Trece tesis sobre la catástrofe (ecológica) inminente y los medios (revolucionarios) de evitarla

 I. La crisis ecológica está ya presente y se convertirá todavía más, en los meses y años próximos, en la cuestión social y política más importante del siglo XXI. El porvenir del planeta y de la humanidad va a decidirse en los próximos decenios. Los cálculos de algunos científicos en relación con los escenarios para el 2100 no son muy útiles, por dos razones: a) científica: considerando todos los efectos retroactivos imposibles de calcular, es muy aventurado hacer proyecciones de un siglo; b) política: a finales del siglo, todos y todas nosotros y nosotras, nuestros hijos y nietos habrán partido y entonces ¿qué interés tiene?

II. La crisis ecológica incluye varios aspectos, de consecuencias peligrosas, pero la cuestión climática es sin duda la amenaza más dramática. Como explica el GIEC [Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, ndt], si la temperatura media sobrepasa más de 1,5 grados en relación con la del período preindustrial, existe el riesgo de que se desencadene un proceso irreversible de cambio climático. ¿Cuáles serían las consecuencias? A continuación se señalan algunos ejemplos: la multiplicación de mega-incendios como el de Australia; la desaparición de los ríos y la desertificación de los suelos; el deshielo y la dislocación de los glaciares polares y la elevación del nivel del mar, que puede alcanzar hasta decenas de metros, mientras que solo con dos metros amplias regiones de Bengala, de India y de Tailandia, así como las principales ciudades de la civilización humana –Hong-Kong, Calcuta, Viena, Amsterdam, Sangai, Londres, Nueva York, Río- desaparecerán bajo el mar. ¿Hasta dónde podrá subir la temperatura? ¿A partir de qué temperatura estará amenazada la vida humana sobre este planeta? Nadie tiene respuesta a estas preguntas…

III. Estos son riesgos de catástrofe sin precedente en las historia humana. Sería preciso volver al Plioceno, hace algunos millones de años, para encontrar una condición climática análoga a la que podrá instaurarse en el futuro gracias al cambio climático. La mayor parte de los geólogos estiman que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, en el que las condiciones del planeta se han modificado por la actividad humana. ¿Qué actividad? El cambio climático empezó con la Revolución Industrial del siglo XVIII, pero fue después de 1945, con la globalización neoliberal, cuando tuvo lugar un salto cualitativo. En otros términos, es la civilización industrial capitalista moderna quien es responsable de la acumulación de CO2 en la atmósfera y, con ello, del calentamiento global.

IV. La responsabilidad del sistema capitalista en la catástrofe inminente está ampliamente reconocida. El Papa Francisco, en la Encíclica Laudatio Si, sin pronunciar la palabra capitalismo, denunciaba un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso, exclusivamente basado en “el principio de maximización del beneficio” como responsable a la vez de la injusticia social y de la destrucción de nuestra Casa Común, la Naturaleza. Una consigna universalmente coreada en las manifestaciones ecologistas en todos los lugares del mundo es: “¡Cambiemos el sistema, no el clima!” La actitud de los principales representantes de este sistema, partidarios del business as usual – millonarios, banqueros, expertos, oligarcas, politicastros- puede ser resumida en la frase atribuida a Luis XIV: “Después de mí, el diluvio”.

V. El carácter sistémico del problema se ilustra cruelmente con el comportamiento de todos los gobiernos (con rarísimas excepciones) al servicio de la acumulación de capital, de las multinacionales, de la oligarquía fósil, de la mercantilización general y del libre comercio. Algunos -Donald Trump, Jair Bolsonaro, Scott Morrison (Australia)- son abiertamente ecocidas y negacionistas climáticos. Los otros, los razonables, dan el tono en las reuniones anuales de la COP (¿Conferencias de los Partidos o Circos Organizados Periódicamente?) que se caracterizan por una vaga retórica verde y una completa inercia. La de más éxito fue la COP21, en París, que concluyó con solemnes promesas de reducciones de emisiones por todos los gobiernos participantes -no cumplidas, salvo por algunas islas del Pacífico-; ahora bien, si se hubieran cumplido, los científicos calculan que la temperatura podría sin embargo subir hasta 3,3 grados suplementarios.

VI. El capitalismo verde, los mercados de derechos de emisión, los mecanismos de compensación y otras manipulaciones de la pretendida economía de mercado sostenible se han revelado completamente ineficaces. Mientras que se enverdece a diestra y siniestra, las emisiones suben en flecha y la catástrofe se aproxima a grandes pasos. No hay solución a la crisis ecológica en el marco del capitalismo, un sistema enteramente volcado al productivismo, al consumismo, a la lucha feroz por las partes de mercado, a la acumulación del capital y a la maximización de los beneficios. Su lógica intrínsecamente perversa conduce inevitablemente a la ruptura de los equilibrios ecológicos y a la destrucción de los ecosistemas.

VII. Las únicas alternativas efectivas, capaces de evitar la catástrofe, son las alternativas radicales. Radical quiere decir que ataca a las raíces del mal. Si la raíz es el sistema capitalista, son necesarias alternativas anti-sistémicas, es decir anticapitalistas, como el ecosocialismo, un socialismo ecológico a la altura de los desafíos del siglo XXI. Otras alternativas radicales como el ecofeminismo, la ecología social (Murray Bookchin), la ecología política de André Gorz o el decrecimiento anticapitalista, tienen mucho en común con el ecosocialismo: en los últimos años se han desarrollado las relaciones de influencia recíprocas.

VIII. ¿Qué es el socialismo? Para muchos marxistas es la transformación de las relaciones de producción –mediante la apropiación colectiva de los medios de producción- para permitir el libre desarrollo de las fuerzas productivas. El ecosocialismo se reclama de Marx pero rompe de forma explícita con ese modelo productivista. Ciertamente, la apropiación colectiva es indispensable, pero es también necesario transformar radicalmente las mismas fuerzas productivas: a) cambiando sus fuentes de energía (renovables en lugar de fósiles); b) reduciendo el consumo global de energía; c) reduciendo (decrecimiento) la producción de bienes y suprimiendo las actividades inútiles (publicidad) y las perjudiciales (pesticidas, armas de guerra); d) poniendo fin a la obsolescencia programada. El socialismo implica también la transformación de los modelos de consumo, de las formas de transporte, del urbanismo, del modo de vida. En resumen, es mucho más que una modificación de las formas de propiedad: se trata de un cambio civilizatorio, basado en los valores de solidaridad, igualdad y libertad y respeto de la naturaleza. La civilización ecosocialista rompe con el productivismo y el consumismo para privilegiar la reducción del tiempo de trabajo y, así, la extensión del tiempo libre dedicado a las actividades sociales, políticas, lúdicas, artísticas, eróticas, etc., etc. Marx designaba ese objetivo con el término Reino de la libertad.

IX. Para cumplir la transición hacia el ecosocialismo es necesaria una planificación democrática, orientada por dos criterios: la satisfacción de las verdaderas necesidades y el respeto de los equilibrios ecológicos del planeta. Es la misma población –una vez desembarazada del bombardeo publicitario y de la obsesión consumista fabricada por el mercado capitalista- quien decidirá, democráticamente, cuales son las verdaderas necesidades. El ecosocialismo es una apuesta por la racionalidad democrática de las clases populares.

X. Para llevar a cabo el proyecto ecosocialista no bastan las reformas parciales. Sería necesaria una verdadera revolución social. ¿Cómo definir esta revolución? Podríamos referirnos a una nota de Walter Benjamin, en un margen a sus tesis Sobre el concepto de historia (1940) : “Marx ha dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Quizá las cosas se presentan de otra forma. Puede que las revoluciones sean el acto por el que la humanidad que viaje en el tren aprieta los frenos de urgencia”. Traducción en palabras del siglo XXI: todas y todos somos pasajeros de un tren suicida, que se llama Civilización Capitalista Industrial Moderna. Este tren se acerca, a una velocidad creciente, a un abismo catastrófico: el cambio climático. La acción revolucionaria tiene por objetivo detenerlo, antes de que sea demasiado tarde.

XI. El ecosocialismo es a la vez un proyecto de futuro y una estrategia para el combate aquí y ahora. No se trata de esperar a que las condiciones estén maduras: hay que promover la convergencia entre luchas sociales y luchas ecológicas y batirse contra las iniciativas más destructoras de los poderes al servicio del capital. Es lo que Naomi Klein llama Blockadia . Es en el interior de las movilizaciones de este tipo donde podrá emerger, en las luchas, la conciencia anticapitalista y el interés por el ecosocialismo. Las propuestas como el Green New Deal forman parte de ese combate, en sus formas radicales, que exigen el abandono efectivo de las energías fósiles pero no en las que se limitan a reciclar el capitalismo verde.

XII. ¿Cuál es el sujeto de este combate? El dogmatismo obrerista/industrialista del pasado ya no es actual. Las fuerzas que hoy se encuentran en primera línea del enfrentamiento son los jóvenes, las mujeres, los indígenas, los campesinos. Las mujeres están muy presentes en el formidable levantamiento de la juventud lanzado por el llamamiento de Greta Thunberg, una de las grandes fuentes de esperanza para el futuro. Como nos explican las ecofeministas, esta participación masiva de las mujeres en las movilizaciones proviene del hecho de que ellas son las primeras víctimas de los daños ecológicos del sistema. Los sindicatos comienzan, aquí o allá, a comprometerse también. Eso es importante, ya que, en último análisis, no se podrá abatir al sistema sin la participación activa de los trabajadores y las trabajadoras de las ciudades y de los campos, que constituyen la mayoría de la población. La primera condición es, en cada movimiento, asociar los objetivos ecológicos (cierre de la minas de carbón o de los pozos de petróleo, o de centrales térmicas, etc.) con la garantía del empleo de los y las trabajadores y trabajadoras afectados.

