El planeta de los humanos y los cuentos de hadas del crecimiento

Los documentales Planet of the Humans, de Jeff Gibbs y producido por Michael Moore, y Cuentos de hadas del crecimiento, de Pierre Smith Khanna, se han lanzado gratuitamente a la red con una temática similar: el decrecimiento inevitable en un mundo finito.

 

Di toda la verdad pero dila sesgada

el éxito se encuentra en el rodeo

La verdad debe deslumbrar poco a poco

o ciegos quedarán todos los hombres

Emily Dickinson

En las últimas semanas dos documentales se han lanzado gratuitamente a la red con una temática similar: el decrecimiento inevitable en un mundo finito, que ya sobrepasa muchos de los límites que su finitud le impone. Es un buen momento ahora para ver dos piezas que pueden alimentar muchos debates interesantes y sobre todo necesarios. [Alerta, spoiler]

El primero que pude ver fue Planet of the Humans, de Jeff Gibbs, producido por Michael Moore. Una pieza en mi opinión con mucho interés, valiente, y quizá por ello, temeraria, con alguna inexactitud y crítica difícil de justificar. Digamos que hace un ataque frontal a los lobbies de las renovables y a muchos de sus defensores a ultranza con un material que ha envejecido un poco —parece ser que llevaban tiempo planeando el documental—, en cuanto a datos de eficiencia que se han quedado algo desfasados. Y hace sangre con algún ambientalista como Bill Mckibben, que no debería estar en el documental al mismo nivel que, por ejemplo, Al Gore.

Ahora bien, el diagnóstico, el cuadro general, es certero y apunta donde duele. Una pequeña lista de los criticados en el documental: Apple, Goldman Sachs, Banco Mundial, Naciones Unidas, los hermanos Koch, Bloomberg, Tesla, Google u organizaciones ecologistas como el Sierra Club. No teme generarse enemigos, vamos, y era previsible que le cayeran palos por todas partes.

Es un documental que rompe con un tabú en la izquierda norteamericana, denuncia claramente que las renovables se merecen ese nombre sobre todo porque cada cierto tiempo, hay que renovarlas. Fabricación, ensamblaje, mantenimiento, todo ese proceso se hace con combustibles fósiles y materiales escasos, así que bueno, renovables, renovables, no son. Ni lo serán. La intermitencia de los factores que generan la energía hace imprescindible tener baterías y alternativas menos pulcras para mantener el suministro, eso incrementa los costes sucios de esas energías supuestamente “limpias y verdes” y las empequeñece. Es bastante obvio que se está exagerando el potencial de esas fuentes por varias razones.

La primera: el crecimiento no se cuestiona. Decir que las futuras fuentes energéticas (a día de hoy) nos permitirían mantener un 30% o un 40% de la energía actual es igual a 99% de colapso del sistema. Si cae la fe en la Iglesia del Perpetuo Crecimiento, el sistema de dinero deuda se vería en un aprieto por la falta de confianza=fe, y con él casi todos los bancos=parroquias. Estamos como sociedad en esa fase de negación casi lógica ante un problema enorme que nos sobrepasa. Hay que descomplejizar las sociedades opulentas del norte sí o sí, y eso va contra el dios mercado y la religión neoliberal. Pero la entropía, la atmósfera sobrecargada, o la ley de rendimientos decrecientes no negocian y el tiempo para atajar la emergencia climática se está acabando.

Y el factor más peligroso: el gatopardismo verde. En esta fase de capitalismo en crisis que el covid-19 simplemente ha acelerado, lo que parece es que la transición a renovables la va a pilotar BlackRock. Esto es como poner a Ortega Cano a dirigir el tráfico. Mal vamos. No parece descabellado pensar que si la “oportunidad de negocio” es ahora la transición a green, a sostenible, a limpio, pues la mayor empresa del mundo en gestión de activos, que se dedica a invertir como nadie en combustibles fósiles o en armamento —y que por cierto posee una buena parte del IBEX 35— se quita la camiseta sucia de sangre y aceite, se pone una verde reluciente, y… os presento a BlackRock, capitán ecologista. O mejor dicho, Capitán Greenwashing. Con mucho negocio paralizado o en pendiente cuesta abajo, las inversiones de los Green New Deal norteamericano y europeo van a suponer muchos millones para quien ejecute esas transiciones.

Eso explica los ataques despiadados que está recibiendo el documental de Gibbs y Moore por parte de casi toda la prensa y hasta de referentes del ecologismo, que no creen que sea un buen momento para esa crítica cáustica, y puede que tengan razón en parte. En defensa de esos referentes, como por ejemplo Naomi Klein o George Monbiot, hay que decir que el documental cae a veces en un sentimentalismo quizá excesivo. El tema de la superpoblación, en fin, es otro tabú, y lo toca de una manera muy tosca y algo primermundista, y de las nucleares por ejemplo no dice ni mu. Eso sí, está hecho para el público norteamericano, que quizá está en una fase de negación aún más exagerada que la nuestra, prueba viviente es su presidente.

Otro factor a analizar es la dicotomía creciente en la sociedad norteamericana. Si haces una crítica a las renovables, ya te posicionan muchos medios del lado diestro que defiende a Trump y al lobby de las petroleras, eso está ocurriendo con algunos artículos contra Michael Moore y Jeff Gibbs, y hay que evitar caer en la trampa. Hay grises entre esas dos posturas. Ni el sector aparentemente progresista está limpio en su totalidad, ni todo es mentira en la crítica al sistema que se puede entrever en la alt-right estadounidense. De hecho, una parte de esa legítima crítica, la están copando Bannon y compañía por el buenismo a veces algo acrítico de ciertos sectores de la izquierda. Es un tema muy complejo en el que los matices son importantes. La transición a renovables es inevitable, pero también la crítica constructiva al “progreso” al que, como diría Benjamin, a veces hay que detener aún tirando del freno de emergencia.

Lo que me parece cuanto menos para reflexionar, es por qué al documental de Di Caprio, (Before The Flood) o al de la misma Naomi Klein (Esto lo Cambia Todo) no le zurraron tanto los grandes medios de comunicación  —financiados por muchas de esas empresas criticadas, que dependen en muchos casos de los bancos, y en los que nada más entrar a sus webs puedes ver banners relucientes de Iberdrola y la transición a renovables, guiño, guiño—. Igual es que no metían el dedo en la llaga: se acabó crecer y crecer y nada lo puede evitar. Para entender mejor el documental y los límites de las renovables recomiendo seguir lo que dicen https://crashoil.blogspot.com/2020/04/umans.html">Antonio Turiel y Antonio Aretxabala, dos científicos expertos en energía fósil y renovable de los que yo aprendo cada día, y que han publicado sus opiniones sobre el documental en sus respectivos blogs. 

Y entonces, cuando más cabreado estaba por las críticas a ese trabajo estimulante y más que digno, un humilde documental llamado Cuentos de hadas del crecimiento apareció por algoritmagia ante mis ojos. Es un documental hecho en Barcelona por Pierre Smith Khanna, miembro del colectivo Research and Degrowth, en el que se hace un recorrido menos sentimental y más histórico del problema ecológico-energético y que es más propositivo, habla más de soluciones. Eso me encanta. Creo que estamos saturados de críticas, necesitamos propuestas.

En realidad, es mejor documental, sobre todo para iniciarse en la problemática o comprenderla. Pero no recibirá ningún ataque. A nadie le va a molestar y —ojalá me equivoque—, poco debate habrá con él. Es una obra que hasta que sea evidente que daba en el clavo, pasará probablemente inadvertida. Igual pasan los años y es reverenciada, pero ahora mismo, como no busca polémica y no está avalada por una persona mainstream como el oscarizado Michael Moore, tiene difícil llegar a mucha gente.

Y para eso está esta crítica, para decir que ambos trabajos valen mucho la pena. Juntos son unas dos horas. Dos capítulos de la serie de tu vida. Y, perdonadme, no hay ficción que supere a esta realidad donde Pablo Casado cita a Orwell sin pestañear, un tipo de barril de petróleo (los futuros de West Texas) se ha llegado a vender a - 37 dólares, es decir te pagan porque te lo lleves a casa, y Abascal hace de defensor de la causa LGTBI.

Por Juan Bordera

11 may 2020 04:37

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Jueves, 26 Marzo 2020 06:55

¿A quién vamos a matar?

¿A quién vamos a matar?

Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Sin embargo, la desinformación o el desconcierto ante el covid19 ha dado relevancia a discursos teñidos de la peligrosa ideología del ecofascismo.

Un jabalí pasea tranquilamente por la calle Balmes, en Barcelona. Atraviesa una Diagonal desierta y silenciosa y sigue su camino. Alguien lo graba con el móvil y lo sube a las redes sociales. En pocos minutos, el vídeo acumula miles de reproducciones. La imagen es hermosa, pero también inquietante. Se parece demasiado a las escenas apocalípticas que hemos visto cientos de veces en el cine y la televisión. El vídeo se viraliza en unos minutos y comienza a extenderse por Twitter, por Facebook, por WhatsApp. No es el único de este tipo que ha circulado por las redes sociales en los últimos días. Hemos visto también pavos reales en las calles de Madrid, delfines en el puerto de Cagliari, peces en los canales de Venecia. Los vídeos aparecen acompañados de comentarios. Un buen número de ellos afirma que esas imágenes son la prueba de que la verdadera pandemia es el ser humano, que el verdadero virus somos nosotros.

No es la primera vez que leemos este tipo de afirmaciones desde la extensión del covid19. La reducción de los niveles de contaminación en Wuhan, el primer foco de extensión de la pandemia, también fue interpretada por un buen número de usuarios de las redes sociales como una prueba de que el planeta se defendía de la nocividad del ser humano creando una enfermedad para la que no teníamos cura. La Tierra se purgaba de la plaga humana. Gaia se vengaba de nosotros.

La mayoría de estos tuits y posts no tenían una reflexión estructurada detrás. Eran simples comentarios rápidos que mezclaban ecologismo mal entendido, culpa judeocristiana y cultura de la distopía. Sin embargo, aunque las personas que los lanzaban a las redes no fueran conscientes de ello, compartían un marco de pensamiento peligroso. No solo porque eran tremendamente insensibles con el sufrimiento de miles de personas que están viendo enfermar y morir a sus seres queridos, que están luchando ellos mismos contra el virus o que están afrontando despidos y pérdida de ingresos, sino también porque contribuían a extender el sustrato necesario para el desarrollo de una ideología peligrosa, el ecofascismo.

Las semillas del ecofascismo

Detrás de la afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la población. En este marco de pensamiento, lo que se identifica como causa de la crisis es el exceso de seres humanos, por lo que la muerte de una buena cantidad de ellos sería la única posibilidad de restaurar el equilibrio ecológico.

La pregunta entonces es ¿quién va a morir? Parece difícil creer que las personas que defienden este tipo de ideas estén pensando en organizar el suicidio colectivo de su familia o asesinar a sus amigos. Lo más probable es que piensen que eso no va a sucederles a ellos, que van a estar en el grupo de población que no se vea afectado por esa medida. ¿A quién vamos a considerar “desechable” entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? En una sociedad capitalista parece bastante plausible que se esgrimiesen criterios de productividad y meritocracia, que en realidad solo encubrirían una tremenda violencia de clase contra los de más abajo. Los “desechables” probablemente serían los expulsados del sistema, como las personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos cuenta de que no es tan lejano.

Otra posibilidad sería que, desde esta ideología ecofascista, se quisiese aplicar un criterio demográfico. En la actualidad, la zona del mundo que presenta una mayor tasa de crecimiento de población es el África subsahariana, así que parece bastante probable que los países occidentales quisieran externalizar el exterminio de población a esta zona. La historia de violencia colonial niega cualquier tentación de considerarlo exagerado.

Más allá del exterminio directo de la población, se podrían optar por medidas como la esterilización. De nuevo, surge la misma pregunta ¿las personas que piensan que el ser humano es una plaga están considerando esterilizar a sus amigos, a sus seres queridos? ¿A quién vamos a esterilizar? Las esterilizaciones masivas tampoco son nuevas en la historia, ni ajenas a las democracias liberales: el Perú de Fujimori esterilizó sin consentimiento a 300.000 personas, la mayoría mujeres indígenas, entre 1996 y 2001; Japón esterilizó a 25.000 personas con enfermedades hereditarias o diversidad funcional entre 1948 y 1996 gracias a la Ley de Protección de la Eugenesia que buscaba “un Japón mejor”; Estados Unidos esterilizó forzosamente a más de 60.000 personas en la primera mitad del siglo XX, gracias a leyes de eugenesia que daban potestad a los funcionarios públicos para esterilizar a personas consideradas “no aptas” para tener hijos, la mayoría mujeres negras, indias, latinas y con diversidad funcional. Y podríamos seguir con decenas de ejemplos más por todo el mundo.

Otra posibilidad sería establecer políticas de limitación del número de hijos, como la política del hijo único vigente en China durante varias décadas. Sin embargo, con una natalidad desplomada en Occidente, lo más probable es que de nuevo esto se aplicase, haciendo uso de un alto grado de violencia colonial, a las zonas del mundo que tienen una tasa de fecundidad superior a la tasa de reposición, como África subsahariana o Asia occidental.

Si seguimos el razonamiento de muchos de los comentarios en redes sociales, parece que es el propio planeta el que se va a hacer cargo de la “purga” de la población a través de pandemias y enfermedades. Esto va bien para descargarnos de la responsabilidad de tener que asesinar o esterilizar, pero lo cierto es que es bastante absurdo. El planeta no es un ente con capacidad de pensar, no hace planes, no se venga del daño que le han causado los humanos. Esta especie de ecofascismo místico que antropomorfiza al planeta no solo no resiste ningún tipo de razonamiento lógico, sino que además es bastante desconsiderado con el sufrimiento de enfermos y familiares. Tienes que ser una persona bastante terrible para decirle a alguien que acaba de perder a su madre que en realidad es un sacrificio de Gaia.

Desviar el foco

El marco ideológico del ecofascismo no es ajeno a algunos de los principales partidos de extrema derecha europeos. El Frente Nacional de Marine Le Pen o el Fidesz de Viktor Orban ya han hablado en varias ocasiones de la necesidad de endurecer el cierre de fronteras como medida de lucha contra el cambio climático. En una entrevista hace unos meses, Le Pen argumentaba que la preocupación por el clima es “inherentemente nacionalista” y que los “nómadas”, como llama a los migrantes, “no se preocupan por el medio ambiente porque no tienen patria”. De momento, las medidas que proponen no incluyen el exterminio o la esterilización forzosa de la población, pero parece irresponsable alimentar en redes el sustrato de este marco ideológico. Al fin y al cabo, solo hay un paso entre uno y otro, y la experiencia histórica ya nos advierte de lo sencillo que es recorrerlo.

Pero además de contribuir a extender las semillas del ecofascismo, los comentarios que señalan el exceso de población como causa de la crisis ecológica también desvían el foco del problema principal: el capitalismo. Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Esta misma población, con otra forma de organización social, podría vivir de forma sostenible.

Un estudio publicado en la revista Nature en enero de este mismo año mostraba que el planeta sería capaz de alimentar a 10.000 millones de personas, casi 3.000 millones más que en la actualidad, sin sobrepasar los límites ecológicos. Para ello, claro, serían necesarios cambios en la producción y en la dieta, como el descenso en el consumo de carne, la sustitución de unos alimentos por otros o la reducción del regadío y la fertilización química en determinadas zonas del planeta. El informe partía de un escenario capitalista, por lo que es fácil imaginar lo que podríamos hacer en otro escenario.

Responsabilizar de la crisis climática al conjunto de la población por igual también supone desviar el foco del problema de clase. La realidad, sin embargo, es que el 10% de la población más rica del planeta genera la mitad de las emisiones derivadas de los hábitos de consumo. La mitad más pobre del planeta, en cambio, solo contribuye con un 10%. Las medidas destinadas a reducir la población parecen poco efectivas para hacer frente a una contaminación que es producida de forma mayoritaria por un conjunto bastante pequeño de la población mundial.

Si de verdad nos preocupa la crisis ecológica y esta no es una mera excusa para imponer políticas de cierre de fronteras y control de la población, deberíamos poner el foco en las relaciones de producción y consumo capitalistas y no en la cifra global de población. Y si nos preocupan las tasas de natalidad de algunas zonas del planeta ─según los datos de la ONU la global ya descendió hasta el 2,3 mujeres por hijo, muy cerca de la tasa de reposición de 2,1─ deberíamos hacernos fervientes feministas, porque si algo nos ha demostrado la experiencia histórica es que las tasas de natalidad descienden cuando las mujeres tienen el control sobre sus propios cuerpos y pueden acceder libremente a métodos anticonceptivos y a abortos seguros.

