Viernes, 14 Junio 2019 05:57

Assange y los medios de Estados Unidos

Assange y los medios de Estados Unidos

El ministerio británico del Interior dio ayer su visto bueno a la extradición de Julian Assange a Estados Unidos y ahora la última palabra la tiene un tribunal que debe sesionar hoy. No hay mucho margen para esperar que esa instancia escuche los exhortos para que se libere al australiano que han formulado el Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de la Organización de las Naciones Unidas y múltiples organizaciones sociales en pro de los derechos humanos y la libertad de expresión. Como se ha visto desde febrero de 2011, el sistema judicial del Reino Unido está totalmente alineado en los planes del gobierno estadunidense, como lo han estado durante este tiempo las autoridades de Estocolmo.

 

Una vez interrumpida la solitaria solidaridad ecuatoriana por la traición de Lenín Moreno a toda la gestión de su antecesor, en la que se inscribía la protección diplomática al fundador de Wikileaks, sólo una movilización de la sociedad británica podría impedir que Londres lo entregara al gobierno de Washington. Pero previsiblemente esa movilización no ocurrirá y todo hace pensar que Assange será enviado a Estados Unidos, donde el Departamento de Justicia le ha fincado 17 delitos, varios de ellos, graves, como espionaje, que podrían llevar a una condena de cadena perpetua.

 

Si no hubo en Gran Bretaña una condena social contundente a las violaciones a los derechos de Assange, menos cabría esperar que la hubiera en el país vecino del norte, donde las paranoias de la seguridad nacional tienen una raigambre más acendrada y donde, por ende, ha resultado fácil confundir a grandes sectores de la opinión pública con la falsa noción de que Wikileaks y su fundador son una suerte de "agentes extranjeros" perniciosos para la seguridad de la nación.

 

El panorama mediático estadunidense, al menos en lo que se refiere a los medios del llamado mainstream, no serían, en principio, más favorables para la defensa del australiano. La difusión de los materiales que documentan crímenes de guerra en Irak y Afganistán, a mediados de 2010, dejaron en muchos directores y editores estadunidenses una sensación de despecho por lo que era el mayor golpe periodístico de la década. Unos meses después, la entrega de los "cables del Departamento de Estado" a The New York Times –y a otros cuatro medios de otros países– obligó al rotativo neoyorquino a tragarse su orgullo y a colaborar con Wikileaks.

 

Pero esas publicaciones operaron con una sospechosa parsimonia, que especularon con los documentos y que vieron antes que nada por la preservación de sus intereses corporativos. De esa forma, Wikileaks y su fundador decidieron redistribuir los cables en forma segmentada por naciones entre muchos medios independientes del mundo, de los que La Jornada fue el primero.

 

Ese episodio provocó una inocultable irritación en las redacciones de los cinco medios. De pronto, sus páginas se llenaron de ataques a Assange, algunos de ellos tan pueriles y poco serios como que el fundador de Wikileaks evitaba el baño diario. La animadversión de The New York Times fue rápidamente compartida por muchas otras empresas noticiosas. Ello se explica no sólo por el patrioterismo implícito en la acusación de que Wikileaks afectaba la seguridad nacional estadunidense, sino también por un orgullo profesional maltrecho: les resultaba intolerable que una pequeña organización de jóvenes, advenedizos en el periodismo, estuvieran sacudiendo el planeta con una eficacia y un rigor jamás visto hasta entonces. Y construyeron la noción despectiva de que Julian Assange y sus compañeros no eran informadores sino informantes, un despropósito que a la larga podría ser reciclado como argumento por los fiscales en contra del australiano.

 

Pero hoy el panorama ha cambiado drásticamente por la guerra declarada por Trump en contra de la generalidad de los medios de comunicación de su país. En ese contexto, un juicio ganado por Washington en contra de Assange sentaría un peligrosísimo precedente para el desempeño de la tarea informativa en Estados Unidos y en el mundo. Porque no hay diferencia alguna, a final de cuentas, entre los actos por los que el Departamento de Estado quiere procesar al australiano y lo que hacen día con día innumerables periodistas en todo el orbe: obtener documentos confidenciales, verificarlos –tarea en la que Wikileaks no ha tenido un solo yerro– y difundir su contenido.

 

Así pues, si los grandes medios noticiosos de Estados Unidos quieren sobrevivir a la embestida trumpiana, tendrán que tomar partido entre el presidente insolente y ominoso y el colega despreciado y en desgracia, cuya figura representa, les guste o no, el mayor símbolo del derecho a la verdad en la circunstancia presente. Más les valdría tragarse el orgullo por segunda ocasión, informar verazmente a la opinión pública de lo que está en juego y asumir un papel protagónico en defensa de Assange y, por ende, de los derechos a la libre expresión y a la información.Nada menos.

 

http://navegaciones.blogspot.com

 

Twitter: @Navegaciones

Publicado enInternacional
The Trust Project: los grandes medios y Silicon Valley se convierten en armas para silenciar la disidencia

Dado el impacto de Trust Project a la hora de hacer a los ricos más ricos en el panorama de las noticias en internet, no sorprende descubrir que está financiado por una confluencia de oligarcas de la tecnología y poderosas fuerzas con un claro interés en controlar el flujo de noticias.

 

 

Tras el fracaso de Newsguard —el sistema de calificación de noticias respaldado por un grupo de importantes personalidades neoconservadoras— en afianzarse entre las empresas de redes sociales y de tecnología estadounidenses, otra organización ha intervenido silenciosamente para dirigir los algoritmos de noticias de gigantes tecnológicos como Google, Facebook y Microsoft.

Aunque es diferente de Newsguard, este grupo, conocido como The Trust Project (El Proyecto Confianza), tiene un objetivo similar de restaurar la confianza en los medios convencionales y corporativos, en relación con alternativas independientes, aplicando “indicadores de confianza” a los algoritmos de noticias de las redes sociales de una forma decididamente poco transparente.

La financiación de The Trust Project —proveniente en general de grandes empresas tecnológicas como Google; oligarcas de la tecnología con conexiones en el gobierno como Pierre Omidyar; y la Knight Foundation, un inversor clave de Newsguard— sugiere que un motivo ulterior en su incansable promoción de medios de comunicación convencionales “tradicionales” es limitar el éxito de alternativas disidentes.

De particular importancia es el hecho de que los “indicadores de confianza” de Trust Project ya se están usando para controlar qué noticias son promocionadas y suprimidas para motores de búsqueda principales como Google y Bing y enormes redes sociales como Facebook. Aunque las descripciones de estos “indicadores de confianza” —ocho de los cuales están en uso actualmente— están disponibles públicamente, no lo está la forma en que grandes empresas tecnológicas y de redes sociales los están usando.

El objetivo de Trust Project es aumentar la confianza pública en los mismos medios tradicionales que Newsguard favorecía y utilizar códigos HTML en artículos de noticias favorecidos para promocionar su contenido a expensas de alternativas independientes. Incluso si su esfuerzo para promover la “confianza” en medios de la élite no tiene éxito, su código incrustado oculto dentro de las webs de noticias que participan permite a esos medios eludir a su competencia independiente, convirtiendo en irrelevantes en gran medida tales asuntos de “confianza” ya que se busca homogeneizar el panorama de los medios en internet en beneficio de los medios convencionales.

La directora de Trust Project, Sally Lehrman, dejó claro que, desde su punto de vista, la falta de confianza pública en los medios convencionales y su público en declive son el resultado de “competencia” no deseada “de empresas sin principios [que] mina aún más el mismo rol y propósito [del periodismo] como motor de la democracia”.

 

Conociendo Trust Project

 

El Trust Project se describe a sí mismo como “un consorcio de empresas de noticias líderes” involucradas en desarrollar “estándares de transparencia que te ayudan a valorar fácilmente la calidad y credibilidad del periodismo”. Esto lo ha hecho creando lo que llama “indicadores de confianza”, que la web del proyecto describe como “un estándar digital que satisface las necesidades de la gente”. Sin embargo, lejos de satisfacer “los intereses de la gente”, los indicadores de confianza parecen tener la intención de manipular los algoritmos de motores de búsqueda y redes sociales para beneficio de los socios mediáticos del proyecto, más que para beneficio del público.

Los orígenes de Trust Project se remontan a una “mesa redonda” de 2012 albergada por el Centro Markkula de Ética Aplicada en la Universidad de Santa Clara, un centro fundado por el antiguo CEO de Apple, Mike Markkula. La mesa redonda se dio a conocer como la Mesa Redonda sobre Ética en el Periodismo Digital y fue creada por la periodista Sally Lehrman, que entonces trabajaba en el Centro Markkula, en conexión con la Mesa Redonda Ejecutiva de Nuevos Medios y Vigilancia de la Credibilidad Online de la Sociedad de Periodistas Profesionales. Lehrman ha afirmado explícitamente que Trust Project solo está abierto a “organizaciones de noticias que se adhieren a estándares tradicionales”.

La idea específica que desencadenó la creación de Trust Project nació en un encuentro en 2014 de esa mesa redonda, cuando Lehrman “preguntó a un especialista en Machine Learning de Twitter, y a Richard Gingras, responsable de Google News, si se podrían usar los algoritmos para apoyar la ética en vez de dañarla, y dijeron que sí. Gingras aceptó colaborar”. En otras palabras, la idea tras Trust Project, desde el inicio, tenía como objetivo manipular los algoritmos de los motores de búsqueda y redes sociales con la complicidad de grandes empresas tecnológicas como Google y Twitter.

