La paz, los desnutridos niños Wayúu de la Guajira, Reficar y las protestas contra Peñalosa por Transmilenio

Tres grandes acontecimientos golpean con furia a la sociedad colombiana por estos dias.Ocurren con el trasfondo de las conversaciones de paz impulsadas por el gobierno neoliberal y derechista del señor Juan Manuel Santos, quien administra parapetado en una coalición clientelista de politiqueros hundidos en la corrupción y el robo continuado de las rentas del Estado, en perjuicio de millones de colombianos que se debaten en la peor pobreza y miseria.

Muchas encuestas indican que la mayoría popular no cree en la estrategia de paz neoliberal santista orientada a rebobinar el régimen oligárquico que sirve a los intereses de una minoría plutocrática, nacional y global.

Si bien es cierto que los diálogos de paz adelantados en La Habana registran importantes avances en materia agraria, de democracia política y derechos de las víctimas de la guerra, tales resultados no se traducen en mejorías ciertas de las condiciones de vida de los más débiles de la sociedad: desempleados, mujeres, niños, campesinos, ancianos, discapacitados, jóvenes, victimas y trabajadores.

Llevamos casi cuatro años de paz, que la delegación de la resistencia campesina revolucionaria demanda sea con justicia, equidad y respeto por los derechos humanos fundamentales, pero los productos no son los mejores en todos los campos.

Resalto tres situaciones concretas por aquello de que por los hechos los conocereis.

La primera, los niños Wayuu de la Guajira siguen muriendo por montones, en hospitales públicos y en los andenes de sus pueblos, por causa de la desnutrición que se desprende de la pobreza y miseria de sus familias. Con un agravante que atropella la dignidad humana y es la corrupción de la burocracia santista del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar/ICBF, que hace un robo continuado, desde el 2010, cuando se inició la primea administración de JMS, de los dineros aportados para paliar la hambruna Guajira.

Esas platas las asaltan los politiqueros de Cambio Radical y de la U, santistas todos, únicos dueños de las instituciones públicas locales, regionales y locales.

La segunda es el desfalco a Reficar, fechoría compartida por el santouruibismo. Pero el saqueo billonario no es solo en la construcción de dicha refinería en Cartagena. En medio de la paz, de los diálogos, de los acuerdos, los políticos santistas se dieron mañas para perpetrar el más grande asalto a la reciente y descomunal bonanza minero energética vivida por la economía colombiana por el auge de la demanda internacional de las materias primas.

Y la tercera es la arremetida violenta del alcalde de Bogotá, señor Peñalosa, contra las justas protestas frente al caos de Transmilenio que tiene sus antecedentes en la delincuencial gestión de Petro, el seudo progresista ex alcalde, protagonista del conocido carrusel de las contrataciones corruptas en las Alcaldías locales capitalinas.

No obstante que en los acuerdos de La Habana sobre participación política y víctimas se estableció dar garantías a la protesta social y garantizar los derechos de los movimientos sociales, Peñalosa y la Policía con el Esmad, dieron rienda suelta a todo el poderío represivo para aplastar la rebelión popular contra el gobierno neoliberal y cementero de la Capital.

No puede haber paz con niños Wayuu muriendo por hambre en la Guajira, con la corruptela de Reficar y Ecopetrol y con los desmanes policiales de Peñalosa para aplastar el justo rechazo del mal servicio de Transmilenio y las maniobras que quieren impedir la construcción del Metro para resolver en parte el problema de la movilidad de casi 10 millones de ciudadanos.

Si el neto de la entelequia santista de paz es esto, apague y vámonos. No
llevó el p......

Aun así, va creciendo la movilización social y la protesta popular contra la andanada neoliberal de la casta dominante. Que sigan los preparativos del gran paro cívico nacional, con pasos muy importantes en la región Nororiental colombiano.

Van 6 semanas del 2016 y se multiplican las acciones masivas populares por los derechos y la mejora de las condiciones de vida.

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Transición hacia el biocombustible amenaza con la escasez de alimentos, afirman científicos

Varios investigadores han llegado a la conclusión de que las consecuencias de la sustitución de la gasolina por biocombustibles no solo serían positivas, pues la producción de alimentos se podría ver afectada por este proceso.


Los científicos calcularon que entre un 20% y un 50% de los cereales que se planea usar en la producción de biocombustible no podrían ser recuperados, lo que contribuiría a un aumento de los precios del trigo y a la desaceleración de la producción de alimentos, informa el portal Science Daily.


Según afirma Timothy Searchinger, de la Universidad de Princeton (Nueva Jersey, Estados Unidos), sustituir la gasolina por etanol (un biocombustible) no reducirá la emisión de gases de efecto invernadero, sino que provocará que aumenten.
En ese sentido, se comprobó que cuanto más trigo se recicla mayor es el volumen de dióxido de carbono (CO2) emitido a la atmósfera.


Searchinger, que ha dirigido el estudio asegura el etanol producido con trigo generaría un 46% más de emisiones que la gasolina, y el etanol procedente del maíz, un 68% más.


La investigación se ha centrado en tres modelos empleados por agencias de medio ambiente de Europa y Estados Unidos.
Según los autores, buena parte de los cultivos que dejan de dedicarse al consumo y se destinan a la producción de biocarburantes no ha sido cubierta mediante la ampliación de terrenos. Se estima que se ha perdido para el consumo humano y animal entre el 20% y el 50% de las calorías desviadas a la producción de etanol.


El problema no es sólo la cantidad, sino también en calidad: en el caso del modelo sostenido por la Comisión Europea, parte de la pérdida de calorías para consumo humano se cubre con aceites de menor aporte nutricional. El resultado no se limita sólo a que haya menos comida.


Al disminuir la oferta, los precios de los alimentos suben en todo el planeta, lo cual tendrá efectos desproporcionados en los países más pobres, afirma Searchinger.


El estudio concluye que los modelos empleados esconden los detalles que muestran que la reducción de alimentos y su consumo son necesarios para que las actuales políticas sean efectivas, y sugiere mayor transparencia para que se puedan elaborar modelos más eficaces en la lucha por disminuir la emisión de gases de efecto invernadero.


(Con información de Blasting News)

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Miércoles, 04 Diciembre 2013 08:10

La cuestión es el acceso

La cuestión es el acceso

Uno de cada ocho habitantes del planeta se va a dormir con hambre todas las noches. Se estima que el mundo produce actualmente alimentos para 9000 millones de personas y tiene 7200 millones. Diez millones de niños fallecen por año antes de cumplir cinco años. Un tercio por desnutrición, la que causa, asimismo, que 165 millones de niños tengan retrasos del crecimiento. Si durante los primeros mil días de vida, un niño no tiene la alimentación necesaria sufre graves daños, que no son reversibles después.


Según el Informe 2013 de la FAO, 2000 millones de personas sufren de "hambre escondida". Carecen de uno o más de los micronutrientes principales. Los déficit en vitamina A (30,7 por ciento de los niños) impiden el funcionamiento normal del sistema visual. La falta de hierro es uno de los factores que lleva a la anemia (47,9 por ciento) que afecta el desarrollo cognitivo, el embarazo, la mortalidad materna. Las deficiencias en yodo (30,3 por ciento) impactan en el funcionamiento mental.


Según Harvard (2011), la desnutrición es uno de los factores que ha llevado a la disminución o el estancamiento de la estatura promedio de las mujeres pobres, entre otros en países como Guatemala y Honduras, que tienen algunas de las mayores brechas en altura entre las mujeres ricas y pobres. ¿Por qué tanta hambre cuando hay un "superávit" de alimentos?


La FAO, que dirige con un liderazgo ejemplar, renovador y avanzado José Graziano, fundador del exitoso programa Hambre Cero en Brasil, previene en el título de su informe 2012 que "el crecimiento económico es necesario, pero no suficiente para acelerar la reducción del hambre y la malnutrición". Hay un problema de acceso a los alimentos. Para los 1200 millones sumidos en pobreza extrema (menos de 1,25 dólar diario), es muy difícil adquirirlos. También es complejo para los 3000 millones sumidos en la pobreza (menos de 3 dólares diarios). Así por ejemplo, en Níger, representan del 70 al 80 por ciento de los ingresos. Ese acceso se ha hecho más difícil desde la gran crisis del 2008/9 por las consecuencias pauperizantes que sigue teniendo, y la suba y volatilidad de los precios, agudizadas por la especulación en las bolsas de alimentos.


Por otra parte, los agricultores pobres están siendo especialmente afectados por las consecuencias del cambio climático. El aumento de la frecuencia y magnitud de los desastres naturales, y la desertificación de extensas zonas están destruyendo precarios equilibrios de supervivencia.


El hambre es derrotable


AmartyaSen mostró el peso del acceso. Analizó las cifras de expectativa de vida en Inglaterra durante las seis primeras décadas del siglo pasado. Cuando más aumentaron fueron durante las guerras. Explica (Sen y Kliksberg, Primero la Gen. 2012): "En tanto que el suministro total de alimentos per cápita se redujo durante la guerra, la incidencia de una exagerada desnutrición también disminuyó en vista del uso más eficaz de los sistemas públicos de distribución relacionados con el esfuerzo bélico y una forma más equitativa de compartir los alimentos a través de los sistemas de racionamiento".


Dar a un niño una taza con los micronutrientes que necesita cuesta sólo 0,25 centavo de dólar diario. Ello significa 91 dólares anuales. Se gastan por segundo dos millones en armas.


¿Se puede reducir el hambre con rapidez? El Brasil de Lula y Dilma lo mostró a través del programa Hambre Cero declarado referencia mundial por los organismos internacionales. Al inicio del gobierno de Lula había 44 millones de desnutridos. En el 2009, 20 millones menos, y siguió bajando. Lula declaró al tomar posesión (1/1/03): "Vamos a crear las condiciones para que todas las personas en nuestro país puedan comer decentemente tres veces por día, todos los días, sin necesidad de donaciones de nadie. Brasil no puede continuar conviviendo con tanta desigualdad".


El programa comprendió políticas combinadas que iban a las causas de fondo. Entre ellas, promoción masiva de los agricultores pobres, a través del seguro de la renta agrícola, prioridad a la producción interna, compras públicas, aumento de la producción de alimentos locales, incentivos a la investigación en el uso de tecnologías apropiadas, crédito, cooperativas y asistencia técnica.


Se estimularon su organización y participación y se convocó a la sociedad civil y las empresas. Subrayan Graziano, Belik y Takagi (2012), sacando lecciones del programa para otros países latinoamericanos en los que fue clave su centralidad: "Es importante que una política de seguridad alimentaria se afirme como política transversal y como centro de la planificación de un gobierno, y no meramente como un programa sectorial vinculado al desarrollo agrícola o al área asistencial".


Destacan que "en América latina es fundamental asociar las políticas de seguridad alimentaria a la implantación simultánea de políticas masivas de distribución de la renta. La raíz del hambre y de la inseguridad alimentaria está en la estructura desigual de la renta, y en su perpetuación y profundización".


Brasil sigue teniendo exigentes desafíos, pero la población desnutrida era en el 2010/12, según la FAO, 6,9 por ciento frente al 17,5 por ciento en otro de los Brics, la India, y 12,5 por ciento a nivel mundial.


El tema es el modelo


Argentina conoció el hambre en los '90 de mano del modelo neoliberal.


En un país con capacidad de producir alimentos para diez veces su población, la foto de un niño de Tucumán que murió de hambre recorrió el mundo. Del 2003 en adelante, las políticas económicas inclusivas, las agresivas políticas sociales, el énfasis en salud pública, nutrición y educación, la redistribución en los ingresos, el programa estratégico agropecuario redujeron el problema a cifras mínimas, pero que deben seguir siendo enfrentadas.


A la desnutrición se suma hoy la obesidad. Ciento treinta millones de latinoamericanos tienen sobrepeso. En ello inciden la ingesta de "comidas basura" llenas de grasas ultrasaturadas, las bebidas azucaradas, el exceso de sodio. Esa "dieta", fomentada por ciertos intereses económicos en los más humildes, produce daños circulatorios, diabetes y diversas enfermedades. México, uno de los países con mayor obesidad, con 70.000 muertes anuales por diabetes, termina de imponer impuestos especiales a la comida chatarra y las bebidas azucaradas. En EE.UU. la agencia reguladora de alimentos y medicamentos, anunció que se propone prohibir los transfats (8/11/13).


"El derecho a una alimentación adecuada" establecido hoy en normas internacionales es una exigencia ética elemental, pero sigue siendo negado en la práctica a vastos sectores. Las políticas ortodoxas, que gran parte de América latina desechó, siguen en boga en otros lugares, y no sólo no atienden el problema, sino que están presionando porque se recorten ayudas alimentarias a los más pobres. Las generaciones futuras juzgarán a las actuales, en primer lugar, por cómo encararon la restitución de este derecho, el mas básico de todos.


* Miembro de la Comisión Directiva del Alto Panel Internacional de Expertos en Seguridad Alimentaria

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El derecho de alimentación: una batalla por la dignidad

El reciente informe que publicó la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en torno al Estado de la inseguridad alimentaria en el mundo-2013, representa una no grata oportunidad para reflexionar alrededor de un fenómeno criminal, que recorre nuestro tiempo, con obstinada frialdad: el hambre.

 

Según el informe, durante el período 2011-13 subsisten un total de 842 millones de personas –alrededor de una de cada ocho personas en el mundo– aquejadas de hambre crónica. Es decir, no comen suficiente para llevar una vida activa.

 

Para el caso colombiano el informe brinda una cifra alarmante: 5,1 millones de personas sobreviven en estado de desnutrición, cerca del 18 por ciento de la población del país padece hambre. Del mismo modo la mortalidad anual en niños menores de 1 año es de 8.152.

 

Ante tan reveladores indicadores, surge un cúmulo de inquietudes en la perspectiva, desesperada, de encontrar respuestas a tal situación; ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI existan seres humanos que padezcan este flagelo?, ¿Cuáles son las razones de fondo que generan esta lamentable situación?, ¿Cuál es la actitud de los gobiernos y demás instituciones ante esta realidad?, ¿Qué hacer como pueblos para transformar este estado de cosas?

