Ante nuevas sanciones de EU, Cuba anuncia racionamiento de alimentos

Washington. La Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos impuso este viernes sanciones contra dos empresas de navegación y dos buques petroleros por enviar crudo desde Venezuela a Cuba.

Se trata de los corporativos Monsoon y Serenity, dedicados al tráfico marítimo, y los buques Leon Dias, un petroquímico, y Ocean Elegance, un petrolero, ambos con bandera panameña, detalla un comunicado de la dependencia.

El 28 de abril pasado entraron en vigor sanciones impuestas por Estados Unidos a la industria petrolera venezolana, que entrañan la prohibición de realizar transacciones de crudo con las empresas estatales de ese país sudamericano.

“Monsoon tiene sede en Majuro, Islas Marshall, y es la propietaria registrada del buque Ocean Elegance, un tanquero que transportó crudo de Venezuela a Cuba desde finales de 2018 hasta marzo de 2019”, argumenta.

“Serenity –agrega el texto– tiene sede en Monrovia, Liberia, y es propietaria del barco Leon Dias. Este buque, un tanquero químico y petrolero transportó crudo de Venezuela a Cuba en el mismo periodo.”

El Departamento del Tesoro explicó que las sanciones "son una respuesta al arresto ilegal del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional de miembros de la Asamblea Nacional de Venezuela y pretende dirigirse a los actores que participan en el represivo sector de la defensa y la inteligencia del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro".

Por su parte, los cubanos enfrentarán "regulaciones" en la compra de pollo, huevos, salchichas y productos de limpieza e higiene, informó el sitio web Cubadebate. El gobierno anunció este viernes un nuevo racionamiento de alimentos a medida que la isla, dirigida por un régimen comunista, se enfrenta al aumento de las sanciones estadunidenses y la crisis económica de Venezuela, su aliado cercano.

 

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El negocio de la felicidad, el fraude del siglo XXI

La felicidad es el trending topic del siglo XXI. Se ha convertido en una de las construcciones culturales con mayor influencia sobre la vida diaria de millones de personas. Un volumen ingente de publicaciones académicas, y también otras sin ese rigor, ha situado como verdad científica una lógica que coincide sospechosamente con los postulados neoliberales: el bienestar es una cuestión individual que ha de procurarse cada persona por su cuenta y riesgo. Presentada como una meta aséptica y neutral por divulgadores de todo tipo —desde expertos de la llamada psicología positiva a charlatanes de medio pelo, pasando por innumerables libros de autoayuda—, la promesa de la alegría esconde un fondo profundamente ideológico que persigue la disolución de los vínculos sociales. Y lo más grave es que se ha adoptado como receta válida por gobiernos e instituciones que pretenden marcar su rumbo atendiendo a lo que miden supuestos índices de felicidad.

 En el invierno de 2013, la corporación multinacional de bebidas refrescantes Coca-Cola anunció el lanzamiento de una página web con más de 400 estudios sobre felicidad y salud que pretendía ser un referente en el campo de la investigación acerca del bienestar. Lo hizo a través del llamado Instituto Coca-Cola de la Felicidad, integrado en una iniciativa de la división española de la compañía que en 2010 y 2012 ya había organizado en Madrid dos ediciones de un evento denominado Congreso Internacional de la Felicidad. 

Entre la maniobra publicitaria y la generación de una imagen de marca amigable, bajo la coartada filantrópica de responder al creciente interés sobre el tema, Coca-Cola se sumó a una agenda global que propone ser feliz como respuesta a todos los males.


Margarita Álvarez es una de las 50 mujeres más poderosas de España, según la revista Forbes, y también fue incluida en el listado de las 100 mujeres más influyentes en nuestro país en 2016, elaborado por la plataforma Mujeres&Cia, en la categoría de Directivas. Álvarez creó y presidió el Instituto Coca-Cola de la Felicidad entre enero de 2008 y marzo de 2011. Acaba de publicar Deconstruyendo la felicidad, un libro cuyo propósito, según se lee en la nota de prensa difundida por la editorial Alienta, es “ayudarte a averiguar si realmente existe la felicidad y, si es así, determinar dónde se puede encontrar”. La nota añade que en sus páginas no hay “reglas ni pautas: solo conocimiento. Porque saber y tener información sobre algo tan relevante te ayudará a entender cómo funciona el cerebro, cómo te utilizan tus pensamientos y cómo puedes identificar y aceptar todas tus emociones para afrontar mejor las circunstancias de la vida”.


Parece poco probable que la idea de ser feliz que maneja Álvarez guarde relación alguna con la que puedan tener, por ejemplo, las más de 800 personas afectadas desde 2014 por el ERE de la embotelladora de Coca-Cola en la planta de Fuenlabrada (Madrid). La suya, más bien, es otra de las voces privilegiadas que han participado durante los últimos 30 años en la construcción y propagación de una noción de felicidad que reposa en el entusiasmo, la voluntad y la superación individual como herramientas para llegar a ella. Libros de autoayuda, talleres de pensamiento positivo y charlas motivacionales han difundido la especie de que ser feliz está a tu alcance y solo tienes que desearlo. En el tiempo de la crisis económica mundial más grave desde el crac del 29, estos discursos han encontrado un público desesperadamente receptivo al que se le ofrece bienestar simplemente mirando a su interior, sin tener que relacionarse con nadie. Aunque esto último no es del todo así: esa felicidad prometida pasa necesariamente por pagar, pues lo que hay detrás de ella tiene poco de altruista.
“Se considera que es una elección personal y que, para ser feliz, una persona simplemente tiene que decidir serlo y ponerse a ello a través de una serie de guías, consejos, técnicas, ejercicios que proponen los que se suponen expertos en estos campos: científicos, psicólogos, coaches, escritores de autoayuda y una gran cantidad de profesionales que se mueven en el mercado de la felicidad”, explica Edgar Cabanas a El Salto. Este doctor en psicología e investigador de la Universidad Camilo José Cela de Madrid es el autor, junto a Eva Illouz, de Happycracia (Paidós, 2019), un ensayo que aplica el bisturí a los argumentos empleados desde la ciencia de la felicidad, que ignoran cuestiones sociales, morales, culturales,económicas, históricas o políticas para presentar unas tesis aparentemente objetivas. “Mientras la vocación de esta idea de felicidad es producir seres completos, realizados, satisfechos, lo que queda es una permanente insatisfacción: la felicidad está conceptualizada como una meta que nunca se alcanza, que nunca se llega a materializar. Es siempre un proceso constante que embarca a la persona en una búsqueda obsesiva de formas de mejorarse a uno mismo, su estado emocional, la administración de sí mismo en el trabajo, en la educación, en la intimidad”, sostiene Cabanas.


En este sentido, la investigadora Sara Ahmed, que publicó hace una década La promesa de la felicidad, traducido al español esta primavera por la editorial argentina Caja Negra, apuntaba en marzo en una entrevista a El Salto que “la felicidad, como promesa de vivir de una determinada manera, es una técnica para dirigir a las personas”.
Precisando aún más, Fefa Vila Núñez, profesora de Sociología del Género en la Universidad Complutense de Madrid, señala que esta concepción “nos empuja, nos ordena y dirige hacia el consumo vinculado a una idea de vida sin fin, forjada en un hedonismo sin límites donde melancolía y tecnofilia se unen en un abrazo íntimo para forjar la idea de logro, de éxito, de inmortalidad, de un placer infinito para aquel sujeto que no se salga del camino marcado”. En su origen, ella encuentra una “maquinaria de felicidad” activada después de la I Guerra Mundial y relacionada con un “capitalismo de consumo” que ha ido modelando la idea de felicidad hasta nuestros días.


La ecuación de la felicidad


El libro de Margarita Álvarez cuenta con dos firmas invitadas muy significativas: el prólogo es de Marcos de Quinto, exvicepresidente de Coca-Cola España y número dos por Madrid de Ciudadanos para las elecciones generales, y el epílogo corre a cargo de Chris Gardner, cuya historia siempre es usada como ejemplo por la psicología positiva. Un caso de excepción convertida interesadamente en norma, la biografía de Gardner va de la pobreza al éxito empresarial y quedó retratada en la película En busca de la felicidad, protagonizada en 2006 por Will Smith. Gardner es hoy un multimillonario que se dedica a la filantropía y a dar conferencias sobre cómo la felicidad depende de la voluntad individual. “Si quieres, puedes ser feliz” es su mensaje.


Un nombre clave en el desarrollo de la ciencia de la felicidad es el de Martin E.P. Seligman. Elegido presidente de la Asociación Estadounidense de Psicología en 1998 (APA, en sus siglas en inglés), puede ser considerado uno de los fundadores de la psicología positiva, ya que participó en su manifiesto introductorio publicado en el año 2000. Seligman proponía un nuevo enfoque sobre la salud mental, alejado de la psicología clínica y enfocado en promover lo que él consideraba positivo, la buena vida, para encontrar las claves del crecimiento personal.


En su despacho de la APA, Seligman pronto empezó a recibir donaciones cuantiosas y cheques con varios ceros procedentes de grupos de presión conservadores e instituciones religiosas interesadas en promover la noción de felicidad que promulgaba esta nueva corriente de la psicología. La difusión por parte de los medios de comunicación y otros canales de algunas de sus publicaciones generó la impresión de que existía una disciplina científica que aportaba claves inéditas para alcanzar el bienestar. La repercusión de estas teorías fue mundial. Sin embargo, sus objetivos, resultados y métodos han sido criticados por su falta de consenso, definición y rigor científico. “Más que engaño, yo diría que puede ser peligroso en términos sociales y políticos; y decepcionante en términos personales”, valora Cabanas, que apunta al mercado, las empresas y la escuela como agentes principales en la elaboración y divulgación de unas nociones que entroncan directamente con valores culturales arraigados en el pensamiento liberal estadounidense.


