François Houtart y los ojos de los oprimidos

François Houtart era una de esas personas con las que uno disfruta coincidir en seminarios, congresos y viajes. Y es que, en esos encuentros, el sacerdote belga, además de escuchar con atención e interés a los otros, haciéndoles sentir que lo que decían era importante para él, compartía de manera amena y natural sus ricas vivencias y reflexiones sobre los más disímbolos procesos de transformación política en el mundo.

Houtart, a un tiempo sencillo y sabio, modesto y amable, conocía de primera mano, a profundidad y desde abajo, lo que sucedía en, al menos, la mitad del planeta. Fue testigo presencial de acontecimientos claves como el Concilio Vaticano II, investigador riguroso de la realidad religiosa y social de múltiples naciones, guía e inspirador de innovadores estudios sociales (junto a Samir Amin y Pablo González Casanova), y amigo o mentor de más de una veintena de líderes políticos, sociales y religiosos (desde Karol Wojtyla hasta Camilo Torres, pasando por Amílcar Cabral y Sergio Méndez Arceo).

Su comprensión de la complejidad social era deslumbrante. Era una verdadera biblioteca viviente, no sólo por los libros que había leído, sino por la vastedad de sus experiencias y su deseo de comprender. No en balde escribió más de 50 libros. No había aún cumplido los 40 años y ya había viajado por Estados Unidos y Canadá, casi todo América Latina, Europa Occidental, un buen número de países de África y de Asia. Lo mismo desentrañaba el misterio de la resistencia musulmana al fundamentalismo islámico en Indonesia, que la plaga de los agrocombustibles o las vicisitudes del movimiento indígena en Ecuador.

Nacido en Bruselas en 1925, en el seno de una familia burguesa, aristocrática y clerical, asumió la vida como servicio a los otros. El mayor de 14 hermanos, a los 10 años descubrió su vocación al sacerdocio y su disposición misionera. Renunció a la pompa clerical e hizo voto de pobreza: no tuvo bienes propios, cedió su herencia, vivió con el salario que recibía y no acumuló capital alguno.

Nunca fue a la escuela primaria. Cuando entró al seminario lo hizo no con la idea de seguir una vida religiosa, sino para cumplir un cometido: ponerse al servicio de la búsqueda de la justicia en regiones lejanas. En 1949 se ordenó sacerdote. De allí pasó a Lovaina a estudiar ciencias sociales y políticas. Militante de la resistencia belga contra la ocupación nazi en el Ejército Secreto, en 1944 participó en la voladura de un puente sobre el río Dender. En su bicicleta transportó la dinamita y los detonadores para la operación.

Activista de la Juventud Obrera Católica entre finales de los años 40 y principios de los 50, encontró en esta organización una escuela donde descubrió la realidad social y aprendió una pedagogía. Fue una fuente definitiva en su preocupación social. El método de ver, juzgar y actuar le acompañó toda la vida. A su lado, descubrió la situación de los obreros y se desvaneció la imagen del socialismo como demonio.

En un primer momento, Houtart se consideraba un sacerdote sociólogo, pero después pasó a verse a sí mismo como un sociólogo sacerdote. Acostumbraba a decir que si conservaba la fe se debía a que era sociólogo. "En una era de ecumenismo se trata de vivir con esas ambigüedades, mientras se persigue lo esencial del evangelio".

Pese a que en su juventud veía al comunismo como un sistema cuya expansión había que frenar, terminó por reconciliar el socialismo con la fe cristiana. Sus estudios de doctorado y sus experiencias de finales de la década de los 60 del siglo pasado lo condujeron a la utilización de un enfoque sociológico y un método de análisis marxista. La fe cristiana lo llevó al análisis marxista y el marxismo lo ayudó a conservar su fe. Contra viento y marea, reivindicó que no había contradicción entre la adopción del análisis de la sociedad de Marx y su adhesión religiosa. Lamentaba sí, el que los países socialistas hubieran adoptado el ateísmo como "religión de Estado".

En el materialismo histórico encontró dos herramientas básicas: primero, un instrumento adecuado para leer las sociedades con la mirada de los oprimidos, lo que consideraba una exigencia de fidelidad a la opción cristiana; y, segundo, un enfoque para relativizar tanto el papel de la institución eclesial, como la función ideológica del cristianismo en la historia.

La muerte nunca fue para François un gran problema o causa de temor. Decidido a vivir el presente con la mayor intensidad posible, para él la muerte era un evento natural, parte de la vida, una transición, cuyo sentido estaba determinado por la trayectoria que cada quien ha seguido. Para Houtart, lo que la existencia futura podía ser no era una certeza sino una esperanza, una apuesta, en la que lo central era la coherencia con la manera de vivir un proyecto global. A él, su fe le ayudaba a vivir con plenitud y esperanza el momento de su muerte.

En el espléndido libro El alma en la tierra. Memorias de François Houtart, publicado por el Instituto Cubano del Libro, Carlos Tablada resume en dos ideas-fuerza la trayectoria del sacerdote belga que se vivía como latinoamericano: lealtad a su fe y al ideal de justicia social. Con ellas vivió hasta el último momento.

A François la fe cristiana lo orientó en la búsqueda de las causas de la injusticia y del análisis de los mecanismos de apropiación de las riquezas del mundo por una minoría. Guiado por su experiencia, encontró que la lógica del capitalismo ha llevado a la humanidad y al planeta a la destrucción, y que es necesario cambiar los paradigmas del desarrollo humano. Y este saber reforzó su convicción de que el mensaje al que él fue fiel es trascendental a la emancipación y liberación de los seres humanos.

Así, mirando desde abajo, "buscando un instrumento adecuado para leer las sociedades con los ojos de los oprimidos", François Houtart, viajero incansable, vivió y murió. Lo vamos a extrañar.

Twitter: @lhan55

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Viernes, 09 Junio 2017 06:48

Elecciones y poderes de abajo

Elecciones y poderes de abajo

En las recientes décadas la cultura política de izquierda convirtió las elecciones en el principal barómetro de su éxito o fracaso, de avances o retrocesos. En los hechos, la concurrencia electoral se convirtió en el eje de la acción política de las izquierdas, en casi todo el mundo.

Una realidad política nueva, ya que en tiempos no lejanos la cuestión electoral ocupaba una parte de las energías y se considerada un complemento de la tarea central, que giraba en torno a la organización de los sectores populares.

Lo cierto es que la participación electoral fue articulada como el primer paso en la integración en las instituciones (de clase) del sistema político (capitalista). Ese proceso destruyó la organización popular, debilitando hasta el extremo la capacidad de los de abajo para resistir directamente (no mediante sus representantes) la opresión sistémica.

Con los años la política de abajo empezó a girar en torno a lo que decidían y hacían los dirigentes. Un pequeño grupo de diputados y senadores, asistidos por decenas de funcionarios pagados con dineros públicos, fueron desplazando la participación de los militantes de base.

En mi país, Uruguay, el Frente Amplio llegó a tener antes del golpe de Estado de 1973 más de 500 comités de base sólo en Montevideo. Allí se agrupaban militantes de los diversos partidos que integran la coalición, pero también independientes y vecinos. En las primeras elecciones en las que participó (1971), uno de cada tres o cuatro votantes estaba organizado en aquellos comités.

Hoy la realidad muestra que casi no existen comités de base y todo se decide en las cúpulas, integradas por personas que han hecho carrera en instituciones estatales. Sólo un puñado de comités se reactivan durante la campaña electoral, para sumergirse luego en una larga siesta hasta las siguientes elecciones.

En paralelo, la institucionalización de las izquierdas y de los movimientos populares –sumada a la centralidad de la participación electoral– terminaron por dispersar los poderes populares que los de abajo habían erigido con tanto empeño y que fueron la clave de bóveda de las resistencias.

En el debate sobre las elecciones creo que es necesario distinguir tres actitudes, o estrategias, completamente diferentes.

La primera es la que defiende desde hace cierto tiempo Immanuel Wallerstein: los sectores populares deben protegerse durante la tormenta sistémica para lograr sobrevivir. En ese sentido, plantea que llegar al gobierno por la vía legal, así como las políticas sociales progresistas, pueden ayudar al campo popular tanto para acotar los daños producto de las ofensivas conservadoras como para evitar que fuerzas de ultraderecha se hagan con el poder estatal.

