La ‘cultura anfibia’ de Colombia, en peligro

Los habitantes de la Ciénaga Grande de Santa Marta pasaron de sufrir el conflicto armado a sobrevivir en medio de una catástrofe ambiental


La Ciénaga Grande de Santa Marta se ve como un inmenso mar que solo puede dimensionarse en un mapa a escala. Son 450 kilómetros cuadrados de espejo de agua los de esta laguna costera colombiana que llegó a ser la gran despensa pesquera del país. Ubicada junto al mar Caribe, en la región del Magdalena, cuenta con poblaciones palafíticas de postal que parecen una Venecia tropical y tiene el honor de haber sido declarada reserva de la biosfera por la Unesco y de estar incluida en la llamada lista Ramsar que recoge los humedales de mayor importancia del mundo. Es realmente hermosa, equiparable al Parque Nacional de Doñana en España, pero hoy languidece, victíma de una crisis medioambiental y social que la muestra como un caso paradigmático de ecosistema degradado por la acción del hombre. Dicen que todavía es posible salvarla.


Para cualquier humedal, su razón de ser es el agua. En el caso de la Ciénaga, su funcionamiento hídrico es muy particular por las interacciones de agua dulce y salada que tiene con el mar Caribe, con el poderoso río Magdalena que desemboca en el Atlántico y con los ríos que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta. A la Ciénaga, el agua le entra por todas esas vías. En realidad, cada vez menos porque esos flujos están rotos y los expertos advierten que, de no tomar medidas, el humedal podría secarse con trágicas consecuencias para la fauna y para las miles de personas cuya vida depende del ecosistema.


La bióloga marina Sandra Vilardy, una de las científicas que mejor conoce esta laguna, señala que no se puede afirmar rotundamente que el humedal se esté secando pero sí es preocupante el riesgo que corre por el gran volumen de agua que le está dejando de entrar al sistema. Para la también decana de la Universidad del Magdalena, Colombia no es consciente de la importancia de la Ciénaga Grande de Santa Marta. “Es el delta del río Magdalena, el más importante del país, y como todo delta es un ecosistema clave en cuanto a captura de carbono y regulación hidrológica y de sedimentos”, explica.


Misión Ramsar


Que la situación es critica lo corroboró recientemente una misión de expertos de la Convención Ramsar, un tratado internacional firmado por 169 países que propugna la conservación y recuperación de los humedales poniendo en valor su importancia como ecosistemas relacionados con el agua, ya sean lagos, ríos, acuíferos, pantanos, marismas, estuarios o deltas. La misión evaluó el estado de conservación de la Ciénaga a petición del Ministerio de Ambiente colombiano. Su informe concluyó que todas las características ecológicas del ecosistema estaban afectadas en un nivel muy elevado. Entre las consideraciones que entregó al Gobierno colombiano, recomendaba incluirla en el llamado Registro de Montreux, la lista de humedales más amenazados del mundo para así poder obtener acompañamiento internacional y acceso a recursos.


Y es que Ramsar, especialmente en el Dia Mundial de los Humedales, sigue alertando que éstos son los ecosistemas que más rápidamente se están perdiendo en el planeta y que siguen siendo minusvalorados por el desarrollo. Los expertos recuerdan que son la base de la alimentación de milllones de personas que dependen del arroz o de la pesca en agua dulce, que son fundamentales para la emigración de aves, que son una barrera para las tempestades y que almacenan mas carbono que cualquier bosque tropical.


Dicen que el deterioro de la Ciénaga empezó hace 50 años cuando se construyeron dos carreteras que la separaron abruptamente del mar Caribe y del río Magdalena. Al actuar como barreras, afectaron los intercambios de flujos de agua dulce y salada que necesita el humedal. El desastre se empezaría a evidenciar muchos años después en un paisaje apocalíptico de 26.000 hectáreas de bosque de manglar muerto. Desde entonces, las agresiones ambientales a la laguna no han cesado. Los paisajes apocalípticos tampoco. En agosto de 2016, las aguas del ecosistema amanecieron con un manto de 25 toneladas de peces muertos. La falta de oxigeno y los altos niveles de salinidad por la interrupción de los flujos hídricos estarían afectando la calidad de las aguas.


La agroindustria, con los monocultivos de banano y palma de aceite, es ahora la señalada como principal de buena parte de los males de la Ciénaga por el uso indiscriminado e irresponsable que hacen de las aguas subterráneas y de los ríos que deberían nutrirla. Y es que el caudal que baja de los ríos de la Sierra Nevada, denuncian las comunidades, ha sido desviado por los empresarios agrícolas debido a la gran demanda de riego de sus plantaciones. A la Ciénaga no le está llegando entonces el agua dulce suficiente y sí muchos sedimentos y vertidos de plaguicidas. Desde el sector ambiental se clama por recuperar las fuentes hídricas de la Sierra Nevada y su reordenamiento teniendo en cuenta que el 53% de los flujos de agua, dicen, ser concesiones a las empresas.


Los empresarios agrícolas tienen, sin embargo, un inusitado apoyo en la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag), la entidad encargada de la gestión ambiental en la región, siempre reticente a reconocer el grave estado ecológico del humedal. “Las concesiones representan solo el 20% del caudal que ingresa a la Ciénaga. Es un sector con 120 años de existencia y del que depende el producto interno del departamento. Tenemos 25.000 hectáreas de banano que generan 25.000 empleos más la explotación de palma africana. Esas concesiones fueron otorgadas hace muchos años respetando los caudales ecológicos”, afirmó enfático su director Carlos Francisco Granados en un reciente foro dedicado a la Ciénaga.


Empobrecimiento


Pero la situación de la Ciénaga va mas allá de un problema ambiental. Recuperar el ecosistema no es solo salvar el humedal, sino a los 300.000 pobladores de sus 14 municipios. Es un hecho que el estado ecológico del entorno ha repercutido en el empobrecimiento de las comunidades que presentan altos índices de necesidades básicas insatisfechas. En la zona no existe un solo municipio que tenga una planta de tratamiento de aguas residuales ni tampoco manejo de residuos sólidos ni recolección de basuras. Todo va a parar directamente a la Ciénaga.


La pesca artesanal, de la que viven unas 15.000 personas, también se ha resentido particularmente y con ello la seguridad alimentaria de la población. Las capturas han disminuido en un 90% en menos de 20 años, asegura Vilardy. La escasez de pescado ha hecho que los propios pescadores se vean obligados a recurrir a métodos más agresivos para pescar que han generado más daño al ecosistema.


La pesca es cada vez menor y su hábitat cada vez más contaminado, pero en el interior del humedal, las poblaciones palafíticas de Nueva Venecia y Buenavista siguen resistiendo y construyendo su vida sobre el agua como han hecho desde hace dos siglos. Situadas una de otra a 25 minutos de distancia en lancha, ambas localidades están rodeadas completamente de agua. Entre las dos cuentan con unas 400 casas flotantes que reposan sobre columnas de madera en las aguas del humedal. Solo es posible llegar por vía fluvial y cualquier desplazamiento, por pequeño que sea, debe hacerse en canoa, incluso para ir a la escuela o a la casa del vecino. La vida aquí pudiera parecer idílica, pero no lo es. Su vulnerabilidad es cada vez mayor, aunque se niegan a desaparecer y perder su condición cultural de comunidades anfibias.


Sí podría dejar de existir el cercano pueblo de Bocas de Cataca. “Sería el primer la primera población colombiana en desaparecer por falta de agua. Las personas mayores no se quieren ir, pero los jóvenes ya se marcharon todos. Es una gran tristeza”, lamenta Vilardy. Es la crónica de la muerte anunciada de un pueblo que sucumbió a la catástrofe ecológica y que en el año 2000 fue también víctima de una masacre paramilitar que dejó siete muertos y provocó el desplazamiento de sus mil habitantes. Solo retornaron unas 25 familias que hoy apenas tienen que pescar ni qué comer.


El dolor de la guerra se vivió intensamente en toda la Ciénaga Grande de Santa Marta causando cerca de 300.000 víctimas y el narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares, especialmente, agravaron el deterioro del ecosistema. Estos últimos tuvieron el control estableciendo, como indica un informe del Centro de Memoria Histórica, alianzas con la clase política local y regional y con el poder empre­sarial del sector bananero y palmero.


