Lunes, 03 Diciembre 2012 06:54

Después de Kioto, el abismo

 Después de Kioto, el abismo

El emirato de Catar acogió hace 11 años el inicio de las negociaciones para liberalizar el comercio mundial. La llamada Ronda de Doha fracaso después de ocupar años y años de negociaciones. El precedente planea sobre la 18 cumbre del clima, cuyo tramo ministerial comienza el lunes de nuevo en Doha. No es solo el mal augurio de que el país anfitrión sea el mayor emisor de CO2 por habitante del planeta, sino que las posiciones siguen estancadas. Ante eso, la única opción que queda es prorrogar el protocolo de Kioto -cuyo primer periodo de cumplimiento acaba a final de este año-, aunque se bajen de él Japón, Canadá y Rusia. Así, solo la UE y Australia quedarían con obligaciones vinculantes a la espera de que en 2015 mejore la economía, la concienciación ciudadana o se alineen los astros para firmar un nuevo acuerdo que entre en vigor en 2020 y que, esta vez sí, incluya a todo el mundo.


 
"Este año tendría que ser un año clave, un Rubicón, al terminar el primer periodo del protocolo de Kioto, pero va a quedar descafeinado", asume José Luis Blasco, socio de Cambio Climático de la consultora KPMG. En 2007, en la Cumbre de Bali, los más de 190 países que se reúnen bajo la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (UNFCCC, en sus siglas en inglés) acordaron que en 2009 tendrían un nuevo acuerdo que entraría en vigor en 2013 y que sustituiría a Kioto. Nada de eso ha funcionado. En Copenhague, en 2009, ni la presencia de todos los jefes de Estado desatascó la situación.


 
"Las acusaciones siguen siendo las mismas", añade Blasco. Los gigantes en desarrollo (China e India, principalmente, pero con el apoyo de Brasil y Sudáfrica) temen que les impongan un sistema de verificación de sus emisiones que destripe su economía, además piden más dinero y mayores objetivos de reducción de emisiones para los países desarrollados, especialmente a EEUU. Mientras, Washington insiste en que no puede moverse si no hay objetivos vinculantes para China e India. "Vemos el mismo debate desde 2009", resume Blasco. Bajo una negociación llena de documentos muy técnicos subyace una vieja pugna: ricos contra pobres.


 
La dificultad radica en que este no es un tratado de medio ambiente, ni siquiera sectorial -como el exitoso Protocolo de Montreal, que hace 25 años puso coto a la destrucción de la capa de ozono-. Las emisiones de CO2 tienen relación con el sector energético, la industria, el transporte, la agricultura, la deforestación...


Cada vez que una central térmica quema carbón en China o que un estadounidense arranca su coche emite CO2. Este gas, principal responsable del efecto invernadero, se acumula en la atmósfera y retiene parte del calor que emite la Tierra. Según la Organización Meteorológica Mundial, desde la Revolución Industrial, la humanidad ha emitido unos 375.000 millones de toneladas de CO2. Eso ha hecho que la concentración de CO2 en la atmósfera suba de 280 partes por millón a 390 actualmente. Y seguirá subiendo durante décadas. Nadie planea recortarlas drásticamente porque eso acabaría con la economía mundial.


 
El acuerdo alcanzado en Copenhage por todos los países es limitar el calentamiento a dos grados centígrados, para lo que hay que estabilizar la concentración en la atmósfera en 450 partes por millón. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, ya se notan en el continente alteraciones debido al cambio climático: como aumento de lluvias torrenciales en el norte y sequías en el sur y aumento de la frecuencia de las olas de calor.
 


Con la crisis económica, el clima ha pasado a un tercer plano, aunque cada vez hay más organismos que avisan del grave problema que afronta la humanidad si no se hace nada. El último fue el Banco Mundial, que en un informe calcula, de seguir así, a final de siglo la temperatura media subirá cuatro grados centígrados. Y que eso traerá un mundo "con olas de calor sin precedentes, severas sequías y grandes inundaciones en muchas regiones, con graves impactos en ecosistemas y sus servicios asociados”.


 
La principal esperanza es que en su segundo mandato, el presidente de EEUU, Barack Obama, sí que tome medidas para limitar las emisiones. La paradoja es que sin legislar, Estados Unidos ha reducido sus emisiones debido al auge del gas no convencional, que ha sustituido al carbón en la producción eléctrica. Aún así, EEUU aún dobla a la UE en emisiones per cápita.


 
Europa, tradicionalmente la región que más empuja en estas negociaciones, llega dividida. La crisis económica hace que ninguno de sus líderes -quizá solo François Hollande- tenga el calentamiento entre sus prioridades y Polonia veta cualquier intento por endurecer las normas europeas. Hace unos años se daba por seguro que Europa endurecería su objetivo de reducción de emisiones del 20% al 30% (en 2020 respecto a 1990), pero hoy parece inviable. Además, Bruselas ha tenido que retirar la directiva que obligaba a las aerolíneas por sus emisiones incluso aunque fuesen deun tercer país por el enfrentamiento con China e India y la amenaza de represalias comerciales.


La UE acepta ir a un segundo periodo del Protocolo de Kioto que cubra el periodo 2012-2020, pero hay graves discrepancias por solventar. El secretario de Estado de Cambio Climático, Federico Ramos, destaca el problema del llamado “aire caliente”. Se trata de millones de derechos de emisión asignados a los países de Europa del Este y que nunca usaron debido al desplome de la pesada e ineficiente industria soviética. Algunos países han hecho caja con esos derechos (como Polonia, a la que España le ha comprado CO2 para cumplir su parte), pero otros, como Rusia, aún esperan para venderlos.


 
El problema es que si esos millones de derechos de papel sirven para los próximos años la reducción de emisiones solo será virtual. “España piensa que hay que ser restrictivo en el arrastre de derechos, pero entendemos las posturas de ciertos países”, añade Ramos. “Si el mercado [de CO2] está inundado es difícil que merezca la pena reducir las emisiones”, añade el secretario de Estado, que a partir del miércoles estará en Doha acompañado por el ministro de Medio Ambiente, Miguel Arias Cañete.


 
Ese mercado inundado de derechos ya se da en la UE, por lo que la tonelada de CO2 está en mínimos (el viernes cerró a 6,65 euros, muy lejos de los aproximadamente 20 euros para los que se diseñó el sistema de compraventa.


 
España está entre los países que aceptan un segundo periodo de Kioto. “La primera fase ha sido útil, ha funcionado bien aunque podía haber funcionado mejor”, opina Ramos. Pero incluso aunque la UE acepte, su efectividad de una segunda parte es dudosa. Japón, Canadá y Rusia ya han anunciado que no se sumarán. Estados Unidos, que no llegó a ratificar el primer periodo, ni se lo plantea. El principal emisor del mundo, China, está considerado como un país en desarrollo y por lo tanto está exento. El resultado es que los países con objetivos vinculantes hasta 2020 solo sumarán el 15% de las emisiones mundiales (la UE, Australia, Noruega, Suiza y alguno más).
 


Una prórroga de Kioto permitiría al menos mantener los mecanismos de desarrollo limpio, el sistema que ha llevado miles de millones en tecnología limpia a los países en desarrollo para compensar las emisiones de los ricos. El mecanismo ha estado plagado de agujeros y de inversiones con un dudoso efecto sobre la atmósfera, pero los países consideran que desmontarlo empeoraría la situación.


 
Esos mecanismos son básicos para que los países en desarrollo acepten cualquier nuevo acuerdo, el que se debe acordar en 2015 –probablemente en París- para que entre en vigor en 2020. Pero para eso falta mucho.

