MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Represión provoca estampida de indocumentados en Vado Hondo

Caravana de miles de migrantes insiste en avanzar rumbo a EU // Más de mil 500 fueron deportados a Honduras // Lo tratan a uno como perro

 

Vado Hondo., Policías y soldados guatemaltecos dispersaron ayer con violencia a miles de migrantes hondureños apostados durante el fin de semana en el kilómetro 177 de la carretera de Vado Hondo, Chiquimula, quienes huyeron en diferentes direcciones, muchos de ellos con niños en brazos.

Más tarde, varios de ellos intentaron nuevamente penetrar el cordón de seguridad para llegar a México y así seguir su paso hacia Estados Unidos, informó la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) de Guatemala.

"Delegados de la PDH dialogan y brindan recomendaciones a miembros del ejército y la policía nacional civil de no usar la fuerza en Vado Hondo, donde indocumentados intentan romper el cordón de seguridad", tuiteó la institución.

La entidad que vela por las garantías ciudadanas y los derechos humanos en Guatemala tiene personal desplegado en el sureño departamento de Chiquimula, donde horas antes se reportaron enfrentamientos entre los migrantes y las fuerzas de seguridad.

Por la mañana, el contingente policial avanzó sobre la masa de indocumentados haciendo fuerte ruido mediante el golpe de sus macanas contra los escudos, logrando que muchos migrantes retrocedieran y otros corrieran hacia los lados, dispersándose dentro del pueblo, pero aún en territorio guatemalteco.

Algunos miembros de la caravana sufrieron leves lesiones en medio de la trifulca.

"No estábamos robando, somos gente de bien. Sólo queremos pasar", dijo a la agencia Afp, al borde del llanto, Angie, migrante hondureña de 21 años quien junto con miles de compatriotas anhela llegar a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades.

La mujer estaba resignada a regresar a la frontera a tratar de documentar su ingreso y presentar una prueba negativa de Covid-19, requisitosde las autoridades guatemaltecas para internarse en el territorio. "Quiero seguir hasta Estados Unidos, no me quiero quedar en Guatemala", recalcó.

En el desalojo, varios de los caminantes lanzaron piedras a la policía, que respondió con gas lacrimógeno para seguir alejándolos en dirección a la frontera con Honduras, ubicada a unos 50 kilómetros.

El portavoz del ejército, Rubén Tellez, destacó que los soldados hicieron uso mínimo de fuerza y respetaron los derechos humanos y la integridad de los migrantes.

"Yo voy con mi hijo, en Honduras no tengo donde vivir", aseguró otra mujer al canal Guatevisión, luego de la estampida y mientras tomaba aliento al lado de un poste.

Unas 4 mil personas permanecían en ese grupo, de las 9 mil que se estima ingresaron con la caravana que partió el sábado de San Pedro Sula.

Otros 800 indocumentados han sido contenidos en un pueblo vecino, cientos se han dispersado por los alrededores y al menos mil 383 hondureños fueron retornados a su país antier y mil 568 ayer, entre ellos 208 menores, informaron el diario local Prensa Libre y la agencia de noticias Afp.

Las fuerzas de seguridad actuaron tras agotar un diálogo con los migrantes, a quienes se pedía despejar una vía del camino para permitir el avance del transporte de carga, cuya mercancía corría el riesgo de estropearse y había causado más de 30 kilómetros de fila de vehículos, informó Prensa Libre.

Por el contrario, un grupo se apoderó momentáneamente de tres camiones e intentó abrirse paso a marcha lenta, constató un equipo de Afp, lo que desencadenó la acción policial.

El ambiente ya estaba pesado desde el domingo, cuando los caminantes intentaron avanzar a empujones y fueron reprimidos con gases y aporreados por militares.

“Si tuviéramos pisto (dinero) no estaríamos aquí yéndonos al norte (Estados Unidos). Lo tratan a uno como perro, no tiene que ser así”, reprochó otra señora que llevaba a dos niñas, una tomada de cada mano.

Los migrantes se dispersaron en el área y, según medios locales, eran rastreados con drones de la policía.

Relatos de hondureños a la prensa denunciaron además que los comercios del poblado fueron obligados a cerrar para evitar que se abastecieran de alimentos.

Los uniformados actuaron ante el riesgo de más contagios de Covid-19, según un decreto del presidente guatemalteco, Alejandro Giammattei, que autoriza el uso de la fuerza, recurso que fue rechazado de manera tajante por organismos de derechos humanos.

Por lo pronto, 21 personas del grupo que pasaron por puestos de control sanitarios han dado positivo al nuevo coronavirus, y deberán guardar cuarentena en Guatemala antes del regreso a su país.

Los migrantes hondureños aseguran que escapan de la violencia, la pobreza, el desempleo y la falta de educación y salud, situación agravada por la pandemia y la destrucción que dejaron a su paso los huracanes Eta y Iota en noviembre.

El éxodo hondureño comenzó la madrugada del viernes desde San Pedro Sula y los caminantes ya dan muestras de cansancio. Durante la jornada, una pequeña caravana de 300 salvadoreños entró al país sin presentar documentos ni prueba negativa de Covid.

La caravana generó tensión entre Guatemala y Honduras, al punto que Tegucigalpa reclamó a su país vecino la acción represiva de los cuerpos de seguridad contra los migrantes, y le pidió una investigación de los hechos.

Guatemala reprochó a Honduras por no cumplir con sus compromisos asumidos hace unas semanas con el país, El Salvador, México Estados Unidos y la Organización de Naciones Unidas para contener la "salida masiva" que irrumpió de manera desordenada en la frontera entre viernes y sábado y que en dos ocasiones ha chocado con la fuerza pública.

Pandilleros "infiltrados"

Autoridades locales advirtieron que en el grupo caminan "infiltrados" miembros de pandillas. Las autoridades guatemaltecas también acusaron que muchos de los migrantes han sido engañados con falsas pruebas de Covid-19.

La caravana marchaba esperanzada de una posible flexibilización de las políticas migratorias en Estados Unidos, cuando el presidente electo, Joe Biden, asuma mañana, posibilidad que ya fue rechazada desde Washington.

"Instamos a Honduras a evaluar y fortalecer medidas de control fronterizo y protocolos de salud para prevenir futuras caravanas", dijo Michael Kozak, subsecretario interino para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado.

Desde octubre de 2018, más de una docena de caravanas, algunas con miles de migrantes, han salido de Honduras rumbo a Estados Unidos, pero la mayoría ha fracasado por el reforzamiento de los controles fronterizos.

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Martes, 19 Enero 2021 06:01

Las clases no vuelven, se refundan

Las clases no vuelven, se refundan

Vivimos la época de los grandes retornos: el pueblo, los forzados, los trabajadores, la lucha de clases. Una mente cáustica haría bien en recordar que nada de lo que regresa realmente ha desaparecido. El filósofo podría decir que no debemos confundir la realidad y las representaciones dominantes, aquellas que nos hacen ver o no ver. El observador cauteloso, por su parte, argumentaría que hay que tener cuidado con los consensos, ya prediquen el fin de la clase obrera o, por el contrario, proclamen su reanudación. Finalmente, el optimista considerará que siempre es preferible que la moda utilice palabras prestadas de la crítica social y que, por tanto, conviene aprovechar el regalo. La apuesta optimista es razonable. Siempre y cuando se convenza uno de que el “regreso de las clases” es algo bueno… y que puede ser una trampa.

La lucha precede a la clase

“La historia de todas las sociedad hasta el día de hoy es la historia de las luchas de clases”. Las famosas palabras del Manifiesto Comunista datan de 1848 y no han envejecido. Dividida por sus desigualdades - acumulación de riqueza en un polo, miseria en el otro, diría El Capital , veinte años después del Manifiesto - la sociedad todavía está dividida en clases enfrentadas. Aún así, la afirmación no es sencilla. En primer lugar, no implica una sucesión cronológica obvia. Se podría creer, por ejemplo, que la existencia de clases precede a la del conflicto que las opondrá. Sin embargo, la observación contraria corresponde mucho mejor a la realidad: es la intensidad y la duración del conflicto lo que constituyen los grupos sociales en clases. 

De hecho, el grupo social no es una "cosa", que existiría en sí mismo, al margen de todos los demás grupos. No es una esencia inmóvil. Se construye en su relación con otros, en conflicto o en alianza; no es otra cosa que el proceso que la construye, una dinámica y no una estructura. Si tiene una base material, sólo existe a través de las representaciones que la hacen aparecer como tal, para bien o para mal. Nos hemos acostumbrado a jugar de manera útil con las palabras: la lucha de clases es siempre una lucha de clasificación.

Desde los albores de los tiempos, ha habido trabajadores manuales, "proletarios  [1]" que dependen de quienes tienen las herramientas del trabajo. Por tanto, se encuentran en una situación de subordinación social. Son literalmente "subordinados", que ocupan un rango más bajo y están condenados a las connotaciones abiertamente desdeñosas de una mediocridad que se atribuye a los subordinados. Sin embargo, aunque ha habido trabajadores durante mucho tiempo, no por ello ha habido una clase trabajadora. En efecto, el universo de los trabajadores está inicialmente declinado en la modalidad de una diversidad que bordea la fragmentación.

A partir de finales del siglo XVIII, el cambio vino de que el número de estos trabajadores manuales creció y, sobre todo, que se concentraron en los lugares de trabajo (taller, manufactura, fábrica) y 'hábitat (el trabajador aislado del mundo rural, el gran crecimiento urbano posterior). La proximidad, la familiaridad, la segregación espacial, la sociabilidad compartida y la comunidad de destino alimentan muy rápidamente el sentimiento inmediato de formar un grupo aparte. El "nosotros" de los trabajadores los opone espontáneamente al mundo exterior de "ellos", el conjunto indiferenciado de quienes tienen acceso a bienes, conocimientos y poderes de los que ellos mismos carecen.

Los límites de "ellos" y "nosotros"

El primer nivel de conciencia de un grupo dominado se construye a partir de esta dualidad entre ellos y nosotros. Negativamente, actúa sobre el registro de diferencia, desconfianza y encierro sobre si protector; positivamente, se basa en el orgullo del productor y en la exaltación de la solidaridad que une al propio grupo. Sin embargo, este es solo el primer paso hacia la clase. El crecimiento demográfico global, la expansión del mundo industrial y urbano, la lenta y difícil experiencia de la democracia y, sobre todo, el surgimiento de representaciones sociales que operan más allá de lo local --el sentimiento nacional de pertenencia, en particular-- trastornaron muy rápidamente las representaciones inmediatas. Con el tiempo, la sociabilidad de la clase trabajadora ya no se estructura sobre el terreno exclusivo de la profesión y la localidad y se extiende a escalas mayores, la nación e incluso el mundo. Ya no es solo defensiva, protegiendo al grupo. Considerados como una "clase peligrosa", una horda de bárbaros relegados a las afueras de la ciudad, los trabajadores ya no buscan solo mejorar sus condiciones de vida, sino ganar colectivamente su reconocimiento social.

La autoconciencia pasa así de cuestionar a los dominadores a criticar la dominación misma. Ya no se limita a la denuncia del explotador, sino que se dirige a la lógica social que separa a explotadores y explotados, dominantes y dominados, categorías y élites populares. No surge de meras representaciones y se transforma en movimiento: el lenguaje prerrevolucionario calificó significativamente la acción colectiva como "tumulto" o "emoción", es decir, "puesta en movimiento". Se desliza así del registro negativo de carencia a la exigencia positiva de otra forma de formar sociedad.

El socialismo del siglo XIX lo dijo a su manera: al emanciparse, los trabajadores crean las condiciones para la emancipación de toda la sociedad. La expectativa de igualdad se convierte en un factor de identificación para una parte creciente de la población activa. La conciencia de grupo se extiende al movimiento, defensivo y ofensivo, crítico y utópico. En consecuencia, la agregación del mundo de la clase trabajadora tiene prioridad sobre su dispersión. Los trabajadores piensan en sí mismos y son reconocidos cada vez más como una clase que cuestiona la propia clasificación que la discrimina. El movimiento produce tanto el proyecto como la organización, trabaja simultáneamente en los registros de lo social, lo político y lo simbólico.

Los efectos de esta implementación se extienden mucho más allá de las filas de la clase misma. Durante largas décadas, repartidas a lo largo de los siglos XIX y XX, el pueblo en el sentido sociológico del término --todos los dominados-- se articuló en un grupo de trabajadores en crecimiento, estructurado en movimientos compuestos (asociaciones, sindicatos, partidos) conscientes tanto de sí mismos como del lugar que puede ser suyo en la sociedad. Un tiempo pasado. No porque el “pueblo” haya desaparecido, sino porque aún no se han desplegado plenamente los procedimientos para su relativa unificación.

Nueva era

La victoria del capitalismo sobre el sovietismo no simplificó la dinámica de la lucha de clases. Los empresarios de ayer se han fundido en la nebulosa jerárquica e intangible de los accionistas y los trabajadores ya no son lo que eran.

