De la Comuna a lo común: entrevista a Toni Negri

Realizada dentro del proyecto Comuna Planetaria, esta conversación de Niccolò Cuppini con Toni Negri, el pasado 18 de marzo, analiza un evento tan formidable y complejo que todavía hoy reverbera en algunos de los movimientos, esparcidos por el mundo, que contestan el poder constituido.

 

La Comuna como evento histórico

Partamos de la Comuna de París como evento histórico. ¿Cuál es tu elaboración respecto a qué significó en aquel momento histórico, como evento de aquella época, cómo Marx lee la Comuna y qué tipo de transformaciones produce en el pensamiento político pero también en el movimiento obrero?

Es un acontecimiento de un lado tan formidable, y tan complejo del otro, que siempre es difícil definirlo. Hay dos puntos extremos para hablar de él: por una parte el viejo libro de Prosper-Olivier Lissagaray (“Historia de la Comuna de 1871”), que es lo más importante, lo más objetivo jamás escrito sobre la Comuna, con la frescura de un combatiente y la verdad de un prófugo de la Comuna misma; por otra parte el nuevo libro de Kristin Ross “Lujo Comunal”, que es lo más reciente.

El libro de Ross nace de una tesis académica sobre el poeta Arthur Rimbaud, a partir de aquel poema formidable (“La orgía parisiense o París se repuebla”) escrito durante la semana sangrante, la semana en que la Comuna es masacrada por los versalleses vencedores. Hay una estrofa bellísima, que recuerdo ahora:

Cuando tus pies danzaban tan fuertes en las cóleras

París, cuando recibiste tantas puñaladas

Cuando estás acostada, reteniendo en tus alas claras

Un poco de la bondad de la bestia nueva...

¡Qué potente recuerdo de aquella revuelta comunista! Son versos a los cuales estoy de verdad ligado, los puse una vez como exergo en “Dominio y sabotaje”. Allí París es la locura revolucionaria, Paris la loca, París la mártir –bajo los cuchillos versalleses-, de una renovación demente y salvaje. Fauve es todo esto.

La Comuna es el acontecimiento por excelencia, en todos los sentidos. De un lado porque en torno a la insurrección se acumula el máximo de las fuerzas que se habían organizado en el cincuentenio precedente; a partir de los años 30, aquellos descritos en Los Miserables de Víctor Hugo. Y luego del surgimiento del “liberalismo subversivo” contra la Restauración. Del otro lado, la Comuna es el producto del afirmarse y consolidarse de las corporaciones de los obreros en lucha –aquellos mismos que en junio del 1848 habían hecho una primera aparición organizada de lucha revolucionaria y armada-.

Tenemos la construcción de barricadas, nuevo experimento de arquitectura citadina –que precisamente es recogida entre otras cosas en “Los Miserables”, el proletariado parisino luego se aposta en las barricadas, lo que aterroriza a los patrones..-. Recientemente releí “Los Miserables”, no sé muy bien por qué, no tenía muchos deseos de estudiar y me puse a releer estas miles de páginas y las leí todas, incluso las partes más aburridas, entre las que están aquellas sobre la construcción de las barricadas, que no son las cosas más simples de hacer.

Tenemos en la Comuna el expandirse del socialismo del movimiento obrero en términos democrático-radicales. Y junto a esto otra línea, que es el condensarse de las energías intelectuales y proletarias en lucha: un fundamento del comunismo para los siglos por venir. Con las consecuencias que sabemos, por la importancia que esta experiencia asumirá en su forma más revolucionaria cuando es recuperada en la reflexión que, de Marx en adelante, se hará de esta experiencia comunera.

Una experiencia que se organiza alrededor de los dos elementos siempre presentes y ya clásicos en la acción de los comunistas: de un lado la exigencia de democracia progresiva, que salta más allá de la representación, y se define como democracia de los consejos, democracia directa, democracia de la participación inmediata. Este es el primer elemento.

Como consecuencia de esta radicalidad: la revocabilidad de los mandatos, el pago de un salario por la función, simplemente un salario medio, se dirá aquel del trabajo socialmente necesario. Entonces el representante deviene simplemente un mandatario, controlado en el tiempo de su función e igual a sus mandantes. He aquí la democracia directa.

Y del otro lado el tema del salario, tema sobre producción y reproducción, donde la participación política debe develar su presupuesto abstracto que es la cooperación productiva,  y restituirla en concreto a través de una redistribución del beneficio, aunque en la dinámica legislativa de la Comuna se lo ve de manera bastante reducida (porque en realidad está simplemente la reducción del horario de trabajo de los panaderos: primero trabajaban toda la noche, entonces se aplica un horario reducido. Sin embargo esta reforma indica la atención que hay durante todo el tiempo comunero –tan breve- a las condiciones del trabajo, al salario y al ingreso).

Estos dos elementos –democracia directa e ingresos para todos- se combinarán en la historia de la Comuna en formas singulares, que Kristin Ross ha iluminado bien. La misma no nace simplemente de la confluencia en la Comuna proletaria, en su gestión, de un sector intelectual, aquel más democrático, si no que pasa por la investidura que la Comuna opera sobre la vida cotidiana: aquí reconocemos hoy su carácter biopolítico.

Esto me parece fundamental. Se preguntaron allí, en términos muy progresivos, por parte de los ciudadanos trabajadores: ¿cómo se hace para vivir en conjunto? ¿Cómo se hace para vivir como si se hiciera fiesta? Ser juntos  significa tener la posibilidad de serlo, libremente y en igualdad, y también en forma exuberante, con las mismas posibilidades, y así formar nuestras pasiones comunes bajo el signo de la felicidad. He aquí, esta me parece la forma históricamente excepcional y única de la Comuna.

Retornemos luego a qué cosa fue propiamente la Comuna en su época. El 1871 parisino es también un momento de resistencia, no olvidemos jamás que estaba la armada prusiana en torno a la ciudad, que los prusianos han hecho las paces con los versalleses, que están bajo los muros..Pero atrás, al lado, por todas partes está el ejército prusiano. No había que batirse solo por la Comuna, también contra los prusianos. No por gusto en el 1871 contra los prusianos fueron a combatir también los garibaldinos. Alrededor de Blefort, en las tierras de confín entre Suiza y Francia, en la baja Renania, las bandas garibaldinas son las únicas que tienen a raya a los alemanes, llevando también allí la voz de la Comuna.

Contra los versalleses y los prusianos, por la Comuna, están un poco todos, de los garibaldinos a los anarquistas –que asumieron de ella después fácilmente el modelo-, hasta los marxistas. De cualquier manera creo que era necesario el movimiento obrero así como venía constituyéndose a través de la acción teórica de Marx, para que la Comuna resaltase con el fulgor que tuvo. ¿Pero realmente los marxistas aprehendieron este acontecimiento de manera completamente diferente a los anarquistas, o quizás no? ¿O quizás la Comuna funciona como matriz de todas las estirpes, de todas las razas, de todos los géneros? La Comuna, lo digo spinozistamente, es como la sustancia de la cuál saltan fuera todos los modos de ser comunista. Para mí es esto.

La Comuna en el tiempo

Progresemos en la historia. ¿Cómo reverberó el acontecimiento Comuna al interior del movimiento obrero? Hay una anécdota de Lenin que baila en la plaza nevada cuando la revolución supera en duración los días de la Comuna, pero pensemos también en el imaginario político del 68 francés y los escritos de Lefebvre, o te pregunto también por tu experiencia del 77 italiano si habían referencias, anclajes a la Comuna, y más en general como funcionó la Comuna como teoría política y como imaginario que la Comuna sedimentó.

Lenin estaba todavía en Petrogrado, le faltaba conquistar Rusia entera, cuando festeja haber superado los días de la Comuna. Y está indudablemente la recuperación por parte de Lenín (yo sigo diciéndolo Lenín a la emiliana, como lo decían mis viejos) de aquello que Marx había construido: la Comuna como ejemplo de extinción del Estado –y aquí se funda la universalidad de de aquella palabra de orden-. Lenín (pero quizás ya Marx) establece una continuidad con el anarquismo, asume la “toma del Estado” como momento táctico respecto a la estrategia de los comunistas que es siempre aquella de la extinción del Estado. Para los anarquistas el momento táctico es un pasaje que no cuenta, a la toma del Estado no sigue un momento de transición: el Estado se destruye y basta.

Para Lenin (y también para Marx) existe en cambio un período de transición, donde evidentemente se dan problemas enormes, tanto mejor percibidos hoy después de todo lo que acaeció en la Unión Soviética, cuando el así llamado período de extinción del Estado devino un terrible mecanismo stalinista de recentramiento del Estado mismo. ¡Ha creado evidentemente muchos problemas para la teoría marxista del Estado, en lo que hace precisamente a su extinción, todo aquello que sucedió! A mí sin embargo me interesa, lo digo en modo radical, el tema comunero de la extinción del Estado. No creo que sea posible decirse comunista si se abandona este concepto.

Ciertamente, se precisa asumir esta propuesta como una tarea teórica y práctica. Luego-digámoslo de modo weberiano- sin ninguna desvalorización de las realidades institucionales y de las funciones de centralización, propias de la complejidad del entramado entre Estado y capitalismo, pero tampoco de los procesos de igualamiento, en las grandes transformaciones de la vida social, económica y civil, allí donde la cooperación social se ha hecho más extensa e intensa. Como justamente sucede hoy.

Pero en el mismo momento en el cuál se tienen presentes estas necesidades, estas urgencias, se presenta también, como deber de una ética radical, el empeño de destruir toda idea de “monopolio” de la violencia legítima de parte del Estado. Digámoslo claramente: de destruir el concepto mismo de legitimidad del poder, y de introducir la idea de la posibilidad de un dispositivo plural de poderes, de consejos, de articulaciones que pongan en acto la disolución de la complejidad capitalista y de tener el comando sobre esta disolución.

Esta es la apuesta a la cual todas las temáticas comunistas deben plegarse, y con la cual jugar. Tanto más hoy, cuando el discurso sobre la lucha de clases y sobre el Estado se concentra siempre más expresamente sobre una hipótesis y una teoría de contrapoder (en acto). Un contrapoder capaz de producir la extinción del momento central del poder, aquello re-agregado en el Estado.

Resta el problema de qué cosa deba ser una transición: ¿desde X a.. qué cosa? Probablemente será la fórmula misma de la transición la que constituirá la forma social de la organización comunista, es decir la forma de aquella actividad de construcción de un entramado de poderes con los cuales, a través de los cuales, se podrá afirmar el máximo de la libertad y el máximo de la igualdad. Y naturalmente el máximo de la productividad, pero en su adecuación a las condiciones generales (físicas y ecológicas) de sobrevivencia de la comunidad humana.

Dicho esto, retornando a la Comuna, las dos dinámicas que decía arriba, la temática consejista y la temática salarial-igualitaria, viven enteramente en toda la experiencia comunista. Viven en Lenin. Primero que todo. Me gusta excavar en aquello que decía Lenin, y me parece claro que cuando dice “Soviet + electrificación”, dice exactamente ésto: Soviet como destrucción del Estado y sustitución de sus funciones a través del régimen de los consejos.

Y del otro lado la electricidad, que en aquella fase es el modo para producir las condiciones del salariado, el modo para producir riqueza, el modo para dar vida a quien debe participar en el poder, y a la supervivencia de todos. En la vida en común, la vida precede siempre al poder, siempre, en todos los casos. Por ésta indicación, la Comuna es central.

Sobre Lefebvre…es un actor demasiado importante, aunque si para valorarlo, en mi mirada, se necesita entrar un poco mejor dentro de las grandes polémicas de la postguerra –en aquellas sobre el humanismo marxista en particular-, en las cuales quedó pegado desde el PCF y eliminado por Althusser. Entonces, necesitamos entrar un poco en ellas, porque para mi recuperar –probablemente con Lefebvre- una cierta visión del humanismo comunista, es algo central. El libro de Kristin Ross, dentro de todas sus elegancias posmodernas, en realidad expulsa de obtusas y antiguas polémicas justo este elemento lefebvriano, el humanismo de la Comuna así como el humanismo del primer Marx, que es preciso rescatar.

De modo que se necesita estar un poco atentos, porque cuando Lefebvre se ocupó del primer Marx, lo hizo con no poca connivencia (¡hay que reconocerlo!) con aquella que fue una moda reaccionaria del inicio dela segunda postguerra. En este cuadro, el humanismo de los escritos de Marx del 1844 fue levantado polémicamente contra el Marx del Capital. En Italia es Norberto Bobbio el que deviene el héroe del Marx del 44, coqueteando con Roderigo di Castiglia (pseudónimo de Togliatti en Rinascita).

En Alemania está Iring Feschter que es un colosal revisionista, bien apoyado desde el ánimo reaccionario de la entera Escuela de Francfurt. Lefebvre permanece pegado en este juego, y dado que el Partido Comunista Francés no era tan gentil como el Partido Comunista Italiano, en lugar de ser tratado con guantes –como le pasó a Bobbio- fue aislado y expulsado del Partido, de manera infame.

Por el contrario, Althusser interpreta el “puro Marx” contra el Marx juvenil, el lógico contra el humanista, y da espacio a la cesura por la cual Marx devendrá un marxista materialista solo después del 48. No son reales ni una cosa ni la otra, lo sabemos bien. ¡Pero la política está por encima de la verdad!

Lefebvre tenía razón a medias, se dejó meter en un juego más grande y pagó, porque fue aislado del ambiente que más le interesaba, pese a que fue indudablemente el más inteligente del PCF, pese a que abrió camino a un humanismo biopolítico, al análisis de los modos de vida y a la invención de una nueva fenomenología materialista del vivir en común, dando sobre todo ello una de las contribuciones más importantes a toda nuestra experiencia y capacidad de análisis comunista.

¿Y qué decir de la Comuna y del 77 italiano? El 77, si quieres, está dentro de la tradición de la Comuna. Pero el 77 era muy ignorante, sus fuentes eran los cómics. De cualquier manera está fuera de dudas que el 77 en sus expresiones lúdicas y políticas y en la organización de sus espacios –otra temática muy reciente, la espacialidad de los movimientos-, está dentro de esta tradición. También el espacio de la Comuna era por cierto el de la plaza, de la barricada, etc., el espacio al que responderá Haussmann con su reforma urbana, para recortar este espacio y volverlo horizontal, como el tiro de las ametralladoras, y hacerlo por eso impracticable para la parte proletaria.

Por lo demás el espacio de la Comuna es también y todavía el espacio de las corporaciones obreras, de los tenderos, un espacio preconstituido. Dado que me parece que la investigación y la polémica entre pensadores de lo urbano se haya concentrado recientemente en torno al espacio preconstituido y nuevamente constituido, neoconstituido, estoy completamente de acuerdo en que el tema del espacio neoconstituido sea fundamental en el pensar las luchas y los movimientos, pero tengo dificultad para reencontrarlo en el pasado antiguo, probablemente alcanzando esto al 77.

En cuanto a espacios comuneros en Milán, en mi experiencia, estaba solamente el barrio Ticinese, que podía tener un poco esta calificación. Probablemente también en alguna medida Quarto Oggiaro o il Giambellino, y en Roma con poca frecuencia se alcanzó este nivel (pienso en el Trastevere, en los ataques al desfile de Nixon por ejemplo). Pero no iba más allá. Mientras que más tarde la cosa deviene diferente, comienza a ser pensada en Seattle en el 99 y a aparecer muy evidentemente con las grandes luchas del ciclo 2011, con las revueltas árabes y en España con Puerta del Sol.

Esta idea de la espacialidad de los movimientos pone problemas de organización importantes. Probé estudiarlos junto a Michael Hardt en Asamblea, pero no creo que hayamos logrado dar la idea de lo que significa, hasta el fondo. Asumimos este leit motiv, este ritornello del “Go…”, del “Call and respond”, que era el ritornello del canto de los esclavos negros cuando iban al trabajo. Uno lanzaba la pregunta, y el otro motivaba la respuesta: bien, he aquí algo que podía fijar de alguna manera en el movimiento, en la marcha, un mecanismo de organización del discurso. Pero ni siquiera esto corresponde a la experiencia de plaza que aprendí a conocer con el 2011.

Participé un poco en los movimientos españoles, estudié bien el 2013 brasileño (que fue un movimiento de gran importancia), me queda la duda de no saber bien cómo se pueda definir la nueva espacialidad de los movimientos desde un punto de vista político. Pero seguramente, a partir de entonces, la espacialidad ha devenido central. Blacks Live Matter, Gilets Jaunes, y hoy los movimientos feministas en Bielorrusia –he aquí tres ejemplos muy fuertes-. Probablemente, vale la pena entonces mantener la metáfora, y decir que queremos repetir la Comuna, para tener en pié una relación entre consejo y movimiento.

Estas dificultades no restan nada al imaginario de la Comuna, si bien retornando sobre las luchas sociales, a los espacios que ocupan, y a Rimbaud, a la poesía que leía antes, incluso concediendo todos los honores a Kristin Ross, se necesita recordar muy bien que la lucha de clases es también una cosa de luchas, de rupturas, de pérdidas, de muerte. No sé si has estado en Père-Lachaise, en el cementerio de la Comuna, donde está el muro de los fusilados y las fosas comunes. Te dan ganas de llorar cuando vas ahí, y sin embargo es necesario recordar también esto: la lucha de clases es bella, pero también es una cuestión de vida y de muerte, y para la Comuna fue también eso –Lissagaray lo narra bien-.

La Comuna planetaria

Probemos a enmarcar la Comuna como forma política, pensando en otras geografías y tiempos en los cuales la Comuna fue re evocada –pienso en particular en la Comuna de Shanghai o la de Oaxaca-. Incluso permaneciendo en la Comuna de París, estudios recientes tienden a trazar una genealogía de ella que no es atribuible solo al perímetro parisino, si no que la ensancha dentro de aquella dimensión constitutivamente transnacional dentro de la cual acontecen los fenómenos políticos, y entonces mira al acontecimiento parisino dentro de una dimensión también colonial/decolonial de luchas, que se ensanchan más allá del momento específico.  Pero precisamente, la Comuna deviene también una dimensión política que no simplemente se reproduce sino se propone como una forma política. ¿Qué nos dice este re proponerse suyo, incluso en sus obvias diferencias contextuales?

La Comuna tuvo un enorme significado en el pensamiento político en cuanto, precisamente, ha sido tratada como forma política. Toda experiencia política, real, en la cual habitamos, la recuerda en cambio como acontecimiento, y frecuentemente como acontecimiento derrotado. Luego, tenemos de un lado el modelo político de la Comuna, como modelo consejista, como democracia directa. Y del otro tenemos la experiencia de una forma política real, de un evento político real, que es un evento de derrota, de cruda represión.

Recuerdo que cuando era chico y hablaba de la Comuna con los viejos cuadros del Partido Comunista –obviamente lo hacía con entusiasmo como todo neófito-, estos (dándome una patada en el culo), me recordaban que la Comuna había sido derrotada, pero que su derrota había sido ampliamente rescatada por el triunfo de la revolución rusa y del Ejército Rojo en la defensa de Stalingrado y la conquista de Berlín, y después China, etc., cosa por lo demás risible. Un tercio del mundo estaba comprendido en este rescate.

Esta teleología triunfalista rápidamente se reveló falsa a mis ojos. Siempre más debemos retornar a los “principios”, y atender a las nuevas experiencias de lucha. Y aquí el problema es conjugar el ideal de la Comuna de París con la de Shanghai  o de Oaxaca con la realidad global en la historia de las revoluciones proletarias. Pienso que esto habría sido uno de los grandes problemas de Marx, y de algún modo lo fue, como se puede ver en las publicaciones de sus investigaciones de vejez, sobre todo antropológicas –dicho mejor, más allá del Capital-.

Es cuando inicia los estudios de antropología y busca una continuidad de las formas de organización comunitaria entre el pasado  y el futuro. Nunca he sido un apasionado de este tipo de aventuras intelectuales, porque pienso que sea imposible conectar una forma de la utopía, y más una utopía concreta, a un percurso histórico. Tengo este escepticismo de viejo materialista. Pero Marx era también un materialista y sin embargo probaba a encontrar en la obshchina rusa, como se revela en la carta a Vera Zasulic, la posibilidad de determinar una continuidad histórica del modelo comunista.

En cuanto a Mao: el fue contrario a la Comuna de Shanghai, pero construyó las comunas en las montañas de Henan, un doble poder viviente pero de verdad, y armado, con sus fábricas y también sus escuelas, en las cuales se produjeron los cuadros comunistas trasnformando a los campesinos analfabetos en los futuros dirigentes del Estado socialista chino, por lo demás a través del ejercicio de las armas. Esta es una experiencia extraordinaria, una de las pocas, acontecida en estado excepción –entendiendolo no como excepción constitucional, sino como la excepcional historia de dos guerras maoístas, la guerra civil y la guerra antimperialista contra Japón, que se ligan una a la otra-. Y aquí en el medio hay una primera realización de un contrapoder.

Ahora, estas grandes dimensiones son aquellas en las cuales, creo, el modelo teórico dela Comuna va re propuesto y adecuado a la realidad. Diversamente, tengo mucho miedo de las utopías, de todas las utopías. Cuando miro en torno, veo experiencias formidables desde el punto de vista ético y político, las varias ZAD por ejemplo, y otras experiencias espacializadas del conflicto de clase. No creo sin embargo que con aquello se esté sobre un terreno que se ponga al nivel delas actuales necesidades de un pensamiento revolucionario. 

Que son aquellas de entender qué significa determinar un doble poder que no disuelva la complejidad si no que logre aprovecharla, que logre vencerla y utiizarla, y al mismo tiempo destruirla. Que no se acomoda dentro de la complejidad del poder, sino que deviene un virus, que ataca los ganglios fundamentales.

Con esta cuestión se pone luego el problema de cómo la Comuna pueda representar un modelo político, y cómo ello pueda ser válido por ejemplo en las experiencias decoloniales, en las grandes luchas contra el colonialismo. Cuando lees por ejemplo a los indios de los estudios subalternos, Renajit Guha en particular, son descritas allí experiencias formidables de lucha de clases en las guerras de liberación contra el colonialismo inglés en la India. Insurgen Estados enteros, con millones y millones de personas en lucha, en formas que se asemejan a las de la Comuna.

Pero atentos. Hemos entrado hoy en una edad afortunadamente post-colonial. Y no repetiremos la ilusión de que con ello se determine un mundo unificado y liso –ilusión de la que en Imperio estuve muy cercano-, la ilusión que la globalización haya vuelto homogéneo este mundo (el primero, el segundo, el tercero). Hay diferencias enormes aquí y allá, nada que hacer, y a la vez el ámbito unificado global, imperial-global, esta allí.

Si entonces estas diferencias existen, vienen entendidas al interior de un plano único. Ahora, dentro de este interior, no se trata del descubrimiento o el redescubrimiento de viejas experiencias que puedan valer. Puede valer sólo una imaginación constituyente, no pequeñas utopías. El problema del poder se pone en su integralidad.