Como apunta el mismo Trust Project, la forma de alterar algoritmos se desarrolló en tándem con ejecutivos de gigantes tecnológicos como Gingras y “editores líderes en la industria de 80 medios e instituciones informativos”, todos los cuales son medios corporativos y convencionales. Es de destacar que los socios mediáticos del Trust Project, involucrados en la creación de estos nuevos “estándares” para los algoritmos de noticias, incluyen publicaciones propiedad de ricos oligarcas: el Washington Post, propiedad del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos, el Economist, dirigido por la rica familia Rothschild; y el Globe and Mail, propiedad de la familia más rica de Canadá, los Thomson, que también son dueños de Thomson Reuters. Otros socios de Trust Project son The NewYork Times, Mic, Hearst Television, la BBC y la red de USA Today.

Otros medios destacados están representados en el Consejo de Liderazgo de Noticias del Centro Markkula, incluyendo al Financial Times, Gizmodo Media y el Wall Street Journal. Ese consejo —que también incluye a Gingras y a Andrew Anker, director de gestión de producto de Facebook— “guía al Trust Project en nuestros indicadores de confianza”.

Estos “indicadores de confianza” están en el centro de las actividades de Trust Project y revelan uno de los mecanismos clave a través de los cuales Google, Twitter y Facebook han estado alterando sus algoritmos para favorecer a medios con buenos registros de “indicador de confianza”. Los indicadores de confianza, a primera vista, tienen la intención de hacer “más transparentes” a las publicaciones informativas, como un medio de generar un aumento de la confianza en el público. Aunque se han desarrollado un total de 37, parece que solo ocho de ellos se están utilizando actualmente.

El Trust Project enumera y describe estos ocho indicadores de la siguiente manera:


  • Mejores Prácticas: ¿Cuáles son los estándares del medio informativo? ¿Quién lo financia? ¿Cuál es la misión del medio? Además de compromisos con la ética, voces diversas, exactitud, hacer correcciones y otros estándares.
    • Experiencia del Autor/Reportero: ¿Quién lo hizo? Detalles sobre el periodista, incluida su experiencia otras historias en las que han trabajado.
    • Tipo de Trabajo: ¿Qué es esto? Etiquetas para distinguir la opinión, el análisis y el contenido publicitario (o patrocinado) en los reportajes informativos.
    • Citas y referencias: ¿Cuál es la fuente? Para historias de investigación o en profundidad, acceso a las fuentes tras los hechos y declaraciones.
    • Métodos: ¿Cómo se construyó? También para historias en profundidad, información sobre por qué los reporteros eligieron seguir una historia y cómo llevaron el proceso.
    • ¿De Origen Local? ¿Se hizo la información en el lugar, con profundo conocimiento sobre la situación o comunidad local? Te permite saber cuándo la historia tiene origen o conocimiento local.
    • Voces Diversas: ¿Cuáles son los esfuerzos y compromisos de la redacción para mostrar diversas perspectivas? Los lectores advirtieron cuando faltaban ciertas voces, etnias o colores políticos.
    • Feedback Viable: ¿Podemos participar? Los esfuerzos de una redacción por conseguir la ayuda del público en el establecimiento de las prioridades de la cobertura, la contribución al proceso informativo, asegurar la exactitud y otras áreas. Los lectores quieren participar y ofrecer feedback que puede alterar o expandir una historia.

 

Cómo el Trust Project pone a disposición del público estos indicadores se puede ver en su nuevo proyecto, el Rastreador de Transparencia en la Redacción, donde ofrece una tabla de “transparencia” para medios participantes. Es llamativo que esa tabla mezcla prácticas de transparencia reales con la simple provisión al Trust Project de políticas y directrices de medios relacionadas con los indicadores mencionados anteriormente.

Por ejemplo, The Economist consigue una “puntuación” de transparencia perfecta por haber proporcionado al Trust Project enlaces a su política ética, declaración de principios y otra información requerida por el proyecto.

Sin embargo, el hecho de que esas políticas existan y se proporcionen al Trust Project no significa que las políticas de la publicación sean, de hecho, transparentes o éticas en términos de su propio contenido o en la práctica. El hecho de que The Economist proporcione enlaces a sus políticas no hace a la publicación más transparente, pero —en el contexto de la tabla del Rastreador de Transparencia en la Redacción— ofrece la apariencia de transparencia, aunque esas revelaciones de su política por The Economist difícilmente se traducirán en algún cambio en sus conocidos sesgos e información parcial sobre ciertos asuntos.

 

Los indicadores de confianza manipulan los algoritmos de las grandes tecnológicas

 

El verdadero poder de los indicadores de confianza aparece en una forma que no es visible para el público general. Estos indicadores de confianza, aunque mostrados ocasionalmente en las webs de los socios, están acompañados por “señales legibles por máquinas” integradas en el código HTML de webs y artículos participantes usados por Facebook, Google, Bing y Twitter. Como Lehrman apuntó en un artículo de 2017, el Trust Project estaba “ya trabajando con estas cuatro compañías, todas las cuales han dicho que quieren usar nuestros indicadores para priorizar las noticias honestas y bien documentadas por encima del engaño y la falsedad”.

Gingras, de Google News, también apuntó que los indicadores de confianza son usados por Google como “indicios para ayudar a los motores de búsqueda a entender y clasificar mejor los resultados… [y] a ayudar a la miríada de sistemas algorítmicos que moldean nuestras vidas mediáticas”.

Una nota de prensa del Trust Project el año pasado subraya aún más la importancia de los “indicadores” integrados para alterar los algoritmos de las redes sociales y motores de búsqueda:


“Mientras que cada indicador es visible para los usuarios en las páginas de los socios informativos del proyecto, también está integrado en el código de los artículos y webs para que lo lean las máquinas –ofreciendo el primer lenguaje técnico estandarizado que ofrece información de contexto sobre los compromisos con la transparencia de las webs informativas”.


A pesar de afirmar que aumenta el conocimiento público de los “compromisos con la transparencia de las webs informativas”, la forma en que las empresas tecnológicas líderes como Google y Facebook están usando estos indicadores es cualquier cosa menos transparente. En realidad, se desconoce en gran medida cómo se usan estos indicadores, aunque hay algunas pistas.

Por ejemplo, CBS News citó a Craig Newmark —el multimillonario fundador de Craislist, quien facilitó los fondos iniciales del Trust Project— sugiriendo que “el algoritmo de búsqueda de Google podría clasificar las fuentes de confianza por encima de otras en los resultados de búsqueda” utilizando los indicadores de confianza del proyecto.

El año pasado, el Trust Project señaló que Bing usaba “el indicador de confianza ‘Tipo de Trabajo’ para mostrar si un artículo es información, opinión o análisis”. También señaló que “cuando Facebook lanzó su proceso para indexar páginas de noticias, trabajaron con el Trust Project para facilitar que cualquier editor añadiera información opcional sobre su página”. En el caso de Google, Gingras fue citado diciendo que Google News usa los indicadores para “valorar la autoridad relativa de las organizaciones informativas y los autores. Esperamos desarrollar nuevas formas de utilizar los indicadores”.

Es de destacar que la versión legible por máquinas de estos indicadores de confianza está disponible únicamente para las instituciones que participan, que actualmente son publicaciones corporativas y convencionales. Aunque se están desarrollando plug-ins de WordPress y Drupal para poner a disposición de editores más pequeños esas señales integradas para motores de búsqueda y redes sociales, solo se pondrá a disposición de “editores cualificados”, una evaluación que presumiblemente hará el Trust Project y sus asociados.

Richard Gingras, en una declaración hecha en 2017, apuntó que “los indicadores pueden ayudar a nuestros algoritmos a entender mejor el periodismo con autoridad, y ayudarnos a hacerlo salir mejor a la superficie para los consumidores”. Así, está sobradamente claro que estos indicadores, que están integrados solo en webs de noticias “cualificadas” y “con autoridad”, se usarán para dar un sesgo a los algoritmos de noticias de motores de búsqueda y redes sociales en beneficio de las webs informativas de la élite.

En resumidas cuentas, estos indicadores integrados y exclusivos permiten a determinados medios informativos evitar los devastadores efectos de cambios recientes en los algoritmos que han visto desplomarse en los últimos años el tráfico para muchas webs informativas, Mintpress [responsable de este artículo] incluida. Esto está llevando a una homogeneización del panorama informativo en internet al privar de tráfico web a competidores independientes, mientras que a los medios aprobados por el Trust Project se les da una válvula de escape mediante la manipulación de los algoritmos.

 

Los multimillonarios de la tecnología tras el Trust Project

 

Dado el impacto de Trust Project de hacer a los ricos más ricos en el panorama de las noticias en internet, no sorprende descubrir que está financiado por una confluencia de oligarcas de la tecnología y poderosas fuerzas con un claro interés en controlar el flujo de noticias e información en internet.

Según su página web, Trust Project recibe actualmente financiación de Craig Newmark Philanthropies, Google, Facebook, el Fondo para la Democracia del fundador de eBay Pierre Omidyar, la Fundación John S. and James L. Knight (a menudo abreviada como Fundación Knight), y la Fundación Markkula.

Su web también señala que Google fue “una fuente financiera inicial” y que había sido en sus orígenes financiada por Craig Newmark, el fundador de Craiglist. Como se mencionó anteriormente, el cofundador del Trust Project es Richard Gingras, actual vicepresidente de Noticias en Google. La web de Trust Project describía el actual papel de Gingras con la organización como “un poderoso evangelista” con quien “siempre se puede contar para asesoramiento especializado y ánimos”. El actual papel de Newmark en el Trust Project se describe como el de un “financiador y valioso conector”.

