Incendios en el Amazonas, este agosto. Imagen: NASA

Los autores de un estudio alertan de que la presión económica de la agricultura intensiva sobre el Amazonas puede tener consecuencia en los glaciares de la cordillera de los Andes, y sobre las comunidades que viven de sus aguas.

 La biomasa incendiada en la cuenca del Amazonas es un factor determinante para el derretimiento de los glaciares de la cordillera de los Andes, según han demostrado seis investigadores en un informe publicado a finales de noviembre en la revista Nature.

“Observamos que existe un efecto medible en la pérdida de masa de hielo”, explican los autores, después de trabajar en una combinación de enfoques de observación y modelado. Por primera vez, explican, han examinado científicamente la posible relación entre los incendios de biomasa y la fusión de hielo y glaciares y han llegado a la conclusión de que las columnas de humo de la cuenca del Amazonas “pueden superar la barrera orográfica y llegar a los glaciares andinos tropicales”. Cada año, explican, los incendios en las masas forestales latinoamericanas emiten 800.000 toneladas de nanopartículas de “carbono negro” a la atmósfera.

La deforestación a gran escala de la cuenca del río Amazonas es una consecuencia directa de las prácticas económicas y la ocupación humana de este área, también los incendios de biomasa. De esos incendios, generados por el avance inexorable de las extensiones agrícolas en las extensiones de la selva amazónica, surge el carbono negro, que, según ha quedado demostrado en investigaciones en Groenlandia, el Himalaya y China, precipita la fusión sobre capas de hielo y glaciares.

La enorme cantidad de carbono negro, que casi duplica la cantidad emitida en la Unión Europea a través de combustibles fósiles y biofósiles, se traslada, merced a los vientos predominantes en los meses de agosto, septiembre y octubre, a las crestas de Ecuador, Peru, Bolivia, y el norte de Chile, pero también se expande hacia otros territorios. El estudio se ha centrado en el glaciar Zongo, en Bolivia, escogido por sus condiciones estables. En ese punto ha sido donde el equipo de investigadores ha determinado que los incendios de 2010 incrementaron un 4,5% la velocidad de fundición del hielo depositado allí.

El estudio, que fue realizado sobre la base de todos los incendios sobre las riberas amazónicas entre el año 2000 y 2016, no abarca la situación tras la catástrofe ambiental provocada por el incendio masivo de bosques en el Amazonas el pasado verano. El informe alerta sin embargo del incremento de las quemas que, a partir de 2013, afectan a los territorios amazónicos de Brasil y Bolivia. 

 “Las proyecciones futuras del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), apuntan a una climatología más seca del este de la Amazonía: este es un escenario favorable para el aumento del riesgo de quema de biomasa”, explican los investigadores en su estudio. Añaden como factores de riesgo los cambios en el ciclo hidrológico sudamericano que pueden generar más aridez, así como los riesgos económico-políticos derivados de la “demanda mundial de alimentos, que puede conducir a una expansión progresiva de los dominios agrícolas brasileños, lo que da como resultado una mayor proyección de las emisiones de carbono negro y CO2”. 

La fundición de estos glaciares y hielos tiene efectos sobre las comunidades que se proveen del agua de esas cordilleras. Por ese motivo, la pérdida de biodiversidad que provoca el aumento de incendios en el Amazonas, tiene implicaciones a nivel continental, según los autores del estudio.

2019-12-03 05:40

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Qué supone la salida de EEUU del Acuerdo de París

 El Gobierno de Trump ha comunicado de manera oficial a la ONU que abandona el tratado internacional contra el cambio climático. Su salida puede suponer un aumento de las emisiones y vuelve a activar las alertas por un posible efecto contagio en otros gobiernos negacionistas del planeta.

 

Trump ha dado el paso. Lo que ya anunció hace dos años se hace oficial y Estados Unidos inicia los trámites para abandonar el Acuerdo de París, el acuerdo internacional contra la crisis climática que fue firmado por 195 estados en 2015 en el que se establecía una hoja de ruta para tratar de evitar que la temperatura del planeta aumente más de dos grados a finales del siglo XXI.

"Hoy comenzamos el proceso formal de retirada del Acuerdo de París. Estados Unidos está orgulloso de su tradicional liderazgo mundial en la reducción de todas las emisiones, impulso de la adaptación, crecimiento de nuestra economía y garantía de energía para todos nuestros ciudadanos", anunciaba este lunes Mike Pompeo, secretario de Estado del país norteamericano.

Nada más llegar al poder, el político republicano, en un alarde de sus planteamientos negacionistas, anunció que abandonaría los acuerdos de París de 2017 tan pronto como la legislación se lo permitiera. Y así ha sido, en tanto que este tratado expone que cualquiera de las partes puede retirarse a partir del 4 de noviembre de 2020, siempre y cuando envíe una notificación formal a la ONU un año antes. Trump no ha fallado en los tiempos y ha anunciado a las Naciones Unidas que abandona los compromisos climáticos que se acordaron en 2015 en la capital francesa. Pero, ¿qué supone la salida de EEUU?

Sin frenos a las emisiones

Estados Unidos es, a nivel mundial, el segundo país más contaminante del mundo, sólo por detrás de China. Tanto, que se calcula que el país norteamericano es el responsable de cerca del 15% de las emisiones globales. Ante esto, el Acuerdo de París se presenta como uno de los escasos mecanismos internacionales que establece mecanismos para la reducción de las emisiones. Tanto, que Obama –el presidente que firmó el tratado– fijó compromisos para una reducción de las emisiones de CO2 de algo más del 25% para 2030. Sin embargo, la retirada de EEUU hace que ese escenario se vuelva aún más lejano.

“En parte el negacionismo de Trump tiene que ver con los vínculos de su administración con la industria de los combustibles fósiles”, opina Héctor de Prado, responsable de Justicia Climática de la organización Amigos de la Tierra, que señala a las repercusiones que puede tener su salida en cuanto a los compromisos financieros del tratado parisino que establecía, a grandes rasgos, que los países más contaminantes deberían destinar un porcentaje de sus fondos a financiar la adaptación y la resiliencia al cambio climático de los estados del cono sur.

