Martes, 10 Septiembre 2019 04:50

Deterioros neoliberales en América Latina

Deterioros neoliberales en América Latina

Las leyes neoliberales impuestas en América Latina por Estados Unidos y organismos financieros internacionales como fundamento principal del capitalismo, han llevado a la región a enfrentar grandes escollos económicos y sociales para su subsistencia. 

El objetivo de ese sistema como parte del capitalismo globalizado es impulsar la liberación del comercio en general, eliminar la injerencia del Estado en la economía y reducir al máximo el gasto público con el consecuente empobrecimiento de millones de habitantes y en contraposición, el enriquecimiento de pequeñas minorías.

Son varios ejemplos los que destacan en esta oleada de derechización regional auspiciada desde Washington y que han llegado al poder por diferentes vías como golpes de Estado, destituciones parlamentarios o elecciones fraudulentas.

Empecemos por Honduras, donde tras el golpe al presidente Manuel Zelaya se eliminaron el ciento por ciento de las leyes acordadas en ese corto período para beneficio del pueblo, lo que trajo como consecuencias la congelación de la Ley del Salario Mínimo, pérdida de 300 000 empleos, fragmentación de las jornadas laborales, derogación de los acuerdos con el ALBA, restitución de privilegios a las compañías transnacionales e impulso de las privatizaciones.

En la actualidad, según el diario La Prensa, casi seis millones (71 %) de los 8,5 millones de habitantes del país son pobres; de esa cifra, 4,2 millones están en situación de extrema pobreza que tratan de sobrevivir con solo un dólar al día, mientras solo 15 familias controlen el 80 % de las riquezas nacionales.

Guatemala ha sido considerado uno de los Estados fallidos arrasados por Occidente donde se unen corrupción, pandillas, pobreza, desigualdad, desnutrición y mortalidad infantil.

Los economistas aseguran que el país se aproxima a la catástrofe humanitaria y las áreas rurales son las más afectadas, de donde procede la mayoría de los emigrantes. Los recursos son escasos, la presencia del Estado inexistente, el crimen organizado poderoso y la presión de los grupos de poder para implementar proyectos mineros e hidroeléctricos, casi insostenible

Un Informe de Desarrollo Humano elaborado por la ONU asevera que más de tres millones de guatemaltecos viven en pobreza extrema y casi 12 millones de personas, 67 % de la población, "sufre carencias que vulneran su bienestar".

Paraguay esta considerado uno de los países más desiguales de Suramérica, donde la pobreza golpea al 30 % de la población que ha sufrido en los últimos años grandes inundaciones y dejado desamparados a miles de habitantes. Para la ONG Oxfam ésta es la cara más cruel de la desigualdad en un país donde los más pobres ganan hasta 22 veces menos que los más ricos. Asimismo, con la progresiva mecanización de la agricultura, ligada a la producción extensiva de la soja, se produjo un éxodo masivo desde el campo y los emigrantes que huyeron del hambre se instalaron en áreas de riesgo, como el lecho del río Paraguay en los barrios de Asunción, vulnerables a las riadas.

En cuanto a Ecuador, en solo dos años el gobierno de Lenín Moreno ha impulsado al Estado a la década de 1990 al desmontar importantes avances democráticos de la Constitución Política de 2008. Durante los gobiernos de Rafael Correa el país redujo la pobreza y los programas sociales beneficiaron a los habitantes pero ahora, con los acuerdos con el FMI, Moreno redujo el gasto público de 3 461 millones de dólares a 773 millones con graves perjuicios para las mayorías.

Pero los casos más desafortunados en los últimos tiempos han sido los de Argentina y Brasil. En este último, tras el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff y las arbitrariedades jurídicas para detener a Inacio Lula da Silva para que no se pudiera presentar a elecciones, los regímenes de Michel Temer y de Jair Bolsonaro han desmontado todos los programas sociales y privatizado numerosas empresas públicas.

Entre los más afectados aparece el Sistema Único de Salud (SUS) instaurado por los gobiernos de Lula y Dilma que atendía al 65 % de la población y que Temer y Bolsonaro lo redujeron drásticamente con la excusa de que “no hay suficiente capacidad financiera que permita suplir todas las garantías constitucionales”. A la par, ambos gobiernos atentaron contra la Amazonía al autorizar a terratenientes y empresas transnacionales a deforestar esa reserva de la biosfera mundial.

Mientras en Argentina, con la llegada al poder de Mauricio Macri y su política neoliberal llevaron a la nación a un endeudamiento abismal, acuerdos leoninos con el FMI y profunda devaluación de la moneda que pasó de 2014 a la fecha de 16 a 61 pesos por dólar.

Según la Universidad Católica Argentina (UCA) la "pobreza multidimensional" que abarca carencias económicas, de diversos derechos y servicios básicos, subió al 41,2 % de los habitantes.

En cuatro años de gobierno, se duplicaron los precios del transporte público automotor y en 70 % los del metro urbano; el costo de la luz subió en 500 %; el agua y gas en más de 320 %; la atención médica y de las medicinas en 50 %, y la gasolina, 30 %. La Argentina actual es una nación fallida dirigida no por Macri, sino por el FMI.

Después de estos ejemplos podríamos preguntarnos: ¿Permitirán nuestros pueblos continuar siendo saqueados por el sistema neoliberal capitalista? El tiempo dará la respuesta.

Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano.

Publicado enEconomía
Domingo, 08 Septiembre 2019 05:56

Hiper-conectados y ultra-vulnerables al 5G

Hiper-conectados y ultra-vulnerables al 5G

 El desembarco de las redes 5G viene acompañado de promesas de velocidades de descarga inusitadas, de entornos de máquinas que se comunican entre sí, de coches autónomos que, por fin, podrán circular, de intervenciones quirúrgicas a distancia. Las compañías tecnológicas anuncian el advenimiento de la enésima next big thing, el enésimo gran acontecimiento que lo cambiará todo (y gracias al cual, de paso, nos colocarán nuevos productos). Con su llegada, prometen, se abrirán por fin las puertas a nuevos mundos de realidad aumentada y virtual. Pero hay que tener presente la cara B del 5G: en un planeta hiperconectado, las posibilidades de que seamos hackeados, espiados y controlados por empresas y Gobiernos se multiplicarán.

Gloria, gloria, gloria al 5G, maná de la nueva era a punto de nacer. El entusiasmo por el advenimiento de las nuevas autopistas de la comunicación por las que circularán nuestros datos vuelve a retozarse en epítetos superlativos. Si atendemos a los cánticos de tecnológicas, operadoras y demás agentes del mercado, el 5G es the next big thing, el nuevo gran acontecimiento, el enésimo game changer, la clave que lo cambiará todo; conceptos periódicamente agitados para colocarnos nuevos productos.

El 5G desembarca envuelto en campañas de marketing y comunicación que anuncian un mundo hiperconectado de cirujanos que operarán, desde la distancia y en tiempo real, mediante un robot, a pacientes de otro continente; de granjas inteligentes en las que se siembre, riegue y coseche con eficiencia gracias al procesamiento de datos del suelo y el clima, y de coches autónomos compartiendo información al milisegundo que nos avisarán de que hay una placa de hielo tras la curva. No faltan voces que alertan de que nos encontramos ante un nuevo hype, un fenómeno hinchado que además esconde derivadas inquietantes.

Por lo pronto, el culebrón que rodea a este nuevo imán tecnológico no ha empezado mal: mandatarios con pinta de ogros enfrascados en una guerra comercial tras la que late la lucha por la supremacía mundial; promesas de velocidad, aromas de latencia y, por si faltaban ingredientes, perspectivas francamente favorables para todo el que quiera ser hacker en la nueva era. Bienvenidos a un mundo hiperconectado y ultravulnerable.

Nuestros móviles descargarán más rápido. Nos bajaremos películas en un segundo. El tiempo que transcurrirá entre que enviamos un mensaje y este llega —la latencia— será de un milisegundo —ahora oscila entre los 40 milisegundos y una décima de segundo—, por debajo del tiempo de respuesta de un ser humano. El 5G, quinta generación de telefonía móvil, permitirá desarrollar sistemas que harán que nuestro coche frene si el de delante lo hace. Y serán miles, pronto un millón, el número de dispositivos —móviles, aparatos, sensores— que puedan conectarse por metro cuadrado sin que ello afecte a la cobertura. Todo esto en el futuro: las redes comerciales desplegadas hoy en países como España son un 5G que aún se apoya en las redes 4G. La quinta generación de móvil, a pleno rendimiento, llegará, como pronto, a partir de 2021.

La información viajará por bandas de alta frecuencia, habrá antenas por doquier —farolas, mobiliario urbano— y por las nuevas autopistas de la información circularán ingentes cantidades de datos. Eso permitirá ver a gente jugando a videojuegos como Fortnite, League of Legends o Call of Duty, que hoy día solo ofrecen buen resultado con la conexión de casa, en el móvil; fábricas inteligentes con todas las máquinas de la producción conectadas y compartiendo información, y algún día no muy lejano, drones sustituyendo a los riders (mensajeros) en los repartos a domicilio.