Newmark, a través de Craig Newmark Philanthropies, quien facilitó la financiación inicial para Trust Project, también ha financiado otras iniciativas relacionadas como la Iniciativa de Integridad en la Información en la City University de Nueva York, que comparte muchos de los financiadores del Trust Project, incluyendo a Facebook, el Fondo para la Democracia de Omidyar, y la Fundación Knight. El Trust Project está registrado como colaborador de la Iniciativa de Integridad en la Información. Newmark también es muy activo en varias ONG relacionadas con la información con espíritu similar. Por ejemplo, se sienta en la junta de la Fundación Frontera Electrónica, durante mucho tiempo receptora de enormes subvenciones de la Red Omidyar, y de Politifact.com, que está en parte financiado por el Fondo para la Democracia de Omidyar.

Newmark está trabajando actualmente con Vivian Schiller como su “consejera estratégica” en sus inversiones mediáticas. Schiller es miembro del Consejo sobre Relaciones Exteriores, ex jefa de noticias en Twitter, y una veterana de publicaciones convencionales de renombre como NPR, CNN, The New York Times y NBC News. También es una directora del Scott Trust, que posee The Guardian.

La Fundación Markkula, uno de los financiadores clave del Trust Project, ejercita una influencia considerable sobre la organización a través del Centro Markkula de Ética Aplicada, que estimuló en un principio la organización y cuyo Consejo de Liderazgo de Noticias juega un importante papel en el Trust Project. Entre los miembros de ese consejo hay representantes de Facebook, The Wall Street Journal, The Washington Post, FinancialTimes y Google, y “guía al Trust Project sobre nuestros indicadores de confianza y aconseja sobre asuntos centrales relacionados con el conocimiento de la información y la reconstrucción de la confianza en el periodismo dentro de un ambiente disciplente denominado como posthechos”.

Tanto la Fundación Markkula como el Centro Markkula de Ética Aplicada fueron fundados por A. M. “Mike” Markkula, ex CEO de Apple. El programa de ética en el periodismo del Centro Markkula está actualmente encabezado por Subramaniam Vincent, un antiguo ingeniero de software y consultor para Intel y Cisco Systems que ha trabajado para unir el big data con el periodismo local y es un defensor del uso de “IA [inteligencia artificial] ética para ingerir, escoger y clasificar noticias”.

La Fundación John S. y James L. Knight es otro interesante financiador del Trust Project, dado que esta misma fundación es también un inversor clave en Newsguard, el polémico y sesgado sistema de clasificación de noticias con fuertes conexiones con miembros del Gobierno y autodenominados propagandistas del Gobierno.

Hay coincidencias considerables entre Newsguard y el Trust Project, con este último citando a Newsguard como socio y afirmando también que las clasificaciones manifiestamente sesgadas de Newsguard usan los “indicadores de confianza” del proyecto en sus extensos análisis de webs de noticias, que Newsguard llama “etiquetas de nutrición”. Además, convertirse en un participante del Trust Project es un factor que “respalda una evaluación positiva” de Newsguard, según una nota de prensa del año pasado.

Es interesante que Sally Lehrman, que dirige el Trust Project, describió los indicadores de confianza para noticias del proyecto “en el sentido de una etiqueta de nutrición en un paquete de comida” cuando el Trust Project fue creado casi un año antes de que se lanzara Newsguard, lo que sugiere alguna coincidencia intelectual.

Un artículo anterior de MintPress reveló los numerosos conflictos de interés de Newsguard y un sistema de clasificación fuertemente sesgado a favor de conocidos medios tradicionales, incluso cuando esos medios tienen un dudoso registro de promover las llamadas “fake news”. No debería sorprender que el objetivo del Trust Project sea aumentar la confianza pública en los mismos medios tradicionales a los que Newsguard favorecía y usar códigos integrados en HTML en artículos informativos para promocionar su contenido a expensas de las alternativas independientes.

 

Un rostro familiar en la guerra contra los medios independientes

 

El Fondo para la Democracia, otro patrocinador principal del Trust Project y una fundación bipartidista que estableció en 2011 el fundador de eBay y propietario de PayPal Pierre Omidyar “por el respeto por la Constitución de EE UU y los valores democráticos centrales de nuestra nación”. Es un derivado de la Red Omidyar y, tras separarse como empresa independiente en 2014, se hizo miembro del Grupo Omidyar. El Comité Asesor Nacional del fondo incluye antiguos cargos de los gobiernos de Bush y Obama y representantes de Facebook, Microsoft, NBC News, ABC News y el grupo Gizmodo Media.

La participación del Fondo para la Democracia en el Trust Project es destacable debido a los otros proyectos mediáticos que financia, como el nuevo imperio mediático del archineoconservador Bill Kristol, quien tiene una larga historia de crear y diseminar falsedades que se han utilizado para justificar la guerra de Estados Unidos en Iraq y otras posiciones de política exterior de los ‘halcones’.

Como reveló una serie reciente de MintPress, el Fondo para la Democracia de Omidyar proporciona apoyo financiero a la iniciativa de Kristol Defender Juntos la Democracia y también apoya la Alianza para Asegurar la Democracia de Kristol, un proyecto del think tank German Marshall Fund conocido por su críptico panel sobre “bots rusos” Hamilton68. El Fondo para la Democracia de Omidyar también ha contribuido económicamente al proyecto Defender la Democracia Digital del German Marshall Fund y directamente al propio German Marshall Fund. Además, Charles Sykes, un cofundador y editor de la nueva publicación de Kristol, The Bulwark, está en el Comité Asesor Nacional del Fondo para la Democracia.

Un acólito de Kristol que trabaja en el German Marshall Fund, Jaime Fly, afirmó el pasado octubre que las purgas coordinadas en redes sociales de páginas independientes conocidas por sus críticas al imperio y la violencia policial estadounidenses eran “solo el comienzo” e insinuó que el German Marshall Fund tuvo que ver en purgas pasadas en redes sociales y, presumiblemente, un papel en futuras purgas. Así, los vínculos del Fondo para la Democracia con neoconservadores que promueven la censura de medios independientes críticos con la política exterior militarista de EE UU casa con el interés subyacente del fondo en el Trust Project.

La participación de Omidyar en el Trust Project es interesante por otro motivo, a saber, que Omidyar es el principal apoyo tras los esfuerzos de la polémica Liga Anti Difamación (ADL, por sus siglas en inglés) por convertirse en un elemento clave respecto a qué medios son censurados por los gigantes de la tecnología de Silinco Valley. ADL fue fundada en un inicio para “parar la difamación del pueblo judío y asegurar la justicia y el tratamiento justo para todos”, pero los críticos dicen que con el paso de los años ha empezado a catalogar a los críticos del Gobierno de Israel como “antisemitas”.

Por ejemplo, el contenido que caracteriza las políticas israelíes hacia los palestinos como “racistas” o “de tipo apartheid” es considerado “discurso de odio” por la ADL, igual que acusar a Israel de crímenes de guerra o de intentos de limpieza étnica. La ADL incluso ha descrito explícitamente a organizaciones judías que son críticas con el Gobierno israelí como “antisemitas”.

En marzo de 2017, la Red Omidyar facilitó el “capital inicial crítico” necesario para lanzar el “nuevo centro de ADL en Silicon Valley, que tiene el objetivo de abordar esta creciente ola de intolerancia y de colaborar más estrechamente con empresas tecnológicas para promover la democracia y la justicia social”.

Ese nuevo centro de ADL financiado por Omidyar permitió a la ADL asociarse con Facebook, Twitter, Google y Microsoft —todos ellos colaboradores del Trust Project— para crear un Laboratorio de Resolución de Conflictos de Odio Cibernético. Desde entonces, estas compañías y sus subsidiarias, incluido el YouTube de Google, han confiado en la ADL para indicar el contenido “polémico”.

Dado el hecho de que Trust Project comparte con la ADL un fundador clave (Pierre Omidyar) y varios socios tecnológicos externos, queda por ver si existe coincidencia entre cómo grandes empresas tecnológicas como Google y Facebook usan los indicadores de confianza en sus algoritmos y la influencia de la ADL en esos mismos algoritmos.

Lo que está claro, sin embargo, es que existe una innegable coincidencia dado que Craig Newmark, quien facilitó el capital inicial para el Trust Project y sigue financiándolo, es también un importante donante y consejero de la ADL. En 2017, Newmark dio 100.000 dólares para el Centro de Respuesta a Incidentes y es miembro de la junta asesora tecnológica del grupo.

 

Deslocalizando la censura

 

Por supuesto, los donantes más interesantes y problemáticos son Google y Facebook, que están usando el mismo proyecto que financian como “tercera parte” para justificar su manipulación de los algoritmos de servicios de noticias y motores de búsqueda. La íntima participación de Google desde la misma concepción del Trust Project lo identifica como una extensión de Google que desde entonces se ha vendido como una organización “independiente” encargada de justificar los cambios en los algoritmos que benefician a determinados medios informativos en detrimento de otros.

De forma parecida, Facebook financia el Trust Project y también emplea los “indicadores de confianza” que financia para alterar su algoritmo de servicio de noticias. Entre los demás socios de Facebook en la alteración de este algoritmo está el Consejo Atlántico —financiado por el Gobierno de EE UU, la OTAN y fabricantes de armas, entre otros—, y Facebook también se ha asociado directamente con gobiernos extranjeros, como el Gobierno de Israel, para suprimir información precisa pero disidente que el gobierno en cuestión quería que se eliminara de la red social.