Los paramilitares asesinaron a líderes de pescadores y ambientalistas e implantaron su régimen de terror ejecutando 17 masacres en varios municipios de la Ciénaga que provocaron el éxodo masivo de sus pobladores. Lo sabe bien Trojas de Cataca, pero también Nueva Venecia cuando en el año 2000, paramilitares armados llegaron en lancha al pueblo y mataron e hicieron desaparecer a unas 70 personas. Maria Isabel Mendoza tenía 20 años y una niña de 46 días cuando lo vivió. “Oímos gritos y disparos. En nuestra desesperación cogimos nuestra canoa, llegamos a una zona que estaba seca y allí nos escondimos. Aquel día mataron a mi cuñado, al suegro de mi otra hermana y a un primo de 17 años. El pueblo quedó vacío. Nos fuimos todos. También la gente de Buenavista se marchó”, recuerda.


A Nueva Venecia y Buenavista regresaron de nuevo casi todos. Retornar fue la única opción de hacer lo que habían hecho siempre, pescar, y seguir desarrollando su cultura, tan apegada al agua. “Un pescador no tiene nada que hacer en la ciudad. Hemos sido una comunidad muy resiliente, pero ya no somos los mismos. Rompieron el tejido social y será difícil recomponerlo. Todavía no nos han reparado colectivamente como víctimas y la pesca ya no volverá a ser lo que fue”, señala María Isabel.
Pese a la grave situación, son muchas las voces que piensan que la recuperación de la Ciénaga es posible. Vilardy es una de ellas. “Lo que se debe hacer es liberar el agua porque está secuestrada y que el humedal se comunique nuevamente con el mar por las cinco bocas que había. Si entra el agua, se recupera el resto”, señala convencida.


Desde el Ministerio de Ambiente dicen que la Ciénaga es una prioridad. “Debe haber una reconsideración estratégica por parte de la actividad agroindustrial, de la urbana y de la ganadera. La Ciénaga debería ser un proyecto de construcción de paz desde el territorio en el que no podemos seguir violando los derechos de las comunidades”, afirma su director de bosques y biodiversidad César Rey. En la hoja de ruta para salvar el humedal estaría presentar diferentes proyectos al llamado Fondo Colombia Sostenible, un ente creado por el Gobierno colombiano y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para aunar la recuperación social y medioambiental en las zonas rurales más afectadas por el conflicto armado.

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Devastación tras el paso del huracán María en Puerto Rico

 

Se degrada a categoría 3; su paso por varias islas del Caribe provoca 18 muertos

 

 

San Juan.

 

El huracán María recorría este jueves el norte de República Dominicana, donde comenzó a causar daños a pesar de haberse degradado a categoría 3, luego de haber dejado a Puerto Rico incomunicado y sin energía eléctrica.

Oscilando entre las categorías 4 y 5, María ha dejado hasta este jueves 18 muertos en su brutal paso por el Caribe: dos en Guadalupe, 15 en Dominica y uno en Puerto Rico.

La madrugada del miércoles entró a Puerto Rico con vientos de 250 kilómetros por hora y dejó la isla sin electricidad, con las comunicaciones muy disminuidas, casas destrozadas, vías obstruidas por árboles y escombros e inundaciones severas.

El presidente Donald Trump declaró zona de gran desastre a Puerto Rico, territorio autónomo estadunidense, lo cual libera fondos ilimitados de ayuda federal para una isla que desde mayo está en bancarrota.

El gobernador Ricardo Rosselló advirtió: esto se puede poner peor.

Lo que provoca más muertes en este tipo de fenómenos es la lluvia”, explicó, porque la isla aún padece precipitaciones provocadas por María, aunque su ojo ya esté kilómetros mar adentro.

Este jueves las aguas habían descendido en Toa Baja, pero las casas estaban llenas de lodo y los vecinos se habían puesto a limpiar.

En tanto, Ocean Park, zona turística de San Juan, estaba completamente bajo agua la mañana de este jueves. Residentes en los segundos niveles de sus casas contemplaban la inundación mientras otros, en botes y kayaks, verificaban que sus vecinos estuvieran bien.

Varias tiendas fueron saqueadas y no se veía mucha presencia policial, aunque el gobierno informó de una decena de arrestos.

Las autoridades declararon toque de queda nocturno y ley seca.

En República Dominicana, el ciclón derribaba árboles y postes de electricidad, lo que dejó a unas 140 mil personas sin luz.

A media tarde del jueves, 140 mil personas estaban sin electricidad y más de mil 200 casas han sufrido daños. También se reportaron inundaciones, crecidas de los ríos y el colapso de un puente.

El Centro Nacional de Huracanes ubicó a María 140 kilómetros al noreste de Puerto Plata, con vientos de 195 kilómetros por hora y dijeron que seguirá viaje hacia el norte, rumbo a Turcos y Caicos.

El gobierno de República Dominicana estaba en alerta máxima y 14 mil 28 personas fueron desalojadas de manera preventiva. Cuatro aeropuertos internacionales fueron cerrados y sólo opera el que sirve a Santo Domingo, la capital.

En Punta Cana, balneario turístico a unos 200 kilómetros de Santo Domingo, algunos trabajadores recogían postes, letreros y botes de basura, en medio de la lluvia, luego de haberse salvado de lo peor de la tormenta.

Unas 10 mil personas se hallaban en albergues en distintos lugares el país.

Tras su paso por las Antillas Menores, el huracán dejó además dos muertos en Guadalupe y una catástrofe en Dominica, pequeña isla del Caribe donde se reportaron 15 fallecidos hasta este jueves.

Hemos enterrado al menos a 15 personas, declaró el primer ministro, Roosevelt Skerrit, a la televisión de Antigua y Barbuda, país vecino. Hay también una veintena de desaparecidos, dijo.

Skerrit indicó que todas las localidades de Dominica, de 72 mil habitantes, sufrieron el impacto del huracán.

 

 

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Martes, 19 Septiembre 2017 06:51

Irma o el fin de la naturaleza

Irma o el fin de la naturaleza

 

En El problema de los tres cuerpos, la obra maestra de ciencia ficción de Liu Cixin, la primera parte de una trilogía Remembrance of Earth’s Past (El recuerdo del pasado de la Tierra), un científico es atraído hacia un juego de realidad virtual “Tres Cuerpos” en el que los participantes se encuentran en un planeta alienígena Trisolaris cuyos tres soles se elevan y se ponen en intervalos extraños e impredecibles: a veces demasiado lejos y horriblemente fríos, a veces demasiado cerca y destructivamente calientes, y a veces no visibles durante largos períodos de tiempo. Los jugadores pueden de alguna manera deshidratarse a sí mismos y al resto de la población para hacer frente a las peores temporadas, pero la vida es una lucha constante contra elementos aparentemente impredecibles.

A pesar de eso, los jugadores lentamente encuentran maneras de construir civilizaciones e intentar predecir los extraños ciclos de calor y frío. Después de establecer el contacto entre las dos civilizaciones, nuestra Tierra aparece para los trisolares desesperados como un mundo ideal de orden y deciden invadirlo para que su raza sobreviva.

Esta oposición entre la Tierra y Trisolaris se hace eco de la oposición entre la tradicional visión confuciana del Cielo como el principio del orden cósmico y la alabanza de Mao al Cielo desordenado: ¿es la vida caótica en Trisolaris, donde el propio ritmo de las estaciones es perturbado, una versión naturalizada del caos de la Revolución Cultural? La visión aterradora de que “no hay física”, no hay leyes naturales estables, empuja a muchos científicos al suicidio (en la novela). ¿No nos estamos acercando a algo similar hoy? La naturaleza misma está cada vez más en desorden, no porque abruma nuestras capacidades cognitivas, sino principalmente porque no somos capaces de dominar los efectos de nuestras propias intervenciones en su curso, quién sabe cuáles serán las consecuencias finales de nuestra ingeniería biogenética o del calentamiento global? La sorpresa viene de nosotros mismos, se trata de la opacidad de cómo nosotros mismos encajamos en la imagen: la mancha impenetrable en la imagen no es un misterio cósmico como una misteriosa explosión de una supernova, la mancha somos nosotros mismos, nuestra actividad colectiva. “Hay un gran desorden en lo real”.

Así es como Jacques-Alain Miller caracteriza el modo en que la realidad se nos presenta en nuestro tiempo en el que experimentamos el impacto completo de dos agentes fundamentales, ciencia moderna y capitalismo. La naturaleza como lo real, en la que todo, desde las estrellas hasta el sol, vuelve siempre a su lugar, como el reino de grandes ciclos confiables y de leyes estables que los regulan, está siendo reemplazada por un contingente completamente real, real que está permanentemente revolucionando sus propias reglas, real, que resiste cualquier inclusión en un Mundo totalizado (universo de significado).

