Un tribunal dictamina que la Fanta y el Sprite pueden ser "venenosos" para la salud

La decisión de la corte tiene lugar nueve años después de que un empresario decidiese exportar estos refrescos al Reino Unido, donde fueron destruidos por las autoridades por razones de salud pública.


Una jueza de una corte de la ciudad nigeriana de Lagos ha dictaminado que las bebidas Sprite y Fanta de la multinacional Coca-Cola Company podrían representar una amenaza para la salud pública del país.


Según explica la agencia Sahara Reporters, la sentencia establece que los niveles altos de ácido benzoico y los aditivos que contienen estos refrescos pueden resultar "venenosos" cuando se combinan con el ácido ascórbico, conocido popularmente como la vitamina C.


La jueza Adedayo Oyebanji ordenó que la Nigerian Bottling Company (NBC, por sus siglas en inglés), la empresa embotelladora de estas bebidas en el país, coloque en sus envases unas etiquetas con una advertencia que explique el peligro de su consumo junto con vitamina C.


La decisión de la corte es resultado de un proceso judicial iniciado por el empresario nigeriano Fijabi Adebo hace nueve años. En 2007, su compañía intentó exportar estas bebidas al Reino Unido, pero fueron confiscadas y destruidas por las autoridades británicas al considerar que su consumo no era seguro para la salud. Tras este suceso, Adebo presentó una demanda contra la NBC.


Por su parte, un portavoz de la compañía estadounidense ha señalado al diario británico 'The Independent' que todos los productos de la marca "son seguros y cumplen las regulaciones de los países donde se venden". Además, ha añadido que sus refrescos "cumplen con los estrictos estándares de calidad y de seguridad global" de la compañía de Atlanta.
El representante ha hecho hincapié en el que "en todas las partes del mundo revisamos y desarrollamos nuestras recetas para cumplir con las necesidades de los mercados y con las preferencias locales".

 

Publicado: 30 mar 2017 22:36 GMT

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Economía: I bimestre en blanco y negro

Al contrario de lo que muchos piensan o esperan, al despegue de 2017 el desempeño de la economía aunque muestra buenos síntomas también hay nubarrones. Se destaca el crecimiento de las exportaciones, el recaudo de impuestos al alza, pero el crecimiento está frenado y el desempleo sigue acosando a la población, con problemas de desarrollo de la infraestructura y con la confianza industrial en terreno negativo.

 

Inflación, tendencia a la baja


Tal y como lo estimaban los analistas el Índice de Precios al Consumidor viene a la baja desde septiembre de 2016. Al cierre de febrero de 2017 el costo de vida para los colombianos se ubicó en 1,01%, con una reducción importante en el precio de los alimentos. El acumulado de la inflación en los dos primeros meses del año llegó a 2,04% y en los últimos 12 meses la variación del IPC fue de 5,18%. De marzo 2015 a febrero de 2016 fue de 7,59%.

Aumentan las exportaciones


En enero de 2017 se exportaron US$2.614,4 millones Free On Board y en enero de 2016 se exportaron US$1.869,0 millones FOB con una variación de 39,9%. En enero de 2016 la variación fue -35,6%. A enero de 2017 se registran tres períodos consecutivos con tasas de crecimiento positivas. Estados Unidos fue el principal destino de las exportaciones colombianas, con una participación de 28,0% en el valor total exportado; le siguieron en su orden, Panamá, España, China, Ecuador y Bahamas.

Tasas de interés se reducen


En las últimas reuniones de la Junta Directiva del Banco de la República, los codirectores del Emisor han decretado una baja en las tasas de interés de referencia. Al cierre de 2006 la tasa repo del Banco Central se ubicaba en 7,50% y en su reunión de finales de febrero determinó otro recorte de 25 puntos básicos, con lo que la tasa de referencia del Emisor quedó en 7,25: Tanto el Gobierno como analistas económicos han solicitado una baja agresiva del costo del dinero a fin de reactivar la economía.

Cayó confianza del consumidor


Durante enero la confianza del consumidor en la economía cayó a sus niveles más bajos históricamente. Este indicador, medido por Fedesarrollo registró una reducción del 30,2%, lo que representa una contracción de 19,6 puntos porcentuales en comparación con diciembre de 2016. Este es el nivel más bajo desde que se realiza la encuesta desde 2001. el efecto se sintió con fuerza en la ciudad de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga. A esto se suma que el índice de confianza se contrajo en todos los niveles socio-económicos.

Desempleo sigue a la baja


Las más recientes cifras del DANE indican que la tasa de desempleo en Colombia se redujo, aunque levemente en enero de 2017. En el primer mes del año, el desempleo fue 11,7% y la de enero de 2016 fue 11,9%. En el trimestre móvil noviembre 2016 – enero 2017 la tasa de desempleo para el total nacional se situó en 9,3% y completa 4 periodos consecutivos noviembre-enero con tasas de un dígito. Las tasas de desocupación más bajas se registraron en Santa Marta con 7,9%, Barranquilla con 8,1% y Bucaramanga con 8,6%. Las ciudades con tasas de desempleo más altas en el trimestre móvil fueron Cúcuta AM con 16,5%, Quibdó con 15,9% y Armenia con 15,2%.

El dólar, una moneda volátil


La divisa norteamericana abrió 2017 con un precio de $3.000,71. Durante enero la moneda estadounidense en el mercado colombiano registró una tendencia a la baja hasta llegar a los $2.855 y luego, durante febrero, un mes marcado por la volatilidad de los mercados internacionales comenzó a corregir su rumbo hacia los $2.960, gracias a los anuncios de la Reserva Federal de los Estados Unidos de una posible nueva alza en las tasas de interés en ese país, lo que daría como resultado una corrida de dólares de mercado nacional hacia la nación del norte.

Petróleo baja producción, precio estable


Colombia es uno de los países que más se vio afectado a nivel mundial por la caída de los precios del petróleo en los mercados internacionales iniciada en 2014. Durante el llamado ‘boom’ petrolero las exportaciones del país superaban los US$60 mil millones de dólares, pero con la caída de los precios del crudo las ventas nacionales se redujeron en el último año hasta US$36 mil millones. Durante enero la producción promedio de crudo de 860 mil barriles por día, presentando un aumento de 2,74% respecto a diciembre del 2016. El crecimiento obedece al incremento de producción en los campos Casabe, Castilla Norte, Chichimene, Infantas, La Cira, Rubiales, Provincia y Quifa. El precio del barril en el mercado internacional ha oscilado alrededor de los US$53.

Gasolina más cara por impuestos


El valor promedio del galón de gasolina al inicio de 2017 era de $8.081, pero con la entrada en vigencia de la reforma tributaria de 2016, que contempla un impuesto de $135 por emisiones de carbono, el costo del carburante subió más de lo esperado. Para marzo el Ministerio de Minas y Energía reveló que en marzo el valor de los combustibles a los compradores quedó así: El precio de la gasolina subió $141 en Bogotá al pasar de $8.181 a $8.322. Por su parte el ACPM quedó en $7.756.

El recaudo de impuestos va bien


Durante enero de 2017, el recaudo bruto de los impuestos administrados por la DIAN alcanzó los $15,1 billones, valor que representa una variación nominal de 7,3% respecto al mismo período de 2016, en el que se logró recaudar la suma de $14,1 billones. El crecimiento del recaudo total se explica en buena medida por el comportamiento del recaudo del Impuesto al Valor Agregado, IVA, que presentó un incremento de 9,6% pasando de $5,5 billones en 2016 a $6,0 billones en 2017 mostrando una participación de 3,7% en la variación, es decir, que de los 7,3 puntos porcentuales en los que aumentó el recaudo del mes de enero de 2017 en relación con el mismo mes de 2016, el IVA explica 3.7 puntos porcentuales. De otra parte, por Retención en la Fuente a título de Renta, IVA y Timbre, en enero se logró un recaudo de $5,0 billones revelando un crecimiento de 5% en relación con el mismo período 2016 y una contribución a la variación de 1,7%.

Café mejora producción


La producción de café para el primer semestre del 2017 estará entre los 6,3 y 6,8 millones de sacos, que tendrá un comportamiento similar los últimos seis meses del año y una cosecha total entre los 14.2 y 14.5 millones de sacos. El gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, Roberto Vélez, explicó que hoy la caficultura colombiana esta renovada y con un precio interno que ha venido mostrando una estabilización por encima de los US$800 mil, lo que lleva a decir que se ha recobrado la rentabilidad. "Hoy el cafetero está más tranquilo, está siendo capaz de pagar sus deudas, de empezar a pensar a futuro y en cómo manejar su finca hacia adelante", indicó el dirigente.

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Lunes, 13 Febrero 2017 06:35

“El gran problema es el poder”

“El gran problema es el poder”

Consumo, entretenimiento y conciencia precocida. Esos son los tres platos principales del menú que ofrece el poder corporativo globalizado y que consume obediente Uruguay, sostiene Aldo Mazzucchelli. En diálogo con Brecha pone en entredicho al progresismo como núcleo ideológico, y a la tendencia del poder global a reinar en alianza con la dispersión informativa y la división en categorías identitarias.

 

—¿Por qué sostiene que hay un eclipse de la política en la esfera pública? ¿O que el ágora, como espacio de discusión, está cada vez más limitado?
—Quizás alguien me podría contestar a esta observación diciendo que la política ya no puede discutir grandes temas, porque los grandes temas son muy complejos. Que hay que discutir cosas concretas. Y que para eso están los técnicos, con soluciones concretas y más eficientes.


—Es el discurso tecnocrático.
—Claro. ¿Qué lugar ocupa la población en la política? Alguien me decía que El Día vendía 400 mil ejemplares en los sesenta. Sólo con ese diario, más de un millón de personas estaban en contacto con un tipo de análisis escrito de la información y la opinión, que genera un tipo de participación política que yo considero más compleja. Ahora hay muchísima más información gratis, pero la dispersión y la falta de edición fuerte hacen que sea inasible, salvo para un ciudadano muy formado. La sociedad discute menos y peor. Hacia 1900 había 30 diarios en Montevideo, ¿ahora?: ¿tres, cuatro?

—Pero menos gente estaba habilitada a discutir la política en 1900. Uruguay era un país de elites.
—No es así. Uruguay estaba mucho menos elitizado hace un siglo que ahora. La alfabetización a fines del siglo XIX era muy alta, más de 60 o 70 por ciento. Toda esa gente se comunicaba de alguna manera a través de lo escrito, además de los discursos en vivo. ¡Claro que no vamos a volver al Novecientos! Ni a una vida política basada en una discusión seria de argumentos y posiciones. Pero tengo la obligación de sacar la conclusión de que ahora la calidad democrática es peor.

—¿La política no se democratizó con la participación de sectores sociales antes excluidos? ¿O con discutir desde otros lugares y formas distintas a la escrita?
—Pero ¿se discute dónde? ¿Y con qué consecuencias? El proyecto de la modernidad democrática es un proyecto de individuos vinculados a la alfabetización y la escritura. Los nuevos medios permiten interacciones fabulosas, pero no es igual a interactuar por escrito. En la interacción oral, incluso en el chat, que es una suerte de oralidad escrita, podés interactuar. Pero si no adquirís el hábito de fijar tus pensamientos, de llegar a niveles de abstracción, de conectar cosas que no se ofrecen conectadas, ni siquiera te vas a dar cuenta de que no tenés esa capacidad. Puedo estar leyendo todo el día, pero esa lectura puede no tener ningún significado estratégico, porque estoy aceptando bloques de información. Todo el mundo está conectado, y se generan dinámicas en esa comunicación. ¿Pero dónde está la conexión con una de las ideas centrales de la democracia, que es el control ciudadano del poder? Reunirse en la casa de un amigo a charlar, sin generar ninguna consecuencia, porque todos terminan votando lo mismo, es política de mala calidad. ¿Política es re¬u¬¬¬¬¬¬¬n¬irse para tomar acciones en torno a la agenda de derechos? Sí. Pero si ese tipo de politización se convierte en una simplificación superficial... Yo lo que veo son discursos que dividen a la gente y la reconfirman en grupos identitarios relativamente cerrados, que sienten que están haciendo política, aunque repitan una y otra vez el mismo pensamiento.

—Critica en sus columnas a la agenda de derechos porque se basaría en una “ideología del victimismo” promovida por el poder global para “dividir y reinar” sobre grupos identitarios excluyentes. ¿Tampoco comparte los derechos de esa agenda?
—Me parece perfecto todo ajuste social que vaya en el sentido de la libertad. ¡Pero cuidado! A la libertad hay que apoyarla con educación, porque veo que la libertad también genera excesos. Yo critico los discursos de odio, no los derechos. A mí no me consta que, más allá de lo discursivo, haya grandes avances en la igualdad de género, salvo cambios económicos por el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo. Estoy de acuerdo con las reivindicaciones de igualdad, con el rechazo a la violencia de género, con las comisarías de mujeres, con la difusión en los medios contra la violencia masculina. Pero hay que separar todo eso de los patrulleros del lenguaje, y de toda una tendencia global a dividir a la gente en categorías.