Seligman llegó a formular una ecuación que explicaría la proporción de factores que dan como resultado la felicidad. Esta sería la suma de un rango fijo (la herencia genética), elementos de la acción voluntaria y circunstancias personales. Su fórmula otorga al primer factor el 50%, a lo volitivo el 40% y únicamente el 10% restante a cuestiones como el nivel de ingresos, la educación o la clase social. Siguiendo esta receta, la psicología positiva se ha mostrado categórica al considerar que el dinero no influye sustancialmente en la felicidad humana.
En La promesa de la felicidad, Ahmed resumió la tautología que sustenta al campo de la psicología positiva. “Se basa en esta premisa: si decimos ‘soy feliz’ o hacemos otras declaraciones positivas acerca de nosotros mismos —si practicamos el optimismo hasta que ver el lado amable de las cosas se convierte en rutina—, seremos felices”.
De la página web presentada por Coca-Cola como el gran archivo sobre la felicidad no queda absolutamente nada cinco años después.


Felicidad Interior Bruta


Desde 2013, el 20 de marzo se celebra el Día Internacional de la Felicidad. La Asamblea General de la ONU decretó en su resolución 66/281 de 2012 esa fecha para reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno. Se trata de una medida controvertida, por la dificultad para encontrar baremos objetivos que cuantifiquen el grado de felicidad y por las repercusiones derivadas de su conversión en faro de las acciones de gobierno, por delante de otras metas como la reducción de las desigualdades, la lucha contra la corrupción o el desempleo. En otras palabras: el riesgo de que la administración preste más atención a un gurú del mindfulness que a los sindicatos es real.


“Las formas de hacer política basadas en la felicidad —opina Cabanas— suponen ensalzar las cuestiones individuales y desdibujar las sociales, objetivas y estructurales. Vienen a hacer énfasis en que lo más importante es la forma en que se sienten los individuos, como si la política se redujera a hacer sentir bien o mal, como si no se tratara de cuestiones de discusión moral o ideológica”.


Tras firmar algunos de los recortes presupuestarios más importantes en la historia del país, con especial incidencia en el gasto social, a finales de noviembre de 2010 el primer ministro británico David Cameron propuso la elaboración de una encuesta para medir la felicidad de los ciudadanos, con la idea de difundir en la opinión pública que el bienestar se encuentra en otras variables distintas al Producto Interior Bruto. Es una iniciativa recurrente en distintos países, que se puede entender como una cortina de humo para distraer la atención. En 2016, el primer ministro y vicepresidente de Emiratos Árabes Unidos, Sheikh Mohamed ben Rashid Al Maktoum, anunció la creación del Ministerio de la Felicidad para generar en el país “bondad social y satisfacción como valores fundamentales”. Asimismo, situó esta novedad en el marco de una serie de reformas entre las que destacaba que se permitiría al sector privado hacerse cargo de la mayoría de los servicios públicos. En su informe 2017/2018 sobre Derechos Humanos, Amnistía Internacional concluía que Emiratos Árabes Unidos restringe arbitrariamente el derecho a la libertad de expresión y de asociación, que continuaban en prisión decenas de personas condenadas en juicios injustos, muchas encarceladas por sus ideas políticas, y que las autoridades mantenían a las personas detenidas en condiciones que podían constituir tortura. También señalaba que los sindicatos seguían estando prohibidos y que los trabajadores migrantes que participaban en huelgas podían ser expulsados, con la prohibición de regresar al país durante un año.


Emiratos Árabes Unidos ocupa el puesto 21 de un total de 156 países en la edición de 2019 del informe anual sobre felicidad mundial que Naciones Unidas publicó el mismo 20 de marzo. Se trata de la séptima entrega de un estudio que este año pone el foco, según sus autores, en la relación entre felicidad y comunidad, en cómo la tecnología de la información, los gobiernos y las normas sociales influyen en las comunidades. Finlandia, Dinamarca y Noruega se sitúan en el podio de este peculiar ranking, mientras Israel y Estados Unidos —dos países con enormes tasas de desigualdad y pobreza; el primero, además, sostenido sobre la discriminación de la población palestina— alcanzan los puestos 13 y 19 respectivamente. La felicidad en España sube en un año del 36 al 30 en un listado para cuya confección se tienen en cuenta variables como la esperanza de vida saludable, el apoyo social, la libertad para tomar decisiones, la generosidad o la percepción de corrupción.


De los meandros que entrecruzan política y felicidad sabe bastante la filósofa Victoria Camps, senadora por el Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) entre 1993 y 1996 y ganadora del Premio Nacional de Ensayo en 2012 por El gobierno de las emociones. En su opinión, la búsqueda de la felicidad es “un derecho, expresado de diferentes formas: el derecho a la igualdad, a tener una protección por parte de los poderes públicos para que esa libertad necesaria para escoger una forma de vida la tenga todo el mundo, no solo unos pocos”. Por eso considera que la política no debe garantizar la felicidad sino “que podamos buscar la felicidad”. Ella entiende que el modelo de Estado de bienestar “iba en ese sentido de proteger socialmente a los más desprotegidos, redistribuir la riqueza e igualar las condiciones de felicidad”. Para esta filósofa, el Estado de bienestar está en crisis pero cree que “era un buen modelo y que habría que potenciarlo e intentar adaptarlo a las nuevas necesidades y corregir todo aquello que no está funcionando”.


Camps conversa con El Salto a propósito de su reciente ensayo, titulado precisamente La búsqueda de la felicidad (Arpa Editores, 2019). Como filósofa, marca distancias entre su disciplina y la palabrería de autoayuda: “Creo que están en las antípodas una de otra. La filosofía no da recetas, sino que plantea cuestiones y obliga a profundizar, a pensar, a encontrar soluciones”.


También recuerda un factor que el paradigma de la psicología positiva tiende a olvidar: “Las condiciones materiales afectan bastante. Ya lo decía Aristóteles muy claramente: la felicidad no está en la riqueza, en el honor, en el éxito, pero todo eso es necesario para ser virtuoso. O como decía Bertolt Brecht, primero hay que comer y después hablar de moral”.
Y reflexiona sobre algunos aspectos nocivos consecuencia de esa promoción de la felicidad como objetivo ineludible: “Lo que se busca es que la gente esté contenta y no moleste mucho. En todos los ámbitos —en la política, en la empresa, en la educación— se busca por vías muy similares a las de la autoayuda, muy simples, que no tienen nada que ver con la felicidad. En la política, todas las medidas antipopulares, difíciles de explicar aunque sean buenas para las personas, son difíciles de proponer porque dan miedo al político, que prefiere que la gente esté contenta con medidas mucho más simples”.


A la felicidad por la huelga


En una entrevista publicada en la web de El Salto en junio de 2018, el músico asturiano Nacho Vegas hablaba de reivindicar la infelicidad, ya que que, en su opinión, “hay veces que parece que vivimos en esto que Alberto Santamaría llama capitalismo afectivo en el que algunas empresas miden cuánto les cuesta la infelicidad de sus trabajadores y se dedican, con estos rollos motivacionales y de coaching, no a crear felicidad, porque el capitalismo no puede hacer eso, sino a cambiar la respuesta de la gente ante la infelicidad”.
Alberto Santamaría es profesor de Teoría del Arte en la Universidad de Salamanca y el año pasado publicó En los límites de lo posible (Akal), un intento de rastrear la actividad de los agentes que posibilitan que la creatividad, las emociones o la imaginación conformen un mapa afectivo necesario para la prosperidad económica. “Las empresas se dan cuenta de que la infelicidad, la depresión, son problemas gravísimos. Ahora bien, lo que buscan no es una solución directa, sino que la estrategia se basa en reforzar esa doble dinámica de relación mercantil y deseos. Por ello lo que la narrativa empresarial nos vende es que el único lugar donde de verdad seremos felices es en el trabajo”, contesta a El Salto.


Para Isabel Benítez, socióloga y periodista especializada en la cuestión del trabajo y conflictos laborales, la respuesta que las empresas ofrecen ante la infelicidad de las plantillas es un “mecanismo sofisticado de domesticación que busca productividad, directa al intentar mejorar la satisfacción y movilizar los recursos emocionales propios, internos de las trabajadoras; pero también productividad indirecta: reducir la conflictividad laboral, la articulación colectiva del malestar común”.


En su opinión, es “harto difícil” que en el trabajo asalariado se encuentre una posibilidad de realización personal-profesional, aunque precisa que “a nivel individual hay quienes sí lo consiguen a pesar de la inestabilidad, la arbitrariedad, la falta de perspectiva, la ausencia de control sobre el qué, cómo y para qué de tu trabajo”.


Benítez escribió junto a Homera Rosetti La huelga de Panrico (Atrapasueños, 2018), un libro sobre la experiencia de la huelga indefinida que entre octubre de 2013 y junio de 2014 mantuvo la plantilla de la única fábrica de Panrico en Cataluña. Ella cree que los momentos de organización, ganar posiciones y lograr cambios en lo laboral son fuente de satisfacción y crecimiento para los trabajadores, pese a todos los obstáculos.


Por eso considera que la huelga no deja indiferente a nadie: “Es una alteración de la normalidad donde se incrementa la sociabilidad entre trabajadores, se pone a prueba la capacidad de análisis y de organización colectiva, y se descubren habilidades ‘ocultas’: creatividad a todos los niveles para pensar —dónde, cuándo, cómo presionar a la empresa, para dirigirte al resto de compañeras, para activar solidaridades externas a la empresa o centro de trabajo—, para hacer —construir barricadas, campamentos—, negociar, estrategia. Las huelgas, los procesos de lucha colectiva, cambian a las personas que participan. Son momentos de mucha tensión y emoción, en todos los sentidos”.


