¡Qué película que estamos viendo en la vida real!
  • A menudo escuchamos que lo que estamos pasando ahora es un caso de la vida real de lo que estábamos acostumbrados a ver en las distopías de Hollywood. Entonces ¿qué tipo de películas estamos viendo ahora en la vida real?

Cuando recibí el mensaje de muchos amigos estadounidenses de que las tiendas de armas vendieron todas sus existencias hasta más rápido que las farmacias, traté de imaginar el razonamiento de los compradores: probablemente se imaginaban a sí mismos como un grupo de personas aisladas de forma segura en su casa bien abastecida y defendiéndose con sus armas de una multitud infectada y hambrienta, como en las películas sobre el ataque de los muertos vivientes. (También se puede imaginar una versión menos caótica de este escenario: las élites sobrevivirán en sus áreas apartadas, como en el 2012 de Roland Emmerich donde un par de mil seleccionados sobreviven, con un precio de admisión de mil millones de dólares por persona).

Otro escenario en la misma línea catastrófica vino a mi mente cuando leí la siguiente noticia: “Se insta a los estados que tienen pena de muerte a liberar medicamentos almacenados para pacientes con Covid-19. Los principales expertos en salud firman una carta que dice que los medicamentos utilizados en inyecciones letales 'podrían salvar la vida de cientos'". Inmediatamente entendí que el punto es aliviar el dolor de los pacientes, no matarlos; pero por una fracción de segundo, recuerdo la distópica película "Cuando nos alcance el mañana", de 1973, que tiene lugar en una tierra superpoblada, post-apocalíptica, donde los viejos disgustados con la vida en un mundo tan degradado tienen la opción de "regresar al hogar de Dios ". En una clínica del gobierno, se sientan cómodamente y mientras observan escenas de naturaleza prístina, se les duerme de manera gradual e indolora... Cuando algunos conservadores estadounidenses propusieron que se sacrificara la vida de los mayores de 70 años para salvar la economía y el estilo de vida americano ¿la opción presentada en la película no sería una forma "humana" de hacerlo?

Pero todavía no estamos a eso. Cuando el coronavirus comenzó a extenderse, la idea predominante fue que se trataba de una breve pesadilla que pasará con el clima cada vez más cálido de la primavera: la película era la de un breve ataque (terremoto, tornado) cuya función es hacernos apreciar en qué sociedad tan agradable vivimos. (Una subespecie de esta versión es la historia de los científicos que salvan a la humanidad en el último minuto al inventar la cura (vacuna) exitosa contra un contagio, la esperanza secreta de la mayoría de nosotros hoy).

Ahora que nos vemos obligados a admitir que las epidemias permanecerán con nosotros por algún tiempo, al menos, y cambiarán profundamente toda nuestra vida, está surgiendo otro escenario de película aquí y allá: una utopía enmascarada como distopía. Recordemos El cartero, de Kevin Costner, un mega-fracaso posapocalíptico de 1997 ambientado en 2013, quince años después de que un evento apocalíptico no especificado dejó un gran impacto en la civilización humana y borró la mayoría de la tecnología. Sigue la historia de un vagabundo nómada sin nombre que tropieza con el uniforme de un antiguo cartero del Servicio Postal de los Estados Unidos y comienza a distribuir cartas entre aldeas dispersas, pretendiendo actuar en nombre de los "Estados Unidos de América Restaurados"; otros comienzan a imitarlo y, gradualmente, a través de este juego, la red institucional básica de los Estados Unidos emerge nuevamente... La utopía que surge después del punto cero de destrucción apocalíptica es el mismo Estados Unidos que tenemos ahora, recién purificado de sus excesos posmodernos: una sociedad modesta en la que los valores básicos de nuestra vida se reafirman por completo.

Estos escenarios pasan por alto lo realmente extraño de las epidemias de coronavirus, su carácter no apocalíptico: no es ni un apocalipsis en el sentido habitual de la destrucción total de nuestro mundo, y mucho menos un apocalipsis en el sentido original de una revelación hasta ahora oculta. Sí, nuestro mundo se está desmoronando, pero este proceso de desmoronamiento simplemente continúa sin un final a la vista. 

Cuando aumenta el número de infectados y muertos, nuestros medios especulan cuán lejos del pico estamos, ¿ya estamos allí, o será en una o dos semanas? Todos asistimos ansiosamente al pico de las epidemias, como si este pico fuera seguido por un regreso gradual a la normalidad, pero la crisis simplemente se prolonga. Tal vez, deberíamos reunir el coraje y aceptar que permaneceremos en un mundo viral amenazado por epidemias y disturbios ambientales. Tal vez, incluso si se descubre la vacuna contra el virus, seguiremos viviendo bajo la amenaza de otra epidemia o catástrofe ecológica. Ahora estamos despertando del sueño de que las epidemias se evaporarán con el calor del verano, y no hay un plan de salida claro a largo plazo: el único debate es cómo debilitar gradualmente las medidas de cuarentena. Cuando eventualmente las epidemias retrocedan, estaremos demasiado cansados y exhaustos para sentirnos complacidos, ¿qué escenario implica esto? Las siguientes líneas aparecieron a principios de abril en un gran diario británico, describiendo una posible historia:

“Las reformas radicales, que revierten la dirección política prevaleciente de las últimas cuatro décadas, tendrán que ponerse sobre la mesa. Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deben ver los servicios públicos como inversiones en lugar de pérdidas, y buscar formas de hacer que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución volverá a estar en la agenda; los privilegios de los ancianos y ricos en cuestión. Las políticas hasta hace poco consideradas excéntricas, como los impuestos básicos sobre la renta y la riqueza, tendrán que estar en la agenda.

¿Es esto una repetición del manifiesto laborista británico? No, es un pasaje de un editorial del Financial Times. En la misma línea, Bill Gates pide un "enfoque global" para combatir la enfermedad y advierte que, si se deja que el virus se propague a través de las naciones en desarrollo sin obstáculos, se recuperará y golpeará a las naciones más ricas en oleadas posteriores. “Incluso si las naciones ricas logran frenar la enfermedad en los próximos meses, la covid-19 podría regresar si la pandemia sigue siendo lo suficientemente grave en otros lugares. Es probable que solo sea cuestión de tiempo antes de que una parte del planeta vuelva a infectar a otra. Creo firmemente en el capitalismo, pero algunos mercados simplemente no funcionan correctamente en una pandemia, y el mercado de suministros para salvar vidas es un ejemplo obvio".

Por agradables que sean, estas predicciones y propuestas son demasiado modestas: se exigirá mucho más. En cierto nivel básico, simplemente deberíamos pasar por alto la lógica de la rentabilidad y comenzar a pensar en términos de la capacidad de una sociedad de movilizar sus recursos para continuar funcionando. Tenemos suficientes recursos, la tarea es asignarlos directamente, fuera de la lógica del mercado. Cuidado de la salud, ecología global, producción y distribución de alimentos, suministro de agua y electricidad, buen funcionamiento de internet y teléfonos: esto debería permanecer, todas las demás cosas son secundarias.

Lo que esto implica es también el deber y el derecho de un Estado de movilizar a las personas. Ahora tienen un problema (no solo) en Francia: es el momento de cosechar frutas y verduras de primavera, y generalmente miles de trabajadores de temporadas vienen de España y otros países para hacer el trabajo. Pero como ahora las fronteras están cerradas, ¿quién lo hará? Francia ya está buscando voluntarios para reemplazar a los trabajadores extranjeros, pero ¿qué pasa si no hay suficientes? Se necesita comida, entonces, ¿qué pasaría si la movilización directa fuera la única forma?

Como lo expresó Alenka Zupančič de una manera simple y clara, si reaccionar a las pandemias con total solidaridad puede causar un daño mayor que las pandemias en sí, ¿no es esto una indicación de que hay algo terriblemente equivocado en una sociedad y economía que no puede sostener tal solidaridad? ¿Por qué debería haber una elección entre solidaridad y economía? ¿Nuestra respuesta a esta alternativa no debería ser la misma que: café o té? ¡Sí por favor! No importa cómo llamemos al nuevo orden que necesitamos, comunismo o coinmunismo, como lo hace Peter Sloterdijk (una inmunidad colectiva organizada contra ataques virales), el punto es el mismo.

Esta realidad no seguirá ninguno de los guiones de películas ya imaginados, pero necesitamos desesperadamente nuevos guiones, nuevas historias que nos proporcionen a todos una especie de mapeo cognitivo, un sentido realista y al mismo tiempo no catastrófico de dónde deberíamos ir. Necesitamos un horizonte de esperanza, necesitamos un nuevo Hollywood pospandémico.

Slavoj Žižek, filósofo y crítico cultural, profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Sus últimas obras son Territorios inexplorados (Akal) y Porque no saben lo que hacen (Akal).

Tradución: Celita Doyhambéhère

Publicado enSociedad
Pacientes de coronavirus en un hospital temporal convertido en un centro deportivo en Wuhan durante el mes febrero Xiao Yijiu/AP

Un grupo de vecinos críticos en la capital donde empezó a propagarse el coronavirus intentan organizarse para pedir respuestas. O al menos una disculpa

A principios de enero, Hu Aizhen, de 65 años, oyó hablar de un coronavirus nuevo que comenzaba a circular por la ciudad en la que vive, Wuhan. No se preocupó, las autoridades decían que no era contagioso. Siguió con su vida y organizó su celebración del Año Nuevo lunar a finales de mes.

Poco antes de que el gobierno decidiera confinar la ciudad, Hu desarrolló síntomas de neumonía. Tras días esperando y buscando un hospital, logró que le hicieran una prueba. Dio negativo pero se sabía que las pruebas no eran del todo precisas y sus síntomas eran evidentes. Dio igual. En seis hospitales diferentes se negaron a tratarla.

Hu, que siempre ha disfrutado de buena salud, se quedó durante 10 días en casa. No podía comer ni beber y su salud empeoraba. Cuando notó que cruzaba una línea roja, su hijo intentó llevarla a un hospital de otro distrito pero la policía se lo impidió. Siguiendo las normas del confinamiento, no podía salir de su zona. Su hijo, desesperado, gritó a los policías: "¿Acaso no sois personas?".

Cuando logró que la admitieran en un hospital, el 8 de febrero, a duras penas respiraba. Un médico ordenó que repitieran la prueba pero era demasiado tarde. Ya sólo recuperaría la consciencia durante un momento, pidiéndole agua a su hijo. Después, falleció.

Ahora, su hijo ha presentado una demanda contra el gobierno local de Wuhan, al que acusa de haber ocultado la gravedad del virus, entre otras cosas. The Guardian ha tenido acceso a la demanda, preparada por Funeng, una ONG con sede en la ciudad de Changsha, capital de Huan.

No está solo. Forma pare de un pequeño pero ya relevante grupo de ciudadanos que pide respuestas –al menos una disculpa- de las autoridades que tardaron en semanas en avisar a la población de la amenaza de un virus que se ha cobrado al menos 4.500 vidas en China, según el recuento oficial de su Gobierno.

Otras personas que han optado por la misma vía son, por ejemplo, un funcionario que demanda a la administración provincial de Hubei o una madre que pide castigar a varios funcionarios por limitarse a mirar mientras su hija de 24 años moría, víctima del virus. Un hijo que después de lograr que su madre, desvaneciéndose, llegara a un hospital en las afueras de Wuhan e ingresara en cuidados intensivos, fue a casa a recoger algo y no tuvo ni tiempo de regresar a llevárselo. Recibió una llamada del hospital que le anunciaba la muerte de su madre.

"Nada de esto habría sucedido si nos hubieran avisado. No tendría que haber muerto tanta gente", afirma uno de los parientes de personas fallecidas implicadas en la demanda. "Quiero una respuesta. Quiero que los responsables sean castigados de acuerdo con la ley", exige otro.

Un resentimiento eclipsado por la propaganda

A medida que la infección se expandía por China, cuando se llegó a un pico de transmisión con miles de casos confirmados cada día, el enfado entre la ciudadanía alcanzó niveles no vistos en décadas y plantearon una amenaza real al Gobierno del Partido Comunista. En febrero, cuando falleció el doctor Li Wenliang, que había filtrado las primeras noticias sobre el virus, los censores ya no eran capaces de frenar la marea de protestas que se extendía por la red. Fue un momento que algunos compararon con la muerte de Hu Yaobang, que precipitaría el derramamiento de sangre de 1989 tras las protestas de la Plaza de Tiananmen.