Numéricamente, cuentan más en el mundo de hoy que en el siglo pasado. Pero la participación global de los activos en la industria, que aumentó hasta mediados de nuestra década para llegar a casi una cuarta parte de la fuerza laboral empleada, podría comenzar a disminuir relativamente. Por el momento, hay más trabajadores en el planeta que ayer, pero cada vez más dispersos por sus ubicaciones, sus actividades, sus ingresos y su estatus. Las categorías populares -obreros y empleados- siguen siendo las más nutridas, sin experimentar a pesar de ello los procesos de unificación de la industria y la ciudad que implican un grupo central y su capacidad de organizarse.

Una vez más, las categorías populares se despliegan en una tendencia de parcelación y separación. La oposición de "dentro" y "fuera", lo estable y lo precario, lo central y lo periférico, lo nacional y lo extranjero parece primar sobre la jerarquía social de clases. En cuanto a la desigualdad, toma cada vez más la forma de discriminación, que establece barreras dentro de los propios grupos sociales y no solo fronteras entre clases con intereses distintos u opuestos.

La polaridad de activos, conocimientos y poderes organiza el movimiento del mundo más que nunca. Sin embargo, ya no tiene la hermosa simplicidad del pasado. Ya no hay "un" centro y "una" periferia ", un" norte "y un" sur "; hay norte y sur, centro y periferia en cada territorio, grande o pequeño. Como resultado, las formas de la conflictividad son más evanescentes que en el pasado. La fluidez de los flujos financieros hace que los límites de la propiedad y los poderes reales de toma de decisiones sean menos claros. La oposición de “ellos” y “nosotros” es cada vez más fuerte, pero ya no sabemos muy bien a quién colocar en el grupo indiferenciado de “ellos” y dónde se ubica su territorio. ¿A quién nombrar para la venganza colectiva? ¿Individuos concretos o el sistema fuertemente integrado que legitima su lugar? ¿Los que dominan la distribución desigual de los recursos materiales y simbólicos? ¿Los de arriba? ¿Los de fuera? ¿Clase, élite, casta, extranjero?

Cuando el grupo obrero en expansión formó la columna vertebral del universo popular, el movimiento obrero fue el elemento principal que permitió a las categorías pequeñas y extremadamente diversas pesar juntas en la gran arena social y política. A través de las huelgas y la acción sindical, estas categorías se constituían en una multitud que luchaba e influía en el equilibrio inmediato de fuerzas. Mediante la lucha política y la acción de sus partidos formaron un pueblo político, capaz de disputar a los grupos dominantes la historicidad, es decir, la posibilidad de decidir qué es legítimo y realista. A través del movimiento obrero los grupos dominados pudieron desafiar los mecanismos de alienación colectiva e individual y, como mínimo, conquistar espacios para la redistribución de recursos. Los tímidos intentos de política social antes de 1914, los compromisos posteriores que impusieron el estado de bienestar después de 1936 fueron los resultados tangibles de su presión. Sin embargo, desde los años 1960-1970, el movimiento ve su cuasi-monopolio de representación poco a poco erosionado por el surgimiento de disputas que ya no estructuran solo la cuestión salarial.

Las incertidumbres de la esperanza

Aunque el movimiento obrero no ha desaparecido de la arena pública, ahora es difícil que encarne por sí solo la demanda de mejoras inmediatas y, a fortiori, la propuesta de alternativas sociales más integrales. La expectativa de derechos inherentes a la persona, el deseo de una participación más directa en las decisiones públicas y, de forma masiva, la presión de la emergencia ambiental han cambiado fundamentalmente la situación social.

El momento actual es de incertidumbres. Tras la fase de dominio absoluto de la contrarrevolución liberal (años 1980-1990), la conflictividad social adormecida por el fin de la insubordinación obrera (finales de los setenta, principios de los ochenta) ha recobrado aliento en casi todas partes.  Así, la década de 2010 estuvo marcada por un nuevo ciclo de luchas, iniciadas en las plazas de Túnez y El Cairo y prolongadas por las ocupaciones de Londres y Nueva York, luego por las grandes concentraciones populares de Madrid, Atenas, Santiago, Estambul, Kiev, New Delhi, Dakar o Hong Kong. El eco de este conflicto, a menudo acompañado de enfrentamientos espectaculares, resuena en Francia, en 2018-2019, con la movilización primero de los chalecos amarillos, luego con el movimiento sindical contra la reforma de las pensiones.

La ocupación de las plazas dio la señal, pero no fue modelo único. Los movimientos masivos de protesta contra los poderes establecidos, las formas organizadas de desobediencia civil, la movilización de las redes sociales, las insurgencias pacíficas contra regímenes considerados bloqueados completan la panoplia de la acción colectiva. Todas estas erupciones contradicen la imagen de unas poblaciones anestesiadas por el consumismo y las ideas recibidas. Al relanzar la politización pública de masas, están dando así contenido a esta Historia, con H mayúscula, que se presumía terminada.

Los poderosos movimientos contemporáneos, a veces espectacularmente, son más complejos que nunca. En los individuos, el deseo de involucrarse y decidir convive muchas veces con el miedo a hacerlo o la sensación de no poder hacerlo. La crítica a la representación puede ir de la mano de la delegación al portavoz o líder. El llamado a la solidaridad a veces se asocia con el miedo a ser puesto bajo tutela. La necesidad de continuidad y coherencia se ve afectada por la desconfianza hacia cualquier organización. La exigencia de la estadidad puede estar entrelazada con el miedo al estatismo alienante.

Todo sugiere que el ciclo del neoliberalismo global que comenzó en la década de 1970 se está agotando. Pero si avanza la idea de un retorno del Estado y de la necesaria proximidad nacional, al calor de las crisis y las protestas masivas, la forma que debe tomar la regulación voluntaria sigue siendo, como mínimo, incierta. El fracaso del sovietismo, los estancamientos del tercermundismo y la renuncia de los distintos socialismos al poder han agotado de hecho la fe en posibles alternativas al capital todopoderoso. Al final, ni el reformismo ni los revolucionarios cambiaron la vida, como habían prometido los movimientos populares y obreros de siglos anteriores.

Como resultado, la emancipación lucha por tener un programa creíble, la primacía de lo “social” se opone a lo “societal” y viceversa. Las grandes historias unificadoras son a menudo prerrogativa de los liberales y la extrema derecha, que imponen su forma de hacer sociedad, reduciendo voluntariamente el debate público a la oposición binaria entre apertura-competitividad y cierre-protección. Mientras tanto, el pensamiento de izquierda oscila con mayor frecuencia entre una gran renuncia y el sueño de un retorno a la pureza perdida, vituperando el conservadurismo o la traición con el mismo ardor. Al hacerlo así, ya no existe una correlación directa entre la expresión amplia de la ira social y la dinámica de lo que se ha llamado la izquierda. En muchos países, norte y sur, este y oeste, al contrario, son fuerzas pertenecientes a las derechas más extremas las que se apoderan de una combatividad alimentada más por el resentimiento que por la indignación. Cuando habla, el voto de las categorías más populares se ha deslizado de la izquierda a la extrema derecha, reciclado en sus formas que impropiamente se consideran "populistas".

La lucha de clases también se está reconstruyendo

Las nuevas luchas se multiplican, pero por el momento se yuxtaponen más que convergen. La crisis de la regulación ultraliberal alimenta la ira social, la inestabilidad económica, social y de salud alimenta la ansiedad, pero ni la indignación ni la preocupación están respaldadas por la esperanza. Como resultado, el espíritu de lucha se expresa sobre todo en un tono de amargura y resentimiento. Cuando prevalecen estos sentimientos, el riesgo es grande de que se vuelvan contra los individuos, responsables verdaderos o chivos expiatorios, más que contra las lógicas que estructuran a los actores. Si el único factor unificador son "ellos" y "nosotros", la evolución de la lucha bien puede no ir hacia la izquierda.

Hay indignación plebeya, lucha de clases, multitudes en movimiento. Pero, estrictamente hablando, no hay "pueblo" ni "clase". Por lo tanto, no tiene sentido regocijarse en lo que es solo virtualidad, que puede conducir a lo mejor o lo peor. Es mejor tomarse el tiempo para pensar qué unifica a un pueblo potencial, que avanza pero que lucha por proyectarse hacia adelante, que sufre pero no está seguro de las causas reales de sus males, que quiere que esto cambie pero que puede verse tentado por la idea de que, en ausencia de cambio, la protección y el cierre son un mal menor. Lo que unía a los trabajadores en una clase era un todo complejo, una representación de la posible sociedad de igualdad y libertad, una cierta forma de conectar lo social, lo político y lo simbólico, una red de prácticas en todos los campos de la sociedad, una galaxia de organizaciones, una capacidad para combinar la afirmación de clase y la alianza de los dominados, la inscripción en el campo de la política instituida, en Francia una conexión del movimiento obrero con la izquierda.

De una forma u otra, tendremos que recuperar algo de estas articulaciones y esta complejidad. Para ello hay que reflexionar, debatir, experimentar, partiendo de dos convicciones previas: que no hay clase ni pueblo pensables sin un proyecto de emancipación individual y colectiva que los una; que ninguna vuelta atrás puede garantizar el advenimiento de "días felices". La historia no se puede reescribir: se está refundando. La lucha de clases también.

 

Por Roger Martelli

16/01/2021

 

Nota:

[1]  Para los romanos, el "proletario" es el ciudadano pobre de las clases bajas, aquel que, según el magistrado y gramático Aulu-Gelle, sólo cuenta para el Estado a través de sus hijos (proles en latín designa a la descendencia) y no por su nacimiento ni por su propiedad (siglo II d.C.).

Roger Martelli

historiador. Antiguo dirigente del PCF, actualmente co-preside la Fundación Copernico y es co- director de la revista Regards.

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Para ganadores del Nobel de la Paz, la "pandemia del hambre" es más grave que la del covid-19

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU recibió hoy el premio Nobel de la Paz. Sus responsables advirtieron que la "pandemia de hambre" puede tener efectos más graves que la del coronavirus.

 

Nobel de la Paz: sus ganadores advierten de una "pandemia de hambre" más grave que la del coronavirusEl PMA fue fundado en 1961 como una “organización humanitaria” que se dedica a la lucha contra el hambre. Es parte de la Organización de las Naciones Unidas. El año pasado repartió 15.000 millones de raciones de comida y asistió a 97 millones de personas en 88 países, según informa.

Pero la “alegría” por el premio, fue opacada por las declaraciones del director del PMA, el estadounidense David Beasley. "Debido a las guerras, al cambio climático, a la utilización generalizada del hambre como arma política y militar y a una pandemia mundial que agrava todo esto, 270 millones de personas van a pasar hambre". Además advirtió, en declaraciones retransmitidas desde la sede del PMA en Roma, que "no satisfacer sus necesidades provocará una pandemia de hambre que eclipsará la de la Covid-19".

Aunque fue galardonada el 9 de octubre con el Nobel de la Paz, el acto de entrega se concretó hoy, de forma virtual. La situación sanitaria obligó este año a reducir a la mínima expresión las celebraciones en Oslo, donde se entrega el Nobel de la Paz, y en Estocolmo, donde reciben el galardón el resto de premiados (literatura, medicina, física, química y economía).

"Este Nobel de la Paz es mucho más que un agradecimiento, es un llamado a la acción", dijo Beasley. El experto subrayó que la "hambruna está a las puertas de la humanidad" y estimó que la "alimentación es la vía para caminar hacia la paz". Estas últimas semanas, había llamado la atención sobre las situaciones humanitarias extremas que se viven en Burkina Faso, Sudan del Sur, el noreste de Nigeria y en Yemen.

Beasley marcó además lo que considera una “fuerte ironía”. “Después de un siglo de avances enormes en la eliminación de la extrema pobreza, 270 millones de personas están al borde de la hambruna". "Y por otro, en el mundo hay 400 billones de dólares de riqueza. Incluso en el momento más fuerte de la pandemia de la Covid-19, en 90 días, se generaron 2,7 billones de riqueza suplementarios. Y solo necesitamos 5.000 millones de dólares para salvar del hambre a 30 millones de personas".

Más allá de lo acertado de la crítica y la voluntad de algunos de sus integrantes, los objetivos del PMA son discutibles. Ante el aumento de la desigualdad que generó la pandemia y la crisis económica, pedir 5000 millones para salvar del hambre a 30 millones, es irrisorio ante el dilema al que se encuentra la humanidad. Los números que reconoce el organismo, y el aumento de la pobreza que registran otros organismos internacionales, hacen pensar que la solución tiene que ser mucho más radical.

Mucho más si escuchamos las últimas palabras del discurso del referente del organismo. "Cuando no tenemos dinero ni el acceso que necesitamos, tenemos que decidir qué niños comen y qué niños no comen, qué niños viven y qué niños mueren", recordó Beasley. "Por favor, no nos pidan que decidamos quién vivirá y quién morirá (...) Alimentémoslos a todos".