Preguntémonos entonces: ¿cómo se constituye un contrapoder, o mejor, una práctica de ruptura que atraviese y destruya la complejidad del poder capitalista? No se trata jamás sólo de tomar el Estado, hay una soberanía por destruir, la soberanía capitalista. Lamentablemente hay ese par de problemas. Y este pasaje es algo malditamente difícil, incluso sólo desde el punto de vista de imaginarlo, pero es el terreno sobre el cual debemos probar hasta el fondo nuestra capacidad de análisis y nuestras experiencias.

Con la certeza después que cada vez que rompes sobre este nodo, es una cadena que se rompe, cada vez que rompes aquel pasaje, es casi automático que todo el resto colapse, como siempre sucede cuando se rompe algo tenso.  Dicho esto, es claro que todos los problemas singulares conglomerados en el poder (el problema ecológico es inudablemente central hoy), van todos ligados en la destrucción y la transformación dentro de una cadena prospectiva, dentro de un solo dispositivo. Esto enseña la Comuna.

Lo digo siempre a los compañeros más queridos: debemos imaginar hoy una especie de Pinocho, y construirlo de manera que paulatinamente haga propio el sentido de la complejidad. Un poco como en las fábulas del Seis-Setecientos se le ponía enfrente a un Pinochito una flor para imaginar cómo el olor pudiera dar vida a los otros sentidos.

Hoy no se trata de hacer experiencia de sentidos, sino de pasiones, de pasiones de lo común. Debemos inventar el cyborg de lo común. Se trata de combinar lo post-moderno (es decir la economía, la tecnología, las relaciones sociales y culturales y todo aquello que está en su interior) con la pasión humanista de la Comuna, del estar juntos, del construir juntos, en la libertad y la igualdad.

La Comuna hoy

Algunas cuestiones finales. ¿Qué puede significar pensar el presente y el futuro político a través de la Comuna? En dos sentidos: en primer lugar, qué puede querer decir hoy en términos políticos-organizativos la Comuna como secesión, como ruptura..Antes recordabas a las ZAD como ejemplos de micro-dinámicas no a la altura, como pedacitos de territorio en secesión, ¿pero podemos pensar esta dinámica de separación, de ruptura, a escala metropolitana? ¿Cómo contra-construcción de otros poderes?

Y en segundo lugar,   ¿cómo puede ser pensada el área semántica de la concatenación entre Comuna, commons, comunismo, comunidad, comunas, de frente también a experiencias como las del 2011, del 2013, o las más recientes en Chile y los Estados Unidos, o mirando a los Chalecos Amarillos con su espacialidad hecha de territorialidad expandida y difusa, las rotondas que devienen acampadas moleculares en el territorio francés, y que después son concentradas en lo intensividad de los sábados, en los asaltos a las metrópolis?

Tres cosas me han impactado mucho en estos años. Una es Black Lives Matter (BLM), la segunda los chalecos amarillos, y la tercera que me está impactando de modo formidable (también porque he tenido la fortuna de construir un contacto directo), son las mujeres de Bielorrusia. Lo que está sucediendo allí es increíble: son mujeres, sólo mujeres, que se manifiestan todos los domingos llenando las plazas por centenares de miles.

Mujeres que han producido un movimiento político irresistible –al revés, los policías del poder son sólo hombres-. Este movimiento de mujeres se presenta en un país nada miserable, que ha alcanzado a mantener un notable nivel de industria pesada y ligera, ligada a Rusia pero suficientemente autónoma para poder ser, por ejemplo –y esto explica también muchas de las ansiedades de Occidente-, empleada a la china, como fuerza de trabajo subordinada, por los grandes pools occidentales.

Estas mujeres se manifiestan para pedir una transformación del orden político en sentido democrático dentro de una sociedad con un tradicional buen nivel de welfare, y obviamente poniendo dentro dela lucha la defensa y el desarrollo de todos sus deseos de mujeres. Es una cosa formidable: es la primera vez que se da un movimiento político enteramente hecho por mujeres. No quiero pelear con mis compañeras, que justamente observarán que todo movimiento de las mujeres es político (en particular aquellos que hemos visto desarrollarse últimamente en América Latina), pero aquí se trata justo de un carácter político que mira directamente a lo común y al Estado, a su radical transformación.

Por lo que toca a los movimientos estadounidenses nada que decir que no se haya dicho ya. Mientras que está fuera de dudas que el movimiento de los Chalecos Amarillos, con todas las ambigüedades que ha revelado poco a poco (y hoy lamentablemente con una incapacidad de resurgir), ha mostrado de cualquier manera un nivel altísimo de percepción y propuesta de lo común, no ser simplemente un souvenir de la Comuna (que en Francia está siempre, en cualquier movimiento subversivo que se de).

Pero allí hemos tenido una percepción y una propuesta de lo común, en un momento extraño, cuando parecía que las luchas estuviesen completamente bloqueadas, y la república macroniana hubiera por así decir cortado su plausibilidad. Y sin embargo, he allí los Chalecos Amarillos, y la invención de un espacio movilizado el sábado, en el día en el cual la gente descansa. Una movilización en el día de descanso. Me decía, la primera vez que los veía: “¿qué hacen estos, van a la misa?”. Daban un poco esta impresión.

En breve, el movimiento reveló algo que decididamente superaba toda posibilidad de reducirlo a hecho litúrgico, devino una invención permanente, porque este ponerse juntos se reveló una verdadera fragua de potencia, un momento de expresión formidable. Al ponerse en colectivo en una sociedad en que todos decían que lo político estaba terminado, que lo político estaba muerto..muerto un carajo! Allí se reveló una politización desde abajo excepcional.

Fue ponerse en colectivo y marchar los sábados al mediodía, y de ahí surgió una hoja de ruta por la cual toda la complejidad del dominio capitalista ha sido, una hoja tras otra, como una margarita, deshojada. Este es el primer elemento comunero. La Comuna analítica.

El segundo elemento comunero consistió, para los Chalecos Amarillos, en el determinar (como motor parcial y abierto de subversión) la convergencia de todas las otras fuerzas del movimiento, también las sindicales (y es mucho decir, estando estas siempre celosasde su propio orden corporativo, aunque hoy menos celosas, muy frecuentemente en defensa de su sobrevivencia, porque justo ese aspecto corporativo las ha reducido a ser expresión o subexpresión del poder del Estado).

Los Chalecos Amarillos han despertado a las fuerzas sindicales corporativas, las han invitado a momentos de convergencia de lucha, pero sobre todo han producido un nuevo descubrimiento del terreno de lucha, la lucha sobre lo común.  ¿Cuáles son de hecho las propuestas de los Chalecos Amarillos? Son: primero referéndum –que no es a la 5 Estrellas, es “queremos incidir en el proceso legislativo de manera directa”-; y segundo:  queremos decidir sobre el gasto público, sobre la relación fisco-salario, sobre la redistribución del ingreso.

Esto último, lo económico-salarial, es un elemento esencial y coincidente con el otro, lo democrático –no hay lo uno sin lo otro-. No se puede exigir democracia absoluta, directa, si no se exige salario igual, ingresos para todos. ¿De nuevo la Comuna?

Último problema: vivimos en una sociedad en la cual el mecanismo productivo determina una profunda cooperación del trabajo vivo, y propone una ontología común del trabajo. Se trata de hacer hablar a esta ontología. El modelo político que la Comuna de París produjo venía antes de la emergencia de lo común como potencia productiva; nosotros estamos por el contrario en una situación en la cuál aquella potencia productiva de lo común nos precede, se ha consolidado, es nuestro ambiente. Esto debería representar un privilegio antropológico. Pero el capital se ha apropiado de ello.

Y sin embargo lo común como privilegio antropológico esta ya implantado en nuestra naturaleza y puede devenir explosivo: es claro que, si alcanzamos a expresarlo, todo salta por el aire. Y allí se necesita estar muy atentos, porque se necesita recordar siempre lo que Lissagaray decía de la lucha de clases…incluso frente a una sola ruptura singular, el capital responde con la totalidad de sus fuerzas. El capital es canalla, y no lo digo en términos ligeros. Sabe que necesita destruir a uno para impedir a los muchos, a los demasiados, destruirlo a él. Y entonces, ¡viva lo común y que nos guie bien!

Por Toni Negri

(1933) filósofo y pensador postmarxista italiano, coautor de la obra "Imperio", así como por sus trabajos alrededor de la figura de Spinoza. Negri fundó el grupo político Potere Operaio en 1969. Fue acusado a finales de los años 1970 de diversos cargos, entre ellos, de ser miembro del grupo Brigadas Rojas, e insurrección contra el Estado, y condenado por su participación en dos atentados. Negri huyó a Francia. En 1997, después de alcanzar un acuerdo con el fiscal, que redujo su tiempo en prisión de 30 a 13 años, regresó a Italia para finalizar su condena. Muchos de sus libros más influyentes fueron publicados mientras estaba en la cárcel. Reside en París.

Fuente:

https://www.dinamopress.it/news/dalla-comune-al-comune/

Traducción:

Diego Ortolani Delfino

Publicado enPolítica
Cientos de personas celebrando los resultados parciales del plebiscito constitucional por una nueva Carta Magna, en Santiago (Chile). Foto: EFE / Alberto Valdes

Todo ejercicio de poder, todo gobierno se para sobre lo posible, pero el progresismo latinoamericano hizo de ese lugar una narrativa militante. La figura de la “correlación de fuerzas” se utiliza de manera abstracta y amañada. Frase de mago, abracadabra que, al pronunciarse, nos paraliza. Le pone nombre, justificándola, a la desmovilización social.

 

Tras la caída del muro, es decir, tras el derrumbe del horizonte socialista y el decreto de la ausencia de alternativas bajo la forma de una provocación (“There is no alternative”), las agendas sociales fueron recuperadas por posiciones clásicamente reformistas que, gracias a su dominio sobre lo posible (1), pasaron a ocupar un cómodo sillón al costado izquierdo de la discusión hegemónica y otro al costado hegemonista de la discusión de las izquierdas. Nos preguntamos: ¿cómo se disponen las energías colectivas, las luchas situadas y deseos de buen vivir en relación a la categoría de lo posible? Todo ejercicio de poder, todo gobierno se para sobre lo posible, pero el progresismo latinoamericano hizo de ese lugar una narrativa militante. En dicho imaginario, la ideología de base o el punto de partida “idealista” sufrirán sacrificios para construir la posición más “realista” de lo posible.

No somos los protestantes que desembarcaron en Nueva Inglaterra, ni los laboriosos seguidores de Mao; el reformismo en tiempos de neoliberalismo no es endógeno. Lo posible no es, como en esos casos, un punto de partida posible o una forma de pragmatismo teórico. En el imaginario populista de izquierda, a lo posible se llega. Se llega, entonces, como sacrificio que acerca al centro, que concede por derecha. No se trata de una izquierda pragmática como podría ser la bolchevique o la vía chilena al socialismo, sino de un pragmatismo que para ser formulado abandona el núcleo “idealista”, asociado a ese punto de partida por izquierda.

De algún modo, la pregunta algo avejentada “¿qué hacer?” no deja de ser reemplazada por una dilucidación algo cobarde y poco honesta en torno a lo posible. Es decir, una vez resignados desde abajo por todo lo que no se puede, el Estado se reinventa como único lugar de decisión sobre lo posible. Sin embargo, ese Estado no deja de presentar grietas y, en particular, durante el último período en que América Latina vio nacer gobiernos de raíz popular, funcionó como un aliado parcial de la pujanza multitudinaria y heterogénea de la región.

Pero nos preguntamos ¿qué puede un gobierno hoy? Las construcciones de poder de raíz popular del último ciclo latinoamericano, presentándose como la opción negociadora y hacedora se presentaron, al mismo tiempo, como parámetro de lectura, funcionaron como el realismo en sí. El populismo es el ángel de lo posible. Es el “realismo político”, decíamos, como conformación de una posición enunciativa que se arroga la decisión sobre lo posible. Y decide, desde esa misma posición quiénes aparecen como enemigos, por derecha e izquierda. Pero el enemigo que el realismo niega, por temor o por falta de lectura –o por exceso de realismo– es la laboriosa tarea de inventarse otra cosa, la imaginación política.

Durante los últimos años, cada vez que pareció dibujarse un nuevo ciclo insurrecto tan heterogéneo como la geografía en que se emplazó (desde las revueltas en plaza Tahrir hasta el 15M, desde Occupy hasta las jornadas de junio 2013 en Brasil), se reabrió en las discusiones locales la posibilidad de un nuevo realismo, o bien, de una nueva distribución entre potencia y poder (2) como tensión interna de todo realismo. Cada experiencia, al construir una nueva posición, al ejemplificar otro modo de pensar-hacer, al forzar nuevas agendas, al impugnar relaciones de dominio concretas desde el territorio, se debe su propio “realismo”, es decir, la construcción y defensa de su lugar existencial y político como punto de vista irreductible ante los aspectos del realismo del poder que desmovilizan.

Brasil: la retórica del golpe 1

En el Brasil posterior a junio de 2013 se consolidó inorgánicamente una suerte de movimiento anticorrupción contra el PT, ya sin la vocación de rebeldía y protesta joven que había estallado a partir de la lucha contra el aumento del transporte. En esos años, mientras se sentían los efectos de la crisis mundial, la disputa no pasaba por izquierda o derecha tradicionales, sino por la orientación de la novedad en juego y el destino del descontento. La política partidaria se dirimía entre la imposibilidad de encontrar una “tercera opción” y la búsqueda de asumir el nuevo mapa tomando registro de lo que podría describirse como un terremoto que cambiaría totalmente el paisaje. Después de una dura campaña en 2014, todavía con junio de 2013 presente, el PT emprendería un camino conservador, de ajustes y política de austeridad, con una ley antiterrorista que criminalizó activistas y con fuertes alianzas con sectores de la derecha y el empresariado financiero, del agronegocio y explotación minera, además de gestos continuos con las fuerzas de seguridad y los pastores evangelistas, que evaluaba indispensables para retener el gobierno. Mientras tanto, se organizaba un Mundial de fútbol y aparecían denuncias por la construcción sobrefacturada de estadios, priorizando aliados políticos, con desalojos y reubicaciones fallidas de población más pobre.

La caída de Dilma, impeachment mediante, no ocurrió en el momento más dinámico; el PT no estaba, precisamente, reformulando la vieja reforma agraria, ni estatizando servicios o bajando el costo de los transportes para la población, ni mucho menos reconstruyendo su base social, sino que el país transitaba un ajuste económico, concomitante con el endeudamiento y fragilización de las economías domésticas. Dilma nombró como ministro de hacienda a Joaquim Levy, formado en Chicago y ex presidente de Bradesco Asset Management, además de autor del programa económico del PSDB para las elecciones de 2014. Según un estudio de Levinas comentado por Raúl Zibechi y Decio Machado, “Entre los más pobres, casi se duplicaron los que accedieron a tarjetas de crédito y cuentas corrientes. De ese modo, mientras el salario creció un 80 por ciento entre 2001 y 2015, el crédito individual aumentó un 140 por ciento” (3) 

La crisis de 2015 dio como resultado un crecimiento muy importante del peso de la deuda de las familias más pobres en relación a sus ingresos (aproximadamente un 48%), mientras que para los sectores medios la deuda financiera fue mayor aún (cerca del 65%). Después de años de aumento del consumo, de “40 millones de brasileños en la nueva clase media”, encontrábamos el mayor endeudamiento registrado entre sectores populares con la banca privada.

La oposición surgida frente a la política estatal en junio de 2013 tuvo semejanzas, en términos de vitalidad y de malestar no orientado de antemano, con el 2001 argentino (“Que se vayan Todos”) o el 15M Español (“No nos representan”). Una protesta iniciada por el Movimiento Pase Libre frente a un nuevo aumento del transporte creaba un espacio de multiplicidad en las calles frente a gobiernos y alcaldías de los partidos del poder, de todo el arco político. Ante la apertura surgida de las calles, el gobierno –a diferencia de lo actuado por Néstor Kirchner bajo el efecto dosmilunero en 2003– había descartado la posibilidad de construir una escucha, de producir nuevas relaciones, entregando el descontento a las capturas más reactivas.

El poder político se presentó en conjunto contra el “desorden”, y la ola de movilizaciones planteó un punto de inflexión en la política brasileña. En 2015, sectores conservadores convocaron protestas multitudinarias que, esta vez, darían lugar a la destitución de la presidenta aprovechando la mayoría conservadora del congreso, incluso con los aliados conservadores con los que el PT co-gobernaba. Ya no era la crítica al “padrão FIFA” que no se aplicaba a las demandas sociales… y el sector político que llegaría al poder no era un nuevo actor, sino el poder empresarial que formaba parte de la vida institucional hacía años. El gobierno de Temer realizaría reformas conservadoras que afectarían derechos laborales. La operación Lava Jato que llevaría a Lula a la prisión, después de un desfile de “arrepentidos” que relatarían por televisión sus negocios con el poder, encumbraría al juez Sergio Moro como actor político que daría base electoral al ignoto Bolsonaro, quien ganaría aprovechando el clima antipetista y las banderas conservadoras de seguridad, orden y prisión para los corruptos.

Si hoy en día buena parte de los cuadros militantes e intelectuales petistas presentan a junio de 2013 como génesis de un “golpe” (4), desde junio podemos más bien percibir un fin de ciclo atado a la incapacidad de conexión del gobierno progresista con las demandas populares, tanto las de su propia historia, por caso la movilización contra el neoliberalismo, como las nuevas pautas para una ficticia clase media (que caería por su peso). Tras la victoria pírrica de Dilma en 2014, el PT fue perdiendo base de sustentación hasta que la propia presidenta fuera descartada por “inhábil” en una maniobra de Palacio de baja estofa.

Como el gobierno en Brasil se compone en buena medida en el Congreso, mucho más que en cualquier otro país latinoamericano, Lula y Dilma no podían soñar con los ministerios homogéneos del kirchnerismo o el evismo; es en ese esquema que encontramos los citados empresarios del agronegocio, pastores, líderes partidarios conservadores, que ayudaban a componer la mayoría y obtenían ministerios a cambio. Fue esa misma base política la que se independizó (nada menos que con el propio vicepresidente de Dilma a la cabeza) y se inclinó por la destitución.

Amén del mecanismo, que para algunos se acercaba al derrocamiento súbito de Manuel Zelaya en Honduras y de Lugo en Paraguay, como “nueva modalidad de golpe”, mientras para otros se asemejaba a la caída de Allende, pero que en Brasil fue un proceso de juicio político que duró meses y contó con la supervisión de los tribunales supremos, lo ocurrido fue más bien “coherente” con el voto de los brasileños que no salieron a las calles a defender un gobierno, que alcanzó el nivel más bajo de popularidad en los sondeos de empresas encuestadoras. Lo posible vuelto posibilismo: como no se puede transformar la realidad, se presenta con mística la política de crédito, el consumo atado a la financiarización o políticas sociales que dejan intacto el armado del capital concentrado.

Sin reacción popular y movilización en defensa de los líderes, el sistema político asimiló la caída de Dilma con un PT que siguió haciendo alianzas de gobierno a nivel local con el PMDB y otros partidos “golpistas”. En 2018 la suerte estaría echada, el PT representado por Fernando Haddad, un candidato con imagen de buen gestor, anunciado un mes antes de las elecciones no podría enfrentar el fenómeno social y virtual de Bolsonaro, y que había sido el alcalde que decretó el aumento del pasaje que derivó en el levantamiento de junio de 2013. En esa misma elección, Dilma perdería en la contienda para senadores en Minas Gerais, su propio distrito y el PT incluso vería en 2020 un progresismo que empezaría a crecer ya con los colores de otros partidos. La retórica del golpe se volvió un asunto central solo para un sector político y militante, ideológicamente de izquierda y de extracción social alta. Pero no caló ni en el día a día de la administración estatal, ni en las calles, ni entre las mayorías que los partidarios presentan como “lulistas” en el nordeste del país, o en municipios de la periferia de São Paulo, considerados bastiones del PT desde su origen.


Más allá de discusiones conceptuales, jurídicas o de ciencia política, que defendieron que un impeachment sin un crimen de responsabilidad es “golpe”, en el proceso de juzgamiento no fueron tratados temas como la construcción sin consulta previa de la represa de Belo Monte –que financió campañas electorales de Dilma y es símbolo de la destrucción de la Amazonia. La lectura política es la del fin de un ciclo, con un gobierno derrotado políticamente, que después se manifestó como deterioro electoral. Si ganar elecciones significa construir gobernabilidad para terminar gobernando en nombre de los de abajo y en función de los de arriba, éstos últimos, en algún momento, se disponen a gobernar directamente. Lo simbólico, lo mediático, lo estratégico de los relatos que parecen volverse la totalidad de la política, pierden peso específico fuera de las elecciones y en un balance para el que la renovación política se vuelve necesaria.

El bolsonarismo se construiría en el plano del imaginario como un anti PT: elogio de la dictadura, destrucción de políticas públicas progresistas, discurso de odio contra minorías y ultraliberalismo explícito. Pero el modelo económico de bancos, agronegocio, con precarización del trabajo quedaría por fuera de la discusión. En estos días se anularon las condenas de Moro contra Lula sobre el caso Lava Jato en que había sido juzgado por un departamento que empresas contratistas del Estado le habrían ofrecido como pago a cambio de favores políticos. La instrucción y pruebas, sin embargo, no fueron anuladas y otro juez podría condenarlo nuevamente. Pero la noticia repercute políticamente por la recuperación de derechos de Lula para candidatear contra Bolsonaro en la elección de 2022.

El nuevo dato político llega en un país que enfrenta un crecimiento imparable de las muertes por covid, con un gobierno que juega a favor de la muerte. El aumento del precio de los combustibles, el desempleo y la discontinuidad de los apoyos estatales en los primeros meses de pandemia crean una situación de preocupación social, que mantiene cierta indiferencia frente a los caminos políticos que se presentan. Bolsonaro no generó un movimiento propio, pero mantiene un apoyo electoral considerable que se fortalece desde una postura anti-sistema y de apoyo a la economía popular que exige y se moviliza para continuar en funcionamiento a pesar del riesgo epidemiológico.

La candidatura de Lula se presenta en este contexto como salvación. Los años felices del lulismo, en que Brasil vivió una explosión de consumo que se presentó como entrada de 40 millones de ciudadanos pobres a la clase media, aparece ahora como retórica de la salvación ante el desgobierno de Bolsonaro. El fortalecimiento de la polarización favorecería a los dos campos. El bien contra el mal, para el lulismo, en un debate político alejado de la realidad neoliberal de trabajo precario y falta de alternativas. La vuelta de la corrupción y el riesgo del comunismo, para los antipetistas, en un debate que escapa al día a día para orbitar en la esfera de la comunicación política como falsa totalidad. ¿Nace la retórica del “Lula vuelve”?

