Miércoles, 14 Julio 2010 06:31

Bicentenario: ideales de la emancipación

Aclaración al título: donde no trataremos de las ideas emancipadoras que eclosionaron en 1810, sino de las que se cocinan hoy. Disparador de estos apuntes: la síntesis de Emir Sader, publicada días atrás en varios medios de comunicación (Algunas tesis equivocadas sobre América Latina y el mundo, La Jornada, 11/07/10).

Implícitamente, el profesor brasileño nos recuerda que los acontecimientos sociales y políticos no se producen por generación espontánea. Suelen, claro está, ocurrir de manera repentina. Pero con señales anticipatorias que se incuban, maduran y eclosionan como resultado de la creación de condiciones que los hacen posibles.

Subrayemos: “…de la creación de condiciones que los hacen posibles”. En consecuencia, si esto es así, los conceptos de autonomía, emancipación, independencia, revolución o socialismo no serían sinónimos, ni guardarían relaciones mecánicas.

El bicentenario nos encuentra en otra longitud histórica, aunque de similar sintonía: derechas (conservadores y anexos) que sostienen todo-está-bien-como-está, e izquierdas (liberales y anexos) que sostienen lo contrario. Del accionar derechista sabemos mucho. ¿Y del izquierdista?

A inicios de 1990, cuando el neoliberalismo alcanzó el clímax, se produjo un fenómeno curioso: izquierdas y derechas coincidieron en negarle a la política su razón de ser. Y, con desangelada premura, creyeron que la globalización conduciría a la desaparición de la forma Estado-nación.

Buena parte de las izquierdas sintieron que la globalización abría las puertas a una suerte de nueva fraternidad proletaria, en tanto las derechas creyeron que el libre mercado afinaría las notas faltantes en las partituras de la armonía universal.

Profecías fallidas. El nacionalismo agresivo vuelve por sus fueros en Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel y, en América Latina, varios estados retoman los ideales de la anfictionía esbozados por Simón Bolívar. Mientras Europa, la siempre tironeada Europa, asiste hoy con impotencia a una crisis que ha puesto en cuestión sus propios ideales de unidad.

¿Y México? Llevamos 30 años analizando un proceso de involución, opuesto al evolutivo del periodo 1920-80: desmantelamiento de plantas productivas orientadas hacia el mercado interno, flexibilidad laboral, pérdida de conquistas sociales y derechos ciudadanos, desagrarización, migración hacia el norte y las grandes ciudades, y leyes que identifican protesta social con terrorismo.

¿Marchamos, indefectiblemente, hacia la total centrifugación del Estado y la entronización del poder mafioso subregional? ¿No queda, en la patria soterrada, ningún reservorio de fuerzas dispuestas a conjugar, dialécticamente, el potente acervo de reflexiones y experiencias atesoradas en 1810, 1857, 1910, 1968, 1988, 1994?

La metodología de análisis (y no el método) asfixia y paraliza a las izquierdas que se imaginan radicales. Abajo y a la izquierda. Ideales claros, sin duda. ¿Y la política? Algunas izquierdas esperan que todo surja de abajo, y otras que todo llegue de afuera. ¿Cómo hacer para que se emancipen de sí mismas?

Kant distinguía entre sensaciones y percepciones de un lado, y conceptos e intuiciones, por el otro. Decía que las intuiciones sin conceptos son ciegas, y los conceptos sin intuiciones son vacíos. Para Kant, el concepto era el marco de la experiencia posible, y que si bien hay ciertas reglas (a descubrir) para ordenar la experiencia posible, la admisión de marcos conceptuales no equivale, necesariamente, a concebirlos como elementos a priori.

Los hombres y mujeres de la primera independencia no dieron luchas librescas. Los más ilustrados abrevaron sus conocimientos en los libros, pero la guerra y la política encendieron sus luces. A cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades, dijo Carlos Marx en su Crítica al Programa de Gotha (1875). Pero ¿Marx o… Benito Juárez?

Exhumando la correspondencia del Benemérito, el escritor cubano Armando Hart Dávalos subrayó una frase interesante, fechada el 11 de enero de 1861 (o sea, catorce años antes del Gotha): A cada cual, según su capacidad, y a cada capacidad según sus obras y su educación. Así no habría clases privilegiadas, ni preferencias injustas.

Las inquietudes de Sader han encarado las dificultades de unas izquierdas que parecen condenadas a ser buenas en asuntos de solidaridad (ideología), denuncia (ética) y diagnóstico (pensamiento crítico), dejando mucho que desear en estrategia (política), reflexión (filosofía) y las propuestas viables para reorientar la feroz destrucción neoliberal en todas las dimensiones de nuestra realidad (economía, educación, cultura).

Menudea, en ciertos círculos izquierdistas, un nuevo tipo de hipercriticidad que, so pretexto del derecho a la crítica, rechaza todo lo que hace un gobierno por considerarlo contaminado y sospechoso. Bueno, concedamos que en algunos países (México, Colombia), la hipercriticidad es comprensible.

Tampoco eso es lo importante. ¿Cuál sería, entonces, la carga de izquierda que una sociedad (cualquier sociedad) está dispuesta a tolerar?

Por José Steinsleger
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Mena Alvarez señala que la derecha conservadora es mayoría en las filas judiciales españolas y que hasta “el núcleo progresista” que la integra “suspendió en forma autoritaria” a Garzón como juez de la Asamblea Nacional.

–¿Argentina puede ser para España un modelo a seguir por cómo avanzó en las causas de los derechos humanos?
–Me sorprende la relación que hay en Argentina con la pasada dictadura, relación de rechazo, de condena, con juicios pendientes y todo eso llevado sin la más mínima crispación, con la naturalidad de un proceso histórico que se está produciendo. Eso desde España resulta muy admirable. Hablar de modelo es duro, pero sí lo veo con mucha admiración. En España hubo previamente una guerra civil que duró tres años, con asesinatos masivos durante la guerra y después una aniquilación absoluta del adversario, de tal manera que la sociedad civil antifranquista estuvo 30 años sin posibilidad de reorganizarse. Los sectores democráticos, lúcidos e intelectuales que pudieron escapar del franquismo, lo hicieron. Argentina y México se llenaron de españoles sentidos, peleados entre ellos, en definitiva derrotados. La intelectualidad –el sector marxista y comunista– se fue a Bucarest, Budapest, Berlín o Moscú. En España no quedó nadie, quedaron los franquistas y las familias de los derrotados desmembradas. Aquí, en Argentina, hubo una represión monstruosa pero no una guerra civil. Aquí quedó una sociedad civil lúcida, combativa, crítica y democrática. Los fenómenos son muy distintos.

–¿Puede servirle a España la experiencia argentina?
–Aquí tuvimos un entrelazamiento enriquecedor del que tenemos que estar todos orgullosos. La Asociación Unión Progresista de Fiscales de España –de la que soy fundador– interpuso una querella contra el terrorismo de Estado y los delitos de lesa humanidad cometidos en Argentina durante la dictadura militar, sin que hubiera ninguna implicación específica de los intereses españoles. La querella fue a parar al juzgado de Baltasar Garzón. Se aplicó el principio de la justicia universal. Ese principio se puso en marcha y fructificó. Lo doloroso es que cuando el juez Garzón quiso utilizar el mismo principio para España, los tribunales lo echaron para atrás. Hay que reconocer que en la querella inicial española la posición de la fiscalía en aquel momento –entonces en manos del Partido Popular (PP)– se opuso férreamente. Y la Audiencia Nacional también. Sólo después de una serie de instancias finalmente salió adelante. Aquella oposición inicial es la que se impuso ahora. Se impuso hasta un límite tan doloroso que se volvió contra Garzón y se lo ha procesado.

–¿Qué opina de la suspensión de Garzón como juez de la Asamblea Nacional?
–Me llena de perplejidad y de tristeza. Lo rechazo en términos jurídicos desde todo punto de vista. Como demócrata me produce una profunda indignación. Se puede estar de acuerdo o no con la interpretación que hace Garzón de la ley, pero criminalizar a un juez porque interpreta una ley es un atentado gravísimo para la independencia judicial. Es una advertencia muy maliciosa contra cualquier otro juez que en el futuro se atreva a hacer interpretaciones de las leyes que no le gusten a las jerarquías judiciales.

–¿Es el único juez que intentó investigar los crímenes cometidos durante el franquismo?
–Sí, es el único. Cuando esto llega a la superioridad jerárquica del instructor, a la Audiencia Nacional, se realiza una votación: tres jueces votan a favor de quitarle la competencia a Garzón y negarle que siga la investigación, dos votan lo contrario. No hay unanimidad. Cuando le ordenan que deje la investigación, Garzón remite las piezas correspondientes a cada localidad (porque son crímenes que se produjeron en distintos lugares), algunos jueces reciben el paquete y rápidamente lo archivan, porque tienen la misma idea que el Supremo y la Audiencia Nacional. Pero hay dos que dicen “yo no soy competente porque esto es competencia para los juzgados de la Audiencia Nacional”, es decir, ratifican el criterio de Garzón y le devuelven los papeles para que siga investigando. Según el Tribunal Supremo, se ha procesado a Garzón con el peregrino argumento de que su resolución es contraria al derecho, que no es inteligible para ningún jurista y que ninguna doctrina jurídica admite ese criterio y que por lo tanto, es una locura. Sin embargo, hay otros jueces normales y corrientes que están de acuerdo con la tesis de Garzón, hay juristas que opinamos como él. Aunque seamos minoría.

–¿Cuánto de la herencia del franquismo hay en el Poder Judicial?
–Nada. Puede sorprender a la opinión pública, pero nada. El franquismo acabó en el ’75, el franquismo original empezó hace más de 70 años. De tal manera, que lo más preocupante es que el Tribunal Supremo está ejerciendo un gesto de autoridad absoluta: mandan ellos y listo. No porque sean herederos del franquismo, como muchos son hijos o nietos del franquismo. Lo malo es que son así de autoritarios y reaccionarios porque les da la gana, por corporativismo, por autoritarismo. En la estructura judicial española hay una mayoría abundante de conservadores y una minoría progresista. Ese Tribunal Supremo que procesó a Garzón no sólo es la mayoría conservadora, también la minoría progresista. Todos han decidido procesarlo.

–¿Cómo comenzó todo este asunto contra Garzón?
–Una vez que el juez puso en marcha su investigación porque le llegan unas 17 denuncias distintas de familiares de desaparecidos se abrió un debate en España en relación con la apertura de las fosas que reclamaban nietos e hijos de desaparecidos del franquismo. Estos hicieron peticiones a gobiernos municipales, a gobiernos autonómicos y como había problemas, decidieron ir al juzgado de Garzón y poner una querella diciendo “mi pariente ha desaparecido, no sabemos nada de él. Esto puede ser un delito, díganos que pasó”. A eso se añadió algo que es dramáticamente cíclico en las dictaduras, que pasó en la de Hitler, en la de Franco, en Argentina y Chile: los hijos arrebatados a las presas y desaparecidos también.

–El delito de apropiación de bebés.
–Sí, lo hizo Franco abundantemente. Esos niños hoy tienen mi edad (nací en el ’36). A esa gente se le arrebató el estado civil, no puede haber prescripción del delito mientras a estos ancianos no se les devuelva su identidad. Lo mismo saber qué pasó con los muertos, que son desaparecidos: el delito no prescribe mientras la desaparición está vigente. Hay más de 100 mil muertos todavía enterrados por los caminos, fuera de los cementerios y de todo control, que se van a encontrar cuando se levanten las fosas. Hasta que aparezcan, el delito se está cometiendo. Lo primero que hizo Garzón fue intentar averiguar la veracidad de la querella, para lo cual habrá que buscar las fosas y si se encuentran, se tendrá que buscar a los autores y si se da con ellos, habrá que pensar luego en su responsabilidad criminal.

–Y se le vino toda la derecha encima.
–Claro. Hubo dos querellantes contra Garzón. Uno es la Falange Española, que es el partido único de la dictadura. Presentó una querella porque Garzón quería abrir las fosas. El otro querellante fue Manos Limpias. Lo indignante es que usan el nombre Mani Pulite como se llamó al grupo de fiscales heroicos del norte Italia que decidieron perseguir a la mafia. Y acabaron con la organización política del momento. Los que se relacionaron con esos fiscales murieron todos acribillados por la mafia. En España, una banda de desalmados y fascistas residuales que andan con normalidad por las calles se hace llamar Manos Limpias. Estos presentaron una querella contra el juez acusándolo de prevaricación continuada: tanto cuando decide comenzar la investigación como cuando Garzón dice que le pone fin por pedido del Tribunal Supremo. Si lo primero es prevaricador, ¡lo segundo no lo es! Fueron con eso y pensábamos que lo iban a archivar. Manos Limpias presenta querellas todo el tiempo y se archivan siempre porque no tienen sustento. Incomprensiblemente el Tribunal Supremo, incluido su núcleo progresista, emitió el trámite de la querella. El argumento que empleó fue: “Los hechos relatados por los querellantes podrían ser un delito de prevaricación. No hay razón para pensar que no podría ser delito”, así sustituye la presunción de inocencia por la presunción de culpabilidad. Se ordena al juez instructor que empiece la investigación. El instructor llama a declarar a Garzón, éste niega todo en una defensa riquísima, bien ordenada, niega lo que dicen los fascistas. El instructor no hace nada más. Y sólo con eso, ordena que abran el juicio oral. Tiene un primer efecto sentar en el banquillo a Garzón: da un mensaje de disciplinamiento. Y porque hay un jurista argentino –Luis Moreno Ocampo– en La Haya que le ayudó, Garzón hoy está en la Corte Penal Internacional. Decimos que Garzón es el último exiliado del franquismo, porque es una querella hecha por los fascistas.

–¿En qué situación se encuentra la causa contra Garzón?
–Está por comenzar el juicio. El mismo tribunal Supremo que no frenó en nada, ¿cómo se va a desdecir? ¿Tiene sentido que le sienten en el banquillo para luego absolverle? No. Si pensaran que el juicio no es justo, habrían hecho un documento en el que hubieran dicho que no hay que juzgarlo. Es esperable que con igual irracionalidad lo condenen. Hay algún magistrado del Tribunal Supremo que guarda silencio. A todos los que se pronunciaron habrá que recusarlos. Habrá que ver si la recusación es válida o no. Si dicen que es válida, tendrán que poner a otros. Pueden poner un tribunal con cinco o pleno, con los veintitantos, la ley lo permite. Pienso que como el asunto es vidrioso, pondrán la mayor cantidad de magistrados posibles por eso de que “aquí se mojan todos”.

–¿Existen otras maneras de investigar el franquismo?
–Los jueces sólo deben investigar los crímenes. Eso es lo correcto. Todo lo demás es periodístico. Pueden montar una comisión en el Congreso, aunque es imposible porque la derecha no quiere y a los socialistas se les encoge el ombligo con que tosa alguien.

–¿Cuál es la relación entre el Poder Judicial y el Ejecutivo?
–Hay que distinguir el Consejo General del Poder Judicial, que es un órgano del gobierno y de filtración política necesaria. Lo elige el Congreso y el Senado. Los socialistas llegaron a un pacto con el PP para repartir cuotas, entonces las cuotas están casi equilibradas. El gobierno de los jueces elige al Tribunal Supremo, y esta elección se da en distintos momentos históricos, a lo largo de muchos años. Entonces no se puede decir que tenga una correlación de fuerzas relacionada con la correlación de fuerzas políticas en España. Sobre todo, son rigurosamente corporativistas, autoritarios y elitistas. Quedan dos o tres que son progresistas cuando dan conferencias, no cuando hacen sentencia. Todos votaron a favor de llevar a juicio a Garzón.