 

Por Rafael Méndez Madrid 3 DIC 2012 - 00:57 CET

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Sábado, 01 Diciembre 2012 15:19

Una minga para el postdesarrollo

Una minga para el postdesarrollo

 

1era reimpresión 2013. Edición 2012. Formato: 17 x 24 cm.

P.V.P: $28.000  ISBN:978-958-8454-63-4

 

Reseña:

Con varias décadas de aplicación y vigencia, un discurso hegemónico, desprendido de los centros de pensamiento de las metrópolis dominantes, se impuso por doquier: para superar la pobreza y la desigualdad imperante en nuestros países, es indispensable encarar el desarrollo a la manera de los países erigidos como potencias mundiales.

Sin embargo, una evaluación de los programas económicos, sociales y de variada índole, implementados durante las últimas seis décadas por varios gobiernos de nuestra región tras este mito o nuevo “dorado”, demuestra el fracaso de esa lógica, y deja abierto un amplio debate sobre las experiencias, las vivencias y las opciones para equilibrar y consolidar sociedades, facilitando que en su interior se viva en felicidad, justicia, igualdad natural y/o armonía ambiental.

Desarrollo. Contra esa noción fantasmática y omnipresente embiste el presente libro de Arturo Escobar, aireando el tan necesario debate sobre las propuestas alternativas al modelo imperante y que ya muestra desgaste.

Los movimientos sociales y los medios constituidos por investigadores multidisciplinarios encontrarán en esta obra valiosos elementos de análisis, a modo de alimento para sus reflexiones y luces para sus acciones cotidianas, llamadas a contribuir al trabajo de cambio de una problemática que paulatinamente plantea, más exigentes desafíos.

 

Arturo Escobar (Manizales-Colombia 1952) Ingeniero químico, Universidad del Valle, Ph, en bioquímica y Doctor en Ciencias Sociales, Universidad de California,Berkely (1987). Entre sus especialidades figuran la ecología política y la antropología del desarrollo, los movimientos sociales y las nuevas tecnologías.Actualmente es catedrático Adjunto de Antropología de la Universidad de Massachusetts Amherst.

Entre sus obras: Más allá del Tercer Mundo.Globalización y diferencia (2005), El final salvaje.Naturaleza, cultura y política en la antropología contemporanea (1999), La invención del Tercer Mundo, construcción y deconstrucción del desarrollo (1996).

 

 

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Los países desarrollados cumplen Kioto pero no

ALAI AMLATINA, 22/11/2012.- Los países ricos cumplirán con el Protocolo de Kioto de acuerdo a los datos que reveló esta semana Naciones Unidas. Pero esto no quiere decir que hayan reducido sus emisiones, sino que el Protocolo tiene suficientes puertas de fuga como para que puedan cumplir con lo escrito, sin cumplir con la meta.

 

La Secretaría de la  Convención de Naciones Unidas sobre Cambio Climático ha publicado el pasado 16 de noviembre los datos sobre los inventarios nacionales de gases de efecto invernadero de los países “desarrollados” (listados en el Anexo 1 de la Convención) para el período 1990 – 2010(1). La recopilación de estos inventarios es el instrumento clave de Naciones Unidas para medir los avances y ulterior verificación del cumplimiento de las  metas fijadas para estos países en el Protocolo de Kioto.

 

De acuerdo a los datos correspondientes al año 2010, los países del Anexo 1 han reducido un 14% sus emisiones de gases de efecto invernadero respecto de  las que habían tenido en 1990. Si esta tendencia se mantiene, estos países habrán cumplido largamente con los compromisos de Kioto (que establece para estos países una reducción conjunta de 5,2%). Vale la pena resaltar que esto incluye a todos los países que firmaron el Protocolo de Kioto, incluido Estados Unidos aunque finalmente no haya sido ratificado por su Congreso.

 

Parecería que el Protocolo de Kioto ha sido un éxito y los países industrializados se han tomado en serio sus compromisos de reducción de emisiones. Pero este no es el resultado de los esfuerzos de los países, sino que es la consecuencia inevitable de las decisiones tomadas en Kioto en 1997 y en los años subsiguientes por la Convención de Cambio Climático, particularmente los Acuerdos de Marrakech del año 2001.

 

Es el resultado, entre otras cosas, de la posibilidad de evadir compromisos a través de los mercados de carbono, de la contabilización caprichosa y arbitraria del secuestro de carbono de los bosques y de la debacle económica de los países de la ex Unión Soviética (2).

 

Si tomamos en cuenta solamente a los países industrializados que no son economías en transición y consideramos solamente sus emisiones sin contabilizar el secuestro de carbono por los bosques, el resultado es muy distinto: en este caso se constata un aumento de las emisiones de 4,9%. Es decir, países como Estados Unidos, Australia, Canadá, han aumentado enormemente sus emisiones. Australia, por ejemplo, en un 30%.

 

El problema es que los países con economías en transición redujeron en un 40% sus emisiones como consecuencia de la caída de su economía y además presentan un secuestro de carbono en sus boques de más del 10%. Como consecuencia de ello, estos países muestran en su conjunto una reducción del 52,6% respecto de las emisiones que tuvieron en 1990. Esto hace que la suma conjunta de todos los países del Anexo 1 presente reducciones tan importantes.

 

El Protocolo de Kioto, por otra parte, les permite a estos países vender toda esa gran reducción de emisiones de las ex repúblicas soviéticas a los demás países industrializados y es lo que permitirá finalmente cumplir con los objetivos fijados en Kioto. En consecuencia, esto no demuestra tanto que el mundo está mejorando su performance ambiental, como la habilidad de los negociadores en la Convención para encontrar vías de escape a compromisos verdaderos. Entre los pliegues de la multitud de textos que construyen el andamiaje jurídico de la Convención se esconden todas las trampas necesarias para que todo siga como está.

 

Esta es una reflexión importante de hacer, en este momento en que está a punto de comenzar una nueva “ronda de negociaciones” en Qatar. Se espera que este sea el primer paso de una larga cadena de reuniones que deberá llegar al 2015 con un nuevo acuerdo vinculante para todas las partes.

 

Nuevos pliegues se están construyendo en los nuevos textos para seguir trampeándole al mundo la posibilidad de estabilizar el clima. Entre ellos nuevos mecanismos de mercado, nuevas formas de agregar secuestro de carbono en bosques, nuevas tecnologías para capturar carbono, y un largo etcétera.

 

Y en esto no están solos los países industrializados. También hay muchos intereses en juego (y muchos expertos negociadores) entre los países llamados “en desarrollo”. Estos compiten entre sí a ver quién se puede quedar con la mejor parte de la futura torta del Mecanismo de Desarrollo Limpio, o con los dólares que vendrán de nuevas formas de conservar el carbono de los bosques (REDD+), o con las compensaciones que les correspondan por ver reducida su posibilidad de exportar petróleo o productos agrícolas con alto contenido de carbono.

 

Nadie es inocente en este juego. Cada uno agrega su “pliegue” al entramado loco e incomprensible de los acuerdos en debate que tiene como meta comenzar a implementarse en 2020, una fecha excesivamente tardía para la urgencia climática.

 

Este es el contexto de la COP 18 que comienza el próximo 26 de noviembre en Qatar. Un primer paso en un largo camino que nos llevará, en el mejor de los casos, a un acuerdo tardío, incomprensible e inútil. Como el Protocolo de Kioto.

 

Por Gerardo Honty es Analista de CLAES, Centro Latinoamericano de Ecología Social

Notas:
(1) Documento FCCC/SBI/2012/31, disponible en inglés en www.unfccc.int
(2) Véase “Todo por el hot air" en http://www.energiasur.com/cambioclimatico/HontyTodoPorElHotAir-26-11-2010.htm).