¿Cómo debemos reaccionar a esta constelación? ¿Debemos asumir un enfoque defensivo y buscar un nuevo límite, un retorno a (o, más bien, la invención de) algún nuevo equilibrio? Esto es lo que la ecología y la bioética predominantes tratan de hacer con respecto a la biotecnología, por eso los dos forman una dupla: la biotecnología busca nuevas posibilidades de intervenciones científicas (manipulaciones genéticas, clonación ...) y la bioética se esfuerza por imponer limitaciones morales a lo que la biotecnología nos permite hacer. Como tal, la bioética no es inherente a la práctica científica: interviene en esta práctica desde afuera, imponiéndole una moral externa. Incluso se puede decir que la bioética es la traición de la ética inmanente al esfuerzo científico, la ética de “no comprometer su deseo científico, seguir inexorablemente su camino”.

¿Podemos entonces usar el capitalismo mismo contra esta amenaza? Aunque el capitalismo puede fácilmente convertir la ecología en un nuevo campo de la inversión y la competencia capitalistas, la naturaleza misma del riesgo involucrado excluye fundamentalmente una solución de mercado –¿por qué? El capitalismo sólo funciona en condiciones sociales precisas: implica la confianza en el mecanismo objetivado de la “mano invisible” del mercado que, como una especie de Astucia de la Razón, garantiza que la competencia de los egoísmos individuales funciona para el bien común. Sin embargo, estamos en medio de un cambio radical. Hasta ahora, la Sustancia histórica desempeñó su papel de medio y fundamento de todas las intervenciones subjetivas: lo que hicieran los sujetos sociales y políticos, fue mediado y finalmente dominado, sobredeterminado, por la Sustancia histórica. Lo que se vislumbra hoy en el horizonte es la inédita posibilidad de que una intervención subjetiva intervenga directamente en la Sustancia histórica, perturbando su camino en el desencadenamiento de una catástrofe ecológica, una fatídica mutación biogenética, una catástrofe militar-social nuclear o similar, etc. Ya no podemos confiar en el papel de salvaguardia del limitado alcance de nuestros actos: ya no se sostiene que, hagamos lo que hagamos, la historia continuará. Por primera vez en la historia de la humanidad, el acto de un solo agente socio-político puede alterar e incluso interrumpir el proceso histórico global.

Jean-Pierre Dupuy se refiere aquí a la teoría de sistemas complejos que explica las dos características opuestas de tales sistemas: su carácter robusto y estable y su extrema vulnerabilidad. Estos sistemas pueden acomodarse a grandes perturbaciones, integrarlos y encontrar un nuevo equilibrio y estabilidad - hasta un cierto umbral (un “punto de inflexión”) por encima del cual una pequeña perturbación puede causar una catástrofe total y conduce al establecimiento de un orden totalmente diferente. Durante largos siglos, la humanidad no tuvo que preocuparse por el impacto en el ambiente de su actividad actividad productiva –la naturaleza fue capaz de acomodarse a la deforestación, al uso del carbón y del petróleo, etc–. Sin embargo, no se puede estar seguro si hoy , no nos estamos acercando a un punto de inflexión –uno realmente no puede estar seguro, ya que tales puntos pueden ser claramente percibidos sólo una vez que ya es demasiado tarde, en retrospectiva–. A propósito de la urgencia de hacer algo respecto a la amenaza actual de diferentes catástrofes ecológicas: o bien tomamos esta amenaza en serio y decidimos hoy hacer cosas que, si la catástrofe no ocurriera, parecerán ridículas, o no hacemos nada y perdemos todo en el caso de la catástrofe, siendo el peor de los casos la elección de un punto medio, de tomar una cantidad limitada de medidas –en este caso, vamos a fracasar suceda lo que suceda (es decir, el problema es que no hay punto medio con respecto a la catástrofe ecológica: o bien sucederá o no sucederá). En tal situación, la charla acerca de la anticipación, la precaución y el control de los riesgos tiende a no tener sentido, ya que estamos tratando con lo que, en los términos de la teoría del conocimiento de Rumsfeld (ex secretario de Defensa de EE.UU.), “hechos desconocidos que desconocemos”: no sólo no sabemos dónde está el punto de inflexión, incluso no sabemos exactamente lo que no sabemos. (El aspecto más inquietante de la crisis ecológica se refiere al llamado “conocimiento en lo real” que puede comportarse de manera peligrosa: cuando el invierno es demasiado cálido, las plantas y los animales malinterpretar el clima caliente en febrero como señal de que ya llegó la primavera y se comportan en consecuencia, no sólo haciéndose vulnerables a los últimos ataques de frío, sino también perturbando todo el ritmo de la reproducción natural.)

Es por eso que hay algo engañosamente reconfortante en la disposición de los teóricos del antropoceno al asumir la culpa por las amenazas a nuestro medio ambiente: nos gusta ser culpables ya que, si somos culpables, entonces todo depende de nosotros, movemos los hilos de la catástrofe, así también podemos salvarnos simplemente cambiando nuestras vidas. Lo que es realmente difícil para nosotros (al menos para nosotros en Occidente) de aceptar es que estamos reducidos a un papel puramente pasivo de un observador impotente que sólo puede sentarse y ver cuál será su destino –para evitar tal situación, somos propensos a participar en una frenética actividad obsesiva, reciclar papel viejo, comprar alimentos orgánicos, lo que sea, sólo para que podamos estar seguros de que estamos haciendo algo, contribuyendo en algo –como un aficionado al fútbol que apoya a su equipo frente a un televisor en una creencia supersticiosa de que esto de alguna manera influirá en el resultado– ... Es cierto que la típica forma de disuasión fetichista con respecto a la ecología es: “Sé muy bien (que todos estamos amenazados), pero realmente no lo creo (de manera que no estoy dispuesto a hacer algo realmente importante, como cambiar mi forma de vida”. Pero existe también una forma opuesta de desautorización: “Yo sé muy bien que realmente no puedo influir en el proceso que puede conducir a mi ruina (como un estallido volcánico), pero es, sin embargo, demasiado traumático de aceptar, así que no puedo resistir el impulso de hacer algo, aunque sé que es en última instancia no tiene sentido ... ¿No es por la misma razón que compramos alimentos orgánicos? ¿Quién cree realmente que las manzanas “orgánicas” medio podridas y caras son realmente más saludables? El punto es que, al comprarlas, no sólo compramos y consumimos un producto –simultáneamente hacemos algo significativo, mostramos nuestra atención y conciencia global, participamos en un proyecto colectivo grande–.

A los escépticos les gusta señalar la limitación de nuestro conocimiento sobre lo que sucede en la naturaleza, sin embargo, esta limitación no implica de ninguna manera que no debamos exagerar la amenaza ecológica. Por el contrario, debemos ser aún más cuidadosos, ya que la situación es profundamente impredecible. Las recientes incertidumbres sobre el calentamiento global no señalan que las cosas no son demasiado serias, sino que son aún más caóticas de lo que pensábamos, y que los factores naturales y sociales están indisolublemente ligados. El dilema a propósito de las amenazas actuales de catástrofes ecológicas es: o las tomamos en serio y decidimos hoy hacer cosas que, si la catástrofe no ocurriera, parecerían ridículas, o no hacemos nada y perdemos todo en el caso de la catástrofe.

El peor caso es la elección de un punto intermedio, de tomar una cantidad limitada de medidas –en este caso, vamos a fracasar suceda lo que suceda–. No hay punto medio con respecto a la catástrofe ecológica, y en tal situación, la charla sobre anticipación, precaución y control de riesgos tiende a perder sentido, ya que estamos tratando con lo que, en términos de Rumsfeld, no sólo no sabemos dónde está el punto de inflexión, ni siquiera sabemos exactamente lo que no sabemos.

