Cómo hacer del decrecimiento un movimiento social de masas

La crisis climática lleva a la humanidad a un túnel oscuro. Echar el freno de mano del crecimiento turbocapitalista es una necesidad requerida por la propia ciencia. Sin embargo, de fondo hay un reto mayúsculo; el de cambiar la cosmovisión individualista y tejer una conciencia comunitaria capaz de poner la vida en el centro.

 

Es difícil escapar de las evidencias de la crisis climática cuando, cada poco tiempo, un temporal inunda pueblos enteros. Deslizar argumentos negacionistas choca con la realidad de los veranos más largos. Las fotografías aéreas de unos polos derretidos podrían servir, en este mundo del símbolo, para reforzar la verdad de la ciencia. Sin embargo, pese a los numerosos informes, la conciencia ecológica no despega lo suficiente como para despojar a la sociedad del peso del individualismo. La historia del tiempo presente es la de la desigualdad, la del neoliberalismo y el consumo vertiginoso. Todos ellos, elementos que imposibilitan frenar –más bien mitigar– las consecuencias de la crisis ecosocial.

Actuar es necesario. Así lo reclamaba Hoesung Lee, presidente del Panel de Científicos Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC), en la pasada cumbre del clima. Pero para que el problema se ataje de lleno también se requiere un discurso capaz de revertir la espiral ideológica sobre la que se asientan los principios del individualismo neoliberal; reforzar lo común se presta esencial si se quiere afrontar el reto climático con aspiraciones de triunfo. "Somos una cultura que no se siente ecodependiente y no es capaz de entender hasta que punto dependemos de la naturaleza. Se pone en práctica el antropocentrismo; el no sentirse dependiente de la tierra", expresa Yayo Herrero, antropóloga ecofeminista.

Es, en definitiva, "el triunfo de la individualidad", apunta Jordi Mir, doctor en Humanidades y experto en filosofía política. Y este es un principio esencial de un sistema basado en el crecimiento exponencial y de un modelo socioeconómico que no atiende a la evidencia de que la riqueza material choca con los límites biofísicos del planeta. "Detrás de estas ideas dominantes hay una clara idea de imponer ciertos pensamientos en la agenda. Por ejemplo, el tema del transporte público frente a la libertad individual de poseer un transporte privado: las compañías de automoción son muy activas en promover la necesidad de crear un derecho a comprar un coche, pero no porque sean malas ni perversas, sino porque ese es su modelo de negocio".

Sin embargo, esos anhelos de poseer riquezas materiales podrían chocar, desde una perspectiva climática, con los derechos comunes y, en definitiva, con el devenir de una sociedad que, ante todo, aspira a sobrevivir. "La crisis ecológica o la crisis que vivimos ahora de la covid tienen en común algo básico, que nos afectan como como especie y no como individuos. No hay salidas individuales; sabemos que anualmente hay miles de personas que fallecen por enfermedades relacionadas a la contaminación y no existe una solución individual a ese problema", agrega Mir, evidenciando cómo la denominada libertad individual de consumir o tener ciertas conductas pueden ir en contra de lo común.

El poder de la industria cultural ha sido clave para generar esta necesidad de construir una identidad en torno al consumo. "Desde los años ochenta, se llevó adelante un discurso neoliberal muy intenso para desprestigiar lo público, eliminarlo si fuera posible, lo que incentivó una tendencia humana a buscar reconocimiento. Esa tendencia puede tomar formas buenas para el conjunto de la sociedad, pero también negativas como diferenciarse competitivamente a través del consumo, lo cual no es puramente espontáneo, sino fruto de un desarrollo discursivo muy apoyado por todos los medios que nos rodean, también desde la ficción", valora Alicia Puleo, doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valladolid.

"Cuando vemos ficción no nos damos cuenta de como interiorizamos el modelo de consumo. En cambio, lo publico, lo común y ecológico, es presentado de una forma estereotipada, como algo negativo y fantasioso. También se ha representado como algo antiestético o, incluso, como algo que responde a algún tipo de patología mental", añade la filósofa y autora de Claves ecofeministas

 

Hacia lo común

 

Superar esa construcción cultural que vincula el éxito a lo material es, quizá, el gran reto social del siglo XXI. "Tenemos tres ejes claros para superar ese afán de lujo privado. Por un lado, necesitamos una organización basada en la suficiencia económica. Luego, el principio de reparto, es decir, la redistribución de a riqueza y la lucha contra la riqueza excesiva. Por último, potenciar lo común y el cuidado como práctica política", razona Herrero. El desafío, por tanto, gira hacia la necesidad de "crear vidas lujosas en un clima de suficiencia" para poder asumir que "materialmente la vida debe ser mucho más sencilla".

Mir apunta a la necesidad de alejar los discursos del clima de confrontación, en tanto que "el escario nunca debe ser una opción", sobre todo cuando la cosmovisión material e individualista responde a un modelo sociedad que deriva en una serie de malas prácticas que son inconscientes por la mayor parte de la población. "Detrás de todo está la idea de que tenemos libertad y derecho a consumir o, por ejemplo, viajar en avión tantas veces como queramos. En el fondo, el mensaje de 'compra billetes low cost para viajar barato' va ligado a una serie de incentivos económicos de los que depende mucha gente, porque nuestras sociedades se articulan en torno a ello", profesa el humanista. "Nosotros planteamos algo muy diferente. Ante esta idea de libertad para decidir qué, cómo y cuánto consumir, debe haber una respuesta que sea capaz de concienciar". Se trata al fin y al cabo de hacer más evidente las contradicciones del sistema con la sostenibilidad de la vida en todas sus formas

"¿Qué sociedad es más libre: aquella en la que puedes comprar billetes low cost o la que restringe estos viaje por el problema ecológico? ¿Dónde se es más libre: en un lugar en el que se regulan unas condiciones materiales de vida mínimas, o dónde la libertad sólo consiste en poder luchar de manera individual contra la precariedad? ¿Somos más libres cuando permitimos que cada entidad contamine lo que crea oportuno, o cuando se interviene para restringir las emisiones?", plantea Mir. "Parece que la libertad de todos se tendrá que construir desde una dimensión colectiva, porque nuestras diferentes libertades individuales puestas a competir ponen en peligro la sostenibilidad de la vida".

Revertir este paradigma y hacer de todos estos valores cercanos al decrecentismo un movimiento social de masas es un reto que viene a revertir una construcción cultural afianzada con décadas de dominio neoliberal. "Una de las claves es que el discurso ecológico sea positivo, basado en el ideal de justicia y en un modelo alternativo de vida que sea atractivo. Si el discurso es el de la renuncia y la austeridad, va a ser muy difícil conseguir algo", arguye Puleo. "Habría que insistir en otro paradigma de felicidad: no se trata de ser más pobres o tener la vida más reducida, sino en descubrir nuevas posibilidades que no estén basadas en el consumo destructivo de la naturaleza", agrega, poniendo como ejemplo la ética epicúrea: "Es muy adecuada para estos problemas, ya que es hedonista, porque no renuncia al placer, sino que se centra en aquellos que no están vinculados en los lujos materiales"

El escritor británico George Monbiot hablaba en una columna en The Guardian de hacer del lujo privado un lujo común. Es decir, hacer que los esfuerzos que los individuos ponen en poseer objetos materiales vayan destinados hacia la construcción de servicios públicos de calidad. Prescindir, por ejemplo, del coche para generar un transporte público de calidad y basado en los criterios de igualdad. "Hay objetos individuales que irremediablemente nos llevan hacia injusticia social, pero que repensadas en torno a dinámicas cooperativas pueden ser válidas", expone Herrero. "Se me ocurre, por ejemplo, que ante las olas de calor el aire acondicionado no pueda ser extensible a toda la población, pero si se pueden crear espacios colectivos refrigerados".

 

Cuando lleguen los "extraterrestres"

 

El deseo de cambiar el modelo nace del decrecentismo, no como ideología, sino como fenómeno del que la humanidad no escapará, ya que el colapso del planeta fruto de una actividad económica basada en el crecimiento parece, según advierte la ciencia, cada vez más inevitable. "La clave es cómo decrecer: ¿por una vía fascista y autoritaria que conlleve recorte de derechos o por una vía democrática?", se pregunta Herrero. La dificultad de generar una conciencia global de planeta es uno de los primeros obstáculos ya que el cambio climático lleva siendo denunciado desde los años setenta del siglo XX y los pasos resolutivos, desde entonces, han sido escasos. 

En cierta medida, existe un paralelismo con la crisis de la covid-19 actual. Así lo entiende la atropóloga ecofeminista, que señala cómo el parón de la economía y las decisiones del confinamiento se han efectuado principalmente porque la vida estaba en juego. Este riesgo mortal es algo común con la situación de emergencia ecológica que experimenta la sociedad en su conjunto, sin embargo, en este caso, "la mayor parte de la gente no tiene esa percepción de riesgo".

"Hasta que no lleguen los extraterrestres e invadan el planeta no habrá una reacción conjunta", ironiza Mir, realizando un paralelismo metafórico con los efectos devastadores de la crisis climática. "Parece ser que el ser humano necesita una concreción dramática para poder reaccionar". No en vano, para el humanista la crisis del coronavirus sirve para evidenciar cómo en ocasiones lo colectivo prevalece a lo individual, incluso en una sociedad como la actual, lo cual genera ciertas esperanzas.

En cualquier caso, ese reto de articular un discurso potente, capaz de generar conciencias sociales en torno a un cambio de paradigma, se presta como un paso necesario para que la sociedad pueda tener cierta resilencia ante el colapso climático. Para Puleo, conseguir que el movimiento decrecentista o ecologista tenga cierto calado requiere de "un discurso positivo" e integrador basado en "pactos de ayuda mutua". Es decir, "acuerdos entre movimientos sociales con cierto parentesco –feminismo, ecologismo, animalismo, pacifismo, antirracismo... – que a veces tienen ciertos roces inútiles. La idea es enriquecer cada movimiento con las sensibilidades de los otros. Creo que esta una clave para tejer un decrecentismo exitoso", zanja la filósofa.

 

Un cambio global

 

Articular cambios sociales conlleva riesgos. La desvirtuación de un movimiento se puede pagar caro, en tanto que la historia muestra como el poder ha tenido a bien teñir de progreso lo que termina desembocando en desigualdad. El camino de la utopía ecosocial, en ese sentido, no queda libre de curvas y desvíos perversos. El denominado green washing, el lavado de cara verde, es una realidad que se observa ya en el presente, cuando compañías que durante décadas apostaron su crecimiento al petróleo y la expansión materialista de la riqueza, comenzaron a invertir en campañas de marketing o en negocios aparentemente libres de contaminación. 

La transición ecosocial podría derivar en un aumento de las brechas que separan el Sur Global, estancado en una pila de injusticias sociales, y el Norte Global, que ha basado su supremacía en la extracción de recursos de Estados en desarrollo. "En el siglo XVIII había naciones muy avanzadas en materia de derechos humanos, pero en el fondo, mantenían la esclavitud en sus colonias del caribe. Se podría dar una situación así, en la que los países del norte cambiaran el paradigma verde a costa de mantener sucios otro territorios. Esto es algo que ya ocurre actualmente", advierte Puleo.

"Cualquier propuesta verde que no sea consciente del reparto y del derecho de todo el mundo a acceder a lo mínimo corre el riesgo de derivar en autoritarismos", dice Herrero. El ejemplo de Le Pen es válido para la antropóloga, que recuerda cómo su discurso de autosuficiencia y relocalización productiva se asienta en el rechazo y la criminalización. "Sería un error pesar en una organización de ciudades verdes que descansan sobre el flujo de materiales y energías que vienen de otros territorios", incide. 

Por tanto, la encrucijada de la humanidad pasa, no sólo por desmaterializar las aspiraciones vitales y potencial los valores comunitarios, sino por hacerlo de una forma global, sin generar nichos territoriales de falsa sostenibilidad.

madrid

17/05/2020 08:50

Actualizado: 17/05/2020 11:11

Alejandro tena

Publicado enMedio Ambiente
Débora Blanca, Ernesto Sinatra y Luis Darío Salamone.

Los efectos del aislamiento en usuarios de drogas y ludópatas

La abstinencia por el encierro obligado disparó un abanico de situaciones en las personas con adicciones y sus familiares. Débora Blanca, Ernesto Sinatra y Luis Salamone, tres psicoanalistas especializados en el tema, explican esas problemáticas.

 

La cuarentena obligatoria trastocó las conductas de todos. De las personas con adicciones también. De pronto, entre los que tienen como único medio de descarga el análisis, algunos lo pudieron seguir realizando vía internet. Otro no. Algunos pudieron seguir consumiendo. A otros se les restringió esa posibilidad. Seguramente están los que se pusieron a pensar en dejar de consumir. Algunos tienen mayor fortaleza. Probablemente sean los que pueden continuar con su tratamiento. Tal vez otros se sienten asfixiados no sólo por no poder consumir sino porque la familia es restrictiva. Algunas familias se enteraron durante la cuarentena que un integrante es adicto. Otras, que ya lo sabían, funcionaron como imprescindibles contenedoras y se fortalecieron los vínculos. Seguramente hay más casos y situaciones. Tantas, como personas que sufren adicciones. Para conocer qué pasa con las problemáticas de las personas con adicciones durante el aislamiento social, PáginaI12 consultó a tres destacados especialistas: Ernesto Sinatra, Luis Darío Salamone y Débora Blanca.

Ernesto Sinatra es una eminencia en el mundo Psi en relación al campo de las adicciones. Psicoanalista y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), es codirector del TyA (Toxicomanía y Alcoholismo), el Grupo de Investigación en Toxicomanía y Alcoholismo del Instituto del Campo Freudiano. Entre otros libros, es autor de [email protected] [email protected] [email protected] implosión del género en la feminización del mundo, ¿Todo sobre las drogas? y Adixiones (en edición). “Como siempre, una premisa general que va a permitir situarnos: vamos a hablar de una manera general. Hay una cuestión que es fundamental diferenciar: lo que vale en cada caso no podemos, a veces, llevar a lo que vale para todos. Aun con estas consideraciones necesarias podríamos dar cuenta de lo que podría acontecer”, aclara Sinatra ante la primera pregunta del cronista.

 

--Se habla mucho de situaciones de ansiedad y angustia que puede generar el aislamiento a cualquier persona en general. ¿Qué pasa con la ansiedad en una persona adicta que tiene que atravesar la cuarentena? ¿Qué riesgo implica?