Este punto de vista parece razonable, aunque no acuerdo, ya que considero las políticas sociales vinculadas al "combate a la pobreza" como formas de contrainsurgencia, con base en la experiencia que vivimos en el Cono Sur del continente. En paralelo, llegar al gobierno casi siempre implica administrar las políticas del FMI y el Banco Mundial. ¿Quién recuerda hoy la experiencia de la griega Syriza? ¿Qué consecuencias sacamos de un gobierno que prometía lo contrario?

Es evidente que focalizarse en que tal o cual dirigente cometieron "traición", lleva el debate a un callejón sin salida, salvo que se crea que con otros dirigentes las cosas hubieran ido por otro camino. No se trata sólo de errores; es el sistema.

La segunda actitud es la hegemónica entre las izquierdas globales. La estrategia sería más o menos así: no hay bases sociales organizadas, los movimientos son muy débiles y casi inexistentes, de modo que el único camino para modificar la llamada "relación de fuerzas" es intentar llegar al gobierno. Esta situación ha mostrado ser fatal, incluso en el caso de que las izquierdas consigan ganar, como sucedió en Grecia y en Italia (si es que a los restos del Partido Comunista se les puede llamar izquierda).

Diferente es el caso de países como Venezuela y Bolivia. Cuando Evo Morales y Hugo Chávez llegaron al gobierno por la vía electoral, existían movimientos potentes, organizados y movilizados, sobre todo en el primer caso. Sin embargo, una vez en el gobierno decidieron fortalecer el aparato estatal y, por tanto, emprendieron acciones para debilitar a los movimientos.

Siendo las experiencias estatales más "avanzadas", hoy no existen en ninguno de ambos países movimientos antisistémicos autónomos que sostengan a esos gobiernos. Quienes los apoyan, salvo excepciones, son organizaciones sociales cooptadas o creadas desde arriba. En este punto propongo distinguir entre movimientos (anclados en la militancia de base) y organizaciones (burocracias financiadas por los estados).

Una variante de esta actitud son aquellos movimientos que, en cierto momento, deciden incursionar en el terreno electoral. Las más de las veces, y creo que México aporta una larga experiencia en esta dirección, al cabo de los años las bases de los movimientos se debilitan, mientras los dirigentes terminan incrustados en el aparato estatal.

La tercera orientación es la que impulsa el Concejo Indígena de Gobierno, que a mi modo de ver consiste en aprovechar la instancia electoral para conectar con los sectores populares, con el objetivo de impulsar su autoorganización. Lo han dicho: no se trata de votos, menos aún de cargos, sino de profundizar los trabajos para cambiar el mundo.

Me parece evidente que no se trata de un giro electoral, ni que el zapatismo haya hecho un viraje electoralista. Es una propuesta –así la entiendo y puedo estar equivocado– que pretende seguir construyendo en una situación de guerra interna, de genocidio contra los de abajo, como la que vive México desde hace casi una década.

Se trata de una táctica que recoge la experiencia revolucionaria del siglo XX para enfrentar la tormenta actual, no usando las armas que nos presta el sistema (las urnas y los votos), sino con armas propias, como la organización de los de abajo.

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“No vamos por votos, nuestra pelea es por la vida”: Concejo Indígena de Gobierno

San Cristóbal de las Casas, Chiapas. I Desinformémonos I “Nuestra pelea es por la vida. Este paso que damos es difícil pero necesario. Tenemos que darlo si queremos seguir existiendo como pueblos, pero también abrimos la invitación a toda la sociedad civil organizada y no organizada a sumarse a esta lucha por la vida” señaló la vocera electa del Concejo Indígena de Gobierno del Congreso Indígena Nacional, María de Jesús Patricio Martínez.


La Primera Asamblea del Concejo Indígena de Gobierno (CIG) realizada este 27 y 28 de mayo en el Cideci de San Cristóbal de las Casas nombró a sus 71 integrantes y a su vocera: María de Jesús, ‘Marichuy’ como muchos le llaman, mujer nahua del sur de Jalisco como ella misma se describió.


En la plenaria con la que cerró el trabajo de la Asamblea, estuvieron los padres y madres de Ayotzinapa, así como Araceli Osorio, la madre de la joven Lesvy Berlín Rivera Osorio, asesinada en Ciudad Universitaria para exponer la situación de sus luchas para encontrar justicia.


Posteriormente, en conferencia de prensa, los 71 concejales representantes de los pueblos indígenas de México y su vocera que conforman el Concejo Indígena de Gobierno respondieron a las preguntas de medios nacionales e independientes, bosquejando así el rumbo de su propuesta. “Nuestra pelea es por la vida, no vamos por votos. Vamos por la organización y la construcción del poder desde abajo” señalaron Maria de Jesús, Sara López González y Betina Cruz Velázquez, mujeres representantes nahua, maya y binizá.


“Este es un camino que comienza y es un camino colectivo. Los partidos políticos tienen que ser deconstruidos, se deben terminar. Esa forma de hacer política ya no tiene una salida viable para nuestros problemas” explicó Fortino Domínguez, zoque de Chapultenango, Chiapas, desplazado de su lugar de origen, integrante del CIG.


El Profe Filo, de la mixteca poblana, señaló en su intervención: “No confundan, esto es un asunto que tiene que ver con la civilización, no es una vulgar lucha de poder”.


Sara, del pueblo maya, reiteró “No vamos por votos, vamos por todo. No vamos a cuidar urnas, vamos a reconstruir este país que se cae a pedazos”.


Y a la pregunta sobre la opinión acerca de la Ley de seguridad interior la respuesta por parte de la representante tzeltal fue: “El término seguridad es de los de arriba, para nosotros el término es represión. En nombre de la ‘seguridad’ nos reprimen y nos criminalizan. Nos tratan como criminales cuando lo único que hacemos es defender nuestros territorios y defender la vida sobre la tierra”.


En su intervención Mario Luna del pueblo yaqui comentó: “Hay una gran desilusión del trabajo de los partidos políticos y es importante destacar que es el CIG quien encabece esta campaña. Como la ley no permite registrar un Concejo, se registrará a la compañera María de Jesús. No estamos ofreciendo una solución mágica. Estamos invitando a que nos organicemos desde abajo”.


Para subrayar la diferencia de la propuesta del Concejo Indígena de Gobierno con el sistema de partidos políticos, Fortino Domínguez, representante zoque señaló: “Los partidos políticos tienen una concepción del mundo individualista. Los pueblos pensamos en colectivo, como la representación que estamos aquí”.


“No vamos a hacer una campaña sino buscamos organizarnos junto con todo el país para desmontar el poder que desde arriba nos imponen. Este es un camino que comienza y es un camino colectivo. La experiencia en México nos dice que los partidos políticos tienen que ser deconstruidos, se deben acabar. Esa forma de hacer política ya no tiene una salida viable para nosotros” comentó Fortino quien que “debemos deconstruir este Estado Nación y nosotros ya estamos decididos a hacerlo”.


Por su parte, el Profe Filo de la región mixteca poblana respondió: “En el mundo nahua hay una escena muy bella: un abuelo antes de morir le dice a su nieta ‘el día, nuestro día, tu si lo verás, tu si lo vivirás. Ese día llegó’. Esto es muy complejo porque hablamos de la civilización que parió esta tierra. El CIG está parado sobre los miles de años de historia. Entonces no se confundan, este es un asunto de civilización, no es una vulgar lucha por el poder”.


“Desde hace 500 años el proyecto que ha dominado este país es el occidental. Puede decir la historia de arriba lo que quiera, para nosotros la historia es otra. Para nosotros da lo mismo si son conservadores o liberales, o si son izquierda o derecha. El proyecto desde hace 500 años es el mismo” señaló el Profe Filo y haciendo referencia a López Obrador dijo “Andrés Manuel no engaña a nadie, su proyecto se enmarca en este contexto occidental. Lo dice muy claro cuando le pide a las mineras que no contaminen tanto y que nos paguen un poquito más. Lo está diciendo cuando se junta con esa bola de criminales, por eso no está engañando a nadie”.


“Es un sistema mundo el que está en crisis y se está derrumbando, y otro, el nuestro, está ahora resurgiendo, no lo ven, no lo oyen. Pero aquí estamos sobre nuestra historia, aquí estamos nosotros los pueblos indígenas hoy en los albores del siglo XXI” concluyó el Profe Filo de la mixteca poblana.