–¿Qué sucede con la memoria en España?
–Vuelvo a lo que decía al principio: primero fue la masacre, luego la diáspora, luego cuarenta años. Después vino el pacto político. Se sentaron en una mesa los traidores del franquismo y la izquierda más radical. Esta última dijo: si hay que quitar la bandera republicana, la quitaremos, si hay que firmar la ley de amnistía, la firmaremos. Pero no tenía otra opción, era o eso o seguir en el ostracismo otros 40 años. Pensaron que una vez que estuvieran en democracia iban a ganar y barrer con todo. Cuando llegaron las elecciones, los comunistas no obtuvieron ni el 20 por ciento. Fueron héroes, pero la izquierda votó al Partido Socialista Obrero Español, sin pensar que estaban a las puertas de una socialdemocracia blanda. De aquellos crímenes pasaron 70 años. Es razonable que la memoria se vaya perdiendo. Yo he conocido los héroes en España y en la clandestinidad. Algunos tienen una cabeza lúcida, otros están perdidos en la historia. Lo importante es la lección del proceso. Conseguir ir superando barreras nacionales y que determinadas actitudes humanas permanezcan en las nuevas generaciones. Que las dictaduras sepan que en algún momento se van a ver en la picota y que tendrán que rendir cuentas. Los crímenes de lesa humanidad son cometidos por los gobiernos, ellos y sus núcleos o bandas, como fueron las SS de Hitler. Son crímenes de Estado. Es razonable que los Estados criminales no los castiguen. Cuando se les derrota, es cuando se puede empezar a castigar esos delitos. Entonces vienen los restos de los estados criminales a advertir que las leyes penales no pueden tener efecto retroactivo porque la democracia no lo permite. Tenemos que hacer algo con esta trampa manifiesta. Hace falta volver la vista atrás, cómo se vio la Justicia universal a partir de los juicios de Nuremberg. En España, la misma ley que prohibía matar decía que esos asesinatos sólo se pueden perseguir durante 30 años porque prescriben. Una cosa es el crimen, y otra la persecución del mismo. Según las leyes de la Justicia universal y las normas de los juicios de Nuremberg el delito es imprescriptible. Normalmente cuando se asesina impunemente además se roba. En la experiencia española, el franquismo llegó a creer que lo que robaba le pertenecía, porque los rojos no eran dignos de tener nada. A miles de españoles en Francia que fueron detenidos por la Gestapo, Franco les negó la condición de españoles y terminaron muertos en campos de concentración.

–¿Qué significó la promulgación de la Ley de Memoria Histórica durante el gobierno de Rodríguez Zapatero?
–La ley de Memoria Histórica tiene una previsión final que dice que debe ser compatible con el ejercicio de las acciones penales que corresponda. De tal manera que argumentar –como lo hacen los falangistas– que Garzón ha violado la Ley de Memoria Histórica y por eso es prevaricador es no haber leído la ley. La norma da otro nivel de soporte a las víctimas, un soporte alternativo, una asistencia personal; no jurisdiccional. La ley no regula el dinero para que se desentierren las fosas. Las fosas se abren en un lugar, y el gobierno de ese lugar lo autoriza o no, le da dinero o no. En los pueblos de Andalucía, donde los gobiernos municipales y el gobierno autonómico son socialistas, lo han autorizado. En los territorios del Partido Popular, no. En el único sitio donde se ha establecido una institución oficial para esto es Cataluña. En Cataluña el gobierno tripartito de izquierda creó una Dirección General de Memoria Histórica. Se están haciendo actos. Hace menos de un mes realizamos un acto en el que estuvo invitada Estela de Carlotto. Quitando los casos excepcionales, en la mayoría de los sitios las víctimas tienen que entrar en negociación con los ayuntamientos para que se les permita abrir las fosas y con su dinero. La ley es hermosísima, pero una ley sin dinero es como un dinero sin ley. No vamos a ningún lado. Otra de las normas que dijeron que Garzón violó es la de Amnistía. La Ley de Amnistía es del ’77, un año antes que la Constitución. Mantiene el vigor en tanto y en cuanto la Constitución sea compatible. La Carta Magna dice que las normas del derecho internacional suscrito por España son parte del derecho español. Lo dicen todas las constituciones democráticas. Si las convenciones suscritas por España están en vigor en la Constitución, en cuanto la Ley de Amnistía sea contraria a las normas del derecho internacional ya no es válida. No es válida en tanto no permite perseguir los crímenes del franquismo.

–¿Cuál es su opinión del reciente fallo del tribunal constitucional sobre el estatuto de Cataluña?
–El tribunal constitucional ha tardado cuatro años en dictar una sentencia que no dejó satisfecho a nadie, porque lo desmontó. El estatuto fue sometido a referéndum y lo aprobó el Congreso de Madrid. Lo suscribieron todos los sectores de Cataluña. Ya había pasado una cantidad de filtros suficiente. Pero el PP dijo que era inconstitucional. El fallo del tribunal se produce en un momento de crisis económica. La derecha catalanista va a hacer todo lo posible para acabar con el gobierno de izquierda y éste tendrá que hacerse cargo del descalabro del estatuto. Es probable que el Partido Popular saque provecho de este descalabro.

 Por Mercedes López San Miguel
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Lunes, 07 Junio 2010 07:59

Y el ganador es...

Frente a la crisis económica del último par de años y sus consecuencias políticas, es decir, ante un sacudimiento de magnitud tan relevante del funcionamiento del capitalismo global contemporáneo, los gobiernos y partidos de izquierda en Europa son una de las principales víctimas.

Hay diferencias en el modo de gobernar de la izquierda y la derecha, para usar la terminología general, aunque un tanto vaga. No son necesariamente menores. Sobre todo corresponden a los aspectos de índole social, al papel del Estado, a los derechos de las personas. No son suficientes.

En las cuestiones de la economía no han mostrado ambas corrientes un carácter distintivo. Hoy las ideas y prácticas de gobierno están al descubierto y prácticamente sin alternativas convincentes para los electores. Pero lo que se identifica como la socialdemocracia ha quedado en especial en situación muy vulnerable.

Mientras había crecimiento productivo y del empleo, aun con sobresaltos como la crisis de las acciones de empresas tecnológicas en 2001 y con periodos de alta volatilidad en los mercados de capitales; en tanto que el proceso era sostenido mediante la acumulación de la deuda pública, o bien, por el financiamiento privado con alto contenido especulativo, como ocurrió en los años recientes con actividades como la construcción, los partidos de izquierda que gobernaron, lo hicieron con cierta holgura y hasta repetían sus triunfos en la urnas.

Las derechas siguieron siendo protagónicas, pero había espacio para la coexistencia. Esto se puede alterar de modo notorio como una de las repercusiones prácticas de la crisis y como evidencia del magro trabajo intelectual de las izquierdas. Hay un desgaste incluso de sus instintos más primarios.

En el escenario de la expansión económica que llegó hasta mediados de 2008 se pudieron mantener más o menos armados los esquemas de seguridad social del Estado de Bienestar y, así, una cierta cohesión social aunque con cimientos cada vez más inestables.

La Tercera Vía se hizo popular en la primera parte de la década que duró el gobierno de Tony Blair al mando de los laboristas ingleses (1997-2007), pero resultó pobre como modo de pensamiento y de acción frente a la caída del comunismo y el predominio de las relaciones de mercado.

Hoy no responde de plano como alternativa para promover alguna forma de orden social en el mundo. La inercia de Blair llevó a Brown al 10 de la calle Downing para ser zarandeado por la crisis financiera, luego de ser por muchos años el responsable de la hacienda pública.

Los teóricos políticos habrán de ponerse a trabajar de nuevo y en serio, pues por el lado de un tercer camino a la manera de Giddens parece no haber salida. Tampoco la hubo por el lado más rimbombante de la proclama neoliberal del fin de la historia al modo de Fukuyama. Prevaleció Chicago.

Los laboristas ingleses ya perdieron el mando en las recientes elecciones tras las que conservadores y liberales formaron gobierno. En España, el segundo mandato del PSOE está muy dañado y se advierte como si el gobierno hubiese sido tomado por sorpresa y haya quedado atarantado. El milagro español ha sufrido un serio embate y el costo social es muy grande.

En ambos casos, empero, con dos gobiernos de orientaciones políticas distintas, se proponen medidas que convergen: ajuste de los presupuestos públicos, con una reducción severa del gasto y afectación a las prestaciones, como es el caso de las pensiones.

En España se ha atorado la reforma laboral, en tanto que se asignan más fondos para los bancos con problemas. Hay un sometimiento explícito a las exigencias del mercado (lo entrecomillo) en una transferencia efectiva de recursos de una parte de la población a otra, y con un gran costo.

La primera de esas partes, por cierto, mucho más grande sin empleo o bien ocupada precariamente, con fuertes deudas y reducida capacidad de consumo. Un ajuste del cual es difícil desprender condiciones para una eventual recuperación real de los niveles de producción y empleo, de una estabilidad financiera y monetaria sostenibles y de una reducción de las tensiones sociales.

Las variaciones de estos temas no son hoy demasiado grandes y se reproducen en las estructuras internas de cada país y entre los que componen la zona de la Unión Europea. Aún en medio de la crisis, las fuerzas del mercado siguen apareciendo como la forma distintiva de gestión frente a una capacidad política muy disminuida y muy cuestionada.

Esto sobresale como un rasgo distintivo del quehacer político sea en Atenas, Madrid, París o Berlín y, por supuesto, en ese ente cada vez más complejo y desdibujado que es el gobierno europeo ejercido desde Bruselas. La estructura de poder está concentrada y se nota.

El curso de la crisis es por naturaleza incierto, pero se complica mucho más por la fragilidad del liderazgo político y un pensamiento acerca de la sociedad que ni intriga, ni cautiva o siquiera escandaliza. En este entorno se está abriendo el espacio para una radicalización de derechas con poca lucidez, con amplio margen de coerción que no aliente precisamente el juego de la democracia. No hay que ir demasiado lejos para darse cuenta.

Por León Bendesky
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El desarme ideológico de las izquierdas explica que muchas de ellas hayan adoptado el esquema ideológico de las derechas, con las consecuencias que todos estamos viendo: la enorme crisis financiera y económica que estamos experimentando, y en cuya génesis encontramos las políticas liberales promovidas por los gobiernos de derechas y reproducidas en gran número de políticas llevadas a cabo por gobiernos de centroizquierdas.
 
Así pues, en la Unión Europea (UE), existe consenso en las instituciones europeas -desde el Consejo Europeo, a la Comisión Europea, pasando por el Banco Central Europeo-, de que hay que “apretarse el cinturón” y hacer sacrificios, lo cual quiere decir (en la mayoría de foros en que esta llamada a la austeridad se realiza) que hay que bajar los salarios (a través de reformas del mercado laboral, cuyo resultado será la disminución de la capacidad adquisitiva de las clases populares), y disminuir el gasto público para reducir el déficit y la deuda pública. Estas políticas se desarrollan dentro de un marco teórico en el que se considera que el mercado debe ser el que determine la distribución de los recursos, disminuyendo el intervencionismo del Estado que dificulta el desarrollo y la eficiencia económica. Hoy, tanto las derechas como las izquierdas gobernantes comulgan con este credo. Y las diferencias políticas se reducen a cuánto mercado versus cuánto Estado necesita la economía. Las izquierdas favorecen, en general, que el Estado tenga una función reguladora mayor y las derechas que la tenga menor. Pero por lo demás, ambas –las derechas y las izquierdas- coinciden en que el mercado debe ser el centro del quehacer económico. 
 
Debido al enorme dominio de las derechas en los medios de información y persuasión, esta teoría ha alcanzado la categoría de dogma y como tal se reproduce a base de fe, en lugar de a partir de evidencia científica, puesto que ésta última demuestra claramente que este marco teórico no define la realidad existente hoy en la actividad económica que nos rodea. El presidente Reagan, el gran gurú del pensamiento liberal (la sensibilidad dominante en las derechas, no sólo estadounidenses, sino también europeas), fue el presidente que aumentó más el intervencionismo público a base de incrementar considerablemente el gasto público durante su manato (de 21,6% al 23% del PIB) mediante el mayor crecimiento de los impuestos que un gobierno federal haya llevado a cabo en tiempo de paz en EEUU (reduciendo la carga fiscal del 20% de renta superior de la población, los más ricos de EEUU, pero aumentando la del 80% restante de la población) y permitiendo un gran crecimiento del déficit federal. El crecimiento del gasto público se dedicó, predominantemente, a tecnología militar y a subvenciones a las grandes corporaciones. Como bien dijo el ideólogo del pensamiento liberal en EEUU, John Williamson, “tenemos que reconocer que lo que el gobierno Reagan promueve a nivel internacional, no lo hace en su propio país” (Institute for Internacional Economics, Washington DC, 1986). 
 
El último ejemplo de la falsedad del modelo teórico “mercado versus Estado” es lo que ocurre con el gasto farmacéutico. El capítulo farmacia consume alrededor de un 25-30% del gasto sanitario en la mayoría de países de la OCDE (en España es el 32%). Ello supone muchos millones de dólares o euros. EEUU se gasta 250.000 millones de dólares en productos farmacéuticos. Ahora bien, un porcentaje muy elevado (74%) es para comprar productos que tienen un precio inflado, resultado de estar patentado. Es decir, que para compensar lo que la industria farmacéutica define como costes de investigación, el Estado le permite durante varios años tener un monopolio en la venta del producto, inflando su precio. No hay, pues, mercado que valga. Según el sistema de patentes, el Estado no permite que haya mercado. 
 
Esta práctica ocurre constantemente en el mal llamado libre mercado. Bill Gates no existiría si no hubiera sido porque el Estado le dio el monopolio de Windows, prohibiendo alternativas. De ahí la enorme fortuna de uno de los personajes más ricos del mundo. No fue el mercado, sino el Estado el que creó a Bill Gates (permitiéndole unos ingresos de 60.000 millones al año, lo cual no podría ser de no existir tal patente). Pues bien, los costes que supone para la ciudadanía el sistema de patentes garantizadas por el Estado se calcula que es alrededor de un 6,6% del PIB en EEUU (casi la tercera parte de los ingresos del Estado federal). Recuerden que en todo ello el mercado no tiene nada que ver con eso. Estamos hablando de un monopolio garantizado por el Estado.
 
Frente a esta situación, comienza a cuestionarse la situación monopolista garantizada por el Estado. Así, Dean Baker, del Center for Economic and Policy Research de Washington (una de las mentes más claras dentro de la comunidad de economistas estadounidenses), ha propuesto que el Estado sea el que haga la investigación aplicada (que realiza la industria farmacéutica), además de la básica (que realiza el gobierno federal). En la investigación farmacéutica, el gobierno federal realiza la mitad de toda la investigación que se realiza en EEUU (en sus centros de investigación sanitaria y, muy en especial, en los National Institutes of Health: NIH), centrándose en investigación básica (30.000 milloneas de dólares). Si hiciera también la otra mitad, que se centra en investigación aplicada (que ahora hace la industria farmacéutica), entonces podrían eliminarse todas las patentes, con lo cual la sociedad y el Estado se ahorrarían enormes cantidades de dinero, permitiendo además que el mercado funcionase en la distribución del producto. La intervención pública permitiría entonces el desarrollo del mercado, en lugar de obstaculizarlo como ahora, abaratando enormemente el producto. Así hoy, un nuevo tratamiento de cáncer, consecuencia de un nuevo producto basado en la ingeniería genética, cuesta 250.000 dólares al año, lo cual excluye en EEUU a la mayoría de la población. Si no existiese la patente (y el Estado hubiera hecho la investigación) costaría sólo 200 dólares.
 
Ahora bien, en la UE esto no puede hacerse, pues la UE prohíbe que el Estado intervenga para eliminar las patentes, sustituyendo a la industria privada, que requiere el monopolio. De ahí que el que termina haciendo el sacrificio es el usuario. ¿Por qué no la industria farmacéutica? Pues la respuesta es fácil de obtener. Porque la industria farmacéutica es poderosísima. Así de claro. La cuestión no es mercado versus Estado, sino al servicio de quién está el Estado. Y cuando se hace la petición de que hay que apretarse el cinturón siempre se piensa en las clases populares como las que tienen que hacer el sacrificio y nunca en los grandes grupos fácticos que ejercen un enorme control sobre las instituciones políticas. ¿Hasta cuándo durará esta situación?

