Miércoles, 24 Enero 2018 06:17

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

 


Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra

 

La gran atención de los mayores medios de información en los países situados a los dos lados del Atlántico Norte, en su cobertura del aniversario de la elección del candidato republicano Trump al cargo de Presidente de EEUU se ha centrado en la figura del Presidente Trump, que antes de ser elegido Presidente era uno de los empresarios más importantes en el negocio inmobiliario de aquel país, uno de los más especulativos de la economía estadounidense. A pesar de no haber nunca ocupado un cargo electo antes de ser elegido, conocía bien el funcionamiento del Estado (tanto federal, como estatal y municipal) pues en gran parte su éxito como empresario había dependido de sus conexiones políticas, incluida “la compra de políticos”. El sistema electoral, de financiación predominantemente privada, favorece lo que en EEUU se llama “la compra de políticos” que pasan a representar los intereses de los que los financian. En realidad, Trump es un personaje bastante representativo del mundo empresarial especulativo de EEUU, que conjuga una enorme ignorancia de la política internacional, un desdén hacia el mundo intelectual y mediático con el cual se encuentra altamente incómodo, una hostilidad hacia el establishment federal y una gran astucia política. Es profundo conocedor de los gustos y opiniones de amplios sectores de las clases populares blancas con los que comparte un lenguaje lleno de estereotipos que le hace enormemente popular entre sus bases electorales. Su comportamiento aparentemente errático, que rompe todos los moldes de la respetabilidad burguesa, le convierte en un personaje carismático entre su electorado, que es, en su mayoría, de clase trabajadora y clase media de raza blanca, que comparte sus opiniones y prejuicios.

Por otra parte, el hecho de que tal comportamiento no encaje en los moldes tradicionales del establishment político-mediático del país explica que este último tenga grandes recelos sobre su habilidad para dirigirlo. Trump no salió del aparato del Partido Republicano ni de los círculos políticos de Washington, lo que le hace una figura muy atípica en el mundo político estadounidense. De ahí la animosidad de gran parte de los mayores medios de comunicación, que le dedican una enorme atención mediática muy orientada hacia desacreditarle, lo cual acentúa más su popularidad, no tanto entre la población general (donde es muy baja), sino entre la población que le vota, que odia al establishment político-mediático del país. Todas las encuestas destacan la gran lealtad de sus bases electorales, habiéndose establecido una alianza de sectores importantes del mundo empresarial relacionado con el capital especulativo (sector inmobiliario y capital financiero) y amplios sectores populares, de raza blanca, cohesionados y unidos por una ideología caracterizada por dos componentes básicos.

 

¿Cuál es la ideología de lo que ha venido a llamarse erróneamente como Trumpismo?

 

Digo erróneamente, pues no es Trump el que ha creado esta ideología, sino al revés: la ideología antiestablishment ampliamente extendida en amplios sectores de las clases populares es la que ha posibilitado la victoria de Trump. Tal ideología se caracteriza por dos componentes típicos del antiestablishment presentes entre grandes sectores de las clases populares, a los cuales hay que añadir un tercer componente, este sí, específico de Trump. El primero es, como ya he subrayado, un antiestablishment federal, basado en Washington, al que se le percibe como instrumentalizado por el Partido Demócrata, cuyas políticas públicas supuestamente han favorecido sistemáticamente a las minorías afroamericanas (y, en menor lugar, a las latinas), a costa del propio bienestar de las clases populares de raza blanca. En esta ideología se percibe a este establishment federal como también utilizado por las grandes empresas industriales, que a través de los Tratados de Libre Comercio, están deslocalizando puestos de trabajo bien pagados de la manufactura a países con salarios mucho más bajos. Esta exportación de puestos de trabajo está dañando el bienestar de la clase trabajadora blanca, que ocupaba la mayoría de estos buenos puestos.

El segundo componente de esta ideología (íntimamente relacionado con la anterior) es un profundo nacionalismo, que, en parte, idealiza el pasado de EEUU, y que quiere recuperar aquel mundo en el que se vivía mejor. Este nacionalismo está basado en una lectura profundamente errónea de la política exterior de EEUU, que ve al gobierno federal motivado por un deseo de promover la libertad y la democracia a nivel mundial. De esta lectura se derivan las propuestas de este tipo de nacionalismo que cree que el gobierno de EEUU debería abandonar su “altruismo” y dar más atención a los intereses de EEUU sobre todos los demás. Tal énfasis en poner los intereses de EEUU por encima de todos los demás como el mayor objetivo de la política exterior no difiere, sin embargo, de los objetivos de la política exterior de gobiernos anteriores (que, naturalmente, también imponían los intereses de EEUU por delante de todos los demás) sino de cómo se definen tales intereses. El énfasis de Trump en el exitoso eslogan “America First” (“poner a EEUU primero”) es un intento de revitalizar la economía estadounidense, centrándose en crear puestos de trabajo en el país. Esta diferencia se presenta erróneamente como un conflicto entre liberalización de la economía, por un lado (llamados los globalistas) o proteccionismo, por el otro (definidos como los nacionalistas) dicotomía que solo tiene un componente de verdad, pues la enorme economía estadounidense siempre ha sido altamente proteccionista e intervencionista, puesto que a través de su elevado gasto militar ha configurado de gran manera al sector industrial de aquel país. La evidencia empírica que muestra que la mayoría de los avances tecnológicos ocurridos en el sector industrial de EEUU han sido financiados y/o realizados en instituciones públicas, es abrumadora.

A estos dos componentes hay que añadirles un tercero, que es característico de la ideología dominante en la Administración Trump: la visión empresarial de que el Estado debe dirigirse y gestionarse como si fuera una gran empresa, siguiendo los cánones de la cultura empresarial que domina la clase corporativa (the Corporate Class) de EEUU. En esta ideología hay también un elemento elevado de aprovechamiento personal y familiar de sus negocios particulares. Las líneas entre beneficio personal y beneficio colectivo y nacional están poco definidas y muy entrelazadas, habiendo alcanzado un nivel que está creando una protesta general en las dos cámaras legislativas (Congreso y Senado) del Estado federal. No es la primera vez que un hombre de negocios llega a ser Presidente de EEUU. Pero es nueva la manera en que Trump gobierna este entramado utilizando lo público para el enriquecimiento privado, sin rubor y con todo el descaro.

 

El gran error de enfatizar tanto la figura de Trump

 

El enorme énfasis en la figura de Trump dificulta la comprensión de lo que ocurre en EEUU, pues lo más preocupante de la situación política de EEUU no es que un personaje como Trump se haya convertido en el Presidente de EEUU, sino que casi la mitad del electorado estadounidense le votara, cosa que continuará ocurriendo a no ser que se conozca por qué tal sector del electorado blanco (que constituye el mayor porcentaje de población perteneciente a la clase trabajadora estadounidense) votó por Trump. Sin comprender esta realidad, y sin actuar sobre las causas de este hecho, Trump y personajes como él continuarán siendo elegidos por muchos años. En realidad, en las elecciones parciales al Congreso de EEUU en los distritos en los que ha habido elecciones, los congresistas próximos a Trump han continuado ganando y todo ello como consecuencia de que aun cuando la popularidad del Presidente es baja entre la mayoría de la ciudadanía, es muy alta entre sus seguidores, una lealtad a su figura que alcanza cifras récord de más de un 90% de sus votantes. En la última encuesta sobre popularidad del Presidente Trump, publicada en el New York Times (14 de enero de 2018), el dato más llamativo es que mientras su popularidad está descendiendo en grandes sectores de la población, permanece en cambio enormemente alta entre los que lo votaron. Y aquí está el dato más importante que se ignora constantemente. De ahí que la pregunta más importante que debería hacerse, y no se hace, es ¿por qué la mayoría de la clase trabajadora estadounidense blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora) votó a Trump?

 
¿Por qué ganó las elecciones el candidato Trump?

 

La respuesta a esa pregunta es, en realidad, sumamente fácil de responder si uno analiza lo que ha ido pasando en EEUU desde la elección del Presidente Reagan en los años ochenta, con el surgimiento y expansión del neoliberalismo (que es ni más ni menos que la ideología de la clase corporativa –The corporate class– formada por los propietarios y gestores de las grandes empresas del país) y que se ha convertido en dominante, no sólo en los círculos financieros y económicos, sino también en los círculos políticos y mediáticos que aquéllos dominan, controlan e influencian. El eje de las políticas públicas neoliberales es, ni más ni menos, un ataque frontal al mundo del trabajo, políticas que han sido enormemente exitosas (no para la mayoría, sino para la élite beneficiada). El mejor dato que ilustra este hecho es que el porcentaje de las rentas derivadas del trabajo ha ido descendiendo de una manera muy marcada en EEUU desde 1979, pasando de representar un 70% de todas las rentas en 1979, a un 63% en 2014. Este descenso ha sido a costa de un enorme aumento en las rentas derivadas del capital durante el mismo período.

Este descenso de las rentas del trabajo no habría podido ocurrir sin el cambio del Partido Demócrata (partido que se definía en los años treinta del siglo XX como el Partido del Pueblo), el cual, a partir del Presidente Clinton, se convirtió también en partido neoliberal (pasando a ser la versión light del neoliberalismo del Partido Republicano). Clinton fundó la Tercera Vía, reproducida por Tony Blair en el Reino Unido, Schröder en Alemania y Felipe González en España. (ver mis artículos Tony Blair y el declive de la Tercera Via, Sistema, 16.11.12, y Blair, Zapatero, la Tercera Vía y el declive de la socialdemocracia, Público, 20.01.14).

 

Los cambios en el Partido Demócrata

 

Esta reconversión implicó el distanciamiento de la clase trabajadora blanca hacia el Partido Demócrata. Subrayo blanca, porque la raza juega un papel clave en la vida política en EEUU. El Partido Demócrata había sido el instrumento de las clases populares frente al mundo empresarial representado por el Partido Republicano. Pero el acercamiento del Partido Demócrata al mundo empresarial, diluyó esta relación e identificación de manera tal que las políticas públicas del Partido Demócrata se distanciaron más y más de su intervencionismo con sensibilidad de clase social, orientándose más y más a la integración de los sectores discriminados -minorías y mujeres- en la estructura de poder. De esa manera, las políticas identitarias pasaron a ser las que establecieron los parámetros del conflicto, entre las derechas, en contra de tales políticas y las izquierdas, a favor de ellas. La victoria del Presidente Obama, un afroamericano, era una victoria de estas políticas identitarias. Para culminar su éxito, solo faltaba la victoria de Hillary Clinton, una mujer. Pero tanto la izquierda como la derecha institucional gobernante aplicaron políticas de clase (políticas neoliberales) que afectaron negativamente al bienestar de las clases populares (la mayoría de las cuales pertenecen a la raza blanca), hasta tal punto que la esperanza de vida de la clase trabajadora blanca ha ido disminuyendo como consecuencia de un gran deterioro de su calidad de vida.

Es, pues, lógico y predecible que las clases populares de raza blanca se rebelaran y apoyaran a los candidatos antiestablishment (Bernie Sanders y Donald Trump). Bernie Sanders, socialista, y Trump, un personaje de ultraderecha. En la presentación de la realidad electoral estadounidense se ignora u oculta que la gran mayoría de las encuestas señalaban que Sanders hubiera ganado las elecciones a Trump en el caso de que hubiese ganado las primarias del Partido Demócrata. El establishment del Partido Demócrata, sin embargo, lo destruyó, consiguiendo que no fuese electo en esas primarias, ganando en su lugar Hillary Clinton, la persona que representa el establishment político de Washington, del cual ha sido figura prominente desde que su esposo ganó las elecciones a la Presidencia en el año 1992. Su elección en las primarias del Partido Demócrata dejó a Trump como única alternativa para canalizar el enfado contra el establishment político-mediático.

 

¿Qué está pasando en la Casa Blanca? ¿Una situación crítica debido a un personaje supuestamente temperamental o en conflicto profundo entre las bases del trumpismo y el nuevo establishment constituido por el capital financiero y especulativo?

 

Esta alianza del movimiento antiestablishment (predominantemente de clase trabajadora y clases medias de renta baja) con amplios sectores del capital financiero y especulativo, profundamente contrarios al gobierno federal, se tradujo en una gran diversidad de sensibilidades políticas dentro del equipo Trump en la Casa Blanca, que ha generado una percepción de desorden que, en realidad, era el conflicto entre aquellos que representaban el movimiento antiestablishment liderado por el ideólogo de la altamente exitosa campaña electoral del candidato Trump, Steve Bannon, y los que representaban los intereses del capital financiero, liderados por Gary Cohn, que fue presidente de Goldman Sachs (y que dirige el equipo económico de la Casa Blanca y que es, por cierto, del Partido Demócrata) y el sector inmobiliario (que dirige su yerno Jared Kushner). Ese conflicto se resolvió con la victoria del capital financiero e inmobiliario sobre los representantes del movimiento antiestablishment, cuando Steve Bannon tuvo que salir de la Casa Blanca. Es sintomático que cuando se dio la noticia, la bolsa situada en Wall Street la aplaudiera a rabiar.

