Viernes, 07 Septiembre 2018 07:40

Atacan al candidato ultraderechista en Brasil

Atacan al candidato ultraderechista en Brasil

Apuñalaron a Jair Bolsonaro en un acto político en Minas Gerais; la herida es grave pero él estaría fuera de peligro. El atacante Adelio Bispo de Oliveira, un evangelista de 40 años, fue detenido de inmediato por la seguridad de Bolsonaro. La agresión alteró aún más la tensa campaña electoral. El PT repudió de inmediato la violencia. Se espera el avance de la investigación.

El candidato presidencial Jair Bolsonaro fue apuñalado ayer por la tarde cuando realizaba una actividad proselitista en Juiz de Fora generando otro hecho conmocionante en una campaña, y en un año político, cargados de nitroglicerina. El ataque ocurrió cerca de las 15.40 horas cuando el capitán retirado del Ejército, segundo en las encuestas preelectorales, se desplazaba en medio del gentío por el centro de esa ciudad del estado de Minas Gerais, en el sureste del país. La imágenes del hecho no permiten identificar al atacante, sí a la víctima, con una remera amarilla, que luego del cuchillazo fue registrada en posición horizontal, apoyando un paño blanco sobre su abdomen, cuando era trasladada por sus asistentes para luego ser internado en la Santa Casa de Misericordia, un centro médico ubicado a unos dos kilómetros del lugar del incidente.

Minutos después de ingresado al hospital su hijo Flavio Bolsonaro declaró que la herida de su padre no era profunda y había sido suturada con seis puntos. A esa hora, cerca de las diecisiete, la televisión y las redes sociales hervían de informaciones de todo calibre.


Había pasado a un segundo plano la última encuesta del instituto Ibope, contratada por el grupo de medios Globo, que excluyó a Luiz Inácio Lula da Silva, el candidato del Partido de los Trabajadores que se ubicó primero en todos los sondeos realizados este año.


Pasadas las seis de la tarde el hijo de Bolsonaro formuló nuevas declaraciones anulando las anteriores. “Fue más grave de lo que esperábamos” corrigió. Una fuente de la Santa Casa de Misericordia declaró a un canal de televisión que sufrió heridas en una arteria, los intestinos y una hemorragia importante y su cuadro era “estable”.


Los partes médicos comenzaron a superponerse con la evolución de la campaña a un mes y un día de los comicios más anómalos desde el fin de la dictadura en 1985. El atentado fue “lamentable, la violencia es injustificable” dijo Gleisi Hoffmann, presidenta del PT. Su compañera, la titular del PT de Minas Gerais, pidió que “los hechos sean investigados con prescindencia, informo que el sospechoso no es afiliado al PT”. Este comunicado dejaba entrever la preocupación del partido con las informaciones, algunas ciertas otras probablemente tóxicas, sobre el sospechoso Adelio Bispo de Oliveira, de 40 años, oriundo de Montes Claros. El hombre fue reducido de inmediato por el ostensible entorno de seguridad de Bolsonaro. La reconstrucción minuciosa del atentado es crucial para comprender si fue movido por razones políticas, lo que parece más probable, o por una persona descontrolada o con problemas psiquiátricos. Bolsonaro desata adhesiones hipnotizadas y odios, es un tipo de líder que alimenta conductas atípicas, hasta patológicas.


Mientras se esclarecen los hechos, si es que existe voluntad política de hacerlo, un primer análisis indica que el atentado tiende a modificar brutalmente el tono de la pelea electoral.


Sumando un ingrediente, la violencia, que contribuye a la exaltación de los grupos más incondicionales del bolsonarismo. No se puede descartar que el candidato del Partido Social Liberal incremente su popularidad en los próximos sondeos. En el que se conoció esta semana de Ibope tenía el 22 por ciento de apoyo y el 44 por ciento de rechazo.


Es prematuro arriesgar un pronóstico sobre como afectará este hecho la pelea de Lula contra la proscripción de la que es víctima. Y en que modo este hecho impactará en el resto del espectro electoral, incluyendo al probable sucesor de Lula, su actual candidato a vicepresidente Fernando Haddad.


Todo se descalabró. En algunos blogs se establecieron paralelos exagerados entre lo ocurrrido en Juiz de Fora con el magnicidio de John Kennedy atribuido a un atacante solitario, Lee Harvey Oswald.


El ataque de ayer no tuvo la dimensión del de Dallas en noviembre de 1963. Si hubiera que buscarle algún parecido, aunque lejano, tal vez quepa el asesinato de Luis Donaldo Colosio el 23 de marzo de 1994. Primero porque el escenario del ataque fue similiar, gentío rodeando a la víctima en Lomas Taurinas, norte mexicano. Segundo porque fue el hecho de violencia que contribuyó a descomponer un sistema políticamente moribundo como era el que controlaba el PRI desde hacía setenta años. Tercero porque hasta hoy sigue preso un asesino improbable, como Mario Aburto, un biombo detrás del cual se escondió un plan mayor. Ayer el supuesto atacante de Bolsonaro, Adelio Bispo de Oliveira, fue fotografiado con la mirada perdida y un ojo amoretonado debido a la aparente golpiza. Ese hombre parecía dispuesto a confesar cualquier cosa, lo que hizo y lo que no hizo. Una reportera de Globo se apresuró a realizar un rayo equis del sospechoso: “es de izquierda, está contra la causa Lava Jato y no le gusta el capitalismo”.

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Bannon y Bolsonaro, un combo para entusiasmar a la ultraderecha racista y xenófoba en Brasil.

Bolsonaro, quien no esconde su admiración por Trump, es un capitán de la reserva del ejército que, con un discurso autoritario, radical y repleto de ataques contra las políticas raciales y de igualdad, corre detrás de Lula en las encuestas.

El estratega político que ayudó a Donald Trump a llegar a la presidencia de Estados Unidos, Steve Bannon, será consejero eventual en la campaña del ultraderechista brasileño Jair Bolsonaro, según informó el diario brasileño O Globo. Los sondeos señalan al militar retirado como uno de los favoritos a vencer en las elecciones presidenciales de octubre en Brasil.

Fue el hijo del candidato presidencial, el diputado Eduardo Bolsonaro, quien reveló en el diario carioca el papel que Bannon eventualmente tendrá en la campaña presidencial de su padre. “Bannon se puso a disposición para ayudar, eso, obviamente, no incluye nada financiero. El apoyo (de Bannon) será con una sugerencia de internet, de repente un análisis, o interpretar datos, esas cosas”, dijo el hijo de Bolsonaro en declaraciones citadas por O Globo.

Bolsonaro hijo ya había dejado entrever en las redes sociales esta posibilidad el fin de semana pasado cuando publicó una foto suya con Bannon. “Conocí a Steve Bannon, estratega de la campaña de Trump. Conversamos y concluimos tener la misma visión de mundo. Él afirmó ser entusiasta de la campaña de Bolsonaro y ciertamente estamos en contacto para sumar fuerzas, principalmente contra el marxismo cultural”, publico el diputado en su cuenta en Twitter.

Bolsonaro, quien no esconde su admiración por Trump, es un capitán de la reserva del ejército que, con un discurso autoritario, radical y repleto de ataques contra las políticas raciales y de igualdad, lidera por estrecho margen los sondeos electorales para la presidencia de Brasil si el líder del Partido de los Trabajadores, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, no logra presentarse como candidato.

De acuerdo con el periódico, el estratega de Trump le dijo al hijo del candidato que la misión de Bolsonaro en Brasil era más ardua que la vencida por el estadounidense. “El mismo trato que tiene Trump allá es el que tiene que enfrentar Bolsonaro aquí, todas esas etiquetas y todo lo demás, es prácticamente la misma cosa, los dos pelean contra el establishment y de manera independiente”, afirmó el diputado a O Globo.

