Jueves, 31 Mayo 2018 05:54

Escuela de gladiadores

Escuela de gladiadores

En la visión histórica de la izquierda dos eran los fulcros de constitución de un sujeto político transformador: la fábrica y la universidad, cuya alianza buscaba el marxismo como detonante de la revolución. La fábrica porque era el lugar común de la explotación económica y, por lo tanto, de la toma de conciencia y de la concertación sindical. La universidad porque era el lugar común donde se daban cita la juventud y el saber, fusión modernísima que constituye desde el principio un explosivo oxímoron.


Hasta 1789 la juventud era guerrera, pero no sabia, y su participación en la guerra aseguraba más bien el recambio de un modelo estable y sin variaciones. Desde 1789, cuando un grupito de imberbes letrados derriba la monarquía absoluta, la juventud pasa a formar parte de la regla del cambio, el cual forma parte intrínseca, a su vez, del imaginario social occidental. Desde Sócrates, por otra parte, el saber es una amenaza para los que se resisten a él (al cambio) y su relación con el poder una peripecia pugnaz de asimilación y subversión.


En las sociedades antiguas o de ancien régime, en efecto, la juventud y el saber se habían mantenido cuidadosamente separadas, como una combinación potencialmente amenazadora para la estabilidad social. La Universidad es su unión. Lo es ya en la Edad Media, cuando surgen las primeras comunidades docentes (baste pensar en los goliardos y en su rebelión letrada contra la religión y los gobiernos) y lo es sobre todo en el siglo XX, cuando por primera vez todas las clases sociales, así como las mujeres, acceden a la Universidad. Para que nos hagamos una idea: en 1920 Francia cuenta con 50.000 estudiantes  universitarios; en 1987 esa cifra se eleva a un millón. Incluso España, siempre con retraso, pasa en ese período de 23.000 a 650.000 matrículas universitarias.

La Universidad pone al alcance de la juventud todo el saber acumulado de la humanidad, conservado y renovado al margen de los intereses de clase, las guerras y los vaivenes del poder. Si esta combinación ha sido fuente de cambio durante el último siglo es precisamente porque ha sido la Universidad la que ha intervenido en la sociedad y no al revés; porque la Universidad no ha sido un reflejo sumiso de la sociedad y sus servidumbres económicas sino porque, al contrario, la sociedad misma se ha transformado desde la Universidad; y no por casualidad –añadamos– desde las disciplinas más humanísticas. Los jóvenes, receptores subversivos de una tradición de conocimiento, hacían progresar las ciencias en el interior del campus al tiempo que desde él asaltaban en el exterior –y moldeaban de nuevo– las relaciones políticas y sociales. Esta “regla de cambio” alcanzó su colofón en la primavera –no sólo francesa– de 1968.


Hoy eso ya no es posible. La fábrica ha dejado de ser la matriz de los sujetos colectivos y la fragua de un “proyecto de vida” individual (lo que incluía una casa y una familia). La Universidad ya no es, por su parte, el “lugar común” donde la energía abstracta de la juventud se comunica con la memoria concreta de la humanidad. La misma mercantilización que ha condenado a los humanos al desempleo endémico y el trabajo precario –a una adolescencia eterna– ha abolido la juventud y ha privatizado el saber. La amputación de las ramas más “universales” y más “desinteresadas” del conocimiento –y, por eso mismo, las más necesarias– es inseparable de la conversión del campus en un campo de batalla donde se baten a muerte los futuros parados: gladiadores del mercado que tratan de ajustar sus perfiles a las contadas demandas de trabajo.


Con la reforma de Bolonia el curriculum lo hacen las empresas y los bancos; y la Universidad deja de ser, como lo fue en la era moderna, umbral iniciático de la experiencia personal (sexo, drogas, militancia) y memorización conflictiva del conocimiento humano. Sin trabajo y sin saber compartidos, fuente de revolución, queda el consumo, que es la versión light de la guerra, a la que los jóvenes sin futuro, pero también sin pasado común, acabarán volviendo a poco que una Europa sin soluciones y sin izquierda se incline un grado más hacia el abismo.


Por Santiago Alba Rico. Escritor y filósofo

Publicado enSociedad
Martes, 29 Mayo 2018 17:47

Socializar las finanzas*

Socializar las finanzas*

En términos elementales, las finanzas son mera contabilidad: un registro de obligaciones y compromisos monetarios. Sin embargo, las finanzas son también una forma de planificación: un conjunto de instituciones para organizar intereses sobre el reparto del producto social.

 

La fusión de estas dos funciones –contabilidad y planificación–, que obedecen a lógicas distintas, es tan antigua como el capitalismo y, durante casi tanto tiempo, ha soliviantado la conciencia burguesa. La creación de poder adquisitivo a través de préstamos bancarios es difícil de congeniar con la máxima ideológica del capitalismo de que los precios de mercado ofrecen una medida neutral de alguna realidad material preexistente. El fracaso manifiesto del capitalismo para ajustarse a esta idea de sistema natural ha sido atribuido, por los defensores de estas tesis, a la capacidad de los bancos (instigados por el Estado) para alejar los precios de mercado de sus verdaderos valores.

 

De alguna manera, separar estas dos funciones del sistema bancario –contabilidad y planificación–, es el hilo conductor de los 250 años de propuestas de reforma monetaria de economistas burgueses, demagogos y chiflados. Podemos rastrearlo desde David Hume, quien creía que una “circulación perfecta” era una en la que el oro solo se usaba para pagos, y que dudaba de si los préstamos bancarios deberían permitirse en absoluto; a los defensores decimonónicos de un patrón oro estricto o de la doctrina de billetes reales (dos propuestas enfrentadas que supuestamente restaurarían la automaticidad a la creación de crédito bancario); a las propuestas de Proudhon de otorgar al dinero una base objetiva vinculada al tiempo de trabajo; a los temores preconcebidos de Wicksell sobre la inestabilidad de un sistema no regulado de dinero bancario; a las propuestas, a menudo revividas, de reservas bancarias al 100%; a las propuestas de Milton Friedman para una regla estricta de creci-miento de la oferta monetaria; a las fantasías de la ortodoxia actual de un banco central que siga una regla in-violable que emule la “tasa de interés natural”.

 

Lo que todas estas admoniciones y propuestas tienen en común es que buscan restaurar la objetividad del sistema monetario; legislar para que existan los valores supuestamente reales que subyacen al precio del dinero. Buscan obligar al dinero a cumplir, de facto, sus presupuestos ideológicos: una medida objetiva del valor que refleja el valor real de las mercancías, libre de juicios de banqueros y políticos.

 

Los socialistas rechazamos esta fantasía. Sabemos que el desarrollo del capitalismo ha sido desde el principio un proceso de “financiarización”; de expansión de la esfera crediticia a todo ámbito de la actividad humana, y de representación del mundo social en términos de pagos y compromisos monetarios.

 

Sabemos que no hubo un mundo precapitalista de producción e intercambio sobre el cual el dinero, y luego el crédito, fueron superpuestos con posterioridad: las redes de crédito (de reclamos monetarios) son el sustrato sobre el que la producción de mercancías se ha desarrollado y organizado. Y sabemos que el excedente social bajo el capitalismo no es resultado de la asignación de los “mercados”, como dicen los cuentos de hadas de los economistas. El excedente es el resultado de la asignación realizada por bancos y otras instituciones financieras, cuyas actividades son coordinadas por planificadores, no por mercados.

 

Aunque descentralizada en teoría, la producción de mercado está de hecho organizada a través de un sistema financiero altamente centralizado. Y donde existe algo así como mercados competitivos, es generalmente gracias a una extensa intervención estatal: desde leyes antimonopolio hasta toda la compleja maquinaria del Obamacare para apuntalar un mercado desvencijado como el de seguros de salud privado. Como reconocieron Marx y Keynes, la tendencia del capitalismo es hacia el desarrollo de formas de producción más colectivas y sociales, ampliando el dominio de la planificación consciente y disminuyendo el ámbito del mercado. (Un pun-to que también han entendido algunos economistas liberales más avispados y con una aproximación más histórica a los problemas). Preservar el mercado se convierte en un proyecto cada vez más utópico, que requiere una intervención cada vez más activa por parte del gobierno. Piensa en la vasta financiación, inversión y regu-lación públicas que son requeridas para la provisión “privada” de vivienda, educación, transporte, etcétera.

 

En un mundo en el que la producción se guía por una planificación consciente, pública o privada, simplemente no tiene sentido pensar que los valores monetarios reflejan el resultado objetivo de los mercados, o el crédito simplemente como un registro de flujos “reales” de ingresos y gastos.

 

Pero es muy difícil resistir a la “ilusión de lo real”, como lo llama Perry Mehrling. Debemos recordar constantemente que los valores de mercado nunca han sido, y nunca podrían ser, una medida objetiva de las necesida-des y posibilidades humanas. Debemos recordar que los valores medidos en dinero –precios y cantidades, producción y consumo– no tienen existencia independiente de las transacciones de mercado que les dan forma cuantitativa.

 

De aquí se sigue que el socialismo no puede describirse en términos de la cantidad de mercancías producidas o distribuidas. El socialismo es la emancipación de la forma mercancía. No se define por la disposición de cosas, sino por la condición del ser humano. Es la extensión progresiva del dominio de la libertad humana, de esa parte de nuestras vidas gobernada por el amor y la razón.

 

Muchos críticos de las finanzas ven éstas como el enemigo de un capitalismo más humano o auténtico. Esta es la crítica tanto de reformistas gerenciales que se oponen a las finanzas por ser un parásito de las empresas pro-ductivas (recuérdese el “soviet de ingenieros” de Veblen), como de populistas que odian las finanzas como el destructor de su pequeño capital, o de sinceros creyentes en la competencia de mercado que ven a las finanzas como receptores de rentas ilegítimas. En términos prácticos, hay mucho terreno común entre estas posiciones y un programa socialista. Pero no podemos aceptar la idea de que las finanzas sean una distorsión de algunos valores verdaderos de mercado naturales, objetivos o justos.

 

Las finanzas deben comprenderse como un momento más del proceso capitalista, integral a él, pero con dos caras contradictorias. Por un lado, están las finanzas como institución concreta que genera y hace cumplir compromisos crediticios a cualquier tipo de agente social –personas, empresas, Estados–. Desde este punto de vista, su rol es extender y mantener la lógica de la producción de mercancías. (Los préstamos estudiantiles refuerzan la disciplina del trabajo asalariado, la deuda soberana mantiene la división internacional del trabajo).

