Jueves, 07 Septiembre 2017 14:57

Colombia. Las 3 T, derechos fundamentales por hacer realidad

Escrito por Equipo desdeabajo
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El mundo padece un desajuste total, así lo denuncia, palabras más, palabras menos, el papa Francisco, quien con preocupación reseña que la antidemocracia se abre espacio por doquier, la riqueza se concentra en manos cada vez más reducidas, la injusticia asume el trono dominante, todo esto a tal punto que, según él, “este sistema no se aguanta”.

 

Su radiografía sobre la grave situación que afecta a las mayorías de todo el mundo, encuentra en la negación de derechos fundamentales como trabajo, tierra y techo –3 T– su síntesis más precisa.

 

Quienes habitamos Colombia no vivimos una realidad diferente a la denunciada por el Papa para el mundo entero. Aquí, como en otros países integrantes del Sistema Mundo Capitalista, padecemos la negativa de un trabajo fijo y bien remunerado, la imposibilidad de acceder a una vivienda suficiente en espacio, bien construida y con espacio público aledaño (hábitat) donde la vida en comunidad pueda ser plena, así como la imposibilidad de una reforma agraria que garantice a millones de campesinos el derecho a un pedazo de tierra para vivir de los frutos de su cuidado y arado. 

Realidad dolorosa confirmada, para el caso del trabajo, por cifras escandalosas: 2,2 millones de personas padecen las consecuencias del desempleo; 7,3 millones están sometidas al rebusque permanente, y 14,6 millones sufren las secuelas de un trabajo sin contrato regular, sin seguridad social, sin aportes para pensión. Es decir, millones viven bajo la angustia de unos ingresos por debajo de mínimo vital.

Con la tierra la situación también es grave, pues nuestro país aparece como el más desigual de Latinoamérica en materia de su distribución. Su realidad es tan escandalosa que el 1 por ciento de las explotaciones de mayor tamaño (Unidades de Producción Agrícola, UPA, de más de 500 hectáreas) manejan más del 80 por ciento de la tierra, mientras que el 99 por ciento restante se reparte menos del 20 por ciento.

Latifundio latente, excluyente, que a pesar de sus ofensivas dimensiones no paró ahí. La concentración en la tenencia de la tierra en nuestro país sufrió un agravamiento en las últimas décadas, a tal punto que las explotaciones de más de 500 hectáreas pasaron de 5 millones en 1970 (el 29% del área total censada) a 47 millones en 2014 (el 68%), su tamaño promedio también aumentó pasando de menos de 1.000 hectáreas en 1960 a 5.000 hectáreas en 2014, y eso que si vamos más allá, es decir a la punta de la pirámide, encontramos que las UPA mayores de 5.000 hectáreas en promedio tienen 17.195 hectáreas de tamaño y ocupan el 60 por ciento. En el otro extremo, la tierra de los minifundios campesinos se ha disminuido a la mitad, los minifundios de menos de cinco hectáreas en 1970 representaban el 64 por ciento del total de UPAs y ocupaban el 5 por ciento de la superficie censada. Hoy componen el 70 por ciento pero apenas manejan el 2,7 por ciento de la tierra productiva.

Con la vivienda (techo), la desigualdad y la injusticia no dejan de resaltar en el país. Las zonas urbanas tienen una tasa de personas con vivienda propia de 5,1 millones, por su parte quienes viven en arriendo suman 4,9 millones de hogares, y quienes no tienen una vivienda o viven en hacinamiento son alrededor de 1,3 millones, juntándose con los 2 millones más que tienen un déficit cualitativo de vivienda, es decir, carecen de acceso a servicios públicos, vías públicas y los entornos no son aptos para vivir. Es importante resaltar que los informes de vivienda de las zonas rurales aún no son muy claros y su información no está completa, lo cual lleva a deducir que si se juntan las cifras, la situación del derecho al techo en Colombia es cada vez más crítica. 

Tenemos en nuestro país, miles, millones de connacionales que padecen la negación de varios de sus derechos fundamentales; sin derecho a trabajo, tierra y techo. No es casual, por tanto, que Colombia haga parte de los diez países del mundo con niveles intolerables de injusticia social y peor distribución del ingreso y la riqueza (concentrados en África y América Latina). Como que integre el nefasto grupo de países donde la democracia es solamente electoral (participación formal-delegativa), en tanto que brilla por su ausencia en lo económico y social.