Bannon, ejecutivo de medios estadounidense, exbanquero de inversiones y expresidente ejecutivo de Breitbart News, un sitio web de noticias conocido por hacer comentarios políticos de extrema derecha, fue jefe de campaña de Trump y su jefe de estrategia en la Casa Blanca por siete meses, hasta el 18 de agosto de 2017 cuando fue despedido.

Después de dejar la Casa Blanca, Bannon ha participado en varias campañas y ha ayudado a varios movimientos políticos europeos de derecha.

De acuerdo con las últimas encuestas, en un escenario sin Lula, Bolsonaro es favorito por un escaso margen y lidera las intenciones de voto con un 17 por ciento, por delante de la ecologista Marina Silva (13), el laborista Ciro Gomes (8) y el socialdemócrata Geraldo Alckmin (6).

Ayer, la revista británica The Economist publicó un editorial en el que aseguraba que el ex capitán del ejército sería un peligro para la democracia. “Bolsonaro sería un presidente desastroso. Su retórica muestra que no tiene suficiente respeto hacia muchos brasileños, incluyendo a personas gay y negras. Hay poca evidencia de que entiende suficientemente los problemas económicos de Brasil como para poder solucionarlos. Sus reverencias a la dictadura lo convierten en una amenaza para la democracia”, sentenció la revista.

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El nuevo gurú de la ultraderecha europea

La divisa con la que Bannon se hizo conocer en Bruselas se la tomó prestada al poeta John Milton: “Prefiero reinar en el infierno que servir en el paraíso”, dijo Bannon. Su ambición choca, sin embargo, con unos cuantos obstáculos.

La ultraderecha mundial se prepara con vistas a dar el asalto al Parlamento Europeo. Las elecciones de mayo de 2019 para renovar el europarlamento movilizan desde hace rato a los papas globalizados de la extrema derecha que buscan en Bruselas expandir sus éxitos electorales a través de la creación, dentro del Parlamento, de un mega grupo compuesto por euroescépticos y cuya principal misión consiste en aniquilar a la Unión Europea desde adentro. Ya antes de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos y la victoria de Donald Trump, quien era en ese entonces su principal estratega, Steve Bannon, había llevado a cabo varios viajes exploratorios por el Viejo Continente con la intención de plasmar una suerte de internacional de la ultraderecha. Esta vez, su objetivo inicial empezó a ser realidad. Bannon plantó sus banderas en la capital belga por medio de una fundación, “The Movement”, con la que pretende aunar a todos los ultras que pululan en Europa. La divisa con la que Bannon aterrizó en Bruselas se la tomó prestada al poeta John Milton: “prefiero reinar en el infierno que servir en el paraíso” dijo Bannon. Su ambición choca sin embargo con unos cuantos obstáculos, empezando por las drásticas divisiones entre los grupos de la extrema derecha presentes en el Europarlamento y siguiendo por el sentido mismo del proyecto: la extrema derecha europea abraza la causa del combate contra la inmigración y la defensa del Estado Nación como antídoto ante los órganos multilaterales (la misma Unión Europea), pero la idea motriz del modelo de Bannon, “la desconstrucción del Estado administrativo”, no figura en su catalogo. El nacionalismo norteamericano no tiene un espejo en la compleja geografía europea. Hay líneas comunes, pero, en un momento dado, el precipicio entre ambos es abismal.


A Bannon, sin embargo, no le faltaran adeptos a su perfil de supremacista blanco, machista, antisemita, y homófobo. El equipo de The Movement cuenta con unas diez personas encargadas de respaldar a la extrema derecha y a los otros partidos populistas durante la campaña electoral. Entre estos consejeros hay personajes ya conocidos como Raheem Kassam, ex colaborador del británico Nigel Farage. Hasta ahora, la irrupción más sonora del rey de las fake news en Europa tuvo lugar en marzo pasado cuando Bannon asistió al congreso organizado por el entonces Frente Nacional francés consagrado a su refundación, es decir, a su cambio de nombre. Bannon intervino allí para vender la idea según la cual “la victoria es posible” porque “nosotros somos cada días más fuertes” y ellos “cada vez más débiles”. También ahondó en las retóricas desculpabilizadoras cuando dijo: “si luchan por la libertad los tratan de xenófobos. Si luchan por su país los tratan de racistas. Pero los tiempos de esas palabras asquerosas se han terminado “. Desde ese momento, el antaño estratega de Trump ha labrado las tierras del Viejo Continente. Sus lazos más estrechos los mantiene con los Demócratas Suecos (neonazis asumidos), Marine Le Pen en Francia, el Partido Popular de Mischaël Modrikamen y el Vlaams Belang en Bélgica, la ultraderecha austríaca (FPÖ) y la italiana de Matteo Salvini. Italia es para Bannon su “bebe” predilecto, la prueba absoluta de la vigencia de sus ideas, o sea, la posibilidad de que se forjen alianzas entre las extremas derechas genuinas y los movimientos populistas pero post ideológicos como el italiano 5 Estrellas.


¿Acaso puede Bannon repetir en Europa lo que hizo en Estados Unidos? La mayoría de los especialistas dudan de ello, sobre todo porque ven en las ambiciones del doctor fake news una suerte de carrera desesperada por existir luego de que Trump lo despidiese y el portal que lo hizo famoso, Breitbart News, también lo pusiera en la calle. Algunos asimilan sus sueños con los de un viejo actor norteamericano que se muda a Europa para interpretar roles menores porque en su país no encuentra trabajo. Por otra parte, los grupos de las extremas derechas europeas son como familias en constante disputa. El odio los une tanto como los separa. El especialista francés de las extremas derechas europeas, Jean-Yves Camus, juzga “ridículas” las pretensiones de Bannon y sus aliados. Según Camus, ello no excluye que “gracias a su dinero y a su capacidades de lobista pueda cosechar algunos resultados”. El analista francés asegura “confiar en las capacidades de los partidos demócratas de Europa para resistir. Los dirigentes europeos son lúcidos ante la situación y la responsabilidad que les incumbe en ella. Todo este problema deriva de la mala gestión de la crisis migratoria”. En el Parlamento Europeo, por ejemplo, el Primer Ministro húngaro Viktor Orban es miembro del PPE (Partido Popular Europeo), donde también está la formación de la canciller alemana Angela Merkel. La Liga de Salvini integra el grupo de Marine Le Pen. En el Europarlamento existen tres grupos distintos de eurohostiles que no se aceptan entre ellos. El proyecto político de estos partidos es esencialmente anti inmigrante y anti multicultural, pero en ningún caso inclinado a privatizar los Estados. Muy por el contrario, la extrema derecha europea aboga por un Estado Nación fuerte capaz de proteger a los ciudadanos de los estragos de la globalización. En julio de 2018, Salvini prometió hacer de las elecciones europeas de mayo de 2019 una suerte de referendo “entre la elite, el mundo de la finanza y el mundo real del trabajo, entre una Europa sin fronteras asediada por una inmigración de masas y una Europa que protege a sus ciudadanos”.