 

Sin embargo, por otro lado, el sistema financiero es también donde la planificación consciente toma su forma más desarrollada bajo el capitalismo. Los bancos son, en palabras de Schumpeter, el equivalente privado de Gosplan, la agencia de planificación soviética. Sus decisiones de préstamo determinan qué nuevos proyectos obtendrán una parte de los recursos de la sociedad, e imponen (o infligen) el “juicio del mercado” sobre otras.

 

Un programa socialista debe responder a estas dos caras de las finanzas. Nos oponemos al poder de las finan-zas para reducir progresivamente el grado en que nuestras vidas se organizan en torno a la acumulación de dinero. Pero abrazamos la planificación ya inherente a las finanzas porque queremos expandir el dominio de la elección consciente y reducir el dominio de la necesidad ciega.

 

El desarrollo de las finanzas revela el desplazamiento progresivo de la coordinación del mercado en favor de la planificación. Capitalismo significa producción para obtener beneficio; pero, en la realidad concreta, los crite-rios de beneficio siempre están subordinados a los criterios financieros. El juicio del mercado solo tiene fuerza en la medida en que sea ejecutado por las finanzas. El mundo está lleno de negocios cuyos ingresos exceden sus costes, pero se ven obligados a reducir volumen o cerrar debido a las exigencias financieras en su contra. El mundo también está lleno de negocios que operan durante años, o indefinidamente, con costes que exceden sus ingresos, gracias a su acceso a la financiación. Las instituciones que toman estas decisiones de financiación lo hacen en función de su propio juicio subjetivo, y limitado solo en última instancia por los términos estable-cidos del banco central, y no por unos criterios objetivos de valor.

 

Existe una contradicción básica entre el principio de competencia y el de finanzas. Se supone que la compe-tencia es una forma de selección natural: las empresas que obtienen ganancias las reinvierten y crecen, mien-tras que las empresas que pierden no pueden invertir y merman, hasta finalmente desaparecer. Se supone que esto es una gran ventaja de los mercados sobre la planificación. Pero el objetivo de las finanzas es romper este vínculo entre las ganancias de ayer y las inversiones de hoy. El excedente pagado en forma de dividendos e intereses está disponible para la inversión en cualquier lugar de la economía, no solo donde se generó.

 

Y viceversa, hay empresarios que pueden emprender nuevos proyectos que nunca han sido rentables en el pasado si pueden convencer a alguien para que los financien. La competencia mira hacia atrás: los recursos de hoy dependen de cómo te haya ido en el pasado. Las finanzas miran a futuro: los recursos de hoy dependen de cómo (¡alguien!) se espera que lo hagas en el futuro. Por lo tanto, a diferencia de la idea de que las empresas triunfan o fracasan por selección natural, las empresas predilectas de las finanzas –desde Amazon hasta Uber y toda la manada de unicornios–, pueden invertir y crecer indefinidamente sin tener beneficios. Se supone que esto también es una gran ventaja de los mercados.

 

En el mundo sin fricciones imaginado por los economistas, la primacía de las finanzas sobre la competencia ya se ha llevado al límite. Las empresas no controlan ni dependen de su propio excedente. Todo el excedente se asigna de manera centralizada por los mercados financieros. Todos los recursos para la inversión provienen de los mercados financieros y todos los beneficios regresan inmediatamente a ellos en forma de dinero. Esto tiene dos implicaciones contradictorias. Por un lado, elimina cualquier consideración de la empresa como organismo social, de la actividad que realiza para reproducirse, de su búsqueda de fines distintos a la ganancia máxima para sus “dueños”.

 

De hecho, la empresa nace nueva cada día por el beneplácito de quienes la financian. Pero, por la misma razón, la lógica de la maximización de los beneficios pierde su base objetiva. El proceso cuasi evolutivo de la competencia deja de funcionar si los propios beneficios de la empresa ya no son su fuente de inversión, sino que fluyen hacia un fondo común. En este mundo, qué empresas crecen y cuáles fracasan depende de las deci-siones de los planificadores financieros que asignan capital a cada una de ellas.

 

La contradicción entre producción de mercado y finanzas socializadas se agudiza a medida que los propios fondos financieros se unen o se vuelven más homogéneos. Este fue un punto clave para los marxistas de inicios del siglo pasado como Hilferding (y Lenin), pero también está detrás del alboroto reciente en la prensa económica por el aumento de los fondos indexados. Estos fondos tienen acciones de todas las empresas que pertenecen a un determinado índice; a diferencia de los fondos administrados activamente, que tratan de in-vertir en la empresa que se cree irá mejor, éstos tienen acciones en muchas compañías que compiten entre sí.

 

Según un estudio reciente, “la probabilidad de que dos empresas seleccionadas al azar en el S&P 1500 de la misma industria tengan un accionista común con al menos un 5% de participación en ambas aumentó de me-nos del 20% en 1999 a alrededor del 90% en 2014”. El problema es obvio: si las empresas trabajan para sus accionistas, ¿por qué competirían entre sí si sus acciones están en manos de los mismos fondos?

 

Obviamente, una solución propuesta es una mayor intervención estatal para preservar la forma de los mercados, limitando o desfavoreciendo la propiedad accionarial a través de fondos. Otra respuesta, y quizás la más lógica, sería: si ya confiamos en los corporate managers para ser fieles representantes de la clase rentista en su conjunto, ¿por qué no dar el siguiente paso y convertirlos en representantes de la sociedad en general?

 

Además, los términos sobre los cuales el sistema financiero redirige el capital son fijados en última instancia por el banco central. Sus decisiones –la política monetaria en sentido estricto, pero también la regulación fi-nanciera o los rescates durante la crisis a entidades– determinan no solo el ritmo de expansión del crédito sino también el criterio de rentabilidad mismo. Esto es muy evidente en las crisis, pero también está implícito en la política monetaria rutinaria. A menos que los reducidos tipos de interés conviertan a algunos proyectos pre-viamente no rentables en rentables, ¿cómo sino podrían salir adelante?

 

Al mismo tiempo, la legitimidad del sistema capitalista –la justificación ideológica de su evidente injusticia y desperdicio– proviene de la idea de que los resultados económicos están determinados por “el mercado” y no por la elección de nadie. Por lo tanto, la función de planificación del banco central debe mantenerse fuera de la vista.

 

Los propios banqueros centrales son muy conscientes del papel que juegan. A principios de la década de 1980, cuando la Reserva Federal cambió su principal instrumento de política monetaria, sus responsables se preocu-paron porque su elección preservara la ficción de que eran los mercados los que establecían el tipo de interés. Como dijo el gobernador de la Fed, Wayne Angell, era esencial elegir una técnica que “tuviera el camuflaje de las fuerzas del mercado en acción”.

 

Los libros de texto de la economía dominante describen de manera explícita la trayectoria a largo plazo de las economías capitalistas en términos de un planificador ideal, que determina la producción y precios para toda la eternidad con el fin de maximizar el bienestar general. La contradicción entre esta visión macro y la ideología de la competencia de mercado queda relegada por la suposición de que a largo plazo esta trayectoria es la misma que la “natural” de un mercado competitivo perfecto sin dinero ni bancos.

 

Fuera del mundo académico es más difícil mantener la fe en que los planificadores del banco central eligen de manera infalible los resultados que el mercado debería haber alcanzado por sí mismo. Muchas críticas a los bancos centrales provenientes de la derecha –y también de la izquierda– entienden claramente que estos bancos se dedican a una planificación activa, pero lo consideran intrínsecamente ilegítimo. Su creencia en los resultados “naturales” del mercado les lleva a las fantasías de retorno a un patrón monetario independiente del juicio humano: ya sea el oro o el bitcoin.

 

Los socialistas, que vemos a través de la fachada del supuesto juicio experto neutro de los banqueros centrales y reconocemos su estrecha asociación con las finanzas privadas, podríamos vernos tentados por ideas simila-res. Pero el camino hacia el socialismo va por otro lado. No buscamos organizar la vida humana en una red objetiva de valores de mercado, libre de la influencia distorsionante de las finanzas y los bancos centrales. Más bien buscamos sacar a la luz la planificación consciente que ya existe, convertirla en terreno de la política y dirigirla hacia la satisfacción de las necesidades humanas, y no hacia el refuerzo de las relaciones de dominación. En resumen: socializar las finanzas.

 

En el contexto de los Estados Unidos, el análisis anterior sugeriría un programa de transición tal vez en las siguientes líneas:


Desmercantilizar el dinero

 

Aunque no haya forma de separar el dinero y los mercados de las finanzas, eso no significa que las funciones rutinarias del sistema monetario deban ser una fuente de beneficios privados. Migrar la responsabilidad de las infraestructuras monetarias elementales a organismos públicos o semipúblicos es una reforma no-reformista: aborda algunos de los abusos manifiestos e inestabilidad del sistema monetario existente al tiempo que abre el camino hacia transformaciones más profundas.

 

En particular, esto podría implicar:

 

1. Un sistema de pagos públicos.
En un pasado no muy lejano, si alguien quería dar algo de dinero a cambio de un bien o servicio, no teníamos que pagar a un tercero por el permiso para realizar el intercambio. Sin embargo, con el reemplazo del efectivo por cargos electrónicos, los pagos rutinarios se han convertido en una fuente de beneficio. Las transacciones y el resto de la fontanería rutinaria del sistema de pagos debe ser un monopolio público, al igual que la moneda.


2. Banca postal.
Los servicios bancarios deberían proporcionarse igualmente a través de las oficinas de correos, como en muchos otros países. Las transacciones rutinarias entre cuentas (verificar y guardar) son un servicio que puede ser proporcionado directamente por el Estado.


3. Calificaciones de crédito públicas, tanto para bonos como para individuos.
Esta información debe estar ampliamente disponible para realizar su función; incluso es un elemento im-portante para la provisión pública dentro de la lógica del capitalismo. Ello implica además desafiar la función coercitiva y disciplinaria que, cada vez más, realizan las agencias privadas de calificación crediticia en Estados Unidos.


4. Financiación pública de la vivienda.
Las hipotecas para primeras viviendas son otra área donde una pátina de transacciones de mercado oculta un sistema que ya es sustancialmente público. El mercado hipotecario a treinta años es totalmente una creación de la regulación, es mantenido por los creadores de mercado públicos, y los organismos públicos son, en gran medida, los prestamistas de última instancia. Los socialistas no tenemos especial interés en el cultivo de una sociedad de pequeños propietarios a través de la propiedad de la vivienda; pero mientras el Estado lo haga, exigimos que sea de manera abierta y directa en lugar de disfrazarse de transacciones privadas.


