Iglesias evangélicas, transnacionales antiderechos en América Latina

La fe y las congregaciones evangélicas, pentecostales y neopentecostales crecen en todo el mundo mientras colocan líderes políticos de extrema derecha en las instituciones e instalan una “agenda social anti-derechos”

 

“Tú eres mi dios, todo glorioso, en quien coloco toda mi confianza, toda mi esperanza, señor. Por qué por aquel que cree, todo es posible”, exclama el pastor Misael Tenorio de la Iglesia Evangélica Manantial De Vida En Cristo, en una pequeña caseta hecha de guadua y bareque de una comunidad rural del norte del Cauca. Quince personas están a su alrededor, con los ojos cerrados, las manos levantadas, dos de ellas arrodilladas en el seulo. Una escena que se reproduce cada domingo, y a veces a diario, aquí y en miles y miles de comunidades de todo el mundo, sobre todo de América, pero también de África y de Asia. “Para mí ser evangélica es algo muy grande y allá donde vayamos tenemos la obligación de llevar la palabra del señor”, asegura Gloria Ortega, feligresa de la iglesia Unión Misionera Colombiana.

Se calcula que hay más de 900 millones de personas que profesan esta creencia en el mundo, entre las de corrientes evangélicas, pentecostales y neopentecostals, una cifra en crecimiento constante desde hace cuatro décadas. El caso de América Latina es paradigmático y llama la atención de pensadoras y activistas que luchan por la defensa de la vida. Y es que una de cada cinco latinoamericanas es miembro de una congregación evangélica según una encuesta del Latinobarómetro del año 2017 realizada en 18 países. Más de 100 millones de personas seguidoras de una fe que no está llegando solo a las comunidades más remotas de la Amazonas o en los pueblos más elevados de los Andes, también ha llegado a la mayoría de parlamentos latinoamericanos.

Estas congregaciones han demostrado ser capaces de ofrecer a una sociedad caracterizada por la desigualdad social y la ausencia de prestaciones públicas de lo que en occidente han llamado Estado del Bienestar, un tejido comunitario al que acogerse, un apoyo a veces emocional, a veces económico. Su discurso, sin embargo, viene acompañado de postulados conservadores como la oposición al matrimonio homosexual o el aborto y toda una batería de valores tradicionales que según los colectivos y organizaciones preocupados, amenazan los derechos sexuales y reproductivos e incluso los derechos humanos.

“Su concepción de cómo tiene que ser la sociedad busca entre comillas volver a un orden natural moral, es decir un orden heterosexual, de género conservador, un orden que limite libertades y que garantice que ellos mismos puedan gobernar”, explica Diana Granados, antropóloga feminista colombiana e investigadora de los fundamentalismos religiosos. Habla de libertades como la eutanasia, el acceso a métodos anticonceptivos o la prohibición de la pena de muerte. “Y lo más peligroso es que estas concepciones tienen una conexión global y que son compartidas por personas religiosas que ocupan altos cargos del poder político”, asegura Granador refiriéndose a la mayoría de gobiernos de América Latina o mecanismos interestatales como la Organización de los Estados Americanos (OEA) o el Parlamento Europeo.

Después de la espada y la cruz

Para entender el origen de estas religiones, empezando desde la raíz, tenemos que irnos 500 años atrás y recordar dos momentos clave: el inicio de la evangelización católica del “Nuevo Mundo” que denominaron América, en 1492, y el inicio de la reforma protestante por el fraile Martin Luthero, en 1517 en Alemania. La fe evangélica, rama de la protestante, tiene por características la no representación en imágenes de las figuras bíblicas, la ausencia de culto a los santos y a la virgen María y la posibilidad de que quien quiera pueda abrir su franquicia evangélica en su barrio o comunidad, pues no existe una instancia centralizada de dirección como por ejemplo el papado del Vaticano, a pesar de que sí que existen unos liderazgos locales y regionales claves.

El inicio de la presencia de iglesias protestantes en América Latina se da con la independencia de los diferentes países latinoamericanos de la España católica, apostólica y romana, proceso que brindó cierta apertura religiosa. La primera oleada se da con la llegada de migrantes europeos a inicios de siglo XIX. En la segunda oleada, en torno a 1850, sociedades misioneras de los Estados Unidos llegan para anunciar su evangelio protestante. Empieza aquí un proceso de recolonización espiritual, activo hasta hoy entre los pueblos latinoamericanos. El filósofo caucano Diego Jaramillo asegura que ésta colonización, “se ha dotado siempre de unos espacios para cooptar culturalmente las comunidades indígenas, campesinas, afrodescendientes, desde el punto de vista religioso y político, como son hasta hoy los Cuerpos de Paz de Estados Unidos.”

A inicios del siglo XX surge en Kansas y California el movimiento pentecostal entre las protestantes de las clases más humildes de estos estados y con un importante componente anticomunista. Congregaciones que tendrán su explosión demográfica durante los años 60 en Norteamérica y que, como contraataque a la influencia social de la Teología de la Liberación, durante la década de los 70 se harán fuertes en el sur. Para continuar contraatacando, durante los años 80 crece en los Estados Unidos y se expande por el mundo la Teología de la Prosperidad, según la cual la prosperidad financiera y física de las creyentes depende de la voluntad de Dios y de sus oraciones y donaciones a las congregaciones evangélicas.

Jaramillo apunta a que a partir de la declaración de estados laicos -en el caso de Colombia, por ejemplo, en 1991, en Guatemala a partir de 1985-, se consigue “cierta distanciación entre la política y la institución católica pero a la vez se amplía la libertad religiosa que hace que los movimientos evangélicos y pentecostales crezcan”. “Volver América a Dios” proclamaron estos movimientos durante el V centenario del llamado “Descubrimiento de América”, en 1992. A partir de aquí, “lo que se propusieron es llegar no solo a sus creyentes sino a toda la sociedad. Y efectivamente obtienen un lugar de incidencia y de influencia política más decidida y activan una remodernización de su culto que hace que se expandan”, explica Diana Granados.

Demografía evangélica

Con más de 600 millones de habitantes, América Latina se continúa considerando un continente eminentemente católico. Sin embardo, en la mayoría de países durante los últimos 30 años, iglesias evangélicas, pentecostales y neopentecostales han crecido de manera significativa. “Después de este pentecostalismo clásico, surge lo que denominamos neopentacostalismo, ahora en auge, que son confesiones que sobresalen de las congregaciones tradicionales, son nuevos actores relacionados con poderes concretos”, explica Granados. Menos en México y en Paraguay –donde un 80 y 90% de sus poblaciones respectivamente se siguen considerando católicas- y Chile y Uruguay –donde lo que ha crecido es el ateísmo-, en el resto de países se lee una considerable migración religiosa, del catolicismo a la fe evangélica.

A pesar de que es complicado contabilizar este tipo de variables, según censos y estudios regionales, en Guatemala un 41% de la población se considera evangélica, un 32% en Nicaragua y un 28% en El Salvador, siendo América Central una de las regiones donde estas congregaciones han cogido más fuerza. Con su crecimiento y el espaldarazo del voto de sus comunidades, han llegado o se han mantenido al poder líderes populistas ultra conservadores como Jair Bolsonaro, Iván Duque o Juan Orlando Hernández, pero también líderes considerados progresistas como Andrés Manuel López Obrador. La realidad es hace ya algunos años que toda candidatura a una presidencia de la región se ve obligada a reunirse con la comunidad evangélica como actor estratégico.

En Brasil, casi un 30% de población profesa el culto evangélico. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, mientras en 2000, 26,2 millones de brasileños se identificaban con el culto evangélico, en 2010 esta cifra pasó a 42,3 millones, un crecimiento del 61%. Y según la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL), este crecimiento es más acentuado en las comunidades indígenas de todo el continente. Siguiendo con el caso de Brasil, si en 1991 había 20 indígenas evangélicos por cada 100 católicos –dejando de lado los que conservan su propia espiritualidad-, en 2010 eran 60 evangélicos por cada 100 católicos.

Según el sociólogo boliviano Julio Córdoba, experto en el impacto del culto evangélico en las comunidades aimara y quechua de Bolivia, “sobre todo cuando las comunidades se desestructuran debido a la penetración de relaciones capitalistas y surge una élite de campesinos más ricos, comerciantes, transportistas, las iglesias evangélicas emergen como una alternativa para los campesinos más pobres”. En estos casos, los servicios, la atención e incluso el afecto que no brindan los sistemas de prestaciones públicas precarias o inexistentes en las regiones empobrecidas de América, los ofrecen las comunidades evangélicas. La transformación de católica a evangélica para muchos también es una evolución moral: “en la vida católica seguimos bailando, bebiendo, hablando mal de la gente en la espalda, pero gracias al evangelio ya nos hemos dado cuenta que todo esto ofende a Dios y no lo tenemos que hacer”, asegura Gloria Ortega.

La agenda social antiderechos

Esta migración religiosa ya es ampliamente interpretada como un fenómeno que sobrepasa el campo espiritual y atraviesa el político y el social debido a la instalación de lo que consideran una “agenda social antiderechos” que está creciendo exponencialmente. Cómo afirma la feminista comunitaria y lideresa maya q’eqchi y xinca Lorena Cabnal, “ellos juegan no sólo con la posibilidad de un mandato que consideran divino, sino con la responsabilidad de administrar a los pueblos” utilizando precisamente este poder divino. El portal web La Mala Fe, impulsado por organizaciones como el Consorcio Latinoamérica contra la Aborto Inseguro (CLACAI), hace años que recoge noticias e investigaciones sobre el avance de estas congregaciones que denomina “cruzadas antigénero”. A título colectivo desde La Mala Fe aseguran que “los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, los derechos fundamentales de las personas LGTBIQ, y el desarrollo de una educación libre de prejuicios y violencia están en riesgo”.

Neoliberalismo, ultraconservadorismo, fundamentalismo religioso, des-democratización. Modelos y procesos por los que la mayoría de fuentes consultadas para este reportaje consideran que pasa América, la del sur y la del norte, y en los que el crecimiento de las iglesias y la fe evangélica  tienen un papel capital. Según la investigadora costarricense Gabriela Arguedas, se trata de una “erosión gradual del tejido democrático de la política que potencialmente transforma la arquitectura institucional de regímenes democráticos en simulacros”, como afirma en su estudio, publicado en el Observatorio de Sexualidad y Política, sobre el “fundamentalismo neopentecostal” y “la ideología de género”, un invento conceptual usado ya en muchas campañas políticas de toda la región.

Según Granados, este crecimiento tiene lugar gracias a todo un despliegue de figuras claves de las congregaciones en varios campos de la sociedad, “tienen centros de estudios, universidades, grupos de abogados, cadenas radiofónicas, canales de televisión, de youtube: hay una diversificación de su presencia que se fortalece durante los 90s con la entrada del neopentecostalismo”. Un despliegue que tiene más presencia en los países del sur global pero que sigue teniendo su principal centro de poder en los Estados Unidos y que cuenta con cómplices también en Europa. En el Estado español, por ejemplo, la Universidad de Navarra, fundada por el líder del Opus Dei José María Escrivá, se ha dedicado a publicar artículos “científicos” que han ayudado a legitimar y posicionar el concepto de “ideología de género” y trabajos académicos sobre “la homosexualidad como condición patológica que puede ser tratada”. Dentro de su oferta académica podemos encontrar un Máster en Matrimonio y Familia o seminarios sobre cómo prevenir divorcios.

«Existe un flujo continuo de financiación de agencias gringas hacia las congregaciones evangélicas de América Latina. Es una nueva forma de imperialismo”, asegura Fabio Py, doctor en teología brasilero y autor del libro Cristofascismo. Por ejemplo, según afirma este pensador de Rio de Janeiro, “el cuerpo más grande del aparato misionero que hay en el mundo después del Vaticano, es la Convención Bautista del Sur, de los Estados Unidos. Es una gran estructura que destina muchos recursos hacia el exterior y su principal foco es América Latina. Por otro lado, Cabnal recuerda que “la viabilidad económica de las iglesias evangélicas es sostenida por miles y miles de personas a partir del diezmo.”

Aun así, en los últimos años, “se han ido autonomatizando los poderes económicoreligiosos, es decir que ya no actúan siempre como franquicias transnacionales que salen de Estados Unidos y se expanden por todo el mundo sino que ya hay nuevos poderes que empiezan a crear sus propios emporios: ya no se tienen que defender de la casa matriz gringa, tienen sus propios tentáculos”, asegura Diana Granados desde Colombia. Misión Carismática Internacional, Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día, el Avivamiento, Ríos de Vida, Unión Misionera Evangélica, según el sociólogo argentino Javier Calderón existen más de 19.000 versiones de estas congregaciones.

Objetivos políticos y económicos

La lista de líderes políticos de confesión evangélica en América lo encabezan, por orden de poder, el vicepresidente y el secretario de estado de la primera potencia mundial. Mike Pence y Mike Pompeo han protagonizado reuniones opacas con presidentes latinoamericanos y pastores evangélicos del norte y conjuntamente patrocinan Capitol Ministries, una organización religiosa que según su presentación “crea discípulos de Jesucristo en la arena política alrededor del mundo”. Se trata de evangelizar líderes políticos para que legislen según los principios bíblicos. “Leyes que vetan luchas y resistencias históricas de las comunidades, de la pluralidad”, según la feminista comunitaria guatemalteca. “A través de estas relaciones intencionales de poder, se consigue una jerarquía en la toma de decisiones ultraconservadoras de como ordenar la vida de las comunidades y de este modo se violentan las relaciones de vida y los derechos humanos”, continúa Cabnal.

Y del campo político, al mediático y por tanto al imaginario colectivo de la sociedad. En las campañas electorales de Jair Bolsonaro en Brasil o de Iván Duque en Colombia y muy concretamente durante la campaña por el “no” al plebiscito que buscaba ratificar los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el gobierno de Colombia, el concepto de “ideología de género” jugó un papel clave en la retórica mediática. Pastores evangélicos erigidos como referentes de opinión hablaban cómo si fuera una enfermedad e insistían en “luchar contra” ella, lo que se podía traducir como una lucha contra las políticas de género y los activismos feministas y LGTBI, presentes en algunos congresos y ministerios en la búsqueda de transformar la manera en que la iglesia cristiana ha entendido tradicionalmente el género y la sexualidad.

Lorena Cabnal conecta el crecimiento de las iglesias evangélicas con el modelo extractivista instalado en la que denomina Abya Yala. Según ella, “el empobrecimiento, las políticas de tierra arrasada, los altos niveles de feminicidios, de violencias, de emigración, son las condiciones que generan estos fundamentalismos neoliberales y estas interpretaciones de la Teología de la Prosperidad”. Interpretaciones que, según ella aprovechan la vulnerabilidad emocional de los pueblos para hacer creer que “para crear economía y por la sostenibilidad del país, tienen que vender sus recursos naturales, se tienen que explotar los bosques, los ríos, los minerales: aquí hay una perversidad en que las comunidades llegan a legitimar a los líderes evangélicos que plantean este tipo de prosperidad como uno de los caminos de la Salvación”. Según Cabnal, en su país las organizaciones evangélicas han acabado “vinculándose también con otras relaciones complejas de poder y de control territorial que tienen que ver con el narcotráfico.”

“La tendencia en nuestro continente es pensar que la religión tiene que estar en la política y en el mercado. Entonces las disputas entre iglesias, la capacidad de captar personas, no están ya tanto ligadas a propósitos de fe; éstos son hoy instrumentalizados y los propósitos más grandes tienen que ver con hacer crecer la participación de estas iglesias en política para que ésta de réditos económicos y viceversa”, explica Diana Granados.