“Es importante porque Estados Unidos aporta cerca del 21% del replenishment de los fondos del Global Environment Facility (Fondo para el Medio Ambiente Mundial) que empezó en París. Su retirada puede tener consecuencias nefastas para muchos países”, expone el ecologista. "La moraleja aquí es que uno de los mayores 'donantes' se retira, y lo que es peor, antes de haber completado íntegramente su promesa, con las evidentes implicaciones que eso conlleva tanto a países como a inversores", añade.

"Trump tiene vocación de genocida y usa la salida del Acuerdo de París para desviar de los problemas político que enfrenta con el impeachment.  Su decisión va a afectar a la vida de millones de personas en todo el mundo, perjudicando gravemente los derechos humanos, como el derecho al agua, a la alimentación, a la salud, entre otros", valora Tom Kucharz, miembro de Ecologistas en Acción.

La salida no es irrevocable

No todo es negro. En esta noticia que reafirma la línea discursiva de Trump en materia climática hay algunas aristas a las que la sociedad norteamericana –y el resto del mundo– puede agarrarse. Tanto es así que, el abandono del acuerdo no es irrevocable. Es decir, la llegada de un nuevo presidente a la Casa Blanca, sea de manera anticipada o no, podría suponer que los EEUU volvieran a ratificar los compromisos de París.

En cualquier caso, la decisión de abandonar el multilateralismo medioambiental podría contrarrestarse dentro de los propios poderes estatales de EEUU, ya que los gobiernos de los diferentes estados tienen capacidad de impulsar sus propias medidas anticontaminación, como el reciente caso de la ciudad de Nueva York, que ha prohibido la circulación de coches en una de las avenidas principales de Manhattan. “Vemos que hay estados con políticas ejemplares en cambio climático y otros que son todo lo contrario. Quizá, esa capacidad interna sea más relevante a veces que estar en el acuerdo de París”, opina Javier Andaluz, portavoz de Ecologistas en Acción.

"Hay decisiones del gobierno de Estados Unidos que agravarán igual o mas el calentamiento global que la salida del Acuerdo de París, como por ejemplo la reactivación de proyectos como los oleoductos Keystone XL y Dakota Access Pipeline en tierras sioux o el Plan Energético América Primero, una apuesta decidida por la extracción y el uso sin límites de los combustibles fósiles. La administración Trump ha eliminado o está intentando eliminar restricciones a las tecnologías de perforación del fracking y reduciendo el gasto en las agencias públicas de regulación y control de temas medioambientales", añade Kucharz.

Efecto contagio

La posibilidad de que el discurso de Trump pueda calar en otros gobiernos conservadores como el de Bolsonaro en Brasil vuelve a saltar a la palestra. Pero no solo eso, sino que algunos estados euroescépticos pueden sumarse a la situación de bloqueo. Sobre todo, si se tiene en cuenta que EEUU no saldrá del acuerdo hasta el próximo año, por lo que Trump mantendrá su asiento en la próxima Cumbre del Clima de Madrid (COP 25) desde el que podrá incendiar los debates y frenar la ambición de los acuerdos que se puedan alcanzar. “El hecho de que desde dentro propague la idea de que la lucha contra el cambio climático es una patraña es muy peligroso”, argumenta De Prado.

En cualquier caso la salida de Trump, que hasta ahora era un gran escollo en este tipo de cumbres, puede tener aspectos positivos de cara a las futuras negociaciones. “No es necesariamente una mala noticia para el cambio climática. Él fortalece claramente los intereses negacionistas y, en ese sentido, que se vaya puede suponer que se desatasquen algunas de las negociaciones por el clima”, opina Andaluz, centrándose en cómo podrían transcurrir las futuras cumbres sin la presencia de representantes estadounidenses.

No obstante, el abandono de EEUU y de cualquier otro estado que decida seguir sus pasos debería llevar a la ONU, según los colectivos ecologistas, a activar mecanismos sancionadores para aquellos ejecutivos que no cumplan en materia climática. 

madrid

05/11/2019 17:53 Actualizado: 05/11/2019 18:42

alejandro tena

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Los científicos alertan de que la mutación de los océanos por la crisis climática desatará desastres para la humanidad

El calentamiento del mar, cada vez más ácido y con menos oxígeno, disminuye la vida marina y pone en riesgo los ingresos y el sustento de millones de personas

La subida sin freno de nivel del mar hará que grandes crecidas marinas que antes sucedían una vez al siglo se vuelvan anuales en 2050

La pérdida de hielo y nieve además de la mayor temperatura del agua hacen que el clima sea más extremo, según los expertos de la ONU

Las emisiones masivas de CO2 provocadas por la acción humana –causa de la crisis climática– están transformando los océanos a una escala nunca vista. A base de absorber gas y calor, los mares se convierten en más cálidos, más ácidos y con menos vida. Se reducen los recursos que ha utilizado la humanidad durante siglos. Océanos cuyo nivel crece constantemente amenazando grandes áreas donde se asientan millones de personas. "Condiciones sin precedentes", resume el Panel de Expertos sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC) en su informe específico sobre océanos y criosfera presentado este miércoles.

"Toda la humanidad depende directa o indirectamente de los océanos y la criosfera [los glaciares, las capas de hielo y nieve y el permafrost]" arranca el informe del IPCC. De ahí la relevancia de la degradación que el calentamiento global de la Tierra está causando en el 80% de la superficie del planeta. Una mutación radical. "Los océanos y las cumbres pueden parecer lejanas para mucha gente, pero todos estamos influidos por ellos. Para obtener comida, agua, transporte, comercio, salud o recreo", ha resumido este miércoles el director del panel, Hoesung Lee. 

Sin embargo, la revisión científica del Panel no deja lugar a dudas: el mar es la principal víctima de la producción de CO2. El 90% del exceso de calor acumulado en la Tierra por el efecto invernadero se ha ido a sus aguas que también se han quedado con la mayoría del dióxido de carbono extra. ¿Consecuencias? Los océanos no paran de calentarse desde la década de 1970. La tasa de calentamiento se ha doblado desde 1993. El CO2 ha derivado en una acidificación del mar (que impide la vida) que, además, pierde oxígeno. Los cálculos del IPCC reiteran que la reducción de la cantidad de gases lanzados a la atmósfera son la clave para paliar estos efectos. "Las medidas que se tomen hoy son críticas para el futuro de los océanos y la criosfera". 