5. Pensiones de jubilación públicas.
Ahorrar para la jubilación, junto con la vivienda, es donde el Estado hace más por fomentar lo que Gerald Davis llama la “ficción de capital”: concebir la relación de cada uno con la sociedad en términos de propie-dad de activos.

Pero aquí, a diferencia de la propiedad de la vivienda, la provisión social bajo la apariencia de sistema financieros ha fallado incluso en sus propios términos. Muchos hogares de clase trabajadora en los Estados Unidos y en otros países ricos sí tienen sus casas en propiedad, pero solo un pequeño porcentaje puede acceder a una pensión digna solo con el ahorro privado. Del mismo modo, los sistemas públicos de pensiones están mucho más desarrollados que la provisión pública de vivienda. Esto sugiere apostar por la eliminación de programas existentes que fomentan el ahorro privado para la jubilación y por una gran expansión de la Seguridad Social y sistemas similares de seguro social.

 

Contención de las finanzas

 

No es tarea de los socialistas mantener al gran casino funcionando plácidamente. Pero mientras existan insti-tuciones financieras privadas, no podemos evitar la cuestión de cómo regularlas. Históricamente, la regulación financiera a veces ha tomado la forma de “contención financiera”, en la cual los tipos de activos que poseen las instituciones financieras son decretados sustancialmente por el Estado.

 

Esto permite que el crédito se dirija de manera más efectiva a la inversión socialmente útil. Lo cual también permite mantener bajos tipos de interés en el mercado, que -en un contexto de inflación mayor- disminuye tanto la carga de la deuda como el poder de los acreedores. El sistema financiero liberalizado ya tiene críticos muy elocuentes; no es necesario duplicar su trabajo con una propuesta de reforma detallada, pero podemos exponer algunos principios generales:

 

1. Si no está permitido, está prohibido.
La regulación eficaz siempre ha consistido en especificar funciones para cada institución, y prohibir cual-quier otra cosa. De lo contrario, es demasiado fácil escometar la norma con algo que es formalmente diferente pero sustancialmente equivalente. Los bancos centrales también necesitan este tipo de regulación para controlar el flujo de crédito, con independencia de que continúen o no siendo los principales impulsores de la demanda agregada


2. Proteger las funciones, no las instituciones.
El poder político de las finanzas se deriva de su capacidad de poner en peligro la contabilidad social rutina-ria y la seguridad de los pequeños propietarios. (“¡Si no rescatamos a los bancos, los cajeros automáticos cerrarán! ¿Qué pasa con mi pensión?”)
Mientras las instituciones financieras privadas desempeñen funciones socialmente necesarias, la política debe dirigirse a preservar esas funciones, y no las instituciones que las realizan. Esto significa que las inter-venciones deben ser lo más cercanas posible al usuario final (no financiero), y no en el ámbito del tejemaneje bancario. Un ejemplo en esta línea: el sistema de garantía de depósito.


3. Requerir grandes tenencias de deuda pública.
La amenaza de especuladores contra los bonos del gobierno federal estadounidense ha sido exagerada; así lo demostró, por ejemplo, la farsa del techo de deuda y la rebaja crediticia de 2012. Pero para los gobiernos más pequeños -incluidos los gobiernos estatales y locales en los Estados Unidos- no es tan fácil ignorar a los mercados. Las grandes tenencias de deuda pública reducen además la frecuencia y gravedad de las crisis financieras cíclicas que son, perversamente, una de las principales formas en que se mantiene el poder so-cial de las finanzas.


4. Controlar los niveles de deuda con menores tipos de interés y mayor inflación.
El apalancamiento de los hogares en los Estados Unidos ha aumentado dramáticamente en los últimos treinta años; algunos creen que esto se debe a que se recurrió al endeudamiento para elevar los niveles de vida ante el estancamiento o la disminución de los ingresos reales.

 

Pero este no es el caso; el crecimiento más lento de los ingresos simplemente ha significado un crecimiento más lento del consumo. O, mejor dicho, la causa principal del aumento de la deuda de los hogares en los últimos treinta años ha sido la combinación de baja inflación y elevados tipos de interés para los hogares de ma-nera continuada. En cambio, la forma más efectiva de reducir la carga de la deuda -para los hogares, y también para los gobiernos- es mantener bajos tipos de interés y, al mismo tiempo, permitir una mayor inflación.

 

Corolario: podemos rechazar cualquier reclamo moral en favor de las rentas derivadas de esos intereses. No hay derecho a ejercer ningún reclamo sobre el trabajo de otros derivados de la propiedad de activos financieros. Que la prestación privada de servicios socialmente necesarios como los seguros y las pensiones se vea socavada por los bajos tipos de interés, es un argumento para trasladar estos servicios al sector público, no para aumentar las exigencias de los rentistas.

 

Democratizar los bancos centrales

 

Los bancos centrales siempre han sido planificadores centrales. Las decisiones sobre tipos de interés y los tér-minos en los cuales las instituciones financieras son reguladas y rescatadas, inevitablemente condiciona la ren-tabilidad, así como la dirección y nivel de actividad productiva. Este papel se ha ocultado detrás de una ideología que imagina que el banco central se comporta de manera automática, de acuerdo con una regla que de alguna manera reproduce el comportamiento “natural” de los mercados.

 

Las propias actuaciones de los bancos centrales desde 2008 han dejado esta ideología en ruinas. La respuesta inmediata a la crisis ha obligado a los bancos centrales a intervenir más directamente en los mercados de crédi-to, a comprar una gama más amplia de activos e incluso a reemplazar a las instituciones financieras privadas para prestar directamente a las empresas no financieras. Desde entonces, el fracaso de la política monetaria convencional ha obligado a los bancos centrales a asumir involuntariamente una gama más amplia de inter-venciones, canalizando directamente el crédito hacia los prestatarios seleccionados.

 

Este giro hacia la “política crediticia” supone admitir, a regañadientes y forzados por los acontecimientos, que la anarquía de la competencia es incapaz de coordinar la producción. Los bancos centrales no pueden, como imaginan los libros de texto, estabilizar el sistema capitalista pulsando un simple botón con la etiqueta “oferta monetaria” o “tipo de interés”. Su propio juicio debe sustituir al resultado del mercado en una amplia y creciente gama de mercados de activos y crédito.

 

El desafío ahora es politizar a los bancos centrales: hacerlos objeto de debate público y presión popular. En Europa, los bancos centrales nacionales serán un terreno central de disputa para el próximo gobierno de iz-quierda que busca romper con la austeridad y el liberalismo. A pesar de la percepción errónea de la centralización de funciones en el Banco Central Europeo (BCE), los bancos centrales nacionales todavía ejecutan mu-chas de sus antiguas funciones.

 

En Estados Unidos podemos renunciar definitivamente a la idea de la política monetaria como dominio exclu-sivo de la pericia tecnocrática, y poner de manifiesto su programa de mantener un elevado desempleo para frenar el crecimiento salarial y el poder de los trabajadores. Como propuesta en positivo, podríamos exigir que la Fed use tenazmente su autoridad legal existente para comprar deuda municipal, privando a los rentistas de su poder sobre gobiernos locales con limitaciones financieras (como Detroit o Puerto Rico); y, con carácter general, atenuar el poder de “los mercados de deuda” que actúan como restricción de las políticas populares a nivel estatal y local. En definitiva, los bancos centrales deberían ser responsables de redirigir activamente el crédito hacia fines socialmente útiles.

 

Desempoderar a los accionistas

 

El capitalismo realmente existente consiste en limitados flujos de transacciones de mercado que fluyen entre grandes áreas no de mercado. Una función central de las finanzas es actuar como el arma en manos de la clase capitalista para hacer cumplir la lógica del valor en estas estructuras no de mercado. Las demandas de los ac-cionistas sobre empresas no financieras y las de tenedores de bonos sobre los gobiernos nacionales aseguran que todos estos dominios de la actividad humana permanezcan subordinados a la lógica de la acumulación. Queremos defensas más fuertes contra estas demandas; no porque tengamos fe en el capitalismo productivos o las burguesías nacionales, sino porque ocupan el espacio en el que la política es posible.

 

En particular, deberíamos apoyar a las empresas frente a los accionistas. La empresa, como Marx señaló hace mucho tiempo, es “la abolición del modo de producción capitalista dentro del propio modo de producción capitalista”. Dentro de la empresa, la actividad se coordina a través de planes, no de mercados; y la orienta-ción de esta actividad es hacia la producción de un valor de uso particular en lugar de dinero como tal.

 

“La tendencia de la gran empresa”, escribió Keynes, “es a socializarse”. La función política fundamental de las finanzas es mantener esta tendencia bajo control. Sin la amenaza de adquisición y la presión de los accionistas, la empresa se convierte en un espacio donde los trabajadores y otras partes interesadas pueden cuestionar el control sobre la producción y el excedente que genera; una posibilidad que los capitalistas nunca pierden de vista.

 

Huelga decir que esto no implica ningún apego a los individuos particulares en lo alto de la jerarquía empresa-rial, que en la actualidad son frecuentemente rentistas reales o potenciales sin ninguna conexión orgánica con el proceso de producción. Más bien, es el reconocimiento del valor de la empresa como organismo social; como un espacio estructurado por relaciones de confianza y lealtad, con motivaciones de “conciencia profesional”; y como el lugar de la planificación consciente de la producción de valores de uso.

 

El papel de las finanzas con respecto a la empresa moderna no es proporcionarle recursos para la inversión, sino garantizar que su orientación hacia la producción como fin en sí mismo esté en realidad subordinada a la acumulación de dinero.

 

Resistir esta presión no es un sustituto de otras luchas, como las que afectan al proceso de trabajo o el reparto de recursos y autoridad dentro de la empresa. (La historia da muchos ejemplos de producción de valores de uso como un fin en sí mismo que se lleva a cabo bajo condiciones tan coercitivas y alienadas como en la producción con fines de beneficio). Pero resistir la presión de las finanzas crea más espacio para esas luchas y para la evolución del socialismo dentro de la forma corporativa.