“Aquello más oscuro de toda esta tendencia ideológica conservadora a nivel mundial es que ésta casa con valores de la derecha y la extrema derecha”, continua la antropóloga. La xenofobia, el discurso antiinmigración, el sexismo o la homofobia se popularizan. Mientras en el ámbito local y comunitario esta fe confiere a muchas personas estabilidad moral y emocional e incluso soluciones a sus problemas cotidianos, a nivel nacional y regional “se están construyendo pánicos morales, pánicos a quién es sexualmente diverso, pánico al migrante, pánico al pobre, pánico a las mujeres con un pañuelo morado…”, comenta Granados. Pánicos que fortalecen estas iniciativas políticoreligiosas que lo que están haciendo es “retroceder en derechos y en la secularidad del estado”. Y no tan solo en América, también en la Europa blanca””, concluye Diana Granados. Tenemos el ejemplo de Polonia, donde 80 municipios se han declarado como “zonas libres de LGTBI”. Sin duda, las migraciones masivas o desplazamientos forzados desde América Latina hacia Europa –o más concretamente hacia sus principales exmetropolis, España y Portugal- hacen que la presencia de congregaciones evangélicas también esté empezando a aumentar en el norte global.

2 octubre 2020

Publicado enSociedad
Brasil: una política exterior contra el «marxismo cultural»

La Fundación Alexandre Gusmão, vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, apela a una estrategia internacional en la que dice combatir el comunismo y el «abortismo», a los que considera pilares del «marxismo cultural». Recuperando las viejas consignas anticomunistas de la Guerra Fría, promueve el americanismo y se aleja de sus verdaderas funciones estatales.

 

Un componente vital de la política exterior de un país es la promoción de los asuntos internacionales en el ámbito interno, sobre todo a través de la cooperación y la participación en espacios bilaterales y multilaterales. Pero en Brasil, las actividades de la Fundación Alexandre Gusmão (FUNAG) sugieren que la agencia actualmente considera obsoleta la promoción de valores tan cosmopolitas. Lo que se puede asumir a la luz de las actividades recientes de la FUNAG es, de hecho, su compromiso de defender a la sociedad brasileña de una supuesta amenaza comunista.

La FUNAG es una fundación vinculada al Ministerio de Relaciones Exteriores y trabaja para formar la opinión pública ciudadana en relación con la política exterior. Desde la elección de Jair Bolsonaro, ha sido evidente que los dos órganos deben alinearse ciegamente con la ideología de extrema derecha de su política exterior, como la lucha contra el «globalismo». Pero lo expresado por las acciones de FUNAG va más allá.

En vista de la decreciente credibilidad de Brasil en la arena internacional, la FUNAG parece abrazar una nueva misión. Ya no comparte información con la ciudadanía sobre la proyección internacional del país ni fomenta el compromiso popular en temas internacionales. Por el contrario, su contenido presenta características claras del populismo bolsonarista: llegar a su audiencia a través de discursos sensacionalistas, en una continua campaña electoral. Después de décadas de política exterior pragmática y autodeterminada, Brasil está rezagado en una política exterior pro-estadounidense y electoralista.

Además, una de las piezas centrales de la «continua campaña electoral» es promover una distinción continua entre el «yo» y el «otro», dividiendo a la sociedad entre aliados y enemigos. Como buena herramienta bolsonarista, este es también el discurso que impulsa la FUNAG.

En medio de las crecientes hostilidades contra China por parte de las autoridades brasileñas, incluidos ministros de alto perfil, la FUNAG abraza el incondicional alineamiento con Estados Unidos de Bolsonaro. El 11 de agosto, la Fundación promovió la conferencia «El Rescate de la relación Brasil-Estados Unidos y sus beneficios». El presentador de la charla no era otro que el hijo del presidente, Eduardo Bolsonaro, quien discutió el «sesgo ideológico de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT)» y criticó el «tema de los médicos cubanos».

Esta postura proestadounidense, sin embargo, es la característica bolsonarista menos radical promovida por la FUNAG. La fundación parece estar actualmente especializada en combatir el comunismo y defender una agenda de valores morales conservadores. Estos temas son los más aclamados por la audiencia bolsonarista, que asocia erróneamente el comunismo con los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores. En agosto, la FUNAG promovió el seminario «Cómo destruir un país: una aventura socialista en Venezuela». Exactamente un mes antes, FUNAG también llevó a cabo la conferencia «Globalismo y comunismo».

Vale la pena recordar que globalismo es el término utilizado por Bolsonaro y líderes como Donald Trump para condenar la configuración actual de la política internacional y el orden liberal internacional, incluido el sistema de las Naciones Unidas. De manera incorrecta, el canciller brasileño Ernesto Araújo vincula con frecuencia el globalismo con el marxismo cultural.

La agenda anticomunista de FUNAG es demasiado amplia para ser explorada completamente aquí. Pero uno puede hacerse una idea de su profundidad a partir del contenido sugerido por títulos sesgados como «Castro-chavismo: crimen organizado en las Américas»; «Un siglo de escombros: pensar en el futuro con los valores morales de la derecha» y «Memoria del comunismo y el virus actual de la mentira». Todos estos eventos fueron promovidos por FUNAG entre los últimos meses de julio y agosto.

Para completar la ecuación bolsonarista, el 4 de agosto la FUNAG realizó un evento alineado con los valores conservadores-cristianos: una conferencia antiaborto titulada «La importancia de promover políticas internacionales en defensa de la vida», presentada por la diputada federal conservadora Chris Tonietto quien, como Eduardo Bolsonaro, es miembro del Partido Social Liberal (PSL), ex partido del presidente Bolsonaro.

El contenido de política exterior promovido por la FUNAG no está vinculado con las prácticas de relaciones internacionales descritas por la Constitución brasileña, entre las que se encuentran la promoción de la cooperación para el progreso humano, la defensa de los derechos humanos y la defensa continua de la integración latinoamericana. En cambio, la FUNAG se dedica actualmente a complacer a las bases bolsonaristas repitiendo la misma jerga de extrema derecha de su campaña presidencial.

La FUNAG no tiene poder de decisión en la política exterior brasileña, pero sus discursos muestran la pérdida de credibilidad internacional del país. Después del declive de su estatus internacional, la política exterior brasileña se dirige a la audiencia nacional en busca de credibilidad: esta es la política exterior electoral brasileña.

Las acciones de la FUNAG también pueden contribuir a depreciar la proyección internacional construida por Brasil en sus gobiernos anteriores. La opinión pública es un componente necesario en la construcción de la política exterior. En las democracias, la necesidad de rendición de cuentas por parte de los gobiernos contribuye a tomar acciones en línea con la opinión de la mayoría. Sin embargo, cuando una agencia como la FUNAG impulsiona las perspectivas nacionales hacia el anticomunismo radical, existe un proceso similar de participación de la población en la defensa de tales valores. Y la promoción de temas vitales, como la cooperación internacional y la integración regional, quedan atrás.

En detrimento de la anterior política exterior «orgullosa y activa», la FUNAG no parece interesada en discutir el futuro del Mercado Común del Sur (Mercosur) y otros foros regionales, o la integración regional para mitigar los impactos del covid-19 en América Latina. Pero su público puede quedarse tranquilo, con la certeza de estar protegido de la amenaza comunista.

Septiembre 2020

Este artículo es producto de la colaboración entre Nueva Sociedad y DemocraciaAbierta. Puede leer el contenido original aquí

Publicado enInternacional
João Cezar Castro Rochaes profesor titular de literatura comparada de la UERJ y estudia la guerra cultural bolsonarista
  • El profesor João Cezar, experto en literatura comparada y autor del libro 'Guerra cultural y retórica del odio: crónicas de Brasil', explica las especificidades del conflicto cultural promovido por Bolsonaro e inspirado en el revanchismo de la dictadura militar

 

João Cezar de Castro Rocha, profesor de literatura comparada de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ), se ha dedicado a estudiar lo que califica como la guerra cultural bolsonarista. Su investigación se ha publicado en un libro titulado Guerra cultural y retórica del odio: crónicas de Brasil. En una entrevista con Agência Pública enumera los elementos fundamentales que alimentan la mentalidad de la militancia bolsonarista y advierte sobre la posibilidad de radicalización de estos grupos ante el colapso del Gobierno.

Usted sostiene que existe una guerra cultural específicamente bolsonarista y que difiere de un concepto más amplio de guerras culturales ¿En qué se basa esta guerra cultural bolsonarista?

¿Cuál es el pilar de la guerra cultural bolsonarista? ¿Qué ha marcado la mentalidad de Jair Messias Bolsonaro y su clan? Bolsonaro, más que un político, es una franquicia. Hay una franquicia de políticos con el estilo de Bolsonaro. La mentalidad de Jair Messias Bolsonaro fue formada por el Ejército brasileño, pero moldeada siguiendo una línea muy particular del Ejército que está marcada por el resentimiento surgido por la repercusión de un destacado libro lanzado en 1985 y titulado Brasil: nunca más.

Este es un libro particularmente importante porque denunció las torturas, arbitrariedades y desaparición de cuerpos durante la dictadura militar [1964-1985] de una forma indiscutible. El libro recoge varios testimonios de jóvenes de 20 años tomados de los procesos de Justicia Militar y todos informan exactamente lo mismo. Algunos dicen que fueron utilizados como conejillo de indias en las clases de tortura. Es impresionante, un libro negro de la dictadura militar.

El libro fue un éxito absoluto. Se vendieron más de 100.000 copias y tuvo grandes repercusiones en el extranjero. Ayudó a consagrar, en el período de redemocratización (un período de transición que hubo al terminar el régimen militar), una imagen de las Fuerzas Armadas asociadas con la represión, la tortura y la muerte. Esto marcó a una generación del Ejército brasileño que siempre tuvo como consecuencia un proyecto revanchista, basado en un proceso revisionista. Por tal motivo, la mentalidad bolsonarista niega la existencia de la tortura. La mentalidad bolsonarista no solo niega la COVID-19, también niega las torturas de la dictadura militar.

De esta manera, se forma una mentalidad revisionista y revanchista en el Ejército porque considera que los militares ganaron la batalla en el golpe de 1964, pero perdieron la guerra con la opinión pública. ¿Qué hizo el ejército? Decidió pagar con la misma moneda. De 1986 a 1989, los militares reunieron documentos, principalmente de un cuerpo de represión, el CIE (Centro de Información del Ejército), privilegiando lo que consideraron crímenes de la lucha armada contra la dictadura en Brasil. De hecho, la lucha armada de la izquierda en Brasil mató a inocentes. Posteriormente, los militares crearon el proyecto Orvil, que significa libro al revés (en portugués). Literalmente es 'Brasil: nunca más', pero al revés. Ya no se trata de los crímenes de la dictadura, sino de los crímenes de la lucha armada. Es una larga lista de grupos armados, el desmantelamiento de estos grupos y los crímenes que los militares consideran que han cometido.

En una reunión ministerial el pasado 22 de abril, en un momento inesperado, Bolsonaro pronuncia la siguiente frase: "Si hubieran ganado en 1964, hoy tendrías suerte si estuvieses cortando caña y ganando 20 reales al mes". Parece una frase absolutamente loca: estamos en 2020, han pasado 56 años desde 1964. En ese momento, ya se habían reportado en Brasil casi 50.000 casos y 3 mil muertes por COVID-19. ¿Qué significa esta frase durante una reunión llevada a cabo para discutir la recuperación económica después de la pandemia? 

Es la retórica de Orvil, una retórica que prepara un golpe de Estado. En la introducción de Orvil, ellos (los militares) dicen que desde 1922 la historia republicana brasileña está marcada por un intento constante de los comunistas para tomar el poder para crear en Brasil una dictadura del proletariado que, dadas las dimensiones continentales, haría que Brasil fuese una China tropical. El intento más peligroso, afirman, es la infiltración de las instituciones, en especial de cultura, para dar forma a una mentalidad que conduzca al advenimiento del comunismo a través de las elecciones y no de la lucha armada ¿Es o no es el discurso completo del Gobierno? Si usted acepta esta narrativa, lo que sigue es un segundo punto: la doctrina de la seguridad nacional.

¿Se refiere a la idea adoptada por la dictadura de llevar al ámbito interno del país la lógica de la guerra para eliminar al enemigo?

Exactamente. En la narrativa de Orvil no hubo un solo día en que el movimiento comunista internacional no intentara imponer una dictadura del proletariado con el objetivo de transformar a Brasil en una China tropical. Si desde 1922 hasta hoy han intentado tomar el poder debe existir una contraparte para la defensa y esta es la doctrina de seguridad nacional.

Esta doctrina no es un invento de la dictadura militar brasileña, pues se desarrolló dentro del marco de la Guerra Fría y existe en otros países. Proporciona condiciones específicas para defender la integridad de la nación cuando es atacada por un enemigo externo. El derecho público internacional establece que, si una nación es atacada por otra con el propósito de ser subyugada, la nación atacada tiene todo el derecho de usar los medios necesarios para repeler la agresión, incluso si deben eliminar al enemigo externo para hacerlo. La Doctrina de Seguridad Nacional adaptó esta idea al ámbito interno para eliminar al enemigo, que es el subversivo comunista. Como el subversivo comunista en la narrativa de Orvil está al servicio del movimiento comunista internacional, es en cierta medida externo y, por lo tanto, una vez identificado, ¿qué hacer con él? Eliminarlo. Punto.

¿Esta idea de eliminación se daría en el plano físico o en el plano moral destruyendo reputaciones?

¿Cómo trasladas esta doctrina de seguridad nacional a tiempos democráticos? Tengo dos hipótesis. Usted ya mencionó una: la militancia virtual bolsonarista destruye reputaciones con una violencia y virulencia sin precedentes en Brasil. Destruir reputaciones no es nuevo, es algo que siempre ha acompañado a la política. Pero la forma en que la guerra cultural bolsonarista inventa sistemáticamente a los enemigos en serie y realiza rituales expiatorios es algo impresionante. De una hora a la siguiente, se invierte por completo la descripción de la persona y esta sufre una destrucción simbólica equivalente a una eliminación desde el punto de vista simbólico e individual. 

En la narrativa de Orvil, el cuarto intento de tomar el poder por parte del comunismo provino del intento de infiltrarse en las instituciones, en especial, en las de cultura: la prensa, el arte y la universidad. Todas las acciones del Gobierno de Bolsonaro están destinadas a destruir las instituciones que Orvil identifica como aquellas que tienen la intención de imponer el comunismo en Brasil. Cuando hablan de la prensa extrema (como el bolsonarismo llama a la prensa), la matriz narrativa está en Orvil.

Esta inesperada aparición de la doctrina de la seguridad nacional se correlaciona con la destrucción sistemática de las instituciones. ¿Qué sucede cuando entregas la Fundación Zumbi dos Palmares (institución pública para la promoción y preservación de los valores culturales, históricos, sociales y económicos resultantes de la influencia negra en la formación de la sociedad brasileña) a una persona que niega la existencia del racismo en Brasil? ¿Se destruye o no la Fundación de esta manera? ¿Qué sucede cuando entregas el IPHAN (Instituto Nacional del Patrimonio Histórico y Artístico), uno de los organismos más antiguos y longevos de la precaria estructura de la cultura en Brasil, a una bloguera que se define a sí misma como "turismóloga" o eliminas 6.000 becas de posgrado de la noche a la mañana? El CNPq (Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico) anunció un decreto de iniciación científica en el que elimina el área de humanidades. Esto nunca ha sucedido en ninguna parte del mundo. Es impactante, pero sigue la narrativa de Orvil.

No pueden, por el momento, eliminar físicamente a los enemigos. Yo no puedo ser eliminado físicamente. Pero pueden destruir la universidad para la que trabajo. Si lo hacen, me están eliminando desde un punto de vista profesional. Si un Gobierno puede usar todas las instituciones estatales a su favor, no hay necesidad de dar un golpe, el golpe ya está hecho.

