Sábado, 07 Marzo 2009 10:27

Medellín: sangre joven

Escrito por Equipo desde abajo
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La noticia debía conmover a toda la ciudad. El 5 de marzo dos actos violentos rompieron la rutina de una urbe que vive y se sostiene sobre una montaña de dolor, violencia, impunidad y falsedad.  Montaña sostenida y afirmada, desde la administración Fajardo, sobre acciones oficiales y discursos de una falsa paz.
“En Medellín todo está en calma”. “Medellín superó el paramilitarismo”. “La violencia bajó notablemente en la ciudad”. Estas y otras muchas declaraciones, en boca de los funcionarios de turno que administran la ciudad, se afanan por mostrar a la capital del departamento de Antioquia como un caso de paz y tranquilidad en Colombia.

Pero nada más falso. Ni el paramilitarismo fue erradicado, ni la ciudad abrazó la paz. Desde los tiempos de Sergio Fajardo se vive una calma “chicha”, es decir, falsa. El control paramilitar en el centro y en los barrios populares prosiguió, pero además multitud de bandas prosiguieron con las suyas.

Así fue denunciado desde hace varios años por diversidad de investigadores sociales, quienes precisaron que fruto de los acuerdos entre las facciones paramilitares, los muertos que se originaban en la “bella villa” comenzaron a ser levantados en su periferia inmediata, es decir, los municipios cercanos. Así lo corroboran las cifras de la Policía Nacional: en 2008 la tasa de homicidios creció en un 35 por ciento –1.043 asesinados– frente a 771 en 2007 y 709 en 2006.

No es claro lo que ha cambiado, si es el reflejo de la disputa entre algún sector de la administración municipal y grupos paramilitares, por lo cual se rompió el pacto de no agresión imperante, pero la violencia ya no se disimula: los muertos ya aparecen en la ciudad. Pero el cambio también puede responder a la extradición de los principales capos del narcotráfico, lo que hace que el poder de la ciudad esté en disputa.

Este es un aspecto de su realidad. Pero el otro es que la pobreza, la desigualdad, la exclusión social, y otros males históricos de las urbes colombianas no fueron erradicados. Es así como en Medellín, por ejemplo, “Los ingresos del 75 por ciento de sus habitantes populares son inferiores al salario mínimo. El desempleo, en iguales sectores, es superior al 60 por ciento. Sólo un 34 por ciento de estos habitantes tiene alguna forma de subsistencia desde el empleo informal o de otras formas de subempleo, y la población con un empleo fijo no supera el 6 por ciento.

Los dolores no cesan. Las familias de los sectores populares viven en hacinamiento, con cifras de 340 habitantes por hectárea. Pero además, una cifra superior al 70 por ciento no tiene documentos de propiedad sobre sus viviendas o ranchos, con lo cual están expuestas en todo momento al desalojo por la propia administración (Simpad), cada que las lluvias u otras situaciones relacionadas con el territorio dejan mella en sus humildes viviendas”.

Si bien la inversión social crece en la ciudad, las causas profundas de la desigualdad siguen intactas. Pero además, el imaginario, valores y principios de vida construidos en una primera etapa por el narcotráfico, reforzados por el paramilitarismo, no dan lugar a la solidaridad ni a la fraternidad. La mano dura, el autoritarismo, el señalamiento, el control, “el tape tape”, el miedo como norma general, se imponen e impiden salidas colectivas a los dolores cotidianos de miles de familias. Los jóvenes son sus más tiernas víctimas.
No es casual lo que acaba de suceder. El jueves 5 de marzo la ciudad fue consternada por dos nefastas noticias: “Joven mató a tiros a tres de sus compañeros”, y, “Un niño se disparó en la cabeza en pleno salón de clases”.

El primer caso, que tuvo lugar en el corregimiento Altavista, una zona semirural de Medellín, corrió por cuenta de un joven de 16 años, que sin motivo aparente acribilló a su compañero de trabajo y a su patrón, al tiempo que un desafortunado que se cruzó en el camino también sufrió las consecuencias de su ira.

En el otro suceso, la víctima solo contaba con 13 años, es decir, un adolescente. El hecho acaeció en el Centro Educativo Autónomo, del barrio Pedregal, un sector popular de Medellín, donde Sebastián Castrillón Ceballos, de octavo grado, atentó contra su vida, disparándose en la cabeza, en presencia de sus compañeros de clase y de su directora de grupo.

En ambos casos las armas utilizadas son calibre 9mm, es decir, armas de uso privativo de las fuerzas armadas.

Los motivos de ambos casos no se conocen. En apariencia depresión o rabia. En el primero, el joven trabajador debía estar cursando el bachillerato y gozando de la dulzura de la juventud y del estudio. En el segundo, el estudio no fue escape suficiente para superar la angustia y la desazón de una vida que no ofrece alternativas a los más pobres.

Sin duda, destellos de lo escondido por administraciones públicas, que como el gato tapan sus excrementos, pese a lo cual el hedor es insoportable.
Visto 2149 vecesModificado por última vez en Martes, 17 Marzo 2009 18:40

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