Marxismo ecológico, elementos teóricos

Uno de los puntos de partida en la búsqueda de algún atisbo político-ecológico en la obra de Marx y Engels, es el análisis que los fundadores del materialismo histórico hacen del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza mediada por el trabajo.

A pesar de los prejuicios en el ecologismo en relación con la teoría marxista, cabe resaltar los diversos pasajes en los cuales Marx y Engels analizaron los vínculos entre el mundo social y el mundo natural (Sabbatella y Tagliavini, 2011a), específicamente, el intercambio material que existe constantemente entre la sociedad y la naturaleza mediante la actividad productiva del ser humano, la cual se sustenta de la misma naturaleza a la que transforma y por la que es transformado(Arias Maldonado, 2004, p. 78). La teoría marxista identifica al ser humano como parte de la naturaleza, no como esta creada para el ser humano. Como menciona Schmidt: “la naturaleza es para Marx un momento de la praxis humana y al mismo tiempo la totalidad de lo que existe”(1977, p. 23).

     El trabajo permite crear las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida humana en la naturaleza, es la actividad que permite al ser humano, a diferencia de los demás seres vivos que pueden adaptarse de manera orgánica al medio natural, sobrevivir a este medio(Bosch, Carrasco y Grau, 2005, p. 329). Por medio del trabajo se actúa sobre la naturaleza, de esa forma se crea una realidad objetiva externa la cual da sentido y fundamenta la existencia del ser humano(Ortega Hernández, 2018, p. 4). Además, como señala Arias Maldonado: “la transformación de la naturaleza a través del proceso del trabajo es, a fin de cuentas, el origen y motor de la historia en el materialismo histórico marxista” (2004, p. 63).Es decir, el estudio de la historia de la sociedad parte del análisis del intercambio material entre el ser humano y la naturaleza. “Es a partir de este a priori social como Marx puede construir toda una concepción de la sociedad, constituyendo una teoría verdaderamente comprensiva de la totalidad social” (Koppmann, 2013, p. 30).

Para Marx la transformación de la naturaleza externa al ser humano es, al mismo tiempo, una transformación de su naturaleza interna. La relación del ser humano con su naturaleza externa es dialéctica, pues el ser humano no solo transforma el medio, sino que, al hacerlo, se transforma a sí mismo en sus propias relaciones interespecíficas (Foladori, 2005, p. 123). Por ende, en la teoría marxista deja de tener fundamento la consideración del ser humano como un ente abstracto y totalmente aislado. La ciencia (marxista) de la sociedad adquiere un nuevo concepto de naturaleza, reunificando la ciencia natural con la ciencia de la sociedad en la medida en que ambas constituyen la ciencia de los seres humanos en el mundo social (Koppmann, 2013, p. 30).

La naturaleza contiene desde el punto de vista del análisis marxista un elemento objetivo y otro subjetivo. Como señala Foladori, el elemento objetivo está dado por las características materiales del medio, por ejemplo, la biodiversidad, mientras que el elemento subjetivo está dado por el hecho de que la biodiversidad sea apropiada yexplotada, y las consecuencias ambientales de su transformación y destrucción afecten de forma desigual a los diferentes grupos y clases sociales (2005, p. 123).En los Tomos I y III de El Capital, expuso Marx las consecuencias diferenciadas de la apropiación de las características materiales del medio, específicamente en relación con el desarrollo de la agricultura moderna del sistema capitalista: la acumulación en pocas manos de grandes extensiones de tierra tiene como consecuencia el desplazamiento rural y, por consiguiente, el hacinamiento urbano de los desposeídos y la disminución gradual de los medios de vida (Bellamy Foster, 2000, pp. 240-241).Marx no analizó la agricultura de manera abstracta, sino el desarrollo de la agricultura capitalista en una sociedad dividida en clases antagónicas, haciendo énfasis en la producción de plusvalía mediante la explotación tendencialmente creciente de la naturaleza y la clase trabajadora, objetivo último de las fuerzas productivas en el capitalismo (Pérez y Ramírez Chaves, 2020, pp. 61-62).

Fue Marx el primer economista en incorporar en su estudio de la sociedad capitalista las nociones de energía y entropía, que surgen de la primera y segunda leyes de la termodinámica. Por ende, su análisis de la ruptura del metabolismo entre los seres humanos y el suelo, parte del “resultado del traslado de alimentos y fibras a la ciudad, donde los nutrientes extraídos del suelo, en lugar de regresar a él, terminan contaminando el aire y el agua” (Bellamy Foster,citado en Boltvinik, 2015, p. 21). Marx subrayó la naturaleza y el trabajo como fuentes de la riqueza, distinguiendo y criticando a quiénes consideraban únicamente al trabajo como fuente de toda riqueza. En general, la naturaleza en la obra de Marx adquiere un carácter fundamental, entendida ésta como la fuente de los valores de uso, que al final son los que verdaderamente integran la riqueza material.Y especial énfasis hace Marx en la irracionalidad de la propiedad privada de los bienes naturales, cuando la función de la humanidad es su conservación para garantizar el sostenimiento (generacional) de la especie humana sobre la Tierra:

Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias [buenos padres de familia], a las generaciones venideras (Marx, 2009, p. 987).

ParaSacristán, generaciones de marxistas profundizaron su análisis, por ejemplo, en cuestiones relacionadas con la tecnificación de la agricultura o la reducción de la población agrícola en relación con los pasajes acerca de la agricultura capitalista en El Capital, “pero sin reparar en lo que decían acerca de la relación entre la especie humana y la naturaleza” (1984, p. 46). No obstante, la desestabilización del metabolismo sociedad-naturaleza a escala planetaria debido al proceso de acumulación infinita de capital, conllevó a una fundamentación más ecológica de la teoría marxista, resaltando la importancia del intercambio material y las consecuencias en las relaciones de clase de la apropiación desigual de las condiciones materiales (Bellamy Foster, 2017, p. 96). Teniendo en cuenta que “los problemas de ecología política son problemas prácticos, no ideológicos” (Sacristán, 1984, p. 40), la teoría marxista ha influido en la práctica ecológica, y la ecología ha influido en la práctica socialista. Por ende, la relación entre la teoría marxista y la ecología ha sido compleja, interdependiente y dialéctica (Bellamy Foster, 2017, p. 88).

     Respecto al marxismo ecológico en sí, fue James O’Connor (2001) quien acuñó el término basándose en el metabolismo sociedad-naturaleza de la teoría marxista y analizando la inminencia de crisis económicas derivadas de la subproducción de capital que la apropiación y destrucción de la naturaleza suscita. Lo anterior, debido a la degradación de las condiciones naturales de producción, cuyos costos ecológicos disminuyen la rentabilidad del capital (Boltvinik, 2015, p. 25). A lo anterior, O’Connor le llamó la segunda contradicción del capitalismo.

La segunda contradicción del capitalismo

O’Connor (2001) distingue el origen de las crisis económicas en la teoría marxista tradicional del origen en la teoría marxista ecológica. Para la teoría marxista tradicional, el origen de las crisis económicas es la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Es decir, la contradicción entre la producción y la realización (o apropiación) del valor y la plusvalía. Para la teoría marxista ecológica, el origen de las crisis económicas es la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, por un lado, y las condiciones naturales de producción, por el otro. Dichas contradicciones son denominadas primera y segunda contradicción del capitalismo, respectivamente.

     Marx distinguió tres tipos de condiciones naturales de producción (O’Connor, 2001): (1) las condiciones físicas externas (condiciones naturales); (2) la fuerza de trabajo (condiciones personales); y, (3) el medio construido (condiciones comunales). Las condiciones naturales de producción no son producidas de manera capitalista, sin embargo, el capital las trata como si fuesen mercancías. Por lo tanto, “sus condiciones de oferta (cantidad y calidad, lugar y tiempo) tienen que ser reguladas por el Estado o por capitales que actúan como si fuesen el Estado”. En general, la base fundamental de la segunda contradicción del capitalismo es la apropiación autodestructiva por parte del capitalismo de las condiciones naturales de producción, que al final constituye la creación de límites físicos para la acumulación infinita del capital, generando una crisis de costos. El capital, para existir, debe expandirse de manera infinita, y, por ende, tiende a degradar las condiciones de su propia producción (Kovel, citado en Crevarok, 2006, p. 238). Para el capital no basta con apropiarse de la naturaleza para tratarla como una mercancía, sino “rehace[r] a la naturaleza y sus productos biológica y físicamente (y política e ideológicamente) a su propia imagen y semejanza” (O’Connor, 2000, p. 16).