Ecuador: la retórica de la traición

Habiendo llegado al gobierno Rafael Correa en 2007, reformando la Constitución al año siguiente y asumiendo parte de la agenda sindical (por ejemplo, reduciendo significativamente el nivel de tercerización), de los Derechos Humanos (abriendo comisiones de investigación de los crímenes dictatoriales), avanzado en la participación estatal en la renta petrolera (el sector más rentable de la economía ecuatoriana), planteando la necesidad de estabilizar la balanza comercial y evitar la salida de dólares (en un país cuya economía está literalmente dolarizada), no se logró alterar la matriz productiva y distributiva. Incluso Ecuador fue uno de los pocos países que avanzó en la tarea de investigar su deuda externa, para lo que contrató a Alejandro Olmos Gaona (hijo), argentino desoído en su país, y dictaminando la ilegitimidad de una parte importante de ésta, aunque luego no profundizando el diagnóstico con medidas acorde.

Entre 2014 y 2015 tuvo lugar una crisis asociada al precio del petróleo y la valorización del dólar (dos elementos estructurales en la economía ecuatoriana), que mostró la fragilidad del esquema económico y social del país. Fue el momento del ajuste: eliminación del aporte estatal obligatorio al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, supresión parcial a los subsidios a los combustibles, eliminación de subsidios al transporte a nivel nacional, etc., trasladando, en todos los casos, los costos a una población cuyos ingresos disminuían como parte del achicamiento del PIB. La crisis política y económica coincidió con una actitud defensiva del gobierno que, en lugar de rearmar sus alianzas o fomentar nuevos apoyos por abajo, se cerró y, más allá del anticorreismo reaccionario, fue acusado de utilizar al poder judicial para disciplinar a opositores políticos y militantes sociales (no solo en los niveles más bajos del poder judicial, sino con un Tribunal Supremo adicto).

Con ocho años en el gobierno y una crisis que tomó la calle por escenario, el 3 de diciembre de 2015 el gobierno envió una enmienda constitucional que dota a las fuerzas armadas de competencias en materia de seguridad interior. Este gesto formal coincidió con hechos de represión concreta ante consecuentes levantamientos indígenas que se desarrollaron desde entonces hasta el momento de las elecciones en 2017. Particularmente en las provincias de Amazonia y la Sierra, la represión era seguida de allanamientos, persecución judicial, detenciones arbitrarias (con cargos típicos de una enunciación derechista: terrorismo, sabotaje, resistencia a la autoridad, etc.). Según Decio Machado, la represión y la criminalización de la protesta se remontan incluso a los inicios del gobierno de Correa, pero fue en el período de crisis que alcanzó una escala callejera significativa y hasta cierta sistematicidad.

Los asesinatos de José Tendetza, Fredy Taish y Bosco Wisuma, referentes opositores al modelo extractivista cortaron definitivamente amarras entre el gobierno y las bases indígenas. Así como en el proceso electoral posterior el correísmo fue acusado de traicionar en buena medida a sus bases, tras su victoria electoral en ballotage, producto de una sobreactuada polarización con el empresario derechista Lasso, el vicepresidente de Correa, Lenin Moreno, se encargó de “traicionar” lo que quedaba.

Tal vez, más allá de la orientación de sus políticas de ajuste, el mayor pecado para cierta militancia consistió en traicionar el plano del lenguaje mismo, teniendo en cuenta la importancia que los gobiernos progresistas de la región le dieron al discurso y las consignas. Lo cierto es que la traición de Lenin Moreno demostró que ni el gobierno de Correa se encontraba en su momento más dinámico (todo lo contrario), ni fue necesario un golpe palaciego o militar para derrocarlo, sino que bastó un simple gesto en el interior mismo de la lógica representativa. Es esa misma lógica representativa la que muestra a un referente del movimiento indígena como Yaku Pérez apoyando, primero a Lasso en las elecciones de 2017 (“prefiero un banquero a un dictador”) y luego algunas de las políticas neoliberales del gobierno de Lenin Moreno.

El correísmo entregó parte de sus bases posibles a la derecha. Tal vez se trate de un costo propio del llamado neo desarrollismo o de un estilo de gobierno poco afecto a las transversalidades políticas... o un simple efecto de la decadencia de la representación política. Lo cierto es que las protestas de septiembre y octubre de 2019 contra las medidas del ya terminado gobierno de Lenin Moreno revitalizaron la militancia indigenista, pero las elecciones de 2021 parecían devolver el juego al campo de las declaraciones y la maquinaria electoral pone a prueba su capacidad de simplificar la complejidad social con el efecto polarizador del ballotage. El candidato indígena buscaría encontrar un tercer lugar señalando los límites del correísmo y reiterando la distancia con la derecha tradicional, pero a pesar de la alta votación para el movimiento Pachakutik por parte de las bases de las organizaciones indígenas, el escenario tripartito sería desalentador, teniendo en cuenta las posiciones irreductibles entre Pérez y el correísmo y una posibilidad de Lasso de arrastrar a la oposición mayoritaria bloqueando la impugnación franca a las políticas de Moreno, más allá de la retórica de la traición. Por un lado, es cierto que su buena elección remite a la revuelta de 2019 pero, como dice Raúl Zibechi “las insurrecciones no caben en las urnas” y la notable elección de Yaku Pérez Guartambel no es suficiente ni siquiera sumada al voto “anti neoliebral”, que es mayoría absoluta en los curules parlamentarios, para avanzar de hecho contra el neoliberalismo devenido refeudalización corporativista y el extractivismo.

¿La ubicación de Pérez en el mapa es similar a la que ostentó en Brasil Marina Silva? Con todo el cuidado de la traspolación, es menester dar cuenta de lo que se mueve, ambivalente, por abajo y alcanza umbrales nada despreciables también en la lógica electoral. Lo que parece ser clave, pasando el tiempo electoral, es entender los matices, diferencias y convergencias de las distintas líneas del movimiento indígena que se unificaron a la hora de defender el voto y expresan un mundo político que se abre cuando el correísmo y la derecha financiera quedan atrás.

Bolivia: la retórica del golpe 2

La caída de Evo Morales en Bolivia suscitó un áspero debate que tuvo lugar especialmente fuera del país. Las izquierdas regionales e incluso a nivel mundial cerraron filas con la defensa de Evo Morales, lo que significaba sumarse a la campaña contra lo que fue considerado un golpe militar. Presidentes como López Obrador y Alberto Fernández se sumaron personalmente a la campaña, al punto que el presidente argentino hizo del acompañamiento a Evo en su exilio primero y en su posterior vuelta a Bolivia una cuestión de Estado.

Dentro de Bolivia hubo movilizaciones de sectores del MAS, especialmente en El Alto y Cochabamba, bastión cocalero. Enfrentaron la represión, con asesinatos en Sacaba y Senkata a manos del ejército, que obtuvo con el nuevo gobierno garantías para reprimir que Evo Morales no había otorgado –por ejemplo, para contener la crisis desatada por movilizaciones posteriores a la elección de octubre de 2019. Como ocurrió en Brasil, sin embargo, después de la renuncia y salida del país de Evo Morales la política no se dirimiría con movilizaciones masivas ni una resistencia decisiva contra el golpe, sino con comunicación política: “golpe”, “dictadura”, de un lado; “gobierno corrupto” y “fraude”, del otro.

Dentro de Bolivia, los propios legisladores del MAS apoyaron y dieron legitimidad al nuevo gobierno, formado ante un vacío de poder y la renuncia de la línea de sucesión presidencial detallada en la Constitución, con Jeanine Áñez asumiendo la presidencia aduciendo su carácter de máxima autoridad del Senado. Asumió por votación simple ante la ausencia de mayoría, controlada por el MAS. Pero días después, incluso movimientos sociales se sentarían con la nueva presidenta, y en el Congreso la mayoría optaría por reconocerla, aceptando la renuncia de Evo Morales y su vicepresidente, no dejando que la controversia activa en el plano de la comunicación política llegara a las instituciones (5).

Mientras tanto, la izquierda latinoamericana se orientaba a denunciar el golpe en Bolivia, haciendo resonar las imágenes cruentas con la memoria de las dictaduras militares. En el país no sería esa la resonancia principal, y se producían jornadas de movilización contra el denunciado fraude, que ponían un manto de duda sobre una elección que ya antes de ocurrir estaba deslegitimada por contradecir la Constitución promulgada por el propio Morales en 2009 (más de una reelección estaba expresamente prohibida).

En 2016, Evo Morales llevó adelante un referéndum para cambiar este punto del texto constitucional, pero perdió en las urnas. La salida de Evo Morales fue vivida por muchos como la caída de alguien que se postuló contra el mandato de un referéndum popular (lo hizo gracias al fallo de un poder judicial presionado políticamente), y en el contexto de movilizaciones sociales que no pueden reducirse a la derecha o la clase media y alta opositora. Hubo jóvenes de todo el país y, antes que los militares recomendaran la renuncia, la propia Central Obrera Boliviana, aliada política del MAS y otros sectores sociales habían solicitado eso mismo (6).

La relación del MAS con las Fuerzas Armadas merece un capítulo aparte, con contradicciones, compra de lealtades y una relación afianzada que en el momento de las definiciones se quebró. Algo parecido puede decirse de la relación con la OEA. Luis Almagro se manifestó favorablemente a la candidatura de Evo Morales, ganando el desafecto de la oposición. Se desató una crisis por las movilizaciones masivas que denunciaban fraude, después de haberse interrumpido el conteo televisado de votos y retomado con un cambio pronunciado de tendencia que declararía a Evo Morales electo en primera vuelta. En ese momento fue el propio Evo Morales quien convocó una auditoria de la OEA, dándole un papel de juez en el proceso. La OEA recomendó la realización de nuevas elecciones, por irregularidades. El mandatario aceptó el desafío, pero horas después presentaría la renuncia.

En Bolivia, la retórica del golpe tuvo como fuente principal una posición partidaria asociada al evismo. En cambio, personalidades como el actual vicepresidente electo, David Choquehuanca y otros funcionarios no se refieren a un “golpe” y no hubo una ruptura del orden constitucional con los efectos conocidos en dictaduras convencionales. Los de octubre y noviembre de 2019 fueron acontecimientos de alta complejidad política que se mantendrán abiertos a interpretación y disputa de narrativas.

El gobierno de Jeanine Áñez, que asumió con la promesa de llamar elecciones y practicó una política represiva y racista, terminó postergando la convocatoria con el argumento de las condiciones sanitarias de la pandemia. Su gobierno inició juicios anticorrupción y buscó derrotar al MAS, de facto, desde el gobierno. No lo consiguió. Como es sabido, en octubre de 2020 el MAS volvió al poder con Evo Morales fuera de la disputa (se adujeron motivos burocráticos de falta de residencia para no habilitar su candidatura al senado). La solución que encontró el MAS fue una fórmula con un vicepresidente indígena crítico, que había sido el candidato elegido por las bases (e impugnado desde Buenos Aires por Evo Morales) y un candidato propio de perfil moderado y “técnico”, para la presidencia (7).

Las bolivianas y bolivianos parecen haber dado un mensaje también complejo. Quizás algo pragmático, pero alejado de la mística militante del MAS y, especialmente, de las voces latinoamericanas de opinión a la distancia. El resultado de la elección de octubre de 2020 muestra conformidad con la continuidad el MAS, pero sin clamor por la vuelta de Evo; también el fin de la reelección parece acomodarse al sentir popular. Evo Morales perdió la presidencia, pero también ganó, con su partido nuevamente en el poder y su influencia eligiendo a dedo muchos otros candidatos a gobernadores o alcaldes, en no pocos casos en contra de lo que las bases proponían.

En una lectura de mediano plazo, sin embargo, se percibe el fin de ciclo y un cambio político notable, desde aquella victoria de 2005, como expresión del ascenso de las movilizaciones que se iniciaron en el año 2000, expresadas también en su ratificación en el referéndum revocatorio de 2008. Posteriormente, se volvió preponderante el discurso desarrollista y nacionalista, buscando seducir a las clases medias, que llevó nuevamente al MAS a la presidencia en 2009 y en 2015, ya con un Estado Plurinacional Comunitario constituido, pero sin que la política del MAS buscara avanzar en la implementación de los puntos contenidos en ella –lo que podría haber significado un conflicto real con el poder tradicional e económico.

Un gobierno del MAS que también reprimió las marchas en defensa del TIPNIS (8), que incluso buscaría intervenir, comprar o partir organizaciones históricas de los pueblos indígenas, y que a pesar de los números macroeconómicos favorables empezaría a sufrir un cuestionamiento en las urnas y en las calles.

En ese sentido, Eva Copa representa una nueva generación de líderes. Alteña, se convirtió en presidenta del Senado representando al MAS después de la caída de Evo Morales. En 2021, luego de ser elegida candidata por las bases en la ciudad del Alto fue rechazada por las autoridades partidarias, que forzaron su salida del partido. Ahora se impuso como alcaldesa con amplia votación en la ciudad que protagonizó la guerra del gas en 2003, e incluso fue palco de las muertes en la tranca de Senkata, poco después de asumida Áñez, por represión militar cerca de una planta de gas.

Por otra parte, se mostraba favorito en las encuestas para la gobernación de La Paz el líder indígena Felipe Quispe Huanca, que protagonizó los bloqueos y resistencia anti neoliberal con un fuerte planteamiento anticolonial y de autodeterminación aymara, y que falleció poco antes del pleito electoral, teniendo a su hijo como heredero político que disputará todavía la segunda vuelta para el mismo cargo (9). El fin de ciclo boliviano parece abrir nuevas posibilidades con y sin el MAS, dentro del MAS y con un posible nuevo MAS, como parte de una transversalidad política y social más afín a la complejidad de la hora.

Argentina: la retórica del mal menor

El gobierno de Cristina Fernández fue convalidado como parte de un proceso de recuperación de índices macroeconómicos, laborales y sociales. En ese momento, en pleno reencantamiento popular (y de sectores medios) con un nuevo auge del consumo, sonaba la candidatura de Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, hasta que tras la muerte de Néstor Kirchner la imagen de Cristina repuntó y sus dotes como cuadro político terminaron de posicionarla.

La elección de 2011 determinó su victoria por el 54% de los votos, quedando en segundo lugar con aproximadamente 17% el Frente Amplio Progresista encabezado por el Socialismo santafecino. ¿Cómo es que solo cuatro años después la derecha más rancia, encabezada por la figura de Mauricio Macri, se quedó con el 51% de los votos en ballotage ante la más conservadora de las opciones del hasta entonces oficialismo, el antes postergado Scioli? De algún modo se puede decir que en 2011 no solo el gobierno ganó una elección, sino que el plano electoral ganó lugar en relación a otras dimensiones de la construcción política.

Así, el gobierno se autonomizó definitivamente de la trama que incluía movimientos sociales y actores diversos en condiciones de discutir transformaciones, haciendo de ese modo a un lado al elemento crítico que podía albergar su base de sustentación. Liberó la fuerza del número (más de la mitad de los votantes) de rendiciones de cuenta, poniendo en riesgo la fuente misma de legitimación política, en un derrotero que la propia presidenta reelecta abrió con el eufemismo “sintonía fina”.

El período de 12 años de gobierno kirchnerista se caracterizó por su heterogeneidad, tanto a nivel de las condiciones externas, como del plan económico, la construcción política hacia adentro e incluso la seguridad interior. En el último tramo, disminuía significativamente el ingreso de divisas, con consecuencias graves en la generación de empleo (se amesetó definitivamente el empleo privado, tanto como el surgimiento de nuevos pequeños agentes económicos); por otra parte, aumentaba la preocupación del gobierno por la conflictividad social: el plan “Cinturón sur” desplegó a la Gendarmería en los barrios populares, villas y asentamientos, hizo su aparición en escena el punitivista e inefable secretario seguridad Berni, se reformó la Ley Antiterrorista con endurecimiento de penas, en tándem con la existencia – hacía ya unos años– del Proyecto X (que espiaba y operaba militantes). El rumbo extractivista siguió cumpliendo etapas, con la instalación de una planta de Monsanto en la localidad de Malvinas Argentinas en Córdoba (resistida por movimientos territoriales), los subsidios a grandes empresas superaron las inversiones en vivienda y programas sociales, el aumento del pan en 2013 dejó ver, una vez más, los entretelones de la concentración económica en  rubros sensibles como la alimentación, y se votaron leyes casi anacrónicamente noventistas como la de ART y la baja de los aportes patronales.

La devaluación de enero de 2014, del 16% en solo tres días, seguida de un ajuste a los consumidores vía quita de subsidios a servicios básicos, repercutió en el poder adquisitivo de la clase trabajadora formal, informal y de las economías populares. El intento del gobierno por volver a los mercados internacionales de manera oficial lo encontró condescendiente con el CIADI y pagando punitorios al Club de París. El 70 % de los jubilados ganaban la mínima (muchos de ellos se habían beneficiado por el reconocimiento por primera vez de su jubilación) cuando el defensor de la tercera edad reconoció que justamente ellos venían perdiendo capacidad de compra de lo mínimo necesario para sostenerse cotidianamente. La ley de Hidrocarburos y el acuerdo secreto con Chevron entregaron soberanía por la necesidad de financiamiento en el cortísimo plazo, mientras que ahí donde se había recuperado terreno con la estatización parcial de una mermada YPF (que representaba el 34% del sector hidrocarburífero), se contrató a un CEO para aplicar una política de ingresos vía aumento de combustibles y usar a la empresa como boca de endeudamiento externo.

Cuando marcamos la pérdida de protagonismo y dinamismo social justo en el tiempo posterior a una victoria electoral de tal contundencia, nos preguntamos si se perdió de vista la propia génesis de la impugnación al neoliberalismo que había tenido lugar en 2001 y la composición social heterogénea que luego funcionó como base de sustentación. En cambio, notamos que el triunfalismo de los actos y enunciados oficialistas funcionaron como contracara y espejo de la animosidad y las operaciones de medios y sectores opositores. Los vectores más dramáticos en términos de antagonismos territoriales y económicos concretos, permanecían inalterables. Pablo Hupert escribía, en ese sentido: “En cuanto a los antikirchneristas, mantienen con los kirchneristas un consenso de fondo en el modelo de acumulación de capital (extractivismo rural, hidrocarburífero, minero y urbano, devastación del medio ambiente, concentración y extranjerización de la economía, precariedad laboral, mercantilización general de la vida).” (10)

La figura de Scioli, candidato elegido sin internas ni mayores discusiones por Cristina Fernández, dio cuenta de las líneas generales del último tramo del oficialismo y de un sobreentendido preocupante que recuerda al caso brasilero: “si va a haber ajuste, mejor hacerlo nosotros”. Más allá del tratamiento bien conservador en materia de seguridad que el gobierno de Scioli llevaba adelante en la provincia de Buenos Aires, del crecimiento exponencial de los countries durante sus dos mandatos consecutivos, de su pasado de fidelidad al menemismo hasta último momento, entre otras cualidades, el dato de la construcción de su candidatura había que buscarlo en su propuesta económica. Sus asesores, fundamentalmente Miguel Bein –a quien llevó a más de una entrevista televisiva en el prime time para que respondiera por él asuntos claves de la economía–, no dejaban dudas acerca de la “necesidad” de un ajuste y pretendían diferenciarse de sus adversarios electorales en dos puntos: el ajuste debía ser gradual y el actor principal no sería el mercado financiero, sino la oligarquía industrial. En definitiva, el “fin de ciclo” en Argentina estuvo dominado por un consenso no siempre explicitado en torno a la necesidad de un ajuste según dos matices: gradualismo o shock. ¿El gobierno de Alberto Fernández es la sobrevida? ¿Se trata de un progresismo post mortem bajo la máscara de un “progresismo liberal” que se sostiene en la apuesta extractivista, la ambigüedad discursiva, el mantenimiento del ala conservadora en la disputa por la tierra (Berni exaltando la represión en la toma de Guernica)?

Conclusiones abiertas

Cuando hablamos de “fin de ciclo” progresista, no nos referimos a una coyuntura electoral. Es cierto que se pone de manifiesto una debilidad cuando una figura anti popular como Mauricio Macri destrona al kirchnerismo, o en la reducción de la presencia en gobiernos municipales del PT de 600 a solo algo más de 100 municipios, de los cinco mil en todo Brasil. Pero la derecha tampoco logra consolidar una hegemonía política como fue la del progresismo (excepto en Colombia de forma estable y en Perú con inestabilidad y recambio). En Chile, tras el estallido iniciado en octubre de 2019 y la convocatoria de una convención constituyente, es muy probable que el progresismo se imponga como lo hizo en Bolivia y Argentina, mostrando más bien un péndulo inestable de transición, donde también la extrema derecha y las nuevas izquierdas se suman a la disputa, siguiendo los pasos de algunos países europeos. Más allá de lo electoral, entonces, el fin de ciclo es vivido por los más identificados desde cierto endurecimiento interno o incluso ensimismamiento. Aumenta la mistificación mientras disminuye la capacidad de movilización, se interrumpe la continuidad con las luchas que llevaron a los gobiernos de raíz popular al Estado. A su vez, se consolida la perspectiva estatal tendiente a la criminalización de las protestas, políticas de austeridad más y menos disimuladas y, fundamentalmente, una ambigüedad que queda cada vez más lejos de los movimientos y experiencias alternativas.

El dirigente social argentino Juan Grabois desafió al Frente de Todos (al que pertenece) al insistir en que la cautela supuestamente estratégica del gobierno podría terminar alejándolo de sus bases. Pero se excede (reincide) en confianza a los liderazgos cuando sostiene que hace falta una dirigencia “que tenga el coraje, la inteligencia y la planificación para lograr cambiar la estructura absolutamente regresiva, degradatoria, primarizante, colonial que tiene la Argentina...”. En buena medida, los movimientos sociales reproducen las dificultades que se observan a nivel de los gobiernos y su pérdida de dinamismo explica también el alcance limitado de una red de espacios (nada limitada de antemano), a la hora de alterar las condiciones macroeconómicas y las características del Estado mismo –que Grabois reconoce como un Estado neoliberal ocupado circunstancialmente por gobiernos populares o progresistas.

En el caso de Chile, los límites para el cambio estructural ya se encuentran interiorizados en las limitaciones que el poder político (conservador o progresista) impuso en acuerdo político de cúpulas mientras las calles ardían en una histórica movilización social, para definir las reglas de funcionamiento del foro en vistas a la Constituyente. Como ocurrió en Bolivia, el poder constituyente surge limitado (constituido) por la necesidad de aprobación por dos tercios, que políticamente garantiza poder de veto a las fuerzas políticas tradicionales –finalmente, intérpretes en última instancia de los mensajes de las calles. Quizás sea ilustrativa la “funa” (escrache) que encontraría a fines de 2019 Gabriel Boric, ex líder estudiantil de las protestas de 2001 y creador del Frente Amplio, por su participación en el acuerdo con el gobierno y otros sectores políticos, accediendo a sellar el acuerdo para encaminar la Constituyente con el gobierno y también la ex Concertación, fuerza cuya derrota fue la condición que lo había transformado en líder político con el mote de “nueva política”.