La opacidad entre la censura “privada”, la censura de los oligarcas tecnológicos, y la censura gubernamental es particularmente remarcable en el Trust Project. Los financiadores privados del Trust Project que también utilizan su producto para promocionar cierto contenido informativo sobre otro —particularmente Google y Facebook— tienen vínculos con el Gobierno estadounidense, siendo Google un contratista del Gobierno y luciendo Facebook un creciente equipo de antiguos cargos gubernamentales en altos puestos de la empresa, incluyendo a un coautor de la polémica Ley Patriótica como asesor general de la compañía.

Una maraña similar rodea a Pierre Omidyar, fundador del Trust Project a través del Fondo para la Democracia, quien tiene conexiones extremadamente buenas con el Gobierno de EE UU, especialmente con el complejo militar-industrial y el ámbito de la inteligencia. Y asociarse con medios como el Washington Post, cuyo propietario es Jeff Bezos, genera más conflictos de intereses, dado que la empresa de Bezos, Amazon, es también un importante contratista del Gobierno estadounidense.

Este creciente nexo que une empresas y oligarcas de Silicon Valley, medios convencionales y el Gobierno sugiere que estas entidades tienen intereses cada vez más parecidos y complementarios, entre los que está la censura de periodistas independientes y medios de noticias que buscan desafiar su poder y sus relatos.

El Trust Project se creó como una forma de externalizar la censura de las webs informativas independientes así como de intentar rescatar la destrozada reputación de los medios convencionales y volver al panorama mediático estadounidense e internacional de hace años, cuando tales medios podían dominar el relato.

Aunque parece improbable que sus iniciativas consigan restaurar la confianza en los medios convencionales dados los muchos ejemplos recientes e incesantes de esos mismos medios “tradicionales” haciendo circular noticias falsas y no consiguiendo cubrir aspectos cruciales de acontecimientos, el desarrollo por el Trust Project de códigos ocultos que alteran los algoritmos en las webs participantes muestra que su objetivo real no trata de mejorar la confianza pública sino de ofrecer una fachada de independencia a la censura de Silicon Valley a los medios independientes que dicen la verdad al poder.

 

Por Whitney Webb

Traducción: Eduardo Pérez


Publicado: 2019-06-13 06:00:00

Publicado enSociedad
Miércoles, 12 Junio 2019 05:32

Goodnews-Fake News

Goodnews-Fake News

A partir del triunfo de Donald Trump y de Jair Bolsonaro, una de las preguntas que se plantean en un año electoral es si las fake news van a tener centralidad en la campaña. Los analistas y especialmente la opinión pública creen que van a proliferar las fake news. Piensan que “la gente” le da mucha importancia a las fake news, como algo propio de la comunicación electoral e innatas a la suciedad de la política, como un fenómeno que irrumpe en un momento de la campaña, aislado de la dinámica comunicacional electoral y que se injerta desde afuera.  

Sin embargo, y esta es la hipótesis de trabajo, las fake news son una práctica comunicacional que existe en y gracias a un marco comunicacional y  político determinado. Alcanzan relevancia porque la comunicación política, y particularmente la comunicación electoral actual, se caracterizan por tener una tónica de negatividad del otro. La identidad política, la conformación de la representación política, se construye principalmente a partir de la negatividad del otro. Las noticias falsas o falseadas, pueden ser una comunicación creíble porque los discursos dominantes se basan en esto como forma de posicionamiento. La conformación de un imaginario de valores negativos alrededor de la figura de un político es el marco necesario para que este tipo de noticias puedan ser creíbles. 

En un electorado polarizado, las noticias falsas tienen mayor relevancia. Lo mismo sucede con los candidatos; un candidato que ocupa una posición más polarizada, tiende a ser más abordado por noticias falsas, que uno moderado. El desarrollo de las redes sociales, que no tienen la responsabilidad de una empresa periodística –aunque los medios tradicionales son parte de las operaciones mediáticas–  produce que la legitimidad de la información se ponga en juego.

Los núcleos duros señalan como fake news toda información que afecte a su candidato, o apoyan cualquier noticia falsa sobre el contrincante, poniendo en juego la propia concepción de veracidad de la información. Acá se observa  una de las caras más preocupantes de la posverdad.  

Otra cuestión es la efectividad. Suponiendo que el electorado se divide en tres, los pro destinatarios, los contra destinatarios y los para destinatarios, las fake news apuntan principalmente a los para destinatarios, es decir al electorado que se llama independiente. La noticia falsa refuerza la idea de uno de los núcleos duros, es rechazado por el otro núcleo duro, y su capacidad de persuasión está en el sector que define su posición con el transcurrir de la campaña. La importancia de esta práctica comunicacional en el voto está ligada al tamaño del electorado independiente. Las redes sociales son centrales, porque en términos operativos es necesario acceder a datos que permitan abordar a la persona que no ha definido su voto. Pero la fake news no tiene vida propia, se sostiene en el contexto de una suma de contenidos que van ubicando a los distintos candidatos en un espacio simbólico. Con esto se pone en tensión el postulado que asegura las fake news son propias de las redes sociales y que los medios tradicionales no tienen nada que ver.  

Las fake news son una herramienta más de esta lucha simbólica por posicionar al otro y es exagerado pensar que las noticias falsas definen elecciones. Son parte de un todo comunicacional más amplio. 

* Politólogo y docente.

 

Publicado enSociedad
La verdadera historia de los errores futuros

La verdad de un sistema equivocado es el error. Para ser políticamente eficaz, este error ha de repetirse de manera incesante, difundirse ampliamente y ser aceptado por la población como la única verdad posible o creíble. No se trata de una repetición cualquiera. Es necesario que cada vez que el error se ponga en práctica lo sea como un acto inaugural —la verdad finalmente encontrada para resolver los problemas de la sociedad. No se trata de una difusión cualquiera. Es necesario que lo que se difunde se perciba como algo con lo que naturalmente tenemos que estar de acuerdo. No se trata, finalmente, de cualquier aceptación. Es necesario que lo que se acepta sea aceptado para el bien de todos y que, si implica algún sacrificio, sea el precio a pagar por un bien mayor en el futuro.

El avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha alrededor del mundo se basa en estos presupuestos. Es difícil imaginar la supervivencia de la democracia en una sociedad en la que estos presupuestos se concreten plenamente, pero las señales de que tal concreción puede estar más cerca de lo que se piensa son muchas y merecen una reflexión antes de que sea demasiado tarde. Abordaré las siguientes señales: la reiteración del error y la crisis permanente; la orgía de la opinión y la fabricación masiva de ignorancia; y el paso de la sociedad internética a la sociedad métrica.


La reiteración del error es hoy patente. Desde hace décadas, los países capitalistas centrales, más desarrollados, han asumido la obligación política de dedicar una parte de su presupuesto a la "ayuda al desarrollo". El objetivo es, como su nombre indica, ayudar a los países periféricos, subdesarrollados, a seguir el rastro de los más desarrollados e, idealmente, a converger con estos en niveles de bienestar en un futuro más o menos próximo. Es evidente que la brecha que separa a los países centrales de los países periféricos es cada vez mayor. La llamada "crisis de los refugiados" y el alarmante aumento del movimiento de poblaciones migrantes indeseadas son los signos más evidentes de que las condiciones de vida en los países periféricos son cada vez más intolerables. Lo mismo cabe decir de las políticas de reducción de la pobreza llevadas a cabo por el Banco Mundial desde hace décadas. El balance es negativo si por reducción de la pobreza entendemos la disminución de la brecha entre ricos y pobres dentro de cada país y entre países. La brecha no ha cesado de aumentar. Del mismo modo, las políticas de austeridad o de ajuste estructural que han sido impuestas a los países en dificultades financieras, de las que Portugal y Grecia son ejemplos cercanos, no han logrado sus objetivos, y el propio FMI ha reconocido esto de manera más o menos velada ("exceso de austeridad", "deficiente calibración", etc.). A pesar de ello, las mismas políticas se imponen una y otra vez como si en aquel momento aquella fuera la mejor o incluso la única solución. Lo mismo puede decirse de la privatización de la seguridad social y, por tanto, del sistema público de pensiones. El objetivo más reciente es la seguridad social en Brasil. Según los estudios disponibles, en cerca del 70% de los casos en los que la privatización se realizó el sistema falló y el Estado tuvo que rescatar el sistema para evitar una profunda crisis social. No obstante, la receta sigue siendo impuesta y vendida como la salvación del país.


¿Por qué se insiste en el error de imponer medidas cuyo fracaso es de antemano reconocido? Son muchas las razones, pero todas convergen en la que considero más importante: el objetivo de crear una situación de crisis permanente que fuerce las decisiones políticas a concentrarse en medidas de emergencia y de corto plazo. Estas medidas, a pesar de implicar siempre la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos e imponer sacrificios a los que menos pueden soportarlos, son aceptadas como necesarias e inviabilizan cualquier discusión sobre el futuro y alternativas a corto y medio plazo.


