Jueves, 09 Noviembre 2017 09:45

“Necesitamos reducir la corrupción a sus justas proporciones”

Escrito por Francisco José Reyes Torres
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Shakira, el presidente Juan Manuel Santos, Gabriel Silva, la familia Douer, los hermanos Ríos del Clan Vargas Lleras, King Mazuera, actores, cantantes y políticos de diferentes territorios, engrosan las listas de los involucrados en los ‘Papeles del Paraíso’. La corrupción extiende su mancha sobre todo el mundo así lo expuso desdeabajo en su edición Nº 240, del mes de noviembre 2017, con artículo de análisis histórico del flagelo en nuestro país.


 

La denuncia y el debate sobre la corrupción, por estos días tan en boga, además de lo circunstancial, también debe examinarse a la luz de nuestra historia como nación. Acá unas hipótesis sobre el particular.

 

La frase entre comillas que titula este artículo es patrimonio de Julio César Turbay Ayala, quien gobernó Colombia entre los años 1978-1982. Turbay, típico exponente de la politiquería criolla, instauró un régimen represivo (cuya pieza fundamental fue el nefasto Estatuto de Seguridad), que en la práctica funcionó como una dictadura cívico-militar, apoyada en lo por él llamado “binomio gobierno-fuerzas armadas”, mediante el cual el general Luis Carlos Camacho Leyva (Ministro de Defensa), impuso el uso sistemático de la tortura, la desaparición y sentó las bases del paramilitarismo.

A Turbay, la inteligencia sólo le alcanzaba para consumirla en la viscosa letra menuda de la componenda “manzanilla” y la milimetría tramposa de la pequeñez política que en Colombia, ha sido levantada a la categoría de virtud suprema de todo astuto “prohombre” político de las elites, llámese: Chichimoco*, Santofimio, Turbay, Guerra Serna, en el pasado, o Uribe, Zuluaga, Santos o Vargas Lleras, entre otros, en el presente.

A Turbay le resultaba inconcebible comprender y diferenciar dos ideas parecidas pero completamente distintas: una, que la corrupción jamás es y será justa y por lo tanto, nunca tendrá “justas proporciones” y la otra, que quizás sea inimaginable una sociedad sin corrupción, como es prácticamente imposible una sociedad sin delitos, ya que entre otras cosas, el delito cumple, en la lógica señalada por el gran sociólogo francés Emilio Durkheim, un insustituible función social: mantener activos los sistemas de defensa moral de las sociedades. Pero, precisamente, la utilidad social del delito (o su necesidad), radica en que su existencia exige que la sociedad castigue al delincuente y persiga al delito, precisamente para mantenerse activa y tonificada.

Una sociedad donde el delito quede impune es una sociedad enferma, una sociedad sin cohesión moral y, por lo mismo, una sociedad sin defensas éticas. Pueda ser que nunca se logre erradicar la corrupción en el seno de las colectividades humanas, pero ésta, por grande o pequeña que sea, debe ser resueltamente combatida, castigada y sancionada, moral y legalmente, por la sociedad.

En Colombia, el desborde de la corrupción es tal que el propio Emilio Durkheim se hubiera sorprendido al ver un ejemplo tan patético de una sociedad tan decadente, anómala y enferma.

En nuestro país se agotan las posibilidades de las portadas de la prensa crítica –que dicho sea de paso es casi inexistente–. Así que al Equipo Editorial del periódico desdeabajo, no le quedó otra alternativa que titular en la portada de su número de septiembre 15-octubre 15: ¡Asco¡, en un artículo interior: ¡Putrefacto¡ y en otro, tratar a la corrupción como punta de lanza en el juego de tronos colombiano.

Se podría seguir describiendo hasta la saciedad la corrupción que campea en los partidos tradicionales, el liberal y el conservador y todas sus derivaciones circunstanciales con las que hacen la política sin principios en Colombia, tales como: Centro Democrático, Partido de la U, Cambio Radical. La corrupción campea en las altas Cortes y Tribunales judiciales a la hora de torcer y anular procesos o vender absoluciones, también en los despachos de muchos ministerios, gobernaciones y alcaldías, a la hora de adjudicar contratos o feriar los cargos y los nombramientos. Campea en las Fuerzas Armadas y en los organismos de seguridad a la hora de transar con las múltiples economías ilegales, constituyéndose en bandas uniformadas por el Estado, pero bandas al fin y al cabo. Infames a la hora de ocultar y “arreglar los escenarios” para proteger sus crímenes, llámense “falsos positivos” o masacres y asesinatos selectivos, contra las y los luchadores sociales y las organizaciones y fuerzas políticas de oposición.

Podríamos seguir diciendo todo esto y mucho más, puesto que, en efecto, la corrupción ha sido una conducta corriente de las elites dominantes, en los partidos tradicionales, en las empresas privadas y también de organizaciones y sectores sociales y populares, tal como ocurre en muchas juntas de acción comunal, sindicatos, y en más de un partido o movimiento de izquierda.