El acto de entrega del Nobel de la Paz se convirtió otra vez en un símbolo. En medio del aumento de la crisis, donde cientos de miles mueren por falta de higiene y atención médica y otros miles de hambre, los organismos internacionales muestran todos los límites para lidiar con las consecuencias que el mismo capitalismo genera.

Jueves 10 de diciembre | 13:13

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Martes, 08 Diciembre 2020 05:46

Como si no existieran

Como si no existieran

Nicaragua ha sufrido en menos de dos semanas el paso desolador de dos huracanes marcados con las letras griegas Eta y Iota, entrando ambos por el mismo lugar del litoral del Caribe norte donde el segundo de ellos arrasó con lo que el primero había dejado en pie. En Managua, bajo las intensas lluvias, nombres como Bilwi, Lamlaya, Wawa Boom, escenarios de la destrucción, repetidos en las redes sociales, siguen sonando sin embargo lejanos.

En Lamlaya, comunidad costera, el paisaje es de destrucción, y el fango espeso atrapa los pies en cada pisada, escriben los periodistas de La Prensa que han logrado llegar hasta allá. El muelle sigue bajo el agua, las casas perdieron los techos. Nadie ayuda a los habitantes, que han recibido a gente de otras comunidades que quedaron peor. Es como si no existiéramos, dice una mujer que ha perdido todo.

Cuesta a muchos de quienes viven del lado de la costa del Pacífico aceptar que sigue habiendo dos Nicaraguas, y que la costa, como se la llama a secas, es un territorio ignorado, ajeno; tanto que se llama también la costa atlántica a esos territorios que comprenden casi la mitad del país, a pesar de que el océano Atlántico se halla muy lejos.

Es una barrera levantada desde hace siglos y que separa a ese Caribe, africano, misquito, zambo, mayangna, creole, garífuna, rama, y también mestizo, el Caribe del wallagallo, el reggae y el maypole, bajo el dominio de la corona inglesa hasta finales del siglo XIX.

El obispo de Bluefields, monseñor Pablo Smith, dice que estos dos huracanes sumados han sido más catastróficos de lo que fue el terremoto que destruyó Managua en 1972. Decenas de comunidades que se hayan aisladas entre ríos crecidos y caminos vecinales destruidos, sin techo, sin alimento, con el agua a la rodilla.

La costa sólo aparece en las noticias cuando caen sobre ella los huracanes, o, tal vez, cuando las bandas de forajidos armados llegan desde el Pacífico a desalojar a sangre y fuego a los misquitos y mayangnas en la reserva de Bosawás para convertir la selva en tierras ganaderas, no importa que Bosawás haya sido declarada reserva mundial de la biosfera. Tienen apoyos poderosos, y con el tiempo reciben títulos de propiedad.

Y cuando la abogada misquita Lottie Cunningham, nacida en Bilwaskarma, defensora de los derechos humanos de esas comunidades, ganó este año el Premio Right Livelihood, llamado el Nobel Alternativo, fue una noticia efímera de este lado.

Los huracanes lo único que hacen es remover la capa de olvido ancestral que cubre a la costa del Caribe, pero esa capa pertinaz vuelve a asentarse al paso de los días y a ocultar otra vez el paisaje desolado y a sus gentes que quedan chapoteando lodo, buscando recuperar las viejas láminas de zinc que el viento arrancó de sus techos, para volver a empezar.

Para colmo, el régimen prohibió la recolección de ayuda destinada a los damnificados, ropa, medicinas, alimentos, y la policía cercó los lugares donde se pretendía recogerla, una de las aberraciones para las que es imposible encontrar explicaciones en un país donde el monopolio absoluto del poder prohíbe la solidaridad, y se apropia de ella.

Pero ya desde antes eran damnificados. Son damnificados permanentes. En un reciente artículo en el diario La Prensa el economista Carlos Muñiz se preguntaba cómo es posible que haya nicaragüenses, como los de esas comunidades caribeñas, que vivan en casas que más bien parecen casetas de excusado. Casas que ya estaban allí, fruto del cataclismo de la pobreza, y que seguramente se llevó también la furia del primero o del segundo huracán.

Y los damnificados permanentes están por todas partes en el país. Porque hay otra frontera, detrás de la cual está la Nicaragua rural que queda expuesta cada vez por las erupciones volcánicas, los terremotos, las sequías, las inundaciones y los deslaves causados por los huracanes.

El Iota alcanzó con su furia todo el te­rritorio nacional, y causó más de 30 muertos, entre ellos una familia campesina de la comunidad de La Piñuela, departamento de Carazo, en el Pacífico. Los padres Óscar Umaña y Fátima Rodríguez murieron ahogados junto con sus dos hijos, David de 11 años, y Daniela de ocho, cuando las aguas del río Gigante crecieron hasta alcanzar su humilde vivienda mientras dormían.

Hay una foto que habla mejor de lo que nadie podría hacerlo acerca de esta tragedia: los ataúdes esperan al lado de la sepultura en que van a ser enterrados, pero sólo son tres. Supongo que habrá habido alguna colecta para comprar las cajas entre la misma gente pobre de la comunidad, pero no ha alcanzado para la cuarta. David, el niño de 11 años, ha sido puesto en un envoltorio de plástico, y así irá a la fosa. Pero eso hubiera sido lo mismo aun sin huracán.

David y los suyos están entre los damnificados permanentes.

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El Ingreso Mínimo Vital y la renta básica: nada que ver

Es bueno saber con precisión de qué estamos tratando aunque solamente sea para entendernos mejor. Y con el Ingreso Mínimo Vital (IMV) y la renta básica (RB), una asignación monetaria pública incondicional y universal, ha habido tanta confusión que algunos medios han llegado a decir que son iguales. Ni mucho menos. El IMV es un subsidio muy focalizado dirigido a los muy pobres, a una fracción en realidad de los muy pobres; la RB a toda la ciudadanía. El IMV es un subsidio con muchas condiciones, la RB es incondicional. La RB la reciben todas la población, pero no todos ganan. Con una financiación mediante reforma fiscal, el 20% más rico de la población la recibe, pero pierde. El otro 80% gana.

Mas la diferencia fundamental entre la concepción de la RB y la del IMV se expresa en términos de libertad. La lógica del IMV no es otra que la ayuda ex-post a quienes han fracasado, a quienes han caído, a quienes son extremadamente pobres y además cumplen muchos requisitos. Se trata de ayudar a los que han fracasado. En claro contraste, la incondicionalidad de la RB es el lenguaje de los derechos humanos y de ciudadanía.

Una vida libre no debe ser suplicada. Quien suplica pide algo con docilidad. La súplica, pues, supone sumisión. Es inmensa la presencia de ingentes legiones de personas que suplican: que suplican un empleo; que suplican que el empleo obtenido, si es que se obtiene, vaya acompañado de unas condiciones mínimamente dignas; que suplican que, en caso de que se interrumpa la relación laboral, las instituciones públicas tengan a bien designarlas como destinatarias de las políticas diseñadas para asistir a quienes cayeron en el abismo de la pobreza y de la exclusión; y, finalmente, que suplican que estas prestaciones condicionadas lleguen sin demasiados rigores y mecanismos coercitivos. El IMV es para suplicantes.

El IMV también tiene problemas de diseño, por supuesto. Los diseñadores del IMV han intentando ahorrar el máximo del coste y decidieron definir “pobre” en función del (escaso) dinero que querían gastarse en los pobres (los pobres no merecen la urgencia de la banca) y diseñaron un sistema rebuscado de solicitudes que, combinado con la escasez de medios, es hasta ahora un absoluto fracaso. Todo lo que se les ocurre ante ello es pedir tiempo. Y asegurar que se cobrará retroactivamente. Alguien ha dicho de forma cruda que el hambre no es retroactivo.

Además de tener todos los defectos de los subsidios condicionados, el IMV está diseñado más pensando en penalizar a los “aprovechados” (aquí el éxito seguro será del 100%) que de llegar a toda la población pobre.

¿El IMV es un primer paso hacia la RB? Por lo que he hablado, escuchado y leído de miembros del gobierno y asesores ellos mismos dan la respuesta: no, para nada. Y en este punto, expreso mi acuerdo con su conclusión. El IMV va por un lado, la RB por otro. Como un monárquico y un republicano.

Por Daniel Raventós 

Es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, editor de SinPermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del comité científico de ATTAC. Sus últimos libros son, en colaboración con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, "Renta Básica Incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa" (Serbal, 2017) y, en colaboración con Julie Wark, "Against Charity" (Counterpunch, 2018), traducido al catalán por Arcàdia y al castellano por Icaria.

Publicado enSociedad
Sábado, 25 Julio 2020 06:24

Asquerosamente ricos

Asquerosamente ricos

La mayoría de las discusiones sobre la desigualdad, ya sea entre países o dentro de cada país, giran en torno a los ingresos. Son profusos los datos y documentos sobre la desigualdad de ingresos, particularmente los referidos a su aumento en la mayoría de las principales economías desde la década del 80.

Relacionado al debate sobre la desigualdad de ingresos está también el tema de la pobreza: cómo definirla y cómo medirla, y si la pobreza a nivel mundial y dentro de cada economía ha aumentado o ha disminuido. Un informe reciente del Foro Económico Mundial1 (WEF, por sus siglas en inglés) reveló que la desigualdad de ingresos aumentó o permaneció estancada en 20 de las 29 economías avanzadas, mientras que la pobreza aumentó en 17 de ellas.

Donde más rápidamente aumentó la desigualdad de ingresos fue en América del Norte, China, India y Rusia, según señala el Informe sobre la desigualdad global 2018,2 producido por el Laboratorio de la Desigualdad Global, un centro de investigación con sede en la Escuela de Economía de París. La diferencia entre Europa Occidental y Estados Unidos es particularmente sorprendente: «Si bien en 1980 en ambas regiones el 1 por ciento más rico tenía cerca del 10 por ciento de los ingresos, para 2016 en Europa Occidental su participación en el total de los ingresos había aumentado al 12 por ciento, mientras que en Estados Unidos se disparó al 20 por ciento en el mismo período. Al mismo tiempo, en Estados Unidos el 50 por ciento más pobre tenía el 20 por ciento de los ingresos en 1980, pero apenas el 13 por ciento en 2016».

La discusión y el análisis de la desigualdad de la riqueza (la riqueza individual) no recibe tanta atención. Se diría que cualquier persona con grandes cantidades de riqueza (definida como la posesión de propiedades, medios de producción y activos financieros) obtiene, en consecuencia, niveles altos de ingresos y, según parece, niveles de impuestos relativamente más bajos.

NO HAY COMO SER DUEÑO

Por supuesto, hay excelentes trabajos que han medido los niveles de riqueza individual y los cambios en la distribución de esa riqueza a lo largo del tiempo. Cada año, la empresa de servicios financieros Credit Suisse publica un informe sobre la riqueza global,3 en el que muestra la cantidad de riqueza acumulada a nivel individual a lo largo del mundo. Allí se puede ver que el 1 por ciento más rico tiene casi el 50 por ciento de la riqueza mundial. Oxfam publica regularmente estudios que revelan cómo sólo unas pocas familias poseen grandes porciones de riqueza individual en diferentes países y a nivel global. Economistas como Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman han producido en los últimos años excelentes trabajos que muestran la enorme inequidad en la propiedad de medios de producción, tierra, propiedades inmobiliarias, activos financieros e incluso patentes y otros activos de la «economía del conocimiento».

Y aquí está el mayor problema. Tanto en las economías avanzadas como en las emergentes, la riqueza está distribuida mucho más desigualmente que el ingreso. El WEF informa, además, que «este problema ha mejorado poco en los últimos años y la desigualdad de la riqueza ha aumentado en 49 economías».

El sociólogo y estadístico italiano Corrado Gini desarrolló en 1912 una herramienta para medir la distribución de la riqueza dentro de las sociedades conocida como el índice de Gini o el coeficiente de Gini. Su valor va de 0 (o 0 por ciento) a 1 (o 100 por ciento): el primero representa la igualdad perfecta (riqueza distribuida de manera uniforme) y el último representa la desigualdad perfecta (riqueza concentrada en muy pocas manos).

Cuando se usa el índice de Gini tanto para los ingresos como para la riqueza en cada país, la diferencia es asombrosa. Veamos algunos pocos ejemplos. El índice de Gini para Estados Unidos es de 0,378 para la distribución del ingreso (bastante alta), ¡pero para la distribución de la riqueza es de 0,859! Observemos la supuestamente igualitaria Escandinavia: el índice de Gini de ingresos en Noruega es de solo 0,249, ¡pero el de riqueza es de 0,805! Es la misma historia en los otros países nórdicos. Puede que tengan una desigualdad de ingresos inferior a la media (0,347), pero su desigualdad de riqueza es superior a la media (0,700).

¿Qué países tienen los peores niveles de desigualdad de riqueza individual? En la gráfica podemos ver las diez sociedades más desiguales del mundo. No nos sorprende encontrar a algunos de esos países en este topten: sociedades muy pobres o gobernadas por dictadores o militares. Pero allí también aparecen Estados Unidos y Suecia. Tanto una economía avanzada de tipo neoliberal como una socialdemócrata: el capitalismo no discrimina cuando se trata de riqueza.

