Martes, 23 Diciembre 2008 09:37

Teodoro Petkoff: una izquierda a modo

La prensa internacional tiene especial debilidad por Teodoro Petkoff. Cada vez que un periódico fuera de Venezuela quiere publicar una declaración en contra de Hugo Chávez entrevista al ex guerrillero y ex comunista. No falla. Él les dice lo que quieren escuchar.

Teodoro Petkoff es el ejemplo vivo de lo que la derecha desea que sea un hombre de izquierda. Los medios de comunicación lo presentan como un izquierdista democrático y responsable, un socialdemócrata moderno. Él mismo, en su libro Las dos izquierdas, se presenta como un representante de la “otra izquierda”, distinta a la de Chávez y cercana a Lula y a Ricardo Lagos.

Su trayectoria política va del comunista ortodoxo a la apología del neoliberalismo en nombre de la izquierda. Opositor a modo durante la cuarta república, su proyecto político se convirtió, como afirma el periodista Ernesto Villegas, en la “tercera pata” del sistema bipartidista, constituido por Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), además de ser el pro- cónsul del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Venezuela. Justificó su trapecismo político diciendo que “sólo los estúpidos no cambian de opinión”.

Economista, periodista y, por encima de todo, político profesional, Petkoff tiene ahora 76 años de edad. Hijo de inmigrantes búlgaro y polaca, en 1949 ingresó al Partido Comunista de Venezuela (PCV). Junto a Douglas Bravo participó en la guerrilla. Detenido en tres ocasiones, se fugó de la cárcel en episodios que parecen extraídos de una novela. Gabriel García Márquez narró uno de ellos.

Crítico de la invasión soviética a Checoslovaquia, rompe con el PCV en 1970 y funda, meses después, el Movimiento al Socialismo (MAS). El nuevo proyecto político suscitó muchas simpatías internacionales por su planteamiento en torno a un socialismo con rostro humano y su distanciamiento del leninismo clásico. En poco tiempo, sin embargo, se volvió parte de la partidocracia tradicional y en uno de los beneficiarios de la renta petrolera.

Petkoff ha sido elegido diputado en distintas legislaturas. En 1983 y 1988 fue candidato a la Presidencia de la República, pero las votaciones que obtuvo fueron más bien modestas. Cuando en 1989 los habitantes pobres de Caracas se levantaron en contra de las medidas de austeridad del mandatario Carlos Andrés Perez, en lo que se conoce como el caracazo, y el gobierno respondió masacrando a civiles desarmados, guardó silencio. Corrido ya abiertamente hacia la derecha, en 1992 fue derrotado en las elecciones para la alcaldía de Caracas por un candidato de la izquierda radical. Un año después apoyó la carrera presidencial de Rafael Caldera, un socialcristiano que había roto con su partido, el COPEI.

El ex comunista fue integrado al gabinete del nuevo gobierno. Ocupó la dirección de Cordiplan (Oficina Central de Coordinación y Planificación) y fue el jefe de la política económica. Desde allí llevó adelante un agresivo plan de privatizaciones que la revista Producto resumió en una portada con el título: “Venezuela, país en venta”.

Sin ninguna mediación, anunció en 1997 que “apretaría más las tuercas a los venezolanos” en un momento en el que 67.8 por ciento de ellos eran oficialmente clasificados como pobres. Pidió comprensión y sacrificio a los trabajadores y las clases medias. Despidió a más de 50 mil empleados públicos. Modificó el régimen de las prestaciones sociales para eliminar su retroactividad, con la promesa de que ello permitiría aumentar los niveles salariales.

Petkoff avaló la apertura petrolera, mediante la que se privatizó, por la vía de los hechos, la columna vertebral de la economía venezolana, suscribiendo contratos leoninos en favor de las compañías trasnacionales. Como parte de esa política se apoyó la aplicación de descuentos en el precio de barril para refinerías de Estados Unidos. Petróleos de Venezuela (Pdvsa) entregó su sistema informático a una empresa mixta llamada Intesa, formada por la propia Pdvsa y SAIC, compañía fachada de la CIA, entre cuyos directores se encuentran varios ex secretarios de Defensa de Estados Unidos. Esa entrega fue clave en el paro/sabotaje petrolero de 2002.