     La sustentabilidad del capitalismo tambalea cuando se incrementan significativamente los costos de las condiciones naturales, personales y comunales, ya que además de la primera contradicción, el capitalismo enfrenta la posibilidad de una segunda contradicción, que está acompañada de una crisis económica (O’Connor, 2000, p. 21).El capital es incapaz de abstenerse de autodestruir sus propias condiciones naturales de producción, lo cual genera un aumento de los costos. Además, la cuestión del abastecimiento de las condiciones naturales de producción puede ocasionar un problema para la producción de la plusvalía, representando una barrera externa para la acumulación de capital (Sabbatella y Tagliavini, 2011). O’Connor señala que la crisis de costos se origina de dos maneras: primero, cuando el capital obtiene ganancias degradando las condiciones materiales y sociales de producción, sin lograr mantenerlas en buen estado durante largo tiempo. Por ejemplo, el incremento de los costos de las condiciones sanitarias de trabajo o el descenso de la productividad de la tierra. Y segundo, cuando la presión de los movimientos sociales obliga al capital a preservar y restaurar las condiciones naturales de producción (2000, p. 22).

     No obstante, la segunda contradicción no puede entenderse de manera abstracta, sino objetiva y subjetivamente según el análisis marxista. Es decir, la afectación diferenciada de la crisis según la clase social. Y en el marco de la globalización, según la marcada diferencia entre el Norte rico y el Sur pobre. No es un secreto que el capitalismo en su afán de acumular ocasiona la destrucción ecológica más descarada, e incluso que pueda lucrarse con la degradación de la naturaleza hasta llegar al punto de no-retorno (Boltvinik, 2015, p. 26). Cuando las condiciones naturales de producción del Norte empiezan a degradarse y generar tensión en la formación social capitalista, el problema es desplazado al Sur. El Sur es obligado, por ejemplo, a aceptar los residuos del Norte, someterse a severas limitaciones de producción industrial, e incluso desarrollar formas de producción ecológicamente más sustentables en nombre del desarrollo (Wallerstein, citado en Sabbatella y Tagliavini, 2011b). Lo anterior, es una característica del proceso de valorización infinito de la naturaleza en general que traspasa las fronteras del Estado-nación, pero que enfrenta las barreras físicas de las condiciones naturales de producción, más cuando la restauración de dichas condiciones lleva más tiempo del que se tardó en ser destruidas. Claramente la consecuencia de la destrucción de los bienes naturales afecta desigualmente según la clase social, independientemente si adquiere dimensiones globales.

La segunda contradicción que genera en un primer momento una crisis ecológica “constituye cada vez más la amenaza más obvia no sólo para la existencia del capitalismo sino para la vida del planeta” (Bellamy Foster, 1992, p. 167).

Pero mientras el capital encuentra en la práctica salidas a sus barreras físicoeconómicas, la población en general, y las clases trabajadoras con mayor razón, se ven sometidas, crecientemente, a vivir en un mundo cada vez más inhóspito por causa principal, aunque no exclusiva, de las relaciones mercantiles y capitalistas (Foladori, 1996, p. 133).

Por Juan Camilo Delgado Gaona | 02/03/2021

 

Referencias

Arias Maldonado, M. (2004). Prometeo desencadenado. Sobre la concepción marxista de la naturaleza. RIPS, 3(2), 61-83.

Bellamy Foster, J. (1992). La ley general absoluta de la degradación ambiental en el capitalismo. Ecología Política, 4, 167-169.

Bellamy Foster, J. (2000). La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. Ediciones de Intervención Cultural / El Viejo Topo.

Bellamy Foster, J. (2017). Marxismo y ecología: fuentes comunes de una gran transición. Contraste Regional, 5(9), 87-101.

Bosch, A., Carrasco, C. y Grau, E. (2005). Verde que te quiero violeta. Encuentros y desencuentros entre feminismo y ecologismo. En E. Tello.La historia cuenta: del crecimiento económico al desarrollo humano sostenible (pp. 321-346). El Viejo Topo.

Boltvinik, J. (2015). Límites objetivos del capitalismo, múltiples tendencias que anuncian el fin del capitalismo y paradoja de Lauderdale. Mundo Siglo XXI, 11(37), 11-26.

Crevarok, C. (2006). El capitalismo y la ‘crisis ecológica’. Lucha de Clases, 6, 235-246.

Foladori, G. (1996). La cuestión ambiental en Marx. Ecología Política, 12, 125-138.

Foladori, G. (2005). Una tipología del pensamiento ambientalista. En G. Foladori y N. Pierri (Coords.).¿Sustentabilidad? Desacuerdos sobre el desarrollo sustentable(pp. 83-136). Universidad Autónoma de Zacatecas.

Koppmann, W. (2013). Reflexiones sobre la naturaleza y la praxis en Marx. Hic Rhodus, 4, 27-38.

Marx, K. (2009). El Capital. Tomo III. Vol. 8. (11.a ed.). Siglo Veintiuno Editores. (Original publicado en 1894).

O’Connor, J. (2000). ¿Es posible el capitalismo sostenible? Papeles de Población. 6(4), 9-35.

O’Connor, J. (2001). Causas naturales. Ensayos de marxismo ecológico. Siglo Veintiuno Editores.

Ortega Hernández, M. C. (2018). Materialización del sujeto y subjetivación de la materia. Líneas de Fuga, 4, 3-6.

Pérez, C. y Ramírez Chaves, Y. La vorágine desarrollista y la crisis ecológica del capitalismo. Líneas de Fuga, 6, 55-66.

Sabbatella, I. y Tagliavini, D. (2011a). Marxismo ecológico: elementos fundamentales para la crítica de la economía-política-ecológica. Herramienta,47.

Sabbatella, I. y Tagliavini, D. (2011b). Apuntes para la construcción de una ecología marxista. IX Jornadas de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires.

Sacristán, M. (1984). Algunos atisbos político-ecológicos de Marx. Mientras Tanto, 21, 39-49.

Schmidt, A. (1977). El concepto de naturaleza en Marx. (2.a ed.). Siglo Veintiuno Editores.

Juan Camilo Delgado Gaona. Ingeniero Ambiental. Militante de la Juventud Comunista Colombiana

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Domingo, 28 Febrero 2021 05:28

Bill Gates: el clima de los billonarios

Bill Gates: el clima de los billonarios

El 16 de febrero de 2021, Bill Gates, el tercer hombre más rico del planeta, lanzó su libro Cómo evitar un desastre climático. Gates no sabía nada de cambio climático hasta hace pocos años, aunque su "huella climática" personal y empresarial es enorme, miles de veces mayor que la de cada persona de la vasta mayoría de la población mundial. Nada propone para cambiar esa realidad. Su receta es aplicar una mezcla de tecnologías extremas de alto riesgo –energía nuclear, nuevos transgénicos y geoingeniería–, mercados de carbono y fondos de inversión, y que los gobiernos apoyen a las empresas para ello con incentivos económicos, normativas a su favor e infraestructura con dinero público.

El libro no agrega nada a sus propuestas ya conocidas. Es más bien un resumen organizado para gobiernos, empresas e investigadores, en formato “como salvar el planeta para dummies” (o tontos, usado en manuales para referirse a principiantes). En una reciente entrevista con el periodista Anderson Cooper, Gates dice que el primer libro que leyó sobre clima hace 10 años, fue Weather for dummies (El tiempo para principiantes) (https://tinyurl.com/47x45b9v). En el libro aclara que además de otras lecturas, expertos como los promotores de la geoingeniería David Keith y Ken Caldeira le han estado informando sobre el tema.

La lista de tecnologías propuestas por Gates da vértigo: no duda en manipular desde los átomos a los genomas y el clima. La combinación de su mentalidad de ingeniero que ve al mundo, la naturaleza, el clima y los pueblos como partes de una máquina donde todo se puede mover con tecnología e inteligencia artificial, contrasta con sus rampantes declaraciones de fe de que nada de eso tendrá ningún problema, al menos ninguno que no pueda afrontar con más tecnología. Propone, por ejemplo, desplegar masivamente reactores para energía nuclear –que asegura que ahora no tendrán problemas como los desastres de Chernóbil o Fukushima; nuevas megaplantaciones de agrocombustibles, que al ser con semillas transgénicas y microbios de biología sintética ahora no competirán con la producción de alimentos, al igual que más plantaciones de soya y maíz transgénico para fabricar carne sintética en laboratorio, tambien con microbios manipulados genéticamente. Promueve la geoingeniería tanto para remover carbono como la geoingeniería solar. Financia la tecnología de impulsores genéticos para extinguir especies que, pese a presentarla como combate a la malaria, tiene sobre todo aplicaciones en agricultura industrial y química.