Pero para tratar de ir más allá de la coyuntura, sin dejarnos apabullar por la misma, proponemos a continuación algunas ideas que tal vez sirvan de hipótesis para intentar interpretar el origen en Colombia de las conductas corruptas en el Estado y la sociedad, en su extensión y profundidad.

En lo ético y en la moral. El comportamiento predomínate en nuestro país está determinado o condicionado, por lo que Emanuel Kant llamó la Minoría de Edad o ausencia del espíritu de la ilustración, entendiendo por este último: “La capacidad de servirse por sí mismo/a del propio entendimiento”. De ello se deriva la gran dificultad para hacer uso público de la razón y por lo tanto, la incapacidad, casi estructural, de dar cuenta de nuestro comportamiento moral y de nuestra conducta ética. Es decir, de llegar a ser sujetos morales.

Hemos sido construidos esencialmente, tanto por la religiosidad católica como por la deformada cultura política de una sociedad antidemocrática, autoritaria y jerarquizada, para ser heterónomos, esto es, para depender de criterios y orientaciones ajenas. Pero además, solemos ser heterónomos tramposos y cobardes, esto es, que antes que rebelarnos, abierta y argumentadamente contra las orientaciones y los mandatos externos, cosa que sería un paso hacia la adultez, taimadamente le hacemo trampa a dichas orientaciones, le “hacemos pistola” en solitario o disimuladamente, aparentando, siempre aparentando, hacer una cosa, pero en realidad, para hacer otra distinta, o la contraria.

Del vivir de las apariencias viene el vicio nacional de la simulación y el gusto por las formas carentes de contenido y sentido. Esa fingida aceptación formal, es mero acomodamiento, estirando los límites a la propia conveniencia, guardando las apariencias de fidelidad y lealtad a valores y creencias que en el fondo nada nos significan. Cuando no caemos en la abulia, la apatía o la indolencia política, en el mejor de los casos, producimos avispados, tramposos exitosos y pícaros audaces. Nos solazamos con los pequeños atajos y “avionadas” contra nuestros semejantes y casi nunca enfilamos baterías contra el orden dominante y sus detentadores. Muy rara vez, producimos verdaderos transgresores y revolucionarios. Razón por la cual, las elites dominantes, pueden dormir tranquilamente otros doscientos años de holgada hegemonía.

En lo político. Somos hijos de una mentira y a lo largo de nuestra vida republicana hemos continuado viviendo en una simulación.
La mentira: la llamada Declaración de Independencia del 20 de Julio de 1810, no fue ninguna declaración de independencia sino una declaración de constitución de una junta de autogobierno, expresamente leal a la Corona de España y reaccionaria a todo lo que representaba la Ilustración y la obra de la Revolución Francesa. La independencia apareció, un año después, como una necesidad ineludible dada la tozudez de las autoridades españolas, a uno y otro lado del Atlántico.

La simulación: el Pacto Republicano que remplazó, más por la fuerza de las circunstancias que por un propósito largamente urdido y meditado, al Pacto Colonial, fue en sí mismo, la apelación simulada a unos supuestos principios republicanos de desteñido tono ilustrado y liberal, pero al servicio de las mismas elites patricias y de notables que habían usufructuado, local y regionalmente, el orden colonial señorial y lo seguirían haciendo durante todo el siglo XIX, bajo la mascarada de la República. Las elites apelaron al pueblo para fundar la legitimidad del nuevo orden, pero en el fondo fue para mantener y prolongar el viejo orden, bajo otros ropajes, con un total desprecio, cuando no miedo, al pueblo mismo. Darío Echandía dijo, bien entrado el siglo XX, que la democracia colombiana era como un orangután con sacoleva.

La democracia liberal se caracteriza por ser una democracia con poco pueblo. En nuestro caso, es prácticamente una democracia sin pueblo, o en el mejor de los casos, con un pueblo comprado y acostumbrado a las migas de clientelismo y del paternalismo autoritario.

Hoy ya no tenemos la misma sociedad señorial del siglo XIX, pero en lo fundamental, pese a la diversificación de la base productiva, de la urbanización, de una mayor secularización cultural y de la mayor racionalidad instrumental del mundo globalizado, el orden social y económico neoliberal y mercadocéntrico, no ha dejado de ser, en esencia, un orden, jerarquizado, antidemocrático, corrupto, excluyente, racista, clasista, patriarcal y semiseñorial. En nuestro caso, las elites actuales, pese a su fachada modernizada son, en lo fundamental, las mismas que detentan su dominio desde la época colonial. Quizás lo que ha cambiado es la cuota de sectores emergentes, traquetos, mafiosos, terratenientes y neoterratenientes, que regionalmente se han hecho fuertes al amparo del proyecto paramilitar, expresados primordialmente en el uribismo y el Centro Democrático, pero también en Cambio Radical y el Partido de la U, ahora santista .
Para decirlo en forma abreviada, padecemos todavía muchas formas de corrupción de la premodernidad, sufrimos grandemente la corrupción de una modernidad a medias y soportamos ya, algunas formas de corrupción de corte postmoderno.