 

Cerrar las fronteras al dinero (y abrirlas a la gente)

 

Del mismo modo que el poder accionarial impone la lógica de la acumulación a las empresas, la movilidad del capital hace lo mismo con los Estados. En las universidades, se escucha la supuesta eficiencia de la libre circu-lación de capitales, pero en el ámbito político se escucha más su poder para “disciplinar” a los gobiernos na-cionales. La amenaza de fuga de capitales y crisis de balanza de pagos protege a la lógica de la acumulación frente a las incursiones de los gobiernos nacionales.

 

Los Estados pueden ser vehículos para el control consciente de la economía solo en la medida en que los reclamos financieros transfronterizos sean limitados. En un mundo donde los flujos de capital son amplios y sin restricciones, la actividad concreta de producción y reproducción debe ajustarse constantemente a los capri-chos cambiantes de los inversores extranjeros.

 

Esto es incompatible con cualquier estrategia para el desarrollo de las fuerzas de producción a nivel nacional; todos los casos exitosos de industrialización tardía han dependido de la redirección consciente del crédito a través del sistema bancario nacional. Aún más, el requisito de que la actividad real se acomode a los flujos financieros transfronterizos es incompatible incluso con la reproducción estable del capitalismo en la periferia. Hemos aprendido esta lección muchas veces en América Latina y en otras partes del Sur, y la estamos aprendiendo de nuevo en Europa.

 

Por lo tanto, un programa socialista sobre finanzas debe incluir el apoyo a los esfuerzos de gobiernos naciona-les por desvincularse de la economía global y por mantener o recuperar el control sobre sus sistemas financieros. Hoy en día, tales esfuerzos están a menudo vinculados a políticas de racismo, nativismo y xenofobia que debemos rechazar sin compromiso. Pero es posible avanzar hacia un mundo en el que las fronteras nacionales no representen un obstáculo para las personas y las ideas, sino que limiten el movimiento de bienes y sean barreras imposibles de alcanzar para demandas financieras privadas.

 

En Estados Unidos y otros países ricos, también es importante oponerse a cualquier uso de la autoridad, legal o no, de nuestros propios Estados para hacer cumplir las demandas financieras contra Estados más débiles. Argentina y Grecia , por tomar dos ejemplos recientes, no fueron forzados a aceptar los términos de sus acreedores por las acciones de particulares dispersos en los mercados financieros, sino respectivamente por las acciones del Juez Griesa del Segundo Circuito de EE.UU. y Trichet y Mario Draghi del BCE. Para que los estados periféricos fomenten el desarrollo y sirvan como vehículo para la política popular, deben aislarse de los mercados financieros internacionales. Pero el poder de esos mercados proviene en última instancia de los cañones, figurativos o literales, mediante los cuales se imponen las demandas financieras privadas.

 

En relación a los Estados fuertes, los mercados no tienen poder excepto sobre el imaginario. Como hemos visto repetidamente en los últimos años, más dramáticamente en el sainete del límite de deuda de 2011-2013, no hay especuladores al acecho; los términos sobre los cuales los gobiernos se endeudan están completamente determinados por su propia autoridad monetaria. Todo lo que se necesita aquí para acabar con el poder del mercado de deuda es simplemente reconocer que ya no tiene poder alguno.

 

En resumen, deberíamos rechazar la idea de las finanzas como la intrusión en un orden de mercado preexistente. Debemos resistir al poder de las finanzas como ejecutor de la lógica de la acumulación. Y deberíamos reclamar co-mo espacio para una política democrática la planificación social ya realizada a través de las finanzas.

 

* Sin permiso, www.sinpermiso.info, 09/05/2018.

 

Antes la echaban a la basura: La cáscara del café vale seis veces más que sus granos

Si el producto no se queda en ser solo un fenómeno de moda y su demanda sigue creciendo, con el tiempo reemplazará al café, cree una agricultora salvadoreña.

Aida Batlle cultiva café en una granja familiar, sobre las colinas que rodean el volcán Santa Ana, en El Salvador. Al igual que ocurrió por generaciones anteriores, en su finca se le daba poco uso a la cáscara que recubre los granos de café: como mucho, se le utilizaba como un fertilizante barato o, con mayor frecuencia, se botaba como basura.


No obstante, un día, al pasar junto a unas cascaras que se estaban secando al sol, la mujer sintió un buen olor a hibisco y otros aromas florales. Entonces se dio cuenta de que podía extraer algún valor de lo que durante tanto tiempo había considerado basura. Batlle empapó las cáscaras en agua caliente y obtuvo un sabor. "Inmediatamente comencé a llamar a mis clientes para que lo probaran", cuenta la agricultora a la agencia Bloomberg.


Reconocimiento mundial


Pero el momento estelar para la cáscara del café –que contiene poca cafeína y tiene un sabor menos pronunciado que sus granos– no llegó sino más de una década después del descubrimiento de Batlle. Así, recientemente, la célebre red de cafeterías Starbucks introdujo nuevas bebidas endulzadas con jarabe de cáscara, y ofrece en EE.UU. y Canadá un 'relleno de azúcar' hecho con ese producto. Sus competidores, como Stumptown Coffee Roasters y Blue Bottle Coffee, también empezaron a agregar la sustancia a sus menús, como té y como bebida carbonatada.


Gracias a la demanda de estas cadenas, la cáscara de café alcanza a menudo un precio más alto que el propio grano. Batlle afirma que recibe siete dólares por cada libra (450 gramos) de cáscara, mientras que el precio promedio del café es de 1,20 dólares por libra, el más bajo en los últimos dos años, debido a un exceso de oferta de la variedad arábica en el mercado. Resulta entonces que hoy en día las cascaras de café cuestan seis veces más que sus granos.


Según Bloomberg, para el momento es imposible calcular el volumen de ventas de este novísimo rubro, pero es obvio que todavía son pequeñas. Al mismo tiempo, Battle afirma que vende miles de libras de cáscaras de café por año. Si el producto no se queda en solo un fenómeno de moda y su demanda sigue creciendo, con el tiempo reemplazará al café, cree la agricultora. "Especialmente cuando el mercado tiene precios tan bajos [para los granos de café]", señala Battle.

Publicado: 24 may 2018 03:08 GMT | Última actualización: 24 may 2018 03:08 GMT

 

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Boaventura de Sousa: “La tragedia de nuestro tiempo es que la dominación está unida y la resistencia está fragmentada”

El conocimiento occidental ha impuesto un programa en todo el mundo basado en la imposibilidad de pensar otro mundo distinto al capitalista. Boaventura de Sousa habla de “epistemicidio” para definir cómo ese programa occidental ha subyugado el conocimiento y los saberes de otras culturas y pueblos.

 

Boaventura de Sousa (Coimbra, Portugal, 1940) estuvo en Madrid para presentar Justicia entre Saberes. Epistemologías del Sur contra el epistemicidio (ediciones Morata) una crítica a la jerarquía que el pensamiento occidental ha establecido contra los otros pueblos del mundo. De Sousa saca una pequeña grabadora para registrar la conversación con El Salto. Está acostumbrado a este tipo de conversaciones. No en vano, ha recorrido el mundo como organizador del Foro Social Mundial, ha trabajado en la Universidad de Wisconsin-Madison en Estados Unidos y la de Warwick, en Reino Unido.


Me llama la atención una frase del libro, cuando dices que “no tenemos miedo pero tampoco ilusión alguna”, ¿puedes explicarla?

Pienso que la idea del miedo viene en mi caso de Spinoza. Él habla mucho de los dos afectos o sentimientos que todos nosotros tenemos o que debemos tener, que son el miedo y la esperanza. Tiene que haber un cierto equilibrio entre miedo y esperanza porque el miedo sin esperanza es la desesperanza, es la parálisis, es la muerte. Y la esperanza sin miedo es un voluntarismo que puede ser también suicida. Entonces, hay que equilibrar eso. Pienso que estamos en una época en la que el miedo predomina sobre la esperanza. Este momento que podemos llamar un ciclo global reaccionario está en todo el mundo, comandado por el neoliberalismo global y está creando sobre todo un sentimiento de miedo en todos los que resisten.


Entonces, tenemos que tener miedo, porque la situación no es para menos, pero hay que mantener la esperanza. Sabemos que nos quieren amedrentar, que quieren que el miedo predomine, pero nosotros debemos tener la posibilidad de una esperanza. Esa esperanza debe ser de una sociedad mejor, más justa, a través de otra epistemología, de otra manera de conocer, de vivir, de articular la sociedad.


¿Qué es la justicia cognitiva de la que hablas también en el libro?

Es una cosa simple. Para nosotros hoy, para el modelo dominante de sociedad en que vivimos, el conocimiento verdaderamente válido es el conocimiento científico. Para un ciudadano, cada persona que no domine la ciencia es un ignorante, es una persona que no tiene conocimientos válidos. Una persona ha vivido, tiene experiencias de vida, tiene su trabajo, su familia, su sociedad, su comunidad en la que ha trabajado... y este conocimiento no cuenta porque el conocimiento que cuenta es el conocimiento científico.
Eso ha creado un sistema que he llamado epistemicida: se ha destruido mucho porque no se ha valorado suficientemente la sabiduría de la gente, los conocimientos populares, vernáculos, que salen no de experimentos científicos, sino de experiencias de vida. Experiencias que tenemos todos nosotros.


Por eso hay un desequilibrio muy grande en el mundo debido al hecho de que consideramos —no desde hace mucho tiempo, desde el siglo XVII o XVIII— que el único conocimiento válido es el conocimiento científico. Y, por eso, quien detenta el conocimiento tiene más poder, porque el conocimiento es poder y el conocimiento más válido corresponde al poder más fuerte. Hasta ahora ese conocimiento científico ha estado concentrado en los países del norte geográfico, o sea, América del Norte, y Europa. La posición de fuerza desde los tiempos coloniales del capitalismo moderno, sobre todo después del siglo XIX, parte de la idea de que donde está la frontera científica y el conocimiento científico es donde está el desarrollo más grande, y por tanto el más grande poder imperial en el mundo.


Eso ha creado un desprecio por otras sabidurías y culturas —y no estoy hablando solo de pueblos iletrados o de indígenas o afrodescendientes—, estoy hablando de China, de la cultura india, que es una cultura riquísima y que han sido —sobre todo China— muy humilladas. Obviamente también pasa con el Islam. El Islam del que todos dependemos, porque parte de lo que sabemos de la cultura occidental nos ha sido transmitido por los musulmanes, a partir del siglo IX.