El equilibrio en el seno del Parlamento Europeo reposa aún sobre la dinámica de dos bloques: el de los socialdemócratas y el de los democristianos. No obstante, la cruzada de la ultraderecha por romper ese esquema con el soldado Bannon como líder cuenta con dispositivos muy bien entrenados y mucho dinero. Los medios de desinformación e intoxicación de la ultraderecha norteamericana son poderosos. Su eficacia fue probada a lo largo de la campaña a favor del Brexit en Gran Bretaña y luego con la elección de Donald Trump. Con todo, fracasaron en Francia cuando intentaron hacer lo mismo con Le Pen. La líder ultraderechista francesa perdió estrepitosamente la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 frente a Emmanuel Macron. La visión nacionalista norteamericana, su egoísmo devorador y su indolencia substantiva, encontraron, hasta ahora, una frontera infranqueable en Europa.


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Sobre el alcance histórico de la elección de AMLO

Hay que festejar un acontecimiento histórico: la primera derrota electoral de las derechas mexicanas reconocida como tal. A la historia remitió también la promesa de mayor peso de la campaña de Andrés Manuel López Obrador (también conocido como AMLO) y sus aliados, inscripta en el nombre mismo de la coalición: Juntos Haremos Historia.


El real alcance del gobierno que nació del voto del domingo obviamente irá decantándose en el tiempo y sólo se podrá sopesar retroactivamente. Sin embargo, algunas cuestiones afloran inmediatamente como parte del debate que se abre a partir de este acontecimiento.


En primer lugar, con la elección de López Obrador culmina un largo y tortuoso proceso de transición formal a la democracia, en tanto se realiza la plena alternancia en el poder al reconocerse la derrota electoral de las derechas y la correspondiente victoria de la oposición de centroizquierda, aquella que había aparecido en 1988 para disputarle al Partido Acción Nacional (Pan) el lugar de oposición consecuente. Cabe recordar, a treinta años de distancia, que desde entonces se asumía que el Pan era una oposición leal, que comulgaba con el neoliberalismo emergente y con el autoritarismo imperante. La alternativa planteada por el neocardenismo y el Partido de la Revolución Democrática (Prd) simplemente propugnaba el retorno al desarrollismo, pero con un acento más pronunciado hacia la justicia social y con otro diagnóstico sobre las causas de la desigualdad respecto del programa actual de López Obrador y el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), que coloca a la corrupción como el factor sistémico, como causa y no como consecuencia de las relaciones y los (des)equilibrios de poder. El horizonte de la revolución democrática implicaba un proyecto de transición no sólo formal sino sustancial: el igualamiento de las disparidades socioeconómicas como condición para el ejercicio de la democracia, tanto representativa como directa.


El círculo de la alternancia –y también del beneficio de la duda– que se cierra con esta elección marca sin duda un pasaje histórico significativo pero que no garantiza el alcance histórico del proceso que sigue.


Más aun si las expectativas son tan elevadas como las que suscita López Obrador al sostener que encabezará la cuarta transformación de la historia nacional, autoproclamándose el heredero de Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas. Lejos de todo izquierdismo, privilegia el rasgo moralizador y los perfiles de estadistas y demócratas de estas figuras. No hay truco ni engaño, en su programa y su discurso de campaña esta transformación atañe fundamentalmente a la refundación del Estado en términos éticos, y sólo en segunda instancia ésta tendrá las reverberaciones económicas y sociales necesarias para la estabilización de una sociedad en crisis. Del éxito de la cruzada anticorrupción dependen no sólo la realización de la hazaña histórica de moralizar la vida pública, sino la posibilidad de lograr tres propósitos fundamentales: pacificar el país, relanzar el crecimiento vía mercado interno, y redistribuir el excedente para asegurar condiciones mínimas de vida a todos los ciudadanos. Se trata de una ecuación que, para convencer a propios y extraños, ha sido repetida hasta el cansancio durante la campaña.


Respecto de los gobiernos progresistas latinoamericanos de las últimas décadas, el horizonte programático de López Obrador está dos pasos atrás en términos de ambiciones antineoliberales, mientras destaca por la insistencia en la cuestión moral, justo en la que muchos de esos gobiernos naufragaron, y, por otra parte, por tener ante sí el desafío de la pacificación, con todas las dificultades del caso, pero también con la oportunidad de tener un impacto profundo y marcar un cambio sustancial respecto del rumbo actual. Por la urgencia y la sensibilidad que lo rodean, será en este terreno –más que en cualquier otro– donde se medirá el alcance del nuevo gobierno, su popularidad y estabilidad en los próximos meses.


JUNTOS Y REVUELTOS. Por otro lado, la promesa de hacer historia convoca en principio a todos los ciudadanos “juntos”. Sin embargo, más allá de la transversalidad y la voluntaria ambigüedad de esta convocatoria de campaña, todo proceso político implica atender la espinosa definición del sujeto que impulsa y el que se beneficia del cambio. La fórmula obradorista, desde 2006, tiene un tinte plebeyo y antioligárquico: se construye sobre la relación líder-pueblo y la fórmula “sólo el pueblo puede salvar al pueblo”. Al mismo tiempo, tanto el Morena como la campaña fueron construidos alrededor de la centralidad y la dirección incuestionable de López Obrador, una personalización que llegó al extremo de llamar al acto de cierre de campaña AMLOfest y de usar el acrónimo AMLO como una marca o un hashtag(#AMLOmanía). Pero junto al pueblo obradorista y su guía están otros grupos con creencias y prácticas muy diversas entre sí: los dirigentes del Morena y de los partidos aliados (Partido del Trabajo –PT– y Partido Encuentro Social –Pes–) y toda la pléyade de grupos de priistas, perredistas y panistas que, oportunistamente, cambiaron de bando a último momento. También están vastas franjas de clases medias conservadoras, así como sectores empresariales a los cuales López Obrador dedicó especial atención en la campaña con el afán de desactivar su animadversión y para poder contar con su colaboración a la hora de tomar posesión del cargo. Cada uno de ellos exigirá lo propio, pero sobre todo serán valorados en relación con su específico peso social, político y económico en aras de mantener el equilibrio interclasista y la gobernabilidad.


Entonces “juntos” y revueltos, siguiendo el esquema populista, una abigarrada articulación de un vacío que sólo pudo llenar la ambigüedad discursiva y ahora la capacidad de arbitraje y el margen de decisión del líder que la elaboró y la difundió. Entre equilibrios precarios y alianzas variables, se vuelve imprescindible el recurso a la tradición y la cultura del estatalismo y del presidencialismo mexicano –con sus aristas carismáticas y autoritarias– que, no casualmente, no fue cuestionado a lo largo de la campaña obradorista.


Al margen de los contenidos que, como anuncia el programa, oscilarán entre una sustancial continuidad del modelo neoliberal, condimentada con dosis limitadas de regulación estatal y de redistribución hacia los sectores más vulnerables, la cuestión democrática es la que podría paradójicamente frustrar las expectativas de cambio histórico para reducirse a un esquema plebiscitario bonapartista, ligado a la figura del líder máximo que convoca a opinar sobre la continuidad de su mandato u otros temas emergentes. El culto a las encuestas dentro del Morena, tanto las que sirvieron para seleccionar a los candidatos como las que sostuvieron el triunfalismo de la campaña, podría ser el preludio de un nuevo estilo de gobierno, en el cual el pueblo sea asimilado a la opinión pública.


Esperemos que la transición formal a la democracia que hemos presenciado el 1 de julio, y la experiencia de un gobierno progresista tardío en México, no cierren las puertas a la participación desde abajo, sino que, por el contrario, propicien el florecimiento de instancias de autodeterminación. Esto sí que podría abrir la puerta a una transformación de portada histórica.

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La segunda vuelta confronta dos modelos para Colombia

Gustavo Petro obtuvo un 25 por ciento de los votos pero Iván Duque fue el gran ganador, con el 39 por ciento de los sufragios. “Eso demuestra la derechización de un país al que no le duelen las víctimas”, advierte el analista DeCurrea.


