Miércoles, 26 Octubre 2016 10:08

La razón de la sinrazón

La razón de la sinrazón

Pasó pronto la sensación de tristeza del día siguiente al del plebiscito, mezcla de sorpresa y desconsuelo. Hoy el panorama luce un tanto diferente. No hay más preguntas sobre el resultado. Del lado del gobierno, como era previsible, un reacomodo con la nueva carta que le proporciona el Nobel de Paz; su preocupación está puesta más que todo en la inminente imposición del programa de ajuste económico que comienza con la presentación del proyecto de reforma tributaria. En cambio, del lado de la izquierda y de las organizaciones sociales, que en su abrumadora mayoría promovieron el sí, la recuperación es más inquietante.

 

La reacción inmediata por parte de algunos fue tan simplista como desafiante: no vamos a entregar los logros democráticos de los acuerdos de La Habana por una exigua ventaja del No de alrededor de cincuenta mil votos; ventaja tan aleatoria que con un poco menos de abstención –por ejemplo en la costa Caribe, donde es evidente que la lluvia y las inundaciones debieron limitar la participación– hubiera podido ser al contrario. Algunos días después la argumentación puramente reactiva se había transformado en justificación tranquilizadora: la votación por el No, podía atribuirse, descontando el puñado de seguidores del Centro Democrático, al engaño que esta ultraderecha había logrado con su campaña publicitaria. Las declaraciones de su jefe de campaña, Luis Carlos Vélez Uribe, bastaban para comprobarlo.

 

Recientemente, se han intentado explicaciones un poco más sofisticadas. Al igual que en otras latitudes, los resultados plebiscitarios no hacen más que revelar la profunda crisis histórica de la democracia representativa. Desde luego, esto equivale a reconocer como un funesto error el haber aceptado el plebiscito como mecanismo de refrendación. Pero no importa. Siguiendo el viejo y conocido lugar común según el cual toda crisis encierra una oportunidad, bastaría con atender lo que las mismas fuerzas de la historia nos están indicando: es la hora de intentar un salto cualitativo. El Acuerdo de La Habana, que debe ser respetado en su integridad, se ha convertido ya en un punto de partida para una transformación profunda. El camino es la Asamblea Nacional Constituyente por la paz. ¡Es impresionante la capacidad que tienen algunos para hacer coincidir la línea del “progreso histórico” con su línea política!

 

Los enigmas de la actual movilización por la paz

 

El análisis de la historia, sin embargo, debería brindarnos otras explicaciones. Lo que realmente ha cambiado el panorama, al menos en lo referido a las sensaciones y sentimientos, son las enormes movilizaciones, principalmente juveniles, desarrolladas en todo el país, los días 5 y 12 de octubre; en esta última fecha, por cierto, con una reveladora participación indígena. La consigna agitada describe muy bien su propósito: ¡Acuerdo de paz ya! Evidentemente, es una reacción, hasta cierto punto desesperada, frente a la “sin salida” creada con los resultados del plebiscito y frente a la posible dilación, la cual podría conducir a un abandono de la negociación, con los riesgos de violencia que ello implica. ¿En qué medida es una crítica a la llamada clase política? Probablemente, y dado el componente juvenil, hay mucho de eso, pero en la práctica su alcance es limitado. Se les exige, a los negociadores, que no se levanten de la Mesa hasta que se firme el acuerdo, y que lo hagan lo más pronto posible. En todo caso, lo más significativo es la tensión puesta de manifiesto entre el plebiscito y la movilización, entre la democracia electoral y la democracia callejera. –Aunque es obvio que en este caso la disputa de legitimidades no puede saldarse aquí estadísticamente, es decir, con números, la verdad es que tampoco da para salidas de hecho. Otra cosa hubiera sido en la circunstancia de que las movilizaciones hubiesen antecedido o acompañado la campaña plebiscitaria.

 

La explicación de esta singularidad se encuentra en el marco político en el cual se ha presentado la tensión. Basta con examinar la línea narrativa que recorre todas estas manifestaciones de protesta y exigencia: simplemente el reclamo de paz frente a la realidad de la guerra. En nombre de las víctimas que, como se ha repetido hasta el cansancio, deben “estar en el centro”. Todos debemos arrepentirnos de nuestros errores (¿de intolerancia?). Lo que se impone es un ejercicio de perdón y reconciliación. Por eso lo que menos importa es el contenido del acuerdo. Muy explicable, pero con ello se esfuma el reconocimiento de las causas del conflicto, es decir la comprensión de lo que está en juego en estas negociaciones, y hace que las manifestaciones se orienten en un sentido problemático.

 

En efecto, se ha operado aquí un doble desplazamiento. De una parte, la negociación, se ha desplazado de la contradicción Farc-Gobierno a la aparente “polarización” Santos-Uribe. De otra, el escenario de la paz ha pasado de La Habana a Bogotá, con lo cual, peligrosamente, de llegarse a un acuerdo sobre el contenido del Acuerdo entre estos “polos”, las Farc quedan como un tercero cuya posición puede ser vista con los ojos de quien va a juzgar con toda severidad cualquier respuesta negativa como expresión de intransigencia y terquedad. Es el resultado lógico, como se verá más adelante, del marco que se impuso a lo que debió haber sido una salida política negociada del conflicto armado.

 

Pero el plebiscito sigue ahí...

 

El tipo de movilizaciones en curso, no están, pues, muy lejos de lo que nos indican los resultados del plebiscito. La abstención, que superó el 60 por ciento, fue ciertamente muy alta, pero, en principio, dada la tradición electoral colombiana, no debería sorprendernos. Es más, así había sido previsto por los promotores del plebiscito en La Habana que se cuidaron muy bien de modificar los requisitos, reemplazando el umbral de validez por uno de aprobación de tan sólo cuatro millones y medio de votos. Si acaso, tendría que explicarse la fracción de abstencionistas que en esta oportunidad superó la “normalidad”. Probablemente, bastaría con reconocer dos componentes, uno involuntario, ocasionado por los factores climáticos ya mencionados y otro voluntario atribuible a que esta vez no operaron, por falta de incentivos, en toda su capacidad, las conocidas maquinarias clientelistas.

 

En general, los determinantes de la abstención son los mismos de siempre. Y no es poco lo investigado y escrito sobre este fenómeno, que ciertamente no es una característica original de Colombia. Pero no es necesario detenerse en este punto y mucho menos explayarse en una disquisición sobre los rasgos estructurales de la democracia burguesa en crisis, cuando la coyuntura nos está exigiendo un análisis concreto. La democracia electoral no es, o no debería ser, la expresión por excelencia de la participación popular; es más, como régimen político no es otra cosa que una expresión de la dominación sobre los trabajadores y en general sobre los sectores populares. Pero sí es un indicio de las condiciones en que se encuentran estos últimos y del clima político existente en tal o cual coyuntura y así debe ser tomado. En serio. A veces la participación electoral indica un descontento y una voluntad de cambio que debe ser valorado aunque sólo sea para su transformación. O si no, qué otra cosa nos muestran las victorias de Chávez, Correa, Evo Morales o Lula. Es impensable, porque sería indigna de los intelectuales orgánicos de la izquierda, la actitud cínica de validar la democracia sólo “cuando nos sirve”. Y a veces los plebiscitos han jugado un papel fundamental en el desenlace positivo de ciertas situaciones políticas como, para mencionar apenas un ejemplo, el que se realizó en Chile en tiempos de Pinochet. Por eso han convocado una alta participación. Lo cierto, lo verdaderamente importante, es que hoy en Colombia, a juzgar por lo sucedido, para la población esta consulta, y en contra de la publicidad, no representaba un hecho histórico. No pudo vencer ni el rechazo ni el escepticismo. Ese es un dato de la realidad política que estamos obligados a tener en cuenta.

 

Un principio de explicación se encuentra en la forma como hemos llegado, después de más de cuatro años de negociación, a este momento decisivo. Anteriormente hemos hablado de solución política negociada del conflicto armado. Pues bien, esto es justamente lo que no ha estado presente en el imaginario político del país. Contrariamente a lo que se suele argumentar, más con el deseo que con la razón, el proceso ha sido conducido, de manera abrumadora, por el establecimiento. Santos y Uribe por igual. No es cierto, como se dijo en las elecciones presidenciales pasadas, que si bien compartían el enfoque de política económica neoliberal se diferenciaban en el tema de la paz. En este enfoque también han estado de acuerdo; la diferencia, exagerada por razones político-electorales, es de puro pragmatismo. Para ambos se trata del sometimiento de un grupo criminal que si bien ha sido debilitado militarmente, conserva una capacidad significativa de destrucción y desestabilización. Para Santos, a diferencia de Uribe, había llegado el momento de poner fin a la amenaza a través de una negociación porque los costos del enfrentamiento bélico ya eran superiores (e inconvenientes desde el punto de vista del modelo económico) a las ventajas de una posible pero lejana rendición del enemigo. Tal es el significado de la expresión “paz imperfecta” que terminaron por aceptar hasta los demócratas y progresistas, todos partidarios del Sí, lo cual equivale a que el referente de perfección es la rendición o sea el mínimo de “concesiones” para las Farc. Es el contenido de las discusiones sobre la “impunidad” y lo que es peor, de las reclamaciones actuales, al parecer aceptadas por la mayoría de los movilizados, de “perfeccionamiento” del Acuerdo a través de los “ajustes” al famoso texto de las 297 páginas.

 

¿Hasta qué punto se ha visto como una resolución histórica?

