Sábado, 03 Diciembre 2016 17:44

Gustavo Petro: ‘Santos confunde una paz chiquita con la paz grande...’

Escrito por Equipo Desde abajo
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Gustavo Petro: ‘Santos confunde una paz chiquita con la paz grande...’

Hace cerca de un año que Gustavo Petro finalizó su gestión al frente de la alcaldía de Bogotá, cuatro años de una política que pretendió romper con un modelo de ciudad de espaldas al agua, a la naturaleza que rodea a la capital del país, y a las mayorías que la habitan.

 

La gestión realizada, su evaluación, aún está pendiente de procesarse. Lo propuesto y lo concretado, los éxitos y las derrotas, todo a una, como parte de la política de ser gobierno, lo acompañan en sus meditaciones de muchos días.

 

El pasado reciente lo acompaña, pero también el presente y el futuro, en una reflexión sobre cómo construir una acción política de nuevo tipo, una acción con la cual encarar una posible campaña electoral por el gobierno nacional en el 2018. Santos y su paz pequeña, la sociedad como un todo y los cambios estructurales fundamentados en el territorio, las Farc y el acuerdo logrado con el gobierno, pero también el plebiscito y el No que derrotó los cálculos de tantos, son parte de las otras reflexiones que recorren una y otra vez su mente.

 

Como un político con vocación de poder, no descansa, sabe que logró el diseño de una propuesta de gobierno para la Colombia de hoy –además de haber ejecutado en Bogotá, una experiencia puntual de la misma– que levanta odios y amores. Él quiere ejecutarla para todo el país, pero también sabe que para poder acometer una próxima contienda electoral primero tiene que vencer a los jueces, a través de los cuales el establecimiento ha decidido maniatarlo.

 

Sobre estos y otros temas nos respondió en entrevista exclusiva para el periódico desdeabajo.

 

desdeabajo (da). Mirando las decisiones de la actual administración distrital, algunas reactivas, como la línea de metro, la construcción de la ALO, así como los bicicorredores, ¿cuáles serían las afectaciones fundamentales, para la ciudadanía, de este tipo de decisiones?
Gustavo Petro (G.P.) En términos macros lo que propuso Bogotá Humana, y empezó a implementarse, era básicamente una ciudad, en primer lugar incluyente socialmente; en segundo lugar, equilibrada con la naturaleza,; y en tercer lugar, en el campo de la infraestructura de la movilidad multimodal y eléctrica (multimodal significa la bicicleta, el peatón, el bus –pero saltando tecnológicamente hacia la no contaminación y los modos férreos que tenían que ver con los tranvías que se adelantaron cuatro proyectos, y el metro–), una movilidad no contaminante, lo cual tiene que ver, obviamente, con el segundo aspecto, o sea, lograr equilibrarse con la naturaleza y con la vida; una movilidad multimodal, además, tiene que ver con lo que es más eficaz, más digna para la ciudad, más productiva en términos neoliberales; ese esquema macro, esa propuesta de Bogotá Humana está hoy completamente destruida.

 

da. Un golpe severo para la sociedad de clase media...
G.P. Lo que quiso la ciudadanía de clase media de Bogotá, a la que hicimos mayoría, porque es una clase media forjada gracias a la política redistributiva de doce años de gobiernos progresistas, fue destruir esa propuesta, esa fue su actuación electoral. No le vamos a echar la culpa de eso a Peñalosa que realmente no mintió, y su vida personal está muy ligada a lo contrario de lo que se había propuesto desde Bogotá Humana.

 

da. ¿En qué se concreta esa destrucción?
G.P. Durante este casi año de gobierno de Pañalosa, han destruido los tres aspectos de la Bogotá Humana: una sociedad no incluyente, segregada: habitantes de la calle golpeados, desalojados forzadamente; vendedores ambulantes que no les permiten que estén en los lugares de mayor tránsito de residentes de alta capacidad de pago; vuelta al sistema de vivienda para los pobres en los bordes; abandono de los proyectos en el centro; parálisis del proyecto de jornada única –que se queda donde lo dejamos, y así se escribe en el Plan de Desarrollo, no va a aumentar–, destrucciones de jardines infantiles y de la política de cuidado a la primera infancia; destrucción de la política de médicos y salud en los hogares en los barrios más populares; privatización del sistema de salud; privatización del sistema educativo. Este conjunto de medidas genera una política de exclusión social generalizada, lo contrario de lo que habíamos propuesto.

