Sábado, 02 Febrero 2019 16:40

Sobre fragmentos de Doris Salcedo. El futuro se escribe con pasado

Escrito por EDWIN CRUZ RODRÍGUEZ
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Sobre fragmentos de Doris Salcedo. El futuro se escribe con pasado

A finesde 2018 se inauguró Fragmentos, la obra creada por Doris Salcedo con el producto de la fundición de las armas entregadas por las Farc, como parte del acuerdo de paz. Las grandes baldosas metálicas fueron martilladas por 20 mujeres víctimas de violencia sexual, para simbolizar las cicatrices de la guerra, y ubicadas en el piso de lo que será un museo, en las ruinas de una casa de La Candelaria, en Bogotá.

 

La artista concibió su obra como un “contramonumento”, con la intención de evitar otorgarle a la violencia una forma estética, más allá del “vacío y la ausencia”, o erigir “una versión grandiosa y totalitaria de la historia”, “una visión triunfalista del pasado bélico de una nación”. Por el contrario, Fragmentos apuesta por permitir el encuentro entre memorias diversas y antagónicas sobre la guerra, que se expresarán en sus espacios a través del arte, durante los próximos 53 años.

 

Por las características de la obra, pensada inicialmente como un monumento por encargo de los acuerdos de paz, su significación es y será objeto de disputa, independientemente de las motivaciones de la autora. Sin embargo, tanto en el discurso de Salcedo como en Fragmentos misma se advierte una preocupación predominante sobre el futuro. El postulado básico parece ser: dado que las memorias sobre la guerra siempre van a ser plurales y antagónicas, más que un signo estético que clausure las posibilidades de significación del pasado, un monumento, el contramonumento apuesta por propiciar el encuentro y el diálogo entre ellas. Como afirmó la artista en el evento de presentación, en julio de 2018, el arte “nos permite pensar una visión de futuro en la que los opuestos conviven y lo incompatible coexiste pacíficamente”.

 

Aunque la intención es a todas luces loable, dicho postulado se apoya en unas premisas discutibles, sobre la naturaleza de lo “monumentalizable”, la interpretación de la guerra, el significado de la paz, la historia y la memoria colectivas.

 

El presente

 

El rechazo a la monumentalización o estetización de la violencia, presente en otros trabajos de Salcedo, es justo. No obstante, en este caso no se trataba de hacer un monumento a la guerra, pues el hecho que motivó la obra fue el acuerdo de paz. La negativa a hacer un monumento parece entonces ser un reflejo de la escasa significación social que ha tenido este acontecimiento. El acuerdo de paz, así la fecha en que se firmó no se haya grabado en nuestra memoria colectiva, introdujo una discontinuidad inédita en la historia, cuyas consecuencias estamos enfrentando. En contraste, la orientación al futuro que caracteriza la obra omite elaborar el significado del acontecimiento en el presente y, con él, la posibilidad de otorgar a la paz la significación que reclama, lo que resulta muy problemático en un contexto de gran desconocimiento de los acuerdos por parte de la ciudadanía y de creciente adversidad a su implementación.

 

Ahora bien, el contramonumento en este caso es un museo, que puede erigirse en un símbolo de la paz en tanto lugar para la convivencia de distintas versiones artísticas de la guerra. La paz adquiere así un significado como un espacio de convivencia con la otredad, la diversidad e incluso con lo antagónico. No obstante, la “museificación” tiene tantas consecuencias como la “monumentalización”.

 

Por una parte, a diferencia del monumento, el museo no reduce la experiencia estética a la contemplación, sino que estimula la audiencia a la participación activa. Así, como resaltó Salcedo, el hecho de que en el piso metálico todos podamos situarnos en igualdad de condiciones, formalmente “como si” fuésemos iguales, es una invitación a la civilidad y a la modernidad política, necesarias para fundar un país en paz.

 

Por otra parte, pese a su vocación democratizante, la obra sigue siendo un museo, un lugar con un estatus en la frontera entre lo público y lo privado. Un monumento se sitúa claramente en el espacio público político, esto es, abierto al acceso y a la vista de todos, generalmente en un lugar céntrico de la ciudad, para producir algún efecto en la cotidianidad. En cambio, Fragmentos, si bien está revestido con el estatus jurídico de lo público y en ese sentido es abierto a todos, no produce un efecto similar, no se ubica en un lugar central de la ciudad, a la vista de todos, ni afecta la vida cotidiana. Esto sin mencionar las connotaciones que para un “ciudadano de a pie” puede tener el museo: ‘allí donde se guardan reliquias del pasado’.