Bannon había sido el ideólogo del movimiento que promovió Trump en las primarias, movimiento que tiene una ideología racista y machista extrema, que utiliza una narrativa, un lenguaje y un discurso claramente de clase, denunciando la situación más que preocupante del deterioro del bienestar de la clase trabajadora (y muy en especial del sector manufacturero) que se ha visto afectada muy negativamente por la movilidad de los sectores industriales a otros países, facilitada por los Tratados de Libre Comercio, apoyados tanto por el Partido Demócrata como por el Partido Republicano. El abandono del Partido Demócrata de políticas de sensibilidad de clase a favor de las clases populares, centrándose en su lugar en las políticas de identidad, favoreció el apoyo de las clases populares a la ultraderecha. Bannon lo subrayó explícitamente cuando declaró en una ocasión que la mejor estrategia para su movimiento era que “el Partido Demócrata ponga todo su énfasis en los temas identitarios, y nosotros nos centraremos en los temas económicos de clase”. Como bien decía Gideon Rachman, responsable de asuntos internacionales del Financial Times: “Bannon deseaba que se reproduzca el racismo y la guerra entre las clases populares blancas y el Estado federal, presentado como controlado por los globalistas a nivel internacional y por las minorías a nivel doméstico” (Financial Times, 23.08.17, pag.9). Esta era la visión de Bannon. Para Bannon era importante facilitar que los demócratas se centren en la paridad de raza y género, permitiéndoles a él y al Partido Republicano centrarse en el mejoramiento económico de las clases populares, utilizando para ello un discurso parecido al de “la lucha de clases” de antaño. Y aunque Bannon ha sido expulsado del establishment trumpiano, su ideología permanece popular entre amplios sectores de la clase trabajadora blanca estadounidense.

De ahí que lo que las fuerzas progresistas deberían hacer en EEUU es romper esta dicotomía raza o clase social, para convertirla en raza, género y también clase social. Pero ello requiere un redescubrimiento de la importancia de las categorías de clase social que no se detecta por parte de la dirección del Partido Demócrata. En realidad, tal dirección llegó incluso a acusar al candidato Sanders de “racista” porque, aunque no ignoraba la necesidad de corregir la discriminación de raza, se centraba en temas como la explotación de clase social. Esta relación entre discriminación de raza y género y explotación de clase es esencial para que las izquierdas en EEUU vuelvan a recuperar su poder (y su proyecto histórico). Como ha ocurrido en la mayoría de países europeos, el triunfo de la ultraderecha ha sido precisamente consecuencia del abandono por parte de los partidos de izquierda de su orientación y servicio a las clases populares, acercándose más y más a la clase corporativa (The Corporate Class), estableciendo una complicidad con ella, creándose un vacío que ha llenado la ultraderecha. El caso de Francia, con el gran apoyo a la ultraderecha por parte de la clase trabajadora, es el más significativo pero no es el único en Europa.

 
Por qué el Partido Demócrata tiene un problema grave

 

Es importante señalar que este desplazamiento hacia la derecha de tales partidos, incluido el Partido Demócrata, ha ido acompañado con un cambio en su lenguaje, dejando de hablar de y a la clase trabajadora (que tal Partido asume que ha desaparecido) y hablar de y a las clases medias (que asumen erróneamente que han sustituido a la clase trabajadora). Es muy común oír entre dirigentes de izquierda que la clase trabajadora está desapareciendo objetivamente y/o subjetivamente, al considerarse a sí misma como clase media en lugar de clase trabajadora. Los datos, sin embargo, no avalan tal supuesto. Según la encuesta más detallada de la estructura social de EEUU, The Class Structure of the United States, realizada a principios de este siglo XXI, hay más estadounidenses que se definen clase trabajadora que clase media. Lo que ocurre no es que la clase trabajadora haya desaparecido sino que, desencantada con el sistema político, se ha ido absteniendo, con el resultado de que la mayoría de tal clase no participa en las elecciones, con lo cual, los partidos de izquierda, en lugar de intentar revertir esta abstención (lo cual requeriría unas propuestas electorales más radicales) se centran en las clases medias, compitiendo con los partidos de derecha y de centro para conseguir su respaldo. De ahí surge el apoyo electoral por parte de la clase trabajadora a las ultraderechas que con su mensaje antiestablishment van movilizando a estos sectores populares. En realidad, es muy fácil entender lo que pasa en EEUU y en Europa, aunque raramente se explica en los mayores medios de información y persuasión.

 

La adaptación del discurso de la ultraderecha al discurso que solía ser de izquierdas

 

Un análisis de las ultraderechas, como el candidato y ahora Presidente Trump, muestra que ha copiado bastante el discurso y las propuestas de las izquierdas, tales como la oposición al libre comercio, que tenía muy poco de “libre” y mucho de apoyo a las grandes empresas; su énfasis en una gran inversión en la infraestructura del país (hoy muy en decaída); el rechazo a los programas sociales dirigidos directamente a las poblaciones pobres, sustituyéndolo por programas supuestamente universales; el fin de la confrontación con la antigua Unión Soviética (con el acercamiento entre Trump y Putin, deseado por ambos), entre otros, son ejemplos de ello. Tales propuestas se acompañan de un discurso de confrontación con el establishment federal que se presenta como instrumentalizado por la clase corporativa. Este discurso recuerda componentes del nacionalsocialismo (la manera académica de definir el nazismo) que dominó en la mayoría de países europeos en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Esta dimensión supuestamente “socialista” es lo que explica que algunos sectores de la federación de los sindicatos mayoritarios de EEUU, AFL-CIO, hayan aplaudido algunas de las propuestas de la administración Trump, como ha sido la de invertir en la infraestructura del país.

El discurso casi “obrerista” de Trump contrasta, sin embargo, con la manera cómo piensa aplicar sus propuestas, todas ellas profundamente anti-Estado federal. Es este anti-Estado lo que constituye la mayor diferencia entre él y el nazismo, y donde aparecen más claramente los intereses del sector especulativo (no productivo) del capital. Su programa de invertir en la infraestructura del país, por ejemplo, es un enorme subsidio público a las grandes empresas constructoras que recibirán enormes ayudas públicas para el usufructo privado, privatizando, por ejemplo, las carreteras públicas, que pasarán a tener sistemas de peaje de beneficio privado. Esta inversión de un trillón de dólares (que es de un billón de dólares en la contabilidad europea), de la que Trump habla, será financiada a base de bonos privados, subvencionados por el Estado. Sería la privatización más masiva que haya jamás existido en EEUU. Y un tanto igual en cuanto a la posición universal de los servicios sanitarios (que no existe, y que Obama no resolvió con su programa Obamacare de financiación sanitaria). Trump tampoco lo resolverá. En realidad, lo empeorará, al eliminar programas para poblaciones pobres (de las cuales la gran mayoría son blancos), sin expandir los derechos sanitarios de la población, sumamente limitados. Trump reducirá todavía más los derechos sociales, laborales y políticos, garantizados hoy por el gobierno federal, desmantelando el ya muy insuficiente Estado del Bienestar estadounidense. Será, en muchas maneras, el nacionalismo libertario la ideología real detrás de las políticas de Trump, que por cierto, encaja bien con la cultura individualista que está en el centro de la cultura popular en EEUU. Y de ahí su gran atractivo en sectores populares. Ese es el gran drama político que existe hoy en EEUU. Trump, como expresión máxima del americanismo nacionalista libertario, está, mediante un lenguaje obrerista, nacionalista, racista y machista, movilizando a sus bases a fin de mantenerse en el poder. Y todo ello debido al abandono, por parte de las supuestas izquierdas, de los valores de solidaridad y justicia social que las habían caracterizado y que habían generado su gran apoyo electoral hoy desaparecido. Así de claro.

 

Publicado enPolítica
“El error más grande de los progresismos fue no haber tocado la riqueza"

 

Entrevista a Raúl Zibechi

 

El año termina en todo el continente con enormes retrocesos para la clase trabajadora de nuestros países. Macri y Temer profundizan ajustes y aceleran mega-proyectos de minería y soja en sus países, Chile por su vez ve un aumento en la intensidad de su consolidado modelo neoliberal y Venezuela sigue inmersa en una grave crisis. En el campo y en la ciudad, el avance de las derechas y la incapacidad de las izquierdas en articularse son factores importantes de esta coyuntura. Sobre estas cuestiones y la perspectiva de las luchas populares, entrevistamos a Raúl Zibechi, periodista y analista político uruguayo que estudia los movimientos sociales de todo el continente desde hace 20 años.

 


-Correio da Cidadania: En setiembre de 2016 traducimos un artículo tuyo aquí en Correio titulado “El escenario regional después de Dilma”, en el cual afirmabas que el cierre del ciclo progresista en Brasil tendría una especie de efecto dominó en toda América Latina. ¿Qué opinas hoy?

 

Raúl Zibechi: Sin dudas vivimos un proceso de derechización muy fuerte en todo el continente. Ese proceso de derechización, a mi modo de ver, comienza con las protestas masivas de junio de 2013 en Brasil, porque la izquierda no fue capaz de comprender que había una demanda de la sociedad por más igualdad y democracia, y así dejó el campo libre a la derecha.

Después vino la derrota de Kirchner en Argentina y el triunfo de Macri. Y luego un proceso de cambio fuerte en Ecuador, donde a pesar de que ganó el partido de Correa (Alianza País), Lenin Moreno hace un giro, primero contra Correa y todavía no se sabe si hacia la derecha o no.

Pero si, podemos decir que el progresismo ha llegado a un límite. Incluso en un país como Venezuela es evidente que el proceso de gobernabilidad tiene muchas dificultades y son los sectores populares los que están enfrentando estas dificultades.

Finalmente tenemos la situación actual en Honduras que muestra también que hay una fuerte presencia de la derecha que es quien esta gestando este fraude electoral.

Esta ofensiva de la derecha tiene dos partes. Por un lado, el ascenso de una nueva derecha, mucho más militante, mucho más activa en las calles como es el caso del Movimento Brasil Livre (MBL) y de la Escola Sem Partido (ESP) en Brasil. Por otro lado, es una derecha que se aprovecha de las debilidades de la izquierda. La izquierda no fue capaz de tomar la ofensiva contra la derecha y sus medios de prensa, contra la estructura social y económica que favorece al gran capital. Y de ese modo dejó el campo abierto para la ofensiva que estamos viviendo.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué defines como “modelo extractivista” y cómo este modelo contribuyó para la derrota de los gobiernos progresistas?

 

Raúl Zibechi: El extractivismo es un modelo económico, político, social y cultural, no solo económico. En el terreno económico consiste en la transformación de los bienes comunes – el agua, la vida – en mercancías. Se puede definir como un proceso de hegemonía del capital financiero y la acumulación por despojo, o sea, robo.

El extractivismo es el robo de los bienes naturales y el principal efecto social es que destruye las relaciones sociales. Destruye el tejido social y comunitario.

Al destruir el tejido social y comunitario este modelo genera un reposicionamiento de las clases medias, altas y de la burguesía; una despolitización de los sectores populares que son integrados a través del consumo – el consumismo despolitiza y desorganiza – y de esa manera contribuye a los dos aspectos principales de la coyuntura actual que es la ofensiva de una nueva derecha y a un debilitamiento muy profundo del campo popular, o sea, de los movimientos sociales.

Esas dos razones tienen mucho que ver con el triunfo del modelo extractivo.

 

-Correio da Cidadania: ¿Cuál fue la responsabilidad de los gobiernos progresistas en la formación de la alianza entre elites y clases medias, especialmente en Brasil y Argentina?

 

Raúl Zibechi: Yo creo que la alianza entre las clases altas y medias es una alianza política para la lucha de clases vista desde la derecha. Ésta aprendió que tiene un enemigo.

Hoy en Brasil ese enemigo, por ejemplo de la Escola Sem Partido, son los profesores, los docentes – es Paulo Freire en concreto y todo lo que sea la politización de la pedagogía. El MBL también tiene sus enemigos. Mientras que el PT, por ejemplo, en ningún momento fue capaz de decir “éste es mi enemigo”. Lula siempre decía que “Brasil no tiene enemigos”. Y su gobierno tampoco los tenía. Entonces Lula negociaba con la Red Globo, y finalmente la Globo jugó un papel importante en el derrocamiento de Dilma.

El hecho de no distinguir un enemigo implica que no hay una organización para luchar contra ese enemigo. No hay un objetivo político determinado. Lula se planteó gobernar sin conflicto, sin lucha de clases, negociando permanentemente y eso funcionó mientras la economía crecía. La economía comenzó a tener problemas cuando el ciclo de las commodities se terminó y ahí tendrían que haberse realizado cambios profundos, estructurales.

Al final de cuentas, el “milagro lulista” y el de los otros progresismos latinoamericanos, consistió en “mejorar” la condición de los pobres, sin plantear reformas estructurales. Entonces, cuando se el ciclo de los precios altos de las commodities finaliza, no queda más margen para seguir “mejorando” la situación de los pobres sin tocar la riqueza. Y ese es el paso que ni el lulismo, ni el kirchnerismo, se atrevieron a dar, porque afectarían los intereses de la burguesía, del capital financiero y del agronegocio. De hecho, hasta el último día, el agronegocio integró el gobierno de Dilma. Y eso quiere decir que había una apuesta a seguir profundizando el modelo extractivo sin atacar los intereses de las elites.

Eso ha generado una grave crisis política, por la cual el PT y el kirchnerismo, no han sido capaces de indicarle a los sectores populares quien es el enemigo. En ese sentido, si miramos medio siglo atrás, por ejemplo la última carta de Getúlio Vargas, cuando se suicida, claramente designaba un enemigo. Perón y Eva Perón también fijaban un enemigo. El imperialismo, la oligarquía y sus aliados...El no presentar un enemigo dice que estás renunciando a la lucha. Y no se puede vivir en el mundo sin combatir, sin luchar.

Las fuerzas políticas de izquierda o centro-izquierda que no luchan contra un enemigo quedan atrapadas por las fuerzas políticas y sociales que si definen un enemigo. La derecha, el capital, si lo hacen. .

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué tienen en común las luchas populares de hoy?

 

Raúl Zibechi: Yo creo que lo común es que luchan contra el extractivismo y la hegemonía del capital financiero sobre sus vidas.

