Miércoles, 13 Febrero 2019 06:11

“Guerra civil soft” en EU

La secretaria de Seguridad Nacional, Kirstjen Nielsen, en una reunión de la Comisión Federal de Seguridad Escolar.Foto Ap

Hace ya casi un año, Glenn Harlan Reynolds, de US Today, inquirió si EU se encamina a una guerra civil y contestó que las experiencias de Sarah Huckabee Sanders, jefa de Prensa de Trump, y Kirstjen Nielsen, secretaria de Seguridad Nacional, “sugieren que una guerra civil soft ha empezado”.

Sarah Huckabee Sanders fue expulsada del restaurante Red Hen en Lexington (Virginia) debido a que el dueño y sus empleados desaprueban su política, mientras que Kirstjen Nielsen fue acosada en otro restaurante por una furiosa turba anti-Trump.
Otro grupo de dos docenas de contestatarios encabezados por CREDO Action se manifestó afuera del hogar de Kirstjen Nielsen en Virginia (https://fxn.ws/2TJBF2f).


Glenn Harlan Reynolds narra que el autor Tom Ricks preguntó también si “EU se dirigía a una guerra civil soft” (http://bit.ly/2TL0g6H), y cita al politólogo Thomas Schaller: ignoro si el país saldrá ileso.


Glenn Harlan Reynolds alega que el desprecio (sic) político es el problema de la fractura de la sociedad.


Tom Ricks aduce que todavía EU no se parece a Kansas de 1856, pero se dirige hacia allá, debido a la probabilidad de una segunda Guerra Civil en EU en los próximos 10 a 15 años (http://bit.ly/2TKxGlY), y define laxamente la Guerra Civil: una violencia política extensa con esfuerzos (sic) paralelos, aunque no necesariamente conectados, para rechazar la presente autoridad política en algunos ámbitos legales o espacios físicos. Así las cosas, EU estaría ya en una guerra civil que no se atreve a pronunciar su nombre.


El politólogo Thomas Schaller comentó a Francis Wilkinson, del portal Bloomberg (https://bloom.bg/2BwxeRj), cuyo dueño pertenece al Partido Demócrata, que Trump tiene un amplio y comprometido aparato de propaganda para ayudarle con una enorme influencia con los votantes conservadores, muchos de los cuales sienten ya que libran una guerra racial y religiosa con sus espaldas adosadas a un muro demográfico.


Francis Wilkinson fustiga que las pasadas presidencias de dos republicanos fueron producto del Colegio Electoral, un apéndice disfuncional de la política de EU que apabulla al voto popular, y exhorta a que los demócratas –que controlan Hollywood y Harvard– renuncien a Alabama y Mississippi, a Kansas y Nebraska.


Hoy, casi un año más tarde a las advertencias de “guerra civil soft”, la situación ha empeorado y con la mayoría en la Cámara de Representantes del Partido Demócrata y su notable número de mujeres –que se vistieron de blanco durante el discurso sobre el Estado de la Unión de Trump en el Congreso para recordar las demandas de las suffragettes en favor de la legalización del voto femenino hace un siglo–, ha fracturado aún más al país con una nueva dicotomía ideológica.


Trump exhibió sus dos ases para su etérea relección (http://bit.ly/2TJFBQx): su cruzada contra la inmigración y su diatriba contra el socialismo, que en EU solía ser un tabú, como sinónimo de comunismo, y que es inducido por el senador Bernie Sanders y la representante millennial Alexandria Ocasio-Cortez.


La millennial Alexandria Ocasio-Cortez (https://bit.ly/2BwIVHE) lanzó un programa del Nuevo Pacto Social Verde, con el fin de reducir las emisiones de gases invernadero y crear empleos, salpicado de trenes de alta velocidad y seguros médicos para todos.
Paul Krugman, Nobel de Economía, arguye que “algunos políticos progresistas de EU ahora se describen como socialistas, y un número significativo (sic) de votantes, incluyendo una mayoría (sic) de votantes menores de 30 años (nota: los millennials) dicen aprobar el socialismo (http://bit.ly/2TK7p7f)”.


Paul Krugman enfatiza que ni los políticos ni los votantes reclaman la captura de los medios de producción y que sólo buscan atemperar los excesos del mercado, lo cual es tildado de socialismo por la retórica conservadora, pero que el resto del mundo denomina socialdemocracia (https://nyti.ms/2TEWT17).


A mi juicio, más que la retórica incandescente e indecente contra la inmigración y el socialismo, el mayor riesgo que enfrentará Trump radicará en la recesión que se cierne para 2020 y que agudizaría las fuerzas centrífugas y, quizá irreconciliables, en EU.


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Lunes, 11 Febrero 2019 06:57

La frontera, una puerta que hoy no cede

La frontera, una puerta que hoy no cede

Al llegar a la frontera no se ve un territorio militarizado del lado venezolano ni una zona de acopio masivo de ayuda humanitaria del lado colombiano. Es un lugar de comercio binacional marcado por la relación bolívar-peso.

Desde Táchira. Las cámaras apuntan a la frontera entre Venezuela y Colombia. El set montado la presenta como una puerta que estaría por ceder. Todo parece listo, faltaría que llegue el día indicado que, a seguir declaraciones de presidentes, títulos de noticieros, estaría por ocurrir. La narrativa de la inminencia es central desde que Juan Guaidó se autoproclamó presidente: inminente caída de Nicolás Maduro, inminente gobierno de transición y resolución de todos los problemas de Venezuela. 

Las imágenes al llegar a la frontera son otras. En particular en el punto que se ha construido como zona crítica: los municipios Simón Bolívar y Ureña, en el estado Táchira, frente a la ciudad de Cúcuta, Colombia. Allí debería verse un territorio conmocionado, militarizado del lado venezolano y transformado en un acopio masivo de ayuda humanitaria del lado colombiano. La realidad es diferente, una superposición de normalidad de una de las fronteras más complejas del continente, y el clima de un escenario en construcción.


Comprender las dinámicas de frontera demanda cruzar algunas variables. En primer lugar, la conformación histórica de ese territorio como zona de comercio binacional, marcado en las direcciones de compra-venta según la relación entre el bolívar venezolano y el peso colombiano. En segundo lugar, la puesta en marcha desde el año 2013 –con señales anteriores– del contrabando de extracción como parte de un plan de desangre de la economía venezolana. En tercer lugar, la presencia de actores claves al mando de las operaciones del contrabando, como grupos paramilitares. En cuarto lugar, los tres puntos anteriores dentro del cuadro económico actual. Las variables se cruzan y retroalimentan.


Dentro de esa geografía las cámaras se enfocan sobre dos cruces, el puente Las Tienditas, y el puente Simón Bolívar. El primero fue tapa de periódicos por los conteiners puestos del lado venezolano, presentados como un cierre del paso. Ese puente nunca estuvo abierto. Su construcción fue por iniciativa venezolana, saboteado en su concreción por las políticas colombianas que apuestan a magnificar el contrabando ilegal de gasolina en vez de ordenar un sistema de precios acordados entre ambos países en las gasolineras fronterizas.


La cuestión de la gasolina es clave para comprender la frontera: un litro del lado colombiano cuesta cerca de 60 centavos de dólares, mientras que del lado venezolano el tanque completo no cuesta un dólar. Esa gasolina contrabandeada permite abastecer las zonas fronterizas colombianas empobrecidas, a la empresa colombiana Ecopetrol destinar el combustible a otros sitios, a los paramilitares amasar millones, y a quienes manejan el control de la cocaína –paramilitares y carteles– contar con gasolina económica para su procesamiento. El gobierno colombiano ha autorizado por ley el contrabando de gasolina.


El segundo puente enfocado es el Simón Bolívar. Abierto de 6 a 21 al paso de peatones, y de 21 a 12 al paso de gandolas (camiones). Por allí pasan cerca de 30 mil personas diarias, de las cuales cerca de 2 mil sellan pasaporte, es decir que las demás van y vienen en el mismo día. Tiene una ventaja cinematográfica: es angosto, por lo cual puede generarse una gran cola de gente con solo frenar el paso unos minutos. Es lo que hacen las autoridades colombianas cuando la campaña mediática requiere fotografías que muestren masividad. De lo contrario el tránsito de personas es grande y fluido.