 

Ernesto Sinatra: --Tenemos un precepto respecto del campo de las adicciones, de las toxicomanías: es que hay algo que denominamos “función del tóxico”. Por ese término lo que ubicamos son los rasgos particulares que hay en cada uno del lugar que ocupa la droga o las drogas en la economía libidinal de alguien. Es decir, una droga no siempre tiene la misma función por más que su química o sus efectos químicos se supongan alcanzar a todos. Hay diferencia. De la misma manera que la angustia --que es lo que tan frecuentemente en casos como el actual de un encierro, nos afecta a todos--, tiene también un impacto fundamental y diferencial en los llamados adictos: qué hace cada uno a la falta de aquello que es lo que más quiere, necesita. Esa es una pregunta que vale no solamente para los llamados adictos sino para cada uno. Por ejemplo, la falta de un partenaire, de una pareja, es algo que por las contingencias, los lugares en los que uno se había encontrado por la luctuosa situación de esta pandemia, hace que haya gente que está aislada en este preciso instante sin su pareja. La droga puede ocupar ese lugar también. Entonces, la ansiedad por la pérdida del semejante, de la pareja, del ser querido también puede aparecer claramente respecto de eso que es para uno una condición esencial de la satisfacción. Y eso es lo que acontece con las drogas cuando se transforman en el partenaire exclusivo de alguien. Sabemos: las drogas tienen un fundamento de aislamiento ya no social sino personal determinante por lo que llamamos en psicoanálisis, el autoerotismo. Por más que muchas veces el consumo --y hablo de distintas drogas-- pueda hacerse comunitariamente siempre hay algo de recogerse, retornar sobre el propio cuerpo para infiltrar allí una satisfacción, que es absolutamente autoerótica; siempre, por más que sea con otros. Entonces, la manera en que eso pega, como se dice, en cada cual, tiene en esta ocasión con el aislamiento social, que en algunos casos hay diferencias. Por ejemplo, alguien que ha prescindido de drogarse siendo habitual consumidor de drogas por la presencia intimidante del partenaire, ya no de la droga como partenaire sino de la pareja de uno. Antes tenía la posibilidad de salir y volver, de desplazarse por la ciudad, de ir a su trabajo, de ir distintos lugares de recreación. Pero ahora al estar todo el tiempo con la pareja, la esposa, la compañera, el compañero la cuestión se complica. A veces, eso lleva a, por culpa de mirar directamente, aun sin pensarlo en estas coordenadas, dejar de consumir. O por la cuestión reprobatoria que se encuentra en la pareja, que ha de ser la que diga directamente, por ejemplo: "¿Acaso vas a drogarte?". O esa mirada que, a veces, hace que alguien quede tomado por la marca de una amenaza directa o velada que solamente puede presentarse tal vez ni siquiera con la voz: con una mirada recriminatoria respecto de un: "Bueno, quiero salir". Y ahora no se puede.

 

--Hay una diferencia sustancial: una cosa es la abstinencia voluntaria y otra es la abstinencia obligatoria por la coyuntura. ¿Cómo se vive la abstinencia en una situación inédita como la actual?

 

E.S.: --La abstinencia obligatoria es un punto central que es habitual en las personas que tienen una relación compleja no sólo con las drogas sino con las normas. Por ejemplo, abstinencia voluntaria es una cosa y la obligatoria tiene un hombre que es el de prohibición. Es decir, cuando es el otro social, el Estado el que viene a decir "No consumirás", eso es un empuje al consumo. Entonces, ahí tenemos habilitada alguna vía que está en torno de la transgresión.

 

--¿El aburrimiento es un factor de riesgo en estos momentos para el adicto?

 

E.S.: --Es factor de riesgo para lo humano mismo. No hay nada peor que el aburrimiento. Sería algo así como una de las pasiones más intolerables, con la paradoja de que, en verdad, hablar de una de las pasiones más intolerables es lo que se llama un oxímoron, una contradicción en los propios términos porque efectivamente el aburrimiento es la caída del deseo mismo. Allí donde hay aburrimiento, hay que colegir, hay que deducir que hay algo en el deseo de uno que no está funcionando, que el deseo se cayó. Como podríamos decir que la falta de conectividad en internet es porque se cayó el sistema, cuando hay algo del aburrimiento que aparece es un síntoma de que el deseo como sistema que sostiene a alguien en vilo se ha caído. Y no hay nada peor que la caída del deseo para ubicar qué colocar en su lugar. Por eso Freud tempranamente descubrió que las drogas tienen un valor de ser un lenitivo, un elemento que permita tratar la desprotección, la soledad radical del individuo. Allí, en el punto exacto en el cual no hay con qué responder a una situación de ansiedad, de desesperanza, de falta de previsibilidad del mundo, en ese vacío que se cava en ese momento las drogas van a ocupar un lugar. Y se colocan exactamente en el lugar de lo que no funciona como cohesión natural en lo humano. No tenemos la duda dilecta para satisfacernos de una forma siempre igual. Por eso, los objetos de la tecnología intentan una vez y otra producir toda serie de instrumentos tecnológicos que permitan encontrar una satisfacción a medida de cada uno. Y las drogas ahí tienen un lugar preponderante porque es el intento de infiltrar en el propio cuerpo una satisfacción que permita prescindir del otro, de los otros, de los demás.

 

Límites del afuera

 

Luis Darío Salamone es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. También es codirector del Departamento de Toxicomanías y Alcoholismo del Instituto Clínico de Buenos Aires (TyA) y profesor de la Maestría en Clínica Psicoanalítica del ICdeBA y de la Universidad Nacional de Córdoba. Es autor de los libros Alcohol, tabaco y otro vicios, El silencio de las drogas y Cuando la droga falla, entre otros libros. "En casos que tengo de personas que estaban comprometidas con el consumo, frente a la situación de tener que estar en sus casas, encerrados y no salir por las noches por el aislamiento, eso permitía una especie de abstinencia del asunto. Y de esa manera fue como lo que sería una especie de internación domiciliaria. Y lo que le permite el análisis es sobrellevar la situación. Están encerrados y con el análisis pueden tratar esa angustia, esa ansiedad que les permite, de alguna manera, sostener esa abstinencia. Hay que ver qué pasa cuando salgamos de esta situación", plantea Salamone.

 

--Se habla de la importancia de los límites sin que sean prohibitivos. ¿Qué pasa cuando el límite viene de afuera, cuando se impone una situación inédita, como la de la cuarentena y del aislamiento social y no es una persona la que pone los límites al adicto?

 

Luis Salamone: --Lo vamos a saber cuando salgamos de la situación de cuarentena. A diferencia de otras disciplinas que trabajan con adicciones, el psicoanálisis no pide abstinencia al sujeto. Eso es algo que se consigue a lo largo del tratamiento. No es algo que sea una condición de entrada. Sin embargo, esta situación de aislamiento a algunos les sirve para despegarse del asunto. Y eso les permite trabajar. Por eso, hay que ver qué pasa porque después tal vez puedan seguir trabajando bien o quizás incurran nuevamente. Esta es una casuística que se está explorando porque es algo nuevo para todos.

 

--Quienes habían superado su adicción, ¿se pueden ver afectados por una recaída debido a la falta de rutina en sus terapias y de sus actividades?

 

L.S.: --Por lo menos en mi caso, los tratamientos continúan. O sea, no va a ser esa una razón. No sé si el término es “recaída” porque no lo usamos mucho en psicoanálisis. Hay una concepción diferente en psicoanálisis de la adicción que la que generalmente circula. Puede uno tener un problema con la sustancia, que la tenía quizás de una manera diferente. Y quizás le permita trabajar después de la ingesta o no. En los casos que llevo, hasta ahora no he visto esta problemática. Pero un análisis en relación a estas cosas lleva tiempo y muchas veces hay idas y vueltas. Ni siquiera uno lo ve como recaída porque uno no le está pidiendo la abstinencia al sujeto. Uno está esperando que pueda cambiar su relación con esa satisfacción. No es algo que se hace a partir de un discurso amo, un discurso que lleva a controlar. Se hace a partir de cuestionar la relación que tiene con esa satisfacción. A partir de eso, el sujeto se torna responsable. Y puede responder como quiera.

 

--Antes mencionaba que, a veces, la cuarentena puede funcionar para que se reconecte con su satisfacción, más allá de la droga. En ese sentido, ¿es posible pensar a la cuarentena como un momento propicio en el que la persona adicta reflexione sobre su problemática y acceda a solicitar un tratamiento cuando antes no lo hacía?

 

L.S.: --Puede pasar. En relación a lo que era la vida cotidiana, incluso lo que tiene que ver con el consumo, puede ser un momento de poner un freno. Y eso va a depender de lo que cada uno haga con eso, pero puede llevar a que alguien diga: "Es el momento". Cuando se buscan internaciones, en general, se busca eso, lo que se llama el "destete", el despegue de la sustancia, el cortar a partir de la internación. Pero eso puede tener éxito, puede servirle a alguien si hay un trabajo de elaboración, que es lo que hace un análisis. El psicoanálisis se pregunta más que por la cuestión de la droga en sí, qué le pasa a uno. Incluso, hasta piensa que hay cuestiones anteriores que le pasan a uno y que lo llevan a consumir, como que el problema no es el consumo sino que el consumo es la consecuencia de alguna problemática. Entonces, por ahí, despegarse de las sustancias, y poder hablar de lo que lo lleva a uno a eso, le permite otro tipo de elaboración.

 

Adicción al juego en cuarentena

 

Débora Blanca es licenciada en Psicología, egresada de la Universidad de Buenos Aires, y psicoanalista especializada en ludopatía. En el 2004 comenzó su labor asistencial, de investigación y divulgación en relación al juego patológico, coordinando grupos de jugadores y familiares. Fundó y dirigió Entrelazar, Centro de investigación y tratamiento de la adicción al juego, y actualmente es la directora de la institución Lazos en Juego.

 

--Si la adicción al juego provoca sensaciones como adrenalina, evasión de los problemas y llenar el tiempo vacío, ¿qué pasa con quienes padecen ludopatía en estos momentos en que el tiempo parece haberse detenido?

 

Débora Blanca: --Es todo un tema porque por primera vez, de una manera inédita a partir de la cuarentena, cerraron las salas de juego, los bingos, los casinos. Es la primera vez que tuvieron que cerrar. Con lo cual, el ludópata no tiene adónde ir a jugar. Hablamos del ludópata del juego presencial, de tener que ir a un lugar para jugar. No tienen dónde, comparado con las adicciones a sustancias donde quizás el que fuma, puede fumar adentro, o el que toma, también puede hacerlo. Pero en relación al juego presencial no están pudiendo jugar. Entonces, hay una pequeña porción, en especial hombres jóvenes, que puede ser que estén sustituyendo el juego presencial por el juego on line. Pero después, hay una gran mayoría, especialmente la gente grande, que va muchas horas a los bingos, que dedican mucho tiempo al juego, que ahora no están jugando.

 

--¿Qué está pasando con esas personas?

 

D.B.: --En principio, hay algo que es determinante y que hace a la diferencia. Si esa persona estaba haciendo un tratamiento previo a la cuarentena o si no lo estaba haciendo. Es decir, si estamos frente a un paciente que se estaba tratando por la adicción al juego y esa persona estaba pudiendo abstenerse al juego y especialmente estaba pudiendo pensar las causas que la llevaban y la llevan a destruirse, entonces la cuarentena quizás lo agarra en un momento en que puede soportar un poco más el no jugar. Esa tensión que se pone en el juego --como usted decía, tanto la adrenalina como la evasión de los problemas es lo que busca el ludópata en el juego--, seguramente la está redistribuyendo en otras cuestiones, en otras actividades. Probablemente, esté registrando de una manera distinta el tiempo y el dinero, que son dos cuestiones que, cuando se está en carrera de juego, van directamente a pérdida. Posiblemente esté registrando también de otra manera su propio cuerpo, un cuerpo totalmente abandonado durante la adicción; los lazos, los vínculos porque además no sólo el ludópata está en su casa las 24 horas sino la familia. Entonces, qué está pasando ahí, es muy distinto en alguien que estaba trabajando respecto de su problema de adicción que en alguien que no lo estaba haciendo. Y en alguien que no lo estaba haciendo, probablemente haya más complicaciones, más tensión en la familia, quizás están fumando más. En general, el ludópata fuma. O está teniendo acceso a otro tipo de sustancias o medicación, mucho más estresado, más ansioso, más deprimido. Al no poder depositar en la máquina, en la ruleta o el juego que fuere, qué está haciendo esa persona con eso es más complejo.

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“La pregunta es qué se hace con el virus del capitalismo”

El sociólogo argentino Alejandro Horowicz, profesor de Los cambios en el sistema político mundial, explica por qué las crisis de los mercados han superado los límites de lo real

 

A comienzos de este año, cuando Alejandro Horowicz volvió a Buenos Aires después de celebrar su cumpleaños 70 en Nueva York, el nuevo coronavirus era apenas una “misteriosa neumonía china” y el adjetivo “histórico” recién empezaba a saltar de los titulares sobre los incendios en Australia a las noticias sobre la decisión del príncipe Harry y Meghan Markle de ser normales. En febrero estalló el contagio en Europa, pero las noticias sobre el virus tardaron casi un mes en volverse algo “histórico”: el 28 de febrero, después de siete días en picada, los mercados bursátiles de todo el mundo informaron sus mayores caídas en una semana desde la crisis financiera de 2008. Una caída histórica, la primera de varias en la carrera descendente de los mercados, seguida por otro récord histórico en Estados Unidos, en este caso ascendente: el de los números de desempleo.

“Los mercados practican el socialismo al revés: las pérdidas son de todos, las ganancias son de los mercados”, dirá después Horowicz, un miércoles por la mañana, del otro lado de la pantalla. Horowicz es ensayista, doctor en Ciencias Sociales, profesor en la Universidad de Buenos Aires y autor de varios libros, entre ellos Los cuatro peronismos, un clásico del pensamiento político en Argentina. El año pasado publicó su último libro, El huracán rojo (un estudio sobre las revoluciones desde la de Francia en 1978 hasta la de Rusia en 1917), fruto de años de investigación y escritura. El trabajo, que tenía previsto lanzarse en España este año, “no es una visita al museo de las revoluciones”, advierte la sinopsis; por el contrario, la obra lee las revoluciones en tiempo presente: como condición de posibilidad de la democracia política, la transformación tecnológica o la educación masiva que conocemos hoy.

El escritor Rodolfo Fogwill decía que siempre se escribe en contra de algo; Horowicz parece la prueba de que siempre se piensa y se enseña (mejor) en contra de algo. En esta entrevista, por ejemplo, contra las explicaciones vacías y las miradas ahistóricas del presente.

Pregunta. Desde que empezó la crisis por el coronavirus, todo el tiempo leemos que tal Bolsa de valores o tal moneda se han desplomado por el temor de los mercados. ¿Quiénes son “los mercados”? ¿De quiénes estamos hablando?

Respuesta. Los mercados forman parte del género literario de los anónimos, a los cuales se les puede hacer decir prácticamente cualquier cosa, porque uno los “interpreta” como le viene en gana. Existen los llamados supuestos datos objetivos de los mercados, que son el precio al que cotizan los valores. Pero para poder creerles a los mercados es preciso ser, fundamentalmente, muy ignorante. ¿Por qué digo esto? Si vos mirás la deuda pública soberana del conjunto de los países de este mundo y sumás ese valor, y sumás los productos brutos, el ingreso de esos mismos países, vas a ver un fenómeno por lo menos muy curioso que no registran los mercados: que la deuda soberana es cuatro veces mayor a la producción anual de riqueza del planeta Tierra. Entonces, la pregunta es: ¿cómo puede ser que se deba cuatro veces lo que existe?

Los economistas tienen un modo muy divertido y encantador de explicar lo que no explican y que consiste en decir que eso es capital ficticio. Entonces, la pregunta se traslada: ¿qué es el capital ficticio? Porque convengamos en que, cuando yo digo que esto es una ficción, sabemos que no rige el estatuto de la verdad.

Los mercados te muestran simplemente una aspecto, que es la compra y la venta de un bien, y parten de la presuposición de que ese precio es el precio justo. Pero esto surge de transformar en abstractas y en igualdades cuestiones que de ninguna manera son iguales entre sí. Por ejemplo, a nadie se le ocurre que un señor que vende su fuerza de trabajo es igual al capitalista que se la compra. Porque ahí estamos frente a lo que Marx llamaba “la libertad de morirse de hambre”. Esa es la libertad de los mercados: la de que te podés morir democrática y libremente de hambre, de coronavirus o de cualquier otra maldita peste. La primer cuestión, cuando decimos “los mercados”, es que estamos hablando de procesos que ignoramos, cuya profundidad desconocemos, que no nos proponemos averiguar y que simplemente estamos formulando una respuesta que vale tanto como el abracadabra.