 

Esta es la realidad innegable. No existe un clima, un ambiente cultural, una sensación de cambio histórico que debería, en el plano de la teoría, suceder a la inminencia de la finalización de un conflicto armado que hunde sus raíces en lo más profundo de la historia del país. Ni siquiera como sucedió con el Frente Nacional, o con la Asamblea Constituyente a principios de los años noventa. Por eso es tan grave la ignorancia o la omisión deliberada de las causas del conflicto, para no mencionar la referencia a la resistencia campesina que sólo está en boca de algunos pocos. Es cierto que no podíamos esperar que los militantes de las Farc fuesen recibidos como unos héroes, pero tampoco es admisible, ni justo, que terminaran convertidos en un grupo de criminales cuyo único destino tenía que ser el arrepentimiento y la búsqueda de perdón. –Para quienes se preocupan de la “impunidad”, por cierto, habría que decirles que, así como están las cosas, ya han recibido un castigo, uno que ya ha sido excluido de muchos ordenamientos constitucionales, el escarnio público que es lo peor que le puede suceder a una organización política–. Y lo que es más importante. Para que este desenlace de la confrontación militar fuese un hecho histórico tendría que haberse planteado un juicio de conjunto. Un juicio de las relaciones de poder que han existido hasta hoy. Es verdad que la izquierda, en general, insiste en una caracterización como ésta; sin embargo, por desgracia, lo que se impuso como narrativa y condiciones de la pugna política ha sido la otra. Cuando se habla de víctimas, por ejemplo, se refiere, en la práctica a las “víctimas de las Farc”. La estrategia paramilitar, de la cual son sólo una expresión los grupos paramilitares, parece haber quedado en un pasado olvidable, como si la ley de sometimiento de Uribe hubiese sido la primera cuota del esfuerzo de paz.
En fin, el acontecimiento que estamos viviendo y que condujo a la consulta ha quedado como un simple trámite para el desarme de un grupo armado ilegal. Pese a la magnificación que han intentado tanto Santos como las Farc. El primero para vender la idea de paz (nacional e internacionalmente) indispensable para la atracción de inversión extranjera y de la “ayuda” de la comunidad internacional tan necesaria en épocas de crisis. Y las Farc, seguras, ellas sí, del significado histórico, para ponderar las virtudes del acuerdo cuyas potencialidades democráticas, a su juicio, solamente necesitarían del esfuerzo ulterior de los movimientos sociales. La realidad, sin embargo, es tozuda. La idea de la gran transformación histórica no ha convencido ni siquiera a la mayoría de los votantes por el sí. No fue posible vencer el escepticismo, sobre todo el de quienes creen que todo es una nueva mentira y nada va a cambiar.

 

 

 

Las razones ocultas del No

 

Son, pues, estas circunstancias del contexto político las que explican también buena parte del voto por el No. Es cierto que el Sí triunfó en las áreas rurales, especialmente las más afectadas por el conflicto, y el No en las grandes ciudades con la notable excepción de Bogotá. Pero no es una constatación propiamente tranquilizadora. La reacción rural no forzosamente corresponde a una comprensión del hecho histórico, en los términos en que acabamos de proponerlo, sino más bien al desgaste producido por tantos años de dolor. Salvo algunas contadas excepciones, es posible que tal reacción se acerque a la actitud de quienes piensan que es preciso intentar la paz, de una vez por todas. Como sea. Pero más revelador aún es el hecho incontrovertible de que, rural o urbano, el número de votos por el No haya sido tan alto. Sin ninguna consideración pragmática y corriendo el riesgo de una prolongación de la guerra. Algo tiene que haber en la mentalidad del pueblo colombiano. La campaña publicitaria del Uribismo (por cierto menos poderosa, en un hecho sin precedentes, que la propaganda oficial y de muchas empresas nacionales y extranjeras) debió incidir en alguna medida, pero ¿qué razones hicieron que cayera en un terreno fértil?

 

Dadas las circunstancias mencionadas, es claro que incluso la motivación del Sí era débil. Basta releer las declaraciones de los políticos y las columnas de muchos de los que consideramos demócratas y progresistas. ¡Queremos desarmar las Farc! Como sea. Aunque tengamos que “tragarnos algunos sapos”. Pero la mayor contribución al No, la hizo la campaña oficial del Sí. En efecto, Santos presentó siempre, hábilmente, el voto afirmativo como un respaldo a su gestión de Gobierno. Escaso efecto tuvo la campaña desesperada de la fracción del Polo que acuñó la consigna “plebiscito Sí, Santos No”. De manera que la oposición terminó canalizada por el uribismo. Y éste, a su vez, tuvo la inteligencia de confundir sus críticas al Acuerdo con las críticas a las políticas de Santos.

 

Muchos de los temas ni siquiera estaban en el Acuerdo, por lo menos como puntos fundamentales. Tal el caso de la “ideología de género” que se apoyaba, más bien, en la ridícula disputa de las cartillas. O la amenaza de la reforma agraria que, en realidad, tenía que ver con la aplicación de la Ley de víctimas y restitución de tierras. Y lo más impactante en relación con los temores de los trabajadores: la reducción de las pensiones que tiene que ver, en verdad, con el anuncio de comenzar a gravarlas, y los incrementos de impuestos que no demoran en decretarse por cuenta de la reforma que se acaba de presentar. Casi no hubo tema de la política económica y social, pasada y futura, que no se le cargara a la cuenta del Acuerdo. Entre tanto, Santos mentía descaradamente, pregonando que el fin del conflicto traería un escenario paradisíaco. La única excepción ha sido el asunto de la “impunidad”, que no hubiera tenido tanto éxito si no fuera por las circunstancias en que se propuso la negociación. En términos pedestres, una discusión sobre el tamaño del “sapo”.

 

El revoltillo, bien organizado, tuvo éxito. Entró en sintonía con los fundados temores de los sectores populares. No se tiene en cuenta, por supuesto, que ya existe una enorme crisis fiscal; el recorte del gasto público y el incremento de los impuestos se atribuyen falsamente a la necesidad de “financiar a las Farc”. Y Santos no está interesado en corregirlo. Lo peor es que la dilación tiende a dar la razón a Uribe en la medida en que ya se están viendo claras las amenazas. Así las cosas era difícil vencer el escepticismo. Y lo es todavía.

 

Hacia una recuperación de la política

 

En fin, utilizando el socorrido tópico, podríamos concluir que los retos que se nos plantean no son pocos. Así como hay una real fatiga con la violencia, que ha dado lugar a una de las mayores movilizaciones de los últimos tiempos, también es cierto que hay una mentalidad que, superficialmente, puede calificarse de “derecha”. Desde la época de Uribe, con sus grandes manifestaciones y sus no despreciables volúmenes de votación. Una ilustración es el rechazo al imaginado engendro del “Castro-chavismo”. Probablemente influye la desastrosa situación en que se encuentra Venezuela, que para los colombianos no es un simple rumor lejano. No es tan generalizado como se cree pero toca un aspecto que, para quienes seguimos buscando una transformación radical de la sociedad, resulta fundamental. Se trata de la necesaria ideación de una posible alternativa social y política.

 

Porque, en realidad, la mentalidad descrita no está exenta de complejidad. No falta allí el rechazo frente a muchas de las características del actual modelo económico. No sería extraño encontrar muchas personas que, simultáneamente, rechazan y enfrentan la gran minería o el latifundio; la especulación financiera o la precarización laboral; las múltiples discriminaciones o la crisis del sistema de salud, y hasta la política económica. Es por eso que el uribismo, al igual que en su momento el fascismo, se presenta, en los discursos, como una derecha populista. El problema consiste, entonces, en que estas personas, que pueden ser muchas, no logran reconstruir en su conciencia el modelo que habría de rechazarse. Y mucho menos alcanzan a representarse la imagen de un orden alternativo. Pero no es imposible. Se trata de retomar los hilos de las resistencias, locales, parciales, individuales, para tejer un amplio movimiento que, abandonando el reivindicacionismo egoísta, esté en capacidad de redefinir la política. Es, entre otras cosas, una condición imprescindible de cualquier proceso popular Constituyente. El punto de partida, eso sí, es una simple y coloquial recomendación: ¡Por favor, no nos digamos mentiras!

Con grandes expectativas llegaron a Bogotá, localidad de Bosa, colegio Claretiano, 7.000 indígenas, entre ellos 781 delegados oficiales (hombres y mujeres con derecho a voz y voto), provenientes de los 102 pueblos indígenas que habitan Colombia. Su objetivo, sesionar en el IX Congreso de la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic), orientado por el objetivo de mandatar sobre lo que deben hacer en los próximos cuatro años a través de su Consejo de gobierno –integrado por 10 consejeros; 2 por macro región en que están organizados–. Temáticas como recomposición interna, experiencias de economía propia, autonomía y cómo resistir al capitalismo, estaban en el orden del día.

 

Provenientes de otros pueblos indígenas del Continente, llegaron delegaciones, como la Conaie (Ecuador), pero también de otros procesos y experiencias organizativas –como el Centro Martin Luther King (Cuba). Además de distintos movimientos sociales del país.

 

Por los salones y auditorios también se dejaron ver caras reconocidas del gobierno, como Juan Fernando Cristo, ministro del Interior, o como Gustavo Petro que al intervenir insistió en la necesidad de una Asamblea Constituyente como factor decisivo en la actual coyuntura del país; pero también el exmagistrado de la Corte Constitucional Eduardo Cifuentes, quien reafirmó la importancia de los cabildos abiertos como mecanismo de refrendación de los acuerdos de La Habana. Pablo Catatumbo expresaría posiciones vía virtual.

 

Opiniones

 

El domingo 9 empezaron las deliberaciones, antecedidas, claro está, de la Armonización (ver recuadro) y de la instalación del evento que corrió a cargo de Luis Fernando Arias, Consejero Mayor de la Onic. El llamado a la acción conjunta del actor social, a través de un Bloque Popular o Frente Amplio, quedó sobre la mesa para el debate.

 

Hasta el jueves 13 se extendieron los debates, con receso el día 12 para la deliberación, pues es día de memoria y lucha. Conscientes de ello, desde temprano alistaron instrumentos musicales, banderas, corotos, y movilizados, organizados, ubicados en más de cincuenta buses, fueron trasladados hasta la Universidad Nacional, para cruzar desde ahí a pie hasta el centro simbólico del poder (Plaza de Bolívar), donde se reunieron en una sola voz con campesinos, población en general, estudiantes, víctimas y otros actores de la actual coyuntura nacional, para demandar respeto a los Acuerdos de Paz.