Usted argumenta que hay tres pilares fundamentales: además de la narrativa de Orvil y la doctrina de la seguridad nacional, se está popularizando una retórica de odio que proviene en gran parte del escritor Olavo de Carvalho. ¿Cómo funciona este tercer elemento?

Una trampa en la que no caeré es discutir la filosofía de Olavo de Carvalho. Para mí, él no tiene filosofía en absoluto. Lo que me interesa señalar es que en una prédica de casi dos décadas, el autor ha creado lo que yo llamo el sistema de creencias de Olavo de Carvalho. Este sistema de creencias es una especie de punto de fuga que maximiza los elementos de Orvil y la doctrina de la seguridad nacional. Él desarrolló muy hábilmente una retórica de odio.

Lo que digo es que la retórica de odio se traslada a la doctrina de la seguridad nacional para usarse en el lenguaje mediático de las redes sociales. ¿Cuál es el objetivo de Olavo de Carvalho, un hombre de más de 70 años, para tomarse la molestia de cambiar el nombre de una persona cuando algo no le gusta? Cuando modifico el nombre de una persona para ridiculizarla, ¿acaso no estoy haciendo una descalificación que anula a esa persona? ¿El propósito de una descalificación no es la de eliminar al otro?

Además, hay otra base en esta retórica de odio de Olavo de Carvalho que llamo la exageración descalificadora. Funciona así, Olavo dice: "Nunca antes en la historia humana ha habido un ataque contra un filósofo como el que yo he recibido. En mi contra, ya se han escrito 100 mil páginas en 15 idiomas”. Es una hipérbole descalificadora porque es obvio que no hay posibilidad de que haya 100 mil páginas en la faz de la tierra contra Olavo de Carvalho, mucho menos en 15 idiomas. Pero ¿qué efecto tiene esta hipérbole? Anula el pensamiento, ya que estás de acuerdo o estás en contra, no hay otro pensamiento posible. Solo se piensa cuando hay mediación.

Entonces, convergen los tres elementos: la doctrina de la seguridad nacional, Orvil y la retórica de Olavo de Carvalho. Esta última hace que se propaguen los otros dos. Una parte considerable de lo que Olavo propone en su trabajo, desde la infiltración gramsciana hasta la toma del poder, está en Orvil. Es una combinación muy poderosa.

La guerra cultural bolsonarista es, desde el punto de vista de movilización de masas, en especial en la era digital, un fenómeno sin precedentes en la historia política brasileña reciente. Esta guerra cultural se basa en los sentimientos más arcaicos de la cultura humana. El más arcaico de todos, que es la violencia, está en la superficie de la guerra cultural bolsonarista. Nada es más primitivo que la invención constante de enemigos y la promoción del linchamiento. La capacidad que esto tiene para movilizar la estamos viendo, es una fuerza que combina la violencia y el odio.

Ahora, aquí encontramos una paradoja. Sin guerra cultural, no existe el bolsonarismo. Pero con la guerra cultural, no puede existir el Gobierno de Bolsonaro. No puedes crear enemigos constantemente si tomas en cuenta datos objetivos y si no tomas en cuenta datos objetivos, no puede haber gobierno.

Nos acercamos al momento más grave de la vida brasileña desde la redemocratización. Tendremos una recesión económica y la recuperación aún no se ve en el horizonte y el colapso del Gobierno de Bolsonaro es inevitable. Mientras mayor sea el colapso, más violenta será la guerra cultural y se hace más probable que esta guerra virtual se derrame en las calles. Este colapso acelerará el proceso de violencia, las redes sociales se volverán cada vez más violentas, los bolsonaristas serán cada vez menos y más agresivos, porque solo permanecerán los fanáticos que optarán por la violencia inesperada y fuera de control.

El bolsonarismo solo tendrá dos alternativas: aceptar el fracaso melancólico de un gobierno que ni siquiera existía o emprender la aventura del golpe autoritario. Creo que se aventurarán por lo segundo. Hay intentos de armar a los ciudadanos en todo el país, usar la policía militar en algunos estados brasileños, literalmente existe el "acuartelamiento" del gobierno: hay más soldados en el gobierno de Bolsonaro que en todos los gobiernos de la dictadura militar en 20 años. Hoy estamos viviendo una situación grave, existe un gran riesgo de golpe autoritario, que será más violento que la dictadura militar porque este deseo de eliminar las instituciones no formaba parte de la dictadura militar. La dictadura militar quería crear instituciones a su imagen y semejanza. Solo podremos detener este proceso si entendemos la lógica perversa que domina este Gobierno. Necesitamos reaccionar para preservar la democracia. Si las Fuerzas Armadas se embarcan en la aventura golpista de Bolsonaro, la situación será grave. Las instituciones están tardando demasiado en reaccionar.

 

Brasil —30 de agosto de 2020 21:27h

@agenciapublica

Traducido por Mary Gómez

Artículo publicado originalmente en Agência Pública.

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El ocaso de Bannon y el golpe al ‘movimiento’ de la extrema derecha populista

La imputación del exasesor de Trump por parte de la fiscalía de Nueva York llega el mismo día en que un juez federal neoyorkino denegara un recurso del presidente en el caso de su declaración de impuestos, que el mandatario se niega a hacer pública.

washington

21/08/2020 09:00

Manuel Ruiz Rico

@ManuelRuizRico

La detención ayer del ideólogo de la extrema derecha populista Steve Bannon, casi dos años exactos después de que Trump lo despidiera de asesor de la Casa Blanca, supone la confirmación definitiva del ocaso de su figura y un golpe a la línea de flotación de su proyecto ideológico, cuya fuerza legitimadora y capacidad de influir prácticamente sólo pende ya del hilo de la reelección o no del presidente norteamericano en las elecciones de noviembre. Bannon es el sexto hombre del entorno cercano de Trump en ser imputado por un tribunal federal o en entrar en la cárcel. 

Su arresto, además, se produjo el mismo día que otros dos acontecimientos que se conectan entre sí. Por un lado, ocurrió mientras se celebraba el último día de la Convención Demócrata en la que se ha nominado oficialmente a Joe Biden como candidato del partido a las elecciones, y que ayer aprovechó que el Pisuerga pasaba por Valladolid para denunciar que la administración de Trump es "la más corrupta de la historia"; por otra parte, fue también el día en que un juez federal de Nueva York denegó el recurso de Trump en el caso abierto sobre la declaración de impuestos que el presidente se niega a hacer pública. Que todo esto esté sucediendo en los tribunales neoyorkinos dista de ser una casualidad puesto que ésa es la ciudad de Donald Trump.

La operación contra Bannon, de 66 años, se produjo además dos meses exactos después de que el controvertido fiscal general William Barr despidiera al fiscal general de Nueva York, Geoffrey Berman, que llevaba meses investigando presuntos casos de corrupción del entorno del presidente, como el de Michael Cohen y del abogado personal del presidente, Rudolf Giuliani. La imputación de Bannon fue ejecutada precisamente por la sustituta de Berman en la fiscalía, Audrey Strauss.

La detención del ideólogo de Trump, que se produjo en su barco en las aguas de Connecticut, al norte de Nueva York, donde llevaba viviendo varios meses, reunió dos elementos muy significativos. Primero, según el escrito de la fiscal federal de Nueva York, Bannon está imputado junto a otros tres socios suyos, de dos delitos de fraude cibernético y de conspiración para el fraude, por lo que se enfrenta a una pena de hasta 40 años; una losa de plomo para su credibilidad, más teniendo en cuenta que ese fraude consistió, según el auto de imputación, en desviar dinero para su uso privado de la campaña para construir el muro con México.

El segundo elemento, éste de tipo más simbólico, es que Bannon fue detenido por… inspectores del Servio de Correos de Estados Unidos, justo la empresa pública que Trump quiere sabotear para impedir todo lo que pueda el voto por correo en las elecciones presidenciales. Según informó la cadena CBS, los inspectores del servicio postal tienen competencias en cuanto a los delitos de fraude online.

El efecto de un elemento y otro en la derecha norteamericana no se hizo esperar. El propio Trump no tardó en reaccionar ayer. En una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca, al ser preguntado por este asunto, criticó a Bannon y se deshizo de él, aunque esto lo hizo tras afirmar que se sentía "muy mal" y "triste" por la noticia. Sin embargo, acto seguido y tras asegurar no haber tenido contacto con él "en un período muy largo de tiempo", pasó a las críticas: "No me gusta ese proyecto [de recaudar fondos para construir el muro]. Creo que lo lanzaron para fardar. Es inapropiado financiar un muro fronterizo con fondos privados". Así despachó Trump el asunto Bannon.

No fue sólo Trump. La cadena ultraderechista Fox informó de la detención de Bannon y lo trató como el ídolo caído que ya es el otrora hombre más influyente de la administración Trump. El analista judicial de la cadena, el exjuez Andrew Napolitano, criticó que Bannon y sus socios "consiguieron cientos de miles de dólares de gente que dio ese dinero pensando que iría para el muro" y no para financiar "sus lujosos estilos de vida", y sentenció: "El hecho de que usaran una tercera parte para ocultar las huellas porque sabían que estaban engañando a sus donantes no pinta nada bien para Bannon ahora mismo".

Fox, además, dio pábulo a las declaraciones de la subdirectora de la campana de Biden, Kate Bedingfield, quien aseguró que "Trump ha dirigido la administración más corrupta en la historia de Estados Unidos. La ha usado constantemente para enriquecerse a sí mismo, a su familia y a sus compinches".

El efecto de esta detención provoca en Bannon no sólo se queda en las fronteras de Estados Unidos puesto que quien fuera el ideólogo de la campaña de Trump en 2016 había extendido sus redes fuera del país, especialmente en Europa, donde quería exportar esa especie de populismo obrero de extrema derecha nacionalista, por parafrasear una expresión suya, en la que quiso basar su ideología; aunque eso fue sólo la mitad de la misma: la otra mitad fue marketing, redes sociales y desinformación, que para algo Bannon procedía del mundo del espectáculo; elementos, por cierto, copiados en mayor o menor medida por la extrema derecha europea.

Sexto hombre de Trump imputado o en la cárcel

Tras su detención e imputación ayer por fraude cibernético y conspiración para el fraude, Steve Bannon se convirtió en el sexto hombre del entorno cercano de Donald Trump en ser imputado o acabar entre rejas. Los otros cinco de esa lista son: Roger Stone, Michael Flynn, Paul Manafort, Rick Gates y Michael Cohen.

Roger Stone, ex asesor de campaña de Trump, fue condenado a 40 meses de prisión por diversos delitos como obstrucción a la justicia, manipulación de testigos y mentir en sus declaraciones ante el Congreso. El pasado mes de julio, Trump lo indultó.

Michael Flynn, exasesor de seguridad nacional de Trump, se declaró culpable en 2017 de mentir al FBI sobre sus conversaciones con el antiguo embajador ruso en Estados Unidos. El Departamento de Justicia actuó después para retirar su procesamiento pero un juez federal rechazó en primera instancia dicha acción al haberse declarado culpable y el caso está pendiente de ser tratado en un tribunal de apelación.

Paul Manafort, expresidente de la campaña de Trump, fue condenado en 2019 a de 7,5 años de prisión por delitos relacionados con su trabajo como consultor político en Ucrania así como por fraude bancario y fiscal. Él mismo se declaró culpable de dos cargos de conspiración en 2018.

Rick Gates, exvicepresidente de la campaña de Trump y uno de los principales asociados de Manafort, se declaró culpable en 2018 de conspiración contra los Estados Unidos y de mentir al FBI. Fue sentenciado a finales de 2018 a 45 días de cárcel, que se cumpliría sólo los fines de semana. Su escasa condena, en comparación con la que recibió su jefe Manafort, se debió a que cooperó con la investigación del informe Mueller.

Por último, está el caso de Michael Cohen, exabogado personal y fontanero del presidente. Se declaró culpable de mentir, tras pedírselo el presidente, al Comité de Inteligencia del Senado en 2017 sobre la duración y el alcance de su trabajo en los planes para construir una Torre Trump en Moscú. Está cumpliendo una condena de tres años de prisión en régimen de reclusión domiciliaria. Cohen ha anunciado la publicación inminente de un libro del que ya se conoce su prólogo y que se titula Desleal. La verdadera historia del abogado personal del presidente Donald Trump. En estas memorias, Cohen se describe "como uno de los chicos malos de Trump".

En dicho libro, según recoge la CNN, Cohen asegura, sin tapujos: "En ciertos aspectos, lo conozco [a Trump] mejor incluso que su familia porque fui testigo del verdadero hombre en clubes de striptease, en reuniones de negocios turbias y en los momentos en que reveló quién era realmente: un tramposo, un mentiroso, un fraude, un matón, un racista, un depredador, un estafador".

El velo que poco a poco parece ir cayendo en torno a la figura de Trump es el mismo que cayó ayer alrededor de la figura de Steve Bannon, quien durante un año estuvo paseándose a sus anchas, enredando y siendo entrevistado a diestro y siniestro por toda Europa. Todo ese relumbrón ayer cayó de golpe con su detención en su yate de las aguas de Connecticut y los cargos que se le imputan, zas, zas, zas. Fue el punto final a una carrera de ascenso fulgurante hasta su despido como asesor de la Casa Blanca en agosto de 2017.

Bannon y su desembarco en Europa

La puerta de Europa se le abrió a Bannon cuando su declive americano estaba consumándose. Según The Guardian, el artífice de abrirla fue el político de extrema derecha belga Mischaël Modrikamen. Éste, cuando Trump ganó las elecciones de noviembre de 2016, le hizo llegar una carta al magnate neoyorkino a través de un conocido que ambos tienen en común: Nigel Farage. Modrikamen le reclamaba a Trump trabajar en común para crear un levantamiento populista global. Para allanar el camino, Modrikamen registró en enero de 2017 El Movimiento, una fundación para este fin con sede en belga.

Desde Washington sólo le llegaba silencio hasta que en julio de 2018, Bannon, que llevaba casi un año fuera de la Casa Blanca, no dejó pasar la oportunidad y respondió la misiva. Quería asumir el mando de la Fundación. Modrikamen haría de director gerente y ambos transformarían El Movimiento hacia una máquina de campaña electoral para los partidos de extrema derecha europeas de cara a las elecciones a la Eurocámara de mayo de 2019. Así fue como desembarcó en Europa, un continente que se le apareció en forma de salvavidas.

Bannon creció en Norfolk, Virginia, 320 kilómetros al sur de Washington, en una familia católica de clase trabajadora de origen irlandés. Estuvo cuatro años en la marina (Norfolk tiene la base naval más grande del país) y después estudió un MBA en Harvard. Se dedicó primero al sector bancario, del que pasó al mundo del espectáculo: fue uno de los socios de la serie Seinfeld, éxito absoluto de la televisión americana de los años 90. De ahí saltó a Hollywood, donde produjo 18 películas y dirigió nueve, fundamentalmente documentales de ideología conservadora.

A principios de siglo, con las nuevas tecnologías empujando por tomar el sitio privilegiado que tienen ya, conoció a Andrew Breitbart, un periodista de extrema derecha que ansiaba crear una web de información y opinión ultraconservadora para combatir la ideología progresista en Estados Unidos. A mediados de 2007, el periodista fundó Breitbart News, en cuyo nacimiento participó Bannon. Breitbart falleció de un infarto en 2012 y Bannon encabezó el proyecto, que pasó a considerar como "plataforma de la derecha alternativa", es decir, la extrema derecha populista, una plataforma para eso que se llama la White America: ese Estados Unidos blanco, ultranacionalista, muy religioso y racista.