Atender mejor y más rápidamente a los heridos en un accidente o cualquier otra emergencia también será más eficaz gracias al 5G. Pongamos por caso un accidente en el puerto de Valencia. Los servicios de emergencia podrán enviar un dron que emita imágenes en tiempo real que permitan calibrar la situación. Si es un atentado o si es un accidente. Los semáforos conectados se pondrán en verde para dar paso a las ambulancias. La furgoneta policial, al llegar al lugar de los hechos, podrá desplegar su propia red 5G si la zona ha perdido cobertura (el llamado network slicing, asignando comunicaciones de calidad en un lugar específico en cuestión de segundos). “El tiempo de reacción es un elemento crítico para salvar vidas”, enfatiza Jaime Ruiz Alonso, ingeniero de telecomunicaciones e investigador de Nokia Bell Labs.

Ruiz Alonso sabe de lo que habla. Hace dos años vivió en carne propia un incendio en la sierra de Gata, en Extremadura. Estaba en la localidad de Villamiel. Desde allí vio cómo se quemaban robles y pinares ante el empuje despiadado del fuego. Comprobó lo que es atender una emergencia con las comunicaciones caídas, sin drones que permitan obtener información sin exponer vidas de bomberos. Desde su equipo de innovación en Nokia, este palentino de 49 años se puso a trabajar en protocolos de telefonía para recuperar comunicaciones en casos de emergencia. Desarrolló un modelo con el 4G, pero explica que todo será más fácil con la siguiente generación de móvil. “Cuando esté desplegado el 5G, habrá protocolos para saber dónde están los usuarios y comprobar si se hallan atrapados en medio del bosque entre las llamas”, cuenta.

La combinación de 5G e inteligencia artificial, se supone, es la puerta de entrada al largamente cacareado Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés). Caminaremos por la calle de una ciudad inteligente con unas gafas o unos auriculares que nos dirán el nombre de esa persona con la que nos acabamos de encontrar y del cual preferimos acordarnos. La oportuna y valiosa información aparecerá sobreimpresionada sobre la realidad gracias a las gafas o nos será susurrada al oído. “Pasaremos a vivir en la realidad mixta” —también llamada realidad aumentada—, vaticina Xavier Alamán, catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad Autónoma de Madrid. Estaremos esperando al bus con nuestras gafas, pero podremos ver por dónde va y si se está aproximando a nuestra calle. “Predecir es muy difícil, sobre todo el futuro”, espeta con sorna Alamán, parafraseando esa cita atribuida al físico Niels Bohr, “pero yo creo que de aquí a 10 años desaparecerán los móviles”.

Alamán, cordobés de 57 años, demuestra ser un entusiasta de las Microsoft HoloLens, unas gafas-visera parecidas a las de esquí que nos permiten interactuar con proyecciones de gráficos en 3D. Aportarán información a, por ejemplo, un mecánico, que podrá ver gráficos del interior del motor flotando en el aire mientras repara un automóvil. En un futuro no muy lejano, las gafas nos permitirán desplegar sobre la realidad (el vagón del tren) una pantalla de cine virtual en la que veremos la película (a escala muy superior a la de las actuales tabletas) mientras en un lateral leeremos los whatsapps o equivalentes. “Si todos dan el salto a ese tipo de dispositivo, el mundo cambiará más de lo que lo ha hecho con el teléfono móvil”, augura Alamán. La gente vivirá en un entorno que mezcla la realidad con lo virtual. La fiebre que se despertó hace tres años en el parque del Retiro con la caza de figuras virtuales de Pokémon GO es un simple aperitivo de lo que viene. Las velocidades y latencias del 5G (y el 6G, sobre el que ya se trabaja) son clave para este tipo de desarrollos.
Tras las gafas llegarán las lentillas. Y los tiempos de ir por la calle con la cabeza gacha mirando la pantalla del móvil serán historia.

La prestigiosa revista tecnológica Wired se aventuraba a anticipar de manera enfática, en el número del pasado marzo, el mundo que viene. Lo bautizaba como mirrorworld, el mundo espejo. Una plataforma tecnológica que replicará cada cosa del mundo real para ofrecernos su derivada virtual. Con los dispositivos de realidad aumentada, el cirujano verá una réplica en 3D de nuestro hígado mientras lo opera y contemplaremos con las gafas cómo era en los años treinta del pasado siglo, cuando fue bombardeado, el monumento que tenemos delante de nuestras narices.

El futuro que se abre en el mundo de los wearables, las tecnologías ponibles, gafas, relojes, auriculares, es algo por lo que apuestan muchas marcas, entre ellas Samsung. El gigante tecnológico coreano presentó su estrategia 5G el pasado mes de junio en un viaje de prensa a Corea —al que invitó a El País Semanal, junto a un selecto grupo de medios nacionales e internacionales—. Seúl, de hecho, es una de esas ciudades en las que se está cocinando el futuro de las telecomunicaciones. Y Corea es uno de los cuatro países que lideran la carrera del 5G, por detrás de Estados Unidos y China y junto a Japón, según un estudio de la consultora Analysys Mason.

La capital coreana es una ciudad de rascacielos y atascos por la que la gente transita en coches con los cristales tintados. De día, sus habitantes huyen del bochorno y la mala calidad del aire refugiándose en centros comerciales climatizados en los que dan lustre a la tarjeta de crédito. En su libro Problemas en el paraíso, el filósofo esloveno Slavoj Zizek la describía como epítome de un capitalismo tecnológico llevado al absurdo: trabajar hasta la extenuación para consumir como si no hubiera un mañana.

El despliegue del 5G está allí muy avanzado y se nota: el móvil va rápido. Se registran velocidades de hasta 820 megabits por segundo, el triple que con una conexión estándar en Madrid, con caídas a 400 en algunas zonas, según las pruebas realizadas por varios periodistas europeos. En esta ciudad avanzada, la sexta más poderosa del mundo según la revista Forbes, recibía DJ Koh, presidente y consejero delegado de Samsung Electronics, a la prensa europea en un hotel de lujo. Allí aseguró que los dispositivos inteligentes serán pronto más importantes que los propios teléfonos.

“Las infraestructuras 5G serán el motor y la fuerza de la cuarta revolución industrial”, sostiene Koh, ejecutivo de 57 años que procede de una familia pobre y que hizo un largo camino hacia la cima formándose, durante unos años, en el Reino Unido. La combinación de 5G e inteligencia artificial, asegura, lo va a cambiar todo. “El Internet de las cosas es lo que conectará a individuos, casas, fábricas, oficinas, ciudades y naciones. Y el automóvil conectará todos estos elementos”. En su opinión, en los próximos tres o cuatro años veremos cambios de mayor impacto que en la última década.

Los cuarteles generales de Samsung están en Sewon, a 80 kilómetros de Seúl. A ese espacio de torres de vértigo y largas avenidas vacías —excepto a la hora (más bien la media hora) de la comida— se llega por una autopista con las mismas señalizaciones verdes de las highways norteamericanas. Aquí la gente, como no podía ser de otro modo, también se entrega a las visionarias doctrinas de Stajánov, artífice intelectual de las jornadas sin límites. Los empleados (30.000 en la base central, 320.000 en todo el mundo) tienen en Sewon todo lo que uno necesita para echar el día y no pasar por casa más que para dormir: las inevitables mesas de pimpón, el club de yudo, salas para desarrollar los más variados hobbies, la piscina para ir a hacer unos largos…

En uno de sus edificios cuentan con una réplica de la casa del Internet de las cosas, un hogar que se gobierna con el móvil. El aire acondicionado se acciona desde el coche, antes de llegar a casa, con una orden de voz. La puerta se abre cuando detecta nuestro teléfono. Al llegar a la nevera, tenemos en ella una pantalla desde la que pinchamos música, consultamos el pronóstico del tiempo o vemos las fotos del día (esto ya es una realidad). En el salón, en un televisor de 98 pulgadas, se proyectarán imágenes de quién llama a la puerta o de las cámaras de seguridad exteriores, además de las de canales y plataformas, claro.

Samsung afirma haber vendido un millón de teléfonos 5G en Corea en los primeros 87 días tras su lanzamiento. Ya ha desplegado redes de 5G en seis ciudades. En dos o tres años, aseguran, habrán cubierto todo el país.

España, por su parte, no está a esos niveles en el desarrollo del 5G, pero no va tan mal. Cuenta con un despliegue de fibra óptica [infraestructura sobre la que se extienden las redes 5G] superior al del Reino Unido, Francia y Alemania juntos, según explica en su blanca oficina el secretario de Estado de Agenda Digital, Francisco Polo. A escala europea, es uno de los tres Estados miembros de la UE que más ensayos de funcionamiento han llevado a cabo, según los informes del Observatorio 5G europeo. “Mi esperanza es que el 5G nos dé una nueva oportunidad”, declara Polo. “Si el despliegue de infraestructuras determinara el avance tecnológico de los países, España ya sería una potencia mundial”.