La figura de la “correlación de fuerzas” se utiliza de manera abstracta y amañada. Últimamente, la militancia partidaria, sindical y social, en el momento mismo en que se refiere a las relaciones de fuerza no se asume como parte de esa relación. Frase de mago, abracadabra que, al pronunciarse, nos paraliza. Le pone nombre, justificándola, a la desmovilización social. ¿Dónde quedan nuestras fuerzas entonces? ¿De qué modo hacemos parte en situaciones concretas de esa relación? Se da por concluida de antemano una relación que, por definición, no está cerrada; se piensa como gesto estratégico la repetición de lo mismo, como si las estrategias no fueran también parte de un campo en disputa dependiente de las condiciones que, justamente, no son una repetición de lo mismo. ¿Y si no es un problema de “gran estrategia” voluntarista o sacrificial, sino de tacticismo radical y alegre? De hecho, hay fuerzas de distinta índole, no sólo desde el punto de vista cuantitativo, sino en el plano de la imaginación política, de las transformaciones a nivel de los vínculos dentro y fuera de las organizaciones, en el seno de complicidades transversales, tácticas de guerrilla o formatos de unidad de acción. La imaginación no es una abstracción o una utopía perdida por lejana, sino una fuerza que abre posibles.

¿Cuáles fueron los límites de los aspectos dinámicos de esos procesos se cerraron o viven aun a costa de su fin de ciclo? Pensamos en, al menos, dos niveles: la relación de los movimientos, los sectores populares, las denominadas bases y organizaciones con los gobiernos propiamente dichos, por un lado, y las medidas concretas, entre rupturas y continuidades con los regímenes previos (la vigencia del neoliberalismo, de las oligarquías, etc.). Este último punto relativiza las acusaciones de claudicación, de traición o de giros conservadores de los gobiernos, en tanto ya estaban escritos en la matriz de relación entre éstos y la dinámica de los movimientos. Incluso, ¿hasta qué punto, parte de los movimientos y de la militancia de base se perciben y piensan a sí mismos de entrada identificados con el realismo del poder? El realismo político que transforma un análisis automático de la correlación de fuerzas en una excusa para no repensar las relaciones del dinamismo social con los formatos de poder existente, opaca toda imaginación política con su velo indolente.

Por nuestra parte, el diagnóstico y las preguntas que nos propusimos no surgen de una mirada exterior a los deseos de transformación de las relaciones de desigualdad y destrucción del medio vigentes, ni de una inmaculada concepción de izquierdas, sino de un realismo doloroso (11) que no está dispuesto al silencio público de las diferencias, ni al razonamiento extorsivo cuya única razón de ser son los poderes que se tiene en frente. Nos permitimos sospechar del sobredimensionamiento jactancioso y en bloque del enemigo, gesto correlativo de una victimización también excesiva respecto de las potencialidades propias y vitalidades inesperadas. Apostamos, más bien, a un realismo de la potencia que ponga de relieve las expresiones de dinamismo encarnadas por actores y formas de relación y organización existentes, para una imaginación política capaz de actuar, de intervenir en nuestras condiciones, con todo el barro que la historia disponga. Desde la marea de feminismos hasta las luchas ambientalistas, los espacios de contracultura, las experiencias de economías solidarias y populares, hasta las resonancias entre un buen vivir contemporáneo y la vigencia comunitaria de los pueblos indígenas, pasando por las revueltas estudiantiles, los nuevos modos de agrupación y democracia gremial o de lucha de trabajadores autónomos y precarios por fuera de las estructuras que ya no los contemplan ni representan, y el activismo informático… la fenomenología del dinamismo político es muy vasta y no lo es menos la potencialidad de articulaciones e interfaces capaces de la necesaria transversalidad a la hora de contrapesar e incluso superar las asimetrías concretas que conforman la actual correlación de fuerzas, es decir, la trama que define cuánto podemos.

Es clave atender e investigar lo que hay de vivo por abajo y por los costados, así como propusimos repasarlo comparativamente en la historia insurreccional latinoamericana del último tramo del siglo XX. ¿Qué pasa hoy con los enjambres de repartidores y trabajadores logísticos por aplicaciones que bien podrían parar las ciudades? ¿Qué lugar tiene en algunos países la construcción comunitaria indígena por fuera de las ciudades, o enhebrando campo y ciudad? La movilización de los pobres por el auxilio económico o renta universal en Brasil reorientó los recursos del Estado; las tomas de tierras con grados cada vez más altos y sofisticados de organización y enunciación en Argentina dejan ver un deseo de vivir bien sin temor a la confrontación. Algo se mueve por fuera de lo posible, ¿algo imposible? Entre la máquina neoliberal y su “There is no alternative” implícito –o incluso fracasado neoliberalismo devenido refeudalización corporativista– y el posibilismo progresista, suerte de liberalismo sensiblero, izquierda que ladra, pero no muerde; es decir, entre el realismo de la impotencia y el realismo político, se cuela una potencia que busca su propia realidad.

Ariel Pennisi

@ArielPennisi1

Salvador Schavelzon

@schavelzon

2 abr 2021 05:56

Publicado enPolítica
La pandemia desde América Latina Nueve tesis para un balance provisorio

El balance, aún provisorio, de lo ocurrido en América Latina en tiempos de covid-19 deja un gusto amargo y una sensación ambivalente. La pandemia colocó en el centro cuestiones antes periféricas, pero las reacciones son todavía débiles para enfrentar la necesidad de cambios profundos derivada de la crisis socioecológica. Si no quiere ser hablada desde el Norte, América Latina debe ser parte de las grandes discusiones globales.

 

2020 no será un año para el olvido. Disruptivo y devastador como pocos, deja enormes heridas sin restañar en nuestros cuerpos, en nuestras subjetividades y memorias. Y aunque algunos esperan un 2021 más tranquilizador, nadie puede en rigor asegurar que lo que se abrió en este inicio de década con la pandemia de covid-19 vaya a cerrarse con una o más vacunas milagrosas. La dinámica desencadenada nos advierte sobre los contornos de una configuración civilizatoria cuyas características globales, regionales y nacionales todavía no están del todo definidas, pero cuyos ejes y puntos de referencia pueden vislumbrarse. Sobre algunos de ellos me gustaría reflexionar en este artículo, dividido en nueve «tesis».

  1. La pandemia colocó en el centro aquello que estaba en la periferia: visibilizó el vínculo entre desigualdades sociales y dueñidad, así como la relación entre zoonosis, pandemia y crisis socioecológica.

La pandemia de covid-19 colocó en el centro de la escena problemáticas que antes estaban en la periferia, minimizadas o invisibilizadas. Por un lado, puso al desnudo las desigualdades sociales, económicas, étnicas y regionales y los altos niveles de concentración de la riqueza, haciéndolos más insoportables que nunca. Tras varias décadas de neoliberalismo, evidenció el retroceso de los servicios básicos, en relación no solo con la salud sino también con la educación (la brecha digital), en el acceso a la vivienda y la degradación del hábitat. La diseminación del virus mostró el fracaso de un modelo de globalización neoliberal consolidado en los últimos 30 años al calor de la Organización Mundial del Comercio (omc), lo cual no quiere decir que el neoliberalismo esté muerto o agónico; lejos de ello. La crisis desatada por la pandemia exacerbó las desigualdades extremas en todos los niveles. A escala latinoamericana, según un informe de Oxfam, las elites económicas y los superricos ampliaron su patrimonio en 48.200 millones de dólares, 17% más que antes de la aparición del covid- 19, mientras que la recesión económica provocaría que 52 millones de personas caigan en la pobreza y más de 40 millones pierdan sus empleos, impulsando un retroceso de 15 años para la región1. El virus mostró hasta qué punto estamos frente a un mundo de dueños, pues como sostenía la antropóloga Rita Segato ya antes de la pandemia, la palabra desigualdad no alcanza para graficar tamaña obscenidad: «Este es un mundo marcado por la dueñidad o el señorío»2.

En segundo lugar, la pandemia visibilizó el vínculo estrecho entre crisis socioecológica, modelos de maldesarrollo y salud humana. Hasta marzo de 2020, el término «zoonosis» no formaba parte de nuestro lenguaje y quizá para algunos todavía sea un concepto algo técnico o lejano, pero es la clave para entender el detrás de escena de la pandemia. Detrás del covid-19 se halla la problemática de la deforestación, esto es, la destrucción de ecosistemas que expulsa a animales silvestres de sus entornos naturales y libera virus zoonóticos que estuvieron aislados durante milenios, poniéndolos en contacto con otros animales y humanos en entornos urbanizados y posibilitando así el salto interespecie. Claro que el covid-19 no es el primer virus zoonótico que conocemos; ya hubo otros, incluso más letales (el ébola, el sars, la gripe porcina y aviar, el hiv)3. Y aunque el virus se manifestó primero en China, esto podría haber sucedido en cualquier otra región del planeta, porque lo que está en su base es un modelo productivo global enfocado en la alta productividad y en la maximización del beneficio económico, construido por las grandes firmas corporativas, que se acompaña con una degradación de todos los ecosistemas: expansión de monocultivos que conllevan la aniquilación de la biodiversidad, sobreexplotación de bienes naturales, contaminación por fertilizantes y pesticidas, desmonte y deforestación; acaparamiento de tierras, expansión de modelos alimentarios basados en la cría de animales a gran escala, entre otros.

Así, el elemento revelador es que el avance del capitalismo sobre los territorios tiene la capacidad de liberar una gran cantidad de virus zoonóticos, altamente contagiosos, que mutan con rapidez y para los cuales no tenemos cura. En suma, la pandemia mostró hasta qué punto hablar de «Antropoceno» o «Capitaloceno» no es solo una cuestión de cambio climático y calentamiento global, sino también de globalización y modelos de maldesarrollo. Resaltan así otros aspectos de la emergencia climática, no vinculados exclusivamente con el incremento en el uso de combustibles fósiles, sino también con los cambios en el uso de la tierra, la deforestación y la expansión de la ganadería intensiva, todas ellas fuentes de potenciales pandemias.

  1. Las metáforas y conceptos que fuimos utilizando para tratar de captar y analizar la pandemia deben ser entendidos en un sentido dinámico. Hemos pasado de la metáfora del «portal» a la del «colapso», conservando en el centro del lenguaje político la metáfora bélica.

La activación del freno de emergencia como producto de la crítica situación sanitaria generó una crisis extraordinaria, de enormes consecuencias sociales, económicas y políticas. Desde el comienzo, la metáfora bélica, esto es, la alusión a la guerra contra el virus, recorrió el lenguaje político hegemónico. Desde mi perspectiva, su uso tiende a concentrarse en el síntoma y a desdibujar y ocultar las causas estructurales, más allá de que apunta a lograr la cohesión social frente al daño, de cara a un enemigo «invisible» y «desconocido». No voy a abundar en esto, pero vale la pena poner de relieve la persistencia de esta metáfora, pese a la información que circula sobre las causas de la pandemia4.

En realidad, me interesa volver sobre otras dos metáforas utilizadas: la del portal y la del colapso. Efectivamente, la crisis extraordinaria producida por el covid-19 abrió a demandas ambivalentes y contradictorias entre sí. Por un lado, demandas de transformación, de solidaridad y de cambio; por otro, demandas de orden y de retorno a la «normalidad». Así, la crisis extraordinaria nos instaló en un «portal», entendido como un umbral de pasaje, que produjo la desnaturalización de aquello que teníamos naturalizado. Como subrayó la poeta india Arundhati Roy en un notable artículo, nos invade el sentimiento de que dejamos un mundo atrás, la sensación de abrirnos a un mundo otro, diferente e incierto5. Pero la metáfora del portal también aludía a una encrucijada: o bien la crisis abría a la posibilidad de abordar todos aquellos debates civilizatorios que hasta ayer estaban en la periferia, tales como la dueñidad y la crisis socioecológica; o bien la humanidad consolidaba la ruta del capitalismo del caos, acelerando el colapso sistémico, con más autoritarismo, más xenofobia, más desigualdades, más devastación ecológica. 

En suma, la metáfora del portal no tenía nada que ver con la posibilidad de un mundo reseteado, tarea imposible y descabellada. Más bien conllevaba una doble dimensión, pues si bien en un primer momento abría a un proceso de liberación cognitiva, que impulsaba la necesidad de concebir transformaciones mayores (la crisis como una oportunidad), también nos advertía sobre el peligro de clausura cognitiva, a través del repliegue insolidario y el afianzamiento de las desigualdades. Como recordaba la periodista y escritora Naomi Klein, la crisis podía ser una nueva oportunidad para repetir la fórmula del capitalismo del desastre o la «doctrina del shock», que define como

la estrategia política de utilizar las crisis a gran escala para impulsar políticas que sistemáticamente profundizan la desigualdad, enriquecen a las elites y debilitan a todos los demás. En momentos de crisis, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir a esa crisis, sea cual fuere, y tiende a confiar demasiado en quienes están en el poder.6

A nueve meses de declarada la pandemia, la sugestiva y potente metáfora del portal cayó en desuso y lo que se vislumbra bajo el nombre de «nueva normalidad» se parece más a un empeoramiento y exacerbación de las condiciones existentes –sociales y ecológicas–, algo que la figura del «colapso» sintetiza de un modo a la vez unívoco y pluridimensional. El colapso no es solo ecológico, como vienen anunciando tantos estudios científicos sobre la emergencia climática, sino también sistémico y global. Su tránsito involucraría diferentes niveles (ecológico, económico, social, político), así como distintos grados (no tiene por qué ser total) y diferencias geopolíticas, regionales, sociales y étnicas (no todos sufrirán el colapso de la misma manera)7. En fin, el ingreso en la era del colapso alienta diferentes visiones: en lo empírico, estamos ante la proliferación de imágenes catastrofistas y distópicas sobre el futuro, muchas de ellas desprovistas de un lenguaje político (o abiertamente antipolíticas), que aluden a la extinción y al caos; por otro lado, en cuanto a lo teórico y ensayístico, pareciera dar lugar a una nueva disciplina científica, hoy en ciernes, la «colapsología», creada por los franceses Pablo Servigne y Raphaël Stevens, que apunta a reflexionar sobre el finde un mundo, este que conocemos, y propone discutir elementos y políticas para poner en marcha para atravesarlo «lo más humanamente posible»8.

  1. La pandemia puso en cuestión el multilateralismo y los liderazgos mundiales por la vía del repliegue a las agendas nacionales, frente a la escasez de estrategias cooperativas e internacionalistas.

Desde marzo de 2020, suele afirmarse que asistimos a un retorno o relegitimación de un Estado fuerte. Sin embargo, el retorno de los Estados es también expresión de un repliegue hacia las agendas nacionales. En el marco de la pandemia, cada país ha venido haciendo su juego, mostrando con ello la variabilidad de las estrategias sanitarias y políticas disponibles. A escala nacional, el repliegue ilustró una conjunción paradójica, que combina el decisionismo hipermoderno (la concentración de las decisiones en el Poder Ejecutivo y la ampliación del control sobre la ciudadanía de la mano de las tecnologías digitales) con un fuerte proceso de fragmentación local (el cierre de las ciudades, provincias y Estados, a la manera del modelo de las aldeas medievales).

No hubo respuestas globales ante la emergencia de la pandemia sino una mayor fragmentación y escasa cooperación a escala internacional, algo que afectó incluso a la Unión Europea, acentuando –al decir de muchos– la pérdida de confianza en la integración. De la mano de Donald Trump, Estados Unidos renunció al rol de líder mundial sin que esto significara una mejor gestión de la pandemia en el ámbito nacional. Hacia afuera, esto se expresó en un incremento de la tensión geopolítica con China, así como con organismos multilaterales como la Organización Mundial de la Salud (oms); hacia adentro, en el enfrentamiento de Trump con los gobernadores de los diferentes estados. Por su parte, al inicio de la pandemia, China realizó una serie de vuelos para asistir sanitariamente a diferentes países (entre ellos, varios latinoamericanos). Hacia adentro, casi todos los países del globo sufrieron procesos de militarización que repercutieron muy especialmente sobre las poblaciones más vulnerables, en particular en América Latina (donde los controles son menos de orden digital y mucho más de orden físico y territorial); esto tuvo su agravante en algunos países emergentes (como la India), e incluso en eeuu se expresó, puertas adentro, en la centralidad que cobró el racismo como estructura de dominación de larga duración. 

Por último, en esta enumeración incompleta, pese a que se habló mucho del regreso de un Estado fuerte y se subrayaron tempranamente sus ambivalencias (el Estado de excepción que coexiste con el Estado social), hubo escasa reflexión teórica y política sobre la posibilidad de su transformación para enfrentar la crisis económica y social, visto y considerando los límites que impone su evidente colonización por parte de las elites (la dueñidad). 

La pandemia acentuó la competencia nacionalista en el marco del desorden global. Un reflejo de ello es la carrera por lograr una vacuna eficaz, pero también la carrera por agenciarse esas mismas vacunas. En los últimos meses, los países más ricos buscaron asegurarse el aprovisionamiento de las diferentes vacunas que hay en danza, comprando dosis por adelantado. Esta política de acaparamiento hace que entre 40% y 50% del suministro mundial ya esté en manos de los países más ricos, lo cual deja con menos chances a los países más pobres9. Uno de los ejemplos más escandalosos es Canadá, donde el primer ministro progresista Justin Trudeau, lejos de cualquier estrategia cooperativa, firmó contratos con siete farmacéuticas para obtener 414 millones de dosis, cinco veces más de las que se utilizarán en el país10. Mientras tanto, en diferentes países del Sur (sobre todo en América Latina), los gobiernos se desesperan por agenciarse alguna de las vacunas, frente al temido segundo brote del virus.

  1. En América Latina, los Estados apostaron a intervenir a través de políticas públicas sanitarias, económicas y sociales, pero el devenir de la pandemia puso al desnudo las limitaciones estructurales y coyunturales.

La pandemia y los horizontes que abre plantean numerosos interrogantes. A escala global, parece haber llegado la hora de repensar la globalización desde otros modelos y de sentar las bases de un Estado fuerte, eficaz y democrático, con vocación para reconstruir lo común, articulando la agenda social con la ambiental. Sin embargo, en los niveles regional y nacional, frente a los impactos económicos, la pregunta salta a la vista: ¿hasta dónde los Estados periféricos tienen las espaldas anchas para avanzar en políticas de recuperación social?

Así, en América Latina, el virus acentuó aún más las desigualdades sociales y territoriales existentes y exacerbó las fallas estructurales (el hacinamiento y falta de acceso a la salud, la insuficiencia de la estructura sanitaria, la informalidad, la brecha de género), lo que dio lugar a un cóctel potencialmente explosivo. Una vez pasada la primera ola en Europa, América Latina, con 8% de la población mundial, se convirtió en el epicentro de la pandemia, con más muertes en el mundo, al menos hasta el arribo de la segunda ola, que afectaría a los países europeos a partir de noviembre11

Casi todos los países de la región adoptaron medidas económicas y sanitarias destinadas a contener la crisis social y sanitaria. Según un reciente informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), en total son 26 los programas temporales de transferencias monetarias adoptados por 18 países de la región, entre los cuales se destaca el caso de Honduras con la asistencia ofrecida a trabajadores independientes, la extensión hasta diciembre del programa de transferencias Ingreso Solidario de Colombia, el incremento en el valor y la expansión de cobertura del Ingreso Familiar de Emergencia chileno y las nuevas disposiciones para la protección al empleo en Nicaragua (uno de los últimos países en implementar este tipo de respuesta)12. En Brasil, Jair Bolsonaro dejó de lado la ortodoxia e implementó una «renta básica» de 600 reales (unos 112 dólares) para unos 60 millones de personas. En el caso de Argentina, el gobierno implementó hasta diciembre de 2020 un Ingreso Familiar de Emergencia (ife) para desocupados, informales y trabajadores autónomos de las categorías más bajas, que alcanza a 7.854.316 personas; incrementó la ayuda alimentaria en comedores y lanzó algunas medidas ligadas al crédito para contener la crisis de las pymes, que son la principal fuente de trabajo en el país. También implementó un Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción, destinado a pagar 50% de los sueldos de empresas (pequeñas, medianas y algunas grandes). Pero, como afirma el economista Rubén Lo Vuolo, «quienes más sufren la pandemia son las actividades declaradas como ‘no esenciales’, las pequeñas y medianas unidades productivas y la fuerza de trabajo informal y precarizada; que además, coincide con los grupos que registran mayores déficits habitacionales y menor acceso a servicios públicos básicos, incluyendo los sanitarios»13. Este diagnóstico podría extenderse a toda la región, dadas las características del mercado laboral (54% es fuerza de trabajo informal, según datos de la Organización Internacional del Trabajo, oit). Si sumamos los cambios ocurridos en el mundo del trabajo, en relación con la expansión del teletrabajo así como las llamadas economías de plataformas, el panorama indicaría que la precarización ha ido en aumento. En todo caso, según el ya citado informe de Unicef, en América Latina el desempleo saltó de 5,4% en diciembre de 2019 a 13,5% en diciembre de 2020, afectando a un total de 44,1 millones de personas. En su Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) prevé una contracción promedio de 7,7% para 2020 –la mayor en 120 años– y un rebote de 3,7% en 202114. Asimismo, considera que los impactos de la crisis económica no son de corto, sino de mediano plazo.

Por otro lado, en un contexto de fragmentación, no hubo instituciones regionales que estuvieran a la altura del desafío. En términos políticos, la crisis del covid-19 encontró a América Latina fragmentada, sin hegemonías neoliberales ni tampoco progresistas, muy distante del crecimiento económico experimentado durante el boom de los commodities. Ni la experiencia de Andrés Manuel López Obrador en México (muy desconectada del ciclo progresista anterior), ni la vuelta del peronismo en Argentina (como una suerte de progresismo de baja intensidad), ni la reciente recuperación institucional en Bolivia, con el nuevo triunfo del Movimiento al Socialismo (mas), pueden ser interpretadas sin más como el advenimiento tout court de una segunda ola progresista. Una parte importante de los progresismos están bastante agotados, luego del ciclo hegemónico extendido entre 2000 y 2015 aproximadamente, cuyo balance –desigual, según los países– todavía sigue siendo debatido en la región. A esto hay que agregar la emergencia de una extrema derecha en Brasil, lo cual dispara la reflexión sobre la existencia de corrientes sociales y políticas fuertemente autoritarias y antiderechos, que recorren otros países de la región. 

En suma, lo novedoso en América Latina es que, a la fragilidad del escenario político emergente, se agrega una triple crisis: sanitaria, económica y social. Como sostiene el título de un libro reciente, América Latina pasó de «la implosión social a la emergencia sanitaria y social post-covid»15. En ese marco, es posible que estemos ingresando en un «tiempo extraordinario», en el cual la liberación cognitiva de las multitudes mueva las placas tectónicas de la transición, pero a ciencia cierta, en un contexto post-covid 19 caracterizado por el incremento de las desigualdades y la aceleración del neoextractivismo, no sabemos hacia qué transición nos estamos dirigiendo. No solo los tiempos políticos se han acelerado, sino que además, en su vertiginosidad, el hartazgo de las sociedades amenaza con mutaciones bruscas y violentas del escenario político, a imagen y semejanza de la crisis climática actual.

  1. Aunque el covid-19 hizo que se activara el freno de emergencia, el neoextractivismo no cesó. Más aún, para los países latinoamericanos, la aceleración del extractivismo forma parte esencial de la apuesta por la reactivación económica y la llamada «nueva normalidad».