—¿Pero no le parece que cuando se critica en bloque la “corrección política” se meten en una misma bolsa los “discursos de odio”, los derechos y cualquier lucha contra la exclusión o humillación que han sufrido las personas por razones de género, etnia o sexualidad?
—Bueno, de alguna manera tenés que referirte a las cosas, ¿no? Escribí una columna hace unos años que se llamaba “Patrulleros del lenguaje”, porque veo una simplificación lamentable de la discusión, basada en lógicas binarias, donde hay un malo y un bueno. Por eso hablo de discursos de odio. Sé que algunos lo justifican en términos de lucha, de que hay que cortar grueso, de que tiene que haber bandos para empujar los cambios. Si alguien se quiere dedicar a vivir así, que lo haga. Yo no lo voy a apoyar. Es una forma pobre de procesar las diferencias. Todo va de la mano: un cambio en el uso de la escritura, que trae un cambio en las formas de discusión, que trae un cambio en la capacidad de ver y darle un espacio al otro, que genera un inmediatismo en la discusión, que genera violencia... Tiene que ver con la decadencia, probablemente con la muerte, del modelo de naciones democrático-republicanas de la modernidad. Con un tipo de ciudadano y organización de la discusión que están detonados totalmente por la globalización. No veo que la gente se preo-cupe por conocer la tradición uruguaya, ni lo que hizo la gente que vivió antes acá, sino una cabeza de: “nací acá, pero cuando pueda me voy”. Esta suerte de canto de sirena del mundo que te venden continuamente, genera una forma de estar en el mundo que lleva a concentrarte en producir dinero, consumir y entretenerte. Hay gente que intenta salirse de este esquema, irse al campo, hacer una huerta, vivir en una comunidad, o tratar de ser conscientes. Fijate que el discurso que te vende la vida urbana, la más contaminante que existe, también te vende la bicicleta y la buena conciencia. Es un mundo que te obliga a vivir en contradicción.

—Parece paradójico que mientras se globaliza la agenda de derechos, la resistencia sea atrincherarse en los nacionalismos, que sí han producido identidades esencialistas.
—Una cosa es querer a tu nación y otra es ser nacionalista, son dos cosas distintas. ¿Pero cómo hacés para referirte a la gente que usa la agenda de derechos para simplificar o enfrentar? Tengo muchos amigos que hablan públicamente en una posición similar a la mía, diciendo que la corrección política es una basura, pero al mismo tiempo están a favor de la agenda de derechos o, por lo menos, de que se discuta libremente y se avance por vías políticas normales... Yo lo veo así: es un mundo organizado en torno a la compra y venta de productos o ideas, que precisa un marketing global para aumentar su público y, al mismo tiempo, un marketing especializado para diversificarlo. El big data está ayudando con eso. El primer político que utilizó el big data para hacer marketing político fue Obama. Identifican a los indecisos y les envían mensajes personalizados de forma fina e indirecta a través de noticias, por ejemplo, sobre Obama y los derechos humanos, que te llegan por Facebook. Contenidos ecológicos, de comida sana, de formas de espiritualidad, también se vehiculizan así: “Comprá tal cosa”, “Adherite a esto”, “Hacé esto”. No veo que estos contenidos sean articuladores de discusiones, sino de verdades. Se presentan bajo la forma de la retórica, no de la dialéctica. Es el centro de la comunicación contemporánea, cada vez más personalizada. Este reinado incontestado de la retórica es mejor para orientar el consumo, pero peor para orientar las discusiones. Te doy todo esto gratis, pero te saco información de tus hábitos para venderte productos y comunicarte ideas. A este tipo de cabeza no le interesa la filosofía, ni las discusiones estratégicas, salvo en áreas del quehacer práctico que tengan un correlato económico. Este funcionamiento, al que nos estamos adaptando, no libera al individuo, lo apega a un menú con tres platos: consumo, entretenimiento y conciencia precocida.


—¿Ve algo auspicioso en la globalización? ¿O ya nos convertimos en ese “ciborg” del que habla en sus escritos, acoplado a la tecnología y distraído en el entretenimiento?
—Eso ya está pasando. Si escuchás el discurso de la gente de Silicon Valley, gente muy inteligente y completamente adaptada, porque básicamente han creado este modelo global de comunicación y movilidad, tienen un gran optimismo humano y tecnológico. A mí me encantaría tenerlo. Pero para que sea auspicioso hay que hacer fuerza y corregir muchas cosas, no dejar que vaya solo. Está claro que hay cosas de la tecnología y la globalización que nunca volverán atrás, y que cada vez resulta más barato y fácil moverse por el mundo. No estoy hablando contra eso, yo lo he disfrutado mucho. Justamente por conocerlo bien, pienso que es un error hacer la plancha. Cuando hablo de que es humano desarrollar tu propio lenguaje, en lugar de comprar paquetes ideológicos y repetir clics, me acusan de fascista. Gente que se pasó la vida diciendo que no a los acuerdos comerciales porque disminuían la soberanía, ahora también están en contra de que Trump rechace esos acuerdos. No reaccionan a ideas, no profundizan, repiten memes. Están cómodos, siguen el trillo porque les da sentido de pertenencia, temen decir cosas que los puedan aislar. Está bien. Es una forma de vivir. A mí me parece que te disminuye.


—En sus columnas también reflexiona sobre el poder global y el mundo consumista que venden las grandes corporaciones empresariales. ¿Es, digamos, anticapitalista?
—A ver, hay definiciones filosóficas de largo aliento y definiciones políticas de corto plazo. En el largo aliento creo en la libertad y en la competencia, pero también en la igualdad. Todos queremos, creo, compatibilizar libertad e igualdad. Mi posición, si me apretás, es que no veo que la izquierda práctica haya entregado lo que prometió. Eso no te convierte en derecha, aunque la izquierda te va a acusar de derecha. Hay que profundizar la capacidad crítica para obtener un discurso de mejor calidad sobre cómo está organizado el poder. El gran problema es el poder. Cuando el limpiador de un shopping tiene poder sobre otro limpiador, ahí está el poder. Es decir, me refiero a un tipo de fenómeno humano en el que alguien toma decisiones que afectan a otros, y hace que tengan que someterse. ¿Cómo se organiza eso? Esa sería una pregunta política elemental. Tenés poder de peor calidad cuando no lo podés controlar. El poder necesita control. El poder que hemos generado como humanidad está descontrolado. Hay más comunicación, pero menos control del poder. Hay más producción, pero más manipulación de cabezas. Fijate lo que han hecho los políticos en Estados Unidos: han usado el big data para darle a la gente un mensaje precocido y para que la gente actúe. Es muy conductista y retórico. Yo defiendo lo dialéctico, en el sentido platónico.


—¿Es tan unilateral esa dominación? ¿No ve puntos de fuga o fisuras en ese mundo del big data?
—Hay fisuras. Hay gente que las ve, y opera en contra. También hay un caos bueno en la humanidad, porque siempre se le escapa al poder; iniciativas que no se pueden controlar. Un ejemplo: el dinero. La política global tiende a ir eliminando el efectivo con la bancarización o financiarización. Si el dinero, que es el símbolo de tu libertad, lo tenés en tus manos, el gobierno no lo puede controlar. Pero si tu dinero se convierte en un número controlado por un banco, que a su vez está vinculado a un gobierno, porque hay supervisión y bancos centrales, es obvia la conexión entre el poder político y el financiero. La forma que encontraron las estaciones de servicio de Maldonado para enfrentar al gobierno por la tasa que pagan a las tarjetas de crédito fue aceptar sólo efectivo en las ventas de nafta. ¿Es una medida pro o anticapitalista? Por eso pienso que es una pregunta de largo plazo. Hoy no existe otro sistema que el capitalismo. China es capitalista... Yo trato de estar lo más fuera que puedo del sistema, usarlo hasta donde quiero, me conviene y puedo. Trato de estar lo menos conectado a esas formas de control, vivir lo más que pueda fuera de Montevideo. Pero tengo que tener un trabajo, una cédula de identidad... no tengo más remedio que estar dentro, aunque tienda a irme saliendo. Qué decisiones tomás, qué compras, adónde vas, dónde vivís, qué energía usás, son también formas discursivas, o formas de votar con los pies.


—En su página de Facebook tradujo del inglés un artículo de la feminista de izquierda Nancy Fraser que explica el triunfo de Trump como una insubordinación más a la “hegemonía neoliberal progresista” de Estados Unidos. Pero suscribió el artículo con reparos.
—Lo que creo que le falta a la columna de Fraser es una mayor agudeza en su crítica a los mecanismos del poder. ¿De dónde sale el discurso de la legitimidad de las democracias occidentales? La modernidad fue un movimiento que mató a Dios, para decirlo rápido, y fundó su legitimidad en fuentes racionales vinculadas al bien común, la ciencia, la verdad en el sentido de razón. La ciencia va a sustituir a Dios. Lo que la verdad científica no pueda decir, no existe. O hay que postergarlo o deslegitimarlo. Es un problema, porque erosiona la legitimación del sistema. La legitimidad tiene que ser trascendente y estar fundada en algo que esté fuera del sistema. Eso es básico, incluso para una teoría de sistema. Dios, la fe, cumplían esa función de legitimidad. Pero en la medida en que Occidente decidió remplazar el sistema de legitimación trascendente por un sistema de legitimación inmanente, entró en serios problemas.

—¿Y entonces?
—Y bueno, la gente siguió creyendo y teniendo fe. Que el Estado no lo represente, que el discurso público no lo legitime, que la modernidad siga diciendo que es una superstición creer en cosas que la ciencia todavía no puede demostrar, es parte de la libertad. Pero también lo es tener fe, por eso muchas veces hablo a favor de esa libertad. Hay fuentes de riqueza existencial que la ciencia no las da, aunque haga esfuerzos casi místicos. Ray Kurz-weil, en The singularity is near (La singularidad está cerca) y en The age of espiritual machines (La era de las máquinas espirituales), dice que la generación de una cantidad de información descomunal y su procesamiento autónomo por robots van a terminar llevando a una nueva forma de espiritualidad, en cierto modo, creada por el hombre. Eso abre la puerta a nuevos discursos sobre la trascendencia y sobre la muerte de la muerte. No me opongo al esfuerzo de ampliar los límites de la tecnología, pero eso requiere pensar e informarse. Es un proyecto humanístico. Cada persona tiene que sacar su mejor lenguaje, su espíritu, su creatividad, su capacidad de discusión y entender al otro, su mejor amor. Este proyecto de las humanidades no puede morir, tiene que tener un lugar, lo va a tener. Porque una cosa son las humanidades institucionales, y otra es pensar, leer, escribir, investigar. Y eso, como humanidad, lo seguiremos haciendo.


Señas


Aldo Mazzucchelli es escritor y ensayista. Doctor en letras por la Universidad de Stanford. Profesor grado 5 de la Facultad de Humanidades. Redactor, junto a Amir Hamed, Gustavo Espinosa y Carlos Rehermann, de la web cultural Interruptor desde 2012. Fue subeditor general de Posdata (1994-2000). Publicó cuatro libros de poesía y ganó el primer Bartolomé Hidalgo en 2010 por el ensayo La mejor de las fieras humanas, una biografía literaria de Julio Hererra y Reissig.
Izquierda y derecha



“La oposición es una fotocopia atrasada del Frente Amplio”


—“Uruguay es un país de derecha en sus hábitos”, dice en una columna suya. También que la dicotomía izquierda/derecha mantiene cierta operatividad, pero no le ve futuro. ¿Puede explicar eso?
—Somos un país muy conservador, con un discurso más grandioso de lo que realmente son nuestras prácticas. Somos muy de rebaño, con personas que conocen todos los mecanismos para mantenerse en su posición. Conocen la política de alianzas, lo que tienen que decir, las agachadas que tienen que hacer para conservar lo poquito que tienen o van a tener. El discurso de izquierda tiene recursos teóricos para eso.


—Pero dice que la izquierda se cree superior moralmente.
—Si sos de izquierda ya tenés garantizada una serie de cosas en este país. En “Zombi”, un ensayo que escribí hace años (en 2005), dije que Uruguay sustituyó a un partido político por otro en el poder sin cambiar el fundamento conservador ligado al Estado y a zonas de la actividad privada con poder. Los que realmente hacen correr al país decidieron que era la hora del Frente Amplio (FA). Y el Frente se adaptó para jugar en ese terreno. Tabaré Vázquez fue quien mejor entendió que su base de votantes era bastante conservadora. A eso me refiero con lo de izquierda y derecha.


—¿A qué?
—A que antes se entendía a la izquierda como un desafío al conservadurismo, y a la derecha como el conservadurismo. Si es así, Uruguay es un país de derecha. Pero la forma en que se presenta la izquierda hace que necesite encontrar una derecha. Francamente no veo que las políticas que proponen los partidos tradicionales, paupérrimas en sus programas, porque son lo mismo que propone el FA, presenten grandes cambios. No veo que sean de derecha, son más de lo mismo. ¿Dónde está la derecha en Maldonado? Es un departamento que se prestaría para que se lo regalasen a los ricos del mundo, sin embargo el intendente (Enrique) Antía hace una política muy similar a la que hizo el FA. Pero, según la izquierda, es un señor de derecha. Yo vivía en Maldonado cuando gobernó la izquierda. Era lo mismo. No creo que haya cambios sustanciales si gana alguien, entre comillas, de derecha.


—Ese progresismo que describió en “Zombi”, ¿lo ve anclado en todos los partidos?
—En todos. Los partidos de la oposición son una fotocopia del FA. Más de lo mismo, pero peor, con menos gracia y más atraso. Ahora veo que blancos y colorados están intentando incluir las mismas cosas que trajo el FA desde 2005. No veo en la oposición una fuerza fresca, original, que se atreva a decir cosas distintas. Me parece dramática la situación de Uruguay.