Yo no quiero ser feliz


“Pero a mí me sabe tan mal”, dice la letra de una canción del grupo de rock Los Enemigos que reconoce la incomodidad propia ante quien puede sonreír cuando lo exige la ocasión, quien distingue el principio del final y sabe hacia dónde va. Ante quien, en suma, es tan feliz y encaja. La canción, incluida en el disco La vida mata (1990), se puede leer como un anticipo del hastío por la imposibilidad de alcanzar esa meta de la felicidad que se sugiere como ideal desde tantos frentes. También, de algún modo, como una reacción.


Casi treinta años después de su grabación, Edgar Cabanas observa que en España se está generando una conciencia crítica. “El otro discurso gana, porque es más simplista, traducible a titulares, integrable en políticas de empresa, comercializable, pero está habiendo un caldo de cultivo crítico que intenta hacerle frente”, señala el coautor de Happycracia.
La profesora Vila Núñez entiende que “mientras haya resistencia, no hay triunfo” aunque no tiene dudas de que estamos en una nueva fase del avance del capitalismo, “un estadio sofisticado definido por el asalto al deseo, a la propia subjetividad. Un infierno a la medida de nuestro deseo, nos recordaría hoy, si estuviese entre nosotras, Jesús Ibáñez. Ya no solo somos cuerpos disciplinados sino deseos expropiados, cuerpos sin memoria”.


Según su parecer, en la sociedad que afirma el imperativo de la alegría “ya nada tiene sentido porque nada tiene principio ni fin, solo existe el ¡ya!, el just do it!, porque no hay recuerdos ni compromisos, no somos nadie, no venimos de ninguna parte y no vamos a ninguna parte, este es el estado de la cuestión, es el cuento del estado de las cuentas. Sísifo arrastrando la piedra que al llegar a la cumbre siempre puede volver a caer”.


A finales de 2018 se publicó La vida de las estrellas (La Oveja Roja), segunda novela de Noelia Pena. Un relato acerca de las otras realidades que la imposición del arquetipo de persona triunfadora, hecha a sí misma y feliz pretende ocultar. Lo que le interesaba, cuenta la escritora a El Salto, era “arrojar un poco de luz sobre algunas problemáticas y conflictos a los que no siempre queremos mirar de frente, como la enfermedad, la soledad, el aislamiento o el maltrato. La proliferación de enfermedades como la ansiedad y la depresión evidencia que este sistema no nos deja vivir: nos exprime y asfixia. ¿Qué sucede cuando una depresión nos impide ir a trabajar o cuando perdemos un trabajo? Nuestra seguridad se tambalea y con ella el modelo de vida que proyectamos alrededor del éxito profesional”.


Pena entiende que el gran problema social sigue siendo la emancipación y en el libro aborda esta cuestión. Pero asegura que no se propuso que sus personajes fuesen el contrapunto a lo que prescribe la psicología positiva: “Lo que puede verse en las problemáticas de los personajes de la novela es la dimensión colectiva de los malestares contemporáneos. A pesar del individualismo creciente, gran parte de nuestros problemas tienen una dimensión social: la soledad de los personajes, sin ir más lejos, especialmente los mayores. Tanto el mindfulness como los libros de autoayuda intentan convencernos de que cambiando nuestra mente podemos cambiar la realidad e individualmente podemos conseguir la felicidad, pero ¿cómo ser felices si la solución a nuestros problemas no es individual, sino que comporta decisiones ajenas, ya sean políticas, médicas o bien apuntan a estructuras de poder asentadas desde hace siglos o a la violencia sobre nuestros cuerpos por parte de otras personas?”. La respuesta a esta pregunta es, posiblemente, la más importante de todas las que se buscan a lo largo de la vida.

Por Jose Durán Rodríguez

publicado
2019-04-13 06:00:00

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¿Cuánto va a durar el planeta? Un experto responde a las dudas de los jóvenes sobre el cambio climático

Este 15 de marzo miles de estudiantes de 60 países hicieron huelga para exigir a los líderes mundiales que adopten medidas urgentes para luchar contra el cambio climático. En este artículo, un científico responde a las preguntas que plantean adolescentes y jóvenes sobre el cambio climático, recopiladas por el Priestley International Centre for Climate durante una protesta que tuvo lugar en febrero. 

¿Cuánto va a durar el planeta? He oído que 12 años…


El plazo de 12 años que has oído proviene de un informe especial encargado por las Naciones Unidas, en el que se estudian los efectos de un calentamiento global limitado a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. Actualmente, el mundo es 1 °C más caliente que a finales del siglo XIX, que es el período más antiguo del que tenemos mediciones fiables de la temperatura, justo antes de que la Revolución Industrial alcanzara su apogeo.


Para evitar que la temperatura global aumente más de 1,5 °C, la humanidad debe reducir sus emisiones de dióxido de carbono (CO ₂ ) hasta aproximadamente la mitad de los niveles actuales de aquí a 2030, y hasta cero de aquí a 2050. La fecha de 2030 —12 años desde que se publicó el informe en octubre de 2018— recibió una gran atención en los medios de comunicación .


Si se incumple la fecha límite de 2030, resultará muy difícil mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C. Esa temperatura no implica necesariamente una garantía de seguridad, pero el daño causado por el cambio climático será mucho más grave si los niveles de calentamiento son más altos.


El nivel actual del calentamiento de 1 °C ya ha ocasionado un aumento de los fenómenos climatológicos extremos (como olas de calor o inundaciones), se traduce en escasez alimentaria y tiene efectos en la producción de alimentos . Ya se están extinguiendo especies enteras por razones relacionadas con el cambio climático.


Con un calentamiento de 2 °C o más, habrá una mayor elevación del nivel del mar, los fenómenos climáticos extremos serán más frecuentes y se producirán efectos perjudiciales en el suministro de alimentos y de agua, lo que hará que resulte muy difícil vivir en algunas partes del mundo.


La consecuencia previsible es que muchas personas tendrán que abandonar su país y se convertirán en refugiados climáticos , y otros muchos millones de personas de todo el mundo se verán expuestos a la pobreza. Además, se perderán muchas especies y morirán prácticamente todos los corales.


Por desgracia, no estamos haciendo lo necesario para mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C, ni siquiera de 2 °C. Si los países cumplen sus objetivos actuales, las temperaturas aumentarán en torno al 3 °C (o incluso más, si las emisiones siguen aumentando).


El planeta en sí sobrevivirá al cambio climático causado por el hombre. De hecho, ya ha sufrido temperaturas más altas; fue hace millones de años , aunque en esa época el mundo era muy diferente. Los seres humanos seguramente no nos extinguiremos, pero tendremos que aprender a adaptarnos a un mundo más caliente y a todos los problemas que eso conllevará. Esto significa que tendremos que cooperar y prestar ayuda y recursos a las personas vulnerables.


¿Cuál sería la política más eficaz para acabar con el cambio climático?


Ninguna política acabará, por sí sola, con el cambio climático, pero una estrategia muy eficaz sería prescindir rápidamente de los combustibles fósiles , como el carbón y la gasolina, que se usan para crear electricidad y propulsar el transporte. Hay maneras diferentes de lograr este objetivo, y es importante que los líderes adopten políticas orientadas a crear buenos empleos y a reforzar a las comunidades.


Por ejemplo, los Gobiernos deben invertir dinero en trenes y autobuses seguros, fiables, eficientes y asequibles, para que las personas puedan desplazarse sin utilizar coches. Hay que rediseñar las ciudades para facilitar el desplazamiento a pie, en bicicleta o en transporte público. Las viviendas deben tener buenas conexiones con la red de transporte, y hay que construirlas o modificarlas para que hagan un uso más eficiente de la energía, para que resulte más fácil mantenerlas frescas en verano y calientes en invierno.
Los viajes aéreos internacionales también representan una parte cada vez mayor de las emisiones globales , y los Gobiernos de todo el mundo deben colaborar para dar respuesta a ese problema.


La ganadería —en especial la producción de carne y productos lácteos— también crea una cantidad sorprendentemente alta de emisiones . Así pues, los Gobiernos deben alentar a los ganaderos a que usen métodos sostenibles . Por otra parte, la agricultura puede producir deforestación. Puesto que los árboles eliminan el dióxido de carbono de la atmósfera, es necesario proteger los bosques y plantar nuevos árboles.


¿Qué puedo hacer en mi vida diaria para ayudar al clima?


En primer lugar, puedes medir tu huella ecológica rellenando este cuestionario del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). La encuesta ofrece asesoramiento para ayudaros a ti y a tu familia a reducir vuestro impacto ambiental. Los estudios también han puesto de relieve los cambios más importantes que puede adoptar una persona para ayudar al clima. Son los siguientes:


1. Volar menos.
2. Si tienes edad para conducir, intenta vivir sin coche o compartirlo con tu familia y tus amigos.
3. Optar por una dieta vegetariana o vegana puede reducir tu huella ecológica (aunque tal vez resultaría más eficaz evitar el desperdicio de alimentos que mantener una dieta estricta).
4. Una idea controvertida, pero cierta: en los países más ricos, tener un hijo menos es la medida de mayor impacto .

En tu vida diaria también hay acciones pequeñas que pueden ser útiles. Apagar la calefacción o el aire acondicionado en casa y calentar o enfriar solo las habitaciones que estés usando te permitirá ahorrar dinero y reducirá las emisiones de carbono. Procura comprar menos ropa, plásticos y aparatos, ya que para fabricar esos artículos se consumen recursos y energía.
Fabrica tus propios artículos, tómalos prestados, practica el trueque, cómpra de segunda mano o búsca productos gratuitos , y, en la medida de lo posible, recicla todo lo que se pueda reutilizar. Cuando tengas edad suficiente, también puedes optar por depositar tu dinero en un banco ético y obtener electricidad generada a partir de energías renovables 100%.