 

En vez de disputar el cada vez más reducido espacio público con artefactos artísticos que posibilitaran dotar la paz de significación, y de esa manera llevar el arte a la cotidianidad, se optó por una forma convencional que confina la creación de significado en un espacio delimitado y que únicamente será accesible a quienes tengan conocimiento e interés en él. Muchos ciudadanos se quedarán sin conocer el contramonumento y por lo tanto sin realizar alguna reflexión sobre la paz, la guerra, el pasado o el futuro, como habría posibilitado una alternativa más cercana al convencional monumento.

 

El pasado

 

Los monumentos se vinculan al pasado de un modo ambiguo. Están ahí para recordar y evocar, y de esa manera pueden hacer presente el pasado. La estatua o el busto de un prócer de la patria, la obra o las ruinas alusivas a un acontecimiento histórico, vinculan nuestro presente con un momento que no solo lo precede sino que eventualmente lo explica. Pero los monumentos, en nuestra acelerada y convulsiva época, también pueden dejar el pasado en el pasado, porque contribuyen a delimitar lo que pertenece a él, lo que “ya pasó”, y, de esa forma, lo desligan del presente, confinándolo incluso en el terreno de aquello que es susceptible de olvido: personajes y procesos complejos, cargados de conflictos, colores y matices, de vida en una palabra, se convierten por obra del monumento en artefactos mohosos librados a la corrosión, desligados de la experiencia y sin mayores posibilidades de significación.

 

Por sus motivaciones, Fragmentos también intenta hacer presente el pasado por vía de la memoria. En la medida en que en sus espacios hagan presencia diversas y antagónicas memorias sobre el conflicto armado, se tratará de un diálogo permanente con el pasado. Es una apuesta por el proceso más que por el resultado, pues si hubiere tal resultado no sería “una” memoria sobre la guerra, sino el diálogo entre distintas versiones del pasado. De esa manera, el pasado se hará presente y, a diferencia de lo que ocurriría con un convencional monumento, no se confinará al lugar del potencial olvido. Así las cosas, el rechazo al monumento es también un rechazo a dejar el pasado en el pasado.

 

La construcción de un país en paz plantea precisamente el reto de no desligar el presente del pasado. Sin embargo, ese pasado, en particular el de la guerra, no se reduce a las distintas memorias que sobre él se construyan. En Fragmentos parece subyacer una concepción del pasado, y más en general de la historia, que lo reduce a narrativas subjetivas, a memorias, por una parte, y a un proceso dialógico, que apuesta por la coexistencia de distintas narrativas del pasado en forma inclusiva, plural y tolerante, por otra. Por esa razón, en lugar de una toma de partido en el presente por un significado de ese pasado, la obra optó por la apertura de un espacio en donde coexistan y dialoguen dichas narrativas.

 

La cuestión es hasta qué punto las distintas narrativas nos permitirán asumir nuestro pasado, saldar cuentas con él, para proyectarnos al futuro como comunidad política. El problema radica en que no solo de narrativas y memorias está hecho nuestro pasado, también está atravesado por vectores estructurales, objetivos e incluso inconscientes: aquello que no se quiere o no se puede articular como parte las narrativas sobre el recuerdo y el olvido, por plurales que sean; que no se quiere o no se puede recordar, pero tampoco está olvidado, y que si se expresa lo hace bajo la forma de lo indecible, el silencio.

 

Es probable que esa dimensión del pasado llegue a expresarse alguna vez en los espacios del museo, pero la representación de narrativas o memorias antagónicas, suponiendo que puedan coexistir, no necesariamente nos permite acceder a ella ni, por lo tanto, saldar cuentas con el pasado. Nada garantiza que el contramonumento propicie la convivencia de contrarios, en lugar de constituirse en otro de los lugares en donde prosigue el diálogo de sordos que caracteriza la disputa por el pasado de la guerra. Sin duda, contar con tales lugares es restar espacio a la violencia, pero el arte también está llamado a posibilitar formas de acceso a esa dimensión estructural del pasado, a ese pasado que nos constituye, que no queremos o no podemos reconocer o develar, más que concebirse como un lugar de encuentro de lo diverso y lo antagónico. Por el momento, la obra de Salcedo parece haber optado por aplazar la revelación de tal dimensión, ha privilegiado la forma en la que puede tener lugar ese des-cubrimiento, en vez de tomar partido por un contenido determinado.

 

El futuro

 

El rechazo a monumentalizar también parece estar relacionado con una concepción particular del conflicto armado que orienta Fragmentos. En la resistencia a la estetización de la guerra hay implícita una visión del conflicto armado que lo reduce a una violencia irracional, incomprensible, como producto de la incapacidad o imposibilidad de convivir con lo diferente y lo antagónico. De ahí que la paz se signifique como un espacio de encuentro capaz de conjurar la violencia. Vectores estructurales de la historia colombiana como la injusticia, la desigualdad y la exclusión, no tienen cabida en esta interpretación del conflicto armado.

