Jueves, 28 Abril 2016 08:02

El final está cerca

El final está cerca

Las noticias que se transmiten cada día en los medios de comunicación y en las redes sociales acerca de la catástrofe ecológica que vive Nicaragua dan la idea de que estamos hablando de un país del pasado. De una naturaleza exuberante que fue y de la que sólo van quedando vestigios desolados: cauces secos de ríos de los que se alzan nubes de polvo, y son más de 30 los que se han secado; el emblemático río San Juan, caudal de nuestra historia que ahora se puede atravesar a pie en ciertos trechos; el Gran Lago de Nicaragua que se agosta, humedales que ahora son inhóspitos suelos cuarteados.

 

La desidia dice, con su irresponsable voz de siempre, que la sequía es cíclica, que apenas termine el fenómeno adverso de El Niño todo volverá a la normalidad; los ríos serán de nuevo caudalosos, se nutrirá otra vez el manto freático y rebosarán de agua los pozos ahora secos; y, como consuelo final, que esta es una anomalía meteorológica que afecta no sólo a Nicaragua, sino que trastorna al mundo entero.

 

Pero el ojo tuerto que contempla la calamidad de esta manera necesitaría del otro para ver cómo avanza la masiva destrucción de los bosques. La reserva de Bosawás, por ejemplo, declarada Reserva Mundial de la Biósfera por la Unesco, está siendo exterminada. Junto con la del río Plátano de Honduras, al otro lado de la frontera, comparte un territorio de bosque tropical húmedo y nuboso, originalmente de 50 mil kilómetros cuadrados, segundo en extensión en el continente americano después de la selva amazónica.

 

Bosawás, según el ambientalista Camilo de Castro, desde 1987 ha perdido 580 mil hectáreas, de las que 280 mil han sido depredadas en los pasados 10 años, como consecuencias de las constantes invasiones de colonos que destruyen la selva para plantar granos básicos o convertir el terreno en pastos para ganado. Anualmente se talan 42 mil hectáreas en la reserva, lo cual augura su extinción.

 

Extraer las maderas preciosas de Bosawás, caoba, cedro, prohibido por la ley, es el brillante negocio de mafias invisibles, así como también vender por adelantado las tierras selváticas a los colonos para que tumben los árboles, extendiéndoles títulos de propiedad falsos. Los suelos, que no son apropiados para sembrar maíz o frijol se agotan muy pronto y entonces sigue la penetración para arrasar más bosque. Lo mismo sucede con la otra gran reserva de 3 mil kilómetros cuadrados, la de río Indio-río Maíz, al sur del país, y vecina al río San Juan, ese por el que iban a transitar los barcos de uno a otro océano y que ahora puede atravesarse a pie.

 

En un diario de Managua leo una crónica acerca del puerto de montaña de El Hormiguero, surgido de la nada, y descrito como la puerta de entrada al corazón herido de Bosawás. Allí los colonos llegan en pipantes a través del río Wany, que surca la reserva, a vender sus cosechas a los comerciantes o a cambiarlas en trueque por agroquímicos, sal, azúcar, ropa, botas y demás productos de primera necesidad. Decenas de poblados seguirán surgiendo como éste mientras más selva siga siendo destruida, y lo que parecen alegres señales de pujanza económica, sólo lo son de muerte de la verdadera riqueza.

 

Las comunidades indígenas, tanto al norte como al sur del Caribe, son habitantes de esas selvas agredidas. En su cultura ancestral ven a la naturaleza de otra manera, como verdadera madre. Los árboles y las fuentes de agua son parte esencial de su propia existencia y el bosque no puede tener dueños particulares. Este choque cultural entre mestizos del Pacífico y etnias del Caribe, misquitos, mayagnas, creoles y ramas, se convierte en un choque entre lucro y conservación, y ha devenido en agresiones armadas con muertos, desaparecidos y secuestrados y quema y destrucción de poblados. Hay una llama encendida allí, que puede llegar a desatar una conflagración.


