Estantes con medicamentos en una farmacia. REUTERS

 

Casos de sobornos a médicos, acusaciones de lucrarse de la investigación ajena y de lanzar algunos medicamentos que apenas aportan nada, precios desorbitados… extienden una sombra de sospecha sobre el sector farmacéutico

07/05/2020 07:13

VICENTE CLAVERO

La victoria sobre el coronavirus, mediante un medicamento que cure la enfermedad o una vacuna que la evite, involucra a diversos colectivos, entre ellos los laboratorios farmacéuticos, cuyo papel en la producción y comercialización del remedio será sin duda determinante.

Hay mucho dinero en juego, dado el alcance mundial del problema, y todo invita a pensar que esta industria hará cuanto esté en su mano para ganarlo, como hace cada vez que se le ha presentado la oportunidad, no siempre con prácticas irreprochables.

Una de sus principales estrategias de venta es presionar sobre quienes deciden el consumo en una parte fundamental del mercado, el de prescripción (productos que sólo se expiden con receta), desplegando acciones que a veces pueden tener la apariencia de ayuda a la formación continua de los médicos (suministro insistente de información sobre nuevos fármacos, aportaciones para la organización o asistencia a congresos), pero otras son ajenas a la más mínima exigencia ética.

Entre esas acciones figuran los sobornos, que durante décadas fueron un secreto a voces, siempre negado por la industria, si bien algunos acontecimientos relativamente recientes han demostrado su existencia.

La multinacional Novartis tuvo que afrontar en 2015 una multa de 390 millones de dólares (357,8 millones de euros) por haber pagado viajes, banquetes y dinero a médicos estadounidenses para que recomendasen sus medicamentos. Ese mismo año, otro gigante farmacéutico, Pfizer, zanjó una denuncia por incumplimientos de su propio código ético con el despido de 30 de sus directivos en España.

Las compañías suelen rebajar estos casos a la condición de hechos aislados, aunque algunos estudios muestran que no lo son tanto. Uno de 2014, patrocinado por la Fundación de Bill y Melinda Gates, con el concurso del Departamento Británico para el Desarrollo Internacional y el Ministerio de Asuntos Exteriores holandés, sostiene que 18 de las 20 multinacionales farmacéuticas analizadas habían sido objeto de sanción en algún momento por motivos tan poco edificantes como el soborno o la violación de las leyes de la competencia.

El importe de los pagos directos o indirectos a los médicos es uno de los secretos mejor guardados de la industria, aunque en España el proyecto Medicamentalia, de la Fundación Ciudadana Civio, aportó en 2018 alguna luz sobre el asunto. Según este organismo independiente, que trabaja por la transparencia de las instituciones, dichos pagos habían ascendido el año anterior a 182,5 millones. Dieciocho médicos, adscritos a la sanidad pública y privada, fueron agraciados con más de 50.000 euros por cabeza.

Otra acusación frecuente a los laboratorios es que se lucran con medicamentos cuya investigación y ensayos clínicos son posibles gracias, en buena medida, a la inversión ajena. Un informe dado a conocer en 2018, dentro de la campaña No Es Sano, respaldada por instituciones como la Organización Médica Colegial de España, ponía ejemplos concretos al respecto. El producto estrella de Roche contra el cáncer de mama, el Trastuzumab, que para entonces le había proporcionado más de 60.000 millones de euros de ingresos en todo el mundo, se obtuvo con financiación procedente de universidades, centros de investigación y fundaciones sin ánimo de lucro.

Esa circunstancia no impide que los laboratorios fijen precios muy altos para sus productos, sobre todo en el ámbito de las nuevas inmunoterapias. Es el caso del Kymriah, de Novartis, indicado contra ciertos tipos de leucemia, y del Yescarta, de Gilea, que sirve para tratar algunos linfomas no Hodgkyn. Sus precios de salida en el mercado estadounidense fueron de nada menos que 475 .000 y 373.000 dólares (438.600 y 344.400 euros), respectivamente, pese a ser fruto de investigaciones sufragadas en gran parte con dinero público.

La respuesta de la industria a las afirmaciones del estudio de No Es Sano fue que su actividad entraña gran riesgo, ya que sólo una de cada 10.000 moléculas investigadas llega a convertirse finalmente en un medicamento, lo que requiere de fuertes inversiones, que las farmacéuticas pagan con sus propios recursos. De ahí que el precio de cada producto, según el sector, no deba reflejar sólo el coste de su investigación, sino de alguna manera también el de aquellas que han fracasado, porque en caso contrario el negocio sería inviable.

Otras voces recuerdan, sin embargo, que el gasto en I+D y en producción sólo supone el 13% del coste de un medicamento, mientras que el gasto asociado a la comercialización y promoción (estudios de mercado, análisis de la competencia, publicidad, deferencias con los médicos) oscila entre el 30% y el 35%. Con la particularidad, además, de que sólo uno de cada cuatro fármacos que salen al mercado son realmente innovadores o mejoran los resultados de otros ya existentes pero más baratos.

Como quiera que sea, el hecho cierto es que el precio de los medicamentos, en particular el de los más modernos, es una de las mayores amenazas que penden sobre los sistemas nacionales de salud, sobre todo aquellos que contemplan su financiación pública total o parcial, como ocurre en España.

Pese a la extensión de los genéricos (productos cuya patente ya ha expirado) y a los mecanismos de control introducidos en los últimos años, el gasto público en medicamentos supera en nuestro país los 16.000 millones de euros anuales, de los que dos tercios corresponden a recetas y el resto, a hospitales.

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China desafía al dólar con una moneda digital que utilizará en transacciones internacionales

China se encamina a cancelar el dólar estadounidense en las transacciones bursátiles y comerciar oficialmente con una nueva moneda digital estatal e-RMB, el nuevo yuan chino, en lugar de la moneda estadounidense.

La idea va más allá de sumarse a la tendencia mundial de la reducción del uso del efectivo -fenómeno que el coronavirus aceleró-, busca convertirse en una alternativa al dólar para el comercio internacional, aseguraron informes publicados en la prensa china.

Un comunciado publicado por China Daily la semana pasada señaló que el Banco Central advirtió que en esta primera etapa "no emitirá una gran cantidad" y negó que pueda generar inflación. En tanto que una columna de análisis en el mismo medio explicó que "Una moneda soberana digital provee una alternativa funcional al sistema de pagos del dólar y morigera cualquier amenaza de exclusión o sanción a nivel país o nivel empresa.

También puede facilitar la integración hacia mercados globales de divisas con bajo riesgo de ruptura por causas políticas. La estabilidad del yuan chino durante la crisis del Covid-19 mejoraron su atractivo para muchos inversores. Estos dos sistemas de pago -el del dólar estadounidense y la moneda digital china- pueden coexistir o si fuera necesario hacerlos sobre una base recíprocamente excluyente".

Para The Guardian “este es un paso audaz e importante en la historia económica de China”, pues significa que el dólar se volverá inexistente en el comercio chino. Se prevé que la moneda estadounidense caerá bruscamente frente al yuan chino y podría afectar los mercados mundiales, sorprendidos por la decisión.

China, se informó, comenzará a probar pagos en su nueva moneda digital en cuatro ciudades importantes a partir de la próxima semana, según los medios nacionales.

En los últimos meses, el banco central de China ha intensificado su desarrollo del e-RMB, que se convertirá en la primera moneda digital operada por una gran economía.

Hasta ahora en China eran frecuentes las billeteras electrónicas, pero no reemplazaban a la moneda. Esta iniciativa le permitiría al Banco Central tener seguimiento de las transacciones en tiempo real. De acuerdo al medio británico, el profesor Xu Yuan del instituto de investigación para el desarrollo nacional de la Universidad de Peking aseguró a la señal CCTV que: "Aunque el cambio es mínimo desde la perspectiva del usuario, desde la perspectiva de la supervisión del Banco Central, las futuras formas de finanzas, pagos, negocios y gobernanza social entre otras, este es el mayor cambio jamás".

“Una moneda digital soberana proporciona una alternativa funcional al sistema de liquidación en dólares y mitiga el impacto de cualquier sanción o amenaza de exclusión tanto a nivel de país como de empresa”, dijo el informe de China Daily de la semana pasada.

Por: Agencias / Aporrea | Martes, 05/05/2020 11:11 AM |

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Bomba de extrancción de crudo en un campo petrolífero en Texas (EEUU). REUTERS/Angus Mordant

Desde el comienzo de esta crisis económica, vinculada a la crisis sanitaria por covid19, hemos visto vertiginosas caídas de las bolsas, e incluso alguna suspensión de las cotizaciones en Wall Street; el derrumbe del valor de las compañías aéreas y del fabricante de aviones Boeing, y de otros sectores hasta ahora muy sólidos; planes de estímulo billonarios en dólares y en euros para rescatar la economía a ambos lados del Atlántico; decenas de millones de trabajadores que pierden su empleo y de autónomos que cierran su actividad; largas filas de personas hambrientas a la espera de su ración de comida diaria en ciudades tan emblemáticas como Nueva York. Nos cuesta imaginar que este es el tiempo en el que vivimos, este escenario de gran depresión.

La última gran sorpresa la dio el 20 de abril el mercado internacional del petróleo. Por primera vez en la historia económica, el precio del petróleo se hundió a valor 0, y llegó a alcanzar un valor negativo de -37 dólares. Esto ocurrió nada menos que en Estados Unidos, el país que se convirtió en el primer productor mundial de petróleo gracias a la explotación de sus yacimientos de esquisto a través del fracking.

¿Por qué cae el precio del petróleo hasta una cantidad que aparentemente escapa a la lógica? ¿Por qué el tenedor de petróleo desearía pagar para que alguien se lo quede antes del vencimiento de su contrato de compra? Y sobre todo, ¿qué puede significar esto para el futuro del planeta, para el consumo de combustibles fósiles y su sustitución por energías renovables? ¿Cuáles son las dinámicas que se desencadenan, a favor y en contra, en una coyuntura como esta?

Estudiando el comportamiento de los principales actores del mercado del petróleo en esta situación extrema podemos buscar respuesta a estos interrogantes.

 

El precio del petróleo en caída libre

 

Desde meses atrás el mercado del petróleo mostraba signos de saturación. Antes de que se extendiera la pandemia fuera de China, dos de los tres mayores exportadores, Rusia y Arabia Saudí, se habían librado a una pugna de sobreproducción y rebajas, a fin de ampliar sus respectivas cuotas de mercado. Ante el repentino descenso de la demanda, Arabia Saudí, el mayor productor de la OPEP, pactó con Rusia una reducción de la producción impresionante a partir de mayo. El acuerdo entre Rusia y Arabia Saudí para recortar la producción en más de 10 millones de barriles diarios no sirvió para contener la caída. Fue una medida adoptada demasiado tarde, después de una intensa guerra comercial, y una medida oportunista, decidida cuando las ventas de petróleo saudí a Asia se contrajeron en una tercera parte, desde los 6 mbd previstos a 4 mbd. Mientras tanto un país como la India, importador neto, redujo en un 50 % su demanda actual de combustibles.