Durante 2020, no pocos celebraron que la paralización de diferentes actividades económicas se tradujera en una reducción de 7% de la emisión de gases de efecto invernadero. Como aquellos animales que salieron de sus nichos y se atrevieron a recorrer las ciudades en época de confinamiento, sabemos que el fenómeno, por no buscado, es sencillamente pasajero; apenas un efecto colateral de corto alcance. Por otra parte, el freno de emergencia activado fue relativo. Así, por ejemplo, el extractivismo no se detuvo; todo lo contrario. En América Latina, pese a la importancia cada vez mayor de los conflictos socioambientales y la amplitud de las problemáticas que estos incluyen, las políticas públicas de los diferentes gobiernos no apuntaron a fortalecer las demandas ambientales. No pocas de las actividades extractivas fueron declaradas esenciales (como la minería), avanzaron el desmonte y la deforestación, y con ello también los incendios. Durante la pandemia continuaron los asesinatos de activistas ambientales, reafirmando con ello que América Latina –particularmente países como Colombia, Brasil y México– sigue siendo la zona más peligrosa del mundo para los defensores del ambiente.

 La política neoextractivista continúa desbordando cualquier grieta ideológica. Así, el «lobby del fuego» desató su furia más que nunca. Por ejemplo, el Pantanal brasileño, el humedal continental más grande del planeta, que cubre gran parte de los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, registró 16.000 incendios en 2020, que se convirtió en el año más castigado por el fuego según datos del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (Inpe)16. Durante 2020, Argentina ocupó el segundo lugar a escala global por la cantidad de focos de incendios que afectaron a humedales y bosques nativos, detrás de los cuales se encuentran los lobbies sojero, minero y de los grandes agentes inmobiliarios (urbanizaciones privadas). Los incendios afectaron 14 provincias y arrasaron más de un millón de hectáreas17. Asimismo, pese a la caída de la demanda de combustibles fósiles (que hizo que en algún momento su precio fuera negativo), en países como Argentina continuaron los subsidios a las empresas petroleras. El colmo fue la aprobación del impuesto a las grandes fortunas –una medida que costó instalar frente a la oposición cerril de la derecha–, que se suponía iría a paliar exclusivamente los males de la pandemia. Sin embargo, el proyecto aprobado destina nada menos que 25% del monto recaudado a financiar el gas del fracking que se extrae en el megayacimiento de Vaca Muerta. 

En México, en septiembre de 2020, Víctor Toledo, uno de los grandes referentes continentales de la ecología política, tuvo que dimitir de su cargo en la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). Toledo es un defensor de la agroecología y de la transición ecosocial, y bajo su mandato impulsó la prohibición del glifosato y criticó el proyecto del Tren Maya, uno de los emblemas del «desarrollo» del gobierno de López Obrador, que atropella los derechos de las comunidades ancestrales. Su renuncia dejó al descubierto, una vez más, los límites del progresismo selectivo latinoamericano.

Por último, mientras en Colombia continúa la lucha contra la práctica del fracking, tanto en Ecuador como en Argentina se profundizó el embate de la minería, pese a que esta no cuenta con licencia social y que la ciudadanía movilizada busca activar dispositivos institucionales disponibles (consultas públicas en Cuenca, Ecuador; iniciativas ciudadanas en Chubut, Argentina), los cuales son negados y/o retaceados por las autoridades. Así, el avance de la minería, en alianza con los gobiernos provinciales y nacionales, en nombre de la reactivación económica, muestra la consolidación de la nefasta ecuación: «a más extractivismo, menos democracia»18

No hay que olvidar que, en las últimas décadas, los gobiernos latinoamericanos buscaron oponer lo social y lo económico a lo ambiental. Por ejemplo, los progresismos justificaron el neoextractivismo y la depredación ambiental en nombre del desarrollo y de la reducción de las desigualdades, lo cual generó una situación paradójica, a partir de la instalación de una agenda selectiva de derechos, que negaba o desestimaba las demandas socioambientales y gran parte de los reclamos indígenas por tierra y territorio. Hoy sabemos que una porción importante del crecimiento económico experimentado en América Latina durante el boom de los commodities fue capturado por los sectores más ricos de la sociedad. Datos de la revista Forbes muestran que la riqueza de los multimillonarios latinoamericanos (con fortunas superiores a 1.000 millones de dólares) creció a un ritmo de 21% anual entre 2002 y 2015, un incremento seis veces superior al del pib de la región (3,5% anual)19. En 2013-2014, según Oxfam, el 10% de las personas más ricas de la región se quedaba con 37% de los ingresos; pero si se consideraba la riqueza, estos datos ascendían de modo abrumador: el 10% más rico acumulaba 71% de la riqueza, mientras que el 1% más privilegiado se quedaba con 41%20

Todavía hoy se sigue oponiendo lo social a lo ambiental, como si hubiera una contradicción entre ambos aspectos, desestimando el hecho de que quienes más sufren los daños ambientales en nuestras latitudes son los sectores más vulnerables, porque habitan en zonas expuestas a fuentes de contaminación y carecen de los medios económicos y humanos para afrontar las consecuencias, resistir los embates del extractivismo y sobrellevar los impactos del cambio climático (inundaciones, sequías, tormentas). En suma, resulta increíble que en plena emergencia climática y atravesando una pandemia de raíz zoonótica, las elites políticas y económicas latinoamericanas continúen negando la importancia de la crisis socioambiental y el indudable lazo que existe entre la salud del planeta y la salud humana. En realidad, prevalecen la ceguera epistémica y el analfabetismo ambiental, ligados a una determinada visión del desarrollo, del crecimiento económico indefinido y del progreso, responsable de la actual situación de catástrofe ecológica. Por supuesto, hasta dónde la ceguera epistémica, combinada con intereses económicos, impide leer la realidad depende del contexto. La conclusión es que, pese a que los hechos ponen en tela de juicio la mirada desarrollista, para la mayoría de los gobiernos latinoamericanos el extractivismo continúa siendo visto como una tabla de salvación en medio de la crisis.

  1. La pandemia habilitó discusiones sobre la transición ecosocial, la reforma tributaria y diferentes formulaciones sobre el ingreso básico universal.

En la medida en que el covid-19 puso en el centro aquello que estaba en la periferia, habilitó también los debates sobre la urgencia de la transición ecosocial. Así, aquello que aparecía reservado a unos pocos especialistas y activistas radicales entró en la agenda pública. Propuestas integrales elaboradas en años anteriores fueron actualizadas al calor de la pandemia. Científicos e intelectuales de todo el mundo promovieron manifiestos y propuestas que incluían desde una agenda verde y un ingreso básico hasta la condonación de la deuda de los países más pobres. 

Sería imposible relevar las diferentes propuestas de transición ecosocial que se han difundido en estos meses. No es mi interés tampoco presentar una cartografía de ellas, por lo cual solo me concentraré en algunas. La primera, por su proyección, es aquella del Green New Deal (Nuevo Pacto Verde) promovido por el ala izquierda del Partido Demócrata de eeuu, que tiene como referentes a Bernie Sanders y a Alexandria Ocasio-Cortez y es sostenida por intelectuales como Naomi Klein21. Esta propuesta apunta a la descarbonización de la economía y a la creación de empleos verdes, para lo cual propone un Estado planificador y democrático. Durante 2020, la propuesta se tradujo en un «Plan Estímulo Verde» cuyo objetivo es recuperar la economía utilizando recursos públicos para la transición energética (energía, transporte público y viviendas verdes, salud y educación). En todo caso, como sostiene la politóloga Thea Riofrancos, una de las autoras de A Planet to Win: Why We Need a Green New Deal [Un planeta por ganar. Por qué necesitamos un Nuevo Pacto Verde]22 y de las más activas en esa plataforma, el reciente triunfo del demócrata Joe Biden abre un escenario de disputa que permite anticipar que «ha comenzado la década del Nuevo Pacto Verde».

En el plano internacional, se constituyó la Internacional Progresista, bajo el lema «Internacionalismo o extinción», lanzado entre otros por el célebre lingüista Noam Chomsky. Esta tuvo su primera cumbre virtual entre el 18 y el 20 de septiembre pasado, ocasión en la cual el ex-ministro de Economía griego Yanis Varoufakis sostuvo que «ya estamos entrando en una etapa poscapitalista», y el dilema es si su economía «será autoritaria y oligárquica o democrática y social». Ante el desastre ambiental, planteó un «acuerdo ecológico internacional» que, con un presupuesto de ocho billones de dólares anuales, podría llevar a cabo la transición de las energías fósiles hacia las energías renovables, disminuir el consumo de carne y apostar a los alimentos orgánicos. Desde su perspectiva, se trata de un reto análogo a la reconstrucción de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, aunque no solo se trate de reconstruir sino de crear nuevas tecnologías23

Sin embargo, más allá del llamado global contra el avance de las extremas derechas y las apelaciones al poscapitalismo, la Internacional Progresista reúne a un conglomerado muy heterogéneo de figuras intelectuales y políticas: desde connotados ecologistas que promueven la transición ecosocial hasta la flor y nata del progresismo extractivista latinoamericano (Rafael Correa, Álvaro García Linera, entre otros), reconocidos por la persecución a sectores ambientalistas de su país. En razón de ello, no queda claro cuál sería el rol de la transición social-ecológica o cuál su visión sobre la articulación entre justicia social y justicia ambiental. 

Otras iniciativas, provenientes de intelectuales y reconocidas organizaciones ambientalistas –como Ecologistas en Acción, en España, o Attac Francia–, han promovido propuestas integrales que abordan la temática del decrecimiento. Por ejemplo, Attac Francia publicó, en mayo de 2020, un libro titulado Ce qui dépend de nous. Manifeste pour une relocalisation écologique et solidaire [Lo que depende de nosotros. Manifiesto por una relocalización ecológica y solidaria]24, en el cual propone refundar los servicios públicos por y para el cuidado, repensar las necesidades y planificar el decrecimiento, inventando un proceso democrático de planificación ecológica para hacer sostenible nuestro sistema de producción. Eso implica decrecer para algunos sectores y crecer para otros. Antes que un ingreso básico, propone financiar un «ingreso de transición ecológica» para sostener a aquellos actores que se involucren en actividades ecológicas (agroecología, eficiencia energética, ecomovilidad, low tech, entre otros).

  1. En América Latina, desde la sociedad civil y, excepcionalmente, desde algunos partidos políticos, surgieron propuestas de llamados a la transición ecosocial, no todas ellas vinculadas a referentes ambientales.

Son varias las propuestas de transición ecosocial elaboradas desde América Latina. Entre ellas, quisiera destacar el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, que me involucra de modo personal y colectivo. Se trata de una propuesta promovida por diferentes activistas, intelectuales y organizaciones sociales de países como Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Colombia, Perú, Venezuela y Chile, vinculados a las luchas ecoterritoriales del continente. 

El Pacto Ecosocial fue lanzado en junio de 2020 y tuvo diferentes inflexiones y agendas, según los países y articulaciones sociales logradas. Sus ejes son el paradigma de los cuidados, la articulación entre justicia social y justicia ecológica (ingreso básico, reforma tributaria integral y suspensión de la deuda externa); la transición socioecológica integral (energética, alimentaria y productiva) y la defensa de la democracia y la autonomía (en clave de justicia étnica y de género). Se trata de una plataforma colectiva que invita a construir imaginarios sociales, acordar un rumbo compartido de la transformación y una base para plataformas de lucha en los más diversos ámbitos de nuestras sociedades25.El pacto ecosocial dialoga con otras propuestas en danza, como el Nuevo Pacto Verde, el decrecimiento o los manifiestos de relocalización ecológica y solidaria. Pero se trata de una apuesta ecosocial, económica, intercultural, pergeñada desde el Sur, que rechaza que este continúe siendo hablado y pensado solo desde el Norte, incluso cuando se trata de propuestas de transición, que por lo general no colocan en el centro la cuestión de la deuda ecológica y, en algunas ocasiones, tampoco van más allá de la descarbonización de las sociedades. Desde el Pacto Ecosocial se afirma que los problemas de América Latina son diferentes de los del Norte, que existen fuertes asimetrías históricas y geopolíticas; que al calor de la crisis socioecológica y del aumento del metabolismo social, la deuda ecológica del Norte aumentó de modo exponencial en relación con el Sur. En esa línea, nos advierte también sobre las falsas soluciones, sobre la imposibilidad de subirnos sin más al carro de cualquier transición, si esta promueve un modelo corporativo y concentrado y no un modelo democrático y popular que asegure una transición justa para el Sur. Así, sostiene que es necesario debatir qué se entiende por transición. Por último, lejos de tratarse de una propuesta abstracta, se entronca con las luchas, con los procesos de reexistencia y los conceptos-horizontes forjados en las últimas décadas en el Sur global y en América Latina en particular, entre ellos, derechos de la naturaleza, buen vivir, justicia social y redistributiva, transición justa, paradigma del cuidado, agroecología, soberanía alimentaria, posextractivismos y autonomías, entre otros. 

Hubo también otras propuestas, entre ellas «Nuestra América Verde», un movimiento que se une al Nuevo Pacto Verde bajo la consigna «realismo científico, cooperación internacional y justicia social»26, que contiene 14 propuestas del Plan de Recuperación Económica con Justicia Social y Ambiental 2020-2030, con dos capítulos, uno internacional y otro social/ambiental. El plan postula 100% de energías limpias para 2050, junto con el compromiso de la eficiencia energética y cambios tributarios. Y aunque incluye a legisladores de partidos progresistas de Brasil, Argentina y Chile y algunos de sus firmantes están lejos de ser referentes en temas ambientales, revela la importancia que tiene en el contexto actual la generación de programas integrales ligados a la transición ecosocial.

Vale la pena agregar también que una de las pocas instituciones regionales que estuvo presente en el debate fue la Cepal, para la cual no es posible desarrollar una política de austeridad. Según este organismo, la crisis dejó en claro que la política fiscal vuelve a ser la herramienta para enfrentar choques sociales y macroeconómicos. Para ello es necesario aumentar la recaudación tributaria, mediante la eliminación de espacios de evasión y elusión tributaria que alcanzan 6,1% del pib. Asimismo, hay que consolidar el impuesto a la renta a personas físicas y corporaciones, y extender el alcance de los impuestos sobre el patrimonio y la propiedad, a la economía digital, así como correctivos, como impuestos ambientales y relacionados con la salud pública27. La propuesta de la Cepal incluyó la recomendación a los gobiernos latinoamericanos de implementar un ingreso básico universal de modo gradual, primero incluyendo a los sectores más afectados por la pandemia. La inflexión no es casual y muestra, como señalan Rubén Lo Vuolo, Daniel Raventós y Pablo Yanes, que «hoy el debate sobre la renta básica ya no es en torno de ‘experimentos’ acotados a grupos seleccionados como ‘pilotos’, sino en relación con políticas y con intervenciones de escala nacional»28.

En suma, en América Latina no son los gobiernos, sino las organizaciones, activistas e intelectuales quienes, desde la sociedad civil, habilitaron la discusión sobre programas de transición ecosocial. Para los diferentes gobiernos de la región, lo ambiental continúa siendo un saludo a la bandera, algo meramente decorativo, un adjetivo («desarrollo sustentable»), una columna más en el balance contable de las empresas, algo que se cree poder resolver con un par de soluciones tecnológicas (la razón arrogante), que no apunta por supuesto a las causas de la crisis, y que permite continuar con la fuga hacia adelante, sin cuestionar la visión hegemónica del desarrollo.

  1. La pandemia puso en la agenda el paradigma de los cuidados y develó que esta es la clave de bóveda para la construcción de una sociedad resiliente y democrática.

La pandemia mostró la necesidad de transformar la relación entre sociedad y naturaleza, de superar el paradigma dualista y antropocéntrico que concibe a la humanidad como independiente y externa a la naturaleza, concepción y vínculo que está en el origen de los modelos de maldesarrollo que hoy padecemos, e incluso de una visión instrumental y objetivista de la ciencia. No es casual, por ello, que nuestra mirada preste cada vez más atención a otros paradigmas o narrativas relacionales, que colocan en el centro la interdependencia, el cuidado, la complementariedad y la reciprocidad. En esa línea, una de las grandes contribuciones de los ecofeminismos, de los feminismos populares del Sur y de la economía feminista, junto con los pueblos originarios, es el reconocimiento de otros lenguajes de valoración, otros vínculos posibles entre sociedad y naturaleza, que colocan el cuidado y el sostenimiento de la vida en el centro.

La pandemia visibilizó la importancia de los cuidados en sus múltiples dimensiones. Por un lado, lo hizo en la dirección más general del cuidado de los territorios, de los ciclos de la vida, de los ecosistemas. Así, en tiempos del covid-19, asistimos a una verdadera explosión de foros y conversatorios en la región latinoamericana sobre los cuidados, protagonizados por diferentes lideresas, activistas y organizaciones de diferentes corrientes feministas, territoriales, comunitarias y socioambientales sobre el cuidado y la relación con los cuerpos y los territorios, las prácticas de cuidado, las semillas y la agroecología, el cuidado y la soberanía alimentaria, el cuidado y las tareas de la autogestión comunitaria. 

Por otro lado, la pandemia puso en evidencia la insostenibilidad de su actual organización, que recae sobre las mujeres, especialmente sobre las mujeres pobres. En América Latina y el Caribe, desde antes de la pandemia, «las mujeres dedicaban el triple de tiempo que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado, situación agravada por la creciente demanda de cuidados y la reducción de la oferta de servicios causada por las medidas de confinamiento y distanciamiento social adoptadas para frenar la crisis sanitaria»29. Así, en estos meses se multiplicaron las reflexiones acerca de los cuidados como un derecho, temática impulsada particularmente desde la economía feminista. Hace unos años, la abogada argentina Laura Pautassi, impulsora de un enfoque de derechos en relación con el tema, hablaba del periodo 2010-2020 como «la década de los cuidados»30. Hoy esto está más presente que nunca. La necesidad de pensar políticas públicas activas, mediante sistemas integrales de cuidados, que conciban el cuidado como un derecho y reduzcan la brecha de género, resulta clave para pensar en la recuperación pospandemia.

Por último, el paradigma de los cuidados, como base de una transición ecosocial, apunta a ser concebido desde una perspectiva multidimensional, incluyendo la articulación con las diferentes esferas de la vida social: cuidado y salud, cuidado y educación, cuidado y trabajo, cuidado y acceso a la vivienda, cuidado y gestión comunitaria, entre otros. En suma, lejos de ser una moda, el paradigma de los cuidados como clave de bóveda de la transición ecosocial revela la potencia de los diferentes feminismos hoy movilizados en la escena social y política, en su cuestionamiento radical al patriarcado, en su denuncia del capitalismo como una máquina de guerra contra la vida y en su apuesta por la sostenibilidad de la vida digna.

  1. La pandemia generó cambios importantes en la conciencia colectiva en América Latina y la expansión de un ambientalismo popular en varios países de la región.

Pese a que los gobiernos latinoamericanos han profundizado su ceguera epistémica, los cambios generados en la sociedad civil, en términos de conciencia colectiva, son significativos. Por ejemplo, el avance de la destrucción y los incendios de la selva amazónica, que incluye varios países latinoamericanos, generó que, desde los diferentes pueblos de la región, se realizara la primera Asamblea Mundial por la Amazonía, «para compartir un deseo de cambio, una postura de unidad, con un llamado global para frenar el modelo político extractivista e invasor». En ese foro se escucharon denuncias sobre las quemas de la selva, la expansión ganadera y agroindustrial, la deforestación, la minería legal e ilegal, la industria petrolera, las hidroeléctricas, la violencia de los grupos armados, las amenazas y asesinatos de líderes y lideresas sociales, en fin, «el listado de toda la estrategia que han emprendido gobiernos y compañías multinacionales, el último centenio, para apoderarse de la selva amazónica»31.

En Argentina, la cuestión ambiental volvió a irrumpir en la agenda pública, revelando la conexión entre crisis sanitaria, neoextractivismo y emergencia climática: de un lado, hubo numerosas movilizaciones que denunciaron los incendios en los humedales del Delta y la acción de los lobbies empresariales que hay detrás de la negativa a sancionar una ley protectora. De otro lado, asistimos a un amplio rechazo ambientalista al proyecto promovido por la Cancillería argentina que busca instalar 25 megafactorías de cerdos para vender carne a China32. Como ya sucedió con la soja, la minería a cielo abierto o el fracking, el gobierno busca avanzar sin llevar a cabo estudios de impacto ambiental y sanitario, sin abrir la discusión pública ni promover la participación de la sociedad. Numerosas investigaciones indican que las megafactorías de cerdos, además de consolidar un modelo cruel de explotación de los animales y conllevar riesgos ambientales y sanitarios, son un caldo de cultivo de potenciales pandemias. Por último, se sumó el rechazo a la introducción del trigo transgénico, en el que confluyen organizaciones ambientales y científicos autoconvocados por la salud33.

Como afirman las agrupaciones juveniles, muy presentes en estas luchas, la crisis nos enfrenta a otros «mandatos de deconstrucción», no solo en las relaciones de género sino también en lo ecológico34. El tema no es menor, pues una parte importante de las ciencias sociales y humanas, sea por indiferencia, por comodidad o por pura negación, ha venido dándoles la espalda a las problemáticas socioambientales, las cuales aparecen confinadas a ciertos «nichos» (ecología política, economía ambiental, sociología de los movimientos sociales, geografía crítica, entre otros), cuando no solamente reservadas a especialistas de las ciencias naturales o ciencias de la Tierra, como si lo ambiental no hablara del planeta, de nuestra casa común, y solo remitiera a un aspecto parcial, una variable más, abordable desde una de las tantas disciplinas existentes. Sucede que como la problemática ambiental incomoda y cuestiona los credos desarrollistas preexistentes y supone levantar el velo sobre los modelos de apropiación, de producción, de consumo y de desechos que todos reproducimos, no son pocos quienes prefieren no abandonar la zona de confort. Más aún, para una parte importante de las ciencias sociales latinoamericanas, vinculadas al campo progresista, colocar la atención sobre lo ambiental no solo conllevaría un cuestionamiento de sus credos desarrollistas, implicaría también interrogarse sobre los alcances de sus adhesiones políticas. 

En tiempos de Antropoceno, esto conlleva consecuencias desastrosas, pues obstaculiza la posibilidad de construcción de un lenguaje transdisciplinario, de un enfoque integral que dé cuenta de la complejidad y transversalidad de la problemática socioecológica.

                                                                               ***

El balance aún provisorio de lo ocurrido en América Latina en tiempos de covid-19 deja un gusto amargo y una sensación ambivalente. Por un lado, los impactos económicos, sanitarios y sociales son tan extensos que todavía resulta difícil avizorar un horizonte de recuperación. Pero es claro que los gobiernos no se proponen avanzar en la transformación de la matriz productiva y apuestan, una vez más, a reactivar la economía de la mano de las falsas soluciones, profundizando el extractivismo. Tampoco se avanzó en reformas tributarias significativas que apunten a financiar políticas públicas de recuperación económica. Por otro lado, son cada vez más las personas que se suman a diferentes movimientos y colectivos de la sociedad civil en pos de un llamado a la transición ecosocial, desmontando con ello la falsa oposición entre lo económico y lo ecológico. 