El gobierno de Caldera despreció a la OPEP llamándola, según palabras del entonces ministro de Energía, “un cartel de Pinochos”. Violó sus cuotas de producción y propició la competencia entre sus integrantes. Las consecuencias no se hicieron esperar: el precio del crudo cayó estrepitosamente.

Petkoff fue el principal funcionario encargado de negociar un acuerdo entre el gobierno de Venezuela y el FMI. Sin resistencia alguna se allanó a los dictados del organismo financiero internacional. Poco después habló de que era necesario democratizar la institución.

Cuando en 1998 el MAS, el partido que había formado, decidió apoyar la candidatura presidencial de Hugo Chávez, lo abandonó entre abucheos. En el año 2000 fundó el vespertino Tal Cual, desde el que dedica al mandatario venezolano una crítica sistemática, visceral, amarga y facciosa. La publicación está muy lejos de ser el medio objetivo y equilibrado que sus apologistas dicen que es.

Desde entonces, en cada ocasión en que un medio de comunicación requiere de un comentario contra Hugo Chávez que pueda acreditar a un “izquierdista”, recurre a Teodoro Petkoff. Mientras tanto, la oposición venezolana lo utiliza como quiere. Y, a la hora en que hay que escoger a su candidato a la presidencia de la República, no lo deja llegar. A los que verdaderamente mandan dentro del bloque opositor les sirve donde está, haciendo lo que hace, pero no con más poder.

Quienes desde México ensalzan a Petkoff lo hacen no sólo para oponerse a Chávez, sino para promover dentro del país una izquierda institucional a gusto de la derecha. Es decir, una izquierda como la que hoy dirige al Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Por, Luis Hernández Navarro

 

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1. La agenda de los medios de comunicación es recurrente y cíclica; ciertos temas regresan a escena cuando es necesario atizar en amplios sectores de la población la insoportable sensación de una inseguridad creciente que se asocia, en el imaginario colectivo incentivado por los lenguajes mediáticos, con el miedo. Esa antigua pasión que acompaña a los hombres desde la lejanía de los tiempos ha sido eje de un debate fundacional de la política moderna allí donde ha trazado las diferencias centrales entre un proyecto fundado en la utilización astuta del miedo a la inseguridad como fuente de legitimidad del poder público asentado en el uso discrecional/jurídico de la coerción y de la violencia y aquel otro que destacó que esa pasión negativa lo que impulsaba era un aumento del sometimiento de los individuos y un claro cercenamiento de su libertad.


El filósofo italiano Remo Bodei despliega en su excelente Geometría de las pasiones una decisiva contraposición entre las dos líneas maestras del pensamiento inaugural de lo político moderno, mostrando los caminos bifurcados que se abrieron a partir de las interpretaciones enfrentadas que en torno del “miedo” como pasión se expresaron en Baruch Spinoza y Thomas Hobbes a mediados del siglo XVII. El miedo, según lo aborda el judío holandés, como pasión negativa, como anclaje en un orden de la sumisión que impide a los seres humanos elegir su camino y que los conduce a la ciega aceptación de la tiranía y la dominación que se afinca, precisamente, en esa pasión que maniata el espíritu libertario y que sigue prisionera de una forma de trascendentalismo. Y el miedo como una pasión positiva y racional que hace posible, en la perspectiva de Hobbes, la renuncia a un estado de peligrosidad y conflicto permanente que será reemplazado por un orden sustentado en la coerción y la renuncia al uso indiscriminado de la violencia; sin miedo a la anarquía social, sin miedo al más fuerte y a la muerte, sin miedo al conflicto y la violencia no sería imaginable el pasaje del estado de naturaleza al contrato fundacional.