Por Vicenç Navarro
 
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Miércoles, 14 Abril 2010 14:07

Quién es la “nueva” derecha?

Sería ingenuo esperar que los éxitos electorales alcanzados por partidos y movimientos de izquierda en varios países latinoamericanos, y la correspondiente instalación de gobiernos progresistas, se repetiría sin suscitar una contraofensiva de las derechas y de los intereses imperiales o transnacionales vinculados con ellas. Pero ahora esta contraofensiva no es una mera reedición voluntariosa de las derechas que conocíamos, sino que se acompaña de novedades que será preciso evaluar.

Los logros que dichas izquierdas obtuvieron desde finales de los años 90 expresaron respuestas populares tanto al deterioro de la situación material y de las expectativas de grandes masas de latinoamericanos, como al correspondiente cambio de su estado de ánimo  en el momento de ampliarse sus posibilidades de reacción política. Sin embargo, con los matices propios de sus respectivas circunstancias nacionales, tales éxitos fueron victorias conseguidas específicamente en el campo político, sin que, hasta ahora, esas victorias contaran con las condiciones requeridas para remecer otros planos sociales.

Aún así, estas izquierdas han probado que, hasta el actual nivel del desarrollo e inquietud sociopolítica de sus países y de la región, ellas no solo son capaces de administrar al régimen capitalista mejor que las propias derechas, sino que también pueden hacerlo de formas que han mejorado significativamente las condiciones de vida de millones de latinoamericanos. Aunque, asimismo han mostrado que todavía no pueden remplazar, por esta vía, al régimen existente por otra formación histórica más avanzada[1].

La contraofensiva

Si bien en el terreno político el gran capital y sus políticos, partidos y medios de comunicación sufrieron un importante revés en esos países latinoamericanos, los núcleos principales de la derecha conservaron sus instrumentos básicos de actuación, penetración y poder. Pese al inicial desconcierto que hayan padecido en el plano subjetivo, en lo esencial salvaron los instrumentos básicos del sistema político previamente establecido, así como el control de los medios periodísticos más poderosos. Es decir, en estos años las izquierdas vencieron políticamente a las formas tradicionales de las derechas, pero no derrotaron a la derecha como tal.

Al cabo, tras una gradual revisión de estas experiencias, los talentos y medios de comunicación de las derechas, hegemonizados ahora por el capital financiero, decantaron y renovaron sus opciones estratégicas y reactualizaron sus opciones políticas. Desde entonces, su contraofensiva ha venido articulándose tanto en los países donde alguna corriente de la izquierda les ganó elecciones, o estuvo cerca de ganárselas, como también donde eso no ocurrió.

El clima propicio para que esa contraofensiva pueda incidir en las capas sociales subalternas se benefició con el ambiente de confusión ideológico‑cultural que vino tras el reflujo de los proyectos revolucionarios de los años 60 y 70, el colapso del Campo Socialista y la URSS, la ofensiva neoconservadora y el “pensamiento único” de los 80 y 90, junto con la falta de alternativas políticas que darle a los malestares e inconformidades sociales desatados tras los subsiguientes “reajustes” neoliberales, con sus abusivos y desoladores efectos.

En ese ambiente, la ofensiva político‑cultural de la derecha neoliberal encontró más críticas que contrapropuestas de la izquierda y, por consiguiente, una oportunidad de recoger y abanderar en su provecho parte de los disgustos y frustraciones sociales característicos de aquel período.

A la postre, hemos presenciado una metamorfosis de la derecha que, a su vez, adicionalmente busca inducirle a las izquierdas una metamorfosis paralela, moldeada a la medida del interés estratégico de esa “nueva” derecha.[2]

Para tales propósitos, la participación de agencias oficiales, fundaciones privadas e intereses empresariales de Estados Unidos y de algunos países europeos no se ha ocultado. Ejemplo ostensible es lo que en Panamá el sarcasmo local llamó “el pacto de la Embajada” cuando, durante la campaña electoral del 2009, la embajadora norteamericana invitó a las personalidades políticas locales a presenciar desde su residencia la toma de posesión del presidente Barack Obama. Durante la velada, mientras los demás invitados miraban la pantalla, sin disimular apariencias los auxiliares de la anfitriona llevaron a la sala contigua a los dos principales contrincantes de derecha, los cuales allí acordaran la alianza que poco después permitiría derrotar al gobernante partido socialdemócrata e instaurar un régimen de “nueva” derecha. Una batería de fotógrafos de prensa, citados de antemano, cubrió esa reunión paralela, sin ocuparse de Obama.

Se articula otro modelo

Al hablar de la emersión de una “nueva” derecha en América Latina no suponemos que ella sea una corriente política e ideológica homogénea en toda esa diversidad de países, ni que la misma exprese un modo de pensar y de actuar que pueda considerarse inédito. En realidad, se trata de un conglomerado donde coinciden múltiples intereses, cuyos objetivos medulares, métodos y discurso tienen antiguos precedentes en la reacción chovinista que en Europa se opuso a aceptar la liberación de las colonias en África y Asia y, de forma más ostensible y reciente, en la versión estadunidense de Revolución Conservadora angloamericana de los años 80.

Las derechas tradicionales latinoamericanas ‑‑como expresión política de las élites socioeconómicas u “oligarquías” asociadas a una hegemonía foránea‑‑ estuvieron íntimamente asociadas a los regímenes de democracia restringida y de dictadura militar que predominaron en los años de la Guerra Fría, en dos sentidos. El primero porque en época de las movilizaciones democráticas, nacionalistas y progresistas de los años 60, tocaron a las puertas de los cuarteles para solicitar la represión e instaurar gobiernos autoritarios. El segundo porque, al amparo de los consiguientes regímenes dictatoriales, no solo salvaron sus antiguos intereses sino que incursionaron en las nuevas oportunidades del capitalismo dependiente, como las del sector servicios, tanto más prometedoras en tiempos de globalización.

No obstante, en los 80 ya era inocultable que las sociedades latinoamericanas ‑‑así como el propio capitalismo‑‑ no solo habían crecido sino que se habían vuelto mucho más diversificadas y complejas, experimentaban nuevas necesidades y demandaban formas de gestión más avanzadas. Como asimismo requerían otro género de gobiernos, capaces de infundir esperanza en las reformas neoliberales, coordinar su aplicación y administrar políticamente su implantación y consecuencias.

Para ello se requerían transiciones controladas dirigidas a constituir regímenes más legitimados y eficientes, con renovados espacios para la distensión social, la circulación de ideas y la innovación. La disyuntiva quedó entre propiciar una democratización dosificada o atenerse a las opciones de desorden o revolución que ya empezaban a incubarse. Eso implicó que la propia élite socioeconómica y sus formas de expresión política también debieron llevar a cabo sus respectivas transiciones a nuevas formas de gobernar. Donde la oligarquía local fue renuente, sus poderosos asociados foráneos debieron intervenir más directamente en la tarea de empujar esa evolución.[3]

En la necesidad de disponer de nuevas alternativas políticas, ese fue un período de “modernización y mundialización política” propicio para las performances de la democracia cristiana. Como asimismo la de partidos y dirigentes tímidamente socialdemócratas, salidos unos de la reconversión de personalidades liberales y otros de la asimilación de ex socialistas reblandecidos por los rigores de la Guerra Fría. A la postre unos y otros ‑‑a veces en remplazo de los antiguos partidos liberales y conservadores‑‑ serían los beneficiarios políticos visibles de los pactos de transición previamente negociados con los altos mandos militares y sus entornos civiles empresariales.[4]

Pero tarde o temprano cualquier transición al final se agota. Los nuevos regímenes de democracia pactada y restringida, casi siempre uncidos sin remedio a la misión de administrar las reformas neoliberales ‑‑las aperturas y privatizaciones, así como la reducción y desmantelamiento de las facultades y los poderes del Estado‑‑, poco más tarde debieron asumir la responsabilidad por las trágicas secuelas sociales y los descontentos que esas reformas precipitaron, y sus altos costos políticos. Regímenes que por un tiempo gozaron de buen nombre y cierta autoridad cívica unos años después fueron desbordados por la inconformidad popular.[5]

Al cierre de ese período, lo que quedó fue una extendida percepción no solo del descalabro económico, sino también del agotamiento del sistema político instaurado tras la “oleada” democrática, incluido el agotamiento de sus partidos y liderazgos más representativos. Se generalizó la tendencia ‑‑igualmente instigada por los grandes medios de comunicación‑‑ a responsabilizar al sistema institucional, a los partidos y estilos políticos, y a los parlamentos, por las consecuencias de la gestión neoliberal: la fragilidad del empleo, la degradación de los servicios y la seguridad sociales, el individualismo insolidario, la corrupción, la inseguridad en las calles, la angustia de las clases medias, etc.

Desde luego, si al Estado se le quitaron las facultades y medios necesarios para regular la economía e intervenir en su curso, eso dio ilimitadas libertades a los inversionistas y especuladores para ampliar los negocios lícitos y también los ilícitos. Con esa liberación de las actividades económicas y financieras también vino su desmoralización, con sus conocidas consecuencias en el campo de la seguridad ciudadana y la seguridad pública.

¿A quién culpar, después, por estos los nuevos males? ¿Qué hacer para acabar con ellos, y de una vez por todas? Para la derecha, los males que ella previamente causó a través de la desregulación ahora deberán remediarse por medio de la “mano dura”. Porque para la crónica desaprensiva o intencionalmente superficial la culpa está en las malas costumbres y los individuos, ya sea porque es más difícil desentrañar las estructuras y procesos sociales o, antes bien, porque se quiere evitar que se las cuestione. Mientras los medios académicos y los líderes de izquierda investigan, explican y comparan opciones y propuestas, a la “nueva” derecha le basta una argumentación más cosmética y expedita, exenta de mayores fatigas intelectuales.

Porque esa derecha viene a salvar el fondo y los afanes del sistema socioeconómico vigente, buscando no apenas preservarlo sino “liberarlo” del fárrago de restricciones que el humanismo, la tradición liberal y las conquistas del movimiento popular le habían impuesto en anteriores tiempos, y reinstaurar las formas de hegemonía y de gestión de clase que más le convienen. Esta derecha busca desnudar la economía capitalista para restablecer las reglas del capitalismo salvaje y viene determinada a tomar un atajo para ejecutar ese propósito sin lastarlo con pudores, antes de que alguien más se adelante a levantar otra alternativa. De allí el estilo macho propio de tal misión reaccionaria, que no acepta perder tiempo en escrúpulos ni disquisiciones.

Con lo cual esa derecha es “nueva” por sus métodos, formas y procedimientos, mientras que sus intenciones y contenidos son más retrógrados que conservadores. Sin viejos disimulos, sus objetivos vienen de época anterior al desarrollismo de tiempos de la postguerra.

Nueva derecha y racismo postmoderno

En la Europa de los años 80, bajo la ofensiva neoconservadora de la premier Margaret Tatcher y el presidente Ronald Reagan ‑‑asociada a su vez a la implantación del neoliberalismo‑‑, algunas de las categorías conceptuales que caracterizaron al quehacer político y cultural de la postguerra cambiaron de preeminencia. Con el impacto de los cambios tecnológicos, los imponderables de la globalización, las crisis económica y sociocultural, el cuestionamiento de los sistemas políticos y de representación, el crecimiento de la inmigración, el miedo al desempleo y a la pérdida del status social, se incrementaron las fobias xenofóbicas y racistas en detrimento de las diversas manifestaciones de la lucha de clases.

Entró en escena una derecha postindustrial que ya no invocaba la tradición fascista, sino que postuló la defensa de la identidad nacional amenazada por la globalización cultural, criticó el desmantelamiento de los beneficios del Estado de Bienestar, reivindicó la preferencia por los connacionales sobre los inmigrantes, y repudió la renuncia a las cuotas de soberanía cedidas en los procesos de integración a asociaciones supranacionales como la OTAN y la Unión Europea.

El rechazo a los inmigrantes encabezó las consignas de los nuevos partidos de extrema derecha. El dilema entre el nacionalismo y el cosmopolitismo, la preferencia por el mestizaje, que desde los años 60 había prevalecido como expresión positiva de la internacionalización de la cultura, en los 80 perdió terreno frente a la opción excluyente que salió a exigir que se erigieran entidades nacionales más cerradas y fuertes.

Como expresión teórica de esa alternativa destacó la llamada Nueva Derecha francesa. Su vocero más notorio, Alain de Benoist, ya en los años 60 había militado en el nacionalismo colonialista que rechazó el diálogo y la paz en la guerra de Argelia. Esta derecha reivindicó que Francia se constituyera en baluarte de la preeminencia europea y defensora de la superioridad del hombre blanco respecto a los pueblos “inferiores”, lo que conllevaba demandar un Estado fuerte, autoritario y corporativo. Pero no lo hizo blandiendo meras consignas, sino procurando sustentar esas ideas como partes de una concepción más abarcadora y sistematizada.

Tras la derrota en Argelia, la derecha tradicional francesa quedó subsumida por el gaullismo. En los años 80 esa Nueva Derecha elaboró una propuesta doctrinal dirigida a devolverle independencia y discurso a ese sector. Como movimiento intelectual “metapolítico”, trabajó al margen de los partidos y desarrolló un corpus doctrinal con el que fundamentar una “verdadera cultura de derecha” el cual, además del tema migratorio, también abarcó otros asuntos polémicos, como los de la irrupción del tercer mundo, el aborto, la revisión crítica del cristianismo, del liberalismo y del marxismo, el cuestionamiento de la Unión Europea y el del imperialismo norteamericano.

Ese movimiento se reconoció influido por la “Revolución Conservadora” alemana de tiempos de la República de Weimar, nutrida por Nietzsche, Mohler, Jünger, Heidegger, Spengler y otros, que en su época rechazó los legados de la Revolución Francesa y del liberalismo decimonónico. Alegó asimismo que el factor cultural ‑‑en particular las creencias y representaciones simbólicas‑‑ es quien condiciona la voluntad y la acción humanas y que, por ende, las ideas dominantes son el eje del devenir de la historia, antes que cualquier otro factor, como la economía.

Ese movimiento también postuló una concepción biológico‑cultural que exaltaba la raíz indoeuropea de dicho “pueblo europeo”, cuya identidad defendió frente a la colonización cultural angloamericana y la penetración de inmigrantes de otras regiones, especialmente del tercer mundo.

Por otra parte, denunció la presunta hipertrofia del igualitarismo y el universalismo derivados del cristianismo y de las ideas del siglo XVIII y emprendió una crítica general de la cultura occidental y la modernidad, en sus aspectos tanto religiosos como seculares, junto con una crítica de la sociedad mercantilista y de consumo.[6]

En los años de la Guerra Fría, Benoist sostuvo que Europa debía resurgir “frente a la dictadura del Gulag y la del Bienestar”. Tras el derrumbe del llamado Campo Socialista, sostuvo que el principal enemigo era el liberalismo atlántico‑americano u “occidental”, así como sus “sucedáneos” la socialdemocracia y el modelo de democracia basado en un consenso pasivo subordinado al egoísmo del interés económico. A la vez, negó que sobre la diversidad de los pueblos pudiera implantarse un modelo único de democracia, y postuló una democracia orgánica que, fundada en la soberanía nacional y popular, no sería antagónica a un poder fuerte porque plasmaría las nociones de autoridad, de selección y de élite.

En ese contexto, Benoist señaló un conjunto de otros problemas contemporáneos. Con la premisa de que hoy por hoy los conocimientos se multiplican aceleradamente sin que el conjunto de sus consecuencias llegue a comprenderse, y que a la par el mundo integrado por conjuntos cerrados es remplazado por uno constituido por redes interconectadas, argumentó que es indispensable revisar las ideas y la institucionalidad vigentes.