P. ¿Qué significan entonces las crisis de los mercados?

R. ¿Qué es una crisis en términos de mercado? Una ruptura de un conjunto de determinados equilibrios. ¿Cuál es ese equilibrio? Pues bien, que el gasto público esté por encima de las posibilidades de esa determinada sociedad. Por lo tanto, en aceptación al dictamen de los mercados, la Unión Europea, por ejemplo, tiene reglas extremadamente duras sobre cuál debe ser el comportamiento de cada uno de sus Estados nacionales miembro respecto del gasto público. Ahora, ese gasto público tiene algunas curiosidades inenarrables. La primera curiosidad es que en 2010, la deuda de los países respecto del gasto era de la mitad. Esto es: debían la mitad de lo que producían. Uno puede decir que está bien, que está mal, pero todavía no es ficción literaria pura. No estamos frente a una esquizofrenia. Estamos frente a algo que se comporta según patrones convenidos previamente. Pues bien, entre el 2010 y el 2020, ¿viste esa transformación de 0,5 a 4,2? [la deuda soberana de los países pasó de ser la mitad a ser cuatro veces lo que producían]. Lo que vos ves es una fenomenal transferencia de ingresos de los sectores productivos al sistema financiero internacional. ¿Esta es la primera vez que lo ves? No, de ninguna manera. Esto es una política constante.

Si vos mirás la crisis de 2008 en los Estados Unidos, ves que un conjunto de bancos quiebran. ¿Por qué quiebran? Porque hicieron préstamos chatarra, acumularon los préstamos chatarra, emitieron títulos sobre los préstamos chatarra, no tenían ninguna clase de control, prestaban a cualquiera de cualquier modo, hacían diferencias siderales hasta que, por supuesto, la bola de nieve... pasó lo que tenía que pasar; es decir, se cayó a pique. El dislate consiste en que el valor de mercado no tiene nada que ver con el de la producción de bienes reales, porque el mercado no registra la producción de bienes reales en rigor de verdad, sino las operaciones y los flujos financieros.

¿Cuál es el sentido de esos flujos financieros? Pues bien, como los bancos hicieron lo que hicieron, quebraron. En el momento en que quiebran los bancos descubrimos qué es el mercado: el mercado es la incapacidad de autorregularse; porque si la lógica del mercado funciona librada a su propio modo de operar, lo que sucede es que el mercado y las sociedades reguladas de este modo se van al mismísimo carajo. ¿Qué hace el Gobierno de los Estados Unidos, que tiene una cierta comprensión fanática de algunos principios económicos, pero que no se suicida tan sencillamente? Establece una inyección de 750.000 millones de millones de fondos públicos para rescatar a los bancos. ¿Qué nos enseña la economía de mercado? Que si yo pongo la plata, yo soy el dueño. Ustedes, muchachos, quebraron, entonces los bancos son públicos, son de aquellos que pagamos los impuestos. Pero no, los mercados practican el socialismo al revés: las pérdidas son de todos, las ganancias son de los mercados; es decir, del sistema financiero internacional.

Entonces, cuando hablamos de los mercados no hablamos de ninguna otra cosa que del sistema financiero internacional. Y cuando hablamos del coronavirus, de lo que hablamos es del efecto que una gramática mercantil que se extiende sobre todo, produce como efecto destructivo sobre todo. Yo no soy un infectólogo, no soy médico y no pretendo dar lecciones de aquello que ignoro, ni mucho menos. No sé cómo se combate específicamente esta pandemia, pero sé como se combate el sistema y la lógica de las pandemias. Es decir: si los mercados siguen regulando la producción, y el planeta Tierra se explota como una especie de granja sin límites, donde el único concepto de los mercados, que es la rentabilidad, puede destruir todo, incluido el mercado, lo van a hacer. Sin ninguna duda. Entonces, zafemos o no zafemos del coronavirus, la pregunta es qué se hace con el virus del capitalismo. Ese es un virus altamente peligroso.

P- Cuando empezaron a colapsar los mercados, recuerdo haber visto varios posteos en redes sociales que decían: de pronto estamos descubriendo que, al final, a la economía la sostenían los cuerpos que trabajan. ¿Esto es así o gran parte de las ganancias de los flujos de capital que vemos son simplemente ficticias? O sea, no se corresponden con…

R. Se corresponden con las necesidades del capital, no con las necesidades de la actividad. Y las necesidades del capital tienen que ver con la rentabilidad. Y esto tiene una ecuación matemática enormemente sencilla. Tomemos el ejemplo de los autos de Fórmula 1. Cuando vos mirás los corredores de autos Fórmula 1, ves que la diferencia entre el primero y el último son unas centésimas de segundo, un segundo. Entonces vos decís: ¿qué relevancia tiene esto en andar en auto? Ninguna. Es decir: si tu auto tiene un pique de una fracción de segundo sobre 400 kilómetros respecto del mío y hace que tengas una ventaja de cuatro segundos en llegar. ¿Qué es lo que sucede con tu auto? ¿Por qué es mejor que el mío? ¿Se puede usar ese auto? ¿Vos podés subirte al auto y usarlo en una carretera? No. Esta es la fantasía de los mercados y de la productividad infinita a cualquier precio.

La idea de tardar menos para hacer una cosa es importante si yo tardo 30 días en llegar desde Madrid a Buenos Aires en barco; cuando yo voy en avión, la cosa cambia. Y si el avión, en lugar de ir a 900 kilómetros por hora, puede ir a 1.800 kilómetros por hora, está bien. Pero hay un momento en que se constituye lo que se llama un límite fisiológico; esto es: a esa velocidad los cuerpos se desintegran. Por lo tanto no es una velocidad útil, no nos sirve, le sirve a otra cosa. La sociedad humana ha llegado a un punto donde la economía de tiempo ha alcanzado, en muchos de sus elementos —no digo en todos—, topes imposible de superar, por así decirlo. Vos fíjate que esto hasta nos produce un efecto subjetivo. Una carta tardaba, en alguna época, cuando el correo funcionaba de verdad, seis días, cinco días en llegar de Buenos Aires a Londres. Ida y vuelta, 15 días. Hoy, cuando yo tengo que esperar 15 segundos en la computadora para entrar a mi charla de Zoom con vos, digo: “¡Qué lenta que está esta máquina, carajo!”. Ahora, esta percepción es una percepción real. No es un disparate. Pero someter a esta percepción el conjunto de las decisiones de la existencia de un planeta sí es un disparate. Este es el punto.

Tenemos estructuras de medición y evaluación absolutamente arbitrarias. Y estamos acostumbrados a un ejercicio que destruye todas las especificidades. Ahí vemos el final de esta lógica, que es básicamente una lógica teológica. Una lógica que no admite sino un Dios único todopoderoso. Hemos construido un Dios único, todopoderoso, que es la gramática mercantil y su altar son los mercados.

P. ¿Cuál ha sido el comportamiento de los mercados en otros momentos críticos de la historia reciente? Más allá de la crisis de 2008, ¿ha habido momentos que hayan sido esenciales para transformar la relación entre el capital y los Estados nacionales?

R. Sin duda. Cuando vos ves el fenómeno que arranca en 1890, que desemboca en la Primera Guerra Mundial, ves la ampliación del mercado nacional como un mercado insuficiente. Viene la lógica de esto que estamos planteando como lógica de los mercados. ¿Cuándo es insuficiente el mercado nacional? Yo puedo decir que es insuficiente porque hay una sobreoferta. Esa es una lectura. La segunda lectura es que la demanda es demasiado pobre, es demasiado incapaz.

Cuando vos mirás al interior de los Estados nacionales y ves, por ejemplo, una comparación entre Alemania y Francia, ves que Alemania, teniendo un mercado mucho más grande que Francia —numéricamente la población alemana es casi dos veces la población francesa— al mismo tiempo tiene una demanda muy baja. ¿Por qué? Porque las sociedades campesinas que no han hecho la revolución democrática son muy incapaces de comprar. En consecuencia, vos necesitás vender fuera lo que no podés vender dentro. Esta necesidad de ampliación de mercado se expresa como imperialismo geográfico, como el imperialismo más elemental y obvio. Y entonces ves en ese mismo período previo, entre 1860 y 1890, que Gran Bretaña quintuplica sus posesiones coloniales. Y se mastica, ni más ni menos, que a la India. No estamos hablando de una pequeña cuestión, no estamos hablando de las Falklands [las Islas Malvinas], estamos hablando de la India, de un tamaño descomunal, con una sociedad que tiene varias decenas de veces la población y la extensión de Gran Bretaña. Entonces nos damos cuenta de que estamos frente a un fenómeno de otro nivel.

Cuando vemos cómo ingresa el mercado y el capitalismo en Japón, vemos que ingresa con las cañoneras. Cuando vemos cómo ingresa el capitalismo en China, vemos que ingresa con una guerra de opio. Cuando vemos cómo se amplía el mercado mundial, vemos exactamente mecanismos político-militares relativamente atroces. Este ajuste es permanente y para cada ciclo tenés nuevos ajustes. Porque no es que vos ingresaste al mercado mundial en 1848 y por lo tanto, en la crisis posterior de 1946, te va bien. En 1848 Gran Bretaña hegemonizaba el mercado mundial. En 1946, Gran Bretaña era la gran perdedora del mercado mundial. Termina endeudada con los Estados Unidos y, de la potencia colonial imperial que era, tiene que retroceder, perder la India, perder su lugar, poner fin al imperio de la reina Victoria. Entonces no hay ninguna duda de que hay una relación directa entre una cosa y la otra. Lo que tenemos que tener muy, muy en claro, es que esta relación no es amable.

Cuando Marx escribe “hay un adentro y un afuera del mercado mundial”, el afuera del mercado mundial es todavía más grande que el mercado mundial. Con la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, el mercado mundial y el planeta Tierra se han vuelto lo mismo. Tenemos un dominio globalizado que no tiene ninguna forma de control democrático. ¿Quién elige al presidente del Fondo Monetario Internacional, al presidente del Banco Mundial, al conjunto de sistemas que en rigor son los que gobiernan y deciden en última instancia?

Hemos visto cómo el mercado mundial cambiaba al primer ministro de Italia, al primer ministro de Grecia. Hemos visto cuestiones que, con los estándares que usábamos para caracterizar los golpes de Estado en América Latina, se llamaban golpe de Estado. Sin embargo, nadie se inmutó demasiado. Nadie creyó que esto era particularmente grave. Nadie se plantea que el problema... el problema sigue siendo cuál es el déficit, el déficit fiscal es lo que nos quita el sueño, porque esto es lo que pone nervioso a los mercados. ¿Y qué es, en definitiva? Lo que te está diciendo es que lo único que se propone es garantizar que pagues lo que debes, no que clausures la deuda. Están planteando una transferencia sistémica de bienes, permanente, que no tiene modo de ser soportada por esa estructura sin derrumbarse.

En Marx, la noción de competencia y la noción de crisis son prácticamente iguales. La competencia entre capitales supone, obviamente, la derrota de los más débiles, la reconcentración y la crisis como modo de saldar esta actividad. Lo que tenemos que entender es que el volumen, la importancia, la intensidad y la calidad de todo esto ha llegado a un punto en que, desde la bomba atómica para acá, militarmente, y ahora financieramente, somos capaces de poner fin a la existencia de la vida en el planeta Tierra. Esta es la novedad que los diarios no ponen en tapa.

Eliezer Budasoff

México - 02 may 2020 - 14:45 COT

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Bomba de extrancción de crudo en un campo petrolífero en Texas (EEUU). REUTERS/Angus Mordant

Desde el comienzo de esta crisis económica, vinculada a la crisis sanitaria por covid19, hemos visto vertiginosas caídas de las bolsas, e incluso alguna suspensión de las cotizaciones en Wall Street; el derrumbe del valor de las compañías aéreas y del fabricante de aviones Boeing, y de otros sectores hasta ahora muy sólidos; planes de estímulo billonarios en dólares y en euros para rescatar la economía a ambos lados del Atlántico; decenas de millones de trabajadores que pierden su empleo y de autónomos que cierran su actividad; largas filas de personas hambrientas a la espera de su ración de comida diaria en ciudades tan emblemáticas como Nueva York. Nos cuesta imaginar que este es el tiempo en el que vivimos, este escenario de gran depresión.

La última gran sorpresa la dio el 20 de abril el mercado internacional del petróleo. Por primera vez en la historia económica, el precio del petróleo se hundió a valor 0, y llegó a alcanzar un valor negativo de -37 dólares. Esto ocurrió nada menos que en Estados Unidos, el país que se convirtió en el primer productor mundial de petróleo gracias a la explotación de sus yacimientos de esquisto a través del fracking.

¿Por qué cae el precio del petróleo hasta una cantidad que aparentemente escapa a la lógica? ¿Por qué el tenedor de petróleo desearía pagar para que alguien se lo quede antes del vencimiento de su contrato de compra? Y sobre todo, ¿qué puede significar esto para el futuro del planeta, para el consumo de combustibles fósiles y su sustitución por energías renovables? ¿Cuáles son las dinámicas que se desencadenan, a favor y en contra, en una coyuntura como esta?

Estudiando el comportamiento de los principales actores del mercado del petróleo en esta situación extrema podemos buscar respuesta a estos interrogantes.

 

El precio del petróleo en caída libre

 

Desde meses atrás el mercado del petróleo mostraba signos de saturación. Antes de que se extendiera la pandemia fuera de China, dos de los tres mayores exportadores, Rusia y Arabia Saudí, se habían librado a una pugna de sobreproducción y rebajas, a fin de ampliar sus respectivas cuotas de mercado. Ante el repentino descenso de la demanda, Arabia Saudí, el mayor productor de la OPEP, pactó con Rusia una reducción de la producción impresionante a partir de mayo. El acuerdo entre Rusia y Arabia Saudí para recortar la producción en más de 10 millones de barriles diarios no sirvió para contener la caída. Fue una medida adoptada demasiado tarde, después de una intensa guerra comercial, y una medida oportunista, decidida cuando las ventas de petróleo saudí a Asia se contrajeron en una tercera parte, desde los 6 mbd previstos a 4 mbd. Mientras tanto un país como la India, importador neto, redujo en un 50 % su demanda actual de combustibles.

Desde mediados de marzo pasado, cuando la extensión de la pandemia llevó a confinar a la población de muchos países, el petróleo tipo Brent, principal referencia internacional, cotiza en torno a los 26 dólares por barril, y el West Texas por debajo de los 20 dólares. Dos días más tarde, el viernes 17 de abril, el precio del petróleo seguía cayendo a mínimos históricos en lo que va de siglo, con la cotización del West Texas a 15 dólares por barril. La situación del mercado era crítica por la caída de la demanda y los costes y dificultades de almacenamiento. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) mostró cierto nerviosismo al declarar, el 15 de abril, que pronto se alcanzaría el límite de la capacidad de almacenar petróleo: "Nunca antes la industria del petróleo ha estado tan cerca de poner a prueba tan al límite su capacidad de almacenamiento", señaló el organismo.

El principal depósito de petróleo en territorio estadounidense está en Cushing, una pequeña población de Oklahoma, al norte de Texas, que posee el mayor nudo de interconexión de oleoductos de Norteamérica. Su capacidad para almacenar crudo ya está ocupada en su mayor parte y no queda margen para el actual excedente de producción. Tampoco puede absorber una gran cantidad de crudo la reserva estratégica federal de Estados Unidos, la más grande del mundo, con una capacidad de almacenamiento de 713 milllones de barriles, pero que ya está ocupada al 89 %.