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Estudio advierte sobre extinción del café para fines de este siglo


Levantarse por la mañana, y recibir el tan necesario “empujón” de la cafeína en el desayuno puede llegar a convertirse en un lujo, o incluso en una quimera, a finales de este siglo debido al efecto que el cambio climático podría tener en el cultivo de la variedad más común de arbusto productor de café, el cafeto arábigo.


 
Esa es la advertencia que se desprende de un reciente estudio realizado por investigadores británicos y etíopes, para los cuales el 70% de la producción mundial de café podría verse erradicada para el año 2080.


 
El equipo de investigadores se centró en el modo en que el cambio climático podría llegar a transformar los suelos en los que se cultiva esta planta, de modo que se volvieran improductivos, ya que este arbusto es muy vulnerable a los cambios de temperatura, así como a otros peligros como las plagas y las enfermedades.


 
Según el mejor escenario predicho por este estudio, la reducción de tierras adecuadas para el cultivo del café arábica podría ser del 38% en el año 2080. Las peores predicciones se elevan hasta el 90 e incluso hasta el 100%.
 


Las conclusiones son demoledoras: “existe un alto riesgo de extinción”. Obviamente la economía de muchos países productores, como Etiopía, Colombia y Brasil podría verse enormemente afectada si la predicción es correcta.


 
La mayor parte del café que consumimos es de la variedad arábica, muy apreciado por su diversidad genética y por crecer muy bien entre los 18 y 21ºC de temperatura. Eleva un poquito la temperatura sobre este intervalo y la planta madurará demasiado deprisa (lo cual afecta al sabor) o crecerá demasiado despacio.


 
Y lo peor es que los científicos creen que sus predicciones son incluso optimistas, porque no han tenido en cuenta peligros como la deforestación que sufren las áreas donde se cultiva, que es lo que está pasando en los bosques elevados de Etiopía y del sur de Sudán.


 
Por eso mismo, los botánicos urgen a tomar medidas desde ya para proteger esos lugares “clave”.

 

20 Noviembre 2012


 
(Con información de Cuaderno de Ciencias)

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Martes, 20 Noviembre 2012 11:39

Cuarenta años de deterioro acelerado

Finaliza 2012 y llama la atención la frialdad con que se conmemoraron los 40 años de la publicación del libro Los límites del crecimiento, que en su momento suscribieron Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jorgen Randers y William W. Behrems. El libro, que se puede considerar la obra fundante del ambientalismo moderno, se escribió por iniciativa del llamado Club de Roma, que se había creado tan solo dos años antes y que, liderado por Aurelio Peccei, ejecutivo de la Fiat, había solicitado un estudio a ese grupo de científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (más conocido como MIT, sigla inglesa), en el que se debían considerar en forma conjunta y dinámica el crecimiento de la población, la producción industrial y agrícola, la contaminación y las reservas de algunos recursos no renovables.

Los resultados del informe, poco halagüeños, se convirtieron prontamente en uno de los hitos más importantes del mundo académico y político, y dieron lugar al desarrollo acelerado de investigaciones sobre las consecuencias de la intensidad del uso de los recursos naturales de nuestro planeta, así como a las controversias más acerbas sobre la exactitud de las predicciones.

Los argumentos, ciertamente, no surgían de la nada, pues el entorno económico y social era propicio para generar las dudas que empezaban a presentarse sobre la sostenibilidad de un sistema como el capitalismo, cuyo signo de salud es precisamente el crecimiento permanente. El comienzo de la declinación de la producción norteamericana de petróleo, en 1970, pronosticada por Marion King Hubbert desde la década de los 50, fue el campanazo de alerta acerca de la posibilidad real de agotamiento de los recursos no renovables, que en el caso del petróleo, además, ya se veía como el sostén del sistema.

La supresión de la convertibilidad del dólar en oro, en 1971, junto con la crisis petrolera de 1973, marcaban el fin de la etapa del bienestar y el inicio de una crisis de largo plazo (ciclo Kondratiev, la llaman los economistas), que, lejos de dar muestras de finalizar en nuestros días, parece agudizarse luego de 40 años violentos.

 

¿Quiénes son los preocupados?

 

En 1962 se publicaba la Primavera silenciosa, de Rachel Carson, sobre los efectos de los pesticidas en la cadena trófica; La bomba poblacional, de Paul Ehrlich, veía la luz en 1969 y advertía sobre la amenaza del crecimiento poblacional en un planeta finito, y en 19070 Nicholas Georgescu-Roegen daba a la imprenta La ley de la entropía y el crecimiento económico, en el cual llamaba la atención sobre la flecha del tiempo en el proceso productivo y el mito de la eternidad de la especie humana.

Como el trabajo de Erlich fue patrocinado por el Club Sierra, al que algunos señalan de haber sido amigo de la eugenesia en sus orígenes (su fundador, John Muir, fue el propulsor de la creación de los parques nacionales en Estados Unidos), y Aurelio Peccei y Maurice Strong, dos de los iniciadores del Club de Roma, eran empresarios de la industria automovilística y del petróleo, respectivamente (y al parecer íntimos del círculo de los Rockefeller), se ha especulado sobre esa base que los preceptos ambientales no son más que cortinas de humo que tapan intereses ocultos.

Sin embargo, no debiera parecer extraño que entre los iniciadores del Club de Roma hayan estado industriales directamente interesados en la suerte de un recurso que, como el petróleo, en ese momento, empezaba a centrar la atención por lo limitado de sus existencias, pues el tipo de motivaciones para tal interés no invalida, ni mucho menos, las pruebas y las inquietudes sobre su agotabilidad. Como tampoco debe parecer extraño que a los verdaderos dueños del mundo les preocupara el estado de lo que ellos consideran que les pertenece.

Hoy es difícil dudar de que entramos en la era del petróleo difícil y que su extracción es cada vez más costosa (la Agencia Internacional de la Energía, en su Panorama de 2010, afirmaba que en 2006 se alcanzó el pico histórico del petróleo convencional), como tampoco de que los combustibles fósiles no convencionales –como es el caso del gas de esquisto, que se promueve como la última panacea energética– son igualmente costosos tanto ambiental como monetariamente.

Si las circunstancias de la fundación del Club de Roma se pueden homologar a la situación que usa como recurso literario la activista Susan George en el Informe Lugano, y en la que una logia de poderosos del planeta busca a un grupo de científicos para que les planteen soluciones hacia la preservación del capitalismo, en las que no debe interferir valor moral alguno, no es algo relevante, pues lo que en realidad debe preocuparnos son las consecuencias de los cambios reales en los ciclos de la naturaleza, y entender que las soluciones son un problema de la política y nos corresponde atajar cualquier salida por la vía totalitaria. Si el calentamiento global, por ejemplo, es uno de los efectos de la quema masiva y creciente de combustibles fósiles, debemos denunciar los mercados verdes y promover iniciativas como la “dieta de la cien millas” (o 60 kilómetros), en la que la gente se niega a consumir alimentos que sean trasportados a distancias mayores, impulsando los consumos locales y la soberanía alimentaria.