Según The Guardian, el primer encuentro entre el magnate de Nueva York y Bannon se produjo en 2010. A Bannon parecieron entusiasmarle las ideas de Trump sobre China y sobre el comercio internacional. Para la campaña a las elecciones presidenciales de 2016, Bannon ya era el jefe de campaña del candidato republicano, un millonario que había tomado una estrategia que ya se había visto antes en Europa en las figuras de Jesús Gil y de Silvio Berlusconi: el millonario antiestablishment. Trump se montó por su cuenta su campaña en contra del aparato republicano y acabó conquistando el cuerpo y el alma de un partido que no era el suyo. Porque Trump no es republicano. Trump es Trump. Bannon fue crucial en el uso de las redes sociales, de la campaña agresiva, faltona y en el empleo de los bulos masivos y la desinformación. En enero de 2017, Trump tomó posesión como el 45º presidente de Estados Unidos y Steve Bannon era calificado como el segundo hombre más influyente del país. En agosto de ese año, tras sus desavenencias con Ivanka Trump y su marido Jared Kushner, Bannon fue despedido.

Cuando en 2018 llegó a Europa, en la antesala de las elecciones comunitarias del año siguiente, la extrema derecha populista, nacionalista y antieuropea mantenía una tendencia ascendente, un terreno abonado para la semilla populista de Bannon. Boris Johnson en Reino Unido; Marinne Le Pen en Francia; Matteo Salvini en Italia; Viktor Orban en Hungría; Santiago Abascal y Vox empezaban a asomar en España. Con todos esos partidos tuvo contactos Bannon. Según una información de El Confidencial de febrero de 2020, Rafael Bardají, exasesor de Aznar y exdirector de política internacional de FAES y asesor de Vox, se entrevistó en la Casa Blanca con Bannon. "Vox es el que más se adecúa a sus ideas; de hecho, fue él quien se interesó por nuestra formación; considera que su discurso casa perfectamente con las ideas que defiende nuestro partido", declaró Bardají a El Confidencial en 2018.

Sin embargo, a pesar del auge electoral de muchos de esos partidos (Boris Johnson es incluso primer ministro británico), esa especie de alianza de extrema derecha populista europea no pareció cuajar en ningún momento como movimiento articulado europeo o como alianza organizada en torno a La Fundación. Poco a poco, Bannon dejó de estar presente hasta que ayer, mucho tiempo después de sus últimas apariciones estelares en el viejo continente, saltó la noticia de su detención acusado de dos cargos por fraude que lo podrían meter en la cárcel durante 40 años, es decir, para el resto de su vida. Era la confirmación definitiva de su declive. El interruptor que apaga una de las luces más intensas y demagogas que ha alentado esa derecha alternativa en los últimos años. Y todo sucede a dos meses y medio de las elecciones presidenciales en las que Trump se disputará la Casa Blanca con Joe Biden.

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Políticas de las emociones y autoritarismo en Colombia

I

La legitimación del poder y del autoritarismo por mandato y derecho casi divino, ha devenido en unos imaginarios condescendientes de aceptación, sumisión y obedienciaen el pueblo colombiano. Se justifica así su accionar, sus desbandadas de injusticia, de crueldad y asesinatos, hasta sus mediocridades y estupideces. Esto último no solo produce vergüenza y pena ajena en las mentes despiertas y atentas, sino miedo y estupor. Peor aún, se legitima y permea la idiocia del poder, sus peligrosas y banales acciones entre los ciudadanos, quienes asumen, con indiferencia e ignorancia, que dichas actuaciones son justas, equilibradas y hasta necesarias para mantener el orden y la disciplina social. La dictadura de la mediocridad se interioriza en cada uno como una dictadura de la aceptación.

En la Colombia de este siglo XXI, esta retórica casi decimonónica, ha elevado la figura del patriarca, del hacendado, del mafioso, del réprobo millonario, del audaz y astuto, a un ‘‘hacedor de la patria’’, el gran ´´creador benevolente de la nación´´, un pseudo artista que moldea las pasiones y necesidades de su pueblo. Poder y manejo de las emociones y pasiones de los sujetos que las elites dominantes desean crear, igual que lo hacíaJoseph Goebbels. Como tal, dialogan con la propuesta delMinistro para la Ilustración Públicay Propaganda de Hitler, quien el 11 de agosto de 1933 había escrito: ´´nosotros que damos forma a la política alemana moderna, nos sentimos como artistas a los cuales ha sido confiada la alta responsabilidad de formar, a partir de la masa bruta, la imagen sólida y plena del pueblo´´1

Las élites hegemónicas, en  tanto que se creen las gestoras y escultoras de la nación, elegidas por la providencia y los sacramentos, fusionan su accionar con la persecución al oponente, a través de un fundamentalismo religioso-político y un fanatismo persecutorio de todo lo diferente a su dogma. Moldear por mandato divino al pueblo según su ideología y que nadie se oponga a sus deseos, tal es la consigna en las élites colombianas actuales, quienes, más que una democracia participativa popular y un Estado de Derecho, han creado una Emocraciapolítica con base en las pasiones mediáticas y de un Estado de opinión pantallizado.

El concepto Emocraciaque aquí empleamos hace referencia a las sensibilidades políticas globales y nacionales actuales, donde se organizan las ideologías con base en la emoción pasional de los ciudadanos, una pasión ideológica, enajenada y obesa de certidumbres absolutas, lo cual desafía cualquier sensatez, cualquier alteridad, cualquier respeto a la diferencia.  “La pasión ideológica lo colma todo en el neoconservadurismo actual. Contrario al procedimiento razonable y democrático, que llega a la aceptación de acuerdos, De esto al fascismo no hay distancia alguna. Sus resultados son los dogmatismos, el terror, las persecuciones, las acusaciones y, por ende, paranoias y atrocidades. Por lo mismo, la emocracia pasional fomenta el salvajismo de los muchos a favor de los pocos. Ante la ley de la doctrina tiránica emocrática, se inclina una apasionada muchedumbre vehemente…”.2

Bajo estas condiciones, la situación política, cultural, económica en Colombia es desastrosa, con gran parte de su población mutilada ideológicamente y que manifiesta apenas meras opiniones e impresiones gestadas global y localmente, a través de lo cual justifican la actuación de sus victimarios. Estos, a la vez, se sienten justificados como guardianes de la tradición religiosa y moral, del orden, la  nacionalidad, la obediencia y el poder, por lo que, sin vergüenza y con rampante cinismo pronuncian sin descanso a unísono con Hitler: ´´quien quiere hacer la historia debe también poder hacer correr la sangre´´, blindando así, con esta tesis fascista, sus propuestas y apuestas de moldear y crear una Colombia con ´´seguridad democrática´´,          de mano fuerte para los disidentes, pero de corazón blando para los banqueros, terratenientes, militares, mafiosos y amigotes.

Así, volver creíbles y viables entre todos los colombianos sus antidemocráticas y violentas propuestas, son los mayores objetivos del actual gobierno; transformar sus dogmas en creencias, su manipulada historia en verdades, su sangre en aplausos, el aniquilamiento del adversario en costumbre y ejemplo a seguir.

II

De modo que, insistimos, la justificación del autoritarismo, del cinismo descarado y de sus procedimientos por un mandato religioso, que no secular ni cívico, se hace evidente en Colombia. A través de ello pareciera que el espíritu de la providencia se encarnara en el Demiurgo mayor de los dominantes y se procediera a potencializar sus injustas y sangrientas acciones en nombre de la salvación de la patria. Mesianismo visible e invisibilidad  ante los ciudadanos de sus verdaderos propósitos. Estas promesas justifican entonces las prácticas antidemocráticas pensadas y llevadas a cabo, sobre todo, dan vía libre a cualquier discurso en contra de los derechos humanos y a favor de los fanatismos, promovidos eufóricamente en todos los medios. Esto, en un proceso de repetición, ha hecho que gran parte de la ciudadanía no se identifique con la paz, sino con la guerra. Dicha perversa demagogia de repetición de unas mentiras y de un  ´´todo vale´´ sin prejuicio alguno fue la estrategia política que los múltiples fascismos mundiales  han utilizado. Las élites colombianas no cesan de propagar la idea de su necesaria presencia para ´´curar´´ las heridas de la Nación, semejándose a la imagen que se daba Hitler al considerarse el ´´médico del pueblo alemán´´. Para una sociedad paranoica, necrofílica y terapéutica como la nuestra, dicho discurso no puede ser más apropiado y ha permeado muy fácilmente.

La identificación entre este fanatismo político y religioso es patética. Todo su discurso se centra entonces no en un proceso reflexivo sobre el contenido, sino en un choque emotivo e impactante como lo es el odio, la culpa, la venganza, la rabia hacia el otro. Y de nuevo nos topamos con una frase de Hitler: ´´Ante todo, decía, es necesario desembarazarse de la idea de que las concepciones ideológicas podrían satisfacer a la multitud. El conocimiento es para la masa una base tambaleante, lo que es estable es el sentimiento, el odio…´´3.

En vez de reflexionar el drama nacional, con lucidez y conciencia histórica, lo que las élites dominantes proponen es construir enfurecidas pasiones contra el inventado enemigo; incitar a odios, violencias, cizañas, desgarraduras a través de la sugestión y de la mentira. Una ‘’emoteca’’ visceral política de unos muchos contra unos pocos que piensan diferente, descartando toda alteridad. De esta manera, los gendarmes y propietarios del poder dan a pensar que son la encarnación de la verdad y son los llamados a la redención de la patria, formando un corpus político, religioso. Por consiguiente, ellos tienen la potestad de limpiar el ambiente de críticos e indeseados enemigos, sin ningún remordimiento ni arrepentimiento.

Juego de emociones y de sensibilidades que van de lo íntimo a lo colectivo, de lo subjetivo inmediato a la espera de un porvenir, y todo proyectado a los deseos de liquidar a su opositor. ´´Mi pedagogía es dura, escribía Hitler, lo que es débil y carcomido debe ser sacado a martillazos´´.

III

Como generadores de una ´´suprema fe´´, estos promotores de la Emocracia en Colombia inducen a creer que todas sus propuestas son correctas y no merecen tener detractores. A ningún opositor se le obedecerá; se le escuchará tal vez, pero sus palabras caerán en la campana del vacío. Ningún contradictor será digno de diálogo ni de respeto, todos, y ese es su deseo, deberían trabajar a unísono de las ideas de su ideología. No habrá otra elección. De allí a un nepotismo no hay ni un paso. Todos quedarían convertidos en obreros de su ideología, renegando de su libertad, de su autonomía y dignidad. Tal es el país que los emócratasautoritarios aspiran, proyectan, un país sin contradictores, sin contestatarios, sin rebeldías; sólo aceptación, obediencia y olvido.

Es una comunidad del consentimiento y del ‘’aplausímetro’’ la que se desea instaurar entonces. Tanto el Presidente,impuesto y manipulado, como los Ministros y servidores del gobierno cumplen con el propósito de imponer las órdenes de un jefe supremo que se ha creído la encarnación del país y su salvador. La Emocracia lo inspira y la gendarmería mediática oficialista le da siempre la razón. Bajo tales condiciones, neo-regeneracionistas y decimonónicas, y parafraseando a Ernst Bloch, los gobernantes han querido ´´reemplazar a Jesús´´, y que el Estado y los ciudadanos ocupen ´´el lugar de la comunidad de fieles´´.

El culto y la idolatría desde la condición pasional cuasi religiosa se pone así en funcionamiento. Estos son entonces algunos de los actuales dispositivos de poder globalitarios con ideologías disciplinarias, como nuevas formas  redentoras, con nacionalismos autoritarios excluyentes y xenófobos, de machismos homofóbicos ejercidos por gobiernos neoliberales, con golpes de Estado amparados en despotismos bíblicos confesionales. Demasiados simulacros de democracias, pero dictaduras reales, represivas e impositivas de las ordenanzas del imperio.

Proponerse a cultivar la fe en sus acciones, como en su partido, es un prolongado propósito en cualquier Emocracia. Generar la necesidad de la creencia y de la confianza, sea a través del medio que sea, valiéndose, la mayor de las veces en falacias, trampas y audaces mentiras, son sus perversas y cínicas tácticas y estrategias. De allí que la crítica, la duda, la incertidumbre, el escepticismo sean enemigos supremos, aptos para ser suprimidos, puestos incluso en ridículo con ciertos epítetos y eslogans que los rebaja a través de un humor vil, agresivo, sicarial. En Colombia dicha práctica es constante entre las derechas hacia los intelectuales, activistas, líderes sociales, docentes, artistas, poetas, en fin, hacia los que ejercen su derecho a abrir la boca para aclarar o denunciar sus circunstancias. Entonces, la censura, la prohibición, el cierre a medios alternativos independientes se ejerce desde el poder emocrático, todo para que las grietas de lo establecido no se hagan visibles y para que el hedor que expide el sistema, sea percibido como grata fragancia.

IV

Junto a todas estas manipulaciones emocráticasse encuentra también la propagación del miedo en todas sus formas: económicas, políticas, xenófobas, homofóbicas, misóginas, bíblicas, como culpabilización al opositor y, por lo regular,  invención de un enemigo causante de los desastres. Es el miedo unido a la venganza, la ira y la violencia, todo ello alimentando emociones donde la reflexión crítica y la argumentación lúcida no tienen cabida. La estrategia del miedo se propaga para desestabilizar y fragmentar a una comunidad; para recluirla y ensimismarla, de tal manera que los problemas que realmente nos afectan se oculten y se esfumen como por encanto, gracias al velo creado exponencialmente. He aquí la perversidad en su máxima expresión y representación: hacer prosperar un peligro como mentira y proyectar que todos estamos atrapados en él y sin posibles soluciones. Esta ha sido y es un proceso sistémico que el poder inflama para detener nuestras colectivas e individuales aspiraciones. Nos vuelve antisociales, solipsistas extremos, narcisos egoístas, excluyentes, marginales. A través de él, el poder controla, domina, organiza nuestros impulsos, nos refugia y ensimisma.

La viralización del miedo en las redes ayuda a que esta propagación fóbica se agudice y con ella se masifique la ira, el repudio y el odio al que vive y piensa diferente. Con todos estos ingredientes la sociedad, dominada por una emotividad gestada y dirigida, se aproxima más a las tiranías autocráticas que a las democracias autocríticas y realmente participativas.

* Poeta y ensayista colombiano

1Citado por Michaud, Eric. La estética nazi. Un arte de la eternidad. Buenos Aires: Ediciones Adriana Hidalgo, 2009, p.19.

2La emocracia ha permeado toda la cultura formando ciudadanos obedientes que dan un sí a la destrucción de sus adversarios, un sí a su aniquilamiento y, lo peor, votan por la guerra. Éstos, tal como nos lo ilustra Walser, “no son una sangre tranquila, sino que hierve, por eso son exagerados y apasionados, ansiosos  como están por derramar la sangre de sus enemigos (…) Y los peores de ellos son los demagogos que se ponen a su cabeza, a los que no se concibe como cínicos manipuladores o príncipes maquiavélicos, sino como hombres y mujeres que comparten plenamente las pasiones de las personas a las que guían. Eso es lo que se quiere decir con ‘energía apasionada’: los sentimientos son genuinos, y por eso producen tanto miedo”. (Fajardo Fajardo, Carlos, 2017. La Emocracia global y otros ensayos. Bogotá: Ediciones Desde abajo, págs.11-12).

3Op.cit.,64.

 Por CARLOS FAJARDO FAJARDO*

*Poeta y ensayista colombiano

1Citado por Michaud, Eric. La estética nazi. Un arte de la eternidad. Buenos Aires: Ediciones Adriana Hidalgo, 2009, p.19.

2La emocracia ha permeado toda la cultura formando ciudadanos obedientes que dan un sí a la destrucción de sus adversarios, un sí a su aniquilamiento y, lo peor, votan por la guerra. Éstos, tal como nos lo ilustra Walser, “no son una sangre tranquila, sino que hierve, por eso son exagerados y apasionados, ansiosos  como están por derramar la sangre de sus enemigos (…) Y los peores de ellos son los demagogos que se ponen a su cabeza, a los que no se concibe como cínicos manipuladores o príncipes maquiavélicos, sino como hombres y mujeres que comparten plenamente las pasiones de las personas a las que guían. Eso es lo que se quiere decir con ‘energía apasionada’: los sentimientos son genuinos, y por eso producen tanto miedo”. (Fajardo Fajardo, Carlos, 2017. La Emocracia global y otros ensayos. Bogotá: Ediciones Desde abajo, págs.11-12).