La quinta generación de telefonía móvil tendrá un impacto económico de 12 billones de dólares para 2035, según la consultora IHS Markit. Muchos actores del sector hablan de una nueva fase de reindustrialización, de una revolución industrial.

El desarrollo de esta nueva tecnología a escala planetaria sufrió un serio varapalo el pasado 16 mes de mayo cuando el presidente Trump firmaba una orden ejecutiva prohibiendo la venta de bienes y servicios a la compañía china Huawei, primer proveedor mundial de redes 5G.

Estamos en el momento del despliegue de infraestructuras, de firma de contratos, y en Estados Unidos preocupa que las vías por las que circularán ingentes cantidades de datos, y de las que dependerán infraestructuras críticas, estén en manos del enemigo. Tras el veto latía la acusación, sin pruebas, de que la tecnología china contiene “puertas traseras”, agujeros propicios para el espionaje. “Nunca han proporcionado evidencias ni hechos, ni ha habido un proceso judicial”, asegura en los cuarteles generales de la firma china en Madrid Tony Jin Yong, consejero delegado de Huawei. “Vetar a una empresa privada que tiene relaciones comerciales con compañías norteamericanas es realmente estúpido. Y muy cortoplacista”.

Huawei tiene presencia en 170 países y ha suscrito ya 50 contratos con operadores de todo el planeta, según los datos que facilita la compañía. Fueron los primeros, enfatizan, en poner a disposición de sus clientes una red 5G completa de extremo a extremo —solo tiene un puñado de rivales como proveedores de redes: Nokia (Finlandia), Ericsson (Suecia), Samsung (Corea), DoCoMo (Japón) y ZTE (China)—. Se están desplegando por el mundo ofreciendo precios muy competitivos. Y todo ello contribuye a que Jin Yong estime que Huawei está siendo usado en la guerra comercial entre EE UU y China. “Si no puedo competir contigo y superarte, te veto”, dice Yong, molesto. “Es una lógica ridícula. Y están utilizando su poder como nación contra Huawei, una compañía privada”.
La marca acusó una caída del 30% en las ventas de móviles en España en la primera semana tras la crisis desencadenada por Trump.

El analista e investigador bielorruso Evgeny Morozov, autor de la reciente e incisiva colección de ensayos Capitalismo Big Tech, va más allá en su análisis de la crisis: “Cualquier país razonable puede apreciar que EE UU está dispuesto a utilizar herramientas de extorsión para ganar alguna ventaja en las negociaciones comerciales”, dice en conversación telefónica desde el sur de Italia. Morozov no descarta la existencia de puertas traseras en equipamientos de Huawei, pero añade: “La probabilidad de que los dispositivos y accesorios que llegan de EE UU tengan agujeros y puertas traseras es aún más alta. Los estadounidenses han estado escuchando nuestros teléfonos durante años y este es un escándalo que Europa aún tiene que abordar. Técnicamente hablando, preocuparse de la vulnerabilidad de nuestras redes no tiene sentido porque ya son vulnerables: está claro que la NSA [agencia de inteligencia estadounidense] tiene una manera de monitorizarlas”.

El futuro, en cualquier caso, se presenta más vulnerable. Aunque los expertos aseguran que las redes 5G son a priori más seguras que sus predecesoras, la mera multiplicación de millones de antenas y el crecimiento exponencial de los dispositivos conectados en el IoT ofrecerán nuevas y suculentas oportunidades para el hackeo. “Cuanta más tecnología utilizamos, más vulnerables somos”, afirma el experto en seguridad informática David Barroso; “cuanto mayor es la exposición, peor”.

Barroso, fundador de CounterCraft, empresa de contrainteligencia digital que elabora un producto dirigido a Gobiernos y grandes compañías para poner trampas a los atacantes, asegura que el peligro vendrá por las brechas de seguridad de dispositivos que la industria pondrá en venta sin las medidas de seguridad necesarias. Algo que, dice, ya ocurre: cada nuevo dispositivo conectado (coches, frigoríficos, webcams instaladas en casa, asistentes personales) tiene una tarjeta SIM; a veces los fabricantes instalan contraseñas fáciles para que los administradores accedan a ellos sin complicaciones: estamos expuestos.

Si alguien consigue acceder a los mandos de un coche autónomo, hacer que parezca un accidente será más fácil. No hablemos de los mandos de un avión.

El coordinador europeo de lucha antiterrorista Gilles de Kerchove emitió el pasado mes de junio un informe en el que alertaba del riesgo de emergencia de nuevas formas de terrorismo mucho más letales a raíz del despliegue de las redes 5G y de los avances en inteligencia artificial. Las computadoras cuánticas podrán descifrar datos encriptados; los aparatos interconectados podrán ser manipulados a distancia y volverse contra nosotros, y la biología sintética permitirá recrear virus fuera de los laboratorios, según señala en su informe. Europa quiere una política de ciberseguridad común.

La polémica sobre todas las vulnerabilidades de las redes despierta además el debate de si poner infraestructuras críticas en manos privadas, sea cual sea su procedencia, es una buena idea.

Las prevenciones ante el desarrollo del 5G no se frenan ahí. Hay voces que se alzan contra algo que, dicen, ahondará la brecha digital, que conectará todavía más a los ya conectados. Peter Bloom, fundador de Rhizomatica, asociación civil que despliega redes alternativas para abastecer a lugares remotos o aislados, sostiene en una colección de ensayos que el problema del 5G es que no está centrado en los humanos, sino en las máquinas. Son ellas las que se comunican entre sí, no nosotros. “Cuando la gente ya no es el foco intrínseco del sistema de comunicación”, escribe, “entonces algo fundamental ha cambiado en la naturaleza de la Red”.

Cuanta más tecnología usamos, más problemas resolvemos, sí, y también más creamos. La hiperconectividad viene cargada de facilidad de acceso, rapidez, agilidad en las comunicaciones, nuevas comodidades. Pero cuantos más dispositivos haya y más información compartamos por el éter, más vulnerables seremos y más posibilidades habrá de que nos vigilen,  de que nos espíen y, por tanto, de ser manipulados.

Por Joseba Elola

8 SEP 2019 - 03:01 COT

Domingo, 08 Septiembre 2019 05:25

La razón y el perreo

Yung Beef y La Zowi, en el videoclip de la canción ‘Cocinando filete’ (2018).

Banda sonora del capitalismo rampante o denuncia del sistema en primera persona, el trap es el nuevo punk. Un ensayo analiza el fenómeno musical que ha cambiado la cultura urbana

 

Los artistas se parecen menos a sí mismos que a su época”, leemos en uno de los atinados aforismos de este libro. Y en nuestra época, el trap ¿es cómplice de las dinámicas del capital? ¿Es su banda sonora? La crítica musical de izquierda ortodoxa así lo cree, y añade a ese reproche algunos otros, como el sexismo o el síndrome del blanco negro —y del blanco gitano—. Vistos así, los traperos serían trepas, apropiacionistas de baratillo; sus vídeos y mixtapes, síntomas de la desproletarización de la generación más reciente. En otras palabras, se le echa la culpa a Bad Gyal de que Podemos, por ahora, no haya podido.

A lo largo del último año se han publicado dos aportaciones que matizan esas ideas y proponen otra perspectiva. En Trapologia, Max Besora y Borja Bagunyà contextualizaron el género en el marco de los debates sobre lengua y estilo, y defendieron su informalismo como una alternativa al pop de habitación y al letrismo poético. Ambos son intelectuales de la hornada precedente, como lo es Ernesto Castro, con quien mantienen un fructífero diálogo. En él, y en las entrevistas realizadas por el pensador madrileño en su canal de YouTube, se comprueba que esas miradas transgeneracionales permiten considerar bajo otra luz los modos en que la economía y la cultura se relacionan.

Castro había dado ya muestras de su talento para los estudios de estética en su anterior ensayo, Un palo al agua. Expuso allí una idea que resulta clave para su monumental análisis del género: la manera en que la subjetividad, en la era comunicativa, se diluye y el yo se codifica como producto. Este proceso no lo interpreta a la manera humanista; muy al contrario, se detiene con minuciosidad en sus ambivalencias y da cuenta de su “compleja simplicidad”. Perreando por fuera y razonando por dentro traza un mapa de la eclosión del trap y localiza sus focos irradiadores. Principalmente en Granada —cuyo papel en las alternativas a la industria quizás hubiera merecido mayor desarrollo— y también en Valencia, Badalona, Mallorca y Tenerife, así como en las festividades de San Isidro y la Mercè. A la vez establece una convincente cronología de las sonoridades urbanas. En 2013, el pico de la crisis: el paro juvenil llega al 55%. En 2014, el gran cisma entre la escena rapera y la trapera.

Esa escisión permite entender algunos rasgos distintivos del género. Si en España la corriente principal del rap siempre fue políticamente comprometida y musicalmente virtuosa, los traperos, puestos de MDMA y drogas de farmacia, oponen a este paradigma el artificio del Auto-Tune y una hiperproductividad que tiene tanto de háztelo tú mismo como de adicción al trabajo. Y basta ya de“shows perfectamente ejecutados”: un concierto es fiesta y karaoke, man. El trap es el nuevo punk porque, como ocurrió en su día con la reacción punk contra la canción protesta, a una actitud proletaria y artística le contrapone una pose amateur y lumpen.

