Viernes, 27 Enero 2017 07:08

“Abolir las corridas de toros porque son un espectáculo bárbaro o no civilizado es combatir un legado colonial con valores también coloniales”

Escrito por Entrevista Iván Darío Ávila
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“Abolir las corridas de toros porque son un espectáculo bárbaro o no civilizado es combatir un legado colonial con valores también coloniales”

Heredadas de la conquista española, las corridas de toros han tenido un esquivo camino en Latinoamérica. Desde los inicios de la conquista, las corridas tuvieron lugar casi en toda América hispana, hoy quedan solo 5 países, Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y México. Estos son los países que en mayor o menor intensidad mantienen las corridas de toros, aunque un gran movimiento continental las quiere prohibir. El último caso ha sido Colombia, donde por estos días se abrió de nuevo la plaza de toros en Bogotá. Ahora estamos en contacto con Iván Ávila Gaitán, politólogo, filósofo e investigador de la Universidad Nacional de Colombia, Universidad de los Andes y Universidad Minuto de Dios, quien ha escrito continuamente sobre el problema de la percepción de los animales en las sociedades modernas. Buenas noches Iván.

 

I.A.G.: Buenas noches, gracias por la amable invitación. Un saludo para ustedes y para quienes nos están escuchando.

 

Iván, hay casos como el chileno en América Latina donde ya en 1822 se prohibían las corridas de toros porque, decían entonces, hace casi dos siglos atrás, “que atentaban contra las costumbres propias de culturas civilizadas”, prácticamente el mismo argumento que hoy siguen esgrimiendo los anti-taurinos. ¿Por qué no se impuso?

 

I.A.G.: El caso chileno traduce una disputa con la corona y la necesidad de afirmar nuevos valores para los proyectos post-independentistas, pero de ninguna manera es una ruptura con los valores occidentales en general, los cuales son el verdadero legado colonial. Distinguir lo bárbaro de lo civilizado constituye una tara occidental que refuerza la dominación de los pueblos no occidentales, los animales y la naturaleza. Los países del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) pretendieron construir comunidades modernas, civilizadas, a costa de borrar violentamente a los pueblos originarios o segregarlos; el caso de los Mapuche es emblemático aquí. Lo mismo sucedió con la población racializada como negra. En conclusión, abolir las corridas de toros porque son un espectáculo bárbaro o no civilizado es combatir un legado colonial con valores también coloniales.

Esto me lleva a afirmar que, en efecto, las corridas de toros son un legado colonial, pero ¿en qué sentido? Por lo menos en dos grandes sentidos. Primero, porque refuerzan la estructura sexual y la concepción de la naturaleza occidentales. La estructura sexual occidental se ve claramente reflejada en el estereotipo del torero (hombre) viril, valiente/violento enfrentándose a la bestia/animal/naturaleza (toro) y, por ahí derecho, seduciendo (sometiendo, conquistando) a las damas (mujeres). Hay toreras, mujeres toreras, es cierto, pero eso no cambia el sentido patriarcal estructural del espectáculo. Recordemos además que la palabra “matador”, ampliamente usada en la tauromaquia, tiene una doble acepción en muchos contextos hispanoparlantes. El matador es el asesino, quien mata, pero también el seductor de mujeres. Lo mismo sucede con la palabra “conquistador”, el conquistador también es un asesino, es quien se impone violentamente sobre territorios y comunidades, y a su vez es igualmente un seductor, el que “conquista el corazón de... y lo doblega”.

Tampoco podemos olvidar que la socialización mediante la violencia es una cuestión típicamente masculina. En las corridas de toros se exhibe toda esta performance de la dominación, de la dominación de las mujeres, los animales y la naturaleza. De hecho algunos taurinos reconocen abiertamente que las corridas son una performance de la dominación y de las dinámicas de vida y muerte, pero lo que no especifican muy bien es de qué tipo de dominación y dinámicas de vida y muerte están hablando. Esto difiere, por otro lado, de los juegos indígenas, de ciertos indígenas, de cacería y co-habitación o co-modificación entre especies. No los traigo a colación como un modelo a seguir, no necesariamente, simplemente quisiera marcar el contraste entre tradiciones. En conclusión, en las corridas hay toda una política sexual en juego, que es una política colonial. Las corridas no son una actividad bárbara, sino parte de un proyecto civilizatorio occidental.