Así que no es sólo la continuidad de la Historia la que está amenazada hoy en día –lo que estamos presenciando es algo así como el fin de la Naturaleza misma. Los devastadores huracanes, las sequías y las inundaciones, para no hablar del calentamiento global, ¿no indican que estamos siendo testigos de algo cuyo único nombre apropiado es “el fin de la Naturaleza”? “Naturaleza” debe entenderse aquí en el sentido tradicional de un ritmo regular de las estaciones, el fondo confiable de la historia humana, algo en lo que podemos contar que siempre estará allí. Cuando ya no podemos depender de ella, entramos en lo que llamamos “antropoceno”: una nueva época en la vida de nuestro planeta en la que nosotros, los humanos, ya no podemos confiar en la Tierra como un reservorio dispuesto a absorber las consecuencias de nuestra actividad productiva. Incluso nosotros (la humanidad) nos concebimos como héroes Prometeos imponiendo nuestra voluntad a la naturaleza, transformándola más allá del reconocimiento, todavía confiamos en ella como el fondo de la tabla de nuestra actividad que absorberá de alguna manera los efectos secundarios (daño colateral) de nuestra productividad. Hoy en día, sin embargo, tenemos que aceptar que vivimos en una “Tierra de la Nave Espacial”, responsable y responsable de sus condiciones. La Tierra ya no es el fondo impenetrable de nuestra actividad productiva, sino que surge como un (otro) objeto finito que podemos destruir o transformar inadvertidamente para hacerla inviable. Esto significa que, en el momento mismo en que somos lo suficientemente poderosos como para afectar las condiciones más básicas de nuestra vida, tenemos que aceptar que somos simplemente otra especie animal en un planeta pequeño. Es necesaria una nueva manera de relacionarnos con nuestro medio ambiente, una vez que nos damos cuenta de esto: ya no deberíamos actuar como un trabajador heroico expresando sus potencialidades creativas y usando los recursos inagotables de su medio ambiente, sino más bien como un modesto agente colaborando con su medio ambiente, negociando permanentemente un nivel tolerable de seguridad y estabilidad, sin una fórmula a priori que garantice nuestra seguridad.

Es difícil para un forastero imaginar cómo se siente cuando un vasto dominio de tierra densamente poblada desaparece bajo el agua, de modo que millones quedan privados de las coordenadas básicas de su mundo de vida: la tierra con sus campos, pero también con los monumentos culturales que eran la materia de sus sueños, ya no están allí, de modo que, aunque en medio del agua, son como peces fuera del agua, es como si el medio ambiente que miles de generaciones tomaban como la fundación obvia de sus vidas comenzara a agrietarse–. Por supuesto, se conocieron catástrofes similares durante siglos, algunas incluso desde la misma prehistoria de la humanidad. Lo que es nuevo hoy en día es que, como vivimos en una era post-religiosa “desencantada”, tales catástrofes ya no pueden ser interpretadas como parte de un ciclo natural más amplio o como una expresión de la ira divina son interpretadas mucho más directamente como intrusiones sin sentido de una rabia destructiva que no tiene una causa clara: ¿las inundaciones causadas por Irma son acontecimientos naturales o los productos de la industria humana? Las dos dimensiones están inextricablemente entremezcladas, privándonos de la seguridad básica de que, a pesar de todas nuestras confusiones, la Naturaleza continúa en sus eternos ciclos de vida y muerte. Así es como, en 1906, William James describió su reacción ante un terremoto: “La emoción consistió en alegría y admiración. Alegría ante la vivacidad que tal idea abstracta como “terremoto” podría tener cuando se verifica concretamente y se traduce en realidad sensata y admiración por como la frágil choza de madera se pudo mantener en pie a pesar del sacudón. No sentí ni un poco de temor; era puro deleite bienvenido”. ¡Que lejos estamos del sacudón de la fundación misma de la vida del mundo de uno!

Por lo tanto, la principal lección que se debe aprender es que la humanidad debe prepararse para vivir de una manera más plástica y nómade: los cambios locales o globales en el medio ambiente pueden imponer la necesidad de transformaciones sociales inauditas a gran escala. Digamos que una gigantesca erupción volcánica hará inhabitable toda la Isla: ¿ A dónde se mudarán los habitantes de la Isla? ¿Bajo que condiciones? ¿Deberían recibir un pedazo de tierra o simplemente estar dispersos alrededor del mundo? ¿Qué pasa si la Siberia septentrional se vuelve más habitable y apropiada para la agricultura, mientras que las grandes regiones subsaharianas se harán demasiado secas para que una gran población viva allí? ¿Cómo se organizará el intercambio de población? Cuando ocurrieron cosas semejantes en el pasado, los cambios sociales sucedieron de manera espontánea y salvaje, con violencia y destrucción; tal perspectiva es catastrófica en las condiciones de hoy, con armas de destrucción masiva disponibles para todas las naciones. Una cosa es clara: la soberanía nacional tendrá que redefinirse radicalmente y se tendrán que inventar nuevos niveles de cooperación global. ¿Y qué ocurre con los inmensos cambios en la economía y el consumo debido a los nuevos patrones climáticos o la escasez de agua y fuentes de energía? ¿A través de qué procesos de elaboración se decidirán y ejecutarán tales cambios?

 

* Slavoj Žižek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es Porque no saben lo que hacen (Akal) y Antígona (Akal).

 

Traducción: Celita Doyhambéhère.

 

 

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Atlético Nacional-Chapecoense: la final en la que el fútbol era lo de menos

Medellín rinde homenaje a las víctimas del avión siniestrado en un acto multitudinario en el estadio del partido

 

Antes de que se supiera quiénes disputarían la final de la Copa Sudamericana, le preguntaban de qué equipo era la camiseta verde que llevaba. Él explicaba que era del club de Chapecó, el lugar en donde ha vivido la mayor parte de su vida, en el sur de Brasil, en donde están sus amigos y en donde se volvió un ‘chapecoense’. Vagner Lopes Da Silva, de 35 años, sentía el orgullo de lucir la camiseta con el escudo de su equipo en Medellín, donde llegó hace tres años para hacer un doctorado en la Universidad de Antioquia. Cuando supo que el club que le conecta con sus amigos pese a la distancia jugaría frente a su casa, se emocionó. Ahora, casi no puede contener las lágrimas.


El martes pasado, al encender su teléfono encontró varios mensajes de sus amigos, como era de esperar a un día del partido. “Me decían algo de un accidente. Yo no entendía, hasta que encendí el televisor”, cuenta antes de salir rumbo Atanasio Girardot, donde hará las veces de traductor para la delegación de Brasil que llegó a Colombia tras el accidente aéreo, en el que 71 personas murieron. “Esto es muy fuerte. Chapecó está triste”, es lo único que consigue decir. Desde que supo que se buscaban traductores, se ofreció como voluntario. Dice que ayudar es una forma de “bajar la tristeza”.


Junto a él, está Juan Urrego, de 21 años, también traductor, hincha del Atlético Nacional. Se conocieron hace unas horas cuando llegaron al mismo lugar con el propósito de servirle a los brasileños que aterrizaron en Medellín para reclamar los cuerpos de sus familiares muertos en el accidente. Ambos se encaminaron al estadio. Se olvidaron de que son hinchas de equipos que, hasta el lunes, eran rivales. Serían una muestra más de lo que se vivió la noche en que se jugaría el partido, por el que viajaban los jugadores. El Atanasio fue, por primera vez, el lugar de todos. El estadio, con aforo para 50.000 espectadores, tuvo que cerrar sus puertas más de una hora antes de lo previsto. Un río de gente se quedó fuera, pegada a las rejas, mostrando que no había rivalidad que superara la grandeza del fútbol. Que ahí, la camiseta era de lo de menos.


“El escudo, el partido, la copa. Todo eso pasa a un segundo plano cuando se habla de la vida, cuando se trata de pensar en los otros”, aseguraba Carlos Arbeláez, de 25 años, seguidor del Atlético Nacional que por primera vez en su vida animó a otro equipo y fue al estadio con una camiseta diferente a la verdolaga. Esta vez, vestía de blanco, como la mayoría de los asistentes al homenaje organizado por la Alcaldía de Medellín y el Nacional. “Eh oh eh oh Chapecó” grita, mientras sacude un ramo de flores, que más tarde tiraría a la cancha y sería parte de un tapete floral que se armó con las ofrendas que llevaban los asistentes. Muy cerca suyo, Nubia Marín, de 53 años, se seca las lágrimas. “Nos da muy duro. Yo me pongo en los zapatos de las mamás. Cómo deben estar sufriendo”, dice. Su nieto, Bryan, se irá en los próximos días a Estados Unidos porque va a empezar a entrenar allí con un equipo. “Cuando vi la noticia, pensaba en mi muchacho. Es muy triste”, repite.


El acto de homenaje se inició casi al mismo tiempo en que se esperaba el pitido inicial del primero de los partidos de la final. Al césped saltaron las autoridades brasileñas y las colombianas. También la plantilla del Atlético Nacional. Las palabras más emotivas fueron las del canciller de Brasill, José Serra, quien exaltó la actitud de los hinchas verdolagas, que pidieron el título de la Sudamericana para el Chapecoense. “Es un gesto que honra a esta ciudad de Medellín y que hace aún más grande a los verdolagas”, dijo el diplomático, que cerró su intervención resaltando que esa noche era una muestra de la nobleza del deporte.