 

Sentido humano

 

Desde este plano de búsquedas, con profundo sentido de humanidad, podemos apreciar múltiples reflexiones alrededor de este tema, trascendental para la sociedad. La articulación de diversas miradas al respecto permite aproximarnos a un mapa sobre este flagelo, desentrañar su lógica, desmitificar sus relatos y sugerir alternativas a la crisis alimentaria y civilizatoria que vive la humanidad.

 

Razonamiento inicial y colectivo: El hambre en el mundo es consecuencia de un orden social determinado, resultado de una trama de poder que involucra relaciones sociales, económicas y políticas. El hambre, es un corolario del modelo de desarrollo imperante, a la cabeza del sistema agroalimentario transnacional. El hambre no es solo un problema de escasez y de disponibilidad de alimentos en el planeta.

 

Bien señala Jean Ziegler en su libro Destrucción masiva. La geopolítica del hambre: "El hambre es obra de las personas y la humanidad puede eliminarla. Los principales enemigos del derecho a la alimentación son la decena de sociedades transcontinentales privadas que dominan casi con exclusividad el mercado alimentario. Fijan los precios, controlan los stocks y deciden quién vivirá y quién morirá, porque solamente los que tienen dinero tendrán acceso a los alimentos. El año pasado, por ejemplo, Cargill controló más del 26% de todo el trigo comercializado en el mundo. Pero estos monopolios disponen además de organizaciones mercenarias: la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Estos son los tres jinetes del Apocalipsis. Si bien reconocen que el hambre es terrible, estiman que cualquier intervención en el mercado es un pecado. Para ellos, reclamar una reforma agraria, un salario mínimo o la subvención de alimentos básicos, por ejemplo, para salvar las vidas de los más pobres es una herejía. Según estos grandes trusts, que de forma conjunta controlan cerca del 85 % del mercado alimentario, el hambre solamente se vencerá en el momento en que se produzca la liberalización total del mercado y la privatización de todos los sectores públicos".

 

De igual manera, y en dirección complementaria al razonamiento inicial, hay quienes afirman que el flagelo del hambre en el mundo, en lo esencial es un problema de acceso a los alimentos. Por ende, discutir el problema del hambre implica hablar de desigualdad, pobreza, desempleo, política y economía, más aun cuando en Colombia los índices de pobreza alcanzan cifras dramáticas. El PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) en su Informe de Desarrollo Humano (2012) Colombia rural-razones para la esperanza, asegura que: "Mientras en las ciudades los pobres son el 30 por ciento y los indigentes el 7 por ciento, en el campo los pobres son el 65 por ciento y los indigentes el 33 por ciento".

 

El alimento de la razón ¡Un campo de disputa!

 

Discutir el problema del hambre implica para nuestras sociedades abordar una compleja y necesaria reflexión en búsqueda de promover la defensa de la alimentación como derecho humano, bien colectivo y proceso social integrador, en contraposición de la mirada ortodoxa neoliberal que hace del alimento una mercancía portadora de valor de cambio y acumulación de capital.

 

Discutir el problema del hambre involucra, necesariamente, integrar una postura respecto a la especulación financiera con los alimentos1, el acaparamiento y concentración de tierras2, las concesiones leoninas de los tratados de libre comercio, las transformaciones productivas de nuestros territorios rurales adaptados a la dinámica extractivista de la economía internacional, la sustitución de cultivos transitorios por cultivos permanentes tipo plantación-exportación (palma de aceite, caña de azúcar, caucho, forestales, etcétera), la destrucción de las economías campesinas, la política tributaria, fiscal y laboral, entre otros temas.

 

Como concuerda el informe de la FAO, el problema del hambre amerita una serie de intervenciones de fomento de la seguridad alimentaria y de la nutrición en los ámbitos de la agricultura, la salud, la higiene, el abastecimiento de agua y la educación, con especial atención a las mujeres y a la niñez.

 

Pero, más allá de las buenas intenciones, la alimentación como derecho humano, bien colectivo y proceso social integrador, requiere de condiciones favorables para su materialización: una política nacional de incentivo y protección a la agricultura, la producción y distribución alimentaria orientada al consumo local. Una política nacional que combata la pobreza con generación de empleo digno y redistribución del ingreso. La edificación de una institucionalidad democrática que vele por garantizar la soberanía nacional en materia de alimentación. Escenario inviable y prácticamente imposible bajo el actual modelo neoliberal de explotación, producción, distribución y consumo de alimentos.

 

Es así como el reclamo mundial por la seguridad y la soberanía alimentaria y nutricional, como proyecto humano, continuará presente en la agenda de nuestros pueblos y organizaciones de productores y consumidores conscientes, cocinándose al calor de la concienciación, organización, movilización y disputa por desmantelar y transformar las estructuras existentes y, en su defecto, conquistar espacios favorables para avanzar en tal propósito: la lucha por el alimento al servicio de la vida.

 

1 La crisis financiera de 2007-2008 provocada por la delincuencia bancaria tuvo en especial dos consecuencias. La primera: Los fondos especulativos (hedge funds) y los grandes bancos se trasladaron después de 2008, abandonando los mercados financieros para orientarse hacia mercados de bienes primarios, principalmente agrícolas. Si observamos los precios de los tres alimentos básicos (maíz, arroz y trigo), que cubren el 75 por ciento del consumo mundial de alimentos, vemos que aumentaron de forma explosiva. En 18 meses, el precio del maíz aumentó un 98 por ciento, la tonelada de arroz pasó de 105 dólares a 1.010 dólares y la tonelada de trigo para harina dobló su precio desde septiembre de 2010, pasando a 271 euros. Esta explosión de precios produce beneficios astronómicos a los especuladores, pero mata en los barrios miserables a centenares de miles de mujeres, hombres y niños. Ziegler, Jean, 2012. Destrucción masiva. La geopolítica del hambre.
2 Actualmente en Colombia el 77 por ciento de la tierra está en manos de 13 por ciento de propietarios, pero el 3,6 por ciento de estos tiene el 30 por ciento de la tierra. Se calcula que 6,6 millones de hectáreas fueron despojadas por la violencia en las últimas dos décadas, esto es el 15 por ciento de la superficie agropecuaria del país. PNUD. 2012. Informe de Desarrollo Humano – Colombia rural: razones para la esperanza.

 

Publicado enEdición N°197
Sábado, 21 Septiembre 2013 09:28

¿Quién nos alimentará?

¿Quién nos alimentará?

El tema del hambre y las necesidades alimentarias frente a la creciente población mundial es crucial, pero está atravesado de supuestos equivocados que urge terminar.

 

Casi todos los gobiernos y la comunidad internacional que se ocupa del tema alimentario parten de la premisa que necesitamos la cadena industrial y sus tecnologías para alimentarnos, tanto en el presente como para enfrentar los desafíos futuros. Los campesinos y otros pequeños productores de alimentos son vistos como algo casi folclórico: existen, pero son marginales y no juegan un papel importante en la alimentación. Es también la consigna de transnacionales y científicos que son financiadas por ellas: sin semillas industriales y transgénicas, sin monocultivos industriales, maquinarias y gran cantidad de insumos y agrotóxicos, el mundo pasará aún más hambre ante el aumento de población y el caos climático.

 

Sin embargo, los datos duros muestran una realidad inversa: es justamente la cadena industrial, las trasnacionales y sus tecnologías, las que exacerban las crisis y producen más hambre, mientras que las redes campesinas y otros "pequeños" son quienes alimentan a la mayoría.

 

Frente a las contradicciones entre datos reales y supuestos equivocados que son base de políticas nacionales e internacionales, en el Grupo ETC, que seguimos el tema agrícola y alimentario y sus configuraciones empresariales desde la década de los setenta, decidimos compilar investigaciones de varias décadas y contrastar en un solo documento las realidades de la cadena industrial alimentaria y las redes campesinas. Lo sintetizamos en un poster de 6 láminas, que compara ambas realidades contestando 20 preguntas comenzando por ¿quién nos alimenta hoy? y ¿quién nos alimentará en el 2030?

 

El mercado mundial de la alimentación, desde las semillas y la agricultura hasta los supermercados, es desde 2009 el mayor mercado mundial, superando a los energéticos. Siendo además un rubro esencial para la supervivencia, no sorprende que las transnacionales se hayan lanzado agresivamente a controlarlo. El proceso no tomó mucho tiempo: en tecnología unos cincuenta años, con la llamada "Revolución verde", en nuevas regulaciones para favorecer los oligopolios de mercado, apenas un par de décadas. De Monsanto a Walmart, una veintena de transnacionales controlan ahora la mayor parte de este lucrativo mercado.

 

Que las transnacionales dominen la cadena industrial de producción de alimentos no significa que alimentan a la mayoría. Aunque controlan cerca del 70 por ciento de los recursos agrícolas globales (tierra, agua, insumos), lo que producen solo llega a un 30 por ciento de la población mundial. La mayor parte de los alimentos sigue viniendo de manos campesinas, indígenas, pescadores artesanales, recolectores, huertas barriales y urbanas y otros/otras pequeños, que con apenas 30 por ciento de los recursos agrícolas, alimentan al 70 por ciento de la humanidad.

 

La cadena industrial desperdicia dos terceras partes de su producción de alimentos, devasta suelos y ecosistemas, ocasiona enorme daños a la salud y el ambiente, y pro ella 3 mil 400 millones de personas, la mitad de la población mundial, está mal alimentada: hambrienta, desnutrida u obesa. La red campesina y de pequeños proveedores de alimentos tiene un nivel mínimo de desperdicio, usa y cuida una enorme diversidad de alimentos con mucho mayor contenido nutricional, más saludables y con un impacto ambiental bajo o inexistente. Incluso negativo, porque contrarrestan la devastación causada por la cadena, como en el caso del cambio climático. Esto, aún tomando en cuenta que buena parte de los campesinos usan algún agroquímico.

 

Para proveer ese 30 por ciento de los alimentos, la cadena industrial usa el 70-80 por ciento de la tierra arable, el 80 por ciento de los combustibles fósiles y el 70 por ciento del agua destinados para uso agrícola. Además causa el 44 a 57 por ciento de los gases de efecto invernadero, deforesta 13 millones de hectáreas de bosques y destruye 75 millones de toneladas de cubierta vegetal cada año.

 

La red campesina cosecha el 60-70 por ciento de cultivos alimentarios con 20-30 por ciento de la tierra arable, utiliza menos del 20 por ciento de los combustibles fósiles y el 30 por ciento del agua destinados al uso agrícola, usa y nutre la biodiversidad y es responsable por la mayor parte del 85 por ciento de los alimentos que se producen dentro de fronteras nacionales. Es el proveedor principal, y muchas veces el único, de los alimentos que llegan a los dos mil millones de personas que sufren hambre y desnutrición.

 

A estos datos se suman muchos otros sobre volumen de producción por hectárea, puestos de trabajo, tierra, agua, pesca, bosques, diversidad de semillas y microbiana, polinizadores, investigación agrícola, patentes y monopolios, producción animal e impactos derivados, impactos en salud y ambiente, que muestran realidades parecidas y a menudo desconocidas no sólo para los gobiernos, también para muchos de nosotros.

 

El documento, titulado "¿Quién nos alimentará? La cadena industrial o la red campesina", parte de más de un centenar de fuentes, la mayoría de organismos de Naciones Unidas como FAO, PNUMA, PNUD, UNCTAD. El resto es de instituciones académicas o de investigación de la sociedad civil, citando reportes que a su vez están basados en otros cientos de fuentes, como los producidos por Grain y Oxfam. Se puede descargar en www.etcgroup.org/es/content/quién-nos-alimentará

 

*Investigadora del Grupo ETC

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Murieron de hambre 260 mil somalíes entre 2010-2012: FAO

Cerca de 260 mil somalíes, más de la mitad menores de cinco años, murieron de hambre entre octubre de 2010 y abril de 2012, señala un informe de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), publicado este jueves. El organismo admitió que su retraso en declarar la situación de hambruna en Somalia en 2011 fue un error que costó más vidas.

 

El número es dos veces mayor a las estimaciones, que oscilaban entre 50 mil y 100 mil muertos por hambre en la nación africana.

 

El representante de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para Somalia, Philippe Lazzarini, afirmó que los “perturbadores” resultados de la primera investigación científica del costo de la hambruna en Somalia demuestran que la organización falló al alertar demasiado tarde a la comunidad internacional de la crisis en el país africano pues, sostuvo, para cuando se declaró la emergencia alimentaria ya morían de inanición 30 mil personas al mes.

 

“La sequía y su gravedad eran evidentes desde 2010, pero no entramos en acción. El sufrimiento de Somalia se desarrolló como un drama sin testigos”, lamentó Lazzarini, según el diario británico The Independent.

 

“La hambruna y la grave inseguridad alimentaria en Somalia mataron a unas 258 mil personas entre octubre de 2010 y abril de 2012, entre las cuales había 133 mil niños menores de cinco años”, indicó el informe de la FAO y la Red de Alerta contra la Hambruna (Fews-Net), financiada por Estados Unidos.

 

Según esta “primera estimación científica” del balance de la crisis alimentaria, “4.6 por ciento de la población total y 10 por ciento de los niños menores de cinco años murieron en el sur y el centro de Somalia”.

 

En las regiones de Bajo Shabelle, Mogadiscio y Bay, las más afectadas, la crisis mató a 18, 17 y 13 por ciento, respectivamente, de los niños menores de cinco años.

 

El hambre causó “unos 30 mil muertos por mes entre mayo y agosto de 2011”, según el estudio.

 

Todas estas cifras se añaden a la mortalidad de referencia en la zona durante el periodo analizado, de unos 290 mil decesos, entre los que se incluyen los muertos en el conflicto somalí, recalcan los autores del estudio.

 

El balance es superior al de la hambruna de 1992 en el país, que presuntamente acabó con la vida de 220 mil personas en 12 meses, aunque “esta se considera más grave porque murió un mayor porcentaje de la población”. En Somalia afectó a unos 4 millones de personas, o sea, a la mitad de la población somalí.

 

La escasez de alimentos fue provocada principalmente por la sequía en el Cuerno de África y se agravó por la catastrófica situación de inseguridad en el país, sumido en el caos y la guerra civil desde la caída del presidente Siad Barre en 1991.

 

Recientes retiradas militares de los islamitas shebab y la elección en septiembre de nuevas autoridades podrían propiciar una estabilización de Somalia y dotarla del gobierno central que no tiene desde hace 22 años. No obstante, por ahora, la inestabilidad se mantiene.
Así, Etiopía retiró a mediados de marzo sus tropas de la sureña ciudad de Hudur, que fue recuperada por los shebab, en lo que constituye su primer éxito militar desde que fueron expulsadas de Mogadiscio en agosto de 2011.