Gates afirma que el mayor desafío "para la humanidad" es llegar a reducir las emisiones de dióxido de carbono a cero en 2050. Una meta demasiado distante para no sobrepasar un aumento de temperatura global de más 1.5 grados, según el Panel de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Tanto Gates, como muchas empresas trasnacionales contaminantes y el Foro Económico de Davos, han anunciado compromisos de alcanzar "cero emisiones netas" en unas décadas. Es una trampa: Gates aclara en el libro que se refiere a emisiones cero "netas", es decir que se puede seguir emitiendo gases, incluso aumentar las emisiones, porque se puede asociar compensaciones ( offset), para que la suma sea cero. Esas compensaciones se harían con mercados de carbono y tecnologías de geoingeniería para remover carbono de la atmósfera una vez emitido. Nada de eso ha funcionado para enfrentar el caos climático, ni va a funcionar. Gates lo sabe, por ello exhorta a apoyar también el desarrollo de la geoingeniería solar para bajar la temperatura, para evitar que parte de los rayos del sol lleguen a la Tierra, como un plan B, aunque reconoce que tiene grandes riesgos.

Una de las técnicas de geoingeniería que presenta el libro es la captura directa de aire, en particular la empresa Carbon Engineering, donde Gates es inversor junto a Chevron, Occidental Petroleum y la minera BHP Billiton. La técnica requiere tanta energía para capturar y filtrar carbono de la atmósfera, que aumenta las emisiones totales de CO₂ si se tiene en cuenta todo el ciclo. Salvo con megainstalaciones de energías no fósiles, que de todos modos requerirán materiales, tierra, agua y competirán con mejores usos de tales fuentes de energía. El fundador (e inversor) de Carbon Engineering es David Keith, quien también dirige desde la Universidad de Harvard el programa de geoingeniería solar, financiado por Gates y otros millonarios. En este momento en el ojo de la tormenta por el cuestionamiento a su proyecto ScoPEx para experimentar en territorios indígenas cómo bloquear la luz del sol (https://tinyurl.com/t3wr59r5).

Aunque Gates declara que él y la Fundación Gates han retirado sus inversiones en las industrias petroleras, un ilustrativo artículo de Tim Schwab muestra lo contrario (https://tinyurl.com/dkuapxbk). Además, las empresas en las que invierte, como Microsoft y Carbon Engineering, siguen haciendo negocios con ellas. Señala, que aunque Gates promueve sus propias empresas, no es porque necesite más dinero. El punto más importante que comunica no es sobre clima, sino el poder de los milmillonarios sobre los gobiernos, para avanzar en lo que quieran, y qué éstos le pavimenten el camino.

Por Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

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Xi Jinping declara la erradicación completa de la pobreza extrema en China

El presidentechino Xi Jinping anunció hoy que China, el país más poblado del mundo, ha obtenido una “victoria completa” en su lucha contra la pobreza.

El mandatario hizo estas declaraciones al pronunciar un discurso en una reunión en Beijing para marcar los logros del país en el alivio de la pobreza y reconocer a los modelos a seguir en dicha causa.

En los últimos ocho años, 98,99 millones residentes rurales que vivían por debajo de la línea de pobreza actual se han liberado de este flagelo. Los 832 distritos empobrecidos y 128 000 aldeas en condiciones similares también se han retirado de la lista que recoge a las localidades afectadas por la miseria.

Desde la puesta en marcha de la reforma y la apertura a finales de los años setenta, 770 millones de residentes rurales han sido sacados de la pobreza, calculando sobre la base del umbral actual.

Aseguró que China ha aportado más del 70 por ciento de la reducción de pobreza global durante este período. Con tales logros ha creado otro “milagro” que “pasará a la historia”, afirmó Xi.

25 febrero 2021

(Con información de Xinhua)

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Un hombre corre en Nueva Delhi (India), una de las ciudades del mundo más golpeadas por la polución.SOPA Images / getty

Un estudio calcula las muertes que se pueden evitar con las medidas necesarias para cumplir el Acuerdo de París

Salvar millones de vidas y frenar el avance del cambio climático para dejar el calentamiento dentro de los límites menos catastróficos posibles. Es la receta que proponen los responsables de un estudio en el que se calculan los beneficios para la salud humana que pueden tener políticas climáticas relacionadas con las modificaciones en la dieta, la reducción de las emisiones que empeoran la calidad del aire y la movilidad.

El informe se centra en nueve países responsables del 70% de las emisiones de efecto invernadero mundiales y en los que vive el 50% de la población mundial, entre los que figuran los dos principales contaminantes del planeta: China y Estados Unidos. Los autores calculan que solo en esos nueve países se podrían salvar hasta 6,4 millones de vidas al año con la mejora de la dieta a partir de 2040. También, las políticas de reducción de la contaminación del aire propuestas evitarían 1,6 millones de muertes anuales y las de movilidad activa (como desplazarse más en bicicleta y andando) 2,1 millones de fallecimientos.

Para llegar a esas cifras los autores de este estudio publicado en la revista The Lancet Planetary Health parten de un escenario de cumplimiento del objetivo del Acuerdo de París de lograr que el incremento de la temperatura media del planeta se quede por debajo de los 2 grados respecto a los niveles preindustriales. Para cumplir esa meta se necesita que durante la segunda mitad de este siglo se alcancen las emisiones netas cero; y todos los países firmantes del pacto climático deben presentar planes de reducción de sus gases de efecto invernadero.

Los autores traducen esas medidas en beneficios para la salud de la población y proyectan las vidas que se pueden salvar. El ámbito en el que ven más margen de acción es en el referido a los cambios en la alimentación, que se debe transformar hacia un mayor consumo de frutas y verduras y la reducción en el consumo de carne roja y alimentos procesados, con lo que se acercan a las dietas flexiterianas (cercana a la vegetariana pero con proteína animal de forma ocasional). El estudio tiene en cuenta las diferencias locales, lo que hace que se proponga una reducción del consumo de carne roja dispar: mientras que en Suráfrica, el Reino Unido, el Brasil, China, Alemania y los Estados Unidos se plantea una disminución de entre el 86% y el 92%, en la India no se defiende que se baje debido a la poca cantidad de esta proteína que se consume allí.

Respecto a las políticas climáticas que llevarían a la mejora de la calidad del aire, el análisis apunta a que, si se cumple la meta de los 2 grados del Acuerdo de París, las concentraciones de las partículas PM2,5 relacionadas con los combustibles fósiles caerán un 73% en 2040 de media en los nueve países analizados. Esto haría que se evitan hasta 1,6 millones de muertes anuales. Por último, en lo que se refiere a la movilidad, los mayores beneficios para la salud de sus ciudadanos del aumento de los desplazamientos a pie o en bicicleta se lograrían en Estados Unidos, Suráfrica, China y el Reino Unido.

“En el fondo, el Acuerdo de París se puede considerar como un tratado de salud pública”, explica María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS. La Organización Mundial de la Salud, explica esta doctora, lleva décadas incidiendo en la relación entre cambio climático y contaminación y los problemas de salud. Pero Neira admite que en los últimos años se ha producido un boom de estudios de este tipo. “En la OMS ponemos también mucho énfasis en los argumentos positivos; es decir, que la gente vea el cambio climático como un problema, pero que también vea que existen soluciones que son positivas para la salud”, señala relación con el informe de The Lancet, una publicación con la que su organización colabora desde hace años. “Las políticas contra el cambio climático tienen beneficios que también nos ayudarán a evitar vulnerabilidades respecto a las pandemias o la calidad del aire, y que suponen beneficios económicos”, añade Neira.

“El cambio climático es un problema de salud”, resume Julio Díaz Jiménez, investigador de la Escuela Nacional de Sanidad en Instituto de Salud Carlos III. Díaz también aprecia en los últimos años un incremento de los estudios y artículos en los que se relaciona el calentamiento global, la contaminación y los problemas de salud. “Durante años hizo mucho daño que se relacionara el cambio climático solo con los osos polares y la pérdida de biodiversidad”, añade este investigador, quien aplaude la proliferación de análisis que ponen la salud en el punto de mira.

