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  • Antetítulo: Cúcuta-San Antonio
  • Autor: ANDY ROBINSON
  • País: VENEZUELA - COLOMBIA
  • Región: Suramérica
  • Fuente: LA VANGUARDIA
Lunes, 13 Marzo 2017 06:58

La frontera del caos y la penuria

Escrito por  ANDY ROBINSON
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El puente se cruza a pie en ambos sentidos; no hay aduana ni control de pasaportes (Andy Robinson) El puente se cruza a pie en ambos sentidos; no hay aduana ni control de pasaportes (Andy Robinson)

 

Venezolanos y colombianos trafican con todo y sin ningún control a través del puente Simón Bolívar

 

Cúcuta (Colombia)

 

Hay un tráfico de dos sentidos en la frontera entre Venezuela y Colombia. Y se trafica con todo. Hay venezolanos que van en busca de alimentos y colombianos que necesitan refugio. Se comercia con arroz y cocaína, gasolina y ganado. Lo hacen guerrilleros de izquierdas y paramilitares de ultraderecha. Últimamente, muchos venezolanos, no sólo los de la ciudad fronteriza de San Antonio, cruzan a Cúcuta por el puente de Simón Bolívar, dejando atrás los carteles que anuncian: “En esta aduana no se habla mal de Chávez”. Se dirigen a los supermercados cargados de billetes venezolanos para abastecerse de productos crónicamente escasos en Venezuela. “Voy a comprar antibióticos”, dice un joven estudiante que venía de San Cristóbal a 30 kilómetros de distancia. Pero para no alimentar otra historia mediática de la tiranía bolivariana, otro venezolano recuerda que los fármacos esenciales se consiguen gratuitamente en el sistema de sanidad pública.

Germán Parra ya ha llegado a La Parada, un conjunto de oficinas de cambio de divisas y supermercados baratos en el lado colombiano del puente. Vive en Cúcuta y trabaja en la construcción. Pero a los venezolanos no se les ven con buenos ojos en Cúcuta en estos momentos. Los colombianos les echan la culpa de un aumento de la delincuencia aunque muchos robos se hacen desde motocicletas y en Venezuela es casi imposible comprarse una moto.

Crece la xenofobia en una ciudad que se siente abandonada por Bogotá. El vicepresidente colombiano Germán Vargas llegó a decir al inaugurar un proyecto de viviendas nuevas el mes pasado: “Estas son para ustedes y no para los venecos”, un término que muchos consideran insultante. “Aquí los venezolanos somos subversivos, ladrones, paramilitares, narcotraficantes”, sostiene Parra. Pese a ello, entran sin mucho control. Hay que tener permiso para cruzar pero en el puente Bolívar ningún policía pedía papeles y la gente pasaba de un lado a otro sin el miedo que se palpa en otras fronteras.

A doscientos metros del puente, los residentes de La Invasión, un asentamiento ilegal en el lado venezolano que la policía intenta desalojar, cruzan el río en balsa para ir a trabajar en Colombia y volver a casa por la tarde. Una de ellas, la colombiana Kailin Vélez de 28 años, trabaja de camarera en una casa de comidas en La Parada. ¿Por qué vivir en San Antonio y trabajar en Cúcuta? “Porque la vivienda y los servicios públicos en Venezuela son mucho más baratos que en Colombia pero los salarios son mucho más bajos”. En cuanto a la comida depende de si queda algo de precio regulado. Escribe en el cuaderno una tábula con los precios comparativos, todo convertido a pesos colombianos. Salario mínimo: Venezuela, 140.000; Colombia, 737.000. Alquiler más luz y agua: 15.300 pesos al mes en Venezuela; 750.000 en Cúcuta. Patatas: 800 el kilo en Colombia; 1.500 en Venezuela. Frijoles: 6.000 en Cúcuta. ¿Y en San Antonio? “No hay”.