El ida y venida es comercial y familiar. Del lado colombiano se consiguen determinados productos a precios más económicos que en Venezuela, por lo que mucha gente cruza a comprarlos, para consumo personal o para revenderlos más caro del lado venezolano. Otros productos, regulados o subsidiados, son más baratos del lado venezolano, por lo que la dirección es la opuesta. Se trata de una economía de miles de personas de la frontera, de otros estados del país –como gente venida de Barinas o Barquisimeto– ampliada por las dificultades económicas que se deben a la combinación del bloqueo financiero, el ataque sobre la moneda, la dificultad para detener la hiperinflación, entre otros puntos.


Sobre esa cotidianeidad está en construcción la narrativa humanitaria, la ayuda, la posible intervención. Han hecho de la frontera el set donde se encuentran las grandes agencias de comunicación, voceros de diferentes gobiernos, organizaciones internacionales. El objetivo es mostrarla como el punto crítico por donde cederá la puerta.


Todos saben, por ejemplo, que el puente Las Tienditas nunca estuvo abierto, aunque afirmen que el gobierno venezolano lo bloqueó ante esta situación. En el recorrido que brindó Freddy Bernal, nombrado protector del estado Táchira por Maduro –la gobernadora pertenece a Acción Democrática, de oposición– estuvieron presentes medios colombianos y agencias internacionales. No importa que sepan la verdad del puente, afirman lo contrario, la campaña en marcha para aislar a Venezuela requiere la construcción de una matriz, donde están articulada agencias, funcionarios de gobiernos, organismos, presidentes, ingenierías de redes sociales, entre otros.


En ese contexto la ayuda humanitaria se ha construido como el ariete para derribar la puerta. Con varias particularidades: en primer lugar, que lo que hasta ahora ha llegado es insignificante, dos gandolas, cuando se reparten 40 en una sola jornada de distribución de comida en Táchira a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción. En segundo lugar, que no importa el impacto real que podría tener, sino la construcción del escenario, que será el de mostrar de un lado la ayuda, del otro a población venezolana pidiéndola –para lo cual la derecha movilizará sus fuerzas– y en el medio el gobierno cerrando el paso. Esa es la imagen que, al parecer, buscarán construir.


Dentro de ese cuadro puede generarse hipótesis. Una de ellas es que ese sea el territorio donde la estrategia del asalto pueda construir el elemento detonante, la operación montada para justificar nuevos ataques de mayor potencia. Necesitan elevar el impacto en la opinión pública, conseguir acuerdo en el Senado norteamericano para dejar por escrito que la intervención militar puede ser contemplada, crear conmoción interna.


El escenario parece estar en una excesiva normalidad para los objetivos que se han propuesto alcanzar. Eso se debe a que algunas maniobras no les resultaron, como por ejemplo la detención de García Palomo, quien iba a encabezar una serie de acciones militares en Caracas. Esta semana podría ser la elegida para activar el escenario frontera, sería el punto donde se unirían el frente internacional con el nacional para buscar un quiebre. Por el momento la superficie continúa calma.

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Lunes, 11 Febrero 2019 06:43

Distancia del poder

Distancia del poder

Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, y Yanis Varoufakis, ex ministro de hacienda griego y forjador de la iniciativa política de izquierda DIEM25 (Democracy in Europe Movement 2025), sostuvieron un breve intercambio por medio digital.

El primero afirmó: “He estado preguntándome cómo será el lugar especial en el infierno para aquellos que promovieron el Brexit sin siquiera tener el bosquejo de un plan para conseguirlo de forma segura”. El segundo replicó: "Probablemente sea muy similar al lugar reservado para quienes diseñaron una unión monetaria sin una unión bancaria apropiada y, una vez que la crisis estalló, transfirieron cínicamente las gigantescas pérdidas de los bancos a los hombros de los más débiles que pagan impuestos".

Este intercambio es indicativo de las grandes tensiones que se han creando y profundizado en la Unión Europa y en el mecanismo monetario del euro como moneda común.

Es sólo uno de los diversos elementos de dichas tensiones que han cobrado un creciente impulso nacionalista, populista y xenófobo en los países de la región. La situación económica se ha sostenido sin superar la crisis financiera de 2008, con una fragilidad institucional y mayor desigualdad económica en muchas de esas naciones. El proyecto de una Europa integrada política y económicamente está en una de sus etapas más bajas.

El Brexit está en el centro del conflicto como expresión de las contradicciones existentes. Los políticos británicos han mostrado durante mucho tiempo su incapacidad para formular un proyecto nacional y se han empantanado en un plan que no cuaja.

Una de las preguntas que surgen al respecto tiene que ver con las fuertes discrepancias que hay entre la ciudadanía y los políticos; esto, en términos de las voluntades que se expresan cuando se vota y los mandatos que se reciben y cómo se ejecutan en el tiempo.

Vale la pena considerar si los políticos pro Brexit siguen representando la voluntad de los votantes en el referendo de 2016 una vez que se conocen más las consecuencias adversas del proceso. Habrá que discutir cómo se estipulan las responsabilidades de los legisladores y de los responsables del gobierno. Gran Bretaña tiene un sistema parlamentario, y es ahí donde se ha sostenido la primera ministra mediante una serie de componendas partidarias.

Un proceso similar en cuanto a la representatividad y capacidad de gobernar se aprecia ahora en España. Con una derecha relanzada, un secesionismo catalán duro y manifestaciones de rompimiento en materia presupuestal ponen al borde de la caída al gobierno en funciones.

En Venezuela, el conflicto político y social escala día tras día. Las estructuras legales son endebles y la injerencia externa se amplía incluso con la avenencia de la oposición al gobierno. El sistema está roto.

¿Y los ciudadanos qué quieren? ¿Cómo expresan sus deseos y sus exigencias disímiles? ¿Cómo responden los regímenes democráticos a estas contradicciones? ¿Cuáles son las formas del autoritarismo o de apertura que prevalecen? ¿Qué sabemos y cómo lo sabemos? Me refiero a la democracia tal como existe en el siglo XXI. En esta región, los casos de Venezuela, Brasil o México muestran algunos de los puntos divergentes.

Un recorrido por el territorio político en América Latina muestra claramente la diversidad que adoptan los conflictos. La distancia entre los gobiernos y los ciudadanos crece, los grandes consensos se debilitan, las referencias comunes en la sociedad se desdibujan o son de corta duración.

Ningún gobierno debería abrogarse la representación unívoca de la voluntad o incluso de las preferencias de los ciudadanos. El acto de votar es un momento político que, para convertirse en compromiso entre quien elige y quienes gobiernan y legislan, exige referencias comunes que son, me temo, las que se han ido perdiendo.

Las sociedades no son homogéneas y no puede forzarse esa cualidad desde el Estado o el gobierno. Son las instituciones sociales y políticas, con sus inescapables imperfecciones, las que pueden provocar algún sentimiento de compromiso, incluso de lealtad, algunas referencias compartidas que hagan posible la convivencia social en el ámbito definido.

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Lunes, 11 Febrero 2019 06:30

¡Ahí vienen los socialistas!

La demócrata Alexandria Ocasio-Cortez forma parte del nuevo grupo de congresistas estadunidenses que se identifican como "socialistas democráticos".Foto Ap

Suenen las alarmas, ahí vienen los socialistas, declaró el jefe del régimen estadunidense en su informe presidencial. No se sabía que Estados Unidos estaba amenazado por el socialismo, supuestamente eso se había terminado con el desmantelamiento de un muro.

Fue el estreno de uno de los mensajes de la campaña de relección y acompañará a la otra amenaza representada por los inmigrantes "peligrosos". Seguramente se decidió con harta nostalgia recurrir de nuevo a la amenaza del "socialismo"; siempre ha funcionado antes.

Pero a diferencia de las últimas décadas, lo más curioso es que ahora tal vez tengan cierta razón.

En su informe a la nación esta semana, Trump, después de autoelogiar su deseo de cambiar el régimen de Venezuela, inmediatamente agregó que “estamos alarmados por nuevos llamados para adoptar el socialismo en nuestro país… Nacimos libres y permaneceremos libres. Esta noche renovamos nuestra determinación de que América nunca será un país socialista”.

No era accidental que Venezuela fuera parte del mensaje, ya que el mandatario y sus aliados han intentado atacar a algunos demócratas como promotores de un socialismo estilo venezolano.

A finales del año pasado, el Consejo de Asesores Económicos del la Casa Blanca emitió un informe sobre la amenaza, cuyo primer párrafo afirma que "Coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está resurgiendo en el discurso político estadunidense", y señala que propuestas políticas de "autodeclarados socialistas están generando apoyo en el Congreso y entre gran parte del electorado".