Durante el acto, que duró poco más de una hora, los helicópteros en los que recuperar los cuerpos de los fallecidos en el accidente, sobrevolaron el estadio. Abajo, con todos los asistentes mirando hacia el cielo se escuchan aplausos por la labor de las autoridades que lograron rescatar a seis personas vivas y trasladar a los muertos a Medicina Legal para su identificación. El Atlético Nacional se comprometió a seguir defendiendo sus colores blanco y verde, los mismos del Chapecoense. Los rivales fueron esta noche un solo equipo.


El avión del Chapecoense no llevaba el combustible mínimo de seguridad para el viaje


Las autoridades aeronáuticas de Colombia investigan por qué el avión no cumplió con la normativa aérea

Por Ana Marcos

"Lamentablemente, la aeronave no contaba con el combustible de seguridad establecido por normativa", con estas palabras el coronel Freddy Bonilla, secretario de seguridad aérea de Colombia, ha confirmado la noche del miércoles una de las causas del accidente del avión de la compañía boliviana LaMia que transportaba al equipo de fútbol brasileño Chapecoense, en el que perdieron la vida 71 personas. "En el momento del impacto el aparato no tenía gasolina, estamos llevando a cabo una investigación para conocer el motivo", ha informado.


Las autoridades colombianas en colaboración con un experto en aeronáutica de Bolivia, especialistas brasileños, técnicos de Reino Unido (país de origen de fabricación del aparato), además de personal de la Agencia Nacional de Investigación de Transporte Aéreo de Estados Unidos, trabajan para esclarecer por qué la compañía LaMia permitió que un avión volara sin el combustible necesario para un trayecto de 1.588 millas náuticas.


"Las normas internacionales establecen que una aeronave, para realizar vuelo entre aeropuertos, debe contar con un combustible mínimo, con un aeropuerto alterno, adicionar 30 minutos, y cinco minutos de combustible reserva", ha explicado el coronel Bonilla. El avión que transportaba al Chapecoense tenía un plan de vuelo alternativo en Bogotá, pero según ha contado el responsable, no tuvo que usarlo "porque las condiciones climáticas en Rionegro eran adecuadas".


A las 21.49 de la noche del lunes, según el relato de las autoridades, el avión procedente de Santa Cruz, en Bolivia, solicitó prioridad para aterrizar en el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, cerca de la ciudad de Medellín, por un problema de combustible. La torre de control le autorizó la aproximación. Dos minutos después declaró la emergencia por el mismo problema y cinco minutos más tarde alertó de una falla eléctrica total y pidió vectores, es decir, indicaciones al controlador para que le ayudara en el aterrizaje. Posteriormente, cuando la aeronave descendió a 9.000 pies, los rádares perdieron su señal y se produjo el impacto.


Los hechos narrados por las autoridades aeronáuticas coinciden con una grabación en la que se oye la conversación entre el piloto de la aeronave siniestrada, Miguel Quiroga, y una controladora aérea. "Este audio no está certificado y es inexacto en sus tiempos", ha asegurado el coronel Bonilla sin entrar en más detalles.


A la espera de que continúe la investigación, Medicina Legal de Medellín con la identificación de los cuerpos. A esta ciudad colombiana ya están llegando los familiares de las víctimas procedentes de Bolivia y Brasil. "Se espera que esta semana algunos aviones, tipo Hércules, lleguen a Medellín para las repatriaciones", ha anunciado el responsable.


El piloto del avión del Chapecoense alertó de la falta de combustible

antes de estrellarse


Un copiloto que sobrevolaba la zona en el momento del accidente asegura que el RJ-85 se declaró en emergencia

Por Javier Lafuente
Ana Marcos

Miguel Quiroga, piloto del avión que transportaba al equipo de fútbol brasileño Chapecoense, que se estrelló el lunes en una montaña próxima a Medellín provocando la muerte de 71 personas, alertó a la torre de control del aeropuerto que el aparato tenía “una falla eléctrica total" y que estaba "sin combustible” antes de que se perdiera su señal en el radar, según confirma un audio publicado en varios medios colombianos en el que se escucha la conversación entre el comandante y la controladora aérea. El vuelo de la compañía boliviana LaMia solicitó “una aproximación inmediata”, pero delante suyo, como se puede escuchar en la grabación, otras dos aeronaves iban a aterrizar.


Esta es la transcripción de la parte final de la conversación:


- Piloto: Señorita Lamia 933 está en falla total, falla eléctrica total, sin combustible.


- Torre de control: Pista libre y esperando lluvia sobre la superficie Lamia 933, bomberos alertados.


- Piloto: Vectores señorita, vectores a la pista.


- Torre de control: La señal radar se perdió, no lo tengo, notifique rumbo ahora.


- Piloto: Estamos con rumbo 3-6-0, con rumbo 3-6-0.


- Torre de control: Vire por la izquierda 0-1-0 proceder al localizador del VOR de Rionegro una milla delante del (...) le confirmo por la izquierda con rumbo 3-5-0.


- Piloto: A la izquierda 3-5-0 señorita.


- Torre de control: Sí correcto, usted está a una milla del VOR de Rionegro.


- Torre de control: No lo tengo con la altitud Lamia 933.


- Piloto: 9.000 pies señorita.


- Piloto: Vectores, vectores.


- Torre de control: Usted está a 8,2 millas de la pista.


- Torre de control: ¿Que altitud tiene ahora?


- Torre de control: ¿Lamia 933 posición?


Nadie responde. En ese momento, se oye una voz de un hombre en la torre de control: “Allá cayó”. Fin de la grabación.


Este audio, conocido en la mañana del miércoles, coincide con la versión de un copiloto de un avión de Avianca que volaba en ese momento cerca del avión de LaMia, en el que narra los momentos previos al siniestro. Ambos testimonios relatan que el piloto informó a la torre de control de que tenía un problema con el combustible. Fuentes de Avianca han confirmado a este diario que se trata de un copiloto de la compañía, pero no que lo que cuente sea la posición de Avianca ni que el relato sea realmente lo que ocurrió. “Se trata de un mensaje personal”, aseguran las mismas fuentes.


Según el relato, la torre de control cambió el rumbo del avión de Avianca 9356 en el que iba este copiloto. El testimonio prosigue contando cómo solo cuando comienza a descender el piloto del avión de LaMia se declaró en emergencia. “La controladora le dijo que informase del problema que tenía y en ese momento dijo: “Falla total eléctrica, vectores para pista, vectores para pista”. Ahí, según el relato, se cortó la comunicación. El copiloto asegura que en ese momento a la controladora se le quebró la voz, pues ya no pudo volver a contactar con el avión boliviano.


Ximena Suárez, la auxiliar de vuelo que ha sobrevivido al accidente del avión que trasladaba a los jugadores Chapecoense, ha asegurado a los equipos de rescate que la aeronave "se apagó por completo" y "tuvo un fuerte descenso" antes de sufrir "un gran impacto".


Esta misma teoría de investigación ha sido confirmado por el director de Aeronáutica Civil de Colombia (Aerocivil), Alfredo Bocanegra: "No existe evidencia de combustible en la aeronave". Por el momento, las autoridades locales confirman tener conocimiento de estas dos grabaciones y reconocen que "se tendrán en cuenta para la investigación" que se está desarrollando, pero no valoran la veracidad de las mismas. "Pedimos a estas personas que se presenten ante el equipo de trabajo y nos entreguen personalmente los audios o los testimonios", dicen desde la autoridad aerocivil.


Las autoridades aeronáuticas colombianas han iniciado ya el análisis de las dos cajas negras del avión. Las causas del siniestro que ha costado la vida a 71 personas siguen siendo una incógnita. A lo largo del día, las autoridades aeronáuticas de Colombia han informado que darán detalles de las líneas de trabajo. El aeropuerto de Medellín informó de que el avión, con matrícula boliviana CP2933, "se declaró en emergencia" a las 22.00 hora local "con fallas eléctricas, según lo informado a la torre de control de la Aeronáutica Civil". El avión que transportaba al Chapecoense debía haber llegado a Medellín en torno a las 10 de la noche de Colombia. "El avión pidió prelación para aterrizar en Rionegro, se le dio, pero luego se perdió el contacto", ha asegurado Bocanegra, director de Aeronáutica Civil de Colombia. La emergencia se declaró "entre el municipio de La Ceja y La Unión".