LA RIQUEZA ENGENDRA RIQUEZA

De hecho, ¿es posible discernir si la alta desigualdad en la riqueza está relacionada con la desigualdad en los ingresos? Usando los datos del WEF podemos concluir que existe entre ambos factores una correlación positiva (de aproximadamente 0,38 puntos): a mayor desigualdad de riqueza individual en una economía, será altamente probable que exista una mayor desigualdad del ingreso.

La pregunta en todo caso es: ¿cuál es la que alimenta a la otra? Esto es fácil de responder; la riqueza engendra riqueza. Y una mayor riqueza genera mayores ingresos. Una elite muy pequeña posee los medios de producción y las finanzas, y así es como se queda con la mayor parte de la riqueza y de los ingresos.

En 2016, un estudio4 hecho por dos economistas del Banco de Italia descubrió que las familias que hoy son las más ricas en la ciudad de Florencia descienden… de las familias que eran las más ricas en la ciudad de Florencia hace casi 600 años. Las mismas familias han permanecido en la cima desde el surgimiento del capitalismo comercial en las ciudades-estados italianas, pasando por la era de la expansión del capitalismo industrial y el mundo actual del capital financiero.

Otra investigación,5 realizada esta vez en la «igualitaria» Suecia, revela que no son los buenos genes los que te hacen exitoso, sino tu riqueza familiar o un matrimonio conveniente. Las personas no son ricas porque sean más inteligentes o estén mejor educadas. Lo son porque son «afortunados», tuvieron suerte o heredaron su riqueza de sus padres u otros parientes (a lo Donald Trump). Los investigadores encontraron que «hay una alta correlación entre los niveles de riqueza de padres e hijos» y que «comparando la riqueza neta de padres adoptivos y biológicos y la de sus hijos, encontramos que, incluso antes de que haya cualquier herencia, el entorno tiene una importancia sustancial frente a la incidencia mucho menor de los factores prenatales». Los investigadores concluyeron que «la transmisión existente de riqueza no se debe principalmente a que los niños de familias más ricas sean inherentemente más talentosos o más capaces, sino a que, incluso en la relativamente igualitaria Suecia, la riqueza engendra riqueza».

EL PODER CONCENTRADO DEL CAPITAL

Contrariamente al optimismo y la apología de los economistas mainstream, la pobreza (tanto en términos de riqueza como de ingresos) de miles de millones de personas en todo el mundo sigue siendo la norma, con pocos signos de mejora (véase la nota de Daniel Gatti). Mientras tanto, la desigualdad de riqueza e ingresos dentro de las principales economías capitalistas aumenta a medida que el capital se acumula y se concentra en grupos cada vez más pequeños. El trabajo de Emmanuel Saez y Gabriel Zucman también ha demostrado que en Estados Unidos la riqueza se ha concentrado cada vez más en manos de los llamados superricos.6

Debe notarse que la desigualdad de la riqueza ha aumentado principalmente como resultado de una mayor concentración y centralización de los activos productivos en el sector capitalista. La concentración de riqueza real se expresa en el hecho de que el gran capital controla la inversión, el empleo y las decisiones financieras a nivel mundial. Según el Instituto Suizo de Tecnología, un núcleo dominante de 147 empresas controla, a través de participaciones entrelazadas en otras compañías, el 40 por ciento de la riqueza de la red global. Un total de 737 empresas controla el 80 por ciento. Esta es la desigualdad que importa para el funcionamiento del capitalismo: el poder concentrado del capital.

Las políticas destinadas a reducir la desigualdad de los ingresos mediante impuestos y regulaciones, o mediante el aumento del salario de los trabajadores, no tendrán mucho impacto mientras haya un nivel tan alto de desigualdad de la riqueza. Y esa desigualdad de la riqueza proviene de la concentración de los medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos. Si la estructura de propiedad permanece intacta, puede predecirse que incluso los impuestos a la riqueza se quedarán cortos.

*Economista marxista británico. Trabajó 30 años en la City londinense como analista económico.

(Tomado del blog del autor The Next Recession. Traducción al español y titulación de Brecha.)

  1. Inclusive Development Index 2018 (World Economic Forum, Cologny, 2018).
  2. World Inequality Report (World Inequality Lab, París, 2018).
  3. Global Wealth Report (Credit Suisse, 2019).

4.«Intergenerational mobility in the very long run: Florence 1427-2011» (Guglielmo Barone y Sauro Mocetti, Bank of Italy working papers, 2016).

  1. «Poor little rich kids? The role of nature versus nurture in wealth and other economic outcomes and behaviors» Sandra E. Black, Paul J. Devereux, Petter Lundborg y Kaveh Majlesi, Cambridge, 2016-2019).
  2. Véase, por ejemplo, «Wealth inequality in the United States since 1913: Evidence from capitalized income data», (Cambridge, 2014).
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“Debe haber límites para lo que queremos tener”. Entrevista a Ingrid Robeyns

Se dice que el mundo puede ser distinto después de la pandemia. Aquí la economista y filósofa belga Ingrid Robeyns propone un mundo donde la acumulación de la riqueza tenga un límite y donde los súper ricos sean vistos como un problema. No quiere construirlo a punta de impuestos, sino poniendo en discusión cuál es la diferencia aceptable entre el sueldo del gerente y el cajero. Es decir, no busca emparejar la cancha al final del proceso productivo -como hacen los impuestos-, sino hacer que el proceso entero sea parejo. Eso es importante para Robeyns porque una de las cosas que quiere proteger al limitar la acumulación es la democracia: no es posible que esta funcione bien si algunos ganan un millón de veces lo que gana una persona común, explica. Eso pasa en Chile, dicen algunos estudios. La entre vista la realizó Marcela Ramos.

 

Durante décadas ha dominado la idea de que los súper ricos triunfan porque trabajan duro y son inteligentes. El economista de la Universidad de Harvard Gregory Mankiw lo sintetizó en un artículo de 2013, titulado En defensa del uno por ciento: “el grupo más rico ha hecho una contribución significativa a la economía y en consecuencia se ha llevado una parte importante de las ganancias”.

De esa mirada se derivan dos ideas que están muy presentes en la discusión pública: que la riqueza es un premio justo al esfuerzo (de lo que se sigue que el rico se merece su riqueza y los pobres tienen responsabilidad por su situación); y que el rico es un actor valioso para nuestra sociedad, porque estos “altamente educados y excepcionalmente talentosos individuos”, como los describe Mankiw, generan su propio bienestar y el del resto.

Tras la crisis financiera de 2008 esas ideas han sido puestas en duda. Investigaciones en el área de la educación han mostrado que los ricos no son excepcionalmente inteligentes sino, más bien, personas normales que por el azar de nacer en familias adineradas, accedieron a una educación que les garantizó pertenecer al 10% de más altos ingresos (ver entrevista al economista de la UCL, Francis Green en CIPER); otros autores no solo cuestionan el “excepcional” talento del rico, sino también la calidad de la educación que reciben, afirmando que lo que realmente aprenden en la escuelas de elite es a comportarse como privilegiados: interiorizan los gustos, las maneras y los contactos que permiten ser reconocidos como parte de un club. Es decir, aprenden a “encarnar” el privilegio (ver entrevista al sociólogo de Columbia Shamus Khan, en CIPER). En otras palabras, no serían personas de inteligencia sobresaliente o muy bien preparadas, sino seres normales con una excepcionalmente buena red de contactos.

Otra importante fuente de cuestionamiento viene de las investigaciones que examinan la forma en que se genera esa riqueza que termina en sus manos en forma creciente. La economista Mariana Mazzucato ha mostrado que incluso en las áreas tecnológicas, donde domina la idea del ingeniero genio haciendo maravillas en su garaje, el financiamiento del Estado ha sido el actor central (Apple, dice Mazzucato, le puso diseño “cool” a tecnología que se generó en programas financiados por el Estado norteamericano para ganar la Guerra Fría).

En el caso chileno, la idea de que estas fortunas se han construido a partir de una dura competencia, fue puesta en duda por Ben Ross Schneider, que describe un capitalismo jerárquico manejado por pocas familias. El descubrimiento de cuán frecuente han sido las colusiones (ver columna de Claudio Fuentes), ha hecho que la idea del rico como el triunfador de una competencia justa sea cada vez más difícil de aceptar. Paralelamente, una serie de trabajos han mostrado cómo los más ricos usan su dinero para que la democracia funcione de acuerdo a sus intereses y les dé más dinero: cómo usan el lobby y los contactos para pagar pocos impuestos (ver Tasha Fairield, Carlos Scartascini y Martín Ardanaz, o Francisco Saffie); como  financian ilegalmente la política y consiguen leyes hechas a la medida de sus intereses. En una entrevista con CIPER, la economista Andrea Repetto destaca también cómo los más ricos logra manejar el debate público, fijando los estándares de qué es razonable y qué es inaceptable: “Si tienes mucho dinero puedes comprar muchas cosas, entre otras, thinks tanks, medios y académicos”, dijo.

Para enfrentar algunos de estos problemas las sociedades modernas intentan generan regulaciones que ponen cortafuegos entre la política y la riqueza y aumentan la fiscalización. La economista y filósofa belga Ingrid Robeyns dice que esos cortafuegos no han funcionado ni funcionarán porque las grandes fortunas son un poder demasiado grande para las democracias. Sostiene que la extrema riqueza no genera problemas, sino que “es” el problema.

Antes de seguir hay que aclarar que Robeyns no es marxista. Tampoco envidia a los ricos. Si hay que ubicarla en algún lugar, tal vez el más adecuado sea la economía del bienestar, una propuesta de nuevo sistema económico que plantea que el modelo actual es insostenible ecológicamente e injusto; y que propone nuevos indicadores para evaluar y pensar el desarrollo. En lugar de poner el énfasis en el crecimiento económico, sus principales preocupaciones son el bienestar de las personas y el desarrollo sustentable.

Robeyns es doctora en Economía en la Universidad de Cambridge y hoy hace investigación en el área de la Filosofía. Trabaja en el instituto de Ética de la Universidad de Ultrecht, Holanda. Es la investigadora principal de “The Fair Limits project” (Límites Justos), un proyecto financiado por el Consejo Europeo de Investigación con 2 millones de Euros para problematizar las formas actuales de distribución de recursos económicos y ecológicos.

Un paper de 2017 titulado “Tener demasiado” resume bien sus ideas. Su planteamiento central es que, en el mundo real, el cielo no puede ser el límite. En el mundo real con democracias que requieren equilibrios de poder y con recursos naturales sobreexplotados, el límite tiene que estar mucho antes. Así como hay una línea de la pobreza bajo la cual nadie debiera estar, Robeyns propone una línea máxima de riqueza.

La teoría de Robeyns se denomina “limitarianismo” y arranca de un esfuerzo por pensar cómo repartir los recursos escasos de una manera ética y justa, para proteger la igualdad en política y enfrentar los desafíos que impone el cambio climático y la pobreza. No entiende la riqueza como algo negativo; pero sí su acumulación excesiva, es decir la codicia. Robeyns no es la primera que dispara contra la acumulación sin límite (ver recuadro). Pero probablemente es una de las que más ha avanzado en desarrollar estas ideas en el contexto actual.

En Chile, los economistas Ramón López y Gino Sturla, usando datos de CreditSuisse y el Boston ConsultingGroup, identificaron 140 súper ricos (que suman un patrimonio total US$150.000 millones) y 5.700 ricos, cada uno con un patrimonio de entre US$ 5 y US$ 100 millones.

-¿Cuál debiese ser el límite de la riqueza?

-El límite debe definirlo cada sociedad a través de sus procesos políticos. Pero la idea es preguntarse qué necesitamos para alcanzar una vida plena en términos de acceso a salud, educación, transporte, alimentación. En el caso de Holanda, en conjunto con sociólogos económicos, evaluamos si la idea de establecer un límite a la riqueza  le hacía sentido a las personas, si la entendían. En una encuesta representativa de la población total, encontramos que un 96,5% de los holandeses piensa que debe haber un límite a la cantidad de dinero que una persona debe tener. Esa cantidad está vincula con un determinado estándar de vida. Las personas piensan que pasado ese nivel, el dinero no contribuye a la prosperidad [1] a la calidad de vida. El cálculo que hicimos para Holanda fijó la línea de la riqueza entre 2 y 3 millones de euros para las familias (entre $1.700 y $ 2.700 millones). Actualmente un equipo liderado por Tania Burchard de la London School of Economics está investigando una línea de riqueza para Inglaterra.

Sin embargo, me parece que más importante que fijar un límite ahora, es avanzar en contestar la pregunta: ¿debe el cielo ser el límite? Lo que me interesa es promover una discusión sobre las razones por las cuales el cielo no debe seguir siendo el límite, y por qué debemos imponernos límites más bajos.

-¿Por qué es un problema “tener demasiado”?

