Miércoles, 19 Mayo 2021 08:46

S.O.S Colombia: golpe de Estado

Escrito por Carlos Fajardo Fajardo
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Es innegable: las fuerzas policiales y militares han dado un golpe de Estado en Colombia encubierto; han desmontado todo el sistema jurídico legal, constitucional, humanitario, ético; han suspendido el engranaje del poco Estado de derecho que nos queda y, sin freno, tienen licencia para atropellar, torturar, abusar sexualmente, asesinar a la sociedad civil en sus legítimas protestas. Han dado golpe de Estado a los alcaldes, gobernadores y cuerpo legislativo. Su violencia, odio, barbarie y atrocidad no se vio ni en las protestas de Chile bajo Sebastián Piñera, ni en la Venezuela de Nicolás Maduro, ni en el Ecuador de Lenin Moreno, las cuales fueron crueles, pero sin llegar a los niveles de alevosía, estigmatización y matanza. Es como si en Colombia la ultraderecha estuviera experimentando con las protestas del pueblo; como si estuviera probando estrategias con el propósito de conocer la escala de resistencia de los ciudadanos en todos los órdenes, para luego sacar conclusiones de sus impactos socioeconómicos, emocionales, ideológicos, militares y políticos de estos sistemáticos y calculados golpes siniestros. La experimentación es tétrica, pues les sirve a los gobiernos de la derecha latinoamericana y mundial para preparar sus estratagemas en las futuras protestas populares. Terrible y doloroso panorama.


Sí, un Golpe de Estado encubierto que nos devuelve a más de 70 años en nuestra historia cuando a cada protesta popular se le reprimía imponiendo el Estado de sitio y la persecución dictatorial como sucedió en los gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez y de Laureano Gómez, o con Gustavo Rojas Pinilla –quien el trece de junio de 1953 dio un Golpe de Estado a Roberto Urdaneta Arbeláez, llamado en su época “golpe de opinión”, evitando nombrarlo “golpe de cuartel” y presentándose como ángel de la paz-, o bien, en el antidemocrático Frente Nacional. Las acciones de los últimos días lo testifican. En ellas se observa la rabia, el odio, la repulsión hacia los jóvenes que piden otro país, un Ser y un estar mejor posible, un país que les ofrezca lo que por años les ha sido negado, lo que nunca le han facilitado. Estos actos de barbarie lo que demuestran es el odio de un gobierno antisocial hacia sus ciudadanos, a los que de un momento a otro los ha transformado en enemigos. De esta manera el Estado se transfigura en víctima y los verdaderos criminales se convierten en jueces que culpabilizan a la Sociedad Civil. De malignos, réprobos y violadores, los estamentos policiales pasan a ser protectores y paternalistas; camuflan e indultan sus crímenes. El verdugo desea ser entonces figura venerada. El cinismo es total. Tales son sus perversas trampas.


Por otra parte, la respuesta sangrienta del gobierno de Duque a las protestas se entiende también si se las ve a la luz de las próximas elecciones presidenciales, pues el Centro Democrático sabe que está en peligro su continuidad en el poder y que las coaliciones de oposición lo pueden vencer en las urnas. De allí que vean en el incremento de la muerte, del miedo y del horror la única salvación para su naufragio social y político. Su fracaso es evidente, el hundimiento inocultable. Todo esto explica el por qué Iván Duque se niega a establecer un diálogo real y abierto con la población y los demás colectivos en paro. A la par, la salida del gobierno frente al paro ha sido de lo más insolente e irresponsable culpabilizando a Venezuela, a Rusia, a China, a las disidencias de la FARC, a Gustavo Petro y a la izquierda internacional.


Lo peor es que dichas tramoyas se aplauden, se aceptan, se esperan y veneran por algunos “ciudadanos de bien”, absolutos simpatizantes, “fanáticos y chiflados, cuya falta de inteligencia y de creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad” (1). La frase de Hannah Arendt sobre los personajes que apoyan los regímenes totalitarios cae como anillo al dedo. Son ciudadanos que banalizan la maldad y los asesinatos debido a su ciega obediencia, a su acrítico apasionamiento por el jefe-padre autoritario. Aplauden la actual situación de terror que nos han montado en Colombia. Con una apasionada, enajenada y violenta actitud, que desafía la sensatez y respeto a la diferencia, han sabido ser fieles al gobierno dando un parte positivo sobre la destrucción de sus adversarios. Convencidos de su “buena actuación” se sienten poderosos y libres de cometer sus fechorías. Es pues, el triunfo efectivo del despotismo impulsivo, mezclado con un sectarismo pasional xenófobo, clasista y excluyente. Adoctrinados hasta la médula en nombre de una farsante “democracia” nacionalista y patriótica, ejercen el aniquilamiento de forma servil y creyente. Son aquellos que, en palabras de Michael Walser, “no son una sangre tranquila, sino que hierve; por eso son exagerados y apasionados, ansiosos como están por derramar la sangre de sus enemigos (…) Eso es lo que se quiere decir con ‘energía apasionada’ y por eso producen tanto miedo” (2).


Y de que los hay los hay, y muchos. Eso lo comprueban sus múltiples apariciones en pueblos y ciudades de Colombia durante estos días de paro. Sin embargo, contra estos fanáticos necrofílicos, la fuerza juvenil, danzante, creadora, artística, con su vitalidad rebelde, resiste y re-existe en calles, esquinas, casas, barrios y comunas.


Ante semejante hoguera de vejámenes y de crímenes, queda preguntarse ¿dónde están las voces de protesta de los Jefes de Estado de Europa, Estados Unidos, Latinoamérica y del mundo? Las voces de los Jefes de Estado, insistimos, y no sólo de grupos de artistas, músicos, poetas, de algunos organismos internacionales y de medios alternativos que se han manifestado en contra del tratamiento despiadado de las protestas. ¿Por qué no se escuchan los fuertes discursos de los Jefes de Estado contra la barbarie en Colombia, tal como se les escucha cuando atacan a países que van en contravía a sus intereses? ¿les sirve y les gusta que se conserve este régimen de derecha en Colombia? Su silencio cómplice lo aprueba y lo confirma.


“Se metieron con la generación que no tiene nada que perder, porque nadie tiene nada, ni casa, ni trabajo, ni salud, ni educación,” dijo una líder del barrio Siloé de Cali. Lo único que tienen para ganar es el ser escuchados, su dignidad en los sitios de resistencia, y que se les ofrezca algo de futuro. Ante esas peticiones los Leviatanes sangrientos han dado un golpe de Estado camuflado y venerado por la “gente de bien”, pero demasiado palpable, sufrido e impuesto sobre los jóvenes de los barrios populares, los indígenas, los estudiantes, los desempleados y la comunidad pobre, considerados por estos señores como terroristas, indeseados y parias.

Información adicional

  • Autor:Carlos Fajardo Fajardo
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
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2 comentarios

  • Enlace al ComentarioOscar huertasViernes, 28 Mayo 2021 11:12publicado porOscar huertas

    Es la realidad de Colombia y prueba de ello es el estallido social si todo estuviera color de rosa en Colombia la gente no estarían en las calles arriesgando sus vidas exigiendo mejores condiciones de vida

  • Enlace al ComentarioMaria Lopez Miércoles, 26 Mayo 2021 20:53publicado por Maria Lopez

    Es una vergüenza que se manipule de esa forma la información. No es la realidad que se está viviendo en Colombia.

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