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¿Qué significa en ciencia una catástrofe?

Algo apasionante acontece con el caso de las catástrofes. Mientras que en el lenguaje común y corriente el término hace referencia a circunstancias negativas e indeseables, la verdad es que en ciencia tiene un significado perfectamente distinto.

La ciencia contemporánea de punta se caracteriza, desde el punto de vista sensorial y cultural, por una doble característica: es alta y crecientemente contraintuitiva y los nuevos conceptos, términos y metáforas que desarrolla no tienen ninguna relación con el uso del lenguaje en la vida cotidiana.

El primer rasgo significa que la fuerza de la percepción natural no es ya ni necesaria ni suficiente para entender y, literalmente, ver los temas, objetos, problemas con los que la ciencia de punta contemporánea se ocupa. Este es un rasgo de alto contraste de lo mejor de la ciencia de punta con respecto a la ciencia clásica. Asimismo, la primera expresión de avance de la ciencia es la creación de nuevos lenguajes, y muy notablemente, de neologismos y nuevos tropos. Estos nuevos conceptos y metáforas, literalmente, nos permiten ver nuevos fenómenos, nuevos sistemas y comportamientos.

Un ejemplo de lo anterior es el concepto, primero, y luego la teoría y la ciencia, del caos. Mientras en el lenguaje común y corriente "caos" se lo entiende como desorden, en sentido estricto el caos es la ciencia que se ocupa de fenómenos altamente ordenados, pero que son intrínsecamente impredecibles; los fenómenos caóticos son sólo, y muy relativamente, predecibles en el corto plazo, porque a mediano y a largo plazo son alta y crecientemente impredecibles.

Lo mismo podría decirse de "incertidumbre". Así, mientras que en el lenguaje de todos los días el término tiene una acepción emocional, psicológica y hasta cognitiva, en su acepción precisa, surgida en el marco del famoso debate de Copenhaguen acerca de la interpretación cuántica sobre la realidad, el concepto, acuñado originariamente por W. Heisenberg, se refiere al hecho de que si conocemos el lugar en el que se encuentra una partícula (subatómica) entonces no podemos saber hacia dónde se dirige, o al revés: si sabemos hacia dónde se dirige no podemos saber en dónde se encuentra.

Pues bien, algo apasionante acontece con el caso de las catástrofes. Mientras que en el lenguaje común y corriente el término hace referencia a circunstancias negativas e indeseables, la verdad es que en ciencia tiene un significado perfectamente distinto.

Existe una teoría científica y, muy especialmente, matemática, de las catástrofes. Su padre es R. Thom, y tiene contribuciones fundamentales en sus orígenes también por parte de E. C. Zeeman.

Nacida en el seno de un campo muy específico de las matemáticas que se denomina el cobordismo —y por lo cual Thom se hará merecedor de la Medalla Fields (el equivalente del Premio Nobel de matemáticas) en 1977—, la teoría de las catástrofes se ocupa muy particularmente de cambios súbitos, imprevistos e irreversibles. Thom desarrolla siete modelos para explicar estos cambios denominados mariposa, umbilical, de bifurcación y otros.


En su sentido preciso, la teoría de catástrofes desarrollada por Thom es una morfología en cuanto que estudia los tipos de formas y sus cambios. Este aspecto es de una importancia fundamental en el siguiente sentido: las matemáticas de punta en el mundo de hoy estudian formas, patrones, estructuras, redes, y según lo que les acaece a dichas formas o estructuras, por ejemplo, si se rompen o no en sus dinámicas, si se trasforman o no. En teoría de las catástrofes, por tanto, de manera análoga a la biología, la forma determina la estructura. En biología se dice: la función determina la estructura. Su importancia consiste en que la teoría abarca desde la naturaleza hasta la biología y desde la sociedad hasta los fenómenos humanos más específicos, tales como la sociología y la política, por ejemplo, en los que con frecuencia acontecen cambios súbitos e irreversibles.

En sentido estricto, la teoría de las catástrofes es parte constitutiva de la topología, un campo de las matemáticas creado originariamente por S. Smale (quien también ganaría la Medalla Fields en 1966).

Thom desarrolla estas ideas particularmente en dos libros que se consiguen en español: Estabilidad estructural y morfogénesis (subtítulo: Ensayo de una teoría general de los modelos), y Esbozo de una semiofísica (subtítulo: Física aristotélica y teoría de las catástrofes).

Más exactamente, de acuerdo con Thom, la teoría de las catástrofes es un lenguaje necesario desarrollado para explicar al mismo tiempo dos cosas: cambios imprevistos e irreversibles, y la elaboración de modelos que explican estos cambios. La morfogénesis puede así ser adecuadamente considerada como el marco amplio para el estudio de las catástrofes.

Así las cosas, existen catástrofes "negativas", tales como terremotos, depresiones súbitas, crisis financieras imprevistas, asesinatos y otros, al mismo tiempo que catástrofes "positivas", como cuando alguien se enamora de otra persona, se gana una beca, se gana la lotería y otras circunstancias semejantes.

En este sentido, la teoría de catástrofes se encuentra en las antípodas de aproximaciones tradicionales tales como las estadísticas, los análisis de tendencias, o las proyecciones de lo actual, con distintas herramientas.

En fin, aprender la nueva ciencia de punta implica, absolutamente, desaprender el lenguaje común y corriente de todos los días. Y esta labor, pedagógica y culturalmente, es muy difícil. El lenguaje vehicula realidades, pero al mismo tiempo opera como un fijador. De suyo, el lenguaje es literalmente conservador, y por ello mismo, la cuna de la cultura. Pero a la vez, es a través del lenguaje como rompemos viejos esquemas, significados y sentidos. Esta otra es la constitución de nuevos paradigmas.

Sin lugar a dudas, la mejor expresión de lo anterior es el estudio y el aprendizaje de las ciencias de la complejidad. Eso, una vez más: lo complejo ni es un adverbio, ni un adjetivo. Y poco y nada tiene que ver con el sentido común y corriente de la palabra. Con una observación última: la teoría de las catástrofes conforma una de las ciencias de la complejidad.

Estados Unidos sufre aún trastornos políticos y sociales a causa del huracán Katrina, cuyos vientos no sólo devastaron el sudeste estadounidense (el domingo se cumplen cinco años), sino también la credibilidad de su antecesor George W. Bush. La tragedia, que había sido prevista por las autoridades estadounidenses, está fresca en la memoria de los norteamericanos en momentos en que otro desastre natural –el derrame de una plataforma de petróleo en el Golfo de México– salpica políticamente a Obama.
 
Entre las hileras de casas de la barriada del Lower Ninth Ward, en Nueva Orleáns, se abren muchos huecos, a menudo la naturaleza ha reconquistado su terreno inundándolos con una densa maleza. Sobre las puertas, muros y ventanas tapiadas se siguen viendo los restos de señales y fechas escritas con spray, que recuerdan que en esos lugares se buscó a sobrevivientes o se alertó de dónde había muertos. El Lower Ninth Ward está a apenas unos minutos de distancia en coche del bullicioso centro de Nueva Orleáns, pero a cinco años del devastador paso del huracán Katrina, esta zona de la sureña ciudad estadounidense sigue siendo un mundo aparte.
 
Cuando el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visite este domingo 29 de agosto Nueva Orleáns, en el quinto aniversario de su peor catástrofe natural, le esperan en esta metrópolis del jazz en el delta del Mississippi una mezcla de esfuerzos por reconstruir la devastada ciudad, trágicos recuerdos, una esperanza de poder superarlos junto con heridas aún no cicatrizadas del todo. Y es que los cinco años que han pasado desde Katrina no han sido nada fáciles para esta ciudad. Nuevos huracanes amenazaron toda la región y, este mismo año, la azotó una nueva catástrofe, esta vez provocada por la mano humana: la peor marea negra de la historia de Estados Unidos tras la explosión de una plataforma petrolera en el Golfo de México.
 
“Es como si nos hubieran marcado con una cruz en la espalda”, se lamenta Brittanie Bryant, que gestiona una de las numerosas tiendas de souvenirs en la ciudad. Aun así, “Nueva Orleáns ha vuelto a levantarse”, sostiene KimAmoss, redactor jefe del diario local TimesPicayune. “Hace cinco años nadie hubiera pensado que la ciudad volvería a estar como ahora”, asegura.
 
Con unos 355 mil residentes, Nueva Orleans recuperó apenas el 80 por ciento de sus antiguos habitantes. La otra cara de la moneda: “Todavía no regresamos a la normalidad porque algunos barrios siguen sin estar tan habitados como lo estaban”, explica Amos.
 