Spinoza como abanderado de una tradición democrática afirmada en los principios de autonomía y libertad y que desnuda el fondo oscuro y represivo que se guarda en la producción intensiva del miedo social; Hobbes, pensador del poder y del Estado, genio fundador de un giro central en la filosofía política, destacará, con fuerza indeleble, la importancia decisiva del miedo como regulador de las prácticas políticas y sociales, como verdadero límite del orden, sea monárquico o republicano. Hacer una pesquisa en torno de la continua presencia del miedo en el pensamiento político moderno es indispensable para intentar comprender lo que sucede en nuestra actualidad, el modo cómo en torno de la “inseguridad” se movilizan los recursos materiales y simbólicos de una derecha que busca motorizar los “reflejos” regresivos instalados en nuestra sociedad.

2.

En las urbes contemporáneas, en especial en las tercermundistas, la pobreza, la exclusión, el desempleo y la fragmentación social son el caldo de cultivo para la proliferación de diversas formas de violencia urbana. Una profunda anomia sacude a esos territorios marginados, amplificando las causas y la multiplicación de las distintas formas delictivas, perturbando la “tranquilidad” de los sectores acomodados que sólo atinan a identificar su “miedo” a una inseguridad amorfa, oscura, producto de mundos autogenerados y habitados por individuos socialmente desechables, incorregibles y cuya peligrosidad sólo puede ser combatida con mano dura y leyes a la altura de la “emergencia nacional”. Desde siempre, las clases acomodadas han transferido sus responsabilidades proyectando la idea de un “mal endémico” en la existencia “natural” de la pobreza, convirtiendo al pobre en un delincuente en potencia y borrando las huellas que comprometen a un sistema de exclusión e injusticia del que son sus usufructuarios.

La sobreexposición mediática de fenómenos de violencia e inseguridad apunta a debilitar las acciones que tiendan a buscar caminos alternativos a los de la mera represión pero, fundamentalmente, buscan solidificar el miedo en las capas medias, amplificando su deseo de mayor control y punición, al mismo tiempo que van profundizando las marcas del prejuicio y el racismo allí donde casi siempre la violencia y la inseguridad son consecuencia, según ese relato hegemónico, del vandalismo de los sumergidos, de los habitantes de esas “ciudades del terror” que se multiplican alrededor de los barrios “decentes”.

No casualmente se entrelaza un discurso obsesivo, machacador, que viene de los medios masivos, con el aumento del miedo en las clases medias, hasta confluir con el reclamo de mayor represión y menos garantismo jurídico que suele estar siempre representado, en el imaginario colectivo, por políticas de derecha que se instituyen en portadoras de “lo que quiere la gente” frente a gobiernos pasivos, en el mejor de los casos, o cómplices de la delincuencia. Esa sobreexposición mediática constituye uno de los modos de multiplicar la sujeción social y de contrarrestar cualquier proyecto de transformación de un sistema de injusticias que es la base de la anomia y la violencia, apuntando a consolidar una sociedad fragmentada, atravesada por el prejuicio, angustiada por el miedo y disponible para políticas de coerción que cuajan perfectamente con el odio de clase y la lógica racista tan al alcance de la mano cuando lo que domina socialmente es el miedo. Y, siempre vale la pena aclararlo, la que suele ganar con estos discursos atemorizantes es la derecha, que ha sabido apropiarse de los recursos simbólicos desplegados por la máquina comunicacional, una máquina que se ha convertido en la usina productora de esos mismos discursos que multiplican los efectos del miedo y del prejuicio.

3.

A la derecha ya no hay que ir a buscarla sólo a las zonas dominadas por la moralina, ella ya no mora en las habitaciones oscuras de esas casas semiderruidas que apenas si son testigos de otra época en la que la voz del Gran Inquisidor imperaba recordando los horribles fuegos del infierno. A la derecha que ejerce el poder económico y político, no a los restos retóricos de personajes antediluvianos, no le interesa la cuestión moral ni la defensa de venerables tradiciones; lo que le importa es captar los reflejos espontáneos de la gente, apropiarse de sus secretos más íntimos y sus prejuicios no siempre expresados pero intactos en sus deseos. Y será tarea de los medios de comunicación explotar esa cantera de símbolos, miedos y deseos, movilizándolos a favor de nuevos lenguajes que van penetrando intersticialmente la cotidianidad social hasta redefinir las condiciones del entramado cultural político que está en la base de la actual gramática de la dominación.