Los Mapuches contra las empresas forestales en Argentina, los estudiantes en Brasil contra el modelo neoliberal aplicado a la educación, los indígenas ecuatorianos y bolivianos y los campesinos paraguayos contra el agronegocio y la minería. Contra los fondos de pensión privados en Chile. Es decir, son luchas que enfrentan al capital financiero transnacional en sus diversas formas de explotación/expoliación.

Entonces, lo que están indicando estos movimientos sociales es que para construir un futuro colectivo, primero hay que derribar el modelo neoliberal, financiero, extractivo. Y ese modelo no se puede derribar desde los gobiernos, desde la institucionalidad. Se tiene que derribar desde abajo, en la calle.

Eso implica que los sectores populares, para poner fin al modelo neoliberal, deben movilizarse en las calles y poner en cuestión la gobernabilidad burguesa. Igual sucedió durante los ciclos de las luchas antiprivatizadoras, cuando la gobernabilidad neoliberal fue desestabilizada. Aunque ni en Ecuador, ni en Bolivia, ni en Argentina, ni en Venezuela, el proceso haya culminado en una nueva fase. Por eso, hay que poner en cuestión la gobernabilidad actual. Esto no se puede hacer de forma “gradual” desde los gobiernos, hay que realizarla de forma combativa en la calle.

Ustedes, en Brasil, saben muy bien que las medidas reaccionarias de Temer (apoyado por todo el parlamento y los poderes mediáticos), no se pueden neutralizar desde la institucionalidad. Si mañana otra vez gobernara Lula, las contrarreformas no se van a anular. Solo las puede anular una lucha popular masiva y en la calle.

 

-Correio da Cidadania: ¿Podemos afirmar que las destituciones de Lugo en Paraguay y Zelaya en Honduras, fueron una especie de laboratorio para esta retomada de la hegemonía derechista en países centrales como Brasil y Argentina?

 

Raúl Zibechi: Es probable que sí. Y es probable que los casos de Paraguay y Honduras – con Lugo y Zelaya – hayan sido laboratorios para destituir gobiernos democráticos, sin sacar los tanques a la calle, como eran los clásicos golpes de Estado. Entonces lo que hay en común por ejemplo con el caso de Brasil es activar, poner en juego mecanismos constitucionales, legales pero no legítimos, para derribar o cambiar un proceso político.

Es imposible saberlo porque la burguesía internacional no lo dice claramente, pero es muy probable que podamos pensar que los casos paraguayo y hondureño, en la medida que fueron exitosos, sean un “modelo” para otras burguesías.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué tipo de elites se está apropiando del poder? ¿Estás de acuerdo con el término de “lumpenburguesía” dado por el economista argentino Beinstein?

 

Raúl Zibechi: Para comprender esta situación hay que tener en cuenta que el mundo está viviendo un cambio hegemónico muy profundo. Y ese cambio implica que las viejas burguesías ya no tienen la fuerza o la capacidad de articular a la sociedad, como tuvieron en su momento.

En ese periodo de transición, parece que surgen sectores oportunistas. Como decía Fernand Braudel, que caracterizaban a la burguesía como una ave de rapiña, que aprovecha el momento para capturar su presa. Y ahí tenemos personajes muy curiosos, como el Movimento Brasil Livre, Kim Kataguiri y otros que realmente no vienen de la burguesía de los viejos políticos del DEM (Demócratas), de PMDB (Partido de Movimiento Democrático Brasileño) o los tucanos (Partido de la Social Democracia Brasileña) Y aunque dialoguen con ellos, no se puede decir que vienen del mismo lugar.

Es el mismo en el caso de Macri, que viene de una burguesía que nace al amparo de los negocios del Estado. Es otro tipo de fracción dominante y es probable que eso lleve a una ampliación de las clases dominantes, con elementos que podrían caracterizarse como “lumpemburguesia”, que crecen a la sombra del Estado y ligados a la corrupción o a negocios muy dudosos.

Y la izquierda no es muy ajena de este proceso, ¿verdad? Si miramos el caso de Odebrecht y de los hermanos Batista en Brasil, vemos una alianza entre esta nueva burguesía y el gobierno del PT. Una burguesía oportunista, no es la clásica burguesía especializada en un sector productivo; sino una burguesía oportunista que aprovecha los momentos. Y bueno, si, probablemente tenga razón Beinstein. Estamos en un proceso de transición también en el terreno de las clases dominantes.

 

-Correio da Cidadania: En tu artículo “El fin de las sociedades democráticas en América Latina” (Correio da Cidadania, 26-10-2017), posicionas cuatro puntos que argumentan lo que llamas de erosión de las bases culturales y políticas de las democracias. Entre esos puntos, destacas en el cuarto: “nosotros que queremos derrotar el capitalismo debemos tener en cuenta que el sistema se está desintegrando y también que nuestro activismo ha estimulado la ascensión de los gobiernos derechistas”. ¿De qué manera es posible notar esta desintegración capitalista en un momento cuyos analistas, de izquierda inclusive, apuntan hacia una mayor consolidación del mismo?

 

Raúl Zibechi: Por un lado se puede ver la crisis de desintegración del sistema a través de las crisis de las democracias. Por ejemplo el triunfo de gobiernos como el de Trump. O mismo lo que está sucediendo en Honduras. En el Brexit. En la reacción española con respecto a la independencia de Cataluña, y así tenemos muchos síntomas de esto.

Un síntoma claro es lo que Benstein apunta como la “lumpemburguesia”. Otro es que hoy los territorios no pueden ser gobernados sin narco y sin femicidios. Hay que entender el narcotráfico y el femicidio como una forma de gobernar, en el sentido de Foucault, de controlar a cielo abierto a los sectores populares cuando el panóptico ya fue desbordado desde abajo. Entonces me parece que aquí hay todo un terreno de análisis muy importante porque la crisis del panóptico y la crisis del fordismo y del Estado-Nación tienen mucha relación con este periodo de transiciones caóticas que estamos afrontando.

Yo creo que para comprender la desintegración de las sociedades hay que ver la situación actual comparada con lo que se vivía en nuestros países hace cincuenta años. En los 60, una favela era completamente diferente de lo que es hoy. Y las periferias urbanas de América Latina eran completamente diferentes.

Hoy, la mitad de la población bajo el modelo financiero extractivo no tiene derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, simplemente no tiene derechos. Tiene beneficios. El Bolsa Familia no es un derecho, es un beneficio. Y la diferencia de ser un ciudadano con derechos o ser un excluido con beneficios está marcando desde abajo la diferencia entre esos dos periodos, uno de cierta estabilidad en el sistema y otro periodo de desintegración sistémica, él que estamos viviendo.

 

-Correio da Cidadania: Aprovechando esta respuesta, ¿podemos decir entonces que el femicídio, el narcotráfico y la violencia en general son formas de control social, especialmente en Brasil, un país que llega a 60 mil homicidios por año?

 

Raúl Zibechi: Es importante ver que tanto el panóptico, como el fordismo fueron desbordados por los trabajadores y por los sectores populares. Las formas de control anteriores fueron desbordadas desde abajo. Y por eso yo digo que nosotros hemos jugado un papel en la crisis actual.

No creo que el panóptico haya caducado por razones tecnológicas, ni el fordismo. Fue la lucha que les neutralizó. Entonces, hoy en vez de fordismo, tenemos automatización. Robots en las fábricas de automóviles.

Y ahí lo que aparece es que la reorganización del capital se le asigna a las ONGs un lugar para jugar ese papel de control una vez que el panóptico fracasa. Y cuando digo panóptico, digo “familia, escuela, cuartel, fabrica y iglesia” a lo largo de toda la vida. Espacios de encierro y de disciplina. Entonces, en el momento que estamos es que la burguesía tiene, o busca, una gama muy amplia de formas de control que abarquen las personas que rompieron con el panóptico.

Las ONGs son una forma, otras es el endeudamiento de que hablaba Deleuze y que hoy en Brasil juega un papel muy importante – el endeudamiento es una forma de disciplinar y de controlar. Los femicidios, el narcotráfico y la Policía Militar, por supuesto, hacen el control por el miedo y la violencia. Hay una gama amplia de formas de control y la burguesía las está buscando ampliar a través de la inteligencia artificial, del rol cibernético, las nuevas tecnologías; y apagando experiencias como la educación popular de Paulo Freire.

La burguesía está buscando en muchos sentidos formas nuevas de control porque los partidos de izquierda y los sindicatos fueron también formas de control. De encausar la lucha popular e impedir que ocurran desbordes, en ese sentido el PT fue muy importante en Brasil. Pero cuando esos partidos y sindicatos empiezan a fracasar, aparece una multiplicidad de formas de control, para buscar evitar que los sectores populares se autonomicen del capital y del Estado.

 

-Correio da Cidadania: Pensando en esta crisis de los partidos y sindicatos, ¿cómo entra la cuestión de las ONGs como centros del activismo moderno?

 

Raúl Zibechi: Hay un modelo de ONG que es el de George Soros. Este modelo viene a tomar las mismas consignas de la izquierda, tomar las formas de acción y organización de la izquierda y de los movimientos sociales, para neutralizarlos. Las ONGs y el proyecto de Soros son como introducir un virus en las luchas populares.

Eso porque constituyen organizaciones que aparentemente son para la lucha pero lo que buscan es neutralizar la lucha. Esto genera una enorme confusión. Hay un sabio que dijo una vez que es más fácil salir del error que de la confusión. Y la burguesía a través de las ONGs y de movimientos confusos está introduciendo la confusión en el campo popular. Y esa confusión es muy potente y poderosa, abarca sectores que nunca imaginamos que iban a ampliar.

En Brasil, parte de esta confusión puede ser ilustrada por la organización “Fora do Eixo” de Pablo Capilé. No es un movimiento popular, ni social, ni político. Es una creación artificial hecha por las elites, en este caso progresistas, pero en el mismo sentido que las hacen Soros, para derribar la lucha popular cuando ya el sindicato y el partido no alcanzan para organizar a los jóvenes que están fuera de las organizaciones.

Esto es importante. En la época de Lula, hace cuarenta años, los jóvenes eran obreros y se organizaban en sindicatos, en comunidades eclesiales de base, en el PT y el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra). Hoy en día, hay una grand franja de jóvenes que están fuera de cualquier organización. Entonces hay una disputa de sentido para poder organizarlos. Y en ese sentido, el Fora do Eixo y el MBL juegan el mismo papel, cada uno, obviamente, para el lado donde, desde arriba, fueron concebidos.

 

-Correio da Cidadania: ¿Es posible un fortalecimiento de las resistencias que se opongan contundentemente a estos avances para 2018?

 

Raúl Zibechi: Sin duda hay condiciones para un fortalecimiento de las resistencias porque la ofensiva de las derechas es muy dura.

El caso de Ecuador se puede repetir en otros países. En Argentina hay un aumento de las luchas, en la mayoría de los países tenemos una situación de tensión muy fuerte porque los sectores populares rechazan reformas que proponen la derecha.

Pero aquí surge un problema: en el seno de estas luchas hay dos tendencias. En Argentina y en Brasil sobre todo. Hay quienes luchan para derribar las reformas de la derecha y hay quienes luchan para que vuelvan Cristina Kirchner y Lula al gobierno.

He observado en Brasil que la CUT (Central Única dos Trabalhadores) frena las luchas porque el objetivo no es derribar a Temer, sino sangrar a Temer para que pueda ganar Lula. Lo que quiero decir es que aunque hay condiciones para que haya un fortalecimiento de las luchas, también hay problemas internos dentro del campo popular que pueden desviar la lucha hacia el terreno electoral nuevamente.

 

-Correio da Cidadania: Concluyendo el pensamiento sobre el modelo extractivista y las luchas populares, ¿cómo ves la situación en la región amazónica, donde vemos la minería y sectores hidroeléctricos en verdadera ofensiva sobre territorios indígenas, cubiertos por las pretensiones de un de los ejes del plan IIRSA?

 

Raul Zibechi: Los pueblos indígenas son nuevamente la vanguardia de la lucha contra el modelo extractivo. No solo los indígenas, pero todos los pueblos originarios: ribeirinhos, pescadores, quilombolas, todos los pueblos originarios están interesados en derribar el modelo neoliberal. Y en este periodo empieza a surgir un nuevo actor político que son los pueblos afros, los negros. Y la lucha negra, en los quilombos rurales y urbanos, está empezando a jugar un papel también importante en estas resistencias.

Creo que al extractivismo se lo derrota localmente. La lucha contra la hidroeléctrica de Belo Monte, es en Belo Monte. No puedes luchar contra el extractivismo en el Palacio do Planalto, tienes que derrotar el extractivismo en cada uno de los lugares.

Como fue la lucha contra el fordismo de la clase obrera. Era en la fábrica. Bueno, entonces creo que estos actores, estos sujetos sociales y políticos son los que están cuestionando a fondo el modelo extractivo, las obras de la IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana), todo el proyecto de hidroeléctricas, de minería y de soja pues son los que están más afectados por ese modelo.

Y también los movimientos que vienen de las periferias urbanas y de las populaciones de las favelas tienen un interés objetivo en luchar juntos. No juntos en la misma organización, sino de confluir en mismo objetivo. Por ejemplo, los habitantes de la Favela Alemão en Rio con la Ocupa Alemão; y los Munduruku en el Tapajós, o los que viven en la Volta Grande del Xingu, tienen los mismos intereses en derribar este modelo. Y sus luchas van en la misma dirección.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué está puesto para nuestro continente en el próximo período?