No necesitamos medidas de control de la población ni esterilizaciones masivas, y tampoco necesitamos pandemias que lo hagan por nosotros. Necesitamos acabar con un sistema de producción y consumo que está llevándonos a una crisis ecológica sin precedentes y que ha supuesto ya el exterminio de cientos de miles de especies. Necesitamos entender que el capitalismo es un sistema fracasado que no es capaz de garantizar la supervivencia en el planeta y que debe ser sustituido por otra forma de organización social. Frente al riesgo de la extensión del ecofascismo, necesitamos articular un ecosocialismo que será necesariamente diferente del socialismo del siglo pasado, pero que nos permitirá garantizar la supervivencia de todos los habitantes del planeta ─humanos y no humanos─ y asegurar la mejor de las vidas posibles para todos, no solo para unos pocos. Quizá, como decía el filósofo Jason Read hace unos días, la elección del siglo XXI ya no es entre socialismo o barbarie, sino entre socialismo o extinción.

Por Layla Martínez

25 mar 2020 06:01

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Coronavirus y crisis: ¿cómo afectará a la economía en la región?

Informe de la Cepal sobre el impacto de la pandemia en América latina

La debacle económica derivada de las medidas de restricción sanitarias llega a América latina a través de varios canales. Para la Cepal, la región caería este año 1,8 por ciento.

La crisis del coronavirus se encamina a convertirse en un evento económico tanto o más grave que el estallido de la burbuja de las hipotecas subprime, en 2008. Así lo consideran varios organismos internacionales, entre ellos la Cepal, cuya secretaria Ejecutiva, Alicia Bárcena, señaló que la actual crisis “pasará a la historia como una de las peores que el mundo ha vivido”. Bárcena detalló cómo América latina se verá afectada económicamente y pidió mayor cooperación global.

 “América Latina y el Caribe, así como otras regiones emergentes, se verá afectada negativamente a través de cinco canales. Un primer canal de transmisión de esta crisis es el efecto de la disminución de la actividad económica de varios de los principales socios comerciales en las exportaciones de bienes de los países de la región. China, por ejemplo, es un destino importante para las exportaciones de varias economías latinoamericanas y la Cepal estima que las exportaciones de la región a ese destino podrían caer hasta 10,7 por ciento en valor”, explicó Bárcena.

“Un segundo canal proviene de la caída en la demanda de servicios de turismo, que impactaría más severamente a los países del Caribe. Se calcula que si la prohibición de viajes a causa del virus se prolonga por uno, dos, o tres meses, la actividad turística en el Caribe, por ejemplo, en 2020 se contraería en 8, 17 y 25 por ciento, respectivamente”, agregó la titular de la Cepal. El tercer canal de transmisión se vincula a la “interrupción de las cadenas globales de valor” que afectaría en primer lugar a México y Brasil, países que importan partes y bienes intermedios desde China para sus sectores manufactureros.

La cuarta vía de impacto se relaciona con la caída de los precios de los commodities, como por ejemplo la soja, que es un producto central de la canasta exportadora argentina. En tanto, un quinto canal de transmisión se deriva de la mayor aversión al riesgo de los inversionistas y el empeoramiento de las condiciones financieras globales.

América latina y el Caribe creció a una tasa estimada de apenas el 0,1 por ciento en 2019 y antes de la crisis del coronavirus se estimaba que 2020 registrara una mejora del 1,3 por ciento. Sin embargo, la Cepal aclaró que “las proyecciones han sido revisadas a la baja significativamente en el actual escenario”. Ahora se calcula una contracción del 1,8 por ciento en la economía regional, “lo que podría llevar a que el desempleo en la región crezca en diez puntos porcentuales y el número de pobres suba de 185 a 220 millones de personas”.

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La advertencia del virus: Productividad capitalista, crisis de salud, crisis climática

El virus nos habla. Nos dice que necesitamos solidaridad, generosidad y prudencia. Nos dice que la austeridad, la privatización y la rentabilidad son criminales, especialmente en salud. También nos dice que es posible iniciar una reducción radical real de las emisiones de gases de efecto invernadero, del orden del 7% anual. Con una condición: producir menos y transportar menos.

Obviamente, el virus no muestra ningún discernimiento: reduce las emisiones a ciegas, suprimiendo vidas, creando mucho sufrimiento, aislamiento y angustia. Aumenta la desigualdad social y la precariedad. En última instancia, podemos enfrentar la escasez de algunas necesidades básicas. Por lo tanto, sería absurdo o cínico alegrarse.

Sería aún más absurdo o cínico contar con el virus para lograr las reducciones de emisiones gigantescas necesarias año tras año, según los científicos, para que el calentamiento global no exceda 1,5 ° C grados (-65% en países de la UE para 2030, -58% en todo el mundo, -100% para 2050). Esta epidemia debe detenerse lo antes posible.

Sin embargo, la acción del virus es más efectiva que la de los gobiernos. A pesar de las negociaciones que duran 25 años, las emisiones de CO 2 son un 60% mayores hoy que cuando la Cumbre de la Tierra en 1992. A pesar del Acuerdo de París, las medidas tomadas por los gobiernos prometen un calentamiento de 3.3 ° C, ¡un nivel dos veces mayor que el que estos mismos gobiernos han decidido no cruzar!

Expuestos al peligro en nuestros lugares de trabajo o confinados en nuestros hogares, el virus nos invita a pensar y liberar nuestra imaginación para hacer algunas preguntas. Por ejemplo :

-¿Por qué no podría la reducción ciega de la producción y el transporte causada por el virus dar paso a una reducción acordada y planificada por la sociedad, comenzando por las producciones innecesarias y perjudiciales?

-¿Por qué los trabajadores afectados por la eliminación (total o parcial) de estas producciones inútiles o dañinas (armas, publicidad, automóviles privados, plásticos, etc.) no pueden mantener sus ingresos y beneficios?  ¿Es posible una reconversión colectiva en trabajos de cuidado a personas y ecosistemas, social y ecológicamente útil y personalmente gratificante?

-¿Por qué la globalización dictada por la maximización de las ganancias en las "cadenas de valor" de las compañías multinacionales no puede ser sustituida por una generosa cooperación no colonial, basada en la justicia social y climática, la libertad de movimiento y de residencia de las personas y la soberanía alimentaria?

-¿Por qué los agronegocios, que destruyen la biodiversidad y la salud, lo que promueve la propagación de virus [ 1 ] no pueden ser sustituidos por una agroecología, mejor para la salud humana y la biodiversidad?

-¿Por qué el centro de gravedad de la sociedad no puede cambiar de la esfera de la producción de bienes a la esfera de los "cuidados" a los humanos y los no humanos?

-¿Por qué no podemos producir menos, transportar menos y compartir más: compartir riqueza, conocimiento, trabajo necesario y ... compartir tiempo, este precioso recurso, entre todos?

El argumento de los políticos que no hacen nada para salvar el clima es siempre el mismo: "Queremos, pero la gente no quiere cambiar su comportamiento de consumidor". Por el contrario, la respuesta a la epidemia muestra que, al estar bien informadas del peligro, las poblaciones aceptan cambios significativos en su forma de vida.

También nos muestra que aquellos que no quieren cambiar, en realidad, son los gerentes económicos, los financieros y los accionistas de las grandes empresas. Incluso durante una epidemia, quieren continuar produciendo cada vez más a un coste menor, para obtener el máximo beneficio. Sin tener en cuenta la salud de las trabajadoras, los trabajadores y la población.

El virus nos dice que los gobiernos están al servicio de esta política: aunque hay una emergencia sanitaria, se niegan a suspender la actividad en sectores no vitales; mientras que el sector de la salud necesita ser refinanciado, ayudan a los bancos [ 2 ] ; Si bien se necesita más solidaridad, continúan hostigando a los que dependen de los alquileres sociales, a las personas sin hogar, a los migrantes, a los pensionistas; Si bien se necesita más democracia y participación para vencer la epidemia, se otorgan poderes especiales ...

Las innumerables iniciativas de base para ayudar a las personas sin hogar, los desfavorecidos, los ancianos, los indocumentados, para apoyar a los trabajadores de la salud, las huelgas para detener empresas no vitales, etc., demuestran que otra política es posible. Una política de autodisciplina solidaria, democrática, social y generosa.