XIII. ¿Tenemos posibilidades de ganar esta batalla antes de que sea demasiado tarde? Contrariamente a los pretendidos colapsólogos, que proclaman, a bombo y platillo, que la catástrofe es inevitable y que cualquier resistencia es inútil, creemos que el futuro sigue abierto. No hay ninguna garantía que ese futuro será ecosocialista: es el objeto de una apuesta en el sentido pascaliano, en la que se comprometen todas las fuerzas, en un trabajo por lo incierto. Pero, como decía, con una gran y simple prudencia, Bertold Brecht: “El que lucha puede perder. El que no lucha ha perdido ya”.

Por Michael Löwy

Mediapart

Mediapart.fr. Traducción: viento sur

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El selfie de la Humanidad al completo que muestra nuestra fragilidad

Hoy hace justo 30 años, todos los seres humanos nos hicimos un selfie colectivo.

En la frontera del Sistema Solar, a más de 6.000 millones de kilómetros de distancia, la nave espacial Voyager 1 giró su cámara en dirección a nuestro planeta. Desde allí, la Tierra no era más que un frágil punto azul suspendido en la inmensidad del Cosmos.

Carl Sagan creyó que aquella fotografía representaba uno de esos momentos en los que la Ciencia se agiganta y nos ofrece una nueva perspectiva sobre la realidad:

"Mira de nuevo ese punto. Eso es aquí. Esa es nuestra casa. Esos somos nosotros. Ahí están todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que has oído hablar, todos los seres humanos que alguna vez fueron.

El conjunto de nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas. Cada cazador y cada recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y cada destructor de civilización, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada hijo esperanzado, cada inventor y cada explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada "superestrella", cada "líder supremo", cada santo y cada pecador en la Historia de nuestra especie vivió ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores para que pudieran convertirse en maestros momentáneos de una fracción del punto. Piensa en las infinitas crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los habitantes apenas distinguibles de la otra esquina, cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ansiosos por matarse unos a otros, cuán fervientes sus odios.

Nuestra importancia personal imaginada, el engaño de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, se ven desafiados por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una mota solitaria en la gran oscuridad cósmica. En la oscuridad no hay indicios de que venga ayuda de otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay otro lugar, al menos en el futuro cercano, al que nuestra especie pueda migrar. Nos guste o no, por el momento la Tierra es el único lugar del que podemos hacer nuestra casa.

Quizás no haya mejor demostración de la locura de las miserias humanas que esta imagen distante de nuestro pequeño mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más amablemente el uno con el otro, y preservar y apreciar el punto azul pálido, el único hogar que hemos conocido."

14 febrero 2020

Detectan una señal de radio de otra galaxia

Proviene de un sitio que se encuentra a 500 millones de años luz de distancia, pero se desconoce su fuente específica y cómo se emite.

Una señal de radio que llega a la tierra desde el espacio profundo fue detectada recientemente por un equipo de científicos espaciales radicados en Canadá. Las ondas, que son recibidas de manera constante en un ciclo que se repite cada 16 días, abrieron un extenso debate con numerosas teorías sobre su origen.

Se trata de ráfagas cortas de emisiones de radio, más conocidas como “ráfagas de radio rápidas” (FRB, por sus siglas en inglés), que son detectadas por los dispositivos que escuchan señales del espacio exterior. Las FRB son difíciles de estudiar debido a que son impredecibles, no tienen un patrón discernible y aparecen durante un período de tiempo muy corto.

La primera vez que se las comenzó a observar fue en 2007 y si bien han aparecido diversas señales, sólo 10 de ellas se han repetido. Sin embargo, este caso representa para los investigadores el primer ejemplo de un FRB repetitivo y ya se están barajando diferentes teorías sobre su fuente. Algunos plantean que podrían no ser más que el ruido creado cuando dos estrellas chocan y otros aseguran que son mensajes de lejanas civilizaciones avanzadas.

En la investigación, publicada en arXiv, los especialistas expresaron que al momento de detectar el FRB se encontraban estudiando datos del radiotelescopio utilizado por el Canadian Hydrogen Intensity Mapping Experiment. Tras realizar 400 observaciones con el telescopio, comprobaron que las señales llegan aproximadamente una vez por hora durante cuatro días y luego cesan repentinamente, solo para comenzar de nuevo 16 días después.

Este patrón repetitivo sugiere que la fuente podría ser algún tipo de cuerpo celeste que orbita alrededor de una estrella u otro cuerpo. En ese caso, las ondas cesarían cuando son obstruidas por el otro objeto, pero eso todavía no explica cómo es que un cuerpo celeste podría enviar tales señales de manera regular. Otra posibilidad es que los vientos estelares podrían aumentar o bloquear alternativamente las ondas de un objeto detrás de ellos. También podría suceder que la fuente es un cuerpo celeste que está girando.

Los especialistas descubrieron que estos nuevos FRB se originan en una galaxia espiral a unos 500 millones de años luz de distancia y que la tecnología futura podría establecer cuál de los objetos en la galaxia las está enviando y cómo lo está haciendo. Por el momento, sugieren continuar observando las ondas y estudiar si también se puede detectar la periodicidad en otras ráfagas.

“Las observaciones futuras, tanto de intensidad como polarimétricas, y en todas las bandas de ondas, podrían distinguir entre modelos y se recomienda encarecidamente al igual que las búsquedas de periodicidades en otros repetidores, para ver si el fenómeno es genérico”, escribieron los investigadores.

Cuando se va la naturaleza, atrás viene la pobreza”

Entrevista al líder indígena del Amazonas Davi Kopenawa

Cuando en 1971 la fotógrafa suizo brasileña Claudia Andújar se internó por primera vez en la Amazonía todo le parecía esencial. Quien lo hizo visible a sus ojos fue Davi Kopenawa, el chamán y portavoz del pueblo yanomami.

Andujar expone hasta el 10 de mayo lo que captó con su cámara en la Fundación Cartier de arte contemporáneo de París: la muestra más grande dedicada a una sola artista que hayan organizado. La exposición fue curada por Thyago Nogueira del Instituto Moreira Salles de San Pablo, quien se pasó 4 años hurgando en el archivo de la fotógrafa. Davi Kopenawa voló a Francia para la inauguración.

En 1989 Kopenawa salió por primera vez de Brasil para recibir el premio Right Livelihood, conocido como el Nobel alternativo, en nombre de la ONG Survival International, que nació en 1969 denunciando el genocidio a pueblos indígenas del Amazonas.

A fines del año pasado Kopenawa volvió a recibir el Right Livelihood en Estocolmo, pero ahora a título personal, junto con Greta Thunberg, entre otros líderes mundiales. Según la ONU, aproximadamente el 80% de la biodiversidad que queda en el planeta está en territorio indígena y Davi, de 63 años, es un emblema entre los guardianes de lo que queda. Por eso se enfrenta a Jair Bolsonaro y a los buscadores de oro.

No es la primera vez que en sus salas se evocan referentes indígenas latinoamericanos: hace dos años Freddy Mamani, el arquitecto aymara del Alto de La Paz, fue la estrella de una muestra. A cien metros del cementerio de Montparnasse (donde yacen Jean Paul Sartre, Simone de Beavouir y Julio Cortázar), en una mañana de inicios de febrero menos fresca que lo habitual, Davi tarda en desabrigarse tras entrar a la sala calefaccionada de la Fundación Cartier.

En una de las pantallas hay un video de Davi semi desnudo haciendo rituales, pero él no le presta demasiada atención. Se quita el gorro de lana para colocarse su corona de plumas y se quita la campera de plumas para dejar ver su collar tradicional. Mira las fotos colgadas de Claudia Andujar donde la luz es tan protagonista como los personajes iluminados. Aparecen Bruce Albert, el antropólogo francés que vive en Uruguay, junto a Claudia Andujar, que ya con 88 años y en silla de ruedas, entra brevemente solo para verificar que todo esté en su lugar y se va a descansar. Faltan minutos para una de las vernissages y Davi comenta algo con su hijo Dario de 27 años, que va con él a todas partes, está subiendo todo a las redes sociales de la asociación Hutukara. Afirman que la armaron para “la lucha fuera de la selva”. Dario postea: “lo único que buscamos es que se respeten nuestros derechos territoriales y nos dejen tranquilos”.

-No sólo es el protagonista de las fotos, también ha acompañado a Andujar a presentar el material por el mundo. Y junto a Bruce Albert escribió el libro La caída del cielo. ¿Cómo es para una cultura oral usar el libro y la fotografía para transmitir un legado? 

-El blanco, que no conoce nada del bosque, necesita ver y leer para recordar. Si hablo con usted, usted va a olvidar lo que dije. Pero con el libro, usted va a seguir leyendo, al día siguiente va a leer de nuevo, y así. Bruce es un un antropólogo que conocimos recolectando nuestro conocimiento de sabiduría, que nosotros tenemos guardada en la memoria. El blanco piensa que el indio no piensa, que no sabe explicar, que no sabe hablar, que no conoce el futuro. Encontré muy bueno que Bruce me ofreció grabarme. Y yo le conté del origen de todo, de Omama (el “creador” para los yanomami), que creó el pensamiento. Yo quería mostrar mi sabiduría, el conocimiento del pueblo yanomami, para que el blanco entienda que sabemos hablar, explicar por nuestra propia cuenta nuestra propia historia yanomami. No es para nosotros, es para ustedes. Para los estudiantes, que necesitan ver de otra manera la selva. El libro llegó a las universidades y eso es lo que quería. Si van a usar árboles del bosque para hacer el papel, que sea para un libro así.