Si para los veinteañeros, veintegenarios, no hay mañana tras la caída de Bankia, el comportamiento de los músicos se volverá, simultáneamente, conformista y aceleracionista, integrado e implosivo. Dará lugar a actuaciones y performatividades que constituyen una “autodenuncia del sistema en primera persona” (en Yung Beef), un “desmantelamiento de las ideas de competición y fama” (en Cecilio G.) o una reescritura de los códigos de feminidad (impagable el pasaje acerca de las uñas postizas de La Zowi). A decir de Castro, quien advierte contra la costumbre de tomarse las letras al pie de la letra, no se trata solo de una caricatura de iconos y actitudes neoliberales, pero la contiene, aun cuando parece celebrarlos.

Es el caso de C. Tangana: describir su carrera como una teogonía es una de las audacias que el libro nos regala. Pues el asunto no es cómo se define el trap, sino hasta dónde llega su onda expansiva. Y llega lejos. Rompe la barrera que separaba el mainstream del underground. Determina el reconocimiento de los productores y la deriva profesional de las cuentas de memes. Asume una problemática desgitanización del flamenco, pero también politiza el twerking. O más bien lo impolitiza, pues, como sostiene el autor, el trap es un potencial que oscila entre el nihilismo sucio y el ascenso místico, entre rendirse a la moda y dictarla. Entre la autenticidad y el ful. Este proceso eclosiona en 2017, cuando el término, saturado, se difumina y el género, más poroso, se va orientando hacia el melódico consenso del pop.

Decir que este es un buen estudio de historia de la música sería pecar de omisión. Es asimismo un recital de sagacidad filosófica, un certero tratado de sociología, una gramática de la nueva estética audiovisual y una mina de conceptos —la metamúsica, la ley de la obsolescencia, la memetización— que, sin duda, habrán de sobrevivir al movimiento que tan concienzudamente describe.

Publicado enCultura
Para Thomas Piketty la desigualdad es ideológica y política

Las desigualdades jamás son “naturales” sino edificadas por una ideología que crea las categorías divisorias: mercado, salarios, capital, deuda, entre otras, sostiene el economista francés

 

 El liberalismo volverá a temblar sobre sus raíces teológicas y un ejército de evangelizadores liberal-populistas saldrá otra vez con capa y espada a demoler la impecable demostración sobre la semilla de las desigualdades que el economista francés Thomas Piketty publica en estos días en Francia. Se trata de Capital e Ideología, el segundo libro que Piketty publica luego del monumental éxito que tuvo su primer trabajo, El Capital en el Siglo XXI, del cual circularon en el mundo más de dos millones y medio de ejemplares. Como el anterior, el nuevo libro del economista francés no preserva espacios, sino que los extiende. Son 1.200 páginas cuyo postulado central consiste en demostrar que “la desigualdad es ideológica y política” y no “económica o tecnológica”, que las desigualdades jamás son “naturales” sino edificadas por una ideología que crea las categorías divisorias: mercado, salarios, capital, deuda, trabajadores más o menos capacitados, cotizaciones bursátiles, paraísos fiscales, ricos, pobres, clérigo, nobleza, competencia nacional o internacional. 

”Se trata de construcciones sociales e históricas que dependen íntegramente del sistema legal, fiscal, educativo y político que se elige implementar y de las categorías que se crean”. Piketty derriba dos de los mitos más arraigados de la derecha: el primero postula que las desigualdades se explican en muchos casos por causas “naturales”: el segundo recurre a la existencia histórica de supuestas “leyes fundamentales”. En ningún caso. Thomas Piketty ofrece en esta mastodóntica investigación una mirada nueva sobre el proceso de la desigualdad, así como una historia con perfil mundial de las desigualdades y las ideologías que las promueven.

El credo tan famoso como publicitado en la Argentina sobre el carácter ineluctable del sistema económico liberal (“el mundo nos apoya”) se esfuma en las páginas de Capital e ideología como arena entre los dedos. No es cierto. No existe, alega el economista, ningún determinismo, menos aún una organización social con mandato “eterno”. La permanencia o no de la cultura del capital depende de la movilización política e ideológica, de que se imaginen otras formas de gestión donde las desigualdades dejarían de existir y el capital, a su vez, ya no estaría más concentrado en un puñado de poderosos. El libro de Thomas Piketty es un elixir en tiempos de horizontes tapados y retóricas repetitivas. El economista osa incluso proponer la idea de un “nuevo socialismo participativo”, de una propiedad “social” pactada mediante la cogestión o también una “propiedad temporal”. No hay tampoco, para Piketty, ningún fatalismo histórico sino una asombrosa serie de acciones y coincidencias que autorizan los cambios. 

Nada está decidido de antemano, recuerda el autor, tanto más cuanto que las relaciones de fuerza que se establecen atañen al orden material: «son sobre todo intelectuales e ideológicas. Dicho de otra forma, las ideas y las ideologías cuentan en la historia porque permiten imaginar permanentemente y estructurar nuevos mundos y sociedades diferentes”. Piketty fustiga ese pensamiento conservador marcadamente tendencioso y siempre dispuesto a “neutralizar las desigualdades” dotándolas de “fundamentos naturales y objetivos”. O sea, como la desigualdad es un proceso natural no hay manera de erradicarla. Y si se lo intenta, es, finalmente, todo el sistema que corre peligro. Esta falacia es la que preside todas las narrativas del liberalismo contemporáneo: no hay vida fuera de este sistema. Si se sale, solo habrá hambre. Falso. Más bien, en su análisis histórico de la desigualdad, el economista francés destaca que, ”en su conjunto, las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad”.

 Con esa prueba histórica Piketty abre una ventana para mostrar otro paisaje y, de paso, quebrar una de las narrativas más extenuantes de los conservadores: aquella que tapa todos los futuros repitiendo que ningún otro modelo es posible. A este propósito, el autor escribe: «las desigualdades actuales y las instituciones presentes no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente”. Una vez más, nada está jugado de antemano, nada es “un fundamento” inamovible. Esa roca indesplazable es la base sobre la que se apoya el rico para seguir siendo más…rico y el pobre siempre pobre. Es el nudo de todo el repertorio capitalista: si el rico es menos rico el pobre será más pobre. Piketty presenta la desigualdad como un objeto de gran plasticidad que es perfectamente posible modelar, y así lo han hecho justamente las ideologías: ”siguiendo los hilos de esta historia –escribe—se constata que siempre existieron y existirán alternativas. En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…) Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella”.

Piketty proclama que “el progreso humano existe, pero es frágil porque, a todo momento, puede chocar contra las desviaciones de la desigualdad y de la identidad del mundo (…) El progreso humano existe, pero es un combate”. Original, razonado y riguroso, con un enfoque radicalmente histórico que toma incluso en cuenta la literatura, Capital e Ideología llega en el mejor momento, justo en ese punto donde sólo parecían haber diagnósticos y pocas conjeturas para diseñar otro mundo. Nunca el liberalismo había inundado tanto el espíritu humano con su mensaje unidireccional. Como el macrismo en la Argentina, su recado es en todos lados el mismo: o se suicidan con nosotros, o morirán de hambre. Piketty desarma con una precisión de relojero esa idea destilada en el 99% de los medios de comunicación del mundo. El autor llama a esa tendencia “la ideología propietarista”. Su credo globalizado consiste en repetir que cualquier iniciativa de justicia social equivale a ir “derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos. La respuesta propietarista intransigente consiste en que no hay que correr ese riesgo, y que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir”. Al contrario, argumenta Piketty, no sólo hay que abrirla, sino que la historia nos prueba que ha sido abierta en muchos momentos y que, gracias a esos momentos, se construyó el progreso humano.

 El ensayo se propone precisamente esa meta: ”convencer al lector de que podemos apoyarnos en las lecciones de la historia para definir una norma de justicia y de igualdad exigentes en materia de regulación y reparto de la propiedad más allá de la simple sacralización del pasado”. Como en El Capital en el Siglo XXI, Piketty no formula rupturas revolucionarias, sino que plantea una forma radical de reorganización. No es un libro para reforzar convicciones, ni un enésimo e indigesto adoquín pseudo progresista rebosante de diagnósticos acertados y vacío de alientos futuros. Capital e Ideología es un libro para respirar, como una ventana abierta hacia un mundo donde, de pronto, no hay un sólo modelo posible sino un infinito de posibilidades.

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EU, en riesgo de acostumbrarse a las declaraciones irracionales de Trump

Felicita a Polonia por la invasión nazi; asegura que un huracán llega a Alabama y arremete de nuevo contra sus funcionarios y aliados

 

 Nueva York. Donald Trump continúa provocando dudas sobre su estabilidad mental con una serie de declaraciones y acciones –más allá de las ya normales racistas, xenófobas y engañosas– que sencillamente carecen de sentido.