Claro, es un término muy ambiguo, y aparentemente para algunos, están hablando de políticos como el senador Bernie Sanders y un grupo de nuevos diputados/as –entre las más conocidas Alexandria Ocasio-Cortez– que se identifican como "socialistas democráticos", quienes lejos de ser radicales –no proponen sustituir el sistema capitalista– serían considerados como "moderados" en tiempos de Franklin D. Roosevelt. Pero sus propuestas para promover y ampliar los programas de apoyo social, educación, salud y gravar más a los más ricos son calificadas por sus enemigos de "socialismo".

Es un término con raíces en movimientos masivos a lo largo de casi siglo y medio en este país, y fue empleado para reprimirlos en las campañas contra "los rojos", quienes frecuentemente eran inmigrantes. A la vez, vale recordar que el maestro político de Trump, el abogado Roy Cohn, fue el brazo derecho del senador Joe McCarthy en su campaña anticomunista de los años 50. Esa palabra, desde entonces, se convirtió en definición del "enemigo" a lo largo de la guerra fría.

Pero la nueva alarma sobre el socialismo promovida por Trump y sus aliados, no es necesariamente imaginada. Como hemos reportado repetidamente en La Jornada, al mismo tiempo que estaba surgiendo el fenómeno neofascista de Trump, también había otro fenómeno: una creciente percepción positiva del "socialismo". De hecho, Gallup reportó el año pasado que por primera vez las bases demócratas expresaban una percepción más positiva del socialismo (57 por ciento) que del capitalismo (47 por ciento). No sólo eso, sino que entre todos los jóvenes (18 a 29 años), la mayoría tienen una percepción positiva del socialismo.

Casi todos que expresan este apoyo están hablando de reformas y límites al capitalismo, no su sustitución; o sea, una visión socialdemócrata. El propio Sanders emplea como modelo para sus propuestas los países escandinavos.

Sin embargo, seguramente es alarmante que todas las encuestas recientes muestran que "el socialista" Sanders le ganaría a Trump en la elección presidencial de 2020 (y por más de 10 puntos). Mas aún, mayorías de estadunidenses apoyan las propuestas políticas presentadas por los "socialistas democráticos", en torno a seguros de salud, mayores impuestos sobre los ricos, más recursos para escuelas públicas y una economía más justa.

¿Y si de repente Estados Unidos es gobernado por un régimen socialista, habrá algún país o tal vez la OEA que envíe fondos a la "oposición" y amenace con intervenir para "rescatar" a este pueblo de su expresión democrática?

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Jueves, 07 Febrero 2019 06:08

América Latina, más allá de Venezuela

América Latina, más allá de Venezuela

Todos los partidos y medios parecen muy preocupados por las libertades y los derechos de la población venezolana, sin embargo poco se dice de esa otra América Latina, que está sufriendo el avance de los Gobiernos autoritarios con discursos genocidas y de las multinacionales que violan los derechos humanos de poblaciones enteras.

 

“Es una vergüenza que la caballería brasileña no fuera tan eficaz como los estadounidenses, que exterminaron a sus indios”. Desde luego la sentencia rezuma por todas partes militarismo, racismo y xenofobia. Pues bien, no es autoría de algún anónimo, sino frase literal del actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Y parece que este hombre está determinado a ser esa caballería que tanto admira, porque uno de sus primeros decretos, al asumir la presidencia el 1 de enero, amenaza directamente los territorios indígenas al poner estos bajo la dirección del Ministerio de Agricultura, dirigido ahora por la líder de los terratenientes brasileños. A lo que se debe añadir, va en el mismo lote, la amenaza bastante real de acabar con la Amazonia en beneficio de garimpeiros, madereros, ganaderos o petroleras varias.

En Colombia, solo en 2018, fueron asesinados 35 líderes indígenas en un proceso en el que la construcción casi imposible de la paz se salpica diariamente con nuevas muertes, llegando a superar ampliamente las dos centenas en ese mismo año y la decena ya en las primeras semanas que han transcurrido del 2019. Aquellos liderazgos sociales que defienden que esa paz, para ser verdadera, debe cargarse de justicia y dignidad para las grandes mayorías del país, hoy siguen regando con su sangre campos y cunetas.


En Guatemala y Honduras se criminaliza y asesina, por tratar de ejercer los derechos humanos frente a oligarquías y transnacionales, y ello de forma especial en los territorios mayas, xincas o lencas, tal y como le ocurrió a la dirigente Berta Cáceres y a tantas otras mujeres y hombres. Toda la estructura de estos Estados se ha puesto al servicio de unas pocas familias, élites corruptas que manejan la totalidad del poder político y, por supuesto, el económico. Oligarquías que entregan estos países a la explotación desenfrenada de sus recursos naturales (agronegocios, mineras, hidroeléctricas…), en detrimento de quienes por siglos ahí vivieron.


En este mismo año 2019, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha recomendado a Chile que cese en su discriminación a los indígenas. En especial, para el caso mapuche, discriminación siempre acompañada de represión y muertes de aquellos que reclaman el derecho a definir su presente y su futuro, así como a seguir defendiendo sus territorios. Estos espacios son, entre otros, continuamente invadidos por hidroeléctricas y forestales que los explotan y agotan en la búsqueda permanente del máximo de beneficio al menor costo posible despojando a este pueblo de sus derechos sobre los mismos.


Y así podríamos seguir alargando este listado de ataques e injusticias contra los pueblos indígenas en la mayoría de los países del continente. Mismo caso si hablamos del campesinado, de las mujeres, de los barrios pobres de las ciudades latinoamericanas. Es esta una constante hoy, cuando el neoliberalismo en sus versiones más duras vuelve, abiertamente aliado a posiciones de extrema derecha, para dominar en la mayoría de gobiernos de la región. Lo que supone que se reabren tierras y territorios a la explotación ciega de transnacionales madereras, mineras o hidroeléctricas, entre otras, o que se retorna a la privatización de servicios y sectores estratégicos y a la restricción de derechos.


Pero un repaso a los medios de comunicación en estas semanas nos llevará, si reparamos en ello, a constatar la invisibilidad de estas situaciones que, sin embargo, se repiten en una sucesión sin fin. No son Venezuela y los aparentes ideales de justicia, democracia y derechos humanos que tanto preocupan a algunos para este país, desaparecen en estos otros casos. Pueden olvidarse, no interesan.


En prácticamente la misma línea podemos recuperar una reciente declaración Ana Botín, presidenta del Banco Santander, en la que llamaba al orden a cierta prensa por sus consideraciones y crónicas sobre la gran banca. Decía que “a los periodistas les gusta contar lo negativo”. Claro que esto se podría considerar simplemente la opinión de una persona, pero todo cambia cuando pensamos que esa persona es una de las más poderosas y ricas del Estado español y que su banco, entre otras cuestiones, posiblemente retiene gran parte de las deudas de la mayoría de los medios de comunicación, además del negocio que para éstos supone recibir (o no) la publicidad de un banco de estas características. Aviso a navegantes, que dice el refranero popular y toque de atención para que los medios sepan lo que interesa a las élites que se publique y lo que no es conveniente.


Podríamos entonces, más allá de hablar de las relaciones entre la banca y los medios de comunicación, buscar un sentido más profundo a la frase de Ana Botín y decir abiertamente que a las transnacionales no les gusta que se hable de lo negativo que hacen. Dominan y controlan medios y gobiernos para que todo sea el buen hacer de estas empresas en pro del desarrollo de los países, sin decir que, en realidad, hablan del desarrollo y crecimiento de sus negocios a costa de los países y pueblos.


Se entiende así que presidentes de gobierno, como por ejemplo Pedro Sánchez viaje a México y declare a su inmediata llegada que las empresas españolas “sólo crean prosperidad y empleo”. Mientras tanto oculta, por ejemplo, que en ese mismo país, principalmente en territorios indígenas del estado de Oaxaca, en el llamado Corredor Eólico del Istmo de Tehuantepec varias empresas españolas como Iberdrola, Gas Natural Fenosa, Acciona y Renovalia, están generando desde hace años toda una serie de impactos socioecológicos y vulneración de derechos humanos, sistemáticamente denunciados por la población, que sigue sin ver llegar el desarrollo que constantemente se les promete.


Y en todo este contexto, se comprenden mejor exabruptos como uno de los últimos del Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno español, José Borrell, cuando dijo, en forma y fondo claramente racista y de desprecio absoluto hacia “el otro”, que los Estados Unidos tenían poca historia y que, básicamente, lo que habían hecho fue “matar a cuatro indios”.