Los cambios individuales tienen un alcance limitado , pero recuerda que tus acciones pueden inspirar a otras personas. ¡Usa tu voz! Hablar sobre el cambio climático con tus amigos, tu familia y tus compañeros de clase contribuye de manera esencial a concienciar y a impulsar nuevas medidas.

Por Chris Smith
The Conversation
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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¿Calentamiento Global? ¿Cambio Climático? ¿Desequilibrio climático? ¿De qué hablamos y qué podemos hacer?

La lucha contra el cambio climático es una emergencia global que no admite excusas. Es alentador comprobar que los jóvenes, -principales sufridores de las consecuencias futuras-, se han puesto en marcha para interpelarnos. Siempre hubo huracanes, grandes borrascas, sequías y otros fenómenos climáticos, pero es un hecho constatable que cada vez son más frecuentes e intensos.


La principal causa de este cambio o desequilibrio son las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la actividad humana.


Los datos del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) son concluyentes respecto a lo que está sucediendo con el clima global: los fenómenos atmosféricos extremos se correlacionan con la temperatura de la superficie del mar en los océanos, que han capturado el 90% del calor adicional producido en los últimos 50 años. Tenemos la obligación de reducir los efectos potenciales de ese calentamiento. Abordar medidas para la mitigación y para la adaptación, lo que implica actuar para minimizar los efectos que empezamos a sufrir. Eso supone la reducción de las concentraciones de gases de efecto invernadero, preferiblemente mediante la reducción de sus fuentes. Pero no se están tomando medidas para lograr una reducción significativa. En muchas regiones del Hemisferio Sur se da por sentado un incremento de temperaturas excesivo.


En países como España, asumiendo el cumplimiento del Acuerdo de París, supondría, en cualquier caso, un aumento en torno a los 4ºC, con terribles consecuencias, ya anticipadas científicamente, para el sector agrícola y las poblaciones costeras, por la subida del nivel del mar.


No hay un Acuerdo Internacional de cómo gestionar la capacidad de carga de la biosfera, de absorber los residuos de nuestra actividad industrial. Lo de París fue un acuerdo de mínimos y no va a tener trascendencia en el control de emisiones.


Hoy existen más refugiados por causas climáticas que por guerras: según datos de Naciones Unidas hay más de 20 millones de personas desplazadas por desastres ecológicos. Los que quieren seguir pensando que son fenómenos naturales quizá no sepan que, en muchos de esos focos de emigración, por ejemplo, en África, sus habitantes llevaban siglos viviendo en durísimas condiciones climatológicas y sabían afrontarlo. Los desplazamientos son algo nuevo y en muchos casos tienen que ver con las políticas de los Gobiernos, favorecedoras de las grandes Multinacionales y de los monocultivos y sobreexplotación de recursos. Acaparan tierras, pero, más dramático aún, acaparan agua en muchos sitios donde ya de por sí escasean y obligan a sus moradores a desplazarse. En ese sentido el Brasil de Bolsonaro nos sirve de triste ejemplo. Lo primero que ha hecho al llegar al poder ha sido desproteger los territorios del acoso de grandes corporaciones madereras, ganaderas o extractivistas en general.


El cambio de paradigma necesario requiere actuar en distintos frentes:


Movilidad global, ordenación del territorio, sobre todo en los crecimientos urbanísticos desproporcionados que generan mayor necesidad de desplazamientos; Gestión hídrica y cierre del ciclo natural del agua. Recuperación de sistemas de protección naturales en nuestro litoral, que eviten las consecuencias de tener buena parte de nuestra costa encementada; mantenimiento de zonas forestales en condiciones óptimas que eviten o minimicen los incendios forestales que cada vez afectan con más intensidad y a mayores extensiones.
Desafortunadamente la mayoría de los medios de mitigación parecen efectivos para prevenir calentamiento adicional, no para revertir el calentamiento existente. Y eso es preocupante. Medidas como: reducir la demanda de bienes y servicios que producen altas emisiones, incrementar la eficiencia, el uso y desarrollo de tecnologías de bajo nivel de CO2 e ir sustituyendo los combustibles fósiles. Incrementar la eficiencia energética de los vehículos, dando mayor peso en el transporte terrestre al ferrocarril y al transporte colectivo. Se precisan cambios en los estilos de vida y en las prácticas de negocios. Así como en el planeamiento urbano, que también debería servir para reducir la expansión descontrolada de las ciudades y con ello, reducir los km viajados, minimizando las emisiones del transporte.


La planificación urbana tiene un efecto evidente sobre el consumo de energía. El uso ineficiente de la tierra, muchas veces tierra fértil escasa, para los desarrollos urbanísticos, más allá de las necesidades reales, y basándolo en la especulación, ha aumentado los costes de infraestructura, así como la cantidad de energía necesaria para el transporte, los servicios comunitarios y en edificios. Se podrían reducir los consumos energéticos considerablemente a través del uso más compacto y mezclado de los patrones del suelo.
El parque urbanístico construido a toda velocidad en los años de la burbuja, no ha cumplido los estándares adecuados desde el punto de vista de eficiencia energética y aprovechamiento pasivo de energía, y, para colmo, la especulación ha impedido cubrir las necesidades de vivienda de la población. Se necesita mejorar la eficiencia energética del parque edificatorio y facilitar el derecho a disfrutar de viviendas en condiciones dignas.


Una grave derivada tiene que ver con la especulación en el litoral. La invasión urbanística del espacio costero y llanuras de inundación ante fenómenos cada vez más fuertes hace también a las poblaciones litorales más vulnerables a sus efectos.


Otro grave problema es el imparable proceso de desertificación donde concurren diversos factores que se van sumando para empeorar la situación: la pésima gestión del ciclo del agua, sobre todo por el elevado peso de la que se destina a regadíos y asimismo la falta de protección a lugares de especial relevancia y valor natural, como el emblemático PN de Doñana, con su especialmente vulnerable y frágil marisma, de extraordinaria importancia como lugar de paso, cría e invernada para miles de aves. Porque también cumplen las marismas importantes funciones, como la de amortiguar y minimizar las corrientes marinas cuando hay mucho viento o tormentas, y esa es una función fundamental en relación a la protección del litoral frente al cambio climático, que no siempre se considera, cuando se le da vía libre a procesos de encementado del litoral.


A lo anterior hay que agregar la acelerada subida del nivel del mar, que además es cada vez más rápida: desde los 1,2 mm año del periodo 1901 a 1990 a los 3,4 mm anuales de los últimos años, que además en el litoral malagueño llega a ser de 9 mm/año. Este incremento del nivel del mar se suma al producido por el oleaje amplificando la zona inundada por el mar.


La conclusión es clara: es urgente tomar medidas contra el cambio climático, de mitigación y de adaptación.


En 2017, la que fue secretaria general del Convenio Mundial contra el Cambio Climático, Christiana Figueres, publicaba en la revista ‘Nature’ un manifiesto en el que advertía que nos quedaban tres años para cambiar la actual tendencia en materia de cambio climático y comenzar a reducir las emisiones. O sea, para 2020 debían estar en marcha medidas ambiciosas. Planteaba el desarrollo de una hoja de ruta de 6 puntos en sectores concretos que nos permitieran alcanzar ese objetivo.


El sector de la producción de energía es clave: el ambicioso objetivo era alcanzar con energías renovables para el año 2020 un 35% de la producción energética global. En materia de transporte vehículo eléctrico eficiente, pero mejor aún, ferrocarril movido por electricidad procedente de renovables. Detener totalmente la destrucción de las selvas y bosques tropicales, hoy tan amenazados. Y aquí tenemos pendiente buscar soluciones a los graves problemas de nuestras masas forestales, como la seca del alcornocal y mal estado de encinares y pinares, o frenar la expansión de eucaliptales que promueven empresas como ENCE para pasta de papel. Fundamental detener la degradación de los suelos. Las soluciones están ahí, y hay que ponerlas en marcha.


La lucha contra el cambio climático es una emergencia global que ya no admite excusas. Aceleremos las actuaciones necesarias. Los jóvenes y el futuro lo están demandando.

15 marzo, 2019
Por Carmen Molina Cañadas

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 04 Febrero 2019 06:38

Crear valor

Crear valor

Reducido a su esencia, el propósito de la actividad económica en una sociedad es producir bienes y servicios para ser consumidos ahora o en el futuro.


La diferencia temporal es del todo relevante: significa que parte de la disponibilidad de los recursos tiene que invertirse para que el proceso no sólo pueda continuar, sino lo haga de manera ampliada para satisfacer las crecientes y cambiantes necesidades de la población hoy y después.


Es necesario, entonces, el ahorro, que consiste en la diferencia entre el ingreso y el consumo, tanto privado como público. La capacidad de ahorro en una sociedad puede asociarse con el fenómeno de la desigualdad, aunque no necesariamente las cuentas al respecto son una operación aritmética simple.


Su derivación de los métodos de la contabilidad nacional es cuestionable, a partir de la consolidación de ese concepto muy poco claro, lleno de concepciones técnicas, trucos e ideología que es el producto interno bruto, que se mide cada año y sobre el que se fija la política del gobierno desde el presupuesto.


Se trata, pues, de crear valor de modo constante. Esa es la fuente de la riqueza. Producir y distribuir los ingresos que se generan es factor clave de cualquier organización social. Cada modo de producción resuelve este problema de manera distinta. Cada uno entraña sus propios conflictos. No es un asunto meramente técnico y ocurre, por supuesto, dentro de un entramado políticamente determinado.