-Usted es conocido como el “Dalai Lama” de la selva. ¿Qué piensa de que lo llamen así?

-Somos una legión. Estamos en diferentes lados, lado derecho, lado izquierdo del mapa. El Dalai Lama, Raoni (el líder indígena kayapó)... Estamos todos ligados a la naturaleza, a la tierra. Nuestra salvación es la selva donde está todo lo que hace bien a la salud: agua limpia, todo es puro. Por eso somos así, hijos de la tierra, ella cuida nuestra riqueza. ¿Qué es la riqueza? Es comida: frutas, castañas, asaí. Los blancos también son hijos de la tierra, pero sin los indígenas en la selva todo va a ser peor, va a haber más lluvias, más cambios climáticos. Ya está sucediendo, se meten en nuestro territorio, contaminan nuestros ríos, matan nuestros peces. Yo confío en la fuerza de la naturaleza. Nosotros no vamos a matar ningún hombre blanco, la que lo va a matar es la naturaleza. Estoy luchando para defender mi pueblo para cuidar la tierra, defender la tierra para cuidar los saberes de mi pueblo.

“Bolsonaro es un garimpeiro

En 2019, según diversas organizaciones indígenas de Brasil, al menos 10.000 garimpeiros (buscadores de oro) han invadido la tierra de los yanomamis y su contacto con las comunidades generó una epidemia de malaria y de contaminación con mercurio en muchos de los ríos. Aunque la mayoría de los yanomamis mantienen contacto con la sociedad no indígena, se sabe que un grupo no contactado habita no muy lejos del área que está siendo invadida.

-¿Cómo está la situación con los garimpeiros hoy?

-Los garimpos (campos de minería ilegal) continúan. Donde haya oro, donde haya riqueza, se pueden ir pero regresan. Donde no hay oro, no van. La policía a veces los saca pero a las tres, cuatro semanas, ellos regresan porque saben que hay oro. Entonces hoy están volviendo a la tierra yanomami.

-¿Cuánto cambió la situación con Bolsonaro en el poder?

-La situación siempre fue un poco igual. En los años 91,92, el Gobierno sacó 40 mil garimpeiros; después de eso todo se había calmado un poco, pero al tiempo volvieron, porque ya vieron oro. Hoy en 2020 están ahí. Están talando el bosque, entran y salen, ellos están juntos con la policía federal, con las autoridades, hay empresarios, senadores, políticos. Están más fuertes que antes. Bolsonaro es un garimpeiro, su papá era garimpeiro, el presidente los está empujando para que crezca la minería. El propio presidente es un garimpeiro.

-Recientemente Bolsonaro dijo: “cada vez más el indio es un ser humano como los blancos”.

-Es lo que él piensa. El no reconoce la tierra yanomami, nunca visitó nuestra comunidad, ninguna comunidad, está diciendo que es un enemigo de los indígenas. No conoce los pueblos de la selva, por eso dice esas cosas. Piensa que somos salvajes, como los monos, los cerdos. No sabe nuestra lengua. Tiene solo preconceptos. Lo que sí, somos seres humanos diferentes al blanco, porque nosotros conocemos la montaña y la selva. Bolsonaro dice esas cosas porque no le gustamos, siempre está diciendo cosas para que nos enojemos. La situación está peor que siempre. Bolsonaro es como la dictadura militar, como el presidente Figueiredo que mató a mi pueblo yanomami y a nuestros parientes wamiri atroaris. Por eso siempre habla mal de nosotros.

-Survival International define la situación como un “riesgo de genocidio legislativo”. ¿Cómo se están organizando?

-Estamos luchando para que seguir viviendo. Para criar nuestros hijos, para cuidar de nuestro lugar, de nuestra casa. Nadie está peleando por dinero. Y hay hijos de Omama también entre los hombres blancos. Por eso nos ayudan. Y los otros pueblos indígenas en Colombia, Ecuador... Estamos frente a la misma lucha, los mismos problemas.

El origen de la maldad

Los yanomamis utilizan cerca de 500 plantas para comer, elaborar medicinas y construir casas. Ningún cazador come la carne que ha cazado sino que la reparte y a cambio recibe carne de otro cazador. Así han vivido siempre. Hasta 1940, cuando Brasil mandó gente para delimitar la frontera con Venezuela, los yanomamis no habían entrado en contacto continuado con el resto de sus contemporáneos. Ese contacto trajo epidemias de sarampión y gripe. En la década de 1970 fueron víctimas del gobierno militar y desde los años 80, de los buscadores de oro y del avance de la frontera agrícola-industrial. Hoy son unas 38 mil personas en casi 18 millones de hectáreas (un territorio grande como Uruguay), si se cuentan los territorios ancestrales que reclaman en el norte de Brasil (donde ya fueron demarcados) y en Venezuela (donde aún no ocurrió). El de los yanomamis es el mayor territorio indígena selvático del mundo.

-¿Podemos decir que la principal diferencia entre los blancos en las ciudades y los indígenas es la conexión con la tierra?

-Los pueblos de las ciudades sí tienen conexión con la tierra: para extraer riqueza, petróleo, oro, diamante. Así es como están conectados con los bosques.

-En la cosmovisión yanomami hay una interpretación sobre el origen de la “maldad” ¿verdad?

-La gente mala es hija de Yoasi, que era el hermano del creador Omama. Omama era una buena persona, honesto, sabía tratar, sabía cuidar. Yoasi no. Comenzó como loco a matar, a derrumbar los árboles para hacer casas, a acabar la tierra para comerciar con otros pueblos. Entonces se volvió enemigo de Omama y este se fue bien lejos. Yoasi continúa entre nosotros, hizo crecer su propio pueblo, y hoy está presente en el hombre blanco, en la mercadería, en las ciudades. Nosotros, los yanomamis, no somos mercaderia, somos guardianes de la selva, para que quede en pie, los hijos de Omama la cuidamos de los hijos de Yoasi.

-¿Yoasi sería el capitalismo?

-Yoasi es el capitalista, moderno, que se viste bonito y roba las tierras. El que mató y continua matando, es el espíritu que manda a los garimpeiros que matan a los indios. Ahora está peor. El año pasado, cuando asumió Bolsonaro, liberó la compra de armas en las ciudades contra las mujeres, hombres, para matar cualquier persona. Los garimpeiros están armados porque Jair Bolsonaro autorizó la compra de armas de fuego.

-Los yanomamis también están presentes en Venezuela, ¿cuál es la situación de ese lado de la frontera?

-Allá es peor. Porque los yanomami de allí no tienen su tierra demarcada, está solamente delimitada. Allá está lleno de buscadores de oro también. Algunos fueron refugiados en San Pablo, Manaos, Brasilia. Muchos yanomamis están en la montaña, porque ahí están protegidos por la fuerza de la naturaleza.

Salvaciones

“El cielo está lleno de humo porque nuestra selva está siendo talada y quemada. Las lluvias llegan tarde, el sol se comporta de manera extraña. Los pulmones del cielo están contaminados. El mundo está enfermo. La selva morirá si los blancos la destruyen. ¿A dónde iremos cuando hayamos destruido nuestro mundo?”, se pregunta Davi en uno de los archivos de Claudia Andujar.

El padre de Claudia Andujar era judío, oriundo de Transilvania. Se separó de su madre suiza protestante antes de la guerra y fue asesinado en el campo de concentración de Dachau. Claudia se había enterado que la Gestapo estaba yendo a buscarlo y había ido a avisarle, pero su padre no quiso escaparse. Claudia se refugió en Estados Unidos, se casó, pero se separó de su marido español (de quién adoptó el apellido abandonando el de Claudine Haas) antes de que este vaya a la guerra de Corea. Luego fue a Brasil, donde había migrado su madre.“Yo siempre estaba huyendo” escribió, recordando esa época. Cuando Andujar intentó tomarle las primeras fotos a los yanomamis ellos se negaron porque decían que lo que podía huir con las fotos es el alma: “puede escapar y quedar para siempre deambulando”.

"Claudia siempre se sintió culpable por no poder salvar a su familia y seres queridos", dijo la persona que la conectó con los yanomamis, el misionero italiano Carlo Zacquini. Por eso cuando llegó a la tierra de Davi insistió para convencerlos, les decía que solo así podía denunciarse el genocidio a los indígenas. “No conozco a otra persona artista en ninguna otra parte del mundo que haya salvado a todo un componente de nuestra familia humana” dijo el director de Survival, Stephen Corry. Tras aceptar ser fotografiados, el líder Davi debió aprender a manejarse fuera de la selva: “Ahora tenía que usar palabras externas a su universo como naturaleza o pobreza” dice Bruce Albert. En la inauguración de la muestra Davi dijo que eso le salvó la vida.

-¿La naturaleza va a ganar la batalla? ¿Siempre vence?

-(Se ríe) No, no siempre vence, pero desaparece. Y cuando se va la naturaleza, atrás viene la pobreza.

-Usted dijo “nosotros los chamanes sabemos que nuestro planeta está cambiando, conocemos la salud de la Amazonia.” ¿Cuál es el diagnóstico?

-El cambio climático no va a parar. Está quemando. La invasión de la Amazonía está en marcha. No hay remedio para curar nuestro planeta tierra. Las ciudades están creciendo, no hay más lugar para construir, el ser humano está enfermo y se sigue enfermando. La enfermedad ¿como la llaman ustedes? ¿el cáncer? Hay un cáncer en el aire, por eso no va a parar, por eso el cambio climático, por eso se quema la selva.

