Jueves, 06 Octubre 2016 17:50

Ciudadanos del No, movilícense por la paz

Escrito por Diego Rueda
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Ciudadanos del No, movilícense por la paz

Nunca olvidaremos el 2 de octubre de 2016. Tras conocer los resultados del plebiscito, mi sentimiento inmediato fue de desolación y soledad. Verse de repente dentro de un colectivo que no tiene el don de la compasión y la solidaridad fue devastador. Es aterrador caminar sin dirección y tropezarse constantemente con el vecino, el familiar o el pasante y tener miedo a sentir empatía por el otro, por existir un abismo infranqueable entre nuestros principios y valores fundamentales.

Supongo que ante tanta desolación el cuerpo y el inconsciente reaccionan para evitar su desplome. Por acto de fe en la humanidad la explicación que más aceptó mi espíritu fue la que no todos los que votaron por el No están realmente a favor de la guerra. Todos compartimos, o al menos la inmensa mayoría, principios fundamentales a favor de la paz y la compasión. Así lo compartí con mi hijo.


Bajo estas circunstancias me fue posible reconocer con humildad la victoria del No y superar el resentimiento y la desesperanza. Compartimos el fin y debemos afinar los medios, las condiciones, las consecuencias para lograrlo de la mejor manera.


Indudablemente durante el proceso de paz se protegió con terquedad la confidencialidad de los diálogos, con el altísimo costo de sacrificar una participación abierta de diferentes sectores sociales y políticos. Las partes lograron efectivamente un corpus de acuerdos que, a pesar de contener elementos que uno quisiera fueran diferentes, en su integralidad configuran un país posible, éticamente aceptable, vivible, en donde a todos nos correspondería aportar desde nuestras pasiones y posibilidades, un grano de arena hacia la convivencia.


Solo en su conjunto y no desde la visión fragmentada de sus partes, era posible digerirlos. Así mismo, los resultados del plebiscito mostraron como mayoritariamente las víctimas votaron con amplias mayorías a favor del Sí. Su dolor vivido en carne propia, el deseo profundo de no repetir estas experiencias y evitar a toda costa que algo similar ocurriera a sus hijos y su enorme voluntad y capacidad de perdón y resiliencia, se reflejan en ese voto mayoritario. Ellas votaron esperanzadas por el Sí a la paz y de repente las mayorías de nuestra sociedad miraron hacia otro lado o las condenaron nuevamente a una posible reanudación de la confrontación. Esas mayorías que, si acaso, sentirán los coletazos de la violencia, mientras que ante su indolencia, volverá la sangre y el miedo a las casas de los más humildes.


En la conciencia de quienes votamos por el Sí, intentar la perfección de esta ecuación ponía en riesgo principios supremos. Y esto no valía la pena ni era moralmente aceptable. Creo que el voto por el Sí, en su gran mayoría fue un voto ético, enmarcado en el ideal de la paz.


Ahora, con inmenso temor de que el sueño se desvanezca frente a nuestros ojos, y mientras actuamos apasionadamente a favor de nuestras convicciones, miramos expectantes a quienes votaron por el No, a quienes afirman con vehemencia que votaron por la paz. Y nos preguntamos “¿Si este no es el camino hacia la paz, entonces cuál es?” “¿Si este no era el mejor acuerdo posible, entonces como lo mejoramos?”, “¿Dónde están esas renombradas propuestas de una paz posible y mejorada?”


Y entonces me lleno de confianza en que aquello que nos une a todos los ciudadanos, a los del Sí y a los del No, es el deseo profundo por alcanzar la paz. Confío, quiero confiar, en que cada uno de quienes votaron por el No, luchará incansablemente para que sus dirigentes, en quienes ellos depositaron su confianza y el futuro de Colombia, presenten sus propuestas de manera generosa. Propuestas destinadas a construir la paz y no a sentar las mismas posiciones irreconciliables que nos han condenado por décadas a la guerra.


Miro nuevamente a mi alrededor y quisiera ver a los votantes por el No, marchando decididos en las calles levantando su voz, defendiendo masivamente ese principio supremo que es la paz. Reclamando, exigiendo de sus dirigentes las propuestas concretas, posibles, viables que nos conduzcan a salvar los acuerdos. Aportando y construyendo desde sus conciencias el camino que permita que la crisis generada haya valido la pena y se convierta realmente en un escenario de acuerdo nacional por la paz y finalmente seamos todos quienes la defendamos.


Si cada una de esas personas no invierte hasta su último aliento en esta tarea, lastimosamente se demostrará que no somos iguales. Que al final solo nos robaron el discurso de la paz de manera descarada, y lo que es peor, nos robaron la posibilidad de construir entre todos, con ellos, un país en paz para nuestros hijos. Y eso lo llevarán en su conciencia.


Nosotros mantendremos incansables nuestra voluntad de paz y revisaremos nuestras acciones del pasado para no incurrir en los mismos errores en el futuro.


Confío aún.

Información adicional

  • Autor:Diego Rueda
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
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