 

En su memoria, sus antepasados. Todos aquellos que cayeron ante el fuego del arcabuz o el filo de la espada con que fueron atacados por los invasores provenientes desde el Imperio de España. Ataque y muerte: miles de miles cayeron a lo largo de décadas que sumaron siglos, para finalmente sumar el mayor genocidio cometido contra población alguna a lo largo y ancho de este planeta.

 

Este octubre, 524 años después, sobreponiéndose a todo tipo de violencia vivida en el pasado y en el presente, aquí están parte de los habitantes primeros del continente. Pero no sólo sobreviven, además siguen organizándose y luchando por permanecer en el mundo como actores de primer orden del presente y del futuro. Entre ellos no impera una sola visión ni manera de ver y entender el cosmos, ni el presente del país, como quedó patente el día 11 de octubre, cuando los Misak arribaron al Palacio de Nariño y se reunieron con Juan Manuel Santos, mostrándole apoyo irrestricto en la manera como conduce los diálogos de paz y los avances logrados en La Habana.

 

Hacia un Bloque Popular o un Frente Amplio

 

En la sesión de inauguración Luis Fernando Arias, Consejero Mayor, resaltó diferentes aspectos de la coyuntura nacional, de la situación actual del movimiento social-popular, retomando distintas propuestas para los pueblos indígenas, entre algunas de ellas: la importancia de empezar a consolidar un sistema económico propio alternativo al hegemónico. Además realizó un llamado de unidad a todos los sectores alternativos para consolidar un bloque popular o un frente amplio “Es tiempo de consolidar la unidad en medio de la diversidad, son tiempos de lucha indeclinable, son momentos de seguir globalizando la resistencia” sostuvo. Solo queda esperar y ver qué tanto de estas palabras se llevarán a la práctica.

 

Una vez instalado el evento, las delegaciones tomaron sus responsabilidades en todas y cada una de las 9 comisiones previamente definidas para el debate (ver recuadro), las cuales arrojaron mandatos como –mesa de salud– darle mayor dinamismo al Sistema indígena de salud propia (Sispi), y resaltar la labor de los médicos tradicionales en los territorios, con la búsqueda de recursos para su manutención y para su participación en eventos políticos. Así como, buscar fuentes de financiación, para el caso de la mesa de gestión administrativa con autonomía indígena, en la cual hubo consenso para sacar adelante proyectos de embotellamiento de agua mineral y manantial, congelamiento de frutas y certificación de semillas y productos propios.

 

Tensión al cierre

 

El día decisivo del Congreso fue el jueves 13, donde se llevó a cabo la conclusión y elección de la nueva Consejería de la Onic. Por una parte, cada una de las mesas entregó sus respectivos mandatos y conclusiones. Entre las propuestas más importantes leídas, destacan: consolidación de una guardia indígena nacional, que debe contar con una formación política vinculada a la Escuela de formación indígena nacional –Efin. La consolidación de autonomía y gobiernos propios estuvo en la mayoría de los mandatos, pero la propuesta que más causó debate fue la de realizar una reforma estructural a la Onic, que pretende transformar sus estatutos, descentralizar el poder, cambiar perspectiva política, consolidar mecanismos de control y rendición de cuentas, añadir o eliminar consejerías, y buscar nuevos mecanismos de participación e incidencia en las bases.

 

La decisión de esta propuesta se debatió en una asamblea de delegados por región, la que finalmente decidió abocar tal reto dentro de una asamblea nacional por realizar dentro de dos años. Lo así decidido que causó prevención en muchos de los asistentes, pues temen que la asamblea pueda ir “amañada”, sin incidencia real en las bases de la organización, reduciéndose a “una reunión de burócratas”. La reforma organizativa aprobada, en todo caso, puede ser decisiva para el rumbo y continuidad de este proceso social que ya suma 34 años, y que ahora acusa críticas por su excesiva concentración en Bogotá y en los Consejeros, y por el debilitamiento del proceso de toma de decisiones colectivas.

 

Contradicciones en medio de la diversidad

 

Las horas corrían y el tiempo atentaba contra la posibilidad de cerrar con éxito el Congreso. Con esa realidad en contra, las discusiones tomaron mayor ritmo. Ya era el amanecer del viernes y el ambiente se caldeó al momento de abrirse la elección de los Consejeros. Al así anunciarse, una vez más fue visible la tensión al interior del movimiento indígena, donde la disputa por hegemonía resalta entre el Cauca organizado (Cric), contra una mayoría que aún no define un bloque concreto. Algunas regiones iban por consejerías específicas, por ejemplo, la Orinoquia exigió la de territorio y planes de vida, también requerida por las delegaciones provenientes del Tolima. Al final, la Orinquía logra su propósito, con lo cual se evitó repetir lo acaecido en el Congreso del 2012 y su intento de ruptura. La importante Consejería de comunicaciones –que ha perdido protagonismo en los últimos años– quedó en manos del pueblo Koreguaje –Caquetá–.

 

Llegada la hora para la elección de la Consejería Mayor, la tensión creció. Los ánimos, a pesar del cansancio, estaban a flor de piel. Como candidatos/as: Aída Quilcue y Luis Fernando Arias (repitente). Por parte del Cric hicieron calle de honor para su candidata, lo que elevó ánimos y creó un ambiente de fuerza y triunfo. Por su parte, Luis Fernando fue presentado por su padre, vocero de la macro regional norte. Se escuchaban gritos del Cauca que decían “no a la reelección”, pero al momento de la decisión fue ganador absoluto el cancuamo. Uno de los cambios significativos fue el del secretario general, Juvenal Arrieta, quien fue reemplazado por Higinio Obispo.

 

Así, con la luz del sol casi despuntando en el oriente bogotano, las decenas de cuerpos cansados que aún aguantaban el debate y la tensión, levantaron sus humanidades para ir a buscar descanso, y tras un corto sueño tomar bus rumbo a sus respectivos destinos. Por mi parte, meditando en el bus con destino a la casa, ubicada en el opuesto de la localidad de Bosa, entre cabeceo y cabeceo, bostezo y bostezo, no me dejaba dormir la intensidad de la imagen que había visto: hablar de unidad es muy fácil, pero llevarla a la práctica es un proceso largo que necesita de verdadera disposición para lograrlo.

 


 

Recuadro 1

 

 


 

Recuadro 2

 


 

Recuadro 3

 

 


 

 

 

 


 

 

 

Publicado enEdición Nº229
Un FSM para soñar el otro mundo necesario y reactualizar desafíos

Una manifestación festiva abrió el martes 9 de agosto en Montreal, Canadá, la 12da edición del Foro Social Mundial (FSM). Por primera vez desde su origen en el 2001 en Porto Alegre, el mismo se realiza en el “norte desarrollado”. Varios miles de participantes lanzaron así este encuentro internacional en el que el movimiento altermundialista se confronta no solo a reflexionar sobre sus utopías estratégicas sino también a compartir sus desafíos locales/diarios e interpelaciones de fondo. Y preguntarse sobre su propio futuro.



Los organizadores, positivos



Aunque parezcan lejanas e irrepetibles las grandes movilizaciones de apertura de las ediciones anteriores, sea en Brasil, India, Senegal, Kenia o Túnez, el joven Colectivo de Organización de Montreal reitera su mirada optimista. “Es erróneo decir que el FSM se está estancando. Vemos una vitalidad creciente”, anticipa Carminda Mac Lorin.



“Hay que superar la fractura entre el Norte y el Sur...las desigualdades humanas aumentan en todas partes”, subraya por su parte Raphael Canet, otro de los obstinados albañiles de esta convocatoria.



“Los problemas que vivimos en el Sur se viven de la misma manera en los países industrializados”, insiste por su parte Chico Whitaker, uno de los co-fundadores del FSM y uno de los intelectuales-militantes sociales más identificados con este espacio en construcción.



De la retórica a la realidad, una hipótesis preocupante que se barajaba ya desde el anterior FSM en Túnez (2015) parece sin embargo corroborarse. La política migratoria restrictiva de Canadá restringió la participación de representantes del Sur. Los datos lo comprueban: el 70 % de las solicitudes de visas para participar fueron rechazadas por las autoridades migratorias a pesar del esfuerzo gigantesco de los organizadores por destrabar esta encrucijada restringente.



Con los ojos del Sur




Tal vez los organizadores pecaron de cierta ingenuidad, pensando que como la convocatoria propugnaba valores como la solidaridad, se flexibilizarían las exigencias migratorias, reflexiona Filomena Siqueira, una de las responsables de Ação Educativa, pujante ONG brasilera implicada desde el inicio mismo en la dinámica forista.



En los primeros días de agosto ante la constatación de las dificultades para obtener el permiso de entrada, decenas de organizaciones canadienses e internacionales enviaron una misiva al Gobierno solicitando rápidas soluciones. Señalaban que los más perjudicados habían sido dirigentes sociales de República Democrática de Congo, Marruecos, Irán, Haití, Nigeria y Nepal. Las negativas de visas había también perjudicados a ciudadanos de Benín, Brasil, Burkina Faso, Ghana, Malí, Palestina y Togo.



Esa decepción explica la indignación y críticas a las autoridades de muchos de los participantes en la marcha de apertura que “fue muy colorida y participativa, con temas variados y bella participación ciudadana” enfatiza Siqueira, sorprendida positivamente de lo que se vivió el 9 de agosto.