En particular, destacó la impotencia de los partidos, los sindicatos, los gobiernos y las demás formas establecidas para la conquista y el ejercicio del poder. A lo que añadió la obsolescencia de los campos y delimitaciones que tradicionalmente habían caracterizado a la modernidad, tales como el caso de la distinción política entre la derecha e la izquierda, que la Nueva Derecha remplazaría.[7] 

En el plano moral, Benoist criticó a la sociedad contemporánea que, por demasiado permisiva, propicia la pérdida de los valores morales, y señaló un conjunto de males que afectan a millones de personas, como la inseguridad en las calles, la violencia generalizada, la precariedad de la vida, la “barbarización” de las relaciones sociales y la pérdida de la cultura del respeto, etc.

En contrapartida, abogó por fortalecer la familia y los signos de la identidad nacional, que el pensamiento neoconservador cree fundamentales para recuperar la cohesión y disciplina sociales frente a las amenazas de la multiculturalidad social. Asuntos que, recalcó, exigen un claro establecimiento de las jerarquías, una mayor preeminencia de las obligaciones frente a los derechos y, desde luego, fortalecer la autoridad.

Con la diversidad de matices que caracterice a cada tiempo y circunstancia locales, los postulados de Benoist aún expresan a gran parte de la extrema derecha y, bajo el centelleo de los estilos y recursos actuales, el de la “nueva” derecha.

Antecedente político

Unos años después, a comienzos del siglo XXI era evidente que los principales referentes de la derecha europea ‑‑los De Gaulle, Andreotti, Tatcher, Kohl o Chirac‑‑ aún correspondían al estado de cosas que reinaba cuando esa región se dividía en dos bloques, el Oriental y el Occidental, respectivamente sujetos a las hegemonías soviética y estadunidense[8]. Mas la perspectiva principal de los europeos había pasado a ser otra: construir una Europa unitaria capaz de congregar un gran espacio económico y político emancipado de la tutela norteamericana.

En su etapa inicial, el motor de las transiciones que permitieron avanzar en el proyecto de la Unión Europea fue la fogosa socialdemocracia de aquel entonces, que todavía no daba signos de abandonar el proyecto social ni la identidad política que históricamente la habían caracterizado, los cuales más tarde perdería ‑‑junto con buena parte de su credibilidad y electores‑‑ tras su conciliar sus propuestas con las del neoliberalismo, bajo el influjo oportunista de la “tercera vía”.

A la sazón, los personajes más encumbrados de la derecha europea eran José María Aznar y Silvio Berlusconi, ninguno capaz de liderar un nuevo proyecto regional para esa vertiente política. Aznar, por su incapacidad para trascender su formación franquista. Berlusconi, por su catadura moral, subordinada a su avidez empresarial. Ambos, aferrados a sus respectivos localismos políticos que, lejos de entender la globalización como una oportunidad a escala europea, se reducían a tomar sus respectivos países como cotos donde fortalecer sus intereses partidistas, con el control y hasta la apropiación de los medios de comunicación y de las empresas por privatizar.[9]

Así las cosas, tras la desaparición de la URSS, los cambios en China y el aceleramiento de la globalización, al acercarse el siglo XXI en Europa la derecha aún carecía de un proyecto y un liderazgo actualizados, mientras que la socialdemocracia ‑‑antes unos que otros‑‑ había iniciado la degradación de su consistencia programática y política, lo que ahora todavía busca cómo remediar. El liderazgo desempeñado por el Gerhard Schroeder de los primeros tiempos y por Leonel Jospin en la construcción del proyecto europeo aún demoraría en ser remplazado por el de los derechistas Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy.

En esa coyuntura, la formación de una “nueva” derecha ajustada a las expectativas posteriores a la Guerra Fría encontró dos posibles vertientes: por un lado la legada por la revolución conservadora que los gobiernos de Reagan y Tatcher impulsaron en los años 80 y, especialmente, los respaldados por los neoconservadores o neocons que en los 90 dominaron ambos períodos de George W. Bush. Por el otro, la versión europea, crítica de la hegemonía angloamericana, sostenida por la Nueva Derecha francesa.

La Revolución Conservadora

En Estados Unidos, la revolución conservadora se empeñó en acabar con los frutos de medio siglo del New Deal de Franklin D. Roosvelt y los de la Gran Sociedad de Lyndon B. Johnson, que constituían el núcleo de las herencias del movimiento liberal estadunidense como, por ejemplo, la política fiscal dirigida a garantizar la adecuación de la demanda social, el esfuerzo por redistribuir el ingreso a favor de los ciudadanos de menores ingresos mediante instrumentos como la seguridad social, y la creciente regulación pública de ciertos sectores estratégicos como el complejo militar‑industrial. Luego de que por varios decenios los estadounidenses habían percibido al Gobierno como un amigo paternal, el mandato de Reagan se inició con el slogan de que “el Gobierno es el problema, no la solución”, y se orientó a un brusco recorte de las facultades y servicios del sector público.

Esa ofensiva conservadora buscó eliminar las políticas de acuerdo social instauradas desde la postguerra, cónsonas con la ampliación de las libertades públicas, los derechos sociales, la orientación keynesiana de la economía y el Estado de Bienestar, que ya eran parte del patrimonio sociocultural de la población. De esta forma, se limitó la participación del Estado en la economía a través de la desregulación y las privatizaciones, se redujeron los impuestos a la minoría más adinerada y se incrementaron los gastos militares.

A la vez, como expresión de una política muy ideologizada, se marginó a los sindicatos y demás organizaciones sociales de la toma de decisiones y se insistió en que sus demandas eran incompatibles con la racionalidad económica y el interés nacional. Quienes no comulgaban con las tesis neoliberales de desregulación de los mercados, eliminación del sector público empresarial y equilibrio presupuestario más allá de los ciclos económicos, fueron sistemáticamente marginados de los medios académicos, servicios de consultoría, organismos multilaterales y grandes medios de comunicación. Al avanzar los años 80, el predominio de esas tesis fue tan asfixiante que se impusieron como pensamiento único.

No obstante, la revolución conservadora al cabo perdió aliento, luego de sumir a Estados Unidos en el mayor déficit fiscal de la historia, generar un aumento exponencial de la desigualdad y la exclusión sociales, y provocar una cadena de crisis financieras que tuvieron crecientes efectos internacionales a consecuencia de la globalización. El desencanto social decidió las siguientes elecciones.

Sin embargo, el regreso al Gobierno de los demócratas estadunidenses y de los laboristas británicos dejó a la vista que la revolución conservadora ya había arraigado en la cultura política de ambos países. Los gobiernos de Tony Blair y Bill Clinton respetaron las tesis básicas del conservadurismo, conformándose con implantar lo que Joaquín Estefanía denominó “un tetcherismo y un reaganismo de rostro humano”[10].

Los neocons

Mientras gobernó el Partido Demócrata, los técnicos norteamericanos de la revolución conservadora permanecieron atrincherados en una amplia diversidad de fundaciones y think tanks financiados por poderosas transnacionales. Y durante ese lapso elaboraron el llamado Proyecto para un nuevo siglo americano, su propuesta doctrinaria para el lanzamiento de una gran ofensiva neoconservadora para el siglo XXI ‑‑de donde les viene el apelativo de neocons‑‑.

Personajes como Cheney, Wolfowitz, Perle, Rumsfeld, Rice, Ashcroft, Kristoll y Kagan, entre otros, como continuadores reciclados del conservadurismo de los años 80, adoptaron a Geoge W. Bush como candidato, fusionaron al “partido de las ideas” con el “partido de los negocios” y contribuyeron denodadamente a derrotar la candidatura demócrata de All Gore. Entendieron su misión como una cruzada destinada a implantar una época conservadora en el plano cultural y moral, a erradicar la concepción laica de la vida ‑‑desde la obligatoriedad del rezo en las escuelas públicas hasta la proscripción de la teoría de Darwin‑‑, a combatir al igualitarismo, el ecologismo, al feminismo y la tolerancia sexual, así como a entronizar la preeminencia de la seguridad sobre las libertades cívicas.

Para imponer esa nueva época, los neocons se figuraron tal cruzada como una contrarrevolución permanente con objetivos de mediano y largo plazos para maximizar sus realizaciones y consolidar su perduración[11].

Obsesiones suyas son hacerle frente al debilitamiento de la hegemonía estadunidense y a la decadencia de su concepción de la democracia occidental, para “restaurar” un cuerpo social debidamente ordenado, disciplinado y jerarquizado. De allí su apremio por convertir la percepción de incertidumbre provocada por la globalización y por la crisis en un temor social por la seguridad, en transformar las controversias políticas y socioeconómicas en conflictos etnoculturales y religiosos, en crear y señalar “enemigos” y amenazas que justifican generalizar medidas de excepción, y descalificar a todo crítico y alternativa política.

Su objetivo es barrer las limitaciones dejadas por las pasadas reformas liberales y movimientos cívicos. Manifestaciones suyas son tanto las políticas directamente dirigidas a beneficiar a las grandes corporaciones como la defensa del fundamentalismo cristiano, así como entronizar la noción norteamericana de civilización y democracia occidentales por cualquier medio, incluso el militar. El apogeo de su influencia se desató con el máximo aprovechamiento de la oportunidad que les fue deparada por los brutales atentados del 11 de Septiembre, ocasión que les permitió ampliar su incidencia sobre los mayores medios de comunicación, acotar y retrotraer libertades públicas y derechos ciudadanos, así como desatar las guerras ‑‑más empresariales que punitivas y culturales‑‑ de Irak y de Afganistán.

La “nueva” derecha española

Por su parte, la “nueva” derecha española, en tanto que movimiento, es una mezcla de innovación y conservadurismo, y de agresividad rupturista con apelación a los valores de la época franquista. Su agresividad apabulla las posiciones de la derecha centrista y democristiana aparecidas durante la transición postfranquista, que respetaron la institucionalidad democrática. En contraste, esta derecha no solo llama a quebrar las restricciones que la democratización le impuso a la clase dominante, sino a plasmar la “imagen invertida de la revolución permanente”, dándose el papel de “fuerza ordenadora de un mundo inestable y amenazado, sometido a terrorismos de enorme ubicuidad y fuerzas morales perversas”.[12]

Como cabeza, pues, de una contrarrevolución permanente destinada a restaurar el orden que la transición democrática y la renovación capitalista “corrompieron” en los últimos lustros, esta “nueva” derecha demanda acciones tan extremas como la guerra. Pero ya no contra el terrorismo, la delincuencia y las drogas, sino contra cualquier elemento susceptible de convertirse en “enemigo interno”. Asimismo, reclama instaurar la “autodefensa preventiva”, que implica no solo hacer a un lado el orden jurídico que ampara los derechos ciudadanos, sino entronizar las políticas de excepción y los métodos policiales como pauta de gobierno, sin esperar a que el presunto enemigo cometa los actos que se le presuponen.

Tales argumentos, más que representar un corpus intelectual a la usanza de la Nueva Derecha francesa, exhiben un discurso que reacomoda reminiscencias de la ideología franquista con planteamientos del reaganismo norteamericano de los años 80. Pero coinciden en idéntico afán por desterrar los valores de la Revolución Francesa, el liberalismo y las conquistas de las revoluciones europeas de 1968, a lo que se agregan las obsesiones reaganistas contra la equidad social y etnocultural, el sindicalismo, el feminismo, la tolerancia sexual, el ecologismo y demás conquistas de la democracia avanzada, y contra los pueblos y personas de fe islámica.

Por otra parte, frente a los síntomas de esclerotización y pérdida de eficacia del sistema político establecido, de sus partidos y sus instituciones parlamentarias, así como ante la insensibilidad de los medios de comunicación frente a las nuevas necesidades y demandas sociales, esta derecha procura presentarse a sí misma como una opción antipolítica crítica del sistema establecido y como la opción extrasistémica capaz de cambiarlo. Por consiguiente, pretende ser la nueva vocera y alternativa del olvidado hombre común, de sus miedos y sueños frente a un sistema político insensible y agotado.

De este modo asume un acentuado perfil populista, que constituye una de sus características más notorias. Perfil a su vez reforzado por la sagacidad de la “nueva” derecha para asumir a los medios y las técnicas de comunicación y publicidad masivas como el instrumento político capaz de servirle como alternativa frente a la decadencia de los instrumentos tradicionales de organización y acción político‑electorales. Y, además, de traducirlo en una resuelta disposición para explotar el campo mediático al mejor estilo norteamericano.

En América Latina, la “nueva” derecha se apoya medularmente en este recurso, al que prioriza a cualquier costo, nutriéndolo con las mejores asesorías, tanto norteamericanas como de latinoamericanos formados en la escuela estadunidense de estudio y manipulación de la opinión pública.

Retóricas por realidades

Hoy vivimos ‑‑y se compite políticamente‑‑ en medio de demandas y tensiones sociales más complejas y dinámicas que aquellas en las cuales se fundaron los actuales sistemas de representación y gestión política. Las normas y organizaciones sociopolíticas tradicionales han perdido confianza pública, mientras que los medios de comunicación más poderosos superan la capacidad de los partidos tradicionales para contactar y orientar a una masa plural de fracciones sociales que carecen de otras vías para percibir e interpretar la realidad. En estas circunstancias, el populismo de derecha adopta la industria de la comunicación como vehículo de performance que ‑‑remplazando a la vieja propaganda‑‑ entroniza una retórica destinada a suplantar la realidad, a la vez que alinea a los medios más penetrantes como instrumentos de poder político.

Las retóricas mediáticas se explotan como un sucedáneo que acomoda y remplaza la realidad efectiva para un público económica, social, cultural y demográficamente segmentado, que tiene limitadas posibilidades de percibir y entender al conjunto de la situación, y de compartir sus interpretaciones.
Quien domina los medios está en ventaja para imponer la agenda temática alrededor de la cual se enfoca el interés y el consiguiente debate de la mayor parte de la sociedad, así como para calificar a sus actores y argumentos. El predominio mediático permite destruir o construir reputaciones tanto de ideas y personas como de proyectos y propuestas, lo mismo que tergiversar unas opciones o relegarlas al anonimato o la marginalidad, y de ayudar a que otras puedan prevalecer.

Con ese respaldo, el populismo de derecha puede convertir esa nueva forma de presentar la opción reaccionaria en una alternativa más generalizada y “popular” que la izquierda; sobre todo cuando ésta última no ha sabido renovar y promover sus propuestas a través de lenguajes y métodos más frescos, accesibles y persuasivos.

Como observa Emmanuel Rodríguez[13], en esa explotación del modelo que articula dichos moralismo, radicalidad, populismo y estrategia mediática igualmente coinciden tanto los neocons norteamericanos como Silvio Berlusconi. Aparte de que dichos medios de comunicación “normalmente” son propiedad ‑‑o están bajo control‑‑ de intereses social, económica e ideológicamente afines a los patrocinadores de las campañas neoconservadoras, finalmente constituyen un conglomerado capaz de encumbrar la iniciativa neoconservadora por encima de los correspondientes partidos conservadores. En no pocas oportunidades el “estado mayor” del conglomerado mediático ‑‑el “partido” mediático‑‑ le fija la agenda al partido tradicional, invirtiendo los términos entre el manipulador informativo y la organización política que da la cara por él.