En principio la producción crea valor, pero es un proceso que tiene fugas. Esto quiere decir que al mismo tiempo ocurre también una extracción de valor que es apropiado por ciertos agentes económicos. Se trata, por ejemplo, de una diversidad de rentas que se derivan de posiciones de control, ya sea en la misma producción como ocurre con los monopolios o concesiones especiales para explotar algún recurso.


Otra forma de extracción son los impuestos. La justificación de los impuestos o tributos –los términos mismos son muy indicativos de lo que representan– es diversa y su uso por parte del Estado o el gobierno es controvertido.


Los impuestos son recursos que pueden ser usados para crear valor, siempre y cuando soporten la generación de riqueza. No es sencillo calificar el gasto del gobierno en cuanto a su capacidad de generar valor, no es clara la utilización eficiente de los recursos que concentra. También es justificable en principio su asignación con otros criterios.
En un sentido técnico eso tiene que ver, por ejemplo, con la manera en que se fijan los precios de los servicios públicos, cuestión que difiere del sector privado, donde una referencia son los precios en el mercado.


Los subsidios son de tipos muy variados y repercuten en la distribución del ingreso. Sería necesario cuantificar los efectos que tienen en la creación de valor y riqueza. La eficacia del uso de los recursos públicos es un asunto complejo, como puede advertirse.


En el caso de las actividades financieras la experiencia reciente de la crisis de 2008 ha puesto en evidencia que muchas de ellas no crean valor, sino lo extraen mediante la apropiación de rentas que distorsionan la actividad productiva y concentran la riqueza. Hay, sí, un uso productivo de las transacciones financieras.


La efectividad de la inversión privada se mide, finalmente, en las utilidades que genera luego del pago de los impuestos y en entornos distintos de competencia en el mercado. La efectividad del gobierno no se mide necesariamente por ese rasero. Lo nebuloso que en muchas ocasiones resulta la actividad productiva del gobierno y su capacidad de generar valor es hoy un asunto explícito en el país en torno a la grave crisis de Petróleos Mexicanos y no es el único caso.


Con respecto a lo esencial de la creación de valor por medio de la actividad productiva para consumir hoy y en el futuro, se aprecia que de modo recurrente tiende a producirse menos en lugar de alcanzar el potencial de utilización de los recursos materiales, financieros y especialmente la fuerza de trabajo.


Esta situación se justifica con argumentos tales como el riesgo de un alza en la inflación, los déficits en la balanza de pagos, los desequilibrios del presupuesto, el aumento de la deuda pública y privada o el colapso del peso. Todo esto se expresa finalmente en la distribución del ingreso y la riqueza.

 

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Viernes, 01 Febrero 2019 06:46

Una recorrida por Caracas

Una recorrida por Caracas

En Caracas se ve movimiento intenso de gente, automóviles, colectivos y motos que se hacen escuchar. Hay precios altos y especulaciones. Las cajas CLAP garantizan la subsistencia de una familia por un precio casi simbólico.

La oposición al gobierno de Nicolás Maduro tiene como uno de sus caballitos de batalla la tan mentada crisis humanitaria. Sostiene que existe una alarmante falta de alimentos y de medicamentos, entre otros. Sin embargo, un recorrido por las principales avenidas de la capital venezolana muestra un imagen que está lejos del escenario que plantean los opositores. Movimiento intenso de gente, automóviles, colectivos y motos, muchas motos hacen de Caracas una capital ruidosa. Los supermercados muestran sus góndolas completas y en las farmacias, algunas ya transformadas en esa especie de boutique donde se consigue de todo, también hay medicamentos. El problema está en los precios, muchos de los cuales son extremadamente altos, fruto de la especulación propia del comerciante que está pegada como una rémora al proceso inflacionario que se retroalimentan entre sí sin solución de continuidad. Sin embargo, Irimaira, una mujer de unos setenta y pico de años, asegura a PáginaI12 que la gente vive, viste y se alimenta porque está “la magia” del venezolano pero también por la fuerte presencia del Estado que ha logrado amainar los embates especulativos y el bloqueo económico que vive el país.


“Por suerte está Nicolás que es el hijo de Chávez, tú sabes”, dice Irimaira desnudando sus preferencias políticas. Camina lento por la avenida Urdaneta, una de las principales vías de comunicación de Caracas, hacia una de las sede de lo que se conoce como Comité Local de Abastecimiento y Producción (Clap), una suerte de caja que contiene alimentos para que una familia se sostenga durante unos 25 días. La CLAP se compra por unos 150 bolívares soberanos, un valor prácticamente simbólico si se considera que un kilo de azúcar se vende en la calle a 2500 bolívares. La caja contiene dos kilos de harina de maíz, dos kilos de caraotas (frijol) negras, un kilo de lenteja, tres kilos de arroz, dos kilos de fideos, un kilo de azúcar, un litro de aceite, cuatro latas de atún, salsa de tomate, mayonesa y un kilo de leche en polvo. Todo eso debe durar unos 25 días para una familia. En la casa de Irimaira hay tres cajas porque allí viven sus dos hijos con sus respectivas familias. “Vivimos, claro que vivimos con la Clap”, dice la mujer que además suma el dinero de los trabajos de sus hijos y un yerno. Reconoce que la situación está difícil pero afirma que “no es culpa de Nicolás”, así llama al presidente, y señala a la oposición como la responsable de los males que vive Venezuela. Cuando se le pregunta si el gobierno no tiene una cuota de responsabilidad ella sonríe. “Nicolás sigue los pasos del comandante Chávez, se puede equivocar pero, coño, es humano. Acá el peo (problema) lo hacen los del Este y el señor Trump”, afirma. ¿Pero qué es la magia a la que hizo referencia al principio? Irimaira sostiene que la magia está en las diferentes formas de ahorrar, de gastar en lo indispensable, de no derrochar y “agradecer a Dios que nos dio al gran mago que fue el comandante Chávez”.


En Caracas también hay supermercados chinos. Una mujer recorre las góndolas y se detiene frente a una caja de 15 huevos. La caja tiene escrito a mano el precio: cinco mil bolívares. Duda y mira su celular. De repente una llamada salvadora porque desde el otro lado de la línea le dicen que encontraron la misma caja a 4200. La mujer dice que está siempre comunicada con su hija y se pasan datos de dónde comprar. Es parte de la magia que decía antes Irimaira pero esta mujer no cree en eso y mucho menos en las bondades del gobierno. Isabel es opositora aunque reconoce que no participa en las marchas y acciones de la oposición porque “no les creo nada”. Es lo que acá denominan una “ni-ni”. Claro que compra las caja CLAP “a pesar de que vengan de Turquía”, dice como refunfuñando. En su casa compran dos porque su hija y su nieto viven con ella. A pesar de la molestia que le genera hablar del gobierno reconoce que las CLAP lograron resolver el momento de desasosiego que se vivió en 2016 cuando las empresas de alimentos y las grandes cadenas prácticamente boicoteaban la economía venezolana. Estas cajas resolvieron ese momento de crisis que todavía hoy la oposición afirma que continúa. La crítica, como la que hizo Isabel, es que las cajas contienen muchos alimentos importados como si fuera una novedad cuando Venezuela importa gracias al petróleo y eso es sinónimo de Pdvsa.


Ayer, las avenidas de Caracas fueron la ruta de una gran movilización de los trabajadores de la petrolera estatal que concluyó frente al Palacio de Miraflores. La empresa fue objetivo de sanciones que aplicó el gobierno de los Estados Unidos contra Venezuela. El petróleo es la principal fuente de la riqueza, ahora y desde siempre, y es lo que le permite al gobierno financiar, por ejemplo, los programas sociales. En ese contexto los trabajadores salieron a la calle a repudiar la medida de la administración de Donald Trump. Edynnsonn, con cuatro enes, enfundado en una camisa roja y Pdvsa bordado en el bolsillo, aseguró que marcha “por la soberanía de Venezuela y por la no injerencia en nuestra patria de los gringos”.

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Lunes, 17 Diciembre 2018 05:53

La mala salud de hierro de Bolivia

La mala salud de hierro de Bolivia

El notable crecimiento del país andino lleva la contraria a los expertos que hablan de un modelo económico insostenible

Cada año los técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial que trabajan con las cifras bolivianas concluyen que “la economía está bien, pero no es sostenible a medio plazo”. Un ejercicio después se repite la misma historia: “La economía sigue bien, pero es insostenible a mediano plazo”. Así ha ocurrido durante mucho tiempo. Cada facción de economistas bolivianos — en función de si son más o menos próximos a las tesis del Gobierno de Evo Morales— se aferra a una u otra parte de la sentencia, pero lo cierto es que el país andino lleva casi una década creciendo por encima del 4% todos los años, ritmo que el propio FMI reconoce que se mantendrá también este año y el próximo.


“La economía boliviana sigue gozando de buena salud, pese al contexto adverso. El tirón de la demanda interna ha logrado reducir la pobreza y las desigualdades”, dice Luis Arce, ministro de Economía desde el inicio del mandato de Evo Morales, en 2006, hasta mediados del año pasado, y considerado el principal artífice de este buen comportamiento. Para Arce el secreto del “milagro boliviano” no es otro que el modelo económico, que contrasta con el “neoliberal” que aplican los otros gobiernos sudamericanos.


El patrón económico local considera la existencia de dos sectores: uno “generador de excedentes”, conformado por las industrias petrolera, minera y eléctrica, y otro “generador de ingresos y empleos”, integrado por las industrias manufacturera, agropecuaria, la de construcción o la turística. El modelo se basa en la toma del primer sector por parte del Estado, que así se convierte en el principal actor de la economía, y la posterior transferencia de los excedentes al segundo grupo por la vía del gasto público y la redistribución económica, es decir, de la ampliación de la demanda.


