Coronavirus: Francia anuncia un nuevo confinamiento 

El presidente Emmanuel Macron anunció que la meta consiste en “volver al confinamiento que detuvo el virus". Cerrarán bares y comercios. Guarderías, primarios y secundarios seguirán abiertos

 

La pandemia de Covid-19 terminó fijando sus tiempos y Francia regresa desde este viernes a una configuración muy cercana a la que había en el país durante los meses de abril y mayo de 2020: el presidente francés, Emmanuel Macron, durante un solemne discurso transmitido por televisión, anunció que la meta consiste en “volver al confinamiento que detuvo el virus a partir del viernes (…) al menos hasta el primero de diciembre”. 

El país regresará así a estar confinado a escala nacional, aunque con algunas diferencias con respeto a la primavera europea. Hoy se habla de un confinamiento light, menos severo que el que imperó entre marzo y mayo de 2020. La situación es, sin embargo, más aguda porque la pandemia se amplificó ahora a todas las regiones, cosa que no ocurrió en marzo. ”La segunda ola será más dura y mortal que la primera”, dijo Macron antes de aclarar que se aplicará “un confinamiento adaptado”. A diferencia de lo que ocurrió antes, los colegios de primaria y secundaria permanecerán abiertos “con protocolos sanitarios reforzados”, lo mismo que las guarderías. 

Como en marzo, para salir de los hogares, ir a trabajar, salir de compras o tomar aire será necesaria una declaración jurada. Sin embargo, aunque el presidente señaló que “la economía no debe detenerse ni hundirse”, los comercios deberán cerrar, así como los bares y restaurantes y los establecimientos que reciben público (menos farmacias y alimentación). El comercio es el sector que se verá más afectado en los próximos 15 días fijados por el presidente para realizar un primer balance de las medidas anunciadas ayer. Las reuniones privadas y las manifestaciones públicas quedan excluidas y no habrá tampoco desplazamientos entre las regiones. Sólo se tolerarán los viajes de retorno previstos para este fin de semana con el fin de las vacaciones de todos los santos. El trabajo proseguirá, pero mediante un recurso masivo al teletrabajo.

Ninguna de las disposiciones anteriores frenó el avance de una pandemia que los responsables sanitarios ya calificaron hace unos días como "fuera de control". Peor aún, el número dos del Ministerio de Salud, Jérôme Salomon, predijo que "la segunda ola podría ser peor que la primera". Ni las restricciones, luego el cierre de los bares y, al final, el toque de queda a partir de las 9 de la noche (46 millones de personas concernidas) levantaron un muro ante la circulación del virus. Los hospitales gestionan desde hace un par de semanas un flujo ascendente de enfermos. Hasta este miércoles, más de la mitad de las 5.800 camas reservadas a la reanimación ya estaban ocupadas, una cifra a la que no se había llegado desde el pasado mes de abril. 

El mandatario francés advirtió que habría “9.000 pacientes en reanimación a mediados de noviembre”. Ello a equivale a que, dentro de menos de 15 días, la cifra de reanimaciones se multiplique por tres. A este respecto, Jérôme Salomon adelantó que la cantidad de enfermos en los servicios de reanimación “va a aumentar mecánicamente, cualquiera sean las medidas que se tomen”. Francia totaliza hoy 35.541 muertos, de los cuales 523 en las últimas 24 horas.

El país se preparó para el confinamiento antes de que el presidente francés lo anunciara oficialmente en la televisión a las 8 de la noche. Al final de la tarde, en París y sus alrededores, había más de 400 kilómetros de embotellamientos, lo que equivale a más del doble de un día normal. Entre la estampida, el toque de queda y el esperado anuncio presidencial la capital francesa volvió a ser un vacío atravesado por sombras desde las 7 de la tarde. A las 8 en punto resonó la Marsellesa en las pantallas de la televisión, apareció Macron y el país se quedó mudo. Si bien la segunda ola estaba en la agenda de lo muy posible, la rapidez con que se extendió y su volumen sorprendió a todos los epidemiólogos. El mandatario reconoció en su discurso que “el virus circula a una velocidad que ni siquiera las previsiones más pesimistas habían previsto”. ”Este virus es una porquería”, dice el profesor Yazdan Yazdanpanah, jefe del servicio de enfermedades infecciosas y tropicales en el hospital Bichat y también miembro del consejo científico que asesora a Emmanuel Macron (diario Libération). 

El profesor agrega:” habíamos previsto que la epidemia se reactivaría fuertemente, pero su extensión, su importancia, su amplitud y su velocidad son bastantes inesperadas”. Esa rapidez está plasmada en las cifras: entre el 23 de septiembre, cuando se aplicaron las primeras medidas de restricción social post confinamiento, y ahora fallecieron 4.100 personas, o sea, dos veces más que en los tres meses anteriores acumulados. Desde que en octubre el Ejecutivo empezó a multiplicar las medidas en las regiones más contaminadas el ritmo de las infecciones no ha dejado de aumentar. Según la Salud Pública francesa ese ritmo creció en un 45% por semana entre el 15 y el 22 de octubre. ” Todas las regiones están en alerta”, advirtió el jefe del Estado, quien también aclaró: “Si no frenamos brutalmente hoy las contaminaciones los médicos deberán elegir entre un paciente Covid y un accidente de la ruta”. El principal objetivo presidencial es “pasar de 40 mil contagios por día a 5.000”. Macron expuso lo que muchos especialistas vienen diciendo desde hace meses y meses. Nadie está verdaderamente a salvo: la “Covid-19 toca de forma grave a todas las generaciones. Contagiarse con el virus nunca es anodino, incluso cuando se tienen 20 años ".

El día sin fin está acá, la pandemia sin fin, el encierro sin fin. Macron dijo que si no se actuaba ahora de aquí a dentro de algunos meses “habrá que deplorar 400 mil muertos suplementarios”. Una lluvia de aplausos dedicados a los mozos de bares y restaurantes cubrió anoche las protestas y las expresiones resignadas de los parisinos que despedían la temprana noche pocos minutos antes de que entrara en vigor el toque de queda. Las persianas caían con los aplausos y las veredas se iban quedando desiertas. Resignación, rabia y también miedo porque, como gritaba un señor que andaba sólo por la Rue de Rivoli, »no se quejen, jodidos, que el virus está entre todos, en cada rincón del planeta ». La covid-19 ha esquivado todos los diques. París regresa a una era muy cercana, pero que todas y todos confiaban en que era sólo pasajera.

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El programa mundial de Bill Gates y cómo podemos resistir a su guerra contra la vida

En marzo de 2015 Bill Gates enseñó la imagen de una muestra del virus de la influenza en una charla TED y dijo a la audiencia que era la imagen del mayor desastre de nuestro tiempo. La verdadera amenaza para la vida, dijo, no son los «misiles, sino los microbios». Cuando cinco años después la “pandemia” del coronavirus barrió la tierra como un tsunami volvió a utilizar el lenguaje bélico, al calificar a la “pandemia” de “guerra mundial”.

“La ‘pandemia’ del coronavirus alza contra el virus a toda la humanidad”, dijo.

En realidad, la «pandemia» no es una guerra. La «pandemia» es una consecuencia de la guerra. Una guerra contra la vida. La mentalidad mecánica relacionada con la máquina de dinero de la extracción ha creado la ilusión de un hombre separado de la naturaleza y la naturaleza como materia prima muerta e inerte para ser explotada. Pero, de hecho, somos parte del bioma. Y somos parte del viroma. Somos el bioma y el viroma. Cuando hacemos la guerra contra la biodiversidad de nuestros bosques, nuestras granjas y nuestras entrañas, nos hacemos la guerra.

La emergencia sanitaria del coronavirus es inseparable de la emergencia sanitaria que constituye la extinción, la emergencia sanitaria que constituye la destrucción de la biodiversidad y la emergencia sanitaria que constituye la crisis climática. Todas estas emergencias están vinculadas a una visión del mundo mecanicista, militarista y antropocéntrica que considera a los humanos seres separados de los demás seres y superiores a ello. Unos seres que podemos poseer, manipular y controlar. Todas estas emergencias tienen sus raíces en un modelo económico basado en la ilusión de un crecimiento ilimitado y de una codicia ilimitada, que violan los límites planetarios y destruyen la integridad de los ecosistemas y de las especies individuales.

Se producen nuevas enfermedades porque la agricultura globalizada, industrializada e ineficiente invade los hábitats, destruye los ecosistemas y manipula a los animales, a las plantas y a otros organismos sin respetar ni su integridad ni su salud. En todo el mundo nos estamos uniendo para hacer frente a la propagación de una enfermedad como el coronavirus, que hemos causado al invadir los hábitats de otras especies, manipular plantas y animales con fines comerciales y codiciosos, y practicar el monocultivo. Cuando arrasamos bosques, convertimos las granjas en monocultivos industriales cuya producción es tóxica y nutricionalmente nula, cuando nuestros alimentos se degradan debido a la transformación industrial con unos químicos sintéticos y genéticamente manipulados, cuando nos aferramos a la ilusión de que la tierra y la vida son materias primas destinadas a ser explotadas con fines de lucro, estamos, en efecto, todos unidos. Pero en lugar de unirnos con el propósito de preservar nuestra salud protegiendo la biodiversidad, la integridad y la autoorganización de todos los seres vivos, incluidos los humanos, nos hemos unido para hacer frente a una enfermedad.

Según la Organización Internacional del Trabajo, “1.600 millones de un total mundial de 2.000 millones de trabajadores de la economía informal (los más vulnerables del mercado laboral) y una mano de obra mundial de 3.300 millones de personas se enfrentan a unas considerables dificultades para ganarse la vida, debido a las medidas de confinamiento y / o porque trabajan en los sectores más afectados». Según el Programa Mundial de Alimentos, 250 millones más de personas pasarán hambre y 300.000 podrían morir diariamente. Esto también son pandemias que matan a la gente. No se pueden salvar vidas matando a la gente.

La salud concierne a la vida y a los sistemas vivos. Sin embargo, la «vida» no existe en el modelo de salud que Bill Gates y los de su calaña están promoviendo e imponiendo en el mundo. Junto con sus aliados en todo el mundo define desde arriba tanto los problemas relacionados con la salud como los medios para resolverlos. Paga para formular los problemas y después usa su influencia y su dinero para imponer sus soluciones. Y en ese proceso se enriquece aún más. El resultado de su «financiación» es la eliminación de la democracia y de la biodiversidad, de la naturaleza y de la cultura. Su “filantropía” no es solo “filantrocapitalismo”, sino “filantroimperialismo”.

La pandemia de coronavirus y el confinamiento han demostrado aún más claramente cómo se nos reduce a objetos que deben ser controlados, y nuestros cuerpos y nuestras mentes se convierten en una especie de nuevas colonias que hay que invadir. Los imperios crean colonias, las colonias reúnen los bienes comunes de las comunidades autóctonas y los transforman en fuentes de materias primas que se es traen con fines de lucro. Esta lógica lineal y extractiva es incapaz de percibir las relaciones íntimas que permiten la vida en la naturaleza. Es ciega a la diversidad, a los ciclos de renovación, a los valores de dar y compartir, así como al poder y al potencial de la autoorganización y de la ayuda mutua. Es ciega al desorden que crea y a la violencia que provoca. El confinamiento prolongado del coronavirus ha sido una experiencia de laboratorio para un futuro sin humanidad.