Los pronósticos se cumplieron. Iván Duque y Gustavo Petro se enfrentarán en ballottage el próximo 17 de junio. El experimentado líder de la izquierda obtuvo el 25% de los votos y Duque fue el gran ganador con 7.5 millones de votos que representan un amplio 39% del electorado. Lo de Petro, histórico por tratarse del primer candidato progresista que alcanza más de 4 millones de votos superando así al ya fallecido Carlos Gaviria Díaz, con quien militó en el opositor Polo Democrático Alternativo.


Rodeado por indígenas del Cauca que hicieron una cadena con sus bastones de mando ancestrales, el líder de Colombia Humana y su compañera de fórmula, Angela Robledo, llegaron al centro de eventos del Down Town Majestic, en Bogotá, donde el tercero más votado, Sergio Fajardo, obtuvo la mayor votación dejando una de las sorpresas de la jornada al superar a Petro en la ciudad que gobernó hasta 2015. Desde allí señaló que la ventaja de Duque disminuyó en un 10% respecto a las votaciones de congreso hace tres meses cuando se celebraron también las consultas interpartidistas. “Vamos a vencer. Se puede cambiar la historia de Colombia”, expuso el ahora fortalecido candidato de la izquierda que propone superar la desigualdad histórica y gobernar a favor de los más desfavorecidos: campesinos, víctimas, trabajadores, profesores. Y expuso que, lejos de polarizar, los resultados de ayer mostraron que el votó se distribuyó. Tal fue el caso de Fajardo, de la Alianza Verde-Polo Democrático, que apenas obtuvo 200 mil votos menos que Petro, consiguiendo un 23% de los votos. El ex alcalde de Medellín habló también a sus seguidores invitando a no sentirse derrotados sino terminar el día con una gran sonrisa, pero sin dejar claro si respaldará a uno y otro de los ganadores de ayer en una segunda vuelta electoral.


Cuando ese pase, el segundo domingo de junio, se aspira a vivir la históricamente tranquila situación de seguridad de las presidenciales de ayer que pasarán a la memoria porque, por primera vez, los ciudadanos pudieron votar por su primer mandatario sin ninguna alteración del orden público gracias a la dejación de armas de FARC y el cumplimiento del cese al fuego de la guerrilla del ELN. El líder de FARC, Rodrigo Londoño “Timochenko” estaba depositando un voto en una escuela de Bogotá en vez de coordinando acciones armadas. Por el desarme de la guerrilla y la palabra cumplida de los “elenos” la disminución de violencia fue de un 100% como lo confirmó el presidente Juan Manuel Santos alistándose para dejar el palacio presidencial. Las autoridades informaron que las 223 mesas que fueron trasladadas ayer lo hicieron por problemas climáticos, a diferencia de años pasados donde no se podía votar por la fuerza de la violencia.


Lo de Duque, tratándose de un joven político de derecha recién dado a conocer también sorprendió aunque se proyectaba por tratarse del apadrinado del expresidente Alvaro Uribe, que demostró una vez más seguir dominando las fuerzas de la derecha y las mayorías del país con gran reconocimiento y carisma a pesar de las múltiples investigaciones judiciales y cuestionamientos en su contra por presuntos vínculos con paramilitares y narcotraficantes. Desde 2002, cuando llegó por primera vez a Casa de Nariño, Uribe arrastra entre 5 y 7 millones de votos en cada comicio electoral. Sin embargo, el nombre de Iván Duque todavía fresco en la memoria de Colombia no ha estado relacionado con asuntos ilegales y, por el contrario, genera confianza en las élites como en la población popular.
“Conozco personalmente a Iván Duque, en mi opinión ha demostrado que tiene el conocimiento y el carácter para enfrentar los enormes retos que enfrenta Colombia actualmente. Me gusta su enfoque en nuevas economías, tecnología y emprendimientos”, le dijo a PáginaI12 la abogada Diana Escobar, habitante de Medellín. Mientras tanto en Bogotá, Anthony Gómez, empleado de un restaurante, explicó a este diario que votará por Petro nuevamente en el ballottage porque “es la persona que nos defiende, que nos va a poner más cerca del poder para que seamos nosotros quienes tengamos más beneficios, que cumplamos nuestros sueños, no solo para los ricos”.


Aunque en un margen estrecho, ayer aumentó el número de colombianos que votaron, llegando al 53% del electorado, mientras en las votaciones presidenciales han votado menos de la mitad de los habilitados para sufragar. Para el analista Víctor DeCurrea Lugo “no conseguimos lograr una mayor participación significativa a pesar de que había muchas propuestas sobre la mesa –buenas, regulares o malas– pues aún no logramos convocar al país”. El médico y estudioso de los Derechos Humanos, se manifestó preocupado por “la forma en que se mantiene el uribismo. Duque era un perfecto desconocido y hoy se perfila como el presidente y no por méritos propios”, asegura. Eso, según explicó DeCurrea a PáginaI12, demuestra la derechización de Colombia, “un país al que no le duelen las víctimas, que no tiene memoria, que desagradece la paz lograda hasta ahora”.


Víctor destaca además de la alta votación de la izquierda en cabeza de Gustavo Petro, “el fenómeno Fajardo que logró acercarse a Petro de una manera muy grande y ninguno hace parte de los partidos tradicionales ni de las élites”. Además señala que “la derrota de (Germán) Vargas Lleras fue estrepitosa (logró apenas el 6%). Y es un mensaje para el país sobre la quiebra de la corruptela en las urnas”.


El análisis de DeCurrea también detalla en la guerra mediática en la que los sectores de centro, izquierda y alternativos resultaron heridos como nunca antes en una contienda presidencial, en parte por la dinámica de las redes sociales como Twitter y Facebook. “La permanente discusión sobre la naturaleza del otro, que si un candidato usaba zapatos de tal marca, se aplicó para todos los candidatos. Mientras Vargas Lleras y Duque intentaron no darse tan duro entre ellos, la pelea entre algunos sectores sociales a favor de Petro y Fajardo fue un gravísimo error. Eso no solamente afectó las elecciones por cuanto quita votos, sino que las bases sociales quedaron muy lastimadas por una dinámica muy agresiva en redes lo que dificulta una unidad necesaria”.


Las noticias falsas o fake news y versiones de terror sobre el inventado “castrochavismo” y el miedo de parecerse a Venezuela fueron protagónicos en los resultados de ayer, cuando pudo verse la amplia ventaja que tiene Duque en la mayor parte del mapa del país. En todos los departamentos del Oriente y la zona Andina ganó el candidato de la derecha, mientras Petro fue ganador en capitales como Cartagena y Santa Marta. En Medellín, Duque habría ganado en primera vuelta pues obtuvo el 53% de los votos, mientras en Bogotá el más votado fue Sergio Fajardo.


La insólita normalidad de la jornada electoral de ayer en Colombia, por primera vez eligiendo presidente en paz, se contrastó con la tensión en el Norte de Antioquia donde unas 26 mil personas vieron afectado su derecho al voto. Por cuenta de las afectaciones del proyecto HidroItuango que tiene en amenaza de inundación varias poblaciones ribereñas del río Cauca, no pudieron desplazarse a sus puestos de votación. En poblados de Antioquia, Meta, Nariño y otras zonas del país se reportaron posibles delitos electorales como el observado por este diario en Medellín, frente al puesto de votación en Plaza Mayor, donde un vehículo publicitario de la campaña de Iván Duque apareció hacia las dos de la tarde aún a pesar de que está prohibido.