Desde mediados de marzo pasado, cuando la extensión de la pandemia llevó a confinar a la población de muchos países, el petróleo tipo Brent, principal referencia internacional, cotiza en torno a los 26 dólares por barril, y el West Texas por debajo de los 20 dólares. Dos días más tarde, el viernes 17 de abril, el precio del petróleo seguía cayendo a mínimos históricos en lo que va de siglo, con la cotización del West Texas a 15 dólares por barril. La situación del mercado era crítica por la caída de la demanda y los costes y dificultades de almacenamiento. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) mostró cierto nerviosismo al declarar, el 15 de abril, que pronto se alcanzaría el límite de la capacidad de almacenar petróleo: "Nunca antes la industria del petróleo ha estado tan cerca de poner a prueba tan al límite su capacidad de almacenamiento", señaló el organismo.

El principal depósito de petróleo en territorio estadounidense está en Cushing, una pequeña población de Oklahoma, al norte de Texas, que posee el mayor nudo de interconexión de oleoductos de Norteamérica. Su capacidad para almacenar crudo ya está ocupada en su mayor parte y no queda margen para el actual excedente de producción. Tampoco puede absorber una gran cantidad de crudo la reserva estratégica federal de Estados Unidos, la más grande del mundo, con una capacidad de almacenamiento de 713 milllones de barriles, pero que ya está ocupada al 89 %.

Por otra parte, el precio actual de petróleo se sitúa muy por debajo del costo de extracción con técnicas de fracking (fracturación hidráulica). Actualmente Estados Unidos produce mediante fracking entre 8 y 9 millones de barriles diarios, una cantidad equivalente a las exportaciones de Arabia Saudí. Los actuales precios no permiten mantener la producción sin sufrir cuantiosas pérdidas: en efecto, se considera que el umbral de rentabilidad solo se alcanza con un precio del barril superior a los 40 dólares. Sin tener en cuenta, por supuesto, los enormes daños medioambientales de la fracturación hidráulica, que consiste en extraer la materia orgánica de las rocas a través de procedimientos muy agresivos con la naturaleza. Estos costes medioambientales son imposibles de cuantificar porque en muchos casos son irreversibles.

El precio del petróleo en números rojos en Estados Unidos revela una situación extrema, pero la tendencia a la baja se extiende en estos días a todos los mercados internacionales. Es también muy marcada la caída del precio del barril de Brent, cotizado en Londres, que pierde un 70 % desde principios de año. Y si al comienzo del año 2020 el barril de petróleo OPEP se cotizaba por encima de los 65 dólares, el 17 de abril cotizaba a tan solo 18 dólares, una caída del 73 %. A fin de situar estos datos en un registro histórico se puede añadir que el petróleo OPEP, en lo que va de siglo, alcanzó su valor más bajo en abril de 2003 (25 dólares por barril) y el más alto, puramente especulativo, lo tuvo en 2008 (131 dólares), en plena resaca de la crisis financiera internacional.

A pesar de este curioso antecedente, el precio del petróleo suele caer sustancialmente cuando se producen fuertes recesiones de la economía mundial, con una acusada reducción de la demanda y tras las crisis financieras. Una estrategia recurrente de Estados Unidos y sus aliados para atenuar estas caídas y manipular el mercado es someter a boicot a determinados países productores para inhibir su capacidad exportadora de crudo. Esto se hizo con Iraq, antes de devastarlo en una guerra muy desigual, y después con Libia, y hoy se aplica la misma estrategia con Irán.(1) Aunque hay aquí un trasfondo ideológico y geopolítico, estas maniobras no solo benefician económicamente a Estados Unidos, sino también a terceros países aliados: cuando algunos de los mayores exportadores quedan fuera del mercado, como es el caso de Iraq o Irán, otros países no necesitan pactar recortes de producción para estabilizar los precios.

La situación actual es tan anómala que las consecuencias económicas pueden ser catastróficas para los países exportadores, como ya se observa en México. La agencia calificadora Moody's rebajó a nivel de bono basura la calificación de la deuda de la petrolera mexicana Pemex, la compañía petrolera más endeudada del mundo, con un pasivo superior a los 100.000 millones de dólares. Al perder el grado de inversión, muchos fondos saldrán del capital de la empresa y es previsible una caída estrepitosa de su valor. Y dada la centralidad de Pemex en la economía mexicana, tanto por la participación del sector público como por la importancia de las exportaciones de petróleo, el paso siguiente fue recortar la calificación de la deuda soberana de México.

 

Precios bajo cero, especulación y planes de rescate

 

La fecha del 20 de abril de 2020 se recordará en la historia económica. Ese día, el precio del petróleo se derrumbó por completo en Estados Unidos, alcanzando por primera vez un valor negativo. Al cierre de las cotizaciones, el West Texas para entrega inmediata se vendía a -37 dólares por barril, una cifra inimaginable. Esta caída vertiginosa del 300 % ofrece una imagen insólita y proyecta un escenario económico calamitoso. Se interpreta como síntoma de la parálisis de la economía mundial, ya que el petróleo se vincula a combustibles que ya nadie necesita, detenido el transporte y gran parte de la actividad económica.

La cotización del petróleo estadounidense en el mercado de futuros empezó a caer vertiginosamente durante la tarde, de 15 a 10 dólares, muy pronto a 5 y después a 0, hasta marcar valores negativos por primera vez en la historia, llegando incluso a un pico de -40 dólares por barril.

La especulación financiera en los mercados de futuros quedó así al desnudo: cuando vencían las opciones para entregas en mayo, el valor del petróleo ficticio, que se negocia a diario en los mercados de futuros, chocó con la fecha de entrega física del mismo, quedando de manifiesto la incapacidad del mercado de absorberlo. El valor ficticio se desmoronó rápidamente y los tenedores de barriles decidieron pagar para que alguien se llevase el excedente de producción que no podían colocar en el mercado. Este mecanismo tiene antecedentes en la industria del gas, controlada por las mismas compañías de hidrocarburos,  y se explica por la menor capacidad de la red de gasoductos para gestionar los excedentes de producción.

La debacle no afecta solo a Estados Unidos. El mismo fenómeno -aunque en menor escala- se replica en México, donde el valor del petróleo de Pemex cae también a un precio negativo de -2,37 dólares por barril. La demanda de petróleo mexicano se ha visto también muy mermada: las refinerías del país trabajan al 50 % de su capacidad, mientras que el 60 % del petróleo crudo que produce México tiene como destino la exportación, componente esencial de su comercio exterior.

El  problema de almacenamiento es mayor ahora en Estados Unidos, pero es muy probable su rápida generalización, y no se descarta que el petróleo Brent llegue también a cotizar en negativo. Es una situación inédita. Hoy deambulan por los mares del mundo decenas de superpetroleros abarrotados con más de 160 millones de barriles de crudo que no encuentran destino. Esta cantidad de petróleo "circulante" se duplicó en una semana. Los buques transportan su mercancía casi a la deriva, o permanecen amarrados en algún puerto, esperando que algún comprador se decida a recibirlo gratuitamente, incluso con los costes a cargo del proveedor. ¿Un mercado enloquecido?

No es para menos. La AIE prevé una reducción de la demanda mundial de 29 millones de barriles diarios durante el mes de abril, es decir, casi el 30 % del consumo habitual en todo el planeta, mientras las refinerías de medio mundo están paralizadas.

Es la primera vez que el precio del petróleo alcanza un valor negativo. También es la primera vez que se colma por completo la capacidad de almacenamiento de crudo en mar y tierra.

El precio del petróleo se establece en los mercados de futuros, que son por naturaleza especulativos. En general no hay un vínculo claro entre precio y demanda real de petróleo, este puede variar por incidencias geopolíticas, entre otros factores. La especulación consiste en la compraventa continua de millones de barriles diarios con el precio asignado para un determinado momento: mayo, junio, etc. Se especula con petróleo que mientras circula por los mares o incluso antes de ser extraído va cambiando permanentemente de valor. Ahora, con la interrupción real de la demanda, el mercado de futuros que emplea el petróleo como valor especulativo para ganar dinero a corto plazo se enfrenta, acaso por primera vez, a los límites físicos de la imposibilidad de atesorar este producto como mercancía a gran escala y su valor se derrumba.

La caída fulminante del precio del petróleo se vincula a una situación que, en la jerga de los analistas bursátiles, se denomina "contango", algo muy inusual, que ocurre cuando el precio de entrega inmediata de un bien es inferior al de negociación para su entrega futura. Este desfase promueve que quienes poseen opciones a corto plazo quieran pasarse inmediatamente a posiciones de más largo plazo, o bien busquen deshacerse cuanto antes de sus inversiones para evitar más pérdidas.

Es evidente que todo esto tendrá repercusiones negativas para la economía de los países petroleros y por supuesto de Estados Unidos. La situación de este país es paradójica, porque esto ocurre cuando empezaba a alardear de haber alcanzado el autoabastecimiento a través del fracking y de haberse convertido en el primer productor mundial. Pero en las últimas semanas algunas de las mayores multinacionales petroleras, como Exxon Mobil, recortaron sus presupuestos de exploración y producción para 2020 en cerca de una tercera parte, y muchas compañías de menor tamaño han cerrado la mayor parte de los pozos. La compañía Halliburton, contratista del Pentágono y la mayor empresa de servicios logísticos para multinacionales del petróleo, declaraba unas pérdidas durante el primer trimestre del año de 1.000 millones de dólares, frente a los beneficios de 152 millones durante el mismo período del año pasado.

Los recientes recortes de la producción en Canadá también afectan a compañías estadounidenses, como ConocoPhillips y otras. En los últimos días se cerraron varias instalaciones petrolíferas de arenas bituminosas, de las cuales se extrae el petróleo mediante sofisticados sistemas de presión a vapor, una maquinaria que a veces queda dañada de forma irreparable cuando deja de funcionar. El cierre empezó a materializarse cuando el precio del petróleo fue cayendo durante los últimos días, hasta llegar a 0 dólares por barril. Canadá ha dejado de extraer 300.000 bd de arenas bituminosas y podría dejar de producir hasta 1,5 mbd.

En este contexto, Donald Trump anuncia un plan de salvataje para la industria petrolera. Así lo expone en su cuenta de Twitter: "Nunca dejaremos caer a la gran industria del petróleo y gas de Estados Unidos. He dado instrucciones al  secretario de Energía y  al  secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro." En una medida sin precedentes, Trump ya había anunciado que el estado compraría 75 millones de barriles para almacenarlo en las reservas estratégicas: "será la primera vez en mucho tiempo que estarán llenas a rebozar", afirmó.

El presidente de Estados Unidos ya había anunciado que destinaría medio billón de dólares para el rescate de las compañías aéreas con dinero público, ¿por qué no iba a hacer algo parecido con las petroleras? Una inyección de dinero público les permitiría aligerar su abultada deuda, que por cierto es anterior a la crisis actual. Según datos publicados por nytimes.com (21/04/2020), la deuda de las compañías dedicadas a la producción de petróleo es de 86.000 millones de dólares, con vencimiento en los próximos cinco años, a la que se suma una deuda acumulada adicional de 123.000 millones de dólares de las compañías propietarias de oleoductos. Mientras tanto, como afirma el periódico neoyorquino, "los ejecutivos están trabajando desde casa, juntándose con sus colegas y equipos de dirección para decidir con qué rapidez van a detener la producción y despedir trabajadores".

Las compañías de menor tamaño están cerrando la mayor parte de los pozos, despidiendo a una parte de los empleados y aplicando recortes de sueldos entre el personal que sigue activo. Se estima que la industria del petróleo emplea directa o indirectamente a 10 millones de personas en Estados Unidos. No sólo es una actividad estratégica, su expansión de los últimos años la sitúa entre las más importantes del mercado laboral interno.