Por ejemplo, al acercarse el huracán Dorian a las costas del sureste estadunidense el domingo pasado, Trump tuiteó de repente que el estado de Alabama, y otros más, estaba en peligro por la tormenta, algo que no era cierto. El propio servicio federal meteorológico, 20 minutos después del tuit presidencia, se vio obligado a desmentir por todos los canales anunciando: “repetimos, NINGÚN impacto del huracán Dorian será sentido en Alabama”.

Pero Trump hasta la fecha ha rehusado aceptar que cometió un pequeño error y durante toda esta semana ha insistido que en tenía razón, al insistir en un tuit de este jueves: “¡lo que dije fue preciso! Todo lo demás es Fake News para descalificarme”. Esto, después de que el miércoles pasado, en un intento para justificar su error del domingo, ante periodistas en el Salón Oval de la Casa Blanca mostró un mapa del Centro Nacional de Huracanes fechado el 29 agosto, que había sido visiblemente alterado con un plumón para incluir dentro de la zona marcada de peligro un cachito de Alabama.

Todo esto ha dejado a periodistas (la nota sigue entre las principales en los medios), analistas y comediantes maravillados ante el grado que Trump está dispuesto a llegar para evitar cualquier admisión de un error, y a la vez mantener la atención sobre él, aun mientras un huracán está azotando la costa sureste de su país.

El pasado fin de semana, Trump canceló su gira a Europa que incluía una escala en Polonia para conmemorar, con otros jefes de Estado, el 80 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial, con el argumento de que tenía que mantenerse en casa para supervisar la respuesta de emergencia federal al huracán que se acercaba a Florida y otros estados de la costa este. Pero en lugar de ir a Polonia se fue a jugar golf (por la 227 vez desde que llegó a la Casa Blanca hace 958 días, según MSNBC) en Virginia.

En comentarios a la prensa sobre Polonia el domingo, adonde envió en su lugar al vicepresidente Mike Pence, comentó: quiero felicitar a ese país europeo en este aniversario. Nadie entendió cómo estaba felicitando al país en el aniversario solemne de su invasión por el régimen nazi de Alemania (ocupación en la que perdió a una quinta parte de su población), con lo cual se inició una de las guerras más bárbaras en la historia.

Pero no fue el primer viaje que canceló en días recientes, pues el mes pasado estaba programada una visita a Dinamarca. Sin embargo, en otro berrinche, suspendió la ida porque el liderazgo danés se burló de su propuesta de comprar Groenlandia (vale recordar también que mucho de su propio equipo y los medios también pensaban al inicio que eso era una broma, pero resultó que no).

En tanto, al aproximarse el huracán, el régimen de Trump ordenó el traslado de 270 millones de dólares del presupuesto de las agencias federales encargadas de dar respuesta a desastres naturales para invertirlos en ampliar centros de detención para migrantes.

En ese mismo rubro, el régimen esta desviando 3.6 mil millones de dólares de fondos militares para acelerar la construcción de su gran proyecto medieval: el muro fronterizo con México. Trump ordenó que toda medida que sea necesaria para construir su barda, aun si es ilegal, debe de proceder, informando a sus propios subordinados que les otorgará perdones presidenciales si son acusados de violar las leyes para lograrlo, reportó el Washington Post.

Por otro lado, mientras Puerto Rico se preparaba una vez más la semana pasada para la posibilidad de que pasara el huracán, Trump volvió a atacar a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulin Cruz, feroz crítica del presidente. Calificó a todo ese país de corrupto y proclamó: yo soy lo mejor que jamás le ha ocurrido a Puerto Rico.

A la vez, durante estas últimas semanas, Trump ha continuado sus extraordinarios ataques contra sus propias agencias federales, sobre todo la FBI, ex directores de esa y otras agencias de seguridad nacional que se han atrevido a criticarlo, legisladoras demócratas latinas y afroestadunidenses y aun hay asombro ante su acusación de que todo judío estadunidense que vote por el Partido Demócrata es un traidor, retórica que tiene ecos históricos antisemitas.

No por primera vez asumió poderes que las leyes no le otorgan, el más reciente, cuando hace unos días escribió: nuestras grandes empresas estadunidenses están con la orden de buscar inmediatamente una alternativa a China para sus negocios, algo que por supuesto él no puede ordenar.

Al mismo tiempo, el presidente ha seguido atacando a sus propios aliados, incluso a legisladores republicanos e integrantes de su régimen, entre ellos el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, a quien él mismo instaló en ese puesto. En medio de su disputa comercial con China, y ante pronósticos de una posible recesión por estas maniobras, Trump le echó la culpa a quien nombró en el banco central, tuiteando el 23 de agosto: mi única pregunta es: ¿quién es nuestro enemigo más grande, Powell o el presidente Xi?

Varios comentaristas señalan que tal vez lo más preocupante es que estas expresiones, declaraciones, tuits y más cada vez provocan menos alarma. O sea, advierten que lo más peligroso para el país es que todo esto se vuelva normal.

El veterano periodista de televisión, ex conductor de CBS News Dan Rather advirtió: cuidado con la fatiga Trump, y comentó que estamos en un momento en que el daño acumulativo de la presidencia Trump golpea como las incesantes olas de calor de verano y que, para este presidente el manejo del agotamiento podría ser su arma más potente, al proceder hacia la pugna electoral de 2020.

Y si todo esto no es suficientemente preocupante en medio de esta temporada de huracanes y locuras, se reveló que Trump había sugerido varias veces a altos funcionarios de seguridad nacional que exploraran la posibilidad de usar bombas nucleares para frenar a huracanes antes de que impactaran a Estados Unidos, según fuentes que lo escucharon y un documento oficial que registró las palabras del comandante en jefe, reportó Axios.

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Viernes, 06 Septiembre 2019 06:14

Agnés Heller: críticas y negaciones

Agnés Heller: críticas y negaciones

I. Mientras G. Lukács solía ir renegando de sus obras y aceptando reprimendas de la ortodoxia comunista, ofrecía "autocríticas" sin perder la fe en el socialismo, A. Heller (1923-2019), su recién fallecida (bit.ly/34fZap0) alumna más conocida, en su paso desde marxismo hacia posmodernismo, lo abandonó por completo, renegó muchas de sus ideas y empezó a defender el mercado y la democracia liberal internalizando demandas de la ortodoxia capitalista. Después de dar, junto con otros miembros de la Escuela de Budapest, nueva vida al marxismo –en oposición al materialismo dialéctico ( diamat) dominante− rescatando al "joven Marx" y desarrollando un novedoso trabajo teórico ( Teoría de las necesidades en Marx, 1976) –posteriormente repudiado ( Una revisión de la teoría de las necesidades, 1993)−, se dedicó a la antropología y a la sociología de la vida cotidiana. Abrazando el individualismo neoliberal, enfatizaba que lo único que necesitábamos era "ir cambiando nuestras vidas" (bit.ly/2k0vvy7). Calificando la "transición democrática" post-89 como una "gloriosa revolución posmoderna en contra de un experimento fallido de la modernidad [el comunismo]", abandonó cualquier esperanza en la emancipación colectiva. No obstante poco antes de la implosión del "socialismo real" junto con otros lukácsianos −de los cuales todos, salvo I. Mésárosz acabaron en posiciones parecidas− escribía "que el mundo necesitaba más socialismo, no menos" (F. Fehér, A. Heller, G. Márkus, Dictatorship over needs, 1983, p. xiii).

II. Tras tener que exiliarse en los setenta –en Melbourne y luego Nueva York, dónde ocupó la misma cátedra que H. Arendt (The New School for Social Research)−, regresó a Hungría. En años recientes fue una de las más feroces y valientes voces críticas de V. Orbán. Según ella, Hungría era el país del ex bloque soviético donde ocurrió "la más radical eliminación de la libertad". En Orbán veía un advenimiento de una "tiranía" (término "populismo" según ella no aportaba nada) −no un tipo de gobierno como democracia o fascismo, sino "una manera de gobernar", "una corrupción del capitalismo" [sic]− y de una "re-feudalización": Orbán decide todo y reparte el botín entre su oligarquía (bit.ly/32j5hY5). Pero incluso en medio de estas críticas, resaltaba su abandono del marxismo: según ella el auge de los "tiranos" (Orbán, Erdoğan, Putin) es posible “porque ya no vivimos en una sociedad de clases – ergo: "éstas ya no existen" [sic]−, sino en una de masas” (nyti.ms/2PLb4PH) y porque "ya no hay conflicto derecha-izquierda" [sic]: "hoy la lucha es entre los que destruyen el estado de derecho y los que quieren restablecerlo" (bit.ly/2lY8dcN).

III. Para Heller, proveniente de una familia judía de clase media, el Holocausto −en el que pereció su padre deportado a Auschwitz junto con otros 450 mil judíos húngaros por un gobierno colaboracionista con Hitler y del que ella se salvó "gracias a pura suerte y sentido común"−, siempre era una latente cuestión filosófica: "¿cómo era posible que ocurriera algo así?", "¿cómo entenderlo?". “Me prometí resolver el secreto sucio del siglo XX, el secreto de varios millones de cuerpos ‘producidos’ por los genocidios en nombre del humanismo e Iluminación” ( A short history of my philosophy, 2010). No obstante esta búsqueda –junto con su paso por el comunismo soviético− sólo la hizo dudar en la humanidad y en la razón.