Por otra parte, el precio actual de petróleo se sitúa muy por debajo del costo de extracción con técnicas de fracking (fracturación hidráulica). Actualmente Estados Unidos produce mediante fracking entre 8 y 9 millones de barriles diarios, una cantidad equivalente a las exportaciones de Arabia Saudí. Los actuales precios no permiten mantener la producción sin sufrir cuantiosas pérdidas: en efecto, se considera que el umbral de rentabilidad solo se alcanza con un precio del barril superior a los 40 dólares. Sin tener en cuenta, por supuesto, los enormes daños medioambientales de la fracturación hidráulica, que consiste en extraer la materia orgánica de las rocas a través de procedimientos muy agresivos con la naturaleza. Estos costes medioambientales son imposibles de cuantificar porque en muchos casos son irreversibles.

El precio del petróleo en números rojos en Estados Unidos revela una situación extrema, pero la tendencia a la baja se extiende en estos días a todos los mercados internacionales. Es también muy marcada la caída del precio del barril de Brent, cotizado en Londres, que pierde un 70 % desde principios de año. Y si al comienzo del año 2020 el barril de petróleo OPEP se cotizaba por encima de los 65 dólares, el 17 de abril cotizaba a tan solo 18 dólares, una caída del 73 %. A fin de situar estos datos en un registro histórico se puede añadir que el petróleo OPEP, en lo que va de siglo, alcanzó su valor más bajo en abril de 2003 (25 dólares por barril) y el más alto, puramente especulativo, lo tuvo en 2008 (131 dólares), en plena resaca de la crisis financiera internacional.

A pesar de este curioso antecedente, el precio del petróleo suele caer sustancialmente cuando se producen fuertes recesiones de la economía mundial, con una acusada reducción de la demanda y tras las crisis financieras. Una estrategia recurrente de Estados Unidos y sus aliados para atenuar estas caídas y manipular el mercado es someter a boicot a determinados países productores para inhibir su capacidad exportadora de crudo. Esto se hizo con Iraq, antes de devastarlo en una guerra muy desigual, y después con Libia, y hoy se aplica la misma estrategia con Irán.(1) Aunque hay aquí un trasfondo ideológico y geopolítico, estas maniobras no solo benefician económicamente a Estados Unidos, sino también a terceros países aliados: cuando algunos de los mayores exportadores quedan fuera del mercado, como es el caso de Iraq o Irán, otros países no necesitan pactar recortes de producción para estabilizar los precios.

La situación actual es tan anómala que las consecuencias económicas pueden ser catastróficas para los países exportadores, como ya se observa en México. La agencia calificadora Moody's rebajó a nivel de bono basura la calificación de la deuda de la petrolera mexicana Pemex, la compañía petrolera más endeudada del mundo, con un pasivo superior a los 100.000 millones de dólares. Al perder el grado de inversión, muchos fondos saldrán del capital de la empresa y es previsible una caída estrepitosa de su valor. Y dada la centralidad de Pemex en la economía mexicana, tanto por la participación del sector público como por la importancia de las exportaciones de petróleo, el paso siguiente fue recortar la calificación de la deuda soberana de México.

 

Precios bajo cero, especulación y planes de rescate

 

La fecha del 20 de abril de 2020 se recordará en la historia económica. Ese día, el precio del petróleo se derrumbó por completo en Estados Unidos, alcanzando por primera vez un valor negativo. Al cierre de las cotizaciones, el West Texas para entrega inmediata se vendía a -37 dólares por barril, una cifra inimaginable. Esta caída vertiginosa del 300 % ofrece una imagen insólita y proyecta un escenario económico calamitoso. Se interpreta como síntoma de la parálisis de la economía mundial, ya que el petróleo se vincula a combustibles que ya nadie necesita, detenido el transporte y gran parte de la actividad económica.

La cotización del petróleo estadounidense en el mercado de futuros empezó a caer vertiginosamente durante la tarde, de 15 a 10 dólares, muy pronto a 5 y después a 0, hasta marcar valores negativos por primera vez en la historia, llegando incluso a un pico de -40 dólares por barril.

La especulación financiera en los mercados de futuros quedó así al desnudo: cuando vencían las opciones para entregas en mayo, el valor del petróleo ficticio, que se negocia a diario en los mercados de futuros, chocó con la fecha de entrega física del mismo, quedando de manifiesto la incapacidad del mercado de absorberlo. El valor ficticio se desmoronó rápidamente y los tenedores de barriles decidieron pagar para que alguien se llevase el excedente de producción que no podían colocar en el mercado. Este mecanismo tiene antecedentes en la industria del gas, controlada por las mismas compañías de hidrocarburos,  y se explica por la menor capacidad de la red de gasoductos para gestionar los excedentes de producción.

La debacle no afecta solo a Estados Unidos. El mismo fenómeno -aunque en menor escala- se replica en México, donde el valor del petróleo de Pemex cae también a un precio negativo de -2,37 dólares por barril. La demanda de petróleo mexicano se ha visto también muy mermada: las refinerías del país trabajan al 50 % de su capacidad, mientras que el 60 % del petróleo crudo que produce México tiene como destino la exportación, componente esencial de su comercio exterior.

El  problema de almacenamiento es mayor ahora en Estados Unidos, pero es muy probable su rápida generalización, y no se descarta que el petróleo Brent llegue también a cotizar en negativo. Es una situación inédita. Hoy deambulan por los mares del mundo decenas de superpetroleros abarrotados con más de 160 millones de barriles de crudo que no encuentran destino. Esta cantidad de petróleo "circulante" se duplicó en una semana. Los buques transportan su mercancía casi a la deriva, o permanecen amarrados en algún puerto, esperando que algún comprador se decida a recibirlo gratuitamente, incluso con los costes a cargo del proveedor. ¿Un mercado enloquecido?

No es para menos. La AIE prevé una reducción de la demanda mundial de 29 millones de barriles diarios durante el mes de abril, es decir, casi el 30 % del consumo habitual en todo el planeta, mientras las refinerías de medio mundo están paralizadas.

Es la primera vez que el precio del petróleo alcanza un valor negativo. También es la primera vez que se colma por completo la capacidad de almacenamiento de crudo en mar y tierra.

El precio del petróleo se establece en los mercados de futuros, que son por naturaleza especulativos. En general no hay un vínculo claro entre precio y demanda real de petróleo, este puede variar por incidencias geopolíticas, entre otros factores. La especulación consiste en la compraventa continua de millones de barriles diarios con el precio asignado para un determinado momento: mayo, junio, etc. Se especula con petróleo que mientras circula por los mares o incluso antes de ser extraído va cambiando permanentemente de valor. Ahora, con la interrupción real de la demanda, el mercado de futuros que emplea el petróleo como valor especulativo para ganar dinero a corto plazo se enfrenta, acaso por primera vez, a los límites físicos de la imposibilidad de atesorar este producto como mercancía a gran escala y su valor se derrumba.

La caída fulminante del precio del petróleo se vincula a una situación que, en la jerga de los analistas bursátiles, se denomina "contango", algo muy inusual, que ocurre cuando el precio de entrega inmediata de un bien es inferior al de negociación para su entrega futura. Este desfase promueve que quienes poseen opciones a corto plazo quieran pasarse inmediatamente a posiciones de más largo plazo, o bien busquen deshacerse cuanto antes de sus inversiones para evitar más pérdidas.

Es evidente que todo esto tendrá repercusiones negativas para la economía de los países petroleros y por supuesto de Estados Unidos. La situación de este país es paradójica, porque esto ocurre cuando empezaba a alardear de haber alcanzado el autoabastecimiento a través del fracking y de haberse convertido en el primer productor mundial. Pero en las últimas semanas algunas de las mayores multinacionales petroleras, como Exxon Mobil, recortaron sus presupuestos de exploración y producción para 2020 en cerca de una tercera parte, y muchas compañías de menor tamaño han cerrado la mayor parte de los pozos. La compañía Halliburton, contratista del Pentágono y la mayor empresa de servicios logísticos para multinacionales del petróleo, declaraba unas pérdidas durante el primer trimestre del año de 1.000 millones de dólares, frente a los beneficios de 152 millones durante el mismo período del año pasado.

Los recientes recortes de la producción en Canadá también afectan a compañías estadounidenses, como ConocoPhillips y otras. En los últimos días se cerraron varias instalaciones petrolíferas de arenas bituminosas, de las cuales se extrae el petróleo mediante sofisticados sistemas de presión a vapor, una maquinaria que a veces queda dañada de forma irreparable cuando deja de funcionar. El cierre empezó a materializarse cuando el precio del petróleo fue cayendo durante los últimos días, hasta llegar a 0 dólares por barril. Canadá ha dejado de extraer 300.000 bd de arenas bituminosas y podría dejar de producir hasta 1,5 mbd.

En este contexto, Donald Trump anuncia un plan de salvataje para la industria petrolera. Así lo expone en su cuenta de Twitter: "Nunca dejaremos caer a la gran industria del petróleo y gas de Estados Unidos. He dado instrucciones al  secretario de Energía y  al  secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro." En una medida sin precedentes, Trump ya había anunciado que el estado compraría 75 millones de barriles para almacenarlo en las reservas estratégicas: "será la primera vez en mucho tiempo que estarán llenas a rebozar", afirmó.

El presidente de Estados Unidos ya había anunciado que destinaría medio billón de dólares para el rescate de las compañías aéreas con dinero público, ¿por qué no iba a hacer algo parecido con las petroleras? Una inyección de dinero público les permitiría aligerar su abultada deuda, que por cierto es anterior a la crisis actual. Según datos publicados por nytimes.com (21/04/2020), la deuda de las compañías dedicadas a la producción de petróleo es de 86.000 millones de dólares, con vencimiento en los próximos cinco años, a la que se suma una deuda acumulada adicional de 123.000 millones de dólares de las compañías propietarias de oleoductos. Mientras tanto, como afirma el periódico neoyorquino, "los ejecutivos están trabajando desde casa, juntándose con sus colegas y equipos de dirección para decidir con qué rapidez van a detener la producción y despedir trabajadores".

Las compañías de menor tamaño están cerrando la mayor parte de los pozos, despidiendo a una parte de los empleados y aplicando recortes de sueldos entre el personal que sigue activo. Se estima que la industria del petróleo emplea directa o indirectamente a 10 millones de personas en Estados Unidos. No sólo es una actividad estratégica, su expansión de los últimos años la sitúa entre las más importantes del mercado laboral interno.

El lado más peligroso de esta situación es que despierta la tentación del presidente estadounidense de concretar su gran obsesión de atacar Irán antes del final de su mandato, una huida hacia adelante para ocultar su incapacidad de resolver la crisis sanitaria y la crisis económica. Bastó la amenaza de Trump de haber dado órdenes a la Marina de "derribar y destruir" las naves iraníes que puedan "hostigar" a la flota de guerra desplegada en el Golfo, para que el precio del petróleo remontase inmediatamente, en un mercado siempre reactivo a los tambores de guerra cuando estos suenan en esa región.

Desgraciadamente existe un vínculo macabro, histórico y reiterado en el tiempo, entre los intereses de las multinacionales petroleras y las expediciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio. Este vínculo va más allá de la entrega de las reservas conquistadas a compañías del país ocupante, algo que no siempre es factible por la inestabilidad política. Cualquier amenaza de conflicto bélico en el Golfo Pérsico, región por la que transita gran parte del petróleo que se intercambia en el mundo, es motivo suficiente para provocar el alza del precio del petróleo cuando este cayó por los suelos. Aunque semanas atrás Trump parecía obsesionado con encontrar la manera de invadir Venezuela, ahora ha vuelto la mirada a Irán, no porque tenga más o menos petróleo que su enemigo sudamericano. La ubicación estratégica de Irán permitiría a Estados Unidos desplegar su flota para interrumpir por completo el paso de buques por el estrecho de Ormuz.

Previamente a la guerra de Iraq de 2003, el precio del petróleo también cayó a mínimos, debido a una mayor oferta y a la reducción mundial de la demanda a causa de sucesivas crisis financieras y bursátiles. Con la guerra de George W. Bush las petroleras obtuvieron enormes beneficios, se diría que la guerra se hizo a la medida de ellas, aunque nunca acabaron de controlar después la situación sobre el terreno. Ahora el precio del petróleo alcanzó un nivel más bajo del que tuvo peviamente a esa guerra. Una amenaza de guerra con Irán, de ser creíble, podría activar un mecanismo de ilusionismo financiero a través del cual la caída del consumo mundial se supondría compensada por la interrupción del suministro desde el Golfo Pérsico a los países consumidores.

 

Combustibles fósiles, crisis sanitaria y cambio de modelo energético

 

Del actual colapso del sistema productivo estadounidense en el sector de hidrocarburos podría emerger un nuevo modelo energético, más ecológico y consensuado en el plano internacional, que dispute la viabilidad económica y  ambiental a las energías fósiles. Este desafío es tan necesario como exigente, porque pone en cuestión uno de los principales pilares del sistema de poder de Estados Unidos en el mundo: su hegemonía energética a través del control mundial del mercado de hidrocarburos.

El cambio de paradigma que implicaría abandonar los combustibles fósiles puede provocar un fuerte seísmo social en los territorios donde esta actividad implica el uso intensivo de mano de obra, como ha ocurrido en todos los países que redujeron sustancialmente la producción de carbón. De este modo, la búsqueda de eficiencia energética mediante el uso de energías renovables, sustitutivas de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, choca a menudo con los intereses de los trabajadores del sector, que además, en el caso del petróleo, suelen tener altos salarios, inexistentes en otras actividades.

Aparte de la crisis climática, el consumo de combustibles fósiles también representa un problema sanitario muy grave. Miles de personas mueren cada año en las grandes ciudades de enfermedades respiratorias o cardiovasculares producidas o agravadas por la contaminación. Además, ahora surgen evidencias científicas de que la polución por dióxido de nitrógeno (NO2) causada por los motores diésel y la emisión de micropartículas (PM 2,5) se relaciona con una mayor letalidad en los enfermos de covid19. Se trata de dos estudios simultáneos, anticipados por eldiario.es, que se realizaron en la Comunidad de Madrid y en Lombardía, en áreas urbanas muy contaminadas. Los investigadores de la Universidad Martin Luther King (Alemania) concluyeron que la exposición a largo plazo al dióxido de nitrógeno "puede ser uno de los factores más importantes que contribuyan a la mortalidad" por coronavirus. El otro estudio, de la Escuela de Salud Pública de Harvard (Estados Unidos), revela que "un pequeño incremento en la exposición prolongada a las micropartículas PM 2,5 lleva a un gran aumento en la tasa de mortalidad por covid19 en el pais". Resumidamente, la contaminación actual en las grandes ciudades debilita al organismo para poder resistir ante una pandemia como la que ahora enfrentamos.

Como una posible salida de esta doble crisis de salud y ecológica, muchas ciudades ya se plantean profundas transformaciones del uso del espacio urbano y las formas de movilidad. Recuperar espacio para el tránsito de personas, en momentos de distanciamiento social "desescalado", así como potenciar el uso de bicicletas son las respuestas limpias a la crisis actual. Pero también podría darse una mayor incidencia del uso de automóviles particulares, como aconsejan autoridades españolas para evitar contagios en el trasporte público. Habrá que buscar un nuevo equilibrio entre las distintas formas de transporte, en el que siempre prime recuperar la calidad del aire que respiramos.

En pleno confinamiento la solución de este problema no requiere casi ningún esfuerzo. Las mediciones de NO2 realizadas por la Agencia Espacial Europea (AEE) entre mediados de marzo y mediados de abril muestran un descenso de la polución por dióxido de nitrógeno del 50 % respecto al mismo período del año anterior. Este registro equivale a la media de las principales capitales europeas.

Las ciudades tendrán un papel importante en el nuevo modelo de consumo y producción que se instale en un horizonte postpandemia o de convivencia prolongada con la enfermedad. Un primer ejemplo es Milán, que acaba de anunciar un plan para reducir el tráfico y abrir más de 35 kilómetros de calles para las bicicletas y  los peatones cuando acabe el confinamiento. Muchas otras ciudades van por la misma senda, repensando un nuevo modelo urbano que permita circular en tiempos de relativo aislamiento social.