Gracias al boom de ingresos entre 2006 y 2014, mayoritariamente gracias a la venta de materias primas, muchos de ellos canalizados hacia el mercado interno, aumentó el consumo y las actividades destinadas a satisfacerlo. También el bienestar social, una variable a tener muy en cuenta en el país con menor renta per cápita de América Latina, tres veces menos que México y casi cuatro menos que Chile. La extrema pobreza —personas con ingresos inferiores a dos dólares diarios— cayó del 38% a 18%, y hoy es de solo el 10% en las ciudades. Tras una década con el quinto mayor crecimiento económico de América Latina, Bolivia se ha convertido en un país de ingresos medios: “Solo” el 30% de su población gana menos de cuatro dólares por día.


Este dinamismo también convirtió a las principales industrias de cerveza, gaseosa, cemento y telecomunicaciones en empresas más grandes, mayoritariamente en manos de grupos extranjeros. E impulsó a los bancos nacionales, cuyos activos se multiplicaron por 3,6 entre 2008 y 2017 y cuyos beneficios casi se triplicaron en el mismo periodo. Arce añade que, a cambio, los grandes actores del sector financiero tuvieron que hacer abundante el crédito productivo, al que el Gobierno ha fijado una cuota obligatoria; si en 2005 este ascendía a 1.100 millones de dólares, hoy supera los 10.000.


Puntos débiles


Pero no todo es positivo en Bolivia. El economista Napoleón Pacheco incide en que la economía local atraviesa ahora una fase de menor crecimiento por la caída del precio internacional de las materias primas. “En la medida en que esto pasa, vuelven los viejos males, alejados por la prosperidad anterior: déficit fiscal y déficit en cuentas externas, con efectos en el corto plazo, como un mayor endeudamiento y el aumento del crédito interno del Banco Central al Estado para financiar la inversión pública”. Este aumento del crédito interno no se convierte en inflación porque se respalda con las reservas de divisas extranjeras y “porque en parte se va afuera, por medio de las importaciones de bienes”, agrega. Ambos procesos deterioran el nivel de las reservas internacionales, que cayeron de 15.000 a 8.400 millones de dólares en los últimos tres años.


Las importaciones pasaron del 20% al 30% del PIB entre el comienzo de la bonanza económica (2004) y los mejores años de esta etapa (2011-2014). Hoy están a mitad de camino: en el 24%. La prevalencia de las compras en el exterior llevó a varios economistas a diagnosticar un principio de “enfermedad holandesa” en Bolivia: un súbito aumento de la capacidad de compra que los productores locales no se hallan en la capacidad de aprovechar. Solo se libran las ramas que no compiten con las importaciones, como la construcción —que en el país sudamericano alcanza tasas de crecimiento del 10% anual—. Otro síntoma de este mal, que toma su nombre de la destrucción del sector manufacturero de Países Bajos tras el descubrimiento de enormes yacimientos de gas en el mar del Norte a mediados del siglo pasado, es la apreciación de la moneda. Es el resultado de la entrada de una gran cantidad de dólares y de la supresión, desde 2011, de las microdevaluaciones que se realizaban para ajustar la relación entre la moneda local, el boliviano, y las divisas de los países vecinos, con los que más comercia.


El Gobierno de Morales no quiere devaluar su moneda ni un centavo para defender la “bolivianización” de las finanzas nacionales —una de sus banderas económicas— y para desalentar la fuga de capitales en un contexto internacional de alza del dólar. Para Juan Antonio Morales, presidente del banco central en la década de los noventa, la falta de flexibilidad del tipo de cambio es el peor error de política monetaria del Ejecutivo. “Desacostumbró a la población”, dice, “a ver cambios en el valor del dinero”, una variable que flota libremente en los grandes países de la región. Sin embargo, devaluar puede tornarse inevitable si el déficit comercial pone en jaque las reservas de divisa extranjera, clave para una economía en vías de desarrollo.


Arce señala que los economistas “neoliberales” son “anticuados” y no entienden que la economía boliviana ya no vive del comercio exterior, sino de la inversión y el consumo internos. El Gobierno alimenta la demanda interna con incrementos constantes de salarios y un alto nivel de gasto público (la tercera parte del PIB). Esta estrategia, insiste Pacheco, pasa por enfrentar el déficit comercial creando simultáneamente un déficit fiscal “gemelo” (que desde 2015 ha sido de un 7% del PIB). El economista Gonzalo Chávez la califica como una “huida hacia adelante”.


Baja deuda exterior


Los críticos con el modelo económico de Evo Morales creen que es insostenible seguir cebando la demanda interna sin incurrir en elevados déficits ni alimentar el fantasma inflacionistas. Sin embargo, el Gobierno tiene todavía un amplio espacio para mantener el dinamismo de la demanda interna, ya que debe al extranjero menos de 9.500 millones de dólares, apenas el 25% del PIB. Es una cifra bastante menor a la muchos países vecinos. Claroscuros de una economía, todavía, en expansión.

Por Fernando Molina
La Paz 15 DIC 2018 - 18:06 COT

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Altria, fabricante de los cigarrillos Malboro, se lanza al mercado de la mariguana

Nueva York. La compañía Altria, fabricante de los cigarrillos Marlboro y una de las compañías tabacaleras más grandes del mundo, se lanzó al mercado del cannabis con una inversión de mil 800 millones de dólares en Cronos Group, una empresa canadiense de mariguana medicinal y recreativa.


Esta inversión representa una nueva y emocionante oportunidad de crecimiento para Altria, comentó el presidente ejecutivo de la compañía, Howard Willard, en un comunicado publicado ayer al anunciar el acuerdo.


La firma tabacalera con sede en Richmond, Virginia, adquirió una participación de 45 por ciento en Cronos y agregó que pagará otros mil 400 millones de dólares por garantías que, de ser ejercidas, le darían a Altria una participación mayoritaria de 55 por ciento de la propiedad.


Eso significaría que la inversión de Altria estaría en el mismo nivel que los 4 mil millones de dólares gastados a principios de este año por Constellation Brands para adquirir acciones de Canopy Growth Corp, otro productor canadiense de mariguana.


La inversión realizada en agosto por Constellation, que fabrica Corona y otras bebidas, fue la mayor hasta la fecha por una corporación estadunidense importante en el mercado de cannabis.


La inversión de Altria ha animado a las empresas de cannabis que han empezado a establecerse en Canadá, donde las actividades relacionadas con la hierba han estado en auge, luego que desde el 17 de octubre de 2018 el país se convirtió en el segundo, después de Uruguay, en legalizar el consumo.


Cronos Group es una empresa con presencia en los cinco continentes que opera en el mercado de Canadá con productos relacionados con el uso recreativo del cannabis para adultos.
Se espera que el rápido crecimiento del mercado de cannabis continúe a medida que se extiende la legalización en Estados Unidos y cambian las normas sociales. El martes, el ultraconservador estado de Utah se convirtió en el sitio más reciente en legalizar el uso de la mariguana con fines médicos.


Arcview Market Research, una empresa de inversiones centrada en el cannabis, prevé que los consumidores gasten 57 mil millones de dólares al año en mariguana legal para 2027. En América del Norte, se espera que ese gasto aumente de 9 mil 200 millones de dólares en 2017 a 47 mil 300 millones en 2027.

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“Los algoritmos lo único que hacen es forzar a ver más de lo que nos gusta”, señala Fros Campelo, investigador de los procesos cerebrales.

El consumo de series en modo maratónico acabó definitivamente con el “tiempo en blanco” que imponía el modelo tradicional. Todas las empresas ponen juego estrategias psicológicas que tienen como fin la permanencia el mayor tiempo posible de los usuarios en sus redes.


“No pasés tanto tiempo frente al televisor que te va a hacer mal”. Todo niño escuchó alguna vez esa advertencia –palabras más, palabras menos– saliendo de la boca de alguna madre, tía o abuela. Aquella militancia anti tele se fundaba más en razones instintivas, mitos y fantasmas epocales que en argumentos científicos. Ese aviso –que a los oídos infantiles sonaba más a reprimenda que a alarma– podría tranquilamente parafrasearse en la actualidad, ante la enorme exposición a las pantallas en la que se encuentra el ciudadano tecnologizado del siglo XXI. En plena era dorada de las series, en una época en la que el consumo maratónico marca la supremacía del Ello freudiano, la frase de antaño de los adultos responsables se resignifica, generando nuevos interrogantes. ¿Es posible que la era digital esté moldeando

un nuevo “cerebro vidente”? ¿Cómo afecta el cada vez más extendido consumo maratónico a la capacidad de recepción? ¿Se consume más de lo que el cerebro puede procesar?
La posibilidad de ver series y películas de cualquier lugar del planeta a un click de distancia, sin moverse de casa, es una experiencia tan novedosa como única. La accesibilidad a un catálogo infinito de contenidos audiovisuales para todos los públicos resulta tan placentera como difícil de cuestionar. Sin embargo, la era digital parece estar imponiendo un tipo de consumo voraz que enciende las primeras luces de alarma: según un estudio de Netflix, la cantidad de usuarios que consumieron una temporada completa durante las primeras 24 horas de su lanzamiento creció más de 20 veces desde 2013 hasta el año pasado. Y nada hace pensar que esa tendencia se haya modificado en 2018. Más bien todo lo contrario: el binge-watching, que podría traducirse como exceso o atracón de mirar, resulta un ejercicio cada vez más cotidiano y popular.