Humanidades, ciencia y progresismo


Rescatar a Platón


—Sostiene que es un problema el declive de la cultura escrita frente al retorno de la cultura oral. ¿Ese es el principal desafío de las humanidades en la era de la virtualidad?1
—Es inevitable un pensamiento comparativo con el pasado, para buscar conexiones y causalidades. No significa ser conservador ni desear que vuelva el pasado, lo cual es imposible. La humanidad se ha ido acomodando a los cambios, incluso los ha aplaudido, pero hay que tener cautela; yo la tengo, frente al progresismo como núcleo ideológico. No tiene que ver con la política (partidaria), sino con una tendencia central a la modernidad que se origina en el Renacimiento, aunque sea un concepto posterior. En el Renacimiento hubo una fuerte tendencia hacia atrás, para recuperar lo griego. Un esfuerzo de traducción de obras desconocidas o perdidas en la Edad Media que comenzó en Toledo, apoyado por Alfonso el Sabio, y siguió en Italia, medio siglo después. Primero se recuperaron lo que podríamos llamar textos científicos: astronómicos, médicos; luego textos más literarios. Pero al mismo tiempo que hubo un esfuerzo por recuperar la cultura antigua, creció otra tendencia, que llamo progresismo, que consideraba que el pasado era un atraso a superar y no algo a tomar como referencia. Esta línea coexistió con la otra, incluso la compartió la misma gente, y tenía que ver con un tipo de actividad basado en la experimentación y la observación controlada, que sería el origen de la ciencia moderna. Para el progresismo el pasado no tenía valor porque las nuevas formas de conocimiento tenían una mayor legitimidad. Durante varios siglos eso fue generando una ideología, una forma de ver el mundo, apoyada en la ciencia experimental, hasta convertirse en la forma oficial de conocimiento. Las humanidades no son científicas en ese sentido experimental. Cuando hablo de humanidades me refiero a las tres clásicas: historia, filosofía y letras; luego se agrega la antropología. Y las diferencio de las ciencias sociales, como la sociología, disciplinas de la época positivista del siglo XIX que aspiran a tener una base científica, sobre todo estadística, con modelos matemáticos y predictivos. El conocimiento científico, por sus resultados técnicos, parece no estar cuestionado como aproximación segura a la verdad, mientras que las humanidades han ido quedando... Una cosa es escribir, pensar, hacer historia, algo que existe desde que hay escritura, y otra cosa son las humanidades institucionalizadas como disciplinas, como proyecto moderno iniciado en la Universidad de Berlín en la primera década del siglo XIX. La tendencia a la especialización en filosofía, literatura o historia ya es una subdivisión tributaria de la forma científica de ver el mundo y de organizarlo en conceptos cuantificables.


—Las humanidades, vistas así, estarían siendo colonizadas o domesticadas por una lógica cuantificable que las ciencias sociales tomaron de las ciencias exactas.
—Algo de eso hay. Pensemos en los métodos. Uruguay se ha integrado al corpus mundial de investigación científica organizada con fondos privados y estatales. La Agencia Nacional de Investigación e Innovación, Anii, de la que formo parte, sigue la tendencia mundial de tomar como referencia a las ciencias duras o exactas para evaluar proyectos con resultados. La manera de formular los proyectos es siempre igual: objetivos, metodología, marco teórico; y se adapta, como las revistas arbitradas de investigación, a un tipo de aproximación al conocimiento. Pero no se adapta a una mentalidad ensayística, que implica otro tipo de libertad de búsqueda y de dejar aparecer líneas o tendencias en el lenguaje que no necesariamente están todavía formalizadas o formuladas, ni van a ser medibles. Su utilidad no es cuantificable, medible, objetivable. Lo digo sin querer generar una oposición con la ciencia, porque no estoy diciendo que hay que deslegitimar la ciencia. De lo que se trata es de recordar que hay formas distintas de estar en el mundo y relacionarse con la existencia. Las humanidades están más asociadas al pensamiento libre, ensayístico, poético, a problemas del lenguaje escrito. El lenguaje escrito genera un tipo de capacidad de hacer y relacionarse con el mundo diferente a otras formas de comunicación, como la oral.


—¿Por eso dice que se escribe o “letrea” cada vez más parecido a la cultura oral, pero se intercambia cada vez más lejos del pensamiento complejo que supone la cultura escrita?
—Claro, se usa muchísimo el lenguaje escrito a través de varias pantallas, nos “texteamos” continuamente..., el mundo comercial lo usa para hacer facturas, cuentas o nóminas. Pero lo hacemos del modo que se usó antes de que se lo usara para la filosofía. Una de las funciones que cumplía el lenguaje escrito, antes de Platón, era dejar constancia, por ejemplo, de los sacos de trigo que se intercambiaban, o de las observaciones astronómicas. Pero el uso de la escritura con fines especulativos, de fijar el pensamiento complejo, es otra cosa. Tiene un antecedente oral: en Grecia la poesía fue oral durante siglos, pero la fijación de los poemas homéricos es tardía, y el gran artífice del cambio fue Platón. El proyecto de Platón es hacia la apertura al diálogo y la profundización de las cuestiones... Las humanidades no te tienen que dar un lenguaje precocido, vos tenés que sacar de dentro tu propio lenguaje. Pero la investigación en humanidades está impregnada de una ideología simplista basada en estudios de género y minorías. Es una ideología precocida que cualquier puede reproducir. Facilita la masificación porque a la gente se le da un menú: “estos son los buenos y estos los malos”; “este es el tipo de investigación que tenés que hacer”; “estas son las conclusiones a las que tenés que llegar”. El estudiante tendrá que demostrar dónde hay una aparente injusticia o un fenómeno histórico con víctimas y desigualdades. Es un pensamiento deductivo.


1. Humanidades Milenio 3. La naturaleza y el futuro de los saberes humanísticos en la era de la virtualidad. Autores varios. Montevideo. H Editores, 2016.

Publicado enCultura
Así acabó la era de las experiencias con la revolución digital

La web ha trastocado nuestras vidas. La supervivencia de los libros y el auge de los discos de vinilo y de las películas Kodak son una muestra de que ya no utilizamos la tecnología como fin sino como me

Esta semana salí de la burbuja de pesimismo que me envuelve y me percaté de un hecho surrealista. Kodak ha recuperado las películas Ektachrome para dar respuesta a una demanda creciente de películas tradicionales de gama alta. Me pregunto si estamos hablando de la misma empresa Kodak que en 2012 se declaró en quiebra, después de que se evaporaran 47.000 puestos de trabajo, cuando, según los profetas, la revolución digital alcanzó la mayoría de edad.


Y este no es el único indicador. Las ventas de discos de vinilo vintage se han disparado, han alcanzado el nivel máximo de los últimos 25 años y ha sido necesario reabrir fábricas para producirlos. Las ventas de los libros en papel también se están recuperando y cada vez se ven menos dispositivos para libros electrónicos en las estanterías. Los clubs de ganchillo están de moda, como también lo están los gin-tonics y el baile de salón. Para viajar en un tren de vapor es necesario reservar. Incluso los canales se están quedando sin amarres. Por lo que respecta a cualquier tipo de actuación en vivo, es un negocio tan lucrativo que se gana mucho dinero vendiendo y revendiendo entradas.


Se tendría que ser muy necio para no reconocer el asombroso papel que ha desempeñado el sector digital. Sin embargo, su importancia no va unida a las sensaciones que despierta en los usuarios. Tengo la impresión de que muchos usuarios se han cansado del ritmo imparable de la revolución digital, así como de sus fanfarronadas constantes y los nubarrones en el horizonte.


Los hackers, los virus, los trolls, los pedófilos, las noticias falsas y la ciberguerra son referencias constantes en Internet. Me cuentan que la mayoría de las ofertas de empleo para informáticos quieren cubrir vacantes en la industria de los juegos y las apuestas online y para garantizar la seguridad informática.


Escéptico desde los inicios de la revolución digital, el autor Evgeny Morozov , que escribe sobre avances tecnológicos, alertó de los peligros de un Internet que rechaza la moralidad. Surgen nuevos algoritmos y los chips son cada vez más potentes, pero nadie se ha planteado cuestiones éticas sobre el bien y el mal, como si con el gran Dios de las matemáticas no fuera necesario. Solo hace falta recordar la respuesta que dieron el año pasado Facebook y Google cuando estalló el escándalo de las noticias falsas. Afirmaron que los problemas éticos no son asunto suyo.


Ya no parece que Internet nos proporcione una mayor libertad personal; más bien se parece a la anarquía monopolista que encumbró a los magnates ferroviarios del siglo XIX. Esa revolución también fue perturbadora, tanto desde un punto de vista económico como social. El desplazamiento ya no era lento sino rápido y terminó con la privacidad de los viajeros. Transformó las relaciones sociales, destruyó comunidades enteras y dio más poder al Estado. El ferrocarril fue una bendición y, al mismo tiempo, hacía ruido, era peligroso y podía ser feo.


Algunas personas influyentes, como el escritor John Ruskin y el poeta William Wordsworth se opusieron a esta revolución. Otros optaron por reivindicar el pasado. Construyeron estaciones de ferrocarril que parecían viejas casas de campo. La de Euston era como un templo griego mientras que la de St Pancras, parecía un ayuntamiento de Flandes. La modernización desenfrenada trajo consigo un movimiento que defendía la estética clásica. Se construyeron nuevas iglesias de estilo medieval, las novelas tenían un estilo gótico y el arte, prerrafaelita. Muchos se protegieron e intentaron bloquear un proyecto de ferrocarril que percibían como grande, perjudicial y negro como el hollín.


Cuando las revoluciones se asientan es necesario un proceso de ajuste. Con el tiempo se aprobaron leyes que regulaban la red de ferrocarril y su imagen fue mejorando. De la misma forma, ahora estamos intentando discernir cuáles son las cuestiones más relevantes de la red; qué es beneficioso y qué es perjudicial. Me gusta comprar por Internet pero no me gusta hacer gestiones bancarias por Internet. Soy usuario de la economía 'gig' o de 'los bolos' [sistema en el que predominan las contrataciones concretas para una actividad puntual] pero me da miedo que destruya la cohesión de mi barrio. Me fascina la inteligencia artificial pero me horroriza la obsesión de las agencias públicas por la vigilancia electrónica.
El resurgimiento de la tecnología retro no es negativa y tampoco un capricho hipster . Mi teléfono fijo funciona mejor que mi móvil y mi radio FM es mejor que la digital. Los fotógrafos afirman que las fotografías reveladas son mejor que las digitales. Y un DJ sabe que un disco de vinilo tiene unos graves más profundos.


En su estudio sobre la artesanía, el sociólogo Richard Sennett señaló que estamos programados para hacer cosas con las manos. “Lo hacemos por el mero hecho de hacerlo”, incluso si un ordenador podría hacerlo por nosotros. Esto incluye actividades tan dispares como tocar música, cuidar el jardín, pintar, cocinar y, evidentemente, viajar. De hecho, cuando se jubilan muchos trabajadores cualificados se sumergen en un mar de actividades de este tipo.


Estaba reflexionando sobre la última historia de terror de cómo el futuro digital terminará con muchos puestos de trabajo cuando leí un artículo sobre cómo las esposas de los altos ejecutivos financieros se gastan las bonificaciones de sus maridos. La mayoría se decantan por negocios que ofrecen “experiencias”: vacaciones, decoración de interiores, entretenimiento, estética corporal y tutores para los hijos. Eso sin contar el ejército de jardineros, entrenadores personales, terapeutas, subastadores, abogados, médicos y contables cada vez más expertos en separar “el patrimonio neto” de aquellos que lo tienen.


Se gastaron cada céntimo en servicios que requieren mucha dedicación por parte del proveedor. Obviamente, no todo el mundo está casado con un alto ejecutivo del sector financiero, pero las encuestas sobre gasto de la Oficina Nacional de Estadística británica revelan que no se consumen objetos sino experiencias.


Esta es la nueva economía de servicios de la que dependerá la prosperidad del Reino Unido tras el Brexit.


La digitalización ha hecho que nos situemos más allá de los objetos. Estamos pasando de la era digital a la era de las experiencias. En este caso, las nuevas tecnologías están al servicio de disfrutar de esta experiencia y no son una experiencia en sí mismas. La genial Ada Lovelace, considerada la primera programadora informática, ya lo había avanzado en el siglo XIX. Es la “economía de la vida”; de Ticketmaster a Tinder.


Me parece una tendencia muy alentadora. Indica que somos capaces de asimilar una revolución sin desgarrarnos; la prueba concluyente de la solidez de una civilización. Y hace que todas nuestras otras insatisfacciones parezcan menos graves.


Traducido por Emma Reverter

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Miércoles, 01 Febrero 2017 07:12

Guía para entender el neoliberalismo

Guía para entender el neoliberalismo

La mayoría de las veces el término neoliberalismo se usa para criticar la economía de mercado, como si fuera una palabra clave de cualquier argumento anticapitalista. Además, tampoco se entiende con facilidad por qué hay que ponerle prefijos al liberalismo, la filosofía política de los siglos XVIII y XIX sobre la que se sustenta la democracia moderna.


Sin embargo, el “neoliberalismo” es una corriente ideológica con unas características muy bien definidas, que toma algunos aspectos del liberalismo económico y los modifica sustancialmente para adaptarlos a los nuevos tiempos. Según Wikipedia la palabra se usa desde 1938, y aparece en un artículo de 1951 escrito por Milton Friedman, un reconocido impulsor del proyecto neoliberal.


Pero es Michel Foucault, un famoso filósofo francés, quien en 1979 explora en profundidad esta corriente de pensamiento durante un curso universitario publicado con el título El nacimiento de la biopolítica. Este autor también se muestra partidario del neoliberalismo, al que considera la forma de gobierno que mejor garantiza la libertad del individuo.