Todo esto es una pésima noticia para la industria del petróleo y sus derivados, pero una excelente idea si queremos mejorar nuestra calidad de vida y salvar el planeta del calentamiento y la devastación medioambiental. Hay muchísimos intereses y resistencias del establishment energético que hoy controla el abastecimiento de combustibles, que defenderá con uñas y dientes su posición hegemónica en el sector y el modelo extractivo que está en la base de sus ganancias.

Las resistencias provendrán también de los países que han basado hasta ahora gran parte de su crecimiento en el extractivismo, bien sea de petróleo y gas, bien sea de minerales como el oro y el cobre, o incluso el litio. Muchos países del sur también deberán aprovechar esta impasse económica y social para repensar e impulsar sus capacidades de desarrollo endógeno y sostenible.

Las entidades agrupadas en Alianza por el Clima, que actúan coordinadamente con Fridays for Future, han convocado a una jornada de Acción Global por el Clima el 24 de abril, con motivo del día de la Tierra (22 de abril). En el manifiesto de la convocatoria sostienen que la detención del cambio climático requiere, entre otras medidas no menos importantes, acelerar "la transición energética desde los combustibles fósiles hacia un modelo 100 % renovable, sin emisiones contaminantes, justo y eficiente, apostando decididamente por el autoconsumo y la energía distribuida y pasando por sistemas tarifarios justos".

La emergencia climática que atraviesa la humanidad requiere un profundo cambio de mentalidad. Por supuesto de los ciudadanos, como consumidores de productos energéticos; pero más aún en la planificación política y en la asignación de recursos a las distintas fuentes de energía, y ello bajo una fuerte presión social. Solo así se podría alcanzar la "reducción drástica de las emisiones netas de gases de efecto invernadero" que exige la Alianza por el Clima como condición indispensable para la supervivencia de la vida humana en la Tierra.

Publicado enEconomía
Viernes, 01 Mayo 2020 06:31

Resiliencia o catástrofe

Resiliencia o catástrofe

Votar con nuestro consumo: Economía Social y Solidaria para superar las circunstancias traumáticas, o renormalizar una nueva crisis del sistema.

 

n junio de 2017, Slavoj Žižek (el primero en publicar un ensayo sobre la pandemia Covid19) explicó en una intervención, Lecciones del “airepocalipsis”, en el Museo Reina Sofía de Madrid, como renormalizamos las catástrofes desde hace décadas. Dando la razón a Naomi Klein, las decodificó como una forma de entender el capitalismo salvaje, que nos ponen en estado de shock para generar, a partir de ellas, otro nuevo ciclo del mismo. Una paradoja, decía, que se da por el lapsus entre el “saber” y el “creer”.

Esa, renormalización sigue una estrategia, que en una primera fase individualiza la culpa (responsabilizando, por ejemplo, a la ciudadanía del cambio climático). Incluso, comentó, que el capitalismo es aún más ingenioso apelando a la corresponsabilidad personal. En una segunda etapa, trata de mistificar las diversas crisis presentando esos procesos como algo que nos supera, ante los cuales nos sentimos diminutos, pero que no tendrán consecuencias para la vida, pues no destruyen las condiciones materiales para ella, ni rompen el equilibrio, ni son problemas estructurales del propio sistema.

Y en su tercer estadio, se testifica que el hecho traumático experimentado como la realidad, no es la realidad, si no una percepción de la misma, o suposiciones ideológicas. Proceso por el cual el hecho catastrófico tiende a desintegrase porque, además, podemos adaptarnos a él.

Alegó que en paralelo a las múltiples tragedias, emergía un nuevo tipo de subjetividad (a través de series, películas, vídeo-juegos, dibujos animados, incluso mencionó la pornografía hardcore, o los capítulos de Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade) que nos acostumbran a una muerte y renacimiento constantes, donde los hechos brutales se normalizan. Y donde se apela incluso a la inmortalidad (sacó a colación el auge de las historias de vampiros o zombies; quizás ahora mencionaría el transhumanismo), ficciones que determinan nuestra experiencia diaria, donde la realidad es paradójica y no se distingue lo virtual de lo real.

Ante una audiencia absorta, afirmó que Pokemon (muy de moda entonces) no es un juego sino una ideología, y que la ideología siempre condiciona la realidad ya que la forma en la que apreciamos la realidad no es inocente. Las expresiones del público se ensombrecieron cuando señaló que no hay libertad, ni elecciones libres, si no que elegimos entre opciones inevitables.

En esa ponencia, que tanto tiene que ver con el momento actual, abordó como el antropocentrismo hace que los seres humanos nos creamos la especie superior del planeta. Y cómo confrontarnos así con los sucesos perturbadores, desmoviliza a gran parte de la ciudadanía, perdiendo la fe, llegando a una “zona cero” desde donde reescribir un periodo aún más salvaje del capitalismo, sin entender el significado profundo de lo que ha ocurrido. Algo que, sin duda, está sucediendo también hoy.

Prácticas y narrativas para un cambio de paradigma

Ahora observamos, más diáfanamente que nunca, que en la naturaleza todo está relacionado, que su objetivo es la sostenibilidad de la vida y se alcanza a través de la cooperación entre especies. También que se regula por sí misma (si le damos un respiro) pues respeta su lógica, la de los cuidados, que es la de todos y todas.

Sin embargo, la meta de la economía actual es acumular capital y se consigue compitiendo unos contra otros. Cuanto más rico es un país, más consumen sus habitantes, y cuanto más lo hacen, mayor es su impacto en la tierra. Entre el 60 y el 80 por ciento de esos impactos provienen del consumo de los hogares, cambiar nuestros hábitos de consumo tiene un gran efecto en la huella medioambiental, pero las cuartas quintas partes de ellos no son directamente atribuibles a las personas consumidoras, sino secundarios: derivados de los modelos productivos que fabrican nuestros bienes y servicios.

Por eso, es tan importante saber qué estamos apoyando (y votando cada día) con nuestro dinero y nuestro consumo, pues consumir no deja de ser un acto político (que como el voto) pretenden que sea acrítico, emocional, compulsivo e incluso frívolo.

No seré yo quien discuta a Žižek, pero aunque las opciones escasean, las hay. Existen elecciones que no generan los “círculos viciosos” de precariedad, insostenibilidad, violencias, tensiones estructurales y contradicciones del actual sistema neoliberal, cuyo centro no es la vida, si no su lógica extractivista (de bienes o servicios comunes, trabajo, materias primas, etc.), de acumulación del capital y de maximización del beneficio por una élite, a través de unos mercados que no se regulan por sí mismos (como persiguen hacernos creer) si no que, pervirtiendo la palabra libertad, avivan ferozmente, en su nombre, la economía y sus metabolismos productivos extractivos, intensivos y especulativos, que lo mismo mundializan crisis financieras, que totalitarismos, populismos, éxodos humanos, extinciones o pandemias.

Esas otras elecciones provienen de modelos productivos y de consumo que crean “círculos virtuosos” de mayor resiliencia en las sociedades, al respetar las conexiones ecosociales e interdependencias imprescindibles para la vida. No exigen constantes sacrificios sociales, humanos, ecológicos, etc., sacralizando el crecimiento económico, ni construyen una economía suicida en un planeta de recursos finitos. La Economía Social y Solidaria (ESS) es uno de esos modelos.

La Economía Social y Solidaria como laboratorio ecosocial

Actualmente, cuando tanto se pondera la innovación social y medioambiental, resulta que la ESS se clasifica dentro esas “nuevas economías” que plantean soluciones a las disfunciones del sistema actual. Es un laboratorio vivo ecosocial que construye otras fórmulas económicas y, por tanto, una nueva realidad que no renormalice las catástrofes sino que aprenda de ellas, las evite, e incluso las prevenga.

Como periodista he podido profundizar en muchos proyectos, nacionales e internacionales, me topé con algunos antes de escribir Tu consumo puede cambiar el mundo (Península, 2017), consumiendo productos agroecológicos, de comercio justo, energías renovables o finanzas éticas. Los más de tres años que me llevó la investigación de ese libro, entré en contacto con sus redes en la capital (REAS Madrid y su Mercado Social) entrevistando a algunas de sus entidades. Al concluirlo, quise formar parte (como socia-consumidora) del Mercado Social, y por una serie de azares (que esos colectivos conocen, y aún recuerdan con hilaridad) acabé teniendo un balcón privilegiado a sus órganos rectores, donde dieron acogida a consumidores y consumidoras para ampliar su riqueza representativa.

He podido conocer esas redes por dentro (algunas de sus fórmulas las recojo en mi último libro Al borde de un ataque de compras (Debate, 2019)), en ellas se han aceptado las críticas constructivas, incluso vehementes, posturas disidentes e incómodas, como una manera de aceptar la diversidad social real y entender la transformación ecosocial como un aprendizaje colectivo que no deja a nadie atrás.

Durante todos estos años he profundizado en muchos proyectos. Antes del confinamiento, durante la presentación de mi último libro en Pamplona, en Geltoki (una iniciativa de consumo y cultura pionera de la ESS), aproveché también para visitar Landare (una asociación de consumo con más de 20 años, formada por 2.000 socias y socios), además de la planta de Traperos De Emaús en Navarra, cuya labor de recuperación y reciclaje es absolutamente ejemplar. Fórmulas de éxito social, medioambiental y económico, logradas gracias al tesón colectivo, a la profesionalización y al aprendizaje constantes.

Experiencias que también han emergido fuera de nuestras fronteras, como Park Slope Food Coop, de Nueva York, con más de 17.000 miembros que lleva 45 años demostrando que otras formas de consumo son posibles, como su réplica La Louve, en París, de la que reciben mentoría los supermercados cooperativos que están emergiendo actualmente en España, que pronto serán otra realidad de la ESS.

Como llevan años siéndolo las comercializadoras de renovables (Som Energia, La Corriente y tantas otras en nuestros territorios), o las finanzas éticas: Coop57 (créditos), Oikocredit (microcréditos), Fiare (banca) o CAES (formado por Seryes y ARÇ, de seguros éticos) y los innumerables grupos y cooperativas agroecológicas de consumo de nuestro país, así como otras iniciativas en telefonía, movilidad, moda sostenible, belleza ecoética, bioconstrucción, entre otras múltiples opciones de bienes y servicios de consumo o culturales, en prácticamente todos los sectores, que también se arropan bajo este paraguas.

Una mirada puesta en el futuro común

Como todo laboratorio, la ESS tiene éxitos y fracasos, egos inflados y lecciones de humildad. He atestiguado que saca lecciones de sus luces y sus sombras. Por delante queda quizás el mayor de los retos: armonizar su trayectoria y multiplicidad, sobrevivir a esta nueva crisis consolidando y construyendo propuestas, así como narrativas para víctimas y victimarios, contribuyendo a materializar las diversas transiciones ecosociales, más necesarias que nunca.

También reducir esa paradoja, apuntada por Žižek, que causa el lapsus entre el “saber” y el “creer”. Pasar de las escala micro actuales, a otras que no desborden los límites planetarios, sin ejercer de correa de transmisión neoliberal. Seguir transformando el presente desde la pluralidad, por los objetivos comunes, con su modelo virtuoso (que como otros existentes) posibilita la sostenibilidad de la vida y no sólo la del capital.

Recuerdo que en marzo del 2019, Kois Casadevante, miembro de la cooperativa Garúa, hervidero de mentes brillantes transdisciplinares y parte de la ESS, cuando coincidimos en Barcelona en el encuentro Un futuro tras la gran crisis ecológica ¿Colapso o Justicia medioambiental? (organizado por La Maleta de Portbou y César Rendueles) explicó, con mucho cariño, que en ocasiones la EES padece el síndrome de Lilliput: “Somos un poco autocomplacientes a la hora de pensar el cambio social. Nos gusta mucho la fórmula de ‘muchos pequeños, haciendo pequeñas cosas, en muchos lugares, cambian el mundo’, que tiene gran parte de verdad, pero a veces puede ofrecer una visión demasiado simplificada del cambio ecosocial y provocar dinámicas un tanto autocomplacientes que lleguen a sesgar sus potencialidades, si no se abordan con una mirada más compleja y una vocación real de mayorías”.

En esa también sagaz intervención, Kois mencionó otro síndrome, el de Peter Pan: “Tiene que ver con cómo operativizar lo anterior. Es el temor a no querer hacerse mayor, que puede llevar a la ESS a no desear crecer en su afán de que ‘lo pequeño es hermoso’. A los proyectos y empresas nos cuesta aceptar la necesidad de crecer en tamaño, escala, impacto, facturación, etc., que a veces nos arrojan ciertos niveles de contradicción que muchos no están dispuestos a asumir”. Y apostilló entonces: “Se trata de superar estos síndromes, sin convertirnos en el Capitán Garfio”. Yo no podría haberlo dicho mejor. Feliz aniversario REAS ¡A por otros 25 años más!

Brenda Chávez es periodista especializada en consumo, sostenibilidad y cultura, autora de Al borde de un ataque de compra (Debate, 2019) y Tu consumo puede cambiar el mundo (Península, 2017), miembro del colectivo femenino de periodistas de investigación sobre consumo Carro de Combate. Dirige la sección de Consumo Sostenible, Consuma Crudeza, del programa de radio Carne Cruda.

30 abr 2020 11:30

Publicado enSociedad
Covid-19, el petróleo, el virus de Wall Street y Estados Unidos

El reciente desplome del precio del petróleo es una oportunidad para advertir de nuevo sobre el inexorable declive de los combustibles fósiles y denunciar la dinámica destructiva de los mercados financieros.

 

La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda mundial de petróleo en abril estará en un nivel visto por última vez en 1995. Lo que podría ser una buena noticia para el clima. Aún así, se prevén temperaturas récord este año por el calentamiento global. Los mercados anuncian un batacazo descomunal del precio de los hidrocarburos porque fallaron las apuestas financieras sobre los futuros del petróleo, un gigantesco mercado especulativo. Probablemente, llega el estallido de la burbuja de la industria del fracking en Estados Unidos que podría dañar severamente a sus bancos. 

Más allá de la coyuntura de estas últimas semanas, en realidad, el precio de las materias primas en lo que va de siglo, y entre ellas destaca claramente el petróleo, se ha caracterizado por ser alto y fluctuante. Además, la industria petrolera ha jugado históricamente un papel decisivo en las crisis económicas y políticas.

¿Qué ha pasado?

El 20 de abril de 2020 ha sido uno de los días más asombrosos en el comercio de carburantes. El precio futuro del petróleo de EE UU, el West Texas Intermediate (WTI), cayó a terreno negativo por primera vez en su historia. El WTI es un índice de crudo producido en Texas y el sur de Oklahoma que sirve como referencia para fijar el precio de otras corrientes de crudo. En vez de pagar por la mercancía, los inversores llegaron a cobrar 37,63 dólares por comprar un barril en EE UU para su entrega en mayo. 

Para ser exactos, lo que ha caído un 305% en realidad son los precios de futuros que expiraban —derechos de compra con una fecha de vencimiento fijada—. Los propietarios tenían que vender los contratos o llevarse el petróleo. La demanda ha bajado y, además no tenían sitio donde almacenarlo.

Vale la pena aclarar que en este suceso no son las grandes compañías extractivistas las que han anotado menores beneficios sino aquellos especuladores que tenían esos contratos y no consiguieron venderlos por la sobreoferta. En las gasolineras, los precios no se han desmoronado tanto.

¿Por qué ha caído el precio del petróleo? 