Una de las autoras del informe, la investigadora Carolina Adler, cuenta a eldiario.es que nadie quedará a salvo de estas consecuencias: "El informe demuestra cómo estos sistemas oceánicos y terrestres están intrincadamente conectados a nivel mundial. Y esto nos afecta a todos en la Tierra".

Grandes crecidas del mar: de una al siglo a una al año

Uno de los efectos más seguros y conocidos del cambio climático es la subida del nivel del mar. La escala puede parecer pequeña, una media de 3,6 mm al año, pero no se detiene: "Continúa creciendo a un ritmo ascendente", sentencian los científicos de la ONU. La aceleración de este fenómeno en las décadas más recientes es debido a "la pérdida de hielo en Groenlandia y la Antártida, además de la expansión oceánica" al estar más caliente el agua. Todo se conecta.

Para 2100, el crecimiento será incluso diez veces más rápido que en el siglo XX. Esta subida está detrás de un peligro real de devastación en zonas bajas costeras donde viven 670 millones de personas y la multiplicación de episodios hasta ahora raros como son las grandes crecidas marinas cuya probabilidad se multiplica por cien.

Las grandes subidas de nivel de las aguas han ocurrido, históricamente, una vez cada siglo, pero las proyecciones indican que llegarán a convertirse en habituales y registrarse una vez al año a partir de 2050. "Dependiendo del lugar donde se produzca esa crecida del mar los impactos pueden ser muy severos", indica el documento.

Reducción de la vida marina: menos pesca

La abundancia del mar está en peligro. Ante el deterioro de los ecosistemas marinos, "está previsto un descenso en la biomasa global de especies marinas, así como en el potencial de capturas de los bancos pesqueros. Tanto en la superficie como en el mar profundo", recoge el informe. Ese panorama pone directamente en riesgo la forma de vida de las comunidades que dependen del mar: "Sus ingresos e incluso el sustento".

Traducido significa que van quedando menos peces en una combinación nefasta de crisis climática y sobrepesca de las especies comerciales más buscadas. Además, muchas variedades se ven obligadas a cambiar sus áreas de distribución. El aviso indica que la masa de animales marino puede caer un 15% y reducir en un cuarto el potencial para la pesca de  las especies. Ante la pérdida de recursos disponibles, se disparan los "conflictos entre las autoridades, las pesquerías y las comunidades ante la nueva distribución de esos recursos".

No queda ahí la cosa. Además, el calentamiento global afecta a la seguridad de lo que se come al facilitar la acumulación de tóxicos como el mercurio en los animales y las plantas marinas. Esto afectará tanto a los grupos que se alimentan de productos del mar como a sectores económicos como la industria pesquera, la acuicultura y el turismo. 

Se funde el hielo y se descongela la tierra helada

La criosfera se extingue. La fundición de los polos ha sido uno de los avisos más famosos de la aceleración del cambio climático. Las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, simplemente se están convirtiendo en líquido: 400.000 millones de toneladas de agua al año. La banquisa de hielo sobre el Ártico es un 13% más pequeña cada verano. 

La pérdida de glaciares, la descongelación del permafrost y la caída de la capa de hielo van a aumentar por el incremento de la temperatura del aire "con consecuencias inevitables sobre la escorrentía del agua y los peligros en zonas concretas" como inundaciones o deslizamientos de tierra. 

Con menos glaciares, hielo oceánico y nieve se empeora la propia crisis climática. Se reduce la reflectividad de la Tierra, es decir, los rayos del sol no rebotan y su radiación es tragada por ejemplo, por el mar. Además, a medida que se calienta el permafrost se va liberando el carbono y metano ahí acumulando durante cientos de años "acelerando el calentamiento global".

Caída de la vida en el planeta

Un mundo más pobre. La pérdida de hábitats para las especies y su degradación se multiplican a medida que los mares se deterioran y las capas de hielo desaparecen. Es célebre la extinción de la gran barrera de coral en Australia cuya existencia se tambalea: "Los corales de aguas cálidas sufrirán grandes impactos aunque el calentamiento global se limite a 1,5ºC", dicen los expertos. 

Pero el informe sentencia que "de manera global, podrían perderse entre el 20 y el 90% de los humedales costeros", según el nivel de vulnerabilidad y los estuarios también afrontan riesgos por la salinización y falta de oxígeno que pueden llevar a migraciones, mortandades o extinciones de especies.  La alteración de la criosfera conlleva "cambios en la estructura y funcionamiento de ecosistemas y una eventual pérdida de biodiversidad única".

El informe de IPCC –que se une al publicado en octubre de 2018 sobre la necesidad de medidas urgentes en la próxima década y el de agosto pasado sobre los cambios en la producción de alimentos– tiene una sentencia sobre las implicaciones globales que acarrea la mutación radical del mar: "La degradación a largo plazo de los ecosistemas marinos compromete el papel de los océanos en su dimensión cultural, recreativa y de bienestar de la humanidad".

Por Raúl Rejón

25/09/2019 - 11:00h

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Hambre y muerte en cientos de millones de personas por el cambio climático: ONU

Nos encaminamos a un apartheid ambiental

 

 

Cientos de millones de personas alrededor del mundo sufren de hambre, desplazamiento, enfermedad y muerte a causa del cambio climático, se señala en un informe presentado ayer en el Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas por su ponente especial sobre la extrema pobreza, Philip Alston.

 

El experto independiente en pobreza extrema y derechos humanos advirtió que el mundo va camino del “apartheid climático”, en el que los ricos compran su vía de escape de los peores efectos del calentamiento global, mientras los pobres son los más perjudicados.

 

Alston, un jurista australiano, mencionó a los neoyorquinos vulnerables que quedaron atrapados sin electricidad ni atención sanitaria cuando el huracán Sandy azotó la ciudad en 2012, mientras que "la sede de Goldman Sachs estaba protegida por decenas de miles de sacos de arena y contaba con electricidad de su generador".

 

Confiar exclusivamente en el sector privado para protegerse de las condiciones meteorológicas extremas y de la subida del nivel del mar "casi garantizaría violaciones masivas de los derechos humanos, con los ricos atendidos y los más pobres abandonados", escribió.