Nadie dice que la deconstrucción en clave ecológica y la transición ecosocial sean algo simple o lineal, mucho menos en un contexto de potenciación de la dueñidad, de destrucción de los ecosistemas y de peligrosa expansión de las extremas derechas. Pero no nos queda otra alternativa que navegar estas aguas turbulentas, pues es muy probable que en 2021 los tiempos no sean mejores. Los gobiernos latinoamericanos deben abrir cuanto antes la discusión sobre todos estos temas, pues el riesgo es que, en un contexto de aceleración del colapso, y en lo referido a la hoja de ruta de la transición ecosocial, sigamos siendo hablados por y desde los gobiernos del Norte, por y desde una transición corporativa, en detrimento de nuestras poblaciones y territorios.

  • 1.

Mar Centenera: «La pandemia agranda la brecha en América Latina: ocho nuevos multimillonarios y 50 millones más de pobres» en El País, 29/7/2020.

  • 2.

«Rita Segato: ‘El mundo de hoy es un mundo marcado por la dueñidad o el señorío’», comunicado de prensa, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 26/8/2019.

  • 3.

François Moutou: «Las zoonosis, entre humanos y animales» en Nueva Sociedad No 288, 7-8/2020, disponible en www.nuso.org.

  • 4.
  1. Svampa: «Reflexiones para un mundo post-coronavirus» en Nueva Sociedad edición digital, 4/2020, www.nuso.org.
  • 5.
  1. Roy: «The Pandemic is a Portal» en Financial Times, 3/4/2020.
  • 6.

Marie Solis: «Naomi Klein: Coronavirus Is the Perfect Disaster for Disaster Capitalism», entrevista en Vice, 13/3/2020.

  • 7.

Sobre el tema, v. Carlos Taibo: Colapso, capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Libros de Anarres, Buenos Aires, 2017.

  • 8.
  1. Servigne y R. Stevens: Comment tout peut s’effondrer. Petit manuel de collapsologie à l´usage des generations presentes, Seuil, París, 2015, p. 26.
  • 9.

Amnistía Internacional: «Los países ricos ya están acaparando la nueva vacuna», 9/11/2020, www.amnesty.org/es/latest/news/2020/11/wealthy-countries-already-hoarding-breakthrough-vaccines/.

  • 10.

«Denuncian que los países ricos han acaparado dosis para vacunar casi tres veces a la población» en La Vanguardia, 9/12/2020.

  • 11.

«Coronavirus: ¿por qué América Latina es la región con más muertes en el mundo?» en BBC Mundo, 19/10/2020.

  • 12.

Mónica Rubio, Gerardo Escaroz, Anna Machado, Nurth Palomo, Luis Vargas y Marcela Cuervo: «Protección social y respuesta al covid-19 en América Latina y el Caribe. III Edición: Seguridad social y mercado laboral», Unicef / Centro Internacional de Políticas para el Crecimiento Inclusivo, Panamá, 7/2020.

  • 13.

R.M. Lo Vuolo: «La pandemia del covid-19 y sus impactos en Argentina: el espejismo de la opción entre salud y economía» en Revista Rosa, 10/11/2020.

  • 14.

Cepal: Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2020, disponible en www.cepal.org/es/publicaciones/bp.

  • 15.

Vanni Pettina y Rafael Rojas (eds.): América Latina, del estallido social a la implosión económica y sanitaria post-covid 19, Planeta, Lima, 2020.

  • 16.

«Pantanal: 7 impactantes imágenes de los incendios en el humedal más grande de Sudamérica» en BBC Mundo, 11/9/2020.

  • 17.

Iván Federico Hojman: «Más de un millón de hectáreas fueron arrasadas por el fuego» en Télam, 25/12/2020.

  • 18.
  1. Svampa: Debates latinoamericanos. Indianismo, desarrollo, dependencia y populismo, Edhasa, Buenos Aires, 2016.
  • 19.

Gabriel Kessler y Gabriela Benza: La nueva estructura social latinoamericana, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2020, p. 86.

  • 20.

Ibíd., p. 85.

  • 21.

El Nuevo Pacto Verde tuvo un origen reformista-conservador, asociado a ciertos sectores partidarios de la economía verde. Surgió entre 2007 y 2008, en Europa, en el marco del Plan 20-20-20 (20% de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y 20% de energías renovables para 2020), que buscaba ubicar a la ue a la vanguardia para afrontar el cambio climático. Este aparecía más ligado al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2009), diseñado en la Conferencia de Río+20 en torno de la economía verde, un modelo de modernización ecológica que profundiza la mercantilización en nombre de una economía limpia. El Partido Verde alemán y otros partidos verdes europeos lo adoptaron entonces como plataforma política. Sin embargo, en febrero de 2019, fue Ocasio-Cortez quien logró darle una vuelta de tuerca radical. Para el tema, v. M. Svampa y E. Viale: El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo, Siglo Veintiuno, Buenos, Aires, 2020.

  • 22.

Kate Aronoff, Alyssa Battistoni, Daniel Aldana Cohen y T. Riofrancos: A Planet to Win: Why We Need a Green New Deal, Verso, Nueva York, 2019.

  • 23.
  1. Varoufakis: «¿El poscapitalismo ya está aquí?» en Nueva Sociedad edición digital, 9/2020, www.nuso.org.
  • 24.

«Ce qui dépend de nous – manifeste pour une relocalisation écologique et solidaire», Attac Francia, 24/6/2020.

  • 25.
  1. https://pactoecosocialdelsur.com/ y https://pactoecosocialyeconomico.blogspot.com/.
  • 26.

Puede encontrarse más información en www.nuestraamericaverde.org/.

  • 27.

«No es posible tener austeridad, se requiere política fiscal expansiva: Cepal» en Milenio, 6/10/2020.

  • 28.
  1. Lo Vuolo, D. Raventós y P. Yanes: «Renta básica, pandemia y recesión» en Público, 31/3/2020.
  • 29.

ONU Mujeres, Cepal y Covid-19 Respuesta: «Cuidados en América Latina y el Caribe en tiempos de covid-19. Hacia sistemas integrales para fortalecer la respuesta y la recuperación», Naciones Unidas, Santiago de Chile, 19/8/2020.

  • 30.
  1. Pautassi: «Del ‘boom’ del cuidado al ejercicio de derechos» en Sur vol. 13 No 24, 2016.
  • 31.

Camilo Chica: «Una gran minga, así fue el 1er día de la Asamblea Mundial por la Amazonía» en Foro Social Panamazónico, 19/7/2020.

  • 32.

Ver Soledad Barruti, Inti Bonomo, Rafael Colombo, Marcos Filardi, Guillermo Folguera, M. Svampa y E. Viale: «10 mitos y verdades de las megafactorías de cerdos que buscan instalar en Argentina», 2020, disponible en https://drive.google.com/file/d/1vx-hjktexu8u_eieu3-wfhivmjvfl1og/view">https://drive.google.com/file/d/1vx-hjktexu8u_eieu3-wfhivmjvfl1og/view.

  • 33.

«Contra el trigo transgénico: científicxs y organizaciones populares convocan a una audiencia pública este viernes» en La Izquierda Diario, 17/12/2020.

  • 34.

La expresión es de Ana Julia Aneise, miembro de Jóvenes por el Clima de Argentina, un movimiento que adhiere a Fridays for Future, fundado por Greta Thunberg. Ver M. Svampa: «¿Hacia dónde van los movimientos por la justicia climática?» en Nueva Sociedad No 286, 3-4/2020, disponible en www.nuso.org.

Publicado enInternacional
Sábado, 30 Enero 2021 05:47

El eco de la victoria

Manifestación de activistas feministas a favor de la despenalización del aborto, en Santiago de ChileAFP, CLAUDIO REYES

La conquista argentina y los feminismos regionales

 

A poco más de una semana de promulgada, el impulso de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo ya se siente en las distintas voces del feminismo latinoamericano y del mundo.

El grito de alegría de las miles de mujeres que esperaban afuera del Congreso cuando se enteraron de que el aborto era legal en Argentina se desparramó como un eco en América Latina y el mundo. «Para Perú, es inspirador lo que ha pasado allá», dice a Brecha Rossina Guerrero, del colectivo peruano Promsex. En su país, la interrupción del embarazo es ilegal y sólo es posible practicarse el aborto terapéutico, es decir, sólo se puede solicitar en hospitales y clínicas cuando está en riesgo la vida de la mujer. «Es impactante porque es un país cercano, es un país muy distinto al peruano. Creo que el camino de tantos años de las compañeras nos deja aprendizajes y lecciones que pueden ser retomadas y refrescadas», agrega Guerrero. La militante peruana entiende que, en momentos en que Perú pasa por una crisis política, es interesante lo que sucedió en Argentina, «porque hubo un Estado, un gobierno que asumió dar el debate, conversar, hablar seriamente sobre el tema y eso no es menor».

En Colombia, la situación del aborto es muy similar a la que se da en Chile (véase en este número «Imposible de esquivar»): está permitido, desde 2006, en los casos de violación, riesgo de vida de la mujer o inviabilidad fetal extrauterina y si se realiza fuera de estas causales, puede dar lugar a penas que van de uno a cuatro años de prisión. En setiembre de 2020, el movimiento Causa Justa, que reúne a 91 organizaciones y 134 activistas, presentó ante la Corte Constitucional un proyecto para eliminar el artículo 122 del Código Penal, que criminaliza el aborto.

La legalización en Argentina «demuestra que quienes toman decisiones en diferentes ramas del poder público están entendiendo que las leyes que penalizan este servicio de salud no son efectivas», explica a este semanario Mariana Ardila, abogada de la organización internacional Women’s Link Worldwide, con sedes en Colombia y España. La propuesta de Causa Justa, que la organización a la que pertenece Ardila acompaña, intenta buscar vías diferentes a las penales para abordar el aborto: «Sabemos que la amenaza de cárcel evita que las mujeres lleguen al sistema de salud, incluso en los casos en los que el aborto está permitido, pero, además, genera un estigma sobre el personal de salud e impide que presten un servicio oportuno y seguro», añade.

«En el caso de Bolivia, es muy difícil la legalización, lo hemos discutido entre muchas organizaciones desde hace años porque no hay un sistema único de salud. A pesar de que tenemos un Estado plurinacional, el sistema más fuerte es el privado. Entonces, aunque fuera legal, igual va a costar dinero, ¿no? Ese es el problema, que las que mueren en abortos clandestinos inseguros son quienes no tienen el dinero para pagarlo», señala a Brecha Adriana Guzmán, referente de la corriente boliviana Feminismo Comunitario. Para ella, el rol de las argentinas fue vital para lograr lo que considera una «despenalización social» del aborto y una profundización de los argumentos.

«No es que las mujeres indígenas no abortemos, abortar es parte de la memoria ancestral», destaca Guzmán y cuenta que hasta hace unos años varios colectivos feministas de Bolivia no discutían sobre el aborto, pero que ahora salieron a las calles e incluso se acercaron a la embajada de Argentina para seguir el debate en la Cámara de Senadores de ese país. «Esta marea verde, que traspasa las fronteras, ha planteado una discusión fundamental frente al patriarcado, mucho más estructural, que no sólo tiene que ver con el aborto sino con la autonomía».

En Paraguay, la interrupción del embarazo está penalizada con una condena de hasta cinco años y sólo está autorizada en caso de riesgo de vida para la madre. Al conocerse la noticia de lo sucedido en Argentina, los diputados y las diputadas del Congreso paraguayo expresaron su rechazo con un minuto de silencio «por las miles de vidas de hermanitos argentinos que no van a nacer», de acuerdo a una solicitud del diputado Raúl Latorre. «Es un país muy conservador y eso se ve en la doble moral de gran parte de la ciudadanía, que cuestiona duramente, por ejemplo, los abusos sexuales, condena el aborto, pero no imparte educación sexual integral para que disminuyan las cifras», nos dice la periodista paraguaya Noelia Díaz. No obstante, el debate argentino puso el tema sobre la mesa, señala Díaz, quien afirma que permitió «discutir sobre educación sexual y sobre los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos. Ese es un pequeño pero importante paso para ir ganando terreno en materia de derechos».

En otros lugares, como en México, la situación es particular, porque la reglamentación hoy existente no abarca a todo el país, que tiene un sistema federal. Desde abril de 2007, el aborto está despenalizado en Ciudad de México. En 2019, el estado de Oaxaca aprobó que las mujeres puedan interrumpir su embarazo hasta las 12 semanas de gestación. Con la llegada de la izquierda al gobierno federal en 2018 se esperaban más avances al respecto. Sin embargo, en conferencia de prensa, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, dijo un día después de la legalización del aborto en Argentina que lo mejor sería ir a una consulta popular y evitó así tomar posición sobre el tema.

«Con este presidente, de corte ideológico menos conservador que los anteriores, está la impresión de algunas personas de que todo lo que hace el gobierno está bien y que esto incluye las políticas de género y los derechos de las mujeres. Sin embargo, no es así. La autocomplacencia de un gobierno que quiere mostrarse único en la historia no permite avanzar en la realidad que vivimos las mujeres y combatir la violencia que enfrentamos día a día», afirma a Brecha la periodista mexicana Guadalupe Lizárraga, quien cuenta que en su país «cada día son asesinadas hasta 11 mujeres y niñas, sólo por ser mujeres. Y un 98 por ciento de estos casos queda en la impunidad».

zárraga destaca el rol de las feministas argentinas: «El triunfo en Argentina nos enseña a México y al mundo que la lucha organizada por nuestros derechos todavía es posible en el mundo tal como lo conocemos. Nos enseña a ser valientes, a alzar la voz, a no quedarnos calladas, a exigir respeto a nuestro espacio, a nuestro cuerpo y a nuestras diferentes formas de pensar».

La opinión de Butler y Federici

En los últimos años, el movimiento feminista entró con fuerza al debate político y se convirtió en un fenómeno social global. Uno de los mayores impulsos se lo dio la movilización argentina con la marea verde, que arrancó en 2018, e incluso antes, en 2015, con el Ni Una Menos.

Consultada por la importancia a nivel mundial de la conquista de las mujeres argentinas, la filósofa y profesora de teoría crítica de la Universidad de Berkeley, Judith Butler, dijo a Brecha que «el movimiento feminista argentino es una enorme inspiración no sólo para las feministas de todo el mundo, sino para todas las personas que buscan los valores de igualdad, libertad y justicia». «Es un movimiento que no sólo se enfurece contra la injusticia, sino que lucha por una vida de deseo, alegría y comunidad. Proporciona un nuevo conjunto de ideales para la izquierda y para la transformación más prometedora de nuestro mundo común», agregó Butler, para quien, además, la lucha contra los femicidios librada por las argentinas «se ha tornado en una pelea por libertad y en una movilización por igualdad, vinculada a los movimientos de trabajadores, los derechos indígenas y el futuro de la Tierra».

Por su parte, la teórica y activista feminista Silvia Federici también destacó el papel global del movimiento construido por las mujeres argentinas a lo largo de los años: «La persistencia, la creatividad y la capacidad organizativa que han demostrado las mujeres en Argentina, cómo pudieron conectar las luchas por el aborto y contra el feminicidio, es un ejemplo que hoy resuena ampliamente».

Federici dijo a Brecha que la legalización del aborto también es importante porque pone un límite al «poder que tiene la Iglesia para decidir sobre la vida de las mujeres». «Ni el Vaticano ni las sectas evangélicas que hoy quieren obligar a las mujeres a tener hijos en contra de su voluntad tienen derecho alguno a regular nuestros cuerpos, ni autoridad para decirnos qué está bien o qué está mal», destacó. «Desde este punto de vista, lo que las mujeres han logrado en Argentina nos da poder a todas», dijo además la feminista italiana, para quien «las imágenes que hemos visto, las inmensas manifestaciones, las mareas verdes de pañuelos, las mujeres abrazándose, riendo, llorando nos han dado coraje, nos han recordado cuánto está en juego a la hora de no ser forzadas a arriesgar nuestras vidas en abortos clandestinos». «Esta victoria y la increíble movilización que ha llevado a ella envían un mensaje a todos los gobiernos: que las mujeres están en movimiento y deben ser tomadas en cuenta. Por eso sentimos que tenemos una deuda con las mujeres en Argentina y nos alegramos con ellas por lo que lograron», finalizó Federici.

 

Por Valentina Diaz Mesa
22 enero, 2021

- Tiempo de lectura: 4 min

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Viernes, 22 Enero 2021 05:44

Tupak Katari vive y vuelve…carajo

Tupak Katari vive y vuelve…carajo

(En homenaje a Felipe Quispe, Mallku, 1942-2021)

 

Luchó hasta el último aliento. A los 78 años, en agosto de 2020, estuvo a la cabeza de más de setenta bloqueos campesino-indígenas que derrotaron al gobierno golpista de Jeannine Añez, forzándolo a convocar elecciones.

Fue un rebelde intransigente. Contra el neoliberalismo y el colonialismo, contra todos los de arriba, fueran de derecha o de izquierda. Nada le impidió seguir caminando, aún en la más absoluta soledad, con toda la “correlación de fuerzas” en contra.

Felipe Quispe nació en la comunidad aymara de Chilijaya, en el municipio de Achacachi, un 22 de agosto de 1942. Desde ese lugar irradió su influencia hacia todo el Altiplano, hasta convertirse en un referente ineludible de la dignidad aymara e indígena.

En 1978 fue fundador del Movimiento Indígena Túpac Katari y años después impulsó el movimiento Ayllus Rojos que desemboca en el Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK), donde confluyó con Raquel Gutiérrez y otras personas que prefiero no nombrar para no ensuciar su memoria.

Al nombrarlo Mallku (cóndor en aymara), se le reconoce su autoridad como referente ético y político, alguien que vuela muy alto, que encarna el espíritu y la fuerza de las montañas.

Estuvo preso en el penal de Chonchocoro desde 1992. Salió en 1998 como secretario general de la CSUTCB (Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia) impulsando bloqueos de caminos contra el gobierno de Hugo Bánzer, encabezó la primera guerra del gas (2003) y más tarde fue un opositor al gobierno de Evo Morales, por razones ideológicas y éticas.

Estos días sus compañeros de lucha lo recuerdan con emoción y cariño. El protagonista de la guerra del agua, en 2000, Oscar Olivera, lo define como “un tipo leal y confiable. Un vocero y un símbolo del pueblo aymara. Era muy duro con los opresores pero enormemente generoso con la gente sencilla. Nunca se colocó en el papel de víctima”.

Para Raúl Prada, “en la lucha de Felipe hay una remembranza del siglo 18 cuando la rebelión de Tupak Katari. Hay pocas personas cuyo cuerpo entero esté dispuesto para el combate”.

En el homenaje que le hizo Radio Deseo, la trabajadora del hogar y sindicalista Yolanda Mamani mostró su admiración por el Mallku. “Hablaba desde su lugar de campesino indígena, dejó el parlamento y volvió a su pueblo. Nos decía que no sólo tenemos que alimentar el cuerpo, sino nuestra mente con pensamientos, y que tenemos que ser rebeldes”.

María Galindo, de Mujeres Creando, enfatizó que la muerte de Felipe “nos deja un vacío gigante” y prefirió recordarlo como alguien que “hablaba en primera persona, no por otros ni a nombre de un tercero. No sólo quería derrocar un gobierno sino mirar más allá, más profundo. Hizo de la rabia una fuerza política”.

Muchos los recuerdan por una de sus frases durante una entrevista que le hizo la periodista Amalia Pando, cuando lo interpeló por las razones de la lucha armada: «No quiero que mi hija sea su sirvienta …» (https://bit.ly/3bZ4svJ). Felipe tenía esa extraordinaria habilidad para sintetizar la opresión colonial.

En una de las últimas entrevistas, recordó que su tarea es “obedecer las decisiones de las bases”, que lo eligieron para comandar los bloqueos de agosto y semanas atrás lo propusieron como candidato a la gobernación de La Paz (https://bit.ly/2XZVmXf).

Asegura que en agosto pasado podrían haber derribado al gobierno “racista y fascista” de Añez, pero que el MAS los traicionó retirando a sus bases de los bloqueos.

En esa entrevista reconoce que apoyó al MAS para sacar a lo golpistas, pero a renglón seguido dijo que “Evo Morales sigue metiendo su mano sucia en el gobierno de Arce, cuando debió retirarse como le dijeron muchos dirigentes”.

Estos días en el Altiplano aymara se escuchan voces que dicen: “No hubiera habido un Evo sin un Mallku”. Porque que fue la lucha de las comunidades lo que abrió un hueco en la dominación por donde se colaron el MAS y Evo Morales. Pero a la hora de la lucha, mientras los de arriba se fugaron del país, ahí permanecieron los Felipes para seguir la pelea.

Fue un dirigente limpio. Nunca se rindió, ni se vendió, ni claudicó. Por eso pasará a la mejor historia de resistencia y dignidad de los de abajo. La historia coloca a cada quien en su sitio.

Fue un educador de su pueblo. En el prólogo de su libro de 1990, “Tupac Katari vive y vuelve …carajo”, escribió: “El fuego de la verdad de los oprimidos y explotados hará llorar y aullar a esta nueva Sodoma y Gomorra que es la sociedad capitalista”.

Los recambios a la generación de Felipe ya los vemos entre los jóvenes y las mujeres que salieron a las calles cuando los bloqueos de 2020, entre las que participaron en el Parlamento de las Mujeres convocado por Mujeres Creando cuando el golpe de 2019 y entre los miles de herederos de los jóvenes que protagonizaron el levantamiento de 2003 en El Alto.

Quiero recordarlo con una frase típica de Felipe: “Podrán privatizar las montañas, pero los cóndores seguiremos volando”.

Jallalla Mallku!!!!

 

21 enero 2021 

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A 150 años del nacimiento del líder de la Revolución de Octubre

Cuando el historiador británico Robert Service, el primero que tuvo acceso en 1991 a los archivos desclasificados de la URSS, publicó su "Lenin: una biografía", Manuel Vázquez Montalbán escribió el siguiente prólogo para la edición española. Una buena manera de acercarse a Lenin, la Revolución de Octubre y la prosa e ideas de Vázquez Montalbán

 He citado ya en dos ocasiones unos versos de Tijonov que en 1990 me parecieron muy clarificadores como remate de mi libro El Moscú de la Revolución: “Nuestro siglo pasará. Se abrirán los archivos / y todo lo que estuvo oculto hasta entonces / todas las secretas sinuosidades de la historia / mostrarán al mundo la gloria y el deshonor. / Otros dioses su faz oscurecerán / y se descubrirá toda desgracia, / pero todo lo que fue verdaderamente grande / será grande para siempre”.

La derrota de la URSS en la considerada III Guerra Mundial, mal llamada Guerra Fría, entre otros efectos, ha provocado la apertura y a veces venta o expolio de los archivos de la KGB y así constatar sospechas y obviedades sobre la cultura soviética de la intolerancia y de la represión.