A mayor embrutecimiento, más arraigada esa “nueva derecha” que hoy habita las calles de nuestras ciudades y las zonas perversas “liberadas” por los dueños de la información y su circulación. Esa derecha se ve reflejada en el discurso periodístico que domina las rotativas y los canales de televisión, de un periodismo que no ha dejado de ser cómplice de los dueños del poder, tanto en épocas dictatoriales como democráticas. Sus espasmos histéricos y amarillistas para abordar la realidad, sus groseras simplificaciones, sus exacerbaciones al servicio de esa otra derecha efectivamente activa en los nudos del poder económico y político, de esa derecha que ha financiado desde siempre el lenguaje falaz, mezquino y empobrecedor de esos mismos medios que suelen desgarrarse las vestiduras ante cualquier censura a la “libertad de expresión”, ante cualquier fijación de límites a una impudicia arrolladora que invade la vida de los argentinos.

Afirmar que un significativo sector de la sociedad actúa de acuerdo a lo que se puede llamar una visión de derecha, que en sus prácticas se manifiestan actitudes autoritarias, que el sesgo de sus valores es el producto del individualismo más feroz y la lógica del mercado, constata una realidad favorecida desde los medios de comunicación y replicada sin agregarle ni una coma por el universo de los lenguajes políticos, especialmente de aquellos que tienden a elaborar sus intervenciones públicas asociándose a lo que “siente el ciudadano común y corriente”. La derecha política ha sabido aprovechar esas señales que vienen de la calle, ha buscado apropiarse del malestar de la clase media multiplicando los reclamos de represión. La idea que domina ese discurso es la de la vigilancia y la limitación de las libertades ampliando las funciones policiales, convirtiendo a la policía en mucho más que una fuerza de prevención o en un instrumento de control bien regulado por el Estado; la ilusión de la derecha es acotar los movimientos de los ciudadanos, forjar fronteras que impidan a los pobres ocupar esos espacios que les han sido vedados. Esa derecha se ha puesto en movimiento frente a un gobierno al que identifica como heredero del populismo de izquierda, verdadera bestia negra que hoy representa a sus ojos lo más próximo a la pérdida de sus privilegios asociado con un proceso que llevaría a la Argentina hacia la revolución social. Kirchner ha sido (y ahora lo es Cristina), a los ojos de esa derecha, el Kerenski argentino, aquel que deja abiertas las puertas para que la negrada subalterna se derrame sobre una sociedad atemorizada.

Esa derecha sabe que no existe ningún puente entre las intenciones kirchneristas y los sueños trasnochados de la izquierda revolucionaria; pero lo que le interesa es debilitar un proyecto que aspira, en el mejor de los casos, a devolver cierta equidad a la sociedad y a recuperar algo de lo que otrora representó un Estado de bienestar. La derecha ideológica sabe muy bien que nada a favor de la corriente de esa otra derecha capilar que actúa de acuerdo a los miedos y a los prejuicios, que ha plegado cualquier bandera asociada a la solidaridad para atrincherarse en la defensa histérica de sus propios bienes. El miedo es, hoy, un aliado inmejorable para profundizar el giro hacia la derecha, para apuntalar una sociedad de la vigilancia y el castigo que privilegie la seguridad a la justicia, la intervención policial al mejoramiento de las condiciones de vida. La derecha sabe qué exigir porque ha logrado captar el alma de gran parte de la sociedad, ha sabido trabajar en sus zonas más oscuras, mutando la vergüenza ante esos sentimientos por su reivindicación pública.