Parecidos de familia

Así pues, cabe reconocer un conjunto de características que las diversas modalidades de la “nueva” derecha comparten ‑‑en uno u otro grado‑‑ en Estados Unidos y América Latina. Sin agotar la lista, ni suponer que todos estos rasgos invariablemente deben aparecer en cada uno de los casos, sobresalen los siguientes:

1.         La pretensión y el discurso mesiánicos, según los cuales la perduración del orden sociocultural y económico “occidental y cristiano” ‑‑o alguna noción equivalente‑‑ está amenazado por los excesos del legado liberal, la permisividad, la decadencia del sistema político tradicional o las ideas revolucionarias o socialistas, amenazas que hacen necesario anticipar una enérgica cruzada correctiva para restaurar los valores morales tradicionales, reinstaurar el orden, la disciplina y las jerarquías sociales, restablecer la seguridad pública y garantizar el buen gobierno y mejorar la rentabilidad del capital.
Esa intención correctiva, y la demagogia que la proclama, idealizan un orden político y moral históricamente ya pasado, y aspira a retrollevar la sociedad nacional a ese estado anterior, lo que identifica literalmente el propósito retrógrado o reaccionario de ese movimiento, pese a la novedad “revolucionaria” de sus formas y métodos.
2.         La invasión del campo clásico de la política por un conspicuo personaje de determinada fracción o grupo de la élite empresarial y de sus operadores directos. Ello se justifica con la presunción de que el estilo de decisión y mando característico de la gestión empresarial es supuestamente superior y que se puede trasplantar sin más a la gestión pública. Esta invasión se excusa en el supuesto de que ese modo de dirigir hará menos deliberativa y más eficaz la administración del Estado, como si los procesos y confrontaciones sociales ‑‑y las opciones para darles solución política‑‑ se pudieran decidir por decreto.
Cuando el liderazgo político, o en su caso el gubernamental, se ejerce por interpuesta persona ‑‑un dirigente que no es gran empresario‑‑, éste asimismo adopta un amaneramiento “ejecutivo”, que también busca descalificar al político profesional como ineficaz y prescindible. Ese manierismo retórico procura sugerir más eficacia pragmática que valores sociopolíticos, con la intención de mostrar a esos “nuevos” líderes y candidatos como si fueran actores dotados de exitosa experiencia empresarial ‑‑o similares a quienes sí la poseen‑‑, esto es, como la oportunidad que el burgués competente le ofrece al país para implantar un nuevo tipo de gestión pública u “otra forma de gobernar”, para decirlo en palabras de Sebastián Piñera.
3.       Sin embargo, el grupo económico que abandera la “nueva” derecha no ejerce su poder político para gobernar conforme al interés del conjunto de su clase, sino que conquista el poder público para coaccionar a los demás sectores de la burguesía y subordinarlos a sus intereses de grupo hegemónico, tal como lo hace Ricardo Martinelli. Y de idéntica forma, usa ese poder para castigar y someter a las organizaciones y personalidades representativas de las demás clases o grupos sociopolíticos y neutralizar todo foco de crítica o resistencia. El cumplimiento de estos propósitos no elude apelar sistemáticamente a prácticas como la intimidación, las penalizaciones extrajudiciales y el soborno, que se aplican de formas más o menos selectivas, discretas o públicas según las conveniencias coyunturales del momento en que se ejecuten.
4.         Se adopta una retórica y actuación agresivas que introducen en el debate público determinado paquete de advertencias morales y un estilo cesarista y mesiánico, para instrumentar la exigencia de aplicar acciones extremas y medidas de excepción y adoptarlas como norma de gobierno. Por ejemplo, la reiterada apelación que George W. Bush hacía de citas bíblicas como argumento para imponer políticas de excepción, con las cuales su gobierno cercenó importantes derechos ciudadanos con el alegado fin de combatir espantajos externos como el terrorismo internacional, y espantajos internos como el narcotráfico, la inmigración o la pornografía.
En definitiva, lo que se combate no es el mal que se señala, sino el espectro construido a colación suya, con lo cual el tema se aprovecha para golpear a terceros, incluso más que a los propios causantes o actores reales del mal que se dice querer atacar.
Queda descartado, así, el discurso presidencial clásico, moderado y paternalista, que de esta forma se pierde ante un estilo rupturista, cuyo lenguaje mesiánico justifica destruir los consensos y acuerdos sociales, y eludir la legalidad, que antes dieron base a derechos ciudadanos básicos en materia de seguridad social, pensiones, educación, función representativa y negociadora de los sindicatos y organizaciones sociales, desde tiempos del New Deal y de la segunda postguerra mundial.
5.       Para implementar ese cesarismo, destaca el afán obsesivo y apremiante por controlar y someter a los otros Órganos del Estado y demás instancias de la gestión pública, y de imponer una rápida concentración del poder en manos del Ejecutivo. Se adopta un estilo vertical de mando que reduce y estrecha los ámbitos de consulta y deliberación, que margina las organizaciones de la sociedad civil y pronto pone en crisis la institucionalidad democrática, desconoce sus campos de autonomía y normas de funcionamiento, anula la seguridad jurídica y desvanece los límites entre lo público y lo privado.
La “nueva” derecha, como la extrema derecha, no reconoce la legalidad como tal sino como obstáculo por eludir o remover.
Parte sustantiva del apremio por controlar o someter a los demás órganos del Estado tiene objetivos muy específicos: el Poder Judicial y el Ministerio Público para hacerlos de la vista gorda o para interpretar las normas según el interés político, económico o personal de la nueva autoridad, y para judicializar la represión a los críticos de las acciones gubernamentales. La del Poder Legislativo para modificar o remplazar las normas legales, y agregar las que vengan al caso para imponer como regla las decisiones de la nueva autoridad sin darse la molestia de consensuarlas.
6.         A la vez, se entroniza una forma populista de mandar que, con masivo respaldo mediático, se apropia de los temas, estilos y rostros de mayor rating y se arroga la representación de la masa de los ciudadanos modestos y anónimos, prodigando promesas de ocasión para complacer sus demandas y anhelos, sin consideración por la factibilidad, la prioridad y la sostenibilidad de tales ofrecimientos, ni de su pertinencia respecto a una estrategia de desarrollo socioeconómico de mediano y largo plazos.
Como parte del charm populista buscado, la “nueva” derecha hace una prolija exhibición de actitudes, modos de vestir, procedimientos y prácticas que la hagan verse como “antipolítica”, contrariando las formas habituales de la política para pintarse con los rasgos de un género atípico de liderazgo ‑‑presuntamente antisistémico o outsider‑‑ que se suponga crítico del orden existente, a la vez que ajeno y contrapuesto a las opciones ofrecidas por las instituciones y dirigentes políticos ya conocidos, y al tiempo capaz de enderezarlas o remplazarlas sin demora.[14]
7.       Redirigir los disgustos sociales sobre otros blancos, escogidos al efecto, lo que incluye desplegar una permanente ofensiva mediática en torno a determinadas ideas‑fuerza (seleccionadas conforme a los objetivos de la “nueva” derecha, la coyuntura política por sortear y las características ‑‑y vulnerabilidades‑‑ de los adversarios que se quiere descalificar). Por medio del énfasis reiterativo sobre ese núcleo temático se selecciona y caracteriza al enemigo a batir, ya sea la izquierda, los corruptos, los negros, los judíos, los inmigrantes, la delincuencia o el terrorismo (o alguna combinación de dos o más de ellos), para justificar medidas de excepción o represión que en la práctica afectarán a la mayoría de la gente.
Para esto, la “nueva” derecha escoge, atiza y teledirige malestares reales existentes en la población y los alinea contra los blancos que su campaña selecciona al efecto, para dirigir sobre ellos el disgusto colectivo[15]. Como, a la vez, construye metódicamente la imagen de un liderazgo y un propósito deseables, tales como “el cambio”, la seguridad en las calles o la cárcel para anteriores dignatarios. Quien domina los medios no necesita identificar la naturaleza del “cambio”, como tampoco probar la culpabilidad de los acusados, ya que el linchamiento mediático no lo requiere.
8.       A menudo, en ese contexto la democracia real es remplazada por una simulación plebiscitaria, que lleva a votación ciudadana determinados temas que real o supuestamente son de interés público, “para que sea el pueblo quien decida”. Sin embargo, se retiene la selección y la formulación de tales temas, cuyo control permanece en manos del Ejecutivo, quien dedica al proceso una masiva campaña publicitaria que, con recursos públicos, apoya las opciones que le interesan.
Este procedimiento ‑‑que fue uno de los predilectos de Benito Mussolini‑‑ facilita que el gobierno eluda consultar y consensuar con otros sectores sociopolíticos las medidas que quiere adoptar, a fin de imponerlas con la excusa de que éstas se asumen por decisión “del soberano”. Lo que permite ocultar los planes efectivos que el gobierno se guarda para el mediano y largo plazos, que solo se revelan a medida en que el régimen convoca a nuevos plebiscitos.
9.       Con frecuencia, a todo lo anterior se agrega un persistente afán por anunciar e inaugurar obras o acciones monumentales, no necesariamente imprescindibles pero siempre de gran impacto escénico y un costo muy elevado. Estas lo mismo podrán ser grandes edificios o remodelaciones urbanas, o también enormes movilizaciones militares de talla extracontinental, como las dos invasiones a Irak.

El clima y la ocasión oportunos


¿Cuál es el trasfondo motivador de la “nueva” derecha en las Américas de nuestros días? La universalización de la crisis que emergió en el 2008 ‑‑que no solo es mundial sino que tiene ominosa presencia en múltiples instancias de la realidad[16]‑‑, la que exacerba las incertidumbres y frustraciones propias de la declinación del capitalismo, por lo menos la del capitalismo que conocemos.

Sumándose a la falta o insuficiencia de proyectos alternativos, la crisis acelera los sentimientos generalizados de inseguridad, no apenas por carencia de protección policial suficiente, sino por precariedad del trabajo, de la vivienda, del estatus social, así como pérdida de previsibilidad y de confianza en las expectativas. En Europa y Estados Unidos, tensa la relación con personas y colectividades de otras etnias y culturas.

En un ambiente de fluctuaciones económicas, políticas y culturales impredecibles, una plebe extraviada, ahora herida y furiosa por los efectos de la recesión, se mueve a la deriva por todo el espectro político, de forma que un día elige a Obama y otro lo repudia[17]. Por eso, al explicar la derrota sufrida en Massachusetts en febrero del 2010, el propio Barack Obama señaló: “La misma cosa que propulsó a Scott Brown[18] al cargo, me propulsó a mí a la presidencia. La gente está enojada, y está frustrada”.

Circunstancia que, precisamente, depara el ambiente psicológico proclive al discurso mesiánico de la “nueva” derecha, demagógicamente prometedor de correcciones, “cambios” y certezas eficaces a corto plazo, con líderes machos que dicen saber lo que hacen y tener el coraje o la falta de inhibiciones necesarios para hacerlo. E igualmente, con adversarios convenientemente escogidos y abatibles[19], para asegurar un pronto regreso a la situación y las reglas de antaño, ya sabidas, donde superar tales incertidumbres con las ventajas de quien retorna al pasado con todos los saberes del futuro.

Pero, más concretamente, el auténtico motor del asunto está en el objetivo de garantizar la seguridad y la mayor rentabilidad del capital, amenazado no solo por la crisis económica sino por la eventualidad política de que la inconformidad social se traduzca en desbordamientos y rebeliones, ya sea como caos o como revolución. Esto es, para proteger al capital adelantándose a restablecer las condiciones de orden, disciplina y jerarquización sociales requeridas no solo para salvaguardar al régimen preexistente, sino para quitarle del camino las restricciones y la cultura igualitarista que en el último siglo le han mermado la tasa de ganancias: las de protección y solidaridad sindicales, redistribución del ingreso, seguridad laboral, prestaciones sociales, de derecho a informar, organizarse y rebelarse, etc.

En la intimidad se trata, por consiguiente, de un programa neofascista, aunque evada confesarlo. La “nueva” derecha no es conservadora sino extrema derecha, tanto por su plataforma económica como por su fundamentación ideológica y política. Aunque se trata de un fascismo civil envuelto en prendas más coloridas.
Para cumplir ese programa se requiere una notable concentración del poder; para lograrla, todo evento es aprovechable. En el caso norteamericano, antes recordamos cómo el 11 de septiembre de 2001 la falange de neocons que rodeaba a George W. Bush se apresuró en sacarle partido a esos brutales atentados para promover la campaña que justificaría recortar derechos civiles e invadir a Irak, manipulando la desazón ciudadana, aun a sabiendas de que el régimen de Hussein no era parte del asunto.

En América Latina, Sebastián Piñera reveló ese oportunismo con un singular aprovechamiento del terremoto de febrero de 2010. Al anunciar que esa tragedia implicaba reformar su programa de gobierno, antes de reconocer la prioridad de atender a las víctimas y reconstruir las infraestructuras dañadas, destacó los saqueos suscitados en Concepción para afirmar que “se está perdiendo el sentido del orden público” y que “la gente necesita tranquilidad y orden público”, así que en el programa se recurrirá a todos los medios que los garanticen, algo para lo cual “nuestras Fuerzas Armadas están preparadas”.[20]

La capacidad de reprimir precede a la obligación de abastecer. Así, aunque después supo matizar lo dicho, la nuez del asunto quedó debidamente esclarecida.

La perspectiva de la derecha norteamericana

Las limitaciones del presidente Obama para actuar a la altura de sus promesas, y su temprana vuelta a varias políticas del gobierno anterior, no serían óbice para que, sin mayor espera, la derecha norteamericana saliera a cobrarle el mayor precio por el revés electoral que les había infligido. Organizándose para tomar la ofensiva en las elecciones parlamentarias de medio período, en febrero de 2010 se celebraron, por separado, sendos cónclaves del Tea Party Movement ‑‑la rama más tosca y populachera del fundamentalismo conservador‑‑ y del llamado Conservadurismo Constitucional ‑‑la derecha elegante‑‑.

Ambas ramas coincidieron, en sus respectivos lenguajes, en la finalidad de desarrollar “la más implacable campaña de descrédito y desgaste contra un gobierno electo de que se tenga memoria en la política norteamericana”[21], gobierno que desde temprana fecha acusaron de “socialista”. Dichos cónclaves hicieron ver que los neoconservadores no se conformarán con recuperar el control de Congreso y enseguida el de la Casa Blanca ‑‑el de la Corte Suprema ya lo mantuvieron[22]‑‑, sino que se dirigen a eliminar definitivamente los contrapesos institucionales y legales que antes le han cerrado el camino al neofascismo en ese país; es decir, a cambiar todo el sistema.

Bajo la rectoría del presidente de la Fundación Heritage, el Conservadurismo Constitucional proclamó la Declaración de Mount Vernon, que recuperó lo esencial del Proyecto para un nuevo siglo americano, de finales de los años 90, que los neoconservadores redactaron luego del revés sufrido ante Bill Clinton.

Dicha Declaración vuelve al clásico recurso de invocar, a su manera, los principios de la Declaración de Independencia y de la Constitución, y de usarlos para alegar que en las últimas décadas éstos fueron minados y redefinidos por reiterados extravíos radicales y multiculturalistas en la política, las universidades y la cultura norteamericanas. Esto de por sí manifiesta un claro repudio a las conquistas cívicas obtenidas en los años 60 y 70 del siglo pasado, y no solo a las iniciativas que eventualmente la administración Obama pueda agregar.

En consecuencia, alega que urge un “cambio” que vuelva a poner al país en la senda de tales principios. Y para eso pregona un conservatismo constitucional consagrado a sostener un gobierno de salvación nacional “que garantice estabilidad interna y nuestro liderazgo global”. Entre esos principios destacan, desde luego, no solo los de libertad y la iniciativa individuales, sino los de libre empresa y reformas económicas basadas en las relaciones de mercado, además de la tradicional defensa de la familia, la comunidad y la fe religiosa.

Estamos, pues, ante un nuevo llamado a la contrarreforma ‑‑antes bien, a la contrarrevolución preventiva‑‑ no solo a escala norteamericana sino con proyección global, tanto por la argumentación en que se apoya y el destino que este movimiento se arroga, como por la naturaleza de la potencia en cuyo nombre se proclama esa intención.

América Latina en disputa


En gran parte de América Latina las agrupaciones progresistas mantienen la iniciativa política, pero ya está en curso una importante contraofensiva de la “nueva” derecha. Nos encontramos ante un anchuroso mosaico social que está en disputa y ‑‑como corresponde a tiempos de transición‑‑ donde hay diversas opciones abiertas. Por un lado, esa “nueva” derecha tiende a prevalecer sobre las formaciones conservadoras tradicionales, pero sin marginarlas. Por el otro, el panorama de las izquierdas es más heterogéneo, como es natural a su naturaleza cuestionadora y creativa, que explora diversidad de caminos.