Es evidente que esos archivos se han abierto intencionadamente por los nietos políticos de Lenin o Stalin para traspasar a sus abuelos la responsabilidad de una malformación revolucionaria y así poder abrazar ellos la causa del capitalismo desde la posición de ventaja de pertenecer a una nueva clase dominante, fraguada desde la infancia en la obediencia ciega e interesada al leninismo y al estalinismo.


Hace años prologué El verdadero Lenin, del general Volkogonov, que mientras fue director del Instituto de Historia Militar de la todavía URSS buscaba documentos útiles para sus dos obras más demitificadoras, una biografía de Stalin y El verdadero Lenin. Volkogonov formó parte de la nomenklatura militar soviética, a pesar de que sus padres fueran exterminados en las purgas estalinistas: el padre, fusilado en 1937, y la madre, muerta en el destierro en Siberia, en 1949. Tal vez el general Volkogonov padeció el síndrome del represaliado agradecido, consciente, entonces, de que la Revolución exterminaba a sus padres en nombre de una verdad superior, tan superior que era una verdad total, como fórmula redentora y aportadora de la felicidad para todos menos para los padres de Volkogonov. O quizá simplemente fuera un sobreviviente que esperó mejores tiempos para matar mediante palabras a los asesinos de sus padres.

La doble verdad

Una cosa es la doble verdad y el doble lenguaje en el que sobrevivieron muchos soviéticos, incluso miembros de la nomenklatura, y otra el trato historicista que ha merecido la Revolución soviética, leninismo incluido, antes y después de la caída del sistema. Las revelaciones sobre los métodos leninistas o estalinistas, que fueron asumidos disciplinadamente por casi todos los que hicieron posible que existiera el leninismo y el estalinismo, han puesto en cuestión el discurso metafísico que ligaba esencialmente la necesidad revolucionaria, es decir, emancipatoria, con la metodología de la violencia estructural monopolizada por el Estado en nombre del proletariado como sujeto histórico de cambio.


Ese discurso metafísico no sólo ha sido imprescindible para los comunistas, que han necesitado creer que la única revolución posible, y por tanto necesaria, y por tanto lógica, era la soviética tal como se dio. Quizá haya sido más útil en el pasado, lo es ahora, a las conciencias contrarrevolucionarias que han descalificado la necesidad de la revolución desde la denuncia de la perversión de su esencialidad. Revolución -intolerancia y arbitrariedad, revolución–, monstruos de la razón.
Las revelaciones aportadas sobre los grandes diseñadores de la Revolución, Lenin, Stalin, Trotsky, y sobre la conducta represiva de sus herederos se inscriben en la necesidad de catarsis de los soviéticos, pero también en la estrategia propagandística de los intelectuales orgánicos del capitalismo, recelosamente conscientes de que ni se ha muerto del todo el perro ni se ha acabado la rabia. Que estas revelaciones seaninstrumentalizables por el ejército cultural vencedor en la guerra fría no quiere decir que dejen de ser necesarias para quienes consideren que la historia no se merece el castigo de terminar en manos de telespeculadores monetarios capaces de decretar exterminios inteligentes por fax.
Precisamente, deberían ser las gentes empeñadas en la necesidad de retomar la lógica del cambio histórico, en la que se inscribe la Revolución soviética, como un proyecto desgraciado, quienes mayores enseñanzas debieran extraer de aportaciones de todos los Volkogonov que conducen a la evidencia de que los cambios históricos tal vez se incuben en los laboratorios de las vanguardias, pero sólo serán justos cuando sean asumidos por el consenso de masas en libertad. Hay que grabar en la mejor piedra de nuestra memoria que la Revolución de Octubre empezó prometiendo el rescate de todas las libertades y acabó desconfiando del uso social de ellas, con el pretexto de que debían limitarse debido a las condiciones especiales de un tiempo de guerras civiles, condiciones especiales que luego fueron institucionalizadas para siempre debido a que la URSS estaba en permanente lucha de clases mundial contra el enemigo exterior, el capitalismo, y contra el enemigo interior, los restos de ideología pequeñoburguesa o los excesos del maximalismo revolucionario, la una y el otro enemigos coligados de la verdad única revolucionaria.


Hay que desconfiar de las vanguardias totalitarias, pero no hay que caer en la ingenuidad de suponer que esas vanguardias van siempre uniformadas y que son menos vanguardias totalitarias las que mesiánicamente deciden un modelo de sociedad basado en la hegemonía de los más fuertes, y para conseguirlo han utilizado todo el utillaje disuasor y represor que el capitalismo ha ensayado desde hace más de dos siglos, desde el comienzo de su irresistible ascensión universal.

Sobre la historia

¿Qué papel ejercen objetividad y subjetividad en el historiador, como científico social que explica los hechos que forman parte de la vida de la humanidad a través de su desarrollo y explica las causas que los han motivado? Eric Hobsbawm, en Sobre la historia, se planteaba precisamente en 1996: “¿Podemos escribir la historia de la Revolución rusa?”. Dentro de una pregunta más ambiciosa y más dramática: ¿podemos escribir alguna vez la historia definitiva de algo? Y se contestaba que el historiador de la Revolución rusa era semejante al biógrafo de una persona viva que pasa a serlo de una persona muerta.


Hobsbawm se plantea todas las ucronías posibles ante el cadáver de la URSS, desde ¿era inevitable la Revolución soviética? hasta ¿qué podría haber pasado si Lenin hubiera seguido en plenas facultades?, y para el historiador inglés y marxista, la Revolución de Octubre de 1917 fue el resultado de una ola de radicalización popular, y no fue necesario siquiera tomar el poder..., “sino que bastó con recogerlo de donde lo habían dejado caer...”. Ahora, escribe Hobsbawm, hay que aprovechar las fuentes informativas que se abren en la antigua URSS, los archivos a los que se refería Tijonov, pero no hay que esperar demasiado de la historiografía soviética, todavía condicionada por la metabolización de la nueva situación.


¿De qué historiografía hay que esperar una historia de la URSS o una biografía de Lenin que no padezca el síndrome de pasar de lo vivo a lo muerto? Se plantea Hobsbawm que la Revolución soviética conlleva la doble verdad de los éxitos en la construcción de la URSS como potencia mundial disuasoria del capitalismo y su fracaso en el mantenimiento de un consenso social que fue posible en buena parte por razones nacionales, como la guerra patria contra el nazismo alemán. Frecuentemente observamos cómo otros historiadores de juicio menos implicado en la razón revolucionaria aprovechan la desaparición de la URSS para una radical demostración de lamaldad, cuando no de la perversidad esencial del diseño, y más allá de la generalizada condena del estalinismo se aborda ya sin disimulos una condena de Lenin como padre de todas las batallas.


Dentro de la más delirante posmodernidad, los historiadores y sociólogos no violentos recriminan el uso de la violencia que hizo el leninismo y posteriormente el marxismo-leninismo oficialmente entronizado en la URSS, como si las revoluciones y expansiones capitalistas no hubieran utilizado toda clase de violencias para ganar y consolidar su hegemonía. Cualquier nivel progresivo de justicia e igualdad se ha conseguido mediante luchas sociales e individuales terribles, en las que los propietarios del caballo, la casa y la pistola sólo han cedido parte de sus privilegios por la fuerza o por el poder disuasorio de la amenaza. El poder reaccionario ha cambiado violencia represiva por diálogo cuando no ha tenido más remedio que dialogar porque no estaba seguro de la victoria mediante la violencia. No es una propuesta de conducta. Es una constatación. Otra más a sumar a la hora de encontrar la correcta metodología para que en el siglo XXI desaparezcan las causas que pudieron hacer necesarias las revoluciones del siglo XX, y en este sentido me permito recomendar la lectura de La caída del imperio del mal, de Alexandr Zinoviev, con prólogo de Francisco Fernández Buey, como un magnífico balance crítico de lo que pudo haber sido y casi no fue la Revolución soviética, en la parte que le tocó vivir como ciudadano, soldado y profesor de filosofía y lógica matemática, primero, en Moscú; luego, en Finlandia.
Sobre la polémica interpretativa de la URSS y Lenin hay un censo muy ilustrativo en el artículo de Anna Sallés publicado en el número 5 de la revista Historiar, donde se dice que tras el hundimiento del sistema soviético se produjo un auténtico revival de la historiografía liberal conservadora que despojó de su hegemonía a la historia social y para los neoliberales... “La caída de la URSS y de todo el sistema soviético confirmaba las predicciones liberales sobre la inviabilidad de un modelo social que había nacido de un acto ilegítimo”.

Todas las etapas

Por todos estos motivos he leído con especial cuidado esta biografía de Lenin, de Robert Service, historiador y profesor británico de la Universidad de Londres, del que ya se había editado en España Historia de Rusia en el siglo XX, publicado en el Reino Unido en 1997 y, por tanto, fruto al menos ultimado una vez ya convertida la URSS en cadáver histórico. Service recorre todas las etapas revolucionarias, desde el crispado entusiasmo del 17 hasta el desencanto generalizado que presenció la perestroika: “La gente”, dice Price, “ estaba harta de las colas, la escasez de comida y el caos administrativo”, y constata que la estructura social de la nueva Rusia... “se está revelando como una versión modificada de la vieja URSS. Pocos eran los propietarios de negocios privados que no provinieran del ámbito de la administración soviética. Incluso el partido de Ziuganov (el candidato poscomunista), pese a sus críticas a Yeltsin, contaba con dirigentes que se habían beneficiado materialmente de las reformas del Gobierno: uno de ellos era propietario de un casino en Moscú”.


Cabe interpretar esta nueva obra biográfica de Lenin como a la vez complementaria y derivada de sus investigaciones sobre la historia de la Unión Soviética, biografía complicada por cuanto sanciona la vida y la obra del diseñador original de una revolución que no supo conservar su Estado, su territorio de partida.


Una de las corrientes autocríticas y críticas que desbordaron los planteamientos inicialmente reformistas y regeneracionistas de la perestroika fue pasar de los ataques a Stalin como gran corruptor del ideal comunista a los dirigidos contra Lenin, es decir, bajo la línea deflotación del sistema. Bien por la izquierda, donde se le acusaba de no haber propiciado una auténtica participación de las bases en la construcción revolucionaria y haber favorecido el papel del partido único y verticalista, o bien por derecha, donde se le veía como un monstruo de la razón causante original de la perversión soviética.


Lenin, en general, se había beneficiado de la apología casi hagiográfica o de la duda condicionada porque, debido a su enfermedad, no pudo dirigir la Revolución en sus años de consolidación decisiva. No hay que confundir el leninismo hagiográfico de los sacralizadores textos oficiales o la reinterpretación interesada de Stalin en Los problemas del leninismo, con la hagiografía interpretativa de Trotski o los estudios ya clásicos sobre la ascensión del leninismo en la URSS (E. H. Carr, La revolución bolchevique o 1917; Edward Wilson, Hacia la estación de Finlandia; Isaac Deutcher, La revolución incompleta; John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, o Pierre Broué, El partido bolchevique; Christopher Hill, Lenin y la Revolución rusa; Georg Lukács, Lenin, la coherencia de su pensamiento), para llegar a las aproximaciones más modernas y selectivas a lo que fue la Revolución calificada como marxista-leninista: los estudios de Geofferey Hosting o las obras concretas de Heather Hogan, Forging Revolution; Claudio Sergio Ingerflom, Le citoyen impossible: les racines russes du léninism; Roger Garaudy, Lenin; Rudi Dutschke, Tentativas de poner a Lenin sobre los pies; el excelente breviario de juventud de F. Fernández Buey, Conocer a Lenin y su obra; de Jane Durbank, Inteligentsia and Revolution, o la ya citada obra de Zonoviev. ¿Qué iba a hacer un historiador como Robert Service con una figura histórica, teniendo en cuenta todas las polisemias que puede alcanzar el adjetivo o la sustancia de lo histórico?


Estamos ahora ante una copiosa biografía en la que el individuo Lenin toma forma sobre un paisaje coral prerrevolucionario y se sitúa intelectual y políticamente en situación de ser uno de los principales agentes del asalto al poder. Entre el Lenin bolchevique, que tiene en su cabeza todos los socialismos posibles, y el que se decanta en las tesis de abril de 1917 por el paso revolucionario no media sólo la evolución de una voluntad política individualizada, sino la descomposición del zarismo activada por la derrota en la I Guerra Mundial y la desesperación social instalada en todas las Rusias.

Sacralización

Como en toda biografía, aunque sea de un político, los datos de carácter dentro del territorio de lo subjetivo tienen su importancia, sobre todo en la medida en que condicionan total o parcialmente decisiones políticas. En cualquier caso, aunque el biógrafo Service subraya las disintonías con el personaje, no las implica en una sanción histórica y espera a disentir radicalmente a cuando, ya muerto Lenin, sus herederos, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, lo sacralizan para autosacralizarse como instrumentos de la revolución leninista, mientras afilan los cuchillos para disputarse el reparto de la túnica sagrada. Por encima de las negativas de la esposa de Lenin a que Lenin se convierta en una momia objeto de culto en un mausoleo, los herederos lo convirtieron en un dios muerto. “Los escritos de Lenin”, añade Service, “adquirieron al mismo tiempo la condición de sagrada escritura; se otorgó a sus obras completas, cuya publicación estaba en marcha desde 1920, un significado político y cultural mayor que a cualquier otra publicación. Se creó en su honor un instituto del cerebro: se recogieron 30.000 muestras de su tejido cerebral para que se pudiera iniciar la investigación de los secretos de su gran talento”.

Stalin, el nuevo Lenin

Diez años después de la muerte de Lenin, Stalin propiciaba la inculcación social de que él era el nuevo Lenin y estaba en condiciones de reinterpretar su pensamiento político en Los problemas del leninismo. Los textos de Lenin fueron reconducidos, a veces incluso mutilados, de la misma manera que se mutilaba la imagen de Trotski de las primeras fotografías de la Revolución triunfante.


Héroe y víctima de la revolución que había iniciado, Service sostiene que Lenin influyó decisivamente en el despertar de Rusia y en la historia del siglo, aunque presupone la interpretación leninista de la política que dio prioridad a la dictadura del proletariado, la lucha de clases, la jefatura y la amoralidad revolucionaria, desde una vocación vanguardista que ha marcado todas las tensiones de la modernidad y que no inventó Lenin: nació con el optimismo del crecimiento continuo material y espiritual que capitalistas y marxistas incubaron en la segunda mitad del siglo XIX. Para Service, resulta paradójico que el hombre que más hizo para derrumbar el edificio construido sobre cimientos leninistas fuera un sincero leninista, Gorbachov, que... “llegó al cargo de secretario general del Partido con la intención de restaurar la URSS, acercándola más a las doctrinas y prácticas de su ídolo”. Aporto mi recuerdo personal del viaje a la todavía URSS en el año del estallido de la perestroika y la contemplación de un poster en el que se veía a Gorbachov dirigiendo un concierto. Sobre el atril, la partitura: en blanco.
Me encanta que este libro pueda ser acusado de algo frívolo al privilegiar los datos sobre la conducta personal, incluso sexual, de Lenin, dado que desde hace años sospecho que estamos hablando de un tipo tan cargante en lo personal como genial en lo político e intelectual.


Excelente que Service se atreva a proponer que Lenin era un niño mimado, como paso inicial para ser un adulto mimado por las mujeres, que llegaron a disculparle su misoginia, incluso una feminista, como Inessa Armand. No me queda otra cosa que recomendar la lectura de este libro, preferentemente a los leninistas y antileninistas acríticos. Desde la propuesta higiénica de que contrapongan lo que aquí se dice con su sabiduría convencional y con la sin duda abundante bibliografía sobre Lenin que todo leninista debe haber interiorizado. En cuanto a los antileninistas posmodernos, seguro que se asirán al claroscuro de un personaje para condenar a todos los que desde Espartaco se negaron a esperar pacientemente Internet y la revolución conservadora para conseguir que la ética penetrara en la historia.

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La escuela antioqueña que mató el espíritu democrático

En el año 2004, el sistema de evaluación democratizada y libertaria de una institución educativa antioqueña participó en un concurso nacional y ocupó el segundo puesto. El directivo que viajó a Bogotá a recibir el reconocimiento preguntó al presidente del jurado, Belisario Betancur Cuartas, expresidente conservador y representante de la burguesía empresarial antioqueña, por qué no les habían concedido el primer lugar, a lo que Betancur respondió –textualmente– "es que ustedes creen demasiado en las libertades individuales y eso es visto como un peligro para la escuela y para Colombia".

 

La escuela antioqueña, dicho en una breve e inicial pincelada, no profesa fe convencida en la libertad como camino para las construcciones democráticas. Por eso es tan ruda nuestra escuela en la represión, en el control de los cuerpos y del pensamiento, en el manejo del tiempo libre de los estudiantes, en las restricciones a las expresiones de afecto y a las estéticas individuales, en la imposición de fes filosóficas cercanas al sometimiento y a la resignación política; y por eso es tan dada a uniformar los cuerpos, los espíritus y las ideologías. La escuela de Antioquia, como pocas en el país, tiene un maridaje perverso y secularmente pactado con la iglesia católica para controlar las costumbres, las prácticas y las conciencias, manteniendo la resignación como única virtud religiosa y política.
Antioquia, la más domesticada

 

La política departamental educativa, denominada pomposamente "Antioquia, la más educada", tiene evidentes perfiles de escuela antidemocrática. En la escuela antioqueña de hoy, como en la del resto del país, quizá, persiste, en palabras de William Ospina, "un modelo mental colonial que venera lo distante y lo ilustre, que desdeña lo cercano como barbarie y ve lo propio como íntimo motivo de vergüenza"1. En el proyecto gubernamental del departamento, y en su escuela, se observa, desde su mentor Sergio Fajardo, autenticado por Harvard, un claro criterio colonial antidemocrático con las siguientes características: 1. Su ideología oficial de tipo colonial, la que orienta su discurso y su acción, se vierte en modelos foráneos, modelos al servicio de la producción y la acumulación capitalista; obliga a calificar según estándares dictados por las necesidades del mercado y por imposición de la banca multilateral; cabalga sobre la tecnología sin racionalidad; elimina los procesos del pensamiento crítico y uniforma en la repetición del único saber convalidado, el del maestro y los manuales; 2. Su ejercicio del poder autoritario vertical impide que el ideal de sociedad democrática horizontal, incluyente y equitativa entre en las aulas y en la vida y la cotidianidad escolares; 3. Su idealización del caudillismo y del caudillo la convierte en servidora incondicional de la voluntad y los mandatos del amo y bienhechor de turno, el gobernante; 4. Su obsesión por idealizar el idioma mercantil, impone las habilidades comunicativas en inglés por encima de las habilidades en el manejo integral, funcional y bello de la propia lengua materna; 5. Su homologación del rendimiento como concepto burgués, la lleva a evaluar inequitativamente y a pasar por alto y vulnerar los derechos de estudiantes de propuestas social-comunitarias, ambientalistas, solidarias, y a discriminar a enteras poblaciones estudiantiles de sectores indígenas, campesinos, afrodescendientes más empobrecidos; 6. Su estrategia de concursos permanentes de repetición de conceptos, de héroes de la burguesía y fechas de sus batallas, de trofeos y lugares coloniales, de fórmulas y algoritmos, de saberes foráneos, de ubicaciones geográficas fosilizadas y de versiones únicas –las de la cultura dominante– de la historia, hace de la escuela antioqueña, una escuela sin memoria, escuela sin esperanza, neutral y aséptica, sin el más mínimo atisbo de conciencia crítica, camino seguro para la eliminación del espíritu y las prácticas de una auténtica democracia.

 

La escuela se cierra sobre si misma o "síndrome de Colón en casa"

 

Hace casi veinte años dijo Alberto Naranjo en un foro público en Medellín "Si Colón volviera a pasar por aquí, no reconocería nada; pero al pasar por una escuela gritaría emocionado, "¡ah, una escuela!"2. Hace 523 años la escuela latinoamericana se metió en un enclaustramiento histórico, real y simbólico: no dejarse cambiar para asegurarse de perpetuar un orden del mundo del que devengaba honores y reconocimiento. Escuela, iglesias y ejércitos fueron los pactantes. En el siglo veinte se sumaron los medios de información. A ese pacto burgués para el control de la ideología, la escuela antioqueña le ha funcionado obsecuentemente. Con carácter morboso. Por este carácter de enfermedad con muchos síntomas lo denominamos "síndrome" y porque es lo que vería Cristóbal Colón si volviera a su viejo patio de acciones, es por lo que lo llamamos "síndrome de Colón en casa"; y le señalamos los siguientes síntomas característicos: 1. La escuela se cierra sobre sí misma, se aísla de lo que acontece afuera, levanta altos muros y piensa que así se librará de la contaminación de las luchas libertarias de su mundo exterior; a veces sale a sus comunidades vecinas a repartir sus maltrechas e inoficiosas caridades de ropa vieja o comidas sobrantes y vuelve a replegarse sobre sí misma; no ha querido aprender a sumarse a las esperanzas políticas de los espíritus grandes; 2. La escuela se alía con la religión, montada en la convicción de que juntas producirán seres humanos seriados, homogeneizados en el miedo a las hipotéticas iras de sus hipotéticos dioses, seres humanos, en fin, controlados y controlables; 3. La escuela marcha, habla y piensa como los regimientos, se vierte sobre los mismos moldes formales de los ejércitos oficiales y los idealiza en su discurso como pilares de libertad democrática; 4. La escuela se irrita cuando de sus aulas macilentas brotan espíritus insumisos, los declara enfermos y los pone bajo control siquiátrico, les cuelga estigmas de desadaptados y, finalmente, los excluye porque la perturban y le resultan irresistibles.

 

La confesionalidad que mata la pluralidad en la escuela de Antioquia

 

Lo corriente en Antioquia, por obra y gracia de una catolicidad vieja y empolvada, anacrónica y sin sustancia, es la escuela declaradamente confesional. Imágenes de la católica virgen María, corrientemente desgarbadas y de estéticas paupérrimas, campean en todos los patios y espacios libres de las escuelas. No es extraño que las jornadas se inicien con oraciones de los rituales romanos. Muchas escuelas no tienen un espacio digno para juntarse a labores extraclase, a conversación o debate, por ejemplo, pero sí protegen contra viento y marea capillas esmirriadas, bajo techo eso sí, y con buen mobiliario, con flores secas y manteles descosidos, que se reservan celosamente y en exclusiva por si a lo largo de un año aparece una vez al menos un cura para decir su misa. La letra y el espíritu de la Constitución Política de 1991 no ha entrado a la mayoría de las escuelas públicas. Los grados de bachilleres, asunto público, se hacen con misas católicas por más que entre los graduados se encuentre un significativo grupo de estudiantes no católicos o no confesionales. Sus derechos no cuentan porque, según las directivas, "son unos pocos". La educación, derecho público, es tratada como asunto privado y con lógicas privadas, las propias de la religión dominante. Las sexualidades y las pluralidades de género se enfocan en esa escuela no desde la antropología y la ciencia sino desde las pesimistas miradas restrictivas de la moral confesional. Esa escuela cae, entonces, por su fanatismo religioso, en discriminación, estigma y eliminación de los individuos que se atreven a defender el democrático derecho a la diferencia.

