Martes, 12 Abril 2016 08:37

Un tema de emocionalidad y psicología en política

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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Un tema de emocionalidad y psicología en política

Colombia ha sido siempre la patria boba. Y los bobos no exhiben jamás alegría y felicidad. Simplemente ahí van por la vida. Aguantando, perviviendo, haciendo lo que pueden o lo que les toca.

 

Eventos académicos y culturales, incluso científicos y artísticos los hay muchos en Colombia, y cada vez más. Sin embargo, es notorio que en las conferencias, simposios, coloquios, encuentros y diálogos hace falta una cosa: optimismo, entusiasmo, exuberancia.


Manifiestamente, el país ha estado dividido desde siempre, y las élites nacionales jamás lograron desarrollar un proyecto nacional. Colombia ha sido siempre la patria boba. Y los bobos no exhiben jamás alegría y felicidad. Simplemente ahí van por la vida. Aguantando, perviviendo, haciendo lo que pueden o lo que les toca.


En un país inmensa y estructuralmente fracturado, ni Tirios ni Troyanos exhiben emoción y apasionamiento, y definitivamente nada de hybris. Esa condición sin la cual una nación puede estar orgullosa tanto de sí misma como de los suyos.


Colombia se encuentra a años luz de distancia de la Viena de Wittgenstein, o de la Viena del Círculo de Viena. Uno de esos momentos únicos en la historia de la humanidad. La Viena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, La belle époque, posible (¿contradictoriamente?) gracias a los Habsburgo. Estirpes como los Santos y los Lleras, los López y los Pastrana, por ejemplo, jamás se enteraron en su vida de acontecimientos como la Viena de Freud, Popper, Schlick o Reichenbach, entre muchos otros; o la Göttingen de Alemania a comienzos del siglo XX y hasta la llegada de Hitler, con gente como Hilbert, Dedekind, Weiertrass, el propio Poincaré, y muchos más, permanentemente allí o de paso.


La Florencia de Da Vinci, Rafael o Miguel Ángel, con todo lo que ello implicó para el momento más importante del Quattrocento en el sur de Europa. O la París en la que confluyen y viven Dalí, Picasso, Misia, Stravinsky, Dagiliev, y unas semanas después Joyce, el dadaísmo, Breton o Hemingway, entre varios más. O acaso también el Moscú de Catalina la Grande, con las visitas breves o largas o las estadías de Gauss, Euler, B. Godunov, los orígenes del Museo del Ermitage, o Pallas, por ejemplo; y Pushkin, siempre Pushkin. En nuestra América conocimos el México de Vasconcelos, Fidel, Zea, Reyes o Rodó, y muchos otros más. Momentos y lugares singulares de creatividad y verdadera oxigenación civilizatoria para la humanidad.


No. En Colombia no existe nada semejante. Ni de cerca. No se respira entusiasmo u orgullo, esperanza u optimismo. Por el contrario, se percibe, manifiestamente, mucho espíritu crítico, desasosiego, escepticismo, mucho eclecticismo y entusiasmo moderado. Colombia como pueblo o nación, como sociedad o cultura carece de hybris. La condición para la vida alegre (savoir vivre! – la joie de vivre!). Colombia es una nación en permanente estado de hibernación: esperando a que el invierno pase, esperando a que llegue el verano. Y mientras, la gente aguanta, espera, algunos reaccionan, cada cual reduce el país y el mundo a lo suyo propio.


J. Rancière establece (Aux bords du politique, 1998) la distinción entre lo político y la política (du politique et la politique) para sostener que la política tiende a desaparecer, al parecer inexorablemente, en nombre de lo político. Esto es, análogamente a lo que acontece desde siempre en Colombia, un país en el que la política ha consistido esencialmente en gestión y gerencia, en administración y poder. Sin capacidad de sueños, proyectos o grandes metas e ilusiones. La política colombiana, en rigor, nunca ha sido suya.


La alegría en Colombia ha sido confinada del espacio público al espacio privado, y en varias ocasiones, a espacios privados a los que hay que pagar para acceder a ellos. ¡Mucho mérito! Esto es exactamente la industria de la cultura.


En los ejemplos mencionados, siendo el más destacado el de Viena de comienzos del siglo XX justamente hasta el ascenso del nacionalsocialismo, la vitalidad misma en general, y la vitalidad del pensamiento en particular, se vivía en las calles y los cafés, en los teatros y los auditorios, y en las obras mismas. Muy parecido al París de la misma época, mutatis mutandi.
No es que el panorama sea pesimista. Es que no es vibrante. No es que la atmósfera sea plúmbea. Es que no es ligera y no transporta ni contagia proyectos de gran escala.


Pareciera que en países como Colombia el tiempo se viviera a corto plazo, y cada quien o cada cual definiera a su manera la densidad del tiempo. Pero es que en eso justamente consiste la dificultad. Los sueños de cada uno no son aún/siempre sueños compartidos. Que es lo que hace a una nación, un pueblo o una sociedad. Incluso a pesar de las instituciones.
Naturalmente que las percepciones son siempre relativas. A eso exactamente apunta una línea de investigación propia que es la fenomenología de la percepción, uno de cuyos epítomes es M. Merleau–Ponty. Pero es que las percepciones no encuentran en este país grados de libertad auténticos, y cuando se mueven lo hacen entre desfiladeros y comisuras. No a través de valles o cordilleras.


Esa palabra gutural, hermosa y única que existe tan sólo en español: ganas. “Tener ganas” que es más, bastante más que vouloir, désirer, wanting o needing, incluso de esa hermosa palabra del alemán que es el wünshen. Las ganas no proceden nunca de la cabeza, sino apuntan hacia la garganta, y más allá de ella, a algún lugar recóndito entre el plexo solar y el bajo vientre. Aquí algunos quieren cosas y otros anhelan cosas. Pero social o colectivamente —en el sentido más amplio y generoso de la palabra— aquí nadie tiene ganas. A diferencia de aquella París, Moscú, México o Viena, por ejemplo.


Como bien señala Bushnell: Colombia, una nación a pesar de sí misma. La nación de los casi, de los aún–no, de los pero–lo–que–cuenta–es–el–esfuerzo...

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1 comentario

  • Enlace al Comentariogabriel jerezMartes, 12 Abril 2016 13:38publicado por gabriel jerez

    ¡Que mentalidad tan colonizada¡ Le parecen poco al autor grupos como los de la Cueva en Barranquilla, el de los Nuevos en Bogotá, el nadaismo en dos o tres centros como que se encontraban en Medellín, Bogotá o Calí, el de esta última ciudad donde el más embemático es Andrés Caicedo, para no ir más atrás del siglo XX.

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