En 2002, durante la epidemia de coronavirus del SARS, los virólogos advirtieron que seguirían otros coronavirus y que se podría encontrar una vacuna, pero los gobiernos se negaron a financiar su investigación. Quieren que la investigación médica permanezca en manos de compañías farmacéuticas multinacionales, cuyo objetivo no es la salud pública, sino obtener ganancias a través de la venta de medicamentos en el mercado para pacientes solventes.

Del mismo modo, durante 25 años, los climatólogos han advertido que es probable que el cambio climático provoque desastres y que debe dejarse de quemar petróleo, carbón y gas natural. Pero los gobiernos no han hecho nada. Quieren que la energía permanezca en manos de multinacionales cuyo objetivo no es la transición energética justa más rápida posible, sino obtener sobretodo ganancias.

El cambio climático es infinitamente más peligroso que la epidemia. Nos arriesgamos a elevar el nivel del mar en más de diez metros. Si no actuamos muy rápido, hará que la Tierra sea inhabitable para cientos de millones de seres humanos e innumerables no humanos, sin poder hacer retroceder el reloj. Los más pobres, los más débiles pagarán los costes.

Cómo combatir esta amenaza depende de las prioridades elegidas. La epidemia destaca las de los propietarios y sus consecuencias: la producción de bienes antes que el cuidado de las personas; la libertad de especular (en máscaras, por ejemplo) antes que la libertad de circulación; rescatar bancos antes que financiar servicios sociales; poderes especiales y controles de policía generalizados (¡como en China!) en lugar de participación democrática; búsqueda y acoso de migrantes en lugar de solidaridad.

A partir de este precedente, todos podemos imaginar cómo se aplicarán las mismas prioridades cuando los propietarios no tengan otra opción que decidir, demasiado tarde, hacer algo contra la amenaza climática.

Invisible como el CO 2 , el virus nos advierte. Nos dice que dejemos de creer que somos más fuertes que la naturaleza de la que somos parte. Nos dice que el productivismo capitalista nos ha llevado al borde del abismo y que los amos del mundo no nos salvarán: se salvarán a expensas de los pobres, los explotados, los oprimidos y nuestras libertades. Nos dice que los políticos neoliberales no nos salvarán: debemos ponernos de pie y organizarnos para poner fin al capitalismo, este sistema aberrante que interrumpe por completo nuestra relación con el mundo y con nuestros semejantes.

Notas

[ 1 ] Los especialistas coinciden en que la destrucción de los entornos naturales y la estandarización agrícola son la causa de la aparición y propagación de nuevas enfermedades virales.

[ 2 ] El Banco Central Europeo libera 750 mil millones de euros para "aliviar a los bancos" mediante la compra de deudas de empresas y gobiernos.

Por Daniel Tanuro

Ingeniero agrícola, ecologista y activista socialista valón, es dirigente de la LCR-SAP del Reino de Bélgica.

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Coronavirus y la nueva crisis del capitalismo

La investigadora en finanzas para el desarrollo Iolanda Fresnillo apunta en este análisis que la pandemia del virus Covid19, en realidad, no solo está causando una crisis por sí misma, sino que también está desencadenando una crisis preexistente que, con una mirada más amplia y larga, nos tiene que permitir identificar las causas profundas de la también profunda crisis que afronta el capitalismo para encontrar, así, respuestas en profundidad.

Nadie puede negar hoy que la pandemia del coronavirus tendrá importantes consecuencias económicas a nuestro entorno y en el ámbito global. Y no lo podemos negar porque trabajadores y trabajadoras ya están empezando a recibir los primeros impactos en forma de despidos, expedientes temporales de ocupación o no contrataciones de temporada. A las que mantienen el trabajo —trabajadoras de la salud, de comercios de alimentación o farmacia, cuidadoras de personas dependientes, entre otros—, además de la precariedad crónica, les aumentan los riesgos de trabajar sin las medidas de seguridad adecuadas. Las trabajadoras autónomas y pymes se preguntan como podrán hacer frente a facturas o pagar las nóminas si no tienen actividad económica a causa del confinamiento.

Pero nos haríamos un mal favor si identificáramos el coronavirus como la causa de esta crisis económica. Es evidente que la pandemia tiene y tendrá efectos directos sobre la economía, pero hace falta que lo analicemos con una mirada más global y más amplia, para alcanzar la dimensión de la crisis económica que se ha estado desarrollando más allá del coronavirus. Porque la pandemia del virus Covid19 está, en realidad, no solo causando una crisis por sí misma, sino desencadenando una crisis preexistente. Una mirada más larga nos permitirá identificar causas profundas de la también profunda crisis que afronta el capitalismo, para buscar así también respuestas en profundidad.

Covid-19 como desencadenante de una crisis de deuda

Probablemente recordéis la caída de Lehman Brothers en el 2008. Resulta obvio que la causa de aquella crisis financiera no fue la quiebra de una sola empresa, sino que el acontecimiento generó una reacción en cadena que desencadenó y agravó una situación de crisis ya preexistente. En inglés dicen trigger, desencadenante o disparadero. El Covid19 puede ser precisamente esto, un acontecimiento con enormes repercusiones en la economía productiva y reproductiva, pero también el desencadenante de una crisis más profunda que hace ya tiempo que se está cociendo. Un disparo en el corazón del capitalismo.

De hecho, ya hace tiempo que medios económicos, instituciones financieras internacionales, economistas ortodoxas y críticas, y organizaciones sociales, vamos diciendo que hay riesgo y signos de una nueva crisis económica y financiera. Uno de los elementos claves de esta crisis es el elevado nivel de deuda.

Nunca en la historia de la humanidad había habido niveles tan elevados de endeudamiento. En términos absolutos, la deuda global ha alcanzado los 253 billones de dólares el último trimestre de 2019, lo que equivale al 322% del PIB mundial. Es decir, la deuda a nivel global supera el triple de la riqueza producida en todo el mundo (tal y como se contabiliza a través del PIB, una medida muy ineficiente que, entre otras carencias, no considera el trabajo reproductivo y de cuidados, imprescindible para la sostenibilidad de la vida).

Este nuevo ciclo de endeudamiento, que se inicia el 2010 a consecuencia de las políticas monetarias en respuesta a la crisis de 2008 y del funcionamiento normal de una economía híper financiada es, según el Banco Mundial, más amplio geográficamente, más rápido y con niveles más elevados de deuda que cualquier otra oleada de endeudamiento pasada en tiempos de paz. Encontramos endeudamiento insostenible en países del Norte y del Sur global, y los niveles de deuda muy elevada se dan tanto en el ámbito público —con 72,7 billones de dólares (92.5% del PIB)— como privado, especialmente de empresas no financieras (con 69,3 billones de dólares, el 88.3% del PIB). También la deuda de las familias ha ido creciendo en los últimos años, especialmente en los Estados Unidos de América, el Reino Unido y en países asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Tailandia, Malasia o China, reflotando la burbuja inmobiliaria.

COVID-19 como agravante de una crisis global

El coronavirus tiene un fuerte impacto en la economía real. Nos enfrontamos a una gran bajada del consumo a nivel global, en un contexto ya de por sí de reducción de la demanda por el estancamiento de los salarios. Obviamente, en situación de confinamiento o semiconfinamiento, se deja de consumir más allá del imprescindible. El turismo se para en seco, la gente deja de comprar coches y se posponen decisiones económicas importantes. Las empresas, que ven como las ventas se reducen, dejan de invertir, pagan con retraso a proveedores o incluso posponen compras importantes de suministros o equipos. En países donde hay confinamiento total, las industrias dejan de producir y servir mercancías, provocando roturas en las cadenas de producción. El impacto del coronavirus es simultáneo tanto en la demanda como en la oferta.

Como hemos dicho, esto sucede en un contexto de elevado endeudamiento corporativo. Por lo que, a medida que los ingresos se reduzcan, las empresas tendrán más dificultades de pagar las deudas acumuladas. El riesgo se multiplica si tenemos en cuenta que en muchos casos estas deudas ya eran, antes del coronavirus, de dudosa calidad, es decir, que el número de las llamadas empresas zombi es cada vez más elevado.

Las empresas zombi son aquellas en las que los beneficios no son capaces ni de cubrir los costes financieros, es decir, que no ganan ni para cubrir los intereses de sus deudas, de forma que sobreviven gracias a las continuas refinanciaciones de la deuda. En un contexto de incertidumbre como el actual, serán pocos los inversores y entidades financieras que se arriesguen a seguir manteniéndolas a flote.