Podemos dejarlo pasar, podemos entenderlo como el comentario insultante o un simple desliz de un señor. Pero así le quitaríamos importancia al hecho dramático que fue ese auténtico genocidio contra la población indígena de lo que hoy es el territorio estadounidense, y que ahora se califica como una cuestión menor por un ministro de Asuntos Exteriores. O, por el contrario, nos podemos preguntar si no es también una forma de justificar o minimizar tropelías, criminalizaciones y asesinatos que hoy, un siglo y medio después, se siguen cometiendo en ese mismo continente a fin de defender intereses económicos de oligarquías locales y transnacionales.


Recuperamos así la primera frase que abre este escrito del presidente brasileño, planteada en el mismo sentido de esta última, y podemos comprender entonces la comunión entre ambas de visiones, estereotipos y desprecio hacia los derechos humanos individuales y colectivos. Pronunciadas por aquellos que tienen, oficialmente, muy altas responsabilidades y que deberían tener como principal preocupación la mejora de las condiciones de vida de todas las personas y no solo de las minorías enriquecidas.


Cuesta así, cada día más, creer a estas élites políticas cuando nos hablan de la libertad, la democracia y los derechos humanos en determinados países mientras que, con sus relaciones estrechas con las élites económicas, siguen tejiendo y alimentando injusticias continuas contra países y pueblos enteros. Ocultan y se aprovechan ambas de esa otra América Latina sin atender a sus preocupaciones y dando a entender que ésta parte del continente no tiene derecho a la libertad, como si dicho derecho quedara reservado y cada día más restringido solo para aquellos y aquellas que están en la cúspide del sistema dominante.

Por JESÚS GONZÁLEZ PAZOS
MIEMBRO DE MUGARIK GABE

PUBLICADO
2019-02-06 13:19:00

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Miércoles, 06 Febrero 2019 06:46

Promesas y show mediático

Promesas y show mediático

Juan Guaidó y la oposición venezolana construyen día a día un muro que los rodea y que de a poco los encierra en su obtusa decisión de terminar, por los medios que fueran, con el gobierno constitucional de Nicolás Maduro. Sin embargo, no se trata de un error de cálculo o construcción lo que comete el diputado, ingeniero de profesión, sino que forma parte de una estrategia antes escrita y diseñada donde su rol es ser la cara visible de este plan destituyente. En ese juego, Guaidó no tiene autoridad para negociar con el gobierno bolivariano ni con aquellos que ofrecen mesas de diálogo porque, más allá de lo que exprese en los medios, no deja de ser un peón. Su rol es azuzar la crisis a través del plan de ayuda humanitaria con el que oculta el ahogo económico y financiero que vive el país fruto del bloqueo que aplica el gobierno de los Estados Unidos con el beneplácito de Europa. Guaidó no tiene ni siquiera capacidad de salir por arriba de ese muro. No se lo perdonarán sus seguidores que dilapidan odio y reclaman sangre por las redes sociales y tampoco la administración de Donald Trump que lo controla.

De todas formas el diputado cumple con entusiasmo el rol que le adjudicaron pero el tiempo no le sobra. Mientras el gobierno de Nicolás Maduro no se repliega y mueve sus hilos en la política doméstica como en el extranjero, Guaidó sólo tiene promesas para ofrecer. La famosa ayuda humanitaria continúa siendo un anuncio y una propuesta. Sus colaboradores, mucho más histriónicos que él, hablan sin cesar por los medios diciendo que ya está llegando ese auxilio y lo hacen como si se tratara de una caja de encomienda que una madre envía a sus familiares a otra provincia. Para colmo, tanto la ONU como la Cruz Roja advirtieron que no serán parte de esa pantomima porque deben cumplirse una serie de requisitos que tienen que acordarse y cumplirse con el gobierno que recibe la ayuda, esto es, Maduro. Es por eso que el presidente bolivariano define a la ayuda humanitaria como un show mediático.
Dirigentes del chavismo consideran que el objetivo de la oposición es generar, a través de la ayuda humanitaria, un conflicto fronterizo mediático cuando no les permitan ingresar los camiones que dice la oposición contar. No está claro si aquello será suficiente como para justificar la tan mentada invasión que, de concretarse, también necesita tiempo para su puesta en marcha. Esa espera es posible que Guaidó la entienda, además de estar obligado, pero no está claro si lo comprenderán los fanáticos seguidores de la oposición que le reclaman la cabeza de Maduro. Ese sector de la población, la más adinerada y privilegiada, se autoalimenta de rencor propio de clase y consume con fruición las promesas que le hacen los partidos de la oposición.
En el mientras tanto, Guaidó llama a sesionar a la Asamblea Nacional que preside pero aunque debatan y aprueben leyes ninguna llega a transformarse porque no controla los resortes del Estado, ni siquiera la imprenta del boletín oficial para contar con la formalidad de una ley sancionada. Eso, con el correr de los días provoca desconcierto y descreimiento entre los seguidores que ven que todo sigue como siempre porque, al menos en Caracas, la vida continúa dentro de los carriles convencionales de la normalidad.


De todas maneras el peligro de la invasión forma parte del cálculo de probabilidades y Maduro no descuida ese flanco por aquello de lo imprevisible que resultó ser Trump a quien tampoco le conviene fracasar frente a un presidente latinoamericano. En ese sentido, Maduro no dejó de trabajar sobre la unidad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana que, a diferencia de países como la Argentina, no está integrada por los hijos e hijas de las clases privilegiadas. Por supuesto que hay defecciones pero esas están lejos de ser la gota que orada la piedra porque no hubo una huida en masa como preveía y había prometido el diputado Guaidó.


La crisis está lejos de resolverse. Lo que no está del todo claro es cómo se superará este momento en particular. Maduro ofreció y continúa habilitando alternativas mientras Guaidó continúa detrás de su muro que se cierra a su alrededor y que no simboliza democracia y mucho menos libertad.

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El globalista Gideon Rachman del Financial Times vaticina 30 años de trumpismo

Fue real el sepelio del globalismo de Davos (http://bit.ly/2ThrNwe).

Uno de sus principales palafreneros, el israelí-británico Gideon Rachman –del Financial Times (04/02/19), controlado, al unísono de The Economist, por la banca Rothschild y su "aliado" George Soros–, se resigna a que "la era Trump" podría durar 30 años, pero necesitará triunfos económicos "más que éxitos electorales".

El alegato de Gideon Rachman, quien hace un mes festejó la debacle del "populismo" (FT; 07/01/19), es que en 2016 el Brexit y el ascenso de Trump constituían una "aberración temporal o el inicio de una nueva era".

En la "batalla de las ideas" que perdió Gideon Rachman por ser un vulgar publicista de un modelo misántropo, considera que "parece probable que los futuros historiadores (sic) contemplaran los eventos de 2016 como el inicio de un nuevo ciclo en la historia internacional".

Gideon Rachman adopta histéricos tintes fukuyamescos del "fin de la histori"a y plantea "ciclos de 30 años" muy debatibles desde que el napolitano Vico lo expresó mucho mejor en el siglo XVII.

Cataloga la dualidad de “Brexit/Trump” de "movimiento populista global que ha tomado un gran impulso".

Su definición de "populismo" es neoliberal globalista, que confunde con el ascendente "nacionalismo" que regresa a sus orígenes de 1648 con el Tratado de Westfalia.

El "populismo", peyorativo para los neoliberales globalistas carentes de sindéresis, tiene acepciones multivariadas dependiendo de quién y dónde se exprese –el caso lastimoso de Peña, regañado por Obama, quien le replicó que el "populismo" era equiparable a la "justicia social" (http://bit.ly/2Ar8olh).

Gideon Rachman agrega a su ensalada lingüística de Macedonia los ascensos de Bolsonaro en Brasil, Orban en Hungría y Salvini en Italia, y se lamenta que el “impulso antiestablishment que dio lugar al Brexit” cobra fuerza en Europa, como sucede con los indomables chalecos amarillos que están a punto de guillotinar a Macron, ex empleado de la banca Rothschild.

Gideon Rachman no sabe nada del inicio del "populismo" ni en Rusia (los narodnik de 1860/70) ni en Estados Unidos (EU) (People’s Party 1892) e inventa que la "era populista dura hasta tres décadas", lo cual sucedió en su imaginación: ni en el territorio ruso ni en el estadunidense gobernó nunca y fue muy fugaz.

