Domingo, 19 Octubre 2008 12:24

Colombia: El poder que devora

Escrito por Salvador E. Verdugo
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No es que le preocupe el hecho de que el cese de  actividades genere la liberación de unos criminales. Lo que le quita el sueño, es que se paralizan todas las demandas hipotecarias y crediticias que copan más de la mitad de los procesos civiles en Colombia.
Todo privilegio implica no una simple y única, sino toda una serie de exclusiones. Se trata de una lógica funcional que choca brutalmente nuestros sentimientos, sobre todo cuando un mero gesto o un simple acto nos desnudan y dejan en evidencia… Se dirá, por ejemplo, el porqué nuestro presidente no podía anunciar y efectivamente realizar una visita especial, extra, por fuera de  agenda, a la madre del menor martirizado por su progenitor, según reciente y pormenorizado festín noticioso. Pero ésta no sería una pregunta sensata para una situación tan dramática, más allá del hecho elemental –que todos sabemos, pero conscientemente quisiéramos eludir- de que esta presencia captura las cámaras e intenta acomodar subrepticiamente una imagen de poder que se ahoga cada día más en un pasado igual de luctuoso.

Un interrogante sensato y bastante pertinente sería, plantearse, por ejemplo: ¿por qué sí, el gobernante se toma la molestia de visitar a una madre hospitalizada, que apenas bajo el efecto de sedantes digería semejante trama (1), y no, a aquellas otras que cotidianamente viven iguales de tormentosas tragedias? Verbigracia, aquella familia de Olga Marina Vergara, la líder de la Ruta Pacífica de las Mujeres, a quien en Medellín se le ejecutó junto a su hijo, su nuera y su nieto (2) –es decir, tres generaciones con una misma ráfaga-, justo en el instante en que aquí, en la gran capital, sus compañeras de bandera humanitaria hacían la presentación del libro “Las violencias contra las mujeres en una sociedad en guerra”.

Madres todas, claro. Sufrientes y abatidas -todas ellas, para qué resaltarlo- por un entorno social espeluznante. Pero de las que es posible señalar la meticulosidad con la que  a una le llega la merced y la gracia de la “auctoritas” suprema, bajo el color de una bien meditada condolencia o el pésame público -con mini discurso moral, ante las cámaras de televisión-; en tanto que con respecto a las otras se guarda y se sostiene un estólido e indiferente silencio, casi rayano con el desprecio, esto es, con lo que no tiene ningún valor (des – precio).

Semejante distinción es digna de reparo, y habría que ahondar en una posible lectura de actitudes tan magnánimas, tan “inocentes” y despojadas de cualquier propósito; cuando es cierto que no es difícil develar una intención implícita, cuando ésta se oculta tras una mueca fabricada.

El arte es un excelente instrumento de lectura. El paso reciente de la exposición sobre la serie Los Caprichos de Francisco Goya, nos permitió admirar esa iconografía satírica en la que el artista nos muestra cómo detrás de las representaciones épicas y triunfantes de la guerra, se enmascaran los múltiples rostros salvajes y desnudos del hombre. Actitud de denuncia que le permitió a su genio exquisito refrescar, años más tarde, una de las  imágenes más conmovedoras de su llamada pintura negra: la del poder paranoico, escenificada en su impecable “Saturno devorando a sus hijos”.

Más allá de la melancolía que los críticos atribuyen pesaba sobre sus años seniles al momento de recrear el mito de aquel dios que, temeroso de perder un poder adquirido ilegítimamente,  era capaz de engullir a su propia descendencia;  habría que recordar que el artista -que conoció los secretos palaciegos, como quien había pasado por la Corte como pintor de la Cámara del Rey–, tenía una idea decidida de todo aquel entorno. De ahí que muchos coincidan en que esta escena es de una genuina antropofagia: la recreación precisa de la situación política de una España absolutista, encarnada en la figura de Fernando VII.