Sin embargo, Díaz cree que se debe dar un salto más y pasar de los informes con “un enfoque global” a afrontar los impactos con un “enfoque local”. Por ejemplo, se tendría que intentar que los científicos vayan más allá de los modelos en los que se cifran las muertes prematuras causadas por la polución de forma global, para analizar estos problemas de forma local y así para poder aplicar planes de acción concretos. Además, este investigador pide más acción de los políticos en esa línea y plantea, por ejemplo, la necesidad de que España cuente con un observatorio de salud y cambio climático que permita tomar decisiones.

Víctimas de los combustibles fósiles

El estudio de The Lancet ha coincidido con otro artículo, este publicado en la revista Environmental Research, en el que se afirma que la contaminación generada por los combustibles fósiles está detrás del 20% de las muertes anuales en el mundo, lo que supone alrededor de ocho millones de personas fallecidas cada año. La OMS señala desde hace años que anualmente mueren en el planeta siete millones de personas por la mala calidad del aire y que el 75% son responsabilidad de los combustibles fósiles. El estudio publicado ahora eleva más esa cifra partiendo de los datos de 2012 y 2018 y de un nuevo modelo de contabilización. En España, se cifra en 44.603 personas mayores de 14 años las mueren cada año como consecuencia de la contaminación atmosférica por las partículas PM2,5 asociadas a los combustibles fósiles.

Por Manuel Planelles

Madrid - 10 feb 2021 - 06:44 UTC

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Por la actividad humana, los animales deben moverse 70% más para sobrevivir

La caza, el uso de aviones, las acciones militares y el turismo pueden obligarlos a escapar de los hombres o a ir más lejos para encontrar comida o pareja

 

Madrid. Por primera vez se ha calculado el impacto global de la actividad humana en el movimiento de los animales, revelando alteraciones generalizadas que amenazan la supervivencia y la biodiversidad. Científicos han detectado que la actividad humana obliga a los animales a moverse 70 por ciento más para sobrevivir, según publican en la revista Nature Ecology & Evolution.

Si bien se ha demostrado que actividades como la tala y la urbanización pueden tener gran impacto en la vida silvestre, el estudio realizado por científicos de las universidades de Sydney y de Deakin, en Australia, muestra que eventos episódicos como la caza, la actividad militar y el ocio pueden desencadenar cambios aún mayores en el comportamiento animal.

"Es vital que entendamos la dimensión del impacto que los humanos tienen sobre otras especies animales", resalta el autor principal, el doctor Tim Doherty, ecólogo de vida silvestre de la Universidad de Sydney. "Las consecuencias del cambio en el movimiento de los animales pueden ser profundas y conducir a la reducción de la aptitud animal, menores posibilidades de supervivencia, tasas más bajas de reproducción, aislamiento genético e incluso la extinción local".

El estudio revela que los cambios en el desplazamiento de los animales en respuesta a la perturbación son comunes, ya que actividades humanas episódicas como la caza, el uso de aviones, acciones militares o el ocio pueden causar aumento mucho mayor en las distancias de movimiento que la modificación del hábitat como la tala o la agricultura.

Así, las alteraciones episódicas obligan a 35 por ciento de cambio general en el movimiento (aumento y disminución), las modificaciones del hábitat obligan a una variación de 12 por ciento, y los aumentos promedio en el movimiento de animales fueron de 70 por ciento.

El estudio apunta a una restructuración global de los movimientos de animales causados por la perturbación humana, con impactos potencialmente profundos en las poblaciones, las especies y los procesos de los ecosistemas.

"El movimiento es fundamental para la supervivencia de los animales, pero puede verse interrumpido por perturbaciones humanas", relata el doctor Doherty. "Los animales adoptan mecanismos de comportamiento para ajustarse a la actividad humana, como huir o evitar a los hombres, viajar más lejos para encontrar comida o parejas o hallar un nuevo refugio a fin de evitar a los humanos o los depredadores".

Efectos colaterales

En algunos casos, la actividad humana forzó la reducción en el movimiento de los animales debido al mayor acceso a los alimentos en los lugares humanos, la capacidad reducida para moverse de un hábitat modificado o las restricciones de movimiento por barreras físicas.

"Además del impacto directo en las especies animales, hay efectos colaterales", advierte. "El movimiento de animales está vinculado a procesos ecológicos importantes como la polinización, la dispersión de semillas y la renovación del suelo, por lo que el movimiento de animales interrumpido puede tener impactos negativos en todos los ecosistemas".

Doherty, quien inició esta investigación en la Universidad de Deakin antes de trasladarse a la de Sydney, resalta que los hallazgos tienen importantes implicaciones políticas para la gestión de la biodiversidad animal. "En entornos y paisajes marinos relativamente intactos por el impacto humano, es importante que se evite la modificación del hábitat", señala. "Esto podría implicar el fortalecimiento y apoyo de las áreas protegidas existentes y la obtención de más áreas silvestres para protección legal".

El estudio señala que podría ser más fácil reducir el impacto de las perturbaciones episódicas administrando cuidadosamente ciertas actividades, como la caza y el turismo, en áreas silvestres, especialmente durante los periodos de reproducción de animales.

"Cuando la modificación del hábitat es inevitable, recomendamos que el conocimiento del comportamiento del movimiento de los animales sirva de base al diseño y la gestión del paisaje para garantizar que esa actividad esté asegurada", apunta Doherty.

Reducir los impactos negativos de la actividad humana en el movimiento de animales será vital para asegurar la biodiversidad en un mundo cada vez más dominado por los humanos. "Se necesitan más investigaciones para comprender mejor el impacto de la modificación del hábitat en el movimiento de animales en partes del mundo en rápido desarrollo", reconoce.

La investigación compiló y analizó 208 estudios separados sobre 167 especies durante 39 años para evaluar cómo la perturbación humana influye en el movimiento de los animales. En más de un tercio de los casos, los animales se vieron obligados a realizar cambios que incrementaron el movimiento en más de 50 por ciento.

Las especies incluidas en el estudio van desde la mariposa naranja Abaeis nicippe, de 0.05 gramos, hasta el gran tiburón blanco, de más de 2 mil kilos. Se cubrieron 37 especies de aves, 77 de mamíferos, 17 de reptiles, 11 de anfibios, 13 de peces y 12 de artrópodos.

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Jueves, 04 Febrero 2021 05:31

Corporaciones y economía verde

Corporaciones y economía verde

Empresas líderes mundiales en la carrera por la emisión cero de carbono

El cambio climático y el desafío de la llamada cuarta revolución industrial. La promesa de los gigantes de la economía mundial de cuidar el ambiente.

 

El cambio climático no es sólo una preocupación global que exige líneas de acción a la comunidad política sino que también está en el centro de la llamada cuarta revolución industrial. Por ello, es motivo de disputa de parte de los grandes jugadores del capitalismo mundial. Una de las iniciativas de más impacto mediático en torno a este tema es el “Climate Pledge” co-fundado por Jeff Bezos, fundador y CEO de Amazon. El gigante mundial de las compras online lidera una de las iniciativas impulsadas por el sector privado en relación a la “economía verde”. El Climate Pledge de Amazon ya logró que empresas como Microsoft, Unilever, Coca-Cola, Cabify, Uber, Siemens, Mercedes Benz y Verizon ya hayan asumido su compromiso de “emisión neta de carbono igual a cero” para el año 2040. En el mismo tren de la promesa de neutralidad hay otras dos decenas de empresas líderes en diferentes rubros de actividad.

El protagonismo de las empresas de máximo nivel en los compromisos vinculados al cambio climático se conjuga con las promesas de buena parte de los países de todo el mundo para reducir sus emisiones, incluyendo a la Unión Europea, China y los Estados Unidos. Esto implica que el cambio climático no es solamente un hecho sobre el cual la ciencia no tiene dudas y que por lo tanto exige cambios en la manera de producir, consumir y desechar. Es además una carrera por la conquista de nuevas tecnologías que van a ser eje del capitalismo en las próximas décadas, mucho antes de que el mundo ingrese en una fase de colapso o de que se agoten los combustibles fósiles.

Números actualizados

En el Foro de Davos, que tuvo lugar la semana pasada de forma virtual, se dieron a conocer las últimas cifras disponibles en relación al cambio climático. La NASA midió que el 2020 fue el año más caluroso desde mediados del siglo XIX, cuando comienza la serie de cálculos climáticos. Para otras fuentes científicas como el sistema Copernicus de la Unión Europea y la Universidad de Berkeley, el año pasado fue el segundo más caluroso después de 2016. Se estima que la superficie de la Tierra está entre 1,2 y 1,3 grados Celsius más cálida en relación al período pre-industrial, a raíz de una suba de la temperatura de 1,04 grados Celsius en los océanos y de 1,94 en la tierra firme.