El 26 de marzo de 2020, en el apogeo de la pandemia del coronavirus y en medio del confinamiento, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) concedió a Microsoft una patente. La patente WO 060606 establece que «la actividad del cuerpo humano asociada a una tarea encomendada a un usuario se puede utilizar en un proceso de minería de criptomoneda …».

La «actividad corporal» que Microsoft aspira a «extraer» comprende las radiaciones emitidas por el cuerpo humano, la actividad cerebral, la circulación de los fluidos corporales, la circulación sanguínea, la actividad de órganos, los movimientos corporales (como los movimientos oculares, los movimientos faciales y los movimientos musculares), así como todas las demás actividades que se puedan detectar y representar por imágenes, ondas, señales, textos, números, grados o cualquier otra información o dato.

La patente es una exigencia de propiedad intelectual sobre nuestro cuerpo y nuestra mente. En el colonialismo los colonizadores se arrogan el derecho de tomar las tierras y los recursos de los pueblos autóctonos, de eliminar su cultura y su soberanía y, en casos extremos, de exterminarlos. La patente WO 060606 es una declaración de Microsoft según la cual nuestro cuerpo y nuestra mente son sus nuevas colonias. Somos minas de «materias primas», los datos extraídos de nuestro cuerpo. En lugar de seres soberanos, espirituales, conscientes e inteligentes que toman decisiones eligiendo con sabiduría y que poseen unos valores éticos con respecto al impacto que tienen nuestras acciones en el mundo natural y social del que formamos parte y al que estamos indisolublemente vinculados, somos “usuarios «. Un «usuario» es un consumidor sin elección en el imperio digital.

Pero la visión de Gates no se limita a eso. De hecho, es todavía más siniestra: se trata de colonizar el cerebro, el cuerpo y la mente de nuestros hijos antes incluso de que hayan tenido la oportunidad de comprender cómo es la libertad y la soberanía, empezando por los más vulnerables.

En mayo de 2020 el gobernador Andrew Cuomo de Nueva York anunció que había establecido una asociación con la Fundación Gates con el objeto de «reinventar la educación». Cuomo calificó a Gates de visionario y argumentó que la «pandemia» ha creado «un momento en la historia en el que verdaderamente podemos integrar y hacer avanzar estas ideas (de Gates) […] ¿qué sentido tienen todos estos edificios, todas estas aulas físicas, con la tecnología de la que disponemos?”.

De hecho, desde hace dos décadas Gates trata de desmantelar el sistema de educación pública de los Estados Unidos. Para él, los alumnos son minas de datos. Por eso los indicadores que él promueve son la asistencia, la matrícula universitaria y los resultados de las pruebas de matemáticas y lectura, ya que se pueden cuantificar y explotar fácilmente. En esta reinvención de la educación se controlará a los niños por medio de sistemas de vigilancia para ver si prestan atención mientras se les obliga a asistir a clases de forma remota, solos en casa. Es una distopía en la que los niños nunca vuelven a la escuela, no tienen la oportunidad de jugar, no tienen amigos. Es un mundo sin sociedad, sin relaciones, sin amor ni amistad.

Cuando miro hacia el futuro en el mundo de Gates y de los barones de la tecnología veo una humanidad aún más polarizada, con grandes cantidades de personas “desechables” para las que no hay sitio en el Nuevo Imperio. Y los que fueren incluidos en el nuevo Imperio serán poco más que esclavos digitales.

Pero podemos resistir. Podemos sembrar otro futuro, mejorar nuestras democracias, reivindicar nuestros bienes comunes, regenerar la tierra como miembros vivos de la Familia de Una Tierra, rica en nuestra diversidad y libertad, una en nuestra unidad e interconectividad. Es un futuro más saludable, uno por el que debemos luchar, uno que debemos reivindicar.

Estamos al borde de un precipicio de la extinción. ¿Dejaremos que una máquina de codicia que no conoce límites y es incapaz de detener su colonización y su destrucción extinga nuestra humanidad conformada por seres vivos, conscientes, inteligentes y autónomos? ¿O detendremos la máquina y defenderemos nuestra humanidad, nuestra libertad y nuestra autonomía para proteger la vida en la tierra?

Este artículo es el epílogo del último libro de Vandana Shiva Oneness vs. the 1%: Shattering Illusions, Seeding Freedom(Chelsea Green Publishing, agosto de 2020) y se reproduce con permiso del editor. Editorial Popular ha publicado en castellano este libro (El planeta es de todos, Madrid, Editorial Popular, 2019, traducción de Rodolfo Lastra Muela), aunque sin este epílogo.

Por Vandana Shiva | 21/10/2020 |

Traducción de Susana Merino para Rebelión

Fuente: https://www.mondialisation.ca/leprogrammemondialdebillgatesetcommentnouspouvonsresisterasaguerrecontrelavie/5649999

Domingo, 18 Octubre 2020 05:46

El dilema de las redes sociales

El dilema de las redes sociales

Una tiranía silenciosa. Uno de los documentales más comentados en estos tiempos de pandemia es El dilema de las redes sociales ( Social dilemma, 2020), del realizador estadunidense Jeff Orlowski, presentado en el pasado festival de Sundance e incluido ahora en el catálogo de la plataforma Netflix. La propuesta es novedosa, perturbadora y, sobre todo, muy oportuna. A partir de testimonios de varios ex empleados, entre ejecutivos y diseñadores de gigantes tecnológicos como Facebook, Google o Instagram, se describen las principales estrategias y modelos de negocios utilizados en las redes sociales para inducir, predecir y manipular los comportamientos de millones de seres humanos. Una de las personas entrevistadas señala la ironía suprema de ver cómo en poco tiempo un grupo de 50 diseñadores en alta tecnología digital –una élite blanca y adinerada, cuya edad fluctúa entre los 20 y los 35 años– ha logrado tener un impacto desmesurado en la vida cotidiana de dos billones de personas en todo el mundo. Este mecanismo de control no es del todo nuevo, pues la lógica de lo que hoy se denomina un capitalismo de vigilancia ha estado presente en ficciones literarias como Un mundo feliz ( Brave New World, Aldous Huxley, 1932) o el clásico 1984, del británico George Orwell (1949). Lo notable es valorar hasta qué punto una inmensa mayoría de usuarios de las redes sociales acepta hoy, sin mayores cuestionamientos, esta tiranía soterrada y silenciosa.

Hablando de usuarios, conviene destacar una de las observaciones más provocadoras en el documental: “Existen sólo dos industrias en el mundo que a sus clientes los llaman usuarios, la de las drogas ilegales y la del software”. Algo más. Ese usuario vive continuamente con la ilusión de que lo que se le ofrece en la red es totalmente gratis. Y en apariencia lo es, aunque uno de los antiguos ejecutivos de una de las grandes firmas desliza insidiosamente: "Si usted no paga por el producto, es porque es usted el producto". Estas sentencias abrumadoras sólo son el preludio para una exploración más profunda de lo que realmente sucede en Silicon Valley. Lo que empezó como un simple modelo de comunicación y negocio –con evidentes intenciones de promoción de productos mercantiles– paulatinamente se volvió no sólo un mecanismo de manipulación de apetencias inducidas de consumo a través de la programación de algoritmos, sino también de estados de ánimo y preferencias políticas mediante la tergiversación facciosa de la realidad y la circulación incontenible de informaciones falsas en las redes. Al respecto, el híbrido de ficción y documental que propone Orlowski señala el papel que jugó la proliferación de posverdades y noticias falsas ( fake news) en el proceso electoral estadunidense de 2016, cuando se supuso que Rusia había intervenido las redes cuando, en opinión de uno de los entrevistados, sólo supo aprovechar los múltiples espacios de acción incontrolada que dichas redes mantienen siempre abiertos. Otro caso mencionado es la polarización social y la campaña de odio incitadas desde esos mismos ámbitos en contra de una comunidad musulmana en Birmania —un ejemplo de cómo la manipulación mediática puede orillar a un país a una guerra civil. Huelga precisar la forma en que dicha manipulación y dichos estragos sociales se presentan hoy en muchas otras naciones.

Sin embargo, el documental coloca el énfasis mayor en el carácter adictivo del uso de las redes sociales, señalando con gráficas alarmantes la tasa creciente de estados depresivos, ansiedades y suicidios en jóvenes y pre-adolescentes que recurren a ellas de modo compulsivo. Podría objetársele al trabajo de Orlowsky cierto tono catastrofista o una clara parcialidad en su punto de vista. Decir, por ejemplo, que el ser humano posee madurez o discernimiento suficientes para decidir lo que mejor le conviene en el dilema de vivir cerca o lejos de las redes. Lo cierto es que una de las consecuencias del apego obsesivo a la comunicación instantánea y a la tiranía de las notificaciones, ha sido la progresiva infantilización de muchos adultos que antes se creían intelectualmente maduros. El dilema de las redes sociales es un trabajo sobresaliente e indispensable para comprender los peligros desestabilizadores que en política pueden propiciar las redes sociales y, de modo más directo, la amenaza que cada día éstas le presentan a un ser humano que hasta hace poco tiempo se sentía muy seguro de la inviolabilidad de su libre albedrío.

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Martes, 06 Octubre 2020 06:07

Redes sociales y pánico moral

Redes sociales y pánico moral

El documental El dilema de las redes sociales aborda la problemática de la adicción a las redes sociales y el auge de los discursos de odio. Sin embargo, la simplificación y las teorías de la manipulación (que suponen que los seres humanos solo son conejillos de indias del poder tecnológico) empobrecen el debate. El documental, que rechaza las nuevas teorías conspirativas que «surgen en las redes», también apela a una de ellas: la que sindica a los «villanos de Silicon Valley» como responsables de todo.

 

The great hack [El gran hackeo], el documental de Netflix sobre Cambridge Analytica, comienza con una sentencia interesante. David Carroll, profesor asociado en Parsons School of Design de Nueva York, está sentado frente a un pequeño grupo de estudiantes y pregunta:

–¿Quién no ha visto un anuncio que le haya hecho pensar que su micrófono está escuchando sus conversaciones?

Entonces, se producen las risas incómodas de los alumnos. Y Carroll afirma:

-Nos cuesta imaginar cómo funciona (...) Los anuncios que parecen increíblemente precisos nos hacen pensar que nos espían, pero es muy probable que sean una evidencia de que el targeting funciona y que puede predecir nuestra conducta.

La respuesta de Carroll plantea interrogantes que no han perdido vigencia. ¿Qué datos almacenan las plataformas de redes sociales? ¿Son usados solo para la publicidad? ¿Tiene un límite el extractivismo de datos? ¿Qué hacen las empresas con toda esa información de los usuarios?

El documental también pone el foco en escándalo de Cambridge Analytica, los problemas de privacidad de Facebook, las fake news y la consecuente «manipulación de las personas». Con esa finalidad, se analizan el Brexit y la campaña presidencial de Donald Trump de 2016. La confirmación de lo que ocurría tras bambalinas en Cambridge Analytica se valida en la voz de Brittany Kaiser, una ex empleada de la consultora que ahora se muestra arrepentida. El hilo narrativo del film acompaña a Brittany expiando sus pecados en el festival Burning Man o en un lujoso hotel en algún lugar de Tailandia. Después del éxito y el frenesí, la hija pródiga regresa para reconocer sus errores y tratar de enmendarlos.