Ese tipo de absolutismo lo condensaba una elemental consigna política: “un Rey, una Ley y una Religión”. Pero quiso disimularse a la sombra de una idea de dominio que ubicaba al soberano como el gran padre de una nación, como el capitán del más ostentoso de los navíos, como el juez supremo de la comunidad. Se pensaba: el rey católico es padre en lugar de tirano, es pastor de su rebaño y no mercenario. Es la farsa de que se escarnece Goya.

No sin pecar de anacronismo, son los colombianos quienes, de buenas a primeras, hoy retrotraen está equivocada simbología en su gobernante. Idea alimentada, eso sí, por las manos invisibles de los poderosos y sus medios. Esa destreza los hace buscar un gurú o guía, que haga las veces de redentor. Se habla, incluso, de mesianismo, y ya todo esto hay que tomarlo en serio.
Por su parte, el elegido hace todo lo posible por acoplarse en ese señuelo. Si hoy posa para la visita de una madre caída en desgracia, no lo hace tanto por solidaridad fidedigna, sino para capturar la emotividad que desencadena ese repudio en todos los niveles de la sociedad. Es el tipo de eventos que generan la segmentación moral, el debate colérico que caracteriza este gobierno. Casos emblemáticos en los que es fácil tomar partido por mecanismos victimarios, es decir, de exasperación colectiva e irracional. Ahí, justo en el punto donde el hombre se hacer fuerte. Por eso, Luis Santiago Lozano, el bebé de 11 meses estrangulado por orden de su padre, se reveló como un pretexto.

Porque si de Justicia -con mayúscula- se tratara, la cruzada que debería encabezar el gobierno sería la de fortalecer las instituciones judiciales, apoyarlas de manera incondicional en su tarea de cortar los mecanismos de venganza que carcomen nuestras prácticas cotidianas. Pero esto no es así. Hoy la rama judicial es tratada como el peor de los enemigos de este mandato. Algo hay en ella que la ha hecho objeto de una sutil campaña para su desmoronamiento institucional y social. Ya se sabe que después de este gobierno otra será la Constitución Política, otras las leyes, y otras la moral pública y la ética ciudadana. Pero, además, otras las instituciones.

Allá quienes se empeñen en creer que el pastor ha traído a su grey la unión, la paz y el regocijo. En sentido contrario, nos rige una ley, la de la creencia en las persecuciones frenéticas y discriminatorias. Y también poseemos un credo, el de la venganza. Sobre este terreno, no es que el valor de la vida esté en crisis. Sucede que la muerte ha adquirido un valor desmesurado: se le premia, se la recompensa, se la incentiva y promociona.

Pero no se crea nadie la idea de que el rey es un ser omnímodo y soberano. Es un simple mercenario, entendido en su mejor sentido: el hombre que desempeña por otro un empleo o servicio por los favores y salarios que se le reconocen. Bastó una orden de Luis Carlos Sarmiento Angulo, el banquero más poderoso del país, y un llamado de atención para que se “refundara” (recuerdan esta expresión) el sistema judicial de nuestro país, y de inmediato se le dio obediencia ciega. Hoy se ha decretado la Conmoción Interior, como mecanismo que permitirá contrarrestar el paro de los jueces y disolver su movimiento. ¿Alguien ha visto tamaño servilismo? No es que le preocupe el hecho de que el cese de  actividades genere la liberación de unos criminales. Lo que le quita el sueño, es que se paralizan todas las demandas hipotecarias y crediticias que copan más de la mitad de los procesos civiles en Colombia.

Para los que hablan de mesianismo en nuestra patria, espero les haya quedado claro ese mensaje: el elegido no es aquel que hace prodigios y ha venido a anunciar la buena nueva a los hombres humildes y mansos.

Notas

1.    Se trata del asesinato de su hijo, un niño de 11 meses, por parte de su padre, Orlando Pelayo, hechos acaecidos en Bogotá el pasado 30 de septiembre.
2.    La activista de derechos humanos Olga Marina Vergara fue asesinada junto a su hijo, su nuera y su nieto de cinco años, por sicarios en su vivienda de Medellín, el pasado 25 de septiembre.

Visto 1246 vecesModificado por última vez en Martes, 04 Noviembre 2008 16:57

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