En este momento confluyen varios factores. La fuerte reducción de la demanda de petróleo fruto de las medidas de confinamiento y la crisis económica que la pandemia ha acelerado, la sobreoferta de crudo y los límites en el almacenamiento, la especulación financiera, el sobreendeudamiento de las empresas, los problemas estructurales de la industria del fracking en EE UU y las tensiones geopolíticas (Rusia vs. Arabia Saudí, EE UU vs China e Irán, intentos de golpe de Estado en Venezuela, Rusia vs Turquía). Todos ellos han generando presión a la baja sobre los precios. 

Un problema de fondo es la falta de control público sobre los mercados financieros y la especulación con el petróleo, que nos lleva a una situación de sobreextracción. De hecho, se ha empezado hablar del mayor exceso de petróleo de la historia. Igualmente, hay una gran incertidumbre respecto al futuro inmediato para el capital transnacional, fundamentalmente el financiero. 

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Como consecuencia del coronavirus ha descendido el transporte en las ciudades, el tráfico aéreo —en EE UU -60%, en España -95%— y gran parte de la producción industrial. Las medidas implementadas para frenar la crisis sanitaria han disminuido la demanda de petróleo y productos derivados a nivel mundial. El confinamiento que empezó en China se ha ampliado a 3.000 millones de personas en 187 países. Muchas actividades económicas no esenciales pararon. 

Así, el consumo de petróleo en los EE UU se ha caído más del 30%, a los niveles más bajos en al menos 30 años. En el mundo, en el mes de abril la demanda de gasolina y diésel se ha reducido un 33% y el combustible para aviones en 64% comparada con 2019. La demanda de carburantes en Europa es 33% menor de lo que era hace un año. 

Al mismo tiempo, los principales extractores —EE UU, Arabia Saudí, Rusia— han seguido bombeando, lo que ha precipitado una mayor caída de los precios del petróleo. Ahora mismo sobran 30 millones de barriles al día y los lugares donde se almacena —refinerías, depósitos, buques— están a punto de llenarse. Esto ha provocado que se dispare también la especulación con el coste de alquiler de los petroleros que ha pasado de los 15.000 dólares diarios en febrero a los 200.000 y 300.000 dólares en marzo.

¿Por qué hay un exceso tan grande de crudo?

La pandemia global llegó justo cuando la extracción de petróleo había alcanzado sus máximos. La organización de los países exportadores de petróleo y otros estados como Rusia llevan meses negociando el recorte en la producción para apuntalar los precios del petróleo porque, entre otras razones, EE UU había inundado el mercado con crudo en los últimos años. 

Entre febrero y marzo, cuando Rusia y Arabia Saudí no habían llegado todavía a un acuerdo, Arabia Saudí abrió sus grifos profundizando una “guerra de precios” contra su antiguo aliado Rusia, según la narrativa oficial. ¿O tal vez fue una maniobra para hundir al sector en EE UU?

En el mes de marzo se empezó a avisar que la pandemia estaba llevando el mercado de las materias primas “hacia lo desconocido”. Se informó de la llegada del mayor exceso de suministro de petróleo que el mundo haya conocido. Analistas financieros reconocieron que “el valor marginal de un barril de petróleo, en este contexto, tiende a cero”. Hubiera sido lógico reducir drásticamente la extracción, pero el “mercado autorregulado” se rige por la avaricia.

Los precios del petróleo se desmoronaron a gran velocidad, justo cuando a finales de febrero se registró el récord histórico de extracción en EE UU: 13,1 millones de barriles al día. A pesar del descenso de los precios que lleva meses asentándose, las empresas petroleras estadounidenses no redujeron la velocidad de su extracción.

Las corporaciones petroleras habían pedido mucho dinero prestado por los bancos en los últimos años para perforar miles de pozos, construir tuberías y mantener una maquinaria costosa. Todo ello, sin haber conseguido en ningún momento ser rentables por los altos costes del petróleo extraído mediante fracking frente a otros crudos. Cada vez se requiere invertir más energía y capital para extraer petróleo. Parar esa maquinaria significaba no poder devolver, al menos en parte, esas deudas. Además, dejar de explotar un pozo no es sencillo y puede conllevar que este colapse y no se pueda seguir utilizando en el futuro. Bajo estas premisas, las compañías no podían permitirse dejar de bombear y se ha producido de este modo una loca huida hacia adelante. 

Pero a finales de marzo los precios del petróleo se habían reducido a una tercera parte de los de enero. El delirio se hizo insoportable. Empezaron a caer el número de perforaciones en Canadá y Estados Unidos, y las empresas recortaron sus presupuestos. El uso de plataformas de perforación empezó a bajar a toda velocidad. El conteo de las plataformas es considerado como uno de los indicadores más importantes del apetito de inversión y de su confianza en el sector, estrechamente relacionada con la evolución de los precios.

Claramente, el pacto de la OPEP y Rusia del 12 de abril para recortar la producción en unos 12 millones de barriles al día en mayo se va a quedar corto. Los precios del crudo siguen tambaleando.

¿Seguirá disminuyendo la demanda mundial?

Según la Agencia Internacional de la Energía, se espera que la demanda de petróleo mundial caiga en el segundo trimestre de 2020 en 23,2 millones de barriles diarios (Mb/d) con respecto al mismo período de 2019 —esto es una caída del 25%— y se reduzca en una cifra récord de 9,3 millones de barriles al día en 2020. Si se mantiene la reducción del consumo de esta magnitud podría tener una repercusión sobre el capitalismo global de enorme calado. Algunos investigadores apuntan que se trata de una “caída brutal” comparada con la que se produjo con la crisis de 2008 cuando la producción de petróleo cayó un 4%. Antes de la pandemia se extraían cada día unos 100 millones de barriles. 

¿Dónde guardar tanto petróleo sobrante?

La capacidad mundial de almacenar crudo está a punto de llegar al máximo. No hay datos oficiales sobre la capacidad de almacenamiento global de crudo. Según la Agencia Internacional de la Energía es de 6.700 millones de barriles, pero resulta muy complicado saberlo porque muchos datos no son públicos. Por ejemplo, hay unos 800 megapetroleros navegando por los mares capaces de albergar conjuntamente unos 1.800 millones de barriles. Las empresas comercializadoras se están gastando una fortuna para acopiar una cantidad récord de crudo en estos buques esperando precios más altos. Algo similar, pero en mucho menor escala ocurrió el año pasado tras los ataques contra instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí. 

En algunos meses surgirán más dificultades cuando el crudo empieza a degradarse o inducir la corrosión de las instalaciones. 

Otro aspecto a tener en cuenta es la geopolítica asociada a la capacidad de almacenamiento del petróleo. Aunque la información no es muy clara al respecto. Destacan EE UU (1.499 millones de barriles), China (1.440 millones) y Arabia Saudita (329 millones). Ahora lo que va a ser crucial es quién llena antes sus depósitos, es decir quién acaba antes con la capacidad de almacenamiento. Este será el que perderá en el juego geopolítico. Y en este escenario los EE UU están ya al borde del precipicio, lo que podría profundizar aún más la quiebra del “american way of life” y del régimen de Wall Street. 

Mirando al bosque, ¿está realmente barato el crudo?

Si tomamos perspectiva histórica, en realidad los precios del petróleo, que están en niveles de 20 dólares el barril ahora mismo se sitúan dentro de la horquilla en el que han fluctuado a lo largo del siglo XX, descontando las crisis del petróleo. No están tan baratos. En el contexto en el que sí están baratos es en el de la historia reciente, pues desde el inicio del siglo estos precios se caracterizan por ser muy volátiles y, en término medio, mucho más caros que los del siglo XX. Esto es consecuencia de tres factores: haber atravesado el pico del petróleo convencional —y probablemente ya de todos los tipos de crudo—, la crisis económica recurrente y la comercialización del crudo a través de los mercados financieros.

Las consecuencias de este escenario de precios volátiles son muy importantes para la industria petrolera en un contexto en el que la extracción cada vez es más cara.

¿Estados Unidos, origen de una nueva crisis? 

La crisis financiera de 2007-2008 tuvo su origen en EE UU, y específicamente en Wall Street, por la ruina del sector inmobiliario, activada por la quiebra del mercado de las hipotecas basura, los denominados subprime —entre otras razones—, aunque el epicentro del terremoto se desplazó luego a la UE. Desde hace años, se lleva inflando otra burbuja financiera vinculada a los combustibles fósiles en EE UU y se ha empeorado con la administración de Donald Trump.

En 2010, la extracción de petróleo y gas en rocas poco porosas —como esquisto o pizarra— en los EE UU era mínima. Si bien en 2018, el bombeo mediante la técnica ultracontaminante de la fractura hidráulica —fracking en inglés— había aumentado en 2,2 millones de barriles por día y en 2019 alcanzó los siete millones de barriles por día —sin incluir el petróleo convencional de Alaska, Texas o el Golfo de México—. El país pasó de ser importador neto durante decenios a ser exportador neto de energía en septiembre de 2019. La Agencia Internacional de la Energía llegó a plantear que los EE UU representarían el 70% del aumento de la capacidad de extracción mundial hasta 2024 y colocó a EE UU en el trío de cabeza petrolero junto a Arabia Saudí y Rusia. 

La jugada de Trump y el lobby de los multimillonarios con el “make America great again” [Hacer América grande de nuevo] significaba más petróleo estadounidense para aumentar el consumo doméstico, reducir las importaciones y desestabilizar sus competidores internacionales —Irán, Rusia y Venezuela— principalmente. 

Pero para sostener una extracción mucho más cara que la saudí y la rusa, el precio del petróleo debía mantenerse en una horquilla que iría entre los 40$/barril —precio mínimo para que las compañías de fracking empiecen a anotar beneficios— y un máximo en torno a los 120$/barril —cifra a partir de la cual se desencadenaría una escalada de precios que acabaría arrastrando a la economía de los EE UU—. Los últimos datos indican que para cubrir costes se requería un mínimo de 39,2 $/barril, frente a los 2,8$/barril en Arabia Saudí y los 5$/barril de Rusia

La clave para explicar el crecimiento en la extracción de petróleo y gas de esquisto no ha sido en el campo productivo, sino en el financiero. Muchos pozos no fueron rentables para operar. La mayoría de empresas centradas en fracking gastaron más dinero del que ingresaron. Según un estudio de IEEFA las compañías estadounidenses gastaron 189.000 millones de dólares más en perforación y otros gastos de capital en la última década de lo que generaron al vender petróleo y gas. De hecho, entre 2012 y 2017 las compañías de fracking sumaban unas pérdidas de unos 9.000 millones de dólares trimestrales. Fue el capital financiero y las políticas monetarias del Gobierno —con la tasa de interés a casi cero es barato endeudarse— que permitieron el boom del fracking que en realidad ha sido un fracaso económico, social y ambiental. 

Desde 2015, más de 200 productores de petróleo y gas se han declarado en bancarrota, dejando una deuda de 129.000 millones de dólares sin pagar. Solo entre 2020 y 2022, las empresas tendrían que afrontar el vencimiento de sus deudas por una valor de 137.000 millones de dólares. En el tercer trimestre de 2019, el 91% de los impagos de deuda corporativa estadounidense se debía a las empresas de petróleo y gas. 

Con la volatilidad y los precios de petróleo tan bajos muchas empresas de fracking no son más que un cadáver. Se cree que la cifra de las quiebras aumentará y la situación empeorará. Para remate, en EE UU se alcanzó el pico de extracción de petróleo de roca porosa. 

Trump y el fiasco relativo de controlar el grifo del petróleo

A lo largo de la historia, los vínculos de los gobiernos estadounidenses con la industria petrolera son muy estrechos. El petróleo es un asunto de Estado. 

La crisis de hegemonía de los EE UU está estrechamente unida al declive de los hidrocarburos. Sus élites han intentado revertirla mediante, por ejemplo, el proyecto de un “Nuevo Siglo Americano” que propugnaba incrementar la presencia militar en el sureste y centro de Asia para controlar el grifo mundial de petróleo y gas, bajo el pretexto de la “guerra (global permanente) contra el terrorismo”, continuó con la invasión de Iraq y Libia, las sanciones contra Irán y Venezuela y la militarización de América Latina y el Caribe. Pero estos intentos han sido infructuosos. Es más, la Gran Recesión, a partir de 2008, ha acelerado la tendencia.

Los subsidios públicos a los combustibles fósiles alcanzan los 649.000 millones de dólares en 2015, diez veces el gasto federal para la educación. Pero Trump dio un salto más. Colocó un gran número de abogados y ejecutivos de la industria petrolera y automotriz en puestos de alto rango de la administración. Nombró como primer Secretario de Estado (Ministro de Exteriores) a Rex Tillerson, ex presidente de Exxon Mobil, multinacional acusada de haberse beneficiado de la guerra contra Iraq para la venta de petróleo o haber financiado el negacionismo del cambio climático siendo una de las empresas del mundo que más ha contribuido al calentamiento global. 

En la reciente pugna entre Rusia y Arabia Saudí, Trump, empujado por la industria petrolera, anunció que llenaría la Reserva Estratégica de Petróleo y tras el desplome de precios de abril dio la orden de comprar hasta 75 mIllones de barriles. 

La Administración estadounidense también estaría estudiando pagar a las empresas de petróleo por no extraerlo y dejar en el subsuelo unos 365 millones de barriles a disposición del Gobierno. Aunque esto es más complicado de lo que parece. Parar la extracción es caro e implica la posibilidad física de que el campo no se pueda reabrir. Esta secuencia de acontecimientos da entender que el Gobierno de EEUU, a pesar de su apuesta petrolera, en realidad tiene poca capacidad de maniobra. 

El anuncio de Trump en Twitter que “Nunca dejaremos caer a la gran industria de petróleo y gas de EE UU. ¡He dado instrucciones al secretario de Energía y al secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro!”, suena a respuesta desesperada por su pésima gestión de la crisis sanitaria y su miedo a perder las próximas elecciones presidenciales. Incluso pretende usar los programas de alivio económico del coronavirus, cuando millones de estadounidenses están desempleados y con necesidades vitales sin cubrir.

Si Trump subió al poder con su eslogan “make America great again”, que resumía su alianza con las petroleras estadounidenses, la crisis de covid-19 le puede pasar factura. La incidencia de la pandemia en los EE UU y sus efectos económicos, como la quiebra de empresas del fracking, se está traduciendo ya en un aumento terrible del desempleo. Además, esas quiebras y el desempleo asociado se produce en zonas donde Trump ganó las elecciones de 2016. Ese apoyo estaba condicionado, entre otras cosas, a la promesa de nuevos empleos. Muchos de esos empleos estaban, directamente o indirectamente, vinculados al “Big Oil”. Así pues, podría perder votos en Texas, Dakota del Norte, Virginia Oriental, Pensilvania y Ohio. Además, en algunos de estos estados Trump ganó de manera muy ajustada.

¿Otra vez Wall Street?

Se sabía desde hace años que la burbuja financiera de las empresas del fracking podría explotar y provocar un nueva crisis financiera global

Las políticas de los bancos centrales ha permitido que muchas empresas hayan seguido funcionando. Se trata del proyecto político de las élites de los EE UU en el escenario postcrisis subprime, reforzado por Trump. Entre la Casa Blanca, las altas finanzas y la compañías energéticas han puesto en marcha los mecanismos financieros necesarios para sostener todo el entramado de la industria fósil con el objetivo de reducir importaciones y enriquecer aún más —si cabe— a la clase de multimillonarios que pusieron a Trump en el poder. Esto se ha complementado con el desmontaje de políticas de protección ambiental, los planes de transición energética y el hostigamiento a los Estados díscolos, como Irán o Venezuela.

Aún sabiendo que la quiebra de las petroleras podría provocar unas enormes pérdidas o incluso una nueva crisis, las mayores entidades financieras estadounidenses, JP Morgan Chase, Bank of America, Citgroup y Wells Fargo, han financiado cada una con más de 10.000 millones de dólares este peligroso negocio.