En el ámbito público, los estados necesariamente tienen que aumentar el gasto sanitario y de otros ámbitos (prestaciones del paro, ayudas sociales, etcétera) para hacer frente a la situación del coronavirus. Los ingresos se reducirán, puesto que empresas y familias comprarán menos (inferior recaudación del IVA) y ganarán menos (inferior recaudación de IRPF e impuesto sobre sociedades) y por tanto los déficits se incrementarán, aumentando los —ya elevados— niveles de deuda pública. Esto es especialmente preocupante en los países más empobrecidos, como algunos de África Subsahariana, o a otros países de rentas medias como Argentina, Líbano o Egipto, en situación ya de crisis de deuda.

Finalmente, la incertidumbre genera pánico y caídas masivas en las bolsas y, la carencia de regulación, la proliferación de fondo buitres y operaciones especulativas. La misma incertidumbre hace aumentar las primas de riesgo y por tanto incrementan los costes para los estados y empresas para refinanciar sus deudas. Todo ello en una economía financiarizada, y por tanto, altamente vulnerable a las incertidumbres y volatilidad de los mercados financieros. Y muy globalizada, donde el virus no solo no conoce fronteras, sino donde además la recesión económica se contagia rápidamente de un país al otro.

COVID-19 como síntoma

Hay que mencionar también la dimensión de la crisis del coronavirus como síntoma del capitalismo neoliberal y las políticas de austeridad que, durante décadas, han ido minando la capacidad del sistema sanitario para abordar una crisis como la actual. Aquellos países con mayores niveles de deuda han sido los que más han reducido sus inversiones en sanidad, y en los que la crisis del coronavirus será más difícil de afrontar. El delirio de la austeridad no solo ha afectado la capacidad de los sistemas públicos sanitarios, sino también a los niveles de protección social, incluyendo subsidios de paro, pensiones o ayudas por la población más vulnerable, no solo a nuestro país sino, especialmente, en los países más empobrecidos.

La reducción de la demanda a escala global, además, provocará un mayor descenso en las exportaciones y precios de las materias primas, especialmente grave para los países del Sur. Durante décadas, el Banco Mundial y el FMI han recomendado a los países empobrecidos aprovechar sus recursos naturales para fomentar un crecimiento económico basado en exportaciones de combustibles fósiles, de minerales, soja o aceite de palma, entre muchos otros.

Tal como informa Eurodad, el número de países dependientes de la exportación de materias primas se ha incrementado de 92 al 2002 a 102 al 2017, y a causa del coronavirus habrá una reducción de más de 50.000 millones de dólares en exportaciones globales. Solo China importaba del resto del mundo, antes de la crisis, por valor de 1,7 billones de dólares. Desde el inicio de año, las importaciones en China se han reducido un 4% y los precios de materias primas han caído un 30%. La reducción de la demanda a escala global, sin lugar a dudas, reducirá los ingresos en estos países, que afrontarán —todavía más— dificultades para pagar sus deudas externas.

La Xarxa d'Economia Social i Solidaria (XES) denunciaba que el Covid19 no cae del cielo, sino que es consecuencia de un sistema capitalista patriarcal, productivista y devastador, que ha alterado el equilibrio de los ecosistemas, incluyendo virus y bacterias. El urbanismo y la deforestación asociada al desarrollo capitalista "está obligando a muchos de estos animales a migrar e instalarse cerca de los humanos, lo que multiplica las probabilidades de que microbios, que para estas especies son benignas, pasen a las personas y muten en patógenos”, afirma el comunicado de la XES.

¿Covid-19 como oportunidad?

La crisis del coronavirus pone en evidencia las limitaciones y riesgos, a nivel humano y social, pero también económico, del sistema capitalista. Nos pone frente al espejo de lo que puede ser el futuro en un marco de emergencia climática. En un escenario de crecientes fenómenos climáticos extremos, solo un estado del bienestar fuerte, sistemas de protección social suficientes y un tejido comunitario y socioeconómico resiliente nos permitirá hacer frente a la creciente vulnerabilidad.

a economía de mercado muestra, en momentos como el actual, el sinsentido de un sistema financiero especulativo y volátil. Se hace evidente que el capitalismo financiarizado y globalizado es uno de los peores sistemas para hacer frente a situaciones de crisis humanitaria como la que plantea la pandemia del Covid19 o la emergencia climática. Los problemas se contagian rápidamente, la incertidumbre se convierte en histeria en los mercados financieros, las dependencias de importaciones y exportaciones se vuelven vulnerabilidades y la deuda insostenible se convierte en un peso imposible de seguir cargando.

Ante estas evidencias, es el momento de poner en valor los beneficios de una nueva economía de circuito corto, que produzca bienes y servicios que respondan a las necesidades de las personas y no a las posibilidades de rentabilidad de la inversión; una economía ecofeminista que respete los límites materiales del planeta, eliminando la dependencia de los combustibles fósiles y reduciendo las emisiones al mínimo, y que ponga en valor y democratice las tareas de cuidado y reproducción. una economía desfinanciarizada, en la que las instituciones financieras, públicas y cooperativas, dejen de responder a la dinámica especulativa y estén al servicio de la economía productiva y reproductiva.

Ahora es el momento de poner en marcha un plan de choque social que rescate las personas en el corto plazo, pero también de un plan para construir una nueva política económica transformadora, desde lo local, el cooperativismo y la construcción de soberanías. Lo que nos permitirá salir de esta nueva crisis sin incrementar la crisis climática no será fomentar el consumo y crecimiento desmedido. Será un decrecimiento que incorpore medidas e inversiones que faciliten la transición industrial, energética, comercial y agrícola. Esta apuesta por un nuevo modelo económico, compatible con la vida y el planeta, no puede ser tímida. En tiempos de crisis, o somos osadas, o barbarie. ¿Nos ponemos a ello?

 

Por Iolanda Fresnillo

LA Directa

18 mar 2020 05:00

La directa

Artículo original publicado en La Directa y traducido por El Salto.

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Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará

 

Foto: Studio Incendo – https://creativecommons.org/licenses/by/2.0/

Según se aproxima la fecha de caducidad de la civilización moderna, aumenta el número de estudiosos que dedican su atención a la decadencia y caída de las civilizaciones del pasado. Dichos ensayos proponen explicaciones contrapuestas de las razones por las que las civilizaciones fracasan y mueren. Al mismo tiempo ha surgido un mercado lucrativo en torno a novelas, películas, series de televisión y videojuegos post-apocalípticos para aquellos que disfrutan con la emoción indirecta del caos y los desastres oscuros y futuristas desde el confort de su sofá. Claro que sobrevivir a la realidad será una historia bien distinta.

El temor latente a que la civilización tenga sus horas contadas ha generado un mercado alternativo de ingenuos “felices para siempre” que se aferran desesperadamente a su confianza en el progreso ilimitado. Optimistas irredentos como el psicólogo cognitivo Steven Pinker tranquilizan a esta muchedumbre ansiosa asegurándole que la nave titánica del progreso es insumergible. Las publicaciones de Pinker le han convertido en el sumo sacerdote del progreso (1). Mientras la civilización gira alrededor del sumidero, su ardiente público se reconforta con lecturas y libros llenos de pruebas elegidas cuidadosamente para demostrar que la vida es ahora mejor de lo que nunca ha sido y que probablemente continuará mejorando. Sin embargo, cuando se le pregunta, el propio Pinker admite que “es incorrecto extrapolar que tenemos el progreso garantizado solo por el hecho de que hasta ahora hayamos progresado”(2).

Las estadísticas color de rosa de Pinker disimulan hábilmente el fallo fundamental de su argumentación: el progreso del pasado se consiguió sacrificando el futuro, y el futuro lo tenemos encima. Todos los datos felices que cita sobre el nivel de vida, la esperanza de vida y el crecimiento económico son producto de una civilización industrial que ha saqueado y contaminado el planeta para crear un progreso fugaz para una creciente clase media –y enormes beneficios y poder para una pequeña élite.

No todos los que entienden que el progreso se ha adquirido a costa del futuro piensan que el colapso civilizatorio será abrupto y amargo. Algunos estudiosos de las antiguas sociedades, como Jared Diamond y John Michael Greer, señalan acertadamente que el colapso repentino es un fenómeno raro en la historia. En The Long Descent, Greer asegura a sus lectores que “el mismo modelo se repite una y otra vez en la historia. La desintegración gradual, no una catástrofe repentina, es el modo en que finalizan las civilizaciones”. El tiempo que suelen tardar estas en apagarse y colapsar, por término medio, es de unos 250 años, y este autor no ve razones por las que la civilización moderna no vaya a seguir esta evolución (3).

