Lunes, 21 Septiembre 2015 17:56

Los científicos sociales y la paz

Escrito por Freddy Cante
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Los científicos sociales y la paz

La pretensión del conocimiento y el engreimiento intelectual


El influyente Keynes (acérrimo defensor del intervencionismo estatal) sugirió que el economista ―y, en general, el científico social― debería ser tan modesto como cualquier humilde y anónimo dentista que, al menos es bueno en el modesto servicio que ofrece. A esto se puede agregar que, frecuentemente, petulantes y afamados gurús de la economía y diversas disciplinas sociales cobran millonarios contratos muchas veces por estampar una rúbrica profesional, estilar una abstrusa retórica, y las más de las veces por errar en sus diagnósticos, prospecciones y recomendaciones.


Hayek (el abanderado del liberalismo radical) mostró la existencia de una fatal arrogancia y de una excesiva pretensión del conocimiento por parte de quienes, en su tiempo, (y, ahora, en el nuestro) osaban hallar o concebir la variable mágica para acceder a diversas modalidades del mítico Santo Grial, en su forma de: el precio justo, la asignación óptima de recursos, la justa distribución del ingreso y de la riqueza y, por si fuera poco, pretendían construir el orden ideal a través de la planificación central ideada e implementada por un puñado de sabios iluminados.


Al estudiar un sistema tan básico cognitivamente como el mercado (coordinado a través de señales de precios, gustos, propensiones, caprichos y calidades), Hayek mostró que un mercado competitivo es una especie de computador social con un gigantesco volumen de información imposible de captar y procesar por parte de cualquier mente individual. Y explicó cómo es que el conocimiento y la información están a tal punto dispersos y socialmente distribuidos, que no existe mente alguna (excepto la del omnipotente y ubicuo Dios) para ordenar tal suerte de complejidad organizada, en la que cada uno de los millones de individuos es una variable con datos específicos de tiempo y lugar que nadie más puede conocer. Insistió en que científicos sociales como los dedicados a la física y a la química (seguramente no los biólogos) tratan con una complejidad desorganizada y, por tanto, pueden aislar, controlar, medir y manipular unas pocas variables. Demostró que los científicos sociales tratan con una complejidad organizada: millones de variables, cada una con información particular y una habilidad para combinarse con otras variables, lo que hace imposible la experimentación y el control pues, por lo demás, tal empresa de nociva ingeniería social acabaría con el libre albedrío.


Existen otros resultados de la interacción social mucho más complejos que un mercado competitivo como, por ejemplo, el contrato social en sus variadas versiones de ordenamiento constitucional, diseño institucional, o resultado social en forma de alguna función de bienestar colectivo para los cuales aplica el acertado planteamiento de Hayek: ni el más sabio de los seres humanos podría descubrir la fórmula mágica o algoritmo fundamental para ordenar semejante caos.


Aquello que se puede medir y el conocimiento público es la parte más insignificante y trivial de los fenómenos sociales como tanto insistió Hayek. Son más bien los datos y secretos privados, la singular mixtura de redes sociales, y las iniciativas originales y el libre albedrio de individuos y grupos lo que es realmente importante y que, por cierto, es desconocido para científicos sociales. En el mejor de los casos un científico social puede construir un mapa o modelo muy general, que permite captar los rasgos más visibles de una problemática social, a lo que se suma que tal cientista es un ser muchas veces exógeno y ajeno a las realidades sociales que estudia (como un marciano que visita a los terrícolas), y que no puede ejercer control alguno sobre los millones de variables (individuos) que estudia.


Natalia Springer Von Schwarzemberg en el Macondo de las rentables paces:


En un país que, como Colombia, avanza hacia un eventual acuerdo de paz con la dinosáurica guerrilla de las Farc, y que ha intentado e intenta acuerdos con otros grupos armados ilegales como el Eln y, en el pasado lo intentó con muy dudoso éxito con los paramilitares (graciosamente bautizados en tiempos recientes como bacrim), florece una nueva manada de gurús estudiosos de la paz.


En la picota pública de las últimas semanas aparecen los apellidos de engreídos pazólogos como Springer, Ramelli, Baltasar Garzón, y el Fiscal Montealegre Lynett. El común denominador de todos ellos es, básicamente, el de su engreimiento intelectual: pretenden establecer la fórmula o algoritmo mágico para descifrar y conocer al detalle una realidad más escurridiza que aquella del precio justo, a saber: la clave de la verdad para avanzar hacia un proceso de justicia transicional. Cada cual defiende su posición competitiva, y su ventaja comparativa para aducir que monopoliza la singular capacidad intelectual para descifrar este pavoroso enigma.


