Lunes, 14 Marzo 2016 06:53

El país de la paz para fabricar nuevos combates

Escrito por Sergio Riveros
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El país de la paz para fabricar nuevos combates

No basta ya, en el momento complejo en que viven los colombianos y colombianas, con suponer un paralelismo sustentado en la sospecha latente que el proceso de paz se desenvuelve por encima de la sociedad, mientras que la movilización social y la disputa de los muchos y muchas por transformar el país, se da debajo de la misma. Lo primero que cabría preguntarse, por evidentes razones, es ¿qué sucede, entonces, en aquello que media sobre ambas orillas, es decir, en ese río diverso que es la sociedad misma? Planteada la situación así, por una apelación al sentido común, habría que decir que no es posible hablar de situaciones paralelas si los efectos se desarrollan para un mismo conjunto, y en eso, es probable, no haya un debate profundo.


Los puntos suspensivos de la guerra


La guerra, por supuesto, deberá rechazarse como parte de una generación que se hace espectadora del final de un ciclo de violencia que se ha extendido por más de seis décadas y ha cobrado la vida humana de cientos de miles colombianos y colombianas. Por eso mismo, cuando se habla de terminación del conflicto armado, no puede referirse simplemente al lugar de tranquilidad moral para aquellos que se ubican en los bordes de la izquierda, sino que debe entenderse que allí se configura un proceso de tranquilidad colectiva en distintos territorios del país; lugares donde los días y las noches ya no estarán atravesados por las balas de aquellos que combaten. Así que si se dice fin del conflicto, habrá que percatarse que también tendrá sobre las poblaciones de este país un efecto social y político.


Claro que la confrontación entre actores armados ha tenido un efecto en la degradación moral, cultural e histórica de Colombia, como expresión diversa de hombres y mujeres en sus geografías; no cabría duda alguna que el protagonismo tomado en la guerra por el movimiento guerrillero significó a su vez una doble condición de la derrota para la insurgencia armada: el auge de una estampa militar del sello revolucionario, al tiempo que una derrota en el orden estratégico y, principalmente, en el juego político de convencer mentes y corazones con un proyecto de país. Ahora bien, la guerra en sí misma tiene una connotación inhumana, tendiente a degradar por medio de la muerte, los términos de negociación y conflicto entre grupos que antagonizan; no obstante, la guerra tiene unos términos y no es posible exigirle bondades, sino precisamente, su finalización.


Más allá del marco de derrota política y estratégico-militar de las FARC, que es el síntoma en definitiva, de la derrota para el conjunto de organizaciones guerrilleras, -incluyendo al ELN y al EPL-, el punto de reconocimiento de cesar el ejercicio armado e intentar desplazarse hacia un plano político de negociación, cuando menos, refiere a que la atrocidad de la guerra será mermada. Por supuesto que está en duda, y la incertidumbre se hace desconfianza, de si el punto de encuentro entre actores armados implicará que se reduzca la guerra realizada contra la sociedad. Eso es lo que está por verse en los meses venideros, que son los meses de finalización del proceso de negociación. Por lo pronto, las persecuciones y asesinatos a líderes sociales son la norma.


Fabricar combates: adiós a la paz y a la guerra.


La hora del pacto, que es el momento donde insurgencia armada y Gobierno Nacional sellarán simbólicamente un acuerdo de paz, compuesto por discusiones de distinto nivel político, económico, social e histórico, supone el momento de un veredicto sobre su rumbo. En estas horas previas que corren, la duda está instaurada sobre quién protagonizará dicho veredicto: si el Gobierno, a través de su orden constitucional acompasado por el legislativo que juega a su favor; o bien, la sociedad colombiana, compuesta de los muchos y muchas que tienen opiniones diferenciadas y contradictorias, pero que en suma, son quienes han padecido el rigor del conflicto armado.