Poco más de dos meses después, ese resentimiento es mucho menos visible. Historias como la de Hu Aizhen han sido sustituidas por relatos positivos, los de un país unido para vencer al virus, que envía al resto del mundo los suministros que necesita y se enfrenta a los ataques malintencionados de Estados Unidos y otros países empeñados en culpar a Pekín por el estallido de la Covid-19.

Shi, activista en defensa de los derechos humanos que vive en la provincia de Hubei, de la que Wuhan es capital, dice que "la gente se deja llevar por la propaganda con facilidad. Una vez mejoró la situación provocada por la epidemia y la maquinaria propagandística echó a andar, han cambiado las tornas. Ahora la gente dice que el fuerte liderazgo mostrado por el partido es positivo".

Cuando la normalidad, aún con cierta lentitud, ya se instala de vuelta, las autoridades vigilan estrechamente a aquellos que puedan albergar resentimiento. Zhang Hai, de 50 años, que perdió a su padre por el virus en febrero, formaba parte de un grupo en WeChat en el que participan más de 100 personas que perdieron familiares por el virus.

A finales de marzo les dijeron que podrían recoger los restos de sus seres queridos de las funerarias. No podían juntarse más de cinco personas al mismo tiempo y tenían que ir acompañados por un representante del gobierno local. Zhang se negó a ir. Poco después, el administrador del grupo recibió un aviso de la policía y alguien borró el grupo. Zhang, que pide una disculpa del Gobierno, dice que  hay "muchas familias muy enfadas" y "ahora todo el mundo trata de ser muy cuidadoso".

Tan Jun, funcionario en Yichang, en la misma provincia de Hubei, presentó una demanda este mismo mes acusando al Gobierno regional de ocultar el brote del virus. La policía publicó una copia en línea. Tan confirmó la demanda pero prefirió no conceder una entrevista. Otros habitantes de Wuhan aseguraron a The Guardian  que la policía local los había intimidado y obligado a prometer que no hablarían.

En un artículo publicado en varias cuentas de WeChat, Tan dijo:"Hay que depurar responsabilidades. Como habitante de Hubei, creo que es necesario dar la cara y pedir al gobierno de Hubei que asuma su responsabilidad". El artículo fue borrado posteriormente.

El Gobierno central desvía la atención

El Gobierno central ha sustituido a algunos funcionarios locales. Quienes conocen el régimen saben que se trata de una vieja táctica para desviar las culpa del Gobierno central. Pero algunos ciudadanos creen que no es suficiente.

Wu, una mujer de 49 años que afirma haber contraído el virus en enero y no haber sido diagnosticada hasta marzo, dice que "eso no es asunción de responsabilidades sino un mero lavado de cara". En el hospital vio gente morir. incluso en la cama de al lado. Acaba de saber que una compañera de clase que se infectó al mismo tiempo que ella acaba de fallecer.

"Cuando estaba en cama pensando que podía morir pronto, me dije: ¿Cómo ha sucedido esto?", recuerda Wu, que demanda al hospital por no confirmar que era paciente de coronavirus cuando recibió el alta. "El común de los ciudadanos tiene un acceso limitado a información real. Confiamos en el Gobierno. Creemos en lo que dice".

La disidencia se expande por otros métodos. Docenas de tenderos en un centro comercial de Wuhan se manifestaron este mismo mes exigiendo rebajas en sus alquileres tras meses de cierre forzado. En Yingcheng, una ciudad al oeste de Wuhan, los habitantes en confinamiento protestaron contra los precios de la comida impuestos por el Gobierno. Uno de los manifestante ha sido, aparentemente, detenido.

Xie Yanyi, abogado defensor de los derechos humanos en Pekín, cree que "la gente ha despertado. No me cabe duda". Xie ha pedido información al Gobierno sobre el origen del virus y las razones de los retrasos a la hora de informar a la ciudadanía del brote. "Puede que no sean tantos, pero la Historia nos muestra que hay una minoría capaz de cambiarla".

La mayor parte de los habitantes de Wuhan están más tranquilos porque parece que lo peor de la epidemia ha pasado y ven que ahora son otros los países que luchan por contenerla. Los trabajadores esperan en fila en el exterior de algunos edificios para que les tomen muestras de tejido de la garganta y asegurar que no están infectados antes de regresar al trabajo.

En Hankou, un barrio frente al río, una pareja se besa ante el espectáculo que ofrecen los rascacielos y sus mensajes luminosos. Muchos de los habitantes de la ciudad dicen que están agradecidos por lo que el Gobierno ha hecho.

En opinión de Yan Zhanqing, cofundador de Funeng, las posibilidades de casos como el de Hu sean aceptados a trámite y lleguen a juicio son pocas. Es más probable que quienes han presentado las demandas reciban presiones y sufran intimidación. En algunos casos concretos podría reconocerse indemnizaciones económicas, una forma de disculpa.

"Los casos sirven para poner algo de presión sobre el Gobierno y que cada vez más gente sea consciente de que tiene derechos y el Gobierno tiene responsabilidades" explica Yan. "Es también un modo de documentar la historia, de que más gente conozca la verdad y no sólo la versión oficial de lo sucedido en Wuhan".

 Por Lily Kuo - Wuhan (China)

20/04/2020 - 21:56h

Traducido por Alberto Arce

Publicado enInternacional
Martes, 21 Abril 2020 06:16

Releyendo La peste de Albert Camus

Releyendo La peste de Albert Camus

Algunos fragmentos a propósito de la pandemia actual

 ´´Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo´´. La frase del libro La Peste de Albert Camus, publicada en 1947, nos revela que la novela, en un gran porcentaje, es una radiografía de lo que estamos viviendo con la pandemia global actual, claro, guardando las proporciones, ya que la peste descrita por Camus transcurre solo en la ciudad de Orán, pero los sucesos que día a día y mes tras mes van ocurriendo, se asemejan en buena parte a ciertas situaciones que hoy por hoy estamos viviendo, tales como el encierro, el miedo, el pánico, el alejamiento de familias, de amigos, conocidos; la soledad citadina, el terror al contagio, el desbordamiento de los hospitales, la suspensión de los rituales funerarios, la injusticia, el desabastecimiento, la desidia administrativa, la soledad, el individualismo, y junto a todo esto, la solidaridad y el compromiso ético.

La gran novela de Camus, publicada a dos años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, es una reflexión sobre el absurdo de la existencia, el encierro y el exilio, la soledad, lo individual y lo colectivo, la muerte, la cotidianidad, la solidaridad, la amistad, el amor, cuando todos estos aspectos están bajo la amenaza de ser liquidados, destruidos.

Veamos algunos parajes de la novela que dan cuenta de ello:**

-- ´´Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados´´.

-- ´´Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. Y el cronista está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces, puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos de nuestros conciudadanos. Pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria´´.

-- ´´Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados, incapaces de reaccionar contra el recuerdo de esta presencia todavía tan próxima y ya tan lejana que ocupaba ahora nuestros días. De hecho sufríamos doblemente, primero por nuestro sufrimiento y además por el que imaginábamos en los ausentes, hijo, esposa o amante´´.

-- ´´En tales momentos de soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo con su preocupación. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos, la respuesta que recibía le hería casi siempre. Entonces se daba cuenta de que él y su interlocutor hablaban cada uno cosas distintas´´.

-- ´´Pues bien, lo que caracterizaba al principio nuestras ceremonias ¡era la rapidez! Todas las formalidades se habían simplificado y en general las pompas fúnebres se habían suprimido. Los enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios; los que morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin pérdida de momento. Se avisaba a la familia, por supuesto, pero, en la mayoría de los casos, ésta no podía desplazarse porque estaba en cuarentena si había tenido con ella al enfermo´´.

-- ´´Un cura recibía el cuerpo, pues los servicios fúnebres habían sido suprimidos en la iglesia. Se sacaba el féretro entre rezos, se le ponían las cuerdas, se le arrastraba y se le hacía deslizar: daba contra el fondo, el cura agitaba el hisopo y la primera tierra retumbaba en la tapa. La ambulancia había ya partido para someterse a la desinfección y, mientras las paletadas de tierra iban sonando cada vez más sordamente, la familia se amontonaba en el taxi. Un cuarto de hora después estaban en su casa.

Así, todo pasaba con el máximo de rapidez y el mínimo de peligro. Y, sin duda, por lo menos al principio, es evidente que el sentimiento natural de las familias quedaba lastimado. Pero, en tiempo de peste, esas son consideraciones que no es posible tener en cuenta: se había sacrificado todo a la eficacia´´.

- ´´El Doctor Rieux… sabía también que si las estadísticas seguían subiendo, ninguna organización, por excelente que fuese, podría resistir; sabía que los hombres acabarían por morir amontonados y por pudrirse en las calles, a pesar de la prefectura; y que la ciudad vería en las plazas públicas a los agonizantes agarrándose a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza. Este era el género de evidencia y de aprensiones que mantenía en nuestros conciudadanos´´.

 

Al ir desapareciendo la peste, las percepciones en Orán son ambiguas. Por un lado, la idea de que la plaga había liquidado toda noción de esperanza y de porvenir, dejando una sensación de derrota, cierta atmósfera apocalíptica y de escepticismo. Veamos algunas de ellas:

-- ´´Sin memoria y sin esperanza, vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes´´.

-- ´´Podemos decir, para terminar, que los separados ya no tenían aquel curioso privilegio que al principio los preservaba. Habían perdido el egoísmo del amor y el beneficio que conforta. Ahora, al menos, la situación estaba clara: la plaga alcanzaba a todo el mundo´´.

-- ´´Después de todo... -repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-, esta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?

-Sí -asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.

Rieux pareció ponerse sombrío.

-Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.

-No, no es una razón. Pero me imagino, entonces, lo que debe de ser esta peste para usted.

-Sí -dijo Rieux-, una interminable derrota´´.

-- ´´En verdad, era difícil saber si se trataba de una victoria, únicamente estaba uno obligado a comprobar que la enfermedad parecía irse por donde había venido. La estrategia que se le había opuesto no había cambiado: ayer ineficaz, hoy aparentemente afortunada. Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado´´.

-- ´´En unos, la peste había hecho arraigar un escepticismo profundo del que ya no podían deshacerse. La esperanza no podía prender en ellos. Y aunque el tiempo de la peste había pasado, ellos continuaban viviendo según sus normas. Estaban atrasados con respecto a los acontecimientos. En otros, y éstos se contaban principalmente entre los que habían vivido separados de los seres que querían, después de tanto tiempo de reclusión y abatimiento, el viento de la esperanza que se levantaba había encendido una fiebre y una impaciencia que les privaban del dominio de sí mismos. Les entraba una especie de pánico al pensar que podían morir, ya tan cerca del final, sin ver al ser que querían y sin que su largo sufrimiento fuese recompensado´´.

-- ´´ Ya en aquella época había pensado en ese silencio que se cierne sobre los lechos donde mueren los hombres. En todas partes la misma pausa, el mismo intervalo solemne, siempre el mismo aplacamiento que sigue a los combates: era el silencio de la derrota´´.

 

Por otro lado, la idea de haberle ganado la batalla a la peste hace que sus habitantes salgan a festejarlo a las calles, retornando lentamente a las condiciones de una cotidianidad no avasallada, libre al fin del miedo y de la muerte:

-- ´´ Las puertas de la ciudad se abrieron por fin al amanecer de una hermosa mañana de febrero, saludadas por el pueblo, los periódicos, la radio y los comunicados de la prefectura. Le queda aún al cronista por relatar las horas de alegría que siguieron a la apertura de las puertas, aunque él fuese de los que no podían mezclarse enteramente a ella.

Se habían organizado grandes festejos para el día y para la noche. Al mismo tiempo, los trenes empezaron a humear en la estación, los barcos ponían ya la proa a nuestro puerto, demostrando así que ese día era, para los que gemían por la separación, el día del gran encuentro.

Se imaginará fácilmente lo que pudo llegar a ser el sentimiento de la separación que había dominado a tantos de nuestros conciudadanos´´.

-- ´´Al mediodía, el sol, triunfando de las ráfagas frías que pugnaban en el aire desde la mañana, vertía sobre la ciudad las ondas ininterrumpidas de una luz inmóvil. El día estaba en suspenso. Los cañones de los fuertes, en lo alto de las colinas, tronaban sin interrupción contra el cielo fijo. Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado.