El lado más peligroso de esta situación es que despierta la tentación del presidente estadounidense de concretar su gran obsesión de atacar Irán antes del final de su mandato, una huida hacia adelante para ocultar su incapacidad de resolver la crisis sanitaria y la crisis económica. Bastó la amenaza de Trump de haber dado órdenes a la Marina de "derribar y destruir" las naves iraníes que puedan "hostigar" a la flota de guerra desplegada en el Golfo, para que el precio del petróleo remontase inmediatamente, en un mercado siempre reactivo a los tambores de guerra cuando estos suenan en esa región.

Desgraciadamente existe un vínculo macabro, histórico y reiterado en el tiempo, entre los intereses de las multinacionales petroleras y las expediciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio. Este vínculo va más allá de la entrega de las reservas conquistadas a compañías del país ocupante, algo que no siempre es factible por la inestabilidad política. Cualquier amenaza de conflicto bélico en el Golfo Pérsico, región por la que transita gran parte del petróleo que se intercambia en el mundo, es motivo suficiente para provocar el alza del precio del petróleo cuando este cayó por los suelos. Aunque semanas atrás Trump parecía obsesionado con encontrar la manera de invadir Venezuela, ahora ha vuelto la mirada a Irán, no porque tenga más o menos petróleo que su enemigo sudamericano. La ubicación estratégica de Irán permitiría a Estados Unidos desplegar su flota para interrumpir por completo el paso de buques por el estrecho de Ormuz.

Previamente a la guerra de Iraq de 2003, el precio del petróleo también cayó a mínimos, debido a una mayor oferta y a la reducción mundial de la demanda a causa de sucesivas crisis financieras y bursátiles. Con la guerra de George W. Bush las petroleras obtuvieron enormes beneficios, se diría que la guerra se hizo a la medida de ellas, aunque nunca acabaron de controlar después la situación sobre el terreno. Ahora el precio del petróleo alcanzó un nivel más bajo del que tuvo peviamente a esa guerra. Una amenaza de guerra con Irán, de ser creíble, podría activar un mecanismo de ilusionismo financiero a través del cual la caída del consumo mundial se supondría compensada por la interrupción del suministro desde el Golfo Pérsico a los países consumidores.

 

Combustibles fósiles, crisis sanitaria y cambio de modelo energético

 

Del actual colapso del sistema productivo estadounidense en el sector de hidrocarburos podría emerger un nuevo modelo energético, más ecológico y consensuado en el plano internacional, que dispute la viabilidad económica y  ambiental a las energías fósiles. Este desafío es tan necesario como exigente, porque pone en cuestión uno de los principales pilares del sistema de poder de Estados Unidos en el mundo: su hegemonía energética a través del control mundial del mercado de hidrocarburos.

El cambio de paradigma que implicaría abandonar los combustibles fósiles puede provocar un fuerte seísmo social en los territorios donde esta actividad implica el uso intensivo de mano de obra, como ha ocurrido en todos los países que redujeron sustancialmente la producción de carbón. De este modo, la búsqueda de eficiencia energética mediante el uso de energías renovables, sustitutivas de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, choca a menudo con los intereses de los trabajadores del sector, que además, en el caso del petróleo, suelen tener altos salarios, inexistentes en otras actividades.

Aparte de la crisis climática, el consumo de combustibles fósiles también representa un problema sanitario muy grave. Miles de personas mueren cada año en las grandes ciudades de enfermedades respiratorias o cardiovasculares producidas o agravadas por la contaminación. Además, ahora surgen evidencias científicas de que la polución por dióxido de nitrógeno (NO2) causada por los motores diésel y la emisión de micropartículas (PM 2,5) se relaciona con una mayor letalidad en los enfermos de covid19. Se trata de dos estudios simultáneos, anticipados por eldiario.es, que se realizaron en la Comunidad de Madrid y en Lombardía, en áreas urbanas muy contaminadas. Los investigadores de la Universidad Martin Luther King (Alemania) concluyeron que la exposición a largo plazo al dióxido de nitrógeno "puede ser uno de los factores más importantes que contribuyan a la mortalidad" por coronavirus. El otro estudio, de la Escuela de Salud Pública de Harvard (Estados Unidos), revela que "un pequeño incremento en la exposición prolongada a las micropartículas PM 2,5 lleva a un gran aumento en la tasa de mortalidad por covid19 en el pais". Resumidamente, la contaminación actual en las grandes ciudades debilita al organismo para poder resistir ante una pandemia como la que ahora enfrentamos.

Como una posible salida de esta doble crisis de salud y ecológica, muchas ciudades ya se plantean profundas transformaciones del uso del espacio urbano y las formas de movilidad. Recuperar espacio para el tránsito de personas, en momentos de distanciamiento social "desescalado", así como potenciar el uso de bicicletas son las respuestas limpias a la crisis actual. Pero también podría darse una mayor incidencia del uso de automóviles particulares, como aconsejan autoridades españolas para evitar contagios en el trasporte público. Habrá que buscar un nuevo equilibrio entre las distintas formas de transporte, en el que siempre prime recuperar la calidad del aire que respiramos.

En pleno confinamiento la solución de este problema no requiere casi ningún esfuerzo. Las mediciones de NO2 realizadas por la Agencia Espacial Europea (AEE) entre mediados de marzo y mediados de abril muestran un descenso de la polución por dióxido de nitrógeno del 50 % respecto al mismo período del año anterior. Este registro equivale a la media de las principales capitales europeas.

Las ciudades tendrán un papel importante en el nuevo modelo de consumo y producción que se instale en un horizonte postpandemia o de convivencia prolongada con la enfermedad. Un primer ejemplo es Milán, que acaba de anunciar un plan para reducir el tráfico y abrir más de 35 kilómetros de calles para las bicicletas y  los peatones cuando acabe el confinamiento. Muchas otras ciudades van por la misma senda, repensando un nuevo modelo urbano que permita circular en tiempos de relativo aislamiento social.

Todo esto es una pésima noticia para la industria del petróleo y sus derivados, pero una excelente idea si queremos mejorar nuestra calidad de vida y salvar el planeta del calentamiento y la devastación medioambiental. Hay muchísimos intereses y resistencias del establishment energético que hoy controla el abastecimiento de combustibles, que defenderá con uñas y dientes su posición hegemónica en el sector y el modelo extractivo que está en la base de sus ganancias.

Las resistencias provendrán también de los países que han basado hasta ahora gran parte de su crecimiento en el extractivismo, bien sea de petróleo y gas, bien sea de minerales como el oro y el cobre, o incluso el litio. Muchos países del sur también deberán aprovechar esta impasse económica y social para repensar e impulsar sus capacidades de desarrollo endógeno y sostenible.

Las entidades agrupadas en Alianza por el Clima, que actúan coordinadamente con Fridays for Future, han convocado a una jornada de Acción Global por el Clima el 24 de abril, con motivo del día de la Tierra (22 de abril). En el manifiesto de la convocatoria sostienen que la detención del cambio climático requiere, entre otras medidas no menos importantes, acelerar "la transición energética desde los combustibles fósiles hacia un modelo 100 % renovable, sin emisiones contaminantes, justo y eficiente, apostando decididamente por el autoconsumo y la energía distribuida y pasando por sistemas tarifarios justos".

La emergencia climática que atraviesa la humanidad requiere un profundo cambio de mentalidad. Por supuesto de los ciudadanos, como consumidores de productos energéticos; pero más aún en la planificación política y en la asignación de recursos a las distintas fuentes de energía, y ello bajo una fuerte presión social. Solo así se podría alcanzar la "reducción drástica de las emisiones netas de gases de efecto invernadero" que exige la Alianza por el Clima como condición indispensable para la supervivencia de la vida humana en la Tierra.

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Colas para recibir comida en Santa Ana (California). (FOTO: EFE | VIDEO: REUTERS)

 La economía retrocede un 1,2% durante el primer trimestre, lastrada por los albores del coronavirus, tras más de una década de expansión

 

El periodo de crecimiento más largo de la historia estadounidense acaba de terminar oficialmente. La economía retrocedió un 1,2% durante el primer trimestre ―equivalente a una caída del 4,8% en tasa trimestral anualizada―, lastrada por los albores del coronavirus, según las cifras hechas públicas este miércoles por el Departamento de Comercio, y que marcan el punto de inflexión entre dos ciclos que parecen dos eras. A mediados de marzo, la NBA canceló su liga, los teatros de Broadway cerraron, las grandes factorías de Michigan se detuvieron. La primera potencia mundial inició un apagón autoimpuesto en medio mundo para frenar la escalada de contagios. El declive recién conocido es más profundo de lo que se preveía, pero se antoja anecdótico en comparación con lo que se espera de abril a junio, un trimestre que sí habrá registrado el impacto de tamaña hibernación: las tasas de derrumbe pronosticadas oscilan entre el 30%, el 40% y hasta el 60% en cifras anualizadas.

Estados Unidos no sufre una debacle semejante desde la Gran Depresión y el temor a una repetición de ese trauma económico no deja de ganar argumentos. Desde que estalló la crisis de la covid-19, más de 26 millones de estadounidenses han solicitado las ayudas por desempleo, un volumen que no se anotaba desde que empezaron los registros (en los años 40) y que equivale a uno de cada seis trabajadores por cuenta ajena. Este jueves, cuando se conozca el nuevo dato semanal, la ratio puede llegar a uno de cada cinco. Así, el país que en febrero vivía una situación de casi pleno empleo (3,5% de paro) puede darse de bruces con un 20%. En 1933, el peor punto de la depresión, llegó al 25%.

Atrás queda una década prodigiosa, algo más que eso. La expansión económica en EE UU batió el pasado mes de julio el anterior récord de 120 meses seguidos de crecimiento, que fue la bonanza previa a la crisis de las puntocom en 2001, durante la presidencia de Bill Clinton.

La recuperación tras la Gran Recesión fue lenta y desigual: a las familias les llevó casi 10 años recuperar su nivel de ingresos previos al crash. Ahora, en apenas seis semanas, se han perdido todos los empleos creados desde entonces y la mirada al futuro inmediato da vértigo. El precio del barril de petróleo West Texas, la referencia en el país, cayó de tal manera la semana pasada que el vendedor llegó a pagar por deshacerse de él.

Con la economía patas arriba, familias enteras sin trabajo y filas interminables de coches aguardando a recibir comida de la caridad, varios Estados, como Georgia, Texas o Carolina del Sur, han empezado ya a reactivar la vida pese a las llamadas a la prudencia de los expertos médicos. El conjunto del país acaba de superar el millón de contagiados, casi una tercera parte de todos los confirmados en el mundo, y más de 57.000 fallecidos (aunque con 330 millones de habitantes, la ratio de mortalidad por esta pandemia es muy inferior a la de países como España). Y, pese a que en territorios clave como Nueva York, epicentro del problema, el ritmo de hospitalizaciones ha bajado, el volumen de contagios está repuntando en zonas rurales.

El cálculo de cuánto conviene desescalar las restricciones, de cuánto más parón económico puede soportar el país resulta complicado en todas partes. Washington ha inyectado ya tres billones de dólares en ayudas y estímulos para salvar la economía, pero el confinamiento ha causado estragos.

A mediados de marzo, cuando empezó a derrumbarse todo, en la cadena pública PBS preguntaron a Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI y profesor en Harvard, con qué se podía comparar lo que está ocurriendo, y consideró que lo más parecido era “una invasión alienígena”. “No se puede comparar ni siquiera con la gripe española de 1918, porque aquello fue después de la Primera Guerra Mundial y las cosas ya estaban mal. Aquí nos están invadiendo los aliens, nos dicen que nos metamos en casa y no salgamos, y en el corto plazo vamos a experimentar una recesión tan brusca como solo se ha visto en la Segunda Guerra Mundial”, dijo.