El proceso de aceptación oficial de la problemática del calentamiento global debe dejarnos lecciones acerca de cómo se maneja la información sobre asuntos en los que la humanidad se juega la vida. El año 1995 representa el punto de quiebre de la visión sobre la problemática, pues hasta ese año las discusiones sobre la naturaleza y los ritmos de los procesos seguían abiertas. Al finalizar ese año, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) acepta que hay una elevación de la temperatura inducida por la actividad humana. Sin embargo, la aceptación no fue ajena al escándalo, ya que el redactor del informe, Benjamín J. Santer, fue acusado de alterarlo para favorecer la percepción de que en el calentamiento global había incidencia antrópica. Sin embargo, el IPCC también ha sido acusado de lo contrario, y el climatólogo James Hansen sostiene que ese Centro maquilla las cifras para ocultar que la elevación del nivel del mar se prevé muy superior y cubrirá buena parte de las tierras costeras bajas hoy habitadas. En julio de este año, el científico Richard Muller, profesor de la Universidad de California, y uno de los principales escépticos, se declaraba converso y aceptaba la realidad del calentamiento global, así como las causas humanas del fenómeno.

Sea como fuere, lo cierto es que actualmente, por la variabilidad ambiental debida al cambio climático o porque muchas personas se ven obligadas a ocupar lugares vulnerables, los desplazados por fenómenos naturales superan a los motivados por conflictos armados, y es en esos aspectos donde debemos centrar nuestra atención. El profesor de la Universidad de Oxford Norman Myers, reconocida autoridad en el tema, estima que para 2050 el número de desplazados ambientales puede subir a 200 millones de personas, por vientos, lluvias, sequías o inundaciones, multiplicando por 10 la cifra actual de desplazamiento; y, como ya lo sabemos, la mayoría de esas personas pertenecen a los grupos subordinados.

 

¿Qué ha pasado en el entretanto?

 

La población mundial en 1972, año de publicación del informe del Club de Roma, se estimó en 3.800 millones, mientras que hoy supera los 7.000 millones, poco menos que el doble. El PIB mundial de ese año se calculó cercano a los 17 billones (millones de millones), mientras que hoy se considera que está alrededor de los 70 billones. Ahora, ¿es creíble que, siendo “no renovable” buena parte de los recursos naturales usados en la producción, el proceso de crecimiento ser pueda mantener indefinidamente?

Es cierto que la tecnología permite hoy explotar materiales antes inalcanzables, y que las diferencias entre reservas (alcanzables tecnológica y económicamente) y recursos (material del que se conoce o infiere técnicamente su existencia pero que no es explotable por restricciones tecnológicas o económicas) ha ampliado el margen del agotamiento de muchos minerales. Pero eso no niega los impactos de los residuos, la alteración de los ciclos naturales que esto conlleva, y sus efectos económicos y sociales.

El modelo agrícola que hemos implantado es intensivo en petróleo y agua, dos recursos cada vez más escasos; los pesticidas y los fertilizantes son derivados del petróleo o el gas; el arado mecánico depende del gasóleo; e igualmente el empaquetado y el transporte de distribución del producto. El consumo actual de agua ya alcanza el 54 por ciento del total disponible en ríos, lagos y acuíferos subterráneos, y, al ritmo de crecimiento actual, en 25 años los seres humanos pueden estar utilizando el 90 por ciento del total, dejando apenas un 10 por ciento para las demás especies. Del total extraído para el consumo de los humanos, el 69 por ciento se destina a la agricultura; para la industria se usa el 23, y el consumo doméstico se reduce a cerca del 8 por ciento.

El uso intensivo de la tierra y las alteraciones del clima se han juntado para que actualmente alrededor de un tercio de la superficie terrestre (4.000 millones de hectáreas aproximadamente) se encuentre amenazada por la desertificación, y cerca de 24.000 millones toneladas de tierra fértil sean arrastradas y desparezcan. El 66 por ciento del continente africano puede considerarse árido o desértico, siendo la región donde más desplazados se presentan por este fenómeno. En Asia, al menos 2.000 millones de hectáreas son de tierras secas, y en América latina, pese a las apariencias, al menos el 25 por ciento del área se puede considerar tierra árida o desértica.

El mundo ha seguido concentrando la población en las ciudades, y de 1.400 millones de urbanitas en 1972 se pasó a más de 3.500 millones en la actualidad. La otra cara de ese proceso es la cada vez mayor concentración de las tierras rurales en pocas manos, incluso en los países del centro capitalista, hasta el punto de que hoy los expertos hablan, por ejemplo, de la relatifundización de Europa. En Alemania, para citar un caso, entre 2003 y 2007, 45.000 explotaciones campesinas fueron anexadas a propiedades mayores, y los predios de más de 100 hectáreas suman el 52 por ciento del área. En las regiones de lo que fue Alemania Oriental, el 73 por ciento del área está concentrada en propiedades de más de 500 hectáreas.

El Grupo de Alto Nivel de Expertos en Seguridad Alimentaria y Nutrición (HLPE, sigla inglesa), calcula que entre 50 y 80 millones de hectáreas de tierras agrícolas de países en vías de desarrollo han sido adquiridas por inversionistas extranjeros. José Graziano da Silva, director general de la FAO, y Suma Chakrabarti, presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, publicaron el 6 de septiembre pasado un artículo en The Wall Street Journal en el que invitan al sector privado a duplicar las inversiones en acaparamiento de tierras, y asimismo a los Estados a desmontar las políticas de protección del sector campesino, en una muestra de la ofensiva que el capital multilateral ha lanzado sobre la propiedad rural, y la ‘necesidad’ manifiesta de su concentración.

 

Nuevos vientos

 

El Club de Roma, como homenaje a los 40 años de la publicación de Los límites del crecimiento, daba a conocer un nuevo diagnóstico que tituló “2052: una proyección para los próximos 40 años”, firmada por Jorgen Randers, coautor de la investigación de 1972, y en el que se afirma que, si bien la humanidad empieza a adaptarse a los límites del planeta, parece hacerlo a un ritmo muy lento. También se pronostica un estancamiento de las economías que hoy se consideran desarrolladas, y se estima que en ese año el número de pobres será de tres millones, dándoles un golpe a las previsiones de los llamados Objetivos del Milenio de la ONU. Se proyecta un tope de la población de 8.000 millones, que se alcanzaría en la década del 40 de este siglo, por lo cual la pobreza pronosticada sería del 37,5 por ciento de la población: una predicción nada extraña si se comprende la naturaleza del capitalismo. La recepción del texto, a diferencia de la que recibió el informe de hace 40 años, ha sido parca, pues los pronósticos expuestos compiten en un mar de informaciones y análisis prospectivos especializados que hacen ver gris lo publicado.

El capital ha ingresado en una etapa de neorrentismo que empieza a alterar lentamente las lógicas sociales. Y no se trata de que la producción física de mercancías haya dejado de ser la base material que sustenta la sociedad sino de que los mecanismos de distribución de excedentes parecen favorecer cada vez más a los titulares de activos “no productivos”, en lo que pudiera ser una muestra de excesos de capital en el sector real que invitaría a su destrucción.

La preocupación por lo ambiental, tanto de los empresarios como de las entidades multilaterales, no tiene que obedecer a una inquietud por la especie humana en general sino que seguramente está dictada por lo que en el subtítulo del Informe Lugano, Susan George atribuye a los imaginarios destinatarios del mismo: “cómo preservar el capitalismo en el siglo XXI”. No hay que buscar, entonces, en ninguna conspiración tal interés, pero resulta necesario hurgar en las soluciones que se esconden.

Darles una salida violenta a las crisis es algo que experimentó la humanidad por doble partida en el siglo XX. ¿Por qué extrañarnos y mirar con desconfianza y asombro a quienes temen una salida similar en la actual coyuntura? La crisis civilizatoria que enfrentamos, y de la cual lo ambiental es una de sus dimensiones, obliga a los movimientos progresistas a tomar más en serio la indiscutible conexión entre política y ecología, e igualmente a recordar que llevamos 40 años de progresivo deterioro social, que se hace necesario detener conjuntamente con los efectos físicos de la depredadora lógica social que nos domina.