Para tener idea de la dimensión del desafío en materia climática, cabe recordar que el Acuerdo de París definió que la meta es que el calentamiento global no supere los 2 grados en relación al período industrial y preferentemente se ubique en un máximo de 1,5 grados. Hay fuerte consenso entre la comunidad científica alrededor del planteo de que sin que medien cambios más profundos en los sistemas de generación de energía y consumo energético, el mundo enfrentaría un escenario de temperaturas que de mínimo modificaría sustancialmente las condiciones de vida en las regiones más comprometidas, con fuertes cambios en los ciclos agrícolas, entre otras cosas.

Cómo juegan las grandes empresas

Jeff Bezos, la segunda persona más rica del mundo, comprometió a Amazon a alcanzar la emisión neta de carbono igual a cero en 2040. Entre las promesas del gigante del comercio electrónico está la operación plena con energía renovable para 2025, llegar a 2030 con el 50 por ciento de emisión cero en el transporte de mercancías, 100 mil vehículos eléctricos para las entregas de paquetes, inversión de 2 mil millones de dólares para el desarrollo de tecnologías y servicios que permitan reducir las emisiones de carbono y la inversión de 100 millones en proyectos de reforestación y mitigación.

El programa “Climate Pledge”, co-fundado por Bezos, se jacta de contar con el compromiso climático de un nutrido grupo de empresas líderes en el mundo:

Coca-cola: La división europea de la empresa se comprometió a llegar a la neutralidad de carbono para 2040 en toda su cadena de valor y bajar sus emisiones de gas invernadero un 30 por ciento para 2030. La firma aclara que ya tiene en vigencia medidas como el uso de electricidad proveniente de fuentes renovables, reducción de la intensidad energética del equipamiento para producir bebidas y el cambio en la composición de las botellas de plástico.

Unilever: Se comprometió a no emitir gases efecto invernadero en sus operaciones para 2030, al pasar a 100 por ciento de energía renovable.

Mercedes Benz: la marca alemana es socio de Amazon en el transporte de las mercancías y tiene el objetivo de hacer que toda su flota de autos alcance la neutralidad de carbono para 2039 mediante la electrificación. La empresa germana espera que para 2030 los autos eléctricos expliquen más de la mitad de las ventas totales de sus autos. Además, la producción de los vehículos también estaría basada en la energía renovable. “Preferimos hacer lo que nuestros fundadores han hecho: ser arquitectos de una nueva movilidad sin caballos. Hoy, la tarea es la movilidad sin emisiones”, dijo el CEO, Ola Källenius.

Por fuera del acuerdo que lidera Amazon, hay muchas otras empresas con compromisos públicos de emisión cero. Entre ellas está incluso BP (ex British Petroleum), el gigante petrolero que aseguró que para 2050 alcanzaría la neutralidad de sus operaciones junto a la baja del factor contaminante de sus hidrocarburos. Dijo que reducirá su producción de petróleo y gas en un 40 por ciento para 2030 e instalaría equipos para contener la emisión de metano. También Repsol asumió compromisos en materia de neutralidad de carbono. Otras empresas con compromisos públicos son Ford, Facebook, General Mills, Mastercard, Paypal, Ikea, American Airlines, General Motors, Pepsico, Nestlé, Vodafone, Telefónica, Scania, Bayer, Colgate y Sony.

Por Javier Lewkowicz

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Un mercado público en Hermosillo, un Estado al norte de México, en diciembre pasado.Norte Photo / GETTY

En su reporte anual de riesgos globales, Eurasia Group destaca el “intenso” calendario electoral de la región y sus posibles consecuencias para las finanzas públicas

 

La división política en Estados Unidos, la lentitud y mal manejo de la vacuna contra el coronavirus, los bajos precios del petróleo son algunos de los diez riesgos más importantes para el mundo en 2021 identificados por la consultora Eurasia Group. En su reporte publicado esta semana, el director general, Ian Bremmer, y su presidente, Cliff Kupchan, destacaron también a América Latina argumentando que su “decepcionante” desempeño económico atenta contra el desarrollo.

“A medida que emergen de la pandemia, los países de América Latina enfrentarán versiones más nítidas de los problemas políticos, sociales y económicos que ya estaban enfrentando antes de la crisis”, dice el reporte. “No habrá disponibilidad generalizada de vacunas hasta bien entrado el segundo semestre de este año, y los países de América Latina están mal posicionados para hacer frente a otra ola de coronavirus antes de esa fecha”.

Las cuestiones económicas ya están pasando a primer plano, dice el reporte, y no hay liderazgo global en modelos políticos ni estándares comerciales a seguir. El resto de los riesgos identificados por Eurasia Group para este año son el coronavirus, el cambio climático, las tensiones geopolíticas entre China y EE UU, la privacidad y el acceso a los datos personales, los ciberataques, la debilidad de la economía en Turquía y la salida de la canciller alemana Angela Merkel.

“Al igual que 2020 fue abrumadoramente sobre respuestas de atención médica a la covid-19 (y cuántos Gobiernos se equivocaron), 2021 se tratará abrumadoramente de respuestas económicas a los síntomas persistentes de la covid-19 y al tejido cicatricial (la carga de la deuda y políticas des-alineadas), incluso cuando las vacunas se despliegan y la emergencia sanitaria se desvanece”, apuntan los expertos. En EE UU, por ejemplo, a pesar de tener uno de los inventarios de vacunas más grandes, las autoridades han admitido que la campaña de vacunación ha tardado más de lo esperado, retrasando la reactivación económica.

En países emergentes, la baja capacidad para proporcionar estímulos y redes de seguridad significa que estos efectos se sentirán más fuerte, dice el reporte. “El problema será más agudo en América Latina, Medio Oriente y el sudeste asiático”, señalan, “los programas de vacunación en mercados emergentes se verán ralentizados por una infraestructura deficiente para la distribución”.

“En América Latina, los principales puntos conflictivos políticos se puntualizan ya en el intenso calendario electoral de este año: elecciones legislativas en Argentina y México, así como elecciones presidenciales en Ecuador, Perú y Chile. Estos cinco países han experimentado un deterioro fiscal significativo, derivado de aumento del gasto para mitigar el impacto económico de la pandemia”, dice Eurasia. La consultora augura un debilitamiento del Gobierno del presidente Alberto Fernández en Argentina en las elecciones, y un buen resultado electoral para el presidente de México Andrés Manuel López Obrador. Los resultados de la elección de este verano, asegura la consultora, será favorable para el partido del presidente mexicano, preservará su mayoría en el Congreso y la popularidad de López Obrador permanecerá alta. “Esto permitirá que su agenda continúe y se deteriore el clima de negocios”, apuntan.

En Ecuador, Chile y Perú, el descontento social pudiera abrir la puerta a candidatos populistas, asegura Eurasia. “Dado el aumento de la pobreza, la creciente desigualdad y el alto desempleo, los gobernantes no estarán dispuestos a tomar decisiones políticamente costosas, como recortar el gasto en servicios sociales; de hecho, las elecciones serán un incentivo para los políticos, especialmente a los del poder legislativo, a impulsar políticas que ejerzan una mayor presión sobre las finanzas de sus países”.

Por Isabella Cota

México - 08 ene 2021 - 03:07 UTC

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Miércoles, 30 Diciembre 2020 05:41

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

Hacia una eco-ética mediante la educación laica

El Cambio global es un problema social y político urgente. Necesitamos una cultura laica y humanística que sepa asimilar el conocimiento científico para hacer frente al Cambio Global

Se entiende por Cambio Global al conjunto de cambios ambientales que afectan a la Tierra como sistema. De estos, los controlables son los factores de origen antropogénico, que afectan a las funciones de los ecosistemas proveedores de los servicios ambientales necesarios para nuestra supervivencia y bienestar. Estos servicios se suelen clasificar en servicios de abastecimiento (alimentos, agua, madera, energías renovables, etc.), de regulación (regulación hídrica, depuración del agua, fertilidad natural del suelo, control de la erosión, polinización, control de plagas y especies exóticas invasoras) y culturales (disfrute recreativo, estético, espiritual, etc.) (EME, 2011).

Las actividades humanas que más inducen el Cambio son la transformación de uso del suelo, el calentamiento climático inducido, la contaminación de atmósfera, aguas y suelos, las perturbaciones en los ciclos biogeoquímicos, la introducción de especies exóticas invasoras y la sobreexplotación de los ecosistemas.