Mirar el mundo desde el miedo es lo peor que le puede suceder a una sociedad, es el punto de partida de inéditas formas de violencia, la condición de posibilidad de su aceptación. La derecha, desde siempre, ha sabido trabajar con el miedo, entiende la escena que se configura a partir de ese sentimiento apasionado, terrible que, como sabía Spinoza, es absolutamente negativo, pero que constituye el humus de todos los discursos de la vigilancia, la punición y la infantilización de la sociedad. Tener miedo abona el terreno para la consolidación de sentimientos cuyo principal agente de vehiculización fue y es la derecha. Lo inédito, tal vez, es que junto al miedo se manifiesta el dominio abrumador de prácticas articuladas alrededor de la industria del espectáculo, del ocio y de la amplificación de mundos artificiales prometedores de paraísos para todos los que logren permanecer de este lado de la línea. La retórica de la derecha puede apelar a motivos que antes parecían provenir de otras alternativas: la realización personal, el disfrute de la vida, el cuidado del cuerpo, el goce sensual, la despreocupación por el mañana para afincarse en el puro presente. En el imaginario de las clases medias y de los sectores populares que han logrado sustraerse a la marginalidad, la pérdida de algunas de estas dimensiones de la vida cotidiana representa, a sus ojos alarmados, el horror de la pobreza, ese deslizamiento hacia la oscuridad de una indigencia cuyo fantasma aterroriza las noches de la gente decente. En esas zonas vulnerables, la derecha seguirá proliferando, encontrará, como hasta ahora, las correspondencias imprescindibles desde las cuales multiplicar el dominio de su propia visión del mundo.
 
Por, Ricardo Forster , Doctor en Filosofía. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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Miércoles, 26 Agosto 2009 06:23

De músicos, animales y políticos

Escribo desde Colombia donde reina un señor que es una mezcla de señor feudal (tradición, familia y propiedad), con monseñor católico (él es dios y exige fe del pueblo), con el héroe telenovelero (dice tanto que nos ama que se lo terminamos creyendo)..., desde este reino más cerca de los Estados Unidos que de América del Sur...

En esta tierra es donde Juanes cree que “la música es paz” y no política...

En este país cuya campaña marca país es “Colombia es pasión”, donde las reinas tienen que ser vírgenes para participar en el reinado nacional de belleza, seleccionado por encuesta nacional como el evento cultural de Colombia... Y estas mismas mujeres, como la mayoría de las bellas colombianas (¡eso dicen los periodistas!), para sobrevivir deben adornar su cuerpo de silicona y coquetería... y esto no es realismo mágico sino cuento televisivo llamado Sin tetas no hay paraíso.

En esta patria famosa por el narco, el narco es parte de la vida cotidiana, vive a fondo y nos enseñó que “goza con todo mientras puedas porque morirás pronto...” y esto es la narcoestética que contamos con orgullo de seriado llamado El cartel de los sapos.

Pero no todo es reinas y narco, pasan más cosas alucinantes, casi de realismo mágico: Juanes el de “La camisa negra” y “A Dios le pido” de pronto y sin tener ideología se vuelve comunista... y las palomas y los hipopótamos sin saber cómo devienen terroristas...

Los músicos también son políticos

Juanes cree que “la música es paz” y no política... Juanes pensó que la música no tiene política, que “la música es paz”... y no es así: la música es política desde siempre. Pensar que la música es una no-ideología es una ingenuidad.

Y esa ingenuidad la pagará Juanes ante la sevicia del odio de los cubanos de Miami. Ellos, además de acusarlo de “rata soez”, lo boicotean como cantante y con un martillo (pero sin hoz) destruyen sus canciones. Y obvio, a los colombianos nos parece que eso está mal, muy mal... ¡qué chiquitos de cabeza esos cubanos de Miami!, pensamos. La ingenuidad de Juanes que lo llevó a pasar de “militarista de derecha” a “esbirro castrista”.

Pero llegando aquí, los seguidores de Juanes, que son los mismos que aman al señor Uribe, que se llaman a sí mismos “los buenos de este país”..., esos mismos usan las mismas tácticas de odio y agresión de los cubanos de Miami para con Chávez/Venezuela, Piedad/Colombia y Correa/Ecuador. Todo parece indicar que en el odio todos nos parecemos: somos primarios, queremos imponer nuestros prejuicios y buscamos desaparecer al otro.