En nuestra América las incertidumbres y precariedades, agravadas por las políticas neoliberales y su fracaso, concurren con el anterior abandono de los referentes y proyectos desarrollistas y revolucionarios de los años 60 y 70, y con la insuficiencia de otras propuestas más eficaces para los tiempos que corren. La crisis social está más avanzada que el desarrollo de nuevas alternativas político‑ideológicas.

Tras tantos años de insatisfacciones la gente está harta, sin que eso signifique que ya es consciente de sus posibles alternativas históricas. Así las cosas, ese difuso y multiforme malestar social ha contribuido a fortalecer el apoyo electoral a opciones de izquierda, pero no necesariamente a aceptar alternativas más radicales. El dolor y la irritación por las consecuencias de la desigualdad extrema, el empleo precario y la miseria conviven con el descrédito de los sistemas políticos conocidos y, a la vez, con una extendida sensación de temor que viene de la falta de seguridades y la frustración de expectativas.

Es en ese contexto que ahora toca medir fuerzas con una derecha renovada y mejor articulada que viene a disputar el campo político. Y que viene a hacerlo con los recursos que ya sabemos: el predominio mediático, una orquestación continental y unas consignas populistas que tienen la fuerza de una brutal simplificación de los problemas y expectativas populares, que no necesita mayores esfuerzos explicativos. La naturaleza elemental y retrógrada de esas consignas facilita su asimilación.[23]

En períodos así el piso político es movedizo: abundan los realineamientos ‑‑tácticos, programáticos e ideológicos‑‑ de las dirigencias de los partidos políticos y organizaciones, como también de los sectores sociales que ellos pretenden representar. Esto es un espacio propicio para cualquier género de aventureros, como Fujimori. Pero si bien es cierto que la crisis ‑‑económica, sociopolítica e ideológico‑cultural‑‑ propicia confusiones y recomposiciones, no por eso conlleva el supuesto “retorno a la derecha” que hoy predicen determinados “analistas”[24]. Al contrario, en ningún país latinoamericano hay un movimiento de masas en apoyo de proyectos contrarrevolucionarios.

Aunque aquí o acullá la izquierda política no ha renovado sus propuestas, la vida le da arraigo a una izquierda social que se extiende aunque todavía no esté conceptual ni organizativamente desarrollada. Si en vez de preguntar por las siglas partidistas se cuestionan los problemas diarios tema por tema, se comprueba que es falso que nuestros pueblos deriven hacia la derecha, pese a “la rémora histórica de confusión, desideologización y desorganización” que los deja inermes por obra del oportunismo de algunos liderazgos inescrupulosos. Por eso, las campañas de la “nueva” derecha se ven tan necesitadas de remedar discursos progresistas.[25]

Lo que pasó en Chile en las elecciones del 2009 no prueba otra cosa. La Concertación por la Democracia, que gobernó a ese país por 20 años, no fue un ejemplo de la reactivación que las izquierdas latinoamericanas experimentaron desde finales de los años 90 en rechazo a las tesis y secuelas del neoliberalismo. La Concertación fue producto de la etapa previa, de transición pactada de la dictadura a la democracia neoliberal (que tuvo lugar paralelamente a la conciliación de la socialdemocracia europea con el neoliberalismo). La subsistencia del modelo pinochetista de Constitución, institucionalidad pública, sistema electoral y economía de mercado así lo recuerda, a la vez que es huella de una transición democrática que quedó inconclusa.

El hecho de que esta subsistencia se instrumentara con participación de una parte de la izquierda debe evaluarse vis a vis con las importantes conquistas en materia de libertades públicas y derechos humanos que eso inicialmente facilitó, en su primera etapa. Mas no será sino ahora ‑‑paradójicamente, bajo un gobierno de la “nueva” derecha‑‑ cuando el pueblo chileno tendrá oportunidad de luchar para que la transición democrática se complete y por incorporarse al proceso de renovación del papel y la naturaleza de las izquierdas latinoamericanas.[26]

Una ofensiva articulada

Aunque en la tradición de las izquierdas el internacionalismo y la solidaridad ocupan un lugar relevante, en la actualidad la mayor parte de sus organizaciones latinoamericanas consume sus escasos recursos en las tareas nacionales. En los últimos lustros, tras la ofensiva neoconservadora de los años 90, lo demás no suele trascender el plano declarativo. Los foros internacionales son más ocasión de breves ejercicios de reflexión, que oportunidades para concertar cooperaciones de mayor plazo y alcances.

Es en la derecha donde sucede lo contrario. Hoy por hoy el sostenimiento de escenarios y actividades de instrucción y colaboración política internacional es mucho más constante y activo para sus organizaciones. Para esto hay un polo articulador: en América Latina todos los partidos reaccionarios de alguna importancia tienen vinculaciones con el Partido Republicano y con fundaciones y universidades conservadoras de Estados Unidos, lo mismo que con el Partido Popular español y fundaciones cercanas al mismo.

Los cuadros jóvenes de los partidos de derecha frecuentan cursos auspiciados por fundaciones y universidades conservadoras, particularmente en el área relacionada con el marketing político, con énfasis en la investigación y manejo de la opinión pública, y las técnicas para dirigir las comunicaciones sociales. Miami ya es un gran conglomerado de instituciones y cursos de formación en esas especialidades para los nuevos cuadros latinoamericanos de derecha.

Aparte de que, por supuesto, esas jóvenes promesas político‑empresariales acuden a las mismas universidades norteamericanas. Una notable proporción de los dirigentes político‑empresariales latinoamericanos son ex condiscípulos de cursos y postgrados en esas universidades.

Proliferan asimismo los eventos breves y conferencias de capacitación político‑ideológica que propician encuentros de las jóvenes promesas de la derecha con sus veteranos referentes europeos, latinoamericanos y estadunidenses. José María Aznar, por ejemplo, sin ser un intelectual de mediano brillo, se la pasa volando, en el literal sentido de la palabra.[27]

Por su parte, los mayores no solo asisten a las mismas conferencias en Estados Unidos, o las impartidas por gurúes norteamericanos en ciudades latinoamericanas sino que, de manera más específica, se encuentran en las juntas directivas y las reuniones de accionistas de las mismas empresas. Las que, además, cada día operan en mayor cantidad de países de la región y fusionan sus respetivos intereses.

No es de extrañar, en consecuencia, que unos y otros piensen a nuestra América con los mismos parámetros, cultiven proyectos políticos similares, y se pongan de acuerdo en los mismos términos, para organizar sus actividades políticas solidariamente.

Aparte de la enorme diferencia que hay en la disponibilidad de recursos económicos, se puede decir que la derecha continental aventaja en este campo a las izquierdas también porque está en mejores condiciones intelectuales para aprovechar a favor suyo las ventajas de la globalización que, de paso, en ausencia de competidores de izquierda, es su globalización.

Pero más allá de eso, la piedra de toque del asunto está en que el núcleo político‑ideológico de la derecha norteamericana sigue activo y no le faltan organización, poder, recursos ni iniciativa, no solo para amarrarle las manos al Presidente Obama, sino para orquestar esta nueva contraofensiva de las derechas latinoamericanas.

Globalización, recursos y orquestación que, sin embargo, no constituyen un escollo al que las izquierdas deban resignarse, sino un reto que ahora les toca superar con los recursos de su creatividad e imaginación. En el actual mundo de las comunicaciones virtuales, cuando los pueblos de la región tienen muy buenas razones para desplazarse a la izquierda, ese tampoco será un reto demasiado difícil de remontar, una vez que somos conscientes de su trascendencia.

Contrahegemonía

En tiempos de la Guerra Fría, para que la derecha oligárquica pudiera imponer “cambios” dirigidos a rehacer al sistema y derogar las conquistas sociales, democráticas y progresistas ya institucionalizadas, fue necesario infligirle derrotas aplastantes y duraderas a la resistencia popular, instaurando las dictaduras de seguridad nacional y el terrorismo de Estado. Pero de entonces acá, las circunstancias regionales y mundiales, así como el desarrollo político alcanzado por una parte significativa de nuestros pueblos, hoy ese camino y sus eventuales alcances resultan más difíciles, como en 2009 lo reiteró el caso de Honduras.[28]

Para derogar esas conquistas sociales ahora la derecha tiene que apelar a otros medios. Y lo puede hacer en la medida en que la reacción ‑‑aprovechando para esto los recursos que le dan ventajas‑‑ logre explotar en su beneficio los malestares y confusiones sociales ya existentes, y organizar agrupaciones de miles “de seres humanos arrojados a la marginalidad, la ignorancia y la desesperación, para intentar hacer de ellos una fuerza de choque salvaje” contra los sectores ciudadanos más conscientes[29], no solo en el plano electoral. Esa convocatoria a la coacción y la violencia es, precisamente, botón de muestra de la conducta fascista, arquetipo de la estrategia de contrarrevolución preventiva.

Captar esos malestares y desviarlos contra un blanco seleccionado al efecto permite distraer masas populares, e instrumentarlas al servicio de fines contrarios al interés popular de largo plazo. Para eso hay una demagogia consustancial al género de liderazgo ‑‑vertical y mediático‑‑ que la “nueva” derecha puede ofrecer.

Como bien anotó Gramsci en sus largos años de prisionero político del fascismo, demagogia significa “servirse de las masas populares, de sus pasiones sabiamente excitadas y nutridas, para los propios fines particulares” y las ambiciones de un Jefe. A lo que él enseguida añadió que el demagogo se presenta a sí mismo como insustituible, elimina a sus posibles competidores y apela a “entrar en relación con las masas directamente (plebiscito, etcétera, gran oratoria, golpes de escena, aparato coreográfico fantasmagórico)”[30].

La magnitud de las amenazas que esa “nueva” derecha representa hoy resalta el valor que para las izquierdas siempre ha tenido ‑‑y la urgencia que ahora demanda‑‑ la tarea de formar conciencia y organización popular y clasista. Si las armas de esa derecha prosperan precisamente al incidir sobre una masa ignorante, afligida y desarticulada, superar esa debilidad popular es nuestra prioridad. El campo popular y latinoamericano es nuestro campo y en él nos toca derrotar a este invasor.

Frente a la ofensiva que la reacción arroja sobre esa masa para impregnarla con una subcultura de la derecha, es prioritario construir y movilizar en su seno una contracultura fundada en las necesidades, reivindicaciones y expectativas populares. Es con base en esa contracultura que se puede reivindicar la independencia del pensamiento popular y relanzar su solidaridad de clase. Una contracultura capaz de crecer como el cemento aglutinador y orientador de organizaciones donde la solidaridad de clase vuelva a primar sobre la atomización de las salvaciones individuales ‑‑místico‑religiosas, delincuenciales o neofascistas‑‑ que el neoliberalismo antes propició.

Solo la organización popular y plural ‑‑tanto barrial y comunitaria como laboral, gremial, cívica y política‑‑ puede convertir las ideas y aspiraciones de esa contracultura en una fuerza material, esto es, en una fuerza capaz de buscar y acumular su propio poder. Por consiguiente, en una contrahegemonía, una opción de poder que oponerle a los recursos y los fines de todas las derechas y del capital que las amamanta, como fuerza social y política que sí puede contenerlos y derrotarlos.

Lo que en igual medida prioriza el imperativo de articular frentes amplios donde articular la diversidad de las izquierdas sociales y políticas ‑‑y cerrar los vacíos donde pululan los aventuraros de todo tipo‑‑, con base en lo que en cada caso ellas tienen de común, a la vez que respetando sus respectivas personalidades y diferencias.

Por Nils Castroes  escritor y catedrático panameño.

[1]. No es el caso discutir aquí a qué se ha debido esta limitación, pues no es el tema a tratar en esta oportunidad, ni disponemos del espacio necesario para ello. De esa cuestión ya me he ocupado en otras páginas, como en Una coyuntura liberadora…¿y después?, en Rebelión del 23 de julio del 2009, y en La brecha por llenar, premio Pensar a Contracorriente, La Habana, 2010.
[2]. Ver Kintto Lucas en Barómetro Internacional del 17 de diciembre de 2009.
[3]. Los resultados de ese empeño fueron valorados periodísticamente como una “oleada democratizadora” continental, presuntamente capaz de resolver por varios lustros los fenómenos de contracción económica, inflación y desempleo que ya venían creciendo. Pero pocos años después la aplicación de las políticas neoliberales que esas democracias legitimaron se tradujo en una “oleada” de frustraciones e ingobernabilidad que, aún antes de poner en entredicho al neoliberalismo, las puso en peligro a ellas mismas.
[4]. Eso coincidió con otros importantes acontecimientos a escala mundial, que igualmente contribuyeron a que este fuera un período de gradual degradación de los procesos nacional‑revolucionarios y ‑‑sobre todo tras el desmoronamiento de la URSS‑‑ de repliegue y posterior reformulación de muchos proyectos y organizaciones de izquierda.
[5]. Los casos más notorios fueron el Caracazo y las sublevaciones urbanas de Quito, el Alto, la Paz y Buenos Aires, que constituyeron claros presagios de lo que estaba por suceder en varias otras ciudades y países latinoamericanos.
[6]. La crítica del legado cristiano lo llevó a exaltar el paganismo originario de los pueblos europeos.
[7]. Ver José Pérez i Granados, Alain Benoist y la Nueva Derecha francesa, en Stormfront.org, 4 de julio de 2006.
[8]. Ver Jordi Solé Tura, La nueva derecha europea, en El País, Madrid, 18 de junio de 2001.
[9]. Los principales medios de comunicación quedaron en manos de Berlusconi. Las principales empresas privatizadas, en manos de allegados de Aznar. Lo que significa que al dejar el gobierno ambos seguirán reteniendo grandes cuotas de poder.
[10]. Ver Joaquín Estefanía, Los neocons, profetas del pasado, en El País, 14 de junio de 2004. La frase remeda la consigna de la “primavera de Praga”, en 1968, de instaurar en Checoslovaquia un “socialismo con rostro humano”.
[11]. Tanto en Estados Unidos como en Europa se ha señalado la “reconversión” de activistas de extrema izquierda en intelectuales neoconservadores, por efecto de la ofensiva neoconservadora y del desmoronamiento de la URSS. Esto explicaría el reiterado uso de categorías procedentes de León Trotsky (como la de revolución permanente) y de Antonio Gramsci (como la de la construcción de hegemonía cultural).
[12]. Emmanuel Rodríguez e Hibai Arbide, en ¿Nueva derecha? O la reivindicación del populismo frente al vacío de la izquierda, en Cuadernos Archipiélago, Barcelona, 2006.
[13]. Op. cit.
[14]. Las prácticas populistas se manifestarán asimismo en la explotación de formas de conducta y de lenguaje corporal y verbal que se le atribuyen al gusto popular, según la respectiva idiosincrasia nacional y de época. Se apela a imitar conductas machistas, estilos informales o “de trabajo”, etc., que son parte sustancias de una nueva demagogia que más alude a la imitación populachera que sobrio al estilo popular.
[15]. Según la tesis de que, anger is an energy, el disgusto o el odio son una energía que se puede recoger, agitar y canalizar contra el blanco elegido sin considerar si este es responsable por el disgusto social que se le achaca.
[16]. Como crisis económica, financiera, alimentaria, energética, moral, del clima, de la seguridad ciudadana, del sistema político global, etc.
[17]. Ver Immanuel Wallerstein, El caos como cosa cotidiana, en La Jornada de 2º de febrero de 2010.
[18]. El reaccionario republicano que se alzó con la plaza de senador por Massachusetts que por varios períodos había retenido el demócrata liberal Tedd Kennedy.
[19]. El presidente Ricardo Martinelli, de Panamá, los identifica como “los políticos de siempre, los malos empresarios y la izquierda”. Alocución televisiva reiterada durente finales de febrero e inicios de marzo de 2010.
[20]. De esa preparación el pinochetismo dejó larga constancia. Ver “Piñera dice que el terremoto provocará cambios en su programa de gobierno”, en Argenpress del 1 de marzo de 2010.
[21]. Ver Obama entre el Tea Party y el conservatismo constitucional (I), en Cubadebate del 22 de febrero de 2010.
[22]. Así lo demostró su resolución de legalizar que las grandes corporaciones privadas inviertan sin limitaciones cuantitativas en las campañas electorales estadunidenses, en apoyo a los candidatos de sus preferencias, lo que acentúa el proceso de paulatina “privatización” del Congreso (y el menos gradual del Ejecutivo).
[23]. Ver Massimo D’Alema, La via progresista contro la destra que cavalca le paure, en Il Sole, 23 de febrero de 2010.
[24]. En particular lo predican, como hoja de parra, quienes antes desertaron de la izquierda cuando la ofensiva neoconservadora que siguió a “la caída del muro”.
[25]. Ver Luis Bilbao, América Latina no gira a la derecha, en ALAI, América latina en movimiento, 11 de febrero de 2010.
[26]. Argentina, Brasil y Uruguay, que empezaron más tarde a restablecer la democracia formal, completaron ese proceso antes de elegir gobiernos progresistas, mientras que en Chile esa etapa previa se estancó antes de concluir. Ese estancamiento propició el ambiente de inmovilismo que, a su vez, predispuso a votar por otras opciones, incluida la de la “nueva” derecha.
[27]. Las izquierdas latinoamericanas no disponen de nada similar. Si bien sus encuentros pueden dar ocasión a meritorios ejercicios reflexivos, no cubren ese ambicioso espectro de homologación estratégica, formación de cuadros y coordinación operativa.
[28]. Dante Caputo calificó ese evento como un golpe “correctivo”: los militares intervinieron para devolver el gobierno a la oligarquía tradicional, sin quedarse en el poder. Aún así, la comunidad internacional sancionó el golpe de formas que también perjudicaron los intereses de esa oligarquía; los golpistas de uniforme después fueron destituidos y el golpe, a la postre, no diluyó sino que levantó un movimiento de resistencia social capaz de defender las modestas conquistas sociales antes obtenidas por el pueblo hondureño.
[29]. Ver Luis Bilbao, América Latina no gira a la derecha, cit.
[30]. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, edición crítica del Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana, Era, México, t. III, p. 82-83.
Gramsci, por supuesto, debe haber escrito estas líneas teniendo en mente a Benito Mussolini, como nosotros las releemos teniendo a la vista a Berlusconi y a sus caricaturas de ultramar, como Martinelli. ¿No decía Marx que en la historia estas cosas ocurren una vez como tragedia pero si luego se repiten lo hacen como farsa? Si bien Piñera declara que no es ese su modelo sino el de Sarkozy, cabe que lo haga para guardar las apariencias, ya que el francés goza de mejor aceptación en otros lares.