 

Raul Zibechi: A diferencia de lo que opinan los politólogos que creen que lo principal es echar a la derecha de los gobiernos, yo creo que lo fundamental es derribar el extractivismo. Porque este modelo es lo que está dañando a los sectores populares de la ciudad y del campo. Y es lo que está facilitando con que las derechas hayan regresado a los gobiernos y sigan ahí. En mi opinión la tarea principal del próximo periodo es organizar las fuerzas para derrotar el modelo extractivo de la misma manera que se luchó contra el modelo de las privatizaciones.

Imagino los próximos años luchando fuertemente en cada uno de los lugares contra este modelo. Contra la ferrovía de Carajás, contra las 300 hidroeléctricas que se quieren hacer en la Amazonia, la soja y todo lo que son los productos transgénicos, contra la violencia policial en las ciudades y por ahí va. Esta es la lucha principal que creo que nos van a ocupar en los próximos años.

 

http://www.correiocidadania.com.br/


Traducción de Raphael Sanz / Edición de Ernesto Herrera (Correspondencia de Prensa)

 

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Domingo, 24 Diciembre 2017 06:57

Lucha de clases, a izquierda y derecha

Lucha de clases, a izquierda y derecha

 

A veces, la mejor manera de apreciar una noticia es leerla junto con otra noticia, solo esa confrontación nos permite discernir qué es lo que está en juego en un debate. Tomemos las reacciones a un texto incisivo: en el verano de 2017, David Wallace-Wells publicó el ensayo Tierra inhabitable que de inmediato se convirtió en una leyenda. Describe clara y sistemáticamente todas las amenazas a nuestra supervivencia, desde el calentamiento global hasta la perspectiva de un billón de refugiados climáticos, y las guerras y el caos que todo esto causará.

En lugar de centrarse en las reacciones predecibles a este texto (acusaciones de alarmismo, etc.), uno debería leerlo junto con dos hechos relacionados con la situación que describe. En primer lugar, está, por supuesto, la firme negación de Trump de las amenazas ecológicas; luego, está el hecho obsceno de que multimillonarios (y millonarios) que apoyan a Trump se están preparando para el apocalipsis invirtiendo en lujosos refugios subterráneos donde podrán sobrevivir aislados por hasta un año, provistos de vegetales frescos, gimnasios, etc.

Otro ejemplo es un texto de Bernie Sanders (foto) y una noticia en los medios sobre él. Recientemente, Sanders escribió un comentario incisivo sobre el presupuesto republicano donde el título lo dice todo: “El presupuesto republicano es un regalo para los multimillonarios: es Robin Hood al revés”. El texto está claramente escrito, lleno de hechos convincentes y observaciones agudas. ¿Por qué no encontró más eco?

Deberíamos leerlo junto con el informe de los medios sobre la indignación que estalló cuando Sanders fue anunciado como un orador de apertura en la próxima Convención de Mujeres en Detroit. Los críticos afirmaron que era malo permitir que Sanders, un hombre, hablara en una convención dedicada al avance político de las mujeres. No importaba que él iba a ser solo uno de los dos hombres entre los 60 conferencistas, sin oradores transgénero (aquí la diferencia sexual de repente fue aceptada como no problemática ...). Al acecho bajo esta indignación estaba, por supuesto, la reacción del ala Clinton del Partido Demócrata a Sanders: su malestar con la crítica izquierdista de Sanders al capitalismo global de hoy. Cuando Sanders enfatiza los problemas económicos, es acusado de reduccionismo de clase “vulgar”, mientras que nadie se molesta cuando los líderes de las grandes corporaciones apoyan a LGBT + ...

Entonces, ¿debemos concluir de todo esto que nuestra tarea es derrocar a Trump lo más pronto posible? Cuando Dan Quayle, no exactamente famoso por su alto coeficiente intelectual, era vicepresidente de Bush Senior, corría la broma de que el FBI tenía una orden secreta sobre qué hacer si Bush moría: matar a Quayle inmediatamente. Esperemos que el FBI tenga la misma orden para Pence en el caso de la muerte de Trump o su juicio político - Pence es, en todo caso, mucho peor que Trump, un verdadero conservador cristiano. Lo que hace que el movimiento Trump sea mínimamente interesante son sus inconsistencias, recuerde que Steve Bannon no solo se opone al plan fiscal de Trump, sino que aboga abiertamente por aumentar los impuestos a los ricos hasta un 40 por ciento, y argumenta que ahorrar dinero público es “socialismo para los ricos” ... seguramente no es algo que a Pence le gusta escuchar.

Steve Bannon recientemente declaró la guerra, ¿pero contra quién? No contra los demócratas de Wall Street, no contra los intelectuales liberales o cualquier otro sospechoso habitual, sino contra el propio establishment del Partido Republicano. Después de que Trump lo despidiera de la Casa Blanca, está luchando por la misión de Trump en su estado más puro, incluso si a veces es contra Trump, no olvidemos que básicamente Trump está destruyendo al Partido Republicano. Bannon tiene como objetivo liderar una revuelta populista de las personas desfavorecidas contra las élites: está tomando el mensaje de Trump del gobierno por y para la gente más literalmente de lo que el propio Trump se atreve a hacer. Para decirlo sin rodeos, Bannon es como SA con respecto a Hitler, la parte populista de clase baja que Trump tendrá que deshacerse (o neutralizar al menos) para ser aceptado por el establecimiento y funcionar sin problemas como jefe de estado. Es por eso que Bannon vale su peso en oro: es un recordatorio permanente del antagonismo que atraviesa el Partido Republicano.

La primera conclusión que estamos obligados a extraer de esta extraña situación es que la lucha de clases ha vuelto como el principal factor determinante de nuestra vida política, un factor determinante en el buen sentido marxista de “determinación en última instancia”: incluso si lo que está en juego parece ser totalmente diferente, desde crisis humanitarias hasta amenazas ecológicas, la lucha de clases acecha en el fondo y arroja su ominosa sombra.

La segunda conclusión es que la lucha de clases cada vez menos directamente se traslada a la lucha entre los partidos políticos, y cada vez más a una lucha que tiene lugar dentro de cada gran partido político. En Estados Unidos, la lucha de clases atraviesa el Partido Republicano (el establishment del Partido contra los populistas tipo Bannon) y en todo el Partido Demócrata (el ala Clinton versus el movimiento Sanders). Por supuesto, nunca deberíamos olvidarnos de que Bannon es el modelo de la derecha alternativa mientras que Clinton apoya muchas causas progresivas como las luchas contra el racismo y el sexismo. Sin embargo, al mismo tiempo, nunca debemos olvidar que la lucha LGBT + también puede ser tomada por el liberalismo dominante contra el “esencialismo de clase” de la izquierda.

La tercera conclusión se refiere a la estrategia de la izquierda en esta compleja situación. Si bien cualquier pacto entre Sanders y Bannon queda excluido por razones obvias, un elemento clave de la estrategia de la izquierda debería ser explotar despiadadamente la división en el campo enemigo y luchar por los seguidores de Bannon. Para abreviar, no hay victoria de la izquierda sin la amplia alianza de todas las fuerzas anti establishment. Uno nunca debe olvidar que nuestro verdadero enemigo es el establishment capitalista global y no la nueva derecha populista que es meramente una reacción a sus impasses.

 

* Filósofo y crítico cultural. Su última obra es Porque no saben lo que hacen (Akal) y Antígona (Akal).

Traducción: C. Doyhambéhère.

 

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 Mauricio Macri, saluda a sus seguidores en Buenos Aires

 

Los ciclos políticos no son caprichosos. Vivimos un periodo de crecimiento de las derechas, en particular en Sudamérica. El ciclo progresista terminó aunque sigan existiendo gobiernos de ese color, pero ya no podrán desarrollar las políticas que caracterizaron sus primeros años porque se impone una inflexión conservadora, aunque los discursos puedan decir algo diferente.

Un buen ejemplo de esa ironía puede ser Ecuador: un gobierno de Alianza País que realiza un ajuste conservador. Salvo que se opte por la peregrina tesis de la traición, Lenin Moreno muestra que aún los progresistas deben dar un giro a la derecha para poder seguir gobernando.

Digamos que los ciclos son estructurales y los gobiernos coyunturales. El ciclo progresista se caracterizó por elevados precios de las exportaciones de commodities en un clima general de crecimiento económico, un fuerte protagonismo popular y presiones por mayor justicia social. Los tres aspectos se debilitaron desde la crisis de 2008. Ahora sufrimos una fuerte ofensiva derechista en todos los terrenos.

A pesar de los malos resultados económicos y de una elevada conflictividad social, en la que destaca la desaparición forzada de Santiago Maldonado, el gobierno de Mauricio Macri consiguió una contundente victoria en las recientes elecciones argentinas. El macrismo no es un paréntesis, consiguió una cierta hegemonía que se asienta en los cambios económicos de la última década, en el desgaste del progresismo y la debilidad creciente de los movimientos.

La primera cuestión a tener en cuenta es que el modelo extractivo (sojero-minero) ha transformado las sociedades. La edición argentina de Le Monde Diplomatique de septiembre contiene dos interesantes análisis de José Natanson y Claudio Scaletta, que desbrozan los cambios productivos del complejo de la soya y sus repercusiones sociales.

El primero sostiene que el mapa de la soya coincide casi matemáticamente con los territorios en que gana Macri. Destaca que el campo se articula cada vez más con las finanzas, la industria y los grandes medios, y que los terratenientes y los peones, que fueron los protagonistas del periodo oligárquico, conviven ahora con técnicos, arrendatarios, agrónomos, veterinarios, mecánicos de maquinaria agrícola y pilotos fumigadores, entre otros.

La tecnología es incluso más importante que la propiedad de la tierra que los “ pools de siembra” alquilan, mientras los cultivadores conectados al mundo globalizado están pendientes de los precios de la bolsa de Chicago, donde se cotizan los cereales.

El segundo sostiene que estamos ante una complejización de las clases medias rurales y la emergencia de nuevas clases medias ruro-urbanas. En consecuencia, el conflicto con el campo que sostuvo el gobierno kirchnerista en 2008 no fue la clásica contradicción oligarquía-pueblo.

A partir de ese momento, se hizo visible un conglomerado de actores más complejo y con una base social mucho más extensa, que rechaza las políticas sociales porque sienten la pobreza urbana como una realidad muy lejana. Ese bloque social es el que llevó a Macri al gobierno y el que lo sostiene.

La sociedad extractiva genera valores y relaciones sociales conservadoras, así como la sociedad industrial generaba una potente clase obrera y valores de comunidad y solidaridad. En las grandes fábricas, miles de obreros se convirtieron en clase al organizarse para resistir a los patrones.

Por el contrario, el extractivismo no genera sujetos internos, o sea dentro del entramado productivo, porque es un modelo financiero especulativo. Las resistencias son siempre externas, en general las protagonizan los afectados.

La segunda cuestión es el desgaste del progresismo luego de una década larga de gobierno. Aquí aparecen dos elementos. Uno, el desgaste interno natural o por la corrupción y la mala gestión, y combinaciones de ambos. Dos, porque el propio modelo despolitiza y desorganiza a la sociedad que sólo se articula por medio del consumo. Ahí es donde muerden las derechas.

El consumismo es la otra cara de la sociedad extractiva. Una sociedad que no genera sujetos, ni identidades fuertes, con valores vinculados al trabajo digno, o sea productivo, sino apenas valores mercantiles e individualistas, no está en condiciones de potenciar proyectos de largo aliento para la transformación social.

La tercera cuestión que explica el auge de las derechas es la debilidad del campo popular, que afecta desde los movimientos hasta la cultura del trabajo y de las izquierdas. La sociedad extractiva crean las condiciones materiales y espirituales de esta anemia de organización y luchas. Pero hay más.

Las políticas sociales del progresismo, sobre todo la inclusión mediante el consumo, multiplicaron los efectos depredadores del modelo en cuanto a desorganización y despolitización. En el shopping desaparecen las contradicciones de clase, incluso las étnicas y de género, porque en esos no lugares (Marc Augé) el entorno desaparece a la humanidad de las personas.

Pero los movimientos también son responsables por las opciones que tomaron. En vez de construir mirando el largo plazo, preparándose para el inevitable colapso sistémico, tomaron el atajo electoral que los llevó a construir alianzas imposibles con resultados patéticos. Algunos movimientos argentinos, que optaron por aliarse con la derecha justicialista, podrían hacer balance sobre los resultados desastrosos que obtuvieron, y no me refiero a la magra cosecha de votos.

Por último, debemos pensar las enseñanzas que nos deja el ascenso de las derechas y la crisis de los movimientos. La sociedad extractiva de cuarta guerra mundial, no puede ser resistida con la misma lógica de la lucha obrera en la sociedad industrial. No existe una clase para ser dirigida. Los sujetos colectivos deben ser construidos y sostenidos todos los días. Las organizaciones deben ser sólidas, cinceladas para el largo plazo y resistentes a los atajos institucionales.

 

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Luego de 12 años en el poder, Ángela Merkel seguirá siendo la canciller y cabeza política de Alemania.

 

Por primera vez desde la derrota del nazismo, la extrema derecha ingresa al Parlamento alemán

La canciller alemana se impuso con menos votos, los socialdemócratas quedaron en segundo lugar y los ultras como tercera fuerza.

 

Mientras miles de atletas corrían la 43ª edición de la Maratón de Berlín a pesar de la llovizna y el frío que marcan el fin del verano berlinés, otros tantos millones de alemanes que viven en la capital germana no se olvidaron de su compromiso democrático y fueron a votar definiendo así el parlamento que regirá durante el próximo período de 2017 a 2021. Los números, aunque provisorios, sorprendieron a todos: por primera vez desde la derrota del nazismo la ultraderecha ingresa al parlamento con un sorprendente 13%, restándole votos al partido de Ángela Merkel (CDU) que llegó a una victoria eclipsada del 32,9. Los socialdemócratas también bajaron quedando en un segundo lugar con el 20% y los liberales (FDP) en el cuarto con el 10,6. El único porcentaje que se mantuvo similar desde las últimas elecciones parlamentarias en el 2013 fue el de abstención al voto (un 30% de la población no se acercó a votar).