Respecto a la concepción occidental de la naturaleza, simplemente resta agregar que, en esta performance, inicialmente el hombre somete a una bestia, a un “animal bravo”, pero esa bestia representa la naturaleza en general. Ahora bien, el sometimiento de la naturaleza resulta clave en los proyectos civilizatorios, pero también en los desarrollistas y neodesarrollistas, modernizantes. Solo que ahora la dominación de los animales y la naturaleza se lleva a cabo por la vía, por ejemplo, de la ciencia: aparecen dispositivos como los zoológicos, bioterios, granjas industriales, monocultivos, etc. Reitero: las corridas son un espectáculo antropocéntrico occidental, una performance de la dominación de la naturaleza por el Hombre, y si bien a la naturaleza se la admira y teme, si bien se alude por ejemplo a la “bravura del toro” y su belleza, esto no ocurre porque se la ame, sino debido a que se la desea doblegar, poseer y superar, trascender.

En segundo lugar, las corridas de toros son un legado colonial porque constituyen una tradición defendida por sectores de hombres blancos, blanco-mestizos, adinerados y ligados a la posesión de tierra y ganado. Sectores herederos de privilegios coloniales. Sectores ligados a dinámicas de violencia y despojo, a lo que muchas y muchos autores en Latinoamérica llaman el “colonialismo interno”. Es más, la guerra en Colombia tiene todo que ver con esto, pues dichos sectores son los que han avalado la destrucción de comunidades y ecosistemas enteros para la ganadería extensiva, y en últimas para la reafirmación de privilegios de clase, raza, sexo y especie. La guerra es una guerra entre formas de vida, por eso el elemento estructurante de la guerra es la tierra: ¡la tierra es la vida misma! ¡Por eso también es que las y los animalistas no se han equivocado al articular el discurso de la paz con el de la abolición de las corridas de toros, la liberación animal y, como las compañeras indígenas dirían, la liberación de la tierra!

 

La legislación ha sido muy extraña en el caso colombiano; hay una ley de 1989 que dice que “los animales tendrán en todo el territorio nacional especial protección contra el sufrimiento y el dolor, causados directa o indirectamente por el hombre”. Sin embargo esa ley da algunas excepciones: “Quedan exceptuados (...) el rejoneo, coleo, las corridas de toros, novilladas, corralejas, becerradas y tientas, así como las riñas de gallos y los procedimientos utilizados en estos espectáculos”, que provocan obviamente sufrimiento para los animales. ¿Cómo se explica esta contradicción?

 

I.A.G.: Estas prácticas especistas y antropocéntricas son exceptuadas, formalmente, porque primó el derecho a la expresión artística y cultural sobre los deberes de protección animal. En otras palabras, estas prácticas son exceptuadas por tres razones concretas. Primero, por un uso conservador de la noción de cultura. La cultura se asumió como sinónimo de tradición invariable/invaluable, estática, de museo, aunque sabemos perfectamente hoy que la cultura es un entramado dinámico, híbrido y en constante adaptación. Segundo, por una concepción de los animales de acuerdo con la cual son objetos o propiedades que pueden ser usados como medios de expresión artística y cultural. Esto, en efecto, tiene todo que ver con la concepción occidental de la naturaleza de la cual hablé antes. En todo caso acá hay que precisar que los animales fueron declarados en Colombia recientemente seres sintientes, seres con la capacidad de sentir placer y dolor, ya no son meros objetos para el Código Civil, por ejemplo. La paradoja es que esto es puro gatopardismo, es cambiarlo todo para no cambiar nada, porque finalmente los animales terminaron, en una suerte de mezcla absurda, considerándose cosas o propiedades sintientes, pero al fin y al cabo propiedades y medios para los fines humanos, y como medios pues pueden ser medios de expresión artística y cultural. En tercer lugar, estas prácticas fueron exceptuadas por intereses muy concretos de quienes tomaron las decisiones a nivel formal. Las cortes no son espacios neutrales, que las cortes sean consideradas lugares neutrales es una falsa idea liberal, estas están compuestas por sujetos con intereses específicos que en este caso terminaron dando origen a conclusiones conservadoras.