 

La semana pasada Etiopía negó ante el Consejo de Seguridad de la ONU “eludir responsabilidades” con el inicio del retiro de sus tropas de Somalia y se quejó de lo poco que se “comparte la carga” de la fuerza extranjera en ese país.

 

Las fuerzas etíopes ingresaron en Somalia en noviembre de 2011 y han desempeñado un papel decisivo para doblegar a los shebab y mantener el control de zonas recuperadas de los grupos islamistas.

 

La Fuerza de la Unión Africana en ese país, AMISOM, ha ejercido un papel clave en la instalación de un gobierno de transición.

 

Burundi, Yibuti, Kenia, Sierra Leona y Uganda tienen contingentes en la AMISOM.

 

Senait Gebregziabher, director en Kenia de la organización británica Oxfam, reaccionó ante el informe de la FAO sobre Somalia con el señalamiento de que “las hambrunas no son un fenómeno natural, sino errores políticos catastróficos”.

 

“La próxima semana los líderes mundiales que se reunirán en la Conferencia sobre Somalia 2013 en Londres tendrán que dar pasos para garantizar que ésta haya sido la última hambruna de Somalia, dijo Gebregziabher, quien añadió que la solución deberá incluir planes de desarrollo en el largo plazo, creación de empleos y mejoras en la seguridad.

 

Según el último informe sobre el Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo, publicado en octubre de 2012, Cerca de 870 millones de personas, una octava parte de la población mundial, padecían desnutrición crónica en el periodo 2010-2012. Dicho informe, que es publicado anualmente por la ONU y la FAO conjuntamente, así como el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), presenta estimaciones más precisas sobre la desnutrición crónica basadas en una metodología mejorada y datos de las últimas dos décadas.

 

La gran mayoría de las personas que padecen hambre, 852 millones, viven en países en desarrollo –alrededor del 15 por ciento de su población– mientras 16 millones de personas están desnutridas en los países desarrollados.

 

La cifra total de personas hambrientas disminuyó en 132 millones entre 1990-92 y 2010-12, lo que equivale a pasar de 18.6 por ciento a 12.5 por ciento de la población mundial, y de 23.2 por ciento a 14.9 por ciento en los países en desarrollo. Con ello, la meta de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) estaría al alcance si se adoptan las medidas adecuadas.

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Miércoles, 23 Enero 2013 10:37

Barricadas de maíz

Barricadas de maíz

Desconectados de España

 

 

En la lucha por la independencia de España, en La Nueva Granada se vivió una dinámica múltiple. Por un lado el llamado "Grito de Independencia" (20 de julio de 1810), manifestación de indisposición de los criollos (conocidos hoy como oligarcas) con respecto a sus pares metropolitanos por el trato desigual que recibían para comerciar y por la representación política ante la Corte. En este año se produce, por tanto, la independencia formal.

 

Por otro lado, desde ese mismo 20 de julio, y hasta pasados algunos años, los criollos clamaron para que el Rey de España los asumiera con sus derechos plenos, a la par de lo cual habían voces minoritarias, pero con identidad popular, que presentaron resistencia y presionaron por hacer efectiva la desconexión total de nuestro país con respecto al reino español.

 

La lucha entre unos y otros fue constante e intensa. En el curso de la misma –para el caso de Cundinamarca– fueron sindicados, perseguidos y encarcelados los líderes más consecuentes, hasta llegado 1813, cuando la disputa se saldó a favor de quienes pugnaban por la independencia total. Se redactan y publican, entonces, las constituciones donde se sella la suerte de nuestro territorio como soberano. Pero es conocido por todos/as que tras la "reconquista", tal estatuto se tuvo que lograr a través de una cruda guerra que duró varios años y tras la cual quedó devastado lo que hoy se conoce como Colombia, Ecuador, Venezuela, y luego Perú y Bolivia, a los que habría que agregar, por aquello de las maniobras imperiales que azotarían nuestra región a lo largo de décadas –sin aún terminar– Panamá.

 

En este 2013, por tanto, conmemoramos 200 años de la desconexión total de nuestro territorio de España, se recuerda y se celebra, en especial, los hechos sucedidos en Cundinamarca (julio 16), liderados por José María Carbonell y Antonio Nariño, y en Antioquia (agosto 11). Desde ahí y hacia delante vendrían otras muchas.

 

Las consecuencias y debilidades que se suscitaron en estos procesos los veremos en próximas ediciones. Por ahora, anunciarle a quienes nos leen, que este año daremos a luz 6 separatas, donde trataremos éstos y otros temas relacionados con la historia de nuestra nación, con su pasado y presente, y también, como no, con los retos que depara el futuro para los herederos de la disputa social y política que se libró en 1813 contra personajes como Camilo Torres y Jorge Tadeo Lozano.

 

"Barricada de maíz", la primera entrega de esta nueva serie sobre el bicentenario, a través de una mirada histórica, de juego literario entre el pasado y el presente, abordamos el tríptico hambre, identidad y soberanía alimentaria. Una provocación para encontrar las raíces de algunos de los males que azotan a nuestro país, retándonos para superarlos.

 


 

Barricadas de maíz

 

 

 

Introducción

 

"Barricadas de maíz" es un título convocante para un desafío político que por 200 años ha permanecido aplazado: la seguridad y la soberanía alimentarias; es decir, que con los frutos mismos de nuestro generoso suelo, se elimine el hambre de todos los habitantes del terruño patrio.

 

El presente ensayo parte de un análisis de la situación de hambre en 1810 y años siguientes de la Nueva Granada y avanza hacia una veloz caracterización del mismo problema y su agudización doscientos años después. Con una especie de lúdica como pedagogía y método, se revisa la manera como guerras y barricadas, sueños y esperanzas en derrota de los pueblos se han batido sin pausa en una guerra que no cesa. Con ese mismo espíritu lúdico se descubre al milenario maíz haciendo historia y culturas en el continente y, particularmente, en el suelo colombiano.

 

El juego conduce a un desenlace programático que, con la propuesta de un acuerdo político como "Pacto del maíz", dé legitimidad a una única nueva forma de las barricadas, las "Barricadas de maíz", barricadas contra el hambre, por el bienestar integral y equitativo, por la dignidad y la soberanía. Esas nuevas barricadas pelecharán por doquier, garantizando el fin del hambre y provocando alfabetización, palabra y pensamiento en comunidades. Y, como resultado final, el alumbramiento de una nueva Colombia, definitivamente independiente.

 

Para un desenlace propositivo eficiente, las "Barricadas de maíz" plantean unas demandas y unas características que les serán necesariamente inherentes.

 

1. El hambre guiando nuestra historia en 1810

 

 

Como un estigma cruel, en 1810 el hambre estaba bien enquistada en la geografía social de Colombia. Desde la turbia mañana de 1492 en que Occidente desembarcó en nuestra historia, en equívoco símil con el "Verbo" gnóstico del evangelista Juan, el hambre habitó sin falta entre nosotros y puso su morada entre las nuestras. Provocar el hambre era elemento esencial para dar soportes al sistema; no es que la tierra no alcanzara, la población era bajamente densa en relación con el inmenso territorio; no es que no hubiese posibilidad de buen balance nutricional; el hecho es que, como lo relata Triana, la conquista y la colonia hicieron bien la tarea para llegar a su fin: quebraron el régimen social pacientemente construido por los indios y desorganizaron su sistema económico y, en vez del reconocimiento del indio como sujeto de pensamiento que había creado y modificado sistemas, lo redujeron a su sola fuerza bruta y a su sola resistencia fisiológica, "y del hombre inteligente se hizo una bestia de carga, cuyo rendimiento aumentaba con el número de azotes que recibía y con la merma cicatera de su alimentación" (Triana, 1921: 11).

 

El hambre era sistemática y provocada en orden a obtener un beneficio y un producto final. Así estaban las cosas en 1810 y así estarán un siglo más tarde. Por eso el niño medio desnudo que el mismo Triana dibujó en su obra, apenas al cabo de cien años de la primera independencia de Colombia; ese niño indio no es otra cosa que el retrato de las viejas hambres que, como un destino funesto, han poblado insistentemente este país de desconsuelos. Para ese entonces, los perfiles del hambre colombiana tenían más crudeza y desencanto: el niño que controla los rigores del páramo, cubierta su espalda "con un fleco de pingajos"; "la techumbre escueta del hogar paterno", el "azadón ya sin paleta", el "viejecillo harapiento", la "mujer desgreñada" que atiza el fogón "formado por tres piedras, los niños de corta edad que gatean "bajo la vigilancia de un perro sarnoso", "los nietos mozos, la nuera y los muchachos que trabajan a jornal" en la inmensa hacienda ajena; en fin, la entera "familia indígena en éxodo hacia las cumbres del páramo, cuyo abuelo vendió su derecho de tierra al patrón que hoy le cobra en trabajo la obligación por vivir en su retazo estéril al pie del peñasco" (p. 16).

 

Hay que decirlo: así como era sistema reducir a la ignorancia para lucrarse de la imbecilidad, ¡el hambre también era sistema! Era herramienta y era conditio sine qua non de las grandes haciendas de la primera república:

 

Los hijos sin padre, crecidos a la intemperie, hambreados y harapientos que lloran bajo el alero del rancho en compañía de un gozque flaco como único guardián mientras la madre trabaja a jornal en el lejano barbecho para suministrarles por la noche una ración de mazamorra; tal ha sido en lo general la base de la familia indígena en nuestros campos desde la época de la Conquista. Cuatrocientos años de esta germinación social, durante la Colonia y en peores condiciones (..) durante la República, debieron arrasar, debilitar y prostituir una raza robusta, cuyas virtudes y energías quedan comprobadas con la mera supervivencia de un gran número de ejemplares y con las condiciones de moralidad que los adornan (1).

 

Ancho y largo era el territorio del por ese entonces llamado Nuevo Reino de Granada. Anchas y largas eran también las hambres de Colombia, antes, durante y después de 1810. La Nueva Granada, según cálculo de Humboldt, tenía una extensión de "58.300 leguas cuadradas" (2); Caldas estimó que en esa extensión vivían 1'400.000 habitantes en 1810; el censo del Virrey Caballero y Góngora había encontrado 1'046.000 habitantes en 1782; mientras tanto, el censo de 1825 del General Santander contó 1'327.000 habitantes. Son más precisos, sin embargo, los datos sobre población aportados por Enrique Caballero Escobar en su estudio Historia económica de Colombia, donde sostiene que: "según el censo de 1778 la población total del actual territorio de Colombia se acercaba a una cifra de 750.000 habitantes", de los cuales, entre mestizos, indígenas y negros esclavos, la franja poblacional que aportaba peonazgo y esclavitud y donde, por la misma razón, hacía su cuna el hambre, sumaban el 74.28% de la población total (Caballero: 1971, 64). En un ordenamiento social legitimador, como ése, de todas las discriminaciones posibles, lo único garantizado era el hambre. De tal modo que, como concluye Caballero, "las condiciones de vida de los trabajadores rurales sufrieron un proceso continuo de deterioro al finalizar la época colonial" (Caballero: 1971, 65). Y eso es comprensible en el caso de la Nueva Granada que no tuvo un desarrollo de la agricultura de plantación porque la Colonia le había asignado, en su economía, el papel de productora de oro mientras especializaba a Cuba y Puerto Rico en el azúcar, a Venezuela en el cacao, a Río de Plata en cuero y carne, a Chile en trigo, a México y Perú en plata. Ese rol se convirtió en un factor agravante de los problemas de abastecimiento y hambre de las clases bajas, inmensa mayoría, del Nuevo Reino de Granada.

 

 

El hambre fue el acicate del incendio revolucionario. En esa tesis, sin embargo, no concuerdan todos los investigadores. Pero los hechos, al igual que, y no con menos vehemencia, la realidad social y económica de las mayorías del pueblo hablan claro. Tal vez haya un camino para conciliar en ese tópico, para nuestra tesis esencial, a Adolfo León Atehortúa con Jaime Jaramillo Uribe; en aparente contravía con el primero, Jaramillo Uribe sostiene que a la insurgencia del 20 de julio de 1810 y a las varias décadas que le siguieron le faltó pueblo y que el movimiento generador de nuestra independencia fue un movimiento netamente español y en nada, por lo demás, influenciado por la revolución francesa. Ese camino, el del hambre, que es chispa siempre pronta al incendio, está sugerido en ambos investigadores; es el propio Jaramillo quien dice: "y miradas las cosas desde el punto de vista puramente económico, casi desapareció la economía de subsistencia o pan llevar" de los indios, en los tres primeros siglos de conquista y colonia (Jaramillo: 1987, 70); por eso, según el mismo, "para el divorcio definitivo con España existían motivos múltiples de raigambre jurídica, social, política y, sobre todo, económica" (Jaramillo: 1987, 71). A la desaparición de la economía elemental del pan coger, tabla casi única de sobrevivencia de la escala social más baja, le sigue necesariamente el hambre. Y el hambre estaba en modo superlativo, como lo retrató Atehortúa, en la vecindad del español José González Llorente, hombre odiado por el pueblo bajo (Atehortúa: 2010, 50 – 58).

 

Había tierra para todos los proyectos y hubiera habido también abundancia y generosidad para todos los apetitos y para todas las necesidades. Pero el sistema no estaba fabricado ni pensado para esas equidades. En su estudio sobre economía y sociedad en la Nueva Granada, Adolfo León Atehortúa (2010: 37) trae el testimonio del propio Humboldt, quien al referirse a las miserias de la población artesana del sur del país, afirma que "los desdichados habitantes de estos desiertos no tenían otro alimento que las papas" (3).

 

2. El empobrecido pueblo se levanta

 

 

 

 

El empobrecido pueblo que se levanta en lucha en el episodio incendiario del 20 de julio de 1810 es básicamente un pueblo hambreado. Según el testimonio de Atehortúa:

 

"Con la "gleba" la relación de González Llorente no era cristalina. Exportador de quina, se convirtió a principios del siglo XIX en uno de los comerciantes más prósperos del virreinato, gracias a la explotación de naturales y esclavos. González Llorente era, para su desgracia, el suntuoso y boyante comerciante situado al frente del vendedor humilde del mercado. Cuando "los guarnetas del pueblo bajo" levantaban la vista de su ventana hambreada y paupérrima, se encontraban de frente con la más hermosa casa de balcón de la plaza mayor, en cuyo interior el negociante opulento hacía también las veces de expoliador prendario y prestamista a altos intereses (4).