La orgía de la opinión. El error reiterado y su amplia aceptación no serían posibles sin un cambio tectónico en la opinión pública. Los últimos cien años fueron el siglo de la expansión del derecho a tener opinión. Lo que era antes un privilegio de las clases burguesas se transformó en un derecho que fue efectivamente ejercido por amplias capas de la población, sobre todo en los países más desarrollados. Esta expansión fue muy desigual, pero permitió enriquecer el debate democrático con la discusión de alternativas políticas significativamente divergentes. El concepto de razón comunicativa, propuesto por Jürgen Habermas, se basaba en la idea de que la libre formulación y la discusión de argumentos a favor y en contra en cualquier área de deliberación política, transformaba la democracia en el régimen político más legítimo porque garantizaba la participación efectiva de todos.


Ocurre que en los últimos treinta años la sociedad mediática, primero, y la sociedad internética, después, produjeron una escisión insidiosa entre tener opinión y ser propietario de la opinión que se tiene. Hemos sido expropiados de la propiedad de nuestra opinión y pasamos a ser arrendatarios o inquilinos de ella. Como no nos dimos cuenta de esta transformación, pudimos seguir pensando que teníamos opinión e imaginamos que era nuestra. Empresarios de opinión de todo tipo entraron en escena para simultáneamente reducir el abanico de opiniones posibles e intensificar la divulgación de las opiniones promovidas. Los principales agentes de esta transformación fueron los partidos políticos del arco de gobierno, los medios de comunicación oligopólicos y los sistemas de publicidad, inicialmente orientados al consumo masivo de mercancías, los cuales fueron gradualmente dirigidos hacia el consumo de masas del mercado de las ideas políticas. Así surgió la sociedad mediática y la política-espectáculo, donde las diferencias sustantivas entre las posiciones divergentes son mínimas, pero se presentan como si fueran máximas. Fue el primer paso.


El segundo paso se produjo cuando pasamos de la sociedad mediática a la sociedad internética. En este paso, el derecho a tener opinión se expandió sin precedentes y la expropiación de la opinión, de la que somos usuarios (más que titulares), alcanzó nuevos niveles. Surgieron los empresarios, tanto legales como ilegales, de la manipulación de la opinión pública, cuyo ejemplo paradigmático son las redes y las páginas de Facebook y de WhatsApp que producen “tácticas de desinformación” particularmente activas en períodos electorales, como sucedió recientemente en las elecciones para el Parlamento Europeo. La conocida organización Avaaz identificó 500 páginas sospechosas, seguidas por 32 millones de personas, que generaron 67 millones de interacciones (comentarios, likes, comparticiones). La empresa Facebook cerró 77 de esas páginas que eran responsables por el 20% de flujo de informaciones en las redes identificadas


Esta extraordinaria manipulación de la opinión tuvo tres consecuencias que, aunque pasaron desapercibidas, constituyeron un cambio de paradigma en la comunicación social. La primera fue que esta vigilancia policial de las redes se legitimó a pesar de haber controlado apenas la punta del iceberg. El recurso cada vez más intenso a los big data y a los algoritmos para llegar a cada individuo en sus gustos y preferencias, y hacerlo simultáneamente para millones de personas, hizo posible mostrar que los verdaderos propietarios de nuestra opinión son Bill Gates y Mark Zuckerberg. Como todo es hecho para no darnos cuenta de eso, nos consideramos deudores gratos de El Dorado de información que nos proporcionan y no como acreedores de un desastre democrático de consecuencias imprevisibles por las cuales ellos debían ser personalmente responsabilizados.


La segunda consecuencia es que la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir a la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones.


La tercera consecuencia de la sociedad internética es que las redes sociales crean dos o más flujos de opiniones unánimes que corren en paralelo y, por tanto, nunca se encuentran. Es decir, en ningún caso pueden ser contradichos o ser objeto de contraargumentación en un debate democrático. Así, la política errada puede ser aceptada ampliamente si cabalga sobre uno de los flujos de unanimidad. Este es el caldo comunicacional de la radicalización política, el ambiente ideal para el clima de polarización, de odio y de demonización del enemigo político, sin que sea necesario usar argumentos discutibles y únicamente recurriendo a frases apocalípticas.


De la sociedad internética a la sociedad métrica. Vivimos otra orgía, la orgía de la cuantificación de la vida individual y colectiva. Nunca nuestras vidas colectivas estuvieron tan dependientes del número de seguidores en Facebook, de los likes en las interacciones en las redes, de los scores en los concursos, de los rankings en las universidades, en la cuantificación de la producción científica. Sabemos que la lógica de la cuantificación es extremadamente selectiva y muy sesgada por los criterios que usa y por los campos que selecciona para cuantificar. Deja fuera todo lo que es más esencial a la existencia individual y colectiva. Deja fuera sectores sociales que, por su inserción social, no pueden ser adecuadamente contados. Las personas sin hogar son contadas por ser sin hogar, y no por lo que hacen durante el día; la agricultura familiar, informal, pese a que en la mayoría de los países continúa alimentando hoy a una gran parte de la población, así como el trabajo no pagado de la economía del cuidado en casa, no cuentan para el PIB. Lo que está predominantemente a cargo de las mujeres no entra en las estadísticas del trabajo, a pesar de ser crucial para reproducir la fuerza de trabajo. Si no estuviera avalada cuantitativamente, la calidad de la producción científica no contaría para la carrera de los investigadores. Y el gran problema de nuestro tiempo es que lo que no es contado, no cuenta.


Estas son algunas de las dinámicas subterráneas que van minando la democracia y creando una cultura pública y privada indefensa ante errores de los que la derecha y la extrema derecha se van alimentando.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Publicado enSociedad
Sábado, 01 Junio 2019 07:06

A comer y beber glifosato

A comer y beber glifosato

Distintos funcionarios del régimen del sub presidente Iván Duque se han destacado en los últimos meses por sus grandiosas contribuciones a la cultura universal, como muestra fehaciente de su basto (no vasto, por supuesto) saber y de la sólida educación humanística, artística y científica del equipo gobernante que dirige al país más feliz del mundo. 

El que da ejemplo de brillantez intelectual, como cabeza pensante de este gran equipo de gobierno, es el propio sub-presidente, quien ha hecho dos declaraciones memorables. La primera en París en plena sede la Unesco, cuando disertando sobre las bondades de la economía naranja dijo con convicción: “Y nos remontamos a lo que llamamos las siete íes. ¿Y por qué siete? Porque siete es un número importante para la cultura. Tenemos las siete notas musicales, las siete artes, los siete enanitos. Mejor dicho, hay muchas cosas que empiezan por siete ”. Este fabuloso descubrimiento conceptual merece un doble Premio Nobel de Economía y de Literatura, ya que demuestra su amplio conocimiento de la narrativa universal. Este importante descubrimiento fue complementado en enero de este año al recibir a ese demócrata de los Estados Unidos, Mike Pompeo, humanista experto en recomendar caricias a los amigos de los Estados Unidos que disfrutan de vacaciones en sus hoteles de cinco estrellas, como el de la base de Guantánamo. En esa ocasión Duque dijo: “Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial y hoy recibir este segundo día de 2019 con su visita nos llena de alegría y de honor, esta relación bilateral la tenemos que seguir fortaleciendo todos los días”. Con esta afirmación Duque ha hecho una decisiva contribución a la reinterpretación de la historia de Colombia, que muestra que, como complemento a sus dotes innatas de estadista, es un investigador social de renombre internacional.


Pero quien encabeza el listado de luminarias del gobierno de Iván Duque es de lejos su Vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, quien ha descollado en los últimos meses por una serie de rutilantes afirmaciones que, aparte de mostrar a la luz pública su incomparable inteligencia (propia de la inteligencia superior de los uribeños), se constituyen en unos extraordinarios aportes al conocimiento no sólo de los colombianos sino de la humanidad en su conjunto. Una de sus contribuciones más notables fue anunciada en su visita a Washington, ante los amos imperiales, y se refiere al fabuloso descubrimiento que el glifosato es una sustancia alimenticia.


Esta, sin duda alguna, puede considerarse como el mayor descubrimiento que haya hecho la ciencia colombiana en todos los tiempos. Ese descubrimiento ha probado, sin ningún manto de duda, que el glifosato, un producto químico que se usa en la agricultura y la ganadería para destruir plagas, y que en Colombia se ha roseado por toneladas sobre los cultivos de coca durante veinticinco años, es en verdad un nutritivo alimento, lleno de proteínas y de virtudes dietéticas, que alimenta a gentes de todas las clases, edades y razas. Ahí estriba la sustancia de este descubrimiento, puesto que hasta ahora los críticos (comunistas y ecologistas) decían sin pruebas de ninguna clase que el glifosato era un producto contaminante, que genera cáncer y otras enfermedades. Esas son mentiras y calumnias de resentidos que solo buscan hacerle daño a la libre empresa, y para ello se apoyan en científicos e investigadores de quinta categoría que se han dejado manipular para enlodar a empresas de tanta ética y compromiso humano y social, como lo son Monsanto y Bayer.