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Viernes, 26 Marzo 2010 06:14

El enemigo de Sarkozy

Las derrotas son un imán invertido: alejan a los amigos, despiertan a los enemigos durmientes y animan a manifestarse a una corte subterránea de ex aliados y de críticos que se habían mantenido en silencio. El encontronazo con las urnas que la derecha gobernante vivió en las elecciones regionales del domingo pasado le ha deparado al presidente francés una semana de poderosos vientos en contra. Su propio campo se levantó contra él, la prensa devoró a Nicolas Sarkozy como su plato más exquisito, su primer ministro, François Fillon, plantó ante el mandatario sus altísimos niveles de popularidad y, ayer, el ex primer ministro Dominique de Villepin, enemigo irreconciliable de Nicolas Sarkozy, agregó una estocada más contra el presidente.

El adversario más tenaz del presidente anunció la creación de un movimiento político “libre e independiente” con el que vuelve a poner un pie en la arena política, luego de las tribulaciones en los tribunales derivadas del caso Clearstream, donde fue procesado por una querella presentada por el mismo Sarkozy. “He decidido crear un movimiento político libre e independiente, abierto a todos, por encima de las divisiones partidistas”, afirmó Villepin. Desde hace varios meses, de forma velada, De Villepin se viene insinuando como una alternativa a la presidencia francesa para las elecciones de 2012. De Villepin eligió el momento ideal para oficializar su ingreso en la batalla política. Cuatro días después de la derrota de la derecha en las elecciones regionales, este miembro del partido presidencial UMP (Unión para un Movimiento Popular) arremetió profusamente contra la política de Sarkozy. Sin nombrarlo ni una sola vez, De Villepin dijo que se sentía “incómodo con la política llevada a cabo por la mayoría” y fustigó la política presidencial en vigor desde 2007. Cuando analizó la derrota en la consulta regional, el ex jefe de gobierno consideró que ésta refleja “el fracaso de una estrategia y el fracaso de una política”. Según De Villepin, esa derrota fue la de un “partido único” que no permitió reagrupar al electorado y se debió a una “política de dispersión de reformas en todas las direcciones”.

Dominique de Villepin también expuso su alegato contra las medidas tomadas por Nicolas Sarkozy desde el lunes pasado. El mandatario leyó los resultados de las elecciones hacia adentro, es decir, que lo primero que hizo fue modificar la composición de su gabinete para aplacar la rebelión que surgió en el seno mismo de la derecha. Luego, Sarkozy reiteró que mantendría “el rumbo de las reformas”, entre ellas la del sistema de jubilaciones y la de la Justicia. “No creo que la respuesta tras las elecciones sea la que esperaban los franceses. No son los conciliábulos en los palacios o en el Parlamento, los arreglos técnicos o cambios de personas lo que se espera”, dijo De Villepin. Hábil lector de lo que se expresó en las urnas y de la nostalgia de algunos sectores de la derecha, el ex jefe del Ejecutivo pidió que se volviera a “los fundamentos” de Francia, que son “la república, la nación y el Estado”, y a “un equilibrio institucional y al pluralismo del poder”.

El enfrentamiento judicial entre De Villepin y Sarkozy no ha concluido. Ambos proyectaron su adversidad al terreno judicial en el marco del caso Clearstream. Se trata del mayor escándalo político-judicial de los últimos años y sus dos principales protagonistas son Sarkozy y De Villepin. Clearstream es una vasta y maliciosa manipulación política para desestabilizar la carrera a la presidencia del actual jefe de Estado. Mediante listas falsas con nombres de personas que supuestamente tenían cuentas abiertas en la empresa luxemburguesa Clearstream se intentó implicar a Nicolas Sarkozy en una trama de corrupción. Pero todo era falso. El presidente señaló a De Villepin como responsable de la maquinación y presentó una querella ante la Justicia. A fines de enero pasado, el tribunal correccional de París absolvió a De Villepin. Sin embargo, la fiscalía presentó un recurso y el caso volverá a pasar ante los tribunales el año que viene. La absolución y la estrategia que consistió en presentarse como una “víctima” de Nicolas Sarkozy restauraron la imagen de Dominique de Villepin. El hombre pasó de un 8 por ciento de las intenciones de voto al 44 por ciento de los franceses que, hoy, lo prefieren a Sarkozy (38 por ciento). El peso político de De Villepin es, sin embargo, incierto. Tal vez ambos antagonistas diriman su hostilidad en las urnas, quizá sea en los tribunales. Parece más amenazante la figura del actual primer ministro. François Fillon acumula puntos sustanciales de cara a la opinión pública con más de 12 puntos de popularidad por encima de Nicolas Sarkozy.

Por Eduardo Febbro
Desde París
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Viernes, 05 Marzo 2010 09:56

Los grupos ultras se multiplican en EEUU

La ultraderecha estadounidense resurge de manera alarmante un año y dos meses después de la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. El último informe del Southern Poverty Law Centre (SPLC), el grupo de derechos civiles más importante de EEUU, afirma que los grupos de extremistas "patrióticos" ha aumentado en un 244% con respecto a 2008.

Según el SPLC el número de estos grupos alcanza niveles históricos, incluso pese a que la segunda formación neonazi del país se disolvió en 2009. De los datos se desprende que los grupos anti inmigración han crecido un 80% y que los denominados grupos patrióticos han vuelto a niveles de los años 90.

La explicación está, según la organización, en las teorías conspiratorias que propagan algunos medios ultraconservadores como Fox News y el sentimiento de rabia contra el Gobierno por la crisis económica.

El informe hace hincapié en que todos estos nuevos extremistas mantienen lazos muy estrechos con las bases políticas más conservadoras. Aquí entran en juego organizaciones como el Tea Party, que fue noticia recientemente por la devoción que han depositado en la ex gobernadora de Alaska, Sarah Palin.

La persona que una vez fue candidata a la vicepresidencia del Gobierno, ha repetido en infinidad de ocasiones cosas como que Obama es "amigo de los terroristas". El documento evita calificar al Tea Party como extremista, pero alerta de que "se alimentan a base de una ideología radical, teorías conspiratorias y racismo".
Ruptura del entramado conservador

La victoria de Barack Obama supuso la derrota no sólo del Partido Republicano y de la era Bush, sino de toda la maquinaria conservadora que existe detrás de él. Lobbies, Think Tanks, empresas, universidades, escritores, políticos y medios que habían conseguido construir un lenguaje único para producir una corriente de pensamiento ultraconservador que perdurara durante generaciones.

Todos se vieron hundidos por la llegada a la Casa Blanca del primer presidente negro de EEUU. Pero su estructura financiera e ideológica es tan fuerte que en tan solo un año y tres meses han conseguido recuperarse.

Son muchos los pensadores que han achacado a la izquierda estadounidense una debilidad intelectual endémica. Carecen de fondos, organización y una línea clara.

Gracias a ello, los conservadores han florecido consiguiendo dar la vuelta a cualquier tipo de razonamiento político progresista con el más simple de los argumentos: la diferencia entre el bien y el mal. Esta diferenciación, por ejemplo, era una constante en los discursos de Bush.

A Obama se le ha atacado desde estos sectores incluso antes de que fuera elegido candidato por el Partido Demócrata para las elecciones de 2008. Se le acusó de ser un elitista, mientras Joe McCain gastaba zapatos de Ferragamo valorados en 520 dólares.

Se extendió la idea de que era musulmán. Se llegó incluso a decir que era el mismísimo anticristo. Y en mayor o menor medida se ha tratado de difundir la idea de que Obama es racista con los blancos.

Glenn Beck

Una vez en la Casa Blanca, cada gesto que ha hecho ha sido interpretado como una medida encuadrada dentro de una estrategia global para acabar con el país. Glenn Beck, presentador de la cadena Fox News, propiedad del magnate de la comunicación Rupert Murdoch, es uno de los principales exponentes de esta corriente.

Beck ha hablado en su programa, The One Thing, de la supuesta voluntad de Obama de acabar con la supremacía de EEUU a nivel mundial y someter al país a un gobierno global, encabezado por él mismo. Ha llamado en numerosas ocasiones a los ciudadanos a organizarse contra el presidente y acudir a los Tea Parties.

Ha comparado la reforma sanitaria propuesta por la nueva administración con el 11-S. Dijo que Obama "odia a los blancos" para justificar el ataque de dos estudiantes negros a otro blanco en un autobús en Illinois. Y llegó a asegurar que el presidente estaba montando campos de concentración a lo largo y ancho del país. Nunca pudo demostrarlo.

Hay una cosa que Beck consigue manejar a la perfección concatenando vídeos, declaraciones y recurriendo a los padres fundadores. Hacer creer que el supuesto progresismo de la administración Obama es, simplemente, comunismo. Comunismo a la antigua. El de los rusos, los espías y los misiles de Cuba.

Vuelta a los años oscuros

La línea editorial de Fox News va acorde con la de su dueño.  El propio Murdoch dijo en una entrevista en Australia que Beck tiene razón al llamar racista a Obama. La Casa Blanca respondió declarando la guerra a la cadena. Pero esto ha servido para hacer de presentadores como Beck víctimas de una supuesta persecución por decir nada más que la verdad.

El ex presidente Jimmy Carter dijo en septiembre del año pasado que el presidente de EEUU estaba sufriendo una campaña racista en su contra. Antes de las elecciones, varios supremacistas blancos fueron detenidos porque planeaban atacar al presidente.

Un informe de 2008 concluía que, pese a que había una tendencia creciente a la organización de nuevos grupos de odio, no era algo importante. En 2009 esos grupos se multiplicaron pasando de ser 149 a 512 según el SPLC. Un viejo problema con el que seguro que Obama no contaba. Que la sociedad estadounidense volviera a refugiarse en la oscura caverna de los 80 y principios de los 90.
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Viernes, 05 Febrero 2010 06:43

Más que un simple videojuego

El presidente Barack Obama da un golpe de Estado, disuelve la Constitución y el país para establecer la Unión de América del Norte con ayuda del presidente Felipe Calderón y el primer ministro canadiense Stephen Harper. Todo empieza cuando Obama sostiene conversaciones clandestinas durante 2010 con Calderón y Harper. Ante una masiva derrota electoral de los demócratas en las elecciones legislativas de este año, en parte por sospechas sobre las pláticas secretas, Obama decide actuar antes de la asunción de la nueva mayoría conservadora en ambas cámaras del Congreso. Anuncia que el nuevo Congreso no sesionará, disuelve el país, instaura la Unión de América del Norte e implementa la prohibición de armas de fuego conforme a un nuevo tratado global de la Organización de Naciones Unidas. Despliega tropas de defensa civil en la emergencia, mientras figuras públicas conservadoras (sobre todo las de televisión y radio) son desaparecidas o asesinadas en campos de concentración del gobierno. Obama se declara el “legendario imán perdido”. Según el juego: “¡El golpe marxista ha empezado! Era obvio que los empleados y zares de Obama eran seguidores de Marx”.

En ese Estado policíaco todo depende de patriotas rebeldes que tendrán que buscar la forma de rescatar al país. Millones se sublevan y así comienza “la segunda Revolución”. El enemigo incluye a líderes demócratas del Congreso y altos funcionarios, y nacionalistas negros, como “los Tigres Negros”, que son algo así como una guardia personal de Obama.

Diseñadores libertarios. Es un juego de video online diseñado por libertarios conservadores en Brooklyn hace un par de meses, y el jugador tiene la responsabilidad de sumarse a la revolución para combatir a las fuerzas antipatrióticas que se han robado al país. Se llama 2011: Obama’s Coup Fails (“2011: Fracasa golpe de Obama”).

Pero no es sólo un juego. Lo que lo vuelve más serio es que es una ventana a lo que es un creciente, cada vez más poderoso y diverso movimiento de base ultraconservador en este país que ya provoca preocupación a las cúpulas y hasta impacto político nacional. Aunque los diseñadores del juego anuncian que es sólo entretenimiento lleno de acción con un tono satírico, advierten que “si los eventos actuales continúan transpirando así, entonces el golpe de Obama 2011 podría, en los hechos, convertirse en un capítulo oscuro de la historia estadounidense”.

Los diseñadores han afirmado en entrevistas con Wired y por separado con Mother Jones que “detestamos igualmente a republicanos y demócratas”, y que planean otro juego en el que el objetivo es emboscar a George W. Bush (aunque no han cumplido con esa promesa). O sea, justo lo que piensa una amplia corriente de este movimiento.

Los de este movimiento son los que lograron el triunfo en la elección legislativa especial para el escaño del senador Edward Kennedy, donde un desconocido conservador triunfó sobre la poderosa maquinaria del Partido Demócrata, lo cual sacudió al gobierno de Obama y el liderazgo del Congreso en Washington. También son quienes han logrado manifestaciones nacionales de decenas de miles en Washington, pero que también han sido la cara popular de esfuerzos para derrotar y debilitar la agenda política de Obama en innumerables pueblos y ciudades en varios puntos del país.

Aunque inicialmente descartados como extremistas locos porque portaban mantas o expresaban consignas acusando a Obama de ser socialista, musulmán clandestino, hitleriano, extranjero africano, enemigo de la libertad y más, el hecho es que sus números e influencia, como su organización descentralizada, continúan creciendo al sumarse gente más moderada al compartir la misma sospecha de que Washington y Wall Street tienen secuestrado al país, y que el gobierno no sólo no representa sus intereses, sino que es el enemigo de la libertad y de los valores estadounidenses.