Las primeras actividades se están desarrollando exitosamente, explica la dirigente brasilera que participó antes en una media docena de foros en distintos países del mundo. “Todo muy organizado a pesar de la amplia dimensión de la universidad que cuenta con varios campus lo que no facilita ubicarse bien en un primer momento”. Más de 1000 actividades auto-gestionadas se desarrollarán en los cinco días del Foro, en una maratón participativa, que, según los organizadores, podría reunir unos 50 mil participantes de un centenar de países.



Desafíos abiertos



El FSM, y Montreal lo está demostrando, sigue siendo un importante espacio para compartir ideas y prácticas en la perspectiva de construir sociedades más justas y un mundo mejor, posible y necesario, enfatiza Filomena Siqueira.



En ese sentido, aunque saluda la organización de varias conferencias centrales temáticas en esta edición –retomando lo que se vivió en las primeras ediciones de los FSM en Brasil-, advierte “que no se debe crear la expectativa que de las mismas va a llegar la verdad absoluta y que se va a promover una toma de posición en tanto Foro”.



Las reflexiones e intercambios que lograremos promover en Canadá, deben “ayudarnos al regresar a cada uno de nuestros espacios locales y nacionales, para seguir promoviendo la participación y el cambio”, insiste.



¿Podrá dar respuesta la edición de Montreal a la pregunta sobre el real estado del FSM y su potencialidad de futuro? Es una interrogante esencial, responde la dirigente de Ação Educativa de Brasil. “Pero no estoy de acuerdo con los que pregonan la muerte del Foro o anticipan que en Montreal se realizará el duelo del mismo”.



El FSM es “un espejo, un reflejo directo de los movimientos y organizaciones sociales, de la sociedad civil mundial. Los que anticipan la muerte del FSM deberían entonces decretar la muerte de dichos movimientos y organizaciones... No hay que olvidar que el FSM no es una institución en sí misma. Es un espacio que congrega, las luchas, pensamientos y sueños que se dan a nivel local”.



Mundo globalizado



Participar al movimiento altermundialista y apostar a otro mundo posible y necesario, implica reconocer que estamos todos en el mismo barco y todos sentimos los efectos de la mundialización en nuestra “Tierra Patria”. Pero es también cierto que las consecuencias sociales y medioambientales de esa globalización son diferentes en cada lugar, reflexiona el sociólogo suizo Jean Rossiaud, co-responsable del Foro Democrático Mundial.



“Y la sociedad civil que se organiza para defender o ampliar sus derechos es diferente en cada sitio, así como los movimientos sociales que transforman sus luchas según relaciones de fuerzas culturales, sociales y políticas”, continúa.



En ese sentido, hoy, aquí, en Montreal, “percibimos la diferencia con otros foros anteriores”, explica. En los cuales, como en Porto Alegre, se sentía la dinámica fuerte del Movimiento de los Trabajadores rurales sin Tierra (MST); o en Mumbai la de los Dalits, o en Belem de Pará, de los pueblos autóctonos. “Aquí es especialmente el movimiento estudiantil el que lo promueve para relanzar la dinámica de movilización creada hace tres años, ampliarla a otros actores e internacionalizarla”.



En cuanto a la reflexión sobre el futuro del FSM a promover en Montreal, Jean Rossiaud aporta claves de interpretación y propuesta.“Los FSM no deben desaparecer pero no pueden limitarse a ellos mismos y deben ser superados por otras formas de movilización social. Las mismas deben ser más descentralizadas y más continuas en el tiempo. Demostrando que ya existen soluciones inmediatas y concretas para vivir en un mundo solidario”. Hay que ver por ejemplo el impacto del film /Mañana/, puntualiza. Dichas movilizaciones deben convocar más inteligencia colectiva; construcción ideológica compartida y más política, es decir, interesarse más a la gobernanza mundial, pasando de lo local a lo global”, concluye.



 

Sergio Ferrari, colaborador de prensa de UNITE, Asociación suiza para el intercambio de personas en la cooperación.

Publicado enInternacional
Turquía: el movimiento Gülen o la amenaza de un Estado dentro del Estado
El presidente Recep Tayyip Erdogan ha responsabilizado de la asonada a Fethullah Gülen, el guía de una organización religiosa moderada que cuenta con un gran apoyo. Gülen está en el exilio desde 1999, pero desde allí mueve hábilmente los hilos a su disposición.

 


JERUSALÉN.- Fethullah Gülen, de 75 años y salud delicada, raramente habla con la prensa pero es un hombre muy activo dentro de Hizmet (Servicio), la líquida y exitosa organización que dirige desde su madriguera en Pensilvania. Después de permanecer en silencio durante varias horas después del fallido golpe de Estado del viernes, ha sugerido que detrás del levantamiento militar se encuentra el propio presidente, Recep Tayyip Erdogan.

 

Aunque no siempre fue así, los dos hombres son desde hace años enemigos mortales, de ahí que no sea sorprendente que la primera reacción de Erdogan tras tener noticia del golpe fuera acusar a los gülenistas. De hecho, Erdogan acusa a Gülen de haber creado un “Estado paralelo” dentro del Estado, una acusación que no parece exagerada.

 

Se desconoce completamente el número de asociados con que cuenta el movimiento Hizmet. Algunos estiman que son un millón de personas, mientras que otros le adjudican ocho millones. La dificultad para contarlos estriba en que numerosos gülenistas obran de manera discreta y no dan a conocer públicamente su filiación, una circunstancia que se incita desde la dirección del grupo. Además, los gülenistas se ayudan entre ellos como si de una secta se tratara.

 

Gülen vive en Pensilvania desde 1999 porque asegura que en Turquía no hay libertad, y que sus seguidores son “perseguidos y reprimidos”. El 18 de junio de ese mismo año varios canales de televisión difundieron un video presuntamente grabado por los servicios de inteligencia en el que Gülen hablaba con libertad en el marco de una reunión privada con sus principales asesores.


La imágenes del video son muy claras y también el sonido. Gülen aparece diciendo a su círculo más próximo que los seguidores de Hizmet deben infiltrarse sigilosamente en todas las instituciones del Estado, en todos los cuerpos de la administración, y que sus miembros deben acceder a los puestos clave de manera que más adelante se consiga cambiar el régimen, todo ello mediante un proceso de infiltración callada.

 

Este video, que Gülen dice que fue manipulado por los servicios de inteligencia, causó una gran conmoción en Turquía y dividió aún más a la opinión pública entre gülenistas y antigülenistas. Sin embargo, la tarea del movimiento Hizmet ha seguido adelante y las diferencias entre Gülen y Erdogan se han incrementado significativamente en los últimos años.

 

Recientemente, en 2013, Erdogan acusó a Gülen de orquestar una campaña contra la corrupción desde la policía, los medios de comunicación y la judicatura. La campaña, según Erdogan, se dirigía contra él mismo y una de las denuncias que se llevaron a cabo y en las que la prensa gülenista puso más saña fue la que se dirigió contra Bilal, uno de los hijos de Erdogan.

 

Hizmet es un movimiento muy popular que cuenta con el servicio de numerosos intelectuales, de medios de comunicación poderosos, de negocios financieros de alta estatura, de escuelas, de universidades y de los inefables “centros de estudios estratégicos” que diseminan su ideología en las cuatro direcciones. Todo ello le proporciona una influencia enorme en los distintos ámbitos de la sociedad turca.

 

La ideología religiosa de Gülen es un islamismo moderado, es decir más moderado que el de Erdogan, de ahí que amplios sectores de la sociedad se sientan identificados con Hizmet, incluso dentro del ejército, puesto que los laicistas ven en Gülen un contrapeso para lo que consideran una deriva religiosa peligrosa por parte del presidente.

 

En sus primeras palabras tras el golpe, Erdogan justamente prometió hacer una “limpieza” dentro del ejército, donde todavía hay muchos laicistas que no soportan el islamismo de Erdogan y quieren acabar con él. El ejército ha sido siempre el impulsor del laicismo, pero los sentimientos del país están cambiando y haciéndose cada vez más islamistas, algo que rechazan los oficiales de la vieja escuela.

 


Esta circunstancia puede explicar las acusaciones de Erdogan, es decir que los gülenistas y los laicistas se hayan aliado para acabar con el “autoritarismo” del actual presidente en un intento de golpe de Estado que al final ha resultado fallido y que ahora parece más difícil que vuelva a producirse, al menos en el futuro más inmediato.

 

Erdogan ha pedido a Estados Unidos que detenga a Gülen o que lo extradite a Turquía. Los americanos han respondido que están dispuestos a extraditarlo si Ankara aporta pruebas de que Gülen ha estado implicado en el golpe. Todo parece indicar que Gülen continuará en su exilio dorado y que desde Pensilvania seguirá dirigiendo el movimiento Hizmet.

 

Un hecho que no ha pasado desapercibido es que el secretario de Estado, John Kerry, en sus primeras declaraciones tras el golpe manifestó que Washington quería una Turquía unificada y estable, pero no hizo ninguna referencia a la democracia. Solo más adelante la Casa Blanca divulgó una declaración hablando de la democracia y añadiendo que Kerry también estaba a favor de la democracia en Turquía.

 

Otra circunstancia que se ha comentado es la publicación por parte del diario hebreo Yediot Ahronot de que el principal general de la revuelta, Akin Öztürk, estuvo destinado en Tel Aviv como agregado militar durante varios años. Gülen ha mantenido contactos sólidos con Israel desde hace muchos años e incluso criticó a Erdogan por permitir la flotilla de la libertad que en 2010 fue abordada por el ejército israelí cuando llevaba ayuda humanitaria a Gaza.

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Los rostros otros de las iglesias protestantes en Bogotá

Organizaciones religiosas protestantes de corte pentecostal o neopentecostal dominan el campo religioso secundario en Bogotá, incluso en toda Colombia. Importante incidencia en un país donde el 94 por ciento de sus habitantes manifiestan ser creyentes (1). Estas organizaciones –sobre las cuales apenas existen estimaciones en el número de fieles que congregan, así como sobre los multimillonarios montos de dinero que manejan–, poseen características mucho más “terrenales” que aquellas en las que inscriben los objetivos de funcionamiento y sus misiones organizacionales. La lectura cualitativa (2) aquí expuesta puede motivar la ampliación del debate sobre las mismas, enfatizando en otros significados e influencias poco consideradas en las discusiones.