Obesos de series


El perfil del espectador digital actual dista mucho del analógico del pasado. Básicamente porque la manera de acceder al contenido ha cambiado. Hasta no hace mucho, los televidentes accedían a las ficciones según lo dispusieran los programadores en la grilla televisiva. Las ficciones tenían un formato de emisión diario o semanal, por lo que por más fanatismo que provocasen siempre pasaba un tiempo prudente entre un episodio y el siguiente. El televidente analógico consumía, incluso fervorosamente, pero su potencial “adicción” estaba condicionada por los designios del programador, por un otro que imponía formatos, horarios y hasta tandas comerciales. El “tiempo muerto” acompañaba el visionado, aumentando la expectativa entre los televidentes, pero fundamentalmente permitiéndoles reflexionar sobre lo visto. Aquél televidente analógico tenía la “digestión televisiva” obligada.


Poco parece haber heredado el espectador digital del modelo conformado por décadas de televisión lineal. La posibilidad de acceder a programas de aquí y de cualquier parte del mundo en cualquier momento y a través de distintos dispositivos modificó la experiencia de ver y, por tanto, también el perfil del usuario. El consumo de series en formato maratónico, durante horas y sin interrupciones, acabó definitivamente con el “tiempo en blanco” que imponía el modelo tradicional. Cada cual se pudo trasformar en su propio y despota programador, en un sueño hecho realidad pero que en la práctica corre el riesgo de esconder un engaño: también construye su propio espectador adicto, de consumo voraz e impaciente, sin otro límite que el que impone el sueño o las obligaciones. Ese mundo anómico está configurando un nuevo sujeto vidente, atraído por mucho más que cuestiones artísticas. Hay procesos cerebrales que también intervienen en el voluminoso consumo de series actual.


“La dopamina es un neurotransmisor que el cerebro segrega cada vez que algo nos da placer, o cuando imaginamos la posibilidad de que ese placer se materialice. El cerebro segrega dopamina de antemano y activa conductas, motivación y deseo por aquello que podés consumir, sea una torta, la compra de ropa o de un capítulo de una serie. Hay una activación que te lleva a buscar la recompensa”, le explica a PáginaI12 Federico Fros Campelo, ingeniero e investigador de los procesos cerebrales, autor de El genio que llevamos dentro: innovación como nadie te enseñó. “Las series y sus nuevas maneras de consumo –detalla– están todo el tiempo proponiendo un consumo inconcluso. Ese capítulo que deja cabos sueltos con la intención de que quieras ver el siguiente están segregando dopamina y la persistencia hasta el final de la temporada de querer ver más y más. La absorción de dopamina en el cerebro funciona de la misma manera que una adicción. La diferencia es que la de las series es una adicción sin sustancia. Pero sus fundamentos son los mismos. Las llamamos adicciones conductuales, que se verifican sobre los medios digitales”.


La adicción conductual que generan plataformas como Netflix, Hulu, Amazon o HBO Go no pareciera ser obra exclusivamente de la calidad de las propuestas. Cada uno de los servicios on line tiene estudiado al detalle el perfil de cada uno de sus clientes, segmentados según sus preferencias, a partir de la monitorización de sus audiencias. Netflix, por ejemplo, ha identificado un total de 1300 comunidades de gustos entre los 130 millones de clientes dispersos en los 190 países en los que tiene presencia. Una big data que los servicios de video on line utilizan no solo para producir series a medida de cada uno de los segmentos reconocidos, sino también para personalizar y volver más eficiente la “experiencia de sentidos” que buscan diseñar cada vez que alguien usa sus plataformas. “Nada llega al intelecto que no haya pasado antes por los sentidos”, dijo Aristóteles cientos de años a.c, cuando el entretenimiento digital ni siquiera era una quimera.


“Una cosa que no debemos dejar pasar por alto es que Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, por ejemplo, estudió psicología además de programación”, afirma Natalia Zuazo, la directora de la consultora Salto y autora del libro Los dueños de Internet. “En los equipos directivos de las plataformas y las redes sociales no sólo hay desarrolladores de productos y especialistas en marketing: también hay psicólogos que estudian y trabajan sobre el efecto adictivo de los servicios que brindan. Todas las empresas ponen juego estrategias psicológicas que tienen como único fin la permanencia el mayor tiempo posible de los usuarios en sus redes”, subraya la periodista.


Pinchar la burbuja


La pregunta que parece necesaria hacerse en tiempos de plataformas encantadoras de usuarios es si se están construyendo espectadores más libres y críticos que los de antaño. O si, en realidad, están produciendo una generación de consumidores más adictos y pasivos, siendo rehenes de la tecnología. ¿Puede haber real voluntad de elección cuando, ni bien finaliza un episodio de la serie que está viendo, el usuario se topa con un reloj en cuenta regresiva que le da 10 segundos para decidir ver o no el capítulo siguiente, como sucede en Netflix? ¿O cuando YouTube carga automática e inmediatamente el próximo video relacionado al que se acaba de ver? ¿Hay mayor libertad de elección en la era digital? El tipo de consumo maratónico, ¿responde a una “necesidad” propia de seguir viendo más o es creada, guiada y estimulada por la tecnología?


“Hay múltiples tipo de consumo en la actualidad”, analiza Santiago Marino, doctor en Ciencias Sociales, magister en Comunicación y Cultura y licenciado en Ciencias de la Comunicación (FSOC-UBA). “El consumo maratónico –señala– es un elemento que hoy está más disponible pero que antes estaba programado, como los maratones de Los Simpson, que habilitaban esa posibilidad sin que el receptor decidiera en que momento lo ve. No es que el consumo ahora solo es maratónico, voraz e impaciente. Está esa forma de consumo, irreflexivo, pero también el que está segmentado y mira solo lo que le interesa y reflexiona sobre lo que ve participando en foros. Lo que sucede, por ejemplo, en torno a Game of Thrones, que tiene espacios de discusión y podcasts como los que hace Posta.fm, que se estrenan no bien termina el último episodio para discutir sobre lo visto. Hay una combinación de consumos: el voraz e impaciente, que solo consume, y el que aún siendo maratónico discute y conversa sobre aquello que consumió”.


¿Y qué pasa con aquellos que siendo rehenes del visionado maratónico no pueden ejercitarlo porque sus series favoritas siguen emitiéndose semanalmente? ¿Cómo reaccionan ante ese impedimento los millones de fanáticos de todo el mundo de Game of Thrones, Better Call Saul o The wlaking Dead? “La insatisfacción genera un exceso de dopamina, que con la acumulación se transforma en adrenalina y noradrelanina, las hormonas del stress. El exceso de deseo termina generando nerviosismo, stress y ansiedad. El que espera desespera es un dicho popular pero que tiene razón de ser en procesos cerebrales y neuroquímicos”, reconoce Fros Campelo.


La manera en la que se consumen las series en estos tiempos, y sus efectos sobre la recepción, no es el único aspecto a tener en cuenta a la hora de pensar el perfil del usuario que está moldeando el nuevo modelo audiovisual. La utilización de los algoritmos también plantea otras inquietudes, en tanto las compañías personalizan sus mensajes y las sugerencias de series o películas para ver en función del historial en el consumo de cada usuario. Esos modelos predictivos que ponen en práctica las plataformas podrían llegar a construir usuarios cada vez más fijados en sus intereses y preferencias, reafirmando sus gustos una y otra vez, atentando contra la posibilidad de conocer nuevos lenguajes, otros universos. Un modelo que, en la búsqueda de la eficiencia, produce no solo contenidos estandarizados sino también espectadores (y ciudadanos) estandarizados.


“Los algoritmos lo único que hacen es forzar a ver más de lo que nos gusta”, subraya Fros Campelo. “Netflix, por ejemplo, tiene algoritmos que recomiendan aquello que ya vimos en nuestro historial de usuarios. Lo mismo sucede en YouTube, Instagram y en el resto de las redes sociales. Lo que se recomienda es más de aquello que te gusta. Entonces, la permanente exposición a contenidos semejantes hace que desde tu procesamiento cerebral tengas la impresión de que el mundo orbita alrededor de aquél contenido que a uno le gusta, sin tener noción de que hay infinidad de otras alternativas. Esta tecnología se puede combinar con un fenómeno de nuestro procesamiento mental que se llama sesgo de disponibilidad, que le hace creer a nuestra mente que solo lo que vemos es lo que está disponible en el mundo”, explica el autor de Mapas emocionales.


El riesgo algorítmico de darle al usuario lo que el usuario quiere, todo el tiempo, es el de moldear usuarios predecibles, a los que se les da más de lo mismo. “La periodista y psicóloga social Aleks Krotoski, autora de la revolución virtual, me dijo alguna vez que los algoritmos produce un efecto anti sedentipia, que es el efecto de encontrar cosas inesperadas. Ese efecto anti eureka, de limitar la posibilidad de descubrir cosas nuevas, es la consecuencia del condicionamiento algorítmico. Las redes sociales crean burbujas sociales, en el mejor de los casos, e individuales, en el peor. Las recomendaciones mainstream basadas en lo que todos están viendo y en nuestro propio historial atenta con la posibilidad de encontrar cosas nuevas. El usuario digital debe ser consciente de ese efecto y no encerrarse en la burbuja. ¿Cómo se hace? No mirando solamente una plataforma, leyendo recomendaciones por fuera del mundo digital. No porque Netflix no sea interesante, sino porque Netflix no es el mundo. Por suerte”, analiza Zuazo.