 

Este ensayo husmea la presencia y los rostros del hambre por esos años de revueltas, a pesar de que no es del todo fácil leerla estadísticamente en aquellas fechas. Pero el hambre estaba, y galopante. El hambre estaba, y omnipresente. Por el Sur, en el altiplano central y en las provincias del Norte, ¡el hambre! El hambre estaba, incluso, en los ejércitos que eran el pueblo mismo pero hambreado. En su reconstrucción histórica del 20 de julio de 1810, Indalecio Liévano reconoce sin rodeos que fue "la dinámica de la miseria y de la injusticia" la que indujo al alzamiento de la inconformidad popular; y la violencia de las turbas se volcó a las calles hasta cuando, atardeciendo, el frío y la oscuridad los devolvieron a sus casuchas de miseria (Liévano: 1974, 571). Allí estaba, pues, la dinámica del hambre que el historiador llama, con rigor, "la dinámica de la miseria y la injusticia". Así, pues, aunque la historiografía convencional se empeña en mostrar el alzamiento como un acto valiente y rebelde de patricios e intelectuales nacidos criollos pero venidos de sangre española, el que realmente le ponía chispa y fuego al alzamiento era el pueblo hambreado de indios, mestizos y mulatos secularmente vilipendiados. Un testigo del tiempo, José María Espinosa Prieto, aunque calificándola como "causa coadyuvante y secundaria" y posterior a la muy ilustrada decisión patricia de replicar la revolución de Francia y la independencia de Norte América, reconoce y afirma la participación del pueblo hambreado de pan y de argumentos, del "pueblo ignorante y rudo" y la "justa ojeriza de éste contra sus opresores" (Espinosa: 2010, 30). Es, de hecho, el mismo Espinosa quien da cuenta de la situación económica que tocaba la canasta y los estómagos: "han subido los comistrajes a precios nunca vistos; entre ellos la miel, la panela, los alfandoques, el maíz, las arracachas, los plátanos, la harina, el azúcar, la botella de aguardiente, la múcura de chicha, el arroz, los garbanzos, la manteca y los huevos, cuyos importes se habrían incrementado a partir de 1809" (5).

 

De tal modo que sí fue el hambre, es decir, los vendedores y las vendedoras de la plaza, los tenderos y las tenderas, los artesanos y las artesanas, los y las indígenas de los resguardos de la sabana, los campesinos y las campesinas, los cortadores de leña, los recolectores de esmeraldas con las uñas, los matanceros, los pulperos, las verduleras y yerbateras, los chicheros, los trabajadores y las trabajadoras domésticas, los desocupados, la "plebe" que chapetones y criollos miraban con desconfianza, quienes asumieron la agitación contra los chapetones (...), los actores principales del levantamiento" (6).

 

El hambre, unida a otro agravante –que, juntos, se potencializan–, el analfabetismo, auparon el amotinamiento: "los indígenas, los esclavos, los labradores y los artesanos, quienes podrían sumar las cuatro quintas partes del total de la población, eran analfabetas" (Atehortúa: 2010, 92).

 

El hambre abunda y las barricadas estan de moda

 

 

Ya desde el siglo XIII se confeccionaban en Europa cadenas con obstáculos para impedir el paso de los ejércitos y de los pueblos enemigos. En ese marco, la primera acción francesa de barricada en forma pudo ser la del jueves 17 de mayo de 1588. El conde de Brissac, favorable al duque de Guisa que enarbolaba las banderas del interés católico y que sublevaba cuarteles y pueblo en contra del rey Enrique III y de los 6.000 soldados suizos y franceses con los que se había dotado, construyó una inmensa barricada en la parisina plaza Mauvert. La línea de barricada se extendió hasta unos pocos pasos antes del Louvre. En esa fecha corrió mucha sangre de ambos lados de la batalla pero el pueblo francés aprendió a parapetar sus esperanzas de victoria detrás de las barricadas. Así, según la Enciclopedia francesa. Según Biagini, en su Diccionario del pensamiento alternativo, son las luchas revolucionarias del pueblo francés en las calles de París en el siglo XIX las que consagran las barricadas como artefacto de lucha popular y de defensa de los espacios y los intereses del pueblo levantado en revolución. En ese orden de ideas, fue el luchador Louis Auguste Blanqui (1805 – 1881) quien, después de 30 años de cárcel por su pasión revolucionaria popular, enseñó por doquier el arte de las barricadas (Biagini: 2008, 77 – 79).

 

El concepto y la práctica de las barricadas es sumamente importante para los propósitos de este ensayo. Sin embargo, ha venido resultando sumamente difícil documentarse sobre ese particular aspecto en las guerras de independencia iniciadas en nuestra patria ese 20 de julio. Se puede suponer que, habiendo bebido en las fuentes libertarias de la Revolución Francesa, la nuestra aprendió también la práctica de las barricadas, tan de la historia de ese pueblo y tan de los siglos XVIII y XIX franceses. Se puede suponer, así mismo y en sentido contrario, que la particular y muy quebrada topografía colombiana, y dado que los habituales escenarios de confrontación fueron los campos abiertos más que las ciudades y pueblos de algún desarrollo, actuaba como trincheras naturales que hacían compleja a la vez que inoperante la ardua tarea de mover estorbos y artefactos pesados para hacerse a barricadas. A esa carencia documental podríamos salirle al paso con creativo espíritu de novelista, como lo hace Darío Ortíz Vidales en su novela Otro encuentro con la historia, en la que habla sin más, de los restos humeantes de estorbos y barricadas después del enfrentamiento en la plaza central (Ortíz, 1992). De todos modos, indudablemente hubo barricadas, así como las ha habido en todos los pueblos del continente que a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI se han declarado en rebelión.

 

El hecho es que para el 20 de julio de 1810 las barricadas ya eran cosa usual en la máquina de guerra de occidente y sus colonias. Y la palabra "barricada" se identificaba, ya en ese entonces, como un vocablo de defensa y de combate. Y ya por esas fechas, detrás de las barricadas, confeccionadas con piedras y desechos, con fantasía y con malicia bien ejercida, se escondía y se protegía el proyecto de vida de quienes se entendían y asumían como víctimas de un agresor. Los pueblos en resistencia ya habían aprendido a construir sus barricadas, con alma y artefactos eficientes: una primera para que el miedo no entrara a paralizar; otra para que la dignidad y la esperanza no se fueran, muertas de vergüenza, de las casas ni de los corazones; y una más, la última, para que el enemigo no pasara a llevarse la vida en sus carros de muerte y de infinitas ambiciones.

 

3. Tiempos de hambre, rabia y barricadas

 

 

El maíz, que se había consagrado como el alma de la casa y de la vida diaria, se iba con vértigo de allí: de las casas y de la vida. El que había sido el alimento ancestral de los indios y luego el invitado primero de las mesas de esclavos y "siervos de la gleba", de criollos, chapetones, patricios y españoles, empezaba a ser escaso en las prioridades de la economía colonial. Aunque a punta de maíz habían crecido y se habían hecho capaces de resistencia y lucha, tribus, fratrías, aldeas, pueblos y culturas, escaseaba, como dijimos arriba, por la especialización del suelo neogranadino para la explotación del oro y de la plata, según mandato de la corona española. Atinadamente lo analiza Antonio García: "la crisis de la esclavitud expresaba la decadencia de la minería neogranadina a finales del siglo XVIII y las tremendas limitaciones de una agricultura latifundista o campesina reducida a la precaria satisfacción de los consumos locales" (García, 2010: 110). Es obvio que cuando aquí se dice "maíz" se está asumiendo un producto de la tierra simbólico capaz de hacer la síntesis de nuestras historias y culturas y se está cubriendo con su nombre a todos los frutos soberanos de la tierra. Hecha esa aclaración necesaria digamos, entonces, que sí, que fue el maíz lo que empezó a faltar. Y cuando los frutos soberanos de la tierra escasean, el hambre abunda, las culturas se derrumban y la rabia entra campante por la casa. La rabia de la vasta legión de empobrecidos y hambreados se enconaba.

 

Después de tres siglos del arribo de la conquista de Occidente a nuestras costas marinas, selvas, montañas y valles, el malestar había crecido y empezaba a convertirse en intentos de organización para la resistencia. Sin embargo, porque, entre muchísimas otras razones, cuando las barricadas son de hambre, se tornan inoperantes y enclenques, a finales del siglo XVIII ya habían sido derrotados o forzados a ostracismo y acción clandestina los movimientos insurreccionales de toda la América colonial: la insurrección de los Comuneros de Paraguay en 1721, la de los Comuneros de Corrientes de 1755, el levantamiento campesino de Juan Santos Atahualpa en 1742, la valiente e inteligentísima insurrección cuzqueña de Tupac Amaru a partir de 1767 en el Perú, con su esposa Micaela Bastidas y la Cacica de Acos, los disturbios de 1777 en Arequipa contra el despotismo fiscal de la corona. Y más: el alzamiento de Tupac Katari en Bolivia, el de Tiradientes en Brasil; el de Galán, con todo el movimiento comunero en Colombia (García: 2010, 19 – 32). Saltadas sus barricadas míseras por la máquina de guerra del ibérico, esas primeras formas de resistencia organizada de las gentes "del común" habían sido desmembradas. Las causas del movimiento comunero de toda la América colonizada por España y particularmente de la Nueva Granada, empero, quedaban intactas y pendientes. Se olía en el ambiente, sin embargo y a pesar de su debilitamiento por las expansiones napoleónicas, que la monarquía española daba por seguro su dominio perpetuo sobre estas comarcas de miseria. La parafernalia bélica de los ejércitos realistas era de vanguardia, mientras que las barricadas de la dignidad insubordinada eran de hambre.

 

4. El maíz, artífice de pueblos y culturas

 

 

El maíz, en tanto, había empezado a irse de las casas, el hambre se había enquistado en los cuerpos y en el resentimiento. Se habían hecho inteligentes y fuertes las barricadas bélicas, ¡no existían, en absoluto, las barricadas de maíz! Y cuando las barricadas son de hambre, está seguro que el enemigo pasa.

 

Como el gran sacramento de idiosincrasia y soberanía, de identidad y de historia construidas antes de las invasiones de Occidente, el maíz era la hebra más sutil y bella de nuestra urdimbre de tierra. Nos relata Triana que hasta perderse de vista, el campo de maíz ondulaba sus espigas. (Triana: 1921, 85). La historia de nuestros antecesores Chibchas, desde siglos antes de la llegada de las invasiones del Occidente judeocristiano, se había tejido y se tejía con matas de maíz y se cocía con el oro de sus granos.

 

El universo teogónico de los Aztecas, los Mayas y los Incas señala en sitiales encumbrados a los dioses del maíz: Centeotl de los primeros, Hun Nal Yel de los Mayas. En su veneración a los Apus o dioses de la montaña, los Incas honraban al agua que desciende de las altas cumbres y hace germinar el maíz. El Popol Vuj o "Libro sagrado de los Maya", después de idear una primera creación de "la gente de barro" y una segunda de "la gente de madera", ingenia una tercera creación, la de "la gente de maíz". Como había que crear al ser humano que les daría sustento, decidieron los dioses que la carne del hombre debía ser "carne de maíz":

 

De maíz blanco y maíz amarillo se hicieron los brazos y piernas de los cuatro hombres que fueron creados. Luego la abuela Ixmukane molió las mazorcas blancas y amarillas e hizo nueve jícaras de bebida. De este alimento provino la fuerza de los hombres [...]. Sólo por un prodigio fueron creados los primeros padres con maíz blanco y amarillo. Estos primeros hombres pudieron hablar, ver y oír; y agarraban las cosas pues eran sensibles. Fueron dotados de inteligencia y su visión alcanzaba grandes extensiones. Podían ver todo lo que había en el cielo y sobre la tierra desde el lugar donde estaban (7).

 

Por muchísimas razones, indudablemente, inmiscuyeron nuestros antecesores a los dioses en las gestas del maíz. Pero se puede decir que, sobre todo, porque necesitaban el argumento y la protección de lo divino para poner talanqueras, barricadas decimos, a pueblos extraños que, urgidos por el hambre o por las ansias de poder, vinieran por su maíz, emblema y razón primaria de la vida misma. Lo cierto, eso sí, es que la historia del maíz es tan vieja, y tan larga, tan significativa y profunda, como la historia misma de los pueblos que han habitado y habitan estas comarcas nuestras que suman a sus desgracias la de provocar las más protervas ambiciones de propios y de extraños.

 

Hoy el maíz, –realidad y símbolo de lo latinoamericano y de lo colombiano–, como hace unos 27 siglos, hecho pan con la ayuda de budares, comales, callanas y caningas, trillas y molinos de distinta índole, sigue representando las formas como la vida avanza y se hace, con masa de granos bien cocidos, pareciéndose a ellas y haciendo reales y posibles esas formas de la vida: Arepas de huevo, de carne, de queso, de garbanzo, arepas con casi todo o con todo; tortillas, tamales, ayacas, mote, bollos, envueltos, mazamorra, natillas, garullas, mantecadas, galletas, colaciones, y almojábanas; sopas, atoles, masato, chicha, erequipes, tortas, mute (8) y mil expresiones más, el maíz es omnipresente y omnisignificativo y, por poco, culturalmente omnipotente; es el convidado primero de la vida cotidiana de nuestros pueblos, de sus fiestas y ritos, de sus encuentros y convites, es fuerza en las mingas, aliento antes, en y después del trabajo arduo y emblema de todos los paisajes. Sin la presencia del maíz perdería su tejido la cultura y estaríamos, como pueblo con identidad, perdidos para siempre. Tal vez el maíz, si sobrevive, nos haría capaces de entender y hacer real entre nosotros el viejo sueño de autonomía nacional de Triana: que nos consideremos como hijos del terruño [...] para establecer el debido equilibrio entre nuestras inclinaciones y necesidades propias y las reacciones y productos del suelo (Triana: 1921, 24).