Publicado enEdición N°186
La energía de mañana: detener el consumo de petróleo hoy

ALAI AMLATINA, 16/11/2012.- La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha lanzando un desafío impactante y dos advertencias angustiosas: dos tercios de las reservas de combustibles fósiles deben mantenerse bajo tierra si se quiere evitar el cambio climático, el sector energético duplicará su consumo de agua dulce en los próximos 20 años y los pobres seguirán sin energía.

 

Estos dichos aparecen en el reporte Prospectiva Mundial de Energía que acaba de lanzar la AIE. No sólo sus contenidos son impactantes por dejar al desnudo la gravedad de los problemas actuales, sino que tampoco debe olvidarse que es agencia depende de los gobiernos de la Organización Económica para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE). O sea, depende de los países industrializados, y en sus informes nunca se caracterizó por sus preocupaciones ambientales. Más bien siempre se la asoció con las industrias energéticas y su prédica históricamente ha sido ostensiblemente promotora del desarrollo de la oferta de energía.

 

Sin embargo en los últimos años algo ha ido cambiando en los enfoques de la Agencia. Reconoció que el mundo ha alcanzado el pico del petróleo en el año 2006 (World Energy Outlook 2010) y formuló escenarios energéticos para detener la amenaza del cambio climático (World Energy Outlook 2009). El reporte de este año mantiene estas últimas tendencias, agregando a las preocupaciones anteriores, la advertencia acerca del aumento del consumo de agua en el sector energético y que el mundo sigue una ruta insostenible.

 

Los contenidos del reporte no ameritan comentarios. Considerando que provienen de un organismo que nadie puede calificar de “fundamentalismo” ambientalista, son elocuentes por sí solos.

 

La demanda mundial de energía se incrementará en más de un tercio desde ahora hasta el 2035. Según la agencia, para abastecer esta demanda se requiere de una inversión acumulada de 37 millones de millones de dólares, entre 2012 y 2035, equivalente al 1,5% del PIB mundial durante ese período. Las emisiones energéticas de CO2 crecerán desde un estimado de 31,2 Gt en 2011 a 37,0 Gt en 2035, lo que estaría provocando un aumento de la temperatura media del planeta de 3,6°C. Si el mundo pretende cumplir el objetivo de limitación del aumento de la temperatura mundial a 2 ºC, hasta 2050 no se podrá consumir más de un tercio de las reservas probadas de combustibles fósiles. Dicho de otro modo: la propia AIE señala la necesidad de transiciones post-petroleras.

 

Los combustibles fósiles seguirán siendo la principal fuente de energía al final del período de análisis. La demanda de petróleo, gas y carbón crece en términos absolutos hasta el año 2035, pero su participación en el mix energético mundial cae del 81% al 75% durante ese lapso. El consumo de petróleo alcanza los 99,7 millones de barriles diarios (mb/d) frente a los 87,4 mb/d consumidos en 2011. China por sí sola representa el 50% del aumento global de la demanda de crudo. Todo el incremento neto del abastecimiento de petróleo mundial está basado en la producción de petróleo no convencional, un recurso de altos impactos ambientales locales y mayores emisiones de gases de efecto invernadero.

 

El gas natural tendrá un aumento importante (de 3,4 a 5 billones de metros cúbicos) alcanzando al carbón en suministro de energía primaria en 2035. La mayor parte de este aumento también está impulsado por China, aunque se observa asimismo un crecimiento en los países de la OECD. La mitad del aumento de la producción mundial de gas natural proviene de explotaciones “no convencionales” una tecnología que ha sido prohibida en varios países debido a sus riesgos ambientales.

 

Entretanto, los subsidios a los combustibles fósiles siguen distorsionando los mercados energéticos y alcanzaron la cifra de USD 523 mil millones en 2011, casi un 30% más que en 2010. El apoyo financiero a las fuentes renovables de energía, en cambio, ascendió a $ 88 mil millones en 2011.

 

El reporte de la Agencia incorpora un nuevo escenario: el “Escenario Eficiente Mundial”. Aquí se propone una inversión adicional de $ 11.8 millones de millones de dólares en tecnologías de uso final que es más que compensado por USD 17,5 millones de millones de reducción en las facturas de combustible y una reducción de USD 5,9 millones de millones en inversiones para el aumento de la oferta energética.

 

En este escenario el crecimiento de la demanda mundial de energía primaria se reduce a la mitad, las emisiones de CO2 energéticas alcanzan su pico antes de 2020 y llegan a 30,5 Gt en 2035, lo cual apunta a un aumento de la temperatura media a largo plazo de 3°C. Además de eficiencia, dice la AIE, hace falta inversiones en tecnologías de bajo carbono si se quiere mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2°C como se ha acordado en la Convención de Cambio Climático de Naciones Unidas.

 

La producción de energía está requiriendo cada vez mayor uso de agua, dice el informe. El consumo de agua dulce para la producción de energía en 2010 ascendió a 583 mil millones de metros cúbicos, un 15% del uso mundial de agua total. De esa cantidad, 66 millones de metros cúbicos no regresaron a su fuente, es decir fue consumida en la producción. El uso del agua aumentará en un 20% durante 2010-2035, pero el consumo aumentará en 85% (más del doble de la tasa de crecimiento de la demanda de energía). Estas tendencias son impulsadas por la transición hacia nuevas usinas (superiores en eficiencia pero con mayor consumo de agua) y la expansión de la producción de biocombustibles.

 

El uso del agua, advierte el informe, podría convertirse en un obstáculo para el desarrollo de gas y petróleo no convencional, la generación de electricidad y el mantenimiento de la presión de los yacimientos para la producción de petróleo.

 

En la actualidad, casi 1,3 mil millones de personas siguen sin tener acceso a la electricidad y 2,6 mil millones no cuentan con tecnologías limpias para cocinar. En ausencia de nuevas medidas, el informe proyecta que casi mil millones de personas carecerán de electricidad y 2,6 mil millones de personas aún no podrán contar con tecnología para cocción en 2030. Se estima que para lograr la universalización acceso a la energía en 2030, se necesita cerca de un millón de millones de dólares en inversión acumulada Esto es equivalente a sólo el 3% del total de la inversión en infraestructura relacionada con la energía. El acceso universal a los servicios energéticos sólo haría aumentar la demanda global de energía en un 1% en 2030 y las emisiones de CO2 en un 0,6%.

 

- Gerardo Honty es investigador en temas de energía y cambio climático en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social), en Montevideo (Uruguay).

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Miércoles, 07 Noviembre 2012 06:12

Cuando la ciencia no cuenta o cuenta para mal

Cuando la ciencia no cuenta o cuenta para mal

La devastación causada por el huracán Sandy en la costa este de Estados Unidos ha dominado las primeras páginas de la prensa internacional, pero no se ha puesto el acento en el problema del cambio climático mundial. Aunque hace unos años pudo haber algunas dudas sobre el fenómeno, hoy existe un consenso científico al respecto si se excluyen a los investigadores con un claro conflicto de interés. Con el Informe Brundtland en 1987 y con la Conferencia de Río de Janeiro de 1992 se generó conciencia de la necesidad de lograr un desarrollo sostenible en cuyo centro debería estar el ser humano. En Río se hicieron algunos compromisos en esta dirección, pero durante Río más 20 no se avanzó, incluso hubo algunos retrocesos en el contexto de la crisis económica actual. Los jefes de estado de los países del Norte no asumieron que están poniendo a la humanidad al borde de una catástrofe global con su afanosa búsqueda del crecimiento económico a toda costa.