Por Amanda Mars

Washington - 29 abr 2020 - 08:14 COT

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Una calle peatonal de São Paulo, el pasado viernes.Fernando Bizerra Jr. / EFE

En el escenario más benigno la crisis sanitaria provocará un retroceso del PIB del 6,6% este año, mientras que en el más adverso el cataclismo rozaría el 12%. La caída será superior a la media mundial, según el Banco de España

 

Ser uno de los continentes menos afectados por el coronavirus en términos relativos no significa que el impacto de la crisis económica desatada por la pandemia no vaya a ser grueso, incluso más de lo que se preveía hasta ahora. América Latina, de Tijuana a Ushuaia, se expone a una caída de renta acumulada de entre el 11% (en un escenario “acotado”, con confinamientos de ocho semanas y recuperación más o menos rápida de la demanda interna) y el 22% (en uno de “confinamiento prolongado”, en el entorno de las 12 semanas, y mayor tensión de las condiciones financieras) entre este año y el próximo, según una simulación del Banco de España a partir de datos propios, el FMI, Consensus Forecasts y Thomson Reuters. Las cifras, no obstante, están notablemente por encima de lo proyectado hasta ahora por organismos como el propio Fondo Monetario o el Banco Mundial y tienen como punto de partida el crecimiento del PIB previsto para la región antes de que la pandemia redefiniese el concepto “normalidad”, tanto en lo humano como en lo económico.

El subcontinente cerrará 2020, que va camino de ser el peor año para la economía mundial en casi un siglo, con un retroceso del PIB de entre el 6,5% y el 11,5%, el mayor desde que hay registros y que hace palidecer el 5,2% que proyectaba el FMI hace solo dos semanas y el 4,6% del Banco Mundial. Esos números ya son papel mojado, con un retroceso mayor que el esperado para la economía mundial “en parte porque la proyección de crecimiento antes de la pandemia era inferior en las economías latinoamericanas y, en parte, porque el canal de la contracción de la demanda interna —el más significativo— es más pronunciado en estas economías, al estar más cerradas a los intercambios de bienes y servicios que la media mundial”. Lo que no cambia es la fecha orientativa en la que se empezará a ver la luz al final de un túnel que no estaba en ninguna hoja de ruta: en “ausencia de nuevos brotes de la epidemia más adelante", la economía global (y, con ella, la latinoamericana) empezarán a recuperarse a partir de la segunda mitad de este año.

Todavía en fase de contención sanitaria, con confinamientos más o menos estrictos pero activos en prácticamente todos los países de la región, “el alcance de la disrupción resulta todavía muy incierto”, apostillan los técnicos del Banco de España. Pero ya se empiezan a atisbar algunas trazas que acompañarán a América Latina (y al mundo) en los próximos meses: menor comercio internacional, con las materias primas, de las que tanto depende América del Sur, en el ojo del huracán; flujos turísticos claramente a la baja; tiranteces en unos mercados financieros sometidos a una presión inédita desde la Gran Recesión de una década atrás; contracción abrupta de la demanda interna, “que se está reflejando en un menor consumo de los hogares y en un retroceso de la inversión empresarial”; y efectos negativos sobre la oferta por la interrupción forzada de la producción en varios sectores. “Además, la incertidumbre sobre las perspectivas puede reducir el consumo y la inversión más allá del horizonte más inmediato, abocando a la destrucción de empresas y de puestos de trabajo, a un aumento de los impagos y al endurecimiento de las condiciones de financiación de algunos agentes, lo que puede retroalimentar un círculo vicioso y elevar la persistencia de la crisis”.

El coronavirus supone un choque múltiple para la región: todos los sectores se ven, en mayor o menor grado, afectados. Con un grado de apertura económica (exportaciones) menor que otras regiones, los países latinoamericanos están, por lo general, menos expuestos a las vicisitudes del exterior. Sin embargo, el grado de enganche de las economías que sí son muy dependientes de otros países (México de Estados Unidos; Chile, Perú y Brasil de China) es enorme, con encadenamientos productivos que se complican en tiempos como estos, en los que muchas cadenas de valor han saltado por los aires. A eso hay que sumar la evolución negativa de las materias primas —entre ellas el petróleo, sí, pero no solo—, de las que América Latina es exportador neto y cuyo precio ha caído drásticamente desde la irrupción de la pandemia partiendo de niveles ya de por sí menores a la media histórica, según los datos recopilados por el Banco de España. Y del turismo, un área de actividad sobre la que el coronavirus ha supuesto un misil sobre su línea de flotación y que tiene una importancia relativa sobre el PIB notablemente superior que en el resto de emergentes.

El punto de partida también pesa. “América Latina parte de una situación más delicada que el resto de las economías emergentes y avanzadas para enfrentarse a la pandemia”, subrayan los técnicos del Banco de España, que recuerdan que ya en la segunda mitad de 2019, en la que dos de las tres grandes potencias del área —México y Argentina— ya habían entrado en números rojos, “el crecimiento de la región continuó siendo muy débil como consecuencia del bajo dinamismo de la demanda interna”. Latinoamérica ya era, desde mucho antes de la crisis sanitaria, una isla de bajo crecimiento en un mar emergente que también empezaba a dar señales de agotamiento.

Por Ignacio Fariza

Madrid - 29 abr 2020 - 05:32 COT

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Las señales de gran recesión se acentúan mientras se desvanece una recuperación rápida

Bruscas caídas de demanda, inversión y comercio en EEUU, de producción industrial en Alemania o de servicios en Brasil anticipan negros augurios: la esperada y vigorosa recuperación en 'V', que predijo el mercado hasta hace unas fechas, parece una entelequia.

 La radiografía de la economía global empieza a ser alarmante. O, lo que resulta peor aún, de una dimensión histórica. Nunca vista en el periodo reciente. Con la única excepción, quizás, del crash de 1929. Ni siquiera el credit crunch de 2008, surgida oficialmente desde la quiebra de Lehman Brothers, pero anticipada por un largo año de intensa volatilidad en los mercados por el estallido del mercado inmobiliario estadounidense y sus hipotecas subprime, emitió tantas señales de la virulencia que está manifestando el mayor confinamiento social del planeta.

El covid-19 está ya sacando a relucir por todas las latitudes del planeta indicios de números rojos. De una economía desbordada. Un apagón de actividad sin parangón. Una "bad recession", que supera con creces a la crisis de hace un decenio, como admitía estos días Jamie Dimon, el consejero delegado del banco estadounidense JP Morgan, pese a que contenga, admitió, "alguno de sus riesgos financieros" y llevará también a la banca global a "descensos substanciales de beneficios e ingresos"; incluida su entidad, de la que avanzó que "recortará dividendos" este ejercicio.

En línea con el crudo diagnóstico del FMI. El mundo "se enfrenta a una crisis como ninguna otra", acaba de avanzar Kristalina Georgieva. A una recesión sin parangón desde la Gran Depresión del 29. A un deterioro fulminante que ha alterado (según enfatiza Georgieva en el tradicional discurso Curtain Raiser con el que los máximos dirigentes del Fondo Monetario dan el pistoletazo de salida a sus cumbres semestrales, en Washington), "el orden económico y social a la velocidad de la luz".

La jefa del FMI anticipó un dato esencial que revela la celeridad de los acontecimientos. En unos meses, el Fondo ha pasado de calcular un repunte de la renta per cápita en 160 de sus 189 estados miembros este ejercicio a revertir este horizonte cercano; ahora, piensa en retrocesos de los ingresos personales en 170 países.

La celeridad con la que los números rojos se propagan por el mundo empieza a ser compilada por los registros del mercado, centros de investigación y las instituciones oficiales pertinentes. Y revelan el cráter del comercio, la tensa rienda que sujeta la inversión, la depresión consumista y el desbordamiento del desempleo. Un círculo vicioso del que escapan pocas industrias.

Desde la firma IHS Markit, dedicada a proporcionar información sensible a los mercados, se muestran varias evidencias del calibre que está tomando la contracción. Cada vez más global. Al margen de la expansión y gravedad de la pandemia sanitaria del covid-19. Lo que hace menos probable la teoría que defiende con entusiasmo bancos de inversión como Goldman Sachs, que aprecian un "fuerte rebote" de las bolsas en cuanto la contracción toque fondo.

Marzo, certifican los analistas de IHS Markit, ha marcado el inicio de la recesión. Como lo admite uno de los primeros vestigios oficiales, el del Banco de Francia, que anticipa un receso del PIB galo ya en el primer trimestre del año, del 6%. El mayor descenso desde la II Guerra Mundial, y siete décimas más intenso que el registrado en las revueltas sociales de mayo de 1968. Impacto directo del covid-19 en una nación que todavía no ha llegado al cenit de contagios ni de fallecimientos diarios. Con lo que la cifra de dobles dígitos parece asegurada en el trimestre en vigor.

En paralelo, los cinco mayores institutos de investigación económica alemanes (IFO de Munich, DIW de Berlín, IfW de Kiel, IWH de Halle y RWI de Essen) coinciden, en un diagnóstico conjunto, en que la contracción de la gran locomotora europea se aproximará al 10% (en concreto, el 9,8%) entre abril y junio. Después de una caída algo más leve en el primer tramo del año y de dos amenazas latentes de una recesión técnica entre verano de 2018 y otoño de 2019, cuando sus tasas de producción manufacturera e industrial tocaron fondo por las guerras comerciales desatadas desde la Casa Blanca y el alto riesgo de un Brexit duro. El receso anual, en todo 2020, será del 4,2%, auguran los think-tanks alemanes

Y, según el gobernador de Francia, François Villeroy de Galhau, quien recuerda que la última previsión previa a la llegada del covid-19 a su país, era de apenas una décima de crecimiento entre enero y marzo. De Galhau optó por no dar previsiones sobre el conjunto del ejercicio, si bien apostó por un fuerte repunte, del 8%, en el tercer trimestre del año, que no impedirá, sin embargo, los números rojos en Francia en 2020. El próximo ejercicio "debería ser positivo " y ayudar a empresarios y empleados a sentar las condiciones para asentar un ciclo de negocios sólido y sostenible, desde "el mismo momento en que se logre contener la pandemia sanitaria".

Evidencias del deterioro mundial

La visibilidad del parón, explican desde la sala de máquinas de HIS Markit, no sólo se aprecia en los cielos vacíos que han dejado las aerolíneas, cuyas flotas de aviones experimentan desde los primeros días de marzo una cuarentena similar a la que soporta ya más de la tercera parte de la humanidad.

En el plano comercial, el volumen de exportaciones americanas por vía marítima se detuvo bruscamente "en las dos primeras semanas del mes pasado". Hasta situar la salida de los cargueros mercantes muy por debajo de la mitad de los registros del mismo periodo del ejercicio precedente. El amarre de barcos de transporte de mercancías ha perjudicado directamente las ventas de automóviles, ya de por sí asoladas por descensos de demanda, debido a los retrasos en las decisiones de compra de potenciales usuarios, que han adoptado una tendencia de wait and see, con la convicción de que, en el futuro a corto o medio plazo, los precios de los coches serán más competitivos.