Como tampoco es casual que el nuestro esté en el rango de los países con menor tasa de sindicalización del mundo, y que sea el único país en América Latina en el que el gobierno tiene la facultad de disolver un sindicato por vía judicial. A la vez, que registremos como el país del mundo con el mayor número de asesinatos de sindicalistas, concentrando el 63 por ciento de los casos; la impunidad sobre estos crímenes supera el 96 por ciento.

Injusticia y desigualdad ampliada a todos los planos. En nuestro país, año 2016, viven 13 millones de personas pobres por ingresos y 8´586.000 con pobreza multidimensional, es decir son personas que cuando trabajan no tienen estabilidad laboral, pero que comúnmente no están beneficiados por seguridad social, acceso a la educación, servicios públicos y vivienda adecuada para vivir (44% en zonas rurales), y 3.7 millones de pobres extremos.

 

Riqueza en pocas manos

 

Al detallar en Colombia los ingresos de los más ricos contra el ingreso de la clase media, los resultados son escandalosos: el ingreso del 1 por ciento más rico es 11 veces el de la clase media, el del 0.1 por ciento es 52 veces y el del 0.01 por ciento es 149 veces. 

Realidad mucho más grave cuando comprobamos que pese a lo que nos dice el Presidente cada día, esta dolorosa realidad empeoró entre el 2010 y el 2015, así: el primer indicador se incrementó 6.2 por ciento, el segundo 13 por ciento, y el tercero 20.2 por ciento. Si comparamos estas cifras con los más empobrecidos del país, los resultados son peores. El ingreso del 1 por ciento más rico es 39 veces el del 10 por ciento más pobre, el del 0.1 por ciento es 275 veces y el del 0.01 por ciento es 789 veces. Que 4.770 connacionales (0.01 más rico) ganen 150 y 789 veces el ingreso de una persona de la clase media y un pobre respectivamente, explica por qué registramos como uno de los países de mayor desigualdad a nivel mundial (1).

 

En tiempos de paz, la muerte es quien reina

 

País de incansable resistencia. Con el pasar de las décadas puede verse que en Colombia, cada año surgen nuevas generaciones con sueños y anhelos de una nueva vida, nueva realidad que debe ser posible aquí y ahora, tanto en el territorio nacional como en el resto del mundo. La respuesta a estas generaciones siempre fue y es la misma: estigmatización, señalamiento, tortura, miedo y muerte.

En medio de las trompetas de la paz, la violencia sistemática se incrementa y hace visible con los cerca de 150 defensores de derechos humanos, líderes y dirigentes sociales asesinados entre el año 2016 y lo que lleva de corrido el 2017 (ver recuadro). Esto ocurre en todo el territorio nacional, pero los departamentos con mayor número de asesinatos son Cauca, Antioquia, Norte de Santander y Córdoba.

 

Por otra parte, la violencia en general en Colombia es escandalosa: solo en el año 2016 murieron 22.254 personas de manera violenta (2), 12.000 de ellos por asesinato.

 

Educación privatizada

 

En Colombia el difícil acceso, la diferencia de calidad y la disminución del aporte estatal a la educación pública, amplía las brechas educativas entre los más ricos y los más pobres, y vuelve más frágil el derecho de todos a una educación de calidad.
La cobertura en preescolar va en descenso y se sitúa en un nivel cercano al 55 por ciento, por su parte los índices de cobertura en primaria, secundaria y media para el año 2013 era de 85, 72 y 41 por ciento respectivamente, a diferencia de los índices del continente que estaban entre el 93, 69 y 49 por ciento. Es alarmante que en el país, de cada diez estudiantes que comienzan primaria apenas 8,5 lleguen a secundaria y solo cuatro logren graduarse.

En la educación superior pasa lo mismo, mientras que en la década de los 80 el promedio de los aportes de la nación para las universidades públicas alcanzaban al 0,52 por ciento del PIB, en la primera década del presente siglo solo llegaron al 0,46 por ciento. Entre 1993 y 2008, el aporte promedio anual del Estado por estudiante, en pesos constantes de 1998, cayó de 5.690.000 a 3.670.000 pesos, una drástica reducción del 35,5 por ciento. En términos de la composición del presupuesto de las universidades, las transferencias del Estado pasaron de representar el 86 por ciento en 1990 a 51 por ciento en 2.008. (3)

La situación de los profesionales, asimismo, es cada vez más compleja: desde 1960 hasta 2014 se han otorgado un total de 4.738.167 títulos de educación superior en todos los niveles de formación. Desde 2005 al 2014 se han graduado en técnica profesional (10,0%), tecnológica (20,7%), universitaria (48,1%), especialización (18,7%), maestría (2,5%), doctorado (0,1%); de igual manera, el 78,7 por ciento corresponde a nivel pregrado y el 21,3 por ciento a nivel posgrado. Sin embargo, a mayor nivel educativo alcanzado la tasa de desempleo abierto aumenta y lo que nos encontramos hoy en día es un desempleado ilustrado en aumento.