Sin embargo, ahora los principales bancos, que han financiado esta industria contaminante, están explorando la posibilidad de retirar la financiación y embargar los activos de las compañías del fracking que no están devolviendo los préstamos. El petróleo y el gas que pretendían extraer no desaparece. Los bancos pretenden quedarse con las reservas de los productores que han puesto como garantía, creando sociedades de cartera e intentando esperar que pase la tormenta y se recuperen los precios. Aunque esto está por ver. 

Otros actores financieros, que también tienen una posición fuerte en el sector, como BlackRock, están pensando en una estrategia de desinversión. El mayor gestor de fondos del mundo contaba con importantes participaciones en las grandes corporaciones petroleras del mundo —ExxonMobil, Shell, BP y Chevron— y en el verano de 2019 presentaba unas pérdidas de 90.000 millones de dólares por sus inversiones en combustibles fósiles. Por ello se postula de repente como nuevo paladín del Pacto Verde Europeo (Geen New Deal) gracias a la ayuda de la Comisión Europea.

El impago de la deuda de las empresas de petróleo y gas en EE UU es un ejemplo flagrante de un sistema económico altamente financiarizado y un modelo empresarial basado en el endeudamiento a bajos tipos de interés. En el mundo, el volumen de la deuda de las empresas alcanzó un máximo histórico en términos reales de 13,5 billones de dólares a finales de 2019, impulsado por políticas monetarias. En todo este tiempo, la calidad general de la deuda corporativa se derrumbó, según un nuevo informe de la OCDE.

¿Cómo puede afectar la caída del precio del petróleo? 

El impacto de los “bajos” precios del petróleo se sentiría sobre todo en los EE UU. Lo que valida la estrategia saudí: el colapso de los precios por la sobreoferta eliminará a muchos productores estadounidenses del mercado, obligando a la Casa Blanca a contribuir al ajuste a la baja de la producción mundial.

¿Habrán conseguido Rusia y Arabia Saudí debilitar a la extracción estadounidense? ¿Se hundirá allí gran parte de la industria petrolera? ¿Se verá un diálogo global sobre la producción del petróleo y el precio como hace tiempo no se ha había visto? 

Según la Administración de Información Energética de EE UU (EIA), el país podría volver a convertirse en un importador neto de petróleo crudo y productos petrolíferos en el tercer trimestre de este año y continuar así hasta la mayor parte de 2021. Aunque unos precios “bajos” también podrían debilitar los regímenes autoritarios de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes lo que tendría secuelas para todo el Oriente Medio.

¿Cómo es la “nueva normalidad”?

El problema político que se nos plantea en el corto y medio plazo es el siguiente: a medida que la demanda mundial de petróleo se tropieza y sectores como el turismo o transporte aéreo sigan teniendo restricciones, las empresas ligadas a los combustibles fósiles pedirán la intervención del Estado. Como ya está ocurriendo con los rescates para los sectores vinculados al capitalismo fósil: compañías petroleras y automovilísticas, líneas aéreas, turismo, etc.

En EE UU se aprobó un paquete de estímulo económico de dos billones de dólares. De ellos 500.000 millones para salvar grandes corporaciones. La Reserva Federal ha anunciado que comprará deuda de empresas por 750.000 millones de dólares y existe el riesgo que una gran parte de todo este dinero beneficie a “Big Oil”. La UE también está dirigida por tecnócratas y gobiernos fuertemente capturados por los intereses que ponen el rescate de empresas contaminantes antes que el interés general. El Banco Central Europeo, por ejemplo, favorecerá a las grandes corporaciones, que son las que más han contribuido a la gran crisis socioambiental a la que se enfrenta el planeta, con su compra los bonos de deuda bajo el paraguas de la expansión cuantitativa (Quantitative Easing en inglés). 

¿Qué oportunidades alberga un declive energético?

Después de las crisis del precio del petróleo de la década de 1970 siguieron décadas en las que aumentó el consumo de petróleo, así que no podemos esperar ningún cambio progresista de esta caída del precio de petróleo. De hecho, desde la última crisis global hace diez años no se ha hecho casi nada para reducir la demanda de petróleo.

Las élites del poder económico y financiero intentarán aprovechar la situación actual para poner en práctica el conocido manual del capitalismo del desastre. Los gobiernos y muchos medios seguirán fingiendo que los fondos de "reconstrucción” en respuesta a la covid-19 servirán para recuperar el crecimiento a toda costa, cuando en realidad empeoran las perspectivas. Tipos de interés negativos fruto de enormes burbujas monetarias, rescates “trillonarios” con dinero público sin los mínimos criterios medioambientales o sociales —más bien lo contrario—, especuladores pagando porque no les entreguen las materias primas que han comprado, etcétera. Son tantas disfunciones que es inevitable buscar un sistema diferente antes de que el actual implosione. El reciente episodio de especulación financiera por un lado y de límites físicos por otro explica muy bien la necesidad de decrecer económicamente.

El desorden global refuerza los argumentos que se plantearon durante numerosas movilizaciones sociales. El covid-19, como detonante de una crisis global que viene de lejos, nos aporta nueva vida y urgencia a las luchas de larga data contra la globalización, desde las políticas de comercio e inversión hasta la especulación financiera, la agricultura industrial y la deuda externa, para reivindicar la protección de la vida como eje central de nuestras sociedades.

En definitiva, como sociedad tenemos la gran tarea de evitar que se vuelva a repetir la “salida” de la Gran Recesión que ha sostenido las tasas de beneficios de los grandes capitales a costa de incrementar la explotación de las mayorías sociales, y especialmente de las mujeres y las clases populares —rescates del capital financiero con ayudas públicas, recortes sociales y salariales, reformas laborales— y de la naturaleza.

Los movimientos por la justicia climática deben hacer la máxima presión para evitar estos rescates de la industria fósil y conseguir que todas las ayudas públicas por la covid-19 estén condicionadas a una profunda transformación socioambiental. 

Si se cumplen las previsiones y la demanda de carburantes se reduce este año en 9,3 millones de barriles al día respecto a 2019 esto sería bueno para el clima. Aun así, se seguirán quemando a diario cerca de 89 millones de barriles que emitirán unos 270 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera cada día. Además, el sector tiene previsto gastar otros 335.000 millones de dólares en nueva exploración y extracción de crudo. ¿No sería deseable dedicar este dinero a una transición energética justa? Si de verdad queremos frenar la emergencia climática y evitar nuevas pandemias, hay que dejar la mayor parte del petróleo —y gas, carbón y uranio— bajo tierra

En vez de salvar nuevamente a la industria petrolera, los gobiernos deberían aprobar planes para su cierre paulatino. Hay estudios señalando que la juventud apoyaría medidas en este sentido. 

Otra buena medidas sería prohibir la inversión en combustibles fósiles, como sugiere el informe "Banking on Climate Change" en el que se denuncia que 35 bancos —entre ellos BBVA y Santander— han financiado dicha industria con más de 2,7 billones de dólares en los cuatro años transcurridos desde el acuerdo climático de París de 2015. 

Preparémonos ante el colapso fosilista

Aunque cueste hacernos la idea, esta nueva crisis es la antesala del declive de la era fósil y en esta década se producirá una quiebra energética mucho más profunda. Los datos nos indican que no hay ninguna fuente energética alternativa que pueda sustituir el petróleo convencional y, muchos menos, el conjunto de los combustibles fósiles.

Tanto la emergencia sanitaria y climática son una oportunidad para impulsar cambios profundos. No sólo hay que invertir más en los servicios públicos y revertir las privatizaciones, también relocalizar las economías, reducir el consumo, volver a la planificación, regular y gravar fuertemente las corporaciones y actores financieros, e incluso expropiar sectores vitales, recortar el gasto militar y restituir nuestras deudas con el Sur global.  

Para garantizar una vida digna para todo el mundo, hay que redistribuir de arriba a abajo, tanto los ingresos como la riqueza. Y este proceso debe ir acompañado de una fuerte reducción y redistribución del tiempo de trabajo remunerado, y un reparto equitativo de los trabajos de cuidados. Hay que erradicar la pobreza como el factor más importante que crea miedo e incertidumbre. Por eso también necesitamos un impuesto a las rentas altas para financiar la renta básica.

27 abril 2020

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Las refinerías norteamericanas adelantaron compras de crudo que ahora no tienen dónde colocar.  ________________________________________ Imagen: AFP

"El crudo volverá a valer menos que 0"

Encerrado entre el derrumbe del consumo y el agotamiento de la capacidad de almacenaje, Estados Unidos será el factor que vuelva a disparar la crisis. Recuperación parcial de precios, pero auguran que no será duradera. 

 El precio del petróleo tuvo este jueves una nueva jornada de recuperación, como rebote de la violenta caída de su cotización a principios de esta semana, pero todavía sin poder asegurar que se haya ingresado en un sendero alcista sostenible. Hay expectativas favorables con respecto al acuerdo de grandes exportadores y Rusia para reducir la producción a partir del 1° de mayo, aunque Estados Unidos se encuentra envuelto en una encrucijada. En el inicio de la actual etapa de la crisis, cuando la disputa entre Arabia Saudita y Rusia llevó a una guerra de precios, varias refinerías aprovecharon la oportunidad y compraron, en marzo, importantes volúmenes de crudo a un precio muy inferior al precio local de la producción de shale oil. En las próximas semanas, esos barcos, con un cargamento de 50 millones de barriles, estarán llegando a los puertos de la costa este de EE.UU. y tendrán el impacto de una bomba sobre el hoy frágil mercado de hidrocarburos norteamericano. Algunos expertos ya anticipan que los precios de los contratos a junio del WTI volverán a mostrar valores negativos, como a principios de esta semana.

El crudo que cotiza en Nueva York, WTI, tuvo un nuevo salto este jueves de casi un 20% y cerró en 16,50 dólares por barril, un valor todavía insuficiente para cubrir los costos de producción local. Las tensiones en Oriente Medio entre Estados Unidos e Irán le dieron impulso alcista a los precios, asi como los posibles recortes en la producción local ante los problemas logísticos de almacenaje, lo cual supondría el cierre de algunos pozos. Según estimaciones de Goldman Sachs, al 17 de abril el centro de almacenamiento de Cushing estaba con un nivel de llenado del 77% y los aumentos en estos días hacen prever que "su capacidad se agotará en la primera semana de mayo". El crudo Brent (Mar del Norte) tuvo ayer, a su vez, un repunte cercano al 5 %, alcanzando un valor por barril de 21,33 dólares, todavía en la tercera parte de su valor a principios de año.

Cuando las refinerías estadounidenses le compraron a Aramco (la gigantesca petrolera saudí) el crudo en cantidades a precio de liquidación, no imaginaron cómo cambiaría el escenario seis semanas después. El consumo de gasolina para motores en Estados Unidos se desplomó en un 40 por ciento, el precio del petróleo se derrumbó atravesando incluso el valor de cero este último lunes y, lo que es peor, la capacidad de almacenamiento se llenó a niveles peligrosamente cercanos al 80 por ciento. ¿Qué harán con los veinte barcos petroleros que vienen atravesando los mares, desde Arabia, con una carga de 40 millones de barriles de petróleo, cuando lleguen a puerto? ¿Y qué pasaría con las cotizaciones si llegara ese momento? 

Victor Bronstein, especialista en temas energéticos y director de Ceepys (Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad), advirtió que "el COVID-19 cambió el escenario, la demanda se derrumbó junto con los precios y el sistema de almacenamiento está llegando al límite: de los 73 millones de barriles de capacidad que tienen las instalaciones de Cushing en Oklahoma, donde se comercializa el petróleo físico del WTI, hay almacenado más de 60 millones". El arribo de los veinte barcos petroleros, que ya están en navgación, es una amenaza que ya tuvo una reacción del senador republicano Ted Cruz (fue precandidato presidencial para las elecciones de 2016), quien en un tuit apuntó "veinte petroleros cargados con 40 millones de barriles de crudo saudita se dirigen a Estados Unidos. Esto es siete veces el flujo mensual típico. Millones de empleos están en peligro. Mi mensaje a los sauditas es: Vuelvan atrás con sus barcos". 

La compra de las refinerías estadounidenses alcanzarían a 10 millones más de barriles, pero por ahora las embarcadas y en viaje serían cuarenta. Para Bronstein, "los 50 millones de barriles sauditas llegando a Estados Unidos son una bomba que el gobierno norteamericano está tratando de desactivar; veremos si lo logra, pero seguramente en junio, los precios del WTI volverán a ser negativos".

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El sol brilla a través del vapor que sale de las chimeneas de una planta de energía. REUTERS / Maxim Shemetov

 

La caída de los precios del petróleo hasta niveles negativos certifica la entrada de una crisis global que llega a todos los niveles. En el horizonte se desdibuja el camino hacia la sostenibilidad económica, aunque, en mitad del caos, existen alternativas difíciles y alejadas del modelo expansivo actual.

El oro negro ya no brilla como antes. El precio del petróleo continúa desplomándose ante la crisis económica originada por la pandemia del coronavirus. Tanto, que el pasado 20 de abril se registró una caída sin precedentes del crudo de West Texas Intermediate (WTI), cuyos barriles se cotizaron en cifras negativas. Algo parecido le está ocurriendo al petróleo europeo de Brent, cuya cotización no para de descender. La economía, que subordina su crecimiento expansivo al uso de combustibles fósiles, se ha visto paralizada de forma abrupta por la emergencia sanitaria y uno de sus pilares centrales, el petróleo, ha quedado dañado por completo.

La caída de los precios se debe al deterioro de la economía global que, fruto de la pandemia, ha entrado en una recesión abrupta y sin precedentes. A ello, se debe sumar un problema de costes y de espacio para el almacenaje del petróleo, que debido al parón económico no se está consumiendo. En esta situación, lo que se está desplomando son los precios de los futuros que expiraban ya, es decir, los propietarios de esos barriles se quedaban sin tiempo, con lo que se han visto obligados a vender los contratos de almacenaje o llevarse el petróleo. Así, las empresas propietarias se han visto en la obligación de tener que pagar por deshacerse del petróleo, lo que explica que, en el caso de EE UU, los precios hayan sido negativos.

La parálisis económica equivale a una ingente cantidad de vehículos –privados y comerciales– que ven enfriar sus motores y, por consiguiente, no paran a repostar como era habitual. Esto, según el informe de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), supondrá que la demanda mundial de petróleo disminuya en 9,3 millones de barriles por día respecto a las cifras de 2019. Sin embargo, el freno en seco del consumo no ha venido acompañado de un descenso similar en la producción de barriles, de modo que las infraestructuras de almacenamiento han quedado al límite de sus capacidades, según los datos de la IEA.

El descenso histórico de los precios, no obstante, no supone el fin de una era económica vinculada a los combustibles fósiles, aunque si una buena oportunidad para encontrar miradas alternativas a la economía actual. "Se trata de una caída muy específica y muy vinculada al contexto de pandemia. Cuando esto se termine, el sector volverá a tener su actividad normal", señala Giorgos Kallis, economista e investigador de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA).

Esta crisis del petróleo abre una disyuntiva difícil de resolver, si se tiene en cuenta que la economía global tiene una gran dependencia respecto a los combustibles fósiles. En otras palabras, ¿rescatar el capitalismo del petróleo o aprovechar la inercia de la economía para realizar una escalada basada en criterios de sostenibilidad? 