Sin embargo, el documental da por sentados hechos que vale la pena poner en tela de juicio. Sobre todo, uno central. ¿Por qué se asume que las personas pueden ser manipuladas por una combinación de big data, algoritmos y tácticas de psicología conductual?

El dilema de las redes sociales retoma algunos temas que ya fueron enunciados en The great hack. Entre ellos, se destacan la polarización, las fake news y el extractivismo de datos. Pero se incorpora un nuevo elemento: el del vínculo entre la adicción a la tecnología y la manipulación de la que son víctimas los usuarios. Sin embargo, la liviandad de la denuncia queda en evidencia cuando se pone el foco en cuestiones técnicas como las notificaciones emergentes, el scrolleo infinito y la recomendación de contenido personalizado. Los testimonios de diseñadores y ex ejecutivos –todos arrepentidos– pretenden darle más espesor a la denuncia y son entrelazados con una ficción que pone en la piel de los personajes la adicción y la permeabilidad que se atribuye a las y los usuarios.

La historia ficcional está construida sobre un tendal de estereotipos y posiciones «políticamente correctas» y un centrismo casi ingenuo en el plano político. Así, se puede ver a una familia étnicamente diversa, en la que los padres, ligeramente amables y desconcertados, tratan de lidiar con la tecnología, mientras sus tres hijos presentan un abanico de posibilidades. La conciencia ética recae sobre la hermana mayor (que no usa celular y lee a Shoshana Zuboff), mientras que la más pequeña es presa de su adicción (con la que se pretende mostrar a una «generación perdida»). El plato fuerte, sin embargo, puede verse en la lenta y permanente caída del hijo adolescente que se aleja de los deportes y de sus amigos, para sumergirse rápidamente en una espiral de odio y fanatismo gobernado por el contenido personalizado de las redes sociales.

Todo el set de críticas que plantea El dilema de las redes sociales pueden ser resueltas por el Center for Humane Technology (fundado, entre otros, por Tristan Harris, principal orador del film). Identificar el problema, difundirlo y vender la solución. El punto central es exactamente ese: que los problemas sociales que ocasiona la tecnología solo serán resueltos por –y a través de– la tecnología. Evgeny Morozov llamó a esto la «locura del solucionismo tecnológico».

En este entramado, una decena de arrepentidos de Silicon Valley reconoce haber trabajado para generar que los usuarios pasen más horas frente a la pantalla, pero también aseguran haber padecido ellos mismos esa adicción que los convirtió en víctimas. Tim Kendall, ex ejecutivo de Facebook y ex presidente de Pinterest, reconoció que no podía soltar el celular cuando llegaba a su casa. La solución sugerida, una y otra vez, es desactivar notificaciones y medir el tiempo de uso.

Uno de los riesgos que involucra este documental y su estrategia panfletaria es el incremento del pánico moral (algo similar ocurrió con la campaña #DeleteFacebook, después de que se conociera el escándalo de Cambridge Analytica). Aunque se denuncia que el problema radica en el modelo de negocios que sostiene a las plataformas, la acusación se desdibuja y deja pasar la oportunidad de generar una crítica más sólida para entregarse a los golpes de efecto.

El film se engolosina señalando la forma en la que la Inteligencia Artificial (IA) que administra los datos personales está apuntada contra el cerebro de los usuarios. En definitiva, afirma que los manipula y los vuelve adictos. Una vez más se pierde de vista uno de los aspectos más perjudiciales del uso de estos sistemas de mediación algorítmica. Diversos estudios, como los de Virginia Eubanks, Cathy O'Neil y Safiya Umoja Noble, analizan cómo estas decisiones automáticas involucran datos incompletos y algoritmos sesgados y concluyen que, si son usados para apuntalar políticas públicas, terminan aumentando la desigualdad, reforzando estereotipos e intensificando la discriminación racial y sexual.

A lo largo de El dilema de las redes sociales opera todo un conjunto de simplificaciones que buscan antes el impacto sensacionalista que el estímulo de una mirada reflexiva. En primer lugar, tiene una narrativa centrada en Estados Unidos, pero pretende extenderla a todo el planeta, desconociendo los contextos particulares donde son usadas las redes sociales. Por otra parte, hay una generalización sobre Facebook en primer lugar –seguido de lejos por Twitter– y su funcionamiento que no da cuenta de las particularidades de otras plataformas, tanto en lo que remite a usos como a sus principales características. El tercer punto es que ignora el ecosistema de medios donde se insertan las redes sociales: estas no funcionan en el vacío, sino que establecen vínculos y relaciones con otros agentes en la esfera pública. Los entrevistados afirman en repetidas ocasiones que las redes sociales constituyen una amenaza sin precedentes. De ese modo, no solo parecen desconocer los centenares de estudios realizados no solo sobre la radio y la televisión (y su influencia sobre los usuarios, como apuntaban Robert K. Merton y Paul F. Lazzarfeld en un famoso análisis de la década de 1940: «Comunicación de masas, gusto popular y acción social organizada»), sino que omiten los diversos análisis comparativos entre estas nuevas plataformas y las ya «clásicas».

El documental sostiene, además, supuestos equívocos, como el que considera que la exposición a los discursos de odio, implica comulgar con aquello que propugnan. Según los creadores de este film, el hecho de estar expuestos a una mentira resulta suficiente para creer en ella. Por último, se ocluye la dimensión creativa que flota y atraviesa las redes sociales. En este sentido, la periodista Evan Green desarrolló un hilo de tuits en el que enuncia toda una serie de omisiones que bien podrían haber enriquecido el documental, pero que, en miras del pánico social y moral que se buscó generar, lo habrían debilitado.

Las redes sociales no son el único nicho para el florecimiento de los discursos de odio, aun cuando resulta indudable que estos discursos y teorías se han valido de los algoritmos de personalización y recomendación (de YouTube y Facebook particularmente) para circular a una mayor velocidad. Sitios como 8chan, 4chan o Stormfront, entre otros, fueron la cuna de dichos movimientos y el lugar donde se cocinaron muchas teorías conspirativas. Asimismo, resulta extraño que una plataforma como Netflix, cuyo sistema de recomendación estuvo en la mira varias veces por el uso de los datos de sus usuarios, hoy contribuya a denunciar estas problemáticas.

Los algoritmos filtran la información, la jerarquizan, la ordenan y exhiben una determinada concepción del mundo, mientras las plataformas compiten unas con otras por la atención de los usuarios y, con ese propósito, agregan funcionalidades, se modifican en base a los usos desviados (no planificados), cambian y se homogeinizan (Twitter pasó de la estrellita al corazoncito). Pero afirmar que estas empresas compiten por la «hora-pantalla» de los usuarios es muy distinto a sostener, como lo hacen los «arrepentidos» de Silicon Valley en The Social Dilemma que, al monopolizar la atención, generan adicción y «manipulan las conciencias».

Este pánico para dummies, que desconoce la historia de los medios masivos de comunicación, que confunde la adicción a los cigarrillos con el uso desmedido de las redes sociales, que compara la invención de la bicicleta con las plataformas de redes y que sindica a todos los males contemporáneos como parte de una conspiración de algunos «villanos» de Silicon Valley, también pretende ofrecer una «solución». Apela a una receta de varios pasos y a una Iglesia en la que tramitar la adicción: el Center for Humane Technology. Para El dilema de las redes sociales todo es sencillo: el caos creado por las redes sociales puede deshacerse simplemente reescribiendo el algorítmo. El problema es que al errar en el análisis no puede creerse ningún tipo de solución

Iglesias evangélicas, transnacionales antiderechos en América Latina

La fe y las congregaciones evangélicas, pentecostales y neopentecostales crecen en todo el mundo mientras colocan líderes políticos de extrema derecha en las instituciones e instalan una “agenda social anti-derechos”

 

“Tú eres mi dios, todo glorioso, en quien coloco toda mi confianza, toda mi esperanza, señor. Por qué por aquel que cree, todo es posible”, exclama el pastor Misael Tenorio de la Iglesia Evangélica Manantial De Vida En Cristo, en una pequeña caseta hecha de guadua y bareque de una comunidad rural del norte del Cauca. Quince personas están a su alrededor, con los ojos cerrados, las manos levantadas, dos de ellas arrodilladas en el seulo. Una escena que se reproduce cada domingo, y a veces a diario, aquí y en miles y miles de comunidades de todo el mundo, sobre todo de América, pero también de África y de Asia. “Para mí ser evangélica es algo muy grande y allá donde vayamos tenemos la obligación de llevar la palabra del señor”, asegura Gloria Ortega, feligresa de la iglesia Unión Misionera Colombiana.

Se calcula que hay más de 900 millones de personas que profesan esta creencia en el mundo, entre las de corrientes evangélicas, pentecostales y neopentecostals, una cifra en crecimiento constante desde hace cuatro décadas. El caso de América Latina es paradigmático y llama la atención de pensadoras y activistas que luchan por la defensa de la vida. Y es que una de cada cinco latinoamericanas es miembro de una congregación evangélica según una encuesta del Latinobarómetro del año 2017 realizada en 18 países. Más de 100 millones de personas seguidoras de una fe que no está llegando solo a las comunidades más remotas de la Amazonas o en los pueblos más elevados de los Andes, también ha llegado a la mayoría de parlamentos latinoamericanos.

Estas congregaciones han demostrado ser capaces de ofrecer a una sociedad caracterizada por la desigualdad social y la ausencia de prestaciones públicas de lo que en occidente han llamado Estado del Bienestar, un tejido comunitario al que acogerse, un apoyo a veces emocional, a veces económico. Su discurso, sin embargo, viene acompañado de postulados conservadores como la oposición al matrimonio homosexual o el aborto y toda una batería de valores tradicionales que según los colectivos y organizaciones preocupados, amenazan los derechos sexuales y reproductivos e incluso los derechos humanos.

“Su concepción de cómo tiene que ser la sociedad busca entre comillas volver a un orden natural moral, es decir un orden heterosexual, de género conservador, un orden que limite libertades y que garantice que ellos mismos puedan gobernar”, explica Diana Granados, antropóloga feminista colombiana e investigadora de los fundamentalismos religiosos. Habla de libertades como la eutanasia, el acceso a métodos anticonceptivos o la prohibición de la pena de muerte. “Y lo más peligroso es que estas concepciones tienen una conexión global y que son compartidas por personas religiosas que ocupan altos cargos del poder político”, asegura Granador refiriéndose a la mayoría de gobiernos de América Latina o mecanismos interestatales como la Organización de los Estados Americanos (OEA) o el Parlamento Europeo.

Después de la espada y la cruz

Para entender el origen de estas religiones, empezando desde la raíz, tenemos que irnos 500 años atrás y recordar dos momentos clave: el inicio de la evangelización católica del “Nuevo Mundo” que denominaron América, en 1492, y el inicio de la reforma protestante por el fraile Martin Luthero, en 1517 en Alemania. La fe evangélica, rama de la protestante, tiene por características la no representación en imágenes de las figuras bíblicas, la ausencia de culto a los santos y a la virgen María y la posibilidad de que quien quiera pueda abrir su franquicia evangélica en su barrio o comunidad, pues no existe una instancia centralizada de dirección como por ejemplo el papado del Vaticano, a pesar de que sí que existen unos liderazgos locales y regionales claves.