Pero la hipótesis de Greer es poco sólida porque la civilización industrial muestra cuatro diferencias fundamentales con todas las anteriores. Y cada una de ellas puede acelerar e intensificar el colapso venidero además de aumentar la dificultad de recuperación.

Diferencia nº 1

A diferencia de todas las anteriores, la civilización industrial moderna se alimenta de una fuente de energía excepcionalmente rica, no renovable e irremplazable: los combustibles fósiles. Esta base de energía única predispone a la civilización industrial a tener una vida corta, meteórica, con un auge sin precedente y un descalabro drástico. Tanto las megaciudades como la producción globalizada, la agricultura industrial y una población humana que se aproxima a los 8.000 millones de habitantes son una excepción histórica –e insostenible– facilitada por los combustibles fósiles. En la actualidad, los ricos campos petroleros y las minas de carbón fácilmente explotables del pasado están casi agotados. Y, aunque contemos con energías alternativas, no existen sustitutos realistas que puedan producir la abundante energía neta que los combustibles fósiles suministraron todo este tiempo (4). Nuestra civilización compleja, expansiva y acelerada debe su breve existencia a esta bonanza energética en rápido declive que solo tiene una vida.

Diferencia nº 2

A diferencia de las civilizaciones del pasado, la economía de la sociedad industrial es capitalista. Producir para obtener beneficios es su principal directriz y fuerza impulsora. En los dos últimos siglos, el excedente energético sin precedentes proporcionado por los combustibles fósiles ha generado un crecimiento excepcional y enormes beneficios. Pero en las próximas décadas este maná de abundante energía, crecimiento constante y beneficios al alza de desvanecerá.

No obstante, a menos que sea abolido, el capitalismo no desaparecerá cuando la prosperidad se convierta en descalabro. En vez de eso, el capitalismo sediento de energía y sin poder crecer se volverá catabólico.  El catabolismo es un conjunto de procesos metabólicos de degradación mediante el cual un ser vivo se devora a sí mismo. A medida que se agoten las fuentes de producción rentables, el capitalismo se verá obligado a obtener beneficios consumiendo los bienes sociales que en otro tiempo creó. Al canibalizarse a sí mismo, la búsqueda de ganancias agudizará la espectacular caída de la sociedad industrial.

El capitalismo catabólico sacará provecho de la escasez, de la crisis, del desastre y del conflicto. Las guerras, el acaparamiento de los recursos, el desastre ecológico y las enfermedades pandémicas se convertirán en las nuevas minas de oro. El capital se desplazará hacia empresas lucrativas como la ciberdelincuencia, los préstamos abusivos y el fraude financiero; sobornos, corrupción y mafias; armas, drogas y tráfico de personas. Cuando la desintegración y la destrucción se conviertan en la principal fuente de beneficios, el capitalismo catabólico arrasará todo a su paso hasta convertirlo en ruinas, atracándose con un desastre autoinfligido tras otro (5).

Diferencia nº 3

A diferencia de las sociedades del pasado, la civilización industrial no es romana, china, egipcia, azteca o maya. La civilización moderna es HUMANA, PLANETARIA y ECOCIDA. Las civilizaciones preindustriales agotaron su suelo fértil, talaron sus bosques y contaminaron sus ríos. Pero el daño era mucho más temporal y estaba geográficamente delimitado. Una vez que los incentivos del mercado perfeccionaron el colosal poder de los combustibles fósiles para explotar la naturaleza, las funestas consecuencias fueron de ámbito planetario. Dos siglos de quema de combustibles fósiles han saturado la biosfera con un carbono que ha alterado el clima y que continuará causando estragos durante las próximas generaciones. El daño causado a los sistemas vivos de la Tierra –la circulación y composición química de la atmósfera y del océano; la estabilidad de los ciclos hidrológicos y bio-geoquímicos; y la biodiversidad del planeta entero– es esencialmente permanente.

Los humanos se han convertido en la especie más invasora jamás conocida. Aunque apenas somos un mero 0,01 por ciento de la biomasa del planeta, nuestros cultivos y nuestro ganado domesticado dominan la vida en la Tierra. En términos de biomasa total, el 96 por ciento de los mamíferos que pueblan el planeta son ganado; frente al 4 por ciento salvaje. El 70 por ciento de todas las aves son aves de corral, frente a un 30 por ciento salvaje. Se calcula que en los últimos 50 años han desaparecido en torno a la mitad de los animales salvajes de la Tierra (6). Los científicos estiman que la mitad de las especies restantes desaparecerán hacia el final del siglo (7). Ya no quedan ecosistemas vírgenes o nuevas fronteras adonde las personas puedan huir del daño que han causado y recobrarse del colapso.

Diferencia nº 4

La capacidad colectiva de la civilización humana para afrontar sus crecientes crisis se ve paralizada por un sistema político fragmentado entre naciones antagonistas gobernadas por élites corruptas a quienes preocupa más la riqueza y el poder que las personas y el planeta. La humanidad se enfrenta a una tormenta perfecta de calamidades globales que convergen. El caos climático, la extinción desenfrenada de especies, la escasez de alimentos y agua dulce, la pobreza, la desigualdad extrema y el aumento de las pandemias globales están erosionando a marchas forzadas las bases de la vida moderna.

Pero este sistema político díscolo y fracturado impide casi por completo la organización de una respuesta cooperativa. Y cuanto más catabólico se vuelve el capitalismo industrial, más aumenta el peligro de que gobernantes hostiles aviven las llamas del nacionalismo y se lancen a la guerra por los escasos recursos. Por supuesto que la guerra no es algo nuevo. Pero la guerra moderna es tan devastadora, destructiva y tóxica que poco deja detrás. Ese sería el último clavo del ataúd de la civilización.

¿Resurgiendo de las ruinas?

El modo en que las personas respondan al colapso de la civilización industrial determinará la gravedad de sus consecuencias y la estructura que la reemplace. Los desafíos son monumentales. Nos obligarán a cuestionar nuestra identidad, nuestros valores y nuestras lealtades más que ninguna otra experiencia en la historia. ¿Quiénes somos? ¿Somos, por encima de todo, seres humanos que luchamos por sacar adelante a nuestras familias, fortalecer nuestras comunidades y coexistir con otros habitantes de la Tierra? ¿O nuestras lealtades básicas son hacia nuestra nación, nuestra cultura, nuestra raza, nuestra ideología o nuestra religión? ¿Podemos dar prioridad a la supervivencia de nuestra especie y de nuestro planeta o nos permitiremos quedar irremediablemente divididos según líneas nacionales, culturales, raciales, religiosas o de partido?

El resultado final de esta gran implosión está en el aire. ¿Seremos capaces de superar la negación y la desesperación, vencer nuestra adicción al petróleo y tirar juntos para acabar con el control del poder corporativo sobre nuestras vidas? ¿Conseguiremos promover la democracia genuina, mejorar la energía renovable, retejer nuestras comunidades, reaprender técnicas olvidadas y sanar las heridas que hemos causado a la Tierra? ¿O el miedo y los prejuicios nos conducen a terrenos hostiles, a la lucha por los menguantes recursos de un planeta degradado? Lo que está en juego no puede ser más importante.

Notas:

[1] Algunos de sus libros son: The Better Angels of Our Nature and Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress.

[2] King, Darryn. “Steven Pinker on the Past, Present, and Future of Optimism” (OneZero, Jan 10, 2019) https://onezero.medium.com/steven-pinker-on-the-past-present-and-future-of-optimism-f362398c604b

[3] Greer, John Michael.  The Long Descent (New Society Publishers, 2008): 29.

[4] Heinberg, Richard. The End Of Growth. (New Society, 2011): 117.