3Op.cit.,64.

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Jueves, 09 Julio 2020 05:59

El fantasma de la libertad

Fuentes: Crónica popular

Un fantasma recorre el mundo: el que dice que los fantasmas son la única realidad. Pero a diferencia de lo que ocurría con el comunismo en 1848, ninguna potencia de la vieja Europa ni del Nuevo Mundo, del Este, el Oeste, el Norte o el Sur, ningún polizonte alemán, ningún robocop gringo, no digamos ya la Unión de Explotadores agazapada bajo la UE ni, mucho menos, el pato Donald (ese tuiteador de fakes que otea el mundo desde el último piso de la torre Trump, en la Quinta Avenida, cuando se aburre de estar en la Casa Blanca), se han aliado en santa jauría para darle caza. Al revés, todos ellos parecen contentísimos al ver cómo se extiende y atraviesa todas las paredes (las de piedra, ladrillo o madera y las del sentido común).

Es un fantasma con mucha solera. Empezó a aparecérsele a Descartes en el siglo XVII, y el buen Renato creyó poder conjurarlo con un simple pensamiento, un par de coordenadas y la ayuda de Dios. Pero no hizo más que darle alas. Un escocés descreído, mejor historiador que filósofo, le insufló nueva vida al reducir las cosas a haces de sensaciones, y un piadoso profesor prusiano de prolija pluma, cuyo inmenso talento se sintió intimidado por el de aquel escocés llamado Hume, le edificó (como corresponde a todo fantasma que se precie) un magnífico castillo conceptual desde el que el fantasma estableció su reinado sobre las mentes más avanzadas bajo el majestuoso título de Yo Transcendental. A partir de entonces, la especie humana (o mejor, su apariencia) empezó a vivir en una Era Fenomenal (no porque se viviera fenomenalmente bien, sino porque todo lo que la gente podía llevarse a la boca ya no eran cosas, sino fenómenos). Eso sí, aunque las cosas no podían tocarse ni comerse, sí que podían pensarse. Algo es algo.

Pero apareció entonces, ay, la nación alemana (otro fantasma, por supuesto, pero uno muy proclive, además, al exceso en todo). Y entonces sus promotores (Fichte, por ejemplo), inspirados por las teorías del piadoso profesor prusiano Kant, pero yendo más allá de ellas, decretaron que las cosas ni siquiera podían pensarse, por la sencilla razón de que todo era pensamiento, con lo que éste sólo podía pensarse a sí mismo y, a partir de sí mismo, crear su propio objeto de contemplación, que inicialmente surgiría como negación del pensamiento, pero que finalmente el pensamiento acabaría por absorber. Y el fantasma creció y creció, y, al germanizarse del todo, abandonó su modesta condición de ghost para elevarse hasta la de geist, lo que en el mundo latino le permitió entroncar con la prestigiosa tradición clásica y denominarse “espíritu”, concepto de acendrada raigambre teológica.

Hubo quien, desde dentro de esa misma corriente fantasmal, intentó darle la vuelta a la “sábana” para que se le vieran las costuras y demostrar que el pensamiento no es lo único ni lo primero, que no es antecedente, sino consecuente. Pero la fuerza del fantasma se había hecho ya muy grande y lo máximo que pudo lograr aquel hijo de un abogado judío converso, cuyo apellido era una forma sincopada de Markus (Marks o Marx), fue poner como antecedente, en lugar del pensamiento, la acción. Cosa muy sensata y provechosa, porque permitía derribar los prejuicios retrógrados que en todas las pautas sociales establecidas veían leyes naturales eternas e inamovibles (lo que era muy conveniente para el mantenimiento de los privilegios hereditarios de unos cuantos).

O sea que ese fantasma reconvertido hizo un gran servicio a la humanidad, aunque sólo fuera por meterles el miedo en el cuerpo a los detentadores de privilegios inmerecidos, algo a lo que también contribuyó decisivamente, antes de que naciera Marx, el invento de un tal doctor Guillotin al servicio de la Revolución (Francesa).

Pero la inercia adquirida por aquel Espíritu en movimiento (tan móvil que él mismo se identificaba, para muchos, con el movimiento mismo) llevaría (¿fatalmente?) con el paso de los años a sucesivas reencarnaciones de la idea de Fichte: la superación o absorción del mundo objetivo por la subjetividad.

De modo que poco a poco hemos ido asistiendo al nacimiento de teorías (que cualquier persona sensata, no contagiada por alguna de las sucesivas mutaciones del virus idealista, no dudaría en calificar de delirantes) según las cuales no sólo la sociedad es una construcción humana en vez de ser una estructura natural (como acertadamente sostenía Marx), sino que la realidad en general es toda ella una construcción. Construida ¿por quién? Obviamente, por el ser humano, quien a su vez no tiene existencia propiamente humana al margen de una sociedad. Si ese “socioantropocentrismo” absoluto se quedara ahí, la cosa ya sería bastante disparatada, pero al menos habría un mínimo de terra firma en la que apoyarse y dentro de la cual orientarse. Pero, claro, una vez eliminadas las “cosas en sí” reconocidas (aunque dejadas de lado) por Kant, no hay terra firma que valga: todo se vuelve océano, y un océano, además, sin corrientes como las que servían a los antiguos polinesios para orientarse en la inmensidad del Pacífico. De modo que no tiene por qué haber una única forma de construcción social, como tampoco hay una única sociedad. En eso consiste fundamentalmente la sociedad “líquida” descrita por Zygmunt Bauman, que otros preferimos llamar relativismo radical.

El propio marxismo ha sido víctima, en no pocos casos, de esa variante de idealismo que el historiador y filósofo marxista Domenico Losurdo, fallecido hace exactamente dos años (28-6-2018), no dudaba en calificar de “idealismo de la praxis”. La cosa viene de lejos, de Marx mismo, aunque en su obra no adquiriese ni mucho menos la dimensión que encontramos en epígonos contemporáneos. Losurdo sitúa el antecedente inmediato, como ya hemos señalado, en Fichte: “Con su insistencia en la praxis y la transformación del mundo, el pensamiento revolucionario está expuesto a lo que podríamos llamar el idealismo de la praxis. Pensemos en Fichte, que traza un paralelo entre su Doctrina de la ciencia y la enérgica acción de la Francia revolucionaria: «Así como esa nación libera al hombre de las cadenas externas, mi sistema le libera de las ataduras de las cosas en sí, de las influencias externas» (La lucha de clases, Barcelona, El Viejo Topo, 2014: p. 272).

Se trataría, pues, según Fichte, de eliminar cualquier realidad existente por sí misma, independiente del acto «creador» del Yo, sujeto éste que ni siquiera cabría adjetivar de «humano», ya que en esa concepción no hay naturaleza humana previa que pueda condicionar la absoluta y libérrima espontaneidad del Yo. Sigue Losurdo:

“Se podría decir que la presencia de Fichte y la de Hegel coexisten, en un entramado a veces contradictorio, en Marx y Engels (y en la teoría de la lucha de clases que formulan). Los dos filósofos y militantes revolucionarios se forman en unos años en que, por un lado, todavía se oyen los ecos de la Revolución Francesa y, por otro, ya se aprecian signos premonitorios de la revolución que en 1848 barrería la Europa continental. Una revolución que, como esperaban los dos jóvenes revolucionarios, además de las viejas relaciones feudales, acabaría poniendo en cuestión el orden burgués. Situados entre estas dos gigantescas olas de perturbaciones históricas que sacuden el mundo en sus cimientos y abren un horizonte ilimitado a la transformación revolucionaria impulsada por la lucha de clases, se comprende que los dos filósofos y militantes revolucionarios tiendan a caer también ellos en el idealismo de la praxis. En el futuro comunista imaginado por Marx y Engels, junto al antagonismo de las clases, también desaparecerían el mercado, la nación, la religión, el Estado y quizá incluso la norma jurídica como tal, ya superflua a causa de un desarrollo tan prodigioso de las fuerzas productivas que permitiría la libre satisfacción de todas las necesidades, con la superación de la difícil tarea que supone distribuir los recursos. En otras palabras, es como si desaparecieran los «vínculos de las cosas en sí». No es de extrañar que el tema de la extinción del Estado se asome ya en Fichte”. (ibid.: pp. 272-273).

Dados estos antecedentes, no hay que extrañarse de que cierta izquierda autoconsiderada marxista acoja hoy día sin pestañear (más bien con beatífica sonrisa y guiños de complicidad) la actuación de los secesionistas que ponen una llamada “voluntad popular” irrestricta por encima de la ley (olvidando que esa ley ha surgido a su vez de una voluntad popular voluntariamente sometida a las autoimpuestas restricciones de un marco constitucional).

Y tampoco es de extrañar, claro está, que esa misma izquierda acoja con idénticas muestras de simpatía (e incluso haga suyos con entusiasmo) los delirios burgueses made in USA de quienes pretenden comprarse un sexo a medida (convenientemente camuflado previamente como género). La premisa es la ya conocida premisa mayor del idealismo posmoderno: no hay realidad objetiva alguna, todo es construcción social. Y si uno considera que esa construcción social (por ejemplo, la llamada asignación de sexo/género) es opresiva (y, en buen idealista, como así lo considera, así es, pues no hay más ser que su consideración), entonces está perfectamente legitimado para reivindicar el derecho a la autodeterminación de género.

Que uno quiera comprarse un sexo, un género o como quiera llamar al motor de su libido es difícilmente atacable en un marco mercantilista como el que padecemos (con algún que otro rato de disfrute, cierto). Otra cosa es que pretenda que entre todos se lo paguemos. Porque, como dice la Internacional, no puede haber derechos sin deberes, y los derechos de unos se convierten automáticamente en los deberes de otros. Pues bien, “pagar” un sexo/género a medida no tiene en este contexto un sentido meramente financiero, sino sobre todo jurídico, como bien ha señalado el tan traído y llevado documento elaborado por el Partido Socialista. De modo que los sentimientos son sin duda libres (e inocentes, según el mismísimo Aristóteles), y por tanto respetables. Pero las prácticas derivadas de esos sentimientos no siempre ni necesariamente lo son. O sea que uno tiene derecho a sentirse astronauta, pero no necesariamente a que la NASA o la ESA (o la OTRA) le den plaza en el próximo vuelo espacial.

Ya sé que esto es muy difícil de entender después de tanto tiempo cultivando el mito fáustico según el cual cada uno es lo que quiere ser (en esa patraña coinciden, sin ir más lejos, todos o casi todos los libros de “autoayuda” ―absurdo concepto, por cierto, porque si brota de uno mismo, no es ayuda, sino esfuerzo). Quizá nos irían bien, burguesitos caprichosos como somos, unas pequeñas dosis del fatalismo de nuestros abuelos. Acaso la pandemia de marras pudiera ayudarnos en eso al darle la razón a John Lennon cuando dijo: “La vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos otros planes”.

Por Miguel Candel | 09/07/2020

Fuente: https://www.cronicapopular.es/2020/07/el-fantasma-de-la-libertad/

Publicado enSociedad
Martes, 02 Junio 2020 06:06

Cine Fake

Cine Fake

La cultura de las falacias es una pandemia... también

Abunda en la industria cinematográfica la tendencia “Fake”, no pocas veces disfrazada de “ficción” e incluso de “documental”. “Todos mienten” dice el Dr. House en la “teleserie” con el mismo nombre. Eso incluye a la catarata de “series televisivas” de moda. Si hubiese una auditoría ética para la producción cinematográfica, en la que primara el rigor de la verdad, basado en evidencias y documentos certificados, quedarían en pie muy pocas “realizaciones” industriales o “independientes”. No caben aquí los nombres de los productores y directores cómplices de esta pachanga. Manipulación simbólica en pantalla. Sálvense todas las excepciones, que las hay y muy honrosas.

Buena parte del negocio basado en hacer películas pertenece a la maquinaria de guerra  ideológica responsable de infestar audiencias con el “sentido común” de la mentalidad burguesa. A esa identidad pertenece casi toda la producción de cine bélico, las historias fílmicas de “vaqueros contra indios”, cierta retahíla de “biografías fílmicas” y, desde luego, el “american way of life” en comedias, relatos románticos o “trillers” con su siempre “Fake” de idolatría por la “justicia”, los tribunales, los detectives y la policía. Sin faltar la industria del “porno”.

No se cometerá aquí el improperio de reducir todo cine (o toda realización artística) a un amasijo de falsedades condenando la imaginación libre a una pataleta “conspiranoica”. Muy lejos de esa emboscada. Todo lo contrario, es necesaria una reivindicación emancipadora de las herramientas de producción creativa y de las relaciones de producción para la imaginación, sin la dictadura semántica de la ideología dominante. Tampoco se perpetrará aquí la insolencia de culpar a las víctimas que “consumen” la industria cinematográfica “Fake”, sin tener a mano los dispositivos críticos necesarios que la Educación Pública debe proveer y que hasta hoy, dicho con suavidad, es escandalosamente insuficiente.

Se trata de poner al desnudo el andamiaje ideológico, subordinado por la lógica mercantil, para adulterar toda relación con la realidad -desde los procesos del conocimiento hasta su enunciación- en los soportes de la “cultura de masas”. Y ahí reina la mentira. Hay que recordar siempre que el capitalismo es un sistema económico e ideológico basado en mentirle a los trabajadores sobre la producción de la riqueza. La plusvalía es una realidad pasteurizada por la lógica “Fake” del sistema. El reformismo es una “fake” sistematizada para esconder la lucha de clases que es “el motor de la historia” y la madre de todas las batallas.

Son unos cuantos los dueños de la industria cinematográfica dominante. (“…Algunos empresarios, como Adolf Zukor y Marcus Loew (fundadores de la Paramount), comenzaron su carrera explotando salas de exhibición, antes de volverse productores. Los que siguieron absorbieron simultáneamente las redes de distribución y de explotación. Esta combinación entre el star system y la integración vertical dio nacimiento a los grandes estudios de Hollywood (Metro Goldwyn Mayer, Warner Bros., 20th Century Fox, Paramount, United Artists, RKO, etc.).”[1] Añádase Netflix y sucedáneas. De sus “modelos de negocio”’ salen los “guiones” que filmarán escenas de todo género, adaptadas a los intereses del negocio y del “sistema”. Ahí se decide cómo se tratará el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza, la justicia y el delito. Ahí se eligen -e imponen- los estereotipos “raciales”, laborales, religiosos y sexuales. Quién gana y quién pierde. Ahí se estudian las “audiencias” o “target”, y también los ritmos de la circulación de la obra en las salas cinematográficas que están monopolizadas. Ahí se decide la “verdad” y la mentira. Sus disfraces y sus retruécanos. Mientras comemos “pop corn” o “nachos”. Un cantante mexicano, paladín de la cursilería, de quien aquí no se hará publicidad, compungía la voz para decir melodiosamente: “miénteme más que me hace tu maldad feliz”.

No diremos que la “pandemia” de “Fake” ocurrió sin darnos cuenta. Ha sido un proceso largo. Hace tiempo que se ensayan los mecanismos de infiltración y se han desarrollado todas las estrategias, que el talento opresor ha tenido, para sembrarnos en la cabeza falacias que se hicieron “verdades” a fuerza de repetirlas e invisibilizarlas. Muchas de ellas llegaron a nuestras vidas en forma de “entretenimiento”. Aceptamos los dichos de las “autoridades” (religiosas, gubernamentales, militares y académicas) como verdades; aceptamos que nadie somos para poner en duda el relato hegemónico y que más nos vale ser dóciles ante el discurso del poder si queremos llevar “la fiesta en paz”. Entramos a la era de la “pos-verdad” arriados por los perros pastores mediáticos. Entramos al campo del disfrute por el engaño porque interpelar a “la voz del amo” exige esfuerzos, compromisos e incomodidades ajenas, sensiblemente, al confort del rebaño. Y nos derrotaron, a punta de falacias, también. “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza[2] dijo Simón Bolivar. 