La lucha del espectador digital, entonces, es la de intentar no ser atrapado por esa peligrosa burbuja algorítmica, que los quiere predecibles y homogéneos. Este visionado, basado en las huellas digitales que cada usuario deja cada vez que consume un contenido, también termina condicionando la producción audiovisual. La “intuición” de antaño a la hora de producir contenido es reemplazada por las estadísticas ultradesagregadas de los usuarios. ¿Y la creatividad? “Si el consumo masivo en servicios audiovisuales online que se instala –analiza Marino– es el que descansa en lo que nos recomienda el algoritmo, lo que va a suceder es que será cada vez más difícil para las novedades y productos emergentes instalarse y alcanzar un nivel de visibilidad significativo. Al menos hasta tanto sean comprados por la empresa que controla el algoritmo y nos lo recomiende. No sé si va a afectar la creatividad pero sí la posibilidad de que creaciones nuevas lleguen a audiencias masivas.”


Encontrar la fórmula infalible, minimizar al máximo el “fracaso”, es una búsqueda con la que todos los productores del mainstream sueñan. En la era digital, esa obsesión encuentra más y mejores herramientas, a partir de conocer las conductas previas de cada consumidor, pero también del neuromarketing. “Las grandes empresas –ejemplifica Fros Campelo– hacen estudios de neurociencia real aplicadas al marketing y al desarrollo de producto para que esté lo más verificado científicamente posible que el producto guste. Por ejemplo, con electroencefalografía miden la actividad cerebral, las ondas electromagnéticas del cerebro, en el que verifican la activación de excitación que genera lo que vemos. Es posible exponer al público a dos finales posibles de una serie y, a través de estos métodos, elegir a aquél que más excitación haya provocado. Esto se hace, incluso, con publicidades para el Superbowl o en los Mundiales de fútbol, que son eventos masivos en los que se estrenan anuncios con mucho impacto”.


Entre la adicción que alimenta el consumo maratónico, el modelo prefabricado que impone la aplicación de los algoritmos y la neurociencia aplicada al marketing, el espectador digital se enfrenta al desafío de que el Homo Videns no se fagocite al Homo Sapiens.

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“Hay topes y ya estamos llegando a ellos con un consumo voraz y de despilfarro”


La presidenta de la Asamblea General de la ONU reconoce que crece la brecha de la desigualdad e insta a ejecutar un cambio redistributivo y cultural que garantice formas sostenibles de producción y consumo



El viento en Roma va a una velocidad de 40 kilómetros por hora. De camino al Vaticano hay un árbol caído por el temporal y señales de tráfico en el suelo. La alcaldesa de la ciudad ha ordenado que los menores no vayan al colegio y los tozudos turistas se las ingenian para que no se les rompan los paraguas. En este inquietante día, la presidenta de la Asamblea General de la ONU, María Fernanda Espinosa, se acaba de entrevistar con el papa Francisco para hablar de cambio climático, migraciones, juventud y trabajo decente. “Es realmente edificante ver su fuerte compromiso con el multilateralismo y las Naciones Unidas, con temas tan apremiantes como los derechos de los refugiados y los migrantes, coincidimos en que es necesaria una migración ordenada, regulada y de garantía de derechos. Está preocupado también por el cambio climático y es un gran abogado del combate a los plásticos de un solo uso”, menciona la presidenta, exministra de Defensa y Relaciones Exteriores de Ecuador, diplomática y poetisa.


Espinosa cuenta en su trayectoria con estudios de la Amazonia, un territorio que, a 9.500 kilómetros de Roma está en vilo por la reciente victoria en Brasil del ultra Jair Bolsonaro y su debilidad en el compromiso contra el cambio climático y por el medio ambiente. Una postura que choca, entre otras, con los principios que defiende la ONU. “En las democracias hay que respetar la decisión de los pueblos. Es de esperar que las nuevas autoridades de Brasil se comprometan con el multilateralismo, con la agenda internacional, y sean aliados estratégicos en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en el combate contra la pobreza, la exclusión, por los derechos de los pueblos indígenas, el rol de las mujeres en el desarrollo, en la política,en la lucha contra todas las violencias de mujeres y niñas, contra el hambre… Todas estas cosas que van más allá de un país específico, pero que son parte de la agenda de la ONU y temas muy importantes para Brasil”, concluye.


Espinosa menciona el hambre, una vergüenza mundial que ha aumentado en los últimos tres años hasta alcanzar las 821 personas subalimentadas, mientras que 796 millones sufren obesidad y 2.200 millones tienen sobrepeso. Una realidad simultánea a la de esos 1.300 millones de toneladas de comida que terminan en la basura cada año (un tercio de la producción total), según los últimos datos de FAO (Agencia de la ONU para la Alimentación y la Agricultura), organización que tiene su sede en Roma y, a su vez, un fuerte vínculo con Brasil. El director general de la entidad, José Graziano da Silva, fue ministro Especial de Seguridad Alimentaria y Lucha contra el Hambre de Brasil durante el Gobierno de Lula Da Silva e impulsó allí el programa Hambre Cero, que se estima que benefició a más de 30 millones de personas. La clave para Graziano es la voluntad política. Según sus cálculos, si se priorizara la lucha contra la desnutrición en las agendas gubernamentales, como se ha reclamado estos días en la Cumbre Parlamentaria Mundial contra el Hambre y la Malnutrición celebrada en Madrid, el hambre podría erradicarse en 2030. Haría falta para ello una inversión de 232.000 millones de euros al año en el mundo de 2016 a 2030.


“Hay despilfarro. Mientras se botan los alimentos diariamente, hay personas que están muriendo de hambre en el mundo de manera literal. Las brechas de desigualdad siguen creciendo en el mundo. Se necesita un reajuste redistributivo, un cambio cultural que garantice formas sostenibles de producción y consumo. Todos los esfuerzos de crecimiento de las economías están orientados a incrementar la franja de consumidores, para todo. Y resulta que hay topes y ya estamos llegando a esos topes para un consumo voraz y de despilfarro”, señala Espinosa, que destaca que en Ecuador se lanzó una de las primeras iniciativas de etiquetado de alimentos para informar a los usuarios. “Es una de las políticas de etiquetado entre las consideradas más exitosas del mundo y ha reducido los niveles de obesidad en los niños de manera dramática”, indica la presidenta, que en su mandato se ha planteado trabajar siete prioridades por los siete días a la semana: el trabajo decente; los derechos de las personas con discapacidad; la acción ambiental; los migrantes y refugiados; la equidad de género; la juventud, la paz y la seguridad, y la reforma de la ONU.


Prácticamente todas están interrelacionadas entre sí. El cambio climático incide en los territorios, que a su vez impactan en la seguridad alimentaria, en el empleo que se genera en esa zona, en las migraciones de la juventud y en las condiciones de trabajo... Otro informe reciente de la FAO indica que la subida de temperaturas perjudicará el comercio de las zonas en desarrollo y aumentará las exportaciones de los países ricos, y la dependencia de los países del sur, una dinámica que apunta a continuar, según se vislumbra por la fragilidad de los compromisos de los países en el Acuerdo de París para reducir las emisiones. "Ese compromiso tiene ya tres años y no se ponen de acuerdo en repartir el trabajo", reclama Espinosa, quien pone sus esperanzas en la próxima conferencia sobre cambio climático de Katowice este diciembre. "La cuenta del cambio climático está mal distribuida. ¿Quién va a pagar la adaptación y mitigación, sobre todo en los países del Sur? También está la transferencia de tecnología baja en carbono, y multiplicar la capacidad de los países sobre todo del sur, para hacerlos más resilientes. Habrá grandes inundaciones, sequías, escasez...", prevé.


Las mismas esperanzas tiene en la cumbre de alto nivel a celebrarse en Marrakech sobre el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, también en diciembre. "La tarea es gigante y requiere obviamente que se sume toda la comunidad internacional. No se puede afrontar el tema de la migración en aislamiento como tampoco el cambio climático. Por su propia naturaleza son cuestiones transfronterizas, globales". Alerta la presidenta de la necesidad de un equilibrio geográfico para reforzar las ciudades intermedias. "Se requieren mecanismos que eviten la migración masiva del campo a la ciudad, algo que también pone en riesgo la seguridad alimentaria. Las megaciudades ya no están en el norte, están en el sur, son las que más crecen", apunta.


La lucha por el trabajo decente se le presenta entonces como un fuerte desafío. "Datos del Banco Mundial señalan que para el año 2030 debemos crear alrededor de 600 millones de puestos para poder cumplir con los ODS. ¿De dónde van a venir? Hay que hacer un compromiso y adaptarnos a la modificación de los mercados, a los impactos de las nuevas tecnologías. Hay que garantizar educación universal y de buena calidad para los jóvenes. El sector público tiene un espacio y una responsabilidad, pero es el sector privado, son las inversiones las que tienen un mandato ético de generar las oportunidades para los jóvenes. Los adultos deben crear espacios de deliberación conjunta", reclama. También está la diferencia por zonas. En el ámbito rural abunda la precarización y no suelen estar las universidades. En el supuesto de que se encontrara ahora a una universitaria de Kenia, cuya familia de zona rural ha hecho todo el esfuerzo del mundo para que pueda estudiar una carrera. ¿Qué sería lo más óptimo que hiciera? "Primero, que estamos en el momento de la especialización. También le diría que hiciera redes con otros jóvenes, que tienen la posibilidad de articular y organizar movimientos que superen las voces aisladas y lleguen a la participación política", responde.


Enlaza así con otras de sus prioridades: "Soy la cuarta mujer en 73 años en asumir la presidencia de la Asamblea General. No es mucho ¿no? Se ha comprobado que cuando la mujer tiene oportunidades en la economía el PIB puede subir porque son más productivas. Y estamos empujando fuertemente porque en las operaciones de mantenimiento de la paz haya más mujeres, porque se ha demostrado que su participación es transformadora. Hay cosas concretas más allá de cualquier esencialismo, de una visión romántica… Donde están las mujeres, por lo general, hay mejores resultados y las mujeres son extremadamente productivas, creativas, competentes y capaces de hacer la diferencia en todos los espacios".

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