Se bailaba en todas las plazas. De la noche a la mañana el tránsito había aumentado considerablemente y los automóviles, multiplicados de pronto, circulaban por las calles invadidas. Todas las campanas de la ciudad, echadas a vuelo, sonaron durante la tarde, llenando con sus vibraciones un cielo azul y dorado. En las iglesias había oficios en acción de gracias. Y al mismo tiempo, todos los lugares de placer estaban llenos hasta reventar, y los cafés, sin preocuparse del porvenir, distribuían el último alcohol. Ante sus mostradores se estrujaba una multitud de gentes, todas igualmente excitadas, y entre ellas numerosas parejas enlazadas que no temían ofrecerse en espectáculo. Todos gritaban o reían. Las provisiones de vida que habían hecho durante esos meses en que cada uno había tenido su alma en vela, las gastaban en este día que era como el día de su supervivencia. Al día siguiente empezaría la vida tal como es, con sus preocupaciones. Por el momento, las gentes de orígenes más diversos se codeaban y fraternizaban.

La igualdad que la presencia de la muerte no había realizado de hecho, la alegría de la liberación la establecía, al menos por unas horas´´.

Todo esto da a los habitantes de Orán conciencia de que la peste había pasado dejando a su paso luto, encierros, punzantes recuerdos, muerte, dolor, soledades, y con ello también la idea de renacer de las cenizas, como un ave Fénix de los escombros:

-- ´´Entre la luz suave y límpida que descendía sobre la ciudad se elevaban los antiguos olores a carne asada y a anís. A su alrededor, caras radiantes se volvían hacia el cielo. Hombres y mujeres se estrechaban unos a otros, con el rostro encendido, con todo el arrebato y el grito del deseo. Sí, la peste y el terror habían terminado y aquellos brazos que se anudaban estaban demostrando que la peste había sido exilio y separación en el más profundo sentido de la palabra´´.

-- ´´Sí, todos habían sufrido juntos, tanto en la carne como en el alma, de una ociosidad difícil, de un exilio sin remedio y de una sed jamás satisfecha. Entre los amontonamientos de cadáveres, los timbres de las ambulancias, las advertencias de eso que se ha dado en llamar destino, el pataleo inútil y obstinado del miedo y la rebeldía del corazón, un profundo rumor había recorrido a esos seres consternados, manteniéndolos alerta, persuadiéndolos de que tenían que encontrar su verdadera patria. Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas, en el mar, en los países libres y en el peso vital del amor. Y hacia aquella patria, hacia la felicidad era hacia donde querían volver, apartándose con asco de todo lo demás´´.

El doctor Rieux, cronista y narrador, da cuenta de lo que la peste ha generado en Orán. Sabe que muchas emociones contradictorias han surgido de esta tragedia, como fatales individualismos y egoísmos, pero también una desinteresada solidaridad y entrega:

-- ´´Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos´´.

-- ´´En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva´´.

Y sin embargo, con la lucidez que poseen los escépticos, aquellos que siempre sospechan y dudan, el doctor Rieux entendía que esa alegría, que se manifestaba en la ciudad por el fin de la peste, estaba siempre amenazada, por lo que el último párrafo de la novela nos lanza a la incertidumbre, rasga el velo de una ficticia alegría y de una vana esperanza, nos da conciencia del absurdo, de la fatalidad que tras nuestros gozos se oculta, y que nunca desaparece. Entonces leemos:

-- ´´Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que estamuchedumbre esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa´´.

 

Por Carlos Fajardo Fajardo, poeta y ensayista colombiano.

** Todos los fragmentos han sido tomados de la traducción de Franky Richard.

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Naomar Almeida Filho: "Una pandemia desafía la manera en que las sociedades se organizan”

El reconocido especialista en salud colectiva analiza el manejo en Brasil, el papel de la ciencia y las estrategias en distintos países. La función del Estado y el sistema

"Bolsonaro insiste en negar la pandemia. Ha dicho varias veces que covid-19 es una gripezinha. Alienta a la gente a romper el distanciamiento social; tiene actitudes irracionales", dice Naomar Almeida Filho, doctor en epidemiología, profesor titular del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Federal de Bahía (UFBA), y titular de la cátedra de Educación en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de San Pablo. Rector de la Universidad Federal de Bahía (2002-2010) y de la Universidad Federal del Sur de Bahía (2013-2017), el foco de su actividad científica es la epidemiología social en salud mental.

--¿Cuál es la situación en Brasil por estas horas?

--Estamos con un aumento rápido de nuevos casos y una gran cantidad de muertes. Tenemos casi 40 mil casos confirmados y más de 2 mil fallecidos. El virus llegó al país por los sectores medios y altos, pero comenzó a propagarse a través de segmentos sociales pobres. Tomamos un gran riesgo y realmente puede ocurrir una gran tragedia. El control de una pandemia requiere unión, coordinación y organización. Se necesita liderazgo y coordinación, todo lo contrario a lo que vemos en este momento en Brasil. Estamos en una situación de caos y descoordinación nacional que puede ser fatal. Lo peor es tomar decisiones arbitrarias que pueden provocar resultados peores.

--El presidente Jair Bolsonaro despidió al hasta unos días ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, por sus diferencias sobre cómo afrontar la crisis sanitaria. El exfuncionario era partidario de adoptar medidas tales como el confinamiento total de la población, algo que Bolsonaro rechaza para no dañar la economía. ¿Cómo responde la sociedad?

--El exministro Mandetta no era nada excepcional; un médico, conservador y populista como el presidente, su jefe. El exministro quería solamente seguir los principios científicos y las directrices técnicas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la agencia Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades​ (CDC, por sus siglas en inglés), y de la Fundación Fiocruz. Y por eso muy rápidamente se convirtió en un fenómeno de popularidad. Eso dice el presidente muy celoso. Pero Bolsonaro se comporta como un genocida, tomando actitudes irracionales, al borde de la locura. Ya era un notorio negacionista sobre cuestiones de urgencia climática y ahora insiste en negar la pandemia. Ha dicho varias veces que covid-19 es una gripezinha. Alienta a la gente a romper el distanciamiento social. Tanto él como sus ministros son políticos desprevenidos e irresponsables. Todo el tiempo se someten, y nos someten, al ridículo. Bolsonaro lo tiene a Trump de modelo; seguramente lo considere una autoridad mundial en farmacología porque defiende todo el tiempo ampliar el uso de cloroquina. Trump dejó de hablar de ello, pero Bolsonaro continúa con esta idea fija. Su ministro de Ciencia y Tecnología, el exastronauta Marcos Pontes, acaba de anunciar que una vermífuga para animales puede ser la cura milagrosa de la enfermedad.

--¿Qué opinión le merece la estrategia implementada por Argentina para controlar la pandemia?

--Sé que Argentina inició pronto una especie de cuarentena ajustada a su contexto y la ha mantenido firmemente, a pesar de las dificultades políticas derivadas de esta decisión. Conozco poco sobre los detalles, pero parece que las estrictas medidas de distanciamiento social una vez más dan resultados. Con 2.9 muertes por millón de habitantes, Argentina tiene la menor mortalidad entre todos los países populosos de las Américas. Brasil tiene 11 por millón, Perú 10.5 y Chile 6.6, todavía mucho menos que Estados Unidos, 117 por millón, Inglaterra, 228 por millón, y España, 429 por millón.

--¿Qué explica que las opiniones y las medidas acerca de cómo abordar esta situación varíen tanto?

--Consideremos una pandemia como un huracán, que tiene una singularidad y que se puede comprender en dimensiones, niveles y miradas distintas. La pandemia no se agota en la biología o en clínica, es algo que trasciende todo esto, porque hace social algo que en su base, en su origen, tiene una fundamentación atómica, molecular, química. De ahí que la epidemiología, que es un campo intermedio entre lo social y lo biológico, sea muy útil para tener una idea de integración más compleja de fenómenos como éste. El fenómeno de la pandemia es también un hecho político. En ciertos contextos, la salud es un deber del agente del Estado, un derecho de las personas; en otros sistemas políticos, la salud es un servicio o un bien que puede ser comprado en un mercado. De alguna manera la pandemia subvierte esa organización del Estado o del mercado respecto a los temas de la supervivencia de los seres. Una pandemia es una enfermedad que de alguna manera desafía la manera en que las sociedades se organizan y resulta una amenaza a los sistemas nacionales y supranacionales sobre cómo lidiar con problemas de esa naturaleza. Ahí se convoca a las ciencias para decir o producir una verdad. Las ciencias involucran una especie de lucha de narrativas sobre lo que es verdadero y lo que no lo es.

--En momentos así queda claro el papel fundamental de la ciencia, una evidencia que algunos aún ponen en duda.

--Creo que sí, de hecho hay muchos signos de eso en este momento de pandemia. La ciencia es una institución supranacional global constituida por bloques de pensamiento y práctica que son las ciencias, en plural. Y esas ciencias son concretamente redes de sujetos que tienen su formación y su práctica muy internalizadas y con aparatos propios de validación de sus proposiciones. Las ciencias son comunidades internacionales, hay producción de ciencia interna en los países, pero las redes de validación son internaciones. En momentos como el actual hay toda una demanda sobre el aparato global de producción científica. Al mismo tiempo, se interpela a todos los científicos que tienen algo que decir sobre la pandemia: neumonólogos, infectólogos, epidemiólogos, incluso se interpela a la economía para que produzca narrativas. Los científicos pasan a ocuparse de una manera febril de la reconstrucción y ampliación de redes de comunicación entre ellos. Es muy interesante ver cómo se activan estas redes cuando hay un fenómeno como esta pandemia.

--Llama la atención tanta divergencia de opiniones, incluso tantas diferencias entre la OMS y expertos de otros círculos…

--En estos dos meses ya hay más de 2600 trabajos científicos publicados sobre la pandemia y el coronavirus; una especie de récord mundial. Es imposible estimar la cantidad de científicos que trabajan el tema. Hay muchas medidas que los investigadores hoy señalamos como eficaces y que a los dos días señalamos con una evidencia contraria. Pasó con el uso de máscaras, muy recomendable en función de las evidencias hoy. Para nosotros eso es lo más esperado de la investigación científica y eso es la fuerza de la ciencia, que es exactamente la capacidad de ajustar sus procesos de producción de conocimiento a realidades que cambian. Hay gente que lo interpreta como un factor de desacreditación. Para la divulgación científica es muy importante la construcción de una fuente más abierta entre los profesionales de comunicación y la gente que está trabajando en la producción de conocimiento, porque muchas veces una simple hipótesis se transforma en una fuerte expectativa de una demanda social y económica.

--Está claro el rechazo de Bolsonaro hacia la ciencia…

--Sí, es así. En Brasil tenemos un gobierno federal que tiene una posición claramente anticientífica y eso le impone una contradicción en este momento de la pandemia. Y es que ahora es necesario llamar a los científicos para la producción de respuestas o por lo menos para la orientación sobre qué hacer en esta situación. Pero eso ocurre después de tres o cuatro años con una absoluta desfinanciación del sistema de producción del conocimiento. Se impone de este modo una especie de contradicción: el gobierno se divide entre los que dicen que es imprescindible confiar en la ciencia y los que dicen que no es necesario creer en la ciencia, o peor, que es mejor confiar en los dioses, santos y libros sagrados. Una fracción muy importante del gobierno está llevando adelante una campaña nacional de desacreditación de la ciencia.

--Se habla de cuarentena y aislamiento social o físico. ¿Cuál es la diferencia entre estos términos?

--Aislamiento social es un término que no existía y, rigurosamente, no existe en epidemiología. Aislamiento físico de sujetos infectados y contaminantes es una estrategia que es parte de la cuarentena. El término técnico es distanciamiento social, un concepto oriundo de la teoría matemática de los grafos o teoría de redes complejas, tomado como una medida de contención o mitigación de la epidemia. El aislamiento de personas en general, no solamente los enfermos, o la reducción drástica de movilidad de todos o de grupos seleccionados, es diferente a la cuarentena que hizo China. El distanciamiento social es una manera de reducir pero no de suprimir la transmisión de la infección; es una medida que suele implementarse en países democráticos y con una tradición de movilidad de la gente y de respeto a la individualidad. Hay toda una discusión sobre lo que es más o menos efectivo. A mi juicio, desde un punto de vista epidemiológico, será muy difícil evaluar la eficacia o efectividad de medidas como éstas, que son medidas de intervención social, por lo menos de evaluarlas de la misma manera que las intervenciones intracorporales o farmacológicas, es decir, con fármacos o maniobras de prevención individual.

--¿Desde la epidemiología, cuál es el momento óptimo para terminar con una cuarentena?