Por eso se creó esa idea de que todo ese conocimiento que hay en el mundo no es válido y, como no es válido, nosotros no tenemos que aprender. Tenemos que enseñar. El resto es algo que podemos dominar, desarrollar, ayudar pero nunca aprender con ellos. Esto ha creado una injusticia que no es simplemente cognitiva, es obviamente cognitiva en su base pero después produce injusticias sociales, económicas y políticas, no solo entre países sino también dentro de un mismo país.

¿Son menos libres los niños y niñas que se han educado después del triunfo del neoliberalismo?

Sí, son menos libres. Diría que porque están siendo educados en un marco cognitivo todavía más concentracionario. Porque no es simplemente la idea de que solo hay un conocimiento válido, o el único que es válido y que es científico, viene del siglo XVII-XVIII pero ahora tiene también un reflejo en la vida política y en la vida social.

Es la idea de que no hay alternativa, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín. La idea de que esta sociedad, el capitalismo, realmente es el fin de la historia. El libro de Fukuyama puede haber sido desacreditado, pero la verdad es que en la política hoy, en las finanzas internacionales, en las relaciones internacionales, incluso en la ONU, no ves ninguna alternativa a la sociedad capitalista que nos domina.


Y por eso no hay libertad para ver esas alternativas, esas posibilidades de otros tipos de desarrollo. Estamos en el proceso de reivindicar esa diversidad, valorando y trayendo a nuestros estudios otros tipos de conocimiento que nos puedan ayudar, y para eso la educación es fundamental; dar la idea de la diversidad cultural del mundo, la diversidad epistémica, cultural, a partir de la cual podríamos tener una cultura verdaderamente democrática. Ahora no la hay. Pongo como ejemplo esta versión restringida de democracia que tenemos, que además es una democracia que es muy débil porque no se sabe defender de los antidemócratas.


En esta situación, las personas, los jóvenes sobre todo, desconocen su historia. Por un lado, es muy importante para el neoliberalismo la idea de que todo está empezando ahora, que el pasado no cuenta. La manipulación de la memoria, de la historia. Por otro lado, es una cultura que es simplemente la cultura de los vencedores. No hay vencidos. El neoliberalismo te crea la idea de que hoy el gran vencedor es el rico. El rico que antes tenía vergüenza de ser rico y tenía que ocultar su riqueza, ahora no, la ostenta y los periódicos muestran la riqueza, dónde viven estos señores, y sus mansiones.


Es realmente una idea muy concentracionaria, muy reaccionaria: la idea de que no hay alternativa a esto. Si no hay alternativa esto no es injusto, porque para que esto sea considerado injusto por los jóvenes y para que se cree un poco de rebelión, es necesario pensar que hay alternativa, que podría ser de manera distinta. Pero, por eso, esta política tiene un valor epistémico, porque te dice, “otras alternativas no son válidas, son utopías, son locuras. Deja eso para la poesía, pero no te preocupes, esta es la sociedad en la que tienes que vivir”.


De alguna manera es un individualismo completamente obsesivo porque te dice que tú eres un empresario de ti mismo, que eres emprendedor, y vas a ganar. Y si no ganas la culpa es tuya. Yo no quiero ser emprendedor, ¿por qué lo voy a ser? Sobre todo porque sé que para yo tener éxito, es necesario que alguien fracase. Mi amiga de al lado tiene que fracasar en su proyecto en que estamos para que yo tenga éxito ¿qué tipo de sociabilidad es esta donde no hay cooperación, solidaridad? ¿Por qué tengo que mirarme a mí mismo y en todos los otros veo a mis enemigos?


¿Quiénes forman la retaguardia y por qué podemos depositar nuestra esperanza en esa retaguardia?

Es el concepto que he avanzado y que es un poco polémico porque todo pensamiento crítico, teórico, político, epistemológico, parte siempre de la idea de vanguardias esclarecidas que están delante de su tiempo y que son capaces de ver lo que otros no ven, y, si no ganan, la culpa no es suya, la culpa es de la práctica, de los ciudadanos.
A lo largo del siglo XX eso pasó mucho con todas las políticas y teorías críticas. Si las cosas fracasan —y muchas veces fracasaron las opciones de izquierda o revolucionarias— la culpa no es de la teoría, es de la práctica. La teoría va adelante siempre sin malestar, completamente inmune e impune. Yo pienso que eso terminó.


Al contrario, en este momento, nosotros tenemos que ir por detrás de los que están resistiendo a la dominación global que, de hecho, consiste no solamente en el capitalismo, sino también en el colonialismo y en el patriarcado. O sea, nuestras sociedades no son solamente capitalistas, son también colonialistas y son patriarcales. Es por eso que, a pesar de todas las victorias del movimiento feminista, tú tienes feminicidios: la violencia sigue en prácticamente todos los países. ¿Por qué? Porque esta sociedad necesita realmente que el capitalismo sea complementado con el colonialismo, el racismo, la islamofobia, el neocolonialismo, y obviamente el heteropatriarcado que lleva a cabo esta dominación.


Los que resisten a esta dominación triple tienen que unirse, articularse. Porque la tragedia de nuestro tiempo es que la dominación está unida, es decir, el capitalismo actúa junto con el colonialismo y el patriarcado, y la resistencia está fragmentada. Las mujeres luchan contra el patriarcado pero se olvidan del colonialismo, del racismo o del capitalismo. Los sindicatos, cuando luchan en contra del capitalismo, se olvidan del racismo y se olvidan del patriarcado... Estamos muy fragmentados. Entonces, la teoría de retaguardia es el principio que tenemos que acompañar los intelectuales, y ellos deben ser intelectuales y ser activistas. Tienen que ir ayudando a los que resisten, a quienes van más despacio, a quienes están resistiendo y tienen más dificultades. El subcomandante Marcos de los zapatistas lo ha formulado alguna vez muy bien. Hay que seguir ayudando a los que están a punto de desistir. Porque el neoliberalismo te crea tanto miedo y tanta esa idea de que no hay alternativa que una de dos, o tienes miedo y te paralizas o como no tienes hambre, haces de ti un cínico, y por eso convives con esta sociedad y crees que realmente es así, que no puede ser de otra manera. Por eso hay que ayudar a crear esta semilla de rebelión en la gente. Con otros principios, otros conocimientos, otras ideas, que te ayuden a mirar que otra sociedad es posible. Si esas ideas no son reconocidas no es porque no sean válidas es porque no tienen el poder que el capitalismo y el colonialismo y el patriarcado tienen hoy globalmente para imponerse.

¿Qué te provoca, qué te sugiere, el concepto de la utopía? ¿Tenemos que seguir hablando en esos términos o tenemos que olvidarnos de máximos?

Pienso que hay que retrabajar la idea de utopía, porque también parte del mismo principio modernista de que hay un único conocimiento válido y por tanto una sola sociedad bella, emancipada y liberada. Eso a mi juicio es un error. No hay utopía, hay utopías.


Por otro lado, se ha pensado en términos maximalistas, o sea, en términos de ruptura total en relación a lo que existe y no hemos utilizado otro tipo de concepto que existe, realmente en nuestra sociedad: los que buscan lo que llamamos hoy utopías realistas. Utopías concretas. Son los que, por ejemplo, reorganizan su vida, que crean cooperativas, sus comunas, su manera de vivir... son las zonas liberadas que existen en nuestras sociedades donde la gente busca una alternativa no para el futuro, sino para hoy.


Entonces, hay realmente una mentalidad utópica, pero no podemos pensar que lo que es bueno para mí como unidad tiene que ser universalizado para todos. Porque además, si ves las grandes utopías de Fourier o de Saint Simon, eran copias casi cuantitativas de lo que era la sociedad capitalista de su tiempo. Era el mismo mecanismo de pensamiento. Tienes que tener otro pensamiento que es mucho más plural. Si yo pienso de una manera más plural, si yo pienso ‘con’ y no pienso ‘sobre’, entonces tengo que admitir que lo que es utópico para mí o mejor no lo es para los otros y hay que dialogar y hay que buscar una ecología de utopías si quieres. Si yo hablo por ejemplo con los pueblos indígenas, si les digo que la utopía es el socialismo, responden fácilmente que es otra trampa blanca, porque realmente la izquierda en América Latina, ha sido siempre muy racista.


Entonces, la idea de una sociedad mejor tiene varios nombres, varias maneras de construirse. Lo que es importante, y lo que es utópico en nuestro tiempo, es pensar que esas alternativas existen y que se pueden incluso aplicar hoy a un nivel, a tu escala, que no tiene que ser la escala mundial, eso no va a ser posible, pero puede ser una utopía aquí. La utopía la tienes que construir a partir de tu cotidiano, y de la vida de los que comparten tu convivencia, tu comunidad, tu sociedad.

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La tabacalera Philip Morris se aprovechó de la adicción a la nicotina, que siempre había negado, para promover sus ventas

La multinacional dueña de marcas como Marlboro o Chesterfield conocía, desde el año 2000, la importancia de dependencia a la nicotina en el tabaquismo, según revelan documentos secretos de la compañía públicos a raíz de un litigio.


Washington

La compañía tabacalera más grande del mundo, la estadounidense Philip Morris, identificó a la nicotina como el principal impulsor del hábito de fumar en 2000 y redirigió sus políticas para promover su uso, según un estudio publicado en la revista especializada PLOS Medicine.


Después de décadas negando el papel de la dependencia de la nicotina en la adicción al tabaco, Philip Morris, dueña de marcas como Marlboro o Chesterfield, tenía una comprensión interna de la adicción al tabaco superior a la que admitía de manera pública, tal y como revelaron documentos secretos de la compañía hechos públicos a raíz de un litigio en su contra.


Un grupo de investigadores de la Universidad de California en San Francisco (EEUU) analizó estos documentos para explorar la comprensión de la compañía de la adicción y descubrieron que Philip Morris aprovechó entonces su conocimiento para enfocar sus promociones y productos.


Los autores Jesse Elías, Yogi Hendlin y Pamela Ling descubrieron que la tabacalera continuó estudiando la adicción durante la década de los 2000 para desarrollar productos de nicotina "exitosos y potencialmente más seguros".


Además, tras analizar los documentos secretos, encontraron que desde mediados de la década de los noventa hasta por lo menos 2006, los modelos internos de adicción de Philip Morris consideraron factores psicológicos, sociales y ambientales como comparables en importancia a la nicotina en el uso de cigarrillos.


Elías y sus colegas argumentaron que este conocimiento sobre el papel de la nicotina en el hábito de fumar permitió a Philip Morris redirigir la política lejos de las intervenciones sociales y ambientales y hacia la promoción de productos "perjudiciales".