"Identifica" dos eras distintas en la política occidental (sic) de posguerra que "duraron alrededor de 30 años": 1. Los 30 años gloriosos (sic)" en Francia, de 1945 a 1975: con fuerte crecimiento económico en Occidente (sic), al unísono de la construcción de Estados de bienestar y un dirigismo keynesiano”, y 2. "Una nueva era neoliberal" de Thatcher en Gran Bretaña (1979) y Reagan (1980), como "parte de un giro global (sic)" en 1978 en China y su "política de apertura al mercado", al unísono de "Solidaridad en Polonia (1980), que en su totalidad duró aproximadamente 30 años hasta que fue desacreditada (sic) por la crisis financiera de 2008". ¡Todo está muy forzado!

Gideon Rachman peca de simplista y no toma en cuenta que sus "dos ciclos" forman parte del epílogo de la Segunda Guerra Mundial y de la disolución de la URSS en 1991.

El globalista publicista Gideon Rachman juzga que "la fase de Reagan", de una "demanda extralimitada de impuestos más bajos", desembocó "en la excesiva desregulación de las finanzas que culminó en la crisis financiera". Trump podó los impuestos de los plutócratas de 35 por ciento a 15 por ciento: ¿So what?

Gideon Rachman sentencia que el “Brexit se encuentra en serios problemas y que la administración Trump se está tambaleando”, por lo que, "a menos que los populistas puedan dar resultados tangibles, su nueva era puede morir en su infancia".

Amén que populismo no es nacionalismo, los globalistas de Davos ya vivieron su ciclo y no tienen respuestas para las calamidades que prohijaron.

La alternativa al Brexit es el socialismo humanista de Jeremy Corbyn, y en EU, Trump podrá ser defenestrado, pero el trumpismo puede prevalecer con Mike Pence, mientras que en Europa continental, el nacionalismo multiforme está a punto de triunfar en las elecciones del Parlamento Europeo en mayo, con o sin Trump, y con o sin "ciclos" de por medio.

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Otra política es posible: desde abajo y desde adentro

Asistimos a la larga noche de la historia, a una guerra contra la vida. Las posibilidades de seguir reproduciendo la vida material se agotan, pero también el imperio de muerte se está encargando de matar nuestra vitalidad espiritual, es decir, nuestra capacidad creadora para creer que se pueden construir otros mundos, maneras y modos de relacionarnos y de vivir.

En la película Matrix hay un diálogo al inicio en el cual Neo, el protagonista, debe elegir entre dos pastillas, es decir, entre seguir engañado o buscar la verdad de lo real, ¿qué es lo real? quizás lo más real es el dolor, nuestra historia arrastra un dolor estructural que urge ser sanado y reparado. Por lo que habría que preguntarnos si las instituciones sociales o sirven a la vida o deberían desaparecer, crearse otras. Ya sean formas de organización social económica, política, cultural… que dejen de fundarse en la violencia hacia el otro y pongan en el centro el cuidado de la vida.


El poder ha configurado una sociedad normalizada, se ha instalado en nuestras cabezas que la realidad no puede ser de otra manera. Nos han convencido que ya no hay nada que hacer. Pero donde hay poder siempre habrá resistencias, ahí donde se pone todo en cuestión, en interrogante, donde se politiza la realidad de la vida cotidiana, cuando asumimos que “lo personal es político”. Las búsquedas de sentido y de alternativas no son fáciles, ni únicas, ni tienen un sólo camino. Pero necesariamente tienen que partir de un suelo firme, es decir, desde la base misma de la sociedad, es ahí donde verdaderamente se tejen otras realidades, donde caminan resistencias, desde abajo y desde adentro.


El capitalismo se sostiene por una totalidad estructural, por un sistema de relaciones de poder (formas de organización económicas, jurídicas y culturales) que lo hacen posible y reproducen, que superan lo meramente político, y mucho más lo electoral. Para cambiar la realidad hay que cambiar esa totalidad estructural de relaciones de poder, pero esas contrahegemonías deben cocerse desde las micropolíticas de lo cotidiano, de lo personal, cambiando el miedo que paraliza por la inventiva colectiva y organizada para autogobernarse, generando poder que crea y no que niega, siendo concientes que para ser libres ninguna otra voluntad “de arriba” debe decidir sobre nuestras vidas. Por lo que, hay que generar una disputa de la hegemonía económica, política y cultural (la macropolítica), pero también desde nuestras relaciones cotidianas (la micropolítica).
Crisis civilizatoria/ crisis de ecodependencia e interdependencia


La racionalidad de la modernidad capitalista nos ha conducido a la actual crisis civilizatoria, es decir, una crisis de las relaciones de ecodependencia e interdependencia. La primera generada por una organización social dependiente de la energía fósil (“la sangre del capitalismo”) y de energías no renovables, esta forma de organización nos están llevando a los límites y extinción del planeta. La disputa por el control de los recursos naturales por parte de los poderosos, está provocando fuertes conflictos ambientales, desplazamientos de comunidades, migración, y muertes.


Deberíamos estar preocupadas/os por generar alternativas a la energía fósil, debatiendo como deberíamos de organizarnos socialmente para vivir con menos uso de energías. Eso requiere apuestas y discusiones por ejemplo, cómo planificar un urbanismo menos dependiente de la energía fósil, apostarle a una agricultura ecológica y potenciar la soberanía alimentaria de los pueblos, el comercio local y solidario, la apuesta por un transporte colectivo alternativo, el uso de la bicicleta, etc.


La ecofeminista Yayo Herrero [1] señala que la acumulación por desposesión no solo se está manifestando en la crisis ecológica, sino también en una deuda de cuidados. Es decir, en la actual configuración laboral capitalista, exige menos disponibilidad de tiempo para cuidar. Únicamente quienes tienen privilegios pueden asegurar pagar más cuidados, además desde la división internacional del trabajo se transfiere trabajos de cuidados de las mujeres pobres del sur global al norte global. El modelo de vida urbana, las relaciones patriarcales entre hombres y mujeres, está dificultando la satisfacción de las necesidades de cuidados, creando un ‘lumpenproletariado’ femenino.


Además, la creciente precarización de la vida generada por la globalización neoliberal está generando masivos procesos migratorios globales. La influencia que los fundamentalismos religiosos están ganando en los Estados está dando auge a una nueva ola de extremas derechas y de odio al diferente, al otro. Sobre todo odio al migrante, a la comunidad LGBTI, al cuerpo de las mujeres.


En ese sentido señala Segales que este escenario “ reconfigura también la dicotomía izquierda-derecha, situando a la política en la necesaria tematización de proyectos nacionales post-occidentales.” [2] Es decir, la pregunta es cómo generar proyectos de vida colectiva para el 99% sobrante del poder financiero global, proyectos que frenen la lógica suicida del capitalismo.


¿Son posibles los encuentros entre la macropolítica estatal y las micropolíticas emancipadoras?


Como ya lo he manifestado en varias ocasiones, creo que los pilares que sostienen un cambio verdadero de la realidad por una diferente es la que se construye en el seno de la sociedad, que se construyen desde el margen, desde las orillas, desde el corazón sufriente y rebelde de los más pobres y desfavorecidos,

desde la organización del dolor y la rabia, desde la construcción de relaciones populares de poder, desde la organización barrial, asamblearia, colectiva, desde abajo y desde adentro.
En un segundo lugar queda para mí la lucha desde arriba “por hacerse del Estado”, si bien puede ser útil y hasta emancipatorio si obedece al poder popular, al mandar obedeciendo, sólo contribuye a mitigar el avance del imperio de muerte, muy importante si, pero no crea nuevas maneras de relaciones sociales y humanas, económicas, políticas, culturales. Si no hay lo primero lo segundo se cae, así ha sido. La pregunta es cómo las luchas desde arriba, por hacerse del Estado, confluyen con la lucha por la construcción de poder desde abajo, para fortalecerlo y no para debilitarlo. Es necesario generar poder popular desde lo local a lo global, como lo hace la Vía Campesina, o el movimiento feminista internacional Ni Una Menos, o el movimiento por el comercio justo, por mencionar unos ejemplos.