-Cuando vives dentro del marco ideológico del Neoliberalismo parece equivocado pensar que algunos tienen demasiado. Ello más bien puede significar que eres envidioso. El limitarianismo cuestiona esa mirada y considera que tener demasiado es problemático por distintas razones. En primer lugar, la investigación académica sobre concentración de riqueza en Estados Unidos y también en economías mixtas como Holanda, muestra que los súper ricos manipulan o influyen en el sistema político para que las reglas los favorezcan. Su fortuna entonces puede ser resultado de la elusión tributaria o de que contrataron lobistas para tener leyes favorables y por lo tanto tener muchas más ganancias que la mayoría de las personas. Esto es lo que hemos visto.

Frente a esto la gente contra-argumenta que súper ricos como Bill Gates hacen donaciones y filantropía. Pero esa es una forma equivocada de analizar las cosas, porque la pregunta debiera ser ¿cómo llegaron a tener tanto? En un mundo justo, todos aquellos que son súper millonarios no podrían serlo. Si llegaron a acumular tal nivel de riqueza es porque torcieron la ley, o porque esa riqueza fue resultado de procesos de colonialismo, explotación de mano de obra u otras razones.

-¿No es posible una extrema riqueza bien obtenida?

El caso más complejo para discutir es el de aquella persona que se vuelve rica en un contexto de mercado, pero que lo hace, por ejemplo, produciendo música y bajando sus costos de distribución y difusión casi a cero. En ese caso, me podrías decir que no hay problema, pues esta persona está acumulando riqueza no como consecuencia de su poder sino de su talento y no explota a sus trabajadores, sino que está siendo muy eficiente y obteniendo todas las ganancias posibles. Esta persona entonces se hace rica en un proceso que es política y moralmente correcto. No podemos objetar su riqueza a nivel de procesos, pero desde una perspectiva de resultados podemos argumentar contra su nivel de acumulación. Es decir, aún en los casos en que se trata de una gran fortuna acumulada de manera limpia, igualmente tener mucho dinero permite influir en la política de diversas formas: puedes financiar un partido, influir en la agenda política, contratar lobistas. Políticamente entonces es un problema. Y esa es otra razón por la cual no debiésemos permitir que las desigualdades sean tan grandes en contextos democráticos.

-Una desigualdad muy visible hoy es la diferencia de salarios. La economía ha justificado por años esas diferencias en razón de la productividad ¿Es esa una explicación plausible?

-Los modelos económicos asumen que los salarios reflejan la productividad. Pero eso es un supuesto. En las grandes empresas los salarios altos no son definidos sobre la base de la relación oferta/demanda en el mercado laboral, sino que los definen los directorios. Es decir, son definidos por amigos para otros miembros de la elite. La idea de que los sueldos reflejan la productividad marginal es un supuesto que funciona como un dato empírico hasta cierto nivel. Pasado cierto límite, lo que muestran esos salarios es colusión entre los individuos.  Por supuesto podemos encontrar ejemplos donde las diferencias salariales se justifican por las diferentes características y tipos de empleos. Pero eso es sobre todo un supuesto teórico. Y tenemos muchos casos para mostrar que eso no es verdad. La crisis financiera de 2008, por ejemplo, mostró que algunos bancos hacían un trabajo de muy mala calidad. Si fuese verdad que el salario está de acuerdo al nivel de productividad, algunos de los gerentes de esos bancos no debieron haber recibido más sus pagos, pero aún están en el grupo de los mejor pagados.

-¿Cuál es la explicación entonces para estas enormes brechas salariales? En Chile un estudio del economista Ramón López mostró que cada uno de los cinco hombres más ricos de Chile en 2011 ganaba lo mismo que un millón de chilenos. Uno se pregunta cómo se puede trabajar más duro o ser más productivo que un millón de personas.

-Una de las características del Neoliberalismo es que pone mucha presión sobre las responsabilidades individuales. Las personas deben felicitarse por sus triunfos pero también son los responsables de sus fracasos. Pero hay otras perspectivas que hemos empezado a discutir en la filosofía política contemporánea, y que plantean que un componente central del éxito es resultado de la suerte. Entonces tus talentos, la salud que tienes, la familia y el país en que naciste, todo eso es resultado de la suerte, y eso significa que tenemos que ser mucho más modestos a la hora de felicitarnos por nuestros éxitos. Esto por supuesto cuestiona la posición de aquellos que se consideran con el derecho moral de tener salarios altos y fortunas. Estas personas dicen ‘yo me merezco esto’, pero la perspectiva correcta sobre lo que nos merecemos es más bien que buena parte de nuestro éxito económico es suerte o es resultado de un contexto construido por otros y sobre el cual podemos sacar algunas ventajas. Si tomamos en cuenta que buena parte de lo que somos es resultado del azar, del lugar donde nacimos, de nuestra salud, no debiese ser tan simple mirarse al espejo y decir ‘bueno, está muy bien que yo gane lo mismo que un millón de mis conciudadanos”.

Robeyns empezó a pensar en el limitarianismo en 2012, cuando la discusión sobre desigualdad en economía se alimentaba de investigación sobre la pobreza, buscando entender en lo que hacían y no hacían los pobres, las causas de su situación.

“Insistentemente me preguntaba por que no estábamos estudiando a los ricos. Al comenzar las discusiones sobre el limitarianismo, recuerdo que en las primeras conversaciones con mis colegas del instituto de Filosofía y Economía en Amsterdam, la reacción de ellos era reírse. Me preguntaban, “¿qué quieres hacer? ¿quieres disparar a los ricos?” Para ellos era muy difícil pensar que este tema podía investigarse. La gran diferencia la hizo la publicación del libro “El capital en el siglo XXI” de Thomas Pyketty, porque allí mostró que estábamos volviendo a una época de aumento sostenido de la desigualdad. Hasta entonces, teníamos la idea de que las tasas de desigualdad del siglo XIX, las más altas en la historia, eran una cosa del pasado, y que vivíamos en un contexto de igualdad de oportunidades. Pero Piketty mostró que eso no era verdad. Ese libro vino a cambiar el juego, a patear el tablero”.

Robeyns dejó la economía porque la forma dominante de entender el mundo en esa disciplina –matemática y estilizada- no le permitía hacer preguntas sobre el poder.

-Y en el mundo real, si actúas como si el poder no existiese, no puedes entender lo que está pasando. Lo que no considera la economía es que en el mundo real las personas poderosas tienen los números celulares de los Presidentes. Si quieren algo, simplemente llaman por teléfono y ejercen presión. En el caso de los ciudadanos comunes y corrientes, podemos pedir una reunión con el Primer Ministro, pero no tenemos su número de teléfono. En Holanda, un país que lo ha hecho bastante bien en temas de corrupción y transparencia, puedes encontrar ejemplos recientes sobre cómo las grandes empresas influyen en la política a través de formas que las personas comunes y corrientes no pueden. Eso es porque son poderosos, porque el dinero da poder. Además hay que tomar en cuenta que la economía, que es la que prepara gente para implementar políticas neoliberales, es una disciplina fundamentalmente tecnocrática. Les gusta pensar que el conocimiento está libre de valores e ideología. Esa es la razón por la cual yo dejé la economía como disciplina de estudio, porque no reconocen el punto de vista normativo que adoptan frente a este tipo de problemas.

-¿Cree que esta falta de consideración y problematización de la concentración de la riqueza es responsabilidad de los economistas y el tipo de modelo que han sustentado?

-En este tema creo que hay cosas que nos deben preocupar y otras que nos deben hacer sentir optimistas. El lado preocupante es cuando ocurren cosas como las siguientes. Cuando Tomas Piketty publicó su primer libro, El Capital en el Siglo XXI, muchos economistas dijeron ‘bueno, esto es historia económica’. De hecho, Debra Satz, entonces directora del Centro de Ética para la Sociedad de la Universidad de Stanford, me contó que, cuando ellos lo invitaron a Piketty a presentar su libro, los economistas no asistieron. Piensan que el libro es muy político y eso los pone nerviosos; porque lo que Pikkety muestra es que el emperador está desnudo, lo que es algo muy desestabilizador para los economistas. Esto da cuenta lo profundamente problemática que la disciplina económica puede ser. En el lado optimista, hay que reconocer que hay muchos economistas en posiciones de poder, como Dani Rodrik y Paul Krugman, que han comenzado a cuestionar las ideas dominantes. Hace unas semanas Rodrik publicó una columna donde decía que la opción por la globalización era eso, una opción; y que podemos elegir otro tipo de acuerdos de comercio internacional que pongan la salud y el cambio climático en el centro de las preocupaciones. Esto muestra que un economista que es respetado por sus pares, reconoce que hay opciones y que éstas no están libres de valores. Lo que es frustrante para los filósofos de las ciencias, los filósofos políticos y quienes nos dedicamos a la ética, es que por muchos años hemos mostrado en detalle que la economía no puede estar libre de valores y que el razonamiento económico tiene incorporadas decisiones éticas e ideológicas. Pero la economía se pone un escudo frente a otras disciplinas. Yo creo que un tema importante, pensando en el futuro, es que la economía no sea enseñada solo por economistas, sino por historiadores, filósofos políticos, sociólogos. No hay que dejar la economía a los economistas, eso es crucial. Una vez que ésta disciplina se abra, vamos a poder tener conversaciones nuevas, diferentes.

Si hemos crecido en un contexto en el que tener dinero significa éxito y poder, y nos felicitamos por nuestros resultados, ¿de qué manera podemos movernos a otras formas de pensar y a otros valores?

-Yo creo que tenemos que elaborar contra-narrativas. El limitarianismo es una de ellas. Está la red de economistas por el bienestar y el Centro para el Estudio de la Prosperidad Sustentable, que propone dar una mirada ecológica al desarrollo y cuyo modelo plantea también que la economía debe estar al servicio de las personas. La economista Mariana Mazucatto de UCL también ha desarrollado una contra-narrativa, al plantear que buena parte de la innovación más determinante ha sido resultado de la inversión estatal. Entonces si pones sobre la mesa todas estas contra-narrativas puedes ver que está emergiendo una perspectiva alternativa al Neoliberalismo. También creo que hay cada vez más voces que se dan cuenta de que el Neoliberalismo nos falló. Antes que el coronavirus, la crisis climática es el ejemplo más claro de que, aún cuando estamos ganando mucha plata, eso es a costa de destruir nuestro planeta. O sea, no es un modelo económico bueno.

-¿Tiene usted ejemplos donde se estén efectivamente impulsando otro tipo de políticas y no sea solo teoría?

-Tengo dos ejemplos. Hay una ley en Holanda que establece un límite a los ingresos de los directivos de las instituciones públicas. Entonces, si eres el rector de una universidad, no puedes ganar más que el salario que recibe el Primer Ministro. Ese es un ejemplo de una política limitarianista, aunque tiene la limitación que solo se aplica al sector público. Otro ejemplo ocurrió recientemente, cuando comenzó la crisis del coronavirus: la primera compañía que pidió apoyo gubernamental en Holanda fue la aerolínea KLM. Pocas semanas después, se publicó que los directores de esta empresa habían pedido un aumento en el monto de los bonos que iban a recibir, los cuales constituyen una parte importante de sus ingresos. Se generó una crítica pública muy fuerte contra KLM, por lo que la empresa negó la solicitud hecha por los directores. En 2008, a propósito de la crisis financiera, vivimos una situación similar. Entonces nos enteramos por la prensa que, un año después de recibir un salvataje gubernamental, el dueño de un banco estaba solicitando aumentar el monto de compensación que le iba a pagar a uno de sus directivos. Esto generó mucha rabia, por lo que el banco retiró la propuesta y su máximo directivo reconoció en una entrevista que no se había dado cuenta lo sensible que eran estos temas para la sociedad. Estos ejemplos dan cuenta también de otro problema: que en general los ricos y las elites viven en un mundo aparte, en su burbuja; y lo que les tiene que quedar claro es que, aun cuando crean que se merecen esos sueldos y paquetes de compensación, desde una perspectiva de bien común e interés público, no es justificable.

Hay cada vez más voces en esta línea. Por ejemplo en Estados Unidos hay un grupo que se denomina millonarios patrióticos y su líder, que es una de las dueñas de Disney, plantea que deben pagar más impuestos. Estos ejemplos muestran que hay voces entre los super ricos que se dan cuenta que esto es ridículo. Me parece que hay mucho debate sobre hasta qué punto pueden aumentar las desigualdades. Y estos llamados tienen en común el buscar establecer límites.

-¿El limitarianismo implica aumentar la tasa de impuestos a los súper ricos?