Los investigadores señalaron en su estudio que debido a la naturaleza fragmentada e incompleta del archivo de documentos de la industria tabacalera, es posible que se hayan perdido algunos documentos importantes.


No obstante, los autores enfatizaron que la reducción de la prevalencia del tabaquismo requiere de políticas que aborden todos los factores que impulsan la adicción al cigarrillo, por ejemplo, restricciones de publicidad, empaquetado genérico, impuestos al tabaco y restricciones generalizadas al consumo de cigarrillos.


"Es más probable lograr resultados de salud positivos al complementar la investigación y los consejos de conducta con intervenciones cada vez más fuertes a nivel de la sociedad que aborden los componentes psicológicos, sociales y ambientales de la adicción", apuntaron los autores.

 

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Miércoles, 25 Abril 2018 11:04

La cereza del consumo

La cereza del consumo

Inmersos en el nuevo mundo donde hay Internet en cada bolsillo, nos acostumbramos a vivir y convivir con la publicidad y su gran estimulo al consumo; tanto en el exterior, cuando tomamos nuestro amado transporte, como a la hora de consumir contenido, sea por medios tradicionales –como la televisión– o a través de la red más grande de información a la cual ya podemos acceder desde nuestros celulares; pareciera que la gran crítica al capitalismo moderno se ha vuelto totalmente real, la publicidad y el consumo nos han seducido casi que por completo. Pero ha llegado la cereza del pastel.

 

Comencemos con nuestros celulares, el precio que pagamos por ellos. Sea de gama media o alta, la extravagancia está socialmente aceptada; nos da prestigio e integración social tener uno de estos dispositivos y mostrarle al mundo a cada instante lo que estamos comiendo, a donde vamos en nuestras bicicletas o los lugares que visitamos en Semana Santa. Ya nos hemos acostumbrado a eso, y no está mal tampoco, trabajamos duro como para no merecernos unos cuantos lujos. También hay que decir que vivir conectados no es solo una tendencia, se ha convertido en una necesidad; muchos trabajamos con ello, buscamos clientes, arreglamos negocios, escribimos artículos y explotamos a fondo las posibilidades que nos brindan estos dispositivos.

 

Ahora bien, consumimos estos lujosos productos gracias a las influencias que nos rodean, publicidad, círculos sociales, tendencias de consumo, etcétera. Pero en esta ocasión, y haciendo un esfuerzo por no parecer un punk radical en contra del capitalismo, me encantaría que conocieran lo que para mí ha llegado a ser el extremo consumo.

 

Pensar en un buen vestir es pan de cada día en esta sociedad. Sin discriminar a nadie, tanto estudiantes universitarios como adultos jóvenes nos preocupamos por cómo nos vemos y qué demostramos con nuestra apariencia. En mayor o menor medida nos hemos vuelto cada vez más vanidosos y esto lo vemos reflejado, por ejemplo, en la tendencia de las barbas sexys que se alimenta de las redes sociales, de la cultura hipster, de las migraciones desde el Pacifico y hasta de los deportistas como Gerard Piqué, Arturo Vidal o Isco Alarcón, que sirven de inspiración a quienes compramos desesperadamente tratamientos capilares y buscamos que nos consientan en alguna de las barberías que aparecieron en el mapa de la noche a la mañana, después de pasar 10 años afeitando con una cuchilla desechable los 3 pelos que teníamos.

 

A diferencia de comprar nuestros lujosos celulares que nos mantienen conectados e informados, o de soñar con tener nuestra barba de leñador para exhibirla en Instagram, esta nueva tendencia de consumo nos lleva a ver qué tanto estamos dispuestos a pagar para ser aceptados dentro de un grupo de personas. El “HypeBeast” es una tendencia derivada del “Street Wear” o moda urbana, muy conocida a través de redes sociales, más específicamente en Instagram, donde encontramos gente que no compra su ropa por amor a la marca o por ser una necesidad de primera mano, tampoco porque sean amantes de la moda. Lo hacen siguiendo el ideal de ser un chico cool a quien no le importa el precio o la marca; la prioridad es consumir y sobre todo tener esa prenda que algún famoso usó.

 

Hasta ahora todo suena muy normal, gente comprando ropa y luciendo su compra. Pero siendo específico, podría asegurar que pocas personas tienen presupuesto a final de mes para comprar uno de estos “outfits”, o ¿por qué no? No se les antoja iniciar el mes con una gorra Palace por solo $170.000, con un abrigo Superdry en $340.000; hay que pensar en estos climas fríos y nada mejor que un Jersey Hackett por $391.000, una buena camisa Ralph Lauren por $374.000. Aunque nos falta la mitad, unos jeans de cualquier marca medianamente renombrada nos costarían alrededor de $119.000, y nada mejor que darle un buen estilo con un cinturón Gucci de $850.000; para terminar, unas buenas zapatillas Jordan Retro 8 en $500.000. Perfecto, estamos totalmente a la par con la moda urbana de hoy en día, y nos costó $2’744.000, mal contados.

 

No suelo ser el gran comprador de ropa, o al menos eso creo; pero algo me dice que si en mi próxima quincena me compro este outfit, comeré sopas instantáneas todo el mes y los del banco me romperán las piernas. Por suerte y dios nos libre de este mal, esta tendencia no ha llegado a ser gran cosa en países latinoamericanos; en Europa y Estados Unidos es mucho más fuerte, y ojalá que ni se acerque al país del Sagrado Corazón donde un pasaje de servicio público vale más que una lata de cerveza.

 

Pero todo esto no está lejos de un ejecutivo de alguna multinacional, un traje última colección de Emporio Armani llega a costar $2’676.000. Ahora bien, es muy diferente tener más de 40 años, manejar una empresa exitosa, ganar un jugoso salario e ir a reuniones con clientes. Pero resalto con diferencia el gasto sin motivo de los amantes de esta moda urbana, estamos hablando que por el mismo precio podría comprar 61 canastas de cerveza, ¡61! Lo sé, es una mala analogía, pero 61 canastas son mucha vida social y todos lo sabemos; pero para no parecer tan alcohólico, equivale también a tres y medio salarios mínimos.

 

Tal vez muchos de nosotros nos gastaríamos ese dinero pagando un par de materias pendientes en la universidad, ¿o por qué no? invertiríamos en un nuevo computador, en arreglar nuestra bici, meternos al gimnasio, un curso de inglés, pagar deudas, la cuota del carro o del apartamento, el estudio de nuestros hijos; cosas importantes para nuestras vidas, realmente importantes. Más allá que despilfarrar comprando ropa de marca que algún Dj o futbolista usó en su Instagram. Es cuestión de prioridades, somos demasiado susceptibles al contenido que consumimos a través de las nuevas plataformas, y allí es cuando no debemos olvidar ser autónomos a la hora de elegir qué comprar y sí realmente lo que compramos nos es útil, o simplemente es una vuelta más para la bola de nieve que llamamos consumo.

 

¿Y usted? ¿Qué haría con esos $2’744.000?

 

*Publicista

Publicado enEdición Nº245
La deuda global se aproxima rápidamente a los 250 billones de dólares


Tigran Kalaydjian explica la crisis de deuda en auge, y lo que significa para la economía global.

 En una era en la que los cálculos por billones son habituales, una cifra que todavía no se ha escuchado regularmente es billardo, pero eso puede estar a punto de cambiar. A medida que la deuda global total continúa su aumento inexorable y amenazador, sobrepasando los 233 billones de dólares en el tercer trimestre de 2017, se proyecta que alcanzará un cuarto de billardo de dólares en algún momento del año que viene. Para aquellos que no estén seguros de lo que significa, billardo es un 1 seguido de 15 ceros, o mil billones mirándolo de otra manera. Lo mires como lo mires, no se puede evitar el hecho de que este volcán activo de deuda eventualmente explotará y causará un cataclismo financiero de una ferocidad sin precedentes.


El coloso del endeudamiento monetario récord ha aparecido en todos los sectores de actividad económica. Desde los sistemas bancarios a los gobiernos, desde los negocios privados a los hogares, los niveles de deuda han aumentado increíblemente desde el colapso financiero de 2008, que se produjo, según se nos dijo, por la deuda excesiva.


Lo que es más inquietante es que mientras que hace una década los prestamistas más imprudentes estaban principalmente en los Estados Unidos y en la periferia europea, hoy el contagio ha azotado a aquellos previamente juiciosos respecto al crédito. Uno de los peores infractores es Canadá, cuyos hogares han destruido toda ilusión de prudencia y tienen ahora unas tasas de exposición de entre las más altas del mundo, superiores al 100% del PIB.


Otro país con deudas enormes es Australia. Su deuda nacional es mayor que el 120% del PIB (el doble de lo que era hace 20 años y 15 puntos porcentuales más que en 2007), mientras que más de un quinto de los propietarios de viviendas se encuentran en algún tipo demortgage stress [estrés hipotecario, que se refiere a destinar más del 30% de los ingresos al pago de la hipoteca], un hecho que impulsó al FMI a formular una advertencia el año pasado acerca de los riesgos de una gran contracción en caso de recesión o de otra crisis financiera.


Las deudas chinas se han hecho tan alarmantes que el partido dirigente ha tomado medidas urgentes para frenar los efectos potenciales. El sector bancario chino es más o menos tres veces el tamaño de su economía, y solo la deuda corporativa está actualmente cercana al 170% del PIB. En marzo de este año, el Banco de Pagos Internacionales hizo sonar la alarma sobre las economías de China y Hong Kong y advirtió que están en riesgo de crisis bancaria (también incluyó a Canadá en esa lista).


REINO UNIDO DUPLICA DESDE 2007, ESPAÑA TRIPLICA


Volviendo a Europa, la deuda nacional del Reino Unido como porcentaje del PIB es el doble de lo que era cuando golpeó la crisis global en 2007. En el sector privado, las deudas no garantizadas de tarjetas de crédito sobrepasaron los 70.000 millones en diciembre 2017, por primera vez en la historia. En Francia la deuda pública está cerca del 100% del PIB, en comparación con un 65% en 2007, mientras que el de España está igualado con el PIB cuando era un mero 35% en 2007.


Para Alemania el aumento en la deuda pública ha sido mucho menos pronunciado pero son los bancos del país los que ahora tienen una exposición excesiva, con deudas tóxicas del sector naval rondando por sí solas los cien mil millones de euros. Deutsche Bank en particular, enredado en escándalos y enfrentándose a multas regulares por ventas engañosas y artimañas financieras, parece claramente inestable (sin embargo, sus desgracias y considerables deudas de mala calidad no parecen haberle impedido pagar a su personal 2,2 mil millones de euros en bonus en 2017).