-¿Hay una utopía en el horizonte o esto siempre va a ser así? ¿cómo sería el mundo de los pueblos indígenas si los motivos para resistir desaparecieran?

-El peligro ya entró en el mundo y la señal de peligro entró en las tierras indígenas. Pero estamos luchando. Hay muchos líderes buscando la manera, denunciando, el peligro está ahí y no va a parar. Vivir bien, hemos vivido bien, hace 50 años. Era maravilloso: no había buscadores de oro, pero llegaron y luego volvieron para atacarnos. Jair Bolsonaro nos va a seguir mandando sus garimpeiros. El horizonte es que nosotros vamos a morir si es necesario junto con nuestro pueblo. Es una lucha para vivir, no vamos a morir callados. 

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Regresa a la Tierra la astronauta Christina Koch, la mujer que más tiempo permaneció en el espacio

Al completar con éxito su misión de 328 días en la EEI, se convirtió en la mujer que más tiempo ha permanecido en el espacio.

La estadounidense Christina Koch regresó este jueves a la Tierra batiendo el récord de la estadía más extensa de la historia en el espacio realizada por una astronauta, con cerca de 11 meses en la Estación Espacial Internacional (EEI), informa la NASA.

Koch junto al ruso Alexánder Skvortsov (de Roscosmos) y el italiano Luca Parmitano (de la Agencia Espacial Europea) aterrizaron a las 09:12 GMT en las estepas de Kazajistán a bordo del módulo de descenso de la nave espacial rusa Soyuz MS-13.

"Estoy muy abrumada y feliz en este momento", expresó la astronauta mientras se encontraba sentada en una silla envuelta en mantas a la espera de ser examinada por médicos, recoge Reuters.

De esta manera Koch de 41 años completó su misión de 328 días en la que orbitó a la Tierra 5.248 veces. Durante ese tiempo recorrió 139 millones de millas (más de 223 millones de kilómetros), o el equivalente a unos 291 viajes de ida y vuelta a la Luna. Esto la convierte en la mujer que más tiempo ha permanecido en el espacio.

Por su parte, Parmitano y Skvortsov completaron una estadía de 201 días en el espacio, 3.216 órbitas a la Tierra y un viaje de 85,2 millones de millas (más de 136 millones de kilómetros).

Diversos experimentos 

En su estadía en el espacio la astronauta dirigió y apoyó más de 210 investigaciones, además de ofrecerse como voluntaria en estudios que buscan observar los efectos de los vuelos espaciales de larga duración en la mujer. Los experimentos pueden aportar información valiosa para futuras misiones a la Luna o para la exploración humana a Marte.

"Las mujeres se aclimatan bien al espacio, así que creo que este es un hito que las mujeres superarán en el futuro y es a lo que aspiramos", aseguró Lori Garver, exadministradora adjunta de la NASA.

Anteriormente, Koch había establecido otro récord al protagonizar en octubre del año pasado junto con su compatriota Jessica Meir la primera caminata espacial exclusivamente femenina.

Koch tuvo la oportunidad de convivir en la EEI con compañeros de la NASA, así como con otros investigadores de distintas agencias espaciales del mundo.

Publicado: 7 feb 2020 05:01 GMT

La agricultura mundial, en la cuerda floja de los fertilizantes químicos

La historia de la agricultura moderna es, en gran medida, la historia de la dependencia de los fertilizantes químicos.

La creciente preocupación por el cambio climático y, en menor medida, por el agotamiento de los combustibles fósiles, han dirigido el foco del debate público hacia los impactos y la disponibilidad de los recursos energéticos. Sin embargo, los problemas de escasez a los que tendrán que hacer frente las sociedades industriales en las próximas décadas afectan a muchos ámbitos distintos. Uno de los que destaca por su gravedad, y que sigue estando relativamente desatendido en el debate público, es el de la producción de alimentos. Bajo el modelo de agricultura actual, ésta depende de enormes aportes externos de energía, pero también de otros insumos que se han vuelto igual de imprescindibles: los fertilizantes químicos. La historia de la agricultura moderna es, en gran medida, la historia de esta dependencia. Una de las claves de su innegable éxito es, también, una de las principales causas de su ruina.

El suelo es una fina capa formada por la acumulación e interacción de partículas minerales, materia orgánica y minúsculos seres vivos, que permite el crecimiento de los vegetales. Si bien tarda cientos o miles de años en formarse, sus nutrientes pueden agotarse muy rápidamente, y la necesidad de reponerlos ha sido una preocupación constante, consciente o no, desde el surgimiento de la agricultura. Antes de que la moderna química del suelo explicara con detalle su funcionamiento, ya tenían lugar por todo el mundo prácticas que reducían o compensaban la pérdida de nutrientes: barbecho, rotación de cultivos y, especialmente, la vinculación entre ganadería y agricultura, que garantizaba la reposición de parte de estos elementos mediante el estiércol.

El desarrollo capitalista en el siglo XIX, con sus enormes necesidades de abastecimiento de fibras y alimentos hacia las ciudades y la industria, aceleró el consumo y la dispersión de estos nutrientes del suelo más allá de su capacidad de renovación. Marx señaló este fenómeno, indicando que la producción capitalista, y la concentración urbana generada por ella, “perturban el metabolismo entre el hombre y la tierra; es decir, el retorno a la tierra de los elementos de esta consumidos por el hombre en forma de alimento y de vestido, que constituye la condición natural eterna sobre la que descansa la fecundidad permanente del suelo”.

Estas observaciones venían tras el estudio de la obra del químico alemán Justus von Liebig, que expuso el carácter fundamental de tres compuestos minerales para el desarrollo de las plantas: nitrógeno, fósforo y potasio, los cuales constituyen la base de los modernos fertilizantes químicos (la conocida fórmula NPK).

LA FÓRMULA NPK Y LA HISTORIA DE LA FRACTURA METABÓLICA GLOBAL

La escala de esta pérdida de nutrientes llevó a las potencias industriales del momento, principalmente Inglaterra, a buscar formas de compensarla mediante la importación de abonos desde distintas partes del mundo. Uno de los más codiciados y valiosos fue el guano, resultado de la acumulación de excrementos de aves marinas o murciélagos. Como han explicado distintos autores, como Bellamy Foster y Brett Clark al desarrollar el concepto de “fractura metabólica”, durante la segunda mitad del siglo XIX millones de toneladas de este recurso fueron extraídas en Perú y embarcadas hacia Inglaterra y Estados Unidos principalmente, pero también a Holanda, Bélgica, Francia, Suecia, etc.

Gran parte de esta extracción se llevó a cabo utilizando trabajadores chinos en condiciones de semiesclavitud, muchos de los cuales morían por las terribles condiciones de trabajo. A la extracción de guano siguió la de los nitratos. La disputa por el control de los yacimientos de nitratos de Atacama y de guano de Antofagasta provocó una guerra entre Chile, por un lado (con el apoyo de Inglaterra) y la alianza formada por Bolivia y Perú por otro: la llamada “Guerra del Salitre”, que se extendió entre 1879 y 1884.

La victoria chilena garantizó a Inglaterra un suministro estable de estos recursos, que sin embargo entraron a partir de entonces en un declive constante: no solamente se extraían a un ritmo mucho mayor que el que hubiera permitido su reposición, sino que, en el caso de los guanos, ésta se veía imposibilitada físicamente: las aves que originaban esta sustancia con sus deposiciones eran esquilmadas o espantadas durante el proceso de extracción.

En la década de 1840, John Lawes descubrió el procedimiento de fabricación de superfosfatos mediante la aplicación de ácido sulfúrico a rocas fosfatadas: se trataba del primer fertilizante artificial, que pronto empezó a fabricarse de manera industrial. Para su desarrollo a la escala vertiginosa que requería la agricultura europea no bastaba con las reservas europeas de estas rocas, y pronto comenzaron a explotarse minas de fosfato en Florida, y décadas más tarde en Marruecos y el Sahara. De hecho, el control de este recurso fue una de las principales motivaciones del colonialismo francés y español en el norte de África.

Posteriormente, la creación de industrias nacionales de fertilizantes en la URSS y en China llevó a la explotación de otros yacimientos de estos minerales, ubicados en las zonas árticas, Kazajistán o Jordania.

En cuanto al potasio, hasta la generalización del uso de potasa mineral la principal fuente artificial había sido la ceniza vegetal, utilizada en diversos lugares a lo largo de la historia. Autores clásicos griegos y romanos, como Virgilio, Estrabón o Columela, ya se refieren a este uso por parte de los agricultores de su época. Durante el s. XVIII había un mercado floreciente de cenizas de abedul provenientes del norte y este de Europa, así como de algas y plantas costeras ricas en sales en la zona mediterránea. La creciente demanda llevó a elevadas tasas de deforestación, hasta que en 1861 abrió sus puertas la primera fábrica de potasa mineral, a partir de la explotación de los recién descubiertos yacimientos potásicos de Stassfurt. Posteriormente se fueron explotando otros yacimientos de importancia, como los de Alsacia, entonces bajo control alemán, o los de Suria, en Cataluña. Actualmente la mayoría de las reservas mundiales se concentran en Canadá, Bielorrusia, Rusia, China e Israel.

