Viernes, 30 Marzo 2007 19:00

La izquierda colombiana: ¿ser o no ser?

Escrito por Le Monde diplomatique edición Colombia
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En un territorio dominado por la sutil combinación de fuerzas armadas oficiales y extraoficiales, que en el despliegue de un proyecto de terrorismo de Estado logra consolidar una atmósfera de miedo y pasividad, la izquierda urbana colombiana proclama (o se ve precisada a proclamar) fe de reconocimiento y aceptación del poder. Esta circunstancia da como resultado una limitada conciencia de juego como ‘oposición minoritaria’, necesaria para la gobernabilidad tradicional, pero no una postura de poder alternativo y de gobierno.
 
Surgida y formada en contextos históricos similares a las de sus pares del continente, la izquierda urbana carga con limitantes similares pero multiplicados por los errores cometidos en los últimos años, enfrentada y confundida ante el manejo de temas como narcotráfico, terrorismo de Estado, alianzas sociales, guerra política, relaciones con la izquierda de raíz rural y construcción de un imaginario de país nacional.
 
Su actividad navega en medio de profundas dificultades para realizar su acción política, lo mismo que la reconstrucció n y la posición de un liderazgo social e histórico, individual y colectivo. Sus esfuerzos de los últimos 15 años empiezan a brindar las primeras luces de acercamiento a una coyuntura histórica que se muestra diferente de la que había vivido hasta ahora. Sin embargo, aún falta mucho recorrido para obtener el resultado de justicia que hoy compromete el ideal de varias generaciones. Y no es irrisorio el trecho. Las próximas elecciones para elegir el Alcalde de Bogotá (octubre 28) en el período 2008-2012 muestran una idea exacta del momento contradictorio por el cual atraviesa este conglomerado político.
 
Bogotá, la capital de Colombia, es la primera gran ciudad regida por la izquierda tras la derrota de Juan Lozano, candidato uribista. Por una izquierda ahora reunida en el Polo Democrático Alternativo (PDA), organización que se conjuga como movimiento y partido resultante de la alianza entre diversas tendencias de izquierda, que, semejando el momento que viven sus similares de México (ver pág. 8), van desde los ‘pragmáticos’ hasta los ‘radicales’, y desde la izquierda electoral o institucional, pasando por expresiones de la social o basista, y de expresiones de aquella que, sin negar la primera y sin limitarse a la segunda, las combina para un proyecto refundador del Estado Nacional.
 
Si bien el alcalde Luis Eduardo Garzón recibe cuestionamientos por no gobernar bajo la orientación de un programa y un pensamiento colectivos, emanados de su propia agrupación política y las comunidades, y por no romper con la visión de ciudad heredada, así y todo, a octubre se le mira con preocupación como una coyuntura o “paso atrás” en que se puede perder la regencia de la ciudad. Frente a esta espada de Damocles que pudiera afectar su futuro electoral en las elecciones presidenciales de 2010, se fortalece y se consolida un fuerte “realismo político en busca de candidato” dentro de su dirigencia: “Conservar a como dé lugar y con el aliado que sea el gobierno local”. Ante ese dilema de ganar o perder la Alcaldía , que no se asumió en el compromiso de gobernar, los principios históricos salen mal librados.
 
Mientras esto sucede, y como acompañamiento, proteger su vida y evitar el desmantelamiento de sus organizaciones conduce a los dirigentes a ceder en sus prácticas y discursos ante el Estado. Casi es necesario pasar de agache muchas medidas gubernamentales o debates públicos, con el resultado de unilateralidades de análisis y comportamiento frente a la realidad, además del desconcierto de quienes esperan más de ellos. Se trata de una izquierda que se encuentra en el dilema de ser o no ser ante su desafío esencial: construir y delinear una nueva sociedad, así como una ruptura con el poder tradicional y con los grandes y dominantes intereses económicos.
 
Sin el logro de acortar la distancia que la separa de los núcleos sobrevivientes de los movimientos sociales, tanto como de las expresiones de resistencia comunitaria, institucionalizada mayoritariamente hasta lo más profundo de su ideología, con preocupación apenas por los puestos que pueda lograr en una votación, la izquierda de Colombia navega entre el ser y el no ser, con desprecio de una oportunidad histórica que se entrelaza con el continente: brindarse un perfil, una personalidad, para levantar ante todos y con todos un proyecto de presente y futuro en el marco de restauración moral de la Nación y de Refundación de la República *.
 
Una izquierda en busca de nuevos aires
 
El recién constituido PDA optó por la consulta abierta para elegir sus candidatos a Presidente, alcaldes, concejales y hasta ediles (especie de órgano legislativo en cada alcaldía local). La experiencia pionera de 2006, en que uno de sus dirigentes –Antonio Navarro, del desmovilizado M-19– fue derrotado por Carlos Gaviria, jurista liberal recién vinculado a la política, le dejó inmensas enseñanzas.
Sin descartarlas y para ahondar un modelo democrático de construcción partidaria, ha llamado a inscribir precandidaturas para la Alcaldía de Bogotá. Cinco personas han postulado su nombre: Hernando Gómez Serrano (investigador y defensor de derechos humanos, de procedencia independiente) , María Emma Mejía (de procedencia liberal), Clara López Obregón (de igual procedencia) , Samuel Moreno Rojas (de la Anapo ) y Édgar Montenegro (dirigente cívico independiente) . Una novedad participativa que carga sus límites.
 