--Desde la epidemiología la respuesta es que para salir de la cuarentena se necesitan más datos. No sabemos muchas cosas en nuestras sociedades sobre el comportamiento del virus en poblaciones que tienen un sistema inmunológico totalmente distinto a otras. De hecho, las situaciones no se pueden transcribir. Primero, necesitamos producir nuestros propios datos sobre la distribución poblacional. Segundo, necesitamos un sistema de tests rápidos y de una manera amplia, no a toda la población, pero sí en los sitios donde la epidemia haya avanzado más. Como decía recién, técnicamente, una reducción de contacto social y una cuarentena no son lo mismo. Lo que tenemos como evidencia es lo que pasó en Italia, donde se hizo una disminución radical de movilidad social y eso permitió que la epidemia llegara a algunos sitios con una intensidad más baja y con una distribución de los casos en el tiempo; fue ahí que se empezó a hablar de aplanamiento de la curva. Esa estrategia no evita el contagio, pero permite una distribución más larga en el tiempo y evita curvas epidémicas abruptas. La primera evidencia de cierta eficacia en esa manera de respuesta social fue la observación de la epidemia en los sitios internos, en pequeños pueblos de Italia.

--¿Qué observaron ahí?

--Ahí vimos lo que llamamos "modelados", esto es, modelos de predicción de las epidemias. En este momento, el más conocido de estos modelos es el del Imperial College de Londres. Según este modelo, la estrategia de dejar pasar la epidemia en la sociedad para crear alguna inmunidad natural es muy peligrosa por la sobrecarga que puede causar en los sistemas de salud. Algunos países que empezaron a lidiar con la protección de la pandemia con una estrategia de reacción natural en el intento de crear la inmunidad de manera espontánea ahora están adoptando distintos modos de producir un aislamiento social. El último país que se resistió a eso fue la meca del capitalismo mundial, Estados Unidos. Por todo lo que hemos visto fue una decisión terrible. Salir de la cuarentena o flexibilizar el aislamiento depende por lo tanto de muchas respuestas y condiciones.

--En el mundo la situación se complejiza aún más por los efectos colaterales, tanto sociales como económicos.

--Lamentablemente, sí. Como conjunto de evidencias más macro nacionales se está empezando hablar incluso de la posibilidad de que algunos países, como Estados Unidos y los nuestros, tengan un sistema de apertura y cierre, una especie de pulsación de la movilidad social hasta el punto en que puedan aminorarse los efectos económicos. Es decir, cierta graduación de la transmisibilidad para que no se abra al mismo tiempo todo el país ni se cierre al mismo tiempo todo el país. En gran parte del mundo es cierto que flexibilizar la cuarentena, o no flexibilizarla, responde más a cuestiones económicas que a preservar la salud. Ahí hay una cuestión política: cuál es la naturaleza del Estado de cada una de esas naciones. Si es un Estado con responsabilidad social sobre los ciudadanos entonces va a tomar decisiones que pueden tener un efecto sobre la economía pero cuya prioridad va a seguir siendo la salud, y habrá otros Estados en los que el mercado y la economía van a prevalecer sobre las decisiones políticas. Claramente, el sacrificio de vidas humanas y de sufrimiento en Estados como esos será mucho más alto que las repercusiones económicas. El punto es el liderazgo nacional para coordinar las medidas y la naturaleza de las mismas. Nuestro miedo ahora es una norteamericanización de la pandemia entre nosotros.

--¿En qué sentido "una norteamericanización de la pandemia"?

-- En el sentido de una pérdida del control de la pandemia, hasta el punto de agotar los recursos hospitalarios y humanos, como lo que pasa en Nueva York, por ejemplo.

--¿Cambiará algo a partir del coronavirus?

--Creo que hay dos cosas que van a cambiar a partir de la pandemia. Por un lado, se va a dar una recuperación de la noción del Estado como dimensión de la historia, en tanto instrumento al servicio de los seres humanos para que tengan una capacidad de supervivencia mayor. Esto incluye fortalecer la noción de que la salud es un derecho de las personas y un deber del Estado, con la expansión de sistemas de salud pública en muchos países, con cobertura universal y calidad con equidad. Por otro lado, creo que esos Estados, que después de la Segunda Guerra Mundial se organizaron en esa red supranacional que son las Naciones Unidas, y que en las últimas décadas empezaran a cuestionar fuertemente su utilidad, ahora van a comenzar a reconocer el valor de la Organización Mundial de la Salud y sus ramas. La pandemia demuestra la necesidad de una gobernanza internacional más amplia, en especial, en temas como salud, educación y supervivencia planetaria. Hay muchos filósofos que han escrito docenas de libros sobre el mundo pospandemia, algunos con visiones utópicas, con la esperanza de que ahora el individualismo, amenazado por el sentimiento de finitud y vulnerabilidad, daría paso a una sociedad más solidaria y justa. No soy tan optimista, al menos en el horizonte temporal más cercano.

público de salud.

Por Bárbara Schijman

  Un cartel de la Región de Lombardía, en homenaje a los sanitarios, expuesto en la fachada del hospital Papa Giovanni XXIII de Bérgamo. RTVE

Quizá haya todavía espacio para salir de la pandemia y perseguir una utopía: redescubrir que la productividad y las cuentas corrientes valen menos que las personas, que extender los derechos significa salvarnos a todos

 

Ha ocurrido en Italia: la región considerada más potente, más eficiente y más rica ha resultado ser la peor preparada para afrontar la pandemia, y sus gobernantes han tomado decisiones por las cuales serán llamados a responder muy pronto. En el sistema italiano, las regiones tienen competencias exclusivas en materia sanitaria, y la región de Lombardía es líder, tanto por su riqueza como por la unión entre lo público y lo privado creada por los gobiernos de centro derecha, que han ocupado el poder sin interrupción en las últimas dos décadas.  

Lombardía es el territorio de Silvio Berlusconi, y la región era el feudo de Roberto Formigoni, condenado en firme a 5 años y 10 meses de cárcel por graves episodios de corrupción, referidos precisamente a la relación entre el poder regional y la sanidad privada. Pero, hasta hace un mes, se creía que la corrupción era solo un accidente en el camino. No es el caso.

Desde mi posición como estudioso de la dinámica criminal, y en particular del poder de las mafias, he observado a lo largo de los años que para una persona del norte del país es más aceptable pensar que lo podrido viene “de fuera”. Sin embargo, hace solo diez años, tras haber dicho en un programa de televisión lo que era obvio para todos los expertos, a saber, que la Camorra napolitana y la 'Ndrangheta de Calabria, siguiendo los pasos de la mafia siciliana, que lo hizo ya en la década de los 70, se habían infiltrado en la economía legal del norte, recibí tantos ataques que fui obligado a introducir un monólogo del entonces ministro del Interior, Roberto Maroni, en el siguiente programa –Maroni, predecesor de Matteo Salvini al timón de la Liga Norte, está ahora fuera de la política debido a vicisitudes judiciales. 

Poco después llegaron las primeras condenas, y hoy es un hecho conocido que en muchas partes del norte las mafias son los amos. Les cuento lo que sé, lo que sucede. Pero con una premisa necesaria: no hay un sistema de salud en el mundo que haya demostrado ser capaz de lidiar con la emergencia del coronavirus con prontitud, excepto, tal vez, por los datos que conocemos hoy, el de Corea del Sur. Puede parecer paradójico, pero el punto débil de Lombardía es su dinamismo económico y el enorme volumen de intercambios y relaciones con países extranjeros y, en particular, con China. 

En los valles de Bérgamo destruidos por el virus (algunos ya hablan de toda una generación suprimida) hay una miríada (miles) de pequeñas empresas, a menudo con menos de diez empleados, que, sin embargo, representan una excelencia que hace de esos distritos industriales una verdadera locomotora, no solo para la región de Lombardía. Sin embargo, en un momento concreto, mientras los medios hablaban de las decisiones dramáticas que debían tomar los médicos de cuidados intensivos, a quién intubar y a quién dejar morir, se tomaron otras decisiones, y el tema de la disputa fue: ¿cerrar las producciones, con el riesgo de un colapso económico, o mantener todo lo posible abierto, sacrificando vidas humanas? No es preciso decir que no ha habido un debate público sobre el tema, faltaría más. 

Lo grave es que la Región de Lombardía y el gobierno central se han estado pasando durante muchas semanas la patata caliente de la decisión de cerrar todo. Hoy sabemos que, durante ese paréntesis, al no confinar a trabajadores que eran necesarios en las cadenas de montaje y que, especialmente en el caso de las pequeñas empresas, tenían y tienen que decidir entre la vida y el trabajo, se favoreció una propagación masiva del contagio que, más allá de la parcialidad de los datos, ha dado como resultado una mortalidad, en términos absolutos, aterradora.  

Hoy, esta realidad ha salido a la luz en toda su gravedad, devolviendo la imagen de un territorio en el que las clases dominantes han decidido desde su despacho “no parar”, probablemente anticipando la masacre, o quizá encomendándose al azar.  

Lo que se va sabiendo sobre los retrasos en la organización de la zona roja en los municipios de Alzano y Nembro, en el área de Bérgamo, y sobre los ingresados en las residencias de ancianos, genera preguntas inquietantes que no pueden dejar de estar conectadas con una tasa de letalidad del virus que, en esas áreas, es muy alta y se cobra cientos de víctimas todos los días. Debido a la crisis lombarda, algunos países están pidiendo una transferencia de la gestión de la salud desde las regiones al gobierno central. 

De alguna manera, es natural pensar que lo que sucedió, las “indecisiones”, el “riesgo”, han sido fruto de una dependencia excesiva del poder político regional respecto al poder económico-productivo. Y ahora que las cosas han ido muy mal, el peligro real es que quienes han decidido estas “estrategias” criminales puedan tener interés en ocultar sus responsabilidades. 

La tasa de letalidad del virus en Lombardía es principalmente resultado de las decisiones erráticas tomadas por una clase dominante mediocre que debería ser inmediatamente cesada si no estuviera en curso una emergencia dramática. Pero aunque las sirenas de las ambulancias de hoy todavía cubren las voces de los familiares de las personas a las que se dejó morir debido a una serie de errores que han agravado el efecto disruptivo de la infección, pronto será el momento de juzgar a quienes no han hecho sus deberes.

El caso lombardo adquiere una connotación aún más oscura si se compara con el de la región vecina, Véneto, que, a pesar de tener mucha menos población (aproximadamente la mitad), pero caracterizada por un similar nivel económico, enfrentó la crisis de una manera completamente diferente y, hasta la fecha, más efectiva. 

Hasta donde sabemos, entre Lombardía y Véneto (ambos gobernados por la Liga) hay una diferencia en el enfoque de la epidemia que es cuantificable en la cantidad de personas que han perdido la vida: 10.000 en Lombardía contra menos de 1.000 en Véneto, y con un número casi idéntico de pruebas realizadas (casi 170.000). 

Véneto, a diferencia de Lombardía, se ha centrado en gran medida en rastrear a los asintomáticos para identificar cada brote, y luego actuar rápidamente sellando los territorios para evitar la propagación del contagio. A diferencia de Lombardía, donde (como en muchas otras partes del mundo, pero no con tanta intensidad) han aumentado los contagios debido a la falta de preparación de los pequeños hospitales de la zona, Véneto ha tratado de reducir la hospitalización de los enfermos (excepto, por supuesto, los casos serios), favoreciendo la atención domiciliaria. 

Lombardía, ante una crisis sin duda impredecible por su velocidad de difusión, ha pagado sobre todo por los déficits organizativos que ha mostrado el sistema público-privado mixto –hasta ahora elogiado, incluso con buenas razones, dado que miles de personas de otras regiones acuden allí cada año para recibir el mejor tratamiento posible–: frente a la gran excelencia, existe un nivel medio bastante bajo en cuanto a organización (fundamental, en este sentido, leer la carta que FROM CeO Lombardía, la Federación Regional de Colegios de Cirujanos y Odontólogos de Lombardía envió a la cúpula de la región criticando la incertidumbre causada por el cierre de algunas áreas, la falta de mascarillas y dispositivos de protección y los pocos tests realizados), unido a un dominio indiscutible de la política y los grupos de poder. 

Un ejemplo para entender esta dinámica es el de Comunión y Liberación, una asociación católica de la cual, hasta la sentencia firme, el corrupto Roberto Formigoni era miembro destacado. Comunión y Liberación es muy poderosa en Lombardía e impone su ley; basta pensar que, en la Sanidad Pública, los médicos antiabortistas son mayoría, y en las dificultades que sufren la mayoría de las mujeres para que les receten la píldora abortiva, a pesar de que la ley lo exige: invocar la excusa 'técnica' es sencillo.  