El país está siendo destruido por la irresponsabilidad y el desatino y por el apetito del enriquecimiento ilícito, y ha dejado de ser el mismo en su riqueza natural y en su equilibrio ecológico. Bastan los mapas satelitales para saberlo; del verde hemos pasado al marrón. Eso no lo ven los tuertos.

 

Pero también hay tuertos de los dos ojos. El empresario chino Wang Ying sigue empecinado en la construcción del canal interoceánico, y su demiurgo Bill Wild, que dirige por telepatía todas las operaciones desde Hong Kong, dice desde allá con cara impasible: “Estamos revisando aún más el balance de agua de nuestro canal... estamos más convencidos de que el canal sí va a tener suficiente agua para su operación”. Y agrega, con cómica sabiduría: En este proceso se están generando aún más diseños y optimizaciones nuevas que nos ayudan a reducir aún más la necesidad de agua.

 

El canal pretende atravesar el Gran Lago de Nicaragua, de por sí tan somero que su profundidad promedio es de 12 metros, y ahora el agua se ha retirado de sus costas a tal punto que las embarcaciones tienen dificultades para atracar. Nadie quita que pronto haya trechos que, igual que en el río San Juan, se podrán atravesar a pie. Quizás entonces lo que convenga a Wang Ying sea construir una carretera interoceánica y no un canal.

 

Si algo se ha ganado frente a esta debacle es que la conciencia ecológica ha avanzado, sobre todo entre los jóvenes, convencidos de que hay que hacer algo por detener la catástrofe. Un campesino explicaba con perfección didáctica en la televisión hace unos días, delante de su maizal desolado, lo que la mortandad de árboles tenía que ver con la falta de lluvia. Eso me lleva a pensar, me decía un amigo, que dentro de 30 años también otro campesino como éste hablará con la misma convicción de lo que la desigualdad económica y la falta de oportunidades tienen que ver con su pobreza.

 

Masatepe, abril 2016

 


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Publicado enInternacional
Conservar o Intervenir. El bienestar de Bogotá es intocable

El pasado miércoles 17 de febrero se llevó a cabo en la Universidad de los Andes el conversatorio “El futuro de la reserva forestal Thomas van der Hammen” con la participación de Julio Carrizosa (Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales), Fernando Viviescas (arquitecto y urbanista de la Universidad Nacional), Manuel Rodríguez Becerra (presidente del Foro Nacional Ambiental), el alcalde Enrique Peñalosa, y actuando como moderadora la periodista María Jimena Duzán.


Dentro de lo destacado del Foro resaltamos los argumentos expuestos de parte y parte: en pro de la conservación o por el contrario la intervención de la reserva con el propósito de construir allí el proyecto inmobiliario Ciudad Paz, debate en el cual el único contradictor y defensor de la urbanización fue el burgomaestre Enrique Peñalosa, el resto de los presentes argumentaron en favor de preservación de esta reserva ambiental.


Peñalosa, con un tono arrogante, argumentó que con la urbanización del 93 por ciento de la reserva forestal se pretende crear un sendero ecológico, panorámico y “rompefuegos”, beneficioso para el proyecto urbanizador –y de paso para la ciudad– que tiene por nombre “Ciudad Paz”. En estos días, donde el cliché de la palabra sobrepasa su práctica, arguye –evidenciando mucha firmeza, pero pocos argumentos– que donde antes existían “potreros” ahora habrán parques ecológicos con el 7 por ciento de humedales que tiene la reserva, con vías como la Avenida Longitudinal (Alo) y muchos kilómetros de ciclorrutas, pues la reserva “bloquea el desarrollo de la ciudad y la movilización de la misma”, ciudad que viene creciendo exponencialmente en su número de habitantes, todo lo cual, según el alcalde, evidencia la necesidad de urbanizar esta parte de la zona norte bogotana.