 

5. El fatalismo histórico hegeliano

 

 

Como un anticipo dialéctico a las prédicas hegelianas sobre la trágica fatalidad histórica de los pueblos subyugados de América, el maíz ha sido siempre en Colombia, motor de cultura y garantía de pensamiento, es decir, de historia. Es necesario que a esta altura entre en escena el filósofo alemán porque en 1837, seis años después de su muerte, se publicó un ensayo suyo escrito algunos años atrás; se trata de un discurso carente de toda objetividad científica y del más mínimo asomo filosófico que hace una flaca presentación de la madurez intelectual de Occidente en cuanto se refiere a apertura al mundo (9). Hegel construye un andamiaje histórico y geográfico que le sirva de soporte a la afirmación categórica y sin paliativos de la absoluta inmadurez de los pueblos de América, inmadurez continental y geográfica, antropomórfica, cultural, espiritual, social y política. Según él, los pueblos y habitantes de Hispanoamérica carecen de significación y de proyecto de vida y su existencia cobra sentido sólo a partir del momento en que es tocada por la redentora mano europea; América –así Hegel– es inconsciente, esclava y salvaje; ¡sus indios carecen de espíritu! Cualquier asomo de proyecto histórico y político se lo enseñó a América la Europa espiritual y culta, civilizada y civilizadora. América, según él, y es lo más grave, carece de pasado y de presente y por eso no se encuentra en el escenario de los pueblos históricos: "la zona tórrida, al igual que las polares, no son suelo adecuado para que en él se fragüe la historia", ya que ni las zonas frías ni las calientes son suelo abonado para la libertad humana (10). A la hora de esbozar su libertad frente a España, la América nativa y negra era incapaz siquiera de pensamientos de libertad y absolutamente todo se lo debe en este campo de la independencia a la sangre europea que la habitaba. La América nativa, en fin, y para completar la perla hegeliana, ni siquiera es capaz de intuir las artes amatorias ni de practicar como Dios manda los deberes conyugales y esto debió ser enseñado a los pueblos nativos ¡por los castos frailes jesuitas españoles!

 

Tal vez Hegel estaba ya contaminado del virus que casi dos siglos después denunciaría Ivonne Bordelois como la "permanente invasión de los idiomas imperiales en el mundo" (Bordelois, 2006: 85). A ese Hegel, legitimador del genocidio y del etnocidio americano con el argumento de que "se trataba de una cultura natural que había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella" (11), la misma Bordelois le sale al paso: "lejos de ser la lengua la compañera del imperio, como quería Nebrija, enarbolando así la consigna que condujo a la desaparición de tantas lenguas indígenas en Latinoamérica, el imperio ha dejado de existir y es la lengua la que reúne la conciencia cultural –no precisamente imperial de 400 millones de hablantes" (Bordelois, 2006: 85).

 

Si esto fuera así y tan simple como eso, y si no hubiera sido desvirtuado por la propia filosofía europea y universal y por las ciencias, el ensayo que nos ocupa y estas reflexiones carecerían en absoluto de sentido. Pero es que Hegel no conoció los milagros del maíz, ni su potencia creadora y sus virtualidades espirituales; de lo contrario, su manera de nombrar a América hubiera sido bien otra.

 

Leer, debatir y controvertir a ese Hegel hoy y desde las perspectivas libertarias del maíz, vale decir, de nuestros pueblos, tiene sentido en orden a confirmar nuestra vocación de jamás dejarnos sepultar en seculares ámbitos de muerte impuesta desde fuera. Contra la pseudo historia y la pseudo ética hegelianas, los pueblos del maíz tienen que seguir avanzando por los caminos de una ética raizal cuyos goznes principales han de ser la comunión amorosa con la tierra como derecho y como deber y, de su mano, la garantía constitucional de seguridad y soberanía alimentarias. Para construir esa ética, los pueblos de América, y Colombia en particular, tienen la tarea insoslayable de ¡construir barricadas de maíz! Y así empezamos a entendernos, leídas las cosas doscientos años después, en términos de soñar con una nueva independencia en la que confluyan y conversen a la misma mesa el pan –el maíz– y la palabra, ambos como derechos constitucionalmente consagrados, lo que Caballero llamó "la hermosa calamidad de pensar" que siempre está convocando legítimas exigencias libertarias (Caballero: 1980, 247).

 

6. Controvertir a Hegel y construir barricadas de maíz

 

 

Cuando el conquistador arriba a las playas del Caribe descubre con sorpresa que esta tierra está poblada y que sus habitantes tienen una rica historia y un rico proyecto político-comunitario. Es por eso que hay que oponerles tanta fuerza y tanta violencia: porque nada es más inconveniente a un proyecto de dominación que la constatación de que se confronta a una sociedad humana con historia y con robustas expresiones culturales. Considerar a las sociedades humanas como sociedades sin historia es el presupuesto de base de la conciencia colonizadora para la cual la historia es la del occidente cristiano. Para imponer un proyecto de dominación en el continente "descubierto" fue necesario negar lo autóctono; y para negarlo, ¡lo silenciaron! Esta negación, iniciada con la llegada del sujeto invasor occidental será reasumida por las minorías criollas nacionales que heredarán el poder después de las guerras de independencia del dominio español: "la negación del indio ha sido un requisito formal paralelo a la constitución de la nación colombiana en tanto unidad independiente" (Bonilla: 1978, 134).

 

De acuerdo con Bonilla, ésta es la nueva fenomenología que existe en el mundo indígena latinoamericano como consecuencia de la negación del derecho a la palabra: se niega su pasado para poder negar su presente y su futuro; se niega su significación social para poder negar su capacidad de formular sus proposiciones políticas propias y sus experiencias políticas válidas y para proveerse de perspectivas políticas para su acción; se niega su cultura para poder negar su actual presencia en tanto alteridad enriquecedora, crítica, constructiva y fecunda. El proceso de negación de lo indígena latinoamericano ha sido, entonces, el fruto de la negación de su historicidad. Con la misma lógica, el nuevo proceso de afirmación de lo latinoamericano debe retomar su historicidad en sus formas más concretas. Es convicción de Orlando Fals Borda que ni lo indio ha sido exterminado ni su cultura liquidada (Fals: 1989, 17), ni la historia de los indios americanos comienza con la llegada del conquistador europeo, ni su larga y secular astucia en las selvas, en las planicies y en las altas montañas americanas puede meterse sin más en el generoso e irresponsable cajón de la "prehistoria"; con Fals Borda concuerda Luis Guillermo Vasco Uribe, quien controvierte las lamentables convicciones de Hegel con respecto a nuestra historia y a nuestro destino como pueblo (Vasco: 1978, 134).

 

De cara a la negación de lo autóctono latinoamericano y en constructiva postura ante la misma hay que asumir el desafío, la convicción y la tarea de la afirmación de aquello que comporta, la afirmación del derecho humano a ser de manera diferente y, simplemente, a ser y existir. Nuestra experiencia histórica nos muestra que un pueblo que ha perdido el derecho a proferir su propia palabra es un pueblo condenado a perderse en la amnesia histórica, a ser un pueblo sin memoria. Y un pueblo sin memoria histórica es un pueblo sin proyecto de presente ni de futuro, condenado solamente a la repetición de todo cuanto se le ha impuesto. Y entonces, Hegel tendría absoluta razón.

 

De acuerdo con lo dicho, como todo aquello que es nuevo es generado en el milagro de la palabra humana, solamente será posible que nuestros pueblos silenciados, -como todos los pueblos colonizados de la tierra-, se empeñen en un compromiso histórico transformador en la medida en que en sus movimientos populares y de base y en su vida cotidiana haya lugar para la retoma del derecho secularmente negado a la palabra y para la rica dinámica social y antropológica que se desencadena alrededor de la palabra. En ello estriba exactamente la propuesta que lanzamos del nuevo "pacto del maíz" posibilitado en la construcción decidida y nacionalmente universal de "barricadas de maíz".

 

7. El hambre sigue gobernando a Colombia 200 años después

 

 

Un siglo después de la primera independencia y hasta nuestros días, ¡a los doscientos años!, la historia de Colombia se ha seguido haciendo y contando como la historia del maíz arrebatado. Las hambrientas bocas, crecientes en número y en dramatismo, cuentan la historia de todo el siglo XX. Pero nunca antes como en estos primeros diez años del siglo XXI, el maíz había sido prostituido. Castamente comprendido, el maíz había sido y sigue siendo interpretado por nuestros pueblos como elemento esencial para alimentar la vida y para hacer de ella rito, fiesta y comunión. Pero jamás había pensado que sus granos, concebidos por la tierra y por milenarias culturas como tejedores de sustancia vital, pudieran cultivarse masivamente como insumo básico de la producción de biocombustibles a gran escala, ante la crisis mundial en la oferta del petróleo (Gabetta: 2008, 18-19).

 

En las últimas décadas de la historia colombiana, la biodiversidad de nuestro suelo se ha sentido y vivido como "la nueva maldición". Lo que hace 518 años empezó a ser la maldición del oro, ahora se convierte, en la alquimia todopoderosa de la sociedad de mercado, en la maldición de la diversidad biológica. Y de la mano de esa maldición posmoderna, se va el territorio. Las gentes, sobretodo campesinas, se quedan de repente, sin la historia de sus terruños ancestrales y sin un pedazo de tierra donde saberse también hijas e hijos de la historia de la nación; se quedan con hambre y sin esperanzas ciertas de poder volver a los rituales de la mesa y al milagro cotidiano del maíz y el alimento. Son responsables de ese brutal desarraigo del suelo ancestral, el estado "que debería representarnos en la construcción y defensa de lo público pero que ha venido dejándose instrumentalizar de manera privatizante para beneficio de sectores dominantes de las esferas económica y política", y los inversionistas extranjeros que se adueñan de la biodiversidad, arruinan el ambiente y horadan sin miramiento las culturas; "las transnacionales que dominan las reglas de la economía suelen tener influencia en los organismos multilaterales que definen las políticas del mundo globalizado de hoy" (Vélez: 2004, 28 y 29).

 

A esa fiebre estatal por la privatización de la tierra, los recursos y la biodiversidad y a esa voracidad de propios y de extraños por apropiarse de lo que es derecho humano fundamental y bien público corresponde hoy, en nuestra Colombia bicentenariamente libre, la destinación masiva de la tierra al cultivo de palma africana, soya, caña de azúcar ¡y maíz! para transformarlos en etanol, bioetanol o etanol de biomasa, que son tres formas distintas de nombrar lo mismo. Ante la fiebre de varios países latinoamericanos por destinar esos alimentos históricos de sus pueblos a la producción de biocombustibles, capitaneados por Brasil y Colombia, el mundo escuchó en abril de 2008 la exclamación airada de Óscar Arias, expresidente de Costa Rica y Nobel de la Paz, "es absurdo que dejen de llenar el estómago de los humanos por llenar de combustible sus motores". Lo más lamentable de la discusión y del debate es que no se esgrima en contra de esa política económica, la prioridad que ha de darse a la seguridad y a la soberanía alimentaria de los pueblos, sino, y solamente, factores de rendimiento y eficiencia como éste: "el maíz produce una energía neta que está en serio debate; genera un 100% o un 40% más de lo necesario frente a su implementación"; y esto no le permite competir con, por ejemplo, la soya que produce el 300% de la energía invertida entre la siembra y la obtención del etanol final (Martínez: 2007).

 

Qué bueno fuera que Colombia, afirmando soberanía e independencia, decidiera con voluntad política y como un pacto unívoco nacional, tomar el histórico maíz, defenderlo con amor patrio y sentimiento humano universal y hacer de él el garante de seguridad alimentaria para las mayorías que hoy están empobrecidas y hambrientas. Lo podríamos llamar, como se anunció arriba, el "pacto del maíz" y revertir sus indicadores: "mientras en 1986 se producían 788.100 toneladas y se importaban 31.500, para 2006 la producción era de 1'340.000 toneladas y la importación alcanzaba 3'244.368" (Gutiérrez: 2009, 3). Y cambiarle sustancialmente su destino: ¡Todo él para las bocas humanas, nada para el estómago insaciable y tragón de los motores!, como lo soñó y gritó con audacia profética el Nobel de la Paz centroamericano. Porque, avanzando este siglo XXI, después de doscientos años de muy cantada y celebrada independencia, el pueblo que se canta libre en homenajes y en conciertos ve crecer las cifras y los rostros de su hambre y de su desnutrición: "El 68% de la población rural es pobre (ocho millones de habitantes del campo), y el 27.5% (un poco más de tres millones) de los campesinos vive en la miseria (...). La situación vivida en las ciudades no es mucho mejor: el 43% de los habitantes (un poco más de 14 millones de personas) vive en la pobreza" (Gutiérrez: 2009, 3).

 

Si algo grave se anuncia en la negación de la seguridad y la soberanía alimentarias es la pérdida de legitimidad de un Estado: Por la puerta por donde entra el hambre de un pueblo, huyen los derechos fundamentales; en esa nación, casa de puerta abierta al hambre, los derechos humanos se pasan por alto y el poder omnímodo del mercado se cuelga, enmarcado y en lugar de los dioses tutelares, en el centro de la sala; desde fuera de la casa, los augures y teólogos del mercado seducen a los habitantes de la casa para el suyo, el único culto que salva. Eso era para el bíblico Elías la evidencia de evidencias de fracaso del proyecto histórico y político del reino de Israel; le decía al rey Acab: "un solo pobre, un solo hambriento en la nación es una señal inequívoca de que algo esencial se ha roto y de que el rey ha perdido legitimidad (12)". En Colombia la pobreza y el hambre no han hecho más que crecer en estos últimos doscientos años.