 

"Incluso en el mejor de los casos, cientos de millones se enfrentarán a la inseguridad alimentaria, la migración forzada, las enfermedades y la muerte". Precisó que la economía mundial necesita un "giro fundamental" y distanciarse de los combustibles fósiles, a los que responsabiliza de gran parte de las emisiones de efecto invernadero provocados por el hombre.

 

Su informe critica a los gobiernos por hacer poco más que enviar funcionarios a conferencias para hacer "discursos", a pesar de que los científicos y los activistas del clima han estado dando la voz de alarma desde la década de 1970.

 

Por lo pronto, el mercurio seguía subiendo ayer en Europa, especialmente en el oeste del continente, con temperaturas inéditas para un mes de junio que podrían intensificarse en los próximos días.

 

En Francia, donde la ola de calor proveniente del desierto del Sahara se instaló desde inicios de semana, las autoridades emitieron una alerta naranja en 65 departamentos del país y pidieron a los residentes tomar precauciones.

 

El país sigue traumatizado por la ola de calor de agosto de 2003, a la que se le atribuye la muerte de 15 mil personas, principalmente ancianos, los más vulnerables al calor.

 

En París, que como todas las grandes ciudades se convierten durante episodios caniculares en burbujas de calor debido al cemento, a las actividades humanas y a la falta de árboles, los residentes tomaban por asalto las piscinas municipales de la ciudad.

 

El termómetro marcaba ayer por la tarde en la capital francesa 32 °C.

 

Según el organismo nacional de previsión meteorológica, Météo France, esta racha de calor no tiene precedente, para un mes de junio, desde 1947 por su intensidad.

 

Los expertos prevén que el termómetro siga subiendo hoy, hasta superar los 40 °C en varias localidades del este y del centro de Francia, como Besanzón, Clermont-Ferrand o Lyon, y se extenderá hasta finales de semana, al menos en el sureste del país.

 

En España, esta ola de calor durará al menos hasta el primero de julio. Las temperaturas podrían alcanzar el viernes 45 °C en Gerona y 44 °C el fin de semana en Zaragoza, ambas en el noreste del país.

 

“El infierno is coming”, tuiteó la meteoróloga Silvia Laplana, del canal público RTVE, junto a un mapa prácticamente teñido de rojo por las zonas de calor intenso.

 

En Alemania, donde los meteorólogos han advertido que se podría romper un récord de 38.5 °C para un mes de junio, las autoridades impusieron restricciones de velocidad en algunos tramos de las autopistas hasta nuevo aviso, debido al riesgo de que el asfalto caliente se rompa por las temperaturas inusualmente altas.

 

Stefan Rahmstorf, investigador del Potsdam Institute for Climate Impact Research, señaló que "este aumento de los extremos de calor se está produciendo como la ciencia había previsto, como resultado directo de un calentamiento inducido por los gases de efecto invernadero de la combustión de carbón, petróleo y gas", añade.

 

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“Hay que prepararse ya para las consecuencias del cambio climático”

La exministra ecuatoriana preside en Buenos Aires la reunión de cooperación Sur-Sur

Para María Fernanda Espinosa, la diplomática ecuatoriana que preside la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, hay que acelerar las medidas defensivas contra el cambio climático. “El objetivo es construir resistencia y capacidad de adaptación, prepararse ya para las consecuencias del cambio”, especialmente en los países más pequeños y menos desarrollados, los que más sufrirán en las próximas décadas. El clima, la desigualdad económica y las migraciones han sido, junto al asunto urgente de la mujer, los grandes temas de la reunión Sur-Sur que los 193 países de la ONU han mantenido el jueves y el viernes en Buenos Aires.


“Un tema muy importante es la reforma de los mecanismos internos en la Asamblea General de la ONU y cómo tomar decisiones en una época en que los consensos son cada vez más raros; eso, sin embargo, difícilmente saldrá en un titular”, dice Espinosa durante una entrevista desarrollada en su hotel bonaerense. “La Asamblea adopta decisiones, pero luego cada país debe aplicarlas y ahí tenemos un déficit”, reconoce.


Aunque se trabaja mucho en la reforma interna, las urgencias planetarias concentran la atención. El cambio climático, para empezar: quién paga la factura, cómo se reparten responsabilidades y cómo se afrenta algo que ya resulta inevitable. Serán los temas de la gran conferencia de Nueva York, en septiembre. La presidenta de la Asamblea General cree que hay razones para el optimismo. Estados Unidos se ha retirado de los Acuerdos de París y su presidente, Donald Trump, incluso niega que exista el calentamiento, “pero cientos de ciudades estadounidenses y varios estados están aplicando los Acuerdos de París, China ha decidido cambiar su matriz energética y emprender la reconversión tecnológica, igual que India, y en general estamos en el camino correcto. Lo que ocurre”, subraya, “es que hay que acelerar”.


No se trata solamente de evitar que la temperatura planetaria suba más de dos grados respecto a la era preindustrial, algo que, según un informe de la ONU en noviembre, ya está a punto de ocurrir, sino de prepararse para las consecuencias del calentamiento. “Soy latinoamericana, sé que los países pequeños y con menos recursos serán los más afectados, y lo que debemos hacer ahora es redireccionar esfuerzos para construir resiliencia ante los fenómenos naturales”, dice Espinosa.


Una de las consecuencias del cambio climático será el agravamiento de las migraciones. Hoy, 250 millones de personas están en movimiento, el 80% de ellas dentro de África. La cuestión migratoria afecta muy especialmente a los países del sur, principales emisores y principales receptores, y tiene su raíz, como siempre a lo largo de la historia, en la desigualdad, que genera pobreza y violencia. “Hay demasiada gente marginada de los frutos de la globalización; si no conseguimos reducir las desigualdades y no cumplimos el objetivo de crear 600 millones de nuevos puestos de trabajo antes de 2030, los problemas serán gravísimos”, afirma.


La antigua ministra ecuatoriana se enciende al hablar de la mujer. “Solo 20 de los 193 países están dirigidos por mujeres; solo el 25% de los parlamentarios son mujeres; las mujeres cobran, a igual trabajo, una media del 20% menos; y los números de la violencia contra la mujer hieren: una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia”, explica, antes de recordar que 20 millones de niñas están anualmente en riesgo de sufrir la mutilación genital.