Los animales también son políticos

Y nos contó la escritora colombiana Carolina Sanín que en la fábula los animales hablaban como hombres y servían para educar a los humanos, que las prácticas de caza servían de rituales para educar en el poder y en la guerra. O sea, que nos educamos vía los animales: para los pobres son representación de los humanos (¡brutos los pobres que creen que los animales hablan y parecen humanos!) mientras para los ricos los animales son entrenamiento en el ritual de la guerra (¡no hablan, mueren!). El asunto es que ya no estamos en épocas medievales ni nada que se le parezca, pero los animales siguen ins/cribiendo las historias de la identidad.

Colombia y su política es comedia animal. Las historias de la paloma y el hipopótamo son historias ejemplares de la guerra (ver: http://www.lasillavacia.com/elblogueo/rinconmagrini/la-paloma-y-el-hipopotamo-terrorista). Hace poco tuvimos una historia alu-ci-nan-te, una paloma mensaje fue presentada como terrorista. Su delito: llevaba celulares a una cárcel de máxima seguridad. Y salió fotografiada como criminal. Y las cámaras la grababan y ella no sabía bien qué pasaba. Faltó un periodista que la entrevistara. (¡No sabemos, pudo pasar!) Pero no bastaba con una paloma, se necesita algo más fuerte y espeluznante: un hipopótamo que fue propiedad del narcotraficante Pablo Escobar, que ante el abandono estatal del zoológico del capo, escapó y se fue de rumba por el río grande de Colombia, el Magdalena. La gente lo veía de vez en vez y lo soportaba y se había convertido en leyenda. Pero llegó la autoridad ambiental de Colombia y decidió que debería morir por “razones ambientales”. El ejército fue y lo masacró. Luego posaron con el hipopótamo muerto. Y se publicó la foto del hipopótamo asesinado por atentar contra la seguridad ambiental (ver: http://www.caracoltv.com/noticias/nacion/articulo145534-muerte-de-hipopotamo-escapo-de-napoles-fue-justificada). Lo curioso es que después el hipopótamo fue descuartizado y sus pedazos viajaron a diversos coleccionistas... del mundo. Lo paradójico es que Pablo Escobar, el capo muerto, y ahora su hipopótamo, fueron fotografiados de la misma manera, como trofeos del triunfo del bien militar.

Ya no presentamos niños, jóvenes, mujeres, paras, narcos, guerrillas como criminales..., ahora es el turno de los animales. Paloma terrorista. Hipopótamo que atenta contra la seguridad ambiental. Y los presentadores de televisión sonríen y los periodistas celebran y todos felices. ¡Hay noticia! ¿Qué estarán pensando la paloma terrorista y el hipopótamo antiecológico de nosotros los colombianos? ¡Que somos unos bárbaros! Todo en nombre de la seguridad... mediática.

Final feliz

Ya García Márquez nos alucinó por siempre. Tanto que cada vez más creo que el realismo mágico inventó el narco... Pareciera que los políticos, los gobiernos, los militares, los narcos, las reinas, Juanes actuaran un guión de realismo mágico. Tal vez por eso hay que aborrecer a las FARC, los paras y los corruptos porque ellos no se inspiran en García Márquez; su realismo no es mágico, es trágico, doloroso. Por eso gozamos tanto a las reinas, a Juanes y a los narcos, por su poder “mágico”.

Y es que es muy “mágico” que un cantante popular crea que no hace política con su música... y que una paloma sea terrorista... y que un hipopótamo sea antiecológico. Pero no nos alucina porque son muy nuestras. La verdad es que estas noticias, que parecen banales, sí retratan nuestra sociedad de la banalidad, los odios fáciles y los seriales de lo espantoso. Y de eso vivimos los medios. Ahí es donde los medios de comunicación gozamos: no hay qué pensar, sólo informar, la gente hablará y todos seremos felices por un ratico viendo cómo este mundo está tan loco. La banalidad grotesca encanta a los medios y a los periodistas y a nosotros los ciudadanos comunes. Así vivir y ser periodista en Colombia es una fiesta. Todo es para reír. Y esa es la clave de los medios en nuestros tiempo: hacer reír o en su defecto suspirar, para pensar no queda tiempo ni medios.