El mejor ejemplo: el Lower Ninth. En ningún lugar como en éste arrasó la monstruosa tormenta y la masiva inundación que provocó, que se abatieron sobre Nueva Orleáns y toda la costa del Golfo. De los más de 1800 muertos, casi la mitad vivía en el Lower Ninth, cuyos habitantes son en su mayoría afroamericanos y pobres. Tan sólo una cuarta parte de sus residentes vuelven a vivir en este lugar cinco años más tarde.
 
Muchas de las imágenes que estremecieron al mundo fueron tomadas en el Lower Ninth, cuando el ciclón dejó bajo el agua al 80 por ciento de Nueva Orleans, dañando o destruyendo 134 mil viviendas después de haber provocado la huida de 1,3 millón de personas.
 
Cuando Katrina tocó tierra, en la madrugada del 29 de agosto y con vientos de más de 200 kilómetros por hora, Nueva Orleáns estaba terriblemente mal preparada para una amenaza de tal magnitud. La ciudad del jazz está rodeada de agua, y en buena parte se encuentra por debajo del nivel de mar. Graves fallos de construcción en los diques de contención que la protegen se convirtieron en una trampa mortal cuando Nueva Orleáns pasó a ser una gigantesca bañera.
 
Y eso que las catastróficas consecuencias no constituyeron una sorpresa total. Años antes de Katrina, los expertos habían advertido que los diques no resistirían un huracán de categoría 3 o mayor. A ello se sumó la tardanza con que las autoridades locales implementaron los planes de evacuación. Y que también Washington, y sobre todo la autoridad encargada de administrar y prevenir catástrofes, FEMA, carecía de planes y actuó de forma lenta y caótica. La coordinación de la ayuda tardó días. El estadio de la ciudad, el Superdome, se convirtió en un refugio de última hora para 30 mil personas y, además, en un símbolo de la vergüenza. Pasaron días hasta que empezaron a llegar al estadio los primeros alimentos, mientras que las condiciones higiénicas eran infrahumanas.
 
La catástrofe se convirtió para el entonces presidente George W. Bush en un desastre político. Se estima que los daños en toda la zona de Nueva Orleáns ascienden a 151.000 millones de dólares, convirtiendo a Katrina en el huracán más caro de la historia del país, además del más mortal en 75 años.
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Miércoles, 31 Marzo 2010 09:22

Haití: el costo de cargar maletas

Los cataclismos trastornan la vida de los pueblos. El Diluvio anegó las civilizaciones de la Mesopotamia bíblica, la corriente de El Niño influyó en el declive de los antiguos mayas; el terremoto de 1985 cimbró el orden político en México; pequeños estados insulares empiezan a ser tragados por el Pacífico; California se desprenderá del continente mañana, o en los próximos 500 años; la tala de la Amazonia (pulmón del planeta) deja áreas gigantescas de color ocre.

El terremoto de Haití fue más devastador, aunque menos intenso que el de Chile. ¿Porque Haití es más pobre? En 2005, un huracán destruyó Nueva Orleáns, ciudad ubicada en un estado (Louisiana) que tiene cuatro veces menos de habitantes, un PIB similar y un per cápita cinco veces mayor al de Chile. Levantada por esclavos africanos, la cuna del jazz se reconstruye con salarios del primer mundo. En cambio, el país "modelo" de América Latina reconstruirá sus ciudades con salarios del cuarto mundo.

¿Pero qué será de Haití? El primer cataclismo de La Hispaniola (así llamada por Cristóbal Colón) acabó con su población nativa. Poco más extensa que Zacatecas (76 mil 480 kilómetros cuadrados), la isla antillana estuvo habitada por 350 mil arawacs, caribes y taínos, pueblos borrados del mapa por Bartolomé y Diego Colón, hermano e hijo del almirante.

El segundo cataclismo duró cerca de 300 años, y consistió en la importación de millones de esclavos africanos. El tercero fue la guerra por la independencia en la que 100 mil esclavos murieron en combate (1791-1804), el cuarto fue el ensañamiento de la blanquitud con la república independiente, y el terremoto de enero pasado expulsó a los haitianos a los confines de la civilización.

La independencia de Haití ha sido deliberadamente ignorada por negra, antiesclavista, anticolonialista, antintervencionista, anticlasista, por derrotar en el terreno militar a los tres grandes imperios de la época, y por emplazar al pensamiento eurocéntrico, haciendo crujir las marquesinas filosóficas de la civilización occidental.

La primera y última rebelión victoriosa de esclavos en la historia de la humanidad guardó profundas diferencias con el resto de los procesos independentistas de América hispana. Los haitianos defendieron a tal grado su noción de libertad, que las juntas emancipadoras del continente optaron por soslayar sus alcances políticos y densidades conceptuales.

El escritor cubano Alejo Carpentier observó que entre los enciclopedistas franceses la idea de independencia tenía un valor meramente filosófico: "Se dice independencia frente al concepto de Dios, frente al concepto de monarquía, y la libertad individual del hombre. Pero nunca hablaron de independencia política o emancipación total, como en Haití". Los sabios de la época no quisieron estudiar a Haití. Para ellos, los negros eran una especie de dudosos atributos humanos.

José Steinsleger

Lectura complementaria:
Ver el intertítulo Por la libertad todo

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Hay municipios enteros bajo el agua. Desde el corregimiento de Travesía, municipio de Sucre, departamento del mismo nombre, llega una voz –en realidad un correo– que clama ayuda: “[…] ya no tenemos qué comer, el agua cubre todo…”.
La voz, el correo, se repite por decenas de municipios donde sus habitantes se baten contra el agua, pero más que contra su altura, contra la improvisación de un Estado. El descuido de unos funcionarios o burócratas que, a pesar de los avisos y las señales claras de riesgo para numerososas poblaciones, no procedieron con prontitud.
Miles de familias que habitaban en el departamento del Atlántico, en municipios como Manatí, Santa Lucía, Repelón, Candelaria, Campo de la Cruz, y los corregimientos de Aguada de Pablo y La Peña, en Sabanalarga, lo perdieron todo. Lo mismo ocurre con Higueretal, jurisdicción del municipio de San Cristóbal, ahora desaparecido, mientras tres mil familias tuvieron que abandonar el municipio de Soplaviento y otras dos mil hicieron lo propio en el casco urbano de Arenal. A Luruaco también han llegado las aguas, aunque en menor medida. Como prevención, los habitantes de Suan han dejado su municipio. En Barrancavieja, Bolívar, sus habitantes tuvieron que refugiarse en un alto cercano al pueblo. El municipio de Plato, Magdalena, tantas veces inundado, ahora sufre igual suerte ante la ruptura sufrida por el dique construido para contener el Magdalena. Los habitantes del corregimiento de Travesía, municipio de Sucre, también lo han perdido todo, y ahora luchan no sólo por refugiarse en lugar adecuado sino también por impedir que las serpientes den cuenta de ellos. A Montería ya llegan las aguas del Sinú y de la represa sobrepasada por el agua. Los pobladores de Gramalote, Norte de Santander, ante el riesgo de un alud que amenaza con arrasar todo el municipio, cogieron sus pocas pertenencias y salieron del casco urbano. En Ríosucio, Risaralda, como otros años, el Cauca anegó el poblado. En el Valle del Cauca y el Cauca, la vía Panamericana ha sido cerrada por varios días a la altura del municipio de Rosas, aislado por derrumbes. Mientras tanto en Cerrito y Candelaria varias decenas de familias, con sus casas totalmente anegadas, esperan reubicación. En Córdoba, su capital Montería empieza a sufrir las consecuencias del desbordamiento del embalse de Urrá y la creciente del río Sinú. La superación de la capacidad de la represa pone en cuestión la decisión tomada hace algunos años para reorientar el cause del río y construir la represa. Pero las consecuencias del aumento del caudal del río también llega a Cereté y otros poblados importantes de este departamento.
El desastre toma el rostro de catástrofe. A más de 100 mil afectados en Atlántico, hay que sumar los de Bolívar, donde las familias damnificadas ya suman 70 mil. Y en Sucre hay cerca de 33 mil afectados, especialmente en la subregión de La Mojana, otra de las zonas que año tras año sufren por el invierno. Por el lado de los animales de cría y la tierra cultivada, la cosa no es menor: solamente en Atlántico las reses ahogadas suman más de 6.500, y las hectáreas cultivadas, totalmente perdidas, pasan de las 4.800. Según el ministro de Agricultura, en todo el país las tierras dedicadas al cultivo de alimentos, ahora anegadas, llegan al millón de hectáreas. Como se sabe estas tierras, una vez desecadas, no podrán ser dedicadas de inmediato a la siembra ni al pastoreo, no sobra preguntar por tanto, ¿será el 2011- 2012 años con crisis o dificultades en el abastecimiento de alimentos para las grandes ciudades de Colombia, y con incremento notable en precio de la canasta familiar?
La infraestructura pública también quedó bajo el agua: en Atlántico se suman 11 hospitales, varias subestaciones de energía eléctrica, escuelas y centros educativos, así como los sistemas de bombeo del acueducto. Lógicamente, todos los servicios públicos colapsaron. Ante la emergencia y la improvisación, las escuelas de otros muchos municipios han sido ocupadas como albergues. Con el desastre avanzando a ritmo acelerado, con la salud privatizada y el sistema de prevención desaparecido, una vez las aguas vuelvan a su ritmo y cause normal, vendrán las epidemias. No será de extrañar la multiplicación de enfermedades, y ojalá no ocurra, la multiplicación de fallecidos por enfermedades prevenibles y/o controlables.
Como lo reconocen propios y extraños, en un país donde las mejores tierras están en manos de terratenientes, muchos poblados se levantan en sitios inadecuados, en algunas ocasiones a la fuerza. No es extraño, por tanto, que año tras año las aguas aneguen miles de viviendas y otras se deslicen, o caigan sobre ellas toneladas de tierra –como en La Gabriela, en el municipio de Bello, como sucedió hace años en el barrio Caicedo, en Medellín.
Ante tal desastre, las penas apenas empiezan para miles de colombianos. Y no es una exageración: varios especialistas precisan que, una vez que bajen las aguas, será imposible volver a habitar las construcciones que queden en pie. Es decir, hay que reubicar y reconstruir estos municipios. ¿Quién les pagará a los miles de familias todo lo perdido?
Sin atinar a qué hacer, impávidos, diferentes funcionarios –los Ministros, en primer lugar– contemplan la inundación y el desastre –la desaparición– de varios municipios. Mientras tanto en sus alrededores, a orilla de la carretera o en algunos altos, con cientos, miles de cambuches los damnificados improvisan un techo. Otros acuden hasta donde sus familiares. Como siempre, el Estado ausente, o respondiendo con letargo, y la gente resolviendo de manera directa sus urgencias.
Sin inmutarse, los funcionarios del alto gobierno solo atinan a decir –preocupados por su amigos los hoteleros– que la gente no puede dejar de salir a pasear en estas vacaciones. Es más, que buscan un acuerdo con las aerolíneas para que bajen los precios. De otro lado –también sin sonrojarse–, y dado que en 700 de los 1.100 municipios del país hay población en zonas de alto riesgo, el Gobierno anunció “que hará desalojos por decreto en caso de que sea inminente la emergencia y comprometa la vida de las personas”. ¿Con un ordenamiento territorial sometido a los grandes hacendados, dónde reubicar a los millones que están en zona de riesgo?