Frente al desencanto, la alegre rebeldía organizada


Existen alternativas. Por ejemplo desde lo económico pasa por como sociedad debatamos sobre qué producciones necesitamos, qué trabajos necesitamos, y eso pasa por definir cuáles son nuestras necesidades principales, y no confundirlas con satisfactores o deseos ilimitados. Necesitamos una reorganización del trabajo que ponga en el centro el cuidado de la vida.
Necesitamos de procesos de pedagogías populares en las comunidades, en las calles, en las plazas. Necesitamos de los conocimientos campesinos para enfrentar la crisis ecológica, una reorganización del trabajo de cuidados, que los hombres cuiden más. Necesitamos generar procesos de sanación colectiva, de fortalecimiento de vínculos, de cuidado de lo común, de dedicar tiempo al goce y al juego, como principio ético y político. Así enfrentamos la guerra contra la vida.


Frente al miedo la alegre rebeldía, la organización. Yo creo que la palanca del capitalismo puede ser detenida, pero requerirá de los lazos de solidaridad colectiva, de fortalecer la organización popular, de las luchas de la vida cotidiana, politizando lo personal, de nuestra inventiva creativa, y nuestras mejores energías humanas que sepamos generar.


Los poderosos nos quieren tristes, enojados, desmovilizados, sin esperanza, peleándonos pobres contra pobres, en guerra, ante esto debemos responder con la alegre rebeldía, con la afirmación de la vida. Otra realidad es posible, pero las esperanzas hay que buscarlas en otra parte, no desde arriba, sino desde la política que se construye desde abajo y desde adentro de la sociedad y desde el corazón humano mismo.


“Vengo de una tierra a la que le sobra corazón y voluntad” [3]


Notas:


[1] Herrero, Yayo. “El reto de reorganizar la vida en común”, 2 de octubre de 2018. En: https://temas.publico.es/precarios-del-mundo/2018/10/02/el-reto-de-reorganizar-la-vida-en-comun/?doing_wp_cron=1548981348.1290500164031982421875
[2] Bautista Segales, Rafael. “¿Golpe en venezuela o definición del cisma geopolítico global?”, 26 de enero de 2019. En: https://publicar.argentina.indymedia.org/?p=1433&fbclid=IwAR3JdIrzle15Vmr0XxSE_pRYu93A6BbucTOacmPNppBbavaUzX8spOnnX9s
[3] Marta Goméz, Canción: Confesión. En: https://www.youtube.com/watch?v=aavxgUxDD4Y

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Bukele pone fin al bipartidismo en El Salvador mientras el FMLN se hunde

Nayib Bukele arrasa en las elecciones de El Salvador con más del 53% de los votos. No tendrá que ir a segunda vuelta. El antiguo alcalde de la capital por el FMLN certifica el fin del bipartidismo que operó desde el fin de la guerra, en 1992, y hunde a sus antiguos compañeros.

“Este día 3 de febrero de 2019 El Salvador ha pasado la página de la postguerra”. Con estas palabras, Nayib Bukele se proclamó triunfador de las elecciones del país centroamericano. Arrasa con el 53% de los votos, más que todos sus rivales juntos, y se impone sin necesidad de ir a una segunda vuelta. Con este triunfo, el exalcalde de la capital salvadoreña rompe con el bipartidismo de los últimos 30 años. Desde la firma de los acuerdos de paz, en 1992, la derecha y la izquierda tradicionales, Arena y Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) dominaron el sistema político. Las primeras dos décadas fueron de hegemonía derechista. En 2009, la izquierda llegó por primera vez al poder. Diez años después, apenas supera el 10% de los votos: el FMLN es el gran damnificado del descrédito del sistema político salvadoreño.


“Yo voté siempre al FMLN, tuvieron su oportunidad, pero después de 10 años necesitamos un cambio”. Miguel Flores, comerciante de 55 años, resume lo que se escuchó durante toda la jornada en decenas de colegios electorales en El Salvador: antiguos votantes de la izquierda, la guerrilla que dio el paso a la vía de las urnas, que le dan la espalda decepcionados tras una década efemelenista en el gobierno. Flores es residente de la colonia Ciudad Futura, en Cuscatancingo, a escasos 15 kilómetros de la capital. Este es territorio que controla la Mara Salvatrucha (MS-13), que junto al Barrio 18 es una de las dos grandes pandillas que operan en Centroamérica, México y Estados Unidos.


“Nuestro problema es la falta de trabajo y la violencia”, dice el hombre. Mira a su alrededor, justo al lugar en el que se encuentran dos policías, y afirma: “es mentira que las autoridades tengan el control del territorio”. Ya no se ven los característicos “placazos”, las pintadas con los lemas de la pandilla, pero el dominio de estas estructuras criminales es absoluto.
Flores dice que vivió los tiempos del conflicto, que no tomó las armas pero que siempre simpatizó con la guerrilla. Son las 10.00 de la mañana y ya vaticina lo que ocurrirá 12 horas después: “Nayib va a ganar en primera vuelta”. Todas las encuestas lo habían predicho y, por una vez, las prospecciones acertaron.


Si uno pregunta en esta colonia del extrarradio de San Salvador, sobre cuáles son las grandes preocupaciones de los electores encuentra dos respuestas: la violencia y la falta de oportunidades. La violencia se expresa por unas cifras de homicidios terroríficas. En 2018, un total de 3,340 personas fueron asesinadas. Esto quiere decir que nueve personas murieron en circunstancias violentas cada día durante el año pasado. La falta de oportunidades se muestra a través de la pobreza: el 34% de su población vive en condiciones de pobreza.

Violencia y pobreza son el motivo de que, cada año, cientos de salvadoreños abandonen el país con destino a Estados Unidos. Algunos se han sumado a las caravanas de migrantes que, desde octubre de 2018, han sacado de la clandestinidad el éxodo centroamericano. Otros siguen con la vía tradicional: pagar un dineral a un coyote (el precio ahora está en torno a los 9.000 dólares por tres intentos) y jugársela en un incierto y arriesgadísimo trayecto.


Que el FMLN no iba a obtener buenos resultados era algo que podía esperarse. Especialmente, tras la debacle de marzo de 2018, en las elecciones parlamentarias. Con sus 23 escaños de 84, obtuvo su peor resultado en la historia y un severo correctivo que sus dirigentes prometieron enmendar. No había mucho margen para la “remontada” que sus directores de campaña vaticinaron, pero el golpe ha sido mayor incluso de lo esperado. La derrota duele todavía más si se mira hacia arriba: Bukele, exalcalde de San Salvador por el FMLN, expulsado del partido en octubre de 2017, ha logrado lo que sus excompañeros jamás acariciaron: imponerse sin tener que disputar una segunda vuelta.

Bukele, publicista de 37 años, ha capitalizado el descontento. En una campaña carente de debates profundos y alejada de grandes preocupaciones como las que expresaba Flores, el exalcalde ha sabido conectar con un sentimiento: la necesidad de un “cambio”. Primero, castigar a los que estaban. Después, ya veremos.


Hay que tomar en cuenta el accidentado camino que ha transitado hasta imponerse en las elecciones. Después de ser expulsado, fundó su propio movimiento, Nuevas Ideas. Logró más de 200.000 firmas en un fin de semana pero, finalmente, no fue aceptado por el Tribunal Supremo Electoral. Despojado de su herramienta, Bukele inició un peregrinaje buscando las siglas que le permitiesen concurrir a los comicios. Lo intentó con Cambio Democrático, un pequeño grupo que había obtenido un único diputado en las parlamentarias de 2018, pero la formación fue cancelada. A pocas horas de que venciese el plazo, anunció un pacto con Gana, un partido fundado en 2010 que surgió como escisión de Arena. Es decir, que estamos ante un candidato que se escindió de la izquierda y que ha terminado por concurrir con un partido de derechas. Ingeniería partidista ante las dificultades que se impusieron desde el statu quo electoral. Si observamos los resultados históricos, vemos que Gana (lastrado por graves casos de corrupción) jamás estuvo ni siquiera cerca de tocar un triunfo en unas presidenciales. Así que lo ocurrido el domingo no es cosa de siglas, sino de un nombre.


El discurso de Bukele se ha centrado más en diferenciarse de sus rivales que en plantear un proyecto propio. Ha calado la estrategia de equiparar a Arena y FMLN como si se tratasen de las mismas prácticas y su discurso “sin ideología” ha permitido que arrase en un contexto de profundo descrédito de la clase política. Ahora habrá que ver cómo gestiona su triunfo. Tendrá que enfrentarse con una asamblea en la que Arena tiene mayoría y hacer frente a graves problemas estructurales.