Por Omar Rincón*
Desde Santafé de Bogotá

* Profesor asociado e investigador de la Universidad de los Andes, Colombia.
 

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Noviembre 14 de 2008. La luz matutina vence la noche. El frío capitalino penetra las carnes de los madrugadores, que, protegidos con sacos, tratan de burlarlo. William Javier es uno de ellos. Todos los días del calendario escolar, a eso de las 4:30 de la madrugada, está en pie, alistándose para tomar un bus que lo lleve al colegio, donde se encuentra con chicos y chicas de grados séptimo y octavo a quienes imparte la materia de sociales.

Como cualquiera de esos días, este viernes, lo mismo que desde hace dos años –cuando fue incorporado como docente provisional–, se dirige a su puesto de trabajo, esta vez en el colegio Saludcoop, barrio Patio Bonito, localidad de Kennedy, en Bogotá. La alegría de su labor le brinda la energía necesaria para enfrentar el frío y la soledad de las calles. Por su mente pasa el contenido de la materia que compartirá con sus alumnos. No puede imaginarse lo que le espera alrededor de su trabajo.

La clase comienza a las 6:30 a.m. El reloj marca las 6, y Javier Díaz Ramírez ya está dentro de las instalaciones educativas. Organiza sus notas y se concentra en su labor, detalle que despista a los agentes de inteligencia que, apostados en las afueras del establecimiento, no lo detectan. Cierto. No lo esperaban tan pronto.

El reloj prosigue su ritmo monótono. Faltan 15 minutos para empezar la clase. Afuera se escucha un murmullo de voces. Forcejean por ingresar al centro de estudios. ¡Es un allanamiento! La orden no aparece. Dos agentes, mujer y hombre, exigen que los dejen entrar y llevar a cabo su misión. Luego se sabrá que la responsable del operativo era la oficial Sandra Patricia Suárez.

¡No puede ser! No hay orden. En Colombia ya se conoce eso. Operativos fantasma, luego de los cuales la víctima no aparece. Las directivas del colegio no permiten que aquí suceda tan dolorosa situación. Exigen la orden judicial.

Las voces crecen en tono. Entre los alumnos hay un murmullo: no podemos dejar llevar al profesor. Las preguntas van y vienen. Javier no se niega a cumplir con la ley pero también demanda ese papel que certifica que su libertad estará reducida al estrecho límite de un calabozo y luego de una celda, en lugar todavía no precisado.

Espera. En la sala de profesores atiende preguntas y organiza pormenores. Les explica a los alumnos la situación, y luego de unos minutos, les anima a que protesten, a que denuncien la persecución reinante en Colombia sobre los líderes sociales. A su alrededor, los noticieros que luego saldrían a relacionarlo, sin cumplir con su misión de verificar y precisar fuentes, con organizaciones armadas.

El expediente

Ese mismo día, una vez en la Fiscalía, Javier se entera de que hace parte de una prolongada investigación judicial en la cual se le sindica de ser miembro activo de la insurgencia. Allí, mientras por su pensamiento pasan las imágenes de lo incomprensible, verifica que hay más detenidos por igual sindicación. En horas de la madrugada también han privado de su libertad a Cristina Isabel Guzmán Martínez, Antonio López Epiayu, Hugo Giovanni Garzón Ilarión, Edison Javier Reyes Roa, Jaime Alberto Rueda Muñoz, John Freddy Cortés Novoa y María Antonia Espitia Barreto. Le cuentan, asimismo, que en Manizales ha sido capturado otro docente.

El expediente es el Nº 656356, abierto desde 2001. Por entonces, sin saberse, se investiga a todo aquel que hubiese visitado la zona de despeje del Caguán (Javier es uno de ellos) que, como se sabe, estaba autorizada por el Gobierno. Investigación cerrada en 2004 ante la ausencia de argumentos para continuarla.