Según describe Foucault, las ideas neoliberales empiezan a fraguarse a partir de 1930, en Alemania, con la escuela de los “ordoliberales” (así se llamaban a sí mismos), y en Austria, con pensadores como Ludwig Von Mises y Friederich Hayek. Tras la II Guerra Mundial, el centro de gravedad de esta doctrina se traslada a la Escuela de Chicago, donde emigran muchos de sus impulsores.


Esta corriente teórica se desarrolló lentamente en entornos académicos reducidos, mientras que la realidad política iba por otros derroteros: las décadas posteriores a la guerra (1940-1970) estuvieron dominadas por las políticas keynesianas de gasto público y el desarrollo del Estado de Bienestar, con gobiernos progresistas, laboristas y de izquierdas.


La situación cambió en la década de 1980 con los triunfos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, quienes aplicaron a conciencia la políticas neoliberales, creando una nueva realidad social y política. Es entonces cuando comienza la globalización, triunfa la sociedad de consumo, y el ideal del éxito económico da lugar a un individualismo creciente. En Latinoamérica el neoliberalismo también se instala con fuerza, a veces gracias a dictaduras militares como la de Augusto Pinochet en Chile, donde se siguieron con vehemencia los consejos neoliberales de los “Chicago Boys”.


A partir de entonces el término neoliberalismo empieza a usarse de forma crítica para referirse a todas estas políticas basadas en la privatización de los recursos públicos, la liberalización de la economía y la destrucción del Estado de Bienestar. En Breve historia del neoliberalismo, el profesor de la David Harvey describe esta fase de aplicación de las políticas neoliberales:
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Esta interpretación del neoliberalismo como un proyecto político basado en el incremento de la desigualdad y la mercantilización de todos los recursos es a la que estamos más acostumbrados. Sin embargo, al ser una interpretación de la realidad política siempre se prestará a la discusión entre los que están “a favor” o “en contra” del sistema capitalista. Por ello, para salir del debate estéril, es necesario entender el origen histórico de la teoría neoliberal y su justificación ideológica.
Dos hechos que lo cambian todo


En la década de 1930 el mundo había sufrido grandes cambios. La guerra mundial había hecho que los Estados crearan “economías de guerra”, movilizando a toda la sociedad para sostener el esfuerzo colectivo de la guerra. La economía nacional se convierte entonces en asunto de Estado, que debe responsabilizarse de su buena marcha para hacer frente a los retos del mundo moderno.


Además, a principios del siglo XX los movimientos obreros habían demostrado ya con creces su poder de movilización, logrando el éxito de la revolución rusa. Esto hace necesario que, para mantenerse, el sistema de mercado necesite de forma clara la protección del Estado. En gran parte, la construcción de una “clase media” con capacidad de consumo fue vital para calmar las reclamaciones de los movimientos proletarios.


Estos dos factores históricos —la guerra mundial y la movilización obrera— hacen que las teorías liberales del laissez faire y el desarrollo autónomo del mercado queden desactualizadas. En cierto sentido, la I Guerra Mundial y la Revolución rusa son para liberalismo clásico lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo de Estado: el hecho histórico que muestra el agotamiento ideológico de un modelo político.


El mundo sobre el que James Stuart Mill, John Locke o Tocqueville habían desarrollado la filosofía política del liberalismo había dejado de existir; al igual que hoy en día el “proletariado” industrial del que hablaba Marx en el siglo XIX se ha transformado en algo diferente.


En estas circunstancias, los teóricos neoliberales recuperan algunos de los preceptos del liberalismo económico —olvidando completamente sus ideas políticas como los derechos civiles o la soberanía popular/nacional— para construir una nueva ideología, más acorde con los nuevos tiempos. El resultado es la idea de que el Estado tiene que esforzarse en promocionar el desarrollo de la economía de mercado.


La clave es que el Estado neoliberal no interviene sobre la economía, como proponen comunistas y socialdemócratas, sino sobre la sociedad. Su función es crear condiciones de libertad para los agentes económicos, previniendo que los movimientos sociales y políticos interrumpan el normal funcionamiento de los mecanismos competitivos del mercado.
Foucault lo explica mucho mejor que yo:


<El objetivo es hacer de la competición el único principio rector de la vida social, y del sistema de mercado el principio regulador de toda la sociedad. Tal como aclara más adelante: la política neoliberal “no debe entonces anular los efectos antisociales de la competencia, sino los mecanismos anticompetitivos que pueda suscitar la sociedad” (p. 190).>>
En resumen, el neoliberalismo es un modelo ideológico basado en la competición, a la que identifica como principio de progreso y condición de la libertad individual. Por ello, se opone frontalmente a las dinámicas de solidaridad y apoyo mutuo, a las que considera manifestaciones irracionales que se alejan de la búsqueda del beneficio propio.


Estaremos todos de acuerdo en que cada persona debe ser libre para decidir sobre que principios y valores quiere basar su vida; pero creo antes de alinearnos con una determinada ideología conviene conocer su origen, así como sus implicaciones teóricas y prácticas.

 

*El autor es profesor coordinador del Máster CCCD, miembro del grupo de investigación Cibersomosaguas y editor en Teknokultura

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La despolitización de lo político: la frivolidad del supuesto futuro sin trabajo

Existe hoy un debate en EEUU que tiene gran relevancia también para España. Tiene que ver con las causas del elevado deterioro del mercado de trabajo estadounidense y, muy en particular, del descenso en la capacidad adquisitiva de la población, consecuencia de la disminución de los salarios y de la pérdida de ocupación.


Para entender la importancia e intensidad de este debate, hay que ser consciente de que el establishment político-mediático estadounidense está en estado de shock, pues no se esperaban la derrota de la candidata demócrata, la Sra. Hillary Clinton, y, todavía menos, la victoria del candidato republicano, el Sr. Donald Trump, al cual siempre consideraron como un candidato con escasas posibilidades de éxito debido a estar fuera de los cánones de lo que un candidato deber ser y/o debe parecer. Su comportamiento teatral, sin embargo, atrajo gran atención mediática, garantizándole una gran exposición, que hábilmente utilizó para desacreditar al establishment político federal y a la mayoría de los grandes medios de comunicación, tarea relativamente fácil de realizar, pues tales establishments políticos y mediáticos eran ya altamente impopulares entre la mayoría de las clases populares. Una situación semejante ocurre en España, donde la mayoría de la población no cree que las instituciones llamadas representativas les representen, y la mayoría de la población considera a los grandes medios no creíbles en su presentación de la realidad política del país (he documentado en artículos anteriores la evidencia que apoya tal observación).


En realidad, solo dos candidatos transmitieron el hartazgo y rechazo de las clases populares hacia los mencionados establishments. Uno fue el candidato del Partido Demócrata, el socialista Bernie Sanders, y el otro el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, de la ultraderecha estadounidense. Era obvio que, de los dos, el más temido por la estructura de poder económico y financiero del país, y por lo tanto también por el establishment político-mediático del país, era Bernie Sanders, pues era él el que tenía un análisis más certero de las raíces del problema que afectaba a las clases populares (el maridaje entre el poder financiero y económico, por un lado, y las instituciones representativas, por el otro, vehiculado por un sistema electoral profundamente antidemocrático, que requería, para cambiarlo, una revolución política). La gran mayoría de las encuestas mostraban que el candidato Bernie Sanders podría haber ganado las elecciones si su adversario hubiera sido Donald Trump. Pero, repito, el enemigo número uno para el establishment político-mediático estadounidense era Sanders, y fue tal establishment el que se movilizó para destruirlo. Trump, sin embargo, aun cuando no contó con la simpatía de los medios, no fue considerado como una amenaza. Los medios lo ridiculizaron. Era, después de todo, un hombre del establishment financiero, gran defensor del sistema capitalista estadounidense, vulnerable al ridículo debido a su comportamiento teatral (y muy efectivo). Los medios nunca consideraron que pudiera ganar, y su atención hacia él derivaba del aspecto novedoso, escandaloso e irreverente. Pero casi nunca lo tomaron en serio, hasta el final, cuando se vio que podría ganar.


¿Cómo está ahora respondiendo el establishment político-mediático estadounidense al resultado de las elecciones?


El establishment político-mediático nunca aceptó que hubiera razones para que grandes sectores de la población le rechazaran, pues la economía –según tal establishment- estaba yendo muy bien. El economista, Premio Nobel y articulista del New York Times, Paul Krugman era y continúa siendo uno de los mayores proponentes de esta postura. Esta lectura se basaba, sin embargo, en la elección equivocada de los indicadores escogidos para definir la eficiencia y eficacia de la economía, tales como la tasa de crecimiento económico o la tasa de paro del país. Indicadores más sensibles del bienestar económico, como la renta de las familias, mostraban y continúan mostrando el notable descenso de dichas rentas familiares y el crecimiento muy notable del endeudamiento de las familias. En España el establishment político-mediático también asume un mejoramiento de la economía, mostrando como indicadores de tal mejoramiento el crecimiento económico y el descenso del desempleo, sin tener en cuenta el enorme deterioro del mercado de trabajo.


La evidencia del deterioro del mercado de trabajo, sin embargo, era tan manifiesta en EEUU que el argumentario cambió, apareciendo razonamientos que intentaban despolitizar la explicación del deterioro del mercado de trabajo y negando que tal deterioro se debiera a las políticas públicas neoliberales realizadas desde los años ochenta tanto por gobiernos republicanos (Reagan, Bush padre y Bush hijo) como por gobiernos demócratas (Clinton y Obama), que sistemáticamente han favorecido a las rentas de los propietarios y gestores de las grandes corporaciones estadounidenses transnacionales (lo que en EEUU se llama la clase corporativa) a costa del mundo del trabajo. Los responsables de la aplicación de tales políticas niegan (con la ayuda de los medios y de gran parte de los think tanks próximos al mundo del capital financiero) que fueran éstas las causas, atribuyendo tal deterioro (que, por fin, han admitido que existía) a los cambios tecnológicos como la robótica, que ha eliminado millones de puestos de trabajo, responsable del descenso de las rentas del trabajo. Como ejemplo, ponen el descenso del número de trabajadores en el sector manufacturero. La introducción de la robótica en los sectores industriales se presenta como la causa del deterioro del mercado de trabajo, con un descenso del número de puestos de trabajo, una disminución de los salarios y de los beneficios sociales, y un bajón de la calidad de vida, presentándose este deterioro como los “costes del progreso industrial”.


La falacia de tal argumento


Esta explicación ha adquirido una enorme visibilidad mediática y es parte del mensaje de que veremos un “futuro sin trabajo”, resultado de la revolución tecnológica, incluida la robótica. Respondiendo a esta avalancha ideológica, Dean Baker, codirector del famoso y prestigioso Center for Economic and Policy Research de Washington, EEUU, ha ido publicando a lo largo del año pasado una serie de trabajos que contienen una crítica devastadora de los argumentos que atribuyen el deterioro del mercado de trabajo predominantemente a los cambios tecnológicos. Señala lo que otros autores también han señalado previa y repetidamente. Si los cambios tecnológicos fueran responsables de tal descenso de la ocupación, tal descenso tendría que haber ido acompañado de un aumento de la productividad. Si en una empresa hay dos trabajadores y, resultado de la introducción de una nueva tecnología, solo hace falta un trabajador en lugar de dos para producir el mismo trabajo, ello quiere decir que la productividad de cada trabajador ha aumentado (en realidad, doblado), haciendo innecesario a uno de ellos. El cambio tecnológico, pues, si hubiera sido la causa del descenso del número de puestos de trabajo tenía que haberse traducido en un aumento de la productividad.


Pues bien, el número de trabajadores de la manufactura en EEUU ha ido disminuyendo y, sin embargo, la productividad, como promedio, no ha variado. Dean Baker muestra como la tasa de crecimiento de la productividad ha variado muy poco en la mayoría del periodo entre 1973 y la primera década del siglo XXI. No puede, por lo tanto, atribuirse el descenso de la población que trabaja en la manufactura a cambios en la productividad (y, por lo tanto, a cambios tecnológicos). Dean Baker señala, por ejemplo, que una de las causas más claras del descenso de puestos de trabajo es el cambio del cuadro exportaciones-importaciones en el sector manufacturero. Cuando las exportaciones en tal sector bajaban y las importaciones subían, sí que se ve que baja el empleo en la manufactura. Y ahí es donde aparecen las causas políticas, pues estas variaciones de comercio exterior están causadas, en gran parte, por los Tratados de Libre Comercio, que sistemáticamente han favorecido a las grandes empresas transnacionales a costa de la clase trabajadora. En realidad, gran parte de las importaciones son de productos de empresas manufactureras estadounidenses o de otras nacionalidades que producen para el mercado de EEUU, pero que se han desplazado a otros países (China o México) en busca de salarios más bajos y condiciones de trabajo peores que las existentes en EEUU. Y de ahí se explica la animosidad de los barrios obreros de los Estados donde la manufactura se concentraba, como Míchigan, Pensilvania, Ohio y Wisconsin, que habían votado demócrata siempre (incluido al candidato Obama en el 2008) pero que este año votaron al candidato Trump, puesto que este (y, todavía más, Sanders) había denunciado los Tratados de Libre Comercio. Vayan a ver dichos barrios y verán los resultados de estos Tratados, como el NAFTA (el tratado entre EEUU, Canadá y México).


Pero el impacto de los Tratados de Libre Comercio es mucho mayor que el producido por el desplazamiento de las fábricas y sus puestos de trabajo previamente localizados en el territorio de EEUU a otro país. En tal desplazamiento se pierden puestos de trabajo estadounidenses, pero el mayor impacto de este traslado no es solo el traslado en sí, sino el miedo y temor que se esparce entre todos los trabajadores del sector manufacturero, pues la amenaza, por parte del empresario, de irse a otros países y cerrar el lugar de trabajo es una amenaza constante, amenaza que es cada vez más real como consecuencia del enorme debilitamiento de los sindicatos, consecuencia, de nuevo, de leyes y normas antisindicales, aprobadas por los gobiernos tanto republicanos como demócratas y tanto a nivel federal como a nivel estatal (que quiere decir de los Estados autonómicos).