Todo tiene matices en la frontera, aunque nadie lo creería viendo la televisión o leyendo el periódico. En los medios colombianos la historia es la del venezolano que huye del desabastecimiento causado por el socialismo bolivariano hacia la cornucopia del capitalismo colombiano. Pero el matiz es que los bachaqueros, los vendedores del mercado negro, y los contrabandistas han aprovechado los precios tirados de bienes esenciales subvencionados en Venezuela para venderlos a venezolanos en Cúcuta. O para reexportarlos a Venezuela. “Un bachaco es una especie de hormiga. Los bachaqueros en la cola trabajan a sueldo de bachaqueros de cuello blanco y de mucho dinero”, dice Guiomar Caminos, residente de San Cristóbal. “Cuando llegamos al supermercado, muchas veces, ya no queda nada”, añade Esther Julia, su mujer, mientras cena macarrones a la boloñesa en su casa.

Luego está la cuestión de la gasolina. A lo largo de la frontera de 2.000 kilómetros, hay ríos o caminos de tierra, las trochas, como dicen los venezolanos, donde cruzan los contrabandistas de gasolina fuera de la vista de las fuerzas de seguridad. Puesto que en Venezuela se puede llenar el depósito por el equivalente a un dólar, todo el estado colombiano de Santander se abastece de gasolina venezolana. El gobierno en Caracas cerró la frontera durante varios meses el año pasado con el fin de afrontar ese tráfico ilegal. Incluso ahora, solo pueden pasar peatones por el puente con la excepción de las horas de madrugada cuando pasan camiones cargados de alimentos. Pero si Donald Trump piensa que la frontera entre EE.UU. y México es porosa, la de Colombia y Venezuela es un colador.

La narrativa dominante en la frontera es que miles de venezolanos hambrientos llegan en busca de refugio económico desde el desastre al otro lado. Pero, por dura que sea la escasez, cuesta encontrar a alguien en San Cristobal con aspecto de muerto de hambre. Hay más indigentes a la vista en Colombia. Es más, hay otros refugiados, aún más desesperados, que cruzan la frontera en el otro sentido. Hace dos semanas, trascendió que casi 200 campesinos colombianos de una comunidad en Catatumbo, en el norte del estado de Santander, a 200 kilómetros de Cúcuta, habían llegado a un pueblo venezolano en busca de santuario tras ser desplazados por paramilitares de ultraderecha.

Esto ocurre en un momento en el que la guerrilla de las FARC se ha desmovilizado. Hasta ahora justificaba su lucha armada por la necesidad de defender a los campesinos de los paramilitares. Por eso, quizás las autoridades colombianas desmintieron la noticia pese a que existen múltiples testimonios de que ocurrió. Los paramilitares “se dedican a intimidar a los campesinos para que no reivindiquen sus derechos de acceso a la tierra y compensación por sustituir sus cultivos de coca”, declara Yefri Torrado, experto en derecho de la Universidad Libre de Cúcuta.

¿Por qué cruzarían los campesino a Venezuela? “Porque hay indicios de que los paramilitares cuentan con aliados en la administración local y en el ejército colombiano; cuando se ha visto a los paramilitares del Águila Roja suele ser en lugares próximos a las bases militares”, añade. Al otro lado, aún pueden contar con la protección de los guerrilleros que se esconden en territorio venezolano, y las fuerzas de seguridad están más dispuestas a denunciar violaciones colombianas aunque sólo sea para relativizar las suyas.

Cuando el presidente venezolano Nicolás Maduro se mostró preocupado por las cuestiones humanitarias en la frontera tras la llegada de los refugiados, las autoridades colombianas lo acusaron de querer desviar la atención de la crisis humanitaria en Venezuela. Puede ser verdad pero quizás hay otra explicación: con la inminente entrada de las FARC en política, hay que dejar muy claro que el camino de la izquierda, al igual que el puente de Bolívar. conduce al caos y la penuria. “Aquí, en la frontera, se está jugando la hegemonía política”, remacha Torrado.

 

 

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