En el otro extremo se encuentra el FMLN: su histórica derrota le obliga a repensarse. El economista César Villalona, cercano a la formación izquierdista, cree que las divisiones internas y las medidas de ajuste son algunas de las razones que explican los malos resultados. Acertar en el diagnóstico será clave para un movimiento que ha sido referente para la izquierda en América Latina, tanto en su faceta armada, durante la guerra civil entre 1980 y 1992, como tras los acuerdos de paz.


El Salvador entra en una nueva fase. Qué es lo que viene no está tan claro como qué es lo que sus ciudadanos no desean. La imagen de la plaza Gerardo Barrios abarrotada en un mar de banderas azules, símbolo del movimiento de Bukele, es un primer paso. “Sí se pudo”, coreaban sus seguidores, adoptando un cántico que lo mismo sirve ya para un roto que para un descosido. Solo el futuro dirá si el exalcalde outsider si tiene éxito o nos encontramos ante el comienzo de una nueva decepción para los salvadoreños.

04/02/2019 09:10 Actualizado: 04/02/2019 09:10
ALBERTO PRADILLA
@albertopradilla

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“No hay un gen suicida, pero hay un condicionamiento sociocultural familiar que puede predisponerlo”

Motivado por historias cercanas, Bauzá, doctor en Filosofía e investigador del Conicet, decidió indagar sobre los motivos que llevan a algunas personas a provocarse la muerte. Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Stefan Zweig, Sylvia Plath aparecen entre los protagonistas.

 

El prestigioso doctor en Filosofía Hugo Francisco Bauzá recuerda como si fuera hoy algunos episodios que transcurrieron durante su infancia. Cuando tenía seis años se había mudado con sus padres a una casa grande y como había que hacer unas reformas, su padre contrató a un carpintero, un señor mayor de barba larga que “parecía un profeta bíblico y se llamaba Juan”, apunta el escritor. Bauzá recuerda que mientras ese hombre trabajaba con su garlopa, también lloraba. “Yo, azorado, desde un ángulo de la habitación lo miraba en silencio, pero eso le extrañaba”. El padre le dijo a Bauzá que ese hombre lloraba porque se le había muerto un hijo. “Después añadió que era el único hijo y, con el tiempo, supe que se había suicidado”. Esa, reconoce el escritor “fue una pequeña marca” que lo llevó muchos años después a estudiar el suicidio. Pero hubo otra: una tía de su madre murió trágicamente y el tema del suicidio “era tabú, no se podía mencionar, se desfiguraban las causas de la muerte porque daba la sensación que una muerte por suicidio no sólo enlutaba a la familia sino que, en cierto modo, la culpaba: la familia no se había percatado, no había sabido ayudarla, no se había dado cuenta de la resolución que estaba por tomar”, comenta Bauzá sobre cómo se veía el suicidio en aquella época. Cuando estudiaba en la Facultad, se mató una compañera de Bauzá por razones sentimentales mediante la ingestión de barbitúricos. “Cuando de joven leí sobre Werther en la famosa novela, basada en un supuesto epistolario de Goethe, del prerromanticismo alemán, vi que la muerte que se da Werther es una muerte espectacular que para todo joven de catorce, quince años, es un punto, un hito en su conformación espiritual. Recordemos que cuando apareció esta novela provocó una ola de suicidios, a tal punto que en algunas ciudades alemanas fue prohibida. Así que mucha gente que tenía una cuestión amorosa no resuelta e imposible de consumar, como la del joven Werther, en lugar de tratar de encontrar una solución, optaron por el suicido”, sostiene Bauzá. Lo relatado lo llevó a estudiar el tema en Miradas sobre el suicidio (Fondo de Cultura Económica), donde el autor analiza por qué razón hay seres humanos que, en lugar de aguardar la muerte de manera natural, deciden anticiparla provocándosela ellos mismos. Y lo hace desde un riguroso estudio literario, mitológico e histórico presentando casos famosos y no desde la psicología.


–Si se estudia el tema de la muerte, ¿cuánto influyen las cuestiones religiosas?


–Eso varía. Primero que lo vemos en la cultura occidental. Hace muy poco viajé a la India y a Nepal y ahí nuestras estructuras mentales son totalmente distintas. Hay una concepción distinta de la vida y de la muerte. En Occidente da la sensación que la muerte fuera una finitud, salvo los casos religiosos, mientras que en Oriente la muerte es algo así como entrar a otro estado de vida.


–Como si fuera una transición.


–Correcto. Es la muerte para que haya más vida.


–¿Cómo era el caso de los suicidios en el Medioevo? ¿La creencia era que esas almas pagaban por el acto cometido?


–Claro, la Iglesia en el 542, en el Concilio de Arlés, considera anatema a todo aquel que atenta contra su vida porque es atentar contra el don más preciado que es la vida, y no tiene posibilidad de redimirse puesto que ya está muerto. En consecuencia, para la Iglesia (me refiero al cristianismo) el suicidio es una cosa totalmente tabú. Incluso, no se los enterraba en Tierra Santa. No solamente los cristianos. Según la tradición judía, al suicida se lo entierra del lado del muro, no del lado central de lo que puede ser un cementerio israelita.


–¿Los suicidas en la época del Medioevo no podían ser enterrados?


–Podían ser enterrados pero no en zona cristiana, entendiendo como zona cristiana al camposanto, lo que hoy llamaríamos un cementerio.


–Usted menciona en el libro una estadística que indica que una tercera parte de las personas que se quitan la vida lo hacen por depresión ¿Cree que la vida moderna, llena de exigencias, favorece conductas suicidas?


–Probablemente sí. De todos modos, descreo un poco de las estadísticas. Hay algunos países donde hay un índice elevado y que suelen no dar la difusión de esas estadísticas. Es el caso, por ejemplo, de Japón, incluso Suecia y los países nórdico-europeos, donde tal vez por razones climáticas hay una tendencia a la depresión y es como un camino previo a un suicidio. En Japón, el hecho de que alguien esté al margen de una relación laboral, que no encajó en la empresa o donde fuere, hace que esa persona se sienta marginada del campo de lo social y, por lo tanto, el atentar contra la vida es una posibilidad de escape.


–¿Por qué algunas culturas o religiones consideran al suicidio un acto venerable y para otras es una deshonra?


–No sé si para algunas religiones es realmente un acto venerable, sí para algunas corrientes filosóficas. Por ejemplo, para el estoicismo todo aquel que no logra llevar una vida acorde con preceptos morales o con una norma ética, la solución es el suicidio; es decir, que para los estoicos el suicidio desde la antigüedad fue una cosa honorable cuando las condiciones de vida no eran respetables.


–¿Y en el caso de quienes lo consideran una deshonra?


–Justamente es porque tienen una especie de prurito religioso y, en consecuencia, no se puede atentar contra la vida porque para esas corrientes de corte espiritualista el suicidio va contra algo que le es dado al hombre porque uno no es propiamente dueño de su cuerpo. Esta es una línea que, en el caso de Occidente, arranca con el orfismo, después con Pitágoras. Y es una línea que caló hondamente en Platón y deriva después en el cristianismo. Así que habría una línea de corte espiritualista para la cual el suicidio es negativo y, en cambio, en oposición para los epicúreos y los estoicos la cosa es diferente. Para los epicúreos, que tienen una visión materialista del mundo, el alma perece con el cuerpo y, en consecuencia, no habría inconveniente en dejar la vida cuando no es posible llevarla dignamente.


–A diferencia de la época medieval, hoy gracias al psicoanálisis se puede tratar a una persona con ideas suicidas...


–Sí, ciertamente. El psicoanálisis ha aportado un influjo considerable porque posibilita que emerjan una serie de fantasmas que uno, a veces, tiene en el inconsciente y que no sabe dominarlo. No es que uno piensa los fantasmas sino que el psicoanálisis permite una convivencia relativamente armónica con esos fantasmas que nos tienen arrojados.


–¿Cree en eso que figura en el imaginario colectivo de quien dice que quiere matarse no se mata o esto es un mito?