El inicio de la presencia de iglesias protestantes en América Latina se da con la independencia de los diferentes países latinoamericanos de la España católica, apostólica y romana, proceso que brindó cierta apertura religiosa. La primera oleada se da con la llegada de migrantes europeos a inicios de siglo XIX. En la segunda oleada, en torno a 1850, sociedades misioneras de los Estados Unidos llegan para anunciar su evangelio protestante. Empieza aquí un proceso de recolonización espiritual, activo hasta hoy entre los pueblos latinoamericanos. El filósofo caucano Diego Jaramillo asegura que ésta colonización, “se ha dotado siempre de unos espacios para cooptar culturalmente las comunidades indígenas, campesinas, afrodescendientes, desde el punto de vista religioso y político, como son hasta hoy los Cuerpos de Paz de Estados Unidos.”

A inicios del siglo XX surge en Kansas y California el movimiento pentecostal entre las protestantes de las clases más humildes de estos estados y con un importante componente anticomunista. Congregaciones que tendrán su explosión demográfica durante los años 60 en Norteamérica y que, como contraataque a la influencia social de la Teología de la Liberación, durante la década de los 70 se harán fuertes en el sur. Para continuar contraatacando, durante los años 80 crece en los Estados Unidos y se expande por el mundo la Teología de la Prosperidad, según la cual la prosperidad financiera y física de las creyentes depende de la voluntad de Dios y de sus oraciones y donaciones a las congregaciones evangélicas.

Jaramillo apunta a que a partir de la declaración de estados laicos -en el caso de Colombia, por ejemplo, en 1991, en Guatemala a partir de 1985-, se consigue “cierta distanciación entre la política y la institución católica pero a la vez se amplía la libertad religiosa que hace que los movimientos evangélicos y pentecostales crezcan”. “Volver América a Dios” proclamaron estos movimientos durante el V centenario del llamado “Descubrimiento de América”, en 1992. A partir de aquí, “lo que se propusieron es llegar no solo a sus creyentes sino a toda la sociedad. Y efectivamente obtienen un lugar de incidencia y de influencia política más decidida y activan una remodernización de su culto que hace que se expandan”, explica Diana Granados.

Demografía evangélica

Con más de 600 millones de habitantes, América Latina se continúa considerando un continente eminentemente católico. Sin embardo, en la mayoría de países durante los últimos 30 años, iglesias evangélicas, pentecostales y neopentecostales han crecido de manera significativa. “Después de este pentecostalismo clásico, surge lo que denominamos neopentacostalismo, ahora en auge, que son confesiones que sobresalen de las congregaciones tradicionales, son nuevos actores relacionados con poderes concretos”, explica Granados. Menos en México y en Paraguay –donde un 80 y 90% de sus poblaciones respectivamente se siguen considerando católicas- y Chile y Uruguay –donde lo que ha crecido es el ateísmo-, en el resto de países se lee una considerable migración religiosa, del catolicismo a la fe evangélica.

A pesar de que es complicado contabilizar este tipo de variables, según censos y estudios regionales, en Guatemala un 41% de la población se considera evangélica, un 32% en Nicaragua y un 28% en El Salvador, siendo América Central una de las regiones donde estas congregaciones han cogido más fuerza. Con su crecimiento y el espaldarazo del voto de sus comunidades, han llegado o se han mantenido al poder líderes populistas ultra conservadores como Jair Bolsonaro, Iván Duque o Juan Orlando Hernández, pero también líderes considerados progresistas como Andrés Manuel López Obrador. La realidad es hace ya algunos años que toda candidatura a una presidencia de la región se ve obligada a reunirse con la comunidad evangélica como actor estratégico.

En Brasil, casi un 30% de población profesa el culto evangélico. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, mientras en 2000, 26,2 millones de brasileños se identificaban con el culto evangélico, en 2010 esta cifra pasó a 42,3 millones, un crecimiento del 61%. Y según la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL), este crecimiento es más acentuado en las comunidades indígenas de todo el continente. Siguiendo con el caso de Brasil, si en 1991 había 20 indígenas evangélicos por cada 100 católicos –dejando de lado los que conservan su propia espiritualidad-, en 2010 eran 60 evangélicos por cada 100 católicos.

Según el sociólogo boliviano Julio Córdoba, experto en el impacto del culto evangélico en las comunidades aimara y quechua de Bolivia, “sobre todo cuando las comunidades se desestructuran debido a la penetración de relaciones capitalistas y surge una élite de campesinos más ricos, comerciantes, transportistas, las iglesias evangélicas emergen como una alternativa para los campesinos más pobres”. En estos casos, los servicios, la atención e incluso el afecto que no brindan los sistemas de prestaciones públicas precarias o inexistentes en las regiones empobrecidas de América, los ofrecen las comunidades evangélicas. La transformación de católica a evangélica para muchos también es una evolución moral: “en la vida católica seguimos bailando, bebiendo, hablando mal de la gente en la espalda, pero gracias al evangelio ya nos hemos dado cuenta que todo esto ofende a Dios y no lo tenemos que hacer”, asegura Gloria Ortega.

La agenda social antiderechos

Esta migración religiosa ya es ampliamente interpretada como un fenómeno que sobrepasa el campo espiritual y atraviesa el político y el social debido a la instalación de lo que consideran una “agenda social antiderechos” que está creciendo exponencialmente. Cómo afirma la feminista comunitaria y lideresa maya q’eqchi y xinca Lorena Cabnal, “ellos juegan no sólo con la posibilidad de un mandato que consideran divino, sino con la responsabilidad de administrar a los pueblos” utilizando precisamente este poder divino. El portal web La Mala Fe, impulsado por organizaciones como el Consorcio Latinoamérica contra la Aborto Inseguro (CLACAI), hace años que recoge noticias e investigaciones sobre el avance de estas congregaciones que denomina “cruzadas antigénero”. A título colectivo desde La Mala Fe aseguran que “los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, los derechos fundamentales de las personas LGTBIQ, y el desarrollo de una educación libre de prejuicios y violencia están en riesgo”.

Neoliberalismo, ultraconservadorismo, fundamentalismo religioso, des-democratización. Modelos y procesos por los que la mayoría de fuentes consultadas para este reportaje consideran que pasa América, la del sur y la del norte, y en los que el crecimiento de las iglesias y la fe evangélica  tienen un papel capital. Según la investigadora costarricense Gabriela Arguedas, se trata de una “erosión gradual del tejido democrático de la política que potencialmente transforma la arquitectura institucional de regímenes democráticos en simulacros”, como afirma en su estudio, publicado en el Observatorio de Sexualidad y Política, sobre el “fundamentalismo neopentecostal” y “la ideología de género”, un invento conceptual usado ya en muchas campañas políticas de toda la región.

Según Granados, este crecimiento tiene lugar gracias a todo un despliegue de figuras claves de las congregaciones en varios campos de la sociedad, “tienen centros de estudios, universidades, grupos de abogados, cadenas radiofónicas, canales de televisión, de youtube: hay una diversificación de su presencia que se fortalece durante los 90s con la entrada del neopentecostalismo”. Un despliegue que tiene más presencia en los países del sur global pero que sigue teniendo su principal centro de poder en los Estados Unidos y que cuenta con cómplices también en Europa. En el Estado español, por ejemplo, la Universidad de Navarra, fundada por el líder del Opus Dei José María Escrivá, se ha dedicado a publicar artículos “científicos” que han ayudado a legitimar y posicionar el concepto de “ideología de género” y trabajos académicos sobre “la homosexualidad como condición patológica que puede ser tratada”. Dentro de su oferta académica podemos encontrar un Máster en Matrimonio y Familia o seminarios sobre cómo prevenir divorcios.

«Existe un flujo continuo de financiación de agencias gringas hacia las congregaciones evangélicas de América Latina. Es una nueva forma de imperialismo”, asegura Fabio Py, doctor en teología brasilero y autor del libro Cristofascismo. Por ejemplo, según afirma este pensador de Rio de Janeiro, “el cuerpo más grande del aparato misionero que hay en el mundo después del Vaticano, es la Convención Bautista del Sur, de los Estados Unidos. Es una gran estructura que destina muchos recursos hacia el exterior y su principal foco es América Latina. Por otro lado, Cabnal recuerda que “la viabilidad económica de las iglesias evangélicas es sostenida por miles y miles de personas a partir del diezmo.”

Aun así, en los últimos años, “se han ido autonomatizando los poderes económicoreligiosos, es decir que ya no actúan siempre como franquicias transnacionales que salen de Estados Unidos y se expanden por todo el mundo sino que ya hay nuevos poderes que empiezan a crear sus propios emporios: ya no se tienen que defender de la casa matriz gringa, tienen sus propios tentáculos”, asegura Diana Granados desde Colombia. Misión Carismática Internacional, Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día, el Avivamiento, Ríos de Vida, Unión Misionera Evangélica, según el sociólogo argentino Javier Calderón existen más de 19.000 versiones de estas congregaciones.

Objetivos políticos y económicos

La lista de líderes políticos de confesión evangélica en América lo encabezan, por orden de poder, el vicepresidente y el secretario de estado de la primera potencia mundial. Mike Pence y Mike Pompeo han protagonizado reuniones opacas con presidentes latinoamericanos y pastores evangélicos del norte y conjuntamente patrocinan Capitol Ministries, una organización religiosa que según su presentación “crea discípulos de Jesucristo en la arena política alrededor del mundo”. Se trata de evangelizar líderes políticos para que legislen según los principios bíblicos. “Leyes que vetan luchas y resistencias históricas de las comunidades, de la pluralidad”, según la feminista comunitaria guatemalteca. “A través de estas relaciones intencionales de poder, se consigue una jerarquía en la toma de decisiones ultraconservadoras de como ordenar la vida de las comunidades y de este modo se violentan las relaciones de vida y los derechos humanos”, continúa Cabnal.

Y del campo político, al mediático y por tanto al imaginario colectivo de la sociedad. En las campañas electorales de Jair Bolsonaro en Brasil o de Iván Duque en Colombia y muy concretamente durante la campaña por el “no” al plebiscito que buscaba ratificar los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el gobierno de Colombia, el concepto de “ideología de género” jugó un papel clave en la retórica mediática. Pastores evangélicos erigidos como referentes de opinión hablaban cómo si fuera una enfermedad e insistían en “luchar contra” ella, lo que se podía traducir como una lucha contra las políticas de género y los activismos feministas y LGTBI, presentes en algunos congresos y ministerios en la búsqueda de transformar la manera en que la iglesia cristiana ha entendido tradicionalmente el género y la sexualidad.

Lorena Cabnal conecta el crecimiento de las iglesias evangélicas con el modelo extractivista instalado en la que denomina Abya Yala. Según ella, “el empobrecimiento, las políticas de tierra arrasada, los altos niveles de feminicidios, de violencias, de emigración, son las condiciones que generan estos fundamentalismos neoliberales y estas interpretaciones de la Teología de la Prosperidad”. Interpretaciones que, según ella aprovechan la vulnerabilidad emocional de los pueblos para hacer creer que “para crear economía y por la sostenibilidad del país, tienen que vender sus recursos naturales, se tienen que explotar los bosques, los ríos, los minerales: aquí hay una perversidad en que las comunidades llegan a legitimar a los líderes evangélicos que plantean este tipo de prosperidad como uno de los caminos de la Salvación”. Según Cabnal, en su país las organizaciones evangélicas han acabado “vinculándose también con otras relaciones complejas de poder y de control territorial que tienen que ver con el narcotráfico.”