Llegamos al punto, necesario, de tener que generar un movimiento planetario para frenar a pandemia de falsedades generadas por la industria de las mentiras. En todas sus modalidades. Pero lo asimétrica que es la batalla contra las “Fake” no impide advertir sobre su necesidad en los terrenos más patentes y más latentes. En lo que se ve y en lo que no se ve. En las superficies y en las profundidades. En la diversidad de todo engaño y en la abundancia de técnicas desplegadas para eso. La lucha no es sólo contra casos aislados, la lucha es contra una sistema de mentiras diseñado para dominar la economía y la ideología. En su tratado de Semiótica General, Umberto Eco la define como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir” pero necesitamos, además de estudiar las falacias, combatirlas. No podemos dedicarnos sólo a desactivar casos específicos, hay que ir a las fuentes teóricas y prácticas de los fabricantes de “Fakes”. Y no hay punto de reposo. De verdad.

[1]https://www.insumisos.com/diplo/NODE/686.HTM

[2]http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article9987

Por Fernando Buen Abad Domínguez | 02/06/2020

Publicado enCultura
https://razonpublica.com/elecciones-2018-empezaron-las-coaliciones/

La emergencia de demandas populares reprimidas por la guerra, expresadas en las protestas sociales y en el fenómeno electoral de Gustavo Petro, ha producido una coyuntura similar al establecimiento del Frente Nacional: igual que tras la pacificación de Rojas Pinilla (1953-57), las clases dominantes buscan conjurar la potencial articulación del pueblo como sujeto político y, ante el declive del uribismo, parecen encontrar un nodo articulador en el “centro”.

 

La aparente contradicción entre violencia endémica y continuidad de las instituciones de la democracia liberal, característica de la historia colombiana, tal vez se explica por un tercer elemento que también le es singular: la sistemática exclusión del pueblo del ámbito público-político. Siempre que el sujeto político pueblo se intentó articular para intervenir en esa esfera fue expulsado, muchas veces de forma violenta, por los agentes que se autoperciben como sus naturales y exclusivos ocupantes: las clases dominantes o élites.

La Junta de notables de Santafé se impuso sobre los chisperos de Carbonell en 1810, la coalición de “constitucionales” que vinculó liberales y conservadores derrocó a Melo y desterró sus bases artesanales en 1854. Aquí no hubo grandes reformas como en el México decimonónico, ni revoluciones liberales a principios del siglo XX como las de Alfaro en Ecuador o Pando en Bolivia. El populismo, que amplió sustancialmente las comunidades políticas e incluyó los sectores populares en Brasil con Vargas, México con Cárdenas y Argentina con Perón, no echó raíces en estas tierras: el pueblo articulado por Gaitán fue convertido en una masa informe el 9 de abril de 1948 y, una vez aniquiladas las guerrillas gaitanistas, sobre ella se erigió el régimen excluyente del Frente Nacional.

En su momento, la exclusión de las terceras fuerzas –el MRL, la Anapo, etcétera– y el carácter ultrarepresivo de los gobiernos bipartidistas alimentaron la violencia revolucionaria. Una vez finalizado formalmente el pacto, la exclusión se prolongó en la práctica del genocidio agenciado por el Estado y el paramilitarismo, en particular pero no exclusivamente contra la UP, incluso con posterioridad a la Constitución de 1991. La mano dura de Uribe, auspiciada por las clases dominantes con el fin de apacigüar el país tras el escalamiento de la guerra desde mediados de los noventa, es en cierto sentido análoga a la pacificación operada por Rojas Pinilla a partir de 1953, de manera que hoy nos encontramos en un escenario similar al que enfrentaron las élites en 1957-58, cuando el dictador dejó de ser funcional a sus intereses, su creciente autonomía se conviritó en un problema y hubo que acordar una manera de monopolizar nuevamente el poder político.

Aunque los resultados electorales de 2018 apuntaban a la formación de un bloque hegemónico alrededor de Iván Duque, cuya victoria fue posible por la coalición de las fuerzas políticas tradicionales en contra de la articulación de demandas populares representada por Gustavo Petro, hoy el uribismo aparece como una fuerza en declive –con divisiones internas que se profundizan a medida que Uribe resta popularidad y suma rechazo en las encuestas–, mientras repunta como posible nodo articulador de los intereses de las clases dominantes el denominado “centro”.

Los avatares del centro político

Como acaba de mostrarse, las élites colombianas han sido más liberales que demócratas, pero la mayoría del tiempo la dominación de clase, descontando el filofascismo de un Laureano Gómez, ha adoptado una posición de centro. De hecho, la política en Colombia prácticamente no ha presentado experiencias radicales de izquierda ni de derecha: las reivindicaciones de las guerrillas, vistas por muchos como lo más radical, eran de cuño socialdemócrata. La única razón por la que nunca se formó una identidad política de centro, es porque no fue necesaria. En el contínuo izquierda-derecha, ése fue de facto y sin necesidad de proclamarlo el cómodo lugar de los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, hasta su declive. La reivindicación del centro político se produce con ocasión de un fenómeno inédito en la historia reciente: la “polarización” posterior al Acuerdo de paz.

El cierre del prolongado conflicto armado motivó la emergencia de aquellas demandas proscritas del ámbito público-político tanto por la guerra, que exterminó la posibilidad del debate político, como por el predominio del centrismo entre las fuerzas políticas gobernantes. Entre 2012 y 2016, de la mano con el inusitado auge de las protestas y movimientos sociales, en la agenda pública se posicionaron una serie de demandas nunca resueltas que están en la raíz de los recurrentes ciclos de violencia: detener el despojo violento de la tierra y redistribuir su propiedad; resolver la pobreza y la desigualdad social extremas; acabar con la exclusión política vía genocidio; verdad, justicia, reparación y no repetición de los crímenes en el marco de la guerra, entre otras. En últimas, es este conjunto de demandas reprimidas por el conflicto las que se perciben, principalmente por sectores de derecha y de centro, como causantes de la “polarización”.

Para las elecciones presidenciales de 2018, el abanderado de muchas de estas demandas fue el candidato Gustavo Petro, no como una estrategia conciente sino por el hecho de que, ante la coalición del Polo Democrático con Sergio Fajardo y su fórmula, Claudia López, que se reclamaron como el centro, no hubo otra opción que las representara. De hecho, una de las tácticas de campaña del centro consistió en hacer equivalente a Petro con la derecha uribista de Iván Duque: ambos representaban los males de la “polarización”, que no solo impedía avanzar al país sino que amenazaba con destruirlo. Aunque inicialmente Fajardo y López erigieron una frontera discursiva con el uribismo, principalmente mediante la denuncia de la corrupción, con el tiempo se concentraron en combatir a Petro, quizás creyendo que allí estaba el electorado en disputa, afirmando que solo Fajardo podría ganarle al uribismo en segunda vuelta.

Los resultados indirectos o no buscados de esa táctica electoral fueron desastrosos. Tanto la etiqueta de cuño uribista “castrochavismo” como el rechazo de la “polarización” terminaron por estigmatizar y desplazar paulatinamente de la agenda pública las demandas sociales irresueltas y aplazadas por décadas de guerra. Pero, sobre todo, al expulsar de la agenda pública esas demandas, se frustran las expectativas creadas en amplios sectores populares por el Acuerdo, se erosiona su legitimidad y se crea un marco discursivo propicio para que se instale en la agenda una paz minimalista, que ni siquiera satisface lo acordado en la mesa de negociaciones y que mucho menos tocará mediante potenciales reformas los privilegios de las clases dominantes. En fin, el clima ideológico creado, un reencauche de la doctrina contrainsurgente del “enemigo interno” propia de la Guerra Fría, ha legitimado indirectamente el genocidio político, que ya deja más de mil líderes sociales y desmovilizados asesinados.

El resultado electoral tampoco fue el esperado: al erigir a Petro como la mayor amenaza para el país, en lugar de atraerse el potencial electorado de izquierda, el centro terminó por empujar parte de su propio electorado hacia el uribismo: muchos votantes de centro-derecha prefirieron la mano dura conocida del uribismo para conjurar esa gran amenaza a la desconocida del centro, tanto en primera como en segunda vuelta. A corto plazo la construcción de una identidad política de centro aparecía truncada debido a la imposibilidad de darle un contenido positivo, un proyecto, que trascendiera el antagonismo con Petro.

La crisis endémica de la izquierda

Sin embargo, las elecciones regionales y locales en 2019, en particular a la Alcaldía de Bogotá, mostrarían que el centro estaba en mejor posición para “acumular” capital político que la izquierda. El Polo Democrático, dominado internamente por el Moir, persistió en su alianza con el centro y, por tanto, cerró la posibilidad de coalición con otros sectores de izquierda. La plataforma con que Petro participó como candidato presidencial, Colombia Humana (CH), no alcanzó a consolidarse cuando se fragmentó en plena campaña, incluso aunque consiguió un importante número de cargos tanto en la Capital como en algunas otras regiones. Aunque el detonante de tal fragmentación fueron las denuncias por violencia intrafamiliar contra el candidato a la Alcaldía, Hollman Morris, ese es apenas el desenlace de problemas más profundos.

CH no pudo en esa coyuntura, y no ha podido, crearse una identidad como colectivo y organización política, que trascienda el carácter de plataforma electoral de Petro, a pesar de haber trabajado en un completo y alternativo programa de gobierno. En varios momentos se ha planteado en su interior una discusión sobre la forma organizativa, pero el problema no ha sido resuelto más allá del rechazo a formas tradicionales de organización como el partido. En consecuencia, su funcionamiento reproduce el caudillismo y el personalismo que, incluso a pesar de sí mismo, le ha impreso Petro. Si existiera alguna estructura organizativa, estaría basada en las redes de activistas y/o clientelas nucleadas por alguna personalidad individual con reconocimiento, lo que dificulta el seguimiento de procedimientos institucionalizados y el alcance de consensos en torno a decisiones colectivas, como la elección de candidatos o el rendimiento de cuentas.

La fragmentación se empezó a producir precisamente en torno a la elección de una candidatura a la Alcaldía de Bogotá. Debido a la carencia de personería jurídica, CH hizo coaliciones con el movimiento MAIS, entre otros, para las elecciones de 2018. A fines de ese año, Hollman Morris obtuvo el aval de dicho movimiento como candidato a la Alcaldía. Fue una decisión inconsulta en el interior de CH que levantó resquemores en otras personalidades, a lo que se adicionaron las denuncias en su contra por maltrato intrafamiliar en el marco de su divorcio, denuncias que no fueron procesadas internamente porque no existía en ese momento una instancia, como un comité de ética, que lo hiciera. Desde ese momento hasta fines de julio de 2019, cuando finalmente es elegido como candidato de CH, el movimiento se debate internamente por la elección de un candidato.

Durante todo ese tiempo Petro, líder “natural” de la colectividad, osciló indeciso entre dos actitudes: dejar que el propio movimiento escogiera un candidato pero, simultáneamente, establecer contactos con personalidades como el exministro Alejandro Gaviria y la misma Claudia López, candidata del centro. En marzo de ese año, en el marco de la asamblea distrital, Jorge Rojas, quien había obtenido el aval de la UP, no consigue proclamarse como candidato de CH, según afirmó, porque Ángela María Robledo lo impidió*. Para ese entonces había un descontento con el apoyo que una parte del movimiento le brindaba a Morris, sobre todo entre uno de los sectores feministas que lo componen liderado por Robledo. Pero ese sector no apoyó una candidatura de CH porque paralelamente también buscaba un acuerdo con Claudia López

La estructura organizativa de CH ni siquiera permitió una negociación ordenada con López pues, como Jorge Rojas comenta en la entrevista citada, había tres negociaciones al mismo tiempo: una de Petro, otra de Ángela María Robledo, ambas a puerta cerrada, y una más que derivó en un apoyo abierto de Rojas a la coalición de sectores alternativos en torno a la candidatura de López. El acuerdo programático no se consiguió, primero, por diferencias fundamentales en torno al modelo de ciudad, cuya manzana de la discordia fue la persistencia de López en continuar el proyecto de metro elevado del alcalde saliente Enrique Peñalosa, y segundo, porque la misma López lo obstruyó al proclamar, en el acto de inscripción de su campaña, la candidatura presidencial de Sergio Fajardo, que no fue consultada con ninguno de los integrantes de la inicial coalición a la Alcaldía.

La asamblea distrital había facultado a Petro y a Robledo para establecer coaliciones electorales, razón por la cual, incluso tras el portazo en la cara dado por López, la posibilidad de un acuerdo programático no se cerró. A fines de julio, Petro escogió finalmente a Morris como candidato de CH, no tanto porque fuese el candidato de su predilección sino para tener con qué hacer presión a la hora de negociar un acuerdo con López. No obstante, la manera como se lo invistió de candidato, a dedo en lugar de mediante una asamblea, le restó legitimidad. De cualquier forma, el lance fue infructuoso debido a la fragmentación del movimiento, pues en los meses siguientes Robledo consiguió un acuerdo, ya no en nombre de CH sino del sector particular que ella lidera, para apoyar a López. En suma, el funcionamiento basado en personalidades individuales no le permitió a CH hacer frente a la campaña por la Alcaldía y terminó más fragmentada que al comienzo, comprometiendo así la posibilidad de articular una alternativa popular para las elecciones de 2022.

Lo que se cocina en Bogotá

La victoria en Bogotá ha tenido consecuencias insospechadas para la política nacional: el centro, en cabeza de la Alcaldesa Claudia López, se ha proyectado como el potencial nodo articulador de un bloque hegemónico favorable a los intereses de las clases dominantes tras el lento declive del uribismo. En campaña, López no propuso en rigor un proyecto alternativo de ciudad. La retórica de centro, basada en el rechazo a la “polarización” se ofreció como una estrategia “apolítica” de hacer política enfatizando en los aspectos técnicos y de gestión sin tocar el modelo de ciudad neoliberal que se ha impuesto en las últimas décadas.

El triunfo se explica por la confianza que suscitó la personalidad “alternativa” de Claudia López en comparación con los otros dos candidatos opcionados: Carlos Fernando Galán y Miguel Uribe Turbay, ambos de la entraña de la oligarquía y la clase política tradicional. Pero sobre todo por su capacidad para articular, por la vía de la cooptación clientelar como se ha visto a la postre, los más disímiles sectores políticos, desde personalidades en otro tiempo afines al uribismo hasta parte de la izquierda, pasando por políticos reencauchados de la clase política tradicional. En efecto, la posición de centro le permitió a López capitalizar el respaldo de una parte importante de la clase dominante, que no quiso o no pudo articularse en torno a uno de los candidatos tradicionales, pero también de una parte de los sectores “alternativos”, que inicialmente abrazaron su propuesta como “la menos peor”.

La renuencia a revisar el proyecto del metro elevado, aún cuando se encuentra en una fase inferior al metro subterráneo que dejó diseñado la alcaldía de Petro y no ofrece los mismos beneficios pero sí costos superiores, así como la decisión de implementar obras nocivas e impopulares como la troncal de Transmilenio por la Avenida 68, muestran claramente que López ha procurado ganarse la confianza de los agentes políticos y económicos con intereses en ese tipo de grandes proyectos, con un capital político y mediático capaz de incidir en su gobernabilidad, como demostraron boicoteando políticas clave en la administración Petro.