Por supuesto que este resulta ser un tema espinoso, pero no puede simplemente sentenciarse que burguesía e imperialismo convierten este proceso en instrumento de batalla contra la lucha social y política del pueblo, pues parecieran -diciéndose esto- ubicarse tales clases dominantes, fuera de los límites de una sociedad civil. Pero fuera de eso, enunciar la “instrumentalización”, implica desprenderse del efecto político que los acuerdos conseguidos en la mesa de La Habana tienen para la sociedad colombiana. De hecho, una mirada así reduce potencias a las diversas ideas sobre el país posible que ha de venir luego de la paz; no pareciera ser hora de pensar en evitar “los engaños” del proceso de paz y sus acuerdos, sino, mucho más importante, de empezar a discutir el problema del post-acuerdo, no como una cadena que ata al movimiento social, sino como apertura de posibilidades para re-inventar la política fracturada con la derrota de las expresiones armadas que levantaron un proyecto político para Colombia.


No parece viable separar sin más el proceso de paz y la protesta social que se ha desatado en nuestro país. En primer lugar, la paz que se negocia en La Habana y la protesta que emerge, tienen matrices de acción y pensamiento que se distancian, pero que no van a mal al tomar distancia una de la otra. De hecho, la negociación de paz tiene -y tendrá- como consecuencia, el surgimiento de voces e iniciativas que durante décadas se ocultaron entre las izquierdas y las derechas que asumieron la forma de partido. Parece ser, pues, que la sociedad civil empieza a levantar la voz sin ubicarse a la vera de un partido. Existe una autonomía social de las gentes de nuestro país, que insisten en cuestionar a un gobierno o a otro, sin necesariamente lanzar sus municiones en contra de la paz o a favor de la guerra.


Las novedosas expresiones de indignación, como el 24-E, manifiestan que el país empieza a merecer una política capaz de renovarse, confiada en la labor que puedan emprender espontáneamente ciudadanos y ciudadanas, en quienes crece la indignación por medidas injustas que van en detrimento de sus bolsillos y aspiraciones. Ya no preocupa el llamado que puedan hacer los partidos políticos, los sindicatos, las insurgencias armadas, etc., importa, ahora, el llamado que se hacen jóvenes trabajadores entre sí, incapaces de seguir viendo cómo los recursos del país siguen siendo fuente de beneficio de unos pocos, en detrimento de las gentes que cotidianamente cumplen la tarea de sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los suyos. Pero lo que queda claro es que estas salidas a la calle por nuevas personas, no se hacen a nombre de nadie más que de sí mismos, y por ende, no son expresiones que se vean frenadas por lo que en La Habana suceda, ni tampoco ubican allí una crítica en contra de la paz.


Al fin y al cabo, parece que aquello que llamamos lucha social, tendrá nuevos nombres que antes no conocíamos, protagonistas que continúan siendo anónimos para el movimiento social con tradición, lenguajes y consignas de discursos desgastados que no llegan a más gentes que a quienes gravitan sobre los mismos. Algo más debe quedar claro: no se trata simplemente de dar las gracias a la izquierda tradicional y la bienvenida a estas nuevas formas de irrumpir en política, sino que no es posible asistir al baile en solitario; sobre las contradicciones que esto genere es donde estará el fermento de una política distinta y el interés de un análisis compjejo.


En por todo ello que la centralidad de la crítica en estos tiempos no puede ubicarse en resaltar al proceso de paz o a la guerra como forjadores de engaños contra el pueblo, sino que debe situarse más allá. En estos tiempos, donde alegremente acaban los enfrentamientos entre actores armados lejanos a las heterogéneas expresiones sociales, surge la posibilidad de fabricar nuevos combates que exijan algo más que simplemente paz o guerra. Es la hora, aparentemente, en que por fin la política sea capaz de saltar a la calle, tomar un sentido autónomo de las experiencias anteriores sin olvidar los aprendizajes, y empiece a tomar forma como proyecto de transformación del país, de verdadera y profunda democracia. Tal vez la virtud del proceso de paz sea desalambrar el campo de disputa, y por ello no se le puede entender como un simple engaño o contención de la lucha social y política.

Información adicional

  • Autor:Sergio Riveros
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:desdeabajo
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