 

En las muchas guerras internas colombianas de estos dos siglos, las barricadas han estado siempre a punto. Hoy, desesperados de guerras y de sus barricadas disuasivas, en Colombia no se quiere otra cosa que seguridad y soberanía alimentarias. El pueblo colombiano quiere comer, comer con dignidad, comer con soberanía lo que siempre ha sembrado, cultivado, cosechado y llevado a sus mesas, comer sabiendo que también sus cercanos y vecinos comerán, y que toda la nación comerá. Lo enseñó un muchacho de 17 años en clase de filosofía. En abril de 2002, cuando el candidato Uribe se perfilaba como el más seguro vencedor en la campaña por la presidencia de la república, en clase se dio conversación sobre la propuesta del candidato de exterminar la guerra colombiana y sus focos guerrilleros en los tres primeros años de su eventual gobierno. El avisado muchacho preguntó si eso se veía posible. Él mismo reflexionó en voz alta y ante el grupo: "Yo tengo una certeza: si el presidente Uribe derrota a los distintos movimientos guerrilleros y no descansa hasta no exterminar al último de sus militantes, ese día por la tarde habrá nuevas guerrillas por distintos lados de la geografía nacional. Porque la guerrilla no es la causa del problema colombiano sino una de las muchas consecuencias del hambre; el hambre que abunda y se multiplica, el hambre que es la marca de nuestra historia. Si el hambre persiste, persistirán las guerrillas. Y, por el contrario, si el hambre se extingue de nuestra historia, todo movimiento armado irregular del pueblo quedará deslegitimado per se" (13). Ese día nació para muchos un nuevo desafío: proponer y promover por distintos lados de la Colombia hambrienta y desde distintos ámbitos y predicaderos, la construcción decidida y vehemente de nuevas barricadas, ya no de odio y repudio, sino barricadas de vida y por la vida, barricadas de dignidad y de autoafirmación, ¡barricadas de maíz!

 

Cuando se asume ese reto humano, espiritual y político, conviene evocar a Triana y su sueño por una bien construida autonomía colombiana. Y sentir que ese su sueño y su realización no son lejanos en el tiempo y que tienen, en cambio, plena actualidad y vigencia: "Que en un sentido ampliamente metafórico nos consideremos como hijos del terruño y que sobre esta base fundamental de criterio orientemos nuestros estudios, nuestra sicología, nuestra estética y nuestras industrias, para establecer el debido equilibrio entre nuestras inclinaciones y necesidades propias y las reacciones y productos del suelo; tal debe ser nuestra aspiración patriótica, con el propósito de constituirnos en pueblo autónomo" (Triana: 1984, 24). Queda claro, entonces, una vez más: ¡Barricadas para que la afirmación de soberanía no se nos vaya por donde entren la altivez de los invasores extraños y la prepotencia de los de la propia casa!, ¡Barricadas para que la inteligencia popular bien convocada y con buenos niveles de pensamiento nos enseñe a defender la soberanía de nuestros proyectos de vida y de historia popular!

 

8. Demandas de las barricadas de maíz

 

Cuando se dice que hay que construir barricadas de maíz por donde el hambre no pase, por donde la dignidad no pueda escaparse más, se está lanzando a los cuatro vientos de la soberanía nacional, del empoderamiento político de los sectores populares y aún de la buena voluntad de los actores políticos formales que puedan ser sujetos de honradez y buena voluntad, la propuesta de construirlas con las siguientes demandas:

 

  1. Bajar la concentración de las riquezas, en el índice de Gini, del 0.59 al 0.25. El día que esto se logre habremos hecho la más incruenta, noble, altruista, inteligente, profunda y duradera revolución. Con millones de granos de maíz fluyendo, sin el derramamiento inútil y humillante de una sola gota de sangre. Sin atisbos de confrontación de clases. Apenas, y sobre todo, por la única vía revolucionaria posible en tiempos de miseria creciente: Cuando el estado garantice que todos los habitantes de su suelo comen y satisfacen buenamente sus necesidades básicas, la patria quedará abierta a la dignidad y sobrarán todas las formas y apariencias de la guerra. De la mano de este descenso y para garantizarlo, que desciendan también los fatídicos 85 puntos de concentración de la tenencia de la tierra en Colombia que nos ponen en vergonzoso sitial en toda la América Latina (14) y que conllevan "prestigio social, desigualdad social, violencia y narcotráfico" (Gutiérrez: 2009, 3).
  2. Que esos 33 y 45 puntos descendidos en infamantes escalas y ascendidos por la escala de la dignidad nacional y de la desconcentración de bienes y riquezas en poquísimas manos, se apliquen, en una primera fase, a la alfabetización universal del pueblo colombiano. Por donde pasan las letras, pasa el pensamiento. Y cuando es el pensamiento el que gobierna las relaciones y los destinos de una nación, todas las decisiones son espirituales y hondas, sanadoras de heridas y promotoras de idea y numen creador.
  3. Que este pueblo nuestro, universalmente alfabetizado y pensante, se dedique a perfeccionar lo que tanto le gusta y que florece tan a sus anchas en estos trópicos amables y fiesteros: el ejercicio de la palabra. Por eso, que donde antes abundaron el hambre y las miserias, abunden ahora los comedores populares en los que la palabra sea sueño y donde el maíz, servido para todas y todos en la mesa, sea fiesta sin paliativos. Que al mismo tiempo que se comen las deliciosas fantasías del maíz, se asuma la comunión y el ritual de la palabra condividida.
  4. Que asumamos el mandamiento esencial del maíz: Nunca más guerreará un pueblo que lo reparte y comparte, lo come y lo celebra mansamente y sin mezquindades, sentado a la misma mesa y bien avenido con los proyectos de vida en abundancia con los que muchas mentes y manos preparan el presente y los tiempos que vendrán.
  5. Que cada barricada de maíz que se levante en los puntos neurálgicos del hambre y de las mínimas o nulas condiciones de desarrollo humano integral sea un lugar para pensar, proponer y construir, a través de la palabra hermanada y compartida, proyectos de presente y de futuro para las comunidades, proyectos de dignidad entendida como autoafirmación y soberanía, proyectos de la nueva y real independencia, la pendiente, la postergada, la auténticamente nacional.
  6. Que en todas las mesas populares –barricadas de maíz-, la palabra y el maíz sean los primeros invitados y el alimento esencial que se tomará; que la gente coma y piense y converse sobre las formas y caminos para garantizar que la soberanía y la seguridad alimentarias se queden en la casa y para siempre; que se piense y se hable sobre la forma de darle sostenibilidad al proyecto local de barricada; que se piense, se hable y se haga relato, memoria y poesía sobre el derecho de todas y todos a comer y a tener un puesto indefectible en la fiesta de la vida.

 

Conclusión

 

Las nuevas barricadas, las del maíz, se piensan y proponen en el marco de la reflexión que se acaba de esbozar y a partir de experiencias que simultáneamente se dan en geografías y en contextos bien diferentes, como estas dos: El movimiento Slow food de Carlo Petrini que desde Italia profesa que la gastronomía "puede constituirse en una herramienta política de afirmación de las identidades culturales y en un proyecto virtuoso de confrontación contra el tipo de mundialización actualmente en curso" (Petrini: 2006, 47-51), y el movimiento Red solidaria de comedores comunitarios y escolares que, en la localidad Rafael Uribe Uribe de Bogotá "ha tenido como objetivos esenciales dos principios claves: la sostenibilidad y la visibilización del trabajo, gestión y esfuerzo comunitarios, aplicados a proveer de alimento a las personas más necesitadas en las diferentes zonas de la localidad" (Alameda: 2005, 51-56). Esas dos experiencias y la larga práctica de supervivencia mancomunada de los sectores más empobrecidos en tiempos en que las guerras colombianas han arreciado, perfilan a continuación las características esenciales de las nuevas barricadas, las de la paz, las que protegerán la nueva lucha colombiana por una nueva y más limpia independencia, las barricadas de maíz:

 

  1. Serán espacios en los que se prioricen y se garanticen el bienestar colectivo y la equidad. En las mesas allí servidas con maíz y otros frutos de la tierra se hará todos los días el milagro siempre posible del buen reparto, de la buena acogida, de la mansa escucha y del delicioso disfrute de la palabra.
  2. Serán espacios para la memoria de las muchas, largas e históricas negaciones y humillaciones y de las fecundas prácticas de lo comunitario, es decir, para "el refrescamiento de la conciencia y de la intuición, (...) un entrar en sí mismos y navegar por nuestras venas ancestrales, reconociendo caminos olvidados de solidaridad, cooperación, autoestima, bienestar" (Alameda, 2005: 52).
  3. Serán espacios naturales para, por la vía de la palabra compartida, la recuperación de la esperanza. Las barricadas de maíz se inscriben en la freireana "pedagogía de la esperanza" que fluye naturalmente por donde fluye la conciencia del propio ser y del propio deber ser (15).
  4. Serán espacios para la palabra empeñada en la construcción de una nueva historia y de una nueva independencia que privilegien el espíritu cooperativo y colaborativo y las propuestas de nueva cultura desde los sectores históricamente empobrecidos.
  5. Como en la Red Solidaria de Comedores populares, las barricadas de maíz serán un lugar privilegiado para la "recuperación de la confianza, (el) fortalecimiento de la autoestima individual y comunitaria, (el) estímulo consecuente al proceso de participación activa, (la) apertura de espacios democráticos, (el) entendimiento de conceptos como: justicia social, equidad, democracia, participación, sostenibilidad, medio ambiente, planeación, seguimiento, impacto, cooperativismo, solidaridad, amor, perseverancia" (Alameda, 2005: 56).
  6. Como en Slow Food, las barricadas de maíz serán comunidades del maíz, es decir, "comunidades del alimento" al tiempo que comunidades de la palabra. Hay que reconocer con entusiasmo que ya la humanidad se puso de acuerdo al establecer, en los objetivos del milenio, la imperiosa y urgente necesidad de empezar a erradicar el hambre de todos los países y de todos los pueblos de la tierra, con claras metas cualitativas y cuantitativas antes de finalizar el año 2015 (16). Esa política mundial que se convierte en política de Colombia al igual que de cada país firmante del acuerdo, es condición indispensable para que sobreviva la vida en el planeta. Es urgente que Colombia, la nueva, la de doscientos años de una primera independencia, con todos sus grupos y colectivos, oficiales y no gubernamentales, formales y no formales, como un solo cuerpo y conjunto, se ponga de acuerdo en un generoso y creativo "pacto del maíz" o pacto por la erradicación del hambre. Ese pacto deberá empezar por el compromiso de respetar y salvaguardar enteramente la dignidad de la vida y la soberanía de cada vida individual. Y deberá especificarse y detallarse luego en otros pactos derivados: Pacto por la racionalidad y la racionalización de la natalidad; este pacto es conversable y dable en un pueblo globalmente alfabetizado y pensante; pacto por el manejo y la utilización sostenible de los recursos del suelo y del subsuelo nacionales en forma de uso sin abuso, es decir, de beneficio sin explotación (17), pacto por el derecho a la salud.

 

La segunda independencia se inaugurará en Colombia, nación soberana y segura, a partir del momento en que se afirme y ejecute un gran acuerdo nacional por la soberanía y por la seguridad alimentarias; y esa segunda independencia se proclamará como causa cumplida y empezará a celebrarse el día en que el hambre se haya borrado radicalmente de toda la geografía nacional, de todas las bocas, de todas las posibilidades y de todas las expresiones de autoctonía patria. Se seguirá celebrando, entonces, en lo sucesivo, a la nueva Colombia, territorio libre del rencor político del hambre, justa y en paz. Tal vez así, en el año 2210, doscientos después de hoy, quienes habiten estos suelos de libertad nos recuerden con gratitud y digan nuestros nombres sin morirse de ira y de vergüenza.

 

1 TRIANA, Miguel. La civilización Chibcha. 1921. Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 5ª. Edición, 1984, p. 13.

2 Citado por ATEHORTÚA, Adolfo León. 1810. Ni revolución ni nación. Medellín: La Carreta Editores, 2010, p.38.

3 ATEHORTÚA, Adolfo León. op. cit., p.37

4 Ibídem, p. 55.

5 Citado por Atehortúa, op. cit., p. 58.

6 Ibídem.

7 Popol Vuj, el libro sagrado de los Mayas: 1999, pp. 61 - 63.

8 Esta memoria y descripción de los rituales del maíz se encuentra en: PATIÑO, Víctor Manuel. Historia de la cultura material en América Equinoccial. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1990, p. 99.

9 HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich. "Lecciones sobre filosofía de la historia universal - Discurso: La conexión de la naturaleza o los fundamentos geográficos de la historia universal, 1837". En: Revista de Occidente, traducción de José Gaos, Madrid, 1928.

10 Ibídem.

11 Ibídem.

12 El relato del llamado "ciclo de Elías", profeta bíblico del siglo IX a.C., se inicia en el libro I de Reyes, Capítulo 17, versículo 1 y va hasta el libro II de Reyes, capítulo 1, versículo 18.

13 Experiencia del autor como profesor de filosofía en la educación media del Colegio Soleira.

14 Ver: Equipo desde abajo. "Reforma agraria, portón de la paz". En: Soluciones agrarias, Nº 7/8, Julio–Octubre 2008, Bogotá, 2008.

15 Ver: Freire, Paulo. Pedagogía de la esperanza. México: Siglo veintiuno editores, 2005.

16 En los "Objetivos de desarrollo del milenio" los 192 países miembros de las Naciones Unidas acordaron:

"OBJETIVO 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre: - reducir a la mitad, entre 2000 y 2015, la proporción de personas que sufren hambre; reducir a la mitad, entre 200 y 2015, la proporción de personas cuyos ingresos son inferiores a un dólar diario; conseguir pleno empleo productivo y trabajo digno para todos, incluyendo mujeres y jóvenes".

17 La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en Junio de 1997 "la carta de la tierra". Es la tierra la que en esa carta grita y suplica a la humanidad, en la voz de los representantes de las naciones. El llamamiento es a todos los pueblos del planeta, viejos y nuevos, grandes y pequeños. Se les invita a "reinventar la civilización". Que esa nueva civilización sea capaz de tecnología e industria armonizadas con el individuo y con todas las comunidades de individuos que se juntan sobre la redondez de la tierra.

Grita el planeta y pide a los pueblos todos, a sus dirigentes y empresarios, a sus organizaciones de base y a sus asociaciones civiles, que creen con urgencia modelos económicos y sociales que protejan los derechos humanos y las capacidades de regeneración del ecosistema global.

Dice la tierra en su amorosa carta que somos una sola y única comunidad de vida los habitantes del presente y que, igualmente, hacemos una sola y única comunidad de vida con los habitantes del futuro. Que el futuro es sangre de nuestra sangre y proyección de la historia que escribamos hoy. Que, en fin, somos un solo y único lazo comunitario que se hila y entreteje con la familia humana, con toda la comunidad terrestre, con todos los seres vivos, con el planeta mismo.