La complejidad del clima en distintos rincones de Colombia se mostró también en la noche en la capital, cuando en medio de la lluvia los ganadores ofrecieron sus discursos a miles de seguidores que se congregaron para celebrar o llorar. En la sede de Iván Duque, los eufóricos simpatizantes ovacionaron al delfín de Uribe que, triunfante, aseguró que será el próximo presidente de Colombia.

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

Publicado enEdición Nº245
El Salvador: debacle de la izquierda en un país marcado por la violencia

A falta del recuento definitivo, el derechista Arena es el triunfador indiscutible.

El Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) sufrió una severa derrota en las elecciones celebradas el domingo en El Salvador. A falta del recuento definitivo, el derechista Arena es el triunfador indiscutible. La violencia y el descrédito del sistema político, que ha afectado especialmente a la izquierda, han marcado los comicios de uno de los países con mayor tasa de homicidios del mundo.


“Son todos unos sinvergüenzas. Voy a votar nulo porque dar el apoyo a alguien sería facilitar que el partido reciba unos dólares, ya que el sistema les premia si les votas. La situación está muy mal, es muy peligroso”. Jorge López, un hombre que pasa de los 50, expresaba su descontento el domingo en el colegio en el centro de votación de la residencial Las Margaritas II, en Soyapango, departamento de San Salvador. Hablaba entre dientes y advertía continuamente de que hay que andar con cuidado, que la zona no está para bromas por el control que ejercen las pandillas. En el caso de la colonia en la que él reside, la versión salvadoreña de la Mara Salvatrucha (MS-13). Esta y el Barrio 18, que se divide entre las facciones denominadas Sureños y Revolucionarios, son las dos grandes grupos que, con diferentes características y sin constituir una única estructura, se extienden también por Guatemala y Honduras, además de EEUU, donde está su origen.


Las elecciones municipales y parlamentarias del domingo castigaron al gobernante FMLN. Se queda sin la alcaldía de la capital, San Salvador, sin casi todas las capitales que tenía en su poder, y queda en una posición muy debilitada en el Congreso. Con el 80% de los votos escrutados, ya que el sistema de votación es de listas abiertas, lo que ralentiza el recuento, Arena se lleva entre 38 y 39 escaños de 84. La derecha no ha incrementado su número de apoyos en términos absolutos, así que los resultados deben interpretarse más como castigo al FMLN que como premio para Arena.


La izquierda, por su parte, se queda en 22 escaños, su peor resultado en lo que va de siglo y dejándose 300.000 votos por el camino, una cifra nada desdeñable en un país en el que votan algo más de dos millones de los cinco que están llamados a las urnas. El próximo año, cuando se celebren comicios presidenciales, se cumplirá una década con la izquierda en el poder, un hecho histórico desde los acuerdos de paz de 1992, que pusieron fin a 12 años de guerra civil y que transformaron al FMLN de fuerza guerrillera en partido.


Las elecciones llegaban en un contexto de incremento de la violencia (entre enero y febrero de 2018 el número de homicidios llegó hasta los 627, un 26% más que hace un año) y descrédito del sistema político, cuya expresión ha tenido un mayor impacto sobre el FMLN.


La posición de Jorge López era la elegida por aquellos que querían expresar su descontento de forma activa: depositar la papeleta pero con un mensaje de protesta. Un buen número de electores invalidaron su voto escribiendo en él insultos contra la clase política. Este movimiento de descontento, que de un modo indirecto ha sido alentado por figuras como Nayib Bukele, alcalde saliente de El Salvador, expulsado del FMLN y que se postulará a las presidenciales de 2019, ha tenido su impacto. Si se tratase de un partido, sería el cuarto, tras Arena, FMLN y Gana (escisión de los primeros), y por delante del PCN (partido identificado con sectores reaccionarios de los militares). En la capital, el voto protesta se ubica en tercer lugar. Esta fórmula, en la que también se incluyen las papeletas invalidadas por defectos de forma, ha pasado de 90.000 a cerca de 300.000, por lo que es evidente que muchos salvadoreños utilizaron su voto para quejarse del sistema, abriendo el camino para nuevas expresiones políticas.


La violencia y la percepción de corrupción, que lleva incluida el descrédito de la clase política, eran los principales asuntos de unas elecciones en las que se hablaba más sobre hasta dónde podía llegar la abstención. López, por ejemplo, trabaja en el ámbito de la seguridad, protegiendo camiones que trasladan mercadería. Los empleados de este sector, siempre armados, son parte del paisaje urbano. Casi un ejército paralelo. López se queja de que ha perdido la cuenta de las veces en las que le han asaltado y le han exigido que entregue su mercancía. “Mi vida no vale el producto que lleve”, afirma.


Los malos resultados dejan un panorama sombrío de cara al último año en el Gobierno del actual presidente, el exguerrillero Salvador Sánchez Cerén, del FMLN, que tendrá que enfrentarse a un legislativo abrumadoramente opositor. En realidad la mayoría no la ha tenido nunca, puesto que Arena estaba por encima en la cámara. Sin embargo, con estos números ni siquiera da para alianzas tácticas entre la izquierda y Gana, por lo que la institucionalidad queda en manos de los conservadores. Estamos, pues, ante un giro hacia la derecha. Todo ello, con un futuro complejo. A los problemas ya existentes en el país se le suma el anuncio del presidente de EEUU, Donald Trump, de poner fin al estatus de protección temporal (TPS, por sus siglas en inglés) que daba cobertura a 190.000 salvadoreños desde 2001. A partir de noviembre de 2019 tendrán que regresar o se convertirán en inmigrantes ilegales. Más presión para un país como El Salvador, de apenas 6 millones de habitantes y con otros 3 millones trabajando en el extranjero.


Donde la violencia es la gran preocupación


En Soyapango, el municipio en el que votaba Jorge López, la principal preocupación es la inseguridad. Da igual a quién pregunte uno. “La violencia”, “la delincuencia”, “las pandillas”, son las inevitables respuestas. Con cerca de 250.000 habitantes según el censo de 2007 (con toda la cautela que deben tomarse estas cifras), este es el segundo núcleo del área metropolitana de San Salvador. Se trata de un barrio popular, con casitas de un piso, ordenadas, levantadas dentro de una planificación.
No hay muchos recursos económicos pero no estamos ante la imagen de una favela o de un terreno invadido, como también existen en todo Centroamérica. Uno de sus distintivos es que aquí existen barreras invisibles que sus habitantes conocen muy bien, porque no pueden franquearlas, pero que no son perceptibles a simple vista. Son las que marcan las pandillas, que controlan el territorio palmo a palmo. Por ejemplo: si uno vive en la colonia Las Margaritas, controlada por la MS-13 no puede cruzar a La Campanera, en poder del Barrio 18 Sureño. Los vecinos de colonias en manos de pandillas rivales son vistos como enemigos, aunque no tengan ninguna vinculación con esta estructura criminal. Aunque ellos mismos hayan sido sus víctimas.


“La seguridad es el principal problema, esto lo compartimos todos y aquí sabemos quién manda”. Rosa Martínez, de 64 años, dice que por suerte ella no ha tenido que enterrar a ningún familiar, pero que reza cada vez que su nieto, de 19, sale por la puerta. Tiene familiares con los que solo se encuentra en el interior, porque residen en otra colonia, en manos del Barrio 18, y está vetado el paso en ambos sentidos. No quiere dar más detalles.


El fenómeno de las pandillas tiene su origen en EEUU. Tras la firma de los acuerdos de paz, miles de salvadoreños (también guatemaltecos y hondureños) fueron deportados desde el vecino del norte, importando un modelo de organización criminal que ha modificado por completo la estructura de la sociedad en Centroamérica. Sus principales representantes son dos: la MS-13 y el Barrio 18, roto entre Sureños y Revolucionarios.