 

da. Este es uno de los aspectos...
G.P. En el frente del nuevo diálogo con la naturaleza la regresión es total, lo planteado, y lo que empieza a implementarse, es la destrucción del área de los Cerros Orientales que los urbanizadores siempre quisieron urbanizar, y el anuncio cada vez más consistente de destrucción de la reserva forestal del norte; el anuncio de la construcción de la ALO con recursos que serían de la privatización de EEB, que destruiría casi todos los humedales de Bogotá, porque la ALO pasará por encima de ellos; la visión otra vez expansionista de la ciudad, que terminará poniendo a vivir poblaciones, incluso de altos recursos, en alto riesgo climático.

 

da. Faltaría el tema de la movilidad...
G.P. Ahí tenemos la destrucción del proyecto metro, con la complicidad de Santos; la destrucción de los cuatro proyectos de tranvía, dos de ellos ya a punto de empezar la etapa de adjudicación para construcción, el de Soacha y el de Faca; la destrucción del proyecto del cable a San Cristóbal, sobrevivió el de Ciudad Bolívar pero porque lo dejé en un punto de no retorno, no pudieron desbaratarlo; la vuelta a la tesis de que la movilidad es unimodal, motores de combustibles fósiles, llámense buses, llámense carros particulares, llámense motos, y un discurso falso sobre la bicicleta porque las grandes inversiones que anuncia Peñalosa a partir de la privatización de las empresas públicas tiene que ver es con la ampliación de autopistas, es decir, con incrementar el espacio al carro particular, lo cual es un absurdo, y un contrasentido absoluto alrededor del nuevo paradigma urbano del siglo XXI. Este es el resumen.

 

da. Mirando esta reacción, podríamos enmarcarla dentro de lo que viven los llamados gobiernos progresistas: en Brasil, Argentina, guardadas las proporciones también se ve el auge de medidas regresivas. Ante esta realidad, ante la búsqueda de un cambio por una sociedad mejor, después de ver que un trabajo de varios años puede ser destruido tan fácil, ¿justifica seguir en la lucha por los gobiernos en ese sentido?, ¿qué queda realmente después de ser gobierno en favor de la comunidad, y el avance del progreso social?
G.P. Antes de entrar en este tema es bueno subrayar en algo que arrojan estos procesos: las izquierdas latinoamericanas, con sus debidas excepciones, no han construido una visión alternativa de ciudad del mundo urbano, su discurso ha sido más bien ambiguo.

 

da. Pero igual sucede entre nosotros, por ejemplo con los gobiernos del Polo Democrático...
G.P. Creo que el progresismo tuvo un discurso muchísimo más claro. Mire el proceder del Polo, excepto algunas políticas de carácter social, distribución del gasto, lideró una concepción de ciudad muy similar a la de Peñalosa; no olvide que Lucho Garzón fue quien renunció a hacer un metro, y por eso hoy no lo tenemos; quemó cuatro años de tiempo, que eran necesarios, porque decidió pactar con Mockus y Peñalosa la continuidad del sistema de transporte unimodal, es decir, buses; y Samuel ahondó en la política de expansión urbanística, incluso de disminución de los cuidados por hacer sobre humedales, sobre la naturaleza; por eso ni Lucho, ni Samuel, no incluyo ahí a Clara López, no vieron como prioritario el cambio del Plan de Ordenamiento Territorial de Peñalosa, intacto hasta que llegamos al gobierno; Clara López hizo un intento, y nosotros tomamos parte de su trabajo para la propuesta que al final hicimos, y que fue suspendida por una magistrada.

 

da. ¿Acaso la izquierda tiene un discurso poco preciso, ambiguo, sobre la ciudad?
G.P. Sí, por eso usted encuentra ausencia de un discurso alternativo de ciudad en Venezuela, donde la ciudad sigue girando alrededor del petróleo y el carro particular, igual que antes de Chávez; la ciudad brasileña, con algunas diferenciaciones, no es que haya establecido una política alternativa a la ciudad neoliberal, incluso las políticas de la izquierda brasileña alrededor de la juventud excluida en las favelas, es similar a la que tenía el neoliberalismo, con un gran desarrollo de la brutalidad policial como instrumento fundamental para su tratamiento; en ciudad de México, a pesar de que la izquierda gobierna allí desde hace mucho tiempo, el modelo urbanístico sigue girando alrededor del carro, incluso con una consecuencia nefasta para el medio ambiente: recién tuvieron que paralizar actividades por los niveles de contaminación, consecuencia lógica del giro que dieron al paralizar el crecimiento del metro y pasarse a una política de segundos pisos, de ampliación de autopistas con inversiones gigantes en este tipo de infraestructuras...