La introducción de la variable tecnológica es una variable política


Este intento de despolitizar lo que es profundamente político aparece también en la promoción (por parte de los establishments político-mediáticos) del argumento de que la revolución tecnológica nos está llevando a un futuro sin trabajo, olvidando que lo importante no es la revolución tecnológica en sí, sino el tipo, orientación y modo de aplicación de dicha revolución. El mundo del futuro, como el mundo del presente, será lo que las relaciones de poder (sobre todo de clase social) determinen. Hoy, como resultado del enorme dominio del mundo del capital en la configuración de la forma y utilización de los cambios tecnológicos, el mundo del trabajo está siendo debilitado enormemente, utilizando dicho capital la revolución tecnológica para debilitar más y más a este mundo.


Si las relaciones de poder cambiaran, con el mundo del trabajo en control del desarrollo tecnológico (tanto en su contenido como en su puesta en marcha) tal desarrollo podría orientarse en otras direcciones favorables a la mayoría de las clases populares, facilitando la eliminación del trabajo indeseado, la reducción del tiempo de trabajo (el crecimiento de la productividad ocurrido en los últimos 50 años permitiría una reducción muy notable del 30% de su tiempo) y su mejor distribución, así como la notable expansión de puestos de trabajo en las áreas sociales (como sanidad, educación, servicios sociales, vivienda, cuidado de la infancia y ancianidad, entre otros) y energéticas, estableciendo nuevas formas de energía y cambios en el sistema productivo. Las necesidades en estos sectores son enormes, necesidades que hoy están muy desatendidas, realidad que es especialmente acentuada en países donde tal mundo del trabajo es débil, como en el sur de Europa, incluyendo España.


Si en España el porcentaje de la población adulta que trabaja en tales servicios públicos del Estado del Bienestar (uno de los más bajos de la UE-15) fuera semejante al de Suecia, este país tendría unos 3,5 millones más de puestos de trabajo, reduciéndose significativamente el desempleo. El hecho de que en Suecia sea un adulto de cada cinco y en España sea uno de cada diez tiene, única y exclusivamente, la explicación de que en Suecia el mundo del trabajo es mucho más fuerte y tiene mayor influencia sobre el Estado que no en el sur de Europa. Suecia tiene mayor desarrollo tecnológico que no España, y en cambio produce mucho más empleo. Como ocurre en prácticamente todos los supuestos problemas económicos, las variables políticas (y no las tecnológicas o económicas) son las determinantes. El futuro dependerá de quién ejerce mayor poder sobre las instituciones políticas, financieras, económicas y mediáticas. Si continúa siendo el mundo del capital, el bienestar de las clases populares (que son la mayoría de la población) continuará descendiendo, alcanzando límites que nos retrotraería a etapas anteriores. Los años de vida de un trabajador estadounidense han ido disminuyendo, y enfermedades que se creía que habían desaparecido en el mundo capitalista desarrollado han reaparecido de nuevo. Son decisiones políticas, no desarrollos tecnológicos, las que están creando está situación. Qué tecnología crear y para qué usos emplearla viene definido por el grupo o clase social que la controla. Así de claro.

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La recuperación en América Latina será más débil de lo esperado

El Fondo Monetario Internacional recorta tres décimas el crecimiento para Brasil

y seis el de México este año


Nueva York 16 ENE 2017 - 12:04 COT

 

El Fondo Monetario Internacional trata de ser más optimista al afirmar que el crecimiento gana vigor tras un 2016 decepcionante. Según la última revisión de las cifras de la economía global, América Latina superará así la recesión, al expandirse un 1,2% este año. Pero será también más débil del esperado. Lo recorta cuatro décimas respecto a lo que se proyectó hace tres meses y advierte del impacto adverso de la incertidumbre política en un escenario de baja productividad, débiles inversiones y un comercio internacional sin garra. México sufrirá especialmente por la amenaza proteccionista de Estados Unidos.


Las economías latinoamericanas despidieron el año con una contracción del 0,7%, una décima peor de lo que se anticipó en otoño. Entonces, ya adelantó que se tocaría fondo y que rebotaría dos puntos porcentuales a lo largo de 2017. El de 2018 se mantiene en el 2,1%. El crecimiento para la región este año se queda así a menos de la mitad de camino del 3,4% que espera para la economía global. Las economías emergentes y en desarrollo lo harán un 4,5%.


El Banco Mundial publicó la actualización de sus proyecciones hace una semana. El organismo calcula que la expansión de la economía global se acelerará al 2,7% este año. El crecimiento en el grupo de los países emergentes y en desarrollo repuntará del 3,4% en 2016 al 4,2% en 2017. América Latina lo hará un 1,2%. Pero advierte que pese a la mejora, domina la incertidumbre.


El equipo que lidera Maurice Obstfeld, el economista jefe del FMI, hace un análisis similar. La coyuntura global afronta un panorama cambiante. “Los riesgos son significativos y difíciles de predecir”, indican. Citan expresamente el impacto de las políticas aislacionistas y proteccionistas. En América Latina, apuntan, la revisión a la baja refleja una menor expectativa de recuperación a corto plazo en Argentina y Brasil y el viendo en contra para México desde EE UU.


La salida de la recesión en la región se atribuye al salto que da la economía brasileña, la mayor del subcontinente. Las tensiones internas se moderan y ayuda que se haya recuperado el mercado de las materias primas. Eso permitirá que de contraerse un 3,5% crezca un tímido 0,2% este año y se acelere al 1,5% el que viene. Pero la expansión es tres décimas más débil de lo esperado. Y aunque no se toca para el próximo, el organismo pide incentivar la inversión para apuntalarlo.
Represalias comerciales


México, por el contrario, se frena. La expansión pasará del 2,2% en 2016 al 1,7% en este año. Es un recorte de seis décimas en la previsión, el segundo mayor tras el de Arabia Saudí. Se atribuye al pesimismo por la victoria de Donald Trump y a que las condiciones financieras son más restrictivas por el debilitamiento del tipo de cambio. La misma rebaja se hace para 2018, al 2%. A la espera de que las reformas estructurales empiecen a dar frutos, el temor es el impacto de la nueva dirección de la política comercial en EE UU.


Los efectos del cambio de gobierno en Washington irán en dos direcciones. Por un lado, el incremento de las inversiones en infraestructuras y el recorte de impuestos pueden acelerar el crecimiento de EE UU. Eso, en principio, es bueno para los que países hacen negocio con la mayor economía del mundo. Pero el proteccionismo de Donald Trump puede comerse ese impulso y crear tensiones, a lo que se suma una aceleración del alza de tipos de interés.


El impulso del plan económico del presidente electo tardará aún dos años en notarse y dependerá, en cualquier caso, de lo que se adopte en el Congreso. La mayor potencia del planeta pasará a crecer un 2,3% este año, desde un anémico 1,6% en 2016. Es una revisión al alza de una décima respecto a lo que se anticipó hace tres meses. De ahí volverá a subir dos décimas en 2018, hasta el 2,5%, casi medio punto más.


El FMI vuelve a insistir en que las reformas estructurales son la prioridad a la vista del pobre ritmo con el que crece la productividad. En la mayor parte de los casos ve posible apoyarlas con incentivos fiscales. Al mismo tiempo, defiende una mayor integración económica por vía de la formación de los empleados para así hacer al reto de la globalización y del cambio tecnológico, que se intensificarán en el futuro.

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Viernes, 13 Enero 2017 06:14

Tres despachos sobre Zygmunt Bauman

Tres despachos sobre Zygmunt Bauman

La vida. Pocos son los científicos sociales como Bauman (1925-2017) [goo.gl/nugJmB], cuya vida y obra se entrelazan tan íntimamente. Al contrario del dictum weberiano que "la sociología debe ser una esfera neutral libre de valores personales", Bauman abre la puerta a su propia existencia y sus preocupaciones. Suele asegurar que "para que algo tenga un valor, tiene que venir del reciclaje de las propias experiencias". Cada uno de los temas que analiza en sus más de 50 libros –modernidad, holocausto, libertad, ética, seguridad, comunidad, trabajo, socialismo, consumismo, educación, identidad, muerte, Estado, xenofobia, globalización, pobreza, migración, neoliberalismo, miedo, cultura, Europa o amor– lo vive de una u otra manera durante su larga, tendida entre la Gran Depresión de los 30 y la reciente "crisis de los refugiados", vida. Esto es aún más cierto en su "último periodo", cuando empieza a componer "un solo libro" sobre "el cambiante estado de agregación de la modernidad", que va dividiendo en "libritos" (Büchleins) llenos de "retornos" y repeticiones. Pero también su obra más importante – Modernidad y holocausto (1989)– nace "desde lo personal": gracias a la inspiración y vivencias de su primera esposa, Janina. A pesar de haber experimentado pobreza, guerra, purgas y exilio –o igual por eso–, Bauman parece amar la vida. Así, siempre entendía a su inseparable pipa, un vasito de whisky o vodka en las tardes y el gusto de estar con la gente. De allí vienen sus continuas alertas sobre diferentes peligros que corre nuestra sociedad. De allí que –tras quedarse viudo en 2009– se vuelve a enamorar y casar por segunda vez.

Él mismo. Así, abriendo un poco una puerta, mantiene un pie a la otra, la de su vida personal. En ocasiones, cuando indago sobre su –fascinante y turbulento– pasado dice "que es uno de los temas más aburridos de los que pudiera hablar" o que "no sabe contar historias sobre sí mismo" (...aunque es uno de los mejores storytellers en la sociología). Una vez, cuando a Peter Beilharz, otro sociólogo y su joven colega, se le ocurre escribir un texto "más personal" (Bauman’s coat, 2007), donde describe sus visitas a la casa del pensador polaco en Leeds, éste se siente molesto. “Luego –me dice Beilharz–, reseñando mi libro sobre el gran intelectual australiano Bernard Smith, en una alusión a esto me reprochó que me interesan más los ‘ornitólogos’ que los ‘pájaros’”. A Bauman, "el gran ornitólogo" [científico social], no le gusta que "los pájaros" [todos nosotros, objetos de sus estudios] lo estén mirando. De repente suelta algún detalle en una que otra entrevista, pero como "una excepción que confirma la regla". A pesar de esto, en 2011 –sólo Dios sabe por qué– se nos ocurre con Artur Domoslawski [autor de la biografía de R. Kapuscinski a la que Bauman de hecho escribe un comentario] proponerle una serie de pláticas para un futuro libro biográfico. Sabemos bien de sus reticencias. Pero –sólo Dios sabe por qué– pensamos que a nosotros nos va a decir "Sí" (¡vamos a ser los primeros e únicos!). Aun así parece que desde el inicio ambos presentimos algo: “¡Anda, escríbele tú –le digo–, que lo conoces de más tiempo!”; “¡Anda, escríbele tú –me dice–, que tienes mejores contactos con él!” Finalmente le escribo yo. Pronto llega una respuesta, seca e inapelable ["No"], junto con las consecuencias: un pasajero embargo a las comunicaciones, el castigo por haber violado "la regla" y abusado de su confianza. Tardo casi un año en restablecerla.

La muerte. Para él, es uno de los "grandes ausentes" en la sociología y en la modernidad en general ("la sociedad de consumidores perdió la capacidad de hablar sobre la muerte"). Para remediarlo escribe Mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de la vida (1992). Subraya que la muerte es "parte integral de la experiencia de la vida", "idea constitutiva de nuestra sociedad", "último horizonte de la imaginación sobre ella" y "principal condición de la existencia de la cultura" (con la cual tratamos de "sobrevivir a nuestra propia muerte"). Una vez dice que éste “es su libro favorito de los suyos. Con José Saramago –cuya novela Las intermitencias de la muerte (1998) [¡otro favorito!] narra una historia de un país imaginario donde un día la gente deja de morir– comparte la convicción de que la inmortalidad sería tanto "fuente de posibilidades" como origen de nuevos y serios problemas. Pasando los 85 años empieza a quejarse de su "imperdonablemente larga vida" y de "vivir de tiempo prestado". Cuando una vez le pregunto por los planes, dice que quiere viajar lo más que pueda con las ponencias "para huir de la soledad después de la muerte de Jasia [Janina], provocando a la suerte, pidiéndole a la huesuda que se apure, facilitándole el trabajo a la inevitabilidad..." Su nuevo amor seguramente alteró estos "planes", pero no cambió el horizonte. En uno de sus últimos libros cuenta una historia de cómo –ya acercándose bien a los 90– se le ocurre llenar un cuestionario online para pronosticar "el tiempo restante de la vida"; completada la operación en la pantalla aparece el resultado: "Según nuestros cálculos usted ya está muerto. ¡Que tenga buen día!" La repite unas veces más en sus siguientes Büchleins hasta que un día ya no logra engañar el cálculo de probabilidades y eludir a la inevitabilidad.

Coda. Convirtiendo a su sociología en "una especie de literatura", Bauman solía "pedir prestado" tanto de sus colegas pensadores como de los novelistas: Kafka y Kundera, por ejemplo, eran para él "los más perspicaces sociólogos jamás".

Lo mismo aplicaba a Italo Calvino: le gustaba retratar a los miembros de su "sociedad líquida" como habitantes de las calvinianas "ciudades invisibles" como Leonia, "donde el progreso se medía por la cantidad de cosas y personas desechadas".

