Domingo, 20 Septiembre 2020 13:54

Estetización de la pandemia

Escrito por Carlos Fajardo Fajardo
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Hernando Sánchez, Ángel caído (Cortesía del autor)Hernando Sánchez, Ángel caído (Cortesía del autor)

El covid-19 está produciendo una estética global y una estetización masiva manifiesta tanto en la morfología microscópica del virus, en la estructura mediática de las multipantallas, a través de cuadriculas y celdas, como en el diseño y comercialización de una vestimenta de asepsia generada por el miedo. De esta manera, la pandemia también se propaga en “productos estéticos” de consumo visual y global.

El covid-19 tiene su estética y su estetización (1), tanto en su composición biológica, como en sus aspectos socio-políticos y cotidianos. En el primer caso se sabe que sus formas microscópicas nos muestran un ser con múltiples prolongaciones, estructura que seduciría a cualquier artista expresionista. Esta partícula viral microscópica, con su formación bioquímica encerrada en membranas de lípidos y proteínas, de forma esférica, con picos que semejan a una corona, a un globo con púas, o a una mina submarina, produce seducción y miedo, atracción y repulsión. Como tal, hace parte de esa estética teratológica (del griego Tera: monstruo) tan explotada en el cine y la literatura de terror. Teratología que ha entrado en este siglo XXI a ser parte de la cibercultura y de la pantallización virtual y telemática.

Su morfología se aprovecha mediáticamente para proyectar una atmósfera de lo terrible, de lo atroz. Con sus tentáculos es el protagonista de una estética monstruosa que invita al encierro, al reiterado “quédate en casa” que nos refugia en nuestros búnkeres de cristal, donde otros virus, quizás más peligrosos, nos asaltan, como son los ciber-virus de los medios y del consumo. Terror, pavor, miedo. La morfología del virus infunde peligro, insinúa lo abyecto, lo marginado, lo negativo, lo “impuro”, la amenaza. Sus tentáculos producen la sensación de lo anormal y de maldad.

Esta morfología de lo monstruoso, globalizada e impuesta como gusto fílmico y mediático, nos sitúa de inmediato en las categorías estéticas del feísmo, lo grotesco y en las ideas sobre lo físicamente deforme, extraño, espectacular, dinámico, misterioso, enigmático e irregular con desmesura. El covid-19, como partícula viral microscópica, nos reenvía también a las visiones de lo terrible y caótico, lo horrible, repelente, repugnante, espantoso, asqueroso, deforme, siniestro y prohibido, manifestaciones originadas de las inestabilidades y metamorfosis teratológicas (2). Tales circunstancias muestran que el virus es valorado con los tradicionales juicios dicotómicos de bien/mal, antropomorfismo/bestia, naturaleza/ciencia, orden/desorden. Los virus monstruosos son representados entonces como rápidos, etéreos, transformables, los cuales pueden mimetizarse con el medio que les rodea, lo que los liga a la incertidumbre y lo imprevisible.

Por otra parte, la estética del coronavirus en su dimensión sociopolítica, se aprovecha de esta teratología biológica, construyendo estrategias de manejo, manipulación, comercialización de la ideología de la pandemia; estrategias que se manifiestan en distintos escenarios, por ejemplo, en nuestra vestimenta. Es la primera vez que a nivel global asumimos en nuestra cotidianidad una vestimenta de asepsia y de prevención generada por el miedo. Vestimenta clínica, médica, hasta ahora utilizada sólo por personal hospitalario o exclusiva de los laboratorios; vestimenta extraña para todos, pero transformada ahora en normativa, obligatoria. Máscaras de plástico, tapabocas, camuflaje, guantes, gafas, edifican una estética bioprotectora, que nos remonta a la ciencia ficción de seres extraterrestres en cuarentena.

Asimismo, la masificación del terror ha generado la venta de accesorios para prevenir el contagio. Esta venta viene acompañada de una estetización kitsch en el diseño de tapabocas, caretas, vestidos, suvenires, baratijas, decorados coreografías, vitrinas e incluso en el fashion virtual. El virus no solo se propaga biológicamente y en las multipantallas, sino que se transmite en la moda y el diseño, transitando de la casa a la calle. El horror entonces se vuelve fuente de placer corporal y mercantil. Es posible que exista incluso ropa interior covid-19, o piyamas, ropa deportiva y de baño covid-19 para la temporada de verano. Es la pandemia asumida como tienda, la cual se integra a las marcas, al vedetismo de los famosos, a las industrias del entretenimiento virtual y a los productos de uso reemplazable. Se usan, se consumen, se desechan y se reemplazan como suvenires atractivos. Estetización y expansión de las fronteras estéticas vehiculadas por la pandemia, visibles en los tapabocas con sus imágenes de cómics y personajes de moda.

A estas estéticas se le une otra manifestación de estructura mediática y mediatizada: la estética de las multipantallas en forma de cuadriculas y celdas, que como representación geométrica semeja a una colmena. Los vasos comunicantes de esta estructura con algunos artistas del abstraccionismo geométrico son evidentes. Las cuadrículas que se presentan en las plataformas zoom o streaming transmiten eventos, teletrabajos, vídeo-conferencias, vídeos caseros, shows de artistas de farándula, presentaciones artísticas virtuales, lo cual es asumido como una democratización de los medios donde todos podemos participar, pero en el fondo, conserva la uniformidad, la distribución espacial disciplinaria y los rituales cotidianos del poder (3).