El cargo marítimo retrocedió un 19% en la primera quincena de marzo en los puertos estadounidenses, cuando la economía estaba aún lejos la firma del programa de estímulo de 2 billones de dólares, suscrito por el presidente Donald Trump a finales de ese mes. Y ya en esas fechas se dejaba sentir la debilidad del mercado laboral en la primera economía global que, entre la última semana de marzo y la primera de abril forzó a casi 10 millones de trabajadores a solicitar coberturas por desempleo. El mes pasado también extendió la parálisis de productores y familias, lo que ha retraído las inversiones empresariales y los ingresos de los hogares.

En Alemania, las matriculaciones de coches retrocedieron en marzo un 38% en comparación al mismo mes del año anterior, pese a que es un periodo mensual considerado de temporada alta para la venta de vehículos en el mercado germano. En Reino Unido, la caída fue del 44.

Un segmento industrial, el de automoción, que está bloqueado en las tres mayores economías árabes (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Qatar), al igual que el de servicios en mercados como el de Brasil, donde su indicador productivo está en el nivel más bajo desde 2016, el último receso del mayor PIB latinoamericano. En Australia, que ha entrado en números rojos por primera vez en tres décadas, los anuncios de búsqueda de empleo aumentaron los últimos días de marzo; un fenómeno que no se contemplaba desde 2009.

La zona del euro, explican en IHS Markit, a partir de una amalgama de indicadores económicos procedentes de potencias industrializadas y mercados emergentes que recoge Bloomberg, cree que la contracción en la Eurozona será de dobles dígitos. Y podría prolongarse más allá del momento en el que puedan declarar controlada la pandemia sanitaria del covid-19. Con índices de creación de empresas, de confianza empresarial y de empleo en caídas libres que "hacen que sea inevitable y muy sombrío el futuro inmediato" del club monetario europeo. Su coyuntura refleja descensos productivos en el sector manufacturero, en fase recesiva profunda, elevadas escaladas de los subsidios por desempleo y miles de compañías recortando horas de trabajo por todas sus latitudes.

El Índice de Gestores de Compras de Markit cayó en la zona del euro al nivel 29,7 en marzo, desde el 51,6 de febrero, un barómetro que certifica contracciones por debajo de la cota de los 50 puntos. Con casi todos los países de la muestra en registró históricamente bajos. En su rúbrica de servicios, que incluye hoteles y restaurantes, el retroceso es todavía más pronunciado, hasta el 26,4 que, en el caso de Italia, se hunde hasta el 17,4, lo que da una señal inequívoca del impacto que el covid-19 ha tenido en esta área productiva y del negocio del ocio en general. Debido, esencialmente, al confinamiento de las sociedades civiles.

"Ningún país está ahora en disposición de poder escapar de una recesión severa", dice Chris Williamson, analista jefe de IHS Markit. "Aunque es especialmente profunda en Italia y su sector servicios, donde las estrictas normas de aislamiento prevalecen desde hace más tiempo sin que se atisbe todavía el momento de su levantamiento oficial".

Distorsiones comerciales e inversoras

"El sistema al completo está significativamente dañado y las distintas cadenas de suministro de las empresas y de sectores enteros de actividad tienen muchas fugas de agua". Así describe el escenario a comienzos de abril el director general de la Oorganización Mundial del Comercio (OMC), el brasileño Roberto Azevedo, para quien el panorama es "más desolador" que en la crisis de 2008-2009. Y, aunque la organización que dirige, la máxima autoridad del comercio global, sigue calculando los efectos del coronavirus en la actividad internacional,  "desvelarán caídas más significativas" que en el tsunami financiero de hace un decenio, en la que cifró el descenso del comercio en un 12,6% y la recesión mundial en un 2%.

Los cálculos de Bloomberg Economics, que rastrea la actividad global, revela una caída de medio punto del PIB internacional en marzo, cuatro décimas más intensa que el 0,1% que se registró en febrero, por lo que la contracción pudo haberse iniciado, incluso, en el segundo mes de 2020.

Aunque las dudas persisten. Entre otras razones, porque ni siquiera el sector privado es capaz de calibrar las repercusiones del covid-19. El gigante aéreo Airbus, en Europa, o FedEx, la compañía logística estadounidense, no son capaces todavía de evaluar los daños sobre sus ingresos o sus activos, un síntoma que demuestra la suma incertidumbre en las multinacionales, pero que revela la aún más acuciante tensión en las pymes, en los centros empresariales locales y el las economías en desarrollo. Y que hace más urgente el despliegue de ayudas a autónomos, familias y pequeñas firmas.

Airbus acaba de enviar una carta a sus 1350.000 trabajadores en la que admite no saber en qué momento será factible la vuelta a la normalidad operativa ante las dudas que subyacen entre las aerolíneas sobre el momento de volver a surcar los cielos.

FedEx reconoce, por su parte, la extensión del periodo adverso en las cadenas de valor de las empresas de todo el mundo, que "repercute directamente en nuestras líneas de negocio". Las ventas en el exterior suponen más de la mitad de los ingresos de FedEx, que tenía una plantilla de 177.000 trabajadores al término de 2019.

La triple recesión: China, Europa y EEUU

Las tres áreas de mayor dinamismo mundial (la primera economía, EEUU, la segunda, Europa, y la tercera, China) ya han entrado en recesión. El gigante asiático, que ha dirigido las caídas de actividad, pese a mantener su tasa de crecimiento, en el último tramo de 2019, en torno al 5% de crecimiento, parece haber certificado su primera contracción entre enero y marzo de este año. Sería el primer registro negativo desde la muerte de Mao Zedong, en 1976.

Aunque desde servicios de estudios como el de Bank of America Merrill Lynch (BoAML) esperan que la profunda recesión por la que todavía atraviesa no impida que su PIB crezca un 1,2% en el conjunto de este ejercicio, cota que supone tres décimas menos que su anterior previsión, de hace dos semanas. En opinión de sus estrategas, en el tercer y, sobre todo, cuarto trimestre, de mantenerse la tendencia hacia la recuperación de la crisis sanitaria, "se fortalecerá la débil confianza" empresarial, al calor del incremento de los pedidos procedentes del exterior. El punto de inflexión se producirá "hacia el ecuador o finales de este mes de abril", una vez se superen la titubeante confianza empresarial.

Los pronósticos, en constante revisión a la baja, de BoAML tampoco son positivos sobre EEUU. Su última predicción habla de una significativa contracción, que ahora sitúa "en tres trimestres", lo que conduciría a una recesión técnica (dos o más periodos trimestrales consecutivos de receso en el PIB) de doble dígito, con una acumulación negativa del 10,4%. Con caída del 7% entre enero y marzo; del 30% entre abril y mayo y del 1% entre junio y agosto que traerán consigo "pérdidas de entre 16 y 20 millones de puestos de trabajo", hasta situar la tasa de desempleo en el 15,6%.

La destrucción de empleo afecta a cientos de miles de compañías en cada uno de los cuatro PIB de mayor dimensión del euro. Sobre España, Axel Botte, de Ostrum AM, filial de Natixis, afirma que "va a hacer frente a un gran revés" porque, según los datos de confianza "el impacto será especialmente relevante en el sector servicios y algo más suave en el manufacturero". En su opinión, "los diferenciales soberanos siguen siendo volátiles" y enfatiza que "los bonos de 10 años de España cotizan ahora claramente a más de 100 puntos básicos" frente al bund alemán.

El analista de Ostrum AM comparte la visión del gobernador galo e IHS Markit sobre la recesión en Europa y en todo el planeta. Aunque, explica, "las condiciones de liquidez están mejorando lentamente por las medidas de apoyo del BCE y la Fed" a ambos lados del Atlántico, con subidas potencialmente limitadas del crudo tras el pacto de recortes productivos entre Rusia y Arabia Saudí (con la mediación de EEUU que ha dejado de ser de nuevo, por decisión arbitraria de la Casa Blanca, exportador neto de crudo en el mercado), "debido al colapso tanto del crecimiento como de la demanda energética en todo el mundo".

En cualquier caso, explica, "los temores a una segunda oleada de epidemias permanecerán en el ambiente económico al menos hasta que se contenga el brote hasta una cota suficiente para dejar de considerar el covid-19 como una emergencia global que precisa cuarentenas rigurosas" y, con ellos, la posibilidad de que "se deban aplicar nuevas medidas, incluso después de haber superado el pico de contagios".

A su juicio, "la recuperación de la actividad será más gradual de lo previsto"; es decir, "se escalonará por países, regiones e industrias", por lo que la volatilidad en los mercados persistirá "hasta que el despegue del PIB global emita señales más claras de su intensidad".

Botte apuesta por una reactivación en forma de U, "con una subida gradual, nunca vertical". E interrogantes sobre si la forma final no conllevará un periodo más extenso de evolución en L. El mercado, en cualquier caso, parece haber enterrado su teoría de un despegue en V, súbito y poderoso, como creía a lo largo del oscuro mes de marzo.

12/04/2020 23:18

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Cadena de producción de guantes de vinilo desechables en una fábrica en China.WAN SC / Barcroft Media via Getty Images

La crisis por la Covid-19 augura nuevas reglas en las relaciones comerciales, los hábitos de consumo y en el peso del Estado frente al mercado

El ser humano y los pueblos están atravesados por cicatrices y memoria. Ambos construyen lo que serán y lo que fueron. La hiperinflación de la República de Weimar aún pesa en las políticas alemanas y su austeridad; la Gran Depresión dejó en los estadounidenses un sentido de “no malgastar” (waste not, want not); y la crisis de 2008 y su legado de precariedad e inequidad todavía empobrecen la vida de millones de personas en muchas democracias occidentales. Pero todo desastre es diferente. El crash de 1929 y la II Guerra Mundial definieron las bases del moderno Estado de bienestar, y la epidemia de gripe de 1918 ayudó a crear los sistemas nacionales de salud en muchos países europeos.

Por eso, cada shock económico deja una herencia de recuerdos y heridas. También de cambios. Resulta imposible pensar que esta inimaginable experiencia de mascarillas, distancia social, pérdidas humanas y cancelación de la vida no traerá consecuencias después de que termine la pandemia. Es pronto para saber exactamente cuáles. Cuanto más dure la crisis, mayor será el daño económico y social. Los analistas pueden tardar años e incluso décadas en explicar todas las implicaciones de lo que se vive estos días. Lo paradójico, o no, es que este virus explota las características de la vida que nosotros mismos nos hemos dado. Sobrepoblación, turismo masivo, urbes inmensas, viajes aéreos constantes, cadenas de suministros a miles de kilómetros y una extrema desigualdad en el reparto de la riqueza y en los sistemas de salud públicos.

Todo esto ha dejado expuesta la fragilidad del hombre. Esta ha sido la auténtica placa de Petri de la Covid-19. ¿Qué vendrá cuando pase? “La epidemia aporta una mentalidad de tiempos de guerra, pero una mentalidad que une a todo el planeta en el mismo lado. Los años de guerra son periodos de una gran cohesión interior de los países y de la preocupación por los otros”, reflexiona Robert J. Shiller, premio Nobel de Economía en 2013. Y añade. “Un efecto a largo plazo de esta experiencia podrían ser unas instituciones económicas y políticas más redistributivas: de los ricos hacia los pobres, y con mayor preocupación por los marginados sociales y los ancianos”.