En los 80 Calvino preparó una serie de ponencias (Seis propuestas para el próximo milenio, 1988), cuyos temas –levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad– parecen un manual de estudios baumanianos avant la lettre.

El trabajo sobre la sexta ponencia –consistencia– fue interrumpido por la muerte del autor.

Siempre me parecía el término exacto para hablar de la vida, obra y –ahora– la muerte misma de Bauman que, criticando los "excesos" de nuestra sociedad, destacaba por su humildad y, si pecaba de algo, era quizá de su desbordante hospitalidad y generosidad.

 

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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&quot;No controlamos al &#039;smartphone&#039;, éste nos controla y conforma nuestras vidas&quot;

Entrevistamos a Jorge Riechmann, profesor de Filosofía Moral, matemático y poeta, autor del libro '¿Derrotó el smarthpone al movimiento ecologista?'.


El 40% de los españoles miran el móvil más de 50 veces al día y el 70% a los 30 minutos de haberse despertado, según un informe de la consultora Ditendria. ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista? es el título del libro recientemente publicado en Catarata por el profesor de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, matemático y poeta Jorge Riechmann (Madrid, 1962). El subtítulo de este ensayo de 256 páginas, 'Para una crítica del mesianismo tecnológico', ya avanza algunas líneas de pensamiento por las que transita el filósofo.


"La creencia básica de nuestra sociedad –casi nunca formulada de manera explícita– es que la tecnociencia prevalecerá sobre las leyes de la física y la biología; es una creencia profundamente irracional, pero la cultura dominante la mantiene contra viento y marea", afirma.


Riechmann defiende la idea de contención en un sistema económico como el actual, al que adjetiva como "fosilista" y "patriarcal". En 2012 publicó El socialismo puede llegar sólo en bicicleta (Catarata). Actualmente trabaja en la propuesta de un "ecosocialismo descalzo", que podría concretarse en comunidades con algo de industria ligera, tecnologías intermedias y, sobre todo, una gran descomplejización que implicara –en el plano material– niveles de vida mucho más modestos. Sus comentarios y reflexiones pueden seguirse en el blog Tratar de comprender, tratar de ayudar.


En el libro ¿Derrotó el smarthpone al movimiento ecologista? (Catarata, 2016) planteas los riesgos de un totalitarismo tecnológico. ¿Pero no ha ocurrido esto siempre? La irrupción de la fotografía y el cine en los albores del siglo XX inauguró nuevos tiempos de vértigo. Y García Márquez defendía el bolígrafo y la libreta de notas como arma fundamental del periodista, frente a la diabólica grabadora...


No se trata de asuntos que haya que plantear en términos de tecnofobia o tecnofilia, creo. Pero sí que deberían hacernos reflexionar sobre nuestra relación con las tecnologías. Por cierto, ya el hecho de que cuando en esta sociedad se dice "tecnología" sin más la referencia sean gadgets microelectrónicos e informáticos constituye un poderoso indicio de que las cosas no van bien. ¿Por qué la "tecnología" por antonomasia ha de ser una tableta conectada a internet, por ejemplo, y no la píldora anticonceptiva o el motocultor, pongamos por caso?


Casi todo el mundo sigue anclado en el paradigma de la herramienta aplicado a la tecnociencia... Por ejemplo, uno entre mil posibles, Jorge Marirrodriga puede articular su reflexión sobre la tecnociencia en la idea de que "la historia de la humanidad está llena de maravillosas invenciones empleadas como herramientas terroríficas". Pero este paradigma es radicalmente inadecuado. Las herramientas las controla el usuario; las dinámicas sistémicas conforman y moldean a la gente. La tecnociencia es una dinámica sistémica, no una herramienta ni un conjunto de ellas. No controlamos al smartphone, sino que éste conforma nuestra vida, nos controla a nosotros y nosotras.


¿Habría algún modo de que el ser humano pudiera recuperar ese control?


La pregunta sobre si podemos orientar la tecnociencia de acuerdo con los intereses humanos básicos es verdaderamente abismal, no resulta nada claro que pueda contestarse con un "sí". Quizá perdimos la oportunidad para ello en los años 70 del siglo XX, cuando Ivan Illich reflexionaba sobre "tecnología convivencial" y se desarrollaba cierto movimiento social en torno a las tecnologías intermedias, "blandas" y alternativas (orientadas a la autoproducción de valores de uso, no a la producción masiva para mercados capitalistas). Recomiendo echar unas horas explorando la revista/blog Low-Tech Magazine, de fácil acceso en internet (y con versión en español).


¿Pueden las sociedades high-tech ser sostenibles en el siglo XXI? Todo indica que la respuesta es "no". Ésa sería la mala noticia. La buena noticia es que sociedades low-tech pueden proporcionar una vida buena a la enorme, excesiva población humana que somos en la actualidad, a condición, eso sí, de transformar a fondo nuestra cultura y valores... Son los problemas de que me he ocupado en mi libro Autoconstrucción (2015).


Estas cuestiones se vinculan con la siempre creciente aceleración social...


Hoy los investigadores e investigadoras en ciencias de la Tierra nos llaman la atención sobre lo excepcional de esos decenios de desbocados crecimientos exponenciales (en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial) que hay que llamar la Gran Aceleración; los geólogos nos advierten sobre el Antropoceno; y sociólogos-filósofos como Hartmut Rosa tratan de desentrañar los mecanismos de nuestra enloquecida aceleración social.


Los crecimientos exponenciales incrementan, exponencialmente, la gravedad de los problemas. Que nos permitamos ignorar algo tan obvio resulta demencial. La "ley de Moore" contra la ley de la entropía: ésa es la apuesta de Silicon Valley en los arranques del siglo XXI. Cuesta creer que el mundo sea tan descabelladamente irracional como para seguirles el juego, pero así es.


La creencia básica de nuestra sociedad –casi nunca formulada de manera explícita– es que la tecnociencia prevalecerá sobre las leyes de la física y la biología (termodinámica y ecología sobre todo). Sin esa creencia no podría mantenerse la fe en el crecimiento económico constante y el "progreso". Es una creencia profundamente irracional, pero la cultura dominante la mantiene contra viento y marea...


¿En qué ejemplos concretos se materializan estos principios generales?


En estas navidades de 2016-2017 me fijé en una gran valla propagandística de Renfe, cerca de la estación de Cercanías de Las Matas: "AVE Madrid-León en dos horas". Ésos son los triunfos de que podemos enorgullecernos, nos conmina la ideología dominante... Ay, la mayor parte de la sociedad española asumió con entusiasmo el fetichismo de la velocidad y el crecimiento económico –contra los valores alternativos de justicia, "igualibertad", autonomía, medida humana, sustentabilidad, biofilia... El sistema sólo ve una carrera entre la autodestrucción y la tecnología, pero la verdadera carrera es entre cambio sistémico y destrucción.


También el libro es una crítica rotunda al "transhumanismo". ¿Se trata de una corriente filosófica, de una ideología...? ¿En qué consiste y quiénes son los adalides?


Desde hace años (por precisar, desde mi libro Gente que no quiere viajar a Marte, en 2004, y antes en algunos textos que lo precedieron) he llamado la atención sobre lo siguiente. Teniendo en cuenta la dinámica autoexpansiva del capitalismo, uno no puede ser de forma coherente un true believer en el orden socioeconómico actual sin volverse "antropófugo", es decir, sin tratar de escapar de la condición humana en dos direcciones (por lo demás vinculadas entre sí): la expansión extraterrestre en primer lugar, y la superación del organismo humano (percibido como deficiente en la Era de la Máquina) en segundo lugar. Esta última es la senda del transhumanismo, una poderosa corriente cultural que se plasma en diversas iniciativas tecnocientíficas y empresariales.


El proyecto ecologista de autocontención se enfrenta al proyecto productivista y antropófugo de extralimitación, de autotrascendencia tecnológica, con ese doble impulso de abandonar la condición humana hacia lo extraterrestre y hacia lo transhumano.


Aunque la idea de lo "transhumano" (superar al Homo sapiens hacia nuevas especies de humanos) tenga lejanos orígenes religiosos, en su forma moderna aparece seguramente con el libro de Robert Ettinger Man into Superman, de 1974. Puede hallarse una útil reflexión sobre el asunto en el capítulo 9 del libro de Ugo Bardi Los límites del crecimiento revisitados, que se tradujo al español hace un par de años.


Nuestra cultura tecnolátrica espera grandes novedades (¡y hasta la salvación!) de la robótica, la biología sintética, las nanotecnologías... No espera grandes novedades en el terreno de la convivencia humana. Contra el transhumanismo, lo esencial de nuestra tarea de autoconstrucción sería aceptar la condición humana y rechazar la dominación.


¿En qué consiste el "ecosocialismo descalzo" que propones?


Nuestra cultura tecnólatra cree que el ingenio humano prevalecerá frente a las leyes de la termodinámica y la ecología; pero es un sueño delirante al que seguirá un despertar doloroso. Esta cultura tiene problemas masivos para asumir la realidad y fijar prioridades correctamente. Se da por sentada la continuación de una sociedad de alta energía, abundancia de recursos naturales, gran complejidad, alta tecnología, que sencillamente no está ya en nuestro futuro. ¡Nuestra idea de la liberación humana –y animal– es fosilista! El petróleo –la inmensa riqueza energética de los combustibles fósiles– nos metió en una trampa. Pero no es una trampa sólo económica, ni ecológica, es una trampa antropológica.


Los movimientos socialistas (en sentido amplio: comunistas, socialistas, anarquistas) necesitan una idea no fosilista de la liberación, y para eso deberían repensarlo casi todo. Y lo mismo sucede con los movimientos feministas, los movimientos antirracistas, los movimientos animalistas...


He acuñado la expresión "ecosocialismo descalzo" por analogía con la economía descalza de Manfred Max-Neef. No deberíamos esperar soluciones high-tech y sociedades de alta energía, sino más bien –como mejor posibilidad– comunidades con algo de industria ligera, basadas en tecnologías intermedias... Pero bajo la premisa de una gran descomplejización; y la expectativa de un nivel de vida muy modesto en lo material, en comparación con lo que hoy –de forma nada plausible– sigue prometiendo la ideología dominante.


Ecosocialismo descalzo es socialismo ecológico libre de prometeísmo, que se hace cargo de los límites biofísicos del planeta y los determinantes de la condición humana. Hoy el desafío principal es mantener el nivel de civilización que a trancas y barrancas se logró de forma parcial en el siglo XX (democracia, derechos humanos, seguridad social con sanidad universal, etc.) con un consumo de recursos naturales reducido drásticamente (a una décima parte del actual, si pensamos en las sociedades prósperas como la española hoy). A esto Harald Welzer lo llama una Modernidad decreciente, o menguante, o contractiva (eine reduktive Moderne frente a la Modernidad expansiva que marcó los últimos cinco siglos); yo lo llamo ecosocialismo descalzo.


¿Y en qué consiste, para el lector profano en la materia, la disyuntiva entre Barry Commonner e Ivan Illich?


Bueno, no se trata tanto de una disyuntiva excluyente como de la necesidad de una síntesis... Barry Commoner (1917-2012) fue un ecólogo y ecologista estadounidense, científico y a la vez activista social en conjunción ejemplar, cuyo planteamiento de reconstrucción ecológica de la sociedad industrial resulta relativamente fácil de asumir por las izquierdas de raigambre marxista.


Mi maestro Manuel Sacristán, por ejemplo, y todos sus amigos y discípulos de la revista Mientras Tanto, lo apreciaban mucho e hicieron cuanto pudieron por difundir su pensamiento. Yo tuve ocasión de volver sobre él hace poco, en un artículo titulado Barry Commoner y la oportunidad perdida (publicado en Encrucijadas).


En cambio, Ivan Illich (1926-2002) ha resultado un pensador mucho más problemático para estas tradiciones. El mismo Sacristán se refería al "ambiguo privatismo" de Illich en una conocida entrevista con la revista mexicana Naturaleza en 1983 (luego recogida en su libro póstumo Pacifismo, ecología y política alternativa, 1987).


Para decirlo sin rodeos: diferentes familias de la izquierda han tendido a ver a Illich casi como un intelectual reaccionario, pero ese juicio, en el segundo decenio del siglo XXI y en medio del colapso civilizatorio en que estamos, necesita revisión. Su gran aportación –expresada en mis propios términos– es la idea de que sobrepasados ciertos límites, el desarrollo se convierte en un sobredesarrollo contraproducente. Hay que releer Energía y equidad (1973) y otros textos suyos, que contienen mucha crítica acertada y sugerencias valiosas. También desaciertos, claro, pero ¿con qué autor o autora no sucede algo semejante?


¿Por ejemplo?


Uno de esos desaciertos en Illich es un desenfoque importante: apuntaba su artillería pesada contra un Welfare State que se le aparecía cuasi-orwelliano, como si ése fuese el futuro de las sociedades industriales, y lo que vino fue la "nueva razón del mundo" neoliberal de Thatcher y Reagan...


Otra limitación que cabe indicar: el ecologismo ha promovido y sigue promoviendo –en mi opinión– tres valores básicos: supervivencia (o autoconservación), autonomía (libertad humana en sentido fuerte) y biofilia. Hay que decir que, por desgracia, ninguno de los tres ha resultado de gran peso frente a aquel valor básico para las sociedades industriales que identificó Cornelius Castoriadis: el incremento ilimitado del (pseudo)dominio (pseudo)racional. Por desgracia para los habitantes –humanos y no humanos– del tercer planeta del Sistema Solar: pero ésa es otra historia.