[5] Para más información sobre el capitalismo catabólico, léase: Collins, Craig. “Catabolism: Capitalism’s Frightening Future,”CounterPunch (Nov. 1, 2018).  https://www.counterpunch.org/2018/11/01/catabolism-capitalisms-frightening-future/

[6] Carrington, Damian. “New Study: Humans Just 0.01% Of All Life But Have Destroyed 83% Of Wild Mammals,” The Guardian (May 21, 2018). https://www.theguardian.com/environment/2018/may/21/human-race-just-001-of-all-life-but-has-destroyed-over-80-of-wild-mammals-study

[7] Ceballos, Ehrlich, Barnosky, Garcia, Pringle & Palmer. “Accelerated Modern Human-Induced Species Losses: Entering The 6th Mass Extinction,” Science Advances. (June 19, 2015). https://advances.sciencemag.org/content/1/5/e1400253

Craig Collins es autor de Toxic Loopholes, sobre el sistema disfuncional de protección al medio ambiente de EE.UU. Enseña ciencia política y derecho medioambiental en la Universidad de California en East Bay y fue miembro fundador del Partido Verde de California.

Por Craig Collins | 18/03/2020

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/03/13/four-reasons-civilization-wont-decline-it-will-collapse/

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Ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales aseguraron que están preparados para adoptar medidas que mitiguen riesgos.Foto tomada de la cuenta de Twitter de Arturo Herrera

Riad. Ministros de Economía y Finanzas del Grupo de los 20 (G20) resaltaron ayer que tras señales de estabilización en 2019 hay signos de un repunte del crecimiento económico mundial este 2020 y 2021, y se comprometieron a acelerar los trabajos para un acuerdo global en materia de fiscalidad internacional.

En la misma cita en Riad, Arabia Saudita, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, consideró que "la proyectada recuperación es frágil" y el coronavirus reducirá el crecimiento mundial en torno a 0.1 por ciento este año y llevará el de China a 5.6.

En su comunicado final tras dos días de reuniones, los ministros explicaron que la recuperación proyectada está respaldada por la continuación de las condiciones financieras acomodaticias y algunas señales de alivio de las tensiones comerciales.

Admitieron, sin embargo, que todavía hay un entorno complejo, marcado por la incertidumbre derivada de dichas tensiones, el cambio climático y los efectos del nuevo virus.

"Mejoraremos la vigilancia del riesgo global, incluido el reciente brote del Covid-19", señalaron en el documento. "Estamos listos para adoptar más medidas con el fin de abordar esos riesgos".

Avanza el acuerdo sobre tributación

Respecto del acuerdo en materia de fiscalidad internacional, los ministros resaltaron los progresos en el contexto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con el fin de garantizar una tributación mínima de sociedades a escala mundial.

"Alentamos un mayor progreso para superar las diferencias restantes y reafirmamos nuestro compromiso de alcanzar una solución basada en el consenso con un informe final que se entregará a finales de 2020", afirmaron.

Así, los trabajos continuarán con miras a alcanzar un consenso que siente las bases para un acuerdo político en una reunión prevista para julio próximo en Berlín y la cumbre de líderes de noviembre.

El documento deberá abordar las estrategias de planificación fiscal utilizadas por las multinacionales para aprovecharse de las discrepancias de los sistemas fiscales y así trasladar sus beneficios a países de escasa o nula tributación.

El G20 representa 85 por ciento del producto interno bruto mundial y está conformado por Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Italia, Japón, México, República de Corea, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Turquía, Reino Unido, Estados Unidos y Unión Europea.

Covid-19 impactará el crecimiento mundial: FMI

De su lado, Georgieva apuntó que si bien el crecimiento mundial estaba listo para una recuperación modesta a 3.3 por ciento este año –por arriba del 2.9 del año pasado–, “el Covid-19 ha afectado la actividad económica en China y puede ponerla en riesgo.

Arturo Herrera, secretario de Hacienda de México, afirmó en su cuenta de Twitter que una de las últimas reuniones formales del G20 trató sobre la tributación de la economía digital. "Este es uno de los temas internacionales más importantes y en el que aún no se logra consenso entre los países, pero sobre el que esperamos llegar a un acuerdo a finales de año."

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Elizalde llamó a la creación de espacios de resistencia frente a tales estrategias de dominación en el ámbito digital. Foto: Cubaperiodistas.

La misión de las nuevas generaciones en América Latina es lograr la soberanía tecnológica, afirmó el catedrático español Ignacio Ramonet durante un debate en el Pabellón Cuba, en La Habana.

El doctor en Semiología e Historia de la Cultura disertó sobre el colonialismo 2.0 y los desafíos de la izquierda latinoamericana junto a la periodista e investigadora cubana Rosa Miriam Elizalde, quien abordó el surgimiento e impulso de internet y su progresión desde el entorno militar hasta el contexto universitario y civil.

Ramonet recordó que Fidel Castro fue uno de los primeros que entendió la importancia de internet y dispuso en Cuba la fundación de la Universidad de Ciencias Informáticas para el desarrollo de una ciencia y tecnología nacionales.

Internet nos plantea, por una parte, el enfrentamiento cultural y la presencia activa en el ciberespacio, que ocupa todo un universo simbólico, económico y cultural, liderado por grandes potencias, las cuales pujan por ese territorio digital, puntualizó.

El autor de El imperio de la vigilancia señaló que el colonialismo digital de Estados Unidos limita el ascenso de otros países e industrias cuyos contenidos pueden seducir a las grandes masas y citó los múltiples intentos para frenar a la empresa china Huawei.

Igualmente, reconoció varios ejemplos que demuestran la carrera de Corea del Sur por lograr la descolonización, entre estos, la expansión de la cultura K pop, los doramas y producciones como la multipremiada cinta Parásitos, ganadora del premio Óscar a la mejor película.

Por su parte, la doctora en Ciencias de la Comunicación Rosa Miriam Elizalde mencionó cifras relevantes para la región latinoamericana, señalada como la más dependiente en términos de infraestructura, plataformas y contenidos estadounidenses; en tanto, precisó que el 90% de todo el tráfico de datos del continente pasa por servidores de la superpotencia norteamericana.

Destacó, además, la expansión simbólica del imperio norteamericano, cuyos contenidos, estructuras y mensajes monopolizan la red de redes, devenida territorio ideal para la ciberguerra, el espionaje y la manipulación.  “El totalitarismo estadounidense utiliza este escenario para reforzar sus apetencias coloniales”, aseguró.

Las naciones latinoamericanas ocupan el ranking entre los diez países que consumen más tiempo en las redes sociales, el 81% de los jóvenes del continente utilizan regularmente Facebook y el 50% de las personas que carecen de agua potable o no acceden a los servicios básicos tienen perfiles en alguna red social norteamericana, según estudios recientes del Banco Interamericano de Desarrollo.

La también vicepresidenta de la Unión de Periodistas de Cuba describió el actual panorama regional sujeto a ser el polígono de prueba en el contexto digital con ejemplos como Bolivia, donde se crearon 6 000 cuentas falsas a través de la inteligencia artificial para generar la percepción de un supuesto respaldo al reciente golpe de Estado.

En consecuencia, Elizalde llamó a la creación de espacios de resistencia frente a tales estrategias con ejemplos como Venezuela y Argentina, que han demostrado la posibilidad, desde la izquierda, de enfrentar a la gran maquinaria de manipulación de la derecha.

Creado en 2013, el espacio Dialogar Dialogar es una plataforma para el debate con las nuevas generaciones en la nación caribeña y rinde homenaje a su inspirador, el intelectual cubano Alfredo Guevara, reconocido por sus ideas y capacidad para polemizar con los jóvenes.

20 febrero 2020 

(Tomado de Cubaperiodistas)

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Una mujer indígena participa en las recientes protestas sociales chilenas. Martin Bernetti AFP

Sin un importante incremento de la productividad será muy difícil sostener un mayor nivel de gasto social y menos aún generar mejores empleos en la región

En varios países de Latinoamérica el año 2019 será recordado como el del estallido social. Eso es particularmente cierto en el caso de Chile, pero en buena medida puede ser visto como una moraleja de lo que puede ocurrir en naciones que logran crecer, pero no son capaces de hacerlo con inclusión social. Es decir, mejorando de manera integral las condiciones de vida de las personas y promoviendo el acceso a oportunidades educativas, trabajo, salud, vivienda, seguridad, entre otras, en especial de aquellos grupos más vulnerables.

Es sabido que los países de América Latina se encuentran entre los más desiguales del mundo. Solo algunos de África son más desiguales. Pero también son de los menos innovadores. Ningún país de la región está entre los primeros 50 del ranking del Índice Mundial de Innovación 2019 de la OMPI. Aunque hoy la mirada está puesta en las urgencias que emanaron de las protestas sociales, es difícil pensar que los países latinoamericanos podrán avanzar demasiado en enfrentar los retos que tienen por delante si no se hace un esfuerzo por promover mayor innovación. ¿Suena extraño? Déjeme tratar de explicarlo.