A la pregunta sobre cómo puede afectarlos el racismo y la discriminación en este proceso, la representante tzeltal señaló: “Durante 500 años hemos vivido en un sistema de castas que queremos sustituir por una sociedad igualitaria. Sustituir la cultura de la discriminación por una cultura del respeto”. En otra intervención, un integrante del CIG subrayó: “el racismo está en la mente de quien lo ejerce, entonces no tenemos nosotros el problema, sino quien lo ejerce”.


El Profe Filo para reiterar la importancia de lo que sucedió en esta Primera Asamblea del Concejo Indígena de Gobierno y haciendo un recuento del proceso de consulta y difusión de la propuesta en muchos sitios comentó “No estamos mirando arriba, estamos mirando abajo. Fuimos a muchos lugares y dialogamos con mucha gente. Vemos que arriba está el caos, la muerte, la destrucción y las mentiras de los propios medios de comunicación. Lo que vimos abajo da miedo, porque algo está pasando, se está moviendo. Fue entonces que decidimos que sí aceptaríamos esta propuesta, porque vimos que sí hay con qué y con quién para levantar un nuevo país, vimos que ya se mira el horizonte” concluyó.

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Hoy anuncian quién será la candidata indígena independiente para 2018

San Cristóbal de Las Casas, Chis.


El Congreso Nacional Indígena (CNI) y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) instalaron ayer la asamblea para elegir el Concejo Indígena de Gobierno (CIG) y a su vocera, que participará como candidata independiente en las elecciones nacionales (presidenciales) de 2018.


En la reunión participan 848 delegados y concejales de 58 pueblos indígenas del país y la comandancia general del EZLN, encabezada por los subcomandantes Moisés y Galeano.


El encuentro se lleva a cabo a puerta cerrada en las instalaciones del Centro Indígena de Capacitación Integral (Cideci-Unitierra), donde se abrieron tres mesas de trabajo para tratar los propósitos y las estrategias del CIG, su funcionamiento y organización, así como su vinculación con otros sectores de la sociedad civil.


El CNI informó que a la una de la tarde del domingo se darán a conocer a los integrantes del CIG y a su vocera; a la reunión tendrán acceso los medios de comunicación que así lo deseen.


El CIG se integrará con dos concejales, preferentemente hombre y mujer, por cada una de las regiones indígenas participantes en el CNI mencionadas en la convocatoria, con excepción de los pueblos residentes en las zonas metropolitanas de México y Guadalajara, en cuyos casos se nombrará a un concejal por pueblo.


Además, representantes de pueblos originarios de Estados Unidos, Guatemala y Chile asisten como observadores.
A la entrada del auditorio fue colocado un juego de ajedrez con figuras de madera de zapatistas contra los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de México, Enrique Peña Nieto. Al primero le escribieron en la parte trasera la frase “kick me” (patéame) y al segundo le colocaron orejas de burro.


El juego está junto a una pared en la que escribieron: Abajo los muros. En el juego de ajedrez algunas figuras sostienen un balón de futbol, lo mismo que hicieron en el presídium comandantas zapatistas.


La inauguración se realizó a las 12 horas.

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Cien años de la Revolución de Octubre: el movimiento obrero en Rusia

¿Cómo fue la participación del movimiento obrero en las revoluciones burguesas-democráticas vividas por Rusia entre 1905-1917, y su preparación a finales del siglo XIX? Una revisión de textos de Lenin y Trosky nos permiten comprender su magnitud. Aquí un acercamiento a tal realidad.

 

Es común decir que la revolución Rusa inició en febrero de 1917, cuando en realidad fue en 1905 e incluso, siguiendo a Mao cuando dice que una revolución inicia recién se ha fundado el partido, entonces fue en 1898 con la fundación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (Posdr).

 

Siguiendo esta tesis, es necesario decir que Rusia vivió tres revoluciones en el siglo XX: la fallida revolución de 1905 o primera revolución democrática burguesa; la de febrero de 1917 o segunda revolución democrático-burguesa, y octubre de 1917 o revolución socialista. Todo un proceso de luchas revolucionaria con flujos y reflujos, en la lucha política y de masas de la clase obrera, del campesinado, de los soldados-campesinos, de las mujeres, de los barrios, colegios y universidades, de los intelectuales, profesionales, curas ortodoxos y políticos.

 

Dado que lo que lo vivido durante doce años en el imperio ruso (1905-septiembre de 1917) fue una revolución democrático-burguesa, la lucha fue contra la autocracia zarista y por establecer, en un primer momento, una república burguesa, y en ese sentido las luchas económicas y políticas de la clase obrera tuvieron ese sello. En octubre de 1917, al triunfar la revolución socialista, se abrió otro camino para Rusia.

 

En la lectura y comprensión de lo que estaba en marcha, Lenin realizó una comparación entre el número de huelguistas que participaron en la revolución de 1905 con los huelguistas de otros países de Occidente, a partir de las estadísticas del ministerio de Comercio e Industria ruso:

 

Número de huelguistas por miles, por años y por países

 

 RusiaEEUUAlemaniaFrancia
1895-190443.000   
19052.863.000660.000527.000438.000
1906

1.108.000 Que fue el máximo correspondiente a los quince años 1894-1909  

   
1907740.000   
1908176.000   
190964.000   

Fuente: Lenin, "Sobre la estadística de las huelgas en Rusia, sept, noviembre de 1910"

 

En este cuadro resalta la tremenda movilización obrera entre 1905-1907, que sin ser el proletariado más avanzado de Occidente sí era muy combativo, enérgico, movilizado en medio de un país que vivía una revolución burguesa. Esta inmensa movilización de huelguistas también fue el trasfondo desde el cual surgieron los soviets. Lenin comenta que una muy importante caracteriza del momento fueron las huelgas repetidas y los huelguistas que participaron en varias de ellas:

 

Año% de huelguistas sobre el número total de obreros

 

% de huelgas repetidas sobre el número total de huelgas

 

1895-19041,46%-5,10%36,2%
1905163,8%85,5%
190665,8%74,5%
190741,9%51,8%
19089,7%25,4%

Fuente: Ídem t xvi

 

Las estadísticas muestran el empuje de los obreros y su capacidad y entusiasmo para participar en las huelgas, y a pesar de que en diciembre de 1905 fue derrotada la insurrección por la represión zarista y la falta de preparación de los insurrectos y de los partidos revolucionarios, “el domingo sangriento”, el movimiento revolucionario se mantuvo hasta 1907.

 

Pero el movimiento revolucionario fue desigual. Así como entre 1905-1906 disminuye en número de huelguistas en los grandes centros industriales, en iguales años aumentó en las provincias menos industrializadas y más apartadas: la ola revolucionaria de 1905 no llegó a ellos en ese año sino en el siguiente. Lenin mira las cifras por provincias, aquí mostramos solo los datos generales. En 10 provincias del imperio, en donde trabajaban 61.800 obreros, en 1905 los huelguistas totalizaron 6.564, y en 1906, fueron 21.484. Pero entre 1906-1907 el número de provincias participantes y de obreros alzados fue mayor: 19 provincias, y 572.132 obreros; en 1907 crecieron a 285.673.

 

El análisis de este proceso le permite concluir a Lenin: “Los obreros de las diferentes regiones participaron de manera desigual en el movimiento. En resumen: 1.660.000 obreros dieron 2.863.000 huelguistas, o sea, 164 huelguistas por cada centenar de obreros, algo más de la mitad de los obreros pararon en 1905, término medio dos veces”.

 

También el número de huelgas (no de huelguistas) en toda Rusia:

 

Número de huelgas 1895-1904

 

AñosEn las ciudadesFuera de ellasTotal
1895-19041.3264391.765
190511.8912.10413.995
19065.3287866.114
19073.2583153.573
1908767125892

 

Después Lenin analiza este proceso por grupos de producción: metalúrgicos, textiles, gráficos, madereros, cuero, productos químicos, alimentos sustancias minerales, para analizar la capacidad de movilización por sectores.

 

También analiza las huelgas del periodo 1911-1912, cuando comenzó el ascenso de la ola revolucionaria: en las huelgas económicas de 1911 participaron 96.730 huelguistas y 207.720 en 1912. Y en las huelgas políticas participaron 8.380 huelguistas en 1911, y 855.000 en 1912 (Lenin, “Las huelgas obreras según los fabricantes”, T XIX).