Es una esperanza. Desde luego, la crisis actual no es tan catastrófica como una guerra mundial o la devastación que vivieron nuestros abuelos en la contienda civil, pero sus efectos económicos serán enormes. Carecen de precedentes en tiempos de paz. El suceso más parecido con el que podemos compararla, elcrash financiero de 2008, gestó un cambio intenso en la economía del planeta. Se pasó de un crecimiento relativamente alto y una moderada inflación a otro anémico y con deflación. Pero el mundo nunca más volvió a ser igual al que había sido antes de ese año. “El coronavirus va a provocar una recesión muy superior a la de 2008-2009, ya que la deuda actual de Grecia es del 175,2% de su PIB, y en niveles igual de altos, que rondan el 100% del PIB, andan Italia, Francia y España”, advierte el economista Guillermo de la Dehesa.

Plazos

Desde luego, generará dolor durante bastante tiempo. “Probablemente la mayoría de las economías tardarán entre dos y tres años en regresar a los niveles de producción que tenían antes de la epidemia”, apunta la consultora IHS Markit. Aunque hay otros números más trascendentes. El epidemiólogo de la Universidad de Harvard, Marc Lipsitch, contó en The Wall Street Journal que prevé el contagio de entre el 40% y el 70% de la población adulta en un año.

La verdad económica se rige bajo sus propias leyes de la atracción. Llegan cambios. Las grandes empresas tendrán que repensar dónde y cómo producen. Muchas moléculas se fabrican en China, se refinan en la India y, tras un largo viaje, terminan en las farmacias u hospitales europeos. “Una vez que pase la crisis se vivirá una reindustrialización de Europa y Estados Unidos, debido a los problemas en las cadenas de suministro que están sufriendo en estos momentos muchas compañías”, vaticina César Sánchez-Grande, director de análisis y estrategia de Ahorro Corporación Financiera.

Las empresas se han dado cuenta del peligro que tiene sumar dependencia y lejanía. Pero es cierto que las cadenas de producción nacionales también se paralizan en caso de una pandemia. Da igual. A través del planeta circula una corriente de desenganche. “Incluso antes de la crisis muchas multinacionales con sede en Estados Unidos ya estaban reconsiderando su dependencia de China. Primero por los costes, pero además por la guerra comercial y los aranceles”, relata Karen Harris, directora general de la consultora Bain & Company’s. No es que la globalización se revierta. “Es una realidad que no tiene marcha atrás”, asegura José María Carulla, director del servicio de estudios de la consultora de riesgos Marsh. Pero se fractura. ¿También el capitalismo? Porque su esencia es el movimiento constante de personas y mercancías. Las bases, por cierto, de toda pandemia. ¿Y cómo responderá una generación, sobre todo joven, cuya única vivencia del capitalismo es una crisis? ¿Saldrá a las calles?

Aún es pronto para saberlo. Sin embargo, los paralelos y los meridianos del mundo parece que formarán una trama más fina y menos resistente. La conjunción del Brexit, la epidemia y la guerra comercial entre China y Estados Unidos presagian años complicados para la aldea global. “El bienestar mundial será mucho mayor si los países optan por la cooperación, la ayuda y la solidaridad en momentos de crisis, y por compartir información y avances científicos en lugar de hacerlo por la autarquía o la confrontación”, observa Rafael Doménech, responsable de análisis económico de BBVA Research.

Elecciones en EE UU

Uno de los grandes cambios puede llegar en noviembre de la Casa Blanca. Las crisis no reeligen a los presidentes. Ford perdió contra Carter después de la crisis del petróleo de 1973, Carter perdió contra Reagan en la segunda crisis del crudo de 1979 y Bush perdió frente Clinton tras la invasión de Kuwait. Lo recordaba estos días el economista Nouriel Roubini —­quien predijo el crash de 2008— en la revista Der Spiegel. Estas cicatrices y esta memoria dejan la sensación de que Estados Unidos ya no será el líder del mundo. “Por primera vez en su historia, la primera potencia del planeta ha renunciado a encabezar la lucha sanitaria y económica mientras China responde con una campaña muy agresiva para mejorar su imagen pública”, comenta Federico Steinberg, analista principal del Real Instituto Elcano.

¿Dónde está la fortaleza de las barras y el brillo de las estrellas? “Washington ha fallado el test del liderazgo y el mundo está peor por ello”, se lamenta en Foreing Policy Kori Schake, directora de estudios de política exterior y defensa del American Enterprise Institute. Pero Europa tampoco resulta inmune a esa atracción del egoísmo. La Unión debe proteger a sus 500 millones de habitantes o muchos Gobiernos podrían exigir el retorno de ciertos poderes. Es imposible descartar, lo hemos visto, que los meses venideros traigan un masivo rechazo político. “Dependerá”, puntualiza Kathryn Judge, profesora en la Escuela de Leyes de la Universidad de Columbia, “de hasta qué punto el precio es alto en términos de sufrimiento humano, vidas perdidas y el inevitable destrozo económico [el centro de estudios Brookings Institution habla de un coste global de 2,3 billones de dólares] que llegará. Porque el auge del populismo que barrió el planeta después de 2008 revela de qué manera tan profunda la indignación pública puede cambiar el mundo”.

La historia advierte de que los desastres incendian la xenofobia y el racismo. Y cada vez resulta más común encontrar avisos de esa fractura. Incluso en el Viejo Continente ya prospera el relato del “norte industrioso” y el “sur vago”. Especialmente por la dificultad que muestra Europa para organizar una respuesta coordinada. “La pandemia está evidenciando, una vez más, la disfunción del euro, que coloca a los países miembros en una camisa de fuerza macroeconómica. A menos que la Unión Europea pueda reunir la voluntad de convertirse en una verdadera unión fiscal y política, la zona euro comenzará a separarse”, predice Paul Sheard, experto principal del Centro de Negocios y Gobierno Mossavar-Rahmani en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard.

Sistemas de salud

Proliferan estas semanas infinidad de intérpretes de la tragedia, adivinadores del drama, quiromantes del descontento e incluso quien también, como el político demócrata estadounidense Bernie Sanders, es capaz de revelarlo todo en seis palabras. “Healthcare is a basic human right”. “El sistema de salud es un derecho fundamental del ser humano”. Este es un legado del virus. Existen muchos otros. Más trabajo desde casa, auge de los pagos electrónicos, mayores controles en las fronteras, seguros caros y complejos, educación y medicina a distancia, y menos viajes transoceánicos y convenciones. “Tenemos que pensar cómo hacemos más eficiente el sistema de salud, porque al hacerlo se vuelve más económico, viable y universal”, propone Carsten Menke, responsable de next generation research del banco privado Julius Baer. Su narrativa incluye telemedicina, monitorización del paciente en casa después de una cirugía o medicinas personalizadas que eviten el despilfarro de medicamentos.

Nada muy revolucionario, todo muy urgente. Porque la novedad es que la higiene crece como prioridad en las agendas de empresas y Gobiernos. Singapur ya está planeando unas normas de limpieza obligatorias. Reglas más estrictas pueden impulsar las compras online de una forma similar a como la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) de 2003 provocó que la gente evitara los centros comerciales.

Los Gobiernos van a gastar más en cuidar la salud de sus ciudadanos y eludir los enormes costes de las pandemias. Solo el SARS restó —acorde con la Universidad Nacional de Australia— 40.000 millones de dólares de la economía del planeta. “Para mí es una llamada de atención, ya que la Covid-19 no es tan mortal como el ébola. Las Administraciones, al menos eso espero, se organizarán y estarán preparadas para el próximo”, estima Gael Combes, analista de la gestora Unigestion. Y avanza. “En un sentido más económico es poco probable que cambie nuestro deseo de consumir y viajar. Quizá los grandes cruceros no estén de moda por un tiempo, pero la gente no renunciará, si puede pagárselo, a un largo fin de semana en Barcelona”.

Esa misma fe en la recuperación del consumo es la que demuestra Daniel Galván, director de GBS Finance. “Repuntará con fuerza a medida que se normalice la situación”. Veremos. Porque el hombre utiliza la “costumbre” como un parapeto frente a la noche más oscura. El ser humano busca refugios en las tormentas. “Vamos a estar más pendientes de lo nuestro, de lo público y de lo que nos protege, y crecerá el porcentaje de ciudadanos partidarios de aumentar (aunque tengan que pagar más impuestos) el gasto público en sanidad”, estima Carlos Cruzado, presidente de Gestha, el sindicato de los técnicos de Hacienda.

Enorme gasto público

Nadie quiere regresar a un nuevo periodo de austeridad como el que dejó la crisis de la deuda soberana de 2011. Pues la trama estos días resulta similar. Un enorme gasto público y la caída de los ingresos tributarios. “Si la crisis termina impactando de manera asimétrica en Europa, menos en el norte y más en el sur, porque los norteños han tenido más tiempo para prepararse y cortado la cadena internacional de suministros sanitarios dando prioridad a su autoabastecimiento, volverá a imponerse el calvinismo: ‘Los pecadores merecen pagar por sus pecados”, critica Carlos Martín, responsable del gabinete económico de CC OO. “Esta moral ya se impuso durante la anterior crisis: los sureños se lo han gastado en ‘mujeres y vino’ [como espetó en 2017 Jeroen Dijssel­bloem, entonces ministro de Finanzas holandés]. Y lo más chocante es que algunos Gobiernos del sur compraron esta reprobación: ‘Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Ahora podrían razonar igual: los sureños nos quieren trasladar, nuevamente, el coste de su incapacidad y desorganización. Sin embargo, la economía tras el coronavirus trae, en principio, el requisito de la solidaridad. Resulta evidente que las medidas fiscales lanzadas por el Ejecutivo para frenar la pandemia dejarán un legado de mayor déficit y deuda pública. “Estos aumentos deben financiarse a muy largo plazo, incluso décadas. Con cualquiera de las soluciones por la que se termine optando (emisión de deuda pública nacional, coronabonos europeos u otras), el BCE tendrá un gran protagonismo en la financiación en los mercados secundarios de deuda”, cuenta Rafael Doménech.

De momento, la pandemia vive en el presente. Acertar con el futuro de la economía suena complejo. Porque nadie sabe cuál será su peaje humano ni económico final. Aunque siempre hay optimistas. “Creo que la mayoría de los negocios, y desde luego los gigantes estadounidenses y de otros países, no fracasarán en el regreso a su actividad empresarial [una vez pase la crisis]”, observa en la agencia Bloomberg Edmund Phelps, premio Nobel de Economía. Por esos mismos pasillos resuenan otros tonos. “Superaremos esto y estaremos mejor dentro de 24 meses”, calcula, en una nota, Rob Lovelace, vicepresidente de la gestora Capital Group. Pero dos años es una espera inimaginable en millones de hogares. Aunque entonces, quizá, algunas percepciones deberían haber cambiado para siempre. El precepto de “seguridad nacional” incluirá la redistribución de la riqueza, una fiscalidad más justa y reforzar el Estado de bienestar. También la sociedad deberá apreciar el valor de oficios hasta ahora orillados. Niñeras, asistentes sociales, limpiadores del hogar, cuidadores de ancianos. Algunas de las contribuciones más infravaloradas reclamarán una consideración muy distinta. Tal vez el nuevo tiempo proponga la enseñanza de que los profesores y las enfermeras son mucho más valiosos que los banqueros de inversión y los gestores de fondos especulativos.

