que el cuerpo habla. ¿De qué modo responde el cuerpo del migrante al racismo?


–Claro que el cuerpo del migrante también habla. El migrante trae su forma de ser, de hablar, de vestir, su historia, trae su cultura. Pero al llegar como migrante y al denominársele de ese modo, pierde su nombre, su apellido, porque a ese concepto de inmigrante se le agrega el apellido de la nacionalidad: inmigrante haitiano; inmigrante colombiano. Me detengo en esto porque es importante entender que la inmigración contiene al racismo. En Chile, cuando decimos inmigración nos referimos solamente a siete países específicos: Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, República Dominicana, Haití, y Venezuela. Por ejemplo. La argentina fue la primera comunidad inmigratoria que llegó en los años 90, en el momento de la crisis en Argentina. En la actualidad hay argentinos en Chile, pero no son considerados migrantes sino extranjeros, es decir, no se los compara con un inmigrante peruano en Santiago. Esta separación ideológica entre inmigrantes y extranjeros es una cuestión política que coloca en un lugar negativo a muchos de nuestros vecinos inmediatos. La cuestión del cuerpo también es una cuestión política, y en el caso del racismo se advierte muy fácilmente. Me pregunto qué nos pasa para querernos deshacer de lo latinoamericano. Esto se advierte, por ejemplo, en las políticas del gobierno, que no tiene interés en participar de pactos inmigratorios o de los convenios que hay en este Sur, y en cambio se preocupa por arrimarse a Europa y Estados Unidos. Hace poco, el gobierno chileno dijo que la inmigración no es un derecho humano. Y dijo también que hay derecho a emigrar pero no a inmigrar. La manera en que se está actuando a nivel mundial respecto a pueblos completos nos muestra todo el drama. El año 2016 fue un drama espantoso con el Mediterráneo; recuerdo la imagen del niño sirio muerto en una playa; imagen que dio la vuelta al mundo por el horror que representaba. Eso no ha cesado.


–Lejos de cesar, hay sobrados ejemplos de gobiernos cuyas políticas migratorias exacerban la situación.


–Así es. Por ejemplo, el tema de los muros. No podríamos hablar de muros como una cuestión simbólica, sino que es una realidad que implica seleccionar. “Seleccionar”, una palabra extremadamente complicada; sabemos a qué nos ha llevado la selección en la historia. Algunos tendrán el derecho a la vida, a la ciudadanía, a la frontera que se abre, tendrán el derecho a ser considerados, versus todos aquellos que van a ser seleccionados desde arriba hacia abajo. La selección de personas se está haciendo a nivel mundial. Entonces, ¿a qué estaría destinado todo ese mundo que queda en la parte inferior? Las posturas contra los desplazamientos de personas o sobre la seguridad forman parte de una propaganda mundial. Tanto, que los desplazamientos masivos, la inmigración y la seguridad, son ejes principales de gobiernos y candidatos en distintas partes del mundo. Creo que hay que tener cuidado con muchos de los discursos actuales sobre dar vuelta la página, porque ello impide que se piense el presente a la luz de lo que nos ha sucedido. A esto se adhieren otras cuestiones, como la locura del consumo y el ultraindividualismo. Este deseo infinito de ser alguien por sí mismo y el alejamiento de los movimientos sociales o de las luchas sociales hay que examinarlos muy finamente, porque efectivamente los discursos más fascistas suelen ser los que llaman a la unidad, los que llaman a defender la nación, siempre con la figura de la familia detrás. Por eso creo que el problema no es Bolsonaro, el problema es por qué se instaló y por qué tiene esa cantidad de gente que lo sigue. Hay que examinar el fascismo muy cuidadosamente, porque así comenzó, con un montón de gente queriendo tener una nación pura, limpia, de progreso, superior, una “raza superior”.


–¿Hay racismos diferentes?


–El racismo tiene varias direcciones. Hay racismos, en plural. Pienso en cuestiones de la historia; cuestiones muy antiguas. Muchos textos de historia hablan del interés, por razones económicas, de tener esclavos en lugar de indios. Pero también se buscó mantenerlos separados para evitar que los esclavos se escondieran en los poblados de los indios en un momento en el que se perseguía al cimarronaje. De cualquier modo, y aunque en ese período el vocablo no se usaba, la explotación de los esclavos era extremadamente violenta. Luego, con la constitución del Estado-Nación, es importante ver cómo el “desarrollo” implicaba invitar a inmigrantes europeos, preferentemente alemanes, con el objetivo de “poblar los territorios del sur y mejorar la raza”. Hay una connotación racista en el modo de tratar, y de explotar, a los esclavos, que debe buscarse todavía dado que se ha invisibilizado la presencia de negros en Chile; sin olvidar que la documentación jurídica es la de los blancos.


–¿Cuál es la diferencia entre racismo y xenofobia?


–La xenofobia es el miedo al otro; es el momento anterior a la práctica racista. Claro que podría tener un miedo al otro sin que desde allí partiera una práctica racista.

–Sostiene que el capitalismo y el patriarcado alimentan el racismo. ¿De qué modo?


–Creo que capitalismo y patriarcado van de la mano. Capitalismo y machismo también. Somos testigos de luchas feministas actuales maravillosas, y sin embargo todavía falta mucho por hacer, porque no necesariamente todas las luchas feministas abordan lo que ocurre con las mujeres racializadas, las mujeres de la cárcel, de la calle, con las más pobres, o con las mujeres de los pueblos originarios. Creo que aún no se ha llegado a eso, aunque en algunos grupos hay voluntad de hacerlo. A pesar de todas las luchas que se están dando en el mundo, el femicidio y la discriminación hacia la mujer no cesan. Al 1 de febrero, en Chile se registraron seis femicidios consumados y doce frustrados. Hay que examinar a la luz del Estado y del gobierno de turno qué se está haciendo. Si pensamos en patriarcado y racismo, el lugar que tiene la mujer migrante es el peor que se puede tener. Sus sufrimientos son cotidianos y muchas veces deben callarlos por temor a la deportación, a la vigilancia de las instituciones o a las humillaciones, de ahí que muchas veces repitan que “están bien en Chile”, que “entienden a los chilenos” o que “cuando se emigra hay que vivir como vive la gente del país donde se llegó”.

01 de abril de 2019

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