-En Filosofía pero también en otras disciplinas dividimos el espacio posible de aplicación de estas políticas en dos áreas: pre-distribución y redistribución. El primero se refiere al diseño y características de instituciones económicas del mercado laboral, como el salario mínimo o el salario máximo, si es que hay; el poder de negociación que tienen los trabajadores al interior de una empresa. Es posible tratar de limitar la desigualdad en este espacio, poniendo en marcha medidas para adecuar el mercado laboral; o puedes optar por dejar al mercado en su estado salvaje y usar, entonces, en el espacio de la redistribución, instrumentos fiscales como los impuestos. Creo que es mejor adaptar las instituciones del mercado en el espacio productivo, pre-distributivo, por dos razones. Primero, porque allí puedes tener discusiones fundamentales para la sociedad. Por ejemplo, cómo divides entre directivos y trabajadores los resultados productivos de una compañía. O la fijación del salario mínimo; o cuán democrática es la relación entre trabajadores y dueños. Segundo, porque al aplicar impuestos lo que se busca es corregir las desigualdades en la fase económica de la post-producción. Y los capitales globales son fluidos, se mueven por el mundo, lo que hace más fácil para los súper ricos eludir impuestos. Además existen razones sicológicas. Hay más resistencia a pagar impuestos si tuviste la plata y por lo tanto sientes que es tuya. La idea entonces es usar las instituciones económicas para evitar que las brechas aumenten antes de las etapas de producción, lo que puede ayudar a poner el foco en un espacio concreto de medidas.

-En este espacio de medidas pre-distribución ¿podría situarse también la implementación de un ingreso básico universal?

-Ciertamente es una medida que dialoga con estas narrativas alternativas en relación a la economía y el contrato social, entendiendo esto último como el conjunto de reglas a través de las cuales decidimos organizar nuestra sociedad. Pero hay una gran diferencia: el ingreso básico es un ingreso incondicional que se da a todas las personas mensualmente. El monto depende de decisiones a nivel nacional, algunos dicen que debe ser el monto de la línea de pobreza, pero hay literatura académica que muestra que esto no es sostenible, por lo que debiese ser más bajo. Pero lo que es importante es que el ingreso básico universal puede ser financiado de múltiples maneras. Puedes financiarlo aplicando impuestos a los ingresos, a los altos sueldos, impuestos ecológicos. A la perspectiva limitarianista lo que le preocupa es de dónde pueden salir los recursos para financiar ese tipo de medidas; pues el eje está puesto en reducir las desigualdades aplicando medidas en la parte alta de la distribución.

La acumulación sin límites es un asunto que ningún tipo de gobierno parece haber resuelto en la historia. Así lo sugiere el cientista político Jeffrey Winters en su libro Oligarquía, quien nota que desde la antigüedad la enorme riqueza personal “ha logrado construirse ideológicamente como algo injusto de corregir, a pesar de los significativos avances que han hecho retroceder otras fuentes de injusticia en los recientes siglos”.  Winters argumenta que dictaduras, monarquías, sociedades agrarias y sociedades postindustriales, coinciden en que es un error forzar una radical distribución de la riqueza. “No ha ocurrido lo mismo con la forma en que se juzga la esclavitud, la exclusión racial o el dominio de género”, afirma.

Winters explica que la democracia tampoco ha logrado enfrentar ese problema, pese a que “la riqueza extrema en manos de una pequeña minoría crea ventajas de poder significativas en el terreno político, incluso en las democracias. Sostener lo contrario es ignorar siglos de análisis político explorando la íntima relación entre riqueza y poder”, concluye.

Robeyns cree que para avanzar en este problema hay que revisar los supuestos que ponen la libertad económica de los individuos en el centro de la economía. Para ella, la pregunta que hay que hacer es ¿por qué tenemos que dar por sentado que las personas tienen el derecho a acumular riqueza?

-Es la ideología del Neoliberalismo la que nos ha convencido que hay un derecho infinito a acumular. Hace mucho tiempo también se aceptaba como derecho el tener esclavos y en un momento de la historia la mayoría de los norteamericanos no cuestionaron el ser dueños de otras personas. Visto desde hoy, sin embargo, pensamos que esto es moralmente repulsivo. Desde una perspectiva económica, pienso que la línea de la riqueza no debe ser muy baja, para no poner límites a la actividad empresarial; pero también considero que las personas deben imponerse a sí mismas estos límites para vivir una vida más virtuosa y tener menos desigualdad global. Está muy bien que las personas quieran tener más, pero rechazo de base la idea de que tenemos un derecho infinito a acumular riqueza.

Creo que el tema central hoy es clarificar la relación entre los individuos y la economía. La ideología neoliberal tiene como valor central la libertad económica de los individuos y su foco es que las personas puedan ejercer esa libertad. Pero hay otros modelos.

-¿Cuáles?

-Por ejemplo, el de la economía del bienestar, que no pone en el centro la libertad económica sino a las personas y los valores públicos. Hoy este modelo está presente en Nueva Zelanda, Escocia, Costa Rica, Islandia y hay gente investigándolo y dirigentes políticos que lo apoyan. Yo diría que el país que más ha avanzado es Nueva Zelanda, que identificó el bienestar de los individuos como una meta central de sus políticas y diseñó su presupuesto económico en función de nuevos indicadores. En la economía del bienestar se pone al centro la equidad, el desarrollo ecológico sustentable, la justicia económica. En ese contexto, medidas limitarianistas como poner un límite a la riqueza son justificables, porque no se trata de la libertad económica individual sino de la calidad de vida y otros valores. Entonces la discusión de fondo es sobre el objetivo de la economía. En un modelo neoliberal las personas sirven a la economía. En el modelo de la economía del bienestar, es la economía la que está al servicio de las personas.

Límites a la riqueza en la historia de la filosofía occidental

En marzo de este año Matthias Kramm e Ingrid Robeyns, investigadores del proyecto Límites Justos (The Fair Limits project), publicaron un artículo en el que revisan que han dicho pensadores clave de la historia de la economía y la filosofía occidental, sobre limitar la extrema riqueza. Su revisión incluyó a Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, John Locke, Adam Smith, John Stuart Mill, Karl Marx y Friedrich Engels, y John Maynard Keynes.

La pregunta que guía esta revisión es la siguiente: ¿hay algún precedente histórico a la idea de establecer límites máximos a la riqueza individual? A continuación presentamos un extracto de las principales ideas.

Anexo

  1. El problema de la insaciabilidad: Platón y Aristóteles/Adam Smith/Karl Marx/John Maynard Keynes

Según Kramm y Robeyns, unos de los primeros argumentos que registra la historia de la filosofía es sicológico y se refiere a la idea de que los humanos, por naturaleza, se caracterizan por tener deseos y un apetito insaciable. La insaciabilidad es abordada en La República, por Platón y en La Política, por Aristóteles.

“Tanto Platón como Aristóteles -dicen los autores- plantean que estos apetitos deben ser limitados de una u otra manera”, por razones intrínsecas, pero también porque consideran que la insaciabilidad puede tener consecuencias para la vida de la polis (la ciudad-estado).

Kramm y Robeyns describen: “el Sócrates de Platón identifica ‘la acumulación interminable de dinero’ (Plato, 1997b, 373d) como la principal causa de protesta ciudadana y guerra. Esto es particularmente cierto en un sistema oligárquico (…) Los oligarcas están dominados por su deseo de riqueza, por lo que su gobierno conduce a una distribución desigual y a un incremento de las brechas entre ciudadanos ricos y pobres. Esta desigualdad es probable que estalle en una revolución en algún momento”.

En “Ética a Nicómaco” -explican Kramm y Robeyns- “Aristóteles describe la codicia como un apetito ‘por aquello que es placentero’ (Aristóteles, 2014, 1119b) y plantea que esta parte hambrienta del alma debe ser gobernada por la razón. Si una persona no es regulada por la razón, fácilmente puede caer en el error de entender a la riqueza como el bien máximo, aún cuando la riqueza ‘es fundamentalmente útil para acceder a otros bienes’ (Aristóteles, 2014, 1096a)”.

Aristóteles, describen los autores, está de acuerdo con Platón en que “la codicia puede tener consecuencias negativas para la polis, especialmente si la forma de gobierno es una oligarquía o una democracia” (Aristóteles, 1998, 1279b4).

En resumen -concluyen Robeyns y Kramm- “podemos decir que los argumentos intrínsecos en favor del limitarianismo de Platón y Aristóteles se concentran en el problema del ‘apetito insaciable’.

Este tipo de comportamiento puede terminar distrayendo a los individuos en la lucha por tener una vida buena y sabia y, en cambio, dedicar la mayoría de sus actividades a acumular riquezas, a costa de otras actividades más virtuosas. El argumento no intrínseco pro-limitarianismo de estos filósofos se centra en la distribución desigual y la brecha entre ciudadanos ricos y pobres, y los potenciales conflictos que pueden emerger de ello”.

En la misma línea del debate sobre “el problema de la insaciabilidad” Robeyns y Kramm registran ideas de Adam Smith, Karl Marx y Keynes.

Según los investigadores, Adam Smith constata que “cuando se trata de admirar, la disposición de las personas tiende a dirigirse hacia la riqueza más que hacia la sabiduría y la virtud. Smith afirma que ‘los observadores descuidados son propensos a confundir lo uno con lo otro’ (Smith, 2004, p. 73), porque tanto la adquisición de riqueza como de sabiduría y virtud pueden ayudarnos a ser respetables y respetados. Smith sugiere que la adquisición de riqueza debe ser controlada hasta el nivel que un hombre ‘pueda razonablemente esperar adquirir” (Smith, 2004, pags. 74), de manera que las virtudes puedan florecer también”.

Según Robeyns y Kramm, de los escritos de Smith pueden derivarse argumentos intrínsecos y no intrínsecos para limitar “el comportamiento adquisitivo”.

Entre los últimos Smith plantea que “demasiada desigualdad entre ricos y pobres puede llevar a disturbios civiles. Smith asigna a los ricos los vicios de ‘avaricia y ambición’ y a los pobres ‘el odio al trabajo y el amor a la facilidad y el disfrute actuales’ (Smith, 1976, 2.709)”. Adam Smith, explican los autores, “pone su esperanza en la clase media, que puede desarrollar un mayor grado de virtud”.

En tanto, en el trabajo de Karl Marx, “el problema de la insaciabilidad se reinterpreta como el resultado de las estructuras sociales propias del capitalismo. Marx describe la disposición a luchar por la riqueza como un fin en sí mismo, pero explica que esta disposición es una consecuencia del modo capitalista de producción”, escriben Robeyns y Kramm.

El problema de la insaciabilidad, en el caso de Marx, se circunscribe al espacio político-económico: “la insaciabilidad es inherente al modelo capitalista de producción y este modelo debe ser dejado atrás para establecer una sociedad justa”, describen los autores.

Por último, Robeyns y Kramm identifican los argumentos desarrollados por el economista inglés John Maynard Keynes, quien distingue dos tipos de necesidades en las personas: absolutas y relativas. Según Keynes, el primer tipo de necesidades, que tienen que ver con demandas individuales físicas o bienes, pueden ser satisfechas. El problema está en las segundas, “pues dado que implican una competencia con otros, la superioridad nunca se alcanza”. En el caso de Keynes, dicen los autores, considera relevante establecer límites al comportamiento “competitivo de las personas”, como una condición necesaria para una vida “sabia y prudente”.

  1. La falacia de los fines y medios: Platón y Aristóteles/Marx y Engels/John Maynard Keynes

Además de la insaciabilidad, Robeyns y Kramm identifican un segundo argumento usado para defender la idea del limitarianismo. De acuerdo a este, “los individuos tienen la tendencia a justificar la producción de dinero como un fin en sí misma, aun cuando no debe ser más que un medio para conseguir otra cosa. Esta falacia moral puede llevar a las personas a adoptar conceptos erróneos de lo bueno”, dicen los autores. Constatan que estas reflexiones están presentes en escritos de Platón, Aristóteles, Keynes y Marx y Engels.

En La República de Platón, dicen los autores, “la falacia de los medios y fines es introducida en el contexto de una discusión de las artes médicas. De acuerdo al Sócrates de Platón, no es apropiado para un arte buscar la ventaja más allá de su objetivo (Platón, 1997b, 342b). Así, si el objeto de la Medicina es la salud del cuerpo, el fisiatra actúa mal cuando, en lugar de cuidar a su paciente, se preocupa de hacer dinero”.

Aristóteles aborda este tema en Ética para Nicómaco y en su Política. Aristóteles, según los autores, plantea que “para que una familia florezca, el dueño de hogar debe dejar en claro que hacer dinero es un medio para un fin. De acuerdo a Aristóteles, el negocio de acumular riqueza por el solo hecho de hacerlo puede tener un efecto corrosivo en otras actividades”.

En el ensayo “Posibilidades económicas de nuestros nietos” (1928), Keynes, en la misma línea que Aristóteles “distingue entre el ‘amor al dinero como una posesión’ y ‘el amor al dinero como un medio de disfrutar los placeres de la vida” (Keynes, 2008, pp. 23–24), explican los autores.

En el “Manifiesto del Partido Comunista”, Marx y Engels entregan su propia versión de la falacia de medios y fines, explican los autores. En este caso, se plantea que “la acumulación de capital” debe ser un medio para “sustentar la vida de la clase trabajadora”.

“En resumen -concluyen los autores- podemos decir que Platón, Aristóteles y Keynes sitúan su argumentación en el aspecto intrínseco del limitarianismo. Transformar los medios en fines puede hacer que actuemos mal (Platón), limitemos el florecimiento de las personas (Aristóteles) o pongamos límites al disfrute individual de las cosas” (Keynes).