A principios del s. XX, el químico alemán Fritz Haber descubrió la forma de extraer nitrógeno del aire mediante la síntesis del amoniaco. Hasta entonces la única forma en que este elemento pasaba al suelo era mediante descargas eléctricas de rayos o mediante la fijación que llevan a cabo diversos microorganismos. El vínculo de algunos de ellos con las plantas leguminosas (como la soja, el guisante o el trébol) hace que su cultivo resulte útil para el aporte de este mineral.

Karl Bosch perfeccionó el método de Haber para la obtención de amoniaco sintético, que se extendió mundialmente tras las primera Guerra Mundial y pasó a conocerse como “proceso de Haber-Bosch”. Este procedimiento permitió disponer de una fuente abundante de fertilizante artificial, pero supuso al mismo tiempo que la producción de alimentos dependiera absolutamente de los combustibles fósiles, ya que la materia prima utilizada para proporcionar el hidrógeno necesario en la reacción es fundamentalmente el gas natural, y en menor medida el petróleo. Esta dependencia se agudizó dramáticamente tras la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, tras la llamada “Revolución Verde”, el paquete tecnológico impulsado por Estados Unidos a partir de 1960 que incluía utilización de semillas híbridas, extensión de la mecanización, uso masivo de pesticidas (muchos de ellos derivados directamente del petróleo) e irrigación. Todo ello acompañado del establecimiento de flujos de alimentos cada vez más globales, absolutamente dependientes de los combustibles fósiles para el transporte, el envasado y la refrigeración.

LOS CUELLOS DE BOTELLA DE LA VIDA

La universalización del uso de fertilizantes químicos a partir de la fórmula simplificada NPK ha incrementado enormemente la producción de alimentos en todo el mundo, permitiendo alimentar a miles de millones de personas con un incremento de la tierra cultivable relativamente modesto. Sin embargo, el coste social y ambiental de este logro ha sido gigantesco. Más de la mitad de los productos utilizados terminan disueltos en las aguas del planeta, generando diversos tipos de contaminación. Uno de los más conocidos, la eutrofización, es el desarrollo masivo de algas que terminan por ahogar otras formas de vida, tal como ha ocurrido en los últimos años en el Mar Menor de Murcia.

Pero hay muchos otros: desde la intoxicación de mujeres embarazadas y bebés que provoca por ejemplo el llamado “Síndrome del niño azul” (una anomalía en la hemoglobina que dificulta el transporte de oxígeno, causado por el exceso de nitratos en el agua) hasta el incremento de emisiones de gases de efecto invernadero.

Al bloquear otros micronutrientes, estos fertilizantes acaban empobreciendo el suelo, que necesita cada vez más dosis mayores para poder mantener estables los niveles de producción. Una espiral que implica tanto un incremento del coste, lo que incide en el endeudamiento y concentración propios de la agricultura industrial, como de la contaminación. Pero la generalización del uso de los fertilizantes químicos (y en general, del uso de combustibles fósiles) ha creado además una situación insólita en la historia: que la agricultura pase a depender de la minería y de otras actividades extractivas, es decir, que el suministro mundial de alimentos dependa a su vez del suministro de recursos limitados y desigualmente repartidos. Es, por tanto, totalmente vulnerable a su escasez y agotamiento.

En este sentido, el potasio no tiene perspectivas de limitaciones inmediatas en el abastecimiento. Según la investigadora Alicia Valero su cénit de extracción, es decir, el momento a partir del cual el nivel de las reservas empezaría a ser descendente, no se alcanzaría hasta la década de 2070, siempre que se sigan explotando nuevos yacimientos. Esto significa además incrementar los impactos ambientales de este tipo de extracción, así como la contaminación del agua por vertidos o la acumulación de residuos salinos. Uno de los ejemplos más conocidos de este problema en nuestra geografía es la montaña de sal del Cogulló, en Sallent (Barcelona), con 500 metros de altura y una extensión de 50 hectáreas, formada por toneladas de vertidos procedentes de las minas de potasa.

El destino del nitrógeno, por su parte, está vinculado al de los combustibles fósiles, no sólo por el suministro de gas natural necesario como materia prima sino por la cantidad de energía que hace falta emplear en el mencionado “proceso Haber-Bosch”. En conjunto, casi la tercera parte de la energía del sector agrícola se destina a la fabricación de fertilizantes inorgánicos. El pico del gas natural está mucho más próximo que el del potasio, y se sitúa entre la década en la que entramos ahora, 2020, y la siguiente. Su disponibilidad para la fabricación de abonos estará condicionada por la competencia con otros usos, tales como la producción de electricidad.En los últimos años la demanda para este objetivo ha venido creciendo de manera importante, acompañada de una propaganda que lo presenta como una fuente energética “limpia”, o al menos, “de transición” (ver “La trampa global del gas. Un puente a ninguna parte”).

El macronutriente inorgánico que más cerca está del agotamiento es el fósforo, que el escritor Isaac Asimov denominaba “el cuello de botella de la vida”, por su importancia para el crecimiento de las plantas. Tal y como Asimov señaló insistentemente, no existe ningún otro elemento que pueda sustituir su uso. Ya en 1938 el presidente estadounidense Franklin Roosevelt había subrayado su importancia fundamental en un mensaje dirigido al Congreso, en el que defendió que la administración de los depósitos de fosfato debería ser considerada un asunto de interés nacional.

Existe actualmente un debate científico sobre el momento en que se alcanzará su pico de extracción, el máximo global de producción a partir del cual sus existencias irán decreciendo. Algunos autores consideran que este se produjo a finales del siglo XX, otros que ha tenido lugar en algún momento de esta década. Sea como sea, la conciencia de que las reservas son cada vez más escasas va ganando terreno, lo cual no ha implicado ninguna medida seria para reducir su utilización, que no ha dejado de aumentar en todo el mundo.

Tras una breve caída en 2008 por la recesión económica internacional, según la FAO el consumo mundial de fertilizantes fosfatados pasó de 35 millones de toneladas a 45 millones en 2017. Al igual que ocurre con otros recursos limitados, la tendencia que se observa ante sus perspectivas de escasez o agotamiento no es el cuestionamiento de su uso (lo que implicaría, a su vez, otros cuestionamientos más profundos del modelo social y económico imperante), sino la ampliación de las fronteras extractivas, en un intento de apurar todas las reservas posibles.

Una de las zonas de interés estratégico en este sentido es el norte de África. Más del 80% de los recursos mundiales de fosfatos se encuentran en el Sahara Occidental, cuya importancia supone uno de los intereses principales de la ocupación marroquí, al igual que lo fueron para el colonialismo francés y español en la zona. Cerca de allí, las minas de Argelia han atraído recientemente el interés de las empresas chinas para su explotación de forma conjunta con la compañía energética estatal argelina, Sonatrach, mientras que la producción de Túnez ha entrado ya en declive. En Siria los yacimientos de fosfatos han jugado, según parece, un papel en el conflicto que se mantiene desde 2011; de hecho, compañías rusas han firmado en estos años contratos con el gobierno sirio para su extracción y procesamiento.

La preocupación por el suministro de este recurso ha llegado incluso hasta el punto de que se multipliquen las solicitudes de proyectos para la explotación de yacimientos submarinos en distintos lugares del planeta, desde Sudáfrica hasta la Baja California Mexicana. Hasta ahora una gran parte de los permisos de este tipo han sido rechazados por sus impactos ambientales, incluyendo los que afectan a los recursos pesqueros, pero a medida que se agudicen las dificultades de abastecimiento de fosfatos las presiones para permitirlos serán mayores.

Se trata del equivalente a la búsqueda de yacimientos “no convencionales” (arenas bituminosas, fracking, prospecciones submarinas, etc.) en el caso de los combustibles fósiles, mucho más costosos, contaminantes e ineficientes: una prueba más de que los recursos baratos y fáciles de extraer son cosa del pasado.

La escasez de los minerales con los que se fabrican los fertilizantes químicos, especialmente el fósforo, se añade a la de una larga lista de recursos no renovables (desde el petróleo hasta el carbón o el uranio) que marcan un límite físico al mantenimiento de los actuales modelos de producción, consumo y formas de habitar. Una auténtica crisis civilizatoria que tiene su origen en la lógica capitalista que empuja al crecimiento continuo.

Sólo una transformación completa de la agricultura mundial, que vuelva hacia prácticas agroecológicas de cierre de los ciclos de nutrientes a escala local y regional, que sustente la fertilización en fuentes orgánicas y regenere los suelos, puede esquivar el desastre que supondría para millones de personas el corte de suministro de fertilizantes químicos, así como evitar los tremendos impactos de su uso. ¿Es aún posible, en un mundo con centros urbanos cada vez mayores y una agricultura campesina amenazada? 

Por HELIOS ESCALANTE

@HELIOS_EM

2020-02-02 06:59

Publicado enEconomía
La crisis ambiental no se resuelve solo con plantar árboles

Podría decirse que sumarse a la iniciativa Trillion Tree (Un Billón de Árboles) se convirtió en el coste de admisión para que la élite global acudiera al Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) de este año (bueno, eso y las decenas de miles de euros que cuesta la entrada). De hecho, la idea de plantar árboles se ha convertido en ese extraño asunto sobre el que incluso Jane Goodall y Donald Trump, parecen haberse puesto de acuerdo en el encuentro.

De forma paralela, la semana pasada Axios reveló que el congresista republicano de Arkansas (EE. UU.) Bruce Westerman estaba trabajando en un proyecto de ley denominado Trillion Trees Act que establecería un objetivo nacional en relación con la plantación de árboles (aunque es poco probable que literalmente se acaben plantando un billón de árboles).