Los objetores de conciencia tienen muchas más posibilidades de hacer carrera que los no objetores. Cómo hemos podido hasta hace nada identificar esa práctica mafiosa con el concepto de eficiencia siempre ha sido un misterio para mí. Es lamentable que los lombardos se den cuenta hoy, en sus carnes y en la de sus seres queridos, de la anomalía de ciertas dinámicas, que lejos de ser una excepción arrojan una luz siniestra sobre la regla general. 

Verán: nacer y crecer en el sur de Italia, uno de los territorios más pobres de Europa (con un PIB en muchas zonas inferior al de Grecia), brinda algunas herramientas para comprender hoy lo que sucederá mañana. 

Y lo que sucedió en Lombardía y Véneto, que fueron las primeras áreas de Europa afectadas por Covid-19, es vital para el resto del continente porque muestra dos enfoques diferentes e indica exactamente, en el caso de Lombardía, lo que no se debe hacer, cómo no actuar, cómo no comunicarse. 

Pero la culpa no es solo del centro-derecha en el poder, ya que las ciudades de Bérgamo y Milán son administradas por el centro-izquierda. El virus ha llegado a descubrir la insuficiencia absoluta de un enfoque economicista y de gestión de los asuntos públicos que caracteriza a un territorio muy rico, en el que el trabajo es un imperativo y la dimensión individualista se acentúa hasta el paroxismo.

Las biografías de los alcaldes de centro izquierda de Milán y Bérgamo ayudan a comprender las fallas en el manejo de las primeras etapas de la emergencia. El alcalde de Milán, Giuseppe Sala, es un hombre de centro derecha que se hizo un hueco en las noticias por su gestión de la EXPO 2015, mientras que el de Bérgamo, Giorgio Gori, ha sido durante mucho tiempo uno de los dirigentes del conglomerado mediático de Silvio Berlusconi.

Al principio, ambos subestimaron la emergencia sanitaria, preocupados solo por las posibles repercusiones económicas. No solo intentaron, de todas las maneras posibles, no “parar las máquinas”, sino que incluso animaron a los ciudadanos, pese a la epidemia en curso, a seguir participando en la vida social, satisfaciendo así los deseos del sector productivo, incapaz de ver en el confinamiento una alternativa de vida viable...

La paradoja de esta crisis casi parece esbozar una lección filosófica. Solo los políticos al frente de la región que siempre ha presumido de hacerlo todo por sí misma, la que en los últimos treinta años ha pedido más y más autonomía –el partido más importante del Norte, la Liga, antes de ser soberanista fue hasta hace muy poco secesionista–, la que más se ha quejado del peso del improductivo sur (siempre una formidable reserva de “recursos humanos”, como diría un gerente), la que siempre ha despreciado el centralismo y cada una de las decisiones tomadas por la ineficaz y desorganizada Roma, en esta emergencia ha terminado por hacer responsable al gobierno central de todas sus indecisiones y sus consiguientes omisiones. Habrían tenido que tomar las decisiones por ellos, sacarles las castañas del fuego... Verdaderamente deshonroso, además de criminal.

Europa, y el resto del mundo, se enfrenta a un momento extremadamente delicado en el que se decidirá realmente su futuro. Se ha dicho muchas veces, pero esta es la definitiva, porque hoy en Europa no solo se decide el destino del continente y de los países que la integran, sino sobre todo el destino de todas las personas que viven y vivirán aquí, incluso de los que aún no han nacido.

Porque es bueno decirlo: hoy decidimos condenar a las futuras generaciones de gran parte de Europa a pagar las deudas contraídas por sus padres debido a causas de fuerza mayor. Y esto tampoco es muy honorable, especialmente para aquellos países pequeños que toman recursos de otros a través del dumping fiscal. Un mundo que ha surgido de los escombros de la Segunda Guerra Mundial, del nazismo y del fascismo, de los campos de exterminio, de los totalitarismos comunistas, acaba llegando a la sublimación del contable en lugar del político. Qué deshonra: no me atrevo a imaginar qué tratamiento reservarían los padres de Europa a esas personas mediocres que creen que los Estados son empresas y cifras incluidas en un presupuesto.

Estoy pensando en Helmut Kohl y en el coraje que tuvo para reunificar Alemania y para llevarla a una Europa libre y solidaria, y el apoyo que encontró en los socios europeos. Pero Kohl está muerto y con él, probablemente, la última idea noble de Europa.

Si pienso en Alemania, no puedo evitar pensar en nuestra Lombardía. No puedo evitar pensar que la Alemania laboriosa es para Europa lo que la Lombardía trabajadora es para Italia. Me recuerda a Scurati, que ha descrito a los milaneses en la época de Covid-19 como animales asustados, aterrorizados por la seguridad perdida en unas pocas, muy pocas semanas: la debilidad inherente a creerse invencible. ¿Qué sentido tiene la eficiencia sin solidaridad? Quizás todavía exista la diferencia entre el hombre y la máquina.

Los líderes de la Región de Lombardía han cometido un error al seguir a Lombard Confindustria (la patronal), cuyo presidente, Marco Bonometti, defendió en una entrevista la opción de no cerrar fábricas diciendo: “Ahora no haría un juicio de intenciones, hay que salvar lo salvable, de lo contrario habremos muerto antes y habremos muerto después”. Argumento industrial, por supuesto; pero la política, la que se escribe con P mayúscula, es otra cosa y ciertamente los empresarios no pueden hacerla. Y así llegamos al dilema: morir primero, físicamente, y morir después económicamente resume el desafío que representa el virus para la política europea, no solo la italiana.

Quizás, no estoy seguro, haya todavía espacio para salir de la pandemia y perseguir una utopía: redescubrir que la productividad y las cuentas corrientes valen menos que las personas, redescubrir que expandir los derechos, ampliarlos, significa salvarnos a todos. Redescubrir ahora que una política que decide siguiendo solo el olor del dinero es una política que genera muerte y no riqueza. Y que dice claramente: “Europa ya no existe y hoy es un nuevo 1945”. Espero que los hombres de buena voluntad no lo permitan.

Por Roberto Saviano 16/04/2020 

Publicado enPolítica
Viernes, 17 Abril 2020 06:45

La sumisión de las masas

Manifestación el 16 de junio de 2019 en Hong Kong / Foto: Afp, Héctor Retamal

Del auge global de las protestas al silencio de la cuarentena.

 La pandemia le hace sombra a la política, y en todo el mundo la gente se queda en casa. De las protestas masivas de los últimos dos años no queda ni el eco en las calles vacías, y en la reclusión doméstica se decidirá si a la salida nos espera el amansamiento mundial o un futuro diferente.

Hace casi un siglo un ensayista español inició, en el diario El Sol, la publicación de una serie de artículos que, compilada en un libro bajo el título de La rebelión de las masas,dio a José Ortega y Gasset fama perdurable. En la actualidad, la pandemia global de covid-19 ha mostrado, en un par de meses, con qué facilidad se puede confinar a las poblaciones de continentes enteros, bajo el equivalente del estado de sitio, las medidas de seguridad o el toque de queda, como prefiera usted llamarle a eso que le dicen cuarentena. Tras dos años de protestas –por las causas más variopintas– en todo el mundo, las metrópolis están calladas, las calles desiertas, las manifestaciones prohibidas, y miles de millones de humanos permanecen recluidos dócilmente en sus viviendas donde la televisión repite sin pausas las cifras tremendas y crecientes de la pandemia.

A la calle, que ya es hora.

De acuerdo con un informe del Centro para Estudios Estratégicos Internacionales de Washington (Csis, por sus siglas en inglés), “las protestas masivas globales alcanzaron un cenit histórico hacia fines de 2019, al concluir una década en que habían crecido a una tasa anual del 11,5 por ciento, con la mayor concentración de actividad en Oriente Medio y en el norte de África, y la tasa de incremento más rápida en África al sur del Sahara”. El año pasado hubo protestas en Hong Kong y Santiago de Chile, en Haití, Beirut y Barcelona, en Harare, India, Ecuador, Colombia, España, Sudán, Irán y Francia, con manifestaciones antigubernamentales en 114 países, 37 de ellos recorridos por las multitudes airadas en tan sólo los meses finales de 2019.

El Csis recordó que esas protestas –cuya frecuencia y magnitud eclipsaron períodos históricos recientes similares como el del fin de la década de 1960, y el comprendido entre mediados de la de 1990 y comienzos de la de 2000– llevaron a que los jefes de gobierno renunciaran, u ofrecieran hacerlo, en Líbano, Irak, Bolivia, Argelia, Sudán y Malta. Para aplacar el ímpetu y la movilidad de las multitudes, los gobiernos apagaron Internet en India, Pakistán, Siria y Turquía.

“También el tamaño de las protestas en 2019 fue notable”, añadió el informe. “El 16 de junio, casi 2 millones de ciudadanos de los 7,4 millones de Hong Kong marcharon por las calles, y en el clímax de las protestas en Santiago de Chile, el 25 de octubre marcharon 1,2 millones de personas, casi la cuarta parte de la población de la ciudad, de 5,1 millones”, apuntó el Csis.

La ira de las masas no se nutrió tan sólo de lo que, en términos muy laxos, podría llamarse “izquierda”: los populistas autoritarios que han medrado en Europa central y del sudoeste se las arreglaron para sobrevivir a protestas en República Checa, Montenegro, Serbia, Polonia y Hungría. Y tampoco se limitó a las quejas y repudios a los gobiernos: hay que recordar la variedad y extensión de las demostraciones relacionadas con el cambio climático y la protección ambiental. En la última semana de setiembre, más de 6 millones de personas por encima de husos horarios, culturas y generaciones salieron a las calles en todo el mundo exigiendo acciones concretas y rápidas para lidiar con una creciente catástrofe ambiental. Más de 1 millón de personas marcharon por las calles de Italia, con movilizaciones similares en Argentina, Colombia, Brasil, España y Holanda, y en Nueva Zelanda más del 3,5 por ciento de la población se unió a las marchas.

Y, de pronto, la pandemia

Un coronavirus que en tres meses ha infectado a más de 2 millones de personas, y ha causado la muerte de 134 mil –según las cifras oficiales, porque las reales pueden ser bastante más altas– extinguió las protestas callejeras. En un mundo donde el 57 por ciento de los 7.800 millones de humanos vive en ciudades pequeñas, medianas o grandes, cada apartamento, cada casa se ha convertido en una celda donde cada uno vive solo o convive con unos pocos familiares o amigos, encerrados por el temor de siquiera aproximarse a otras personas.

Y las ciudades se han silenciado, el aire se libró de la contaminación de los motores, y en muchas partes del mundo los animales silvestres, que se las han arreglado para sobrevivir, escondidos, en parques y bosques cercanos, se pasean ahora por las anchas avenidas donde los semáforos dan paso u ordenan alto para un tránsito que no existe.

El freno abrupto a la rebelión de las masas tiene un antecedente cercano. En la década de 1990, cuando arremetió impetuoso el cuento de los “tratados de comercio libre”, se inició un movimiento que intentaba frenar la globalización o, al menos, domesticarla. Al frente de las protestas estuvieron los sindicatos –sí, todavía existían los sindicatos– y los estudiantes, y también los empresarios y granjeros que supieron avizorar la destrucción que se aproximaba para las industrias, las agriculturas y las culturas locales. Fue una década de luchas populares contra la versión neoliberal de la Organización Mundial del Comercio, luchas que tuvieron su confrontación emblemática en la batalla de Seattle, en 1999.

Por varios años, el centro de Washington, la capital de Estados Unidos, fue el escenario de protestas en las que iban codo a codo los anarcos vestidos de negro y las religiosas católicas que ayudaban a inmigrantes, los veteranos de las protestas contra la guerra de Vietnam y jovencitas/os de género arcoíris, granjeros sureños blancos y militantes urbanos negros, cristianos, musulmanes, judíos, budistas, carapálidas de ojos azules de la más tradicional aristocracia protestante y morenitos aindiados centroamericanos. Las protestas continuaron y crecieron al iniciarse la nueva década, enriqueciéndose en el discurso que vinculó la globalización con la contaminación ambiental, el uso tóxico de combustibles fósiles y el cambio climático.

Y, de pronto, 11 de setiembre de 2001. Las movilizaciones mundiales contra la globalización se disolvieron en la propaganda gubernamental y en la obsesión social de la “guerra contra el terrorismo”. El enemigo entonces actuaba oculto, de manera solapada, podía estar en cualquier parte. Se aprobaron leyes y se adoptaron prácticas que violaron las normas de las sociedades democráticas. Se encarceló a inocentes, se torturó a sospechosos y se mató a cientos de miles de civiles. Y las masas no protestaron.