Solo el año pasado, en El Salvador, fueron asesinadas 3.954 personas, lo que implica una tasa de 60 homicidios por cada 100.000 habitantes. Los homicidios pueden ser por disputas entre pandillas, por no pagar la extorsión o por ejecuciones extrajudiciales perpetradas por la Policía, entre otras razonas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que un índice de 10 por cada 100.000 es ya una epidemia de violencia. Por ponerlo en contexto: en España, en el mismo año, la tasa no llegó a un asesinato por cada 100.000 habitantes.


“La seguridad es lo más importante. No se trabaja la prevención y, si no se aborda este ámbito, es difícil ir a por la reinserción”, señala Noemí Mancilla, de 50 años, mientras enumera una larga lista de causas: “familias desestructuradas, falta de trabajo, falta de incentivos”. “La violencia está a flor de piel”, afirma.
El gobierno de Salvador Sánchez Cerén, del FMLN, ha apostado por la militarización para frenar a las pandillas. Esto, unido a que en una jornada electoral salen todavía más uniformados a las calles, ofrece una sensación de falsa seguridad. Sin embargo, un detalle. Entre el Centro Escolar Urbanización Las Margaritas y el centro de votación de Las Margaritas II hay una distancia de apenas cuatro cuadras. Cinco minutos caminando. A pesar de ello, un oficial de policía se ofrece a acompañar a los periodistas durante el trayecto. Realizar ese pequeño recorrido con escolta no sería una buena idea, teniendo en cuenta que siempre hay alguien que observa y caminar de la mano de la jura (que es como se conoce a los uniformados) no es buen cartel de presentación.


En esta colonia, definitivamente, la gran preocupación es la delincuencia. En lo que no se ponen de acuerdo los votantes es en la receta. Mientras que Juan Antonio Moliner cree que las políticas del FMLN “han incrementado la delincuencia”, María Rein González cree que el Gobierno no tiene responsabilidad, que ellos no pueden saber cuándo se va a producir un hecho delictivo. Ella forma parte del denominado “voto duro” de la izquierda, el que no se plantea cambiar de siglas. En un país con una historia bélica tan reciente, tanto el FMLN como Arena disponen de este caudal de apoyos. Quien decide los comicios es el descontento en las capas más amplias de la cebolla o la construcción de nuevas lealtades.


Tiempo habrá ahora de analizar hasta qué punto ha influido esta variable en el descenso del FMLN. En 2012, durante el gobierno de Mauricio Funes (2009-2014), la izquierda llegó a auspiciar una tregua entre pandillas que rebajó de modo sustancial el número de homicidios. Aquella iniciativa fracasó y, desde entonces, el discurso general no se mueve del “manodurismo”. La situación llega a niveles de complejidad extremos con informaciones como la publicada recientemente por El Faro, que señalaba que un testigo protegido vinculó a Neto Muyshondt, futuro alcalde de San Salvador por Arena, con la entrega de 6 millones de dólares a la MS-13 que esta habría utilizado para la compra de cocaína.


Investigaciones periodísticas han probado que tanto el FMLN como Arena han mantenido una retórica beligerante contra las pandillas pero, sin embargo, ambos han negociado en secreto con ellos para ganarse su apoyo.


Soyapango es reflejo del vuelco político del país. Anteriormente, la alcaldía estaba en manos del FMLN, pero después de las elecciones será gestionado por Arena.


Resignación como sentimiento transversal


Violencia al margen, un sentimiento transversal, que podía percibirse tanto en colonias populares como las de Soyapango como en colegios como el Complejo Educativo Viuda de Escalón, en la denominada Zona Rosada de San Salvador, donde votan clases más acomodadas, es la resignación. “Los partidos piensan en ellos mismos, no en los ciudadanos”, explicaba Salvador Telula, en el centro de votación de La Campanera, también en Soyapango, pero en este caso, territorio controlado por el Barrio 18 Sureños. Al contrario que en otros lugares, en esta colonia todavía son visibles los “placazos”, o murales de grandes dimensiones que delimitan el control por parte de una pandilla. En opinión de este transportista, la situación de El Salvador es “muy mala”, “no hay oportunidades de trabajo y la seguridad es nula”.
Lejos de allí, en otro contexto, votaban Fabricio Agudo y José Ramón Morales. “Votamos por el menos peor”, se resignaba el primero. “Solo esperamos que roben menos”, añadía el segundo. Agudo y Morales también están preocupados por la inseguridad. “Todos aquí hemos sido asaltados alguna vez”, dicen, casi a la vez. Sin embargo, existe una diferencia fundamental. Ellos perciben mayor protección si evitan “determinadas zonas”, en referencia a colonias populares. Decenas de miles de personas residen ahí y no tienen posibilidad de marcharse.


La situación económica permanece estancada y escasean las oportunidades. De hecho, una de las principales fuentes de ingresos son las remesas que llegan desde EEUU. En 2017, fueron más de 5.000 millones de dólares.


Desde las bases del FMLN se advertía que un retorno de la derecha iba a poner fin a programas sociales como los que entregan uniforme, dos pares de zapatos y un vaso de leche a todos los estudiantes de primaria.


“Debemos mantener lo que hemos logrado. Si no, volveremos a los 80, a los tiempos de la derecha, cuando una comía con pena en Navidad, pensando en si tendría para pagar la escuela de sus hijos”, dice María Rein González, que alerta de que un triunfo de Arena implicaría un auge en las políticas de privatización y extractivismo. El Salvador es uno de los pocos países que prohíbe la minería metálica. Proyectos de estas características generan fuertes conflictos sociales en las vecinas Honduras y Guatemala. En ocasiones, a la izquierda le cuesta explicar qué políticas públicas le diferencian de los conservadores. Rein González recita de memoria los avances.El mensaje, sin embargo, no ha calado entre los electores.


La derecha, por su parte, ha argumentado que los inversores veían con desconfianza los ejecutivos efemelenistas y la economía se estancaba. “Debemos implementar planes en seguridad, sanidad y educación”, dice, sin entrar en concreciones, Remo Matarrosa, representante de Arena en Las Margaritas II.


Desde hace meses se viene hablando de una crisis del modelo político en El Salvador. Sin embargo, esta se ha expresado más en el castigo al FMLN. Los izquierdistas comparecieron el lunes en una breve rueda de prensa que no aceptó preguntas de los periodistas y anunciaron entrar en un “período de reflexión”.


En este ámbito, el alcalde saliente de El Salvador, Nayib Bukele, es un factor que no se puede sacar de la ecuación de la crisis de la izquierda. Accedió a la alcaldía capitalina por el FMLN pero en 2017 fue expulsado de la formación por el Tribunal de Ética. Desde entonces, ha promovido su propio perfil hasta el punto de que cuando se hagan públicos los resultados definitivos, él tiene pensado presentar su propia formación de cara a las presidenciales de 2019.


La victoria de Arena es también un triunfo que debe apuntarse la derecha regional. Este 2018, dos de cada tres ciudadanos en América Latina tienen cita con las urnas en un contexto de ofensiva neoliberal tras la victoria de Mauricio Macri en Argentina, el golpe de Estado contra Dilma Rouseff en Brasil y el fraude electoral perpetrado por Juan Orlando Hernández en Honduras. Todo ello, con EEUU instaurado en una ofensiva antiinmigración que llega a utilizar la violencia pandillera, una de las razones para escapar, como argumento para cerrar (todavía más) la frontera.