Una de esas voces llenas de dinero es la de Larry Fink. La persona más poderosa de los mercados. Administra unos siete billones de dólares a través de BlackRock, la mayor gestora de fondos del planeta. Confinado en su casa, ha escrito una carta de 11 páginas a sus clientes, accionistas y trabajadores. Defiende —claro— el brillo del capital. “Existen enormes oportunidades en el mercado”, apunta. E imagina un futuro diferente. “Cuando salgamos de la crisis, el mundo será distinto. La psicología del inversor cambiará. Los negocios cambiarán. El consumo cambiará”. Quizá la gente evitará los lugares concurridos como conciertos y restaurantes. “Entonces, ¿solo sobrevivirán las grandes cadenas y los pedidos online?”, se cuestiona Giles Alston, experto de Oxford Analytica. Parece improbable. Pero las camisetas llevarán estampadas la palabra “resiliencia” y en sus etiquetas se debería leer fabricado en “decencia”, “generosidad”, “honestidad”, “belleza”, “coraje”.

Poco a poco, el futuro económico se filtra al igual que la luz a través de una grieta. “Las políticas monetarias perpetúan el tipo del dinero alrededor del cero porque la inflación ha dejado de ser un problema”, prevé Roberto Scholtes, director de estrategia de UBS. La economía tendrá que responder a nuevas exigencias sociales. Políticas fiscales más expansivas, mayor presión por redistribuir la riqueza y habrá que diseñar partidas de gastos extraordinarias frente a nuevas epidemias o la crisis climática.

“Las grandes crisis económicas de la historia desde la II Guerra Mundial han ocurrido con talento político cuestionable en las superpotencias”, recuerda Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI). Y avanza. “Llega una cuarta fase de la globalización y necesitamos una mayor coordinación multilateral. El BID, la Reserva Federal, el G20 y el Eurogrupo tienen que actuar con mayor ambición. Porque, de lo contrario, nos cargaremos el ahorro de la gente, las pensiones, el bienestar. Y la sociedad y la economía saldrán más empobrecidas tras la crisis”. Urge una renta básica o cualquier sistema de distribución similar que dé protección a la gente en tiempos de emergencia y también de calma. Sobre todo después del inevitable aumento del paro que dejará el fin del enclaustramiento económico. UBS estima una destrucción (temporal) de dos millones de empleos en España, y Goldman Sachs cree que el PIB del mundo caerá un 1% este año.

En ese momento, la psicología del inversor, atrapada en la paradoja, será a la vez igual y distinta. “Como en otras situaciones que combinan incertidumbre y elevada volatilidad, existe un gran apetito por la liquidez y la posibilidad de que los ahorradores opten por depósitos frente a otras inversiones”, sostiene Francisco Uría, socio responsable del sector financiero de KPMG. Pero la nueva línea del horizonte la dibujarán los fondos cotizados (ETF) y la sostenibilidad en las carteras. ¿Y qué será del sector inmobiliario, que también ha creado burbujas, contradiciendo al poeta, nada ingrávidas ni sutiles? Mirará a la tecnología. Las inmobiliarias se volverán digitales. Hasta donde resulta posible. Nadie compra una casa sin verla físicamente. “Pero en el corto plazo, el impacto es duro. La gente debe solucionar primero otros problemas inmediatos, luego volverá a comprar viviendas”, vaticina Carlos Smerdou, consejero delegado de Foro Consultores Inmobiliarios.

Emergencia climática

Porque en este fundido a negro de la Tierra, solo la emergencia climática y la naturaleza parecen beneficiarse. El respiro que le hemos dado a la atmósfera es la única luz blanca que cae sobre una oscura pandemia. En China, donde la polución causa más de 1,6 millones de muertes prematuras, el confinamiento, acorde con el científico de la Universidad de Stanford Marshall Burke, ha salvado al menos la vida de 1.400 niños menores de 5 años y 51.700 adultos de más de 70 años.

Hemos cambiado nuestra existencia y nuestra forma de trabajar en un aliento. ¿No podemos en otro modificar la manera en la que habitamos el planeta? “Las elecciones que hagan hoy los bancos centrales, los Gobiernos y las instituciones financieras moldearán nuestras sociedades los años venideros. Es tiempo de movilizar recursos para poner la salud y el trabajo de las personas primero. Por eso, las Administraciones deben invertir en alejar nuestras economías de la dependencia de los combustibles fósiles y el crecimiento infinito que continúa alimentando el desastre”, reclama May Boeve, directora de la ONG 350.org.

“Vamos a una recesión no vista desde la Gran Depresión”

Kenneth Rogoff, economista y profesor en Harvard, cree que el vigor de la salida de la crisis depende de la respuesta sanitaria.

Rogoff, uno de los grandes economistas del siglo XXI, tiene el prestigio de no escribir renglones torcidos. En 2009 publicó, junto a su colega en el centro estadounidense Carmen Reinhart un libro cuyo título es una reimpresión de los días que transitamos. This is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera). Hoy, mientras conversa con EL PAÍS a través de un cuestionario enviado por correo electrónico, esa frase pesa igual que un cielo de plomo. “El impacto potencial en la política económica resulta profundo. Pero puede ir en diferentes direcciones”, sostiene Rogoff. “¿Se verá el sistema autoritario de China como una solución a la crisis o la causa? ¿El inepto manejo de la pandemia por parte de Estados Unidos, tanto en sus primeras etapas (falta de pruebas) como en sus últimas (carencia de una política nacional unificada), señalará el comienzo del fin del dominio estadounidense o, en última instancia, mostrará la creatividad y la resiliencia del país y del dólar? Va a hacer falta mucha fortaleza.

Los meses acuden descontando un calendario de días desolados. “Parece que nos dirigimos a una profunda recesión global, con un calado no visto desde la Gran Depresión”, prevé el economista. “Esperemos que sea mucho más corta. Aunque la rapidez de la salida dependerá de cómo se desarrolle el virus y la respuesta del sistema sanitario. Pero, incluso en el mejor de los casos, la situación es terrible para los mercados emergentes. Antes de la crisis ya tenían una deuda externa altísima [entre hoy y el final del próximo año, los países en desarrollo deben afrontar, según la ONU, el repago de 2,7 billones de dólares en deuda] y un crecimiento a la baja. Esto provocará el colapso de muchas naciones. Carmen Reinhart y yo proponemos una moratoria del pago a los países más afectados”, argumenta Rogoff.

Por Miguel Ángel García Vega

Madrid - 12 abr 2020 - 06:00 COT

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El mercado petrolero cerró ayer antes del anuncio de la OPEP+ sobre el recorte a la producción, el crudo estadunidense West Texas Intermediate perdió 2.33 dólares (9.3 por ciento) a 22.76 dólares por barril, y el Brent cayó 1.36 dólares (4.1 por ciento) a 31.48 dólares. El barril de la mezcla mexicana cedió 1.35 dólares (7.5 por ciento) y cerró en 16.54 dólares.Foto Ap

La Organización de Países Exportadores de Petróleo y productores asociados, entre los que se encuentran México, grupo conocido como OPEP+, lograron un acuerdo en principio para reducir en 10 millones de barriles por día (bpd) la extracción en mayo y junio, a fin de impulsar los precios del crudo, que se han hundido debido a la contracción de la demanda por la pandemia.

México, según reportó la secretaria de Energía, Rocío Nahle, colaborará con una disminución de 100 mil barriles por día en los próximos dos meses.

"De un millón 781 mil barriles diarios de la producción que reportamos en marzo de 2020, disminuiremos a un millón 681 mil", escribió la funcionaria ayer por la tarde en su cuenta de Twitter.

La postura del gobierno mexicano fue difundida por Nahle después de la publicación de reportes de que la funcionaria mexicana abandonó la conferencia virtual de la OPEP+, antes de que ésta concluyera.

México abandona reunión

La agencia Sputnik informó que la delegación de México se retiró de la reunión de los miembros de la OPEP y otros países productores de petróleo, sin dar su consentimiento a un nuevo acuerdo de recorte petrolero.

El grupo OPEP+, "no logró asegurar un acuerdo final, según fuentes de ese organismo, porque México no aceptó el recorte de producción que le fue solicitado".

Por su parte, Ramses Pech, experto en temas petroleros, aseguró que la estrategia de México es dejar de exportar alrededor de 400 mil barriles de petróleo, pasando de un millón 200 mil a 800 mil barriles a finales de 2020.

El presidente Andrés Manuel López Obrador explicó el domingo que ante la caída en los precios del crudo, México aumentará la producción de gasolinas en el país. "Destinaremos a ese propósito 400 mil barriles diarios adicionales para no malbaratar todo el petróleo de exportación y bajar la compra de combustibles en el extranjero", informó.

La demanda mundial de combustible se ha desplomado hasta en 30 millones de bpd, 30 por ciento de los suministros mundiales, ya que las medidas para combatir el coronavirus han dejado en tierra aviones, reducido el uso de vehículos y frenado la actividad económica.

Este jueves, los países de OPEP y productores fuera de la alianza realizaron una videoconferencia para reanudar el diálogo sobre el recorte petrolero con el fin de estabilizar el mercado. De acuerdo con el comunicado emitido al término de la reunión virtual, el recorte será de aproximadamente 10 por ciento del suministro mundial de crudo.

Se espera que otros países como Estados Unidos se sumen al pacto y colaboren con una rebaja del bombeo de 5 millones de bpd.

Un recorte sin precedente de 15 millones de bpd aún sería insuficiente para disminuir el exceso de almacenamiento en el mundo.

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Los señores del petróleo juegan una partida mortífera

A sólo 20 dólares el barril, el mundo del petróleo está experimentando una severa contracción, debido a la guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia y a la drástica caída de la demanda internacional, deprimida por la pandemia y la crisis económica que la acompaña. En solo unas semanas, el consumo ha caído de 100 millones de barriles al día a 75 millones, una disminución del 20%.

Mientras el desconcertado Trump, que se encuentra al borde de una crisis impensable, hacía una llamada a Putin el lunes [30 demarzo], se dibuja una amenazante perspectiva de ruina para las empresas norteamericanas de petróleo de esquistos, pero lo que es más importante, para pueblos y países enteros, que viven de las exportaciones de “oro negro”.  

El mundo árabe y el Golfo están al borde del derrumbe, Irán se encuentra en estado de crisis debido a las sanciones y, en el norte de África, de Egipto a Argelia y Túnez, se atisba una recesión sin precedentes, acompañada de conflictos interminables y crisis de legitimidad de regímenes que, como mínimo, tienen que lograr dar de comer a su pueblo.

Se trata de una desestabilización que afecta a Irak, Siria, Irán, Líbano, Jordania y los millones de refugiados que deambulan y están varados en los márgenes de países cada vez más pobres que ahora se ven asolados por la epidemia del coronavirus.

Es éste un mundo que depende más o menos directamente del “oro negro” y de las inversiones ligadas a la industria petrolífera para poder llegar a fin de mes y simplemente sobrevivir. Mientras hasta los países del Golfo, los más ricos, están cerrando la billetera, las perspectivas son aun más aterradoras para todos los demás. Así, por ejemplo, Qatar tendrá que cubrir el coste de los 150 millones de dólares que acaba de donar a Gaza.

Al fondo todo esto figuran los Estados Unidos, y no se han ido en absoluto lejos: no abandonan su meta de cambiar el régimen de Teherán, epicentro en Oriente Medio del COVID-19, mientras Turquía ajusta cuentas con los kurdos asesinando a Nazife Bilen, la mujer de más alto rango entre los combatientes del PKK. Esto es únicamente lo que hay que esperar, pues las crisis — siquiera las peores— no paran las guerras ni detienen a los tozudos carniceros de pueblos enteros, como Erdogan, que sigue librando una lucha incesante contra Asad en el infierno humanitario de Idlib.