Dado que el Cambio Global obedece a múltiples relaciones causales, con efectos a diferentes escalas espaciales y temporales, su evolución es incierta. Esta incertidumbre dificulta la toma de decisiones por parte de los gestores y la comunicación con los diferentes grupos sociales.

El Cambio Global incluye el cambio climático o calentamiento global, donde se ha puesto el peso de las políticas internacionales y los umbrales de alarma más conocidos por la población. También incluye la pérdida de diversidad biológica amparada por los objetivos incumplidos una y otra vez del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB), ya que la mayoría de los países no reconocen la importancia de la biodiversidad para la supervivencia de sus poblaciones a largo plazo. A pesar de la evidencia proporcionada por la Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés)

Aunque el Cambio Global es un problema social que atañe a toda la humanidad, ya que precisa de cambios urgentes y revolucionarios en los modos de vida, otros temas menores nos distraen de la solución. Por el momento, y a pesar de los esfuerzos individuales de personas concienciadas, no parece que haya una respuesta coordinada, adecuada y contundente ante tal amenaza de calibre planetario.

Ante los intereses monetarios de grandes corporaciones y la complicidad de los políticos, la inacción y dispersión de las acciones ciudadanas adolece de la fuerza necesaria para presionar convenientemente a los gobiernos, últimos responsables de la aplicación de las correspondientes medidas y propuestas por las directivas y convenios internacionales.

Entre las causas de esta aparente desidia o falta de voluntad de la sociedad podemos incluir:

  • La ignorancia de gran parte de la sociedad para entender adecuadamente temas científicos y ambientales complejos.
  • La dificultad de las personas para comprender las relaciones y las tramas ecológicas que nos hacen dependientes de la biosfera, así como el efecto de las perturbaciones de las actividades humanas en intensidad y extensión sobre los ecosistemas a corto y largo plazo.
  • La gente quiere certezas y rechaza la incertidumbre característica del avance científico en general y del cambio global en particular, esperando respuestas y soluciones rápidas.

Las reacciones psicológicas más frecuentes ante los efectos de un cambio global varían desde:

  • La negación de los hechos (bien utilizada por los negacionistas del cambio climático).
  • La delegación de responsabilidades en terceros (políticos, científicos o líderes armados de soluciones tecnosalvadoras),
  • La inacción basada en las creencias que siguen los dictados de falsos dioses, ya sea en los designios divinos restauradores, ya sea en la diosa madre naturaleza esperando que reajuste su equilibrio ecológico.
  • El afrontamiento del problema con bienintencionadas medidas individuales pero que a veces pueden resultar contraproducentes por su parcialidad y su efecto rebote.

Sumado a estas actitudes y comportamientos dispares de diferentes grupos sociales la ciudadanía se encuentra dividida por las distracciones que el poder utiliza para perpetuarse (aislar y dividir, confundir, enfrentar, crear opinión y silenciar las contrarias, generar miedo para ofrecer soluciones parciales, ofrecer lideres falsos etc.).

Las barreras psicológicas que impiden y dificultan una acción conjunta e integrada de la población ante el Cambio Global y la demanda política de su solución disminuirían con un mejor manejo de la incertidumbre a través de una educación laica y mejora de la información, educación y formación ambiental.

Conclusión

Para luchar contra el Cambio global y adaptarnos a un mundo cambiante y de incertidumbre creciente se requiere dotar a la sociedad una nueva cultura eco - lógica y, por tanto, laica, que integre los aspectos humanístico-científicos y que implique desde lo local a individuos, entidades y estamentos y se coordine internacionalmente.

Para ello es necesario redundar en una mayor y mejor educación y formación cultural que capacite para comprender y asimilar los mensajes científicos en general y los de índole ambiental en particular, en un marco humanístico que postule unos principios básicos de ética ecológica y equidad humana. Lo que constituiría las bases de un mayor poder social para elegir y destituir a los responsables políticos que no estén a la altura de alcanzar los retos ambientales prometidos.

 

Por Ana María Vacas Rodríguez. doctora en Biología. Ha sido Profesora asociada del Departamento de Ecología de la UCM e Investigadora del Centro Investigaciones Ambientales de la Comunidad de Madrid Fernando González Bernáldez. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado además por Nazanín Armanian, Francisco Delgado Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérrez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa

30/12/2020

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Sábado, 26 Diciembre 2020 09:14

Calentamiento global: las cifras esquivas

Calentamiento global: las cifras esquivas

Desde su estudio detallado, en 1974, la evolución del agujero de la capa de ozono ha sido objeto de múltiples teorías. La más afianzada a partir de la década de los 80 fue la que atribuye su extensión y profundidad a la contaminación del medio ambiente con aerosoles, combustión de energéticos fósiles, depredación de bosques, sequías provocadas por desviación de ríos y el comercio del agua, etcétera. El agujero es responsable de permitir el paso a la superficie de la Tierra de rayos UV y gama que la sobrecalientan. El calentamiento global se tradujo paulatinamente en un cambio climático, cuya progresión gradual y sistemática coloca en peligro la posibilidad de la vida misma (de seres humanos, animales y plantas).

En 2019 todo parecía indicar que esta teoría era prácticamente infalible, hasta que llegó la pandemia. Tal y como lo reporta Noticias ONU, la contaminación ambiental creció como nunca antes y fue el segundo año más cálido registrado desde 2016. Pero las sorpresas comenzaron en abril de 2020. El agujero en la capa de ozono comenzó a cerrarse y en agosto volvió a ensancharse como nunca lo había hecho, tanto en su extensión como en su profundidad. La temperatura terrestre subió varios grados centígrados, superando incluso las cifras de 2019. En principio, todo esto resulta en cierta manera inexplicable.

La pandemia del nuevo coronavirus trajo consigo una súbita y masiva reducción de la actividad industrial en todo el planeta y, con ello, del consumo de aerosoles y combustibles fósiles. Disminuyó, como nunca había sucedido, por motivos completamente ajenos a cualquier política ecológica, la cantidad de sustancias contaminantes que se arrojan sobre la atmósfera. Alcanzando incluso niveles de descenso menores que los que se preveían en el Acuerdo de París para estabilizar nuestra condición ecológica. Pero si la cantidad de contaminantes se redujo a lo largo de tantos meses, ¿por qué entonces continuó en aumento la temperatura en la superficie terrestre?

Los científicos se han visto obligados a recurrir a otras teorías, ya no las que ligan directamente la depredación industrial de la naturaleza con el crecimiento del agujero en la capa de ozono. De por sí ya existían otras teorías; mismas que fueron opacadas por el gran relato que homologaba el calentamiento global con una suerte de juicio final a la vuelta de la esquina (hace dos meses se publicó un reloj que contaba las horas que nos separaban de la destrucción final, siete años en total). Esas interpretaciones alternativas partían de otras premisas: el cambio de orientación de los ejes magnéticos de la Tierra, perturbaciones de la órbita terrestre alrededor del Sol, el sobrecalentamiento del núcleo terrestre, etcétera.

Durante décadas, la teoría que ligaba a la contaminación ambiental con el calentamiento terminal fue uno de los grandes centros narrativos de la izquierda en su crítica al capitalismo contemporáneo. Después apareció el ecologismo light, la idea de que el capitalismo contenía las opciones y los ingredientes necesarios para hacer frente al colapso ecológico que se avecinaba. Quien negaba esta visión era fustigado como "negacionista" y conservador. ¿Pero qué pasaría si se revela que el calentamiento global se debe a alguna de las propiedades cambiantes de la physis actual del globo terrestre más que a nuestra fruición depredadora? Simplemente entonces habría que enfriar a la Tierra, como se enfría una casa con aire acondicionado o los alimentos que se resguardan en el refrigerador. Hoy existen opciones biotecnológicas para lograrlo.

¿Se evaporaría entonces el gran relato sobre la crisis ecológica final? No, en absoluto. Quienes hoy esgrimen este argumento son los grandes centros de la reproducción industrial y financiera del sistema. Con la 5G, pronto asistiremos a la aprobación de leyes que prohíbirán circular a vehículos de combustión interna (para que la gente se vea obligada a adquirir un automóvil eléctrico), a la condena del uso de estufas (para promover la venta de las llamadas cocinas inteligentes). La revolución tecnodigital que se encuentra en marcha cambiará todos los dispositivos que nos relacionan con el mundo, desde el cepillo de dientes hasta el televisor y el coche. Incluso tu computadora actual. La lógica del consumo y del capital desatadas en un nuevo y patético esplendor. Esa revolución requiere, como argumento de legitimación, la imagen del apocalipsis ecológico.