 

Para terminar el cuadro de la participación de la clase obrera en las huelgas de 1903 hasta febrero de 1917:

 

Huelguistas por año:

 

19038.70019118.000
190425.0001912550.000
19051.843.0001913502.000
1906651.0001914*1.859.000
1907540.0001915156.000
190893.0001916310.000
19098.0001917575.000
19104.000  

 

* La cifra de 1914 es solo para el primer semestre del año, y la de 1917 para los meses de enero y febrero. (León Trosky, Historia de la Revolución Rusa, TI, cap 3).

 

Para 1905 Rusia contaba con 1.660.00 obreros industriales, y para 1917 eran más de dos millones.

 

 

Publicado enEdición Nº235
Viernes, 26 Mayo 2017 06:45

Salvo el poder, todo es ilusión

Salvo el poder, todo es ilusión

José Batista Sobrinho comenzó a trabajar a los 15 años. Dejó la escuela en el cuarto grado. Cuando terminó el servicio militar se dedicó a faenar vacunos vendiendo a carnicerías de la ciudad de Anápolis, de unos 50 mil habitantes, en el estado de Goiânia (Brasil). Cuando el presidente Juscelino Kubitschek, década de 1950, decidió construir Brasilia, Zé Mineiro (su apodo), se trasladó a la futura capital para instalar un matadero donde faenaba 25 vacas diarias.

Medio siglo después, en 2007, JBS (iniciales de José Batista Sobrinho) era uno de los mayores frigoríficos del mundo. Tanto que compró el frigorífico estadunidense Swift por mil 400 millones de dólares. La gigantesca operación pudo realizarse gracias a que el banco estatal BNDES capitalizó JBS al adquirir 14 por ciento de las acciones para que una de las "campeonas nacionales" (son palabras de Lula), tuviera acceso al mercado estadunidense.

En la fusión de los frigoríficos JBS y Bertín, en setiembre de 2009, otro paso delante de la empresa, el BNDES invirtió 4 mil 700 millones de dólares para hacerla posible. El banco estatal llegó a tener una participación de 22.4 por ciento en JBS, a instancias del gobierno federal.

Todos los hijos de Zé Mineiro abandonaron sus estudios para dedicar todo su tiempo al negocio familiar. "Nuestro conocimiento no es académico, aprendimos de la vida", dijo Wesley a la revista Forbes. Junto a los otros dos hermanos, José y Joesley, aquel matadero familiar se convirtió en una enorme multinacional: está presente en 110 países, tiene 200 mil empleados, 150 plantas y factura más de 50 mil millones de dólares. En Estados Unidos, el mayor mercado de carne vacuna del mundo, JBS era responsable en 2011 de 22 por ciento de la oferta.

Joesley figura entre las 70 personas más ricas del mundo, según Forbes. Bajo los dos gobiernos de Lula (2003-2010), el Grupo J&F que controla JBS, creció de modo exponencial, multiplicando por más de diez su facturación. El grupo fue uno de los principales beneficiarios de la política de Lula de seleccionar grandes empresas para insuflarles dinero público y convertirlas en grandes multinacionales.

Era una de las piezas maestras de proyecto Brasil Potencia del Partido de los Trabajadores. Las otras son más conocidas: Odebrecht, Camargo Correa, OAS y un puñado más.

Henrique Meirelles, nombrado director del Banco Central por Lula, se mantuvo ocho años al frente de la institución. Al dejar Lula la presidencia, Meirelles fue nombrado presidente del consejo de administración de J&F, lugar que ocupó hasta 2016, con el objetivo de "crear estructuras de gobernanza en la compañía para prepararla para salir a bolsa" (goo.gl/R0RThD). Cuando Dilma Rousseff fue destituida, el 31 de agosto de 2016, Meirelles pasó a ocupar el cargo de ministro de Hacienda del gobierno de Michel Temer.

Joesley Batista decidió grabar y denunciar a Temer como parte de su estrategia de negocios. Según análisis del diario económico Valor, decidió "rifar" Brasil para mudar sus negocios a Estados Unidos, donde la empresa ya posee 80 por ciento de sus operaciones: 56 fábricas procesadoras de carne y la mitad de su operativa mundial ya están en ese país.

"Para garantizar la ejecución de su plan, la empresa y sus controladores necesitaban llegar a un acuerdo con el Departamento de Justicia de Estados Unidos, el poderoso DoJ" (goo.gl/xhOohg). En diciembre la empresa realizó una IPO (oferta pública inicial) en la Bolsa de Nueva York como parte de "un amplio proceso de reorganización que llevará al grupo a dejar de ser brasileño", afirma el diario brasileño Valor.

El artículo finaliza con una frase que resume la lógica empresarial: "Los Batista actuaron rápido, eligiendo el camino opuesto al de la familia Odebrecht, que vio sus negocios hundirse mientras rechazaba colaborar con las investigaciones". Falta agregar que horas antes de la difusión de la grabación, que hundió a Temer, los Batista compraron millones de dólares, previendo que la divisa sufriría una fuerte devaluación. Ganaron dos veces.

Hasta aquí la historia contada telegráficamente. Una historia que liga a cuatro personajes que lucharon, ardua y exitosamente, por el poder.

La familia Batista hizo lo que saben hacer los empresarios capitalistas, las "aves de rapiña" como las definía Fernand Braudel. JBS creció bajo el ala del desarrollismo brasileño y se benefició como pocas de la política de las "campeonas nacionales" de Lula. Miles de millones de dólares del Estado para convertirla en lo que hoy son: rapaces sin límites, capaces de morder la mano (estatal) que les dio de comer.

Meirelles es un ejecutivo de carrera del sector financiero global, trabajó 28 años en el Banco de Boston, de los cuales 12 años se desempeñó como presidente del banco en Brasil y luego estuvo tres años como presidente del Banco de Boston mundial. En Estados Unidos se lo consideraba muy cercano al presidente Bill Clinton. De ahí pasó al gobierno de Lula, quien le tenía gran estima.

Temer es el típico político brasileño, mediocre y ambicioso. Hizo carrera en el centrista PMDB y fue ascendiendo hasta que Lula y Dilma lo eligieron como candidato a la vicepresidencia en dos ocasiones, en las elecciones de 2010 y las de 2014. Esperó su momento para dar el salto y, cuando lo consiguió, cayó al vacío. En unos años pocos lo recordarán.

El cuarto es Lula. En vistas de la crisis en curso, acelera el paso para retornar a la presidencia. Puede lograrlo. Si lo consigue, gobernará un país destrozado, no tendrá la mayoría parlamentaria que consiguió tejer en 2003, deberá lidiar con una sociedad dividida y enfrentada, y afrontará un escenario global desfavorable. Cualquier persona sensata le aconsejaría desistir, ya que las posibilidades de éxito son mínimas.

La obsesión por el poder, que reúne estas cuatro biografías que en la última década se entrecruzaron, es parte indivisible de la lógica capitalista. Aunque en muchos casos, como quien fraguó la frase del título (Abimael Guzmán, Sendero Luminoso), tuvieran un discurso opuesto.

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Por Leonardo Fernandes

 

Fabiana Braga tiene 22 años y está en la cárcel ilegalmente, por ser campesina, mujer y luchar por el derecho a la tierra. Creció en campamentos del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST, Brasil) y a los 18 años se fue a probar suerte a la ciudad. Allí se terminó de convencer que su lugar estaba en la vida campesina, con el MST en la lucha por la tierra y por la dignidad como joven, mujer y campesina. A los 20 años se integró con su compañero en el asentamiento Tomás Balduíno, en Quedas de Iguazú, Paraná, donde coordina el Colectivo de Mujeres y es parte del Colectivo de Juventud. El asentamiento está en tierras públicas recuperadas por el MST para la reforma agraria, pero que la maderera Araupel se había apropiado fraudulentamente, en connivencia con autoridades. En 2014, el MST consiguió que un tribunal otorgara el reconocimiento legal de que esas tierras debían ser destinadas para la reforma agraria, con lo que la empresa aumentó las agresiones. En abril 2016 una banda de pistoleros disparó contra miembros del asentamiento, asesinando a dos compañeros. La policía, en lugar de actuar contra los pistoleros y la empresa, comenzó la Operación Castra, que como su burdo nombre indica, tiene la meta de “castrar” al MST, criminalizándolo.