El enemigo ahora ataca solapado, puede estar en cada otro ser humano que se nos aproxime, en cualquier parte. Y nos hemos impuesto todos los cortes a nuestra libertad individual que los expertos en salud recomiendan, y los gobiernos aplican, y quedamos absortos, aburridos o espantados frente al televisor que nos repite, incesantemente, los horrores allá, afuera, y la plaga que les cae a quienes no se atienen a las órdenes.

La pausa.

El encierro planetario está teniendo consecuencias económicas, sociales y de salud tanto mental como física. Por ahora, todos estamos más preocupados por conseguir comida, proteger la salud y sobrevivir entre cuatro paredes que por la desmovilización masiva de las campañas políticas, las reivindicaciones laborales, las igualdades de géneros, la defensa de especies amenazadas o la limpieza de los mares.

Pero qué se cuece en las hornallas de hogares sobrehabitados depende tanto del tiempo que esto dure como de los ingredientes que se vayan acumulando. “El vuelco profundo que está operando en mí, y que puede estar operando en ti también, es que no veamos este como un tiempo de cuarentena, sino como el tiempo en la crisálida”, escribió en marzo el gurú motivacional Kirk Souder.

La pandemia de covid-19 ha validado varios de los argumentos con los que tres décadas atrás se levantaban las voces que advertían sobre la globalización. La urbanización acelerada, el incremento en números y distancias de los viajes de enormes cantidades de turistas, los desplazamientos de tropas a miles de quilómetros de su país de origen y los éxodos de refugiados y migrantes han facilitado la propagación rápida de nuevos virus, transmitidos desde los animales que criamos y explotamos en instalaciones industriales para el consumo o que destruimos casi hasta el borde de la extinción.

La interconexión de las industrias por sobre fronteras y continentes y la interdependencia de las redes de distribución de alimentos y otros productos han llevado a una estructura socioeconómica que, además de facilitar la transferencia de riqueza hacia los que ya la tienen, es frágil y vulnerable a fenómenos naturales o pestilencias. La pausa en la que estamos todos atrapados ahora es una bofetada esclarecedora para que consideremos cuánto de lo que consumimos es necesario y cuánto es puro entretenimiento, gasto innecesario, derroche y chiches electrónicos y digitales prescindibles.

La respuesta chambona de la mayoría de los gobiernos, sea cual sea su ideología, consolida la desconfianza hacia las instituciones y dirigentes políticos que dio energía a las protestas de 2019. En el caso particular de Estados Unidos, la respuesta desorganizada e insuficiente del gobierno –sazonada por la torpeza, ignorancia y desvaríos de un presidente que por semanas negó que hubiese un problema– ha clarificado el debate sobre la necesidad de un sistema nacional de salud pública, y la incapacidad de un sistema de salud controlado por empresas privadas. ¿Cómo es posible que en el país más rico del mundo ahora nos enteremos de que hay menos de 1 millón de camas de hospital disponibles para una población de más de 327 millones de personas? ¿Cómo es que en Estados Unidos nadie sabía cuál era el inventario de mascarillas o pulmotores disponibles para encarar una pandemia?

En una referencia a Taiwán, Nueva Zelanda y Alemania, la Cnn notó esta semana que los gobiernos que mejor han respondido a la pandemia están encabezados por mujeres, lo que enriquece la reflexión sobre las aptitudes y calificaciones de más de media humanidad para compartir las responsabilidades.

En un artículo para la revista Jacobin, de Nueva York, Meagan Day escribió que “en los países que están paralizados económicamente, estos tiempos de pandemia son un intervalo breve en una era de inquietud”. “Cuando esto pase, probablemente veremos protestas en una escala que jamás imaginamos”, añadió. “El desempleo en Estados Unidos posiblemente sobrepasará los niveles de la Gran Depresión, y seguramente le seguirá la inestabilidad política. Si la pandemia empieza a causar devastación mayor en África y América del Sur, donde las protestas ya se estaban intensificando a un ritmo jamás visto en la historia humana, esta pandemia actuará como un fósforo en un polvorín.”

Aunque puede esperarse, con cierto grado de certidumbre, que a la pandemia le seguirán tiempos agitados en todo el mundo –y más revueltos cuando llegue la segunda ola de coronavirus–, la incógnita es qué rumbo tomarán las masas. En el miedo medra el autoritarismo, pero en la crisálida también habita la esperanza.

17 abril, 2020

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Viernes, 17 Abril 2020 06:40

La crisis global se acelera y profundiza

La crisis global se acelera y profundiza

Según el Investment Trends Monitor de marzo, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad, por sus siglas en inglés), las proyecciones del impacto económico del covid-19 se hacen más sombrías día a día. La previsión inicial era que la crisis se sentiría primero, y de manera más fuerte, por el lado de la oferta: paros en la producción, interrupciones en la cadena de oferta en Asia del Este (China en primer lugar) y caídas en las economías fuertemente integradas en las cadenas globales de valor. Importante, pero acotada.

Pues bien, ese pronóstico quedó atrás. Es que hoy las cuarentenas y cierres de producción se hacen sentir con independencia de que las economías estén integradas a las cadenas globales de producción, y afectan de pleno a la demanda y toda la producción. De ahí que la previsión es que la crisis será mayor que en 2008-2009. En primer lugar, porque su efecto es más extendido. En segundo término, es más inmediato, ya que el shock de demanda es acompañado de interrupciones forzadas y postergación de proyectos de inversión. En tercer lugar, en la medida en que la actividad económica es golpeada, puede desarrollarse una crisis en el sector financiero cuando muchas empresas no puedan cumplir sus obligaciones financieras; lo cual tendrá un efecto en cascada sobre los flujos de inversión global.

De manera que todo indicaría que la dinámica es cada vez más negativa. Según Unctad aproximadamente el 80 por ciento de las 5 mil mayores multinacionales que monitorea han revisado a la baja sus previsiones de ingresos. A comienzos de marzo el promedio de revisión a la baja de los ingresos era del 9 por ciento. Pero en las últimas semanas la mayoría hizo nuevas revisiones. En promedio, las que operan en los países desarrollados bajaron sus previsiones un 35 por ciento.

En cuanto a China, en el primer bimestre el gasto de capital bajó un 25 por ciento. Las multinacionales que operan en el país prevén caídas de ingresos, en promedio, del 21 por ciento. La inversión en activos fijos descendió un 24,5 por ciento. Pero además, y debido a que las medidas de cierres se tomaron a mediados de enero y de manera desigual, es probable que el pico del efecto sea mayor. Según la Oit, el valor agregado total de las empresas industriales de China cayó 13,5 por ciento en los dos primeros meses de 2020.

Volviendo ahora al plano global, en una previsión realizada por la Oit cuando el número de infectados era de 170 mil personas, se estimaba un aumento de entre 5,5 millones de desocupados (escenario bajo) y 24,7 millones (escenario elevado). El escenario “medio” preveía 13 millones (7,4 millones en los países desarrollados). En la crisis de 2008-2009 el desempleo aumentó 22 millones. De manera que las cifras de la Oit, si bien sombrías, no parecían tan alarmantes. Pero hoy los contagiados superan el millón y el parate de la actividad económica se ha extendido. Una estimación preliminar, al 10 de marzo (de nuevo, dato “viejo”), dice que ya se han perdido 30 mil meses de trabajo. Las pérdidas globales en los ingresos salariales los calcula entre 860.000 millones de dólares y 3,44 billones de dólares.

DESEMPLEO EN EL NORTE.

Los datos del desempleo en Estados Unidos son los que posiblemente brindan una visión más realista de la forma en que se está desarrollando la crisis. Lo más impactante: sólo en la semana que cerró el 28 de marzo, 6,65 millones de personas pidieron seguro de desempleo. En la semana anterior, que cerró el 21 de marzo, lo habían solicitado 3,3 millones; la mayoría de los que llenaron la solicitud fueron trabajadores de hoteles, restaurantes y otros servicios. En la semana que terminó el 28 de marzo, muchas solicitudes pertenecieron a la industria y el transporte. Es que en petróleo, energía, construcción de automóviles, entre otras actividades, el freno ha sido muy fuerte. Los proveedores de estas industrias también sienten la crisis. La compañía de aviones Boeing ya hace varias semanas paró su producción; lo cual pega de lleno no sólo en sus trabajadores, sino en los de otras 17 mil empresas que son sus proveedoras. Varias acerías también pararon sus hornos, ya que no reciben pedidos de la industria del automóvil o petrolera. Muchas empresas han licenciado a los trabajadores, y muchas reducen las pagas; según Bloomberg, 623 mil trabajadores del automóvil y partes componentes están con licencia. Como dato más general señalamos que analistas de J P Morgan consideran que el producto bruto de Estados Unidos podría caer hasta un 14 por ciento en el segundo trimestre (aunque en realidad, nadie sabe cuánto puede caer).

Las horas trabajadas bajaron a un promedio semanal de 34,2 horas, el más bajo desde 2011, y todo anticipa que seguirá bajando. Por otro lado, si bien desde el gobierno se recomienda a los trabajadores que permanezcan en sus casas si se sienten enfermos, muchos temen ser despedidos si lo hacen. A esto se agrega el agravante de que muchos tampoco reciben salario si se enferman.

Debido a la rapidez con que empeoró el empleo, la tasa oficial de desempleo de marzo, del 4,4 por ciento, no registra todavía la situación real. Precisemos que la Oficina de Estadísticas Laborales considera desempleados a aquellos que buscaron trabajo en las últimas cuatro semanas; no toma en cuenta los que están desanimados, o buscan ocasionalmente empleo. Si se incluye a estos sectores, la tasa de desempleo –conocida como U6– llegaría al 8,7 por ciento, aunque este porcentaje tampoco refleja lo que está pasando. Es que, además del retraso que tienen las encuestas, muchos trabajadores han tenido dificultades burocráticas para aplicar por el seguro. Además, otros muchos son independientes y no califican para el seguro.

De ahí que podría haber, según Justin Wolfers, del New York Times, unos 11 millones de desocupados. Lo cual llevaría la tasa de desempleo del 3,5 por ciento en febrero al 10 por ciento el 28 de marzo. Sin embargo, desde entonces se han perdido más trabajos, de manera que el número de desempleados podría llegar a 15 millones, o sea, el 12,3 por ciento de la fuerza laboral.1 Escribe Wolfers: “El mercado laboral está cambiando tan rápidamente que muestras estadísticas oficiales –concebidas para medir cambios a lo largo de meses y años más que en días o semanas– no pueden seguirlas”.

El grupo Goldman Sachs, a su vez, prevé una tasa de desempleo del 15 por ciento hacia mitad de año. La Casa Blanca dice que podría llegar al 20 por ciento. Por último, Miguel Faria e Castro, economista de la Reserva Federal de San Luis, tiene un pronóstico incluso peor: estima que se perderán 47 millones de puestos de trabajo, lo que elevaría el desempleo a 52,8 millones de personas.2 Sería el 32 por ciento de desocupados. En los años treinta el desempleo en Estados Unidos llegó al 25 por ciento, el récord histórico.

Al margen de las proyecciones, en cualquier caso es indudable que se trata de un crecimiento explosivo, de una velocidad como no se ha visto en anteriores crisis. Y la situación en otros países desarrollados (Italia y España entre ellos) no parece tan distinta en lo que hace a la gravedad de la caída.

El panorama es extremadamente grave para la clase trabajadora. Por eso, repito una vez más, no tiene sentido seguir diciendo que esto es todo un invento, o una exageración de los medios, o que la irrupción del virus no cambió nada porque “la economía capitalista ya estaba en retroceso” (como si la situación económica de hoy fuera parecida a la que había en 2018 o 2019). La explicación del por qué los marxistas proponemos un programa socialista –en particular, liberar a las masas trabajadoras de la tiranía que impone la lógica de la ganancia y el capital, y permitir el reordenamiento de los recursos generados por el trabajo en beneficio de todos– debe partir de un diagnóstico objetivo –esto es, apoyado en evidencia empírica– de lo que ocurre. Es lo que justifica y explica la necesidad de medidas profundas y a nivel global frente a este desastre.