Una ‘película de dolor’ de nunca acabar


Una vez más, la tragedia con repetición y sin fin ocurre con el invierno en Colombia. Las escenas se repiten a lo ancho y largo del departamento del Atlántico, el más afectado por la ola invernal, pero también en algunos municipios de los departamentos de Bolívar, Risaralda, Santander, Antioquia, Magdalena, Sucre, Valle del Cauca y Cauca.
Con fuerza inaudita, el agua de los rios Magdalena, Cauca y otros más, inundan numerosas poblaciones. Las cifras oficiales indican que hasta el 16 de diciembre el número de muertos ocasionados por el invierno alcanzó los 279, mientras los damnificados sumaron 2.121.894, correspondientes a 436.234 familias; los heridos, 271; los desaparecidos, 62. Por su parte, las viviendas destruidas sumaron 3.001 y las dañadas alcanzaron la enorme cifra de 303.215. Todo un desastre, más si tenemos en cuenta que la política oficial de vivienda en Colombia es inexistente, y el ahorro de toda una vida de las familias se concentra en un techo bajo el cual guarecerse. Los damnificados, aquellos que han tenido que abandonar su casa y sus pertenencias, s´plo en el caso de la Costa Atlántica alcanzan hasta ahora 102 mil personas.
Como si la inundación de municipios del Caribe colombiano fuera una novedad, el presidente Santos salió a decir que, si hubieran contado con información precisa, esta crisis se hubiera podido evitar. Ya en 1984 el Canal del Dique rompió en un trecho y anegó gran parte de la región. También en 2008 hubo inundación en Plato, municipio del Magdalena ribereño del río del mismo nombre, y el presidente de entonces, Uribe Vélez, manifestó su “preocupación” por los trabajos sobre el Canal. Pero las palabras al viento van.
 El fenómeno invernal en 2010 tiene connotaciones particulares aunque propiciadas, de igual manera, por un modelo de desarrollo que no respeta la naturaleza, y que no se anticipa a los fenómenos meteorológicos como el de La Niña, avisado pero no tomado en cuenta, y que tampoco se despliega alrededor del aspecto fundamental: la vida.
 

No son solo inundaciones

 
Este invierno ha propiciado muchas más emergencias que aquellas que sobresalen por las inundaciones: en todo el país las lluvias afectan a más de 400 mil familias en más de 650 municipios, de 28 de los 32 departamentos, donde el invierno destruyó 3.000 viviendas y dejó otras 296.340 en malas condiciones.
 En la zona bananera del departamento del Magdalena van inundadas 3.000 hectáreas de banano, y en el Urabá antioqueño pasa lo mismo con no menos de 5-000 hectáreas; en Cundinamarca pasó igual con cientos de hectáreas de cultivos de flores. Las vías destruidas por todo el país ya suman 295 kilómetros, en algunos casos –como la vía Bogotá-Manizales, totalmente hundida, o la de Bucaramanga-Barrancabermeja, sin posibilidades de tránsito.
 

Sin trenes, secuelas del modelo económico en ríos y carreteras

 
El invierno ha sacado a flote una realidad inocultable: en Colombia: no hay tratamiento de aguas en las empresas ni en lo hogares.
 Los ríos mueren en su recorrido hacia el mar, los sedimentos acumulados estimulan el desbordamiento de las aguas. En no pocas oportunidades, los sedimentos proceden de las montañas deforestadas para darle paso a los negocios: bien de maderas, ganadería o de monocultivos. Esta es una parte de la realidad. La otra, han desecado cientos de hectáreas de humedales para pastoreo, con lo cual quitan al río, en este caso el Magdalena, su espacio natural para descargar las aguas (desde 1959, el humedal del Canal del Dique ha perdido más de 11 mil hectáreas de espejos de agua).
 Entonces, tenemos ante nosotros, sí, acelerado por el fenómeno de La Niña, un fenómeno que es sin duda alguna el acumulado de un modelo económico que no repara en su depredación de la naturaleza, ni en sus propios hijos; pues el Magdalena, en su recorrido por buena parte del país, va recogiendo las consecuencias de la improvisación, de un modelo que asume la naturaleza como una cosa, como otro producto de consumo, y no como el fundamento y el soporte de la propia vida.
 El otro desastre es el de las carreteras, llenas de peajes desde 20 años atrás, con el supuesto de que la concesión permitiría construir autopistas. Con un país cruzado por trochas, el argumento neoliberal queda desecho. ¿A dónde f ueron a parar los miles de millones recogidos en los peajes? ¿Es o no la hora de volver a los trenes –como sistema público–, destruidos para darles paso a las tractomulas?
 

Exigir responsabilidad al estado y reorientación del presupuesto


Según los especialistas, el invierno continuará. Es decir, las cosas se agravarán. De esta manera, y ante miles de familias que tendrán que empezar de cero, el Estado no podrá hacerse como el que nada sabe y nada debe. Los dolores se palian con campañas de solidaridad pero no se curan. Para que así sea, se debe reorientar el presupuesto 2011-2012 hacia estas poblaciones.
 El rubro por afectar prioritariamente es el del pago de la deuda. Prestar atención sobre esto es fundamental para todos, para evitar que se vengan con una cascada de nuevos impuestos que tendrán que pagar, como siempre, los que menos tienen.
La otra opción está a la mano: una reforma tributaria que afecte los grandes capitales, y por esta vía –aunque sea por una vez– hacer una redistribución en el país, como se sabe, uno de los más desiguales del mundo.

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