Espinosa proclama la necesidad de respetar todas las religiones, pero precisa que incluso las religiones tienen como límite la dignidad humana. En referencia no explícita a algunos países musulmanes, recuerda que “quienes han firmado la Carta de las Naciones Unidas están obligados a cumplirla”. Y asegura que si la mujer no se integra con igualdad de derechos en la política y el trabajo, ninguno de los objetivos económicos de la ONU podrá cumplirse. El programa Spotlight, patrocinado por la ONU y la Unión Europea y dirigido a combatir la violencia contra niñas y mujeres, ha sido una de las novedades en la reunión de Buenos Aires.


Durante la reunión, Venezuela denunció que las presiones internacionales contra el régimen de Nicolás Maduro habían supuesto ya una pérdida económica de 24.000 millones de dólares. Hay quien presiona a los dirigentes de la ONU para que dejen de reconocer a Maduro como presidente, pero eso solo podría hacerse con una improbable decisión mayoritaria de la Asamblea General. ¿Puede hacer algo la organización? “Es un problema muy difícil”, admite Espinosa, “y la solución no pasa ni por la intervención militar ni por la violencia. Hacen falta diálogo y concertación. Podemos ayudar, pero la clave está en los propios venezolanos”.

Por Enric González
Buenos Aires 22 MAR 2019 - 15:42 COT

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La emergencia del clima y la próxima generación

Decenas de miles de jóvenes salieron a la calle la semana pasada en muchas ciudades alredor del mundo para transmitir un mensaje claro a los dirigentes mundiales: actúen ya para salvar nuestro planeta y nuestro futuro de la emergencia del clima.

Esos estudiantes han comprendido algo que muchas personas mayores parecen no captar: nos estamos jugando la vida en una carrera contrarreloj y vamos perdiendo. La oportunidad se está desvaneciendo; el tiempo es un lujo que ya no podemos permitirnos y retrasar la acción respecto al cambio climático es casi tan peligroso como negar que existe.
Mi generación no ha sabido reaccionar ante el enorme desafío del cambio climático y la gente joven lo siente profundamente; no les faltan motivos para enojarse.


A pesar de llevar años hablando del problema, las emisiones mundiales están alcanzando niveles récord y no muestran signos de haber tocado techo. Hoy tenemos la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera más alta en tres millones de años. Los pasados cuatro años fueron los cuatro años más calurosos desde que se llevan registros, y las temperaturas invernales en el Ártico han aumentado en 3ºC desde 1990. El nivel del mar está subiendo, los arrecifes de coral mueren y empezamos a ver repercusiones del cambio climático que pueden poner en peligro la salud mediante la contaminación atmosférica, las olas de calor y los riesgos para la seguridad alimentaria.


Por fortuna tenemos el Acuerdo de París, un contexto normativo visionario, viable y con visión de futuro donde se expone qué hacer exactamente para frenar las perturbaciones del clima e invertir sus efectos. Pero el acuerdo en sí es papel mojado si no va acompañado de medidas ambiciosas.


Por eso este año voy a reunir a los líderes mundiales en la Cumbre sobre la Acción Climática. Hago un llamado a todos los dirigentes para que vengan a Nueva York en septiembre con planes concretos y realistas a fin de mejorar sus contribuciones determinadas a escala nacional para 2020, en consonancia con el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 45 por ciento en el próximo decenio y de que sean nulas para 2050.


La cumbre congregará a los gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, las administraciones locales y otras organizaciones internacionales para preparar soluciones ambiciosas en seis áreas: las energías renovables, la reducción de las emisiones, la infraestructura sostenible, la agricultura sostenible y la gestión sostenible de bosques y océanos, la resistencia a los efectos del cambio climático y la inversión en la economía verde.


El análisis más reciente muestra que, si actuamos ahora, podemos reducir las emisiones de carbono en 12 años y limitar el calentamiento global a 1.5°C. Pero si no cambiamos de rumbo, las consecuencias son imprevisibles.


Aunque la acción climática es indispensable para combatir una amenaza existencial, también tiene un costo. Los planes de acción no deben dejar un saldo de ganadores y perdedores o acentuar la desigualdad económica, deben ser justos y crear nuevas oportunidades para quienes salgan perjudicados, en el contexto de una transición justa.


Tenemos de nuestra parte a las empresas. Las soluciones aceleradas al cambio climático pueden reforzar nuestras economías y crear empleo, y a la vez conseguir un aire más limpio, preservar los hábitats naturales y la diversidad biológica, y proteger el medioambiente.


Con las nuevas tecnologías y soluciones de ingeniería ya se está produciendo energía a un costo más bajo que en la economía de los combustibles fósiles. La energía solar y la eólica terrestre son ahora las fuentes más baratas de nueva energía mayorista en prácticamente todas las grandes economías. Pero tenemos que poner en marcha un cambio radical.
Para ello hay que dejar de conceder subsidios a los combustibles fósiles y la agricultura de emisiones elevadas y optar por energías renovables, vehículos eléctricos y prácticas que respeten el clima. Hay que fijar unos precios del carbono que reflejen el costo real de las emisiones, desde el riesgo climático hasta los peligros que entraña para la salud la contaminación atmosférica. También hay que acelerar el ritmo de cierre de las centrales de carbón y sustituir esos empleos por alternativas más saludables para que la transformación sea justa, inclusiva y rentable.


Esta propuesta está cobrando impulso: la gente está atenta y hay una nueva determinación de cumplir la promesa del Acuerdo de París. La Cumbre sobre el Clima debe ser el punto de partida para construir el futuro que necesitamos.


Para terminar, tengo un mensaje para los chicos y las chicas que se manifestaron ayer. Sé que la gente joven puede cambiar el mundo y que, de hecho, lo cambia.
Hoy, muchos jóvenes piensan en el futuro con ansiedad y temor, y yo comprendo vuestras inquietudes y vuestro enfado. Pero sé que la humanidad es capaz de conseguir grandes logros. Vuestras voces me dan esperanza.