En lo histórico. La obra de la Conquista española, a la par de su tarea genocida contra los pueblos originarios de nuestra América, fue un contrato o Capitulación Privada, mediante el cual el jefe o capitán de una hueste conquistadora pactaba con la Corona española (en realidad, la castellana) el reparto de las ganancias y los dividendos de la conquista: nuevas tierras para el dominio administrativo de la Corona, más una parte considerable de lo pillado y robado. El capitán y su hueste de soldados, se quedaban con la otra parte del botín, más los privilegios y dignidades que la Corona les otorgaba en las nuevas tierras, particularmente el derecho a tener indios encomendados, vivir de sus tributos, reenviando un quinto de tales ingresos a España. Los encomenderos y en general, la gran mayoría de los españoles venidos a las nuevas tierras, deseosos de adoptar una vida señorial imposible para ellos en la metrópoli, jamás aspiraban a trabajar aquí la tierra con sus propias manos, porque para eso estaban los indios y después los esclavos.

Ese espíritu, tan español, de convertirse en las tierras de América en hijosdalgo (hidalgos) con la pretensión de vivir del trabajo de los demás, despreciando todo trabajo material y gozando de prebendas, dignidades y excepciones por encima de la ley, ha sido la matriz histórica donde se han configurado comportamientos muy de nuestro medio, tales como: el de sentirse “doctor” por vestir de paño, afirmar que “la ley es para los de ruana” y, ante cualquier requerimiento legal, responder: “usted no sabe quién soy yo”.

El resultado de todo esto no podía ser, cosa distinta, que un deprecio por el acatamiento de las leyes y las normas, puesto que nos sentimos por encima de ellas. Los recursos públicos son botín de conquista y pillaje: por lo tanto el miti-miti en los contratos, el cómo voy yo, el reparto de puestos y sinecuras, están al orden del día. Las puertas giratorias a la hora de acceder a los altos cargos en las entidades públicas y en las privadas, refuerza la eliminación de las fronteras éticas y legales entre los grandes conglomerados capitalistas y las altas dignidades oficiales.

Una economía de prebendas, de chanchullos y de negocios pulpitos, se alimenta del contubernio, el peculado, las ventajas y excepciones ilegales, al servicio de los monopolios, típico de un capitalismo barato, parasitario, especulativo y podrido, como el nuestro. Hace décadas Alfonso López Michelsen, como “hijo del ejecutivo”, se lucró de la privilegiada información gubernamental en el despacho de su padre. Hace unos pocos años, Tomás y Jerónimo, delfines de Uribe, hicieron escandalosas ganancias con un pequeño decreto de ordenamiento territorial en el municipio de Mosquera, siguiendo los pasos de su padre quien se reeligió venalmente presidente con solo: ”reformar un articulito”.

Somos un país de delfines y príncipes, como los muchachitos, Santos, Galán, Lleras, Pastrana, Lara Bonilla y Uribe, que saben que su destino porfirogeneto es estar por encima de los demás. Somos un país de clanes politiqueros que parecen más, bandas delincuenciales, como los Name, los Guerra, los Tulena, los Cote, los Turbay, los Char, los Vives, los Besaile, los Araujo, los Jattin, Dela Espriella, los Escrucería, los Moreno, etcétera.

El comportamiento lumpenesco de las elites y de los privilegiados, tiene su correlato, igualmente grotesco, en la conducta lumpenesca del pueblo, con su cuota diaria de robos, de picardías, estafas y rebusques. Solo que los de abajo lo hacen para poder sobrevivir, mientras que los de arriba, sólo para acaparar, dominar y joder más.

Viento y eco

Este artículo no pretende sacar conclusiones definitivas, menos señalar una ruta para salir del atolladero ético, moral y político, en que nos encontramos. Solo busca brindar unas ideas para interpretar nuestra realidad presente a la luz de ciertas condiciones estructurales: en lo ético, en lo político y en lo histórico. Si estas ideas o tesis despiertan polémica, habrán cumplido su propósito.

 

*Politiquero y manzanillo de comienzos de siglo XX, ministro de Obras Públicas del gobierno de Abadía Méndez y gobernador de Cundinamarca.

Información adicional

  • Autor: Francisco José Reyes Torres
  • País: Colombia
  • Región: Suramérica
  • Fuente: Periódico desdeabajo Nº240, octubre 20 - noviembre 20 de 2017
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