 

Se trata de una concepción predominante, cuando menos desde hace dos décadas, que orientó al gobierno de Santos (2010-2018). Como es sabido, el alto comisionado para la paz, Sergio Jaramillo, fue también redactor de la política de seguridad y defensa del gobierno Uribe (2003), y si bien la negociación con las Farc obligó a matizar la tesis de la “agresión terrorista” reconociendo que había en el país un “conflicto armado”, en lo sustancial hubo una continuidad. Esa política tenía como objeto “disuadir” militarmente a la guerrilla para obligarla a negociar, reconociendo la complejidad de la confrontación militar y el hecho de que necesariamente la guerra terminaría en una mesa de diálogos. El conflicto armado se asumió como un problema de violencias y violentos, por momentos incluso despolitizándolo, y no como una serie de problemas estructurales que están en las raíces mismas de nuestra sociedad. De manera que Santos no mintió cuando afirmó que su gobierno daba continuidad al de Uribe, pues culminó con éxito la implementación de su política.

 

Pero una vez que se ha firmado la paz, retornan los problemas que, más allá de esa violencia irracional, estuvieron en el origen del conflicto: injusticia, desigualdad, exclusión, etcétera, y se pone de presente que la paz no es únicamente cuestión de formas, de espacios de convivencia, sino que definitivamente no puede apartarse de los contenidos, esto es, de la discusión sobre ese conjunto de problemas que han impedido la convivencia pacífica. En otras palabras, tras la firma de la paz podemos ver que el conflicto no se reduce a intolerancia o incapacidad para convivir con lo diferente, sino que existe un legado de problemas del pasado que, independientemente de nuestra voluntad, siguen ahí, produciendo chispas que pueden convertirse nuevamente en una gran conflagración. Con ese pasado es necesario saldar cuentas como condición para proyectarnos al futuro, para construir un país en paz.

 

El reto que plantea el contramonumento es que su piso no se convierta en una tabula rasa, en donde todos podamos pararnos sobre el pasado de violencia, simbolizado en el metal que alguna vez formó armas, como si estuviéramos en igualdad de condiciones y, sin embargo, continuemos teniendo la misma estatura histórica, imposibilitados para asumir el pasado y responder a los problemas que propician la guerra.

 

En fin

 

El pasado no es una materia absolutamente maleable, de la cual podamos desprendernos únicamente cambiando la narrativa o invocando la pluralidad de las memorias que ha producido. Por el contrario, lo llevamos a cuestas aunque no deseemos o no podamos asumirlo. Por esa razón, los acontecimientos históricos a veces funcionan como revelaciones para un ser colectivo, destellos en la oscuridad que posibilitan un mejor auto-reconocimiento de una comunidad política.

 

Octavio Paz afirmó en varios de sus ensayos que una de las mayores consecuencias de la Revolución Mexicana fue permitir la asunción por parte de los mexicanos de su pasado, un pasado enterrado –incluso literalmente–, ocultado u olvidado. Se trató, en suma, de un autodescubrimiento, cuya evidencia son los temas predominantes de las artes en la época inmediatamente posterior, particularmente del muralismo.

 

Claramente, la firma del acuerdo de paz no puede asimilarse a una revolución, ni a la mexicana en particular, pues son acontecimientos de distinta naturaleza, con temporalidades muy diferentes, entre muchas otras cosas. Sin embargo, el mayor contraste podría residir en que, pese a ser un acontecimiento inédito, aunque muy esperado, el acuerdo de paz tenga tantas dificultades para propiciar una asunción de nuestro pasado. Sus consecuencias prácticas marchan a una mayor velocidad respecto de la apropiación y la construcción colectiva de su significado.

 

Un monumento es una negociación con el pasado, con los muertos, pero también con una parte inconsciente y colectiva que a pesar de estar ahí, de que nos constituye en el presente, nos negamos a, o estamos imposibilitados para, hacer nuestra, y nos impide proyectarnos al futuro al implicar una ruptura permanente en la continuidad imaginaria del tiempo histórico. Fragmentos, el contramonumento, apuesta por una revelación de ese pasado en la forma de memorias plurales y antagónicas que se expresarán en su espacio, pero evita conferirle un contenido en el presente. Representa de ese modo lo que parece haber significado alcanzar la paz, o más bien la ausencia de significado que en el presente está teniendo entre nosotros, y la consiguiente prolongación de la disputa por el significado de ese acontecimiento y de su pasado a un porvenir en el que convivan nuestros antagonismos de forma no violenta.

Información adicional

  • Autor:EDWIN CRUZ RODRÍGUEZ
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Periódico desdeabajo Nº253, enero 20 - febrero 20 de 2019
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