 

Las categorías de Mega iglesia, Multinacionales de la fe, Denominaciones, Empresas Religiosas Centralizadas Multisedes e Informalidad Religiosa resultan útiles para aproximarse a la comprensión del denominado “campo (3) religioso secundario” en la ciudad de Bogotá. Aunque esta interpretación pueda resultar confusa, adquiere relevancia en la medida que es útil para analizar comparativamente un tipo de organizaciones religiosas no católicas (4) que producen, administran, distribuyen bienes simbólicos de salvación, al tiempo que compiten por la apropiación de capitales religiosos.

 

Bogotá es otro de los escenarios donde tiene lugar esta lucha por feligreses y sus capitales entre estas instituciones que promueven el acceso a bienes inmateriales y/o simbólicos como la prosperidad, la redención de los pecados y la salvación, además de otros intangibles a los que suelen restringir los objetivos y el sentido ulterior de sus operaciones. Sin embargo, no son los ámbitos subjetivos o religiosos donde exclusivamente influyen estas instituciones: desbordan los espacios inmateriales introduciendo determinaciones sobre ordenamientos políticos, económicos y sociales en la capital y en el resto del país.

El debate acá propuesto sobre estas organizaciones prescinde de juicios valorativos sobre su veracidad, pertinencia o validez, mediante el uso de acepciones éticas o morales particulares. Pretende aproximarse a la interpretación secular de estas instituciones en aspectos como sus relaciones con los fieles, sus vínculos con el Estado y las incidencias en la sociedad, aspectos que contribuyen a develar una faceta mucho más terrena que la autopromulgada por estas empresas religiosas.

 

Las piezas del campo religioso secundario

 

Beltrán Cely, en su trabajo “De la informalidad religiosa a las multinacionales de la fe. La diversificación del campo religioso en Bogotá” (5) define: “Según el grado de burocratización alcanzado, el número de seguidores, la infraestructura material, y el poder económico y político el campo religioso secundario en Bogotá puede estructurarse en cuatro grandes tipologías 1) las Mega iglesias, 2) las Multinacionales de la fe, 3) las Denominaciones, 4) la Informalidad Religiosa” (6).

Las Mega iglesias pueden definirse como organizaciones religiosas de corte pentecostal o neopentecostal, conformadas por un número elevado de feligreses, propietarias de millonarios templos con capacidad para albergar miles de integrantes; iglesias organizadas de acuerdo a los principios racionales de la burocracia y provistas de sofisticadas estrategias de marketing para disputar capitales en el campo religioso. Cuentan además “[...] con una infraestructura ampliada que incluye templos, seminarios, colegios, hasta pequeñas organizaciones informales que funcionan con una precaria infraestructura material en garajes, locales o viviendas” (7). Entre algunas de estas iglesias se encuentran: Misión Carismática Internacional, Centro Misionero Bethesda, Iglesia Casa sobre la Roca, Avivamiento Centro para las Naciones, El Lugar de su Presencia.

Estas Iglesias se caracterizan por su religiosidad cálida y afectiva donde el contacto con Dios o la presencia del Espíritu Santo prevalecen sobre la posibilidad de aprender una doctrina con sistematicidad. En ellas las emociones, al igual que las palabras, se imponen sobre los textos escritos. Este tipo de instituciones se caracterizan por buscar su reconocimiento social y legitimidad a través de su crecimiento numérico, a ello se debe la plasticidad de sus estrategias de organización, liturgia, y doctrina.

Predicación y glosolalia (8) son elementos fundamentales en su liturgia, de la misma manera que la música moderna dotada de sentido religioso y producida en vivo sobre escenarios provistos de sofisticados sistemas de luces, máquinas de sonido y video, escenifican en conjunto una especie de “concierto masivo”. Amplía Beltrán: “Esta forma de adoración musicalizada que integra ritmos contemporáneos (pop, rock), folclóricos y tropicales, ha hecho que el neopentecostalismo sea especialmente atractivo para jóvenes y adolescentes, pues permite los movimientos rítmicos corporales y la manifestación de emociones” (9).

Otra característica se encuentra en sus líderes. Los pastores de las Mega iglesias en Bogotá –y en todo el país– son hombres, pero sus esposas, reconocidas como pastoras, desempeñan un papel fundamental en estas empresas religiosas. A este modelo de las “parejas pastorales” alude Beltrán Cely: “[...] constituye un cuestionamiento implícito al celibato de los católicos. [...] En tanto las Mega iglesias pentecostales constituyen el paradigma de las empresas religiosas exitosas, el modelo de las “parejas pastorales” tiende a imponerse entre los evangélicos como modelo legítimo de liderazgo religioso” (10).

Modelo de liderazgo sustentado en el carisma de los pastores que erigen su autoridad sobre el pretendido hecho de ser portadores de las revelaciones divinas, acreedores de bienes espirituales susceptibles de ser constatados. Son estos líderes los que a su vez desempeñan como fundadores, pastores y gerentes de sus Iglesias que en general cuentan con una organización eficiente, buenas estrategias de crecimiento, y una poderosa “economía del diezmo” capaz de conducirla por el sendero de la acumulación de enormes capitales destinados a ampliar su infraestructura religiosa y financiar millonarios espacios en los medios masivos de comunicación

La categoría de Multinacionales de la fe integra a un tipo de organizaciones transnacionales dotadas de un gran poder económico, productoras de bienes simbólicos de salvación y servicios religiosos en todo el mundo. Tienen una organización mundial centralizada desde donde coordinan sus estrategias de funcionamiento, de expansión, su unidad corporativa y doctrinal de forma estandarizada. Entre algunas de las Multinacionales de la fe en Bogotá, y en Colombia, se encuentran: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días y los Testigos de Jehová.

Este tipo de organizaciones tienen millones de fieles en decenas de países. En términos de organización, comparten similares características a las Mega iglesias, pero en este caso son capaces de enlazar sus sedes en diferentes países a través de una red de administración centralizada y transnacional. Beltrán Cely, señala: “Teniendo en cuenta que, históricamente, la acción de las iglesias cristianas no ha estado sujeta a las fronteras nacionales y que la tendencia transnacional de las empresas religiosas se ha acentuado gracias a la globalización, podemos añadir, como uno de los indicadores de éxito de las empresas religiosas contemporáneas, su capacidad de superar su carácter de ofertas locales para constituirse en empresas religiosas transnacionales o, en el mejor de los casos, “multinacionales” (Beltrán, 2006)” (11).

El crecimiento es la prioridad. Tal como pude mostrarlo el caso paradigmático de la Misión Carismática Internacional, con más de 40 sedes en diferentes países, exhibe la tendencia de las Mega iglesias para convertirse en Multinacionales de la Fe; precisa Beltrán: “Inicialmente consolidan una sede principal en una de las ciudades más importantes del país. Paso seguido fundan nuevas sedes en otras ciudades, preferiblemente en las capitales de los departamentos; para este propósito utilizan las mismas estrategias exitosas de su sede principal. Por último abren sedes en el extranjero, con la intención de consolidarse como empresas religiosas multinacionales” (12).

Otro tipo se encuentra en las Denominaciones, estas comprenden: “[...] organizaciones religiosas doctrinalmente homogéneas que cuenta con sedes en diferentes lugares de la ciudad y el país, cada una de las sedes se conocen como "congregaciones locales" y funcionan de forma similar a las parroquias católicas", gozan de un grado relativo de autonomía a la vez que responden a una organización central”. Algunas de las denominaciones que destacan por su número de congregaciones y por la cantidad de miembros, son: las Asambleas de Dios, la Iglesia Cuadrangular, la Iglesia Adventista del Séptimo Día y la Iglesia Pentecostal Unida.

Las Denominaciones se diferencian de las Multinacionales de la Fé, y de las Mega Iglesias, por el tipo de vínculos que se mantienen cuando son abiertas nuevas sedes en regiones o nuevos países. A diferencia de las Mega Iglesias, las iglesias en las Denominaciones se independizan en términos administrativos, se vuelven autónomas al tiempo que suelen mantener afinidades doctrinales con las iglesias madres. Algunas de las grandes Denominaciones, como las Asambleas de Dios, permiten cierta diversidad de “matices y tendencias en su seno” y “[...] el grado de las congregaciones locales es tan alto que las funciones de la denominación a nivel central se limitan primordialmente a representar a las diferentes congregaciones ante el gobierno y la sociedad” (13).

Las Empresas Religiosas Centralizadas Multisede (14) son “[...] grandes organizaciones pentecostales de estructura centralizada, que funcionan bajo la autoridad de un líder carismático. En estas organizaciones, cada una de las sedes es un eslabón que replica los planes y estrategias de la autoridad central; por lo tanto, tienen una escasa autonomía local y pueden ser observadas como «sucursales» de una única empresa centralizada” (15).

No funcionan en torno a una sede principal multitudinaria, pero a su vez comparten muchas de las características de las Mega iglesias: fueron creadas por la iniciativa de un líder carismático, emplean los medios masivos de comunicación, están especializadas en segmentos del mercado religioso, tienen una poderosa infraestructura y también tienden a convertirse en Multinacionales de la fe.

Tres de estas organizaciones con presencia en Bogotá integran este tipo: La Cruzada Estudiantil y Profesional de Colombia (Cepc), la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional y la Iglesia Universal del Reino de Dios. Sobre ellas precisa Beltrán Cely. “Ninguna de estas organizaciones hace parte del Consejo Evangélico de Colombia (Cedecol) y ninguna se identifica como protestante o evangélica; no obstante, cada una de ellas constituye una versión específica del pentecostalismo” (16).