La tierra escribe su carta esperanzada a la humanidad y le recuerda que somos un único mundo y un mismo y único destino que se hace y escribe en increíble diversidad pero en necesaria interdependencia. Por eso, nos dice la tierra, es urgente que todos los pueblos declaremos nuestra responsabilidad colectiva y compartida en que ella, la tierra, viva y nosotros con ella o en que, con ella, perezcamos todos.

 


Bibliografía

 

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El derecho humano a la alimentación, 64 años después*

 

David Rodríguez-Arias y Carissa Véliz**

 

El día 11 de diciembre, hace 64 años se firmó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su artículo 25 reconoce el derecho a la alimentación como un bien primordial que debe ser protegido.

 

Jean Ziegler, el ex-relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, alerta de que, de todos los Derechos Humanos, el derecho a la alimentación, siendo uno de los más fundamentales, es al mismo tiempo el más constante y ampliamente violado en nuestro planeta (Destrucción Masiva, 2012). La desnutrición está asociada a la aparición de enfermedades como el kwashiorkor, la tuberculosis y la diarrea, responsables de la mayoría de las muertes que se producen en los países menos desarrollados. El hambre es, a día de hoy, la principal causa de muerte en el mundo: más que las guerras, las enfermedades cardiovasculares, o el cáncer.

 

La infancia constituye el sector de la población más vulnerable a la desnutrición. La desnutrición no es lo mismo que la falta de alimento. Además de la ingestión de una cantidad de calorías diaria aceptable—que hace que el menor tenga un peso adecuado—es preciso que su alimentación sea rica en micronutrientes: vitaminas, minerales y oligoelementos. Las deficiencias en micronutrientes generan la llamada hambre silente, responsable de millones de casos anuales de ceguera (causada por la falta de vitamina A), beriberi (enfermedad que destruye el sistema nervioso y que es causada por la falta de vitamina B), escorbuto y raquitismo (causados por falta de vitamina C), múltiples trastornos del crecimiento y desórdenes mentales. La desnutrición prolongada destruye el cuerpo y las habilidades mentales. Quien no puede comer, sencillamente, deja de poseer su vida. Son el hambre y la enfermedad los que poseen la vida del hambriento.

 

Entre 2010 y 2012 ha habido 870 millones de personas en el mundo subalimentadas, es decir, el 12,5% de la población global. ¿Soportaríamos vivir en una sociedad en la que una de cada ocho personas con las que nos cruzáramos estuviera al borde de la muerte por inanición? Nos consolamos pensando que la inmensa mayoría de esas personas –852 millones– viven en los lejanos países "en desarrollo", donde la desnutrición alcanza el 15% de la población. Sin embargo, en la era de la globalización, nuestra capacidad para afectar y vernos afectados por lo que ocurre a miles de kilómetros hace que esa distancia sea cada vez más virtual.

 

Comparando dos realidades: en España la esperanza de vida es superior a ochenta años, en Swazilandia es de treinta y dos. Cuando en Madrid una familia gasta al mes aproximadamente el 15% de la renta familiar en la compra de alimentos, en los suburbios de Manila la parte dedicada a la alimentación representa más del 80% de los ingresos familiares, sin que ello les permita a los filipinos disfrutar de una alimentación equilibrada.

 

Aunque la proporción de la población mundial subalimentada haya descendido ligeramente en los últimos veinte años, no ocurre lo mismo con el total de personas que pasan hambre. Hoy, a pesar de las innovaciones agroalimentarias y de las mejoras alcanzadas en los sistemas de producción agrícola y los transportes, hay 78 millones más de hambrientos que en 19901.

 

Como ocurre con casi todas las injusticias planetarias, el hambre también tiene un rostro femenino. Las mujeres la sufren más que los hombres; las niñas más que los niños. En algunas regiones de Pakistán, por ejemplo, las mujeres y las niñas solo pueden comer las sobras que los hombres y los hijos varones les dejan. Una embarazada subalimentada no puede transmitir los nutrientes necesarios al feto. La subalimentación fetal provoca daños cerebrales y deficiencias motoras. Millones de bebés nacen cada año determinados a tener una vida incompleta, privada de las necesidades más básicas. Incluso la lactancia, la única capacidad propiamente humana –materna– de generar alimento, se ve afectada. En Malí, poco más del 25% de las madres consigue amamantar a sus bebés de un modo normal y durante el tiempo necesario. La anemia causada por la falta de hierro en los menores de dos años es fatal en esa fase crucial de su desarrollo neurológico e inmunitario. En ausencia de todo sucedáneo lácteo, las madres que no pueden dar de mamar asisten al espectáculo insoportable de la degradación progresiva de la salud de sus bebés. En 2007, en Angola, Burundi, Congo, Costa de Marfil, Etiopía, Guinea, Liberia, Uganda, Somalia y Sudán, uno de cada diez niños murió antes de cumplir los cinco años de edad. La situación fue incluso peor en otros países, acechados por las guerras, como Afganistán, Chad o Sierra Leona, donde llegó a morir hasta uno de cada cuatro niños menores de cinco años. Estos datos encierran cantidades intolerables de sufrimiento y desesperación.

 

Por ello resulta crucial recordar que se trata de un sufrimiento evitable. Es cómodo pensar la pobreza y el hambre como fenómenos necesarios. Sin embargo, no son ninguna fatalidad. Ni siquiera es legítimo asimilarlos a desastres naturales. La subalimentación y la desnutrición hoy en día son creaciones humanas. Erradicarlas también está a nuestro alcance. Se calcula que se necesita sumar 19000 millones de dólares anuales a la actual ayuda oficial al desarrollo para eliminar el hambre y la malnutrición a nivel mundial. Cada año, los habitantes de los países del norte preferimos gastar esa misma cantidad en perfumes. Los cien mil millones que, solo en España, se han empleado para rescatar a la banca, habrían servido para eliminar un tercio de la pobreza mundial.

 

¡El 1% de la población más rica del mundo (grandes empresarios multinacionales y banqueros) disfruta del 39,9% del capital mundial! Los 18 millones de muertes anuales relacionadas con la pobreza podrían prevenirse con medidas muy baratas: una mejor distribución del alimento (el 40% de los cereales los consumen animales, que son a su vez consumidos por los ricos del mundo), medidas de rehidratación, vacunas, antibióticos y agua potable.

 

Si existe hambre es porque permitimos que exista. Opina Ziegler que el hambre tiene un cierto parentesco con el crimen organizado. Un puñado de grandes transnacionales agroalimentarias –Aventis, Monsanto, Pioneer, Syngenta, Cargill– controlan el mercado de semillas, abonos, así como el almacenaje, la distribución y la venta de los productos alimentarios. El control que ejercen sobre el precio de los productos les permite obtener beneficios muy sustanciosos. Por otro lado, ese control deja a merced de su codicia a millones de personas pobres cuyo acceso a los alimentos esenciales –el trigo, el maíz, el arroz– se ve mortalmente restringido. Los recursos financieros de estas transnacionales, a menudo superiores al producto interior bruto de los países en los que están implantadas, hacen desaparecer todo poder de negociación por parte de estos. Incluso en los países pobres donde los dirigentes han sido elegidos democráticamente y velan por los intereses sociales, los políticos están atados de manos para garantizar el acceso al derecho a la alimentación.

 

La eliminación de las barreras de comercio proteccionistas con las economías desarrolladas y los aranceles a las exportaciones del Sur, la eliminación de la agricultura extensiva y los monocultivos, la eliminación de los latifundios, la redistribución de las tierras arables, la subvención pública de los alimentos básicos, la eliminación del dumping y otras formas de especulación oligopólica con los alimentos básicos, la preservación del suelo, la equidad en la adquisición del alimento y una prohibición de los monopolios de las sociedades multinacionales del sector agroalimentario sobre los mercados de semillas, abonos y comercio, bastarían para interrumpir la hambruna que sufre el Sur ante nuestra indiferencia.

 

Los habitantes de las sociedades desarrolladas y democráticas tendemos a tener la conciencia tranquila: no somos nosotros los que provocamos las violaciones de derechos, las hambrunas y la explotación. Sin embargo, esas violaciones y daños no solo los llevan a cabo personas. Como señala el filósofo Thomas Pogge, también se producen a través de las instituciones: "Los ciudadanos podrían estar implicados cuando las instituciones que mantienen producen de manera previsible y sistemática un déficit evitable de derechos humanos" (Politics as usual, 2010, 29). La violación del derecho humano a la alimentación se reproduce cada vez que contribuimos con nuestros hábitos de consumo al enriquecimiento de las empresas multinacionales cuyo lucro pasa por pisotear la legítima aspiración de los más pobres al alimento. Además del deber moral de contribuir eficazmente con nuestro propio dinero (cuando nuestra situación económica lo permite) a los que menos tienen, los ciudadanos de los países medianamente democráticos tenemos, además, la responsabilidad de presionar a nuestros gobiernos para que no se dobleguen ante los poderes económicos establecidos por esos oligopolios asesinos. Mientras no cumplamos con nuestra parte de responsabilidad, careceremos de argumentos para rebatir la desafiante insinuación de que cada persona que muere por hambre, muere asesinada.

 

* Tomado de: http://blogs.publico.es/dominiopublico/6243/el-derecho-humano-a-la-alimentacion-64-anos-despues/

** Consejo Superior de Investigaciones Científicas y City University of New York

1 "Informe sobre la inseguridad alimentaria en el mundo", Roma, FAO, 2012.

 


 

Así nacieron los hombres de maíz*

 

"Ha llegado el tiempo del amanecer", dijeron Tepeu (el dios del cielo) y Gucumatz (padre y madre de todo lo que hay en el agua), los Progenitores, los Formadores. "Es hora de que aparezca el hombre sobre la tierra". Se juntaron e hicieron consejo en medio de la noche, y entonces vinieron el Yac (un gato de monte), el Utiú (el coyote), el Quel (una cotorra)",y el Hoh (el cuervo) y les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y Cayalá a buscarlas y les enseñaron el camino.

 

Cuando los creadores llegaron se llenaron de alegría porque habían descubierto una hermosa tierra llena de abundantes mazorcas amarillas y mazorcas blancas y de pataxte y cacao y zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo de Paxil y Cayalá. Así encontraron la comida que entró en la carne del hombre creado por Tepeu y Gucumatz. Así entró el maíz en la formación del hombre.

 

Luego, Ixmucané (la abuela diosa del maíz) molió las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas e hizo nueve bebidas y de este alimento provino la fuerza y la gordura y los músculos del hombre. De maíz blanco y maíz amarillo se hizo la carne del hombre, de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas. Únicamente masa de maíz entró en la carne de los cuatro hombres que fueron creados por los formadores. Estos son sus nombres: el primero: Balam-Quitzé, Balam-Acabel segundo, el tercero: Mahu-cutah y el cuarto Iqui-Balam.

 

*Adaptación basada en el Popol Vuh.

Jueves, 20 Septiembre 2012 06:35

Mentir para matar de hambre

Mentir para matar de hambre
Hasta ahora tres son los cuarteles de la mentira” desde donde se dirige la globalización [o la tiranía de cómo hacer de los bienes y recursos colectivos del planeta una maletín de beneficios privados para unos muy pocos]. A saber. El Fondo Monetario Internacional, que nació para impulsar la cooperación económica y evitar otra gran depresión como la de los años 30 y que, dictando políticas para despolitizar, ha hecho de las depresiones hoyos profundos. Y en cada hoyo hay una sepultura. En segundo lugar, el Banco Mundial, que dice en su eslogan trabajamos por un mundo sin pobreza, y tan mal trabaja, condicionando prestamos sí o prestamos no, que la pobreza se extiende por el mundo entero. Y, por último, la Organización Mundial de Comercio que, para hacer un comercio más abierto –dice su página web–, prohíbe proteger al pequeño y prohíbe no defender al grande.


Bien, pues desde el pasado 6 de septiembre, añadamos a la FAO, Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Como su función es luchar por un mundo sin hambre, ha declarado querer hacer de la agricultura una arma de hambrear. No puede ser otra la conclusión después de leer el artículo que su director general, José Graziano da Silva, y Suma Chakrabarti, presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, publicaron en el Wall Street Journal. Una ristra de mentiras que alaba y promueve las inversiones para el acaparamiento de tierras campesinas a favor de los agronegocios de exportación y especulación.


La mentira que defienden para llegar a tan amarga conclusión es tan sobradamente conocida que sorprende la falta de ingenio: el hambre es resultado de la escasez de alimentos, por lo que se requiere aumentar la productividad, y eso sólo sabe hacerlo la industria agrícola, eficiente y dinámica, no la pequeña agricultura, lastre del desarrollo. Lo contrario de decir verdades es decir mentiras.


Si por algo se caracteriza el sistema agroalimentario industrial es por su ineficacia a la hora de producir alimentos y combatir el hambre: en la agricultura y ganadería industrial se acaba despilfarrando la mitad de lo que se produce; en la pesca industrial se descarta casi 40 por ciento de lo que se pesca y –si hablamos de comer– ¿de qué nos sirve un modelo que destina las mayores plantaciones del planeta para materias primas que no consume directamente el ser humano?: granos para combustibles y piensos, árboles para celulosa, soya para cualquier cosa, etcétera. Finalmente, cuando la industria alimentaria de los monocultivos produce alimentos para las personas, éstos siguen siempre la misma ruta: de las áreas de pobreza y hambre a las áreas de dinero y abundancia.


Por el contrario, y utilizando ejemplos de los mismos países a los que el artículo se refiere, en Rusia, Ucrania y Kazajstán “la productividad es muchísimo más alta en las tierras en manos campesinas que en aquellas en manos del agronegocio”, como explica el documento comparativo elaborado por La Vía Campesina, Grain, Etc Group, entre otros. “Las y los pequeños agricultores de Rusia –continúa el documento– producen más de la mitad del producto agrícola con sólo un cuarto del área agrícola; en Ucrania son la fuente de 55 por ciento de la producción con sólo 16 por ciento de la tierra, mientras en Kazajstán entregan 73 por ciento con apenas la mitad de la superficie”.


Es fácil de entender: una finca agroindustrial se diseña para un monocultivo que crece a base de fertilizantes, maquinaria, pesticidas… dando por resultado un buen número de “unidades alimentarias” por hectárea pero castigando tanto el suelo que progresivamente sus cosechas van disminuyendo. La agricultura campesina, en la misma superficie, produce variados cultivos que hacen una cesta final mayor, cuidando –como premisa fundamental– el suelo, que cuando sólo se mantienen o mejoran sus rendimientos.


