Miércoles, 26 Mayo 2021 10:46

A propósito de las protestas sociales en Colombia. Autoorganización y acción colectiva

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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A propósito de las protestas sociales en Colombia. Autoorganización y acción colectiva

La crisis no se debe a las debilidades o torpezas de Iván Duque; tampoco a las propuestas de algún ministro, por colocar dos referencias que no son las únicas. La crisis es en realidad el resultado de un sistema de gobierno y de una historia de indolencia y falta de compromiso con el pueblo colombiano. La historia marca un derrotero por vida digna y democracia real que es necesario asumir como reto por lograr entre todas y todos.

 

Soprendente. Por varios días la noticia en el mundo dejó de ser la pandemia o los temas y problemas relacionados con las vacunas. Por la violencia estatal desatada, el tema alcanzó a ser el de las protestas en Colombia, con un número, hasta la fecha, de varias decenas de muertos, varias centenas de desaparecidos, numerosos casos de violaciones y la violencia sin límites del paramilitarismo aunado a las fuerzas de seguridad oficiales. La comunidad internacional está tan escandalizada como la propia sociedad civil en el país. Literalmente, el famoso episodio de “La noche de los lápices” –el dramático episodio que tuvo lugar durante la última dictadura argentina en la noche del 16 de septiembre de 1976 y sobre el cuál Héctor Olivera dirige la extraordinaria y escandalosa película con el mismo nombre–; pues bien, lo acontecido en Colombia es infinitamente peor que lo vivido con la dictadura, en Argentina.

La historia es una ciencia políticamente incorrecta. Pues bien, digámoslo sin ambages: de todas las élites de América Latina, de lejos, la más sanguinaria, la más violenta y asesina ha sido la colombiana, ya desde el siglo XIX hasta el presente*. Incluso sin haber vivido dictaduras a la manera de Chile, Brasil, Uruguay o Argentina, por ejemplo; incluso a pesar de no haber vivido las guerras de Guatemala y El Salvador; y además, asimismo de las masacres perpetradas en el Zócalo de México en 1968, no hay absolutamente ninguna élite nacional que haya sido tan violenta como la colombiana. Veamos.


Colombia: una olla de presión

La crisis emerge a raíz de la propuesta de una nefasta Reforma Tributaria por parte de Iván Duque. Digamos entonces: a fin de entender las protestas, la acción colectiva y todas sus derivaciones desde levantamientos hasta revoluciones, no son inicialmente las ideas las que mueven a los pueblos y a la historia: es el hambre, el sufrimiento, las penurias y las necesidades el motor de la protesta social en toda la línea de la palabra. Ayer, en la Colonia y los levantamientos de Los Comuneros, y hoy con ese engendro que es la Dian. (Entre paréntesis, con acierto, los movimientos sociales y políticos han puesto como causante de la crisis al grupo Aval, pero hace falta incluir a la Dian: una institución más que cuestionable en la historia reciente del país).

La crisis ya se venía cocinando mucho antes de la pandemia. Los ritmos de la historia se tejen con sutileza a través de los tiempos y siempre en la vida cotidiana.

Lo verdaderamente significativo es que el motor de las protestas sociales son los jóvenes. Al fin y al cabo, Colombia es un país demográficamente joven. Pues bien, el significado del fenómeno es elemental: los jóvenes no ven futuro en las actuales condiciones políticas, sociales y económicas. Y ante la ausencia de futuro lo natural es levantarse para abrir espacios, para construirlo y echar abajo todas las condiciones que lo impiden.


Colombia es el único país en América Latina, a excepción de Chile como resultado de la dictadura de Pinochet, en el que el 70 por ciento de la educación –colegios y universidades– es privada. Y la universidad pública, a su vez, se ha privatizado sutilmente. No hay educación. Adicionalmente, el sistema de seguridad social, independientemente de que se pertenezca al régimen subsidiado o al régimen contributivo, es 100 por ciento privado. Ese fue el resultado de la Ley 100 promovida e implementada por Álvaro Uribe. La pandemia puso en evidencia no la crisis de un virus, ni tampoco la necesidad de las vacunas, sino la crisis estructural del sistema de seguridad social.

Adicionalmente, las oportunidades de trabajo disminuyen. Durante el casi año y media de pandemia la pobreza se acerca al 50 por ciento de la población: un escándalo social, pero un drama humano.

Y mientras tanto, las estructuras y las causas de la violencia no desaparecen y por el contrario se fortalecen. El asesinato selectivo de líderes sociales, de excombatientes de las Farc, de ambientalistas y líderes de Ongs, queda en la impunidad y aumenta con el tiempo. Ni el Estado, ni el gobierno hacen nada real al respecto. En una palabra, se trata de la matanza sistemática y estratégica de jóvenes. El diagnóstico de la crisis se puede y debe ampliar sin dificultad. Hasta que la olla de presión explotó.