Están ocurriendo cosas que no tienen precedentes, ni siquiera en la Gran Depresión: se está pagando a las empresas para que se lleven el excedente de petróleo. Los productores ya no saben dónde almacenarlo, razón por la cual una serie de países y varias multinacionales han empezado a cerrar pozos de petróleo e incluso refinerías. Cuando termine la crisis del coronavirus, bien podría suceder lo contrario: podría no haber bastante oro negro en los mercados.

La guerra petrolífera la desencadenó el impulsivo rechazo de recortar la producción, como había pedido Arabia Saudí en el marco de la “OPEP+1″, el acuerdo del histórico cártel petrolífero con Moscú que había mantenido a flote los precios del petróleo. Trump se agarra ahora a Putin, tratando de persuadirle de que suba los precios después de convencer al “príncipe negro” Mohamed Ben Salman de recortar la producción. Moscú, sin embargo, no quiere ceder, está empeñado en sacar del negocio a las empresas norteamericanas, abrumadas por las deudas, y está dispuesto a quemar las reservas del Fondo Soberano Ruso (150.000 millones de dólares) para cubrir los ingresos perdidos. En juego está el liderazgo del mercado energético, no solo del petróleo sino del gas, en el que Rusia domina los suministros en Europa, tanto de modo directo como con ayuda de la conexión de la Turquía de Erdogan.

Esta es la razón por la que el precio del petróleo tiene implicaciones estratégicas formidables: se trata también de influir en los acontecimientos en una inmensa zona, del Mediterráneo a Oriente Medio y al norte de África. Pero hasta el zar podría pensárselo mejor: el juego de tirar los precios puede resultar mortífero.

Los compañías norteamericanas de petróleo de esquisto se encuentran en respiración asistida. Comenzaron su ascenso en 2008, cuando el coste del barril había llegado casi a 150 dólares, un precio extravagante que empujó a las empresas a invertir en innovación, pero también a endeudarse. Encontraron dificultades ya en 2016, cuando comenzó el declive de los precios del crudo, y ahora no saben qué hacer para devolver sus deudas, y sus existencias se han visto desvalorizados hasta llegar a un nivel casi de baratillo. Desde ese año ha habido docenas de bancarrotas en ese sector, con deudas por encima de los 120.000 millones de dólares.

Hay llanto y crujir de dientes de toda la gente del sector. Los efectos de la caída del precio podrían ser comprensibles desde un punto de vista económico, pero la situación parece mucho más apurada desde una perspective estratégica: si continua esta situación durante un periodo más largo, los presupuestos de los países productores, ya en dificultades debido tanto a factores internos como internacionales, como es el caso de Irán, sometido a embargo, Argelia, en una frase de transición muy crítica, Irak, asolado por las revueltas, y Libia, estrangulada por la guerra civil, podría sufrir golpes fatales. En estos países el petróleo lo paga todo, o casi todo: del pan en la mesa para la gente corriente al chantaje de las milicias a las que nadie es capaz de mantener a raya.

Por Alberto Negri*

05/04/2020

*prestigioso periodista italiano, ha sido investigador del Istituto per gli Studi degli Affari Internazionali y, entre 1987 y 2017, enviado especial y corresponsal de guerra para el diario económico Il Sole 24 Ore en Oriente Medio, África, Asia Central y los Balcanes. En 2007 recibió el premio Maria Grazia Cutuli de periodismo internacional y en 2015 el premio Colombe per la Pace. Su último libro publicado es Il musulmano errante. “Storia degli alauiti e dei misteri del Medio Oriente”, galardonado con el Premio Capalbio.

Fuente:

il manifesto global, 1 de abril de 2020

Traducción:

Lucas Antón

Publicado enEconomía
Lunes, 30 Marzo 2020 06:42

El coronavirus en América Latina

El coronavirus en América Latina

A los problemas sanitarios de los países, se le suman dificultades económicas estructurales, como las limitaciones productivas de su industria nacional y la escasez

de divisas.

Crisis profunda

Por Matías Vernengo *

Los números de casos en América Latina todavía son bajos en términos relativos pero comienzan a crecer rápidamente. Hay un creciente consenso de que la crisis del coronavirus será profunda, y que las medidas drásticas de distanciamiento social son esenciales para evitar la saturación del sistema de salud. De la misma manera, la mayoría de los gobiernos, en los países afectados, han determinado que paquetes fiscales y monetarios de salvataje de la economía son esenciales.

Estados Unidos, con el mayor número de casos reconocidos, pasó un paquete fiscal de alrededor de 2,2 billones de dólares, que corresponde a diez por ciento del producto, tres veces más que el salvataje después de la crisis del 2008. Eso sin contar el anuncio de compras de bonos del Tesoro, y otros activos, por la Reserva Federal. Si bien es verdad que Estados Unidos tiene muchos problemas, impensados para una economía desarrollada, por ejemplo, tiene casi el 10 por ciento de la población sin cobertura médica, costos médicos muy por encima de otros países con ingresos similares, y una legislación laboral que no requiere licencias por enfermedad, todos elementos que sin duda tendrán consecuencias durante la pandemia, también es verdad que la posición privilegiada del dólar le permite gastar sin límites durante la crisis, algo que no es posible en la mayoría de los países de América Latina.

En el caso de América Latina hay varios agravantes que pueden dificultar la respuesta a la pandemia. Por ejemplo, los bajos gastos con la salud pública, que según datos del Banco Mundial sería del orden de cuatro por ciento del producto, por debajo de los diez por ciento de la media de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), con la excepción de Cuba, que tiene niveles equivalentes. A eso se podría agregar los números relativamente bajos de camas por mil habitantes, y las deficiencias en el acceso a sanidad básica, en particular para poblaciones en contextos de elevada pobreza. La alta incidencia de enfermedades contagiosas, como la epidemia de dengue que asola a la región, y que puede complicar el tratamiento del COVID-19. La única ventaja de la región parecería ser la población relativamente joven.

Sin embargo, a estos problemas que los epidemiólogos y especialistas en salud pública han notado, habría que superponer los problemas económicos estructurales de la región. Para algunos países los problemas externos, y las dificultades asociadas para la importación de bienes esenciales, como respiradores automáticos, máscaras y material de protección, pueden tener efectos catastróficos. Además, en el caso de Cuba y Venezuela las sanciones estadounidenses crean problemas adicionales. Por presión del gobierno estadounidense, el Fondo Monetario Internacional (FMI) le negó recientemente al gobierno de Maduro un préstamo para hacer frente a la pandemia.

Además, la capacidad productiva de las industrias nacionales, allí donde esta se desarrollo, fue golpeada duramente por décadas de ajuste neoliberales, y costaría más en la región reconvertir la producción nacional de acuerdo con las necesidades de la pandemia, como ha hecho Trump al forzar a General Motors a fabricar respiradores automáticos utilizando una ley de los años 50 sobre las necesidades productivas por razones de defensa nacional. La capacidad de los estados en la región para enfrentar la crisis es bastante limitada, más en donde las ideas neoliberales son muy arraigadas.

Mientras en algunos países, como en la Argentina, medidas enérgicas han sido tomadas desde temprano, en algunos casos, como en Brasil y en México, los presidentes de turno la han minimizado, y han insistido en políticas de austeridad fiscal, qué si ya eran inadecuadas antes de la pandemia, ahora parecen simplemente disparatadas.

*Profesor de Economía, Bucknell University.

Aceleración de los tiempos

Por Eduardo Crespo **

La pandemia del coronavirus funciona como un experimento social a gran escala. En pocas semanas asistimos a medidas de gobierno, dilemas y conflictos difíciles de imaginar en otras circunstancias. A muchos de quienes analizamos la sociedad nos sorprenden los diferentes grados de efectividad estatal ante la crisis. El caso chino es paradigmático. Pese a que inicialmente las autoridades de la región de Wuhan, donde se inició la pandemia, censuraron al primer médico que alertó sobre el virus y optaron por ocultar información, cuando se decidieron a actuar lo hicieron con una contundencia y operatividad formidables: construyeron hospitales en tiempo récord, colocaron en cuarentena a toda la ciudad y controlaron con inteligencia artificial a todos los sospechosos de infección. Hoy casi no tienen nuevos infectados y en el macabro ranking de los muertos China pierde posiciones a manos de países occidentales. Resultados similares se observaron en otras sociedades de Asia Oriental, como Japón, Corea del Sur y Taiwán. Algunas sociedades de Occidente, en cambio, están sumergidas en la catástrofe. Son los casos de Italia, España, Estados Unidos y próximamente varios países de América Latina.

Algunos se apresuran a explicar estas diferencias aludiendo al ‘autoritarismo’ inherente a las culturas de Asia Oriental o a las tradiciones verticalistas del ‘confucianismo’. Entendemos que esta lectura es inconducente. Basta observar el modo como la policía reprime protestas políticas en Estados Unidos, Brasil, Chile o Bolivia, para comprobar que en Occidente no existe nada semejante a un déficit de represión. Lo que diferencia a Asia Oriental es aquello que Michael Mann denomina ‘poder infraestructural’, es decir, la capacidad logística de los Estados para intervenir en un territorio través de su población, con el objetivo de imponer la ley, comunicar y educar, prevenir y curar. La mayoría de los estudios señalan que durante las últimas décadas los Estados de Asia Oriental fueron más eficaces que la mayoría de los países de Occidente para intervenir en casi todas las áreas de incumbencia, sea para alcanzar elevados niveles de educación o el catch up tecnológico con los países más desarrollados. El Coronavirus no fue la excepción.

Otro factor relevante son los diferentes niveles de desigualdad social y los modos como se institucionaliza la disputa por la apropiación del excedente. En sociedades donde se impusieron con más fuerza los principios neoliberales, el sistema de salud está debilitado y el fracaso para proteger a la población está naturalizado. Se refleja en el falso dilema “Economía versus Salud” que buscan imponer algunas usinas ideológicas. Cuanto más desigual una sociedad, menor el valor otorgado a la vida humana: “¿Unos pocos miles de ancianos valen lo mismo que la economía del país?” repiten los simpatizantes de Bolsonaro en Brasil. Desde un punto de vista macroeconómico este argumento es ridículo, ¿alguien seriamente imagina que habilitar actividades informales en Buenos Aires o Rio de Janeiro podrán aislarnos de una recesión en Estados Unidos, China y Europa? Detrás de estos planteos se esconden intereses y temores de clase. Durante décadas las elites dominantes promovieron la precarización, la flexibilidad de leyes laborales y el sálvese quien pueda a través del mercado. Ahora se encuentran forzadas a admitir subsidios en tiempo récord a millones de informales para evitar la explosión social. No debe creerse que se trate del temor a las consecuencias de medidas temporarias. Desconfían, en cambio, de los efectos duraderos del coronavirus. ¿Y si a los excluidos reclaman que los derechos transitorios a la subsistencia sean preservados terminada la crisis? ¿Y si las intervenciones estatales se vuelven permanentes? Aunque lo tengan que aceptar como inevitable, no debería sorprender que en las próximas semanas abunden discursos para dividir a la sociedad argentina con descripciones apocalípticas del keynesianismo de guerra.

** Profesor de la UFRJ (Universidad Federal de Rio de Janeiro) y de la UNM (Universidad Nacional de Moreno).

 

Por Matías Vernengo y Eduardo Crespo

Producción: Javier Lewkowicz

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