Es genial que los árboles vivan su momento de gloria. El mundo debe plantar y proteger la mayor cantidad posible de árboles, para absorber el dióxido de carbono de la atmósfera, proporcionar un hábitat para los animales y restaurar los ecosistemas frágiles. “Los árboles son una respuesta importante, muy visible y muy socializable”, destaca el director del programa de investigación sobre la eliminación de dióxido de carbono denominado Iniciativa de Carbono del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (EE. UU.), Roger Aines.

Pero también es una forma limitada y poco fiable de abordar el cambio climático. Hasta la fecha, nuestro historial de proyectos de reforestación resulta terrible. Para compensar solo una pequeña parte de las emisiones globales, deberíamos plantar y proteger una cantidad enorme de árboles durante décadas. Y los esfuerzos de esos años podrían ser anulados por sequías, incendios forestales, plagas y deforestación en otros lugares.

Quizás el mayor riesgo consiste en que el atractivo de las soluciones que suenan naturales podría hacernos creer que son medidas más significativas de lo que realmente son. “Invita a las personas a ver la plantación de árboles como un sustituto” de los cambios radicales necesarios para evitar que las emisiones de gases de efecto invernadero lleguen a la atmósfera, explica la profesora adjunta de la Escuela para el Futuro de la Innovación en la Sociedad de la Universidad Estatal de Arizona, Jane Flegal.

Para analizar el papel real que los árboles podrían desempeñar en la lucha contra el cambio climático, hay que tener en cuenta varios aspectos.

El tiempo. La semana pasada, la aplicación de compra de viajes Hopper anunció que donaría fondos para plantar cuatro árboles por cada vuelo comprado a través de su servicio.

La empresa estima que un árbol almacena de media casi una tonelada métrica de dióxido de carbono, aproximadamente lo mismo que emite cada pasajero de un vuelo promedio comprado a través de la aplicación. El problema es que para compensar esas emisiones el árbol debería crecer durante 40 años. Dadas las diferentes especies, las condiciones climáticas y otros factores, a cuatro árboles por pasajero, harían falta 25 años de crecimiento para compensar las emisiones proporcionales de cada vuelo.

Por eso, es un error creer que este tipo de programas de compensación de carbono hacen que nuestras acciones se vuelvan en neutras en carbono de forma inmediata. Esa forma de pensar podría incitarnos a seguir emitiendo carbono en un momento en el que las emisiones deben disminuir rápidamente.

Si sumamos los vuelos de cada individuo a cada empresa que intente justificar su funcionamiento habitual plantando unos árboles que no cumplirán su misión hasta dentro de un par de décadas (eso suponiendo que los árboles vivan tanto), veremos que este planteamiento pronto podrá convertirse en un gran problema.

La escala. Para que los árboles desempeñen un papel importante en la situación climática, tendríamos que encontrar espacio para plantar una enorme cantidad. Un informe del año pasado de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE. UU. estimó que para capturar y almacenar 150 millones de toneladas métricas de carbono al año habría que convertir hasta cuatro millones de hectáreas de terreno en bosques en los que nunca se podrían cosechar. Es un área más grande que el estado de Maryland.

Solo el año pasado, la economía de Estados Unidos produjo alrededor de 5800 millones de toneladas de emisiones. En ausencia de otras políticas climáticas, esa cifra requeriría una extensión casi 155 millones de hectáreas, más del doble del área del estado de Texas. El problema consiste en que la mayoría de países no tienen grandes terrenos adecuados disponibles para eso. Y convertirlos en bosques afectaría a la agricultura, a la producción de alimentos, a la tala y a otros usos.

De hecho, un informe de la semana pasada de la Comisión del Cambio Climático concluyó que Reino Unido debería dedicar una quinta parte de sus tierras de cultivo a almacenar carbono, además de muchos otros esfuerzos, para que el país alcance su objetivo de cero emisiones netas hasta 2050.

Dados los límites de espacio, las dificultades económicas y otros factores, el estudio de las Academias Nacionales de EE. UU. estima que la cantidad "factibleamente alcanzable" de eliminación de carbono mediante los bosques allí sería de 250 millones de toneladas métricas al año, 1/23 de lo que el país emitió el año pasado.

Plantar un billón de árboles en todo el mundo, suponiendo que la densidad relativa es de unos 2000 árboles por hectárea, requeriría alrededor de 500 millones de hectáreas. Un artículo publicado en Science el año pasado, y que ha sido muy debatido, encontró que la cantidad de tierra mundial capaz soportar la cobertura continua de los árboles y que actualmente no está siendo utilizada por la gente roza los 900 millones de hectáreas.

El investigador de la Universidad de California en Los Ángeles, Jesse Reynolds, fue uno de los que cuestionó esas cifras. En su opinión, algunas de esas tierras probablemente se estén usando para el pastoreo de ganado, mientras que otros argumentaron que una gran parte no sería realmente adecuada para la forestación.

Los críticos también cuestionaron las conclusiones más amplias del estudio, que calificó la plantación de árboles como “la mejor solución para el cambio climático disponible en la actualidad”. En su opinión, los investigadores sobreestimaron bastante la cantidad de dióxido de carbono que se podría almacenar por hectárea.

El dinero. Existen inherentes y posiblemente insuperables desafíos para calcular con precisión cuánto dióxido de carbono adicional eliminaríamos a través de la forestación. Los estudios y las conclusiones de investigación han encontrado de forma consistente que los programas de compensación de carbono, incluidos los establecidos por la ONU y California, han sobrestimado drásticamente las reducciones alcanzadas por los árboles y han animado a los propietarios de terrenos a astutas maniobras.

El problema consiste en que las compensaciones de carbono se suelen tratar como una sustitución, otorgando permiso para emitir el mismo nivel al que supuestamente se compensa. Por lo tanto, si las reducciones estimadas se inflan, podríamos acabar emitiendo más de lo que emitiríamos de otra manera.

La permanencia. Resulta especialmente sorprendente ver que tantas partes se están poniendo de acuerdo sobre la plantación de árboles el mismo año que presenciamos esos incendios catastróficos en Australia y la deforestación generalizada en Brasil, señala Flegal. Cuando los árboles y las plantas se mueren, ya sea por incendios o tala o porque simplemente se caen, la mayor parte del carbono atrapado en sus troncos, ramas y hojas simplemente regresa a la atmósfera.

La experta señala: “Limitarse a trasladar el CO2 de la atmósfera a la biosfera terrestre no representa una captura permanente de las emisiones. Los sumideros de carbono podrían convertirse en fuentes muy rápidamente”.

Y es probable que ese problema vaya aumentando a medida que las condiciones climáticas se vuelvan más duras en los próximos años. Se espera que las sequías y las temperaturas más altas perjudiquen los bosques y los hagan más susceptibles a las plagas de escarabajos y a grandes incendios.

Una idea seductora. La mayoría de las investigaciones plantean que tendremos que eliminar el dióxido de carbono del aire a gran escala para evitar niveles peligrosos del calentamiento. Y plantar árboles es la forma más barata y fiable que tenemos actualmente para hacerlo a una escala tan grande. Por lo tanto, no hay duda de que necesitamos encontrar mejores formas de alentar, financiar, controlar e implementar los esfuerzos de forestación y preservación en todo el mundo.

Pero el informe anterior de las Academias Nacionales de EE. UU. descubrió que los árboles por sí solos no serían suficientes para cumplir con este papel, conocido como emisiones negativas. Necesitaremos otras soluciones relacionadas con el terreno, como mejores formas de almacenar carbono en el suelo y el concepto aún teórico conocido como bioenergía con captura y almacenaje de carbono. Y si queremos alimentar a la cada vez mayor población mundial, es probable que necesitemos soluciones tecnológicas que no ocupen mucho espacio, como las máquinas de captura directa del aire.

En un escenario de medidas combinadas, los árboles sí pueden y deben desempeñar algún papel en el almacenaje de carbono que ya está en la atmósfera, al menos durante un tiempo. Pero no podemos confiar en los árboles como sustitutos para cumplir la monumental tarea de reducir las emisiones de nuestros sistemas de energía, transporte y agricultura.

Resulta difícil interpretar el repentino entusiasmo de los republicanos por plantar árboles como algo más que un cínico esfuerzo para amortiguar las crecientes demandas de regulaciones e impuestos para lograr esos cambios.

También hay una gran cantidad de temas complicados que se deben considerar, incluido el alto coste de los esfuerzos de forestación a gran escala, las emisiones adicionales que surgen de la plantación y el cuidado de los árboles, y el hecho de que la cobertura forestal podría absorber el calor y aumentar el calentamiento hasta cierto grado.

Lo que pasa es que la gente quiere que los árboles sean capaces de resolver nuestro problema. Las soluciones que parecen naturales resultan mucho más atractivas que las tecnológicas. Evitan inquietantes y costosos compromisos como asociados a las plantas de gas natural con sistemas de captura de carbono, las centrales nucleares y las líneas de transmisión de larga distancia.

Por lo tanto, la gente y las publicaciones de todo el espectro político se inclinarán por aceptar el mito de que los árboles nos salvarán, y aquellos que quieren detener o limitar los esfuerzos más efectivos lo usarán con mucho gusto.

1 febrero 2020 

(Tomado de MIT Technology Review)

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 27 Enero 2020 06:57

Clima e incertidumbre radical

Clima e incertidumbre radical

El cambio climático y la amplia relación entre las actividades humanas y la naturaleza es hoy un factor político de primera línea. Involucra la vida misma de los seres vivos y la organización de las sociedades dentro de la complejidad en que ahora las conocemos.