Pasadas las medianoche, con casi el 50% de los votos escrutados, el partido cristianodemócrata (CDU) logró un resultado menor al que anticipaban las encuestadoras y casi diez puntos por debajo del porcentaje obtenido en las últimas elecciones de 2013. Con el 20% el partido socialdemócrata (SPD), al mando de Martin Schulz, consistentemente con los pronósticos quedó en segundo lugar pero también con menos puntajes que la elección anterior. El tercer puesto, codiciado por todo el resto, lo obtuvo el partido populista de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) con un histórico 13%. Los liberales entraron cuartos con un poco más del 10%, la izquierda y el partido Verde se ubicaron en el quinto y sexto lugar con un 9% y 9,1% respectivamente. El parlamento alemán tendrá que enfrentarse a un colorido panorama, pues ninguna fuerza se quedó afuera y la CDU tendrá que lograr, en los próximos 30 días, una coalición que represente más del 50% de los votos para formar un gobierno.

Luego de 12 años en el poder, Ángela Merkel seguirá siendo la canciller y cabeza política de Alemania, pero sabe que los años que vienen no serán iguales a los pasados. En la sede de su partido federal (Bundesparteizentrale), la reelecta canciller recalcó enfrente de los integrantes de su partido la responsabilidad de haber estado en el gobierno ininterrumpidamente durante tantos años y reconoció la actual situación: “tenemos por delante un gran desafío: la AfD ha entrado en el parlamento alemán y debemos recuperar a quienes votaron esa fuerza para continuar siendo un país justo y social. Esta tarea nos pide que mantengamos la unión y trabajemos para tener una Europa fuerte. Para lograrlo, debemos combatir la inmigración ilegal, pero también las razones por las cuales está inmigración es creada en los países de donde provienen los inmigrantes. Debemos encontrar formas legales de ayudar y acoger a los refugiados para garantizar la seguridad y vivir en un país próspero y libre”.

A pesar de la victoria, nadie celebraba y la mandataria alemana sabe que el desafío de formar una coalición que eclipse el triunfo de la ultraderecha es fundamental. La estrategia favorita es la llamada “coalición Jamaica”, debido a los colores representativos de los partidos: negro (CDU), amarillo (FDP) y verde (Alianza 90/Los Verdes). Si se logran poner de acuerdo y formar un gobierno entre ellos, el SPD quedará como primera fuerza opositora dentro del parlamento.

Sin embargo, si se mantuviese la coalición actual de los dos partidos con mayor porcentaje “Negro (CDU)/Rojo (SPD)”, significará darle a la extrema derecha el privilegio de ser la primera fuerza opositora. Christian Lindner, cabeza del partido liberal sabe que esto no es bueno: “¿Un porcentaje más o menos para la Unión (CDU)? Eso no hace ninguna diferencia. Pero un punto porcentual más en la lucha por el tercer lugar entre el AfD y el FDP, ¡lo cambia todo!” A pesar de los desconcertantes resultados electorales todavía queda un mes de negociaciones que serán fundamentales.

 

 

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Lunes, 12 Junio 2017 06:46

¿Al borde?

¿Al borde?

Con toda la atención en el espectáculo Trump, a veces no se logra ver que toda esta amenaza derechista histérica y patética es el último grito de las fuerzas más retrogradas de Estados Unidos ante un amanecer de otro país y, potencialmente, de una gran era progresista.

Vale recordar que para mediados de siglo los blancos dejarán de ser mayoría por primera vez desde la fundación del este país; la generación millennial es la más diversa por raza, etnia y origen geográfico en la historia del país: son el futuro. Las bases de Trump son el pasado.

Al mismo tiempo, la desigualdad económica ha llegado a su punto más alto desde poco antes de la Gran Depresión, y las políticas actuales de Trump están dedicadas a agudizar aún más esa disparidad. La consecuencia política de esto es la percepción popular de un sistema rehén de intereses de los más ricos y poderosos, y eso fue en gran parte lo que alimentó las insurgencias de la derecha con Trump, al igual que la progresista de Bernie Sanders en el ciclo electoral de 2016.

Ahora, el temor que está al centro de la vida política de este país a lo largo de su historia, la realidad de que el sueño americano ha quedado anulado y los cambios demográficos y sociales han generado tormentas perfectas para las fuerzas más reaccionarias, pero también para las progresistas. El duopolio partidista actual ya no representa a las mayorías del país. Mientras Trump es el presidente novato más reprobado de la historia (tiene sólo 39 por ciento de aprobación), eso no se ha traducido en un gran apoyo para los demócratas (sólo tienen 38 por ciento de aprobación).

Aunque la derecha "ganó", su rechazo popular manifestado en movilizaciones masivas en los primeros meses de este año –algunas sin precedente– muestra una sociedad que no puede ser, más bien que rehúsa ser, definida por Trump.

Las acciones masivas ya no son tan frecuentes, pero eso no necesariamente significa una reducción de esfuerzos de resistencia y en favor de un cambio progresista en medio de una de las épocas más oscuras de este país.

A la vez, se tiene que subrayar que ésta sigue como una sociedad generalmente desmovilizada, fragmentada, con una amnesia histórica deslumbrante, y con sus grandes organizaciones sociales en su momento más débil, sobre todo los sindicatos y las que nacieron de movimientos por los derechos civiles. Pero a pesar de ello, hay señales de vida de una nueva (y vieja) ola progresista por todas partes, hasta en lugares que no se pensaba que podría existir tal cosa.

Por un lado, ni Sanders ni los sanderistas han desaparecido. Este fin de semana más de 4 mil activistas ambientalistas, laborales, indígenas, de Black Lives Matter, junto con estrategas, intelectuales, artistas y sindicalistas se reunieron en Chicago en la Cumbre del Pueblo para nutrir e impulsar una ola de candidatos progresistas que están ingresando a elecciones locales, estatales y federales para continuar promoviendo la "revolución política" bautizada por Sanders. Esa cumbre, entre otras iniciativas, fue convocada por organizaciones que nacieron de la campaña del "socialista democrático" el año pasado, incluyendo Our Revolution, People for Bernie , con aliados clave, como el sindicato de enfermeras National Nurses United.

El sábado, Sanders declaró ante esa cumbre que la dirección actual del Partido Demócrata es "un fracaso absoluto" y afirmó que ese partido "requiere de un cambio fundamental, lo que necesita es abrir sus puertas a gente trabajadora, a los jóvenes, a personas de la tercera edad y a los que están preparados para luchar por la justicia social y económica".

Lo que ocurrió en Gran Bretaña, con el sorprendente resultado para las fuerzas de Jeremy Corbyn, por supuesto alimentó el optimismo entre estas filas, ya que comparten el mismo prisma político.

La semana pasada se anunció la formación del Sanders Institute, como una especie de think tank, integrado, entre otros por los profesores Jeffrey Sachs, Robert Reich y Cornel West, figuras culturales como Harry Belafonte y Danny Glover.

Por otro lado, desde cada esquina del país, casi todos los días, se reportan expresiones de rebelión y desafío encabezadas por un mosaico extraordinario: inmigrantes (sobre todo los jóvenes dreamers), indígenas, ambientalistas, pacifistas, religiosos, estudiantes, artistas y defensores de derechos y libertades civiles, todos confrontando la ofensiva derechista de Trump mediante multitud de iniciativas locales, estatales y regionales.

También hay respuestas más institucionales, respaldadas por ciudadanos y la opinión pública. Cientos de ciudades, universidades y organizaciones ambientalistas no sólo denunciaron el retiro de Washington del Acuerdo de París sobre cambio climático, sino que están impulsando pactos autónomos con la Organización de las Naciones Unidas para cumplir el acuerdo. Los alcaldes de Pittsburgh y París escribieron un artículo conjunto en el New York Times en el cual se comprometieron a la cooperación ambiental después de que Trump comentó en un discurso que él había sido electo para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París.

Vale reiterar que tal vez la respuesta más potente es la que se expresa en el ámbito cultural, tanto en el sector comercial como en el independiente. En cines, teatros, música, televisión y más se ofrece un mosaico de denuncia, crítica, sátira e invitaciones a algo más noble. Esto se puede ver en cosas curiosas como que la película más exitosa del momento La Mujer Maravilla, amazona cuya misión es poner fin a las guerras al combatir los hombres macabros que las promueven, o que la canción más exitosa del momento, Despacito, es en español. Ese no es el Estados Unidos de Trump.

En la disputa entre el oscurecer y el amanecer de este país, también está en juego el futuro de este mundo. Por tanto, el futuro de este país no puede quedar sólo en manos de los estadunidenses.

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El presidente electo de Francia, Emmanuel Macron.

 

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación

 

Los analistas no paran de insistir en el vuelco del panorama político francés, con el desplome de los partidos tradicionales. Es una verdad a medias porque el nuevo presidente, Emmanuel Macron, es un representante neto del poder económico y empresarial francés y de las políticas neoliberales europeas. Todos sus supuestos méritos revolucionarios son meras patinas estudiadas y explotadas para promover su imagen novedosa y moderna: joven, culto (titulado en Filosofía con una tesis sobre Hegel), sensible al arte (sus seis años de piano), romántico y fiel al amor (casado desde hace diez años con la profesora que conoció con 17, y 24 años más mayor).

Si se estudia la trayectoria de Macron se confirma que simplemente es un cachorro de las finanzas y las élites políticas tradicionales. Estudió en los jesuitas y con 16 años se trasladó a París y se formó en Sciences-Po (Instituto de Estudios Políticos de París), una fundación privada considerada grand établissement, un reconocimiento atribuido a algunos centros de enseñanza superior de prestigio. Posteriormente se forma en la Escuela Nacional de Administración (ENA), el granero de las élites políticas francesas. Una gran mayoría de los antiguos alumnos de la ENA controlan la vida política y económica en Francia, por lo que es criticada por su papel en la selección y reproducción de las élites y de la burocracia francesa.

Con solo 33 años, fue socio de la banca Rothschild. Allí Macron se hizo rico en poco tiempo, entró en Rothschild en 2008 y como directivo de esta banca fue encargado de uno de los mayores acuerdos del año: la OPA de Nestlé a una filial de Pfizer, lo cual le permitió convertirse en millonario. La transacción tuvo un valor de nueve mil millones de dólares.

En realidad Macron, como Joseph Fouché durante la revolución francesa y el periodo napoleónico, nunca tuvo partido. Su primera actividad política destacada tuvo lugar en 2008 como ponente de una comisión de expertos sobre el crecimiento económico, encargada por Nicolas Sarkozy y animada por el antiguo consejero socialista Jacques Attali. Esta comisión Attali permitió a Macron codearse con grandes empresarios, como el propietario de la compañía de seguros Axa, Claude Bébéar; el presidente de Nestlé, Peter Brabeck; o el gestor de fondos de inversiones Serge Weinberg. De hecho, este último fue quien lo promocionó como gerente asociado del Banco Rothschild en Francia.

Apoyó la candidatura de François Hollande en las primarias de 2011. En mayo de 2012 se convirtió en secretario general adjunto del Elíseo, cuya función es aconsejar al presidente de la República sobre cuestiones económicas. Macron reivindica una postura liberal. A él le achacan el giro que dio el Gobierno de Hollande en favor de las empresas.

Hollande le nombra ministro de Economía en agosto de 2014, lo que es considerado como una clarificación ideológica, al alejarse de la izquierda y adoptar ideas de derecha. Diseñó la controvertida política económica del presidente François Hollande hasta junio de 2014, que no tuvo nada de socialista provocando la impopularidad de Hollande por abandonar todas sus promesas progresistas. En sus dos años en el Elíseo, fue el encargado de mantener el nexo del presidente con los grandes patronos. También quien tuvo que calmar a las grandes fortunas, a las que Hollande quiso gravar con un 75% de impuestos pero que acabó con unas millonarias rebajas en impuestos y cotizaciones sociales de las empresas. En la campaña electoral Macron fue acusado de haber gestionado durante su Gobierno casos de empresas con las que había tratado anteriormente cuando fue banquero de negocios.

Cuando observa el hundimiento del presidente al que le diseñó la política económica, le abandona como ministro y crea un movimiento político, ¡En Marcha!, que coincide con sus iniciales y con el que alcanza la presidencia. "La honestidad me obliga deciros que ya no soy socialista", dijo. Como si lo hubiese sido en sus decisiones políticas como ministro.

Para entonces ya Emmanuel Macron llevaba un tiempo poniendo en marcha –nunca mejor dicho– toda su maquinaria de seducción y contactos. El periodista Enric González revelaba que "durante sus últimos ocho meses en el cargo, entre enero y agosto de 2016, Macron gastó 120.000 euros en cenas celebradas en su apartamento privado, un ático acristalado ante el Sena encima del complejo ministerial de Bercy. Haciendo una división simple, salen 500 euros por noche. Los funcionarios de la oficina presupuestaria estaban asombrados. Comprobando facturas descubrieron que algunas noches había dos cenas, una detrás de otra. El movimiento de invitados y cocineros era frenético. Por el ático de Bercy pasó todo el que representaba algo en la política, las finanzas, la empresa, la comunicación y el espectáculo. Fue una gigantesca operación de seducción de la que surgió la red de apoyos que está a punto de llevarle a la presidencia de la República".