Por su parte, para los sectores de la clase dominante que manejan directa o indirectamente los grandes negocios en la Capital, el liderazgo de López es fundamental porque les permite desarrollar su agenda y salvaguardar sus intereses, lo que haría cualquiera de los candidatos tradicionales, pero además les brinda una mayor gobernabilidad al haber cooptado y dividido parte de la izquierda y a los llamados sectores alternativos, es decir, a sus potenciales críticos. La crítica de la “mermelada”, las gabelas clientelistas que tradicionalmente prodigan los gobiernos a cambio del apoyo electoral, pasó a segundo plano frente a la necesidad de garantizar esa gobernabilidad y los distintos sectores que apoyaron a López han recibido sus compensaciones en cargos y contratos, en lo que constituye la reactivación de una estrategia característica del Frente Nacional para desactivar el descontento y el debate ideológico.

La virtual ausencia de crítica por parte de los sectores cooptados frente a hechos que en otras circunstancias se rechazarían al unísono como la represión policial, de la que la alcaldesa López ha usado y abusado en los meses que lleva su administración, es un ejemplo notorio de este fenómeno, pero no el único. Los dobles raseros a la hora de evaluar las medidas para atender la emergencia provocada por la pandemia, criticando por ejemplo los $3.000 millones que invirtió Duque para publicidad en redes sociales pero, al mismo tiempo, guardando silencio frente a los $6.000 millones que invirtió López en contratos con los grandes medios de comunicación para hacer “pedagogía”, han estado a la orden del día.

La crisis ha sido el escenario para confirmar a Claudia López como la líder del centro, incluso llegando a postularla como eventual candidata presidencial. Frente a un presidente que ha aprovechado la coyuntura para beneficiar hasta el descaro los grandes capitales financieros y privilegiado los intereses de los ricos, se ha erigido en una aparente alternativa. Sin embargo, las políticas de la Alcaldesa en medio de la emergencia no se alejan sustancialmente del enfoque neoliberal que implementa el gobierno nacional, basado en subsidios, créditos y otras políticas focalizadas, y conservando como eje del sistema de salud a las EPS, entre otras cosas. López y Duque no son, por consiguiente, antagonistas respecto a la forma de atender la emergencia. López, empero, está mejor posicionada porque puede descargar la responsabilidad en Duque, quien fija el marco general de las políticas. Más que nada, la articulación con parte de la clase dominante, en particular con gran influencia en los medios masivos de comunicación, la han ubicado en ese lugar de liderazgo.

¿Hacia una nueva hegemonía?

El fenómeno Petro en 2018 parece haber sido un llamado de atención: al menos potencialmente, las demandas reprimidas de los sectores sociales excluídos que están en el origen de la violencia cíclica podrían articularse políticamente. Fue un llamado de atención para las clases dominantes, que no dudaron en rodear al candidato presidencial del uribismo y que ante su declive no dudarán en apoyar cualquier otra alternativa a lo que representó Petro, pero también lo fue para los sectores “alternativos” y para una parte de la izquierda renuente a emprender transformaciones políticas de algún calado, esto es, que necesariamente producirán “polarización”, o recelosas del caudillismo y del personalismo que perciben en Petro.

El triunfo de Claudia López en Bogotá ha empezado a dotar la identidad política de “centro” de un contenido positivo, más allá del “antipetrismo” que definió sus fronteras discursivas en la campaña de 2018. Por su parte, Petro continúa siendo la figura de la izquierda con mayor capital político, pero no con el suficiente para imponerse como alternativa. Así pues, existe una relación de suma cero entre la apuesta del centro y la de los sectores representados por Petro. A menos de que éstos se vuelquen a movilizar la población tradicionalmente apática y abstencionista por distintas razones, se empeñen en construir un sujeto político popular, lo que haría necesaria la consolidción de una apuesta organizativa como CH, tendrá que disputar con el centro una franja de apoyos y bases sociales con miras a los comicios de 2022.

Paradójicamente, los críticos del caudillismo de Petro no han tenido otra alternativa que construir otro liderazgo personalista para hacerle contrapeso: Claudia López se presenta hoy como la líder del centro, incluso relegando personalidades como Sergio Fajardo. El problema radicará en resolver si el capital político acumulado por López es finalmente transferible hacia una identidad colectiva, el centro, o si es personal e intransferible. En éste último caso, no habría que descartar que López opte por un curso de acción igual al de uno de sus mentores, Antanas Mockus, quien renunció en 1997 a la Alcaldía para presentarse a las elecciones presidenciales. Pero sea cual sea la opción del centro, tendría en su favor el interés de las clases dominantes de refrenar la “polarización”: las demandas sociales que emergieron tras el Acuerdo de paz, para alcanzar una paz minimalista que deje intactos sus privilegios, y que tiene en la administración de López en Bogotá una experiencia para replicar a nivel nacional.

 

* Ver: ‘Creo que hay déficit de democracia en Colombia Humana’: Jorge Rojas” https://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/jorge-rojas-habla-de-la-relacion-de-gustavo-petro-y-claudia-lopez-400310

 

 

 

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Publicado enEdición Nº268
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La emergencia de demandas populares reprimidas por la guerra, expresadas en las protestas sociales y en el fenómeno electoral de Gustavo Petro, ha producido una coyuntura similar al establecimiento del Frente Nacional: igual que tras la pacificación de Rojas Pinilla (1953-57), las clases dominantes buscan conjurar la potencial articulación del pueblo como sujeto político y, ante el declive del uribismo, parecen encontrar un nodo articulador en el “centro”.

 

La aparente contradicción entre violencia endémica y continuidad de las instituciones de la democracia liberal, característica de la historia colombiana, tal vez se explica por un tercer elemento que también le es singular: la sistemática exclusión del pueblo del ámbito público-político. Siempre que el sujeto político pueblo se intentó articular para intervenir en esa esfera fue expulsado, muchas veces de forma violenta, por los agentes que se autoperciben como sus naturales y exclusivos ocupantes: las clases dominantes o élites.

La Junta de notables de Santafé se impuso sobre los chisperos de Carbonell en 1810, la coalición de “constitucionales” que vinculó liberales y conservadores derrocó a Melo y desterró sus bases artesanales en 1854. Aquí no hubo grandes reformas como en el México decimonónico, ni revoluciones liberales a principios del siglo XX como las de Alfaro en Ecuador o Pando en Bolivia. El populismo, que amplió sustancialmente las comunidades políticas e incluyó los sectores populares en Brasil con Vargas, México con Cárdenas y Argentina con Perón, no echó raíces en estas tierras: el pueblo articulado por Gaitán fue convertido en una masa informe el 9 de abril de 1948 y, una vez aniquiladas las guerrillas gaitanistas, sobre ella se erigió el régimen excluyente del Frente Nacional.

En su momento, la exclusión de las terceras fuerzas –el MRL, la Anapo, etcétera– y el carácter ultrarepresivo de los gobiernos bipartidistas alimentaron la violencia revolucionaria. Una vez finalizado formalmente el pacto, la exclusión se prolongó en la práctica del genocidio agenciado por el Estado y el paramilitarismo, en particular pero no exclusivamente contra la UP, incluso con posterioridad a la Constitución de 1991. La mano dura de Uribe, auspiciada por las clases dominantes con el fin de apacigüar el país tras el escalamiento de la guerra desde mediados de los noventa, es en cierto sentido análoga a la pacificación operada por Rojas Pinilla a partir de 1953, de manera que hoy nos encontramos en un escenario similar al que enfrentaron las élites en 1957-58, cuando el dictador dejó de ser funcional a sus intereses, su creciente autonomía se conviritó en un problema y hubo que acordar una manera de monopolizar nuevamente el poder político.

Aunque los resultados electorales de 2018 apuntaban a la formación de un bloque hegemónico alrededor de Iván Duque, cuya victoria fue posible por la coalición de las fuerzas políticas tradicionales en contra de la articulación de demandas populares representada por Gustavo Petro, hoy el uribismo aparece como una fuerza en declive –con divisiones internas que se profundizan a medida que Uribe resta popularidad y suma rechazo en las encuestas–, mientras repunta como posible nodo articulador de los intereses de las clases dominantes el denominado “centro”.

Los avatares del centro político

Como acaba de mostrarse, las élites colombianas han sido más liberales que demócratas, pero la mayoría del tiempo la dominación de clase, descontando el filofascismo de un Laureano Gómez, ha adoptado una posición de centro. De hecho, la política en Colombia prácticamente no ha presentado experiencias radicales de izquierda ni de derecha: las reivindicaciones de las guerrillas, vistas por muchos como lo más radical, eran de cuño socialdemócrata. La única razón por la que nunca se formó una identidad política de centro, es porque no fue necesaria. En el contínuo izquierda-derecha, ése fue de facto y sin necesidad de proclamarlo el cómodo lugar de los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, hasta su declive. La reivindicación del centro político se produce con ocasión de un fenómeno inédito en la historia reciente: la “polarización” posterior al Acuerdo de paz.

El cierre del prolongado conflicto armado motivó la emergencia de aquellas demandas proscritas del ámbito público-político tanto por la guerra, que exterminó la posibilidad del debate político, como por el predominio del centrismo entre las fuerzas políticas gobernantes. Entre 2012 y 2016, de la mano con el inusitado auge de las protestas y movimientos sociales, en la agenda pública se posicionaron una serie de demandas nunca resueltas que están en la raíz de los recurrentes ciclos de violencia: detener el despojo violento de la tierra y redistribuir su propiedad; resolver la pobreza y la desigualdad social extremas; acabar con la exclusión política vía genocidio; verdad, justicia, reparación y no repetición de los crímenes en el marco de la guerra, entre otras. En últimas, es este conjunto de demandas reprimidas por el conflicto las que se perciben, principalmente por sectores de derecha y de centro, como causantes de la “polarización”.

Para las elecciones presidenciales de 2018, el abanderado de muchas de estas demandas fue el candidato Gustavo Petro, no como una estrategia conciente sino por el hecho de que, ante la coalición del Polo Democrático con Sergio Fajardo y su fórmula, Claudia López, que se reclamaron como el centro, no hubo otra opción que las representara. De hecho, una de las tácticas de campaña del centro consistió en hacer equivalente a Petro con la derecha uribista de Iván Duque: ambos representaban los males de la “polarización”, que no solo impedía avanzar al país sino que amenazaba con destruirlo. Aunque inicialmente Fajardo y López erigieron una frontera discursiva con el uribismo, principalmente mediante la denuncia de la corrupción, con el tiempo se concentraron en combatir a Petro, quizás creyendo que allí estaba el electorado en disputa, afirmando que solo Fajardo podría ganarle al uribismo en segunda vuelta.

Los resultados indirectos o no buscados de esa táctica electoral fueron desastrosos. Tanto la etiqueta de cuño uribista “castrochavismo” como el rechazo de la “polarización” terminaron por estigmatizar y desplazar paulatinamente de la agenda pública las demandas sociales irresueltas y aplazadas por décadas de guerra. Pero, sobre todo, al expulsar de la agenda pública esas demandas, se frustran las expectativas creadas en amplios sectores populares por el Acuerdo, se erosiona su legitimidad y se crea un marco discursivo propicio para que se instale en la agenda una paz minimalista, que ni siquiera satisface lo acordado en la mesa de negociaciones y que mucho menos tocará mediante potenciales reformas los privilegios de las clases dominantes. En fin, el clima ideológico creado, un reencauche de la doctrina contrainsurgente del “enemigo interno” propia de la Guerra Fría, ha legitimado indirectamente el genocidio político, que ya deja más de mil líderes sociales y desmovilizados asesinados.

El resultado electoral tampoco fue el esperado: al erigir a Petro como la mayor amenaza para el país, en lugar de atraerse el potencial electorado de izquierda, el centro terminó por empujar parte de su propio electorado hacia el uribismo: muchos votantes de centro-derecha prefirieron la mano dura conocida del uribismo para conjurar esa gran amenaza a la desconocida del centro, tanto en primera como en segunda vuelta. A corto plazo la construcción de una identidad política de centro aparecía truncada debido a la imposibilidad de darle un contenido positivo, un proyecto, que trascendiera el antagonismo con Petro.

La crisis endémica de la izquierda

Sin embargo, las elecciones regionales y locales en 2019, en particular a la Alcaldía de Bogotá, mostrarían que el centro estaba en mejor posición para “acumular” capital político que la izquierda. El Polo Democrático, dominado internamente por el Moir, persistió en su alianza con el centro y, por tanto, cerró la posibilidad de coalición con otros sectores de izquierda. La plataforma con que Petro participó como candidato presidencial, Colombia Humana (CH), no alcanzó a consolidarse cuando se fragmentó en plena campaña, incluso aunque consiguió un importante número de cargos tanto en la Capital como en algunas otras regiones. Aunque el detonante de tal fragmentación fueron las denuncias por violencia intrafamiliar contra el candidato a la Alcaldía, Hollman Morris, ese es apenas el desenlace de problemas más profundos.

CH no pudo en esa coyuntura, y no ha podido, crearse una identidad como colectivo y organización política, que trascienda el carácter de plataforma electoral de Petro, a pesar de haber trabajado en un completo y alternativo programa de gobierno. En varios momentos se ha planteado en su interior una discusión sobre la forma organizativa, pero el problema no ha sido resuelto más allá del rechazo a formas tradicionales de organización como el partido. En consecuencia, su funcionamiento reproduce el caudillismo y el personalismo que, incluso a pesar de sí mismo, le ha impreso Petro. Si existiera alguna estructura organizativa, estaría basada en las redes de activistas y/o clientelas nucleadas por alguna personalidad individual con reconocimiento, lo que dificulta el seguimiento de procedimientos institucionalizados y el alcance de consensos en torno a decisiones colectivas, como la elección de candidatos o el rendimiento de cuentas.

La fragmentación se empezó a producir precisamente en torno a la elección de una candidatura a la Alcaldía de Bogotá. Debido a la carencia de personería jurídica, CH hizo coaliciones con el movimiento MAIS, entre otros, para las elecciones de 2018. A fines de ese año, Hollman Morris obtuvo el aval de dicho movimiento como candidato a la Alcaldía. Fue una decisión inconsulta en el interior de CH que levantó resquemores en otras personalidades, a lo que se adicionaron las denuncias en su contra por maltrato intrafamiliar en el marco de su divorcio, denuncias que no fueron procesadas internamente porque no existía en ese momento una instancia, como un comité de ética, que lo hiciera. Desde ese momento hasta fines de julio de 2019, cuando finalmente es elegido como candidato de CH, el movimiento se debate internamente por la elección de un candidato.

Durante todo ese tiempo Petro, líder “natural” de la colectividad, osciló indeciso entre dos actitudes: dejar que el propio movimiento escogiera un candidato pero, simultáneamente, establecer contactos con personalidades como el exministro Alejandro Gaviria y la misma Claudia López, candidata del centro. En marzo de ese año, en el marco de la asamblea distrital, Jorge Rojas, quien había obtenido el aval de la UP, no consigue proclamarse como candidato de CH, según afirmó, porque Ángela María Robledo lo impidió*. Para ese entonces había un descontento con el apoyo que una parte del movimiento le brindaba a Morris, sobre todo entre uno de los sectores feministas que lo componen liderado por Robledo. Pero ese sector no apoyó una candidatura de CH porque paralelamente también buscaba un acuerdo con Claudia López

La estructura organizativa de CH ni siquiera permitió una negociación ordenada con López pues, como Jorge Rojas comenta en la entrevista citada, había tres negociaciones al mismo tiempo: una de Petro, otra de Ángela María Robledo, ambas a puerta cerrada, y una más que derivó en un apoyo abierto de Rojas a la coalición de sectores alternativos en torno a la candidatura de López. El acuerdo programático no se consiguió, primero, por diferencias fundamentales en torno al modelo de ciudad, cuya manzana de la discordia fue la persistencia de López en continuar el proyecto de metro elevado del alcalde saliente Enrique Peñalosa, y segundo, porque la misma López lo obstruyó al proclamar, en el acto de inscripción de su campaña, la candidatura presidencial de Sergio Fajardo, que no fue consultada con ninguno de los integrantes de la inicial coalición a la Alcaldía.