La verdadera crisis ecológica no se encuentra en algún futuro escatológico. Sucede a cada día frente nuestras narices. En nuestras urbes desérticas y delirantes, en las viviendas casi carcelarias de la actualidad, en los sitios de encierro en que han devenido las heterotopías de nuestro mundo. Si algo demostró la pandemia es que el lugar más amenazante para la vida (de humanos, animales y plantas) es la gran urbe, fruto en parte del comercio de las formas de vida. El dilema, como algún día lo intuyeron Ivan Ilich y Jean Robert, es la configuración de un hábitat que se encuentre a la medida de los seres (humanos y animales) que habitan el planeta. Por ahí debería acaso comenzar la nueva crítica al capitalismo.

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Entre el límite y el deseo: líneas estratégicas en el colapso de la civilización industrial

Casi nadie ha entendido que la pandemia del covid-19 no tiene nada de evento aislado y excepcional, sino que es un simple momento de un proceso mucho más amplio: el colapso ecosocial.

 

El gran shock que generó el confinamiento total de la primavera de 2020 va quedando cada día más lejos. Hace ya meses que vivimos una “nueva normalidad” que ni es nueva, ya que sigue poniendo el capital y el crecimiento por delante de la vida, ni desde luego tiene nada de normal. En vez de haber aprovechado la parada en seco de los meses del confinamiento para poner en marcha un cambio de rumbo radical, nuestras sociedades se han aferrado al miedo y al continuismo y, de manera desesperada, luchan porque todo siga igual y cuanto antes se normalice, se regularice, se estabilice.

Empatizamos con el sufrimiento de muchas familias y negocios que están viéndose obligadas a enfrentarse a situaciones de tremenda precariedad debido a las medidas políticas de gobiernos como el del Estado español. Nada más lejos de nuestra intención decir que éstas deberían ser abandonadas o desatendidas. No obstante, es un error mayúsculo no ser capaces de ver que de seguir con la particular manera de vivir, de producir, de consumir, de transportarse, etc. que han generado las sociedades capitalistas industriales, el sufrimiento en un futuro cercano será mucho mayor y afectará probablemente a toda la humanidad.

Nuestro gran problema sigue siendo que, de manera profunda, casi nadie ha entendido que la pandemia del covid-19 no tiene nada de evento aislado y excepcional, sino que es un simple momento de un proceso mucho más amplio: el colapso ecosocial.

Aunque casi todo lo que ha sucedido en los últimos años lo deja claro, nos cuesta ver que la supuesta normalidad (sociedades opulentas, en crecimiento perpetuo y con un acceso garantizado a los combustibles fósiles) que constituyen las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo XX son la verdadera excepcionalidad.

Han sido esas sociedades ricas e irreflexivas las que han dilapidado nuestro patrimonio fósil para poner en marcha una Gran Aceleración que por el camino ha devastado los ecosistemas, modificado el clima, erosionado los suelos, contaminado el agua… Y los incendios masivos, los fenómenos climáticos extremos, las sequías, las crisis económicas y muchas otras cosas que inundan hoy nuestros periódicos no son más que los síntomas de esa gran enfermedad terminal que es el colapso de nuestra civilización. Un colapso que no debemos entender como un fenómeno puntual o unitario, sino como un largo proceso de descomposición que afectará de manera desigual a diferentes países y, dentro de éstos, se cebará mucho más con la población más desprotegida.

Sin entender lo anterior es muy difícil que podamos realmente hacer una política que ponga la vida, la libertad, la igualdad y la estabilidad de Gaia por delante de todo lo demás. Al fin y al cabo, empeñarnos en retornar a una normalidad que nunca lo fue es lo contrario a lo que necesitamos hoy. La estabilidad no volverá, el crecimiento no continuará y nuestro modo de vida está en sus estertores. Nos enfrentamos a límites y a daños generados por nuestras dinámicas de extralimitación que hacen no solo indeseable, sino imposible seguir adelante como si nada ocurriera. Y el nuestro no es un problema técnico. Las y los expertos no serán capaces de dar con una nueva tecnología que lo resuelva todo, ni la burocracia del estado encontrará una política infalible que nos permita seguir adelante con nuestra vida como si nada. El nuestro es un problema global y radicalmente político. Lo que está en juego es nuestra manera de vivir (que necesariamente va a tener que cambiar profundamente), y quienes protagonicemos ese cambio tenemos que ser las personas organizadas de forma colectiva.

Pese a que todos los poderes fácticos se nieguen a reconocerlo, en el futuro cercano nos esperan grandes discontinuidades sociales y metabólicas. La pandemia del covid-19 ya nos ha servido para comprender a qué se pueden parecer esas disrupciones, pero lo peor está aún por llegar. En los próximos años, lustros tal vez, todo apunta a que viviremos escasez de energía que se podrá transformar en desabastecimiento de alimentos, en problemas de acceso a combustible, en paralizaciones industriales, etc. También tendremos que vivir con un clima cada vez más inestable y que, hagamos lo que hagamos, nunca volverá al estado de equilibrio del que todas las sociedades humanas agrícolas habían disfrutado hasta el día de hoy. Olas de calor, sequías, grandes tormentas y huracanes, falta de agua dulce, deshielos… Todo ello ha llegado para quedarse, y para poner en jaque nuestro modelo urbano, nuestro sistema agroalimentario industrial o nuestra gestión del agua.

Frente a todo ello, ¿qué haremos? ¿Seguir adelante como si nada pasara? ¿Mantener vivo a toda a costa un capitalismo industrial suicida? Nuestra obligación es articular una política que navegue entre el límite y el deseo. Aunque parece que ya lo hayamos olvidado, la pasada primavera nos ha enseñado algo: que es posible poner por delante del capital a las personas. Y esa enseñanza es imprescindible si queremos tener alguna oportunidad de colapsar mejor, de garantizar vidas dignas, libres e igualitarias en el nuevo equilibrio al que hemos empujado a Gaia. Pero eso no es suficiente, pues por delante de las personas tenemos que poner a la vida. La vida no es únicamente humana, sino que abarca al resto de especies animales y vegetales. Solo en ese todo, las vidas de cada una de las especies son posibles. Es urgente que vayamos disolviendo nuestro arraigado antropocentrismo para poner en el frontispicio a Gaia como un todo que, como dice Jorge Riechmann, construyamos una poliética que sea capaz de mirar más allá de los muros de la ciudad humana.

Empecemos por lo “fácil”: poner por delante a la vida humana significa, en primer lugar, asumir e interiorizar los límites de Gaia. Comprender que las ilusiones del crecimiento infinito, de la abundancia ilimitada y de la naturaleza como algo inerte son malos marcos para entender lo que nos está pasando: necesitamos una Nueva Cultura de la Tierra.

Pero ese límite es también un límite a nuestro propio hacer, tiene que convertirse en una autolimitación colectiva. Esta es la receta mejor para evitar todo autoritarismo, incluido el que ha acompañado al Estado de Alarma. ¿Somos capaces de hacer de la selección de aquello imprescindible para la vida un ejercicio colectivo y asumido? La frugalidad, la modestia, son valores que tienen que venir a sustituir a la competitividad y la ambición. Vivir mejor con menos, decimos desde el ecologismo social. Al menos con menos energía, con menos consumo, con menos desigualdad, con menos injusticia, con menos destrucción socioecológica.

Poner límites también a quienes nos condenan con su hybris desmedida. Debemos unirnos entre iguales para construir una institucionalidad autónoma que, por un lado, nos libere de la expropiación que las élites nos imponen a través del salario y la gestión. Pero que también fuerce a un reparto de toda la riqueza injustamente acaparada por éstas. Por tanto, desalarizar y construir soberanía alimentaria, energética, tecnológica, política. Cuanto más autonomía tengamos, más capaces seremos de garantizar las necesidades sociales sin depredar y combatir, de autolimitarnos en el seno de Gaia y, al mismo tiempo, mejor nos defenderemos de los inevitables ataques de las élites y de los estados. Por tanto, expropiar, repartir el trabajo y la riqueza, okupar o garantizar un mínimo vital para todas aquellas que lo necesitan son políticas básicas. Alumbrar una fuerza que construya pero que también defienda, poner en marcha un ejercicio de autolimitación colectiva que sea una expresión de libertad y de autonomía social. En este trabajo hemos esbozado una hoja de ruta de cómo se podría hacer esto para la economía española durante la década 2020-2030.