IV. Fustigando el latente antisemitismo de Orbán (bit.ly/2zDtDzB), sus políticas de odio hacia refugiados y minorías (roma/sinti etcétera) y la perversa instrumentalización de la figura de G. Soros, un empresario húngaro-judío-estadunidense, que según él "financia la llegada de los migrantes musulmanes para aniquilar a la Europa cristiana", Heller, en su preocupación "por la suerte de la civilización occidental" −al abrazar las teorías funcionalistas de la modernidad y acabar prácticamente en posiciones neo-conservadoras− de repente usaba el mismo lenguaje que la propia derecha xenófoba: "el islam es el totalitarismo más extremo" (bit.ly/2NJU4Mi). Criticando el "nacionalismo estúpido" de Orbán (bit.ly/2Zx6FcQ) −y viéndolo en general como una gran amenaza− dejaba de lado su caso más radical: el Israel de Netanyahu, ignorando también similitudes entre ambos políticos y su bizarra alianza en plataforma etnonacionalista y antinmigrante que resulta incluso en el blanqueamiento del papel de Hungría en el Holocausto (bit.ly/2ks4MKZ).

V. A pesar de sus "negaciones", Heller –junto con A. Gorz (1923-2007)− sigue siendo una pionera de la ecología política (bit.ly/2LhpI0w). Su redescubrimiento del concepto de las "necesidades radicales" en Marx –las que no pueden ser satisfechas dentro de la economía del mercado− y su reconceptualización, como buena alumna de Lukács, desde el punto de vista de la alienación que genera toda una serie de necesidades artificiales "irreales desde el punto de vista ecológico", son más actuales que nunca en tiempos en que el actual patrón de consumo es insostenible y suicida. Lo mismo aplica a su premisa que para evitar la trampa de "tener las necesidades dictadas" (véase: Dictatorship...”) hay que movilizarnos y echar a andar "un proceso desde abajo" que de modo democrático identifique las "necesidades racionales" realizando “una comúnmente desarrollada –subrayaba aún en su época de esperanzas− crítica de la vida cotidiana”.

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

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Por qué el futuro de Reino Unido se decide esta semana

El Parlamento británico vuelve al trabajo en una semana crucial. La oposición y una veintena de ‘tories’ rebeldes intentarán sacar adelante una legislación que impida el brexit sin acuerdo y fuentes del Gobierno aseguran que, si lo consiguen, Boris Johnson convocará elecciones anticipadas para el 14 de octubre.

 

El reloj que marca los tiempos de la política británica vuelve a ponerse en marcha hoy después de las vacaciones de verano y lo primero que ha hecho ha sido activar la cuenta atrás. A 59 días para la fecha en la que debe producirse el brexit (31 de octubre) y a siete para que el Parlamento británico suspenda su actividad (si la justicia no lo impide), los diputados regresan a la Cámara de los Comunes dispuestos a todo para garantizar que Reino Unido no abandonará la Unión Europea la noche de Halloween si el Gobierno no ha alcanzado antes un nuevo acuerdo con Bruselas.

Cierto que no es lo que toda la Cámara quiere -sigue habiendo mucho ‘brexiter’ en la bancada conservadora- pero las cuentas indican que sí es lo que desea la mayoría, la denominada ‘alianza rebelde’ formada por la oposición y en torno a una veintena de diputados del Partido Conservador. Eso a pesar de que Boris Johnson les ha amenazado con expulsarlos del partido si votan contra el gobierno y con forzar unas elecciones generales. Por todo eso, ésta es una semana histórica.

¿Qué va a pasar?

Partiendo de la premisa de que nadie tiene la respuesta, sí hay certezas, rumores y pistas que permiten al menos aventurar la agenda de los próximos días. A las 15:30h. (hora española) de hoy los diputados británicos regresan a la Cámara de los Comunes y, aunque no está en la agenda del día, la oposición pondrá sobre la mesa un texto que evite un brexit sin acuerdo para que sea debatido y votado de forma urgente. Lo que plantea es que el gobierno esté obligado a pedir a Bruselas una prórroga del brexit de 3 meses, hasta el 31 de octubre. Si dicho proyecto de ley sale adelante de ahí pasará a la Cámara de los Lores para que lo ratifiquen y después a la Reina para que lo firme y lo convierta en ley. Todo en un tiempo récord porque el próximo lunes la actividad en el Parlamento quedará suspendida hasta el próximo 14 de octubre como decidió unilateralmente Boris Johnson.

¿Pero la suspensión del Parlamento es legal?

De momento, sí. Varias causas sigue abiertas en tribunales de Escocia, Irlanda del Norte e Inglaterra, esta última con el apoyo del exprimer ministro John Major. Precisamente hoy martes está previsto que se celebra una nueva vista en el juzgado de Edimburgo cuyo magistrado lo rechazó el pasado viernes en primera instancia. Aunque la convocatoria de unas elecciones generales también dejaría silenciado al Parlamento durante las cinco semanas de rigor que van desde que se convocan hasta que se celebran.

¿Entonces habrá elecciones generales?

Todo apunta a que así será, siempre y cuando la ley para evitar el brexit ‘a la bravas’ salga adelante. Lo que Johnson dijo ayer Johnson frente al 10 de Downing Street fue: “No quiero unas elecciones. Vosotros no queréis unas elecciones”, pero no que no vaya a haberlas. El primer ministro no puede convocarlas él solo así que lo que se espera que haga es que el miércoles someta el asunto a votación en ‘los comunes’. Necesita una mayoría de dos tercios de la cámara y muy raro sería que no lo lograra. El líder de la oposición, Jeremy Corbyn, ha dicho que votará a favor a pesar de que otro exprimer ministro que ha entrado en escena, Tony Blair, sostiene que no debería hacerlo.

¿Y cuando serían las elecciones?

Hasta ahora cuando se hablaba de elecciones la cuestión era saber cuándo se celebrarían: si antes o después del 31 de octubre. Pero toda vez que Johnson se vea obligado a pedir una extensión, la fecha es lo de menos. Sin dar el nombre de la fuente pero asegurando que se trata de un miembro del gobierno, los medios británicos señalan que se celebrarían el jueves 14 de octubre, cuando estaba previsto que el Parlamento retomara la actividad después de la suspensión con el discurso de la Reina. Siguiendo el procedimiento electoral, esto significaría que las cámaras se disolverían en la madrugada del lunes 9 de septiembre.

¿Por qué todo esto beneficia a Boris Johnson?

Porque se va a vender como un mártir que ha luchado por cumplir la voluntad del pueblo, que votó en mayoría por abandonar la UE en el referéndum de 2016. Dirá que lo ha intentado por todos los medios y que, como ha sostenido en su declaración del lunes: “las oportunidades de conseguir un acuerdo con Bruselas han aumentado en las últimas semanas”. Pero que el empeño de los diputados por pedir una nueva extensión hace que Bruselas no les tome en serio y convierte n las posibilidades de una negociación en algo “completamente imposible”.

Su programa electoral ya está escrito y con él no sólo buscaría conservar el respaldo de los conservadores pro-brexit sino también arañar algunos votantes a El Partido del Brexit, de Nigel Farage; con quien no se descarta que pudiera pudiera acabar llegando a algún acuerdo. La última encuesta de intención de voto confirma su jugada maestra: da la victoria a Johnson con un 34% de los votos frente al 22% para los laboristas.

Y siguen las protestas en las calles

Las organizaciones que han convocado manifestaciones durante los últimos días contra la decisión del primer ministro de suspender el Parlamento durante cinco semanas volverán a protestar hoy en Londres y otras ciudades del país. La cita en la capital británica es a las 19h. (hora española) frente al Palacio de Westminster. Ya avisaron de que tomarían las calles, bloquearían los puentes y asaltarían el Parlamento si fuera necesario.

LONDRES

03/09/2019 07:34 Actualizado: 03/09/2019 07:36

CRISTINA CASERO

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Lunes, 02 Septiembre 2019 06:03

Antineoliberalismo

Antineoliberalismo

 Ante el inaguantable torrente de ataques, asaltos, crímenes, corrupción, impunidad y las medidas descaradamente crueles del régimen estadunidense en estos últimos dos años, no es difícil perder de vista el surgimiento de otras fuerzas que, por ahora, ofrecen rayos de luz vitales con un potencial que preocupa, y mucho, a la cúpula económica y política de este país.

Durante las últimas cuatro décadas, Estados Unidos –al igual que tantos otros países del llamado Tercer Mundo– fue sometido a la receta neoliberal con muchos de los mismos efectos, aunque en diferentes escalas, y con el mismo resultado final: una concentración de la riqueza y la correspondiente desigualdad económica que hoy esta al centro de la disputa por el futuro.