El estudio del conflicto es mucho más complejo que estudiar el mercado competitivo. En la especificidad de Colombia se trata de indagar acerca de una guerra civil (conflicto violento e irregular en donde no existe una línea divisoria nítida entre combatientes y no combatientes); en donde el conflicto cotidiano (querellas y líos familiares, vecinales, laborales y aún callejeros) se mezcla y se retroalimenta con el de la confrontación militar; en donde pululan poderes invisibles (mafias, señores de la guerra, guerrillas clandestinas); y en donde además de víctimas y victimarios existen sectores sociales que colaboran y otros que se lucran política y económicamente del conflicto. A esto se agrega la vastedad geográfica y la maraña histórica de más de medio siglo, en la que muchas veces ciertas víctimas se transforman en victimarios.


La distinguida y encopetada Natalia Springer Von Schwarzemberg pretende ubicar geografías, tiempos y secuencias históricas, medir y describir los detalles del accionar de victimarios, autores intelectuales y víctimas en casos de crímenes de lesa humanidad (como el secuestro) cometido por actores clandestinos como paramilitares, y guerrilleros de las Farc y el Eln. Mediante tan pretenciosa empresa busca ella identificar culpables y describir las crueles actuaciones de cada victimario. El fiscal Montealegre la respalda; el señor Ramelli dice que, con su selecto equipo de fiscales, lo haría mejor. Hace pocos días el académico Francisco Gutiérrez Sanín efectúo un examen del informe presentado por la Señora Springer, subrayó que la dama y su equipo desconocen la literatura relevante sobre el tema y, entre otras cosas que "Se podría decir, siguiendo a Borges, que el trabajo bajo evaluación es original y sensato; pero que donde es sensato no es original, y donde es original no es sensato" (Durán, Diana y Laverde, Juan, 2015).


Entre tanto la distinguida dama está parapetada en los títulos y publicaciones con exclusivos sellos académicos nacionales y foráneos de su hoja de vida. Hasta ahora le ha respaldado un apellido raro y con apariencia aristocrática que sirve como rentable marca (y que seguramente sería fatal portarlo en una zona roja y agreste, distante de las lujosas oficinas cachacas). Campea el temporal con unas risibles afirmaciones de que no existe alguna otra empresa o grupo académico que en Colombia y sus alrededores pueda lograr tal hazaña intelectual; y otras preocupantes y no menos risibles afirmaciones, respaldadas por el Fiscal Montealegre, en el sentido de que se está manejando una información ultra-secreta.


Hay que meterle pueblo a la ciencia social, y a la paz


La paz no es una ingeniería social que puedan diseñar iluminados científicos sociales y tecnócratas. Imposible pensar que empresas colosales como, por ejemplo, el desminado se puedan resolver con el algoritmo de un mago de la georreferenciación y el cálculo de las probabilidades; quimérico siquiera imaginar que un gurú carismático con las dotes de un Nelson Mandela pueda propiciar la desmovilización y el desarme militar y emocional de cuerpos y espíritus guerreristas; absurdo pensar que unos jueces o investigadores dotados con el olfato de un Sherlock Holmes puedan hallar la verdad incontrovertible y oficial, y armados con mágicos algoritmos y técnicas de georreferenciación puedan hallar culpables y determinadores.


Si los tiempos del conflicto armado estuvieron y aún están marcados por burocracias armadas legales e ilegales que extraen rentas al pueblo, los tiempos de paz no pueden estar signados por consultores, magos, gurús y charlatanes de la paz que buscan rentas con la venta de algoritmos, fórmulas, modelos, procedimientos, manuales, interpretaciones, etcétera.


El secretismo de entidades burocráticas y el argumento del secreto de Estado para monopolizar y extraer una renta de información que debería ser pública, van en contravía del esclarecimiento de la verdad. Los poderes oscuros y clandestinos que imperaron en el conflicto armado no se pueden reproducir en temporadas de generación de paz.


Notables científicos sociales nos han legado un lenguaje para descifrar una compleja realidad, sus mapas y sus luces han ayudado a la orientación de las sociedades: seguramente sin los modelos de un Herbert Simon, un John Rawls o un Amartya Sen estaríamos mucho más perdidos. Recordados literatos como Rulfo, García Márquez, y Steinbeck han brindado una fascinante narrativa para ayudarnos a conocer las realidades que vivimos. No se trata de renunciar a la ciencia y a los científicos, tampoco de despreciar el arte y la literatura, más bien se debería tratar de que estos intelectuales y artistas trabajen cooperativamente con el pueblo, con las comunidades, las cuales abundan en saberes originales, en información específica de tiempo y de lugar, y en expertos empíricos. Habría que empezar entonces por parafrasear y recrear el discurso del gran Abraham Lincoln: una ciencia del pueblo, con el pueblo y para el pueblo.

Información adicional

  • Autor:Freddy Cante
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:desdeabajo
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