Pero este límite nunca llegará si se presenta como alegato lógico, como conclusión política incuestionable. Nuestra acción tiene que navegar entre el límite y el deseo, pues éste último es el único capaz de activarnos, de movernos. Un deseo que, a su vez, se encontrará en la raíz del conflicto que el escenario que detallamos inevitablemente comporta.

No podemos asumir que el poder, el neoliberalismo, el capitalismo industrial, ha ganado definitivamente la batalla del deseo y ha hecho de nosotras y nosotros seres únicamente capaces de desear aquello que el Estado y el mercado nos ofrecen. No podemos porque una verdadera evaluación del límite nos lo impide pero, sobre todo, porque el ser humano ha demostrado a lo largo de su historia (y en el presente también) que puede vivir dignamente en armonía con la naturaleza. Ese, por tanto, es un horizonte de deseo antropológicamente posible y una realidad para muchas sociedades humanas, como por ejemplo algunos pueblos originarios.

¿Por qué son tan persuasivos los cantos de sirena de nuevas propuestas como el Green New Deal (GND)? Precisamente porque pretenden poder aunar la necesidad de asumir el límite con el deseo generalizado entre las “clases medias” occidentales de que casi nada en nuestro modo de vida cambie. Una solución a todas luces falsa, ya que la realidad es que nuestro deseo de no tener que cambiarnos nos lleva a minusvalorar la profundidad del ejercicio de autolimitación que tenemos por delante, incluso del ejercicio de autolimitación que supondría un GND mínimamente realista. Tal y como exploramos en este trabajo, un GND que se acerque a los recortes de emisiones recomendados por el IPCC (que sabemos que son ecológicamente insuficientes), además de apostar por las renovables tiene que volcarse hacia la agroecología, diezmar el coche privado, restringir fuertemente la aviación internacional (el turismo)… Un auténtico vuelco a la subjetividad neoliberal.

Parece por tanto poco probable que un GND mínimamente realista, que implica profundas transformaciones en nuestro modo de vida, pueda convertirse en una opción parlamentaria de mayorías a corto plazo (ya veremos qué sucede a medio plazo en un escenario tremendamente cambiante como el que estamos viviendo). Menos probable aún es que algún Estado tenga la capacidad o el deseo de hacerlo realidad, pues no en vano dependen para su funcionamiento de los impuestos y los mercados financieros que, a su vez, solo pueden desviar fondos fruto de la reproducción del capital. Y, lo que es más importante, las luchas ecologistas atravesadas por la suficiencia austera y la redistribución parecen lejos de estar en disposición de marcar el ritmo de la articulación social.

Por tanto, la construcción de aterrizajes de emergencia en el colapso tendrá que navegar entre las grietas y las zonas grises del sistema, en el disenso, y asumir que el conflicto es inevitable. En ese camino, no hay solución buena ni única. Nadie tiene una solución infalible. Para que llegue a buen puerto ese aterrizaje, no podemos asumir que la transformación del deseo, y por tanto de los modos de vida, está más allá de la acción política posible o realista. Nuestra obligación es, en cambio, politizar el deseo y conectar con la antigua aspiración de la emancipación social. La nuestra tiene que ser una transformación también antropológica, y por tanto no podemos admitir que el triunfo en ese ámbito del neoliberalismo es irreversible. O, si lo hacemos, tendremos que asumir que el ecocidio seguido de genocidio que generarían los peores escenarios de colapso ecosocial es también inevitable.

Solo si somos capaces de anhelar vivir de otro modo, solo si ponemos al tejido de relaciones sociales densas, al tiempo, al aire, a la naturaleza, al trabajo vivido con sentido, al contacto con la tierra por delante del consumo, del dinero o de la mercancía podremos aterrizar de manera lo menos traumática posible. Necesitamos trabajar por la reconstrucción de eso que Mumford llamaba neolítico y que hoy podemos entender como una forma de vida a la vez comunitaria, sostenible, justa y autónoma. Esa es una batalla clave en el plano del deseo. En el informe que citábamos antes, el único escenario capaz de respetar los límites ecológicos era en el que trabajábamos menos horas en total. De ese tiempo de trabajo, dedicábamos más a labores de cuidados en el hogar y menos al empleo remunerado, tanto si era en el sector público, como si era en el privado. Además, era un escenario en el que surgía un nuevo tipo de trabajo, hoy casi inexistente, que era un trabajo comunitario destinado a satisfacer necesidades básicas. Un tipo de trabajo que, potencialmente, tiene mucho más sentido vital que el asalariado. Desde nuestro punto de vista, un escenario capaz de estimular el deseo de muchas personas.

Ahora mismo, los deseos todavía pivotan mayoritariamente entre continuar como si nada en lo económico, pero siendo conscientes de que los tiempos están cambiando, y una transición ecológica que permita vivir más o menos como ahora, ejemplificada en el discurso público del GND (que no en su hipotética materialización). Los Trump apuestan por la economía fósil, que es sin duda la más productiva, al tiempo que refuerzan las fronteras y los imaginarios de confrontación imprescindibles para mantener su poder en un orden que se resquebraja. Están sabiendo leer nuestro tiempo, en función de sus intereses, mejor de lo que parece. Quienes defienden el GND parten de tener una conciencia, al menos parcial, de la crisis socioecológica, pero hacen promesas imposibles de cumplir y que no están a la altura de los retos ecológicos, que no son solo energéticos, sino mucho más complejos. Despliegan un horizonte de deseo de muy corto recorrido y con una alta potencialidad de generar desencanto.

La gran batalla en el campo del deseo en los próximos años o lustros no va a ser la de si se hace la transición hacia una economía sostenible. Eso va a suceder inevitablemente. La disputa va a ser qué tipo de transición triunfa. Por un lado, la ecofascista o la ecoautoritaria: mantener unos altos estándares de vida de las élites, para lo que abrazarán relatos conservacionistas y de defensa de “lo nuestro”. Ya lo hizo el partido nazi y lo empieza a hacer la ultraderecha europea. El cuento de la criadasería un horizonte de deseo (de las élites) en un territorio estéril fruto del Capitaloceno.

El otro gran horizonte de deseo es el que se conforma con el reparto del trabajo y de la riqueza, la sencillez, la lentitud, el placer derivado de tejidos sociales densos o el encuentro íntimo con la naturaleza. Ese encuentro basado en el conocimiento, en el trabajo y en el amor que de ambos se deriva, como nos enseñan ya los movimientos neorrurales. Es el que permitiría materializar una transformación socioeconómica inspirada por el decrecimiento, la relocalización, la integración en los ciclos naturales (es decir, una economía agroecológica y no industrial), y la distribución de la riqueza y el poder. Este es el horizonte de deseo que ahora mismo se encuentra más escondido, menos articulado y más entrelazado con otros deseos contradictorios, pero que probablemente exista más de lo que pensamos. Es el que impulsa a quienes anhelan prejubilarse o a quienes emplean sus vacaciones en peregrinar. Es el deseo que lleva a muchas a abandonar la ciudad y volver a poner los pies en la tierra. Es el deseo, también, de aquellas que deciden trabajar en clave cooperativa y escapar de las imposiciones absurdas del crecimiento. Éste será el único deseo compatible con algo que podamos considerar vidas buenas cuando las vidas que antes calificábamos de buenas (las del consumismo) ya no sean factibles.

Ese horizonte de deseo es imprescindible hacerlo crecer ahora. De no hacerlo, en su hueco crecerá el deseo ecofascista. Y nada hace crecer más el deseo que ver a otras personas viviendo felices. Necesitamos estimular que amplias capas sociales quieran imitar a quienes trabajan en una cooperativa con condiciones laborales dignas y en trabajos socialmente necesarios, viven en edificios ecológicos diseñados para maximizar las amistades y los apoyos mutuos, o comen fruta sabrosa cogiéndola directamente del árbol que cuidan.

Pero eso no es suficiente. Necesitamos estimular el deseo recuperando nuestra capacidad de soñar con otras economías y sociedades, algo que nos parece hoy casi imposible porque el capitalismo y el estado, al cercenar nuestra autonomía económica y política, también han cortado las alas a nuestra capacidad de imaginar otros mundos. Por eso, para poder soñar alto tenemos que ir materializando a la vez los sueños. Es decir, construir vidas autónomas que nos permitan fantasear con sociedades autónomas y, de paso, posicionarnos mejor para defenderlas cuando llegue el momento de hacerlo.

Por Luis González Reyes

@luisglezreyes

Adrián Almazán

23 dic 2020 06:00

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