 

da. Pero hay experiencias urbanas por resaltar...
G.P. Sí, tenemos ejemplos en varias ciudades ecuatorianas, en ciertas políticas en boga en Sao Paulo, en Quito –antes de la derrota electoral–, en Rosario (Argentina), etcétera. Pero lo que quiero subrayar es que del lado del progresismo en América Latina resalta la ausencia de una visión del mundo alternativa para el siglo XXI, que toca temas diferentes a lo que diferenciaba la política en el siglo XIX y en el siglo XX, y que tiene que ver con este tema del cambio climático.

 

Coyuntura política

 

da. Acaba de realizarse el plebiscito para la refrendación de los Acuerdos con el resultado conocido, para salir del impase surgieron propuestas como los cabildos abiertos, algunos hablan de la constituyente, etcétera, ¿comparte alguna de estas salidas?, ¿cómo ve esta problemática?
G.P. Tengo una visión crítica desde el inicio, expresada públicamente, no ahora que fue derrotado el Sí. El planteamiento inicial lo construyeron alrededor de lo que podía significar una paz pequeña, a diferencia de una paz grande en Colombia.

 

da. ¿Qué quiere decir con ello?
G.P. Quería indicar que el gobierno de Santos usurpó un paradigma construido desde hace tiempo en Colombia alrededor del quehacer de la paz, confundiendo la paz grande –que es la construcción de las reformas fundamentales que permiten la convivencia, y que por lo tanto solo puede tener como protagonista la sociedad–, con lo que llamo la paz chiquita –que es una parte de esa paz grande, que es la desmovilización de las guerrillas–. No puede confundirse uno con lo otro, no se le puede decir a la sociedad que la desmovilización de una guerrilla es la paz, porque eso es un engaño, con una intención premeditada: no pasar las reformas fundamentales de la sociedad, que no se le permite a la guerrilla discutir, en lo cual podrían hasta tener razón pues no es ella la interlocutora de las reformas de la sociedad, así quisiera serlo, pero es que a nadie más le permiten discutirlas, es decir: ni es la guerrilla la interlocutora ni lo es la sociedad, entonces, en el escenario político colombiano no hay un camino para las reformas sociales que son fundamentales para la convivencia.

 

da. El resultado arrojado por el plebiscito el pasado 2 de octubre sorprendió a muchos, sus consecuencias son fuertes...
G.P. Jurídicamente él No tiene un mensaje, que también es político: no se aceptan los acuerdos de La Habana; no tiene más mensaje que ese porque a la gente no le hicieron otra pregunta.

 

da. Gran parte de la izquierda estaba segura del triunfo del Sí...
G.P. Para algunos el resultado terminó siendo una tragedia. Cierta izquierda que se pegó a Santos con el prurito de sacar avante esos acuerdos a como diera lugar, quizás pensando que las Farc rápidamente se transformarían en un movimiento político, (sentimiento bien legítimo, eso es una opción), hoy se siente herida por el resultado del 2 de octubre. Hoy tenemos una realidad política completamente diferente.

 

da. Ahora toca renegociar los Acuerdos, o imponerlos...
G.P. Su imposición sería un desastre, pues daría paso a una reacción no legal dentro de sectores del No que todos nosotros conocemos, y esa reacción sería que desmovilizados y desarmados los guerrilleros de las Farc, repetirían la misma historia de la Unión Patriótica, porque las condiciones para evitar la repetición de tal historia no se erradicaron en Colombia, al contrario se estimulan si el presidente Santos impone el Acuerdo a una decisión popular.

 

da. Con este resultado, dado que a Santos le quedarían dos años, ¿cómo jugaría el elemento tiempo?
G.P. El tiempo es un concepto político, ya lo decía alguien antes, los días parecen años, como puede haber años que parecen días ya vividos; en política los tiempos se pueden acelerar o desacelerar pero no por artificio, que es lo que me preocupa, esos tiempos políticos estarían cruzados hoy por una serie de circunstancias y habría que mirar algunas experiencias, por ejemplo, el Ejercito Zapatista es una guerrilla construida de otra manera, obviamente otra realidad histórica, pero que demuestra que se pueden mantener sin disparar, propiciando procesos políticos, mientras se desencadena el proceso del desarme, allá son años.

 

da. ¿Cuáles alternativas ve ante esta nueva realidad?
G.P. Estamos ante un mandato dado al Presidente para otro Acuerdo, con otra concepción de paz; para mí esto es una oportunidad. ¿Quién hace la paz? ¿Santos, Uribe, las Farc, o la sociedad? Entonces, bajo ese principio de la democracia y ese principio de la soberanía popular, la sociedad tiene que tener poder constituyente para hacer la paz.