“La tendencia en nuestro continente es pensar que la religión tiene que estar en la política y en el mercado. Entonces las disputas entre iglesias, la capacidad de captar personas, no están ya tanto ligadas a propósitos de fe; éstos son hoy instrumentalizados y los propósitos más grandes tienen que ver con hacer crecer la participación de estas iglesias en política para que ésta de réditos económicos y viceversa”, explica Diana Granados.

“Aquello más oscuro de toda esta tendencia ideológica conservadora a nivel mundial es que ésta casa con valores de la derecha y la extrema derecha”, continua la antropóloga. La xenofobia, el discurso antiinmigración, el sexismo o la homofobia se popularizan. Mientras en el ámbito local y comunitario esta fe confiere a muchas personas estabilidad moral y emocional e incluso soluciones a sus problemas cotidianos, a nivel nacional y regional “se están construyendo pánicos morales, pánicos a quién es sexualmente diverso, pánico al migrante, pánico al pobre, pánico a las mujeres con un pañuelo morado…”, comenta Granados. Pánicos que fortalecen estas iniciativas políticoreligiosas que lo que están haciendo es “retroceder en derechos y en la secularidad del estado”. Y no tan solo en América, también en la Europa blanca””, concluye Diana Granados. Tenemos el ejemplo de Polonia, donde 80 municipios se han declarado como “zonas libres de LGTBI”. Sin duda, las migraciones masivas o desplazamientos forzados desde América Latina hacia Europa –o más concretamente hacia sus principales exmetropolis, España y Portugal- hacen que la presencia de congregaciones evangélicas también esté empezando a aumentar en el norte global.

2 octubre 2020

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Aumentan los límites al reconocimiento facial en EEUU mientras Europa permanece en la autorregulación

La ciudad de Portland se une a la lista de las que prohiben esta tecnología y vetará su uso tanto en espacios públicos como privados, mientras en España el reconocimiento facial se extiende por estaciones, aeropuertos o establecimientos privados como Mercadona

 

Primero fueron las moratorias a su uso por parte de las fuerzas de seguridad. Después, los vetos en espacios e instituciones públicas. Ahora, la prohibición de su uso también por parte de empresas privadas. Poco a poco, el reconocimiento facial va perdiendo batallas en EEUU, donde la discriminación racial y sexista derivada de su uso está en la primera línea del debate político.

Portland, la principal ciudad del estado de Oregón (EEUU), no ha sido la primera en limitar el uso de reconocimiento facial, pero sí la que ha ido más lejos hasta ahora. En una nueva regulación aprobada esta semana por unanimidad, el gobierno de la ciudad ha ilegalizado que las empresas lo empleen para identificar clientes o empleados por ser "una tecnología con sesgos raciales y de género demostrados y que pone en peligro la privacidad personal", ha declarado el alcalde, Ted Wheeler.

Toda California –el estado más poblado del país, que engloba algunas de las ciudades más importantes de la costa oeste como Los Ángeles o San Francisco– ha prohibido el uso del reconocimiento facial por parte de la policía en todo su territorio hasta 2023. Seguía el ejemplo de la propia San Francisco, una de las primeras ciudades en tomar esta decisión en 2019. Antes de Portland, la última en sumarse al veto había sido Boston, capital de Massachussets, estado donde otras cinco ciudades menores ya habían limitado el reconocimiento facial.

Portland es la primera ciudad que eleva la prohibición a los negocios privados, un movimiento importante porque impide que la policía use las cámaras que disponen de esta tecnología instaladas en las fachadas de los comercios. La policía de San Francisco utilizó este truco para sortear su incapacidad de usar reconocimiento facial el pasado julio, con el objetivo de monitorizar las protestas del movimiento Black Lives Matter, tal y como documentó la Electronic Frontier Foundation (EFF).

Han sido precisamente estas protestas raciales de EEUU las que han puesto en jaque una tecnología que ya venía siendo muy cuestionada por su mayor propensión al fallo en mujeres o en personas racializadas, como han demostrado varios estudios y experimentos (incluso los realizados por agencias oficiales del Gobierno). Acosados por las críticas, los principales proveedores de soluciones de reconocimiento facial, como Amazon, Microsoft o IBM, elevaron moratorias temporales al uso de sus propios productos por parte de las policías y agencias de seguridad del país, pidiendo una regulación federal que detalle cómo y dónde puede emplearse el reconocimiento facial.

Sin embargo, su actuación en este caso ha sido diferente. Amazon, por ejemplo, gastó 24.000 dólares en lobby para presionar al gobierno de Portland para que adoptara medidas menos restrictivas. En Washington, solo esta multinacional lleva invertidos más de 14 millones de dólares para intentar conseguir que el negocio del reconocimiento facial no caiga por completo debido a una ley nacional del estilo de la aprobada por Portland.

El debate está en auge porque más allá de sus sesgos discriminatorios, el reconocimiento puede ser muy propenso al error en determinados ámbitos. "Puede funcionar con 'niveles aceptables' en entornos cerrados (y con 'niveles aceptables' quiero decir con tasas de error del 30%) pero en entornos abiertos estábamos viendo tasas superiores al 90%, por lo cual básicamente es una tecnología inútil", explicó a elDiario.es Gemma Galdón, consultora tecnológica.

Europa (y España) sigue sin normas específicas

Mientras EEUU avanza en las restricciones al reconocimiento facial, Europa sigue sin normas específicas en este campo. Las empresas que quieran implantar esta tecnología tienen que respetar el resto de leyes, especialmente la de protección de datos. Sin embargo, iniciativas como la de Mercadona, que está probando un sistema de reconocimiento facial para impedir la entrada en sus establecimientos de personas a las que la justicia haya impuesto órdenes de alejamiento contra sus tiendas o empleados, dejarían de ser posibles con una regulación asimilable a la adoptada por Portland esta semana.

La ciudad estadounidense tampoco permitirá el uso de reconocimiento facial en aeropuertos, por ejemplo, donde también está siendo probada en España. Aena tiene un proyecto piloto en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas para que los pasajeros que vuelen a Bruselas o Asturias se identifiquen mediante su cara en el proceso de embarque. Requiere instalar una app y está activo desde finales de 2019 para "embarcar más rápido".

De hecho, el reconocimiento facial lleva años avanzando de manera silenciosa en España, incluso en lugares públicos. Tan en silencio, que ni siquiera los dueños de los establecimientos interiores de la estación de autobuses Méndez Álvaro, en Madrid, sabían que esta dispone de un sistema de identificación de este tipo desde 2016. La organización alemana AlgorithmWatch realizó en agosto una investigación especial sobre las cámaras de reconocimiento presentes en esta infraestructura, revelando que tanto la Policía como la empresa privada adjudicataria de la seguridad tienen la capacidad de introducir una cara nueva en el sistema para que este detecte y siga a esa persona en cuanto entre en la estación, la más grande de España.

La Guardia Civil está investigando el potencial de esta tecnología de identificación para vigilar fiestas populares festivales y otros eventos multitudinarios, mientras que la Empresa Municipal de Transportes de Madrid pretendía poner en marcha un proyecto para probar el reconocimiento facial en el proceso de pago en autobuses públicos, pero ha tenido que detenerlo por el uso obligatorio de mascarillas.

Tanto en España como en la UE, el paradigma sigue siendo la autorregulación del sector bajo un modelo de "desarrollo ético". Por el momento, los intentos de ir más allá han fracasado: el pasado mes de febrero, voces diversas criticaron la decisión de Bruselas de dejar morir su proyecto de imponer una prohibición de cinco años al uso de reconocimiento artificial, dando manga ancha a su implantación en el continente. "Hay tecnología que no está suficientemente madura para poderla regular y es prudente definir períodos de moratoria, no eliminar la innovación alrededor de la IA", manifestó por su parte Carme Artigas, secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, en una entrevista con elDiario.es. "El reconocimiento facial es una tecnología que está en fase de desarrollo inminente. Está claro que a nivel público hay que evitar su uso hasta que se pueda definir un marco normativo mucho más garantista", opinó.

Por Carlos del Castillo

13 de septiembre de 2020 21:34h

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La presión de Trump surte efecto y TikTok elige a Oracle para su negocio en EE.UU.

El presidente estadounidense había amenazado a la red social china con retirarle la licencia para operar en su país por considerarla un herramienta de espionaje

 

La presión del presidente de EE.UU., Donald Trump, ha surtido efecto. ByteDance, la empresa china propietaria de la popular red social TikTok, eligió a la estadounidense Oracle para ser su socio tecnológico de confianza en el país norteamericano, según trascendió este domingo.

Trump, que considera la propiedad china de TikTok una amenaza para la seguridad nacional de EE.UU., había dado a ByteDance un plazo que vence el 15 de septiembre para vender sus operaciones en el país a una empresa local o abandonar el país. Con este movimiento, los datos personales generados por los usuarios estadounidenses permanecerán en el país.

TikTok seguirá en EEUU

Con lo conocido este domingo, la opción de que TikTok se viese forzada a cerrar sus operaciones en EE.UU. quedaría en principio descartada, aunque todavía falta tanto la aprobación de la operación por parte del Gobierno estadounidense como del de China, que ya en el pasado ha mostrado su disconformidad con la presión ejercida por Trump.

La elección de Oracle no implica que vaya a producirse una venta en términos estrictos del negocio de ByteDance en EE.UU., sino que esta tendrá a Oracle como socio en el país, algo que ambas compañías consideran que satisface los requerimientos impuestos por el presidente.

TikTok, que en EE.UU. tiene más de 80 millones de usuarios, es una de las redes sociales que más ha crecido en los últimos años, que se ha convertido en el principal entretenimiento para muchos adolescentes y un canal de márketing para importantes celebridades.

Fuertes vínculos entre Oracle y Trump

Oracle, con sede en Redwood City (California) y fundada en 1977, es una de las empresas pioneras de Silicon Valley, y pese a no tener un nombre tan reconocido para el gran público como Apple o Google, su software es usado por millones de empresas en todo el mundo.

El presidente ejecutivo y cofundador de Oracle, Larry Ellison –la quinta mayor fortuna del mundo, según Forbes– es uno de los pocos destacados ejecutivos de la industria tecnológica que ha expresado públicamente su apoyo a Trump, e incluso celebró un acto de recaudación de fondos para la campaña de reelección del presidente en febrero.

En las últimas semanas, se había especulado con que precisamente esta buena sintonía entre Ellison y Trump podía decantar la balanza a favor de Oracle, ya que el principal objetivo de ByteDance es tener garantizado el funcionamiento de sus operaciones en EE.UU. con el beneplácito del mandatario.

Microsoft admite la derrota

El mayor rival de Oracle en esta puja era precisamente su competidor en el mundo del software Microsoft (en esta industria, Microsoft ostenta el número 1 y Oracle, el número 2 en volumen de ventas a nivel mundial), que unas horas antes de que se conociese la elección de Oracle ya admitió la derrota en un comunicado.