Por último, encontramos la categoría de Informalidad Religiosa donde se encuentran “iglesias de garaje” que han nacido por la iniciativa de un líder carismático, o por la fragmentación de una iglesia ya instituida. Son congregaciones que nacen a partir de inversiones económicas bajas, en locales alquilados, en pequeños espacios dispuestos para tal fin. Pueden ser descritas dos tipos de organizaciones informales: pequeñas congregaciones con una clara curva de crecimiento en busca de convertirse en Mega iglesias o Denominaciones, por otro lado se encuentran pequeñas congregaciones que no crecen, pero tampoco dejan de existir manteniéndose en los límites de la informalidad religiosa.

La mayoría de estas iglesias están ubicadas en barrios de estrato bajo y en sectores periféricos de la ciudad, según Beltrán: “[...] puede considerase como una forma de resistencia social dada la precariedad de espacios de participación social y política para los sectores marginales de la ciudad. Estos movimientos religiosos propician espacios de organización comunitaria para todo tipo de población pero especialmente para los pobres, desplazados y marginados que encuentran en el seno de la comunidad la posibilidad de reestructurar el sentido de su existencia y su identidad” (17). Al mismo tiempo, estás iglesias se constituyen en alternativas para el ascenso social para quienes no disponen de los recursos o capitales culturales para hacerlo a través del empleo formal. En la actualidad el pentecostalismo representa, incluso estas pequeñas organizaciones religiosas, una alternativa para que individuos en comunidades vulnerables transformen su carisma social en valores como el dinero y el reconocimiento social.

Las aristas terrenales de las organizaciones religiosas protestantes

 

Un capital que se homologa

 

Entre los determinantes comunes a este tipo de organizaciones se encuentran el hecho que compiten por capitales en el mercado religioso. A estos capitales se refiere William Mauricio Beltrán: “Como cualquier capital simbólico, el capital religioso se puede convertir en privilegios, autoridad, prestigio y riquezas; esto motiva a los agentes en competencia a implementar diversas estrategias para su apropiación, monopolización o desmonopolización” (18). La lucha por estos capitales a través de estrategias debe entenderse a partir de la consideración que también es una lucha por autoridad, prestigio y riqueza en situación de pluralismo religioso (19).

El capital religioso no se mantiene en su versión intangible, también se objetiva, se vuelve concreto en la capacidad de movilización social que puede engendrar, la misma que otorga soporte material, legitimidad y capacidad de reproducción. Pero esta capacidad necesita para hacerse efectiva la configuración de un aparato burocrático y racional, es decir, que se instituyan iglesias eficientes, capaces de volver cotidiano el carisma de sus líderes fundadores para asegurar su conversión en bienes tangibles que determinen la expansión de la organización. Tal determinación parece haber sido entendida muy bien por empresarios religiosos del talante de Cesar Castellanos, Jorge Enrique Gómez o María Luisa Piraquive.

 

El sostenimiento del orden

 

Otro de los aspectos más importantes de estas organizaciones, en semejanza a la Iglesia católica, tiene que ver con el hecho que contribuyen al sostenimiento del orden político de diferentes maneras: inculcando matrices de percepción, pensamiento y acción orientadas hacia la legitimación y perpetuación de las estructuras políticas, o empleando su autoridad para contrarrestar la subversión al orden dominante desde iniciativas proféticas y sectarias que puedan presentarse (20). A pesar de la secularización, en la sociedad colombiana la religión se resiste a circunscribirse a los límites de la esfera privada, y sigue actuando en la esfera pública como un factor de presión política y social (21). Con pocas excepciones, la aceptación del orden político dominante es tacita en las organizaciones religiosas pentecostales o neo pentecostales en Colombia, a menos que las disposiciones provenientes de ámbitos de gobierno controviertan su doctrina o la imagen de sus líderes (22).

Decisión estratégica. No es rentable generar controversias políticas con el Estado en ámbitos que van más allá de lo religioso cuando es el mismo que instaura normas para garantizar su viabilidad, funcionamiento, reproducción e igualdad. Un ejemplo de ello se encuentra en el “concordato evangélico” (23), donde fueron concedidos algunos derechos como el reconocimiento de los derechos civiles de los matrimonios, la posibilidad de impartir su doctrina en instituciones educativas del Estado y su participación como capellanes en cárceles, hospitales y establecimientos asistenciales. Es de manera precisa esta capacidad de convivir con el Estado lo que ha potenciado la victimización de algunos de sus líderes en escenarios del Conflicto Armado en Colombia.

 

El mercado y los bienes religiosos

 

El mercado religioso sigue siendo el espacio de mayor interés para todas las doctrinas religiosas en Bogotá y en Colombia, pues en una situación pluralismo se enfrentan a los desafíos de retener o aumentar sus membresías y, tal como lo precisa Beltrán: “Para este propósito, recurren a los mismos métodos que utilizan las demás empresas que enfrentan problemas similares, es decir, a las estrategias de marketing (Berger, 1971, pp. 169 – 174) (24)”. A esto se debe el hecho que la mayoría de las iglesias protestantes hayan adaptado su liturgia para poder reclutar y satisfacer a feligreses de segmentos juveniles y profesionales de la población, adaptándose a la demanda de sus consumidores.

El tema de la regulación estatal del mercado religioso también es imprescindible para comprender el funcionamiento de estas organizaciones. En Colombia este mercado se encuentra virtualmente desregulado, pero en términos prácticos el Estado continúa proporcionando privilegios superiores a la Iglesia católica. Sin embargo, como lo muestra el concordato mencionado, no ha sido poco lo avanzado en la instauración de una situación de pluralismo religioso. Esto ha estimulado la competitividad por los fieles, la baja regulación interna de estas ofertas religiosas, así como una mayor incidencia (empoderamiento) de los individuos en el mercado de la religión.

A este, u otros mercados, no puede accederse si se adolece de mercancías para efectuar intercambios. Aquí la mercancía encarna en los denominados bienes religiosos (25) que pueden ser: a) promesas de compensación futuras o trascendentales (curaciones, disfrutar del cielo); b) beneficios que se desprenden de la membresía del grupo religioso (privilegios, contraprestaciones, acceso a capitales sociales y beneficios de sus dinámicas solidarias); c) servicios (bautismos, matrimonios, funerales, visitas a enfermos consejerías); d) actividades colectivas o bienes comunitarios (cultos, coros religiosos, oraciones comunitarias, fiestas religiosas); e) bienes públicos o servicios caritativos (servicios a los sectores vulnerables); e) estatus (beneficios económicos y simbólicos a sus fieles relacionados con las posibilidades que otorgan a sus miembros para alcanzar puestos de prestigio, influencia o autoridad dentro del grupo religioso).

Tales son los bienes que encarnan el objeto de los intercambios con los feligreses, quienes aportan en contraprestación sus capitales humanos, energías vitales, trabajo, voluntades y valiosos recursos económicos, que constituyen uno de los pilares materiales más fuertes de estas organizaciones ofrendados en el contexto de las doctrinas de la “teología de la prosperidad” y “súper fe” donde, según Beltrán: “El dar actúa de forma análoga a la siembra: "el que abundantemente siembra, abundantemente cosecha", suelen decir los predicadores de la prosperidad citando el texto bíblico. En la medida en que el creyente done (ofrendas y diezmos) a su congregación garantiza la bendición divina (26).

Este es precisamente una de las determinaciones que sesga muchos análisis hacía la hiper significación de los mecanismos de apropiación de recursos latentes en estas organizaciones religiosas, así como las posibilidades de enriquecimiento individual proporcionada por sus economías del diezmo ,pobremente reguladas en términos tributarios por parte del Estado. Al igual que con la Iglesia católica, los gobiernos las hicieron declarantes pero “no contribuyentes”, es decir, las exoneraron de pagar impuestos sobre la renta, el patrimonio o ganancias, incluso, hicieron extremadamente permisiva a su principal agencia de tributación (Dian) ante el incumplimiento del compromiso de declarar renta y patrimonio, su única obligación.

Aunque pueda ser objeto de encarnizadas discusiones, los bienes religiosos ofrecidos tienen pleno valor para miles de feligreses que han encontrado en estos la fuente de sentido, familia sustituta o comunidad terapéutica, el Estado –a quien nunca han conocido–, espacios de construcción de nuevas solidaridades (así como los beneficios derivados), instituciones mediante las cuales han mejorado objetivamente las condiciones de su existencia.

Es necesario tomar en cuenta estos matices en el debate, pues el desenvolvimiento de estas organizaciones religiosas no puede reducirse a su naturaleza económica, política, financiera, pero tampoco, como pretenden algunos de sus líderes, reducir su operación a las subjetividades y la espiritualidad sobre los feligreses que las integran, recibiendo un trato gubernamental pletórico en consideraciones y laxitudes. Hay una compleja interrelación entre estos ámbitos, una transferencia de bienes y contraprestaciones capaces de otorgar esta compleja corporalidad a instituciones religiosas que proliferan hasta en los más recónditos lugares del país.

 

La voz del sociólogo de la religión

 

William Mauricio Beltrán Cely habló con el periódico desdeabajo. Es un destacado investigador del Centro de Estudios Sociales (CES) y profesor del departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, artífice de las obras retomadas para este artículo, las mismas que han llamado la atención en la comunidad académica latinoamericana. A continuación el diálogo sostenido:

Allan Bolivar. (AB): Existe mucha resistencia entre los líderes protestantes a ser definidos y tratados conceptualmente como empresas religiosas, ¿cuál es el motivo de esta oposición?