Ahora Marta Lucia Ramírez ha comunicado al mundo, con la modestia que caracteriza a los verdaderos sabios, que el Glifosato es una bebida sana y un alimento nutritivo, al decir que “ si usted se toma 500 vasos de agua al día, le aseguro que también se enferma", con lo que enfatizó que el Glifosato es benigno, una bebida apetitosa que puede tomarse varias veces al día para mejorar el funcionamiento de los sistemas digestivo e inmunológico. El glifosato puede consumirse en forma de bebida, rociando una cierta cantidad (entre más amplia más alimenticia resulta) en un poco de agua, preparándola en forma de batido, ya que puede combinarse con apio, manzana, zanahoria, mango, papaya o la fruta a que mano se tenga. El glifosato también puede usarse para preparar galletas, panes, colaciones, lo cual le confiere un sabor y un gusto especial, que es muy atractivo sobre todo para los niños y mujeres embarazadas. Pescados, aves, gallinas, cerdo y todo tipo de carnes pueden ser directamente rociadas con una copita de glifosato y de inmediato los comensales disfrutaran de un sabor inigualable que los dejara satisfechos y con ganas irrefrenable de seguirlo usando a diario. Los rostizados de cualquier clase (carnes, vegetales, legumbres…) son especialmente recomendables para acompañarlos con glifosato, ya que en esas jornadas en que se deja libre el paladar nada mejor que disfrutar del novísimo alimento, que además opera como acompañante y condimento. El glifosato puede servir de aliño en amasijos, tamales, envueltos, ayacos de mazorca y otros productos de la gastronomía colombiana. Tiene una virtud adicional, recién descubierta por nuestra ilustrada Vice Presidenta, y es que rejuvenece la piel, produciéndole un atractivo color entre rosáceo y azulado. Por ello, la segunda dama de la nación se aplica todas las noches en su cara mascarillas de glifosato y utiliza compresas en todo el cuerpo de este bálsamo bendito; aún más, se baña en una tina repleta de glifosato, reviviendo una práctica similar a la de Cleopatra, la gran reina de Egipto, que se bañaba en leche.


Prueben su amplio radio de acción alimenticia, que no se arrepentirán, porque está confirmado que el glifosato nutre más que cualquiera de las sustancias hasta ahora conocidas en el mundo entero. Hasta tal punto esto es indiscutible que entre los comensales que aseguran que consumen glifosato diario se encuentran el embajador de los Estados Unidos y el personal de esa embajada en Colombia, los embajadores criollos ante Donald Trump, Francisco Santos y Alejandro Ordoñez (este en la OEA), el Ministro de Relaciones Exteriores Carlos Holmes Trujillo. Incluso, las malas lenguas comentan que un consumidor asiduo del Glifosato es el ex Fiscal Néstor Humberto Martínez, quien a veces invitaba a sus amigos a saborearlo, con una formula especial de su propia cosecha, que incluía entre los ingredientes de su pócima secreta, al cianuro. Y si los ricos y poderosos degustan el glifosato, ¿por qué se quejan los pobres de que se les vierta en grandes cantidades? Desagradecidos e ignorantes que son, no entienden la magnanimidad de los poderosos.


Ahora que gozan de tanta fama los batidos la vicepresidenta recomienda que todos los colombianos disfrutemos todos los días en las primeras horas de la mañana de un nutritivo néctar de glifosato, que puede combinarse con muchas cosas, puesto que es un producto muy versátil. La misma Marta Lucia Ramírez con plena seguridad bebe sin falta unos cuantos vasos rociados con glifosato, con lo que mantiene la cordura y sobre todo ese equilibrio mental que tanto la caracteriza.


De tal manera, que los gobiernos de los Estados Unidos y de Colombia al fumigar con glifosato los campos colombianos durante dos décadas no solo buscaban erradicar la “mata que mata” (la hoja de coca), como reza la propaganda corporativa, sino que además estaban proporcionándole nutrientes, proteínas y minerales sanos a los ignorantes campesinos criollos, que son tan malagradecidos que no entienden lo que significa este tipo de ayuda alimentaria.


No se crea que lo que dice la Vicepresidenta son ocurrencias, sino resultado de exhaustivas, profundas y rigurosas investigaciones, que la llevaron a presentar en público el gran descubrimiento de su vida, y que la catapultara por los siglos de los siglos en el panteón de los grandes científicos y sabios de todos los tiempos.


De tal manera, que como complemento alimenticio de la equilibrada dieta de los colombianos pobres, de ahora en adelante a comer y beber glifosato, con lo cual se garantiza que estaremos entre los países mejor alimentados del planeta y con una envidiable salud, si tenemos en cuenta que Estados Unidos y su súbdito, Iván Duque, están haciendo hasta lo imposible para que se vuelva a esparcir el glifosato sobre los campos colombianos.

Publicado enColombia
EEUU Johnson & Johnson, condenado a pagar 325 millones a una mujer que desarrolló cáncer de pulmón por sus polvos de talco

"En lugar de advertir a los consumidores o poner un ingrediente alternativo, como almidón de maíz, J&J adoptó métodos de prueba que no eran capaces de detectar el asbesto", señalan los abogados de la mujer.


Un jurado de Nueva York ha ordenado a la multinacional Johnson & Johnson (J&J) pagar 325 millones de dólares a una mujer que desarrolló una forma rara de cáncer de pulmón vinculada al asbesto, de lo cual responsabilizó a los polvos de talco de la firma, que planea recurrir el dictamen judicial.


La empresa confirmó la decisión del jurado, la última novedad en un caso que se dirime en la Corte Suprema de Nueva York, y señaló en un comunicado que el juicio "ha sufrido significativos errores legales y de evidencias", por lo que planea apelar. Además, negó que los polvos contengan asbesto o causen cáncer.


Levy Konigsberg, bufete que representa a la denunciante Donna Olson y a su marido Robert, anunció el veredicto contra Johnson & Johnson: 20 millones por el sufrimiento "pasado y futuro" de la mujer, 5 millones por el cierre de la empresa de su esposo debido a la enfermedad y 300 millones por daños.


El bufete indicó en una nota que, durante los cuatro meses de. juicio, el jurado vio documentos internos según los cuales la firma "sabía que había asbesto en el talco utilizado para fabricar el Johnson's Baby Powder y los productos J&J's Shower to Shower ya en los años 60 y 70".


"En lugar de advertir a los consumidores o poner un ingrediente alternativo, como almidón de maíz, J&J adoptó métodos de prueba que no eran capaces de detectar el asbesto", señalaron los abogados, que alegaron que esos resultados se utilizaron para comunicar al público y las autoridades la ausencia del mineral.


Se trata de una importante suma de dinero, una de las más altas alcanzadas en casos de este tipo contra la multinacional, que a finales de 2018 estaba inmersa en unos 13.000 casos en EE.UU., en general por su supuesta responsabilidad en el desarrollo de cáncer, según su informe anual entregado a la Comisión de Valores (SEC).


La firma remitió a "cincuenta años de evaluaciones científicas independientes hechas por dependencias del Gobierno" de EE.UU. y por instituciones académicas, como Princeton o el MIT, y aseguró que todas concluyen que los polvos de talco son seguros.
nueva york
31/05/2019 22:40 Actualizado: 31/05/2019 22:40

Publicado enInternacional
Cándido y el Elogio de la locura (La Cultura Pooph II, diez años después)

En el pasado, equivocados o no, por lo general quienes opinaban sobre política italiana o congoleña se habían leído la historia de Italia, del imperio romano, tenían alguna idea sobre la belga, sabían algo de la vida y obra de Leopold II y qué había pasado con Lumumba. Ahora el mundo está lleno de genios que opinan primero y luego intentan informarse. Si alguien se atreve a criticar el optimismo en curso, es etiquetado y desautorizado como un viejo que no entiende el presente. Como si los adultos no fuesen parte del presente. Como si los más jóvenes entendieran mejor algo del pasado, ese tiempo que, de alguna forma, produjo este presente. Como si las nuevas generaciones no pudiesen ser radicalmente reaccionarias. 

Antes no era necesario ser un estudiante universitario para poseer este tipo de cultura amplia y profunda. Ahora ni siquiera los estudiantes universitarios alcanzan un mínimo de aquel conocimiento que servía a la libertad de conciencia y no únicamente a los propósitos del dinero, el consumo y el confort de “un mundo más eficiente”.


Es verdad, aquella “gente culta” solía ser (aun suelen serlo), gente por los de abajo. No se trata de una simple cuestión gramsciana, como gustan apuntar desde el otro lado. Se trata de una reacción natural ante el poder social. De la misma forma que las universidades en todo el mundo, desde Argentina hasta Japón, desde Mozambique hasta Estados Unidos eran y siguen siendo bastiones progresistas, el resto de las grandes instituciones que dominan el poder social están dominados por conservadores elitistas y reaccionarios: empresas transnacionales, inversionistas, medios de comunicación dominantes, ejércitos, iglesias de todo tipo.


De la misma forma que la cultura solía ser (y aún lo es, en términos generales) el reducto de la izquierda, las redes sociales lo son ahora de la derecha. Lo primero ya lo explicamos. ¿Cómo se explica lo segundo? Creo que se explica de la misma forma que se explica la antigua práctica de esclavos negros castigando con latigazos a sus hermanos esclavos, a los negros, a los indios más rebeldes. A los malos negros, a los malos indios. Es decir, por la falsa conciencia, por la moral parasitaria, aquella moral adptada para beneficiar los intereses ajenos.


Tal vez en unas pocas décadas, como siempre cuando la verdad ya no interese o sea inofensiva, descubriremos cómo funcionan los algoritmos de las redes sociales, así como descubrimos, décadas después cómo la propaganda inaugurada por Edward Bernays en Estados Unidos y continuada brevemente por los nazis en Europa, manipuló la opinión y la realidad del mundo durante el siglo XX, desde los más pequeños hábitos consumistas a las mayores tragedias de la gran política, como las guerras y los golpes de Estado en Africa y en América Latina.