 

da. ¿Qué entiende por el poder constituyente?
G.P. Entiendo por tal las asambleas territoriales constitucionales. Me explico, la paz tiene hoy una connotación territorial y no nacional como pensábamos en 1991, entonces no podemos reproducir una Asamblea Nacional Constituyente como la del 91, aquí tiene que tener otra forma y otros contenidos, pero, digamos, independientemente de los instrumentos lo cierto es que el camino de la paz con otra concepción hoy pasaría por dotar a la sociedad de poder constituyente y ese paso implica un acuerdo político nacional, que no es como se lo imagina Uribe –un acuerdo entre él y Santos–, pero tampoco es como lo imagina Santos –un acuerdo entre los partidos políticos que le son afines, incluida la izquierda que está ahí–; un acuerdo político nacional es un paso previo para juntar todas las fuerzas, las políticas y las sociales, en torno a un objetivo resumido en los puntos fundamentales del poder constituyente de la sociedad.

 

da. Pero esto sería limitar el poder constituyente de la sociedad..
G.P. Puede ser, pero es la vía para construir la paz que vincule a toda nuestra sociedad, en toda su pluralidad. Un paso necesario para llegar a un acuerdo sobre lo fundamental.

 

da. ...¿una vía, un método para avanzar hacia la paz posible?
G.P. El acuerdo sobre lo fundamental es un marco, es la precisión de aquello pretendido, por ejemplo: vamos a poner presos o no vamos a poner presos, eso es un acuerdo sobre lo fundamental, no es discutir lo que es la justicia, es el marco; primero precisar ¿qué? Otro ejemplo: ¿la paz implica un perdón generalizado, o es el encarcelamiento de los actores de la violencia?, eso es algo sobre lo fundamental, es discutir los puntos fundamentales que permiten la convivencia, que implica al uribismo, pero también a los campesinos, afros, indígenas [...] ese acuerdo sobre lo fundamental debe dar paso previamente al poder constituyente de la sociedad y a sus instrumentos concretos de decisión; por este camino los móviles de la violencia empiezan a desactivarse...

 

da. Más allá de estos temas de la paz y de los acuerdos con la insurgencia, ¿cuáles serían las líneas reales en que tendría que pensar el país para entrar en un proceso de convivencia pacífica, pero a la vez de recuperación material para aquellas personas que han sido marginadas durante tantos años?, ¿cómo vería usted los puntos a atacar, los puntos centrales para encausar realmente el país hacia una nueva condición?
G.P. Hemos propuesto lo que llamaríamos el Acuerdo sobre lo fundamental, es decir, las materias para tratar en instrumentos de poder constituyente: la salud, la educación pública, el territorio y la justicia.

 

da. ¿Puede ampliar algunas de estas grandes áreas temáticas?
G.P. Estos temas están pensados como vía para lograr, entre otros objetivos, la paz urbana –no tratada en La Habana–, pues la violencia afecta a la gente en su territorio. Esta violencia afecta a millones de personas, y tiene como actor fundamental a la juventud excluida, y como instrumento de posible resolución su inclusión a partir de la educación y la cultura.

 

Por su parte la justicia –ya lo decían los liberales dos siglos atrás–, si no la logramos no tendremos paz; la justicia pública, si es eficaz, impedirá que la justicia por mano propia continúe reinando.

 

da. ¿Y el territorio...?
G.P. Todos estos temas tienen que ver con el territorio, tema no abordado en la Constitución del 91, y ahí una de sus fallas; precisamente es este vacío territorial el utilizado por la insurgencia de la clase política tradicional para dañar la Constitución a punta de armas con los paramilitares; lo territorial tiene que ser un eje fundamental y cuando uno va a un territorio –Bogotá, por ejemplo, es un territorio, y ahí mi nuevo énfasis–, identifica que el territorio es la cuna de la violencia, muchas de ellas difusas. Acercarse al tema del territorio, también tiene que ver con aspectos cruciales, por ejemplo, ¿quién debe tomar las decisiones allí? ¿Las toman sus pobladores, la sociedad en su conjunto, en función de la sostenibilidad de la vida, o las toman las multinacionales? Cuando se aborda este tipo de realidades e interrogantes, a partir de ahí usted tiene otra dinámica completamente diferente de la economía, la sociedad y el Estado; a partir de este tipo de acercamiento a nuestra realidad la discusión sobre lo estructural, impedida por Santos en La Habana, puede ser exigida y abordada por la sociedad.

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