Tomemos a la naturaleza de modo general, como el mundo material, incluidos, por necesidad, los seres humanos. Y consideremos el medio ambiente precisamente como el elemento en que existen personas, animales, plantas, recursos y cosas. Éste considera las interrelaciones de los seres vivos y su entorno, de donde se desprende la noción del ambiente.

Se trata, pues, del espacio, próximo o distante, del ser humano y sobre el que éste actúa, pero que, sin duda, repercute a su vez sobre él. Este proceso determina de maneras diversas su modo de vida, su misma existencia. Igualmente, define la configuración de la sociedad, las formas del gobierno y las manifestaciones del poder.

Hay una dinámica de retroalimentación entre los fenómenos naturales y los que se denominan antrópicos, es decir, los que están producidos o modificados por la actividad humana.

Las formas de organización social y su propio desarrollo modifican constantemente el sistema, como sucede, por ejemplo, de modo directo con la tecnología, las leyes y las normas, los patrones de las inversiones, el acceso tan diferenciado a los recursos. La sociedad, entonces, participa como causa y consecuencia de modo constante, ya sea en términos inmediatos o en el mediano y largo plazos.

En la disputa actual sobre las condiciones del medio ambiente y sus manifestaciones se ponen de relieve diferentes modos de aproximarse al problema, entre ellos el que se deriva del conocimiento científico, el que surge de las ideologías, el que tiene que ver con los negocios, los intereses económicos y la rentabilidad del capital y también el asociado con la pura rapiña.

El conflicto es la marca de los debates sobre el cambio climático. Es cada vez más evidente, como pudo verse recientemente en la reunión de la élite mundial en Davos. Ahí están las declaraciones de Donald Trump, quien llamó "profetas de la fatalidad" a los que sostienen la alarma ambiental y, según dice, predicen el apocalipsis.

Nada lo conmueve: pérdidas de vidas, incendios masivos, inundaciones, tormentas, especies que pueden extinguirse, destrucción de ríos y océanos. No tiene duda alguna sobre la cuestión ambiental. No sospecha.

Ofrece que su país está comprometido a "conservar la majestuosidad de la creación de Dios y la belleza natural de nuestro mundo". Al mismo tiempo promueve la industria del carbón, el fracking para aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo y se retira del Acuerdo de París sobre el cambio climático, firmado a finales de 2015.

En el proceso del crecimiento económico y los patrones prevalecientes de la generación de ganancias, basados en el uso de las fuentes convencionales de energía, como los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas que generan dióxido de carbono y otros de los denominados gases invernadero), está situada la parte esencial de la disputa sobre el cambio climático global y la resistencia a una transición más acelerada de las fuentes de energía.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos dejó muy clara la postura de su gobierno y la que sostienen muchas grandes empresas. Calificó de inviables las medidas que se exponen en torno a las fuentes alternativas de energía. Afirmó que el acceso a energías más baratas es más importante para el crecimiento que invertir en tecnologías verdes.

Con respecto a los modelos existentes de transición energética dijo que no debemos engañarnos, pues no hay manera de modelar los riesgos climáticos en un horizonte de 30 años con suficiente nivel de certeza. Añadió que la economía mundial depende del acceso a costos razonables a las fuentes de energía en las próximas dos décadas para crear empleos y el crecimiento de la economía.

Certidumbre no hay, en efecto, sobre la evolución del cambio climático, pero sí hay tendencias observables y hechos concretos que no pueden despreciarse. En este caso, el secretario del Tesoro y funcionarios y políticos en todas partes habrían de adoptar, necesariamente, la perspectiva de la incertidumbre radical.

Esta idea expresa que no sólo no sabemos lo que va a pasar, sino que además es limitada la capacidad para describir lo que podría pasar. Esto lleva a distinguir el riesgo, que puede abordarse mediante la aplicación de las probabilidades, de lo que puede llamarse incertidumbre real a la que no puede aproximarse de tal manera.

Un asunto que no puede dejarse de lado es que cualquier transición energética impone costos y exigencias tecnológicas de muy distinto tipo. Obviamente, no todos los países pueden soportar tales costos y demandas de la misma manera. Dicha transición puede significar la creación de condiciones de una creciente distancia en materia de crecimiento y desarrollo.

Publicado enMedio Ambiente
Crisis climática "Es un momento crucial por la inacción frente a la crisis climática, más incluso que por el ascenso del neofascismo"

La historiadora Jo Guldi apunta como los tres mayores retos securitarios la crisis climática, la desigualdad económica y la falta de gobernanza global en el marco del congreso 'La Era de la (In)Seguridad' organizado por el Common Action Forum.

 

La historiadora estadounidense Jo Guldi participó en el debate Amenazas contra los Derechos Humanos en la Era de la (In)Seguridad, organizado por Common Action Forum (CAF), junto al ex magistrado Baltasar Garzón y la concejala de Más Madrid Maysoun Douas y expuso que, como planea su libro Manifiesto por la historia, el pensamiento de largo plazo está en crisis y el cortoplacismo de ciclos electorales es incapaz de afrontar los tres mayores desafíos: el cambio climático y la desigualdad económica –que generan oleadas migratorias– y la falta de gobernanza global. "Temas de seguridad", sentenció.

En la radiografía que hace Guldi hoy, a diferencia del 1945 en que se fundó la ONU, los gobiernos y estados están en crisis frente al alza de tecnología, finanzas y banca. Es un momento histórico crucial, "la tormenta perfecta", alerta Guldi. "Más incluso que por el ascenso del neofascismo, por la inacción frente a la crisis climática".

Algo que, en su opinión resulta de tres tormentas menores: la brecha generacional que hace que quienes no vivirán el desastre se resistan a esforzarse; la brecha norte-sur donde el Primer Mundo explotador de combustibles y fuerza de trabajo del Tercero no impulsa su desarrollo y, por último, la corrupción de instituciones que priman el beneficio económico. "¿Cómo no preservar el bien común cuando la vida depende de ello?", se pregunta.

Según Guldi la lista de instituciones corruptas es larga: los partidos y estados, pues se permite que empresas les financien y determinen sus políticas; los bancos centrales en Latinoamérica y Europa “que no siguieron el modelo de la reserva federal americana de proteger empleo y contener inflación”; el sistema de impuestos porque las élites llevan sus fortunas a guaridas fiscales mientras se aplican política austericidas; la educación pública en el mundo desarrollado, financiada por empresas como petroleras “que adoctrinan en el milagro económico del fracking”, y hasta la ciencia climatológica porque “no es generosa compartiendo datos y no ha inventado mecanismos que permitan a ciudadanos controlar el entorno con responsabilidad”. 

“¿Acaso el sistema universitario prepara a los estudiantes para la crisis climática, para ser críticos con el Estado o dar respuesta a los refugiados? No”, resuelve esta profesora Asociada en la Southern Methodist University.

La historiadora mira con añoranza el 1974 que ve año culmen de la ONU como protectora de la cultura y el desarrollo mundiales “antes de que cediera peso al banco mundial quien usa a los estados en defensa de los intereses de EEUU y el dólar”. En esos 70 “la ONU contrataba a ingenieros agrónomos para asesorar a pequeños agricultores del mundo en cómo defender sus prácticas agrícolas que, si queremos reducir las emisiones de carbono, no deben ser solo el pasado, sino el futuro”, rememora la autora del ensayo Long Land War (Larga guerra por la tierra).

Perversión del lenguaje

Otra corrupción que ataca los derechos humanos es, para Guldi, lingüística, “pues se habla de "democracia" para justificar ataques y, vía medios de comunicación, el poder nos envuelve en discursos de ‘seguridad’ cuando estamos legando a nuestros hijos una era de anarquía y quizá conflictos si muchos llegan a pensar que este no es un mundo en que merezca la pena vivir, sino luchar”.

Guldi propuso a la asamblea progresista de CAF “crear un diccionario del mal, que desenmascare las palabras corrompidas y restablezca el sentido frente al ruido”.

Motivos de esperanza

Jo Guldi declaró a Público, que no es optimista porque el cambio de mentalidad y discurso necesario “puede tardar sesenta años y, en cambio, en diez ya el desastre climático será irremediable y gran parte de la humanidad morirá”.

Cumbres de la ONU como la de Madrid “se celebran desde 1962 pero jamás afrontan quién detenta la propiedad de tierra y agua y cómo eso genera desplazamientos masivos cuando los derechos humanos tener agua, tierra y aire para subsistir sin huir”. Reivindica el Estado nación, “herramienta creada para evitar la conflictividad y proteger”, las instituciones “útiles frente al caos”, y una gobernanza responsable global “que tras los años 70 no hemos conocido”.

“Si los gobiernos no despiertan y se comprometen no resolveremos los desafíos”, insiste. “Los estados se tienen que adaptar a los mercados, para que haya una economía verde, con energías renovables, sin trabajo infantil”. “Quizá sea una causa perdida de no ser por…” y enumera factores esperanzadores:

En primer lugar, la implicación cívica que “frente a la parálisis de EEUU donde seguimos aplicando categorías de la guerra fría” siga el modelo de asambleas civiles creadas en 2016 de Irlanda o foros como CAF para articular unas Naciones Unidas ciudadanas, que extienda una red de reuniones por el planeta.

Y en segundo lugar, las posibilidades democráticas de la gestión de macro-datos (Big Data). Guldi, hija de programadora informática, aprendió a programar con diez años, el instituto lo dejó para volcarse “en materias más exigentes” como las lenguas muertas, la geografía humana, crítica teórica y la deconstrucción y, “tras comprobar que todos aprendieron a programar, pero casi nadie historia y cambios políticos” se licenció en Historia en Trinity College, Cambridge y se doctoró Berkeley, California. Hoy ejerce en la SMU de su Texas natal donde usa, con sus alumnos, el análisis de datos masivos en estudios históricos.

