Miércoles, 01 Agosto 2007 19:00

El caminante de la paz y la guerra

Escrito por Anonimo
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Gustavo Moncayo acaba de llegar a Bogotá después de recorrer a pie la mitad del país durante 46 días. Con una idea fija: lograr, con la liberación de su hijo, la de todos los secuestrados de Colombia, este profesor de Geografía, un domingo de julio del 2007, se terció la mochila de cabuya, midió el camino que blanqueaba a lo lejos y despidiéndose de su familia entre lágrimas y palabras incrédulas, se enfrentó a las inclemencias de una faena heroica. Su equipaje: sólo cadenas simbólicamente ceñidas a cuello y brazos, el bastón "rezado" que en alguna de las vueltas del camino le obsequió un indígena para que le ayudara a tenerse en pie ahuyentándole el desaliento, y apenas diluida en la niebla o crepitando en la fogarada del mediodía, la imagen del hijo que un día en Patascoy se lo llevó a la brava la despiadada tromba de la guerrilla.
 
Llegaron entonces las horas de infructuoso clamor. De subir a la cima del desafiante cerro donde había sido secuestrado el muchacho. De llegar una y otra vez al Caguán de Pastrana, tocar puertas y  moler antesalas. Todo fue inútil, porque ¿qué representa en este aquelarre de sordos y ciegos, otro campesino secuestrado o desaparecido? ¿qué atención puede demandar a los ocupados funcionarios o a los desalmados guerrilleros, un colombiano que no ostenta las credenciales de terrateniente, magnate o político? Elemental mi querido Watson: absolutamente nada.
 
Entonces decidió calzarse las botas de siete leguas y echarse a andar, insensible a los pies lacerados, al hambre, al frío, al cansancio de los huesos y la sangre. Y lo que empezó como una marcha casi solitaria, finalizó como la jornada más apoteósica y conmovedora que haya presenciado el país.
Hasta aquí parte de lo que escribí ayer 1o. de agosto, conmovida hasta las lágrimas por la tragedia y el valor del maestro caminante. Hoy 2 de agosto, después de presenciar el choque acaecido entre los polos de esta historia: Álvaro Uribe y Gustavo Moncayo, el fantasma que mueve los hilos de la tragedia colombiana, se me planta delante para decirme que nuestra realidad cruda y compleja, sigue como antes que este campesino venido de las agrestes regiones del sur, empezara a tragarse las carreteras y las trochas de una patria que no le pertenece.
 
Los discursos de estos dos colombianos parecen haber sido pronunciados por los habitantes de dos planetas distintos. Al lado del hombre todopoderoso, la imagen de quien se sabe asistido sólo por la fuerza del alma. Junto al discurso vociferante, la palabra que trasciende el troquel de un tiempo minusválido. Es una lástima que el Presidente Uribe hubiera confundido un diálogo crucial para el país con uno de sus consejos comunales. Osaron decirle de frente lo que su ego tridimensional no admite y peor que el síndrome de Estocolmo es la obsesión mesiánica.

 

Por: Gloria Cepeda Vargas

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