Pero, ¡sorpresas da la vida, y en cacería de brujas todo vale! La denuncia que el 9 de septiembre hace la senadora Gina Parody sobre supuesta infiltración en las universidades de grupos al margen de la ley, desata de nuevo investigación y persecución, y la forma más fácil de concretarla es retomar viejos procesos, más aún cuando la política uribista criminaliza  a los estudiantes que pasen muchos años dentro de la universidad sin terminar sus estudios. Sospecha: si no los termina es porque se trata de un agitador. No caben otros razonamientos en ese tipo de mentes cerradas, alimentadas, por demás, con información oficial clasificada. Y dentro de ese tipo de estudiante clasifica Javier, atípico personaje que no solamente empieza sus estudios en una universidad (Nacional) sino que los termina en otra (Pedagógica).

Labor formativa y comunitaria

La educación no es solamente asistir a un aula cerrada. La educación no es un proceso de repetición de lecciones. No. Debe haber debate, investigación, proceso deliberativo y formativo de constructos propios. La gente debe tomar las riendas de su destino a partir del conocimiento de la historia. Así se expresaba William Javier, quien desde 1997, en unión con otros compañeros, le fue dando cuerpo al grupo Tjer y su propuesta de taller de formación estudiantil Raíces. Una especie de colectivo de formación permanente. Un espacio de encuentro público que llevó a cabo multitud de talleres, seminarios, foros y debates abiertos a la comunidad educativa. Y él, y ellos, siempre amplios, encontraron en las manos, el conocimiento y la voz de innumerables académicos el apoyo decidido y desinteresado para llevarlos a cabo. La comunidad recuerda con orgullo que por esas sesiones de discusión pública pasaron, entre algunos muchos, Ciro Roldán, Germán Meléndez, Darío Botero, Gabriel Restrepo, Rubén Jaramillo, Ramón Pérez Mantilla, Renán Vega, Lola Cendales, Frank Molano, Mercedes González, Guillermo Hoyos, Sergio de Zubiría, Damián Pachón, Eduardo Vásquez, Bruno Mazoldi, François Houtart, Francisco Gutiérrez, Margarita Victoria Gómez, Francesca Gargallo, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna.

Formando comunidad. Formando pensamiento libre. Así se concretaba esa concepción formativa de Javier, que luego de una década de estudios se hacía realidad en la amplitud y la agudeza de su pensamiento, y en la práctica de Tjer, que, sin levantar la voz, argumentaba, discernía, pensaba e invitaba a lo propio. Sin duda, involucrarlo en ese expediente, lleno de invenciones, es la forma de castigar su práctica libertaria.

La docencia debe ser testimonio y vida

Pero una vez vinculado a la docencia, William Javier no cesa en su labor. Allí persiste en su idea de vida. Cuando es vinculado como docente provisional, hace dos años, motiva a sus alumnos y compañeros de docencia para poner en práctica un discurso sobre los derechos humanos. De esa insistencia nace el Comité Red Eduardo Umaña Luna en la Localidad 8, que cuenta con el aval y el apoyo del respectivo Cadel de ese sector de la ciudad y de la Secretaría de Educación misma.

La memoria de esa práctica y ese anhelo de vida le brinda energía ahora para aguantar el encierro en las frías celdas de La Picota. Energía para soportar la burla que hacen los jueces de todos sus reclamos jurídicos, desde el acceso al expediente, en un comienzo negado a su abogado, pasando por el rechazo del Habeas Corpus, el recurso de reposición, y hasta la propia solicitud de custodia de la prueba, pues dicen que hay una USB donde está una supuesta hoja de vida suya (¡?), y un recurso de nulidad del proceso, presentado ante la evidencia de manipulación del ‘negocio’.

Ahora, en esa disputa por desmontar el expediente, la solidaridad de todos es el aire que permitirá proseguir con vida.


Publicado enEdición 142