La acción precede a la organización

Siempre, en la historia, es la acción la que antecede a la organización; nunca al revés. La organización emerge al calor de las acciones, las cuales son esencialmente espontáneas y autoorganizadas. Así las cosas, la primera enseñanza fundamental de las protestas en estos días es que la acción colectiva ni pidió permiso, ni fue el resultado de partidos políticos –por ejemplo, Colombia Humana o el Polo Democrático–, como tampoco de sindicatos (CGT, CTC y otros) u organizaciones estudiantiles (la Mesa Estudiantil). Estas formas de organización fueron desbordadas y, desde luego, lo mejor que pudieron hacer fue interpretar correctamente el momento y adaptarse a él. Es lo que ha acontecido recientemente.

Sin embargo, al mismo tiempo, como resultados de dinámicas autoorganizativas –esto es, literalmente, de abajo hacia arriba–, emergen medios alternativos de comunicación, canales alternativos de participación, en fin, asambleas populares en barrios, veredas, en el campo y en la ciudad como jamás había sucedido en mucho tiempo en la historia del país. Esta es una historia en proceso, y lo mejor de la misma habrá de venir en el futuro inmediato y a largo plazo.

Mientras tanto, es evidente el descrédito de la gran prensa; con nombre propio, Rcn, Caracol, Semana, El tiempo, El País, y otros más, nacionales o regionales. Las gentes ya han aprendido a desconfiar de los medios, canales y estructuras tradicionales del poder. El mayor temor de la Institutionalidad consiste justamente en esto: en que los pueblos y las sociedades aprendan, y entonces cambien sus formas de acción y sus estilos de vida.


La más importante lección de las protestas sociales actualmente

 

De lejos, el más importante aprendizaje de los procesos en marcha que deberán seguir siendo objeto, entre otros, de sociólogos y politólogos, de comunicadores y antropólogos, de psicólogos e historiadores, por ejemplo, es el hecho de que la gente ha perdido el miedo.

Tradicionalmente, el país estuvo manejado por tácticas y estrategias de miedo: miedo a las guerrillas, miedo a los comunistas, miedo a los sindicalistas, miedo a la pobreza, miedo al desempleo, miedo a la soledad y al desamor, incluso miedo al miedo, por ejemplo. Pues bien, el pueblo colombiano ha perdido el miedo, ya sabe que no tiene nada qué perder y sí todo por ganar. Nos encontramos, sin grandilocuencias, en una bisagra de la historia. Sólo que la historia de mide en densidades temporales que si bien anidan en la cotidianeidad la desbordan ampliamente.

Un pueblo que pierde el miedo sólo puede esperar la libertad. Ningún estudio al respecto es tan ilustrativo como la Ética de Spinoza; específicamente el tránsito del libro IV al Libro V. Un texto de obligada referencia para todos los amantes de la libertad. Spinoza, quien por libre fue recusado por católicos, judíos y protestantes a la vez. Hay que decir cosas muy importantes para ganarse odios semejantes. Spinoza jamás cedió, fue un espíritu libre, como muy pocos.


***

La crisis no se debe a las debilidades o torpezas de Iván Duque; tampoco a las propuestas de algún ministro; ciertamente, no es el resultado de los desmanes del Esmad y toda la ideología fascista que los soporta; tampoco es el resultado del uribismo y las acciones, desde el Congreso, del Centro Democrático y los partidos de gobierno. Afirmar algo semejante es olvidar que la política como las economía, las finanzas como los asuntos militares. se manejan sistemática y estratégicamente. La crisis es en realidad el resultado de un sistema de gobierno y de una historia de indolencia y falta de compromiso con el pueblo colombiano. Así las cosas, lo que emerge ante la mirada sensible no es únicamente el cambio del Congreso en las elecciones del 2022 y el cambio de gobierno. El tema de fondo es un cambio en la historia. Pero la historia nace y se alimenta de la vida cotidiana. Esa que el sistema imperante siempre desconoció y negó. La historia es el ámbito macro de la vida cotidiana, que es, en realidad, el mundo de la vida; el único mundo existente y posible.

* Al respecto, basta con una mirada a la amplia bibliografía sobre la historia de América Latina, incluyendo los estudios de los “violentólogos”. Una referencia reciente al respecto es: González Ibarra, J. de D., Maldonado, C. E., La complejidad y su entorno. Experiencias de México y Colombia, Morelos: Ed. Colegio de Morelos, 2021.

 

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Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Periódico desdeabajo Nº279, mayo 20 - junio 20 de 2021
Visto 391 vecesModificado por última vez en Miércoles, 26 Mayo 2021 11:02

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