El resultado es un candidato que despierta simpatía entre buena parte de los dirigentes del Cac40 (el Ibex35 de la bolsa de París). Le apoyan grandes empresarios próximos al socialismo francés, como Pierre Bergé (copropietario del diario Le Monde), y también una parte de la patronal tradicionalmente vinculada a la derecha, como el propietario del grupo de lujo Louis Vuitton (Bernard Arnault) o Vincent Bolloré (presidente de los grupos Canal + y Vivendi). Igualmente le respaldan los dirigentes de las nuevas compañías tecnológicas francesas y ha recibido el apoyo del fundador de la compañía de videojuegos Atari y empresario en el sector de la robótica, Bruno Bonnell; y del fundador de la web de citas Meetic, Marc Simoncini.

Macron aspira, de hecho, a presentarse "como el candidato del nuevo capitalismo francés, de un patronato más moderno y favorable a la globalización". El periodista Enric Bonet señala que el equipo de campaña de Macron lo componen dirigentes de multinacionales francesas. Uno de los encargados de elaborar su programa en materia de seguridad y defensa es Didier Casas, el director general adjunto de la compañía de telefonía móvil Bouygues. Mediapart revelaba que en el núcleo duro de ¡En Marcha! se encontraban jóvenes del entorno del que fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss Kahn. Dos agencias de comunicación trabajan habitualmente por el movimiento Little Wing y Jésus & Gabriel. Como se ve, todo "muy revolucionario".

Al más puro estilo postrealidad de Donald Trump, a la semana de crear su movimiento, Emmanuel Macron dijo que ya contaba con 13.000 miembros, "uno cada 30 segundos". El semanario Le Canard Enchaîné se encargó después de aclarar que lo que Macron llamaba miembros eran sencillamente los clics que había recibido su página.

En cuanto a las finanzas de ¡En Marcha! el encargado de la colecta de fondos de campaña fue Christian Dargnat, exdirigente del banco BNP Paribas, y Françoise Holder, cofundadora de la famosa cadena de panaderías Paul y exresponsable nacional del Medef (Movimiento de Empresas de Francia) es la delegada nacional. Según reveló el periodista Mathieu Magnaudeix, encargado de seguir la campaña de Emmanuel Macron en Mediapart, a principios de marzo, el movimiento disponía de ocho millones de euros obtenidos gracias sus 30.000 donantes privados. Aunque la mayoría de los simpatizantes dieron 50 euros, hubo más de 160 donantes que contribuyeron con más de 5.000 euros.

Los responsables de ¡En Marcha! reunieron una parte significativa de sus fondos a través de fiestas privadas muy chic en las que piden donaciones a los invitados. "En sólo una de estas cenas que se celebró en París pocos días antes de Navidad, ganaron más de 100.000 euros", afirma Magnaudeix. Estos actos no sólo se han organizado en territorio francés, sino también en Londres, Nueva York e, incluso, hubo una fiesta en el acomodado distrito bruselense de Uccle, donde reside la mayoría de los expatriados fiscales franceses. "Dargnat ha hecho constantes viajes a Londres para recaudar fondos y Macron participó en tres actos privados durante un desplazamiento que hizo a la capital británica a finales de febrero", recuerda el periodista de Mediapart. A través de un préstamo bancario de 8 millones de euros más las donaciones privadas, Macron "ha prácticamente alcanzado los 21 millones, el presupuesto máximo de un candidato a las presidenciales". Gracias a sus contactos con las élites políticas y económicas, el joven "candidato alternativo" ha puesto en marcha toda una máquina electoral.

En cuanto a las propuestas políticas de Macron, nada diferente a la línea neoliberal dominante: aboga por más flexibilidad laboral, aumentar la jornada de trabajo, no excluye retrasar la edad de jubilación y, como la mayoría de candidatos de derecha, propone una revisión del Código de Trabajo (reforma laboral). Mélenchon había pedido a Macron que renunciase a su reforma laboral para atraer a los siete millones de votantes de la izquierda. Macron, sin embargo, se opuso. Con esas propuestas era comprensible que muchos obreros pensasen que no tenían nada que perder con Marine Le Pen.

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación.

Como señaló Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique, "el éxito de Macron se debe más a las circunstancias que a sus propios méritos. Porque una serie de acontecimientos imprevistos fueron eliminando a sus principales rivales potenciales. Los candidatos socialistas y conservadores estaban hundido por la corrupción. ¿Qué adversarios le quedaban a Macron? Esencialmente dos: Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Ni el poder financiero, ni el poder empresarial, ni el poder mediático podían aceptar, por distintas razones, a ninguno de estos dos candidatos. Por eso, a partir del pasado mes de febrero, todo el formidable peso de los poderes fácticos se puso al servicio de Emmanuel Macron. En particular, los medios de comunicación dominantes –que en Francia están en manos de un puñado de oligarcas multimillonarios– se lanzaron en una frenética campaña en favor del líder de En Marche! Aportándole además un soporte financiero considerable. De tal modo que Macron, orador bastante mediocre y con un programa aún más confuso, fue imponiéndose en las encuestas como el probable vencedor".

Lo cínico de Macron es que, después de haber sido banquero y ministro, contar con el apoyo de las grandes empresas y finanzas que le han proporcionado el máximo presupuesto para su campaña, se presentó a las elecciones afirmando abanderar "el desafío es romper con un sistema que no supo responder a los problemas de Francia desde hace más de 30 años".

Pero en el fondo, Emmanuel Macron es más de lo mismo: un hombre de diseño al gusto del marketing que ha estado en el lugar adecuado en el momento justo. Y su propuesta, en pocas palabras, como diría el conde de Lampedusa: cambiarlo todo para que nada cambie.

 

 


 

EL GANADOR DEL BALLOTTAGE Y SU RIVAL LE PEN ARRANCAN OTRA CAMPAÑA TRAS LAS PRESIDENCIALES FRANCESAS

 

Con Macron electo, la próxima batalla es la legislativa

 

 

La derecha y los socialistas reman contracorriente para superar sus fracturas, y la izquierda insumisa pone condiciones.

 

 

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El electo presidente Macron participa junto a Hollande de un homenaje a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
(Imagen: EFE)

 

Por: Eduardo Febbro


Página12 En Francia

 

Desde París

 

Desde el presidente electo, Emmanuel Macron, pasando por la extrema derecha del Frente Nacional, Los Republicanos (derecha), la izquierda radical unida bajo las banderas de Jean-Luc Mélenchon o los mareados socialistas, la clase política se puso en orden de batalla en busca de un peso legislativo en las próximas elecciones del 11 y el 18 de junio. De ello depende la gobernabilidad de los cinco años venideros así como los términos en que se plasmará, en la Asamblea, la recomposición del sistema político tras el terremoto cuyos primeros efectos empezaron a sentirse antes de la campaña electoral que terminó con la victoria de Emmanuel Macron por un resultado más sólido del que anticiparon las encuestas de opinión: 66,10% contra 33,90% para Marine Le Pen.

Macron y la extrema derecha cuentan con la dinámica de las presidenciales como punto de apoyo mientras que la derecha y los socialistas reman a contracorriente para superar sus fracturas y la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon rehúsa pactar alianzas con los socialistas si estos no se suman a su movimiento. Los resultados del domingo tienen, de hecho, tres terrenos: el del voto a favor de Macron, el de la extrema derecha y el de la Francia del Ni Ni que votó en blanco o se abstuvo porque no se sentía interpretada por ninguna de las dos ofertas en juego. Si se suman los votos abstencionistas, los blancos o los inválidos se llaga a un 34% del cuerpo electoral. La configuración legislativa es, por el momento, la incógnita más lejana. La más cercana circula con insistencia obsesiva: ¿Quién será el próximo primer ministro?. Macron sembró algunas pistas cuando dijo que la personalidad elegida “será alguien con experiencia en el campo político, con competencias para dirigir una mayoría parlamentaria y animar un grupo gubernamental que se verá profundamente renovado”. Poco y mucho. Otro dato esencial lo aportó el Secretario General del movimiento macronista ¡En Marche ! y diputado socialista, Richard Ferrand, quien precisó que no se “excluye” nombrar a un jefe de Gabinete proveniente de la derecha. El primer ministro tendrá una misión inicial capital en el naciente mandato: dirigir la orquesta hasta las legislativas y modelar una mayoría presidencial que le permita gobernar. La inclusión de un dirigente de la derecha puede ser o una decisión o simplemente una consecuencia de la consulta legislativa. Si Macron no obtiene la mayoría y gana la derecha habrá, de facto, un gobierno de cohabitación donde el conservador François Baroin podría estar al frente del cargo.

La fase que se inicia es incierta, para todos. La derecha flota sobre sus divergencias tanto más hondas cuanto que la candidatura presidencial de François Fillon y su insistencia en mantenerla pese a su inculpación por la justicia quebrantó a los conservadores cuya corriente, hoy, carece de una figura fuerte, de un jefe, para federarla. Entre quienes están dispuestos a unirse naturalmente al macronismo, los elementos más radicales que apuestan por una victoria en las legislativas para imponer una cohabitación, la derecha está empañada. Un diputado confió al diario Libération la radiografía interna de la derecha:”por más que nos agitemos para todas partes, no tenemos el control de la situación. Estamos suspendidos a las decisiones de Macron”. Los socialistas se encuentran en una disposición más crítica porque sus posibilidadeselectorales se han reducido al extremo (6,5% en la primera vuelta de la elección presidencial). El fenómeno Macron los ha dejado huérfanos de electores y dirigentes, incluso de varios históricos. La derecha socialista,los socialliberales, están con Macron, otro sector cierra filas detrás del candidato que representó al PS en las presidenciales tras ganar las primarias, Benoît Hamon (izquierda del PS opuesta a toda alianza con el presidente Macron)y un tercero, los legitimistas, quiere guardar las llaves del templo. Allí entra Jean-Luc Mélenchon y sus 7 millones de votos en la primera vuelta, el triple que el Partido Socialista. Mélenchon aspira a recuperar esa extraordinaria ola presidencial y convertirse en la primera fuerza en la Asamblea Nacional e, incluso, estar en condiciones de imponer un gobierno de cohabitación con la izquierda radical. Mélenchon sólo acepta aliarse con el PS si sus candidatos compiten con los colores de Francia Insumisa, condición que los socialistas rechazan al igual que los comunistas y los ecologistas. Una vez más, la izquierda sale dispersada. La ultraderecha, en cambio, si bien Marine Le Pen no llegó al batacazo del 40%, corre detrás de los mismos objetivos: recuperar el empuje presidencial y traducirlo en la Asamblea Nacional para ser “el primer polo de oposición” al poder presidencial. Detrás de estas luchas internas hay otra. Los Republicanos y la izquierda, la socialista y la radical, anhelan validar la persistencia de esa visión Izquierda / Derecha que la narrativa de Macron trató de borrar. De ello dependen la respectivas identidades de los dos ejes que se alternaron el poder político en Francia.

El frente social dio ayer su primer aviso. Varios manifestaciones tuvieron lugar en París como señal de advertencia dirigida hacia el presidente electo y sus proyectos de corte liberal, entre ellos la reforma de la ley del trabajo. La sociedad se prepara y los partidos políticos sufren hoy del terremoto que significó la inesperada irrupción del macronismo y su capacidad a absorber corrientes antagónicas en torno a la figura de Emmanuel Macron.Lo único que está firme es la victoria de Macron, el arraigo electoral de la ultraderecha y el hecho de que la mayoría del voto presidencial no fue a favor del presidente electo sino contra Marine Le Pen. Lo demás es, en Francia, un laboratorio que explora los arcanos de una nueva disciplina.

 

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Jueves, 30 Marzo 2017 07:51

Un fantasma recorre Europa...

Imagen de Marine Le Pen, candidata a las elecciones francesas, en un acto reciente de campaña

 

Como alguna vez escribiera Carlos Marx, un fantasma recorre Europa... Sólo que esta vez se trata de una ideología diametralmente opuesta a la que propugnaba el “filósofo de Tréveris”.

La extrema derecha, que había ganado terreno con la profunda crisis económica de 2008, tomado impulso al calor de los movimientos de indignados y del descontento antisistema, y alcanzado la cima de su popularidad con la crisis de los refugiados y los ataques terroristas de París y Bruselas, parecía haber recibido nuevos bríos con los triunfos de Donald Trump y del Brexit.

Si bien la reciente derrota de Geert Wilders y su Partido de la Libertad en Holanda llevó cierto alivio a los líderes de los tradicionales partidos conservadores y socialdemócratas por igual, la realidad indica que los partidos nacionalistas de extrema derecha han dejado ya de ser una minoría radical y que están a las puertas del poder en no pocos países del viejo continente.

El presidente francés François Hollande se entusiasmó con lo que calificó como “una clara victoria contra el extremismo” y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la interpretó como “un voto por Europa”.

De todos modos, la mayoría de los analistas coinciden en señalar que pese al fracaso en las legislativas holandesas, el auge del nacionalismo en Europa no se detiene y la extrema derecha se extiende por toda la Unión Europea, probablemente con la única excepción de la península ibérica.

Si bien no puede hablarse de un movimiento uniforme, ya que se trata de formaciones políticas con importantes matices y gradientes de radicalidad según el país, se caracterizan genéricamente por una determinada combinación entre nacionalismo, euroescepticismo, proteccionismo económico, populismo y xenofobia (principalmente en la forma de “islamofobia”).

Se trata de formaciones ideológicas de eminente carácter excluyente, en tanto la propia identidad se configura y se reafirma en oposición a un enemigo que hay que expulsar del sistema. En este marco, la inestabilidad y la confrontación son las fuentes de las que se alimentan estas expresiones políticas.