William Beltrán (WM): Esta resistencia tiene que ver con que ellos tratan justamente de negar que sus proyectos religiosos tienen algún interés de lucro (los pastores especialmente). Es decir, hay un vínculo muy fuerte entre lógicas empresariales y proyectos religiosos porque las iglesias, sobre todo las grandes, las que llamamos Mega Iglesias, movilizan cantidades inmensas de dinero, no se sabe cuánto porque ellos tienen mucha reserva con esos datos [...]; que nadie sepa puede ser preocupante. La Dian ha tratado de indagar al respecto, pero es difícil, habría que ver hasta dónde llegó la Dian. Obviamente, en mi papel de investigador, no les puedo preguntar a los pastores cuánto dinero ingresa a sus iglesias, eso no es información que ellos suministren, o la dan con mucha desconfianza. Todo tipo de información que puede implicar para ellos alguna posibilidad de ser gravados con impuestos, pues la manejan con mucha prudencia [...].

 

AB. Enormes cantidades de dinero que no son objeto de tributación, ¿por qué no ha sido posible gravar a este tipo de organizaciones religiosas ni aún ahora, cuando son requeridos tantos recursos para financiar la paz?

WM. Cualquier intento de gravar las nuevas organizaciones religiosas implicaría, por la Ley de Libertad Religiosa, aplicar los mismos gravámenes financieros a la Iglesia católica. Eso no va a ocurrir, la Iglesia católica no aceptará que la graven. Las grandes iglesias, sobre todo la Católica, tienen –todavía– un gran poder de movilización social, de protesta [...]. Esto implica que cualquiera de estas propuestas tiene un costo político muy alto. Es decir, que un senador, un congresista, no quiere medírsele a eso por el costo político que le implica [...] además porque las organizaciones religiosas manifiestan que son entidades sin ánimo de lucro y que sus servicios son para la comunidad. [...]. Puedo equivocarme, pero veo muy difícil cualquier intento de gravar con un impuesto para la paz, a las organizaciones religiosas. Siempre será una cuestión voluntaria, les pueden proponer que contribuyan voluntariamente, pero como una obligación no me parece realista.

 

AB. Una de las críticas a estas iglesias tiene que ver con la contribución de la mayorías de las organizaciones religiosas (ubicadas entre las categorías de Informalidad Religiosa y Multinacionales de la fe) al sostenimiento de los ordenamientos establecidos, ¿qué puede decirnos usted al respecto?

WM. Algo propio del cristianismo en general (incluso del catolicismo). El protestantismo ha considerado un valor someterse a las autoridades legalmente instituidas, es un valor cristiano que está presente en el evangelio y que se expresa un poco en el mandato que le da Jesús a los discípulos cuando les dice, “dad a Dios lo que es Dios y dad al César lo que es del César”. Las iglesias mantienen ese principio, hay argumentos bíblicos que usan para decir que una institución religiosa debe obedecer al gobierno, incluso cuando éste es un infiel o un impío. A menos de que ese gobernante los obligue a hacer algo que vaya en contra de sus demás convicciones religiosas. Pero si ese orden no los obliga a negar su fe o actuar en contra de su fe, ellos creen que deben someterse.

En general, esta ha sido la actitud tomada por las iglesias cristianas, con muy pocas excepciones; de hecho, una excepción se observa en lo sucedido hoy con la Misión Carismática Internacional (MCI) que ha hecho parte del bloque constituido por el Centro Democrático para oponerse al proceso de paz. En ese sentido la MCI se ubica más en la oposición al Gobierno. Digamos que han existido otros casos en América Latina –como la Teología de la Liberación–, donde sectores de la Iglesia católica se pusieron del lado de la protesta, de la revolución, del movimiento social. Pero [...] las iglesias cristianas, en general, han tratado de mantenerse dentro del orden establecido, y de verse en muchos aspectos como aliadas del Estado, lo cual le ha generado muchos conflictos en zonas donde hay presencia guerrillera, porque allí su afinidad con el Estado se lee como contrarrevolucionaria. Hay episodios recientes de nuestra historia –finales de los años 90 e inicios de la década del 2000– donde se multiplicó el asesinato y secuestro de pastores evangélicos, vistos por la guerrilla como “objetivo militar” [...] en buena medida porque se oponían a que la guerrilla reclutara a sus jóvenes o que estos portaran armas, y porque no se identificaban con la propuesta política de la insurgencia.

 

AB. Considerando que también han sido víctimas en el conflicto armado, ¿cuál es la posición de estas organizaciones religiosas frente al postacuerdo?

WM. Dentro del protestantismo evangélico hay un sector que está muy a favor del acuerdo, y ya se está movilizando para buscar la reconciliación. Ese sector está liderado por figuras muy reconocidas, entre ellas Viviane Morales, Jimmy Chamorro y Darío Silva Silva, tal vez ellos son los más destacados [...]. Un abanderado de la reconciliación que es muy influyente en el mundo protestante es Darío Silva Silva, él tiene programas de televisión donde promueve todas las ventaja de la reconciliación. De hecho, él estuvo presente en momentos simbólicos importantes, como la campaña de Santos por la reelección, o la sanción presidencial de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.

De hecho, usted puede consultar en la página Web de la “Casa Sobre la Roca”, donde aparecen registros de escenarios donde esta organización religiosa ha propiciado encuentros con guerrilleros, con paramilitares, con excombatientes, en zonas de conflictos, haciendo pedagogía por la paz. En otras palabras, ya hay iglesias muy comprometidas con el proceso de reconciliación. Por ejemplo, ésta ha sido durante muchos años la bandera de la Iglesia menonita y de su ONG Justapaz [...]. Allí hay procesos muy interesantes, hace poco celebraron jornadas de oración por la paz, muy de estas minorías, de iglesias muy pequeñas, que muestran mucho compromiso con las víctimas, movilizan recursos, difunden a nivel internacional lo que está sucediendo en Colombia cuando las amenazas a las víctimas se multiplican.

 


 

Una importante afluencia de protestantes llega al país

 

Entre 1930-1946, durante el periodo de dominio liberal, arribó al país una ola importante de misiones protestantes procedentes de Estados Unidos y Canadá. Tal como detalla Beltrán Cely en su libro, “Del monopolio católico a la explosión pentecostal”, durante este periodo la Iglesia luterana inició labores en Boyacá, también las primeras misiones pentecostales se instalaron en el país: las Asambleas de Dios en Boyacá (1932) y la Iglesia del Evangelio Cuadrangular en Santander.

Vinieron estimuladas por las políticas de diversidad y modernización de los gobiernos para desarrollar ambiciones proyectos de evangelización con los que pretendieron “civilizar” áreas apartadas y marginales en Colombia. Sin embargo trajeron consigo un estilo de adoctrinamiento fundamentalista que poco contribuyó con la difusión de ideas modernas, estilo que proliferó pues los misioneros usaron las potencialidades de la radio como medio masivo de comunicación para expandir sus ideas. Fue así como inauguraron emisoras protestantes en Barranquilla y en Bogotá, de la misma manera que lo hizo el evangelista Paul Epler en los años 40 en Sogamoso.

Beltrán Cely destaca de las misiones, respecto a los programas de desarrollo impulsados desde los Estados Unidos que: “Las misiones protestantes norteamericanas se autoproclamaron defensoras de la democracia, del libre comercio y de los derechos individuales. Al mismo tiempo, se opusieron al catolicismo, al que acusaban de ser responsable del atraso y del autoritarismo político en América Latina. Las políticas del «buen vecino» promovidas por el gobierno Roosevelt (1933-1945) observaron las iniciativas misioneras como funcionales al mejoramiento de las relaciones comerciales y políticas entre las dos Américas (Damboriena, 1962, vol. 1: 26-27; Bastian, 1989: 14; Piedra, 2002, vol. 2: 9-10, 129-130)”*.

 

* BELTRÁN CELY, William (b), op. cit., p. 60

 


 


El estigma y persecución del protestantismo

 

A finales de la década de los 40, y durante los 50, los protestantes tuvieron que afrontar la persecución de la Iglesia católica, del Estado y de la sociedad. El clero lo asoció al comunismo diciendo que juntos pretendían desestabilizar la Nación; el mismo Gustavo Rojas Pinilla, en su discurso de posesión, pretendió granjearse la simpatía de los jerarcas católicos denunciando al movimiento protestante, y sectores de izquierda empezaron a asociarlos desde aquella época con una estrategia de expansión del imperialismo norteamericano.

Uno de los más importantes focos de combate al protestantismo fue la Revista Javeriana, usada por los jesuitas como medio para denunciar su avance. Todo desencadenó en una persecución religiosa abierta entre los años 1948 – 1958, que los protestantes recuerdan bastante bien. Durante este periodo fueron destruidos sus templos e iglesias, cerradas sus escuelas por orden del Gobierno, asesinados protestantes por motivo de su credo y sufridas considerables pérdidas materiales.

 


 

Algunas Megas iglesias en Colombia

 

 Tomada de  BELTRÁN CELY, William (b), op. cit., pp.233-235.

 

1 En una encuesta realizada en el 2010 (consultar obra “Del monopolio católico a la explosión pentecostal”) sobre 3.853 persona en las ciudades de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Maicao, Bucaramanga, Barrancabermeja y varios municipios del Urabá, el 94 por ciento de los encuestados de declararon creyentes, el 73 por ciento asisten a una iglesia o grupo religioso. El 70, 9 por ciento de los encuestados se identificó como católicos, el 16.7 por ciento como protestante, el 4.7 por ciento como ateos y agnósticos, el 1.8 por ciento como Testigos de Jehová. El 68.3 por ciento de las mujeres encuestadas pertenecían a una membresía religiosa y el 78.8 por ciento de los hombres también.

2 Se aclara que el manejo teórico propuesto de las temáticas no es estrictamente cualitativo, pero se enfoca en él para efectos de los propósitos expositivos en el presente artículo.

3 El campo, se refiere al espacio teórico donde se lleva a cabo la competencia por apropiarse de capitales religiosos entre las empresas que producen, administran y distribuyen bienes simbólicos de salvación.