 

Hasta ahora hay una legislación que quiere equiparar algunos derechos de los animales como derechos universales, sin embargo en todos los países cada región o municipio puede elegir si considera o no, si acepta o no, esos derechos. ¿Por qué se hace posible esa diferencia entre derechos humanos y derechos animales?

 

I.A.G.: Aquí simplemente me atrevería a aventurar una respuesta muy puntual, pero supremamente hipotética: creo que a diferencia de lo que sucede con los derechos humanos, la reivindicación de los derechos de los animales no necesariamente ha ido de la mano con una modificación de las nociones de ciudadanía y de persona; por lo que los ciudadanos y las personas, que son los verdaderos depositarios de los derechos y las decisiones, simplemente deciden si otorgar o no, condescendientemente, derechos a los animales. Aquí me parece crucial cuestionar lo que el filósofo italiano Roberto Esposito llama el “dispositivo de la persona”, que conlleva cuestionar esa potestad para decidir por la suerte del otro, pero esta es toda una discusión política y filosófica en la que ahora no puedo ahondar. En Latinoamérica hubo recientes intentos de garantizar derechos a nivel constitucional no para los animales específicamente pero sí para la naturaleza, sin embargo en la práctica los resultados han sido francamente deficientes. Yo pienso que habrá que confrontar radicalmente nuestros órdenes políticos y no sólo jurídicos para que las relaciones entre humanos y animales, y lo que se entiende por humano y por animal, cambien verdaderamente.

 

Algunos críticos dicen que la anti-tauromaquia es sólo un resabio de la protección de la especie, que a los humanos les importan sólo los mamíferos, como también los delfines o las ballenas, pero no un salmón o una trucha, que no pueden considerar cercanos a su especie.

 

I.A.G.: [Risas] Eso me causa un poco de gracia porque razones contra la tauromaquia hay miles, y efectivamente hay a quienes los moviliza un sentimiento más bien antropomórfico, es decir, esa cercanía a la especie que mencionas. Yo personalmente prefiero pensar que la necesidad de abolición de la tauromaquia está basada en un aprecio por la diferencia, por cierta afinidad con quien no es mi prójimo, próximo, vecino o semejante... Por eso para mí los movimientos ecosóficos, de liberación animal y de la tierra son tan estimulantes, porque nos obligan a pensar en la dignidad tanto del toro como del agua y de la planta o de la máquina, en las mejores de sus versiones, y por esa vía a descentrarnos radicalmente como seres humanos. La crítica de la tauromaquia puede estar dando cuenta, más bien, de verdaderas transformaciones del tejido sensible y de la configuración de nuevas formas de vida, y eso es lo que más les molesta justamente a los defensores de la especie a ultranza; ellos sienten que a medida que avanzamos, el antropo-poder, su poder de especie, se diluye, se desdibuja y acaba.

 

Ustedes en Colombia tienen una gran red antitaurina, ¿cómo ven las probabilidades de una prohibición absoluta de la tauromaquia?

 

I.A.G.: A mí la expresión “prohibición de la tauromaquia” me parece desafortunada, yo diría que no hay prohibición de nada sino estímulo a la vida, a determinadas formas de vida hoy aprisionadas en esa manifestación del dispositivo ganadero y de la máquina especista antropocéntrica que es la tauromaquia. Frente a las posibilidades de éxito, simplemente te diría que me alegro y celebro la existencia de la red, y que seguiremos luchando en pro de la vida y la materialidad de la tierra de la que somos parte. Te pido que nos desees buena suerte y te nos unas para lograrlo.

 

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Información adicional

  • Antetítulo:Iván Darío Ávila Gaitán, declaraciones a Radio pública alemana
  • Autor:Entrevista Iván Darío Ávila
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Radio alemana
Visto 2525 vecesModificado por última vez en Jueves, 26 Enero 2017 22:27

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