En el marco de esta funesta Operación, Fabiana fue detenida en noviembre 2016, junto a Claudelei Lima, locutor de la radio comunitaria del asentamiento. La operación no se quedó allí, sino se desplegó en varios estados. La Escuela Nacional Florestán Fernández del MST en São Paulo fue invadida sin orden de allanamiento y con armas de fuego, en nombre de la misma operación, supuestamente buscando “acusados”. Fabiana y Claudelei siguen presos, mucho más allá de los límites legales de las medidas de “prisión preventiva” con la que fueron detenidos. Hay una campaña internacional del MST, donde se puede firmar por su liberación: Meucrimeelutar.com.br

Estas operaciones de criminalización han recrudecido en Brasil contra los movimientos sociales, intentando presentarlos como delincuentes, cuando su único “delito” es luchar por sus derechos. La Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), Brasil, informó que en 2016, se cometieron 61 asesinatos por conflictos en el campo, la mayor cifra desde hace 25 años, exceptuando el año 2003. En el mismo año aumentó 185 por ciento el número de personas del medio rural presas por defender sus derechos, tierra, agua y territorio. En 2017, ya han sido asesinadas 20 personas, incluyendo 9 militantes del MST atacados en su propio asentamiento, en Mato Grosso.

La CPT afirma que la criminalización y persecución de los que luchan por sus derechos en el campo ha llegado a límites sin precedentes en Brasil, con el aumento de asesinatos y agresiones impunes comandados por empresas y latifundistas junto a la represión y encarcelamiento legalizado por parte de fuerzas públicas. Un hecho particularmente ignominioso fue el uso de la Ley 12.850/2013, contra el MST en Goiás para detener a varios de sus militantes, porque tipifica al movimiento como organización criminal. Luego de casi un año de prisión ilegal, el MST consiguió que un juez decretara que el MST no es una organización criminal y que debían ser liberados, pero aún sigue preso un compañero: Luiz Borges.

Este método de acusaciones falsas y uso de leyes (anti-terroristas o contra crimen organizado) para criminalizar y reprimir a los movimientos y a quienes luchan por sus legítimos derechos, también se usa contra las comunidades mapuches en Chile y Argentina, contra campesinos e indígenas en Paraguay y en otros países del continente, incluyendo por supuesto, México.

En Argentina, sigue la renovada guerra de extinción contra las comunidades originarias, ahora con la detención en Formosa del líder indígena wichí Agustín Santillán el 14 de abril, que se suma a la anterior de Bautista Macedonio y Roberto Frías. Varias organizaciones argentinas denuncian este proceso de criminalización y estigmatización de la lucha de los pueblos indígenas, pidiendo su inmediata liberación, según informa Darío Aranda.

En México, con el segundo lugar en muertes violentas a nivel mundial, solamente detrás de Siria, las autoridades y bandas criminales -con una difusa línea divisoria entre ambas– se usan todos los métodos anteriores y otros.

La constante en todas partes es que estos procesos de criminalización, represión, muertes y desapariciones forzadas o por bandas criminales, siempre terminan abriendo territorio a transnacionales y megaproyectos, beneficiando a grandes empresas.

En la semana pasada, se sumó al dolor y la rabia, el asesinato de Miriam Rodríguez, madre cuya hija fue desaparecida y que habiendo develado el caso de su hija, se sumó al activismo con otras madres y familiares de desaparecidos en Tamaulipas, México. Como en Argentina, con las Madres de Plaza de Mayo, a varias de las cuales también asesinaron por el delito de buscar a sus hijas e hijos.

Pero como dice la frase surgida de la búsqueda y resistencia de madres, padres y compañeros de los 43 estudiantes desaparecidos (y otros asesinados) de la escuela rural de Ayotzinapa, “querían enterrarnos pero no sabían que éramos semilla”.

Un sentido que como gramínea crece por abajo y vuelve a germinar todo el tiempo y en todas partes, a través de tiempos y espacios diversos. Un ejemplo reciente fue la manifestación masiva con pañuelos blancos , en Argentina el 10 de mayo, con y junto a las Madres de Plaza de Mayo, contra el intento de perdonar a los genocidas en ese país.

A veces surge como enormes manifestaciones, muchas más veces en actos más pequeños, en el trabajo cotidiano de grupos y colectivos barriales y comunitarios en la denuncia, en la defensa de derechos, en la resistencia y también en la construcción permanente, en las muchas formas de seguir construyendo la vida. Siempre vuelve a germinar.

 

Silvia Ribeiro

Periodista y activista uruguaya, directora para América Latina del Grupo ETC, con sede en México.

 

 

 

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Daniel Feierstein

 

El sociólogo argentino, que ha investigado durante más de treinta años masacres y holocaustos en diferentes contextos históricos, dice que un genocidio no puede saldarse con impunidad ni reconciliación.

 

Cuando Daniel Feierstein comenzó a estudiar el genocidio, lo hizo por sus raíces judías. La experiencia del nazismo lo atravesó y tuvo que comenzar a hurgar debajo de las almas y de los muertos para entender. Para entenderse. Para descifrar esa palabra creada por el judío polaco Rafael Lemkin, que la había inventado después de su investigación acerca del exterminio de armenios, sirios y griegos de manos del Estado moderno turco, pero que fue aceptada a nivel social y penal después de que exterminaron a su pueblo, en 1946, luego del holocausto judío. Las Naciones Unidas usaron el concepto para definir que “el genocidio es la negación o la destrucción de un grupo social a través del terror”.

Después de que Feierstein se zambulló en esa historia al otro lado del océano, al frente de él estaba pasando algo similar. Comenzó a observar lo que ocurría en su país: una dictadura que desaparecía, hostigaba y torturaba a sus detractores y que de a pocos fue eliminando a cada uno de ellos. Después de eso Feierstein no volvió a ser el mismo. Trabajó con organismos de derechos humanos en la Argentina para pelear una batalla bestial: contra la impunidad. Reabrió el proceso de juzgamiento a los involucrados en los crímenes y logró que se aceptara que esas muertes, esas desapariciones, eran un genocidio. “Mi vida tenía que estar dedicada a eso”, sentenció el sociólogo, que viene por primera vez a Colombia para presentar en la Filbo su libro “El genocidio como práctica social” (Fondo de Cultura Económica, 2011).

 

¿Por qué es importante haber creado el concepto genocidio?

Es fundamental la creación de ese concepto y después transformarlo en figura legal porque habla de una práctica muy distinta a todas las otras prácticas que conocíamos en el código penal. Un genocidio no es un homicidio, no es una suma de homicidios, no es una serie de masacres o de horrores, es algo muy específico que es el intento de destruir la identidad de un pueblo. No existía ningún concepto para abordarlo ni ninguna herramienta legal para abordarlo. Necesitábamos conceptualizarlo para poder enfrentarlo, no sólo legalmente. Para poder enfrentar cualquier práctica necesitas entenderla y para entenderla necesitas nombrarla.

 

¿Cuál es la diferencia entre masacre y genocidio?

Masacre es un término muy amplio que da cuenta de cualquier proceso de muerte masiva. Las masacres pueden ser espontáneas, pueden ser el resultado de una confrontación específica en alguna guerra, pueden ser la represión puntual de algún hecho; eso, obviamente no les quita su horror. Pero, lo que no hay en una masacre es la intención de usar el terror para destruir la identidad: la masacre, podría decirse, es una reacción, mientras que el genocidio nunca es una reacción, el genocidio es una intención planificada. Un proyecto para transformar la identidad de un pueblo.

 

En el caso colombiano, ¿qué caso podría tomarse como un genocidio?