 

Por Alberto Pradilla
06/03/2018 08:53 Actualizado: 06/03/2018 08:53

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Una Italia antisistema, antieuro y antiinmigrante

Si se suman los resultados obtenidos por Movimiento Cinco Estrellas, Lega y Fratelli d’Italia, se llega casi al 55 por ciento de los votos. Los tres están a favor del cierre de Italia respecto de Europa y del mundo.

 Italia no logrará formar un gobierno rápidamente. Y esto era más o menos previsible dado los resultados de las elecciones del domingo donde ningún partido consiguió la mayoría. Pero lo que no se esperaba eran los importantes saltos, hacia atrás y hacia adelante, que dieron algunos partidos según muestran los datos oficiales de estas elecciones.


El partido más votado, en efecto, fue el Movimiento Cinco Estrellas (M5S), fundado por el cómico Beppe Grillo y hoy liderado por un joven de 31 años, Luigi Di Maio. El M5S pasó del 26% en las elecciones de 2013, al 33 por ciento ayer. Es decir tuvo un crecimiento de 7 puntos. “Hoy inicia la tercera República -dijo a los periodistas Di Maio que se candidatea como primer ministro- y será una república de los ciudadanos italianos. El de estas elecciones ha sido un resultado post-ideológico, que va más allá de los esquemas de derecha y de izquierda y que se refiere a los temas sin resolver que tiene la nación”.


La coalición más votada en cambio, fue la de centroderecha (Forza Italia de Silvio Berlusconi, la Lega y Fratelli’d’Italia), que pasó del 31% en 2013 al 37% ayer, es decir ganó seis puntos. Pero quien se lleva la corona dentro del centroderecha esta vez no es el ex premier Silvio Berlusconi sino la racista, antiinmigrantes y antieuropeísta Lega (ex Liga Norte) que de apenas un 4% en 2013 pasó a casi el 18% ganando 14 puntos. El líder de la Lega, Matteo Salvini, que durante toda la campaña electoral aseguró que él sería el próximo primer ministro, en rueda de prensa dijo ayer que su coalición es “la escuadra a la que le faltan menos números para tener la mayoría en el Parlamento” y que él y sus aliados trabajarán “para conseguir esa mayoría parlamentaria”. Pero también, como suele hacer, se lanzó contra Europa: “El euro fue y sigue siendo una elección equivocada”, dijo. Y refiriéndose a los dirigentes del Partido Democrático concluyó: “El voto ha castigado la arrogancia de Renzi y sus amigos”.


El secretario del PD Matteo Renzi, un personaje muy criticado dentro del PD y en principio la causa de importantes divisiones que tuvo el partido en estos añosb formalizó ayer su renuncia como secretario general. Algunos atribuyen a su accionar que el partido haya pasado del 27% en las elecciones de 2013 al 19% ahora, perdiendo 8 puntos. “Para nosotros ha sido una derrota clara y neta -dijo Renzi al presentar públicamente su renuncia en una rueda de prensa-. Hemos cometido errores pero al mismo tiempo estoy orgulloso de todo el trabajo que hemos hecho estos años. He pedido a la dirección que se convoque una asamblea y luego un congreso para elegir el nuevo secretario”.


La alianza de centroizquierda (PD, Más Europa y otros) consiguió el 23% de los votos mientras Libres e Iguales (formado por los ex PD) se llevó sólo un 3%.
En el total de las mesas electorales del exterior, según los datos oficiales, el PD mantuvo su porcentaje de 2013, es decir cercano al 27% de los votos, seguido del centroderecha con el 22% y de M5S con el 18%. En Argentina en particular, sin embargo, consiguieron colocarse primeros dos movimientos que se dicen liberales o centristas, el MAIE (Movimiento Asociativo de Italianos en el Exterior), fundado en Argentina en 2007, que consiguió en torno al 35% de los votos. Y USEI (Unión Sudamericana de Italianos Emigrantes) cuya base está en Argentina y Brasil y obtuvo en torno al 28%. Estas dos formaciones locales fueron seguidas por el PD con el 12%, la alianza de centro-derecha Berlusconi-Salvini y Meloni (la misma alianza de centroderecha de Italia) con el 8% y Libres e Iguales con el 5%. El M5S se colocó séptimo en esta clasificación en argentina con sólo el 4% de los votos.


Los posibles caminos


“Creo que el futuro de las alianzas políticas en Italia no hay que mirarlo sólo en clave interna sino también en relación a Europa -explicó a PáginaI12 el politólogo Gianni Bonvicini, actual consejero científico del Instituto de Asuntos Internacionales de Italia del cual fue presidente vicario y director durante varios años-. De modo particular, si se analizan los resultados obtenidos por M5S, Lega y Fratelli d’Italia, se llega casi al 55% . Son tres partidos que se consideran antisistema, antieuropeístas y antiinmigrantes y que están a favor del cierre de Italia respecto de Europa y del mundo. El PD, y las otras formaciones menores, y en parte Forza Italia, tienen posiciones distintas en este sentido, por lo cual es muy difícil pensar que sea posible una coalición entre M5S y PD. Es más fácil pensar en una división en el centroderecha, particularmente Lega y Fratelli d’Italia que hagan algún acuerdo con el M5S. Lo que hay que preguntarse es cuáles pueden ser las consecuencias que una alianza de este tipo para Italia y Europa. Nuestros colegas europeos y los mercados financieros internacionales están particularmente preocupados ante la eventualidad de un acuerdo de este tipo”.


–¿En su opinión de experto, por cuál razón el PD ha perdido tantos votos?


–Creo sobre todo porque perdió el referendo sobre la reforma constitucional y también porque Renzi no comprendió suficientemente los errores que había cometido y sobre todo la cuestión de su presencia, muy criticada dentro del PD. El no cambio de la clase dirigente del PD ha sido uno de los motivos. Y a eso se agrega la escisión de la izquierda del PD, que no ayudó a consolidar la imagen del partido. El tercer elemento es que muy probablemente el PD ha perdido el contacto con el país real, cosa que en cambio han logrado construir el M5S y hasta la Lega. Lo han hecho sobre temas muy nacionalistas: contra la inmigración, contra Europa, es decir una política estilo Trump.


–Pero también Forza Italia ha perdido bastante..

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–Si, por dos motivos: el primero porque propone el mismo líder, después de 20 años en la escena política. Es un riesgo fuerte. El segundo porque Forza Italia tiene posiciones más moderadas que Salvini y la Lega.


–¿La radicalización hacia la derecha que están sufriendo algunos países europeos como Austria y Polonia puede haber influido en el avance de la Lega?
–Lo que sucede en Italia es una muestra de lo que está sucediendo en Europa. En Austria el crecimiento de un partido xenófobo, de extrema derecha, con actitudes antiinmigración y autoritarias, el riesgo de que Francia fuera a parar a manos del Frente Nacional, el crecimiento en Alemania de los sectores conservadores, permite entender que el tema de la globalización y de la inmigración da miedo a mucha gente.


–¿Pero Italia podría tomar el camino de Austria?


–Esto es un poco más difícil porque en Italia la democracia es más sólida. No creo que éste sea un peligro inmediato para Italia.


–Si no se logra hacer un acuerdo para formar el gobierno ¿qué sucederá, se volverá a debatir sobre una ley electoral como se ha hecho en estos últimos años con los resultados que hemos visto ayer?


–No creo que los parlamentarios apenas elegidos quieran suicidarse para volver a nuevas elecciones luego de haber conseguido con mucha fatiga un puesto en el Parlamento. Sobre todo no querrán hacerlo las fuerzas que han perdido, FI y PD, porque una nueva ley electoral sería muy dificultosa. Para cambiarla habría que tener un gobierno con una gran mayoría parlamentaria, cosa que por ahora no parece posible. Lo más probable es que tendremos un largo período sin gobierno, de gran incertidumbre.