Pues bien, de esa terna o tríada de valores básicos de los movimientos ecologistas, Illich se fijó en el segundo, pero apenas en los otros dos. Es un extraordinario analista y activista de la autonomía, pero tiene muy poco que decir sobre supervivencia o biofilia: y esto supone, sin duda, una limitación importante. Otros intelectuales del ecologismo en aquellos años sesenta y setenta, como los esposos Ehrlich, por ejemplo, pecaban justo de la limitación contraria: tenían cosas importantes que decir sobre supervivencia y biofilia, pero en cambio eran muy ciegos para las cuestiones de autonomía.


¿Por dónde podemos enlazar mejor los marxistas con Illich? Su noción de contraproductividad conecta con la intuición marxiana sobre el carácter ambivalente de las fuerzas productivas (que son la vez fuerzas destructivas). La crítica benjaminiana del progreso también conecta con los cuestionamientos de Illich. Creo que un marxismo benjaminiano puede desarrollarse, sin hacer violencia a los conceptos, hacia un marxismo illichiano, que puede ser un componente valioso de un ecosocialismo descalzo.


Citas un texto de Santiago Alba Rico en el que se afirma que el capitalismo es, en lo esencial, una rebelión contra el tiempo y los límites. Dicho en otros términos, la construcción de una sociedad nihilista, desregulada y sin apenas normas. ¿Estás de acuerdo? ¿No podría afirmarse que hoy la libertad individual es muy superior a la de hace unas décadas?


Bueno, yo me cuidaría mucho de ser triunfalista con respecto a la libertad en un mundo donde gigantescas burocracias privadas no sometidas a ningún control democrático (pensemos en Google o en Goldman Sachs) deciden más sobre el destino de todas y todos nosotros que ningún gobierno electo... Y donde las políticas en curso conducen al deterioro de las condiciones para la libertad, la vida buena e incluso la mera supervivencia de la humanidad (por no hablar de los demás seres vivos con los que compartimos la biosfera). Son asuntos para considerarlos despacio.


¿Libertad es poder elegir entre diferentes modelos de smatphone, o poder bañarse al aire libre en ríos no contaminados? ¿Libertad es optar entre bienes comerciales predeterminados heterónomamente, o poder decidir en común qué deseamos producir y consumir? ¿Libertad es selección de personal entre élites gobernantes autolegitimadas, o autodeterminación política en el seno de nuestras comunidades? Libertad de quién, libertad a costa de quién, libertad para cuántos, libertad hacia qué metas, libertad en qué sentidos, libertad con qué impactos: éstas son preguntas relevantes que no podemos dejar de plantear...


Para empezar, soy de quienes piensan –con gentes como Étienne Balibar y Cornelius Castoriadis– que el concepto relevante es el de igualibertad: tenemos buenas razones para pensar que los principios de igualdad y libertad sólo pueden realizarse conjuntamente (y que las tensiones principales, como suele subrayar Zygmunt Bauman, no se dan tanto entre igualdad y libertad como entre libertad y seguridad). Esta “coimplicación” de libertad e igualdad ya la razonó uno de los grandes pensadores de la Ilustración –y, por cierto, uno de los pocos que cuestionaron el androcentrismo y defendieron los derechos de las mujeres–, Marie Jean Antoine Nicolas de Caritat, el marqués de Condorcet (1743-1794): la desigualdad –no sólo socioeconómica, sino también de conocimientos y funciones– es enemiga tanto de la libertad efectiva como de la igualdad de derechos.


¿Se trata, así pues, de resolver la relación problemática de la libertad con la igualdad y la seguridad?


Y también está el enorme asunto de cómo ejercemos nuestras libertades y derechos en un “mundo lleno”, en un planeta Tierra saturado en términos ambientales, donde la humanidad ya se encuentra en situación de overshoot o extralimitación ecológica... Pensemos un momento en la polémica generada estos días navideños de 2016-17 en Madrid, a cuenta de las restricciones al tráfico automovilístico impuestas por el Ayuntamiento de la ciudad en una situación de grave contaminación atmosférica. Se ha invocado ruidosamente –sobre todo desde sectores de la derecha– el supuesto derecho del usuario individual a rodar en su coche sin trabas. Pero precisamente en un mundo en extralimitación ¡no existe tal derecho! Pues sólo puede sustanciarse a costa de la salud o las perspectivas vitales de otros individuos, humanos y no humanos...

¿Cuáles de nuestras prácticas de movilidad son generalizables y sustentables en 2017? Un coche más hoy es un campesino menos en el futuro, advertía Nicholas Georgescu-Roegen (uno de los grandes economistas del siglo XX, que tendría que ser tan famoso como Keynes si la cultura dominante no deformase tan trágicamente la realidad): pero el futuro del que hablaba es nuestro presente.


Muchos derechos, para materializarse, exigen recursos, en última instancia, cantidades importantes de materia-energía de baja entropía. Siendo casi 7.500 millones de seres humanos en situación de extralimitación ecológica, ¿qué podemos permitirnos y qué no? Los vuelos low-cost no pueden considerarse un derecho adquirido, ni defenderse como parte de ningún paquete de “calidad de vida”. En el número 113 de la revista Ambienta, que se encuentra con facilidad en internet, hay un útil artículo de Ernest Garcia para situar estos debates: “Los derechos humanos más allá de los límites al crecimiento”.


¿Está la especie humana a tiempo de evitar el “colapso” ambiental? ¿El “colapso” supone la destrucción del planeta, o más bien la desaparición de la vida humana tal como hoy la conocemos? ¿Se utiliza con excesiva alegría la noción de “colapso”? (Fernández Durán y González Reyes afirman que colapso, crisis y salto adelante son categorías inherentes a los sistemas complejos).


Si atendemos a la mejor información científica disponible, resulta difícil evitar la conclusión de que estamos en una trayectoria de colapso. La primera persona del plural se refiere a esa civilización industrial que, en la forma de capitalismo fosilista y patriarcal, se ha hecho por desgracia dominante en el mundo entero.


Eso no quiere decir “destrucción del planeta” (el fenómeno vida es extraordinariamente persistente, fuerte y resiliente; la vida como tal seguirá adelante) sino destrucción de las perspectivas de vida buena para los seres humanos, y por supuesto para muchos otros seres vivos también. Quiere decir ecocidio acompañado de genocidio.


Quizá una imagen que capta bien la situación en que nos encontramos sea la siguiente. En su huida hacia adelante, las sociedades industriales se parecen a un corredor en una carrera de obstáculos, pero con vallas que van acercándose y aumentando de altura (¡rendimientos decrecientes condicionados por la segunda ley de la termodinámica!)... y el corredor lo fía todo a sus zapatillas mágicas, que la multinacional del ramo está a punto de construirle, le aseguran.


¿Qué representan estas vallas?


Una valla es el cénit del petróleo (peak oil), pero un poco más allá está la valla aún más temible del “pico” conjunto de todas las formas no renovables de energía. Y muy cerca de ella el agotamiento de los fosfatos (con devastadoras consecuencias para el modelo dominante de agricultura industrial). Y un poco más allá la esquilmación de los acuíferos, y también la de las pesquerías mundiales. Y cerca, igualmente, los “picos” de metales y minerales esenciales para las economías industriales, desde el neodimio al litio pasando por el tantalio. Y también múltiples vallas vinculadas con la degradación de los ecosistemas y la Sexta Gran Extinción de especies vivas... Y las terribles vallas del calentamiento global, claro está, con sus múltiples consecuencias (entre ellas la acidificación de los océanos). Un horizonte que, según las previsiones optimistas, se tornará apocalíptico en la segunda mitad del siglo XXI; y según las previsiones pesimistas, antes de esas fechas (dentro de lustros, no de decenios). Compañeros, compañeras, ¿seguimos debatiendo acerca de la Renta Básica y el sexo de los ángeles o intentamos hacernos cargo de la realidad?


Resulta demasiado arriesgado fiarlo todo a las zapatillas mágicas de la tecnociencia (por no hablar del significado ético de tanta devastación)... Así que todo indica que el colapso ecosocial va a producirse, sí o sí. En el brutal choque del capitalismo contra los límites biofísicos del planeta que determina nuestro presente, basta con poder posponer uno de esos choques contra un límite concreto unos años en el tiempo para ver aparecer otro límite enseguida, aún más imponente. Y miremos hacia donde miremos, por lo demás, los plazos se nos han acortado. No es realista, creo yo, seguir planteando horizontes de cambio a 2050. Lo que necesitaríamos es una “contracción de emergencia” anticapitalista e igualitaria, ecosocialista y ecofeminista, pero ¿hay fuerzas para ello?


En libros y conferencias has citado el ejemplo de Cuba durante el Periodo Especial, tras la implosión de la URSS. ¿Por qué sería éste un modelo de “decrecimiento”? ¿Hay otros ejemplos que puedan servir como punto de referencia, o se trata de caminar hacia el decrecimiento de manera obligada, como ocurrió en Cuba, y sin modelos a los que mirar?


En lo histórico-social, aunque comprensiblemente tendemos siempre a buscar modelos (de forma “humana, demasiado humana”), deberíamos ser conscientes de que éstos apenas existen como tales. Demasiado singulares son los rasgos de cada concreta formación social en cada situación histórica concreta. ¿Quiere esto decir que no podemos aprender de las experiencias históricas del pasado? De ninguna manera –aunque ello nos cueste tanto. (Homo sapiens acumula cantidades ingentes de conocimiento, suele decir John Gray, pero parece congénitamente incapaz de aprender de la experiencia.

)
De Cuba podríamos aprender lecciones valiosas: de qué forma una sociedad industrial compleja y petrodependiente hace frente a una súbita escasez energética, como ocurrió allá cuando la implosión de la Unión Soviética redujo drásticamente el abastecimiento de petróleo en muy poco tiempo, a partir de 1991-1992. Emilio Santiago Muíño ha escrito una excelente tesis doctoral sobre el “Período Especial” cubano, con la vista puesta en nuestros propios “períodos especiales” hacia los que vamos: se titula "Opción cero" y está disponible en su blog, Los Niños Perdidos.


Pero otras experiencias históricas nos ofrecen también lecciones parciales, de las que cabe aprender: el libro Colapso de Jared Diamond (2005) está precisamente articulado sobre esa premisa, vale la pena releerlo.


Un caso interesante es Bizancio. Confrontado a la posibilidad de colapso, Bizancio reaccionó bien: Joseph A. Tainter contrasta el Imperio romano de Occidente, y su triste final, con el Imperio bizantino, donde en el siglo VII se adoptó “una estrategia que es realmente rara en la historia de las sociedades complejas: la simplificación sistemática”. También Lewis Mumford trató esta importante cuestión histórica en El pentágono de poder.


Me gustaría insistir sobre algo que enfatizaba Joaquim Sempere (uno de los escasos intelectuales ecosocialistas de nuestro país, de la escuela de Manuel Sacristán) en una reciente entrevista que le hizo Nuria del Viso, y que se publico en la web de FUHEM-Ecosocial y en Rebelión: “La sociedad productivista-consumista genera incesantemente expectativas materiales cada vez más altas, lubricando así la tendencia al crecimiento, pero con efectos psicológicos y morales devastadores porque reproducen sin cesar la insatisfacción (que a su vez realimenta el deseo de más cosas). Tenemos que aprender a controlar la formación de nuestras propias expectativas, a adaptarlas a lo que es psíquicamente razonable y ecológicamente posible. La palabra clave en esto es autocontención”.


Pues eso: la clave es la autocontención.


Por último, ¿ha derrotado el smarthpone al movimiento ecologista?


Si el ser humano fuese la medida, no de todas las cosas, pero sí de las cosas humanas; y si el sentido de la vida fuese vivir, nada en nuestra organización socioeconómica –capitalismo fosilista y patriarcal– podría funcionar como lo hace.
Seguimos en el segundo decenio del siglo XXI hablando de la Gran Encrucijada (ése es el título del libro de Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego, publicado hace unos meses), pero en realidad ésta es la que se abría ante la humanidad hace cuatro decenios, en los años setenta del siglo XX. Y entonces tomamos el camino equivocado: la fatídica vía del capitalismo neoliberal de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.


En los años setenta del siglo XX, eso que yo llamo ecosocialismo descalzo podía perseguirse como una opción deseable entre otras opciones posibles. No difiere esencialmente de lo que Ivan Illich dibujaba como ideal de madurez industrial y tecnológica hacia 1975. Hoy el elemento de constricción es mucho mayor, porque ya no somos 4.000 millones de seres humanos (ésa era la población humana mundial en 1975), sino que vamos camino de los 8.000 millones, porque hemos ido agotando toda clase de recursos naturales bióticos y abióticos, porque desgarramos cada vez más la trama de la vida, porque está en marcha un calentamiento global devastador...


Ahora ya no se trata de una opción deseable entre varias posibles: si mantenemos el valor de 'igualibertad' básico para la izquierda, es la opción obligada. Y, pese a ello, resulta obvio que las fuerzas ecosocialistas son minúsculas en el turbulento panorama sociopolítico actual. Nuestras perspectivas, por tanto, parecen harto complicadas...

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El arte de la política: Cómo diseñar un futuro alternativo desde la izquierda. Entrevista a David Harvey

Ha escrito sobre urbanismo, medioambiente, neoliberalismo, posmodernidad y marxismo; para muchos es uno de los principales autores vivos de las humanidades. El británico David Harvey llegó a Uruguay en el marco de la celebración de los 100 años de la Facultad de Arquitectura, y recibirá el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de la República.


-Con el ascenso de Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Bernie Sanders en Estados Unidos, Syriza en Grecia y Podemos en España, pareciera que existe un renacimiento de la política radical y de izquierda a lo largo de Europa y Estados Unidos. ¿Cuáles son sus impresiones sobre el estado de la izquierda en el Primer Mundo?