"ByteDance nos ha dicho que no nos venderá sus operaciones en EE.UU. Tenemos confianza en que nuestra propuesta hubiese sido buena para los usuarios de TikTok, y a la vez habría protegido los intereses de seguridad de EE.UU.", apuntó la compañía propietaria del sistema operativo Windows.

Microsoft era visto desde principios de agosto como el favorito para hacerse con el negocio de ByteDance en EE.UU., y la firma de Redmond (estado de Washington) había llegado a asociarse con la cadena de grandes almacenes Walmart para este fin.

Walmart, la mayor compañía del mundo tanto en facturación anual como en número de empleados, veía en TikTok una oportunidad para avanzar en su apuesta estratégica por el comercio electrónico y la publicidad on-line.

EFE

14 de septiembre de 2020 08:50h

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Viernes, 11 Septiembre 2020 06:02

Triage social, el nuevo panóptico

Triage social, el nuevo panóptico

Las ciencias deberían ser un servicio a los pueblos, sobre todo los más castigados y que luchan por su sobrevivencia. Sabemos que están al servicio de la acumulación de capital y de poder, por eso debemos congratularnos de un trabajo que echa luz sobre los nuevos mecanismos de dominación.

Me refiero al trabajo "La pandemia, el Estado y la normalización de la pesadilla" (https://bit.ly/338XwWK), de Tamara San Miguel, estudiante de maestría de sociología jurídica, y Eduardo Almeida, estudiante del doctorado en sociología y antropología. Ambos mexicanos de Puebla.

A mi modo de ver, el aspecto más interesante del trabajo es el que hace referencia al triage social, el mecanismo por el cual el sistema ordena y jerarquiza quiénes deben salvarse y quienes deben morir: si no hay respiradores suficientes, "alguien" decide quiénes tienen prioridad. Lo mismo respecto a las camas hospitalarias y a todos los servicios saturados.

Ese "alguien" son los algoritmos, definidos en este trabajo como "un sistema al que se ingresa información y del que se obtienen respuestas", en formato de instrucciones que se siguen de manera mecánica para obtener ciertos resultados. También son "una nueva ideología científica para enfrentar la incertidumbre", y a la vez reforzar la dominación.

El problema es que los algoritmos se están utilizando para enfrentar problemas y dilemas sociales y éticos, para tomar decisiones a partir de una lógica "que implica ordenar, clasificar y en última instancia discriminar lo que sirve de lo que no sirve". Cuando se abordan cuestiones éticas, el algoritmo supone "aplicar rutas mecanizadas para tomar decisiones que afectan la vida en todos sus aspectos".

No es ninguna casualidad que el triage surgiera en el seno de las fuerzas armadas, al igual que el panóptico como explicara Jeremías Bentham y desarrollara Michel Foucault. Con tanto éxito que no sólo se aplicó en el diseño de cárceles, sino en las fábricas, hospitales, escuelas y en todos los espacios donde la sociedad capitalista necesitaba disciplinar a la clase trabajadora.

En efecto, el concepto de triage (de la palabra francesa trier, clasificar o separar) fue aplicado por vez primera por el jefe de la Guardia Imperial de Napoleón para "evaluar y clasificar la atención de los soldados heridos en batalla". Décadas después fue adaptado por el cirujano de la Armada británica, para "la clasificación de aquellos que no recibirían atención por no tener posibilidades de sobrevivir, aún con tratamiento". De ahí se trasladó al plano de lo social y al conjunto de la sociedad.

Ahora que los poderosos decidieron gestionar la escasez, provocada artificialmente como sucede en los hospitales por la privatización o la falta de inversiones en buena parte del sistema sanitario, el triage social que ya se venía aplicando cobra una dimensión nueva.

San Miguel y Almeida sostienen que así como las burocracias gestionaron quiénes eran descartables por irrecuperables durante las guerras napoleónicas, “en el triage social, a los descartables, las burocracias les sacrifican las posibilidades de acceder a los recursos; si continúan viviendo o mueren resulta irrelevante y se vuelve invisible para el ‘bien mayor’”.

Ese bien mayor puede ser, como hemos visto estos meses, considerar ciertas actividades económicas como "esenciales", decidir "qué sectores favorecer con programas públicos, es decir qué partes de la población aprovecharán mejor los recursos del Estado para favorecer los propósitos del Estado, algo muy similar a la situación pre-pandemia".

Decidir a quiénes se deja morir y qué sectores de la economía se deben sostener, no es ni más ni menos que lo que estamos viendo ante nosotros. La pandemia permitió hacer más visible, o inocultable, este sistema de muerte que determina “quienes tienen la calidad de ciudadanos acreedores de derechos, quienes se convierten en refugiados merecedores de ayuda humanitaria, y quienes quedan como zombies, muertos vivientes, condenados a las formas más precarias de supervivencia o a morir en el olvido”.

El trabajo que comento y cito tiene otras virtudes sobre las que no puedo explayarme, como los derechos humanos durante la crisis en curso, que merecen comentarios más detallados. Por ahora basta con mostrar cómo el triage social conlleva un algoritmo, que permite a los Estados "justificar moral y técnicamente las consecuencias de decisiones éticas complejas" que hacen a la vida, la muerte y la supervivencia de las poblaciones.

Recomiendo la lectura de un trabajo que nace de la indignación militante, ética y política, y que busca desnudar los nuevos mecanismos de opresión y control de poblaciones y pueblos, parar mejor luchar contra ellos.

En América Latina, la acción paramilitar y el narco, que estos días despliega el terror desde Chiapas hasta el Cauca colombiano, la sostienen algoritmos que, en algún momento, debemos develar. Un trabajo al que Tamara y Eduardo, como otros adherentes de la Sexta, podrán contribuir.

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Un paseo por París con los libertarios anticuarentena

Es un grupo hostil a los políticos e insensible a las cifras de muertos por el virus

Para los antibarbijo los gobernantes ”prefieren sacarnos la libertad y a cambio perder dinero", sostienen sentados en la terraza de un café, frente a comercios vacíos a raíz de la pandemia. 

 

Aquel día Florian gritó como nunca. En la Place de la Nation, con megáfono en mano, vociferó hasta extenuarse: “la máscara es la puerta de entrada a la dictadura mundial”. Ese 29 de agosto de 2020 no había más de 300 personas a su alrededor, todos contra el uso obligado de los barbijos embriagados en el grito “Liberté, Liberté”. La policía puso 126 multas por no llevar la máscara puesta, pero los rivales del tapabocas sentían que ya eran millones. La crisis del coronavirus movilizó a una amplia zona de la sociedad tradicionalmente hostil a las élites, poco creyente en las instituciones del Estado, recelosa ante los partidos políticos, hipnotizada por las redes sociales, sensible a las teorías complotistas y con una inclinación muy marcada a las actitudes libertarias. 

Antibarbijos por excelencia

Casi todos se encontraron dentro del militante sector que refuta la pertinencia de la cuarentena, la eficacia de las máscaras y, globalmente, todas las medidas sanitarias adoptadas desde mediados de marzo. Son los anti máscaras por excelencia. Aunque hubo algunas agresiones, no queman barbijos ni agreden cobardemente a periodistas sin defensa como en la Argentina, ni se proponen tomar el edificio del Reichstag como ocurrió en Alemania.

 Odian a los periodistas y participan, en cambio, en el impetuoso debate sobre el dispositivo sanitario a través, sobre todo, de las trincheras de las redes sociales y de los medios que los invitan. Hay figuras públicas muy conocidas, así como varios líderes del movimiento de los chalecos amarillos que hizo tambalear al país en 2018 y 2019. A ellos se le suman otras personalidades que surgieron en los últimos meses. Gérard y Nicole Delépine son hoy dos emblemas de la militancia contra el tapabocas. Nicole es una oncóloga pediatra y Gérard un cirujano ortopédico, ambos jubilados y ya mega famosos. Al igual que todos aquellos que denuncian la “dictadura sanitaria”, sus argumentos caben en cinco principios: el confinamiento no ha servido para nada, los tapabocas son inútiles, la cloroquina es el único tratamiento eficaz contra la covid-19, no habrá segunda ola porque la epidemia ya pasó, la pandemia es una excusa para modificar el mundo, amordazar a los individuos e instaurar una nueva tiranía global.

La realidad de las cifras, la experimentación de tratamientos fallidos (Didier Raoult), los estudios comparativos, el cruce de datos y el incremento constante de la contaminación contradicen severamente sus argumentos. Sin embargo, nada los inmuta. Con tanta fortaleza como ternura, Nicole Delépine exhibe un montón de hojas con curvas comparativas y datos mientras dice a PáginaI12: “hemos atravesado una inmensa manipulación. El virus es un peligro mítico y las máscaras un bozal para que nos callemos la boca”. Julien y Martine son mucho más jóvenes (30 años), pero no menos persuadidos de que toda esta situación no es más que un “proyecto del Estado para someternos”. Julien es ingeniero en mecánica avanzada y Martine, su compañera, traductora del alemán al francés.

Figuras públicas militantes 

Jean-Marie Bigard es uno de los cómicos más famosos de Francia. En su página de Facebook (un millón y medio de seguidores) explicó que la máscara resultaba tanto más incongruente cuanto que si el olor de una ventosidad pasaba a través de un jean, ”entonces el virus podía atravesar el tapabocas”. Maxime Nicolle, uno de los líderes de los chalecos amarillos, expuso los mismos argumentos en la televisión y en un video subido a Twitter, pero con el humo de un cigarrillo como ejemplo: fumó y mostró que, si el humo pasa por la tela, eso prueba que “el virus también traspasa la máscara”. 

https://twitter.com/jeromegodefroy/status/1290606141173567488

En contra de lo que se podría pensar, este club está compuesto por sectores sociales de niveles elevados. La fundación Jean-Jaurés publicó el 7 de setiembre un estudio sobre los antimáscaras y sus características sociodemográficas. ”63% son mujeres con un alto nivel educativo. Los ejecutivos y profesiones intelectuales superiores representan 36% de los opositores cuando solo constituyen el 18% en el conjunto de la población francesa. Al contrario, los obreros y los empleados representan 23% de los anti máscaras, o sea, la mitad de su peso real en la población francesa”. En Francia, 64% de la sociedad respalda el uso de los tapabocas, incluso en los lugares públicos abiertos.

PáginaI12 le propuso a Martine y Julien un paseo en inmersión por lo real. La cita se fijó en la esquina del Boulevard Saint Germain y Saint Michel con la idea de caminar por Saint Germain hasta la Rue des Saints-Pères. Esos casi dos kilómetros recorren una de las zonas más turísticas de París, las boutiques de lujo y cafés célebres como Le Deux Magots, Le Flore et Le Bonaparte. Los turistas deambulan como mariposas perdidas. Esta vez no hay nadie. Los comercios están vacíos y solo se salvan los cafés con amplias terrazas. Entramos a un par de boutiques para averiguar precios y entablar la conversación y conocer las consecuencias de la pandemia. Las respuestas fueron similares: entre 60% y 70% menos de ventas, personal cesado y amenaza de cierre. Nos sentamos en la terraza de la brasserie Le Rouquet y enseguida surgió la pregunta: “¿ ustedes creen realmente que el liberalismo está dispuesto a paralizar su sistema, perder dinero, cortar los intercambios y el consumo ?”. Para ellos, no caben dudas: ”prefieren sacarnos la libertad y a cambio perder dinero. Mientras tanto, con el pánico artificial que generan se preparan con leyes y trampas para intervenir las sociedades. Nos quieren convertir en corderos”, dice Martine. Al grupo se suma Florian, el joven de 32 años que participó en la manifestación contra las máscaras. Dice más o menos lo mismo: ”la pandemia ha terminado (7.000 contagios en un día), pero siguen y siguen dando cuerda en los medios serviles y mentirosos”. La doctora Delépine completa esa idea y asegura: ”las máscaras carecen hoy de todo sentido. Sólo sirven para expandir el miedo, paralizar la población y bloquear la reflexión. La máscara se ha convertido en un símbolo de la tiranía del poder y de la sumisión de los individuos”.