 

El interés de lucro no sólo se expresa en el consumismo desenfrenado y su impacto sobre el ambiente. También han surgido formas de producción depredadoras en la minería y la agricultura, que forman parte del comercio y la especulación con los llamados commodities, promovidos por los grandes consorcios transnacionales financieros.

 

El incremento del precio del oro y la plata ha desatado la minería a tajo abierto con nuevas tecnologías altamente tóxicas y el uso de enormes cantidades de agua. Desplazan pueblos enteros, destruyen el ambiente hoy y tienen efectos irreparables para el futuro. Simultáneamente, se intensifican los monocultivos empleando como nunca los agrotóxicos e introduciendo las semillas genéticamente modificados. En ambos casos el desarrollo tecnológico desempeña un papel central, que se combina con las “innovaciones” especulativas.

 

Parte de los países de América Latina han vuelto a ser primo-exportadores, pero también han surgido movimientos de resistencia muy importantes para contrarrestar la dinámica devastadora. Incluso han llegado a llevar al gobierno –destacadamente en Bolivia– defensores de la Madre Tierra, los cuales están formulando una nueva concepción del bien vivir alejado del consumismo.


Aunque la salud pública tiene una larga tradición en el estudio de la relación entre el hombre y el ambiente, está surgiendo un nuevo enfoque denominado ecosalud, que se propone abordar la salud humana en el contexto del ecosistema, pero introduciendo también la determinación socio-económica y política tanto del ambiente como de la salud. Por su carácter, la manera de plantear los problemas a estudiar es interdisciplinaria y aspira a ser transdisciplinaria. Destaca también que frecuentemente trabaja con una metodología de investigación-acción, o sea, con la participación de aquellos directamente involucrados en el problema.

 

Han producido estudios tan diversos como, por ejemplo, sobre los agrotóxicos en las grandes plantaciones bananeras costarricenses y su efecto en la salud de los niños trabajadores; sobre los problemas de salud de los colonizadores de la selva amazónica y de los pepenadores limeños de basura. En todos los casos sus estudios han ofrecido evidencias que han sido utilizados por la población para plantear soluciones a los problemas que enfrenta. Resulta interesante que tienden a encontrar más visión sobre los problemas en los gobiernos locales que en los nacionales que están más sujetos a los grandes intereses económicos.

 

El enfoque de ecosalud tiene un largo camino por adelante, tanto para afinar su metodología como para abrir mayor espacio de comprensión en la opinión pública. Sin embargo, este tipo de estudios tienen una importancia grande porque contrarrestan el abandono de la problemática ambiental a raíz de la crisis económica iniciada en 2008. Es notable que el huracán Sandy no actualizara la amenaza que representa el cambio climático para el planeta y que la campaña presidencial siguiera enfrentando las propuestas de cada candidato para retomar el crecimiento económico.

 

El mundo está inmerso en una crisis ambiental, alimenticia y económica, pero mientras los intereses de una minúscula minoría prevalecen sobre los de la inmensa mayoría no se va a resolver. Una crisis civilizatoria requiere de la construcción de una nueva civilización que tenga el ser humano en el centro.

 

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Martes, 06 Noviembre 2012 06:33

Sandy refuta el negacionismo

Sandy refuta el negacionismo

En un país como Estados Unidos, donde cunde el escepticismo sobre si de verdad se está calentando el clima, las fuerzas de la naturaleza han vuelto a poner en la agenda un asunto que estaba siendo ignorado en el debate público y en particular en la carrera por la presidencia. Romney llegó a burlarse de Obama por su intención de tomar medidas para detener el cambio climático; sin embargo, la realidad es que tampoco la actual Administración adquirió compromisos en la cumbre del clima de Copenhague, en la que debía pactarse un acuerdo para limitar emisiones de CO2 que sustituya al de Kioto. La crisis económica aparcó completamente el debate del cambio climático. Hasta que el huracán Sandy vino a recordar a todos que, mientras tanto, el clima se sigue calentando. Y que, según numerosos científicos, ello influye en la gravedad de los fenómenos meteorológicos.


 
“La influencia del clima es un tema sobre el que se lleva hablando demasiado tiempo, pero si estamos aprendiendo algo con este huracán es que el cambio climático es una realidad. Y la realidad es que somos vulnerables a él”, aseguró en rueda de prensa el gobernador del Estado de Nueva York, Andrew Cuomo, horas después de la llegada de Sandy. Es el mismo mensaje que llevan repitiendo no pocos científicos en las últimas décadas. “Solo hay que observar lo ocurrido el año pasado en Estados Unidos: la sequía, las olas de calor y el gran número de incendios forestales. El cambio climático está asomando la cabeza”, explica por correo electrónico el científico Kevin Trenberth, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica en Nueva Zelanda.


 
La actividad de huracanes ha sido muy alta en la costa Atlántica del país desde 1994, hasta alcanzar su máximo en 2005, con el huracán Katrina. “Más o menos se da uno fuerte cada cinco años”, afirma en conversación telefónica Katharine Hayhoe, profesora asociada en el Departamento de Ciencia Política y directora del Centro de Impacto del Clima en la Universidad Tech en Tejas.


 
La tormenta ha dejado a su paso más de 150 muertos en el Caribe y en 12 Estados de la costa este de Estados Unidos. Algunos se enfrentaron durante más de 48 horas a ráfagas de viento de más de 145 kilómetros por hora y lluvias que llegaron a anegar literalmente, entre otras, la ciudad de Atlantic City. “Nuestro clima está cambiando. Y si bien el aumento de fenómenos meteorológicos como los que hemos vivido en la costa Este y Nueva York pueden ser o no el resultado del mismo, el riesgo de que haya una posibilidad de que sea el causante debería ser suficiente para obligar a los líderes mundiales a actuar de inmediato”, explicó el alcalde de esa ciudad, Michael Bloomberg, en una rueda de prensa tras cuatro días del desastre.

 


El cambio climático estaba ausente del debate político durante la larga campaña para las presidenciales. En la Convención Republicana de Tampa, en septiembre, el candidato republicano Mitt Romney declaró: “El presidente Obama prometió parar las mareas de los océanos y a sanar el planeta. Mi promesa es ayudarle a ustedes y a sus familias”. A lo que el presidente contestó: “El cambio climático no es una broma, cada vez hay más sequía y más incendios. Y es una amenaza para el futuro de nuestros hijos, y si eligen bien estas elecciones, haremos algo al respecto”. Los republicanos no se lo pusieron fácil alineándose con las industrias contra los límites a las emisiones.

 

Y entonces llegó Sandy. Lo sucedido en la ciudad de los rascacielos es “un suceso raro”, pero “hay que admitir que las probabilidades de que esto vuelva a ocurrir están aumentando”, afirma Trenberth. “Está claro, el cambio climático no es la causa directa de Sandy pero sí se ha visto influenciada por este fenómeno”, añade el experto. “No creemos que el número de huracanes vaya a crecer en los próximos años, pero creemos que la energía de los mismos, sí”, continúa Hayhoe. “Un dato que la gente debe recordar es que el 60% de las capitales mundiales se asientan cerca del océano, por lo que, si sigue aumentando el nivel del mar, vendrán otras tormentas como Sandy”.