  1. Umbrales mínimos y máximos: Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Locke, Adam Smith y John Stuart Mill

Un tercer argumento que sustentaría la posición del limitarianismo en la historia de la filosofía se encuentra en la distinción entre necesidades y excesos, y la importancia de establecer “umbrales” mínimos y máximos.

“En términos generales, esta mirada plantea un mínimo a partir del cual todos los miembros de la sociedad deben crecer (necesidades) y también considera un límite máximo por sobre el cual la propiedad individual debe redistribuirse de una u otra manera (excesos)”, explican los autores.

“Mientras el umbral mínimo es definido en términos de los medios necesarios para la supervivencia del individuo, su hogar y su familia, en términos de alimento, vestimenta y habitación, hay formas diversas de determinar el umbral máximo”, explican Robeyns y Kramm.

Entre los dos umbrales, los pensadores analizados proponen distintas medidas para combatir la brecha entre ricos y pobres. Platón recomienda un diseño específico para la sociedad en combinación con regulaciones legales. Aristóteles sugiere restringir las actividades económicas dañinas. Tomás de Aquino propone límites en el marco de la caridad voluntaria y obligatoria. Locke, al igual que Tomás de Aquino, ve la caridad como una alternativa, pero complementa esa mirada con una discusión sobre los derechos de los individuos. Adam Smith y John Stuart Mill proponen la generación de impuestos como una medida adecuada de redistribución.

“En conclusión, podemos distinguir entre aquellos pensadores que plantean diseños de sociedad determinados (por ejemplo Platón y Aristóteles) y otros que no tocan este tema y fundamentalmente proponen herramientas de redistribución, como Tomás de Aquino, Smith y Mill”, plantean Robeyns y Kramm.

Nota:

  1. En el estudio se les preguntó a los holandeses qué consideraban extrema riqueza. Un 67% estuvo de acuerdo en que una familia que tiene una casa grande con piscina privada, dos autos de lujo, otra propiedad en el sur Francia y 500 mil euros (aldedor de 450 millones de pesos) en bienes (propiedades, inversiones), está por sobre la línea de la riqueza.

Ingrid Robeyns

02/07/2020

Economista y filósofa belga. Trabaja en el instituto de Ética de la Universidad de Ultrecht.

Fuente:

https://ciperchile.cl/2020/05/17/ingrid-robeyns-debe-haber-limites-para-lo-que-queremos-tener#_ftnref1

Publicado enEconomía
La escena de largas filas para pedir comida se repiten en todo el país.

Los bancos de alimentos temen no poder seguir abasteciendo a la creciente demanda

Sin empleo y sin dinero por la pandemia de coronavirus, millones de personas hacen fila durante horas en Estados Unidos para poder recibir comida gratis.

Los bancos de alimentos, que ya atendían a una población vulnerable, multiplican la distribución, pero temen no poder hacer frente a la creciente demanda.

Las mismas escenas se reproducen por todo el país, de Nueva Orleans a Detroit, pasando por Nueva York, donde el gobierno municipal reparte desayuno, almuerzo y cena gratuitos en varios puntos de la ciudad.

Son imágenes de una población desesperada, que en general ha perdido su empleo y por tanto sus ingresos, a la espera de la llegada de un cheque del gobierno federal, que aprobó a fines de marzo un gran plan de apoyo a la economía.

Pero para algunos, como millones de inmigrantes sin papeles, en su mayoría de origen latinoamericano, no habrá cheque, advirtió el gobierno de Donald Trump.

Sin nada

"Ya tengo dos meses que no trabajo porque casi fui uno de los primeros que el virus agarró, y no tengo trabajo y pues dinero tampoco", dijo a AFP Domingo Jiménez, un inmigrante que hacía una fila de más tres cuadras para recibir comida del gobierno municipal en Corona, Queens, uno de los barrios más afectados por la COVID-19 en Nueva York.

"Vengo aquí que me den un poco de alimento, lo que sea, porque prácticamente estoy sin nada", añadió.

El martes, más de 1.000 vehículos esperaban en fila en una distribución organizada por el banco de alimentos de Pittsburgh, en Pensilvania, cuya demanda aumentó 38% en marzo.

En ocho operaciones excepcionales como esta, unas 227 toneladas de comida fueron repartidos, explicó Brian Gulish, su vicepresidente.

"Muchas personas utilizan nuestros servicios por primera vez", señaló. "Es por eso que las filas son tan largas. No conocen nuestra red" de más de 350 puntos de recolección en el suroeste de Pensilvania, dijo.

En San Antonio, Texas, unos 10.000 vehículos hicieron fila en un banco de alimentos, algunos desde la noche hasta la mañana siguiente.

"Hace meses que no tenemos más trabajo", cuenta Alana, una latina que prefiere no dar su apellido en la ciudad de Chelsea, en la periferia de Boston, la más afectada por la pandemia en el estado de Massachusetts.

"Ayer vi una mujer con un bebé de 15 días y otros dos niños, su marido está desempleado, y no tiene más comida en su casa. Le di lo que tenía", contó durante una distribución de alimentos realizada por soldados de la Guardia Nacional.

En Akron, Ohio, las necesidades de los bancos de alimentación subieron 30%. "Construimos a lo largo de los años una cadena de aprovisionamiento que podía responder a ciertas necesidades", explicó Dan Flowers, director general de Akron-Canton Regional Foodbank. "Aumentarla 30% del día a la mañana es casi imposible".

Los bancos de alimentos, incluidas las 200 filiales locales de la red Feeding America, están recibiendo donaciones excepcionales.

Un contribuyente habitual de los bancos, el gigante J.M. Smucker (que produce el café Folgers) hizo donaciones adicionales en Ohio, y la destilería Ugly Dog, de Michigan, donó un camión entero de alcohol en gel en botellas de licores, dijo Flowers.

Más donaciones

Las donaciones llegan también en efectivo, de hogares anónimos o de Jeff Bezos, dueño de Amazon y de la mayor fortuna mundial, que ofreció 100 millones de dólares a Feeding America.

Sin las donaciones, "estos bancos de alimentos no podrían enfrentar la demanda", dijo Flowers, que está comprando hoy 35% de sus suministros, contra 5% en tiempos normales, ya que el resto proviene de donaciones.

El Food Bank de Nueva York, una de las grandes organizaciones de la ciudad, aumentó el volumen de pedidos. "Si lo volvemos a hacer al cabo de una semana, los precios pueden haber subido y el plazo de entrega se alarga de manera exponencial", explicó Zanita Tisdale, una directora de la organización.

"Nuestros empleados no dan más", dijo Flowers. "Trabajan tan duro. Nos gustaría que todo esto termine".

Como muchas otras, su organización no acepta voluntarios, para evitar el contagio del virus. Para aliviar al personal, la Guardia Nacional ha enviado a soldados a muchas ciudades gravemente afectadas, como Chelsea.

Tras un mes bajo tensión, la red de bancos de alimentos aguanta, pero la preocupación crece. "El aprovisionamiento es aún suficiente, pero en un mes, no lo sabemos", dijo Brian Gulish.

El plan de apoyo a la economía prevé 850 millones de dólares en comida para estos bancos, dijo Flowers, que espera cosechar los primeros beneficios en junio. "Lo que me inquieta son las próximas seis a ocho semanas", señaló. 

Fuente: AFP

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La pandemia amenaza con dejar entre 14 y 22 millones de personas más en pobreza extrema en Latinoamérica

El coronavirus aleja aún más el objetivo de erradicar la carestía extrema, según la Cepal. En el horizonte más optimista, el 5,7% de su población estará en esa situación en 2030; en el más pesimista, el 11,9%

 Del bajo crecimiento a la recesión, sin solución de continuidad. El coronavirus ha transformado el sombrío horizonte económico en América Latina en el peor en más medio siglo, como recuerda a EL PAÍS el jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) para la región, Alejandro Werner. El brazo económico de Naciones Unidas para el desarrollo del subcontinente, la Cepal, se ha sumado este viernes al pesimismo sobre el frenazo de la actividad a escala global y sobre el golpe que va a hacer en una región siempre expuesta a los vaivenes de las materias primas, la manufactura, el turismo y las remesas. El choque será especialmente fuerte en una métrica clave del desarrollo social: la pobreza extrema. Según las cifras del organismo, si el avance de la pandemia provocase una caída del 5% en el ingreso medio de la población activa, el número de latinoamericanos en pobreza extrema pasaría de los 67,5 millones actuales a 82 millones. Si la merma de ingresos para la población económicamente activa fuese del 10%, esa cifra se dispararía hasta los 90 millones de personas.

Incluso antes de la llegada del Covid-19, la región no iba en buena dirección para acabar con la lacra de la pobreza extrema una década vista, tal como marcaba la hoja de ruta de la ONU. Tras una década larga de mejora, la tasa de población en situación de carestía extrema en América Latina —de por sí la región más desigual del mundo— lleva algo más de un lustro encadenando aumentos sobre unas bases ya muy altas: del mínimo de 2012 (8,2%) se ha pasado hasta superar con creces el doble dígito. El bajo crecimiento y la menor pujanza redistributiva de muchos Gobiernos de la región ya se habían dejado sentir en los últimos tiempos en un indicador clave del avance social, pero la pandemia es la puntilla: sin el efecto Covid-19, este indicador habría alcanzado el 10,7% a finales de este año; con el coronavirus ya en el mapa de riesgos, se disparará hasta el 13,3%.

En el nuevo escenario, los cálculos más optimistas (que contemplan una reducción de la desigualdad del 1,5% y un aumento del PIB por habitante del 5%) apuntan a una pobreza extrema en el entorno del 2,9% en 2030; y en el más pesimista (sin cambio en el patrón distributivo y con un crecimiento per cápita del 1%), ligeramente inferior al 9%. Pero la sacudida del virus sobre los cimientos mismos de la economía es la puntilla: hoy el cálculo más optimista apunta a una pobreza extrema del 5,7% de la población en 2030 y en el más pesimista, el 11,9%.

“El mundo se enfrenta a una crisis sanitaria y humanitaria sin precedentes en el último siglo”, ha subrayado este viernes la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, en la presentación de un monográfico sobre las secuelas económicas y sociales del virus en el subcontinente. “El mundo no va a ser el mismo después de esta pandemia y la reactivación económica va a tomar su tiempo. No es una crisis financiera, sino de salud y bienestar. Y va a ser imprescindible el rol del Estado y no el del mercado: es el Estado, lo público, lo que nos va a sacar de esta crisis. No podemos volver a transitar por los mismos caminos que no han traído a estas grandes brechas”, ha dicho desde Santiago de Chile. “Estamos ante un cambio de época, de paradigma. Y tenemos que cambiar nuestro modelo de desarrollo”.

En el plano macroeconómico, la Cepal prevé un golpe múltiple para América Latina, fundamentalmente a través de seis canales: la disminución de la actividad económica en sus principales socios (Estados Unidos, Europa y China), abaratamiento de las materias primas, interrupción de las cadenas mundiales de valor, menor actividad turística, reducción de las remesas e intensificación de la aversión al riesgo en los mercados mundiales. “Estamos ante una profunda recesión”, ha alertado. Todavía es pronto para poner cifras, pero la Cepal cree que la previsión inicial de impacto, del 1,8% del PIB, ya se ha quedado obsoleta. “Si le sumamos el impacto que está teniendo en EE UU y Europa, más allá de China, ya hablamos del 3% o el 4%”. Aunque la dentellada económica de las medidas de distanciamiento social va a ser fuerte, Bárcena ha hecho un llamamiento a mantener o aumentar las medidas aplicadas hasta ahora: “Si no cumplimos las cuarentenas en América Latina y el Caribe el impacto económico será mucho mayor”, ha sentenciado.

Como respuesta a este nuevo panorama económico, ha dicho la jefa de la Cepal, “la integración regional es crucial para enfrentar la crisis, más allá de las diferencias políticas. Lo más urgente es reconstituir las cadenas regionales de valor para disminuir la volatilidad externa. Es, quizá, una oportunidad para mirarnos hacia dentro”. Esta vez “el salvavidas no van a ser las materias primas: el impulso va a venir de los paquetes fiscales”. Y América Latina “carece del espacio suficiente" para responder a la coyuntura con el mismo brío que las economías avanzadas. Ante esa tesitura, ha agregado, la opción más conveniente sería que la comunidad internacional apoyase a los países de renta media mediante un “recorte o reperfilamiento” de su deuda. “Necesitamos medidas que están fuera de la caja, innovadoras: necesitamos que el FMI y el Banco Mundial nos ayuden”.