*    Docente de Economía en la Universidad Nacional de Quilmes y la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

      (Brecha publica fragmentos de este artículo mediante una licencia de Creative Commons. La versión integral puede leerse en rolandoastarita.blog)

  1.   Véase “The Unemployment Rate is Probably Around 13 Percent”, New York Times, 3-IV-20.
  2.   Véase “Back-of-the-Envelope Estimates of Next Quarter’s Unemployment Rate”, 24-III-20. Disponible en Internet.
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Viernes, 17 Abril 2020 06:13

La luna en China

La luna en China

Rumores y desinformación en Wuhan 

Wang Xiuying es el nombre de una bióloga y doctora en filosofía que vivía en Shanghai cuando se desató la epidemia del virus SARS en 2003. Su ciudad no era una de las zonas de riesgo (hubo sólo ocho víctimas en una población de 17 millones), de manera que no conoció la cuarentena ni padeció el bombardeo mediático (“Poco después llegó el verano y el virus desapareció”, dice con candor). Con el COVID19, en cambio, todo fue vertiginoso y confuso desde el primer momento. La desinformación, la manipulación y los rumores hicieron de la ciudad de Wuhan un hervidero antes de que quedara en cuarentena total. En las semanas previas hubo dos eventos políticos multitudinarios al que asistieron delegados de todas las regiones del país con sus respectivas familias, que incluyeron la friolera de 80 mil banquetes simultáneos, aprovechando que era el Año Nuevo chino. Luego del fin de las festividades, cinco millones de personas abandonaron la ciudad. Horas después, los hospitales de Wuhan comenzaron a verse desbordados de consultas y a pedir refuerzos médicos con urgencia.

Las autoridades aseguraron que todo estaba bajo control y de pronto decretaron la cuarentena total para nueve millones de personas. Mientras médicos y enfermeras de todo el país iban hacia Wuhan a colaborar, desde todas las ciudades de China enviaban donaciones en efectivo y en material sanitario a través de la Cruz Roja. Pero el problema es que, en China, a la Cruz Roja la llaman la Plaga Roja, por sus escándalos financieros y su corrupción. La sede local de Wuhan tenía una docena de empleados que cobraba básicamente por no hacer nada, dice Wang Xiuying, y de pronto se encontraron con un galpón gigantesco lleno hasta el techo de envíos. Nadie catalogaba lo que recibían. El personal de hospitales tenía que ir por las suyas a revolver entre montañas de cajas para encontrar lo que necesitaban.

La censura trabajaba sin descanso, mientras tanto. Cuando el oftalmólogo Li Wenliang mensajeó a un grupo de colegas los alcances que podía tener el COVID fue convocado por la policía “por alterar la moral pública” pero le permitieron que siguiera trabajando en el hospital, hasta que el día 6 de febrero comenzó con síntomas y tuvo un ataque cardíaco. Las agencias de noticias anunciaron su muerte. La ciudad y el país comenzaron a llorarlo, como a uno de los héroes de toda esa desgracia, pero de pronto un cable oficial anunció con bombos y platillos que Li había revivido y estaba con respirador. La noticia posterior de su muerte se anunció en la madrugada, para que pasara lo más inadvertida posible. Como dice Wang Xiuying, es difícil llorar dos veces una muerte con la misma intensidad.

El caso de Fang Fang, una conocida escritora de Wuhan, fue similar. Desde que empezó la pandemia ella empezó a postear online un diario de serena honestidad sobre lo que sucedía en su ciudad, para bien y para mal. Pero se la acusó de desacreditar los esfuerzos colectivos y minar la moral. Cada entrada de su diario era eliminada en menos de una hora desde Beijing pero aún así se hacía viral (de hecho, el diario está por publicarse en forma de libro digital en Occidente en estos días). Un joven energúmeno que la atacaba por las redes con lenguaje y virulencia que recordaban a los terribles tiempos de la Revolución Cultural, recibió la siguiente respuesta: “Hijo, cuando te pregunten qué hiciste tú en la gran catástrofe de 2020, contesta que te dedicaste a atacar como un perro rabioso a Fang Fang”.

Cuenta Wang Xiuying que los niños chinos estaban felices de no ir a la escuela durante la cuarentena, hasta que les impusieron una aplicación llamada DingTok en la que debían reportarse todos los días y cumplir cierto número obligatorio de horas de trabajo. No les quedó más remedio que obedecer hasta que un astuto adolescente descubrió que si suficientes usuarios dan mala calificación a una aplicación ésta es eliminada del menú de ofertas. El rumor se expandió en cuestión de minutos, DingTok pasó de medir 4,9 a 0,4 de la noche a la mañana, se desactivó automáticamente de las pantallas y los niños chinos se libraron de su tarea escolar.

Cuando la curva de contagios empezó a descender, las autoridades aflojaron un poco la censura y los chinos se sumergieron en masa en sus celulares y pantallas a ver cómo lidiaban Rusia y Occidente con la pandemia. Según las redes chinas, Putin ha soltado leones por las calles de Moscú para que la gente respete la cuarentena, en Alemania se alquilan drones de perros para sacarlos a pasear un rato por la calle, y en Estados Unidos se venden bodybags Prada en oferta. Pero lo que dejó atónitos a los chinos es la noticia de que el ciudadano medio norteamericano no tiene ahorros superiores a los 400 dólares para enfrentar emergencias. También se insiste en que, antes de la pandemia, según un estudio del Global Health Security Index, una entidad que mide la capacidad de prevención y reacción a emergencias sanitarias, China ocupaba el puesto 51, muy por debajo de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania. En cambio ahora el mundo contempla con respeto la velocidad a la que se han construido hospitales y equipos sanitarios para exportar al mundo, además de la dedicación de los médicos chinos, que usan pañales de adultos en sus largas horas de trabajo para no tener que detenerse a hacer sus necesidades.

Dice Wang Xiuying que los defensores de la democracia están en baja en China en estos días: ¿cómo defender un sistema cuyos paladines ponen la economía por delante de la salud, desconocen sin pudor las relaciones internacionales y han intentado sobornar laboratorios para tener la vacuna sólo para su país? El espíritu nacionalista chino, en cambio, ya se jacta de dos cosas: 1) que el Estado anunció que todos los empleados públicos cobrarán el total de su (magro) sueldo mientras dure la cuarentena y 2) que los empleados de empresas privadas que sean despedidos cobrarán dos años de (magro) seguro de desempleo. Pero de lo que se jactan en voz más baja y con más satisfacción es que toda esa enorme masa de chinos que tienen empleos informales y se han ido en masa al campo, donde el costo de vida es mucho menor y sus familias pueden darles de comer, están esperando que los llamen como mano de obra semiesclava, en cuanto las primeras grandes empresas empiecen a producir. Es decir que, cuando Trump y Europa se atrevan a levantar la cuarentena y retomen su ritmo de consumo habitual, descubrirán que el único proveedor capaz de satisfacer al instante sus demandas es ya saben quién.

Según Wang Xiuying, esta nueva obsesión de los chinos con la información internacional los está volviendo insomnes. Las autoridades les dicen que no dormir debilita el sistema inmuntario y los hace más vulnerables a la enfermedad, pero nadie consigue somníferos en las farmacias porque todos los laboratorios están dedicados 24x24 a tratar de encontrar una vacuna contra el coronavirus. Así que, como alternativa, el Estado chino sugiere a sus ciudadanos que se dediquen a contemplar la luna, visible por primera vez en años desde que se acabó el smog en el cielo de China.

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Dónde dirigir la mirada en tiempos de confinamiento 

AGustavo Mejía, uno de los  héroes de esta pandemia y que gusta de la vista de mi ventana

El protagonista de la película “La Ventana Indiscreta” (1954) de Alfred Hitchcockobserva lo que pasa en su vecindario desde una ventana. Jeff es un fotógrafo -James Stewart-sometido al confinamiento debido a un yeso en su pierna, mientras contempla el discurrir del día desde su habitación. Se distrae viendo un gato que se desplaza como un acróbata por las cornisas, las palomas que abrevan en los techos, una mujer que toma el sol en el balcón, un padre de familia que organiza su corbata. La convalecencia le permite no perder de vista los desplazamientos de los otros: un vecino que se afeita y enciende la radio, la joven rubia que realiza contorsiones mientras prepara el desayuno. La vida de los apartamentos vecinos se convierte para Jeff en un micro-mundo desplegadoante sus ojos.

Como el personaje de la cinta, hemos tenido en esta cuarentena planetariala posibilidad de detenernos en la vida de los otros:un hombre corpulento,que,ante la imposibilidad de asistir al gimnasio, ha convertido un pequeño trozo de andén en lugar de ejercicios. La mujer que aprovecha la luz de la mañana para salir con una silla a tomar el sol en el parqueadero de otraresidencia próxima. La pensionada que seca su cabello y observa el mundo a la hora que paso a mi balcón. Hace ya muchos días ha desaparecido el fenomenal embotellamiento de automóviles a las cinco de la tarde en las dos estrechas calles del barrio, los vecinos que puntualmente a las 20 horas,emergen a las ventanas y aplauden al personal médico de la ciudad. Todo parece haber regresado cuatro décadas atrás: el aire más limpio, se captan nuevamente los sonidos de pájaros y hasta ranas. La diferencia estaría que los adolescentes que ocupaban en 1980 esas callesya no están afuera escuchando la música de Urubamba o Led Zeppelin, sino adentro aislados, contemplando esas mismas dos calles con sus familias, a la espera finalmente de la quietud.

En tiempos de pandemia la norma nos confina en la casa, pero ¿de qué casas hablamos?  Algunas tienen grandes ventanales, la fortuna de un balcón, o una terraza con la posibilidad de cuidar algunas flores, hasta de subir a sus techos. Otras cuentan con pequeñas ventanas que filtran la luz del sol, la redirigen y enfocan muros donde no hay nada más allá de una pintura diluida, en una pared que se quiebra por la humedad, en ese caso, incluso, la alternativa de ver una imagen decadente resulta consoladora. Pero también existen viviendas sin ventanas. En toda la ciudad hay familias que habitan lugares adaptados como residencia: “bajos”, “palomeras”,divididas en sub-apartamentosubterráneos, inquilinatos, habitaciones, lugares reducidos, en los que se dificulta permanecer largo tiempo, muchos ni siquiera cuentan con una ventana. Una claraboya es su única iluminación.¿Qué clase de aislamiento tiene un humano cuya vivienda no cuenta con una ventana al exterior? Se dice que la primera preocupación de cuando se está confinado es el alimento; pero, ¿quien le puede solucionar a millares de seres humanos la falta de una ventana?  Allí viven tres, cuatro, cinco, diezvidas, compartiendo sonidos, olores, texturas, humedades, goteras, alergias, temperaturas.Se trata de viviendas urbanas, muchos de estos lugares fueroncasas patrimoniales convertidas con el paso del tiempo en turbios lugares de encierro, estrechos,cuyos olores son fuertes, aunque al pasar de los minutos gracias al sentido de la adaptación,el olfato los convierte en costumbre.Son espacios ocupados por familias que vivierontragedias naturales, desplazamientos, guerras, emigraciones. En zonas como estas la “distancia social” es casi imposible, un privilegio ¿Cómo aislarsebajo esas condiciones?  Si la epidemia nos ha obligado a vivir en medio de la “distancia social”, el mundo del futuro deberá luchar por destruir las desigualdades que niegan a muchos, la posibilidad de una ventana, un balcón donde volver a sentir el aire y no el desespero de sentirse enclaustrado.

Pero estos lugares también pueden ser resignificados. Como si fuera un presagio de lo vivido, la última película a la que asistí antes del confinamiento “JoJo rabit” (2020) muestra la utilidad del encierro para una niña judía, en el clandestino hueco de una casa. Si desea salvar su vida no debería salir de ahí, asemejándose a las condiciones de muchos: oscuridad, calor, estrechez, ausencia de paisaje. Derrotado finalmente el nazismo en Berlín, las calles se fueron de nuevo poblandopor quienes permanecieron ocultos durante años en esas grietas, añorando un poco de sol, caminar, el contacto con los otros. La ausencia de ventanas ayudó a salvar sus vidas.

En este momento, con ventanas o sin ellas, la certidumbre de sobrevivir se encuentra en la capacidad de ocultamiento de estos ejércitos de micro-partículas, aprendiendo de quienes han resistido bajo condiciones límite. Siendo así, nuevamente la lecciónnos llega gracias al recuerdo de quienespasaron por situaciones extremas, que no muchos hubiésemos podido soportar

                             

 

Alberto Antonio Beron Ospina

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Jueves, 16 Abril 2020 06:30

¿De qué nos separa el aislamiento?

¿De qué nos separa el aislamiento?

Los significantes del "quedate en casa"

El encierro modifica las posibilidades de respuesta de cada quien frente a la angustia, plantea el autor, pero la situación de amenaza y la libertad individual cercenada fundan un "nosotros" y un cálculo de acción colectiva.