Aquellas celdas telemáticas, donde se encierra a cada individuo, no solo sintetizan una geometrización racionalista instrumental, sino que simbolizan el encierro, la estandarización y repetición. Las cámaras son como los nichos caseros donde nos confinamos. Son los panópticos hogareños, los sinópticos visibles: todos vigilan a todos, cada uno es vigilado incluso por sí mismo. Las celdas –no hay mejor definición– constituyen una representación de presidiarios, aunque se tenga voz y voto, o se permita el diálogo. El ágora desde “celdas mediáticas” proyecta una estética utensiliar, pragmática, de presencia virtual, pero ausencia carnal y vital.

Sin embargo, estas estructuras brindan la oportunidad para diseñar estrategias de resistencia desde las propias lógicas que contiene la era digital en medio de la pandemia. Así, en el corazón mismo de las colmenas telemáticas han podido introducirse ciertos caballos de Troya de resistencia a las políticas antisociales y autoritarias, como las redes y los medios alternativos e independientes para rechazar, denunciar, promoviendo actividades artísticas críticas, canciones contestatarias, ágoras virtuales, debates, poemas, pinturas, danzas, teatro, conciertos, publicaciones de libros, proyectos educativos alternativos. Estar adentro de ellas como críticos creativos, sin descuidar el estar expectantes, reflexivos, manteniendo una actitud de aprovechamiento y de confrontación.

Con la estetización de la pandemia, la cultura viaja entre lo kitsch y lo que está chic. Exaltado, admirado, deseado y consumido de forma rapaz, el kitsch genera un sentimentalismo orquestado acorde al gusto impulsado por los patrones de las rentabilidades. Vemos entonces aparecer una estetización permeada en toda la sociedad y que terminó siendo asunto de distinción, de aceptación, admiración, “algo chic” y carta de presentación. Así el virus no es sólo biológico, sino una forma de consumo estético visual y global. Se mueve a través de los medios y el mercado; se filtra en todos los ámbitos de la cotidianidad arrastrando consigo miedos, emociones, rabias, seducciones, violencias, que se vuelven espectáculos de consumo virtual. La pandemia se estetiza seduciéndonos sensorial y emocionalmente a pesar de la prevención y el espanto. Globalización que homogeniza y a la vez heterogeniza los productos y los contenidos, produciendo una dinámica donde todo se mezcla, se fusiona. Esta escenografía ha producido una especie de “diversidad estandarizada” que permea en las sensibilidades, proyectando imaginarios dominados y organizados por la rentabilidad mercantil, los cuales imponen y proponen gustos y cánones a los compradores.

La estetización responde a la expansión de las fronteras del arte, donde cualquier acción puede ser artística, creando la imagen de una “democratización del arte”. Estas acciones y “prácticas artísticas” han ido cambiando las nociones estéticas. De por sí, el arte ha expandido sus fronteras a diversos y disímiles campos nunca antes contemplados como elementos artísticos. Se masifica un arte del acontecimiento, objetos destinados a la disolución y a la desaparición, procesos que se manifiestan en acciones inmediatas, veloces. Todo tiene posibilidad de ser considerado arte, basta que un crítico, una revista especializada, un museo, una galería, la academia, los medios de comunicación, una subasta, un marchand o curador de arte lo legitime. Los resultados pueden ser en muchos casos preocupantes: un arte convencional, banal, facilista, despojado de propuestas renovadoras.

De manera que el coronavirus se propaga con sus imaginarios de marketing como un acontecimiento que sirve para la “creación” de “productos estéticos” efímeros, cuya importancia está dada por la oferta y la demanda, por las ganancias que pueda producir la venta de los accesorios puestos de moda y por las multipantallas homogeneizadoras –vaya paradoja–. Bajo estas condiciones del capital virulento, todo se acepta, todo es viable, todo es apto, incluso en contra de la propia salud y de la vida. n

 

1. La estetización, es el “fin del divorcio entre los valores de la esfera artística y los de lo cotidiano”, como lo afirma Gilles Lipovetsky. En esta categoría caen todos los imaginarios construidos por la moda, pasando por los accesorios, los adornos, peinados, gimnasios, la música, los cosméticos, la decoración del hogar, los reality show, las pasarelas, los museos, el turismo, en el fetichismo de suvenires, baratijas y objetos kitsch, hasta la multiplicidad de diseños representados en los proyectos publicitarios y propagandísticos globales.
2. Para un estudio sobre lo teratológico véase Calabrese, Omar (1994) La Era Neobarroca. Madrid: Cátedra, p. 107 y ss.
3. Al decir de Jorge Carrión: “El director ejecutivo de Zoom Video, Eric Yuan –quien ha ingresado en las últimas semanas en la lista de los hombres más ricos del mundo– ha repetido en varias ocasiones que en el centro de la experiencia del usuario de su herramienta está la felicidad. Ha pasado en unos meses de diez millones de participantes a alrededor de trescientos millones y se ha convertido en un símbolo de la pandemia. Ya averiguaremos en el futuro si utiliza o no las imágenes para entrenar a algoritmos en el reconocimiento facial, o si trafica o no con los datos de las reuniones que alberga –como se teme–; pero de momento representa una visión de la realidad igualitaria y directa, sin filtros embellecedores, sin seguidores ni seguidos”. Véase Jorge Carrión: “La estética de la pandemia”. https://www.nytimes.com/es/2020/05/09/espanol/opinion/zoom-coronavirus.html

*Poeta y ensayista colombiano.

 

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