No es la capacidad productiva campesina la razón de la crisis alimentaria, sino las dificultades con las que la población campesina debe convivir para ponerla en práctica: las mejores tierras (lo hemos visto) en manos ajenas; normativas que favorecen los negocios de importación y exportación, arrinconando a las pequeñas agriculturas nacionales; la industria alimentaria subvencionada, junto con las desregulaciones, hace que se paguen los alimentos a las y los productores por debajo de sus costos, mientras que el precio final en el mercado lo marca la especulación en las bolsas de Chicago o Nueva York; la expansión de los monocultivos expulsa a millones de personas campesinas de sus tierras o se hace con sus aguas de riego, y hay muchas más razones. Si el hambre campesina –no hay duda– nace de la voracidad de la industria agraria, es inaceptable que la FAO, organismo de Naciones Unidas, olvide a los seres humanos y sus derechos para ponerse al servicio de los agronegocios de especuladores financieros, bancos o multinacionales y de sus cajas de caudales.


Si verdaderamente la FAO quiere combatir el hambre debe mejorar su análisis. La población campesina (más de la mitad de la población mundial), aun desposeída de los recursos productivos, es capaz de producir 70 por ciento de los alimentos del planeta, pero son ellas y ellos también el colectivo con mayor porcentaje de pobreza y carestías. No piensen en producir más alimentos; piensen en cómo reproducir medios de vida para la población productora de alimentos, las y los campesinos: seres humanos con los pies en la tierra.


Gustavo Duch, autor de Sin lavarse las manos. Coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas

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Paren esta locura ya: Los automóviles nos dejan sin alimentos
No importa la sequía, la reducción de los cultivos de maíz, el aumento de precios de los alimentos o la posibilidad de escasez de granos a nivel mundial, vamos a hablar de los males del petróleo extranjero.

 
Este fue el mensaje emitido la semana pasada por los grupos de presión del etanol sólo un día o dos antes de que José Graziano da Silva, el director de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura llamara a “una suspensión inmediata y temporal” de las órdenes de los Estados Unidos sobre el etanol de maíz para “dar un respiro al mercado y permitir que una mayor cantidad de cosecha se canalice hacia las necesidades alimenticias”.

 
Da Silva estaba respondiendo al alza de los precios del maíz, que se elevó por encima del 60 por ciento en los últimos dos meses. Hace poco se pagaron 8,49 dólares por bushel (unidad de medida anglosajona, N. del T) su punto más alto de todos los tiempos. Y si las condiciones de sequía en los Estados Unidos y Europa continúan, los precios seguirán subiendo.

 
Da Silva no está solo preocupado por los precios del grano. El martes, Shenggen Fan, director del International Food Policy Research Institute, dijo a Bloomberg que una crisis alimentaria global “nos puede golpear muy pronto” debido a la sequía. Fan continuó diciendo: “Hay que detener la producción de biocombustibles. Es lo que hace subir los precios mundiales de los alimentos y muchos pobres, especialmente mujeres y niños, sufren”.

 
Pero no importan las mujeres y los niños, dice Brooke Coleman, el director ejecutivo del Consejo de avanzada del etanol, uno de los muchos grupos de presión de los biocombustibles. El 8 de agosto, Coleman defendió los acuerdos sobre el etanol de maíz diciendo que “el problema es nuestra dependencia del petróleo extranjero, lo que a su vez eleva los costos a miles de millones de dólares y es un gran costo para la economía y el medio ambiente. La Norma de Combustibles Renovables, que impulsa la fabricación estadounidense de combustible en el mercado, es parte de la solución”.

 
Growth Energy in, otro grupo de presión del etanol, tenía un mensaje casi idéntico. El 8 de agosto, el consejero delegado del grupo, Tom Buis, emitió una declaración en defensa de la producción nacional de etanol de maíz y desestimó las críticas por “atar la producción de biocombustibles a supuestos encarecimiento de los alimentos”. Continuó diciendo que los esfuerzos para limitar los acuerdos sobre el etanol de maíz sólo serían “para mantener a nuestra nación adicta al petróleo extranjero. El etanol reduce nuestra dependencia del petróleo extranjero, crea puestos de trabajo aquí en Estados Unidos, mejora nuestro medio ambiente, revitaliza las comunidades rurales y es ahorro de dinero para los consumidores”.

 
Para el lobby del etanol, el fantasma del petróleo extranjero es una trampa para todo, incluyendo el sentido común. Pero no hay que ser economista para entender por qué el sector del etanol está impulsando los precios de los alimentos.

 
Este año alrededor de 4,3 millones de bushels de maíz se convertirán en combustible para motores, según las declaraciones de Bill Lapp, presidente de Soluciones Avanzadas de Economía, una empresa de consultoría sobre productos básicos con sede en Omaha. Esto significa que habrá un aumento de casi el 37 por ciento de la cosecha de maíz de este año, -estima Lapp- que llevará a alrededor de 11,6 millones de bushels, desviados a la producción de etanol.
 

Compare esas cifras con las de 2005, cuando el maíz se vendía por sólo 2 dólares por bushel. Ese año, 1,6 millones de bushels de maíz, o alrededor del 13 por ciento de la producción nacional de maíz de se destiló a la producción de etanol.

 
Al aumentar drásticamente el volumen de etanol que debe mezclarse en nuestros suministros de gasolina, en sólo siete años el Congreso casi triplicó la cantidad de maíz que antes se destinaba a la producción de alimentos y pasa ahora a la producción de combustible. Y con la peor sequía en los campos de maíz que se recuerda, esos acuerdos están perjudicando a los consumidores que ya están siendo azotados por el desempleo persistentemente alto y una economía débil.

 
Un estudio reciente publicado por una coalición de productores de alimentos, entre ellos la Federación Nacional del Pavo, National Pork Producers Council y la Asociación Nacional de Ganaderos de Carne, concluyó que, desde 2007, cuando los acuerdos del etanol entraron en vigor, los precios de los cultivos intensivos para los alimentos como los cereales, productos para panificar, de las carnes, aves, huevos, grasas y aceites han aumentado a casi el doble de la tasa de inflación general. Este estudio es uno de al menos 16 informes, publicados por entidades que van desde la Universidad Purdue hasta el Banco Mundial, las cuales han vinculado los acuerdos del etanol con los costos de los alimentos.

 
El mes pasado, Ken Powell, consejero delegado de General Mills, el sexto productor de alimentos más importante, dijo que los acuerdos de los granos de maíz destinados a etanol encabezaban el aumento de los precios de los alimentos debido a que los precios del maíz y el trigo “van unidos”.

 
Para entender por qué la estafa del etanol de maíz está afectando a los precios del grano, considere esto: el sector del etanol de maíz estadounidense consume ahora tanta cantidad de grano como la totalidad del ganado de este país. Este años se han utilizado alrededor de 4600 millones de bushels de maíz para la alimentación del ganado. Por lo tanto, los automovilistas estadounidenses están quemando en sus coches casi tanto maíz como el que alimenta a todos los pollos del país, pavos, ganado vacuno, porcino y pescadocombinados.

 
¿Necesita otra comparación? Este año, la flota de automóviles de los Estados Unidos va a consumir dos veces el cultivo de toda la Unión Europea. Dicho de otra manera, el sector del etanol de maíz de EE.UU. quema casi tanto como producen Brasil, México, Argentina e India juntos.

 
¿Necesita otra comparación? Este año, los EE.UU. están utilizando alrededor del 13 por ciento de la producción global de maíz, que es aproximadamente el 4,6 por ciento de todo elgrano de la producción mundial, para poder producir una cantidad de etanol que contiene la energía equivalente a siete décimas del uno por ciento de las necesidades mundiales de petróleo.

 
A pesar de estos hechos, el gobierno de Obama se ha convertido en un bien dispuesto cómplice de la industria del etanol de maíz. El Secretario de Agricultura Tom Vilsack,(ex gobernador de Iowa) alaba rutinariamente al sector de etanol de maíz. En febrero, durante un discurso en la Conferencia Nacional de Etanol del 2012, dijo que “tenemos una deuda de gratitud con los productores de etanol en este país”. Mientras tanto, la EPA- Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos -está haciendo todo lo posible para obligar a aumentar el suministro de gasolina a pesar de las objeciones de una amplia coalición de grupos que van desde fabricantes de comestibles a la industria petrolera.

 
Durante muchos años se ha vendido la gasolina que contiene diez por ciento de etanol, o E10. Pero con demasiado etanol en sus manos, la industria del combustible puso en marcha una intensa campaña de lobby en la EPA para convencer al organismo de aumentar la mezcla permitida al 15 por ciento, o E15. Y hace unas semanas la agencia dio la aprobación final del paso a la E15, aunque sólo alrededor de un cuatro por ciento de todos los vehículos de motor en los EE.UU. están diseñados para quemar el combustible con mayor cantidad de etanol.

 
El EPA aprobó el paso a la E15 pesar de las objeciones estridentes de grupos como el Outdoor Power Equipment Institute, que dice que el combustible que resulta de la mezcla con mayor cantidad de etanol es “peligroso” y podría dañar o arruinar los motores utilizados en los generadores, cortadoras de césped y otros dispositivos. Otros muchos grupos de comercio, incluyendo la Alianza de Fabricantes de Automóviles y American Petroleum Institute, también han estado luchando contra el paso a la E15. Toyota Motor Corporation ha tomado la inusual decisión de agregar una etiqueta a los tapones de gasolina de los coches nuevos que se venden en Estados Unidos. La etiqueta advierte que “solo hasta la gasolina E10″.

 
El año pasado, Peter Brabeck-Letmathe, presidente de la suiza Nestlé, gigante de la comida, declaró que el uso de cultivos alimentarios para producir biocombustibles era una “locura absoluta”.
 

Tiene razón, por supuesto. Pero lo irritante sobre esta locura es que todo esto era fácil de predecir. Los representantes en el Congreso que imponen la estafa de etanol al pueblo estadounidense deberían haber sabido que las sequías ocurren, que los cultivos de maíz no pueden crecer hasta el infinito.

 
David Swenson, un científico asociado en el departamento de economía en la Universidad Estatal de Iowa me dijo recientemente que Iowa no había tenido una sequía tan dura desde 1988 y que la actual sequía “la emula. Nos olvidamos de los nacimientos, del dolor, y de las lecciones aprendidas”. En las últimas dos décadas, dice Swenson, los EE.UU. han tenido buenas cosechas de maíz, y “esa suerte permitió que se cuelen las políticas de combustibles renovables sin ser tratadas seriamente. Todo el mundo se olvidó de la Madre Naturaleza”.

 
Hoy en día, la Madre Naturaleza está tomando su venganza. Y los consumidores aquí, en los EE.UU. y en el extranjero, están pagando el precio. La única pregunta es si los burócratas irresponsables en la administración de Obama y sus facilitadores dispuestos en el Congreso finalmente pondrán un fin a la locura del etanol.


20 Agosto 2012

Por Robert Bryce*
Counterpunch
Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

 
*Robert Bryce es el autor de Power Hungry: Los mitos de la energía “verde” y los combustibles reales del futuro.

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Chicago, 13 de agosto. Durante una visita al estado de Iowa, golpeado por la sequía, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció el lunes una compra de emergencia hasta de 170 millones de dólares de carne y pescado para ayudar a los ganaderos y pequeños productores y controlar así los precios de los alimentos. Al tiempo, acusó al candidato republicano a vicepresidente, Paul Ryan, de bloquear ayuda para los agricultores y se refirió a él como “uno de aquellos líderes del Congreso que impiden el Proyecto de Ley Agrícola”.


En tanto, la Reserva Federal de Kansas City divulgó en un informe la previsión de que el próximo año los estadunidenses enfrentarán precios más altos de los alimentos en el supermercado, debido al impacto de la peor sequía en medio siglo, pero estimó que el efecto sobre la inflación general será moderado. Según estimaciones de la institución, la sequía, que ha golpeado los rendimientos del maíz y de la soya además de disparar sus precios en el mercado de futuros, podría sumar 4 por ciento más a los precios anuales de los alimentos durante el próximo año.


Con el plan anunciado por Obama, el Departamento de Agricultura comprará cerdo, cordero, pollo y bagre (pez) con dinero de un fondo de emergencia para responder a desastres naturales. Los alimentos serán enviados a programas de ayuda, como bancos de alimentos. Se estima que la cosecha de maíz será 25 por ciento menor que la de 2011, debido a la peor sequía que ha afectado la zona en medio siglo.


El mandatario estadunidense también ordenó al Departamento de Defensa a que “aliente” a sus proveedores a acelerar las compras de esos productos y congelarlos para su uso posterior.


El proyecto de ley 2012, que incluye programas de ayuda en caso de desastre, está estancado en la Cámara de Representantes, controlada por los republicanos. “Entonces, si ven al congresista Ryan díganle lo importante que es este proyecto de ley agrícola para Iowa y nuestras comunidades rurales”, reclamó Obama en comentarios preparados para un discurso en Council Bluffs, en Río Misuri, en el borde occidental de Iowa. “Es hora de dejar a un lado la política y aprobarlo de inmediato (el proyecto de ley)”, instó.


Como presidente del Comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes, Ryan ha exigido grandes recortes al gasto en el Proyecto de Ley Agrícola. Ryan votó a favor de un proyecto de ley de ayuda de emergencia para ganado por 383 millones de dólares, que fue aprobado por esa cámara el 2 de agosto, antes de un receso de cinco semanas.


Los agricultores estadunidenses están sufriendo la peor sequía en medio siglo, mientras aumenta la preocupación de que los productores de ganado no puedan costear los crecientes precios del maíz, producto básico para alimentar a los animales.


En lo que va del año fiscal, el Departamento de Agricultura ha gastado 941 millones de dólares para comprar más de 453.6 millones de kilos de comida, desde albaricoques y frijoles a papas y nueces, así como también carne, huevos y pescado, para los programas de almuerzo escolar y donación de alimentos.


“Basados en las relaciones entre el índice de precios al consumidor (IPC) para los alimentos y los precios de las granjas para los cultivos y el ganado, los incrementos en el precio de los cultivos y la baja en el precio del ganado durante julio podrían generar un alza de 4 por ciento en el índice de precios de los alimentos entre septiembre de 2011 e igual mes de 2012”, dijo la Fed de Kansas.

Reuters

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