La asamblea distrital había facultado a Petro y a Robledo para establecer coaliciones electorales, razón por la cual, incluso tras el portazo en la cara dado por López, la posibilidad de un acuerdo programático no se cerró. A fines de julio, Petro escogió finalmente a Morris como candidato de CH, no tanto porque fuese el candidato de su predilección sino para tener con qué hacer presión a la hora de negociar un acuerdo con López. No obstante, la manera como se lo invistió de candidato, a dedo en lugar de mediante una asamblea, le restó legitimidad. De cualquier forma, el lance fue infructuoso debido a la fragmentación del movimiento, pues en los meses siguientes Robledo consiguió un acuerdo, ya no en nombre de CH sino del sector particular que ella lidera, para apoyar a López. En suma, el funcionamiento basado en personalidades individuales no le permitió a CH hacer frente a la campaña por la Alcaldía y terminó más fragmentada que al comienzo, comprometiendo así la posibilidad de articular una alternativa popular para las elecciones de 2022.

Lo que se cocina en Bogotá

La victoria en Bogotá ha tenido consecuencias insospechadas para la política nacional: el centro, en cabeza de la Alcaldesa Claudia López, se ha proyectado como el potencial nodo articulador de un bloque hegemónico favorable a los intereses de las clases dominantes tras el lento declive del uribismo. En campaña, López no propuso en rigor un proyecto alternativo de ciudad. La retórica de centro, basada en el rechazo a la “polarización” se ofreció como una estrategia “apolítica” de hacer política enfatizando en los aspectos técnicos y de gestión sin tocar el modelo de ciudad neoliberal que se ha impuesto en las últimas décadas.

El triunfo se explica por la confianza que suscitó la personalidad “alternativa” de Claudia López en comparación con los otros dos candidatos opcionados: Carlos Fernando Galán y Miguel Uribe Turbay, ambos de la entraña de la oligarquía y la clase política tradicional. Pero sobre todo por su capacidad para articular, por la vía de la cooptación clientelar como se ha visto a la postre, los más disímiles sectores políticos, desde personalidades en otro tiempo afines al uribismo hasta parte de la izquierda, pasando por políticos reencauchados de la clase política tradicional. En efecto, la posición de centro le permitió a López capitalizar el respaldo de una parte importante de la clase dominante, que no quiso o no pudo articularse en torno a uno de los candidatos tradicionales, pero también de una parte de los sectores “alternativos”, que inicialmente abrazaron su propuesta como “la menos peor”.

La renuencia a revisar el proyecto del metro elevado, aún cuando se encuentra en una fase inferior al metro subterráneo que dejó diseñado la alcaldía de Petro y no ofrece los mismos beneficios pero sí costos superiores, así como la decisión de implementar obras nocivas e impopulares como la troncal de Transmilenio por la Avenida 68, muestran claramente que López ha procurado ganarse la confianza de los agentes políticos y económicos con intereses en ese tipo de grandes proyectos, con un capital político y mediático capaz de incidir en su gobernabilidad, como demostraron boicoteando políticas clave en la administración Petro.

Por su parte, para los sectores de la clase dominante que manejan directa o indirectamente los grandes negocios en la Capital, el liderazgo de López es fundamental porque les permite desarrollar su agenda y salvaguardar sus intereses, lo que haría cualquiera de los candidatos tradicionales, pero además les brinda una mayor gobernabilidad al haber cooptado y dividido parte de la izquierda y a los llamados sectores alternativos, es decir, a sus potenciales críticos. La crítica de la “mermelada”, las gabelas clientelistas que tradicionalmente prodigan los gobiernos a cambio del apoyo electoral, pasó a segundo plano frente a la necesidad de garantizar esa gobernabilidad y los distintos sectores que apoyaron a López han recibido sus compensaciones en cargos y contratos, en lo que constituye la reactivación de una estrategia característica del Frente Nacional para desactivar el descontento y el debate ideológico.

La virtual ausencia de crítica por parte de los sectores cooptados frente a hechos que en otras circunstancias se rechazarían al unísono como la represión policial, de la que la alcaldesa López ha usado y abusado en los meses que lleva su administración, es un ejemplo notorio de este fenómeno, pero no el único. Los dobles raseros a la hora de evaluar las medidas para atender la emergencia provocada por la pandemia, criticando por ejemplo los $3.000 millones que invirtió Duque para publicidad en redes sociales pero, al mismo tiempo, guardando silencio frente a los $6.000 millones que invirtió López en contratos con los grandes medios de comunicación para hacer “pedagogía”, han estado a la orden del día.

La crisis ha sido el escenario para confirmar a Claudia López como la líder del centro, incluso llegando a postularla como eventual candidata presidencial. Frente a un presidente que ha aprovechado la coyuntura para beneficiar hasta el descaro los grandes capitales financieros y privilegiado los intereses de los ricos, se ha erigido en una aparente alternativa. Sin embargo, las políticas de la Alcaldesa en medio de la emergencia no se alejan sustancialmente del enfoque neoliberal que implementa el gobierno nacional, basado en subsidios, créditos y otras políticas focalizadas, y conservando como eje del sistema de salud a las EPS, entre otras cosas. López y Duque no son, por consiguiente, antagonistas respecto a la forma de atender la emergencia. López, empero, está mejor posicionada porque puede descargar la responsabilidad en Duque, quien fija el marco general de las políticas. Más que nada, la articulación con parte de la clase dominante, en particular con gran influencia en los medios masivos de comunicación, la han ubicado en ese lugar de liderazgo.

¿Hacia una nueva hegemonía?

El fenómeno Petro en 2018 parece haber sido un llamado de atención: al menos potencialmente, las demandas reprimidas de los sectores sociales excluídos que están en el origen de la violencia cíclica podrían articularse políticamente. Fue un llamado de atención para las clases dominantes, que no dudaron en rodear al candidato presidencial del uribismo y que ante su declive no dudarán en apoyar cualquier otra alternativa a lo que representó Petro, pero también lo fue para los sectores “alternativos” y para una parte de la izquierda renuente a emprender transformaciones políticas de algún calado, esto es, que necesariamente producirán “polarización”, o recelosas del caudillismo y del personalismo que perciben en Petro.

El triunfo de Claudia López en Bogotá ha empezado a dotar la identidad política de “centro” de un contenido positivo, más allá del “antipetrismo” que definió sus fronteras discursivas en la campaña de 2018. Por su parte, Petro continúa siendo la figura de la izquierda con mayor capital político, pero no con el suficiente para imponerse como alternativa. Así pues, existe una relación de suma cero entre la apuesta del centro y la de los sectores representados por Petro. A menos de que éstos se vuelquen a movilizar la población tradicionalmente apática y abstencionista por distintas razones, se empeñen en construir un sujeto político popular, lo que haría necesaria la consolidción de una apuesta organizativa como CH, tendrá que disputar con el centro una franja de apoyos y bases sociales con miras a los comicios de 2022.

Paradójicamente, los críticos del caudillismo de Petro no han tenido otra alternativa que construir otro liderazgo personalista para hacerle contrapeso: Claudia López se presenta hoy como la líder del centro, incluso relegando personalidades como Sergio Fajardo. El problema radicará en resolver si el capital político acumulado por López es finalmente transferible hacia una identidad colectiva, el centro, o si es personal e intransferible. En éste último caso, no habría que descartar que López opte por un curso de acción igual al de uno de sus mentores, Antanas Mockus, quien renunció en 1997 a la Alcaldía para presentarse a las elecciones presidenciales. Pero sea cual sea la opción del centro, tendría en su favor el interés de las clases dominantes de refrenar la “polarización”: las demandas sociales que emergieron tras el Acuerdo de paz, para alcanzar una paz minimalista que deje intactos sus privilegios, y que tiene en la administración de López en Bogotá una experiencia para replicar a nivel nacional.

 

* Ver: ‘Creo que hay déficit de democracia en Colombia Humana’: Jorge Rojas” https://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/jorge-rojas-habla-de-la-relacion-de-gustavo-petro-y-claudia-lopez-400310

 

 

 

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Publicado enColombia
Las motivaciones de los anticuarentena

Una mirada desde el psicoanálisis

Cuando se oponen contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, plantea el autor, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. Hay una profunda imposibilidad de creer y confiar.

 

La historia de la humanidad no se ahorró batallas, muchas de ellas muy cruentas y otras que supieron detenerse en el campo de las lidias verbales. Aquello que algunos figuran como un cronología cíclica, y que entre derrota y derrota despunta un período de ilusoria beatitud, no parece ser más que el lentísimo transcurrir que conduce hacia eso que Freud denominó progreso en la espiritualidad. En efecto, aun hoy no hemos descifrado del todo los enigmas que asolaban a Étienne de La Boétie, hace ya 500 años, sobre la servidumbre voluntaria.

Por qué alguien ostenta su poder, lo practica impiadosamente y se afana en una cada vez mayor impunidad, es una realidad sobre la que tenemos un vasto conocimiento, aunque parece ser inversamente proporcional a las expectativas que podemos tener sobre su transformación. Sin embargo, como La Boétie, nos esperanzamos en la elucidación del otro término de la ratio, el de quienes consienten en alucinar que la libertad se despliega como arbitrariedad de narcisismos dispersos y mortíferos. Sin ir más lejos, Bolsonaro, uno de los máximos exponentes del negacionismo sanitario, nos dice que “la libertad es más importante que la propia vida”, y así confirma nuestra hipótesis.

Son huestes heterogéneas en las que se mezclan lectores de ejercicios sobre cómo ayudarse a sí mismos, temerosos, fluorescentes, expulsivos, mediocres envidiosos de Borges y hasta oficiales de la penitenciaría sintáctica del lacanismo.

En ocasiones erramos el camino pues como acusan y denuncian supusimos que albergaban algún ideal de justicia y, luego, advertimos que nada de eso abrazan. De hecho, solo reclaman el abrazo cuando se impone la distancia física. Y entonces aprendimos que su desconfianza no es una querella contra el mal, sino la evidencia de su incapacidad para creer. Los que hasta hace un año alardeaban de volver a votar a Macri aunque se caguen de hambre, no eran los que pasaban hambre; y los que hoy dicen que prefieren morirse antes de hacerle caso al Presidente de la Nación, cuentan con gruesos recursos para no fallecer. Entonces no creen en lo que dicen, aunque intenten disimular su hipocresía, incluso, ante sus propios ojos. La severidad de esa instancia que Freud denominó autoobservación, la lente del superyó, debe estar lejos de ser ligera, aunque algún entrenamiento también los tornó diestros para desconocerla. Por si faltaran ilustraciones, ¿qué convicción podrían tener cuando arrojaron flyers por las redes para frenar al comunismo? Qué pesada carga debe ser combatir a un enemigo menos visible que la covid-19.

Debemos admitir que en cierta medida todos creemos contar con una lupa cuando, en rigor, estamos usando un espejo, y entonces imaginamos que si nos atraen los nexos causales, es decir, la historia, a otros también les sucederá lo mismo. Pero no es así, y se nos impone una revisión piagetiana para comprender por qué la cuarentena no es, para la muestra de La Boétie, una consecuencia de la pandemia, sino un acto aislado, sin un pasado próximo, una decisión caprichosa dislocada de toda secuencia explicativa. Esta misma carencia de hondura, la autosupresión de todo mapa conceptual, es el motor del alivio que les produjo, hace no mucho tiempo, escuchar que Macri aludía a tormentas o a que “pasaron cosas” para explicar la catástrofe que él mismo provocó.

Siempre me impactó aquel otro sintagma de Macri cuando les dijo a sus votantes: “Yo confío en ustedes, pero necesito que confíen en ustedes mismos”. Allí su yo se sustraía del lugar de quien se puede esperar algo, pues su interlocutor debía confiar solo en sí mismo. Se refuerza entonces la intuición que nos susurra que la gente no desconfía, sino que padece una ingobernable incapacidad para creer.

El sujeto hipnotizado concedió encerrarse en su paradoja sin resolución, la paradoja de un conflicto que solo es admitido en el interior de sí mismo y no como pulsión social. Cuando la debacle del gobierno anterior ya era inocultable, su votante no pudo objetar a su candidato, ya era tarde, pues solo le quedaba decepcionarse de sí. No obstante, el humano no admite sin defensa una herida narcisista, y siempre puede contar con el recurso a reforzar la desmentida para poder continuar creyendo en sí mismo.

Cuando ahora se oponen, gritan contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. No se trata de una batalla entre dos posiciones antagónicas sino entre una convicción y la imposibilidad de confiar.

Ese mismo kit de confianza self-service que les entregó el pack premium neoliberal, incluía otra app cuyo tutorial enseñaba que nadie puede decirte qué hacer, sos un emprendedor y como tal harás lo que tus propios deseos te manden. La parodia terminológica no causa gracia pues su desenlace es dramático. Si no hay un otro en quien confiar, y solo podré pugnar contra mí mismo, y no hay un otro antagónico pues me orienta mi deseo, cuando irremediablemente se despierte el conflicto no habrá alteridad para debatir, pues solo podré oponerme a mi deseo. Su corolario no es difícil de colegir: el desgano, la desvitalización. Ese es el estado al que conduce el neoliberalismo y, al mismo tiempo, cual un virus, es la célula de la que se alimenta.

Tal es la argamasa que encienden los ideólogos de la meritocracia (o, como hemos dicho en otra ocasión, de la morite-cracia). Ese es el caldo del individualismo, de la libertad sin civilización y de la incapacidad para creer. También es el más allá del odio, que si rascamos tras su verborragia xenófoba, estigmatizante y expulsiva, descubriremos un puñado de desvalidos que, imposibilitados de aceptar que esa es nuestra condición humana y que por eso importa un Estado presente, solo buscarán proyectar en otros su propia vulnerabilidad para así seguir pensando que es solo un asunto de otros.

Acaso así se comprenda otro de los motivos que tienen quienes padecen la incredulidad para gritar contra la cuarentena y, sobre todo, para desconocer que esta es solo la derivación de una pandemia. El coronavirus no es una enfermedad mía, o de una familia o de un sector social y, por lo tanto, nos impide el arrogante propósito de querer endilgar el patrimonio del desvalimiento a los otros.

Agregaré dos conjeturas más.

En primer lugar, cuando la mente neoliberal excluye de la escena al antecedente, la causa o el origen, también promueve cierto estado de anestesia e impide, por lo tanto, establecer hipótesis y anticipaciones. En lenguaje freudiano se dirá que adormece la angustia señal, aquella que nos permite defendernos a tiempo de un peligro, y abandona a los sujetos a la sola posibilidad de la llamada angustia automática. Esa angustia que resulta desbordante y ante la cual al sujeto solo le queda su propia parálisis. No muy lejos de ello se encuentra el pánico social, estado urgido que se cocina no tanto cuando hay un peligro, sino cuando un grupo siente que ya no tiene en quien confiar.

Por último, recordemos que Freud distinguió dos tipos de juicios, el de atribución y el de existencia. El juicio de atribución permite juzgar algo como bueno o malo, útil o perjudicial, en tanto el juicio de existencia decreta si aquello que tengo en mi mente coincide (o no) con la realidad. Si tal como señaló Freud, el juicio de atribución es anterior al juicio de existencia, no se trata únicamente de un dato del desarrollo evolutivo, sino que nos indica que un sujeto puede juzgar algo negativamente (o positivamente) sin preguntarse si aquello existe.

28 de mayo de 2020

Sebastián Plut es doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y patologías del desvalimiento (UCES).

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