Ante ello, al igual que en otros países, brotó aquí una resistencia antineoliberal que se expresó de diferentes maneras, incluida la lucha contra el TLCAN (definido entonces como "el candado de las reformas neoliberales" en los tres países) y después el movimiento altermundista; pasando por la resistencia de los inmigrantes, al estallido de Ocupa Wall Street.

Tal vez lo más sorprendente es que ahora muchos de los actores antineoliberales se identifican, abiertamente, como "socialistas", y bajo esa amplia y ambigua bandera están definiendo gran parte del debate político nacional, incluyendo en la pugna electoral presidencial a través de figuras como el senador "socialista democrático" Bernie Sanders.

Aunque algunos intentan descartar la importancia de estas expresiones, la cúpula suprema del país está cada vez más preocupada por estas fuerzas antineoliberales.

La Business Roundtable, integrada por 192 ejecutivos en jefe de las empresas más grandes del país, recién emitió una extraordinaria declaración sobre el "propósito" de las empresas, al señalar que el objetivo de generar ganancias para accionistas ya no debe ser la única meta y que ahora debería incluir servir los intereses de sus clientes, sus trabajadores y las de sus comunidades y proteger el medio ambiente, herejía absoluta de la biblia neoliberal de Milton Friedman. Reconocieron que el sueño americano no está funcionando para todos, y resaltaron la desigualdad de ingresos como un problema central, ellos han de saber, son el 1 por ciento. (opportunity.businessroundtable.org/ ourcommitment/). En los últimos meses, otras figuras empresariales han sonado alarmas de que el "sistema" podría estar enfrentando un momento "existencial".

El propio presidente ha repetido que "estamos alarmados por las llamadas por adoptar el socialismo" y reitera en sus mítines: "jamás permitiremos que Estados Unidos se vuelva un país socialista".

Este pánico empresarial y político es, en gran medida, un reconocimiento de que hay una creciente desilusión con el experimento neoliberal, y que el mensaje de políticos como Sanders contra la injusticia económica del sistema actual está resonando cada vez más un amplio apoyo entre el electorado.

Desde hace un par de años, de manera paralela con el fenómeno populista de derecha, las fuerzas autodefinidas socialistas, junto con aliados progresistas, también han captado la atención y cada vez más poder, dentro del Congreso y en puestos locales y regionales. Más aún, buena parte del debate político entre el establishment gira sobre cómo y cuándo floreció el socialismo en este país, y cómo controlarlo. Diversas encuestas registran que la mayoría de los jóvenes menores de 30 años de edad favorecen el socialismo sobre el capitalismo por primera vez; y 43 por ciento de todos los estadunidenses dicen que el socialismo sería positivo para este país.

Muchos de los movimientos progresistas más importantes y poderosos del momento –desde los dreamers inmigrantes, a Black Lives Matter, los estudiantes contra las armas, y ahora las colegas de Greta Thunberg, entre otros– de alguna manera están rechazando si no el modelo mismo, sí las consecuencias violentas del neoliberalismo.

Tal vez todo esto apunta a que el actual régimen es el último grito histérico para defender un modelo bárbaro ante estos movimientos civilizadores.

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 Manifestantes prodemocracia marchan este sábado por el centro de Hong Kong. Kin Cheung AP

La Policía carga con gases lacrimógenos y cañones de agua para reprimir las manifestaciones vetadas

“If we burn, you burn with us” (Si ardemos, arderéis con nosotros). El lema que alguien ha dejado escrito este sábado en la mediana frente al complejo que acoge al Legislativo, el Ejecutivo local y las oficinas del Gobierno central se podía aplicar tanto a la furia de los manifestantes como a la ira de la Policía de Hong Kong. Un día después de la detención de nueve prominentes activistas y políticos de oposición, y de que las autoridades del territorio autónomo chino prohibieran una manifestación masiva, la animosidad entre ambos bandos estaba más enconada que nunca. La dureza de los choques entre manifestantes y agentes lo han dejado claro. De un lado, cócteles molotov, lanzamientos de ladrillos e incendios callejeros. Del otro, cañones de agua, gases lacrimógenos, un disparo al aire y numerosas detenciones.

La furia subió un grado más después de que se publicaran en las redes sociales vídeos en los que se mostraba la carga de la Policía durante la noche en una estación de metro en busca de manifestantes, en escenas que evocaban -a los ojos de los manifestantes- las protagonizadas por supuestos miembros de las tríadas mafiosas que, en julio, atacaron a participantes en las protestas en otra estación de metro, la de Yuen Long, ante la aparente pasividad de los agentes.

El día había comenzado con tensión, nubarrones y lluvia. La Policía había advertido de que, tras el veto a la manifestación —finalmente desconvocada—, del Frente de Derechos Humanos y Civiles, no toleraría asambleas que pretendieran remedarla. Pero, haciendo el alarde de imaginación que ha caracterizado las protestas más pacíficas en trece semanas de marchas —el principal desafío en años al poder del Ejecutivo autónomo y al control del Gobierno central en Pekín—, los manifestantes improvisaron distintas actividades con un espíritu lúdico.

Por la ciudad se repartieron diversas estatuas y estatuillas de protagonistas de las protestas, encabezados por una Reina de la Libertad que rendía homenaje a la activista que quedó herida en un ojo este agosto. En un estadio del centro de la isla, centenares de personas se daban cita para cantar Hallelujah to the Lord, el himno religioso convertido en emblema de las protestas: las reuniones religiosas estáticas —a diferencia de las procesiones— no requieren un aviso previo a la Policía. Un grupo se agolpaba ante la oficina de la jefa del Gobierno autónomo, la denostada Carrie Lam, católica practicante, para rezar para que se le perdonaran sus pecados.

A la hora en la que se había convocado la manifestación original, decenas de miles de personas marcharon por el recorrido previsto. Jóvenes, ancianos, familias al completo. Una marea de camisetas negras, el color de las protestas, cortaba las principales avenidas a gritos de “¡Hongkoneses, ánimo!”, “¡Levantémonos por Hong Kong!”. Un helicóptero sobrevolaba la escena, entre exhortaciones de los manifestantes —“¡tapaos con los paraguas, que no os vean!”— y más de un dedo medio levantado en señal de desafío.

“No me sumo a la marcha porque mis hijas tenían miedo por mí y me han pedido expresamente que no lo hiciera”, comentaba Sam, de 56 años, que animaba a los manifestantes desde la acera. “He nacido aquí, en Hong Kong, pero a mi edad me planteo marcharme en cuanto me jubile, en cuatro años. China quiere acabar con esta ciudad, que ya no podamos manifestarnos. Nos quieren callados y complacientes”, sostenía. “Pero no lo van a conseguir. No tenemos miedo”.

Mientras la marcha discurría, principalmente, de modo pacífico y sin que la Policía actuara —más allá de advertir en comunicados de que la manifestación era ilegal—, varios centenares de jóvenes se concentraban en torno al complejo del Gobierno, pertrechados con máscaras de gas, cascos y gafas protectoras.

La Policía comenzó allí a lanzar ronda tras ronda de botes de gases lacrimógenos; si los manifestantes lograban devolver alguno hacia las filas de agentes, los participantes estallaban en aplausos y gritos de júbilo. Algunos arrojaron cócteles Molotov. Los cañones de agua hicieron nuevamente su aparición, con líquido teñido de azul para señalar a quienes hubieran estado en primera fila de las protestas.

Horas más tarde, el enfrentamiento se trasladaba a las cercanías del cuartel de Policía, en el barrio de Wan Chai. Allí, los manifestantes han prendido fuego, espectacularmente, a una barricada, cuya columna de humo se ha elevado por encima de los rascacielos; otros pequeños incendios se han producido en calles adyacentes o en el cercano distrito comercial de Causeway Bay.

Con uniformes antidisturbios, la Policía ha procedido a abrir las avenidas bloqueadas por los manifestantes. Las detenciones que ha practicado, en varios casos, no han sido por las buenas. A pocos metros del incendio de Wan Chai, mientras una ambulancia trataba las heridas de un joven arrestado, varias decenas de vecinos se han enfrentado a los agentes. “¡Sois unos perros! ¡No hagáis daño a la gente de Hong Kong!”, instaba un grupo de vecinos de mediana edad a los policías protegidos con cascos y escudos antibala. En Causeway bay, las tensiones han llevado a un agente a disparar al aire, la segunda vez en una semana que se producía un incidente similar. En el otro lado de la bahía, en el barrio de Kowloon, se han prolongado los enfrentamientos durante la noche.

“No nos fiamos de la Policía, eso está claro. Utilizan la violencia para acallarnos. Y lo que nosotros queremos es que se nos escuche”, ha asegurado en Wan Chai Eva, una joven de 20 años que, como muchos otros, se negaba a desenmascarar su rostro o proporcionar su nombre completo.