–No sé exactamente qué asidero científico puede tener esa reflexión pero hay casos de las dos formas. Hay quienes hacen intentos de suicidio como un llamado de atención y, en cambio, hay quienes hacen intentos de suicidio hasta que finalmente se suicidan por motu proprio. Pienso el caso de Sylvia Plath, la famosa poeta norteamericana que tuvo tres intentos de suicidio hasta que finalmente terminó ahogándose con gas. Todo eso lo narra, de alguna manera, prefiguradamente en la novela autobiográfica La campana de cristal. Su suicidio –que fue muy famoso por la trascendencia que tuvo y por el papel cultural que representaba su poesía–, habría sido algo extraño porque ella se suicidó con gas y horas después llegó una mucama que se iba a ocupar de los hijos con la idea de ocuparse de la casa y la encontró muerta. El problema es que ella había mandado una carta anunciando ese intento de suicidio y por error de la posta la carta llegó uno o dos días más tarde. Así que nunca terminaremos de saber a ciencia cierta si fue verdaderamente un suicidio provocado o fue un intento más de suicidio como los tres que ya había tenido. Un escritor muy famoso, Al Alvarez, escribió una obra de arte extraordinaria llamada El dios salvaje, que es un estudio muy profundo de Sylvia Plath.


–¿Por qué suele asociarse al artista con la locura y, en consecuencia, con la posibilidad de matarse?


–Es un muy viejo tema en Occidente. Existe una obra, durante muchos siglos atribuida a Aristóteles, que hoy se sabe que no es de Aristóteles pero sí de sus continuadores, los peripatéticos, que se llama Problémata, que en español sería “Los problemas”. Y al comienzo de la obra, el autor se pregunta por qué todos los hombres que han estado presos de melancolía han sido personas que han descollado en el campo de las artes. Después, deriva hacia el tema del suicidio porque se hablaba de los distintos humores: el melancólico, el flemático, el colérico, etcétera. Y el melancólico era el que estaba poseso por lo que los latinos tradujeron como “atrabilis”, es decir, la bilis negra. Se hablaba de que quienes tenían abundancia de la bilis negra, de cuya existencia nadie dudaba aunque nadie la había visto, tenían una propensión a la melancolía. Habría que distinguir: una cosa es el estado melancólico por el que pasamos todos en algún momento de pequeña depresión, por angustias, por un tormento y otra cosa es la melancolía como una patología profunda que, de un modo extremo, llevaría al suicidio.


–En esto de los artistas y la locura, Ernesto Sabato decía que la diferencia entre el artista y el loco es que el artista puede transitar por los caminos de la locura pero puede volver…

–Correcto, vuelve y el otro no. Ya que usted menciona el texto de los artistas que se suicidan, en el campo de la plástica me acuerdo del caso de Rothko y el Greco. Toda la obra de Rothko gira sobre el rojo pero paulatinamente el rojo deviene negro. Es el comienzo, la prefiguración de la muerte. El caso del Greco es muy famoso: un personaje tan anárquico, tan particular y tan brillante en muchos aspectos convocó a una reunión para su suicidio. Sus amigos pensaron que era otra broma sarcástica del Greco y efectivamente se suicidó a la hora y el lugar indicado. En el caso de la literatura me vienen a la mente el caso de Horacio Quiroga que se suicidó porque tenía una crisis depresiva y porque, además, Quiroga procedía de una familia de suicidas. Y también porque tenía una enfermedad terminal. El estaba internado en el antiguo Hospital de Clínicas, su fin era inminente, logró una salida muy transitoria para recorrer la ciudad y uno de sus compañeros le proveyó arsénico o cianuro y terminó su vida. Trascartón se dio la muerte también trágica de Leopoldo Lugones, que se suicidó con whisky con arsénico en el Paseo del Tigre. En Lugones se dieron varias situaciones: un fracaso en el orden de lo político ya que había girado de un anarquismo originario hacia un modelo totalitario; fue uno de los artífices de la revolución del 30 y uno de los que supuestamente habría escrito la famosa proclama. También sufrió un gran desengaño amoroso. El hijo de Lugones, cuando se enteró que el padre tenía una relación sentimental muy profunda con una jovencita advirtió al padre de la chica sobre la historia y le dijo: “Si usted no pone fin a esta historia dramática, mañana esto sale en los diarios”. Hablando en grosero fue una muy mala postura, innoble del hijo y, entonces, cuando Lugones tomó conciencia del desengaño político, del desengaño amoroso parece que optó por el suicidio. También está el caso de Alfonsina Storni, que se suicidó. Ella era amiga de Quiroga. La muerte de Quiroga la sumió en una gran depresión. Y en Alfonsina también se dieron varias causas: madre soltera en un momento en que eso era un pecado, y una enfermedad grave. Ella había estado protegida por Botana, que la había llevado unos días a la estancia Los Granados, pero ella en determinado momento decidió tirarse al mar. No poéticamente como se dice que penetró en las aguas sino que se sabe bien por la pericia judicial que subió hasta la escollera, llegó casi a la punta a unos doscientos metros y desde allí se arrojó. En la punta de la escollera quedó prendido uno de sus zapatos. El cuerpo flotaba y fue descubierto por dos obreros portuarios. Uno fue a dar aviso a la Policía y el otro que nadaba bien se arrojó al agua para traer el cuerpo.

–¿Cree que alguien puede matarse en pos de sus ideales como hacían algunos poetas románticos?


–Sí, por supuesto. Hay muchos que lo han hecho, pero yo creo que siempre hay un estado depresivo previo que lleva a esa especie de enajenación. Recuerdo en el caso de Argentina a la joven Delfina Tiscornia, que creo que tenía treinta años, cuando dejó un poemario extraordinario y en él sobrevuela la idea de la muerte buscada. Es un poemario desgarrador.

–Los dadaístas creían en el acto de la muerte como espectáculo como, por ejemplo, Jacques Rigaut, quien consideraba al suicidio como una vocación.


–Sí, dentro de los surrealistas hay una gama muy variada de ver el suicidio como espectáculo, pero tal vez no se pueda generalizar porque en cada uno de ellos hay opiniones y actitudes diferentes que los han llevado a cometer ese acto.


–¿Dostoievski provocaba el suicidio de algunos personajes de sus novelas porque su religión le impedía matarse?


–Claro, Dostoievski era ortodoxo. Así que él, de algún modo, defendía la vida, pero si uno ve la novelística de Dostoievski, incluso sus cuentos, hay muchos personajes que se suicidan. Se habla del suicidio lógico, en el sentido de que quien no tiene la posibilidad de sobrellevar una vida dignamente no le cabe más remedio que el suicidio. Entre los primeros cuentos de Dostoievski, hay dos muy transitados por los lectores donde los personajes se suicidan.


–¿La muerte en la ficción puede presagiar la muerte en la realidad tal como se menciona el caso de Virginia Woolf?


–Sí, evidentemente hay escritores que en su obra uno advierte que, paulatinamente, hay un camino al suicidio que, a veces llegan a cometerlo y, a veces, no, pero está como prefigurado. Se pueden plantear algunos casos. Por ejemplo, el poeta Heinrich Wilhelm von Kleist que en su obra se advierten datos suicidas y él se suicidó. Además, tuvo un suicidio espectacular porque no lo hizo por su amada sino con su amada. Luego de haber tenido una noche orgiástica de pleno goce ambos se dieron mutuamente la muerte. El le pegó un tiro y luego él se mató, con consentimiento de la pareja. Un pacto suicida. Ocurrió más tarde con el caso del famoso novelista Stefan Zweig: se mató con su mujer, su segunda esposa en la ciudad de Petrópolis. Se dieron varias causas: él tuvo que huir de Europa a causa del nazismo, se había refugiado en Petrópolis, después de una pequeña estancia en Gran Bretaña. Estando en Petrópolis llegó a recibir tristes informes de que la persecución nazi llegaría a Latinoamérica, así que desesperado por esa causa y por la enfermedad de su mujer decidieron darse la muerte.


–¿Cómo surgió el interés de Albert Camus por abordar el tema del suicidio?


–Camus era un vitalista, estaba contra el suicidio. Decía que aun cuando uno no sepa lo que es la vida (porque en el fondo la vida es misterio) tiene la obligación de asumirla y de vivirla perpetuamente. Es por ejemplo lo que se ve en el mito de Sísifo, que acepta el castigo no porque sea una imposición sino porque por su propia voluntad debía asumirlo.

–Otro autor que trabajó el tema del suicidio fue el argentino Antonio di Benedetto…


–Sí, este famoso novelista mendocino cuyo padre se suicidó cuando él tenía alrededor de catorce años, tenía una huella suicida. Es autor de la obra Los suicidas, donde naturalmente elucubra sobre este tema. También sucedió con Quiroga y Lugones. Margaux Hemingway escribió la biografía de su abuela y contó siete suicidios en su familia. Parece ser que fuera como una huella. No digo que haya un gen suicida, pero hay un condicionamiento sociocultural familiar que puede predisponerlo.