Miércoles, 03 Marzo 2010 10:24

Bogotá, el paro de los transportadores y el silencio ciudadano

Escrito por Equipo desde abajo
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La escena se repite por tecer día consecutivo: a primera hora del día, sin aún salir el sol, miles de mujeres y hombres atravesando a pie extensas avenidas para llegar a sus sitios de trabajo. La ciudad llena de vehículos particulares, que a toda velocidad la atraviesan como queriendo dejar atrás algún temor. La policía copando todos los rincones de la urbe. Los mayoría de estudiantes de primaria y secundaria en sus casas, pues los colegios han clausurado de manera temporal labores. El comercio semiparalizado. Y una ausencia apreciable, tanto por su ruido como volumen: los tradicionales buses, los mismos que por más de cincuenta años han brindado una imagen particular a la capital de Colombia. La razón: han apagados motores, pues sus dueños demandan ser incluidos en mejores condiciones al Sistema masivo que desde hace varios años gana espacio en la ciudad, pero también, que les paguen mejor sus vehículos cuando son chatarrizados.
 
Al final de la tarde el espectáculo urbano se repite: antes de lo acostumbrado, miles de trabajadores dejan su puesto de labor en procura de un lugar en los buses articulados que ahora fungen de “transporte masivo”. Y sin acabarse totalmente el día, la ciudad casi vacía, abandonada por sus tradicionales bohemios, muchos de ellos refugiados en sus hogares por temor a que suceda algo excepcional.
 
El temor no es casual. Ayer, martes 2, tanto en la mañana como en la tarde, al igual que el lunes 1, en barrios de la periferia se presentaron levantamientos solidarios con el paro de los transportistas. Las protestas afectaron vehículos, comercio, y paralizaron por horas el transporte por esos lugares de Bogotá.
 

Respuesta desacertada
 

Con la ciudad en total anormalidad, el alcalde difunde por radio y televisión el mensaje de “no chantaje”. Apegado a un modelo que con el uribismo gana espacio en el país, el burgomaestre irradia una imagen de “hombre fuerte”, de no “cederemos”. Para completar la imagen de hombre-coraza, a las 12 del día informa que ha logrado un acuerdo con un sector de los pequeños transportadores (divide y reinaras) y que ahora todo está superado, sin embargo dos horas, tres horas, cuatro horas, cinco horas despues, todo sigue igual: la coraza se derrite, y el funcionario, como la administración que dirige queda en ridículo.
 
Pero, ¿en qué no ceden? Los dueños de buses protestan por que les pagan mal sus buses a la hora de chatarrizarlos, y la alcaldía –luego de casi un día de discusión ininterrumpida– acepta revisar las tablas fijadas para tal fin. Pero también, la alcadía ofrecía a todos los que se van a vincular al Sistema Masivo de Transporte, un 12 por ciento en la rentabilidad anual por la operación de los vehículos, y ahora, luego de la discusión, sube la oferta a 18 por ciento, eso sí, aclarando que el 6 por ciento adicional lo colocan los grandes operadores del sistema de transporte. Los pequeños transportadores demandan que tal utilidad ascienda hasta el 24 por ciento. Es decir, una diferencia de 6 puntos, que para alguién que vive de operar un solo vehículo es fundamental pues esos puntos representan algo así como un millón de pesos al mes.
 
Un ejemplo: si a la hora de vincular al pequeño propietario al Sitema masivo de transporte su bus es valorado en 100 millones, y si la utilidad que le liquidan al año es de 18 por ciento, esto quiere decir que cada mes recibirá una utilidad de 1.5 por ciento, lo que es igual a $ 1.500.000. Si la utilidad fuera sobre 24 por ciento anual, la mensualidad sería igual a 2.4 por ciento, es decir 2.400.000.
 

Con esta diferencia de por medio, y con los grandes propietarios determinando cuánto ceden de sus ganancias a los pequeños, el punto que toma relieve en este paro que conmociona a la ciudad de Bogotá, es ¿por qué su sistema de transporte masivo es privado? Interrogante más pertente aún si tomamos en consideración que tanto las vías, como la seguridad enterna del sistema de transporte, corre a cargo de la ciudadanía, es decir, se cancela con dinero públicos.
 
Interrogante necesario de abordar, con participación ciudadana, en grandes debates por localidad y por barrio, cuando ya se ven los límites del sistema de transporte masivo implementado, y cuando se acerca la fecha para iniciar obras en pro de abrirle campo al metro.
 
Quienes viven en Bogotá han soportado en silencio que unas cuantas familias se lucren por décadas de la operación del sistema de buses con que fue desplazado el tranvía y el trole. Sistema de transporte sometido a la “guerra del centavo”, y por cuya existencia millones soportaban día a día incomodidad, y no pocos murieron bajo sus llantas.
 
Ahora soportan un sistema de transporte que tampoco da la talla, que es caro, pero que además contamina con diesel y ruido la ciudad. Sistema aprobado bajo inmensas presiones, dentro de un plan de desarrollo y reorganización de la capital de Colombia determinado por el gran capital. No es casual que el plan de desarrollo urbano no se diseñe, de manera prioritaria, a partir de preguntas que inquieran por la calidad de vida y la felicidad de sus pobladores.
 
Ahora, con el paro de los pequeños transportadores, y la negociación de unos puntos en la utilidad que percibirían, se hace evidente que los destinos de la ciudad están determinados por los beneficios del gran capital, el mismo que multiplicó sus arcas durante 50 años a costa del martirio cotidiano de viajar en unos buses incómodos, pero también de contaminar la ciudad con sus fumarolas de monóxido de carbono.
 
Sin duda, la hora de la ciudad –aclarada por tres días de paro-, es la de romper con estos monopolios. Y el reto de la alcaldía –mucho más si se dice alternativa– es la de enrutar los planes internos con un claro sentido humano y una nítida perspectiva alternativa, donde lo público prevalezca sobre los intereses privados. 

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Visto 2345 vecesModificado por última vez en Miércoles, 03 Marzo 2010 19:58

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