Es claro que políticas que mejoren la inclusión social deben ser una prioridad. Pero también es importante notar que sin un importante incremento de la productividad será muy difícil sostener un mayor nivel de gasto social y menos aún generar mejores empleos, que son claves para disminuir la desigualdad.

Y sucede que en las últimas décadas la expansión económica de la región se ha sustentado fundamentalmente en el crecimiento demográfico y en la explotación extensiva de recursos naturales. Sin embargo, en varios países ya se está experimentando una transición demográfica que implica que una creciente proporción de adultos mayores deberá ser sostenida por una porción menor de personas en edad de trabajar. Ello solo será posible con un fuerte aumento de la productividad y la evidencia acumulada por años de investigación nos dice que la innovación es el factor que permite generarlo.

Por su parte, los efectos del cambio climático ya se hacen sentir en la región en forma de creciente escasez hídrica, surgimiento de nuevas plagas, inundaciones e incendios, entre otros, todo lo cual afecta la capacidad productiva en el campo agropecuario, forestal, minero o acuícola. Más aun, la necesidad de cumplir con estándares medio ambientales más elevados, así como la competencia por el uso del agua y del territorio en general, han vuelto más difícil la materialización de grandes proyectos de inversión que antes eran rápidamente aprobados, sin perjuicio de los impactos que podían tener en el entorno o en la vida de las comunidades.

De este modo, América Latina en realidad no solo enfrenta el desafío de lograr mayores niveles de inclusión social, sino el gran reto de elevar la productividad y ser más sustentable ambientalmente. Estos objetivos ciertamente se encuentran muchas veces en contradicción, pero es claro que sacrificar uno a costa de los otros no representa un camino viable e inevitablemente conducirá a nuevos conflictos.

No se me ocurre ningún camino distinto al de lograr mayores niveles de innovación para poder conciliar la necesidad de crecer económicamente con las impostergables demandas de inclusión social y sostenibilidad. En efecto, es a través de la introducción de nuevas formas de producir o de nuevos tipos de producto que se puede lograr un uso más eficiente y a la vez ambientalmente sostenible de los recursos.

¿Cómo lograr disponer de cultivos de alto rendimiento que utilicen menos agua y menos agroquímicos? ¿Cómo desarrollar embalajes de bajo costo que no utilicen plástico y que sean bio degradables? ¿Cómo utilizar más extensivamente la energía solar? ¿Cómo utilizar el potencial de la tecnología digital para extender el uso de la telemedicina?

Las oportunidades y desafíos son múltiples. Y son las empresas y los países que generen las respuestas a este tipo de cuestiones quienes estarán a la vanguardia de transitar hacia un desarrollo verdaderamente inclusivo y sostenible. El problema, claro está, es que avanzar en esa dirección requiere realizar esfuerzos que no van a rendir fruto en el corto plazo y ciertamente implica destinar recursos que hoy disputan problemáticas que políticamente son urgentes.

Sin embargo, la historia nos muestra que, enfrentados a coyunturas similarmente dramáticas, países como Finlandia, Irlanda o Corea del Sur, tuvieron el coraje de entender que no hay atajos para el desarrollo. Estas naciones destinaron, y siguen destinando, significativos recursos públicos para estimular la innovación, formar y atraer talento, y fortalecer sus capacidades científico-tecnológicas. Sus esfuerzos no tuvieron frutos inmediatos, pero hoy los resultados están a la vista.

Frente al imperativo de lograr un crecimiento económico inclusivo y sustentable, el imperativo de innovar debe ser parte fundamental del nuevo trato social que impulse una nueva ruta de progreso en América Latina.

Por Gonzalo Rivas es el jefe de la División de Competitividad, Tecnología e Innovación del Sector de Instituciones para el Desarrollo del BID.

3 FEB 2020 - 18:10 COT

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Lunes, 27 Enero 2020 06:57

Clima e incertidumbre radical

Clima e incertidumbre radical

El cambio climático y la amplia relación entre las actividades humanas y la naturaleza es hoy un factor político de primera línea. Involucra la vida misma de los seres vivos y la organización de las sociedades dentro de la complejidad en que ahora las conocemos.

Tomemos a la naturaleza de modo general, como el mundo material, incluidos, por necesidad, los seres humanos. Y consideremos el medio ambiente precisamente como el elemento en que existen personas, animales, plantas, recursos y cosas. Éste considera las interrelaciones de los seres vivos y su entorno, de donde se desprende la noción del ambiente.

Se trata, pues, del espacio, próximo o distante, del ser humano y sobre el que éste actúa, pero que, sin duda, repercute a su vez sobre él. Este proceso determina de maneras diversas su modo de vida, su misma existencia. Igualmente, define la configuración de la sociedad, las formas del gobierno y las manifestaciones del poder.

Hay una dinámica de retroalimentación entre los fenómenos naturales y los que se denominan antrópicos, es decir, los que están producidos o modificados por la actividad humana.

Las formas de organización social y su propio desarrollo modifican constantemente el sistema, como sucede, por ejemplo, de modo directo con la tecnología, las leyes y las normas, los patrones de las inversiones, el acceso tan diferenciado a los recursos. La sociedad, entonces, participa como causa y consecuencia de modo constante, ya sea en términos inmediatos o en el mediano y largo plazos.

En la disputa actual sobre las condiciones del medio ambiente y sus manifestaciones se ponen de relieve diferentes modos de aproximarse al problema, entre ellos el que se deriva del conocimiento científico, el que surge de las ideologías, el que tiene que ver con los negocios, los intereses económicos y la rentabilidad del capital y también el asociado con la pura rapiña.

El conflicto es la marca de los debates sobre el cambio climático. Es cada vez más evidente, como pudo verse recientemente en la reunión de la élite mundial en Davos. Ahí están las declaraciones de Donald Trump, quien llamó "profetas de la fatalidad" a los que sostienen la alarma ambiental y, según dice, predicen el apocalipsis.

Nada lo conmueve: pérdidas de vidas, incendios masivos, inundaciones, tormentas, especies que pueden extinguirse, destrucción de ríos y océanos. No tiene duda alguna sobre la cuestión ambiental. No sospecha.

Ofrece que su país está comprometido a "conservar la majestuosidad de la creación de Dios y la belleza natural de nuestro mundo". Al mismo tiempo promueve la industria del carbón, el fracking para aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo y se retira del Acuerdo de París sobre el cambio climático, firmado a finales de 2015.

En el proceso del crecimiento económico y los patrones prevalecientes de la generación de ganancias, basados en el uso de las fuentes convencionales de energía, como los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas que generan dióxido de carbono y otros de los denominados gases invernadero), está situada la parte esencial de la disputa sobre el cambio climático global y la resistencia a una transición más acelerada de las fuentes de energía.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos dejó muy clara la postura de su gobierno y la que sostienen muchas grandes empresas. Calificó de inviables las medidas que se exponen en torno a las fuentes alternativas de energía. Afirmó que el acceso a energías más baratas es más importante para el crecimiento que invertir en tecnologías verdes.

Con respecto a los modelos existentes de transición energética dijo que no debemos engañarnos, pues no hay manera de modelar los riesgos climáticos en un horizonte de 30 años con suficiente nivel de certeza. Añadió que la economía mundial depende del acceso a costos razonables a las fuentes de energía en las próximas dos décadas para crear empleos y el crecimiento de la economía.

Certidumbre no hay, en efecto, sobre la evolución del cambio climático, pero sí hay tendencias observables y hechos concretos que no pueden despreciarse. En este caso, el secretario del Tesoro y funcionarios y políticos en todas partes habrían de adoptar, necesariamente, la perspectiva de la incertidumbre radical.

Esta idea expresa que no sólo no sabemos lo que va a pasar, sino que además es limitada la capacidad para describir lo que podría pasar. Esto lleva a distinguir el riesgo, que puede abordarse mediante la aplicación de las probabilidades, de lo que puede llamarse incertidumbre real a la que no puede aproximarse de tal manera.

Un asunto que no puede dejarse de lado es que cualquier transición energética impone costos y exigencias tecnológicas de muy distinto tipo. Obviamente, no todos los países pueden soportar tales costos y demandas de la misma manera. Dicha transición puede significar la creación de condiciones de una creciente distancia en materia de crecimiento y desarrollo.

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