Cuanto más percibo vuestro compromiso y activismo, más confianza tengo en que vamos a ganar. Juntos, con vuestra ayuda y gracias a vuestro esfuerzo, podemos y debemos superar esta amenaza y crear un mundo más limpio, seguro y ecológico para todos.

Por António Guterres, Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas

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El New Deal ecológico pone en peligro de extinción a los dinosaurios del Congreso

En las últimas semanas, un vórtice polar que azotó Estados Unidos causó la muerte de al menos 20 personas. Al mismo tiempo, los científicos del gobierno estadounidense informaron que 2018 fue el cuarto año más caluroso desde que se lleva registro y que los últimos cinco años han sido los más cálidos de la historia reciente.

Un enorme agujero en uno de los glaciares más grandes de la Antártida está causando un derretimiento acelerado, mientras que, en todo el continente, grandes lagos de agua de deshielo se desplazan y amenazan con hacer colapsar estas vastas capas de hielo, lo que conduce a un rápido aumento del nivel del mar en todo el mundo. El derretimiento de los glaciares del Himalaya genera riesgo de inundaciones y problemas en el suministro de agua que podría afectar a decenas de millones de personas.
A modo de prueba de que el planeta está experimentando lo que se ha llamado “la sexta gran extinción”, un análisis reciente de datos científicos concluyó que el 40% de los insectos del mundo están al borde de la extinción.


Ante todo esto, ¿cuál fue la respuesta del presidente Donald Trump? En medio de la ola de frío extremo causada por el vórtice polar, tuiteó: “¿Qué diablos está pasando con el calentamiento global? Por favor, vuelve pronto, ¡te necesitamos!”. Pero, pese a todo, hay esperanzas. Dos demócratas, la representante de Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez y el senador de Massachusetts Ed Markey presentaron una resolución en el Congreso que establece “el deber del gobierno federal de crear un New Deal ecológico”. La Resolución 109 de la Cámara de Representantes tuvo una notable cifra de 67 copatrocinadores en esta cámara, todos demócratas, y se ha enviado a once comités distintos de la Cámara de Representantes para su consideración.


Al anunciar la presentación de la resolución, Ocasio-Cortez expresó: “Hoy es el día en que realmente nos embarcamos en una agenda integral de justicia económica, social y racial en Estados Unidos de América. El cambio climático y nuestros desafíos ambientales son una de las mayores amenazas existenciales para nuestra forma de vida; no solo a nivel nacional, sino mundial”.


El New Deal ecológico hace referencia al New Deal original, esto es, el contundente plan de gobierno implementado en Estados Unidos por el presidente Franklin Delano Roosevelt para luchar contra los efectos de la Gran Depresión de 1929. Además de imponer una serie de políticas regulatorias para restringir el poder de los grandes bancos que fueron en gran parte responsables del colapso financiero, el New Deal permitió al gobierno federal contratar directamente a millones de trabajadores para hacer todo tipo de tareas, desde construir carreteras y puentes hasta escribir poesía. También se creó el sistema de Seguridad Social para proteger a los ancianos de los estragos de la pobreza. Desde entonces, el New Deal se ha vuelto sinónimo de una intervención a gran escala del gobierno para resolver problemas grandes y aparentemente inabordables con éxito.


Las resoluciones paralelas del Senado y la Cámara de Representantes presentadas por Markey y Ocasio-Cortez —quien es conocida como “AOC” por sus partidarios— son un llamado a la acción para que el Congreso elabore leyes que implementen un auténtico New Deal ecológico, que pueda cambiar rápidamente el curso económico del país a otro que sea alimentado por energía renovable, de una manera limpia, justa y equitativa.


Anderson Cooper, presentador de la CNN, le preguntó a Alexandria Ocasio-Cortés en el programa “60 Minutos” acerca de la propuesta: “¿Se refiere a que todo el mundo tendrá que conducir un automóvil eléctrico?”. La representante respondió: “Se van a necesitar muchos cambios rápidos que ni siquiera concebimos como posibles en este momento. ¿Cuál es el problema de tratar de llevar nuestra capacidad tecnológica lo más lejos posible?”


Cooper también la interrogó sobre el costo de llevar a cabo un New Deal ecológico que, en parte, AOC propone financiar con un aumento del impuesto marginal a los súper ricos: una tasa impositiva del 70% sobre los ingresos obtenidos por encima de los diez millones de dólares, por ejemplo. Varias encuestas nacionales insinúan un fuerte apoyo a tal impuesto.
Si bien casi todos los aspirantes demócratas a la presidencia han abrazado el New Deal ecológico, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, se burló del plan al responder la pregunta de un periodista sobre la posibilidad de que la propuesta sea tratada en el Congreso: “Será una de varias o, quizá, de muchas sugerencias que recibamos. El sueño ecológico, o como lo llamen; nadie sabe lo que es, pero están a favor, ¿no?”


Después de que el senador Markey presentara su resolución ecológica, el líder de la mayoría del Senado, el republicano Mitch McConnell, declaró a los medios: “Vamos a votar sobre la propuesta en el Senado para darles a todos la oportunidad de dejar asentadas sus declaraciones”. McConnel, junto con el Partido Republicano, están calculando que un voto a favor podría perjudicar políticamente a los demócratas que están actualmente en funciones cuando llegue el momento de su reelección.


Pero McConnell está equivocado. La mayoría de los estadounidenses cree que el cambio climático es real, que representa una amenaza para la humanidad y que hay que hacer algo al respecto. Es hora de que los dinosaurios del Congreso y la Casa Blanca se desprendan de los combustibles fósiles y apoyen el New Deal ecológico, o se enfrenten a la extinción.

Columna15 de febrero de 2019
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Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Hallan vida en un lago subglacial a más de mil metros de profundidad en la Antártida

Científicos estadounidenses han perforado una gran capa de hielo para extraer agua del lago Mercer, donde hay ausencia total de luz solar, una presión alta y medio grado bajo cero de temperatura. Han encontrado 10.000 células de bacterias por cada mililitro de agua. Afirman que es un paso importante para pensar en hallar formas de vida fuera de la Tierra.