Mientras tanto, mirando a la periferia europea que tenía los problemas de deuda más grandes en el pasado reciente, el cuadro es uno de activos no rentables persistentemente elevados. Aunque los sistemas bancarios en Italia, Grecia, Chipre, Irlanda, España y Portugal han sido recapitalizados, las deudas de mala calidad no han visto los fuertes descensos previstos por el Banco Central Europeo. Esto se da especialmente en los tres primeros países de esa lista.


En Grecia, por ejemplo, las exposiciones no rentables (incluidas las partidas fuera de balance) alcanzaron los cien mil millones de euros a finales del año pasado, o alrededor del 45% de las exposiciones bancarias totales, con las ratios más altas siendo el crédito a los consumidores (53%) y las pymes (59%). La perpetuamente insatisfactoria economía de Italia continúa sufriendo y su frágil sistema bancario, lastrado por 350 mil millones de euros en deudas de mala calidad, se tambalea.


SIN BLANCA EN LA JUBILACIÓN


Fuera de este malestar global el flujo de estadísticas verdaderamente impactantes es totalmente descorazonador. He aquí una muestra: en Estados Unidos hay ahora más niños viviendo con padres en bancarrota que con divorciados; casi la mitad de todos los estadounidenses se estará jubilando sin blanca durante la próxima década (lo que se define como tener pocos o ningún ahorro o bien); hay más de cuatro millones de niños en el Reino Unido viviendo en la pobreza; la carga total de créditos que los estudiantes del Reino Unido estará soportando para mediados de este siglo será más de 300 mil millones de libras; más de uno de cada tres jóvenes en Grecia, España e Italia está desempleado.


Hay una pregunta que rara vez se hace: ¿hay crecimiento económico real ahí fuera que sea lo suficientemente fuerte como para proporcionar capacidad de pago de la deuda? A pesar de lo que nos dicen los bancos centrales, la respuesta es no. Estamos ahora en el octavo (en algunos casos el noveno) año de expansión, pero esta expansión ha sido extremadamente débil y ha sido alimentada por préstamos/gasto masivo del sector público y consumo aumentado del sector privado, también basado en los préstamos.


Muy poco del crecimiento que se ha registrado en Europa y Norteamérica desde 2000 ha sido impulsado por mejoras fundamentales en la productividad o aumentos en la capacidad productiva. Y se ha invertido muy poco en actualizar la infraestructura anticuada o estimular la productividad y los salarios reales. En vez de eso, la temeraria emisión de dinero y la expansión sin precedentes del crédito ha llevado a burbujas en la bolsa y la vivienda, las cuales están ahora mostrando señales inconfundibles de estallido.


Aunque el fuerte crecimiento simplemente no se da, los bancos centrales están ahora elevando los tipos de interés de forma generalizada, y el motivo es doble: primero, se dan cuenta de que los estímulos monetarios y la política monetaria laxa no podían continuar indefinidamente y de que han creado burbujas peligrosas, y segundo, necesitan la herramienta de la política monetaria cuando golpee la inevitable recesión, que saben que no está lejos. En otras palabras, necesitan desesperadamente tener tipos más altos para tener, cuando el crecimiento se vuelva negativo, una caja de herramientas repuesta con la que enfrentarlo.


Pero elevar los tipos en el contexto de niveles récord de deuda corporativa y doméstica no sólo empeorará la próxima recesión —empujando a las clases medias y trabajadoras en dificultades hacia el abismo— sino que provocará también derrumbes en la vivienda y la bolsa, quiebras masivas y una nueva crisis bancaria de una magnitud que estará más allá del poder de los bancos centrales.


¿Cómo reaccionarán esta vez los actuales gobiernos, vinculados a las grandes empresas? ¿Se atreverán de nuevo a rescatar a los bancos con dinero de los contribuyentes? ¿Ampliarán la experiencia de bail-in que se experimentó tan despiadada y cruelmente sobre los chipriotas en 2013? ¿Volverán a los estímulos monetarios, aunque más de diez billones de dólares se han añadido ya a los balances financieros de los cuatro principales bancos mundiales desde 2008? ¿O estarán obligados a dejar hundirse a los bancos, encontrar una forma de compensar a los titulares de depósitos hasta una determinada cantidad (100.000 euros en la UE por ejemplo) y atenerse a las consecuencias?


No hay duda de que el fracaso en abordar los problemas de la deuda excesiva y el comportamiento negligente o criminal de los bancos, o en anular modelos económicos erróneos han preparado el escenario para una crisis todavía peor que la de hace una década. La salida real de este embrollo en un medio o largo plazo (ya no hay remedios a corto plazo) es transformar las economías de manera importante, reducir el desproporcionado y descontrolado poder de las empresas sobre los trabajadores, eliminar su control sobre los medios de comunicación, los políticos y los dispositivos del poder político, restringir las actividades en las que se permite participar a los bancos, y hacer asequibles de nuevo bienes y servicios que son derechos humanos básicos: agua, energía, vivienda y educación.


Estas reformas no vendrán de gobiernos o partidos capitalistas y neoliberales sino del poder popular canalizado a través de órganos progresistas de la izquierda que tengan la voluntad de implementar soluciones radicales. Después de todo, la enfermedad que aflige al mundo desarrollado es de una severidad sin precedentes y no se puede curar tratando los síntomas antes que la patología subyacente.


Mientras tanto, los peligros del caos económico, el conflicto civil y la amplia miseria se hacen cada vez mayores, y el día de saldar cuentas se aproxima. Una buena indicación de que los principales banqueros están seriamente preocupados por el inevitable efecto boomerang es el hecho de que los dos centros financieros de Suiza, Zurich y Ginebra, están en la lista de las cinco ciudades europeas con el mayor consumo de cocaína (medido por los restos de la droga en sus aguas residuales). Muchos de ellos parecen necesitar drogas duras para aliviar sus miedos.

Por TIGRAN KALAYDJIAN
RED PEPPER

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El control social de la mente en la era digital

Los dispositivos para el dominio de la mente y el cuerpo, con el fin de garantizar la sumisión al poder, se han reforzado en la era digital. Joseph Goebbels, a la sazón ministro de Ilustración y Propaganda en la Alemania del Tercer Reich, comprendió el significado de la difusión masiva de mensajes.

Goebbels hizo fabricar una radio de bajo costo para que fueran adquiridas por las clases trabajadoras y los sectores medios. Se le denominó "la radio del pueblo". Limitada a la recepción de emisoras alemanas, en 1933 su producción incorporaba una esvástica encima del dial. Fue una revolución. Goebbels convenció a Hitler.

El control de la mente del pueblo alemán se extendió. Las ondas hertzianas fueron el mecanismo utilizado para penetrar en los hogares. Noticias, discursos, partes de guerra, concursos, música, etcétera. Todo estaba diligentemente seleccionado. El nazismo hizo del radiotransmisor un instrumento de control político. Era perfecto. Las familias arremolinadas frente al aparato recibían las instrucciones para acudir a manifestaciones, estar a la moda o participar en actos políticos.

Por primera vez los radioescuchas, en tiempo real, asistían a una transmisión deportiva. Nadie dudó de su eficacia. El pueblo alemán fue agradecido. Se transformó en un devoto nazi pasivo, gracias a este regalo envenenado de Goebbels.

En 1933, sólo 25 por ciento de hogares poseía una radio. En 1941, en plena ofensiva nazi, la proporción se elevó a 67 por ciento. Todos los fabricantes de aparatos de radiodifusión fueron obligados a producir el modelo. Su precio, 76 marcos, era una bicoca frente a los oscilantes 200 a 400 que costaban los convencionales.

Hoy, junto al ordenador personal, en sus diferentes modalidades, tabletas, smartphones, se hace posible dirigir, controlar, manipular y proyectar el mundo acorde con las grandes compañías del big data. Los vínculos existentes entre Microsoft y Apple con el poder y su complicidad se hacen patentes cuando se destapan los escándalos de la dominación informática. Tanto Bill Gates como el desaparecido Steve Jobs siguieron la senda inaugurada por el Tercer Reich.

Bajo una especie de mecenazgo, actos de filantropía, donan y reparten ordenadores a países dependientes, colegios públicos, instituciones públicas, ministerios, etcétera. A la par, crean aulas de informática en universidades de los cinco continentes. Todo bajo el sello de una obra en bien de la comunidad, ocultando la verdadera razón de tales comportamientos. Acceder a información global, antes insospechada y menos aún posible de almacenar, dirigir y manipular. Hoy, estas empresas construyen perfiles específicos para usuarios individualizados. La línea entre el espacio público, lo privado y lo íntimo ha desaparecido. Han penetrado hasta lo más profundo de nuestro ser. No hace falta una orden de registro dictada por un juez para entrar en tu domicilio y realizar un registro. No es necesario abrir cajones, hurgar en el desván de tu casa para descubrir tus gustos de lectura, pasatiempos y amistades. La información se consigue de forma sibilina, menos tosca, sin violencia física. El control del cuerpo y la mente se hace global. De la biopolítica a la sicopolítica. El poder entró vía web. Se rastrean tus correos electrónicos, compras, cuentas bancarias, vacaciones. Con un algoritmo adecuado se construye el perfil que define tu personalidad, comportamiento, aficiones, ideología, si eres sumiso, dócil, conflictivo, etcétera. Gracias al GPS, la localización no es un problema.

Los estándares de la web están controlados. Google, Facebook, Amazon, Youtube y PayPal pertenecen al consorcio W3C, articulado al protocolo Http, sin el cual la World Wide Web no existiría. Los navegadores Chrome, Safari, Mozilla y Firefox tienen dueños: Microsoft y Apple. La informática de la dominación, ensamblada a los servicios de inteligencia, facilita el control de la mente. Por nuestras entradas editan perfiles exactos. No se trata sólo del uso de nuevas formas de identificación, como el reconocimiento facial. Saben los gustos, controlan nuestras emociones, sentimientos. Tienen acceso al conjunto de los ingresos, la ubicación. No es extraño que los dispositivos de hardware tengan como función prioritaria acceder a la web y sus servicios. Los nuevos amos de esta red, a decir del colectivo Ippolita, en su ensayo ¿La red es libre y democrática?, concluyen: "Poseen los códigos del software que usamos, las informaciones que les regalamos, la potencia de cálculo y la mano de obra para mantener todo en constante movimiento (mano de obra gratuita de los usuarios). Los nuevos amos digitales han plasmado una mentalidad, han proporcionado una idea del mundo y cada día van anunciando la buena nueva de la web 2.0. Más de 20 años después de la puesta online del primer sitio www, nos descubrimos adeptos a una nueva religión, de la que desconocemos origen y estructura, pero cuya liturgia aplicamos cada día con meticulosa diligencia".