Cada candidato asume la campaña como asunto de su sector político o por riesgo propio. Es decir, quien más tiene dinero o contactos con los medios de comunicación, y quien más goza de peso en las nóminas públicas, mejor puede difundir sus propuestas. En esta forma, desde el principio, se hizo evidente un desbalance crítico entre los inscritos, realidad que hizo aflorar la necesidad, para no pocos de sus militantes, de oficializar una reglamentació n que permita precisar las condiciones del debate, tanto como financiar en igualdad de condiciones a todos los candidatos. No hay otra manera de hacer efectiva la democracia: favorecer la igualdad de oportunidades o mantener en poltrona unas prácticas poco alternativas.
De acuerdo con los Estatutos del PDA, si un precandidato reúne el 80 por ciento de los votos de los delegados del partido de su ciudad, evitará la consulta pública. Con cinco precandidatos en juego, la resolución por vía directa se ha tornado casi imposible en Bogotá. No han faltado, sin embargo, las reuniones y proposiciones para que unos renuncien en favor de otros. A falta de debate abierto sobre los programas en pugna, con los militantes del partido y con la ciudadanía en general, se despliega una intensa campaña para ganar el favor de los militantes. La estratagema: el estímulo de la opinión pública, el que más registre en los medios, y, en no pocas ocasiones, el despliegue de clientelismo. Muy poco que envidiar de las prácticas más tradicionales de los partidos tradicionales.
 
El peso del marketing y la costumbre personalista en boga han llegado a tal extremo que es opinión generalizada que quien mejor conoce la ciudad y quien mejor programa ha puesto en debate con la militancia es Hernando Gómez Serrano, dos veces Alcalde de Chapinero (una de las 20 Alcaldías locales en que se encuentra organizada la ciudad capital). Pero no es extraño oír de senadores, representantes a la Cámara y dirigentes del partido (que no reparan en la opinión de los militantes de base) la solicitud para que aquél renuncie porque “no registra en los medios”.
 
Inercia o desafío
 
¿Logrará entonces el PDA romper con la inercia de prácticas clientelistas, y afincarse en una ideología y un modelo en verdad renovadores y de izquierda? Es un inmenso reto enfrentado a una evidente contradicción: la izquierda apegada, como ha sucedido en Francia (ver pág. 10), a los medios masivos y los poderes reinantes, y más contradictorio aún cuando esos medios son todos del establecimiento. ¿Inconsecuencia con sus postulados y pretensiones, o simple peso de la ideología liberal que agobia a muchos de sus dirigentes? ¿Izquierda con bozal mediático? Es decir, según su parecer (consciente o inconsciente) , quienes definen en Bogotá el candidato son unos medios de comunicación, unos poderes tradicionales sobre los cuales ellos carecen de ascendencia.
El PDA despertó gran expectativa en la política reciente de Colombia. Cuando nadie lo esperaba, obtuvo una votación récord de 2.600.000, enfrentando a un candidato con todo el aparato del Estado y paramilitar a su favor. Pocos meses después, realizó su Congreso constitutivo para el cual efectuó votaciones abiertas –previa inscripción como miembro del partido– y obtuvo más de 500 mil sufragios (más de los 400 mil esperados entre los más optimistas). Y, sin embargo, en actitud contradictoria y en medio de una campaña electoral por el poder local, se resiste a recurrir al ciudadano común y corriente para invitarlo al debate y la reconstrucció n del país y, en el caso de Bogotá, de su ciudad.
Institucionalizada en cuerpo, mensaje y pensamiento, determinada por preocupaciones burocráticas, ¿dónde queda su construcción histórica? Al navegar entre el ser y el no ser, la izquierda urbana menosprecia la oportunidad histórica de obtener un perfil y una personalidad de poder alternativos, con ruptura de costumbres politiqueras. Por ejemplo, en esa vía y propósito, Rafael Correa no dudó y triunfó en Ecuador con el descarte de candidaturas al Senado. No importaría entonces (aunque parezca un contrasentido) perder la Alcaldía de Bogotá, a cambio de configurar un ejemplo de participación y decisión democrática que tendría dos años para poner en posición una candidatura de disputa presidencial.
Más trascendental que un triunfo atado a los medios, y preso de la ya vieja institucionalidad, es construir con ética y con principios un futuro de país. Lograr que todos sus militantes, adherentes, simpatizantes y votantes acompañen el mejor programa, y otorgarles la oportunidad de que ellos también participen en su enunciado y construcción.
Justo es decir que a Bogotá, sin un movimiento nacional fundido en raíces sociales y principios políticos que retomen y estimulen la real participación de la ciudadanía, y sin un hermanamiento regional, no es posible gobernarla para derrotar la injusticia y el hambre. u
 
*        “Poder, parapolítica y refundación del Estado”, Le Monde diplomatique edición Colombia, Nº 54, marzo de 2007, p. 3.
 
Carlos Gutiérrez
 
 
 
C.G.
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