 

Enfermos sin derechos

 

Desde 1993, con la aprobación de la ley 100, en nuestro país la salud dejó de ser un derecho pasando a ser un simple servicio. Este giro que la somete a las lógicas del mercado, potenció los problemas de eficiencia y equidad que la caracterizan, pues el acceso a este derecho se torna excluyente, pues depende de la capacidad de pago de cada persona; con el mercado la salud es un negocio y las entidades encargadas de prestar el servicio son quienes se quedan con todo el negocio.

Las personas afiliadas al sistema de salud del llamado régimen subsidiado, tienen para vivir y enfermarse cada año un monto denominado UPC (Unidad de Pago por Capitación) de alrededor de $568.944, con una prima adicional anual en algunos departamentos de 9.86 por ciento, para un total de $625.053,60, monto irrisorio para cubrir una atención pronta y de calidad en salud que garantice el derecho a la vida de todos y cada uno de quienes habitamos Colombia. (4)

 

De la casa al sitio de trabajo o estudio

 

Con este panorama para sobrevivir a las inclemencias del día a día, los más pobres tienen que sobrellevar, además, las dificultades para cubrir con sus escasos ingresos el alto precio que en nuestras ciudades tiene el transporte público, que para el caso de Bogotá fluctúa entre $ 2.000 y 2.200. Imagínese una familia de 4 miembros, con ingresos de $ 800.000 al mes, y que todos y cada uno de ellos deba abordar 2 buses por día ($ 4.000 x 4: $ 16.000 x 6 a la semana= 96.000 x 4 semanas del mes= $ 384.000). Es claro que así la vida en dignidad no es posible.

Ante esta realidad no es casual que millones de nuestros connacionales hayan optado por migrar a otros países (Estados Unidos, España, Venezuela, Ecuador) en busca de mejor presente y futuro; que fuera del territorio patrio vivan cerca de seis millones, los que con su esfuerzo y añoranza de la familia dejada más allá del mar envían cada mes cientos de dólares para que los suyos sobrevivan en mejores condiciones. Vale la pena anotar que con la actual situación política que viven en Venezuela, muchos de los migrantes colombianos que buscaron allí refugio regresan, lo que tiene varias implicaciones: disminuyen las remesas que llegan al país, se disminuyen, por tanto, los ingresos de miles de familias, y se incremente el número de quienes demandan empleo, además de atención en educación, salud, vivienda, etcétera, ¿cómo garantizarles estas derechos si cada año el gobierno central reduce en el Presupuesto General de la Nación los rubros correspondientes a inversión social?

Desigualdad social, injusticia persistente, violación de derechos humanos, realidad que debe transformarse. El Papa nos invita a ello; no es casual que concluya su análisis sobre la sociedad global que padecemos diciendo que “este sistema no se sostiene”, y que realce en una parte del mismo: “Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin la participación protagónica de las grandes mayorías y ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal”.

La realidad en nuestro país es cruda y difícil, pero el reto es motivante: darle cuerpo a otro sistema social y político, sustentado en otra democracia, una de nuevo tipo, revitalizada con el protagonismo de las mayorías. Hagamos entre todos que la materialización de este sueño sea una realidad aquí y ahora.

 

Fuentes:
1 https://www.desdeabajo.info/ediciones/29112-la-pobreza-ahoga-a-la-clase-media.html

2 http://www.eltiempo.com/justicia/cortes/muertes-violentas-en-2016-en-colombia-segun-medicina-legal-28797

3 http://www.razonpublica.com/econom-y-sociedad-temas-29/2074-educacion-superior-la-privatizacion-sofisticada.html

4 https://www.elheraldo.co/atlantico/eps-del-contributivo-deben-73-billones-135-clinicas-y-hospitales-381733

 

Información adicional

  • Antetítulo: Colombia
  • Autor: Equipo desdeabajo
  • País: Colombia
  • Región: Suramérica
  • Fuente: Periódico desdeabajo, Edición especial
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