–¿Por qué los políticos italianos no piensan en hacer una ley electoral más simple, por ejemplo con la doble vuelta como hay en muchos países, que permitiría más rápidamente tener un gobierno?


–El verdadero problema es que frente al crecimiento de nuevos movimientos políticos como M5S o la Lega, cada uno trata de sacar ventajas para su propio partido. Simplificar demasiado el sistema electoral podría no ser ventajoso. Este es un país que ha tenido siempre una idea compleja de la política y en esto hemos sido una anomalía en Europa. La doble vuelta sería demasiado simple para nosotros. No somos ingleses..

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Lenín Moreno, presidente de Ecuador, durante una ceremonia con militares por el Día de la Independencia. El acto, en la ciudad de Quito, se llevó a cabo el pasado día 21

 

¿Qué es lo que sucede en Ecuador? Es la pregunta recurrente que circula en el exterior, entre profesores, académicos, editorialistas o personas de reconocida influencia en la opinión crítica de sus países.

Tratando de responder a esa inquietud, habría que señalar que los 10 años del gobierno de Rafael Correa (2007-2017) formaron parte del ciclo de gobiernos progresistas de América Latina. Ellos despertaron poderosas fuerzas enemigas: el imperialismo, las élites empresariales, los medios de comunicación privados ligados a esos intereses, los partidos políticos tradicionales. En Ecuador, a estos sectores se unieron, con el paso del tiempo, dirigentes de movimientos sociales que perdieron antiguas prebendas y posiciones, así como partidos y sectores de la antigua izquierda, que fueron incapaces de comprender la época histórica que se vivía.

Para las elecciones de 2017, Alianza País (AP), el partido-movimiento que dio origen al gobierno de Correa, postuló al binomio Lenín Moreno y Jorge Glas. En la primera vuelta (19 de febrero) confrontaron a siete binomios, pero para la segunda (2 de abril) se enfrentaron al exbanquero y millonario Guillermo Lasso (binomio con Andrés Páez), auspiciado por Creo y SUMA, y apoyado por la derecha política. Ganó Moreno con 51.16 por ciento de votos (Lasso obtuvo 48.84 por ciento). Ese triunfo fue calificado de fraude por el candidato perdedor, de modo que el Consejo Nacional Electoral (CNE), cediendo a las presiones, tuvo que realizar otro conteo de sufragios.

Durante la campaña, Moreno expresó lealtad a Correa, a quien destacó como el mejor presidente en la historia nacional. Señaló que la Revolución Ciudadana continuaría. Eso destapó los ataques de la oposición, que lo miró como el futuro continuista de un gobierno tildado de antidemocrático, autoritario, caudillista o populista.

Con la toma de posesión (24 de mayo), Moreno nombró un gabinete con algunas personas identificadas con el anterior gobierno y otros nuevos empresarios, lo cual parecía una renovación necesaria. Pero en pocas semanas la situación cambió. Sirvió de estrategia el diálogo nacional que inauguró el mandatario y que derivó en el resurgir de las derechas políticas y, sobre todo, de las élites empresariales, auspiciadas por los más influyentes medios de comunicación privados, que aplaudieron el nuevo ambiente de libertad que según Moreno ahora sí se respiraba.

Bajo ese inédito ambiente, no visto en una década, estalló el tema de la corrupción, que involucró a Odebrecht, PetroEcuador y altos funcionarios del gobierno de Correa. Sin duda, los escandalosos casos descubiertos, magnificados por los políticos de la antigua oposición y los medios de comunicación que los secundan, golpearon seriamente la imagen de Revolución Ciudadana. El juicio al vicepresidente Glas concluyó con sentencia condenatoria. De modo que el tema acicateó las justificaciones de la ruptura definitiva del gobierno morenista con su antecesor, al tiempo que siguieron amenazas judiciales y de la Contraloría contra antiguos funcionarios del correísmo.

En apenas ocho meses se modificó la correlación de fuerzas en el país. Hoy, élites empresariales, partidos de derecha política y toda la gama de sectores que han encontrado la oportunidad para movilizar su visceral anticorreísmo han adquirido presencia e influencia, ocupan los espacios mediáticos y sienten que sus posiciones predominan. Los banqueros recibieron el monopolio del manejo del dinero electrónico que estuvo en manos del Banco Central, algo impensable en el gobierno de Correa. A esas fuerzas también se han unido las izquierdas tradicionales, los marxistas pro-bancarios (otrora hicieron campaña a favor de Lasso) y hasta dirigentes de movimientos sociales (como el indígena y el de los trabajadores), atraídos con puestos públicos o nuevas prebendas de coyuntura. A los medios de comunicación privados se han sumado, paradójicamente, los públicos, alineados ahora con la misma visión. Todos se orientan por la descorreización del Estado y de la sociedad, y ven que este proceso avanza inexorablemente. No se habla más de Revolución Ciudadana ni del socialismo del siglo XXI.

Para el ex presidente Correa y sus partidarios, Moreno representa la traición y ahora cumple el programa perdedor de Lasso. En la geopolítica internacional no cabe descartar la movilización de estrategias continentales contra todo gobierno progresista en América Latina y para perseguir a sus figuras, como ha ocurrido con Cristina Fernández, Lula da Silva o Dilma Rousseff.

El mismo partido-movimiento AP literalmente fue tomado por los morenistas, que lograron el desconocimiento legal de la directiva correísta, fracción que pasó a identificarse con el nombre Revolución Ciudadana y que intentó registrarse como nueva agrupación política ante el CNE sin éxito.

En este contexto, la convocatoria gubernamental a consulta popular, siete preguntas, inevitablemente conduce a legitimar las nuevas circunstancias políticas y captar la institucionalidad estatal, desplazando definitivamente al correísmo. Son tres las preguntas de mayor significación y polémica: la dos, que propone negar la relección indefinida; la tres, para restructurar el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS), y la seis, para derogar la ley de plusvalía.

La dos impedirá cualquier retorno de Rafael Correa al poder, propósito explícitamente publicitado por quienes defienden el Sí. La pregunta seis es fruto de la presión de un sector empresarial que considera que el impuesto a la venta de bienes inmuebles afecta sus negocios. Pero la tres es la decisiva, porque la Asamblea Nacional nombrará siete miembros del CPCCS de transición (en el futuro sería por elecciones) entre las ternas que enviará el Ejecutivo, y que tendrá la capacidad para evaluar el desempeño de las autoridades designadas por el consejo cesado, pudiendo incluso declarar la terminación anticipada de sus funciones. En consecuencia, el CPCCS de transición podrá nombrar contralor, fiscal, procurador, Consejo Nacional Electoral, Tribunal Contencioso Electoral, Consejo Nacional de la Judicatura (nombra jueces), Defensor del Pueblo, Defensoría Pública, superintendentes. Se interviene, por tanto, en una de las cinco funciones del Estado creadas por la Constitución de 2008 y además, de triunfar el Sí, es previsible que las nuevas autoridades resulten de las componendas políticas, involucrando al Ejecutivo. Sería un retroceso histórico a los amarres típicos de la vieja clase política, que parecían superados desde 2007.

El ex presidente Rafael Correa llegó al país (vive con su familia en Bélgica) para respaldar a quienes promueven el No bajo condiciones absolutamente adversas. El resultado se conocerá el 4 de febrero, día de la consulta popular. Lo que ocurra después es mejor que quede como materia de análisis pendiente para otra ocasión.

Quito, 25/I/2018

 

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