En torno a esta pregunta aparecen sectores como la industria del automóvil, que guarda una estrecha dependencia con el modelo económico basado en los combustibles fósiles, al mismo tiempo que tiene un alto valor para la economía española, ya que representa en torno al 10% de su Producto Interior Bruto (PIB) y emplea al 9% de la población activa del Estado. Dado su valor, desde la Asociación Española de Fabricantes de Automóviles y Camiones (Anfac) han pedido al Gobierno de coalición un impulso para reactivar unas ventas que han caído a mínimos históricos, al pasar de los 94.618 vehículos vendidos en febrero a los 37.644 durante el mes de marzo. Es decir, una caída mensual del 60,2%.

Desde Anfac, reclaman al Gobierno incentivos económicos para reactivar las ventas de cara al escenario de desescalada. Algo similar ocurre con el sector de la aviación que en los últimos días ha pedido a la Unión Europea un rescate de 12.800 millones de euros, según una investigación de Transport & Environment. Sin embargo, ¿tiene sentido apostar por estas industrias, en vista del escenario negativo en el que se adentra el petróleo y, sobre todo, con el escenario de crisis climática de fondo? ¿Es el momento de apostar por un escenario económico diferente, donde el crecimiento respete los límites de la tierra? Para Kallis, esta es una buena oportunidad para que "el dinero de esos rescates vayan destinados a apoyar una industria limpia y hacia una transición energética".

Para Gonzalo Escribano, responsable de Energía y Cambio Climático del Real Instituto Elcano y profesor de Economía de la UNED, la situación de futuro es difícil de predecir, ya que intervienen factores diversos como el miedo al transporte público, que podría generar un aumento de las ventas de coches –algo que ya está ocurriendo en China– o la implementación del teletrabajo, que, por contra, reduciría el número de viajes diarios. A corto plazo, no se va dar una buena situación para reconvertir la industria y potenciar la venta de vehículos eléctricos. "Es complicado decirle a cualquier individuo que deje su coche y se compre uno cero emisiones cuando el precio del diésel o de la gasolina es tan bajo", expone. "Pero tampoco es el momento de que los Gobiernos cedan ante las presiones de la industria para rebajar los criterios de emisiones", advierte, en relación a los reclamos del lobby del automóvil. "No podemos salir de la crisis peor de como entramos en cuanto a medio ambiente".

Para Luis González Reyes, doctor en Químicas y experto en transiciones ecosociales de la Fundación Fuhem, la salida no debe plantearse en los parámetros tradicionales de la transición energética, donde en ocasiones se peca de tecno-optimismo, sino que se debe replantear el modelo industrial por completo para alejarlo de los combustibles fósiles, pero también del crecimiento expansivo.

"España tiene una capacidad limitada para reconvertir su industria del automóvil porque es subsidiaria de la industria alemana o francesa, ya que no hay empresas propias. Cuando hablamos de industria española, hablamos de Renault, Citroën o Volkswagen. La clave sería limitar al máximo los niveles de dependencia de flujos externos… Necesitamos una economía radicada en lo local y sin depender tanto del exterior. Esto, obviamente, no se hace en dos días. Pero hay ejemplos históricos de políticas que han diversificado el tejido productivo local, sin quedar atados de pies y manos", agrega el experto, en referencia a los países no alineados que en las décadas del los 60 y 70 del siglo XX se enmarcaron en un proceso de autonomía que, precisamente, se vio truncado cuando su deuda externa se convirtió en "un elemento de coacción".

No se trata de una vuelta a un modelo proteccionista, sino a un sistema diferente donde la economía deje de estar deslocalizada y cada país pueda tener unas cotas altas de autosuficiencia. "Podemos tener colaboraciones a nivel internacional y compartir el conocimiento con otros Estados, sin necesidad imponer aranceles, pero con una producción propia. Para llegar a ese punto necesitas tener una industria propia y autosuficiencia local", señala el economista de ICREA.

La caída del petróleo, ¿un peligro para las renovables?

Por otro lado, la realidad de las crisis del petróleo y de la covid-19 podría suponer un problema para las nuevas formas de energía renovable, ya que la caída de precios de los combustibles fósiles se convierte, según Escribano, en un "peligro para la competitividad" de las energías limpias, las cuales estaban experimentando un gran crecimiento en Europa y se presentaban como uno de los pilares centrales del Pacto Verde Europeo. No en vano, algunos sectores europeos, entre los que se encuentra España, apuestan por las políticas de sostenibilidad como una de las palancas de cambio que permitan salir de la emergencia del coronavirus en todos los niveles. Tanto es así, que el potencial de las renovables, según un informe reciente de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), podría generar 100 millones de nuevos empleos en todo el mundo en los próximos 30 años y aumentar el PIB mundial un 2,4%.

La desafección hacia las renovables provocada por la bajada de precios del petróleo y la crisis global del coronavirus se podría sortear, no obstante, con viejos mecanismos que incentiven a corto y largo plazo la transición energética. Impulsar el famoso impuesto al carbón y al uso de combustibles fósiles, según Kallis, puede hacer que las nuevas fuentes de energía no se vean tan afectadas. "Ahora puede ser el momento idóneo, ya que con el precio del petróleo tan bajo, no se va a notar tanto el impuesto. Cuando en unos años se recupere y el precio sea más caro, las renovables tendrán un coste más barato. En cualquier caso esto debe ser un impuesto verde europeo, no vale con que lo haga un sólo país", argumenta.

La crisis del petróleo, en cualquier caso, es el reflejo de la crisis económica en la que se adentra el mundo entero. "Ahora mismo hay que tener en cuenta que la caída del PIB es inevitable. Lo es porque se está demostrando que hay una correlación lineal entre el consumo energético y el crecimiento de la economía", expone González Reyes, que no considera que apostar por un crecimiento verde sea una solución definitiva. "El debate es si se debe utilizar la creación de dinero, algo que ya está haciendo EE UU o el Banco de Inglaterra, para seguir apostando por lo mismo o para reconvertir la economía a través de medidas de reparto de riqueza que permitan que la población más vulnerable no pague las consecuencias de esta crisis", opina, en referencia a la renta básica.

"La caída del PIB, pensando desde el poscrecimiento, debería no suponer más desigualdad. Para ello se necesitan gobiernos fuertes que apuesten por una economía mucho más planificada y coordinada desde los Estados", añade Kallis, quien señala la idoneidad de avanza hacia esa "renta de cuidados" que otorgue equilibrio a la ingente cantidad de personas que quedarán paradas por la caída de la economía mundial. El futuro, en cualquier caso, es una incertidumbre difícil de sortear. El tiempo dirá cómo escapó la humanidad de una crisis sin precedente

 

22/04/2020 22:27

Por ALEJANDRO TENA

@AlxTena

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El crudo sigue cotizando en mínimos históricos

El petróleo se convirtió en un problema para los que lo tienen

Fuertes oscilaciones en el mercado con los contratos "cortos", para entrega en mayo y junio, reflejo del hundimiento de la economía mundial. El WTI sale y vuelve a números negativos. El Brent cayó 30% y se recuperó parcialmente.

La volatilidad es la regla en la cotización del petróleo en estas horas. Tras la insólita foto que mostró el lunes 20 con el crudo de Texas (WTI) cotizando en valores negativos (una figura de época para cuando en el futuro se recuerde a la crisis económica mundial por la pandemia de coronavirus), las operaciones del martes seguían mostrando un mercado sumergido en cotizaciones históricamente bajas. El crudo Brent (Mar del Norte) descendió a las profundidades de 17,67 dólares por barril, un nivel tan bajo que no había marcado desde el 14 de diciembre de 2001, con una baja del 30,9 por ciento con respecto a los valores del lunes. Ese violento vuelco tuvo una rcuperación parcial posterior, que lo ubicó en los 22,34 dólares por barril, todavia 12,6% por debajo del día anterior para los contratos con entrega en junio. El WTI también mostró bruscas oscilaciones, ya que tras recuperarse de su mínimo histórico e impensado de 37,63 dolares negativo del lunes (lo que pagaban los vendedores para que alguien se llevara los contratos) para ubicarse apenas en terreno positivo 6,30 dólares por barril para contratos a junio), volvió a caer a precios en rojo. La bolsa esadounidense NYMEX entregó valores de -4,51 dólares por barril ya avanzada la jornada. 

Nadie sabe a ciencia cierta cuánto puede demorar en acomodarse el mercado, ni en qué valores se podría dar cierto equilibrio. La crisis por un probable agotamiento de la capacidad de almacenamiento del petróleo que no se logra colocar en el mercado, por la brutal baja en la demanda mundial, ni siquiera logró ser aplacada con las audaces declaraciones del presidente Donald Trump, de Estados Unidos, amagando comprar toda oferta de crudo que se le cruce.  

"El crudo está ahora a un nivel que es muy interesante para mucha gente", había dicho el lunes, poco después de que el barril de petróleo estadounidense de referencia West Texas Intermediate (WTI) llegara a cotizarse a un precio negativo por primera vez en la historia. "Si nosotros pudiéramos comprarlo por nada, vamos a tomar todo lo que podamos", agregó al expresar su interés porque el gobierno adquiera 75 millones de barriles de crudo. Sin embargo, un día después los valores seguían en terreno negativo. Es decir, ni gratis encontraban interesados en tomarlo.

Los medios internacionales, BBC Mundo (Londres) entre ellos, especularon con que el presidente estadounidense esté jugando una vez más a encontrar una oportunidad de negocio en medio de una crisis. Y en este caso la oportunidad estaría dada por la eventual utilización de las cuevas subterráneas en las que Estados Unidos almacena sus reservas estratégicas de petróleo. 

La reserva estratégica, o SPR como se la conoce por sus siglas en inglés, fue creada en oportunidad de otra crisis producida por el petróleo. En ese momento, década de 1970, se trató del embargo petrolero de los países árabes a los gobiernos occidentales en respuesta al apoyo a Israel en la guerra de Yom Kippur. La repercusión en el mercado de esta guerra de mercado fue que los precios del petróleo se cuadruplicaran para 1974, un año después de la citada Guerra. 

Estados Unidos padeció las consecuencias de la escasez de combustible en sus industrias, y como respuesta estableció, al año siguiente (1975), las reservas estratégicas con el propósito de preservar al país de los vaivenes del mercado petrolero mundial. La libre competencia es, para Estados Unidos, una buena herramienta mientras ellos la dominen. 

Para cumplir con ese propósito, se excavaron amplísimas cuevas en roca salina para guardar ese petróleo que cumpliría la función de reserva estratégica. Un sistema de 60 cuevas subterráneas que se extienden desde Baton Rouge (Louisiana) hasta Freeport (Texas). Se estima que cuenta con capacidad de almacenaje para más de 700 millones de barriles. El último informe del SPR, del 17 de abril, indicaba que tenía albergado 635 millones de barriles. Cuando Trump habla de la posibilidad de hacer un "buen negocio" con la adquisición de 75 millones de barriles, está sugiriendo llevar el almacenaje al llenado a su nivel máximo.

Ciertamente, el conflicto inmediato con el petróleo de contratos cortos es la capacidad física de almcenaje, pero no parece que la compra masiva por el gobierno de crudo para la SPR sea una solución de fondo. El mundo real empieza a debatir con un síntoma grave de la crisis sin precedentes de una caída del consumo que alteró todas las previsiones, y en la cual por ahora, no se ven soluciones y apenas la reacción de un líder mundial que intenta "sacar ventajas".

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Derrumbe inédito del precio del petróleo

El precio del barril WTI cayó de 18,2 dólares a menos 38,7 dólares 

El problema se origino porque este martes vencen en Estados Unidos miles de contratos a futuro con entrega en mayo en un contexto de sobreoferta y sin capacidad de almacenamiento disponible.

El petróleo WTI operó este lunes con precios negativos por primera vez en su historia. La cotización del barril se derrumbó de 18,20 dólares a menos 38,7 dólares debido a la desesperación de gran cantidad de operadores por tratar de evitar la entrega de crudo físico en mayo. El problema se originó porque este martes vencen en Estados Unidos miles de contratos a futuro. Por lo general, cuando un trader no quiere recibir la entrega que pactó originalmente vende ese contrato en el mercado secundario y se posiciona en otro, pero en esta ocasión el derrumbe de la demanda provocado por el coronavirus ha sido tan extraordinario que esa venta se convirtió para muchos en una operación ruinosa, pues algunos llegaron a pagar 38,5 dólares por barril solo para que alguien se haga cargo de ese crudo. Argentina se mantuvo al margen de esta crisis puntual porque el crudo que se toma como referencia en el país es el Brent del Mar del Norte que cayó 8 por ciento, pero permanecía por encima de los 25 dólares.

Una opción que tienen los traders o especuladores cuando les ofrecen valores bajos en el mercado secundario es almacenar ese crudo hasta que los precios se recuperen, pero como la caída de la demanda mundial ahora supera el 30 por ciento esa opción se complica. Reuters informó este lunes que el centro de almacenamiento en la ciudad de Cushing, Oklahoma, donde tiene lugar la entrega física de barriles de petróleo estadounidenses comprados en el mercado de futuro estaba hace un mes al 50 por ciento y ahora al 69 por ciento, según datos del Departamento de Energía de Estados Unidos. Las reservas en Cushing aumentaron 9 por ciento solo desde el viernes, situación que explica la desesperación de aquellos que no tienen almacenamiento reservado para tratar de ubicar el crudo en algún lado.

Los traders trataron de desprenderse este lunes de los contratos como si fueran una papa caliente pero hubo pocos interesados en comprar ese crudo con entrega en mayo. A raíz de esa situación es que el precio del barril se sumergió a niveles difíciles de imaginar hace poco tiempo.

Los problemas para colocar los contratos ya habían comenzado a quedar en evidencia desde temprano. Según precisó Reuters, a las 2 de la tarde hora argentina el petróleo WTI a junio cotizaba a 22,26 dólares, 11 por ciento menos que el viernes, y 840.000 contratos habían cambiado de manos, mientras que en los contratos a mayo el barril se había derrumbado a 1,8 dólares, un 90 por ciento menos que el viernes, pero solo 131.000 contratos habían cambiado de manos. Lo que vino después fue una debacle de los precios todavía peor, cayendo hasta menos 38,7 dólares.

Semejante derrumbe sin duda está motivado por maniobras especulativas protagonizadas, en muchos casos, por inversores que pareciera que nunca terminaron de comprender el riesgo al que se estaban exponiendo. No obstante, esta situación anómala fue posible por la contracción inédita de la demanda de crudo que provocó la crisis sanitaria.

Después de la guerra de precios desatada a comienzos de marzo, la Organización de Países Exportadores de Petróleo y sus naciones aliadas acordaron el pasado 12 de abril un recorte en la producción de crudo de 9,7 millones de barriles diarios durante mayo y junio. A su vez, algunos países del G20, con Estados Unidos a la cabeza, se comprometieron por lo bajo a elevar esa cifra a 15 millones de barriles diarios. Sin embargo, ese recorte se efectivizará recién a partir del mes próximo y ni siquiera es seguro que alcance a empardar la disminución de la demanda. Eso dependerá en parte de cómo evolucione la crisis del coronavirus. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, viene pronosticando que lo peor está comenzando a quedar atrás, pero con 40.000 muertos solo en Estados Unidos y sin una vacuna a la vista no está claro que la situación vaya a ser muy diferente el mes próximo.

Si las cuarentenas siguen, la demanda seguirá planchada y los países productores probablemente deberán acordar mayores recortes para tratar de preservar el valor de su activo. Si no lo hacen, situaciones como la de este lunes podrían volver a repetirse, aunque se supone que con un impacto menor porque el mercado de futuros de a poco comienza a ajustar sus valores de a acuerdo a la disponibilidad real de crudo. Lo que pasó hasta ahora fue que muchos especularon con que la crisis iba a terminar siendo menor de lo que fue y convalidaron precios en el mercado de futuros que no se terminaron ajustando ni por asomo a lo que ahora está pasando. Por eso este lunes se terminaron estrellando de la peor manera. 

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