La encuesta de la Fundación Jean-Jaurés sitúa a los antimáscaras en todo el abanico político con una mayoría de 46% hacia la derecha y 36% hacia la izquierda. Varios rasgos mayoritarios identifican a los antimáscaras: rechazo a las instituciones o falta de confianza en ellas (apenas 6% cree en la institución presidencial), incluidos los hospitales, no se reconocen en la oposición izquierda-derecha (61%), sólo 14% cree en la prensa escrita, 2% en la televisión pero son 60% en tener confianza en los medios en línea y 51 en las redes sociales (78 % se informa por medio de internet contra 28% para el conjunto de la población del país). Su adhesión a las tesis complotistas es otro rasgo. 90% de los encuestados afirman que el Ministerio de Salud es un cómplice de la industria farmacéutica para ocultar la realidad sobre la nocividad del virus. Como lo resume el informe, los antitapabocas están impregnados en la idea de que las máscaras “están destinadas a testear a la población y serían el anunciador de la instauración de un nuevo orden mundial sin ninguna libertad para los ciudadanos”. 

Los antimáscaras se alimentan en el seno de la llamada “burbuja cognitiva”, es decir, las redes sociales donde no circula ninguna opinión divergente y donde todo debate contradictorio está excluido. A los poderes públicos les preocupa lo que vendrá después: el 94% confirma que no aceptará que lo vacunen contra la covid-19 cuando se descubra la vacuna. Los ortodoxos de la libertad son insensibles a cualquier argumento científico, a los testimonios de médicos y enfermeros, al escalofriante tendal de muertos que ha dejado la pandemia y al hecho de que ellos mismos, escuderos del libre arbitrio y la soberanía, son objeto de una manipulación tan grosera como interesada por parte trolls, diseñadores de fake y científicos cuya credibilidad hace rato que es una broma siniestra.

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Los periodistas han allanado el camino de Assange al Gulag de EE.UU.

La muerte del periodismo

 

Esta semana han comenzado las audiencias en un tribunal británico para dictaminar sobre la extradición de Julian Assange. Las vicisitudes de más de una década que nos ha llevado hasta el punto en que nos encontramos deberían horrorizar a todo aquel preocupado por la creciente fragilidad de nuestras libertades.

Un periodista y editor ha sido privado de libertad durante diez años. Según los expertos de Naciones Unidas, Assange ha sido arbitrariamente detenido y torturado la mayor parte de ese tiempo mediante un estricto confinamiento físico y una presión psicológica continuada.  La CIA ha pinchado sus comunicaciones y le ha espiado cuando estaba bajo asilo político, en la embajada de Ecuador en Londres, vulnerando sus derechos legales más fundamentales. La jueza que ha supervisado las vistas tiene un grave conflicto de intereses (su familia está muy relacionada con los servicios de seguridad británicos) que no ha declarado y que debería haberla impedido hacerse cargo del caso.

Todo indica que Assange será extraditado a Estados Unidos para enfrentarse a un juicio amañado frente a un gran jurado dispuesto a enviarle a una prisión de máxima seguridad para cumplir una sentencia de hasta 175 años de prisión.

Todo esto no está pasando en una dictadura de pacotilla del Tercer Mundo. Está teniendo lugar bajo nuestras narices, en una gran capital occidental y en un Estado que dice proteger los derechos de la prensa libre. Está ocurriendo no en un abrir y cerrar de ojos, sino a cámara lenta, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

La única justificación para este ataque implacable a la libertad de prensa –dejando de lado la sofisticada campaña de ataque que los gobiernos occidentales y los medios de comunicación sumisos han llevado a cabo  contra la personalidad de Assange– es que un hombre de 49 años publicó documentos que mostraban los crímenes de guerra de EE.UU. Esa es la razón –la única razón– por la que Estados Unidos pretende su extradición y por la que Assange ha estado languideciendo en confinamiento solitario en la prisión de alta seguridad de Belmarsh durante la pandemia del covid-19. La solicitud de libertad bajo fianza promovida por sus abogados fue rechazada.

Una cabeza en una pica

Mientras toda la prensa le abandonaba hace una década, y se hacía eco de los comentarios oficiales que lo ridiculizaban por su higiene personal y el tratamiento a su gato, Assange se encuentra actualmente en la situación que predijo en su día que estaría si los gobiernos occidentales se salían con la suya. Está a la espera de su entrega a Estados Unidos para ser encerrado el resto de sus días.

Dos son los objetivos que Estados Unidos y Reino Unido querían lograr mediante la evidente persecución, reclusión y tortura de Assange.

En primer lugar, la inhabilitación de el propio Assange y de Wikileks, la organización de transparencia que fundó con otros colaboradores. El uso de Wikileaks tenía que ser demasiado arriesgado para potenciales denunciantes de conciencia. Esa es la razón por la que Chelsea Manning (la soldado estadounidense que filtró los documentos sobre crímenes de guerra de Estados Unidos en Irak y Afganistán por los que Assange se enfrenta a la extradición) también fue sometida a una rigurosa reclusión. Posteriormente sufrió repetidos castigos en la prisión para forzarla a testificar contra Assange.

El propósito era desacreditar a Wikileaks y organizaciones similares y evitar que publicaran nuevos documentos reveladores, del tipo de los que muestran que los gobiernos occidentales no son los “chicos buenos” que manejan los asuntos del mundo en beneficio de la humanidad, sino matones globales muy militarizados que promueven las mismas políticas coloniales de guerra, destrucción y pillaje que siempre han aplicado.

Y, en segundo lugar, había que sentar ejemplo. Assange tenía que sufrir horriblemente y a la vista de todos para disuadir a otros periodistas de seguir sus pasos. Sería el equivalente moderno de colocar la cabeza del enemigo en una pica a las puertas de la ciudad.

El hecho evidente –confirmado por la cobertura mediática del caso– es que esa estrategia promovida principalmente por EE.UU. y Reino Unido (con Suecia jugando un papel secundario) ha tenido un enorme éxito. La mayor parte de los periodistas de los grandes medios siguen vilipendiando con entusiasmo a Assange, ahora al ignorar su terrible situación.

 Una historia oculta a vista de todos

Cuando Assange se apresuró a buscar asilo político en la embajada de Ecuador en 2012, los periodistas de todos los medios convencionales ridiculizaron su afirmación (ahora claramente justificada) de que intentaba evadir la iniciativa de EE.UU. para extraditarle y encerrarle de por vida. Los medios continuaron con su burla incluso cuando se acumularon pruebas de que un gran jurado se había reunido en secreto para redactar acusaciones de espionaje contra él, y que dicho jurado actuaba desde el distrito oriental de Virginia, sede central de los servicios de seguridad e inteligencia estadounidense. Cualquier jurado de la zona está dominado por el personal de seguridad y sus familiares. No tenía ninguna esperanza de lograr un juicio justo.

Llevamos ocho años soportando que los grandes medios eludan el fondo del caso y  se dediquen complacientes a atacar su personalidad, lo que ha allanado el camino para la actual indiferencia del público ante la extradición de Assange y ha permitido la ignorancia general de sus horrendas implicaciones.

Los periodistas mercenarios han aceptado, al pie de la letra, una serie de razonamientos que justifican el encierro indefinido de Assange en interés de la justicia –antes incluso que su extradición– y que se pisotearan sus derechos legales más básicos. El otro lado de la historia –el de Assange, la historia oculta a vista de todos– ha permanecido invariablemente fuera de la cobertura mediática, ya sea de la CNN, o del New York Times, la BBC o el Guardian.

Desde Suecia hasta Clinton

Al principio se dijo que Assange había huido para no responder a las acusaciones de agresión sexual presentadas en Suecia, a pesar de que fueron las autoridades suecas las que le permitieron salir del país; a pesar de que la fiscal original del caso, Eva Finne, descartara la investigación contra él por “no existir sospecha alguna de cualquier delito”, antes de que otra fiscal tomara el caso por razones políticas apenas ocultas; y a pesar de que Assange posteriormente invitara a la fiscalía sueca a interrogarle en el lugar donde se encontraba (en la embajada), una opción que normalmente no supone ningún problema en otros casos pero fue absolutamente rechazada en este.

 No se trata solo de que los grandes medios no proporcionaran a sus lectores el contexto de la versión de Suecia. Ni de que se ignoraran muchos otros factores a favor de Assange, como la prueba falsificada en el caso de una de las dos mujeres que alegaron agresión sexual y la negación por parte de la otra a firmar la acusación de violación que la policía había preparado para ella.

Se mentía burda y repetidamente al decir que se trataba de una “denuncia de violación”, cuando Assange simplemente era requerido para un interrogatorio. Nunca se levantaron cargos de violación contra él porque la segunda fiscal sueca, Marianne Ny –y sus homónimos británicos, entre otros Sir Keir Starmer, entonces fiscal jefe del caso y ahora líder del Partido Laborista– aparentemente intentaban evitar la poca credibilidad de las alegaciones interrogando a Assange. Era mucho mejor para sus propósitos dejar que Julian se pudriera en un pequeño cuarto de la embajada.

Cuando el caso sueco se vino abajo –cuando resultó evidente que la fiscal original tenía razón al concluir que no existía prueba alguna que justificara nuevos interrogatorios, por no decir acusaciones firmes– la clase política y los medios de comunicación cambiaron de táctica.

De repente la reclusión de Assange estaba implícitamente justificada por razones completamente diferentes, razones políticas –porque supuestamente había contribuido a la campaña presidencial de 2016 de Donald Trump publicando correos electrónicos, presuntamente “hackeados” por Rusia de los servidores del partido Demócrata. El contenido de esos correos, ocultos por los medios en aquel entonces y muy olvidados en la actualidad, desvelaban la corrupción en la campaña de Clinton y las iniciativas llevadas a cabo para sabotear las primarias del partido y debilitar a su rival para la nominación presidencial, Bernie Sanders.

The Guardian fabrica una mentira

A la derecha autoritaria no le ha preocupado mucho el prolongado confinamiento de Assange en la embajada y su posterior encarcelamiento en Belmarsh por haber sacado a la luz los crímenes de guerra de EE.UU., por tanto la prensa no ha invertido ningún esfuerzo en unirla para la causa. La campaña de demonización contra Assange se ha centrado en temas a los tradicionalmente son más sensibles los liberales y la izquierda, que de otro modo tendrían escrúpulos en tirar por la borda la Primera Enmienda y encerrar a la gente por hacer periodismo.