Pero lo cierto es que, aún en la derrota, las propuestas de estos partidos ya se han colado en la agenda política, e incluso son en algunos casos forzosamente abordados por los propios partidos tradicionales en un intento desesperado por no perder votantes.

Por ejemplo, en la política de seguridad de Francia tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 pueden reconocerse fácilmente algunos de los pilares del discurso del Frente Nacional. Asimismo, el gobierno de coalición austríaco (socialdemócratas y democristianos), presionado por el crecimiento del FPÖ, dio marcha atrás con su política “de puertas abiertas” y endureció su normativa migratoria, en línea con de los países de la ruta de los Balcanes.

Tras la contienda holandesa, a casi un mes de las elecciones generales, toda la atención se muda a Francia, donde Marine Le Pen y el Frente Nacional aparecen como los favoritos. Y el caso Le Pen puede convertirse sin dudas en un modelo para otras formaciones. Con una estrategia que combina altas dosis de pragmatismo con clásicas apelaciones nacionalistas, la hija del fundador del Frente Nacional, ha aggiornado su discurso en la búsqueda de votantes ajenos al núcleo histórico de la derecha francesa.

La pregunta ya no es si Le Pen puede ganar las elecciones –algo bastante improbable en un potencial ballottage–, sino si el Frente Nacional puede finalmente convertirse en un factor real de poder en una de las democracias más tradicionales del mundo

Benedict Anderson, en el ya clásico “Comunidades Imaginadas”, demostraba cómo el nacionalismo había sustituido a la religión como una herramienta para dar respuesta a las preocupaciones del individuo y proveer seguridad y sentido de pertenencia.

El nacionalismo –aún en sus actuales versiones extremas– opera en el universo de las emociones antes que en el de la razón: no necesita validar sus afirmaciones a través del test de lo posible o lo real. Por ello la identidad que se genera es no sólo más fuerte, sino también acrítica e incondicional.

En una Europa donde la mayoría de los partidos tradicionales se olvidaron de “enamorar” a los votantes, y sólo se limitan a invocar a la razón frente al avance de éste “fantasma”, el nacionalismo seguirá al acecho.

 

* Sociólogo. Autor del libro Gustar, ganar y gobernar. Cómo triunfar en el arte de convencer .

 

 

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ROLAND DENIS

 

Roland Denis es un revolucionario crítico, pero no de la camada más reciente, sino de una que lleva años de disidencia, luego de haber sido viceministro de Planificación a principios del gobierno del comandante Hugo Chávez.

Licenciado en Filosofía, antiguo militante del movimiento Desobediencia de los años 80, este hombre que en su adolescencia dejó de usar el oligarca apellido Boulton, explicó en entrevista exclusiva para LaIguana.TV dónde se originan las desviaciones que, en su concepto, arrastra el proceso revolucionario venezolano.

A continuación, una versión del diálogo que Roland Denis (Caracas, 1958) sostuvo con el periodista Clodovaldo Hernández:

 

-¿Qué se siente el haber desmentido el aserto marxista según el cual "el ser social determina la conciencia social"?

-¿Haberlo desmentido... cómo es eso?

 

-Sí, porque usted ha logrado tener una conciencia social distinta a su ser social.

-¡Ah, ahora entiendo la pregunta! Primero que nada, eso es un determinismo marxista, muy propio de Marx y de su época, del positivismo de su época y de todos los determinismos. Todo se ha dialectizado y se ha hecho mucho más complejo. El ser social determina la conciencia social, pero la conciencia social también puede determinar el devenir del ser social. En mi caso, simplemente me dio la gana de abrirme de mi clase social... o mejor dicho, no fue porque me dio la gana, sino porque me encontré en el camino ventanas de la vida que se abren, seres que uno se encuentra, escenarios, cruces de personajes que, obviamente, si no me hubiese topado con ellos, mi trayectoria hubiese sido otra. Aparecieron realidades, circunstancias que, poco a poco, me fueron enamorando de otra opción de vida. Eso es todo.

 

-Algunos analistas dicen que la Revolución entra en crisis a partir de la muerte del comandante Hugo Chávez, pero de usted puede decirse que es disidente desde mucho antes de ese hecho. ¿En qué momento sintió que el proyecto comenzó a desviarse?

-Hay que recordar que este proyecto comenzó a forjarse en los años 90, a través de una interacción que se fue generando entre un líder y el movimiento popular, entre un movimiento militar y los movimientos sociales que venían gestándose desde los años 80. Eso derivó en una síntesis feliz hasta el punto de que se logró la toma del poder. Pero la crisis ya estaba en su corazón porque en esa suma de movimientos había elementos muy contradictorios con el propósito revolucionario. La opción de Chávez de optar por la vía electoral tuvo mucho apoyo, pero también muchos cuestionamientos. Entre los grupos críticos estuvimos nosotros, por una razón obvia: la creación de una opción electoral amplia iba a traer como consecuencia la entrada dentro al proyecto de cambio revolucionario de una cantidad de sujetos que lo harían con un criterio netamente oportunista. Eso, frente a continuar en la opción insurreccional, provocaba un debate difícil. Finalmente gana la opción electoral y el movimiento popular se convierte en gobierno, pero lleno de una cantidad de cruces con las viejas castas políticas, con mafias sindicaleras, con una izquierda reformista, con una cuerda de batequebraos, como se dice, que solo andaban buscando cargos, procurando ser parte de lo que vino a continuación, que fue el gran saqueo de la renta. Esos sectores se pusieron a hablar el lenguaje de los movimientos sociales, que Chávez adoptó y del que se convirtió en un ícono, pero en realidad no compartían las ideas concretas. Se limitaron a imitar el lenguaje bolivariano, de género, soberanista, independentista, pero el conjunto de las fuerzas que aparentaban impulsar la Revolución estaba plagado de agentes oportunistas. También había un componente militar que sí, tenía una posición nacionalista, pero desde una posición ideológica francamente de derecha, que se fue develando con las posiciones que asumieron hombres como (Jesús) Urdaneta, (Luis Alfonso) Dávila, (Jesús Acosta) Chirinos, etcétera. Fue un movimiento muy heterogéneo y diverso, pero no en el buen sentido de la palabra, sino que esa heterogeneidad, esa diversidad, que en otras situaciones son características tan bonitas, en este caso jugó como un elemento terriblemente regresivo.

 

-¿La desviación comienza entonces desde muy temprano?

-Sí. Y se nota con los grandes fenómenos de corrupción, con el famoso Plan Bolívar 2000. Pero la crisis no es tanto la corrupción en sí misma, sino la impunidad que también comienza a manifestarse desde el principio. Y también comienza a expresarse la actitud de ciertos militares que se creen dueños de un poder que, en realidad, no era de ellos, sino de la sociedad y del movimiento popular. El hecho de que la crisis comience temprano no niega que haya habido, paralelamente, hechos muy hermosos, como el fenómeno constituyente, la dinámica de los movimientos populares, la defensa del país frente a la enorme conspiración oligárquica que vino desde afuera y desde adentro. Eso fue hermosísimo, reflejó cohesión, de multiplicación de organizaciones populares, pero eso que estaba pasando le dio mucho miedo, no solamente a los oligarcas y a la gente que pensó que le iban a quitar su carrito o que le iban a llevar a sus hijos a Cuba. También asustó a los oportunistas que se habían internado en el movimiento. Allí comienza esa gran diatriba que alcanza su máxima expresión en la presidencia de Nicolás Maduro.

 

La ruptura

 

Roland Denis atribuye al comandante Chávez la responsabilidad de no haber sabido manejar el poder que los movimientos populares le endosaron. "José Vicente Rangel, durante su etapa como vicepresidente, manejó internamente los hilos del poder, elevando personajes que no tenían ninguna base, quienes a su vez crearon sus propias tribus de poder".

 

-¿Por qué cree que no supo manejar el poder?

-Tuvo muy poca autoridad, en el fondo, a pesar de ser un personaje de apariencia muy caudillista y hasta autoritaria. O tuvo poca autoridad o lo fueron neutralizando. En eso no solo trabajaron los personajes internos, sino yo diría que hasta los propios cubanos. Eso permitió que entraran más y más personajes siniestros, que el Estado se hiciera más y más burocrático, que las redes de corrupción resultaran cada día más fortalecidas, y el proyecto como tal comenzó a cambiar su visión. Chávez, al final de su vida, trató de corregir las deformaciones, siendo muy autocrítico, pero ya era muy tarde, ya se estaba muriendo. Ese discurso del golpe de timón fue un último intento verborreico, pero ya no había tiempo.

 

-Cuando usted estuvo en el Ejecutivo, como parte del equipo de Felipe Pérez Martí, ¿qué vio allí adentro? ¿cómo fue esa experiencia de gobierno?

-Bueno, fue una experiencia de no-gobierno porque ocurrió en 2002-2003 y en esos momentos casi que nos quedamos sin gobierno, de hecho, tumbaron a Chávez. Cuando él regresó sí hubo una experiencia interesante porque comenzaron a tener un nivel decisivo de influencia los movimientos populares organizados, multiplicados, fortalecidos y hasta envalentonados en contra de esa reacción tan dura que había tenido la derecha. El equipo al que yo pertenecí estaba montado en la idea de reconstruir el gobierno y, a la vez, cambiar el Estado, mantener la economía y adelantar un plan transformador impulsado no por la renta estatal sino por las fuerzas revolucionarias. Fue un momento muy bonito. Por ejemplo, en pleno paro petrolero, fuimos capaces de coordinar los recursos populares para darle de comer a buena parte de Caracas, que ya se estaba quedando sin alimentos. Fue una experiencia de gobierno realmente revolucionaria.

 

-¿Y qué pasó entonces?

-Era obvio que había gente que ya estaba trabajando en la otra agenda. La presión adentro era tremenda. Había un componente personal muy determinante. Por ejemplo, un personaje increíblemente negativo de este proceso ha sido Jesse Chacón, no solo por el tema de la corrupción, sino porque empezaron a crear un espectro ideológico de un populismo barato, inmediatista, despilfarrador, sin estrategia alguna, donde lo único que vale es salvar el camino inmediato. Pero él es solo un ejemplo. Lo que quiero decir es que el mundo estaba incidiendo sobre nosotros para crear de nuevo todas las relaciones que la IV República ya había creado para garantizar el control de nuestras riquezas. Hay que entender cómo nos miran desde fuera. Nosotros, cuando hablamos de Europa, de Estados Unidos, de los grandes países del mundo, decimos que son imperialistas, pero también vemos lo que producen, el campo civilizatorio que generan. Pero, ¿cómo nos miran ellos a nosotros? Bueno, je, je, je, como un pedazo de tierra con un poco de negritos y de indiecitos fastidiosos encima, y piensan que deben quitarnos esa tierra porque aquí hay riquezas .

 

-¿Usted mantiene contacto con quien era el ministro de Planificación de aquella experiencia de gobierno suya, Felipe Pérez Martí?

-Felipe es muy amigo mío, pero él se pasó totalmente a la derecha. Incluso está en un movimiento que yo le he criticado muchísimo, a favor de una supuesta Constituyente originaria que yo no sé qué coño significa. Me imagino que una constituyente originaria será la que hicieron los primeros humanos, por allá en África o, en nuestro país, el Congreso de Angostura. En todo caso, detrás de ese planteamiento absurdo se esconde un movimiento dentro de la derecha para plantear la reforma de la Constitución de 1999, pues saben que contiene muchas trabas para la entrega final, que va más allá de los recursos petroleros, de la renta y del arco minero, que ya se hizo con el chavismo, que lo está haciendo Nicolás. Para la siguiente fase, necesitan cambiar la Constitución en el sentido reaccionario, conservador. Y Felipe, inocentemente, les está haciendo el juego, lo cual considero muy lamentable porque yo lo quiero mucho, para mí es una gran persona.

 

"Esto se acabó"

 

Integrante de un equipo denominado Otra Política /Frontal 27, Roland Denis tiene una visión bastante pesimista acerca de lo que está por ocurrir en Venezuela en los próximos tiempos. Él considera que el gobierno de Maduro ya es de derecha y que se está preparando el terreno para que las fuerzas propiamente neoliberales tomen el poder.

 

-¿Es inevitable que venga un gobierno encabezado por los líderes políticos de la derecha?

-Inevitable no hay nada. Se está preparando una transición que se ve clarita. Lo que pasa es que la derecha, que yo no sé dónde comienza y dónde acaba, pero digamos que la derecha más visible, es muy torpe. Entonces mantiene una actitud de que "yo te voy a sacar del poder y al día siguiente amaneces preso". Y frente a eso, la otra gente dice: "No, yo tengo aquí 17 años y tú no me vas a meter preso, a menos que me tumbes". En ese sentido tienen mucha razón Nicolás, Diosdado y todos ellos. Pero, por otro lado, se está preparando todo para la transición. Eso puede apreciarse, por ejemplo, en las políticas de Petróleos de Venezuela o en materias como el Arco Minero y en los planes gasíferos... Ya desfalcaron totalmente al país entre escuálidos y chavistas. Se han sacado esas cuentas, lo ha dicho hasta el FMI: desde los años 80 para acá se han recibido alrededor de 500 mil millones de dólares y eso está por encima de las reservas del país más rico de la OPEP, que es Arabia Saudita, y de muchos países sumados. Ahora, esa centrífuga de dinero no se detiene allí, sino que el mundo entero mira con gula toda la región petrolera de la Faja del Orinoco y la zona del Arco Minero. Esa gula está metida dentro del Estado, a través de políticos que han estado trabajando muy bien para alcanzar ese objetivo.