“Ya es técnicamente posible para el activismo democrático monitorizar el trabajo de instituciones públicas y empresas”, manifiesta Jo Guldi, “y comprobar, por el análisis de textos masivos, si un parlamento o ayuntamiento ha avanzado o retrocedido en misoginia, qué oradores participan… La monitorización exhaustiva pendiente podría ser clave contra la corrupción. Aunque ello exigiría una transparencia de los datos bancarios jamás vista”

madrid

26/01/2020 09:50

Por maría iglesias

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Los activistas climáticos deben evitar "la enfermedad de Davos"  Jem Bendell

Cuando el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF) anunció el tema para Davos 2020, explicó que: “La gente se está rebelando contra las ‘élites’ económicas porque creen que les han traicionado…

Por si no te diste cuenta, el profesor Klaus Schwab no recibió bien la noticia. No estaba celebrando el levantamiento de la gente pidiendo un sistema económico diferente frente a las crisis climática y ecológica causadas por la sociedad industrial consumista. En su lugar, estaba alertando a los delegados de Davos de la amenaza al sistema que sustenta sus privilegios. Es importante entender esto, ya que enmarca cualquier respuesta potencial que el WEF y sus delegados puedan dar a los activistas climáticos que participan en la cumbre este año. Puede parecer razonable comprometer a las elites mundiales en la búsqueda de un cambio rápido, pero después de que yo mismo lo he estado intentado durante años, las pruebas que apoyan esta estrategia son escasas. Explicaré por qué, antes de abordar lo que los activistas podrían plantearse en su lugar.

Recuerdo cuando en 2013 el profesor Schwab me recibió en Davos como uno de los “jóvenes líderes mundiales”, diciéndonos que no había nada malo en ser elite. Recuerdo que pensé que depende de cuánta explotación, injusticia y degradación medioambiental nos mantiene en ese lujo y si tenemos la clase de influencia equivocada en el mundo. ¿Por qué alertaría a las elites de la reacción negativa actual? Es en parte una invitación a que intenten abordar los problemas mundiales con más intensidad. A medida que la ciencia y los efectos del cambio climático empeoran cada mes, el profesor Schwab dijo “...nuestros intentos de mantener el calentamiento global a 1,5º C se están quedando peligrosamente cortos”. Dibujó un escenario preocupante como contexto para lanzar un nuevo “Manifiesto de Davos” sobre el papel de las empresas en la sociedad. Échale un vistazo al texto y el manifiesto parece positivo al invitar a los ejecutivos de las empresas a centrarse más en los problemas globales como el cambio climático que en la maximización de beneficios. Sin embargo una lectura más profunda revela que el Foro y su estrategia hacia el desastre climático mundial no es inefectivo ni, lo que es peor, realmente antitransformador porque distrae de lo que se necesita realmente.

En el Manifiesto de Davos no se declara nada sobre cambiar el sistema que nos está llevando a una pesadilla ecológica. No hay nada en el Manifiesto sobre que las empresas no socaven la democracia o el papel del Estado para hacer las intervenciones necesarias en los mercados, para promover la justicia social, mientras reducen la desigualdad y la destrucción medioambiental. Por ello, el Manifiesto de Davos ignora la causa de los problemas a los que supuestamente está respondiendo. La sección final del manifiesto llama a que las corporaciones globales se impliquen de manera más positiva en los asuntos globales. Pero demuestra cómo sus autores no tuvieron en cuenta que creer en la representación política significa que hay un problema con que las empresas globales ejerzan más influencia global.

¿Puede cambiar algo si las elites se dan cuenta de que hace falta cambiar el sistema económico? Algunos lo pueden esperar. Podrían apuntar a cómo Davos está dando la bienvenida este año a algunos representantes de los movimientos de protesta. Los activistas primerizos pueden, por un momento, verse seducidos por la idea de que pueden salvar a la humanidad usando las palabras correctas a la hora del canapé. Sin embargo la WEF siempre ha dado la bienvenida a activistas y contrarios para ayudar a legitimar sus paneles sobre asuntos globales. Esos mismos paneles ofrecen a los jefes corporativos y a los economistas neoliberales otra plataforma más para hacer girar sus limitadas narrativas sobre cualquiera que sea la preocupación pública que acapare las noticias ese año.

Los activistas necesitan aprender de lo que no ha funcionado. Podrían hablar con activistas que durante décadas han intentado que las elites se comprometan. Cuándo fui esa vez a Davos el secretario general de Amnistía, Kumi Naidoo, me dijo que los activistas necesitan entender que el acceso no implica influencia. Los activistas también podrían mirar a los precedentes de si aquellos en el poder normalmente cambian o no cambian los sistemas que sustentan sus privilegios. En particular, los activistas climáticos necesitan aprender sobre economía y poder con la rapidez suficiente para encontrar caminos para el cambio que tienen más trayectoria que pedir a los jefes de grandes organizaciones que cambien lo que no tienen poder para cambiar. No tenemos tiempo para que los activistas climáticos cojan la “enfermedad de Davos” y piensen que pueden cambiar el mundo pidiéndoselo a las élites actuales.

Una vez dentro de los pasillos del poder, los activistas pueden escuchar lo que yo escuché a menudo en los eventos de Davos. “Oh, a los críticos les gusta quejarse, pero no tienen soluciones que ofrecer”. Esa es una mentira conveniente, mientras los delegados intentan asegurarse los unos a los otros que son personas decentes y capaces, a medida que el mundo en el que tuvieron éxito comienza a desmoronarse a su alrededor. Había muchas más soluciones políticas para los problemas mundiales de pobreza, desigualdad y conservación cuanto teníamos un clima estable. Mira cualquier manifiesto del Partido Verde de finales de los 80 y con esas políticas quizá no hubiésemos llegado ahora a esta crisis. En su lugar, organizaciones como el WEF y sus miembros apostaron por un Estado menos influyente, extendiendo los mercados y facilitando el capitalismo financiero global, con el mantra de que el crecimiento económico nos salvaría de todos los problemas. Recuerdo un evento de Davos en el que se nos dieron unas pequeñas tarjetas que nos preguntaban que reflexionásemos seriamente sobre una cosa que podríamos hacer “para contribuir al crecimiento económico”. Ahora que ha pasado el tiempo me puedo reír de esto, pero en ese momento la tarjeta me apuñaló el alma.

¿Cuáles son las soluciones ahora, a medida que el clima cambiante amenaza con desestabilizar nuestras sociedades? Es claramente más difícil después de décadas perdidas con la ideología neoliberal. Todavía necesitamos una transformación económica, pero no para detener el desastre, simplemente para ayudar a reducir los daños y comprar algo de tiempo extra para la humanidad. Expliqué en un blog de Extinction Rebellion (XR) algunas de las ideas sobre políticas para esa transformación. La clase de cambios para conseguir rápidamente unas emisiones de carbono cero son tan drásticos que tienen que venir acompañados de fuertes políticas de redistribución de riqueza si no queremos que deriven en revueltas generalizadas.

Sin embargo también necesitamos admitir que la amenaza de perturbaciones a las que ahora se enfrenta la humanidad no tiene precedentes. Se necesita un paradigma de debate político completamente nuevo, al que llamo Adaptación Profunda. ¿Podrían las elites en el poder unirse a ese proceso sin traer sus ideologías obsoletas de crecimiento, progreso, emprendimiento heroico y supremacía tecnológica? Después de haber debatido con ellos en cumbres durante las décadas pasadas lo dudo seriamente. Como escribí a los ejecutivos que expresaban su apoyo a XR, les dije que el mejor manifiesto de los lideres económicos debería comenzar con “hemos fracasado, estamos equivocados”.

Así que ¿por qué molestarse en hablar sobre Davos?

Creo que los debates en Davos ofrecen una prueba de fuego para ver qué harán las elites en el poder cuando despierten a la escala del desastre al que se enfrenta la humanidad. Los resultados iniciales sugieren que seguirán reinventando los mismos mensajes autoapaciguadores sobre cómo usar su poder con más empatía. Quizá mientras construyen un bunker en secreto, con la vana esperanza de que sus guardas de seguridad acudirán a trabajar si la sociedad comienza a desmoronarse.

Cualesquiera que sean las iniciativas verdes del WEF, nuestro creciente caos climático prueba que el modelo corporativo de dirigir el mundo ha fracasado. El único manifiesto que necesitamos de Davos es sacar el dinero de sus miembros de la política y de los medios y dejar que la gente ordinaria decida cómo responder a la crisis global que han presidido las elites actuales.

Si algún activista está leyendo esto ahora desde Davos le recomiendo que olvide cualquier esperanza de ver alguna medida significativa de los delegados actuando como una “clase” de personas que trabajan juntos para responder a tus preocupaciones. No sucumbas a esa “enfermedad de Davos”. En su lugar, busca desobedientes potenciales que podrían ayudarte a hacer lo que ya has decidido que es importante. Así que dirígete directamente a los billonarios y pídeles una donación totalmente desinteresada para tu activismo de base. Si ellos piden influenciar de alguna manera lo que estás haciendo, diles que vayan a masajear su ego con otros. Luego, después de eso, encuentra algún líder de alguna organización benéfica importante, de un sindicato o un líder espiritual que aparezca en Davos y debate sobre los pasos a seguir para una huelga general global que demande que todas las empresas coloquen la mitigación y la adaptación climática antes que el crecimiento de sus negocios y de la maximización de beneficios.

jembendell.com

Traducido por Eva Calleja

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