El capitalismo de la era digital articula un sistema totalitario, en el cual, curiosamente, nos sentimos cada vez más libres, creyendo que nuestras navegaciones en red acaban con el control social del poder analógico ejercido por una clase social o una élite dominante transversal. La gratuidad de los servicios de la web debería hacernos pensar. El capitalismo no regala nada a cambio de nada. Sin dudarlo, el complejo industrial, militar, tecnológico y financiero ha sido capaz de entrar en nuestra mente, minar la capacidad de resistencia, favoreciendo la adoración de nuevos dioses articulados a los dispositivos fetiches de la web.

 

 

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Viernes, 06 Abril 2018 06:24

Drogas a la estadounidense

Drogas a la estadounidense

La proliferación de diversas drogas por todo el territorio estadounidense tiene conmocionada a la población pues en casi la mayoría de los hogares existe algún familiar adicto a ese destructor flagelo.

Las cifras oficiales resultan escalofriantes: En 2016 murieron por sobredosis de drogas más de 59 000 personas, más del total de soldados estadounidenses muertos durante la invasión a Vietnam. Solo los opioides destruyeron la vida de 17.536 habitantes. Nadie escapa a la drogadicción en la nación.


Si la marihuana y la cocaína han sido durante años las principales sustancias que han proliferado por Estados Unidos, consumidas por adultos, jóvenes y hasta menores de edad, ahora se han impuesto otras mucho más peligrosas en ese profuso mercado que resulta muy difícil de controlar.


Entre las razones fundamentales de los innumerables actos de violencia y asesinados masivos con armas de fuego ocurridos en escuelas, supermercados, iglesias y lugares de recreación en Estados Unidos aparecen dos cuestiones principales: la tenencia indiscriminada de armas por parte de la población impulsada por la Asociación Nacional del Rifle y la proliferación del consumo de drogas entre jóvenes y adultos.


Según el Gun Violence Archive (Archivo de Violencia Armada) entre enero y octubre del año 2017 fallecieron en Estados Unidos 545 menores por disparos, ocurrieron 274 tiroteos masivos, se registraron 46 595 incidentes de violencia con armas de fuego con resultados de 11 652 muertes y 23 516 heridos (sin incluir 22 000 suicidios anuales aproximadamente). Las drogas estaban tras muchos de esas desgracias.


Desde 1970 han muerto más estadounidenses a causa de armas que el total de los que perdieron sus vidas en todas las guerras en la historia del país, desde la Independencia (1776). Nicholas Kristof, columnista del New York Times, informó de que cada día unos 92 pierden sus vidas por armas de fuego, recordó.


Ahora, en esa sociedad tan agresiva, cuyo país esta catalogado como el principal consumidor de todo tipo de drogas que van desde la cocaína, marihuana, LSD, heroína y metanfetamina (también conocidas como crank, speed , ice y tina) se suman en los últimos años las medicinas con opioides fabricadas por la industria farmacéutica de Estados Unidos.


La compañía Purdue Pharma lanzó al mercado en 1996 su producto OxyContin, un opioide que le produjo a los cuatro años ingresos de 1.100 millones de dólares. Debido a la obtención de tan rápidas ganancias, otras grandes compañías sacaron al mercado los productos Percocet y Vicodin, también opioides.


Como siempre hacen los medios de comunicación occidentales que se prestan a hacer propaganda de cualquier producto siempre que les brinden altos pagos por los anuncios, Purdue utilizó una agresiva campaña de mercadeo por radio, prensa escrita, programas de televisión así como con médicos, a través de los cuales prometía que el OxyContin, no era nada adictivo y libraría a cualquiera del dolor.


Ya en 2016 se expidieron alrededor de 300 millones de recetas para fármacos con opiáceos que alcanzaban según un medio especializado de salud para entregar un pomo de calmantes a cada estadounidense, incluidos los recién nacidos.


El mercado ascendía a 24 000 millones de dólares al año, al transformante de un fuerte calmante a una adicción con enorme dependencia. Numerosos jóvenes comenzaron a consumirlas en las fiestas junto con bebidas alcohólicas.


Las poderosas corporaciones farmacéuticas, lograron lo que no han podido hacer las grandes mafias traficantes de drogas: distribuirla legalmente e incluso con receta.
Como siempre sucede en Estados Unidos donde las poderosas compañías compran a políticos, abogados, cabilderos, representantes y senadores, la millonaria familia Sackler, dueña de Purdue Pharma ha entregado abundante dinero a obras “humanitarias y caritativas”, mientras su producto OxiContin le ha reportado desde 1995 más de 35 millones de dólares.


En el sur de la Florida, el consumo de cocaína sigue siendo la droga más usada, pero ya se han extendido los opioides como el fentanil y la heroína que han acabado con la vida de miles de personas que no pueden desistir de consumirlas.


A la par, la metanfetamina se abre paso y en los dos últimos años ha provocado más sobredosis, creado una nueva ola de adictos. Solo en Florida el pasado año murieron por sobredosis de metanfetamina, 621 personas, el doble que en 2016 y otras miles han estado envueltas en trifulcas, agresiones, robos y todo tipo de altercados.
Se afirma que en Estados Unidos las drogas son una voraz epidemia que alcanza a la mayoría de las familias, pero la realidad es que la verdadera epidemia está en el sistema imperante donde el bienestar de la población no resulta importante por encima prevalecen el negocio y la acumulación de dinero de la minoría rica.


Por Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

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Sábado, 24 Marzo 2018 06:51

¿Por qué vendemos nuestros datos?

¿Por qué vendemos nuestros datos?

En la actualidad el 51 por ciento de la población mundial accede a Internet, el 41 lo hace a través de computadoras personales y existen más de 5052 millones de usuarios con dispositivos móviles. A la vez, es más común tener presencia en redes sociales y compartir millones de datos “inocentemente” en la nube. En este escenario, Facebook te pregunta constantemente en qué pensamos y diligentemente respondemos. ¿Nos espían o vendemos nuestros datos?


Al comentar sobre este fenómeno que “hemos asumido como natural”, Gabriel Zurdo, del Grupo San Francisco Internacional, expuso en Informática 2018 que “la nube es el elemento que propició que estemos amenazados constantemente. Muchas veces no pensamos en quién administra esos datos ni qué uso se les da. La conectividad total llegó y es directamente proporcional a la adquisición de conocimientos. Sin embargo el principal problema está en el factor humano”, expresó.
La ciberseguridad es una de las principales obsesiones para las grandes compañías y empresas, y tienen motivos. El coste de los ataques a nivel global ha subido casi un 62% desde 2013, según un estudio realizado.


“Apilar tecnología en este mundo conectado no nos indemniza de tener en cuenta al factor humano. Invertir grandes cantidades de dinero en desarrollar e implementar nuevas tecnologías para detener a los hackers parece ser una medida básica y obvia. A pesar de nuestra predilección por usar tecnología para resolver lo que parecen ser problemas tecnológicos, estamos pasando por alto una de las amenazas más persistentes de la ciberseguridad: el comportamiento humano“.


En el caso argentino, explicó el también CEO de BTR Consulting, el 83 % de la población dedica 8 horas a sus computadoras, mientras que el 70 % de los argentinos están vinculados a redes sociales.


“Dónde está el problema, en el uso que le damos a nuestros datos. Se estima que el 58 % de las personas publica su teléfono en redes sociales. El 30% de la población menciona el lugar y hora de trabajo, el 22 % comparte información de su domicilio y un 20 % comparten fecha y lugar de vacaciones. Eso es información de inteligencia. No hace falta hackeo, la mayoría de los casos de suplantación de identidad y delitos económicos vienen de acá”, advirtió Gabriel Zurdo.


El especialista subrayó la existencia de una falta de conciencia de lo que representan estos datos y muchas veces facilitamos información innecesaria que solo conlleva a que se realice “con nosotros” un estudio de mercado.


Ejemplo de ello es el escándalo que envuelve la violación de datos extensiva que realizó la empresa Cambridge Analytica, la cual se dedicó a recolectar información para procesos electorales, a través de Facebook.


La empresa de Mark Zuckerberg actualmente enfrenta procesos legales en diversos países de la Unión Europea, donde incluso ha recibido multas millonarias por recopilar datos sobre ideologías, sexo, gustos personales, navegación y creencias religiosas.


Al comentar sobre los casos de hackeos masivos acaecidos durante 2017, Gabriel Zurdo dijo que no se trata de una casualidad, sino que parten de las vulnerabilidades presentes en la nube.


“Wannacry fue emblemático. En el caso de España, por ejemplo, algunas compañías telefónicas tuvieron que apagar sus servicios, y en el Reino Unido se paralizó la atención médica en todos los hospitales. Este ataque afectó a 150 países y se registraron unas 450 mil violaciones”, comentó.
Otro de los ciberataques más sonados el año pasado fue el de Equifax, donde 143 millones de registros sufrieron daños y los datos fueron usados para fraudes de identidad.


Números que debe conocer sobre los ataques cibernéticos:


50 % de las compañías son víctimas de ciberataques.
22 % de las compañías perdieron clientes por ciberataques
29 % de las compañías perdieron ingresos
22 % de las compañías perdieron oportunidades de negocios
Durante la conferencia magistral de este viernes, se advirtió que aunque en 2017 aumentó en un 22.7 % el gasto en ciberseguridad también crecieron en un orden del 27.4 % los ataques.


“Los estados y los gobiernos deben crear estrategias nacional para enfrentar los delitos informáticos. Hay falta de regulación, políticas de estado y existen legislaciones débiles. Debemos crear una cultura y una conciencia de ciberseguridad”, enfatizó.


Cuando es sabido por todos que “nuestros datos valen dinero, que nuestros hábitos y nuestras preferencias son algo muy valioso para empresas a la hora de conocer, en última instancia, qué productos promocionarnos, se hace más necesario que nunca concientizar qué datos ofrecemos. No se trata de aislarnos, pero sí de asumir los nuevos retos que implica vivir en una sociedad interconectada”, concluyó.

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