 
Sandy comenzó como un huracán normal que se alimentó de las aguas cálidas superficiales del Océano Atlántico. En el momento en que la tormenta tocó tierra, se había convertido ya en ciclón extratropical con alguna característica de tormenta tropical, y con una gran cantidad de tormentas activas pero sin ojo. A este fenómeno se le unió una precipitación de invierno procedente de Colorado que convirtió a Sandy en un híbrido que llegó además a mezclarse con contrastes de temperatura que se producen en latitudes medias. “El resultado fue que la tormenta dobló su tamaño, llevó la misma fuerza que un huracán y cubrió una gran parte de la costa Este cuando tocó tierra”, explica Trenberth.


 
A ello se unieron la marea alta, una fase lunar favorable y una presión atmosférica demasiado baja que conllevó un récord de oleaje de hasta casi cuatro metros en el sur de Manhattan y en las zonas costeras del tercio norte de EE UU, según explican los expertos. “Esta perfecta combinación dio, además, lugar a la erosión de las playas, inundaciones masivas y ráfagas de vientos muy fuertes que han causado miles de millones en daños”, enfatiza este científico. Además de las más de cien vidas arrebatadas, más de ocho millones de personas en esta región sufrieron cortes de luz y más de un millón de hogares y negocios fueron devastados.


 
La consultora experta en catástrofes Eqecat estimó el pasado jueves que la tormenta costará más de 20.000 millones de dólares (15.500 millones de euros) a las aseguradoras y más de 50.000 millones (39.000 millones de euros) al Gobierno de EE UU. “Esto dobla las previsiones, y se puede asegurar que va a ser mucho más costoso que el paso de Irene, en 2011”, aseguró un portavoz de la compañía a la cadena Fox. El más costoso de la historia de EE UU fue el Katrina, en 2005, que costó más de 180.000 millones de dólares (140.000 millones de euros) y la vida de 1.200 personas.

 


“La temperatura de la superficie marina, antes de llegar la tormenta, era 2,8 grados centígrados superior a la media de los últimos 30 años, aunque se considera normal para esta época del año en la franja de 800 kilómetros de costa que se alarga entre los Estados de Carolina del Sur y Canadá. Y es muy probable que un 20% de este calentamiento se haya producido por el cambio climático”, explica Trenberth. Normalmente, con cada aumento de temperatura de un grado Fahrenheit (0,60 grados centígrados), la atmósfera suele retener un 4% más de humedad, según calculan los expertos.

 

Todas estas condiciones hicieron que “Sandy cogiera más humedad, lo que la convirtió en una gran tormenta que aumentó las condiciones de lluvia entre el 5% y el 10% en comparación con las condiciones de hace más de 50 o 60 años”, añade Hayhoe. El calentamiento también es el causante del aumento del nivel del mar a un ritmo de medio metro cada siglo, en parte por la fusión del hielo de los glaciares y el Ártico.


 
Sandy ha seguido los pasos de Isaac, que llegó en agosto de este año, y de Irene, en agosto del año pasado, ambos acompañados de inundaciones que evidenciaban el incremento de la humedad en la atmósfera asociada al calentamiento del mar. “Mientras siga aumentando el efecto invernadero, seguirá existiendo el calentamiento de los océanos y los niveles altos del mar están garantizados. Estamos pagando el precio de no tomar medidas, y la reconstrucción de lo destruido no es suficiente”, continúa la experta.


 
Algunos Estados ya han empezado a prepararse. En California se han elaborado planes con una proyección de décadas, tras sufrir inundaciones de carreteras y del aeropuerto de San Francisco; una terrible sequía en el parque nacional de Yosemite y en su región agrícola, y la pérdida de gran parte de su zona costera debido a la erosión del Pacífico. “Sin embargo, los Estados no pueden elaborar los planes solos, el Gobierno federal tiene que estar comprometido”, continúa la científica de Tejas. “Esta tormenta nos ha enseñado que somos vulnerables ante los efectos del impacto climático. Mi trabajo es prevenirlos en distintas ciudades de Estados Unidos. Acabo de terminar proyectos para Chicago y Cambridge. En la Costa Este, nuestro primer objetivo es contener las fuertes y abundantes precipitaciones. Una medida viable es amurallar ciudades como Nueva York”, continúa Hayhoe. “Debemos actuar ahora, aunque no se vean los resultados hasta dentro de 20 o 30 años. Hay que planear un plan de acción, todavía hay tiempo”, concluye Hayhoe. Un mensaje que podría empezar a calar entre los ciudadanos: según un sondeo de Gallup del mes de marzo, un 52% cree que los efectos del cambio climático ya se están notando.


Por Carolina García 6 NOV 2012 - 00:00 CET

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Brasil: La muerte anunciada de los Guaraní-Kaiowá

ALAI AMLATINA, 05/11/2012.- La Justicia revocó la orden de retirada de 170 indios guaraní-kaiowá de las tierras en que viven en el estado de Mato Grosso do Sul. En una carta a la opinión pública ellos expusieron: “Pedimos al Gobierno y a la Justicia Federal que no decreten la orden de desalojo, sino que decreten nuestra muerte colectiva y el enterramiento de todos nosotros aquí. Nosotros ya hemos evaluado nuestra situación actual y hemos concluido que vamos a morir todos, incluso dentro de poco tiempo”.

 

La muerte precoz, inducida -la que nosotros, caraspálidas, llamamos suicidio- es un recurso frecuente adoptado por los guaraní-kaiowá para resistir frente a las amenazas que sufren. Prefieren morir a degradarse. En los últimos veinte años casi mil indígenas, la mayoría jóvenes, pusieron fin a sus vidas en protesta por las presiones de empresas y terratenientes que codician sus tierras.

 

La carta de los guaraní-kaiowá fue divulgada después que la Justicia Federal determinara la retirada de 30 familias indígenas de la aldea Passo Piraju, en Mato Grosso do Sul. Dicha área es disputada por indígenas y terratenientes. En el 2002, por un acuerdo con la mediación del Ministerio Público Federal, en Dourados, se destinaron a los indígenas 40 hectáreas ocupadas por una hacienda. El supuesto propietario recurrió a la Justicia.

 

Según el CIMI (Consejo Indígena Misionero), vinculado a los obispos brasileños, hay que saber interpretar el lenguaje de los indios: “Ellos hablan de muerte colectiva (que es diferente del suicidio colectivo) en el contexto de la lucha por la tierra, o sea si la Justicia y los pistoleros contratados por los terratenientes insisten en sacarlos de sus tierras tradicionales, están dispuestos a morir todos en ellas, sin abandonarlas nunca”, dice la nota.

 

Datos del CIMI indican que, entre el 2003 y el 2011, fueron asesinados en el Brasil 503 indios. Más de la mitad -279- pertenecían a la etnia guaraní-kaiowá. Como protesta, el 19 de octubre, en Brasilia, fueron plantadas cinco mil cruces en el engramado de la Explanada de los Ministerios, simbolizando a los indios muertos y amenazados.

 

Están comprobados los asesinatos de miembros de esa etnia por pistoleros al servicio de los terratenientes de la región. Junto al río Hovy recientemente fueron asesinados dos indios mediante golpes y torturas.

 

La Constitución acepta el principio de la diversidad y la alteridad, y consagra el derecho congénito de los indios sobre las tierras habitadas tradicionalmente por ellos. Esas tierras debieron haber sido demarcadas hasta 1993, pero desgraciadamente la Justicia brasileña es extremadamente morosa cuando se trata de los derechos de los pobres y excluidos.

 

Un cuarto de siglo después de la aprobación de la carta constitucional, en 1988, las tierras de los guaraní-kaiowá todavía no fueron demarcadas, lo que favorece la invasión de ladrones y acaparadores de tierras y agentes del agronegocio.