Para el entrevistado, se trata de una conspiración exitosa, que ya lleva muchos años en desarrollo, luego del fracaso del primer intento, que fue netamente oligárquico e imperialista. "Una parte de esa conspiración ha sido bloquear todos los planes de desarrollo que teníamos. Bloquearon los proyectos para las industrias agrícola, química, farmacéutica, básica, pesquera, la pequeña industria. Todos los elementos que estaban proyectados han fracasado. Lo único que se puede mostrar como un logro es eso que siempre han sabido hacer los italianos: poner un ladrillo sobre otro para construir un edificio, pero eso no es absolutamente nada si se le compara con el proyecto inicial que teníamos, y no nos ayuda mucho a dejar de ser un país rentista".

 

-¿Culpa de eso a los sucesores del equipo del que usted formó parte en el Ministerio de Planificación?

-Bueno, luego del bloqueo de todos esos proyectos, se puso allí un ministro para justificar ideológicamente una fuga gigantesca de capitales y preferir estratégicamente la importación frente a la producción nacional. Ese ministro fue (Jorge) Giordani, quien implantó un modelo nefasto que todavía está aplicándose hasta llevar al sistema cambiario al caos total. Ahora se ha entrado a otra etapa, que está muy bien representada por la política del Arco Minero. Yo defendí el Arco Minero en un primer momento porque era una propuesta de movimiento minero de la región, pero esto que se ha hecho es otra cosa: negociar con las grandes corporaciones, monstruos gigantes de la minería más devastadora del mundo, tipo Barrick y otras parecidas. Ahí está clarito: la conspiración ha tenido éxito porque ellos están negociando la riqueza minera más importante del mundo, mientras nosotros estamos ocupados aquí buscando dónde comprar una harina Pan o un pote de margarina. Hay que reconocerles ese éxito en neutralizar la conciencia y la rebeldía revolucionaria desde adentro, no por las redes escuálidas. Fue muy bien jugado.

 

-¿Cuáles son las posibilidades de recuperación del movimiento popular? ¿Hay que pensar en tocar fondo, pasar algunos años y procurar volver con un nuevo proyecto? ¿O estamos condenados a asumir la senda del neoliberalismo, por la que transita el mundo entero?

-El devenir humano es tan impredecible que yo no puedo dar ninguna respuesta certera al respecto. Lo que puedo decirte es que la recuperación de las fuerzas populares puede tardar mucho, pero también puede venir en dos semanas porque siguen latentes las semillas de un movimiento popular gigantesco, que además tiene más experiencia, que ya no es tan inocente como lo era hace veinte años y que podría despertar en cualquier momento. Ahora, yo soy pesimista. Creo que va a ser un proceso largo, de reconstrucción muy difícil porque hay una pérdida de confianza, una pérdida de acumulación de fuerzas, de aquel pueblo que acompañaba el proceso. Eso fue lo que lograron, desapegar totalmente la fuerza social del espíritu revolucionario. Recuperar ese puente es realmente jodido. Tal vez sí haya regiones donde eso sea posible, no tanto en Caracas, que es una ciudad absolutamente intervenida y corrompida por la burocracia. Yo creo en los movimientos rurales y semi-rurales que giran alrededor de ciudades importantes en el centro-occidente, Barinas, los Andes y algunos puntos de Oriente. Allí hay experiencias no solo de elementos revolucionarios, en el sentido tradicional del término, sino también de pequeños propietarios y nuevas iniciativas. Cuando uno ve ese tipo de expresiones se convence de que el pueblo no está muerto, que para matarnos totalmente van a tener que eliminarnos de verdad.

 

-¿Qué rol tiene gente como usted en ese trabajo de reconstrucción?

-Nos toca explicar, con capacidad autocrítica, qué fue lo que pasó claro y raspado, con la verdad en la mano. Eso puede ayudar a renovar un pensamiento, un espíritu, pero eso será tarea de nuevas generaciones, que están naciendo, que no vivieron las viejas épocas, algunos ni siquiera vivieron el 2002, sino que comenzaron a estar activos a partir del chavismo tardío. Esas generaciones están muy confundidas porque casi todos ellos quedaron moldeados con cuatro o cinco símbolos que ahora mucha gente odia. Por ejemplo, eso de "aquí nadie habla mal de Chávez" no era antes una orden dictada por un déspota en un programa de televisión, sino un lenguaje propio de la gente. Eso ya se perdió. Ya es muy tarde para la crítica, ya este gobierno está muerto, y tiene que renacer otra cosa. ¿Cómo va a renacer, cuáles van a ser sus tiempos y sus espacios? Nada de eso se sabe.

 

-Volvemos a la pregunta: ¿viene entonces un gobierno de derecha?

-Lo que se está negociando todos los días, de una manera franca, porque las mesas de diálogo son para eso, es una manera de traspasar el poder. El diálogo significa que el gobierno está dispuesto a dejar el poder en manos de la derecha goda, de la godarria, representada por los sifrinitos de Altamira y, específicamente, a un personaje al que le están construyendo una especie de épica personal, que es Leopoldo López, quien podría ser el llamado a ocupar el mando, luego de unos personajes de transición que podrían ser desde (Manuel) Rosales hasta (Henri) Falcón, qué sé yo cuál. En todo caso, eso se está negociando, igual que nuestro subsuelo, la entrega final de todas nuestras riquezas, luego de cuatro décadas de hablar de nacionalizaciones y de cuanta paja pueda haber. Eso es lo que se está moviendo y allí participan muchas conexiones: la de (Álvaro) Uribe, la de la ultraderecha mundial; la conexión republicana de Estados Unidos; y la del neoconservadurismo ruso, que viene internándose dentro del continente americano a través de pensadores, algunos muy interesantes, por cierto, y que tienen mucha influencia en la nueva derecha europea, que no es liberal y que empiezan a penetrar acá mismo, y eso se ve muy claro en discursos como el de Diosdado Cabello. Insisto en lo mismo: en todos estos movimientos se ve cómo al mundo entero le interesa Venezuela, pero no la Revolución Bolivariana, sino las riquezas y los negocios gigantescos que pueden hacer. Sobre todo esto estoy escribiendo algo que espero sea mi último aporte para entender lo ocurrido.

 

-¿Por qué el último?

-Porque ya he pasado demasiadas cosas. Mi rollo con Chávez comenzó en 2004, luego de unos artículos en Aporrea, de donde, por cierto, también salí. Yo nunca dejé de apoyar a Chávez, pero no me iba a calar que la relación con él fuera de dirigente a caudillo. Nosotros somos hijos de Chávez, pero Chávez también fue un hijo nuestro. Nosotros le enseñamos muchas cosas. Yo siempre busqué una relación mucho más horizontal con el mando, pero fue un fracaso completo. Luego aparecieron las trabas burocráticas y las mafias que me sacaron absolutamente de todo, incluso de los medios públicos. Ni Vanessa Davies, que es como una hermana, que combatimos juntos y a quien adoro, se atrevió a darme espacio cuando estaba en puestos de mando comunicacional.

 

-¿Los movimientos disidentes del chavismo tienen alguna posibilidad de asumir la conducción política de la Revolución?

-No, no creo, son movimientos muy pequeños, con poca fuerza. El grueso del movimiento chavista está del lado del PSUV. Esa fue la gran operación de captura del movimiento popular y fue concluida con éxito.

 

 

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Domingo, 12 Marzo 2017 08:35

La brújula que fija el rumbo

Marine Le Pen, dirigente del Frente Nacional, es el eje de la política francesa.

 

En las campañas para las presidenciales, las izquierdas son figurantes de segunda en un debate monopolizado por el centro, la derecha católica liberal y la extrema derecha. Marine Le Pen encabeza las intenciones de voto.

 

Desde París

 

Nada se parece a lo que tenía que ser. El espectáculo político mayor de una democracia, una elección presidencial, se convirtió, en Francia, en un “entierro” (Raphaël Glucksmann, ensayista) de sus líderes de antaño, en la pérdida de protagonismo de las izquierdas, en la aparición de una nueva derecha católica y autoritaria y de un centro renovado y en la confirmación espectacular de la vitalidad de la extrema derecha francesa. Por primera vez en mucho tiempo, las izquierdas son figurantes de segunda de un debate ya escaso y monopolizado por el centro, la derecha católica liberal y la extrema derecha. El candidato socialista, Benoît Hamon, y el paladín de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, no han entrado en el triángulo donde se decidirá la elección presidencial. En un editorial lapidario, el vespertino Le Monde escribió: “la izquierda juega en segunda división”. Ni uno ni otro sacó provecho del largo e indecoroso episodio que casi termina con la candidatura del representante de la derecha, François Fillon, imputado por la Justicia por los falsos puestos de trabajo de su esposa e hijos. Como lo recuerda Le Monde, la izquierda y “sus iniciativas, sus intervenciones o sus campañas respectivas no llegan a marcar las consciencias”. Si la izquierda es inaudible ello se debe, en mucho, a lo que ocurre en la derecha. Por primera vez desde el resurgimiento de la extrema derecha en los años 80, su candidato presidencial, en este caso Marine Le Pen, encabeza las intenciones de voto de la primera vuelta. Ello ha tenido una consecuencia decisiva: de la derecha al centro y parte de la izquierda, los partidos se han posicionado en relación con la ultraderecha.

Marine Le Pen es el sol pardo hacia el cual todos miran. Los conservadores recurren a innumerables estratagemas de equilibristas para pescar sus votos; el centro, hoy con el viento en las velas y representado por arquitecto de la política económica de François Hollande, el ex ministro de Finanzas Emmanuel Macron, recupera los votos de izquierda y de derecha que ven en la figura de Macron una muralla contra la victoria de los ultras. La izquierda, a su vez, es víctima de sus divisiones de jardín de infantes y de los votantes y miembros del PS que la abandonan por el centro. Una de las últimas estocadas la dio el ex intendente socialista de París, Bertrand Delanoë, cuando anunció que en vez de respaldar a su candidato, Benoît Hamon, su apoyo iría a Emmanuel Macron porque, según él, es él quien puede derrotar “a Marine Le Pen en la primera vuelta”. Y no es el único. Muchos pesos pesados del Partido Socialista se aprestan a seguir los mismos pasos en nombre de un cínico “voto útil”. En suma, la representante del Frente Nacional preside los destinos de la democracia. Hace unas semanas, en un mitin realizado en la ciudad de Nantes, Marine Le Pen dijo: “Nuestra victoria ideológica está ampliamente adquirida”. La filósofa francesa Léa Veinstein anotó en las páginas del matutino Libération: “Dejemos de hacer de Marine Le Pen una amenaza como los adolescentes se asustan cuando miran una película de horror. No es más una amenaza, es nuestra realidad, cada día un poco más”.

Con 27 por ciento de intención de voto, Marine Le Pen se ha literalmente comido la elección. Su posición de líder deja dos alternativas abiertas y, en las dos, la izquierda no cuenta: sea enfrenta en la segunda vuelta del mes de mayo al candidato de Los Republicanos François Fillon, sea al centro recién creado de Emmanuel Macron y su partido En Marcha. Una encuesta de opinión sobre la extrema derecha realizada por ViaVoice muestra que si bien hay un 50 por ciento de electores que considera que una victoria de Marine Le Pen en las presidenciales sería “un drama para Francia”, dos tercios piensan los contrario y un 30 por ciento desea que llegue a la presidencia. Una cuarta parte de los encuestados adhiere además a las tesis antisistema del Frente Nacional. Para ellos, el sistema es tal y como lo describe Marine Le Pen: “Una organización estructurada mediante la cual las elites controlan la sociedad e imponen sus decisiones”. Como si faltara algo, el mismo sondeo revela que 50 por ciento de los electores de la derecha estarían de acuerdo con que Marine Le Pen sea presidenta. Como ella misma lo resaltó, su victoria ideológica es amplísima, especialmente en los temas ligados a los extranjeros, a la fobia a Europa o la inmigración. En estos campos, la aprobación sobrepasa en mucho los sondeos citados. Alain Duhamel, un editorialista de Libération, escribió hace poco que “por primera vez en nuestra historia, la amenaza de un triunfo de la extrema derecha ha dejado de corresponder a la retórica de las declaraciones para convertirse en un abanico de posibilidades realistas”. Nada le ha cerrado el paso a su influencia creciente, ni siquiera la media docena de procesos por corrupción que la esperan en los tribunales. Todo parece beneficiarla. El mismo editorialista resalta que Marine Le Pen “se fortalece con la debilidad de sus adversarios”. En un cuarto de siglo, el nacional populismo derribó los muros morales e ideológicos y ahora se prepara seriamente al asalto de la presidencia. André Gluckman escribe: “Asistimos a una forma del apocalipsis. El mundo que nos vio nacer y en el cual crecimos desaparece ante nosotros”.

Esa es la sensación dominante de esta elección presidencial. Algo esencial se va disolviendo poco a poco al paso del avance de fuerzas con sólidas mayorías como las de la derecha católica, liberal y autoritaria de François Fillon, o las propuestas de Marine Le Pen. La socialdemocracia y la izquierda genuina no están en el espectáculo sino entre el público. Ambas son inaudibles. Marine Le Pen es la brújula que fija el rumbo, las narrativas políticas, los programas, los pactos entre corrientes y canaliza el miedo y las desilusiones de los electores. Puede dar terror a quienes veían en democracias occidentales como la francesa el sueño colectivo. Pero es una lección al revés de cómo se pierde la virtud, de la fragilidad de las memorias de las sociedades ante el retorno de las utopías del mal y del tributo que pagan las izquierdas con sus divisiones y compromisos con sus adversarios ideológicos. Trump o Marine Le Pen, el Jurassic Park ideológico es la nueva versión del futuro.

 

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