Ante estos postulados, las críticas no se hicieron esperar. Gonzalo Andrade, investigador de la Universidad Nacional y miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas de forma meticulosa efectúo un recuento de los 51 estudios realizados desde el año 1800 acerca de las condiciones del territorio que ahora es constituido como reservas del borde norte de Bogotá. Estos estudios se especializaron en materia de flora, fauna y recursos naturales hídricos, argumento más contundente que los trinados por el alcalde, quien los considera simples “potreros”, siendo esta reserva el sitio más analizado de Bogotá según Andrade. Otro aspecto importante desprendido de las críticas fue el reencauche exacto que Peñalosa retomó de los argumentos ya presentados por su parte en 1999, durante su primera administración, sin cambiar siquiera los videos presentados en aquella ocasión, aseveró Manuel Rodríguez.


Rodríguez –que hizo parte del debate adelantado en 1999– mencionó en el conversatorio que Peñalosa “no ha dado un solo argumento diferente a los que presentó al panel de expertos hace 16 años”, rechazado en ese momento por el panel de expertos que sentenció que el ecosistema localizado en la Van der Hammen tiene un gran valor ecológico y, por consiguiente, debe ser protegido.


Por su parte Julio Carrizosa arremetió contra Peñalosa y su argumento, pues bajo un discurso de ‘protección’ pretende construir en zonas agropecuarias y protegidas con la excusa de la necesidad de urbanizar, cuando hay la posibilidad de hacerlo en otros lugares que no tengan igual importancia para el medio ambiente de Bogotá, donde la Tingua, el Chirriador, el Cucarachero, el Chamicero y las 23 clases de mariposas no tengan que salir volando de su hábitat sin rumbo a causa de un capricho del alcalde y sus contribuyentes de campaña electoral, a pesar de lo estudiado y realizado por la administración anterior en la reserva.

 

 


Y no es para menos la oposición levantada desde diversos sectores de la ciudad contra la pretención de Peñalosa, pues según la ley existe una prohibición para construir las 1.400 hectáreas de la reserva, por lo que solo se podría proceder en las 2.000 hectáreas que actualmente hacen parte del Plan de Ordenamiento de la zona norte en donde no se daña ninguna zona protegida.


Ante esto, la estrategia del Alcalde para modificar la reserva consiste en sustituirla por corredores ambientales (ver mapa), donde se esbozan los planes para la Van der Hammen, evidenciando en el primero –de izquierda a derecha– la delimitación actual de la reserva marcada en color verde oscuro; el segundo la propuesta de propietarios de predios para liberar sus suelos de la reserva en 2011 y crear los corredores ecológicos que conectarían los cerros con el rio Bogotá y, por último, la propuesta del Alcalde y su secretaría de ambiente con corredores ecológicos –mostrados en verde claro– unidos con las vías principales de la ciudad.

 

 

Estos mapas evidencian, en últimas, el ánimo depredador del alcalde Peñalosa, echando en saco roto los estudios hechos por Thomas Van der Hammen y su grupo de investigación en esta zona rica en biodiversidad, que lleva cuatro años destinados a su recuperación y rehabilitación.


En contra de la evidencia natural y científica, entre bambalinas, Peñalosa, intenta devolver favores a los contribuyentes urbanistas de su campaña electoral, pretendiendo densificar la ciudad en sus límites, botando por el caño los planteamientos del centro ampliado y densificación de éste.


Para finalizar una perla, lo dicho sin vergüenza alguna por el secretario de ambiente distrital Francisco Cruz, quien declaró que “no hay reservas intocables”, pareciendo más un secretario de hacienda con intereses oscuros que otra cosa.


Hay que impedir que arrasan con esta reserva ambiental, Es necesario que entiendan que el aire que respiramos es de todos y todas, que se trata del bienestar de la gente para que hoy, mañana y en un futuro se pueda vivir dignamente, que entiendan que especular con un bien común e invaluable como el aire y agua no es propio de líderes serios... vendiendo el futuro hasta de sus hijos, que a diferencia de los del panadero estarán en Estados Unidos o Europa gozándose las ganancias de lo que nos privatizaron.

Publicado enColombia