-Quisiera ser optimista, pero francamente soy más bien cauto, por varias razones. Lo impactante de Sanders y Corbyn es que fueron una gran sorpresa para la prensa convencional. Me da la impresión de que esa prensa ha construido una narración sobre cómo es el mundo y está muy cómoda en esa narración, que no incluye a gente como Corbyn o Sanders como gente con influencia alguna. Esa narración estuvo equivocada desde el principio: estaban ocurriendo muchas más cosas de lo que se reconocía.


Se puede rememorar algunos de los movimientos sociales de masas que sorprendieron a la gente, como las enormes manifestaciones contra la guerra en 2003. Nuevamente, éstos fueron eventos sorprendentes, que se desvanecieron más bien rápido. La razón por la que soy cauto en relación a lo que puede ocurrir es que veo que Syriza, por ejemplo, llegó en una posición muy fuerte, y ahora se está manteniendo en el poder administrando todas las cosas que dijo que quería abolir. Y creo que si Corbyn dura -y pienso que va a durar más de lo que muchos creen-, va a ser también por haber cedido, en parte, porque el poder ya no está en la política. Y no está en la política por dos razones: una es que las clases altas, la plata grande, domina a la política; y la otra es que las personas que son intuitivamente de izquierda no confían en la política en absoluto, tienden a no votar.


Entonces, ocasionalmente aparece algo como Corbyn o Syriza, pero la gente no se mantiene en la política. Hay una especie de política de la antipolítica que domina nuestra izquierda. Y es muy difícil transformar eso en algo organizado o en una campaña política bien orquestada. Por eso no soy optimista en cuanto a que podamos ver cambios importantes como consecuencia de todo esto. Lo que sí veo es mucha gente muy desencantada con lo que ocurre; veremos qué forma de expresarlo encuentran en los meses y los años que vienen. Pueden ser modos de expresión de izquierda o de derecha. La derecha está vivita y coleando en el Norte Global, y está reclamando fascismo. Aún así, conservo la esperanza en que reviva la política antiausteridad.

-Al mismo tiempo que emergen estas nuevas izquierdas, parece haber un resurgir de la importancia del pensamiento de izquierda, tanto en el norte como en el sur. En América del Sur hay una gran discusión entre los que siguen a Ernesto Laclau y piensan en términos de estrategias populistas que logren tomar el poder del Estado y quienes siguen a Antonio Negri y piensan en una política horizontal, no estatal y local. Ninguno parece dar una gran respuesta: las estrategias populistas pueden tomar el poder del Estado pero no saben cómo lidiar con el capital, mientras que las estrategias horizontales nunca parecen ser capaces de crear movimientos grandes y sostenidos. ¿Donde se ubicaría usted en este debate?


-Creo que Negri está cambiando su postura; no creo que esté tan comprometido con esas formas horizontales. De hecho, en una entrevista reciente dijo que su pensamiento y el mío estaban convergiendo, lo que me resulta bastante sorprendente. Existe cierto fetichismo de la forma organizacional en la izquierda que significa que cualquier cosa que no sea horizontal no está contemplada, cualquier cosa de gran escala es rechazada. Yo no veo la política en esos términos; de hecho cada vez que estuve en una estructura de asamblea en realidad no era horizontal, existían liderazgos secretos y todo eso. Creo que sería necesario algo de pragmatismo en esa parte de la izquierda en cuanto a cómo piensa en la organización y en que debería hacer. Es cierto que las estrategias populistas pueden servir para tomar el poder. Pero lo que vimos en Argentina es que existe un límite a lo que podés hacer cuando estás comprometido con una estrategia populista.

-Quería preguntarle sobre ese punto. Varias veces ha usado a América del Sur como ejemplo de un lugar en el que los movimientos sociales fueron capaces de responder al capital. Éste es un momento muy especial para América del Sur, porque todas las fuerzas progresistas y revolucionarias están en crisis o en graves problemas. ¿Cómo ve esta situación?
-Hubo un momento curioso en la historia de América Latina, al final de las dictaduras, en el que vimos cómo se daban paralelamente la democratización y el neoliberalismo, y cómo la colisión de estas dos fuerzas creó una oportunidad para la aparición de una izquierda muy peculiar, basada en cuestiones de derechos que eran perfectamente compatibles con el neoliberalismo, pero que estaba basada también en la profundización de la democracia. Más adelante vemos, por ejemplo, que Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores llegan al poder en Brasil y son, al principio, muy progresistas. Pero paso a paso se van haciendo más y más cautivos del capital, y empiezan a desempoderar a los movimientos sociales.


Entre 2005 y 2010 las cosas estaban extremadamente activas, pero desde entonces el poder político ha domado a los movimientos sociales. Por ejemplo, los movimientos indígenas del campo ecuatoriano ya no son tan fuertes como eran. Es una paradoja que hayan sido gobiernos de izquierda los que los desempoderaron. Y ahora esos gobiernos de izquierda están en problemas. Y vemos una situación en la que la derecha puede hacerse cargo, y los movimientos sociales no van a estar allí para crear resistencia. Esto, por supuesto, se une al hecho de que hubo un boom económico en América Latina durante aquellos años, que en buena medida estuvo unido al comercio con China. La caída de los precios de las materias primas generó serios problemas económicos en casi todos los países de América Latina, por lo que estamos viendo tasas de crecimiento cero, y no el fuerte crecimiento de hace cuatro o cinco años. Estas cosas suceden juntas y pintan un panorama muy complicado.


-En ese tema parece haber una contradicción en la acción de los gobiernos progresistas y revolucionarios de América del Sur. Pareciera que su habilidad para redistribuir y para obtener victorias políticas depende de su capacidad para atraer grandes inversiones, ser exitoso en los mercados internacionales y exportar materias primas, todas cosas que dan poder al capital sobre el territorio, ya sea mediante la especulación inmobiliaria, el desarrollo agrícola o la minería. ¿Hay alguna forma de salir de esta contradicción?


-Es el clásico problema que ocurre cuando el socialismo es visto simplemente como algo relacionado a la redistribución y no se presta atención a la producción, a cómo se organiza ésta. Se da exactamente esa contradicción: el programa redistributivo depende en lo crucial del programa de desarrollo, lo que significa que, en esencia, renunciás la estrategia de desarrollo del país a grandes empresas. Tiene que existir una manera alternativa de pensar el modo de producción, que no sea dependiente del capital. Esto no está siendo proyectado, excepto quizá en organizaciones muy periféricas de escala bastante pequeña: economías solidarias, cooperativas de trabajadores, fábricas recuperadas. Estos movimientos son relativamente pequeños y no fueron organizados como una fuerza que reconfigure cómo se produce la riqueza en la sociedad, y que pueda ser aislada del poder del capitalismo global, que deviene cada vez más centralizado y más politizado en la forma en que opera alrededor del mundo.


-Las organizaciones que querrían ir en otra dirección son demasiado pequeñas, mientras que los gobiernos de izquierda son capaces de transformar sus excelentes relaciones con el capital en una forma de obtener apoyo popular. Siendo América Latina una región pobre y desigual, existe una demanda popular real de mayores niveles de consumo. ¿Es posible, en una región pobre, la aparición de un movimiento político que no se base en promesas de crecimiento del consumo?


-Depende de qué forma de consumo estemos mirando. Una cosa que me impresiona de América Latina en los últimos 20 o 30 años es hasta qué punto la forma de consumo que se promueve está construida en torno al automóvil, a nuevas carreteras, a shoppings. Parece casi diseñada para ser estadounidense. Y francamente éste no es, para mí, un modo de producir especialmente sano o valioso. De hecho, últimamente cuando visito grandes ciudades latinoamericanas paso mucho tiempo estancado en embotellamientos, y pienso “por qué este compromiso con lo que en Ecuador llaman ‘buen vivir’ implica estar sentado en un embotellamiento, rodeado de shoppings y condominios”.


En otras palabras, existen formas variadas de consumismo, y creo que el modelo de consumismo que está siendo importado en estos países no necesariamente es una forma de consumismo que uno quisiera promover si estuviera pensando en el bienestar de todos. De hecho, algunas de las protestas que han emergido, por ejemplo los levantamientos en las ciudades brasileñas en 2013, están relacionadas con el precio del transporte, de los megaproyectos en torno a la Copa del Mundo, que estaban recibiendo recursos masivos que no estaban llegando a la gente. Qué consumo queremos es una gran pregunta, y creo que podemos decir a la gente: “Miren, no estamos en contra del consumo, estamos a favor del buen consumo: comida limpia, sana y buena en lugar de comida chatarra, menos tiempo de transporte, mayor proximidad del trabajo a la residencia, rediseño urbano”. En otras palabras, deberíamos buscar un modo de consumo radicalmente diferente del que está siendo promovido, con consecuencias muy desafortunadas para muchas ciudades de América Latina.


-Mencionó el “buen vivir”. Existe una intensa discusión en América del Sur entre los que usan esta categoría desde posiciones decoloniales y antidesarrollistas y aquellos en la izquierda tradicional, más economicista. Como intelectual marxista que estudia la relación entre el capital y la naturaleza y ha propuesto una economía de crecimiento cero, usted parece estar en los dos bandos del debate. ¿Como ve esta cuestión?


-Es un poco incómodo, porque me disparan desde los dos costados. Murray Bookchin, que era anarquista y dejó el anarquismo, dijo recientemente que él pensaba que el futuro de la izquierda dependía de poder juntar lo mejor del anarquismo con lo mejor del marxismo, y que mientras no aprendamos a hacer eso no vamos a ir a ningún lado. Me inclino a estar de acuerdo con eso, porque pienso que muchas de las ideas que se encuentras en los grupos autonomistas y anarquistas en términos de organización social y relación con la naturaleza son muy positivas, y merecen ser miradas y trabajadas. Me gusta la idea del socialismo confederal, un modo de gobierno basado en asambleas locales y asambleas macro, que buscan formas de desplazar al Estado capitalista con otras formas de gobierno. Son ideas muy interesantes.

Pero es muy difícil para este tipo de política pensar en cómo organizar sociedades macro de manera que alimentemos, refugiemos y vistamos a 7.000 u 8.000 millones de personas de una manera razonable. Y no creo que los movimientos anarquistas o autonomistas puedan responder a esa gran pregunta.


Esa pregunta fue tradicionalmente abordada por grupos de la izquierda tradicional, aunque de una manera tan dogmática que terminó por despreciar la profundidad de las propuestas anarquistas y de izquierda en lo que refiere a la organización y la naturaleza. Tenemos que juntar muchas de estas cosas de la mejor manera que podamos. Veo que está sucediendo algo de eso en el norte de Siria, entre las poblaciones kurdas de Rojava, que llevan adelante experimentos. He tratado de viajar hasta allá durante los últimos seis meses para ver qué está ocurriendo, pero el gobierno turco no me lo ha permitido. No pretendo ir para decir “acá está la respuesta”, sino para ver que existen experimentos de este tipo que deben ser apoyados. Entonces, nuevamente, creo que existen posibilidades y que hay que tener la cabeza abierta. Y tenemos que pensar que una parte del asunto es estar preparados para redefinir el terreno teórico en el que estamos pensando.


-Uno de los principales conceptos de sus últimos trabajos es que si bien el capital no es capaz de resolver sus contradicciones, sí es capaz de moverlas de manera de que no exploten. Al mismo tiempo, usted pone mucho énfasis en la ciudad como lugar de organización política. ¿Es posible, desde lo local o lo nacional, enfrentar esta capacidad que el capital tiene de moverse mediante burbujas, corridas, etcétera?


-Estoy firmemente convencido de que toda política debe tener raíces en las circunstancias locales. Pero también estoy firmemente convencido de que si se mantiene en lo local y no va a otro lugar, fracasa. La pregunta, entonces, es cómo construir atravesando diferentes escalas. Existen intentos de construir conexiones internacionales. El MST [Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra] de Brasil intentó hacerlo, organizaciones como Vía Campesina tienen un alcance global. La única respuesta a esa pregunta es que comencemos a configurar vínculos firmes y activos entre organizaciones, en términos de su acción política. Te puedo dar un pequeño ejemplo: la Unión Europea está en serios problemas como configuración. Existe una generación entera de estudiantes que atravesó Europa gracias a programas de becas como Erasmus. Yo le pregunto a estos estudiantes por qué no construyen la base de una organización completamente distinta que diga “hay cosas que valen la pena de Europa, pero no la forma capitalista basada en Maastricht, y nosotros somos la generación revolucionaria que va a reconfigurar esto”; y ellos casi siempre dicen “Europa es burócrata” y todo eso. Esto nos lleva al problema del descreimiento en la capacidad para hacer algo.


Hoy empezamos hablando sobre hasta qué punto un movimiento antiausteridad puede desarrollarse a lo largo de Europa e incluso más allá, y esto es posible si se logra canalizar a los sectores de la población que ven algo valioso en trabajar juntos, en un ambiente de respeto a las diferencias, para diseñar un futuro alternativo. Eso es lo que espero ver, y es de lo que hablo tanto, para tratar de hacer que la gente empiece a pensar en ello. Porque si no ocurre, vamos a estar encerrados con esta bestia capitalista, a la que no le está yendo muy bien, a pesar de que a los capitalistas les esté yendo extremadamente bien. Ellos tienen que ser privados de su poder, y eso va a ocurrir o bien pacíficamente, por medio de la aparición de movimientos de masas, o bien de una manera mucho, mucho peor.

 

Entrevista por Gabriel Delacoste

23 noviembre 2015

Fuente: http://ladiaria.com.uy

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