Yo creo que en Colombia hubo varios genocidios. Lo que pasa es que no todo el conflicto armado fue el genocidio. Me parece que ese es el tema más delicado de este país, donde hubo simultáneamente un conflicto armado y un genocidio. El conflicto armado y el genocidio son dos cosas distintas. La guerra tiene determinadas características y determinadas lógicas que tienen que ver con la confrontación de distintos sectores sociales, mientras que el genocidio es otro tipo de proyecto que se propone la destrucción de la identidad. Ha ocurrido en distintos casos históricos, como el nazismo, lo mismo que pasa en Colombia: la guerra y el genocidio coinciden, es decir, ocurren en el mismo período histórico. Lo importante a nivel político es poder distinguir un momento del otro. Porque una guerra requiere un proceso de paz y de reconciliación entre quienes libraron la guerra, pero un genocidio no puede saldarse con impunidad ni reconciliación. Me parece que es fundamental distinguir esos dos procesos. Colombia vivió distintos momentos de prácticas genocidas, los dos más fuertes fueron toda la política dirigida a los sectores rurales, y sobre todo comunidades indígenas y campesinas, por parte del aparato estatal y los paramilitares, y luego, el caso más tratado jurídicamente, el de la Unión Patriótica. Son dos procesos que dejan claro su contenido genocida y, si bien se encuentran articulados con la guerra, sus objetivos no son los objetivos de la guerra. El aniquilamiento de la Unión Patriótica se hace en el contexto de un proceso de paz, cuando uno de los bandos en conflicto decide incorporarse al espacio político y transformarse en un partido. Por lo tanto, hubo una fuerte convicción del Estado para impedir esa posibilidad y lo hizo a través del terror y la persecución sistemática de sus miembros. Lo mismo ocurrió con el intento de transformar la estructura productiva colombiana a partir del ataque a determinadas comunidades indígenas o comunidades campesinas. Creo que el gran desafío del caso colombiano es poder distinguir entre estas dos situaciones. Creo que requieren políticas distintas.

 

¿Cuál es la importancia de distinguir qué fue un genocidio y qué fue parte del conflicto armado?

Una sociedad no puede avanzar con la impunidad de genocidas. El tejido social no puede sanar si los responsables de prácticas genocidas no se hacen responsables de las consecuencias de sus acciones. Si no son atravesados por el aparato judicial, si no son sometidos a la ley, es imposible que esas conductas no se sigan repitiendo. Mientras, en el contexto del conflicto armado existe la posibilidad de evaluar distintos acuerdos dentro de un proceso de paz para poder, de alguna manera, reconstruir el lazo social en función de que no es la misma gravedad de los hechos ocurridos en una guerra que el diseño sistemático de un proyecto de exterminio. Me parece que esa es la importancia de poder entenderlo. Básicamente hay que diferenciarlos para saber cómo abordar estos dos tipos de conflicto.

 

¿Qué hacer cuando el Estado no reconoce un genocidio?

Yo creo que lo más común es que los estados no reconozcan su responsabilidad en procesos genocidas. Ahí está la enorme importancia del conjunto de la sociedad, de las organizaciones sociales, de los movimientos de los derechos humanos y, por supuesto, de la academia. Ellos deben intentar clarificar a la población, no sólo a los miembros del aparato estatal. Hay que aclarar lo ocurrido, tanto en una guerra como en un genocidio. El nivel de afectación de quienes sufren ese proceso es tan alto que lleva mucho tiempo poder percibir lo que ocurrió y poder ordenar dentro de la sociedad ese proceso. Sobre todo en un conflicto tan largo como el colombiano, en donde cada uno de sus factores ha tenido lógicas diferentes: desde la pelea por las tierras hasta el narcotráfico. La academia no puede ser abstracta: los conceptos sirven para actuar, así que en esos espacios se debe propender por la creación de esos conceptos. El sentido del conocimiento en cualquier disciplina es poder generar consecuencias en la acción, y creo que en ese sentido hay una responsabilidad enorme en las ciencias sociales. Es una responsabilidad de todos señalar cuál sería el camino más útil para la sociedad, más aún cuando el Estado va por donde no es.

 

En los últimos 14 meses han asesinado en el país a 120 líderes sociales, sobre todo de zonas rurales. ¿Podría decirse que es el inicio de un genocidio?

Ese trabajo de periodización que he realizado del genocidio en Colombia es muy difícil de distinguir, por la continuidad del conflicto. La pregunta sería: ¿es la etapa de un nuevo proceso genocida o es la continuidad de algo que ha concluido? Uno de los problemas actuales de este país es que no se ha detenido el paramilitarismo y esa debería ser la prioridad número uno en cualquier proceso de paz. Si se sigue garantizando la impunidad de quienes participaron en prácticas genocidas es muy difícil que se pueda detener la práctica genocida, por más que se detenga el conflicto. Porque son actores que se creen autorizados para continuar con esas prácticas. Lo bueno es que en Colombia sí ha habido procesos judiciales, en específico con el caso de la UP.

 

¿Los procesos genocidas tienen un “modus operandi”, comparten similitudes?

Por lo general, siempre hay una serie de cuestiones que se repiten en diferentes procesos genocidas. Una de ellas es el rol de las organizaciones paraestales. Esto es muy común y por lo general se encuentra en la etapa de hostigamiento. Pero los casos de Colombia y México, donde la relación del Estado y lo paraestatal nunca termina de quedar clara, son como una avanzada de una nueva modalidad de implementación del genocidio. En ambos países no hay un golpe militar que establezca un gobierno dictatorial, continúa la formalidad democrática y por eso la participación estatal es más mediada. En la mayoría de los procesos genocidas hay un momento de confusión donde operan las organizaciones paraestatales y luego, por lo general, el Estado asume la coordinación de ese proceso de exterminio. Acá, por el contrario, el aparato paraestatal nunca ha desaparecido y por eso el Estado se ha desentendido de unas prácticas que surgieron desde su propio riñón. Para que el Estado afronte sus nexos con el paramilitarismo va a tener que haber una revolución social.

 

¿Cuáles son los roles más importantes en los grupos que cometen genocidio?

En un genocidio hay distintos tipos de funciones. Lo más importante es poder desarmar al grueso de los que participan en un proceso genocida. Los principales no son los que lo diseñan, los que odian a aquella población que persiguen, sino los que obedecen. Todo un sistema montado sobre el sistema de la obediencia y de no hacerse responsable de las consecuencias de las acciones. Muchos de los genocidas no están contentos con lo que hacen, tienen problemas para asumirlo, pero lo resuelven desde la lógica de la obediencia. El elemento central para combatir la posibilidad de cualquier genocidio es poder construir en la población la idea de hacernos cargo de nuestros hechos y que en ese sentido tenemos la capacidad de oponernos a aquello que nos indigna. De resistirnos, de hacer lo que no queremos hacer. Lo que demuestra la historia de los procesos genocidas es que esto no necesariamente cuesta la vida. Hay mucha gente que se ha opuesto a procesos genocidas, a desempeñar tareas en esos procesos y se pierde el trabajo o hay un traslado —un tipo de castigo—. No es necesariamente algo que requiera un altísimo nivel de heroísmo, pero es algo que puede detener la maquinaria de la muerte.

 

Fuente:http://www.elespectador.com/noticias/cultura/hasta-que-el-estado-no-aclare-sus-nexos-con-el-paramilitarismo-el-genocidio-en-colombia-va-continuar-articulo-692264

 

 

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Domingo, 30 Abril 2017 06:49

El cínico doble rasero de los medios

El cínico doble rasero de los medios

 

Sobre el último reporte de Amnistía Internacional (AI) sobre la monarquía petrolera.

 

En Arabia Saudita no se reprimen las manifestaciones, como está sucediendo en Venezuela. Simplemente no es posible manifestarse. El último reporte de Amnistía Internacional (AI) sobre la monarquía petrolera dice: “Las autoridades restringían severamente el derecho de libertad de expresión, asociación y reunión, deteniendo y encarcelando por cargos imprecisos a quienes las criticaban, a defensores y defensoras de derechos humanos y a activistas de los derechos de las minorías. La tortura y otros malos tratos (...) seguían siendo habituales, especialmente durante los interrogatorios”.

El informe destaca la discriminación contra las mujeres, en la ley y en los hechos (no pueden conducir coches, viajar, trabajar y ser intervenidas quirúrgicamente si no cuentan con el permiso de un familiar varón). Numerosas penas de muerte “incluso por delitos no violentos y contra personas condenadas por presuntos delitos cometidos cuando eran menores de edad”. Más aun, en la guerra dirigida por Arabia Saudita en Yemen se cometen “violaciones graves del derecho internacional, crímenes de guerra incluidos”.

Lo que sucede en Turquía desde el fallido golpe de Estado del 15 de julio pasado resulta estremecedor. El informe de AI destaca que “más de 40 mil personas permanecieron detenidas en espera de juicio durante los seis meses que duró el estado de excepción”. Agrega que hay indicios de que se ha torturado a personas detenidas, que se despidió a casi 90 mil funcionarios públicos, se cerraron “cientos de medios de comunicación y se detuvo a periodistas, activistas y miembros del parlamento”.