Son identificados como el movimiento del Tea Party, lo cual no es un partido, sino que la palabra “party” también es “fiesta” o reunión social, y es en referencia a una acción de desobediencia civil al inicio de la revolución de independencia por los colonos contra la imposición de impuestos sobre el te por Gran Bretaña. Estos se treparon a buques de carga británicos en el puerto de Boston desde donde tiraron baúles de té al agua. Fue parte de la rebelión que llevaba la consigna de “no a impuestos sin representación”, o sea, se rehusaban pagar impuestos a un gobierno en el cual la ciudadanía no tenía representación política, y es la misma consigna que se aplica ahora.

Todos los días hay nuevas asociaciones que se identifican como parte del movimiento de Tea Party, espantando cada vez más a los demócratas pero también inquietando a los republicanos, ya que la ira y el repudio es contra los gobernantes en Washington en general, sin importar, necesariamente, el partido.

De hecho, ahora los dirigentes republicanos están tratando de incorporar, y no imponerse sobre esta bases. Por cierto, algunas encuestas recientes indican que si de repente existiera un Partido de Té, su popularidad sería mayor de la que goza el Partido Republicano, reporta el periodista Ben McGrath en The New Yorker. “Y después de la derrota en Massachusetts es evidente cómo Obama y otros analistas subestimaron la fuerza del movimiento, como la extensión del resentimiento que lo nutre. Al enfocarse en las pancartas más exageradas y burlándose de las pugnas internas de los Tea Party, ignoraron la gradual consolidación del movimiento”, agrega McGrath.

Este movimiento tomó prestado muchas de las tácticas de los movimientos progresistas de las últimas décadas, con algunos caracterizándolo como el primer movimiento populista de ala derecha de estos tiempos. De repente, se insertó en la dinámica política nacional. O sea, ya no es sólo un juego (el cual se puede ver en: www.usofearth.com/2011-oba m as-coup-fails.php http://www.uso fearth.com/2011obamas-coup-fails.php).

* De La Jornada de México. Especial para Página/12.
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Conservador, “outsider” y mediático: ése fue el perfil que el ex presidente Fernando Collor de Mello (1990-1992) vendió a los electores brasileños hace 20 años, una imagen en muchos aspectos similar a la del futuro presidente chileno Sebastián Piñera.

Las analogías cosméticas entre Collor de Melo y Piñera son materia de análisis para expertos en mercadeo electoral, pero la victoria conservadora en Chile es un ingrediente que probablemente contaminará la disputa presidencial en Brasil.

Habrá una puja entre el discurso del oficialista Partido de los Trabajadores (PT) para el cual lo ocurrido en Chile no puede ser trasladado a Brasil, como dijo este fin de semana en Bolivia el asesor presidencial Marco Aurelio García, y la coalición opositora, de socialdemócratas y conservadores, que establece paralelos entre los procesos electorales de ambos países.

Lo cierto es que el “factor Piñera” ya se coló en la disputa por la sucesión del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. La campaña fue lanzada de hecho por Lula en una reunión de gabinete de la semana pasada, cuando recomendó a sus aliados conformar un frente unido en respaldo de la candidata petista Dilma Rousseff, para evitar repetir la triple fractura chilena, donde el progresismo llevó como candidatos a Eduardo Frei Tagle, Marco Enríquez-Ominami y Jorge Arrate.

Contrastando con la preocupación de Lula y el PT ante el nuevo mapa político chileno, la derecha brasileña se muestra optimista.

Y es que el acaudalado Piñera suscitó una adhesión casi unánime en el pétreo bloque de poder conservador brasileño (político, empresarial e ideológico), el mismo que se encuadró a favor de Collor de Mello hace 20 años.

Para los “piñeristas” brasileños, el resultado de las presidenciales trasandinas del 17 de enero marcaron el “agotamiento” de 20 años de centroizquierdismo representado por la Concertación y presagia el fin del ciclo progresista iniciado por Luiz Inácio Lula da Silva en 2003.

Demócratas, el partido donde se reciclaron los cuadros civiles de la dictadura brasileña y uno de los soportes parlamentarios del efímero mandato de Collor, eyectado del gobierno por corrupción, comparó la fallida elección de Eduardo Frei Montalva con el destino que le aguarda a Dilma Rousseff, la casi segura candidata del Partido de los Trabajadores (PT).

Así como la presidenta Michelle Bachelet fracasó en el intento de inyectar popularidad en Frei, Lula no tendrá suerte al procurar transferir su aprobación del 80 por ciento en su correligionaria Rousseff, razonó el senador Agripino Maia, de Demócratas, activo defensor de Collor en los ’90 y tenido como posible candidato a la vicepresidencia en la fórmula encabezada por José Serra, el precandidato presidencial del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). Serra está a la cabeza de las encuestas con 35 por ciento de las intenciones de voto aventajando por 10 puntos a la preferida de Lula, Dilma Rousseff.

Hartos de 8 años de “lulismo”, que se cumplirán en diciembre, los “piñeristas” brasileños comenzaron a diseminar la tesis de que el “populismo” tiene los días contados en América latina, donde se avista un horizonte de “libertad y apertura al mundo” del cual el primer paso fue la victoria del dueño de Lan Chile, y el segundo, la reelección del colombiano Alvaro Uribe.

Llevemos esa proclama a los hechos. El “antilulismo” (donde cohabitan derechistas puros y los socialdemócratas liberales del ex presidente Fernando Henrique Cardoso) es un arco surgido hace dos décadas cuando fue necesario fabricar la candidatura de Collor (por entonces un caudillo de provincia ignoto en los centros urbanos, para abortar el triunfo del sindicalista Lula da Silva) que ahora se recicla juntando esfuerzos para contaminar el debate electoral con el “efecto demostración” de la victoria de Piñera.

Y así como en 1989 se elogiaban los perfiles atléticos de los candidatos presidenciales Collor (ex karateca) y Hernán Buchi (cuadro económico del pinochetismo y ex tenista), ahora el marketing pregona enterrar el “asistencialismo” hacia la población humilde y las relaciones amistosas con los gobiernos de Morales, Chávez y Lugo.

Una fuente del PT, consultada por Página/12, ve en Piñera un socio poco confiable que amenazará la consolidación de la Unión de Naciones Suramericanas y formará, junto a Uribe y Alan García, una troika tan próxima a Washington como refractaria a la edificación de un espacio autónomo en América del Sur.

Con todo, el vocero petista estima que Chile carece de la envergadura suficiente como para determinar que América del Sur giró a la derecha. Habrá que aguardar el resultado del 3 de octubre en Brasil: por allí pasa el fiel de la balanza.

 
 Por Darío Pignotti
Desde Brasilia 
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Hasta hace apenas dos meses, nadie movía un dedo en Santa Cruz de la Sierra, en el este de Bolivia, sin que lo aprobara Branko Marinkovic, el magnate local del aceite y factótum del movimiento autonomista que puso contra las cuerdas a Evo Morales. Pero por su finca de 14.000 hectáreas ya no se ve a sus familiares ni a sus obreros: acaba de ser confiscada por el Instituto para la Reforma Agraria y ahora está bajo el control de indígenas guarayos.

Monasterios es otro apellido ilustre en el este boliviano: controla la cadena de televisión Unitel, la más importante de la región, la que otorga y quita la etiqueta de respetabilidad. Pero, de repente, 2.800 de sus hectáreas también acaban de ser repartidas entre los indígenas.

La gran victoria electoral de Evo Morales, que el pasado 6 de diciembre fue reelegido con el 64% de los votos, ha supuesto una aceleración de sus reformas, sobre todo en los feudos de la oposición. Marinkovic y Monasterios fueron expropiados apenas dos semanas después de los comicios, aprovechando el desconcierto de la oposición, que había construido en el este rico del país su trinchera contra el Gobierno izquierdista del Movimiento al Socialismo (MAS).

"Estos no van a ser casos aislados: el proceso revolucionario está en marcha acelerada", explica Betty Tejada, diputada electa del partido de Morales por Santa Cruz. "Todo esto forma parte de lo que el presidente llama revolución democrática, sin armas y en el marco de un Estado de derecho, socialista, comunitario, descentralizado y con autonomías", agrega.

Para abril están convocadas las elecciones autonómicas, en las que Morales aspira a rematar su aplastante victoria de diciembre. Para ello, ha colocado como objetivo prioritario Santa Cruz, donde hasta hace muy poco los militantes del MAS eran casi invisibles. "Vamos a acelerar el proceso aquí. Muchas fincas fueron distribuidas de forma discrecional durante la dictadura", afirma Fernando Valdivia, coordinador de la Casa de las Culturas de la Patria Grande, poderoso movimiento social de la constelación que gira alrededor del MAS.

Resultado incierto
Casi nadie cree que el salto sea tan espectacular como para que el MAS gane incluso en el corazón de la oposición y centro de la Media Luna, nombre con el que se conocen las regiones orientales que a punto estuvieron en 2008 de ir a la guerra contra Morales. Pero la frenética acción del Gobierno en la provincia expropiaciones incluidas y el desconcierto de la oposición hay nueve precandidaturas opositoras para el puesto de gobernador hacen que, por vez primera, el resultado aquí no esté escrito de antemano.

Los opositores más duros se han atrincherado en el Comité Cívico Pro Santa Cruz, que sigue controlando entre bastidores Marinkovic y que llama al enfrentamiento total frente al "Gobierno totalitario". En su majestuosa sede de la calle Cañada Strongest, en el centro de la ciudad, su primer vicepresidente, Guido Nayar, define el proyecto de Evo en términos apocalípticos: "Estamos ante un Gobierno totalitario en plena ebullición, con presos políticos, confiscaciones, y la gente muriendo de diarrea y desnutrición. Esto es un Estado policial. Si hay que compararlo con algún Gobierno es el de Stalin", desgrana mientras acaricia su tupido bigote.

Nayar es un hombre fornido, acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Fue ministro de Interior con Hugo Bánzer, cuando el antiguo dictador regresó al poder en unas elecciones (1997-2001) y está horrorizado ante una situación para él insólita: "Las confiscaciones son una muestra de lo que viene, una manera de demostrar quién tiene ahora el poder. El problema es que han contado un cuento al mundo y se lo han tragado. Aquí ya no hay ni libertad de prensa", sostiene, a pesar de que la gran mayoría de medios de comunicación son rabiosamente antigubernamentales.

Frente a la sede del Comité se lee una pintada: "Evo morirá en Santa Cruz". Y muchas otras de tono parecido se extienden por las esquinas de esta ciudad caótica y llena de vida, con cierto aire de Sin City con sus casinos y salas de fiesta dudosas a la vista de todos, que en apenas medio siglo ha pasado de 50.000 habitantes a 1,5 millones. 

El salto espectacular de la población es un buen indicador de su dinamismo: la región aporta ahora el 30% del PIB boliviano, casi todo el petróleo y el gas y la gran mayoría de la producción agropecuaria. De ahí que la patronal Cainco sea tan importante. Sus directivos siguen siendo muy críticos con el Gobierno, pero tras su espectacular triunfo se han distanciado de los postulados radicales del Comité.

Las quejas de Cainco son aún contundentes, pero se plantean en términos distintos: "Estamos preocupados porque el modelo económico cruceño exige seguridad jurídica y porque para ser rentable la producción agropecuaria requiere fincas. Aquí todo el mundo está enraizado a propiedades que se ganó y ahora todo parece amenazado", expone David Suárez, economista jefe de Cainco desde la séptima planta de la sede patronal. 

"Las clases privilegiadas de aquí no han entendido la fuerza del proyecto de Evo y ahora ya empieza a ser tarde para ellos", susurra Roland Méndez, hombre fuerte de la alcaldía de Santa Cruz y ex director del periódico opositor El Mundo. "La realidad es que, aunque la oposición gane en abril, la política la marcarán los consejeros del MAS, que en diciembre ya se impuso en 11 de los 14 departamentos de la región", advierte.

Ofensiva total
La ofensiva de Evo no se limita a la confiscación de tierras, justificada oficialmente porque no cumplen la función social exigida por ley o porque los dueños no pueden demostrar su origen legítimo. Es muchísimo más amplia y en tantas direcciones simultáneas que desconcierta a muchos de sus propios seguidores: cambio de discurso de martillo de la autonomía cruceña a apasionado defensor, fichaje de políticos que hasta ahora denunciaba como oligarcas el ex alcalde Roberto Fernández disputará ahora la alcaldía bajo la bandera del MAS, apertura de procesos judiciales contra las autoridades locales que se le resisten medio Gobierno regional está en los tribunales a instancias de la Fiscalía Y un ambicioso plan de compra o creación de empresas para disputar el poder económico a las familias de siempre.

Algunas empresas adquiridas en Santa Cruz o en La Paz son importantísimas y afectan a sectores estratégicos: la aceitera Gravetal, el periódico La Razón el más importante del país, comprado al grupo Prisa, la televisión ATB Hay muchos otros ejemplos y el diseño lo traza Venezuela: la mayor parte de los capitales proceden del país ahora hermano, el más odiado por los sectores reacios a los cambios que impulsa Evo Morales.

El consulado venezolano en Santa Cruz es tan discreto que encontrarlo se convierte en una odisea. No hay signos externos en el edificio que lo identifiquen como tal, pero su interior parece un museo bolivariano: por doquier fotografías de Simón Bolívar, el Che Guevara y Hugo Chávez.

"Dinero fresco venezolano" 
"Se está haciendo aquí lo mismo que en Venezuela: tratar de crear alternativas económicas para no depender de las mafias locales y garantizar servicios básicos, que pasan a ser considerados derechos humanos", explica un enlace clave con Venezuela, quien añade: "Esto sería imposible sin el dinero fresco venezolano".

Pese a todo, a la socióloga Helena Argirakis, alto cargo del Ministerio de Autonomías, la ofensiva de Evo le parece insuficiente: "El Gobierno es demasiado lento. La derecha cruceña está dispersa y en su momento más bajo, pero de ninguna manera derrotada. Es una derecha feudal, medieval, con casos de esclavismo, y la estructura de poder aún está intacta", lamenta.

¿Hay posibilidades, pues, de que reaparezca la versión más violenta de la Unión de Jóvenes Cruceñistas, que el MAS tildó siempre de hordas racistas, fascistas e imperialistas, integrada por criminales que apaleaban indígenas y saqueaban sedes del Gobierno? Es muy difícil: la mayoría de sus líderes acaban de ser cooptados por la nueva estrategia del MAS. Ahora están al servicio de Evo. 

PERE RUSIÑOL - ENVIADO ESPECIAL -


El mayor crecimiento de América Latina
El Center for Economic and Policy Research (CEPR), prestigioso think-tank progresista con sede en Washington, acaba de presentar un informe muy elogioso sobre la evolución económica de Bolivia bajo la presidencia de Evo Morales. El estudio, dirigido por el director del centro, Mark Weisbrot, subraya que Bolivia es el país latinoamericano que más creció en 2009 –entre el 2,9% y el 4%, según si la cifra es del FMI o del Gobierno boliviano- y lo atribuye a las políticas del Ejecutivo: “Sin la decisión del Gobierno de retomar el control de los recursos naturales del país, no hubiera sido posible”, sostienen los economistas estadounidenses. “El estímulo fiscal de Bolivia fue mucho mayor que el de EEUU”, opina el CEPR, que calcula que la inversión pública pasó del 6,3% del PIB en 2005 al 10,5% en 2009. “[La intervención pública] fue la política más importante que ayudó a Boliva a evitar los peores efectos de la recesión, que ha sido menor que en el resto de la región”, señala el documento. Desde que Morales llegó al poder, en 2005, el crecimiento medio del PIB ha sido del 4,9% y los ingresos del Gobierno se han incrementado tras la renegociación con las petroleras. El Estado recaudó 3.500 millones más en cuatro años procedentes de los hidrocarburos, que según el informe se han destinado mayoritariamente a programas sociales.  

 
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