Al igual que las alegaciones de Suecia, a pesar de que no concluyeran en ninguna investigación, se aprovecharon de lo peor de las impulsivas políticas identitarias de la izquierda, la historia de los correos “hackeados” fue diseñada para distanciar a la base del partido Demócrata. Por extraordinario que parezca, la idea de que Rusia penetró en los ordenadores del partido Demócrata persiste a pesar de que pasados los años –y tras una ardua investigación del “Rusiagate” a cargo de Robert Mueller– todavía no se puede sostener con pruebas reales. De hecho, algunas de las personas más cercanas a la materia, como el antiguo embajador británico Craig Murray, han insistido todo el tiempo en que los correos no fueron hackeados por Rusia, sino filtrados por un miembro desengañado del partido Demócrata desde el interior.

Pero todavía es un argumento de mayor peso el hecho de que una organización de transparencia como Wikileaks no tenía más opción que exponer los abusos del partido Demócrata, una vez que obraron en su poder dichos documentos, fuera cual fuera la fuente.

Una vez más, la razón por la que Assange y Wikileaks acabaron mezclados con el fiasco del Rusiagate –que desgastó la energía de los simpatizantes demócratas en una campaña contra Trump que lejos de debilitarle le fortaleció– es la cobertura crédula que realizaron prácticamente todos los grandes medios del caso. Periódicos liberales como el Guardian fueron aún más lejos y fabricaron descaradamente una historia –en la que falsamente informaban de que el asistente de Trump, Paul Manafort, y unos “rusos” sin nombre visitaron en secreto a Assange en la embajada– sin que ello les trajera repercusiones ni llegaran a retractarse en ningún momento.

Se ignora la tortura de Assange

Todo ha posibilitado lo ocurrido posteriormente. Una vez que el caso de la fiscalía sueca se desvaneció y no existían motivos razonables para impedir que Assange saliera en libertad de la embajada, los medios de comunicación decidieron en comandita que el quebrantamiento técnico de la libertad vigilada era motivo suficiente para su reclusión continuada en la embajada o, mejor aún, para su detención y encarcelamiento. Dicho quebrantamiento se basada, desde luego, en la decisión de Assange de buscar asilo en la embajada motivada por el justificada creencia en que Estados Unidos planeaba pedir su extradición y encarcelamiento.

Ninguno de estos periodistas bien pagados pareció recordar que, según el derecho británico, está permitido no cumplir las condiciones de la fianza si existe una “causa razonable”, y huir de la persecución política entra evidentemente dentro de las causas razonables.

Los medios de comunicación también ignoraron deliberadamente las conclusiones del informe de Nils Melzer, académico suizo de derecho internacional y experto de Naciones Unidas en la tortura, según las cuales Reino Unido, EE.UU. y Suecia  no solo habían negado a Assange sus derechos legales básicos sino que se habían confabulado para someterle a años de tortura psicológica –una forma de tortura, según señalaba Melzer, perfeccionada por los nazis por ser más cruel y más efectiva que la tortura física.

Como resultado, Assange ha sufrido un importante deterioro en su salud  física y cognitiva y ha perdido mucho peso. Nada de ello ha merecido más allá de una simple mención por parte de los grandes medios –especialmente cuando su mala salud le ha impedido asistir a alguna audiencia. Las repetidas advertencias de Melzer sobre el maltrato a Assange y sus efectos han caído en oídos sordos. Los medios de comunicación simplemente han ignorado las conclusiones de Melzer, como si nunca hubieran sido publicadas, en el sentido de que Assange ha sido, y está siendo, torturado. Solo tenemos que detenernos a pensar la cobertura que habría recibido el informe de Melzer si hubiera sido motivado por el tratamiento a un disidente de un Estado oficialmente enemigo como Rusia o China.

La sumisión de los medios de comunicación ante el poder

El año pasado la policía británica –en coordinación con un Ecuador presidido por Lenin Moreno, ansioso por estrechar sus lazos con Washington– irrumpió en la embajada para sacar a la fuerza a Assange y encerrarle en la prisión de Belmarsh. Los periodistas volvieron a mirar hacia otro lado en la cobertura de este suceso.

Llevaban cinco años manifestando la necesidad de “creer a las mujeres” en el caso de Assange, aunque eso supusiera ignorar las evidencias, y luego proclamando la santidad de las condiciones de la fianza, aunque se usaran como un simple pretexto para la persecución política. Ahora, todo eso había desaparecido en un instante. De repente, los nueve años de reclusión de Assange basados en la investigación de una agresión sexual inexistente y una infracción menor de la fianza fueron sustituidos por la acusación por un caso de espionaje. Y la prensa volvió a unirse contra él.

Hace unos pocos años la idea de que Assange pudiera ser extraditado a EE.UU. y encerrado de por vida, al considerar “espionaje” su práctica del periodismo, era objeto de mofa por su inverosimilitud. Era algo tan ofensivamente ilegal que ningún periodista “establecido” podía admitir que fuera la verdadera razón para su solicitud de asilo en la embajada. La idea fue ridiculizada como un producto de la imaginación paranoide de Assange y sus seguidores y una excusa fabricada para rehuir la investigación de la fiscalía sueca.

Pero cuando la policía británica invadió la embajada en abril del pasado año y le detuvo para facilitar su extradición a Estados Unidos, precisamente acusándole de espionaje, lo que confirmaba las sospechas de Assange, los periodistas informaron de ello como si desconocieran el trasfondo de la historia. Los medios olvidaron deliberadamente el contexto porque les habría obligado a aceptar que son unos ingenuos ante la propaganda estadounidense, unos apologistas del excepcionalismo de Estados Unidos y de su ilegalidad, y porque habría demostrado que Assange, una vez más, tenía razón. Habría demostrado que él es el verdadero periodista, y no ellos y su periodismo corporativo apaciguado, complaciente y sumiso.

La muerte del periodismo

En estos momentos todos los periodistas del mundo deberían rebelarse y protestar ante los abusos que ha sufrido y está sufriendo Assange, un fatídico destino que se prolongará si se aprueba su extradición. Deberían estar publicando en las primeras páginas y manifestando en los programas informativos de televisión su protesta por los abusos interminables y descarados del proceso contra Assange en los tribunales británicos, entre otros el flagrante conflicto de intereses de Lady Emma Arbuthnot, la juez que supervisa el caso.

Deberían armar un escándalo por la vigilancia ilegal de la CIA  a la que fue sometido Assange mientras se hallaba recluido en las instalaciones de la embajada ecuatoriana, e invalidar la falsa acusación contra él por haber violado las relaciones entre abogado y cliente. Deberían mostrarse indignados ante las maniobras de Washington, a las que los tribunales británicos aplicaron una fina capa del barniz del procedimiento reglamentario, diseñado para extraditarle bajo la acusación de espionaje por realizar un trabajo  que está en el mismo núcleo de lo que se supone es el periodismo: pedir cuentas al poder.

Los periodistas no tienen por qué preocuparse por Assange ni este tiene por qué caerles bien. Tienen que manifestar su protesta porque la aprobación de su extradición marcará la muerte oficial del periodismo. Significará que cualquier periodista del mundo que desentierre verdades embarazosas sobre Estados Unidos, que descubra sus secretos más oscuros, tendrá que guardar silencio o se arriesgará a pudrirse en una cárcel el resto de su vida.

Esa perspectiva debería horrorizar a cualquier periodista. Pero no ha ocurrido así.

Carreras y estatus, no la verdad

Claro está que la inmensa mayoría de periodistas occidentales no llegan a desvelar un secreto importante de los centros de poder en toda su carrera profesional, ni siquiera aquellos que aparentemente se dedican a monitorizar esos centros de poder. Dichos periodistas reescriben los comunicados de prensa y los informes de los grupos de presión, sonsacan a fuentes internas del gobierno que los utilizan para llegar a las grandes audiencias y transmiten los chismes y maledicencias de los pasillos del poder.

Esa es la realidad del 99 por ciento de lo que llamamos periodismo político.

No obstante, el abandono de Assange por parte de los periodistas  –la completa falta de solidaridad ante la persecución flagrante de uno de ellos, similar a la de los disidentes que tiempo atrás eran enviados a un gulag– debería deprimirnos. No significa solo que los periodistas han abandonado la pretensión de hacer auténtico periodismo, sino también que han renunciado a la aspiración de que cualquier otro lo haga.

Significa que los periodistas de los grandes medios, los medios corporativos, están dispuestos a ser considerados por sus audiencias con mayor desdén de lo que ya lo son. Porque, a través de su complicidad y su silencio, se han puesto del lado de los gobiernos para que cualquiera que pida cuentas al poder, como Assange, termine entre rejas. Su propia libertad les encasilla como una élite cautiva; la prueba irrefutable de que sirven al poder es que no lo confrontan.

La única conclusión posible es que a los periodistas de los grandes medios les importa menos la verdad que su carrera profesional, su salario, su estatus y su acceso a los ricos y poderosos. Como Ed Herman y Noam Chomsky explicaron hace tiempo en su libro Los guardianes de la libertad, los periodistas alcanzan la clase media tras un largo proceso diseñado para deshacerse de aquellos que no están claramente en sintonía con los intereses ideológicos de sus editores.

Una ofrenda sacrificial

En resumen, Assange desafió a todos los periodistas al renunciar a su “acceso” (a dios) y a su modus operandi: revelar destellos ocasionales de verdades muy parciales obtenidas de sus fuentes “amigables” (e invariablemente anónimas) que utilizan los medios de comunicación para marcar puntos a sus rivales de los centros de poder.

En vez de eso, a través de denunciantes de conciencia, Assange desenterró la verdad cruda, sin adornos, plena, cuya exposición a la luz pública no ayudaba a ningún poderoso, solo a nosotros, al público, cuando tratábamos de entender lo que se estaba haciendo y se había hecho en nuestro nombre. Por primera vez pudimos ser testigos del comportamiento peligroso y a menudo criminal de nuestros dirigentes.

Assange no solo puso en evidencia a la clase política, también a los medios de comunicación, por su debilidad, su hipocresía, su dependencia de poder, su incapacidad para criticar el sistema corporativo en el que están inmersos.

Pocos de ellos pueden perdonarle ese delito. Y esa es la razón por la que estarán ahí, alentando su extradición, aunque solo sea mediante su silencio. Unos pocos escritores liberales esperarán hasta que sea demasiado tarde para Assange, hasta que haya sido empaquetado para su entrega, y expresarán en columnas dolientes, con poco entusiasmo y de forma evasiva, que por muy desagradable que se supone que sea Assange no se merecía el tratamiento que Estados Unidos le había reservado.

Pero eso será demasiado poco y demasiado tarde. Assange necesitaba hace tiempo la solidaridad de los periodistas y de las asociaciones de prensa, así como la denuncia a pleno pulmón de sus opresores. Él y Wikileaks estaban a la vanguardia de un combate para reformular el periodismo, para reconstruirlo como el verdadero control del poder desbocado de nuestros gobiernos. Los periodistas tenían la oportunidad de unirse a él en esa lucha. En vez de eso huyeron del campo de batalla, dejándole como una oferta sacrificial ante sus amos corporativos.

Más información sobre la persecución a Assange (vídeo en inglés): The War on Journalism: The Case of Julian Assange (38’)

Por Jonathan Cook | 09/09/2020 

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/09/04/journalists-have-paved-assanges-path-to-a-us-gulag/

Publicado enSociedad
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