Las fuerzas de seguridad violan impunemente los derechos humanos, especialmente en el sureste del país, de población predominantemente kurda, donde en los núcleos urbanos se impuso el toque de queda durante las 24 horas del día. Alrededor de 140 periodistas están en prisión, y es por segundo año consecutivo el país con más periodistas presos.

En cuanto a la intervención militar en Yemen, AI señala: “En todo Yemen se cometen espeluznantes crímenes de guerra y abusos contra los derechos humanos, causando un sufrimiento insoportable a la población civil”. Stephen O’Brien, alto jerarca de las Naciones Unidas, dijo el 30 de marzo que 7 millones de yemeníes, sobre una población de 25 millones, corren un gran riesgo de sufrir hambrunas y enfermedades. Diecinueve millones necesitan ayuda humanitaria: comida, agua, refugio, combustible y saneamiento, y otros 3 millones fueron forzados a abandonar sus hogares.

Es seguramente la peor guerra de estos años, pero está fuera del campo de visión de los medios occidentales. Algo similar ocurre en Turquía, donde el pueblo kurdo es sistemáticamente perseguido, incluso sus parlamentarios han sido detenidos y despojados de la inmunidad. Pero ambos países son cortejados por Occidente: Turquía como aliado estratégico desde la Segunda Guerra Mundial; Arabia Saudita como proveedor de petróleo y clave de bóveda de la arquitectura estadounidense en Oriente Medio.

Peor aun: Ankara esgrime como espada de Damocles sobre Europa la posibilidad de que millones de refugiados sirios inunden el viejo continente, desencadenando una imprevisible crisis política.

 

COLOMBIA, MÉXICO Y VENEZUELA.


Según AI, en Colombia se registra“un aumento de los homicidios de defensores y defensoras de los derechos humanos, entre los que había líderes indígenas, afrodescendientes y campesinos”. En 2016 fueron asesinados 120 dirigentes sociales, y en los tres primeros meses de 2017 fueron muertos 30, registrándose un total de 156 ataques a dirigentes sociales, sobre todo integrantes del Congreso de los Pueblos y Marcha Patriótica.

“Hay una agresividad especial contra las mujeres dirigentes de movimientos sociales, con asesinatos, amenazas y judicializaciones”, destaca la activista pro derechos humanos Milena López Tuta (Público.es). Por eso AI asegura que “en grandes zonas de Colombia el conflicto armado está más vivo que nunca”.

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Agropecuaria (Sintrainagro) asegura que le han asesinado 1.300 dirigentes, activistas y afiliados, “mientras el Poder Ejecutivo ha ido quitando la protección de que gozaban varios de sus directivos que corren peligro de muerte, en especial en zonas del país donde han quedado a merced de grupos terroristas y esbirros de hacendados y empresarios” (Rel-Uita, 21 de abril de 2017).

Ni qué hablar de la crisis social en México, donde han sido asesinadas 200 mil personas y hay 30 mil desaparecidos, con la comprobada participación del Estado, que permanece impávido ante las brutales violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido aplicarle al país azteca la “cláusula democrática” de la Oea.

El caso de Venezuela es sumamente aleccionador para la izquierda y la derecha. La primera porque, como destaca el sociólogo Edgardo Lander, se ha empeñado en mirar para otro lado (en general hacia Washington) y se muestra incapaz de reconocer que el régimen transita hacia un creciente autoritarismo, que el mal llamado “socialismo del siglo XXI” es la hoja de parra que esconde la vergonzosa corrupción que es una de las principales características en las alturas del régimen.

La derecha y los medios que le son afines hacen su juego, y lo hacen bien. En México le echan la culpa de la violencia al narco, mientras presentan al gobierno y al Estado casi como víctimas, cuando son cómplices, y nadie busca explicar por qué la violencia afecta sobre todo a los sectores populares organizados en movimientos sociales. En Colombia, en tanto, todo el problema sería responsabilidad de los paramilitares y de bandas criminales, omitiendo que sus víctimas son dirigentes sociales.

El doble rasero mediático y político parece irreversible y es una de las principales señas de identidad de los medios en un período de caos sistémico en el cual las elites tienen mucho que perder. El resultado es una fenomenal crisis de credibilidad de los partidos: en Francia por vez primera ninguno de los partidos históricos pasó al balotaje. En cuanto a los medios, algo muy de fondo está cambiando: la Asociación de Revistas Culturales e Independientes de Argentina (Arecia) informó en diciembre que los lectores de sus casi 200 publicaciones (hay muchas más en el mismo espectro) son ya 5 millones, lo que representa el 15 por ciento de la población del país.

Un mundo está agonizando ante nuestros ojos, si somos capaces de ver más allá de la desinformación mediática.

 

 

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“La lucha por la vida, la dignidad y el territorio nos marca otro horizonte de sentido político”

 

La Tinta (Argentina)

 

Carlos Walter Porto Gonçalves analiza en esta entrevista la crisis ecológica, los modelos de desarrollo, el rol de las comunidades indígenas, y el escenario político regional

 

Géografo, militante teórico-político, compañero de ‘Chico Mendes’, discípulo y par de ‘Milton Santos’ son algunas de las tantas definiciones que pueden perfilar a Carlos Walter Porto Gonçalves. Cuando lo presentan y destacan sus pergaminos, como el premio Casa de las Américas por su libro ‘La globalización de la naturaleza y la naturaleza de la globalización’ (2008), agradece pero agrega: “siempre digo que falta decir en mi currículum ‘hijo de obrera y obrero’, eso me marcó más que nada’”.

Este referente intelectual latinoamericano ha desarrollado una vasta producción teórica siempre anclada en el calor de las luchas territoriales. Cuestiones como ‘ruptura metabólica de la naturaleza’, la r-e(x)sistencia de las comunidades campesinas indígenas, la crítica al eurocentrismo, y la crisis cultural, política, productiva del actual sistema de poder han estado entre sus temas de abordaje. Invitado a dictar un seminario al Doctorado en Humanidades de la Universidad Nacional de Catamarca dejó espacio para un intercambio en el que habló de temas que van desde el “monocultivo como modelo de poder” hasta el “nuevo horizonte de sentido político” que marcan las comunidades indígenas frente a “ciclos electorales perversos”.

 

Leonardo Rossi.- Usted explica que el monocultivo, hoy tan extendido a escala global, tiene una profundidad mucho mayor que la mera cuestión técnica ¿podría ampliar esa idea?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- En la historia de la humanidad las grandes áreas de monocultivo empiezan en la colonia, no tengo noticias antes. Toda la cultura agraria era de múltiples cultivos. En Brasil el monocultivo de caña empieza en el siglo XVI, y se obliga a producir en grandes áreas una sola cosa para extraer. Nadie hacía eso de manera espontánea, se hizo a fuerza de trabajo esclavo. ¿Cómo va producir alguien eso que no es para sí? Eso se impuso. Mientras que los indígenas, que conocían los territorios, escapaban, los esclavos eran más susceptibles ante esa situación. Entiendo entonces que el monocultivo no es sólo una técnica de producción, es una técnica de poder. El monocultivo se fundó en el trabajo esclavo.

 

Leonardo Rossi.- ¿En qué marco económico-político se asienta ese modelo?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Es importante ver ahí que todos los libros de economía y de historia han instalado que los latinoamericanos somos históricamente exportadores de materias primas. Y esto no es así. Brasil, Haití y Cuba en siglo XVI no exportaban materia prima, exportaban azúcar, un producto manufacturado. Eso es importante explicarlo, porque aquí empiezan las primeras técnicas de industrialización, durante la colonia. Esas prácticas que incipientemente se desarrollan en Cabo Verde explotan acá. Eso nos muestra que la modernidad tecnológica no necesariamente fue liberadora y emancipadora, si no que en este caso fue la condición de la opresión.

Aquí, somos ‘modernos’ hace 500 años, cuando aún no había desarrollo de industria en Europa. Esa condición tecnológica, el ‘agronegocios’, para nosotros tiene 500 años. El ingenio de azúcar en el siglo XVI no fue otra cosa que una tecnología de punta. Eso es importante ponerlo de relieve porque tenemos una ideología tecno-céntrica que sostiene que la tecnología es libertad. Hoy continuamos prisioneros de una lógica desarrollista, tecno-céntrica.