En el plano puramente sanitario, Bárcena ha recordado que el nivel de camas de hospital disponibles en la región está muy lejos del de Europa, donde el coronavirus está haciendo estragos y está exhibiendo que ningún sistema de salud es lo suficientemente fuerte como para resistir un choque de esta magnitud. En la región, los únicos países que tienen un nivel de disponibilidad de camas similar al de la Unión Europea son, según los datos de la Cepal, Cuba y dos pequeñas naciones caribeñas: Barbados y San Cristóbal y Nieves. Y el gasto público sanitario medio del área supera por poco el 2,2%, la tercera parte de lo que recomienda la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Madrid - 03 ABR 2020 - 15:50 COT

Publicado enEconomía
Sábado, 29 Febrero 2020 05:03

Refundar el capitalismo (otra vez)

Ilustración de Pep Boatella.

Una década larga después de que los políticos avanzasen la idea, son los economistas, filósofos y sociólogos los que pretenden suprimir los excesos y abusos del mercado para que éste sobreviva

 

Pocos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el gigantesco banco de inversión norteamericano, en septiembre de 2008, un acobardado presidente francés, el conservador Nicolas Sarkozy, hizo unas declaraciones célebres que retumbaron en el mundo entero: “La autorregulación para resolver todos los problemas se acabó: le laissez-faire c’est fini. Hay que refundar el capitalismo (…) porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”.

Se superó aquel momento crítico en el que todo parecía posible, incluida la quiebra del sistema. El sector financiero, a trancas y barrancas, salió de la crisis mediante paladas y paladas de ayudas públicas (en forma de dinero, avales, garantías, compras de activos malos, liquidez casi infinita a precios muy bajos, etcétera), y aquellos verbos que se conjugaron voluntariosamente una y otra vez —refundar el capitalismo, reformar el capitalismo, regular el capitalismo, embridar el capitalismo, etcétera— se olvidaron. De la Gran Recesión se pasó a una época de “estancamiento secular” (Larry Summers), que es la que estamos viviendo. De la primera, la mayor parte de los ciudadanos salió más pobre, más desigual, mucho más precaria, menos protegida y con dos características políticas que explican en buena parte lo que se está afianzando ante nuestros ojos: más desconfiados (en los Gobiernos, los partidos, los Parlamentos, las empresas, los bancos, las agencias de calificación de riesgos…) y menos demócratas. El resultado ha sido la explosión de los populismos de extrema derecha y la descomposición del sistema binario de partidos políticos que salió de la segunda posguerra mundial, y una concepción instrumental —no finalista— de la democracia: apoyaré la democracia mientras resuelva mis problemas; si no, me es indiferente.

Después de ese paréntesis de casi una década, cuando ya empieza a existir la distancia temporal suficiente para analizar los efectos de la Gran Recesión como una secuencia de acontecimientos que han llevado a una gigantesca redistribución negativa de la renta y la riqueza a la inversa en el seno de los países (el llamado efecto Mateo: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”), son los académicos y no los políticos los que multiplican las teorías sobre las características del capitalismo del primer cuarto del siglo XXI y protagonizan un gran debate extremo entre ellos: si el capitalismo está tocado de muerte porque no funciona; o, por el contrario, si una vez más en la historia está mutando de naturaleza y esa transformación lo llevará a ser de nuevo el sistema político-económico más fuerte y único. Hay dos coincidencias en la mayor parte de los libros publicados: el capitalismo se ha propagado a todos los escenarios geográficos del planeta y direcciones (no tiene alternativas), y anida en cualquier actividad y mercado, incluida la política.

El capitalismo es ahora el único sistema socioeconómico del planeta (antes se llamaba a esto imperialismo) y apenas quedan rastros del comunismo como una posibilidad sustitutiva, como ocurrió en la primera mitad del siglo XX. A esta característica central se le añade el reequilibrio del poder económico entre EE UU y Europa por un lado y Asia por otro debido al auge experimentado por los principales países de esta última región. El dominio planetario ejercido por el capitalismo se ha logrado a través de sus diferentes variantes. Algunos autores distinguen entre el capitalismo meritocrático liberal, que ha venido desarrollándose gradualmente en Occidente a lo largo de los últimos 200 años, y el capitalismo político o autoritario ejemplificado por China, pero que también existe en otros países de Asia (Singapur, Vietnam…) y algunos de Europa y África (Rusia y los caucásicos, Asia Central, Etiopía, Argelia, Ruanda…).

En los últimos tiempos se ha hecho popular otra tipología, que ha tenido su momento de gloria en el Foro Económico Mundial celebrado en Davos en el mes de enero de este año. El Manifiesto de Davos 2020 desarrolla básicamente tres tipos de capitalismo: el de accionistas, para el cual el principal objetivo de las empresas es la maximización del beneficio; el capitalismo de Estado, que confía en el sector público para manejar la dirección de la economía, y el stakeholder capitalism, o capitalismo de las partes interesadas, en el que las empresas son las administradoras de la sociedad, y para ello deben cumplir una serie de condiciones como pagar un porcentaje justo de impuestos, tolerancia cero frente a la corrupción, respeto a los derechos humanos en su cadena de suministros globales o defensa de la competencia en igualdad de condiciones, también cuando operan dentro de la “economía de plataformas”.

Hasta ahora, el capitalismo de accionistas ha sido ampliamente hegemónico. Recibió un apoyo teórico muy fuerte a principios de los años sesenta, cuando el principal ideólogo de la Escuela de Chicago, el premio Nobel Milton Friedman, escribió su libro Capitalismo y libertad, en el que sentenció: “La principal responsabilidad de las empresas es generar beneficios”. Friedman sacralizó esta regla del juego a través de diversos ar­tículos que trataron de corregir algunas veleidades nacidas en EE UU acerca de la extensión de los objetivos empresariales a la llamada “responsabilidad social corporativa”. En el capitalismo de accionistas, el predominio es del corto plazo y de la cotización en Bolsa, lo que en última instancia llevó a la “financiarización” de la economía.

Esta filosofía dominante ha durado prácticamente hasta la actualidad. Hace poco tiempo, la British Academy hizo público un informe sobre la empresa del siglo XXI, fruto de la iniciativa colectiva de una treintena de científicos sociales bajo la batuta del profesor de Oxford Colin Mayer, que hablaba de “redefinir las empresas del siglo XXI y construir confianza entre las empresas y la sociedad”. Y la norteamericana Business Roundtable, una asociación creada a principios de la década de los años setenta del siglo pasado en la que se sientan los principales directivos de 180 grandes empresas de todos los sectores, publicó un comunicado en el que revocaba, de facto, el solitario criterio de la maximización de los beneficios en la toma de decisiones empresariales, sustituyéndolo por otro más inclusivo que además tuviera en cuenta el bienestar de todos los grupos de interés: “La atención a los trabajadores, a sus clientes, proveedores y a las comunidades en las que están presentes”. Pronto, las principales biblias periodísticas del capitalismo, Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, comenzaron a analizar este cambio que no se debe a la benevolencia y la compasión de los ejecutivos de las grandes compañías, sino al temor a la demonización del capitalismo actual y de las empresas, por sus excesos: financiarización desmedida, globalización mal gestionada, poder creciente de los mercados, multiplicación de las desigualdades. El capitalismo ha ido demasiado lejos y no da respuesta a problemas como estas últimas o la emergencia climática. Recientemente, un sondeo elaborado por Gallup y publicado en The Economist revelaba que casi la mitad de los jóvenes estadounidenses prefieren algún tipo de “socialismo” al capitalismo rampante. Quizá ello explique lo que está sucediendo alrededor de Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata.

El capitalismo de hoy es un capitalismo tóxico y está en crisis al menos desde que comenzó la Gran Recesión en el año 2007. En términos tendenciales, el capitalismo ha fomentado un rápido crecimiento; en relación con la renta per capita, ha enriquecido al mundo de modo casi constante (con picos de sierra) y la esperanza de vida actual prácticamente duplica la de, por ejemplo, hace dos siglos. Ha sido el psicólogo americano Steven Pinker uno de los que más han desarrollado estas tendencias positivas: “Si creía que el mundo estaba llegando a su fin, esto le interesa: vivimos más años y la salud nos acompaña, somos más libres y, en definitiva, más felices; y aunque los problemas a los que nos enfrentamos son extraordinarios, las soluciones residen en el ideal de la Ilustración: el uso de la razón y la ciencia” (En defensa de la Ilustración; Paidós). Haciendo uso de las cifras, Pinker muestra que la vida, la salud, la prosperidad, la seguridad, la paz, el conocimiento y la felicidad han ido en aumento no sólo en Occidente, sino en todo el mundo.

¿Por qué muchos científicos sostienen que el capitalismo no funciona, a pesar de las descripciones de Pinker? Esencialmente porque las distintas desigualdades no paran de crecer, polarizan las sociedades y ponen en peligro la calidad de la democracia. En algunos de los textos se defiende que el capitalismo realmente existente es incompatible con la democracia: aumenta el sentimiento ciudadano de que la civilización tal como la conocemos, basada en la democracia y el debate, se encuentra amenazada. Lo que hace que la situación actual sea particularmente preocupante es que el espacio para ese debate se está reduciendo; parece haber una “tribalización” de las opiniones no sólo sobre la política, sino sobre cuáles son los principales problemas sociales y qué hacer con ellos.

La principal credencial del capitalismo —­mejorar el nivel de vida de todos de manera ininterrumpida— está en entredicho. Para quienes se quedan por el camino, el capitalismo no está funcionando bien. Por ejemplo, la mitad de la generación nacida en la década de los ochenta está rotundamente peor que la generación de sus padres a la misma edad. La ansiedad, la ira y la desesperación de esas cohortes de edad (y la de los mayores de 45 años que se queda sin trabajo) hacen trizas las lealtades políticas de antaño, sean del signo ideológico que sean. El síndrome del declive personal comienza con la pérdida de un empleo satisfactorio. La apoteosis del capitalismo actual se debería, en buena medida, a la debilidad creciente del poder de la fuerza de trabajo (los asalariados y los sindicatos). Desde antes de la Gran Depresión de los años treinta del siglo XX no había vuelto a suceder, en una escala tan grande, que el segmento más acaudalado de la sociedad se quedara con una porción más grande de los ingresos. Joseph Stiglitz dice, refiriéndose a EE UU pero con validez casi universal, que “evolucionamos de manera resuelta hacia una economía y una democracia del 1%, por el 1% y para el 1%”. Es por ello por lo que el Nobel de Economía abomina de la política de Donald Trump y piensa que las políticas públicas activas que deberían practicarse son la antítesis de las existentes, una especie de mezcla contemporánea de Teddy Roosevelt (presidente republicano) y Franklin Delano Roosevelt (presidente demócrata). Las brechas que escinden a la sociedad son tan profundas (entre el campo y la ciudad, las élites cualificadas y aquellos que no han tenido acceso a una educación superior, los ricos de los pobres, hombres y mujeres, y la brecha de expectativas que albergan las clases medias…) que cree que el gradualismo para cerrarlas es inadecuado porque ésta es una época de cambios fundamentales en la que se precisan transformaciones drásticas en el seno de una democracia sólida que refrene el poder político de la riqueza concentrada en pocas manos. Se debe abandonar la confianza ciega y errónea en la “economía del goteo” que predica que, al final, todo el mundo se beneficia del goteo. La experiencia empírica dice que los beneficios del crecimiento muchas veces no llegan a todos.

Del conjunto de los libros analizados se desprende una idea fuerza: un alegato contra el capitalismo abusivo de nuestros días, que gobierna para las élites. Existe el poder de reconstruir los cimientos del capitalismo, pero no posee una alternativa viable, y las que se han intentado poner en práctica han resultado peores y, en algunos casos, mucho peores. Hay que huir de lo que Paul Krugman denomina las “ideas zombis”, ideas que van dando tumbos, arrastrando los pies y devorando el cerebro de la gente pese a haber sido refutadas por las pruebas. Por ejemplo, la idea insistente (e ideológica) de que gravar a los ricos es sumamente destructivo para la economía en su conjunto, o que las rebajas fiscales a las rentas altas generarán un crecimiento económico milagroso. O la de quienes se oponen a que los Gobiernos desempeñen un papel mayor en la gestión de la economía, argumentando que dicho papel no solo es inmoral, sino también contraproducente e incluso tumoral. Y si los datos no avalan su opinión, atacan tanto a los datos como a quienes los presentan.
Krugman no es optimista pues entiende que, en nuestros días, aceptar lo que dicen los datos sobre una cuestión económica es visto, en muchos casos, como un acto partidista; incluso formular determinadas preguntas se considera también un acto partidista. Se apoya en el sociólogo David Patrick Moynihan, cuando escribió que “todo el mundo tiene derecho a tener su propia opinión, pero no sus propios hechos”.

Leer tanta literatura sobre la saga y fuga del capitalismo actual permite establecer una analogía entre “el fin de la historia” de Fukuyama, de principios de los años noventa, y el “fin del capitalismo” de los años veinte del siglo XXI. Aquella seguridad que daría la victoria del liberalismo sobre el autoritarismo ha devenido en una inseguridad global y multiplicación de la vulnerabilidad individual. No se puede separar la economía de la política si se pretende avanzar en un examen certero de las circunstancias. La economía es demasiado importante para dejársela solo a los economistas.

28 FEB 2020 - 12:50 COT

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