 

Un grupo de científicos investigadores estadounidenses del programa Subglacial Antarctic Lakes Scientific Access (SALSA) han encontrado vida en las aguas de uno de los lagos más aislados de la Antártida. El descubrimiento es el resultado de un proyecto que ha durado años y ha exigido la perforación de una capa de hielo de más de mil metros hasta llegar a la superficie del lago Mercer, el más profundo de los cientos de lagos subglaciales del Polo Sur, donde la elevada presión y la ausencia total de luz solar dificultan sobremanera el desarrollo de formas de vida.

El equipo informó de que había logrado acceder a las aguas del lago el pasado 27 de diciembre. Para ello, tuvo que derretir casi 30 toneladas de hielo con un chorro a presión de agua caliente esterilizada. "No ha sido nada fácil", aseguró John Priscu, director de la expedición de SALSA y profesor de ecología polar en la Universidad de Montana.

Cuando la prospección llegó al aislado lago, el más profundo explorado hasta ahora en la Antártida, extrajo 60 litros de agua además de varios metros de sedimentos depositados en el fondo del lago, de unos 15 metros de profundidad. A pesar de estar a medio grado bajo cero, la alta presión a más de un kilómetro de profundidad evita que el agua se congele y fluya por el lecho, generando un entorno propicio para el desarrollo de formas de vida microscópicas.

El hallazgo ha sido considerable: alrededor de 10.000 células de bacterias por cada mililitro de agua. Una cantidad de formas de vida que ha sorprendido a los científicos de la expedición por las duras condiciones en el lago Mercer, de casi 160 kilómetros cuadrados y cuyas masas de agua están en movimiento, conectadas a las corriente subglaciales de otros lagos.


También descubrieron que el agua extraída contiene una gran cantidad de una gas aún por identificar y numerosas burbujas, y que los sedimentos rescatados contienen microfósiles que prueban esos restos fueron bañados por el océano hace más de un millón de años, según ha explicado Priscu.


Tres años después del inicio de esta expedición, la investigación aún está en una fase temprana y Priscu confía en encontrar incluso animales u organismos superiores. "Será para dentro de unos dos meses", ha declarado el científico a LiveScience, donde ha dejado patente la posibilidad de encontrar formas de vida como los tardígrados, animales microscópicos y únicos, muy resistentes a condiciones extremas, presiones desproporcionadas y capaces de sobrevivir incluso en en el vacío del espacio.

Condiciones similares en Marte o la lunas de Saturno


Este descubrimiento, ha explicado Priscu, no sólo revela una parte prácticamente desconocida de las formas de vida en le Polo Sur de la Tierra, un terreno ignoto hasta ahora. También supone un avance importante para las exploración y estudio de ecosistemas similares a éste en otros planetas y satélites del Sistema Solar.
Según los científicos, las masas de agua subglaciales de la Antártida, compuesta por unos 400 lagos soterrados por cientos de metros de hielo, son muy similares a las descubiertas en Marte o a los grandes océanos subglaciales descubiertos en las expediciones de las lunas de Saturno y Júpiter o en Plutón, donde existen las más altas probabilidades hasta ahora de encontrar vida fuera de la Tierra.

 

Emisiones de gases de efecto invernadero: producción versus consumo

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ya rebasa las 405 partes por millón (Ppm), según las más recientes mediciones del observatorio del volcán Mauna Loa en Hawai. Antes de la revolución industrial esa concentración no rebasaba 280 ppm. Es decir, en un lapso relativamente corto hemos provocado un fuerte aumento de CO2 en la composición de gases en la atmósfera.


Ese incremento en la concentración de CO2 está asociado con el aumento en la temperatura media global de un grado centígrado a lo largo del siglo XX. Ese cambio ya se acompaña de enormes consecuencias negativas en términos de huracanes, ondas de calor, aumento en el nivel del mar, sequías y la aceleración de la extinción de todo tipo de especies.


En la conferencia de la Convención Marco sobre Cambio Climático (Unfccc) celebrada en París en 2015 se aceptó el compromiso de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados (respecto de los niveles anteriores a la revolución industrial). Adicionalmente, las partes adquirieron el compromiso de buscar mantener ese aumento por debajo de 1.5 grados centígrados, porque ese es el umbral que los científicos consideran más realista para evitar mayores daños. Hoy sabemos que este objetivo es ya inalcanzable.


En el Acuerdo de París, cada nación determina de manera independiente sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no existe un mecanismo coercitivo para garantizar el cumplimiento de esos objetivos. El único medio es el escarnio que un país sufre al incumplir sus propias metas. Y desde esa perspectiva, el tema de la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero adquiere gran relevancia.


Desde que se negoció el Protocolo de Kioto, en los años 1990, la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se ha basado en aquéllas producidas por cada país. Las naciones más desarrolladas han sido las que han emitido más GEI a lo largo de los pasados 150 años y por eso se buscó inicialmente reconocer el principio de responsabilidad histórica y diferenciada. Pero ese principio se fue desdibujando y en el Acuerdo de París sólo queda un débil compromiso de apoyo financiero para los países menos desarrollados (aún esa promesa no se ha cumplido).


Hoy surgen nuevas dudas sobre la asimetría en las emisiones de GEI. Varios estudios cuestionan la validez de medir las emisiones producidas directamente por cada nación y proponen una medición de las emisiones consumidas (o generadas indirectamente en la producción de bienes y servicios que importa cada país). En otras palabras, para contar con una medida más rigurosa y equitativa sobre las emisiones de GEI es importante hacer un balance entre aquellas que directamente producen una economía en su territorio y las que vienen incorporadas en los productos que importan.


La metodología estándar a la que nos hemos acostumbrado se basa en medir las emisiones producidas directamente. Pero esta métrica ignora que las economías más ricas han sido capaces de reducir sus emisiones directas al mismo tiempo que han podido importar bienes intensivos en emisiones (de GEI) que han sido producidos en otros países. Por ese motivo, las emisiones producidas directamente y aquellas que son consumidas (o producidas indirectamente) difieren de manera significativa.