 

Durante el gobierno de Lula participé en toda la polémica en torno a la demarcación de Raposa Serra do Sol. Gracias a la decisión presidencial y a una sentencia del Tribunal Supremo Federal, los terratenientes invasores fueron retirados de aquella reserva indígena.

 

En el caso de los guaraní-kaiowá no se ve, hasta ahora, la misma firmeza del poder público. Incluso la Abogacía General de la Unión, responsable de la salvaguarda de los pueblos indígenas -dado que ellos son tutelados por la Unión- llegó a editar un estatuto que en la práctica reduce el ejercicio de varios derechos.

 

El argumento de los enemigos de nuestros pueblos originarios es que sus tierras podrían ser económicamente productivas. Argumento tras el cual perdura la idea de que los indios son personas inútiles, descartables, y que el interés del lucro del agronegocio debe estar por encima de la sobrevivencia y de la cultura de dichos pueblos ancestrales.

 

Los indios no son extranjeros en las tierras del Brasil. Cuando llegaron aquí los colonizadores portugueses -equivocadamente calificados en los libros de historia como “descubridores”- se encontraron con más de cinco millones de indígenas, que dominaban centenares de idiomas distintos. La mayoría fue víctima de un genocidio implacable, quedando hoy apenas 817 mil indígenas, de los que 480 mil viven en aldeas, divididos entre 227 pueblos que dominan 180 idiomas diferentes y que ocupan el 13% del territorio brasileño.

 

Para nada sirve que el gobierno brasileño firme documentos en favor de los derechos humanos y del desarrollo sustentable si eso no se traduce en gestos concretos para la preservación de los derechos de los pueblos indígenas y de nuestro medio ambiente.

 

Hizo bien la presidenta Dilma al introducir retoques en el proyecto del nuevo Código Forestal aprobado por el Congreso. Entre agradar a los políticos y los intereses de la nación y la preservación ambiental, la presidenta no dudó en descartar privilegios y abrazar los derechos colectivos.

 

Ahora queda por demostrar la misma firmeza en la defensa de los derechos de esos pueblos que constituyen nuestra raíz y que marcan predominantemente el DNA del brasileño, según comprobó el Proyecto Genoma Humano. (Traducción de J.L.Burguet)

 

Por Frei Betto es escritor, autor de la novela indigenista “Uala, el amor”, entre otros libros.
www.freibetto.org/ twitter:@freibetto.

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Sábado, 03 Noviembre 2012 06:52

Juntos podemos combatir el cambio climátic

Juntos podemos combatir el cambio climátic

Millones de víctimas del huracán Sandy se han quedado sin energía eléctrica, pero aún tienen la energía para enfrentar el cambio climático. Los medios omiten sistemáticamente el vínculo entre los eventos climáticos extremos y el calentamiento global. Como consecuencia de esta catástrofe, la gente se está dando cuenta, cada vez más, de que el clima ha cambiado y que las consecuencias de ello son nefastas.


 
El Dr. Jeff Masters, meteorólogo fundador del sitio web de meteorología Weather Underground, es la excepción a la regla. Mientras Sandy azotaba la Costa Este de Estados Unidos, le pregunté a Masters acerca del impacto que tiene el cambio climático en los huracanes. “Cuando aumenta mucho la temperatura de los océanos, hay más energía con potencial destructivo. Los huracanes…toman el calor del océano y lo convierten en la energía cinética de sus vientos”, afirmó.


 
El blog de Masters tuvo tanto éxito que fue adquirido por la cadena The Weather Channel. Mientras el huracán Sandy avanzaba por la costa hacia el norte, Masters me decía: “Al aumentar la temperatura de los océanos, la temporada de huracanes se hace más larga. En la última década ha habido sobradas pruebas de que la temporada de huracanes se está haciendo cada vez más larga, comienza antes y termina más tarde. Entonces es más probable que se produzca una situación de este tipo, en la que una tormenta de finales de octubre se encuentra con un sistema de baja presión típico del invierno y se produce esta inusual combinación del choque entre una fuerte tormenta que viene del noreste del continente y un huracán que viene de la costa. Esto provoca todo tipo de efectos destructivos”.


 
Mitt Romney debe estar arrepentido de haber realizado el siguiente comentario sarcástico durante su discurso en la Convención Nacional Republicana, días después de que el huracán Isaac estuviera cerca de azotar Tampa, Florida, donde se desarrolló el evento: “El Presidente Obama prometió que frenaría el aumento del nivel de los océanos y que curaría al planeta. Yo les prometo que los ayudaré a ustedes y a sus familias”. Romney les sacó una gran carcajada a quienes estaban presentes para nominarlo como candidato a la presidencia. Nadie se está riendo ahora. Las víctimas fatales del huracán Sandy en Estados Unidos ascienden a más de 98, y 8 millones de personas se han quedado sin electricidad. Los cálculos iniciales han estimado el costo del daño en decenas de miles de millones de dólares.


 
Esta reciente postura de Romney con respecto al cambio climático no es para nada sorprendente, ya que es coherente con su giro a la derecha, que marca un alejamiento de sus posiciones anteriores. En 2007 dijo en el programa de CNBC “Kudlow and Company”: “Pero hay algo acerca de lo que no tengo dudas, el planeta se está calentando y hay muchos motivos para utilizar menos energía y hacerlo además en forma más eficiente y para desarrollar nuestras propias fuentes de energía en el país que nos permitan ser más independientes de las fuentes extranjeras”.


 
Tampoco deberíamos restarle responsabilidad al Presidente Barack Obama. Recuerden los debates presidenciales, donde hizo alarde de ser un promotor de los combustibles fósiles. “La producción petrolera está en aumento, la producción de gas natural está en aumento", afirmó en el segundo debate, realizado en la Universidad de Hofstra. “Apoyo los oleoductos y la producción petrolera”. El cambio climático no fue mencionado en ninguno de los debates presidenciales, ni siquiera una vez, ni por los candidatos a la presidencia de los principales partidos, ni por los moderadores del debate.


 
Masters atribuye la falta de debate al poderoso lobby de la industria de los combustibles fósiles: “Nos estamos refiriendo al sector del gas y del petróleo...prácticamente la base de la economía industrializada. Con este tipo de tormentas, la gente espabilará algún día y dirá: '¿Qué está ocurriendo? ...Quizá no deberíamos jugar con las fuerzas que hacen posible que vivamos en el planeta Tierra'. ... Es necesario que empecemos a pensar en la auto-preservación lo antes posible. Esto es tan solo el comienzo. Estamos en 2012, ¿qué sucederá en 2030 si ya estamos siendo testigos de tormentas como esta?”


 
ThinkProgress analizó 94 noticias publicadas en los principales periódicos en la semana previa a la gran tormenta. El cambio climático no fue mencionado ni una sola vez. Un informe de 600 páginas publicado en noviembre de 2011 por la Autoridad de Investigación y Desarrollo Energético del Estado de Nueva York evalúa en detalle los posibles efectos del cambio climático en cada aspecto del estado. El resumen brinda una larga lista de desastres que probablemente afecten al Estado de Nueva York en los próximos años: de inundaciones a sequías, del aumento del nivel del mar que provocará el desplazamiento de comunidades enteras a la inundación de todo el sistema de trenes subterráneos de la ciudad de Nueva York. ¿Les suena conocido?


 
Mientras se restablece la energía a las millones de personas que se quedaron sin electricidad, hay una energía que no nos pueden quitar. Se trata del poder de decidir, en particular ahora que se acercan las elecciones: que el problema del cambio climático y lo que podemos hacer al respecto jamás vuelva a excluirse del debate nacional.


 
Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

 
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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