 

Leonardo Rossi.- ¿Cómo analiza la actual expansión del agronegocio y los monocultivos en la región?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Me parece que estamos ante un proceso muy acelerado de expansión. Desde los años setenta para acá un 25 por ciento del territorio brasileño fue arrasado por el agronegocios. Con el soporte del Estado, con las investigaciones que se financian, se apunta actualmente por ejemplo a la tropicalización de la soja. Por caso, no pasaba a esas regiones tropicales y hoy avanza en esas áreas en Brasil, en Bolivia y en otros países de la región. Al igual que con lo que ocurrió antes, vuelvo a destacar que ninguna comunidad que realiza agricultura para alimentarse produce monocultivos. Eso nunca existió. Y ahí también se expone que el monocultivo es una técnica de poder.

 

Leonardo Rossi.- ¿Qué fenómenos está observando con más atención en torno a estos modelos productivos en sus aspectos ecológicos y sociales?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Lo que más preocupa es que hace cincuenta años teníamos 1.200 millones de personas en áreas urbanas y que hoy tengamos 3.600 millones, y que la población rural era de 1.800 millones y hoy es de 3.400. En ese sentido, me gusta destacar que tenemos una visión tan urbano-céntrica, que analizamos que la urbanización es el vaciamiento del campo. ¿Qué pasó en realidad? Nunca hubo tantos campesinos a pesar de que nunca hubo tanta expulsión de comunidades campesinas e indígenas. Entonces no se puede analizar esa dinámica con la mirada europea.

A partir de eso, me planteo cómo se va a alimentar esa gente de la ciudad, mientras también crece el número de gente en el campo. ¿Vamos a seguir despojando? ¿Qué va a pasar con la huella ecológica ante una demanda impresionante en materia de energía? La gente del campo de Asia y África que va a ser despojada a dónde va a ir. Estamos frente a un proceso de des-ruralización que tiende a la sub-urbanización. Las personas se asientan mayormente en sitios donde hay violencia, miseria, fractura social. No hay tal ‘ciudad luz’ prometida.

 

Leonardo Rossi.- Uno de los temas que viene desarrollando relacionado a estos procesos es el de la ‘ruptura metabólica’ de la naturaleza ¿qué apuntes puede brindarnos sobre este aspecto?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Estamos en un proceso acelerado de pérdida de biodiversidad, estrés hídrico, contaminación, lluvias fuera de temporada, inundaciones de gran amplitud. Ya no es un problema local de Argentina, de Colombia, de Perú. Es un proceso global gravísimo, enmarcado en una enorme presión sobre los recursos en el marco de una sociedad regida por la obsolescencia programada. Y en esto me parece central resaltar que el problema no es ‘malthusiano’, porque se prevé una estabilización de la población para el 2050 en 9.000 millones de habitantes.

Por ejemplo, veamos qué pasa con la agricultura industrial que tenemos, que avanza en sitios como la Amazonía. Allí encontramos que el bosque siempre ofreció alimentos, que fue un gran refugio para comunidades esclavizadas que escapaban y sitio de diversos pueblos indígenas, porque esa naturaleza permite un grado de libertad notable a partir de productividad biológica. Ese océano verde, de 800 hectáreas, genera en algunas zonas entre 40 y 70 toneladas de biomasa por hectáreas/año. Y esa misma parcela, cuando se la desmonta para producir soja genera tres toneladas anuales. En el medio perdemos una gran diversidad biológica clave en la dinámica metabólica global del planeta. Asimismo, tenemos hoy dentro de la Amazonía 26.000 proyectos mineros en explotación, y otros 26.000 en exploración para los próximos cinco años. Ese bosque que asimila la energía solar y la transforma en vida, que irriga agua, se convierte ahora en suelo desnudo, donde el sol refleja directamente, una señal de ruptura metabólica asustadora.

 

Leonardo Rossi.- ¿Cómo califica el accionar de las diversas expresiones políticas dominantes (progresistas, nacionales-populares, neoliberales) en torno de estas cuestiones?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- El Ciclo Progresista, como dice (Maristella) Svampa, reflejó el ‘consenso de las comoditties’, el modelo desarrollista con avance de los monocultivos, de la gran minería más allá de los matices gubernamentales que había. Y ahí hay un dilema en el que todos estamos metidos. Existe una condición de miseria en la ciudad que es muy susceptible al cortoplacismo, a las demandas inmediatas, a vivir de las ‘migajas’ de estos modelos productivos, y la gente acepta eso y es entendible que lo acepte. No tenemos un horizonte político claro para salir de inmediato de eso. No es fácil.

Veamos la elección de Ecuador, que se decidió dentro de dos referencias de la misma lógica de explotación minera, petrolera. Uno de los candidatos con la máquina del Estado (Lenin Moreno) y el otro un banquero (Guillermo Lasso). Pero vemos también que más de un cinco por ciento votó Pachakuti (Acuerdo Nacional por el Cambio), que tiene que ver con pensar estas ideas que estamos planteando.

Frente a esa maquinaria sacar cinco por ciento, con estas ideas es fantástico. Ahora visto desde lo electoral es poco. Pero creo que más de fondo existe una crisis de estos ciclos electorales perversos, que producen dependencia, cooptación. Y es una crisis que va mucho más allá, que tiene que ver con estos procesos de desarrollo, donde colapsan las ciudades, donde no alcanza el agua, donde se saturan las zonas suburbanas, como problemas derivados de todo ese despojo de las áreas rurales que ensanchan la brecha metabólica y eso ya no tiene cómo continuar.

 

Leonardo Rossi.- ¿Qué rol juegan las comunidades, organizaciones y colectivos indígenas en este escenario?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Desde la Caída del Muro, la crisis de la izquierda abrió espacios a referenciar la lucha por la tierra desde otros léxicos teóricos, ya no desde una perspectiva sindical campesina clásica, sino desde lucha por la vida, por la dignidad y por el territorio. Esa fue una de las consignas de grandes movimientos que irrumpen desde finales de los ochenta. Y ese es otro horizonte teórico-político por fuera de las grandes estructuras partidarias, y lo marcan los movimientos indígenas y campesinos.

 

Leonardo Rossi.- ¿Qué espacios pueden pensarse a partir de esos horizontes?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Primero entiendo importante entender que atravesamos un ‘caos sistémico’, como dice (Immanuel) Wallerstein, y una ‘crisis de un patrón de saber-poder’ moderno, colonial, capitalista, patriarcal que tiene 500 años, como planta Aníbal Quijano. Si entendemos que es una crisis de larga duración no tenemos horizonte de largo plazo.

Hay que apoyar, por ejemplo, las experiencias urbanas de ayuda mutua, las mingas, las ferias, otras formas de economía que están disponibles y que mucha gente desarrolla para vivir. Todo ese repertorio de prácticas, que suele ser parte de una memoria indígena, nos sirve de referencia para fundar otro horizonte de sentido político.

 

Leonardo Rossi.- Un texto suyo reciente destaca que ‘se han formado muchos líderes pero pocas comunidades’ ¿cómo incorpora esa definición en este planteo de fundar nuevos horizontes políticos-epistémicos?

Carlos Walter Porto Gonçalves.- Fue una frase de un afro de Maranhao (Brasil), durante un congreso de la Comisión Pastoral de la Tierra (CTP), y realmente me conmovió. Justamente plantea eso, que durante las últimas décadas la formación política se centró en formar grandes líderes, que finalmente terminaron abasteciendo partidos y sindicatos pero no se construyeron lazos en las comunidades. Creo que es una gran verdad, porque la formación política también está en crisis y necesita un cambio en los procesos, en valorar las experiencias prácticas comunitarias. Pero me parece también que esa lucha emancipadora existe y avanza en varios lugares.

En México, el zapatismo es una referencia, pero existen a lo largo de ese país muchas otras, lo mismo en Colombia, y otros países con comunidades afro, indígenas, campesinas. Hoy, por ejemplo en Brasil, la CTP habla de territorio, más que nunca, y es una organización con extensión en todo el país. Se está trabajando en la recuperación de territorios, en pensar las cualidades territoriales locales y es importante ver cómo vamos conectando estas experiencias. Entonces frente a toda esa esquizofrenia política que mencionaba antes, donde estamos acabando el mundo, tenemos procesos locales muy ricos que me permiten tener esperanza.

 

Fuente:http://latinta.com.ar/2017/04/la-lucha-por-la-vida-por-la-dignidad-y-por-el-territorio-nos-marca-otro-horizonte-de-sentido-politico/

 

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