 

¿Retoña la democracia en algunas formas de la escuela antioqueña?

 

Maestras y maestros de Antioquia, como individuos aislados pero, por fortuna, no en escaso número, con la convicción de construir otra democracia desde la escuela y a pesar de ella misma, se zafan de sus rigorismos verticales y de sus atavismos uniformadores para crear espacios de libertad, de pensamiento crítico, de inclusión y de descolonización de los currículos. El 4 de mayo último, en pleno paro del magisterio, en el municipio de La Estrella del sur del área metropolitana, nos reunimos 120 por convocatoria de la "Alianza de maestras y maestros gestores de nuevos caminos" para contar y contarnos la escuela liberadora e incluyente que cultivamos en nuestra tarea diaria: La "personería estudiantil colegiada y horizontal" del colegio Colombo Francés, los "círculos de conversación", los "PIP – Proyectos de investigación personal" y "Making my passion my profession" del colegio Soleira, "niñas y niños exploradores" y "el espíritu de la poesía en la escuela" de la institución educativa Bernardo Arango, "el circo de las estrellas" de la institución educativa Concejo Municipal y "Resignificando la práctica docente" del colegio Gabriel Echavarría, nos dejaron ver de qué modo nuestros maestros y maestras se resisten a dejar sofocar el espíritu que aletea en el alma de la educación y cultivan democracia abierta, plural, incluyente, equitativa y esperanzada.

 

Dentro de ese escenario del espíritu de la democracia pujando por entrar en la escuela antioqueña y transformarla hay que nombrar a la "Alianza de maestras y maestros gestores de nuevos caminos", iniciativa y alianza sostenida a lo largo de los últimos 24 años, liderada por la Fundación Confiar, la Corporación Región, la Corporación Penca de Sábila, la Fundación Educativa Soleira, la Corporación La Ceiba y el Colegio Colombo Francés.

 

Esta alianza ha logrado sostenerse en el tiempo por su afín vocación por la educación, para que la palabra no se calle, para que el pensamiento fluya y se enriquezca, para humanizar el acto educativo y para defender lo colectivo, lo público y los bienes comunes al servicio de las mayorías. Es una alianza fluida y llena de confianzas que se compromete en la movilización del pensamiento, en especial con maestras y maestros, animadoras, animadores y gestores sociales y culturales desde la educación y sus contextos. Por sus convocatorias –5 encuentros, un seminario y múltiples mesas temáticas amplias– circulan cada año discursos, líneas de pensamiento, posturas, investigaciones, cuestionamientos y experiencias significativas. Esta divulgación constante mediante los eventos y las publicaciones ha colocado a "Maestras y maestros gestores de nuevos caminos" en un lugar de innovación académica y organizativa en Medellín y Antioquia.

 

Durante el segundo semestre del año que corre la Alianza ha desarrollado en diferentes municipios antioqueños distintas actividades alrededor del tema "¡Borremos el tablero! – hacia la descolonización del currículo": La Estrella, Támesis, Santa Rosa de Osos, Carmen de Viboral y Medellín han sido algunos de estos municipios donde esta actividad tom{o forma. Los días 21 y 22 de agosto también fue celebrado en Medellín su Seminario 23, en esta ocasión bajo el prisma: "Hacia la descolonización del currículo".

 


 

1 Ospina, William. Antioquia, donde el verde es de todos los colores. Mondadori, Bogotá, 2013, p. 39
2 Cf.

 


 

Recuadro

 

El sentir de estudiantes de bachillerato de sectores populares de Medellín

 

"Los medios de comunicación amenazan nuestra existencia"

 

"El cuadro del mundo que se le
presenta a la gente
no tiene la más mínima relación
con la realidad,
ya que la verdad sobre cada asunto queda
enterrada bajo montañas de mentiras"
Noam Chomsky

 

"Los medios manipulan, tienen claridad de quiénes somos, buscan mil maneras de ingresar en nosotros, llenando los espacios que ellos mismos crean. Entran, sacan, "innovan", crean competencias, señalan, esclavizan y juzgan todo aquello que no genere capital para ellos; no les inquieta el colapso mental abismal que crean en la gente, ése es su negocio y uno de los negocios más rentables del mundo. Sus bases fundamentales son capital y destrucción; ésas son sus políticas innegables; los medios dicen fomentar el respeto, la libertad, la igualdad de derechos y la democracia pero de ella excluyen a países como Venezuela, Ecuador, Cuba, Bolivia; entre otras razones porque, según ellos, éstos son los creadores de una política revolucionaria que no les conviene"

Jonathan Estiven Muñoz Rendón
Grado 11º

 

"Las multinacionales y el capitalismo forman y crean un sociedad consumidora, quieren jóvenes prisioneros de sus ideales y opiniones, esclavos de la propaganda para que continúen siendo ignorantes; manipulan la información transmitida de modo que impacte y sea bien recibida; por eso siempre estamos a disposición de los medios, nos embrutecen y crean ideales de gente perfecta, para que todos marchemos en línea y cumpliendo con sus preceptos"

Angie Melisa Arboleda Agudelo
Grado 11º

 

"Vivimos en una sociedad a la que no le importa quién eres, sino cuánto tienes y cuánto puedes comprar; te da beneficios no por lo que necesites sino por lo que puedes pagar para que te los otorguen; habla de igualdad, pero quienes tienen dinero ganan más dinero. Paga millones a aquel que se sienta o finja ser importante; y paga una miseria a quien se desgasta en el trabajo. Es una sociedad que nos mete ideas estúpidas y normalmente las recibimos muy bien. Es la sociedad del mejor postor"
Sara Lizeth Lopera Castañeda.
Grado 11º

 

"Una minoría controla las masas –a nosotros–, y nos controla a su amaño, nos manipula para beneficio propio; saben bien que, si salimos de la burbuja en la que vivimos y nos quitamos la venda de los ojos, sus intereses saldrán perjudicados. Ellos son el poder, son una minoría. Pero, ¿por qué no actuamos si somos mayoría, si podríamos tener el poder en nuestras manos? Tendríamos que mirar más allá de una simple pantalla"
Yaritza Morales Acevedo

"Hoy en día se ha convertido al ciudadano de a pie en el objeto del consumismo, se ha rebajado categóricamente su dignidad; nos han convertido en esclavos de la publicidad; el capitalismo necesita que seamos poco conscientes y obedientes a un mensaje o imagen. Poco a poco nos sumergimos en la ignorancia y el atraso, hacemos de nuestros deseos una necesidad insaciable"
José Alejandro Giraldo Pavas. Grado 11º

 

"Los medios de comunicación no mueven un dedo para que el mundo cambie, todo lo que ellos hacen es con un firme propósito, ¿cuál propósito? Antes se decía que para lavarnos el cerebro, pero no, no es lavarte el cerebro sino quitártelo; una persona sin cerebro no piensa, no imagina, no critica, sólo puede ser programada para ser controlada en función de CVC – comprar-votar-creer. ¿Cómo? Con tv, radio, prensa y publicidad; nos mantienen ocupados para que no tengamos ni un minuto para pensar, nos hacen creer que sus aparatos son indispensables en nuestras vidas; nosotros ni nos damos cuenta de lo que ellos quieren; todos tenemos un precio y la tv paga muy bien por ello"
María Alejandra Menco Villera

 

"Tu publicidad me enferma"

 

Más que dolor de cabeza, me causas migraña, pones como culpables a mis hijos, mi trabajo, mi matrimonio, mis responsabilidades; ellos llenaban mis días de vida antes de ver tu absurda propaganda que todo lo corrompe. Conviertes a un hijo en un factor que afea y daña la figura. Conviertes mi cuerpo de mujer en una imagen de deseo y en un santuario de necesidades inútiles. Conviertes mi desarrollo corporal y mis marcas de la adolescencia en un problema de autoestima. Conviertes las canas que se asoman en mi cabello e indican el paso de los años en problema de marca mayor. Conviertes mis aires naturales de mujer sin compliques en carencia de sensualidad. Conviertes las varices que son secuelas del mucho caminar en algo de lo cual debo avergonzarme y ocultar. Conviertes mis arrugas, carga de experiencia y madurez, en una pesadilla mayor. Conviertes las cicatrices que cuentan historias en motivos de desconfianza de mi propia belleza. Conviertes las múltiples señales de la vida sobre mi cuerpo en enfermedades que urgen atención inmediata; lo natural lo haces sonar grave, no sólo creas el absurdo problema sino también la absurda solución. Juegas con nuestras sensaciones, gustos y debilidades, por eso cada vez que enciendo un televisor y veo tu publicidad, siento que me enfermo, descubro miles de problemas en mi cuerpo, como también miles de productos que lo solucionan. Lo que parecía mi normalidad pasó a ser una enfermedad y todo por tu maldito influjo que me invade en todo momento y en todo lugar"

María Alejandra Menco

Publicado enEdición Nº 217
Tiempo pasado, tiempo vivo. Dada la conmemoración del bicentenario o “Grito de Independencia” con respecto a España, es la ocasión para extraer de esos sucesos algunas lecciones útiles para el presente y las tareas de los movimientos sociales.

Mito fundacional. Ahora se sabe que terratenientes y comerciantes conspiraron para que el 20 de julio fuera un acto de presión sobre el Virrey pero sin incluir al pueblo, al cual temían. Dos siglos después, no cambian su actitud. De acuerdo con sus ceremonias y la historia oficial, los sucesos de aquella fecha fueron obra de varios ‘ilustres’ señores que, “sin intereses mezquinos”, buscaban independizar del dominio del imperio español a la otrora Nueva Granada. Sin embargo, tal mito de bondad, solidaridad y desprendimiento es falso.

Los ‘ilustres’ terratenientes y comerciantes, los poderosos de ayer –aún hoy– sólo pretendían su beneficio, sin exigir nunca la independencia con respecto a España, como consignaron en el Memorial de agravios. Y en sus desarrollos anteriores y posteriores.

En la verdad del 20 de julio, fueron los pobres de la ciudad los actores sociales que garantizaron que la trifulca iniciada luego del mediodía –en el marco de la plaza central de Santafé y que concluyó en las primeras horas del día siguiente– no terminara en derrota. Esos mismos pobres, con José María Carbonell a su cabeza dos días después, volvieron a la carga con la exigencia de Independencia y cárcel para el Virrey. Carbonell, como es fácil deducir, fue preso por orden de los oligarcas de entonces (los mismos que el establecimiento celebra como propiciadores del acta de independencia), que le temían (bajo cargos de terrorismo, dirían hoy), no liberado hasta diciembre (por falta de pruebas –falso positivo jurídico–, se dice ahora) y de nuevo en prisión, por algunos días, en enero de 1811.

Ese pueblo fue el que exigió –en palabras actuales– un gobierno popular y el que luchó hasta hacerlo realidad –bajo el empeño precursor de Antonio Nariño–, en septiembre de 1811. Y es el mismo que persiste en exigir independencia hasta firmar su acta como Estado de Cundinamarca, en 1813. Antes, en noviembre de 1811, ya el pueblo cartagenero, bajo el liderazgo de los hermanos Gutiérrez de Piñeres y en contra de los intereses dominantes en ese puerto, lograron firmar su independencia con una pauta que no aceptaba retorno.

Fundamentos de la nación. ¿Qué antecedentes tiene esta movilización popular, este afán de libertad y soberanía? Algunos muy precisos: la digna resistencia indígena contra la invasión-conquista, y las diversas formas de opresión y control que ejecutaron sus opresores. La lucha por la libertad de los negros esclavos, que se tradujo en la construcción de palenques. La acción honrada y la solidaridad de los campesinos-artesanos señoriales pobres para no quedar sometidos al terrateniente. Y también la posterior acción autónoma, colonizadora, de los campesinos del centro del país. Pilares, cada uno de estos grupos sociales, de los fundamentos de la nación que somos.

Con estas gestas debemos recordar acciones precisas como el levantamiento de los comuneros, que se puede entender como una insurrección de comerciantes y campesinos contra aspectos particulares del dominio imperial de España, con su eco sobre los trabajadores del río Magdalena –bogas–, y esclavos que, como los de Guarne (Antioquia), rompieron sus cadenas. El levantamiento de los comuneros halló la derrota por traición. El intento de los negociadores del Rey era uno sólo: dilatar, distraer, cooptar, dividir, y luego incumplir. Con este propósito, accedieron con algunos de los voceros del levantamiento a la entrega de beneficios individuales, un método y un recurso que no son muy distintos ahora. La lección es clara.

Dirección nítida frente al objetivo. Alguno de los propósitos del 20 de julio –soberanía– no se consiguió hasta 1819 con la batalla de Boyacá, transcurrieron 10 años de intensa guerra y conspiración social para su logro. Quedó en nuestra historia que no hay confrontación bélica sin hombres y mujeres en armas. Sin una tropa con ayudas de todo tipo, mediante las redes sociales ‘espontáneas’ y de presencia del pueblo. Es indiscutible. La lucha contra el imperio español triunfó porque, al final, participaron los campesinos y los esclavos, fruto de la dirección clara y con decisión indeclinable frente al objetivo que, tras varios avatares, pudo garantizar el mando centralizado en Bolívar y la oficialidad que acompañó su lucha. Y dio ejemplo.

Como nos enseñaron los patriotas, en esa pugna social de ayer, con su prolongación hasta hoy, debemos tener en cuenta que, para llevar a buen termino una iniciativa como estas, es necesario alcanzar una orientación precisa (procede de la deliberación colectiva), definir el sujeto básico o principal y su reivindicación –para los esclavos, era su libertad–, el tiempo y sus ritmos, los aliados –nacionales e internacionales–, la comunicación y sus signos y mensajes (aún a lomo de mula, el Correo del Orinoco articuló la esperanza), la dirección oportuna que resuelve batallas, avances y tareas; las formas seguras de recursos, los momentos y espacios para el ajuste de los planes, el conocimiento del contrario, etcétera.

Con el paso del tiempo, estos sectores sociales que fundaron la nación y aún la sostienen encabezaron infinidad de gestas por la justicia, la libertad, la soberanía, la tierra, el trabajo, etcétera: tras la Independencia, siguió en importancia el levantamiento de 1853 que llevó a José María Melo a la Presidencia del país, trofeo popular que desató la reacción de los terratenientes-generales contra el gesto rebelde de los artesanos conscientes que atrajo y tuvo el apoyo de los restos populares del ejército libertador.

Pero también cuenta la movilización de obreros y campesinos de los años 20 del siglo XX, que, parejo a la fundación del partido socialista, padeció represión en la Masacre de las Bananeras, uno de los antecedentes de la insurgencia social que acompañaron a Gaitán y se mantuvo tras su asesinato, incluidas las resistencias, y las guerrillas liberales y las revolucionarias a que dieron paso. Triste. La expresión electoral de 1970, usurpada por la clase dominante, sería la última de estas manifestaciones con capacidad nacional de acceder al gobierno y disputar el Estado.
 
Entre unas y otras, se presentó –se presentan– infinidad de intentos de organización social y expresión política de sus propósitos, pero sin trascendencia de país, social, total. Muchas, regadas en el camino, sin potenciarse más allá de lo local y de iniciales propósitos de gremio, o grupo, por desconocer y no poner en marcha las lecciones desprendidas desde el alzamiento comunero.

Otra lección de nuestros antecesores y Congreso de los Pueblos. Tras este rápido recuento, queda un principio de acción que nos enseñaron los sectores sociales, tanto actores del 20 de julio como los comuneros, y también los cimarrones y los pueblos indígenas, que en su mayor parte Bolívar comprendió:

    sentido colectivo, consignas o propósitos claros y unificados (estrategia y táctica), sujeto preciso, centralización, solidaridad, persistencia, distancia y desconfianza frente a los sectores oficiales, vocerías colectivas.

Justo, los principios y el espíritu que impulsan y debe acoger el Congreso de los Pueblos.

Publicado enEdición 159
Lunes, 21 Junio 2010 17:31

Colombia, ¿cuál unidad nacional?

El ciclo electoral del 2010, llegó a su cierre con lecciones severas para las fuerzas sociales y políticas que pretenden una nueva sociedad. Con Juan Manuel Santos elegido como nuevo Presidente, se abren interrogantes más de fondo acerca de la verdad del futuro de la nación y de los habitantes de este país.

La segunda vuelta para elegir presidente en Colombia, conmovió muy poco a su población. Pareció más un ejercicio de trámite. Con una abstención que rozó el 56 por ciento, sumada a los votos en blanco (455.330, es decir el 3.4 por ciento), es claro que el 59 por ciento de los connacionles es indiferente ante el nuevo mandatario. Que no comparte sus propuestas o está en contra de él y sus anuncios. Peor aún, si a estas cifras se suman los votos nulos (1.49 por ciento), y los tarjetones no marcados (0,74 por ciento), muchos de los cuales se pueden entender como otra forma de protesta.

Votos y legitimidad

Los resultados de la primera vuelta, con 6.758.539 sufragios para el uribismo y 3.120.716 para los verdes (las dos fuerzas más votadas), no permitía vaticinar sorpresa alguna, más aún, cuando estos últimos con su discurso en aspectos de moral y de forma, con poco de fondo y esforzándose, por demás, por parecerse al máximo a Uribe, se cerraron a cualquier tipo de alianza.

Sobresale de este resultado, sí, el esfuerzo mediático por destacar que es la votación más alta que haya obtenido presidente alguno. Un rezo cuya traducción podría ser: que Santos es el más legitimo. Argucia que llama la atención, porque oculta las cifras de abstención, voto en blanco, voto nulo y tarjetones no marcados.

Ahora viene la rapiña

Otro aspecto que llama la atención es la insistencia de Juan Manuel Santos en su consigna de “unidad nacional” que anunció desde el comienzo de la campaña para la segunda vuelta. Esta consigna fue la nota central en el discurso pronunciado como Presidente electo. ¿Por qué esta insistencia?
¿Acaso, a diferencia de Uribe, Santos pretende superar la distancia que mantiene con una parte importante del país? ¿O, tal vez, es una estrategia para ganarse al partido liberal y descomponer a los verdes?

Cualquiera sea su explicación, ya obtuvo su primer logro: sumar nueve millones de votos. Un importante sector de los liberales –con afán de cuota burocrática- se volcó a apoyarlo. Otros sectores, como el Partido Conservador y Cambio Radical no dudaron como sus aliados seguros. Cruzados por las diferencias y continuidades con las políticas heredadas, ahora viene la rapiña. El tira y afloje por la distribución de ministerios, embajadas, y el resto de la torta burocrática,

Falta por ver si algún ofrecimiento concreto, ministerial, para los verdes empalaga a Enrique Peñalosa y echa por la borda la consigna de Mockus de “independencia y deliberación” con borrón de su futuro como fuerza independiente que tendría su primera prueba de fuego con las elecciones a
gobernaciones y alcaldías en el 2011.

La unidad nacional de boca para afuera

En cuanto al conjunto nacional no vinculado a ninguno de estos partidos, las políticas efectivas que ponga en marcha el nuevo Presidente, sobre todo en su propagandeado ataque al desempleo y la pobreza, serán fundamentales para saber si la “unidad nacional” procede o queda rota por la evidencia práctica. Y todo indica, sin duda alguna, que en materia económica habrá continuidad. La “unidad” no pasará, por tanto de un ejercicio de lengua y dientes para la foto.

Sus anuncios en materia de tratamiento al conflicto y a la insurgencia, por otro lado, deja claro que la “unidad nacional” dependerá de la efectividad de la fuerza y el peso de la sangre, sin emprender nada de diálogo.

Así las cosas, podríamos decir que estamos ante un ejercicio mediático, que se verá claramente afectado desde los primeros días del nuevo gobierno, cuando las medidas reales que tomará en materia económica –más impuestos– cierren las puertas de las mayorías que no votaron por Santos.

Lecciones para las fuerzas alternativas

Una primera y principal a tener en cuenta, resulta de que dada la crisis social y humanitaria que merecía un voto castigo para “la continuidad del uribismo” la realidad indica que el puente está roto o muy deteriorado con la mayoría de la sociedad colombiana, entre ellos los indiferentes y los abstencionistas, pero también con aquellos que votaron en conciencia por el nuevo Presidente, a pesar de todos sus antecedentes y de la herecnia que representa. Sin duda, en nuestro país ganó espacio y legitimidad otra cultura, la de los no derechos, la de la violencia sin par, la del más fuerte, la cual plantea un inmenso reto para las fuerzas del cambio.

Hay que enfrentar esta nueva cultura, y a la par, hacer conciencia de que toda fuerza que pretenda ser alternativa, tiene que orientarse, y lograr movilizar, esa inmensa y multiple franja de la sociedad que hasta ahora no se siente concitada por ningún mensaje.

Por otra parte, hay 9 millones de connacionales que están de acuerdo con la mano dura y la guerra. Hacia ellos es poco el quehacer por ahora, aunque en un futuro hay que construir un mensaje para que cambien de actitud. Sobre esta franja social es destacable su disciplina, evidenciada en una votación que no fue desestimulada por ninguno de los siguientes factores: saber que ya habían ganado, el mundial de fútbol, la intensa lluvia que afectó todo el país.

La segunda se deriva para los contrarios al nuevo gobierno, quienes tienen el reto de hacerse activos en todo tiempo y lugar, y no solo pronunciarse en momentos de coyuntura electoral. Todo militante de la causa del cambio y la renovación en Colombia, debe comprender que éste llegará si cotidianamente hay miles de miles que entrelazan actividades y despiertan simpatías y nuevas militancias entre todos aquellos que se sienten en desacuerdo con los gobiernos de turno, sin encontrar hasta hoy canales para hacer sentir su voz disconforme.

La tercera indica que no se puede dejar de agitar el programa de campaña que levantaron las fuerzas opositoras. Superando prácticas electoralistas el mensaje de estos meses debe tener un continum que permita a la población reflexionar, discutir, agregar, desarrollar, superar, etcétera, aspectos de tal programa, de tal manera, que comprueben que su construcción exige y depende de acciones que van mucho más allá de las mismas elecciones.

Parte de este ejercicio, entonces, demanda que se tenga y se desarrolle desde ahora, antes del mismo 7 de agosto, un plan económico que denuncie y neutralice toda la agenda económica que se avecina, pero además, que empodere a los ciudadanos con una agenda de gobierno y poder que siembre semillas de «un nuevo gobierno», aquí y ahora.

El Congreso de los Pueblos

Aspecto sustancial de esta ejercicio, estará dinamizado por la apertura, instalación y primeras sesiones del Congreso de los Pueblos, que será anunciado para todo el país el próximo 19 de julio a través de marchas que tomarán cuerpo en Bogotá, Cauca, Santander y otros departamentos y ciudades, y que tendrá sus primeras sesiones en octubre venidero.

Es a este espacio de unidad en la calle, del común del pueblo, y dirección táctica oportuna, experiencia de nueva coordinación social y política, a quien corresponde liderar la Unidad Nacional efectiva. Encontrar los lenguajes, los métodos y estilos, el tiempo, las consignas precisas para que los sectores populares en Colomiba retomen el liderazgo que los sufrimientos no dan espera.

Las elecciones pasaron. Nuevos y viejos retos están y siguen vigentes.

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