I

El silencio en la calle se asemeja al de la hora de la siesta en la década del 80. En aquella época eran tan pocos los que tenían un auto en el pueblo que se solo se oía el viento y el sonido de unos pájaros, difícil de transcribir, pero que se parecía a los de una queja. Nosotros pasábamos esas horas entre el patio y la calle, a la espera de que los grandes se despertaran y comenzara la actividad. Pero también era la hora en que ejercitábamos cierta libertad al abrigo de la mirada de ellos. Había que respetar la siesta, por lo que todo lo que hacíamos debía ser en silencio. Cada tanto se oía un grito desde una habitación, para poner orden.

Esta mañana salí a la farmacia a comprar un antibiótico para uno de mis hijos al que le han salido unas casaras en la cabeza, con pus dice su mamá. El pediatra indicó medicación y me permito andar por la calle en el marco de las excepciones a la cuarentena. En el camino me detuvo la policía, ante quien debí dar explicaciones.

Se ha denominado a la cuarentena aislamiento social, preventivo y obligatorio. Soy el miembro de una especie que debo estar aislado para no contagiarme, ni contagiar el virus que se propaga a nivel mundial. El gobierno ha decidido aislarnos unos de otros y restringir la libertad de circulación de los cuerpos. Se ha decidido salvar vidas por sobre la libertad individual.

II

En 1890, Freud enfatizaba el influjo que tenía lo anímico sobre la evolución de una enfermedad y su desenlace, denominando expectativa angustiada a ese estado de angustia flotante que se presenta como un fenómeno de franja frente a cierta amenaza. Lo inminencia cobra la consistencia, no de un desenlace cierto, sino de un destino incierto. En la espera la angustia se presenta como señal de que algo va a pasar, de que algo está por pasar y no se sabe qué es.

Es lo que Lacan traducirá nombrando a la angustia como señal de lo real, o como afecto tipo de todo acontecimiento de real. Entendiendo este acontecimiento como encuentro contingente con un elemento fuera de discurso, imposible de soportar, por fuera de la estructura de ficción que sostiene la escena del sujeto en el mundo.

Esta presencia de la inminencia, de la amenaza opaca y presente, contrasta con el paradigma de la previsibilidad, de la anticipación y el cálculo al que ilusoriamente el discurso de la ciencia intenta sostener, y revela el “impasse” en el que se encuentra este discurso, al no poder aliviar las angustias del sujeto contemporáneo. (1)

La situación de amenaza, presente frente a ese agujero en las garantías, suscita en muchos seres hablantes esta expectativa angustiada. La característica de un virus que se propaga rápidamente, que no se conoce claramente su modo de contagio, que puede enfermar a cualquiera y que mata a personas de un modo inesperado, nos confronta a ese real, inicialmente sin ningún paraguas. Ilustra lo que Laurent y Miller han denominado la época del Otro que no existe, para transmitir algo de esta fragilidad en la que vivimos, la inconsistencia de un mundo en el que las garantías se han desvanecido.

Lacan en su seminario sobre la angustia enfatiza cómo el sujeto se siente amenazado, acorralado y está implicado, afectado en lo más íntimo de sí. La fenomenología de la angustia, tan descripta hoy en relación al ataque de pánico, acentúa frecuentemente las manifestaciones corporales, excluyendo la dimensión de concernimiento e implicación que subyace como certeza subjetiva. En la angustia el sujeto afectado advierte que eso extraño le es parte. Esta posición clínica sobre la angustia en la que se trastroca la estructura del adentro y del afuera, indica también que lo traumático aun cuando es para muchos, lo es también para cada uno. Y que el encuentro con ese real, con su afecto típico, no deja de funcionar como algo propio.

Cernimos en nuestra clínica que la actual situación de amenaza de enfermar en la que vivimos y su medida biopolítica de aislamiento, a fin de prevenir una propagación masiva, produce la irrupción de afectos entre los que se encuentra la expectativa angustiada y la angustia propiamente dicha (como afecto tipo), pero también es un tiempo, una pausa que habilita frente a esto, un abanico plural de respuestas en singular.

III

La amenaza, como una situación de perjuicio probable, eso que nos puede pasar, pero no se sabe cuándo, la podemos percibir irrumpiendo como un elemento desvinculado y no calculado. La intromisión de una presencia desconocida, frente a la cual comienzan a elucubrarse discursos de explicación y control.

Decimos que la pandemia se presenta como un real sin ley, ni sentido. Erosiona, quema, deshace el mundo ficcional, el tejido de sentidos, deshace lazos y mortifica. La amenaza de lo real produce a su vez las respuestas que intentan restituir una escena del mundo. Recordemos que Lacan acentuaba que actuar es arrancarle a la angustia su certeza y que actuar es operar una transferencia de angustia. De repente globalmente vivimos el confinamiento como una escena posible frente a esto.

La opacidad de la amenaza no excluye que a su vez proliferen teorías explicativas, que intentan ubicar una causa o una intencionalidad en la situación de pandemia. Estos intentos de restituir Otro consistente funcionan tal como funciona el armado delirante en la psicosis. A partir de un elemento sin sentido y desamarrado del discurso, extraño, amenazante e intrusivo, se tejen las teorías explicativas que toman formas paranoides, como las teorías de complot.

Las teorías del complot tal como Ricardo Piglia describe, funcionan como ficciones posibles frente a ese real sin ley, intentan anudar eso que se propaga.

Al respecto dice Piglia: “podemos ver el complot como una ficción potencial, una intriga que se trama y circula y cuya realidad está siempre en duda. (…) El exceso de información produce un efecto paradojal, lo que no se sabe pasa a ser la clave de la noticia. Lo que no se sabe en un mundo donde todo se sabe obliga a buscar la clave escondida que permita descifrar la realidad. (…) La paranoia, antes de volverse clínica, es una salida a la crisis del sentido.” (2)

A su vez irrumpen teorías que intentan ubicar un saber en lo real, restituir al sujeto supuesto saber, invocando un orden de la naturaleza, un saber por el cual lo que ocurre sería del orden de lo necesario.

Estas respuestas por el sentido se vuelven impotentes frente a eso que escapa a toda trama y arremete en forma sostenida.

IV

El aislamiento de los cuerpos, la no libre circulación en el espacio, modifica las posibilidades de respuesta de cada quien frente a la angustia. Recordemos que el encierro, la falta de libertad, son en sí mismas figuras en las que los sujetos se reconocen angustiados, cuando por ello la función del deseo se suspende.

Es también la experimentación de un límite impuesto, de una condición no elegida que fuerza en el mejor de los casos una acción basada en lo que hay. Hacer con lo que hay, hacer lo que se puede, en el marco de lo que se tiene. Esta experiencia de límite y sus posibilidades de acción permiten, en ocasiones, un tratamiento novedoso de la angustia.

Las redes sociales configuran un espacio posible en el que la circulación hace su lugar. Enseñando que en el límite de las restricciones impuestas, los sujetos multiplican espacios e inventan modos de vivir el deseo y el goce.

V

Algunos autores discuten hoy día la medida de aislamiento, entendiendo que acrecienta el control sobre los cuerpos de los Estados y reduce la libertad individual. Asimismo, como en la elección “la bolsa o la vida”, algunos lo traducen como una elección forzada “la salud o la vida”, si elijo la salud pierdo la vida y si elijo la vida pierdo la salud y con ello también la vida. Lacan acentuaba siempre la presencia de un factor letal interviniendo en este tipo de elecciones.

Cabe preguntarse si el aislamiento de los cuerpos como medida de excepción llevada adelante por estados democráticos va en desmedro de la libertad de circulación, si entendemos por ella estas posibilidades favorecidas, por este estado de excepción. El estado de excepción, como pausa, como intrusión en los discursos establecidos, permite a su vez un reordenamiento, circunstancial de los modos de circulación habituales (discurso corriente) por lo que se vuelve propicio para invenciones, cuestionamientos y reestructuraciones de nuevos lazos. La libertad de circulación habitual, podemos pensar, se encuentra atestada de modos en los que los circuitos se encuentran cristalizados, y por ende, los sujetos privados de otros modos de circulación.

Miller en el curso Piezas Sueltas acentúa como “el parlêtre es un ser que no depende de un cuerpo, que no recibe su ser del cuerpo que él sería, sino que lo recibe de la palabra, es decir, de lo simbólico. El parlêtre tiene un cuerpo, no lo es y por eso puede dejarlo caer (…)” (3) .

Parecería que el esfuerzo por separar los cuerpos nos ilustra mejor que nunca cómo las categorías de adentro y afuera no responden a la sustancia extensa del cuerpo, a la topología de la esfera sino a otra estructura, tan bien llevada a la literatura por Julio Cortázar en el cuento “Continuidad de los parques” en donde el afuera penetra en el adentro y el adentro se descubre afuera.

VI

En Argentina, la medida de excepción que se toma en un contexto de economía recesiva, abre el debate sobre otra disyuntiva del modo “la bolsa o la vida” que es la elección “la economía o la cuarentena”. Sin embargo el factor letal no se pone en juego del mismo modo, aquí se trata de elegir una de las opciones para salvar las dos, no sin pérdidas. La enunciación que subyace a este discurso vehiculiza la idea de un cuidado, en donde lo que se va a cuidar es la vida, asumiendo por ello decididamente las pérdidas económicas y entendiendo que estas serían aún peores si se abandonara el cuidado de la salud. Esta idea contrasta claramente con presidentes de otros países que han decidido sacrificar vidas de modo deliberado, a fin de que la economía no se detenga. Un presidente que cuida la vida como valor transmite un sentido a la cuarentena obligatoria que no es el de la restricción y la pérdida de libertad, sino el de la libertad de poder decir que no a ciertas presiones macroeconómicas, tal como ya lo había mencionado al referirse a la deuda con acreedores externos.

La vida después de la pandemia es uno de los tópicos que se discute en estos días. Cómo será nuestra vida íntima, cómo será la vida política y económica. Este interludio, al que llamamos estado de excepción, suspensión de nuestra vida cotidiana en los términos de la circulación en la que vivíamos, instauró un tiempo de espera, la dimensión de un tiempo no compulsivo, no asertivo, un tiempo que nos encuentra en otro espacio, el hogar. Vivir dentro del hogar, algo a lo que no estábamos habituados en nuestras largas jornadas laborales, reducir el consumo de bienes y servicios, predicar una austeridad necesaria frente a la incertidumbre y a la vez pensar cómo administrar lo que tenemos. El sentido de la economía (oiko nomos) como administración de la casa, se vuelve pleno. La economía parece volver a la casa, ya sea ésta el hogar o el país en que vivimos. Queda expuesto el funcionamiento del discurso capitalista en el que estamos inmersos, capaz llegado el caso, de dejarnos en el peor estado de vulnerabilidad. La aparición de un virus puede frenar todo un movimiento gigantesco de recursos y encontrarnos con la escasez de los recursos públicos para atender la enfermedad.

El decir que se desprende de los dichos del presidente argentino focaliza en este punto. El funcionamiento económico debe estar al servicio de las vidas de las personas, la salud, la educación y la dignidad. Su anticipación en las acciones con las que el estado enfrenta la propagación del virus y las medias de ayuda económicas contrasta con la ausencia de medidas y demoras de otros gobernantes. Esta convicción instaura un significante que abriga a muchos. El “quedate en casa” funda un nosotros y un cálculo de acción colectivo (4). Presta una identificación basada en el cuidado y conecta a la ciudadanía con un Estado que protege, que suspende la libre circulación, cuando esta se convierte en una atadura a condiciones de vulnerabilidad.

Siguiendo a Eric Laurent diremos que para los psicoanalistas “(…) será necesario también, uno por uno, contribuir a elucidar cómo deben ser elaboradas, las prácticas de restricción colectiva a las que consentimos, para que sean vivibles. No solo top-bottom, sino también bottom-up, testimoniando las buenas maneras de responder a ello” (5).

Por Ramiro Tejo, licenciado en Psicología (UNLP). Hospital Municipal de Chascomús, docente del Servicio de Atención a la Comunidad del Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires.

Notas:

  1. El Otro que no existe y sus comités de ética. J-A Miller y E. Laurent. Buenos Aires Paidós (2010).
  2. Las teorías del complot. Ricardo Piglia en Antología Personal. Buenos Aires. FCE. (2014).
  3. Piezas Sueltas. J-A. Miller. Buenos Aires. Paidós (2013).
  4. La ley de la naturaleza y lo real sin ley. Miquel Bassols en Zadig España (2020).
  5. El Otro que no existe y sus comités científicos. Eric Laurent (2020).
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