El trabajo más reciente sobre los resultados generados por estas distintas metodologías es de Mir Goher y Servaas Storm (disponible en www.ineteconomics.org). Aunque la metodología puede ser algo discutible al descansar en la obsoleta noción de la curva ambiental de Kusnetz, lo cierto es que el uso de matrices de insumo producto a escala global permite a los autores observar que el nivel de emisiones está correlacionado con el ingreso per cápita. Esto es grave por dos razones. Primero, porque las emisiones muy difícilmente se irán reduciendo en el tiempo. Al contrario, se incrementarán al aumentar el ingreso per cápita en los países más ricos o de ingreso intermedio. Segundo, porque esto revela que es posible que hayamos estado subestimando el volumen de emisiones producidas cada año. En cambio, al utilizar las matrices insumo producto a escala internacional es posible tomar en cuenta el peso del comercio internacional y de las complejas cadenas de valor que hoy dominan la economía global. La diferencia en el volumen de emisiones no es despreciable.


El escenario para el futuro del cambio climático no pinta nada bien. Hoy, las proyecciones más rigurosas indican que estamos en una trayectoria que podría hacer inevitable un aumento de temperatura promedio global en el rango de los tres grados centígrados hacia finales del presente siglo. Las consecuencias de este tipo de perturbación son verdaderamente catastróficas por los efectos acumulativos o en cascada que se pueden generar. La única manera de evitar este desastre es mediante reducciones realmente significativas en los niveles de emisiones de GEI. Para ello es indispensable terminar con el poderío del lobby de combustibles fósiles que aún domina la economía global.


Twitter: @anadaloficial

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Alternativas reales frente al cambio climático

Existen alternativas reales, justas y saludables para frenar el cambio climático y estudios científicos recientes lo demuestran, contrariamente a los que proponen opciones especulativas, teóricas y altamente riesgosas como la geoingeniería climática.

El informe Missing Pathways to 1.5 (Caminos que faltan para 1.5 grados), muestra que garantizar los derechos indígenas y campesinos, restaurar bosques naturales y la transición hacia áreas de cultivo agroecológico, junto con un cambio hacia dietas con menos carne, pueden reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero para 2050. Estiman un potencial de reducción de cerca de 23 gigatoneladas anuales de dióxido de carbono o equivalente, lo cual elimina la supuesta necesidad de usar técnicas de geoingeniería. Son, además, cambios positivos para la biodiversidad, las comunidades indígenas y campesinas, y para la salud de todas y todos. (https://tinyurl.com/y8l4wgfr)

El documento se basa en una amplia y detallada revisión de documentos científicos recientes y fue publicado en octubre 2018 por una coalición de 38 organizaciones que trabajan por la justicia ambiental y social, el derecho a la tierra y a la alimentación y por la agroecología y la conservación de bosques. Las autoras principales son Kate Dooley y Doreen Stabinsky, con la revisión y colaboración de la alianza CLARA (Climate Land, Ambition and Rights Alliance).

El estudio sale al mismo tiempo que el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publica un nuevo informe sobre cómo limitar el calentamiento global a 1.5 °C con respecto a niveles preindustriales, un límite que plantean crucial para evitar un cambio climático catastrófico. En tres escenarios, el IPCC considera el uso de técnicas de geoingeniería para remover dióxido de carbono de la atmósfera, pero en otro plantea que con medidas basadas en las funciones de los ecosistemas –algunas como las que plantea el estudio de CLARA– sería posible también alcanzar esa meta. (Ver más en "Caos Climático, capitalismo y geoingeniería", La Jornada 13/10/18; https://tinyurl.com/y96xudje )

Más de la mitad de las reducciones de gases de efecto invernadero planteadas en el estudio de CLARA vendría de la restauración y protección de bosques naturales y turberas (un tipo de humedal que retiene altas cantidades de carbono y nitrógeno orgánicos). El resto se puede lograr con cambios en la agropecuaria industrial –que es el mayor factor de deforestación y destrucción de humedales–, con la recuperación de suelos y agroecosistemas, a través de disminuir el uso de fertilizantes sintéticos, apoyar sistemas agroecológicos y locales, y de parte de los consumidores, cambiar la dieta.

El informe afirma que los "derechos comunitarios sobre la tierra y bosques, son la acción climática mas efectiva, eficiente y equitativa que los gobiernos pueden ejercer para reducir su huella de carbono y proteger los bosques del mundo". Enfatiza la necesidad de afirmar los derechos a tierra y territorio de las comunidades y pueblos indígenas para lograr los objetivos planteados. Todos los bosques del mundo están habitados por comunidades indígenas, que son las principales cuidadoras de los bosques. A escala global, la mitad de esos territorios tienen reclamos de tenencia por parte de comunidades, pero solamente 20 por ciento tiene reconocimiento legal.

Cuestiona también el uso del concepto de "emisiones negativas", un término absurdo que no existe en ningún idioma. Fue inventado para justificar mantener la emisión de gases de efecto invernadero, que se contrarrestarían, supuestamente, con medidas tecnológicas para remover el carbono de la atmósfera (geoingeniería). Una opción de alto riesgo que carga el problema a las generaciones futuras, colocándolas en dependencia con los dueños de las tecnologías.

En contraposición, este informe plantea formas de evitar las emisiones antes de que se generen, y remover el excedente de carbono ya acumulado en la atmósfera mediante la expansión de los bosques naturales con especies nativas y aumentar la agroforestería comunitaria, entre otras medidas.

Con respecto al sistema agroalimentario, que es el factor de mayores emisiones de GEI, plantea reducir los desperdicios (que la FAO estima hasta en 40 por ciento de lo cosechado), disminuir los transportes de alimentos, aumentar la producción y consumo local, disminuir el uso de fertilizantes sintéticos y agroquímicos; reducir y mejorar la ganadería, terminando con la cría confinada de vacas, cerdos y aves, y basarla en alimentación de pradera. Complementariamente, ven como esencial reducir el consumo de carne, que es muy desigual en el mundo por lo que se dirigen especialmente a los que más consumen. La gran mayoría de la producción industrial y consumo de carnes se concentra en sólo seis países.

Señalan también el error de enfocarse solamente en limitar la temperatura, planteando la crisis climática como fenómeno aislado. Necesitamos respuestas holísticas a las crisis ambientales, sociales, de salud y otras y sólo los enfoques múltiples y sinérgicos aportarán las verdaderas soluciones, tal como demuestra este estudio.

Silvia Ribeiro, Investigadora del grupo ETC

 

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