Por entonces, los gobiernos del mundo y las elites financieras tomaron una amplia ventaja de los nuevos medios de comunicación masivos e inmediatos (la radio, el cine y la televisión) como en el siglo XIX lo habían hecho con la prensa escrita, mientras los libros quedaron en manos de intelectuales del otro lado del espectro del poder (nótese cómo la misma palabra “intelectual” fue desprestigiada y desmoralizada por la propaganda, hasta el extremo de que hoy se precia y se paga más la estupidez que la inteligencia. Nadie se hace viral por genial sino por idiota, y tanto YouTube como las otras mega aldeas dominadas por un puñado de manipuladores, recompensa esta idiotez con miles de dólares, lo cual para ellos no llega a ser ni siquiera una propina. Si antes, apenas unas pocas décadas atrás era necesario ser Roberta Flack cantando Killing Me Softly With His Song para llamar la atención del mundo, hoy vale más una pobre mujer sentada en el inodoro y cantando sin armonía alguna “Sitting in tha Toilet” para hacerse una celebridad global, para recaudar una fortuna e inspirar a cientos de millones de jóvenes a lograr la misma hazaña.


Algunos de estos idiotas prestigiosos, paradigmas del antiintelctualismo, son llamados, en múltiples idiomas pero con la misma gracia y la misma palabra del inglés, “influencers”. Claro, eso sin contar los millones de idiotas que cada día trabajan gratis para estas megacorporciones tirándose de una escalera, rompiéndose la nariz, filmándose en el baño sin llegar siquiera a rescatar cincuenta centavos con los nuevos subscribers, pero aportando definitivamente a esa cultura de la estupidez y del odio neo tribal.


No lo sabemos todavía, no tenemos pruebas (más allá de la lectura de los patrones históricos que se parecen a la tabla periódica de Mendeleev con vacíos significativos), porque así es como funciona, según reconoció el mismo Bernays en los años noventa, al final de su vida: esa es la naturaleza del poder, estar en otro lado, no allí donde se supone que está, protegido por el anonimato y la ignorancia de quienes lo sufren o lo defienden.


La evidencia, el incontestable hecho de que el 0,01 por ciento de la población mundial ha secuestrado casi todos los progresos de la humanidad hasta el día de hoy, no se ve o no importa. Porque para eso, no por casualidad, está la nueva cultura planetaria. Y los esclavos continúan peleándose y odiándose entre sí, repitiendo las narrativas funcionales del poder y adoptando fervorosamente sus valores.


Por Jorge Majfud,  escritor uruguayo-estadounidense. Profesor en la Jacksonville University.

Publicado enCultura
Miércoles, 27 Marzo 2019 06:28

Si Colombia fuera Venezuela

Si Colombia fuera Venezuela

Según los últimos informes de diferentes organizaciones defensoras de los derechos humanos Colombia ocupa el primer puesto mundial en cuanto a persecución y asesinatos de líderes sociales. Solo en el año 2018 en ese país 126 personas, de un total de 321 en el mundo, casi el 50%, incrementaron este fatídico ranking. Y en los tres primeros meses de 2019 se contabilizan ya más de 30 las personas defensoras asesinadas. 

La firma en el año 2016 de los Acuerdos de Paz entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno colombiano llevaron la esperanza a la sociedad de este país por iniciar el camino hacia la paz después de casi 50 años de una guerra que había sacudido todos los rincones del mismo. Sin embargo, a raíz de dicha firma el listado de persecuciones, criminalizaciones y muertes se ha incrementado a un ritmo casi superior al de los tiempos de la guerra si nos centramos en aquellas personas que defienden los derechos humanos. Esto, además del hecho evidente de que el actual Gobierno del presidente Iván Duque ha frenado, casi hasta el sabotaje, el cumplimiento de los mencionados Acuerdos en muchos de sus puntos esenciales, como la justicia especial para la paz (JEP), que es uno de los ejes fundamentales para la reparación y recuperación de la convivencia. Y también ha cerrado la posibilidad de abrir la mesa de conversaciones con la última guerrilla activa de Colombia, el Ejército de Liberación Nacional (ELN).


Ante toda esta situación el Secretario General de las Naciones Unidas, el portugués Antonio Guterres, expresaba recientemente de forma diplomática su “enorme preocupación” por la impunidad con que se están cometiendo estos ataques. Y el Relator Especial para la situación de los defensores de derechos humanos en el mundo, también de las Naciones Unidas, Michel Forst, denunciaba el aumento de los asesinatos de estos líderes mientras disminuía el número de homicidios globales en el país. Así, el ambiente de impunidad llega hasta tal punto que este Relator expresaba también “me han horrorizado las versiones de los campesinos afrocolombianos e indígenas describiendo los ataques que enfrentan sin poder decir el nombre de los victimarios”. Por esta razón pedía al Estado colombiano la reacción necesaria, que tomara medidas reales y efectivas, para acabar con estos escenarios de impunidad.

Respecto a los responsables de la situación, además de por algunas disidencias de las diferentes guerrillas, en gran medida, la misma estará propiciada por el paramilitarismo que nunca desapareció de Colombia y que ahora trata de ocupar aquellos espacios territoriales que la guerrilla desmovilizada de las FARC dejó libres. Ese paramilitarismo opera principalmente en negocios como el narcotráfico, el crimen organizado o la protección de intereses económicos múltiples. Y precisamente estos últimos están también muy presentes entre otros responsables (terratenientes, latifundistas, transnacionales extractivas) en este escenario y hoy pujan por ocupar y explotar esos territorios ricos en recursos naturales diversos. Hay que recordar que Colombia es uno de los países con mayor biodiversidad del mundo y eso, en términos económicos, se traduce para las transnacionales de todo tipo en una fuente inagotable de negocios y beneficios. Ante ambos procesos el Gobierno colombiano está o apoyando abiertamente a los segundos (poderes económicos), en aras del siempre recurrente discurso del desarrollo, o en una evidente pasividad ante los primeros (paramilitares), por garantizar éstos un control territorial que el Estado no tiene capacidad para alcanzar y por su golpear constante sobre los diferentes agentes sociales que plantean la crítica política al sistema.


Todo lo hasta aquí señalado genera, además de los ataques continuos contra los defensores y defensoras de los derechos humanos y la persecución de organizaciones sociales, indígenas, negras, de mujeres, campesinas, una creciente extensión de la crisis humanitaria profunda. Así, aunque invisibilizada por la mayoría de los medios de comunicación masiva y alejada de las grandes declaraciones políticas, la realidad del creciente empobrecimiento de cada vez mayores capas de la población es una constante. De ello nos habla el hecho inocultable de que Colombia es el segundo país del mundo con mayor número de población desplazada interna, superando los siete millones. Personas que durante la guerra se vieron obligadas a huir de sus tierras, de sus comunidades y que hoy aún no pueden regresar ya que, en gran medida, el Estado sigue sin dar cumplimiento a su compromiso para facilitar la restitución de esas tierras.


De forma más reciente, desde el pasado 10 de marzo se inicio la movilización (Minga) de los pueblos indígenas, comunidades negras, campesinas y otros sectores sociales en el suroeste del país en reclamo del cumplimiento de antiguos acuerdos alcanzados con los gobiernos colombianos. Y también, entre otros, en denuncia de los continuos procesos de criminalización de la protesta y asesinatos de los líderes sociales. La respuesta del Gobierno hasta la fecha está siendo la represión sistemática que ya ha producido nuevas muertes y episodios continuos de represión a las comunidades hasta el punto de extender la solidaridad con dicha protesta a otros puntos del país. La Minga pide que el presidente Iván Duque, tan prolífico en declaraciones y acciones en el marco continental (Venezuela), se siente a una mesa de diálogo con estos sectores históricamente arrinconados y se alcancen compromisos firmes para mejorar verdaderamente las condiciones de vida y de derechos en la propia Colombia.


El interrogante final, ante la situación brevemente aquí descrita sobre Colombia y ante la permanente falta de informaciones sobre ella en la mayoría de los medios de comunicación, es la que da título a este texto. ¿Nos podemos imaginar este silencio informativo si solo una parte de esto estuviera ocurriendo en Venezuela? Hace pocas semanas hablábamos en otro texto del doble rasero que se evidencia entre este último país y la grave situación de emergencia social y política en Haití, ahora volvemos a constatar esa doble moral política y mediática sustituyendo al país caribeño por Colombia. Es más grave si cabe, pues además de invisibilizar lo que aquí está ocurriendo es precisamente a Colombia a la que se presenta como una democracia avanzada y punta de lanza contra Venezuela. Demasiada hipocresía e injerencia externa para poder realmente construir un continente soberano y de justicia para las mayorías sociales.


Por Jesus González Pazos, miembro de Mugarik Gabe
@jgonzalezpazos

Publicado enColombia
Lunes, 25 Marzo 2019 06:43

La gran mentira

La gran mentira

La semana pasada se cumplió el 16 aniversario de la guerra de Estados Unidos en Irak, algo que casi nadie en calles, universidades, cafés, antros, parques o edificios gubernamentales registró, y menos aún comentó. Ni el "comandante en jefe". Esa y las otras guerras ya se ha vuelto parte del ruido de trasfondo de este país. Una guerra más, una mentira más.

Esta mentira costó más de 190 mil civiles muertos por violencia directa de esa guerra, casi 5 mil militares estadunidenses que han perecido, cientos de miles de civiles y militares heridos, y un costo mayor de 2 billones de dólares hasta la fecha (y eso que no es la guerra activa más larga en la historia del país; esa tiene 17 años y está en Afganistán), según el informe Costos de Guerra, de la Universidad Brown.