La jornada de este sábado ha sido especialmente significativa. Se celebraba el quinto aniversario de la presentación, por parte del Gobierno central chino, de una reforma al sistema para elegir al presidente del Gobierno autónomo hongkonés. Aquella propuesta, que adjudicaba a Pekín la potestad de designar a los posibles candidatos al cargo, sin que los ciudadanos pudieran presentar a un favorito, desató la ira de amplias capas de la población. Uno de los líderes de lo que entonces se conocía como el movimiento Occupy Central (“Ocupar Central”, el distrito financiero hongkonés), el académico Benny Tai, proclamó el comienzo de “una era de desobediencia civil”. Menos de un mes más tarde, medio millón de hongkoneses participaba en una sentada masiva que paralizó el centro de la antigua colonia británica durante 79 días.

Si las protestas de entonces exigían más democracia, los manifestantes de ahora reclaman cinco puntos: el abandono por completo del proyecto de ley desató las movilizaciones desde el 9 de junio y que permitiría la extradición de sospechosos a países con los que Hong Kong carece de un acuerdo para ello, incluido China; la dimisión de la jefa del Hobierno autónomo, Carrie Lam; la apertura de una investigación sobre el comportamiento policial en las manifestaciones; la libertad de los detenidos en las protestas, y la reapertura de un proceso de reformas democráticas.

Las protestas continuarán en los próximos días, mientras se aproxima la fecha que más preocupa a Pekín: el 70º aniversario, el 1 de octubre, de la fundación de la República Popular de China, un acontecimiento que no quiere que quede empañado bajo ninguna circunstancia.

Este domingo los manifestantes pretenden rodear el aeropuerto, y para el comienzo de la semana próxima está convocada una huelga general.


El Gobierno autónomo descarta un debate sobre reformas democráticas

Aunque este sábado se conmemorara el quinto aniversario de la última propuesta de reforma del sistema electoral en Hong Kong, el Gobierno autónomo ha dejado claro que no está dispuesto a reabrir ese debate.

“Embarcarse desenfadadamente en una reforma política polarizará aún más la sociedad y supondría un acto irresponsable”, ha indicado el Ejecutivo en un comunicado. “Cualquier conversación sobre cambios constitucionales tiene que tener como premisa una base legal, y desarrollarse en una atmósfera pacífica y de mutua confianza, de manera pragmática”.

 

Por, Macarena Vidal Liy

Hong Kong 31 AGO 2019 - 14:00 COT

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China busca la "mano negra" tras las protestas de Hong Kong y ya no sabe ni a quien detener

La policía ha detenido a tres destacados activistas que han mantenido un perfil bajo durante las protestas porque China no puede concebir un movimiento sin líderes

La teoría de la "mano negra", de origen soviético, sigue formando la cosmovisión del Partido Comunista Chino

 

Hong Kong despertó el viernes bañada por un chaparrón de noticias tan densas como la lluvia que no dejaba de caer.

Primero fue Andy Chan Ho-tin, cabeza visible del ilegalizado Partido Nacional de Hong Kong. Chan fue detenido en el aeropuerto durante la noche del jueves cuando estaba a punto de volar a Japón. Después se supo que Joshua Wong había corrido la misma suerte. Desde que en 2012, con apenas 15 años, organizó protestas contra el currículo en las escuelas, Wong se ha convertido en uno de los activistas por la democracia más conocidos. Aquel proyecto educativo, un intento de despertar el espíritu patriótico de la juventud hongkonesa para algunos, fue descrito como un "lavado de cerebro" por Wong y sus partidarios. Fue también uno de los líderes de la conocida como 'Revolución de los paraguas' en 2014. Fue detenido, terminó en prisión y aún arrastra causas judiciales.

La tercera persona de alto perfil arrestada este viernes es Agnes Chow. Lideresa también de la 'Revolución de los paraguas', Chow fundó junto a Wong un partido político, Demosisto, otra de las formaciones nacidas de ese ciclo de protestas junto al Partido Nacional de Hong Kong fundado por Chan.

Ninguno de ellos ha mostrado un perfil alto durante las últimas movilizaciones, caracterizadas por no contar con líderes visibles. Las protestas han adoptado como slogan el famoso "be water" de Bruce Lee: adaptable y móvil.

Los analistas han estado buscando la etiqueta precisa con la que referirse a las protestas que han remecido Hong Kong durante todo el verano. Los paraguas juegan un papel mucho menos importante que el desempeñado en 2014 y aunque en esta ocasión no se han convertido en seña de identidad, en esta ocasión se abren más por motivos climáticos, pero también lo hacen para protegerse del gas lacrimógeno y las fotografías y grabaciones no deseadas.

Algunos han tratado de bautizarla como la 'Revolución de los cascos' y dotar así de una descripción adecuada a un verano caracterizado por la aparición de una violencia que no se había registrado en protestas previas. Esta vez la policía dispara con normalidad gas lacrimógeno, balas de goma y otras armas no letales además de usar sus porras a rienda suelta. Por eso los cascos.

El domingo, Hong Kong también vio, por primera vez, fuego real. Un policía utilizó su arma reglamentaria contra los manifestantes [disparó al aire para dispersarlos]. Por primera vez en medio siglo. No se habían utilizado desde que la policial colonial trató de restaurar la calma durante los disturbios provocados por la izquierda en 1967, durante un conato de extensión de la Revolución Cultural china a un territorio que entonces formaba parte del Imperio Británico.

Los manifestantes no se han quedado de brazos cruzados ante la escalada represiva: Desde 2016 lanzan ladrillos contra la policía. Todo comenzó cuando los activistas se enfrentaron a las autoridades para evitar el desalojo de vendedores callejeros informales durante el Año Nuevo Chino. Se llamó entonces la 'Revolución de las albóndigas de pescado' a partir de una especialidad culinaria local. Su líder, Edward Leung, que ahora tiene 27 años, cumple una sentencia de seis años en prisión. Fundador del grupo 'Indígenas de Hong Kong', debe su despertar político al temor de que el estilo de vida hongkonés se erosione hasta diluirse debido a su integración gradual en China. Leung es también quien formuló el lema más reconocido hasta el momento: "Recuperar Hong Kong, la revolución de nuestra época".

Lo que comenzó como una protesta contra el intento de introducir una modificación legislativa a la ley de extradición que habría permitido juzgar a hongkoneses en la China continental, muy mal gestionado por la jefa del Ejecutivo de la antigua colonia, Carrie Lam, ha evolucionado hasta convertirse en una pelea a tumba abierta por el sufragio universal, una promesa ya antigua y nunca cumplida. Alimentada, además, por el rechazo a una violencia policial que no deja de aumentar.

Una mirada a los 22 años que Hong Kong lleva bajo soberanía china permite que salga a la luz el más claro de los elementos que impulsan la desafección política: la ausencia de canales que permitan una comunicación fructífera entre Gobierno y ciudadanía.

Y no obstante, las autoridades, tanto en Hong Kong como en Pekín, parecen totalmente incapaces de comprender que los interlocutores escogidos por ellos mismos –una macedonia de multimillonarios y leales a Pekín– no representan las voces del disenso. Los miembros del Consejo Ejecutivo de Hong Kong, órgano de gobierno local, son nombrados por la jefa del Ejecutivo, elegida a su vez mediante sufragio censitario por 1.200 de entre 7,5 millones de habitantes. Carrie Lam gobierna Hong Kong con la legitimidad de 777 votos.

Desde 1997 todos los gobiernos hongkoneses se han negado a establecer contactos con el sector que trabaja por la llegada de la democracia, muy representativo del sentir general.

Además, hace días que el ruido de sables agitados por China sobrevuela Hong Kong. Las maniobras militares próximas a la frontera son cada vez más evidentes. Aunque una intervención armada no parece probable, meter miedo siempre ha sido una estrategia útil. El arresto de unos 1.000 activistas a lo largo del verano tiene como última de sus manifestaciones las detenciones de conocidos líderes que mantenían un perfil bastante bajo. La intención es clara.

Aunque Pekín ha tenido que admitir que no puede controlar la información que sale de Hong Kong, trata de generar un discurso alternativo y favorable a sus intereses. Según su versión, una "mano negra" se mueve tras bambalinas impulsada desde el exterior para sembrar discordia en Hong Kong. Las detenciones del viernes demuestran que su formulación no es propagandística. Realmente lo creen.

No pueden concebir un movimiento sin líderes. Tiene que tratarse de algo orquestado por saboteadores, sean estos malvados detractores del plan quinquenal chino o desafectos al régimen hongkonés que le piden a su gobierno que escuche a la población. Así, a fin de cuentas, es como se cerró el ciclo de protestas de Tiananmen: desatando una campaña que duró años que pretendió desenmascarar y llevar a prisión a las "manos negras" que lo habían provocado y negando que pudiera existir algún sentimiento popular, auténtico y espontáneo tras la presencia de millones de personas en las calles.

Para concluir, un indicador más de uno de los errores más habituales a la hora de entender la política china. Sus pronunciamientos, por más absurdos que parezcan, por más propagandísticos que suenen a los oídos de Occidente, pueden ser, en realidad, la plasmación de lo que sus líderes creen de verdad. El modo en que silencia cualquier posible disidencia podría demostrarlo. Un gobierno que se niega a escuchar a sus detractores se cree su propia propaganda.

Por Ilaria Maria Sala

30/08/2019 - 21:24h

Publicado enInternacional