La gran mentira implicó que miles de jóvenes estadunidenses –en su gran mayoría pobres y de clase trabajadora– fueron enviados a Irak o Afganistán a matar y herir a otros jóvenes como ellos. Los que regresaron, si es que no en un ataúd o en una camilla, sí con heridas sicológicas de largo plazo, fueron recibidos por una población que, la verdad, si es que se acuerda de ellos, prefiere no ponerle mucha atención a todo eso, más allá de rendir homenajes a "nuestros veteranos" antes de un partido de beisbol o de futbol.

Seguramente es el único país en la historia donde uno puede pasar por las calles de todas las ciudades y grandes pueblos sin darse cuenta ni acordarse que está en medio no sólo de una, sino de varias guerras.

Como toda guerra, la de Irak fue producto de una gran mentira, una mentira propagada por casi todos los principales medios (con algunas notables excepciones) y por una clase intelectual profesional vinculada al poder, y todos éstos, hasta hoy día, jamás han pagado las consecuencias y muchos menos han tenido que rendir cuentas por su complicidad.

Es una guerra en la cual se fabricó la justificación frente a todos: se declaró que Irak tenía armas de destrucción masiva, que era en parte responsable de los atentados del 11-S, que era un Estado que daba refugio a "terroristas". Todo eso fue falso. Y se sabía en esos mismos momentos; millones de personas en algunas de la movilizaciones antiguerra más grandes de la historia lo sabían, no cayeron en en el engaño.

El objetivo no tenía nada que ver con "democracia", "libertad", asistencia humanitaria ni nada de eso. Tenía el objetivo de "cambio de régimen" y, ni hablar, petróleo.

Entre los promotores más feroces de la mentira en el gobierno de George W. Bush estaban Elliott Abrams y John Bolton, junto a un amplio elenco de los mismos jefes de medios e intelectuales de tanques pensantes, tanto conservadores como liberales, que hoy día invitan a todos a creerles algunas más, incluido el caso de Venezuela.

Como señala el periodista Matt Taibbi, de Rolling Stone, "el daño que esta historia (la guerra contra Irak) causó en nuestras reputaciones colectivas aún es poco entendida en el negocio (de los medios)", y señala que esa mancha no se podrá lavar "hasta que enfrentemos qué tan mal fue, y es mucho peor de lo que estamos admitiendo, aun ahora".

¿Cuántas otras guerras repletas y justificadas con mentiras continúan hoy día? Hay una contra los inmigrantes en la frontera (con despliegue militar), otra permanente contra el narco, y ni contar las acciones bélicas activas de Washington en varias partes del mundo, incluidos por lo menos siete países que casi ningún estadunidense puede siquiera nombrar.

Según el informe Costos de Guerra, Estados Unidos conduce hoy día "actividades anti-terroristas" en 80 países (40 por ciento de los países del planeta), ha gastado más de 5.9 billones en las guerras posteriores al 11 de septiembre de 2001, han muerto un total de 480 mil personas en Irak, Afganistán y Pakistán, incluidos 244 mil civiles por violencia directa, casi todo con justificaciones engañosas.

Las mentiras oficiales cuestan muy caro, pero casi nunca para los mentirosos, sino para todos los demás. Esa es la verdad.

Publicado enInternacional
“Google socava nuestra capacidad de pensar de manera profunda”

El divulgador tecnológico critica en la entrevista la evolución que han tenido las redes sociales y sostiene que las nuevas tecnologías contribuyen a una mayor banalidad de los razonamientos

 

Controversia y polémica son dos sustantivos que acompañan a Nicholas Carr (Estados Unidos, 1959) desde que, en 2003, criticara en un artículo en la Harvard Business Review la evolución adquirida por las tecnologías de la información. Lo mismo discutía con directivos de Microsoft que de Intel. Para este divulgador tecnológico, internet ha convertido al ser humano en un animal superficial. Alejado de la profundidad que se le presuponen a sus razonamientos. Las redes sociales tampoco han escapado de sus dardos cargados de crítica. En la publicación de su último libro, La pesadilla tecnológica (Ediciones El Salmón), escribe que Twitter no es más que un sitio para expresar minucias personales. “Ofrece, por tomar prestada la frase del filósofo John Gray, un refugio para la insignificancia”, argumenta.


¿Por qué piensa que las redes sociales ejercen un papel tan pernicioso para la sociedad?


¿Acaso hay alguien todavía que no critique a Facebook y al resto de redes? Hemos perdido nuestra inocencia con respecto al reino digital. Nos hemos desilusionado. No creo que nadie, salvo acosadores o sádicos emocionales, obtenga demasiado placer de una red social si es que alguna vez la obtuvieron. Nos inscribimos a ciegas en sus servicios y ahora estamos habituados a ellos. Dependemos de ellos. Los tejimos en la trama de la sociedad, pero usamos las redes como un alivio de los rigores de la comunicación y el pensamiento. Como una forma de evadir nuestra mente.


¿Existe alguna posibilidad de revertir esta situación para que las redes sociales no parezcan un sitio tan vacío como describes?


¿Alguien se siente satisfecho, intelectual o socialmente, cuando las usa? No lo creo. La mayoría de gente siente ansiedad y vacío. Es importante recordar que las redes sociales, como Facebook y Twitter, se diseñaron para conversaciones informales, como charlas amistosas, ligar o intercambiar rápidamente mensajes. Nada que ver ni con la seriedad ni con conversaciones sutiles. Y, sin embargo, gracias a una combinación de pereza personal y manipulación empresarial, las hemos llegado a utilizar cada vez más para hablar en público y el debate político.


¿Cuáles son las consecuencias de que dominen el debate público?


Las redes han engendrado superficialidad y polarización. También han fomentado la propaganda y el auge de las llamadas fake news. Creo que esto último es una de las mayores tragedias de las redes sociales. Las usamos para unas formas de comunicación completamente inadecuadas.


En el libro describes a Facebook como una empresa que solo hace negocios con datos privados y anuncios. ¿La gente es consciente de su modelo?


Si todavía hay personas que están bajo la ilusión de que Facebook es una herramienta benigna para la armonía social, deben llevar años dormidas. Deberían despertar, apagar su teléfono y leer un periódico. Facebook es un negocio basado en espiarnos y manipularnos. Esto es tan obvio que creo que incluso Mark Zuckerberg lo admitiría.
¿La tecnología, por sí misma, es un problema o más bien depende del uso que le demos?


La tecnología la crean y usan humanos, por lo que al final somos responsables de ella. No es algo que caiga por arte de magia del cielo. Es un tontería pensar que la tecnología es neutral. Tiene un sesgo, nos empuja a comportarnos y a pensar de una manera determinada. Cuando adoptamos una nueva herramienta, también adoptamos sus sesgos. Por ejemplo, internet está sesgado hacia la distribución de información de alta velocidad en diferentes formatos, como audio, texto o imágenes. Esto significa que es un medio de gran distracción, que socava el pensamiento profundo. Así que, cuando nos conectamos, intercambiamos profundidad por amplitud, contemplación por estimulación.


¿Por qué aseguras que Google ha cambiado la forma en que razonamos y pensamos?


La visión de Google de la mente humana es industrial. Se trata de la eficiencia con la que nuestro cerebro procesa la información. Por esta razón, Google y otras compañías ponen tanto énfasis en la velocidad y el volumen de consumo de la información. Lo que les falta es una apreciación de la forma en que el cerebro transforma los fragmentos de información en conocimiento de calidad. Al bombardearnos, socavan nuestra capacidad de pensar de manera profunda, crítica y conceptual. Formas de pensar que requieren atención y reflexión. Hay evidencias científicas que demuestran que los medios digitales nos empujan hacia un pensamiento superficial y lejos del rigor. Y todo es mucho peor desde que llevamos encima un smartphone todo el tiempo.


Estás preocupado por las filtraciones de datos y la privacidad. ¿Las redes sociales han fomentado que los casos hayan aumentado?


Algo que las redes han dejado claro es que los puntos de vista de muchas personas están mal informados, son banales o, simplemente, erróneos. De esta forma, lograr que alguien se exprese es una bendición mixta. Todos estaríamos mejor si pasáramos más tiempo pensando críticamente sobre nuestros puntos de vista y menos en expresarlos a todo el mundo. Creo que un sentido de privacidad es esencial para desarrollar una vida intelectual rica, por lo que la forma en que las redes sociales nos han robado el refugio de la privacidad empeora todos estos problemas.


¿Cómo de cercana es la relación que mantienen actualmente las redes sociales y la política?


Las redes sociales son inadecuadas para el discurso político. Fomentan la superficialidad sobre la profundidad, la emoción sobre la razón y el pensamiento grupal por encima del crítico. Su diseño auspicia que se extienda rápidamente la propaganda y la desinformación. Los políticos han adoptado las redes sociales porque les brinda una forma fácil de llamar la atención y entusiasmar a sus bases. Resulta difícil observar efectos positivos en el movimiento del discurso político y el debate público hacia las redes.


Steve Bannon, estratega de campaña de Donald Trump, entre otros, es un ejemplo de cómo la política se ha adaptado a internet. ¿La extrema derecha lleva ventaja al resto de partidos?
En Estados Unidos, la derecha tiene una perspectiva externa. Se ven a sí mismos luchando en una batalla contra las élites políticas y académicas que consideran que controlan la cultura. Creo que es por eso que personas como Bannon apreciaron desde el principio cómo las redes sociales podrían ser un arma efectiva para la guerra cultural y política. Pero no veo que las redes tengan ningún sesgo político en particular. Pueden usarlas tanto déspotas de izquierdas como de derechas.

Publicado enCultura
Página 1 de 7