4 No se incluyen en estas las propias de la denominada “nebulosa místico – esotérica” que incluye movimientos de raíces diversas como los inspirados en las religiones orientales, sincretismos esotéricos, religiosos y los pertenecientes a las artes de la adivinación como la astrología y el tarot. Este artículo no aborda a la Iglesia católica por motivos metodológicos, pero el tema no puede considerarse como fruto de un sesgo analítico pues lo concerniente a esta empresa multinacional religiosa está siendo trabajado y será publicado en próximas ediciones del periódico desde abajo.

5 BELTRÁN CELY, William (a). “De la informalidad religiosa a las Multinacionales de la fe”. Revista Colombiana de Sociología, No. 21. Editorial Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2003. pp. 141-173

6 Ibíd., p. 143.

7 BELTRÁN CELY, William (b). “Del monopolio católico a la explosión pentecostal. Pluralización religiosa, secularización y cambio social en Colombia”. Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas. Centro de Estudios Sociales (CES). Maestría en Sociología, 2013. p. 148

8 Capacidad o acto de hablar en lenguas que desde el pentecostalismo se percibe como un don, una señal de poseer bienes espirituales otorgados por Dios. “Estas señales acompañaran a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas;” (Marcos 16:17). “a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas” (1era Corintios 12:10).

9 BELTRÁN CELY, William (a), op. cit., p. 145.

10 BELTRÁN CELY, William (b), op. cit., p. 187

11 BELTRÁN CELY, William (c). “La teoría del mercado en la pluralización religiosa”. Revista Colombiana de Sociología, No. 33. No 2. Editorial Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Julio - Diciembre 2010. p. 60.

12 BELTRÁN CELY, William (b), op. cit., p. 252.

13 BELTRÁN CELY, William (a), op. cit. P. 163.

14 Esta categoría se agrega de manera complementaria debido a su inclusión en la obra “Del monopolio católico a la explosión pentecostal” publicada con posterioridad a las demás referidas. 

15 BELTRÁN CELY, William (b), op. cit., p. 260

16 Ibíd., p. 261.

17 BELTRAN CELY, William (a), op. cit., p. 166

18 BELTRÁN CELY, William (c), op. cit., p. 42

19 Situación en la que un Estado tolera, sin hacer suyo, diferentes grupos religiosos en competencia. En términos teóricos no existe ningún el monopolio religioso y ninguna organización de este tipo hace uso de la fuerza legítima para excluir a sus rivales.

20 BELTRÁN CELY, William (c), op. cit., p. 45

21 BELTRÁN CELY, William (b), op. cit., p. 369

22 Movimiento Mira y su  iglesia protestan en apoyo a María Luisa Piraquive http://www.wradio.com.co/noticias/actualidad/movimiento-mira-y-su-iglesia-protestan-en-apoyo-a-maria-luisa-piraquive/20140126/nota/2063329.aspx. 26 de enero del 2014.

23 Decreto 354 de 1998. “por el cual se aprueba el Convenio de Derecho Público Interno número 1 de 1997, entre el Estado colombiano y algunas Entidades Religiosas no Católicas”.

24 BELTRÁN CELY, William (c), op. cit., p. 48

25 Ibíd., p. 55

26 BELTRÁN CELY, William (a), Óp. Cit., p. 145

Leonila Murillo, madre comunitaria

Hace un clima agradable en Buenaventura, el sol en el puerto aún no se ha asoma, ni acosa, solo se siente una atmosfera húmeda con un ligero olor a salinidad que dejan entrever un ambiente tranquilo donde nos hallamos.

Las mujeres convocadas van llegando una en una donde se agrupan en el salón. Entre un tiempo y otro, los minutos pasan hasta que aparece Leonila Murillo, representante de las madres comunitarias perteneciente al sindicato de Sintracihobi.Su figura fina, delgada se impone bajo un paso lento, avanzando con firmeza, ella tranquila y de manera rítmica llega al recinto, allí con su carisma reposado, invita bajo su voz apiñada por los años un saludo que con gran fuerza invita a mirarla, de manera discreta se sienta en la parte de atrás del grupo. Las mujeres a su alrededor se fijan en ella, la saludan dejando ver un agrado, una admiración por su presencia en el lugar. Todas allí están reunidas con un gran gesto, con sentido que colma el trabajo y el amor colectivo.

En el trasegar y hacia el final del día hablo con ella nuevamente, ella amablemente me concede una pequeña entrevista –se sienta a mi lado– y ligeramente se sonríe, le expreso:

MF: Dígame sobre usted...

Con un gesto amable, me reposa su brazo sobre mí espalda se sonríe y agrega:

Soy Leonila Murillo madre comunitaria, se ríe con gran amplitud como mujer chocoana –dice– tengo 80 años...soy del Chocó, del río San Juan, hace más de 60 años vivo en Buenaventura. Nunca nos vinimos por cosas de violencia, sino porque quisimos.

 

MF:¿Hace cuánto es madre comunitaria?

Leonila: Soy madre comunitaria hace 27 años, tengo 3 hijos.

 

MF: ¿Qué es lo más mejor de ser madre comunitaria?

Leonila: Es la relación con los niños.

 

MF: ¿Cuál ha sido su lucha al interior de la organización de las madres comunitarias?

Leonila: El enfrentamiento con el Instituto de Bienestar Familiar–ICBF, por los derechos de nuestros trabajos, por el derecho laboral. Lo vengo haciendo desde 1999.

 

MF: ¿Cómo se llama el sindicato y cuantas mujeres comunitarias lo integran?

Leonila: Se llama Sintracihobi, somos 1.200 integrantes de los ríos y las veredas de Buenaventura.

 

MF: ¿Qué es lo más bello de ser sindicalista?

Leonila: Es tener poder para reclamar los derechos como madre comunitarias

 

MF: ¿Cuáles son los avances sobre la reivindicación y el reconocimiento de los derechos de las madres comunitarias ante el gobierno?

Leonila: La aceptación del trabajo como madre comunitaria, el reconocimiento de un salario mínimo, contratar a las madres comunitarias actualmente vinculadas, un proyecto de pensión para las madres comunitarias y aún una pelea para que se reconozca a las madres comunitarias antiguas, sin los términos que se debe ser “profesional” para contratar o reconocer nuestros derechos, nosotros empezamos a trabajar con mínimas condiciones y somos madres. Esperamos que el ICBF cumpla lo pactado.

 

MF: ¿Cuál ha sido la mayor dificultad que atravesado el sindicato estos últimos tiempos?

Leonila: el enfrentamiento con el Instituto de Bienestar Familiar- ICBF

 

MF: ¿Qué le diría a las nuevas generaciones?

Leonila: Para enfrentar la vida hay que tener bien el corazón y no tener miedo. Invito a muchas madres comunitarias que se unan al trabajo de lucha. La unión hace la fuerza.

 

MF: ...en la lucha..?

Leonila: Si, cuando se inicia hay que llevarla en el corazón y con fuerza de trabajar, unirnos y no desfallecer.

Debemos detener la entrevista ya es tarde y ella debe regresar. No despedimos, no sin antes agregarme... “que algunos políticos como Dilian Francisca –gobernadora del Valle– ahora quiere abanderarse del tema de las madres comunitarias cuando realmente, los logros son de las madres comunitarias bajo una lucha sindical, pero no por la intervención de políticos ya que muchos se quieren apropiar de la causa..”. Mientras la escucho viene a mi pensamiento como el expresidente Alvaro Uribe Vélez, implicado en graves violaciones de derechos humanos, hoy senador del partido de extrema derecha Centro democrático, ha tomado la causa de las madres comunitarias, él habilidosamente el pasado 11 de mayo radicó un proyecto de ley que busca formalización laboral de madres comunitarias (173-2016). Sigo atenta y la escucho.

 

Leonila dice, seguiré luchando como sindicalista hasta el final de mis días, pues el derecho laboral es inalienable, se debe seguir luchando por los derechos de las mujeres –asegura–, ninguna mujer debe tener miedo y siempre debemos estar en pie de lucha. Ella finaliza allí, se para de la silla, se despide con un gran abrazo fraternal. La veo silenciosamente como avanza hacia la puerta donde nos encontramos...

 

Jornada de la mañana, Buenaventura Mayo-2016

* Geógrafa e Investigadora social: Memoria–Territorio y Derechos Humanos.

Publicado enEdición Nº225
Autoorganización, emergencia y acción social

Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político.



El orden total o cuasi–total equivale a la muerte. El orden sin más asimila los procesos y sistemas al equilibrio y, muy cerca del equilibrio, la vida cesa de existir. En contraste, como es sabido por una parte de lo mejor de la ciencia actual, lejos del equilibrio emergen procesos autoorganizativos, se hace posible la vida, en fin, nuevas redes configuran vectores y posibilidades antes insospechadas. Este lenguaje debe y puede ser traducido a la sociología, la historia y la política.


Políticamente hablando, el orden equivale al imperio de la ley —"estado de derecho"—, y sociológica y filosóficamente se trata del triunfo del institucionalismo y el neo–institucionalismo. Con todos sus representantes, vertientes y estamentos.


La oposición, la rebeldía y el disenso constituyen elementos nutrientes de una democracia. Incluso alguien tan excesivamente conservador como K. Popper así lo reconoce abiertamente en La sociedad abierta y sus enemigos. Con una condición: que los elementos de disenso y rebeldía sean activos y libres y no hayan sido institucionalmente cooptados, o normalizados. En Colombia prácticamente toda oposición fue eliminada, físicamente, o bien cooptada a través de los mecanismos de la democracia representativa.


Hace mucho tiempo, en medio de una historia de estado de excepción normalizado, del que emerge el paramilitarismo y sus distintas facetas hasta llegar actualmente a las bandas criminales (bacrim) (= más de lo mismo), los sindicatos fueron neutralizados y cooptados por el sistema, las organizaciones estudiantiles fueron suprimidas o su acción fue altamente delimitada, los partidos de oposición fueron neutralizados y mantenidos "en sus justas proporciones" (para citar las palabras de un nefasto expresidente), en fin, las guerrillas fueron eliminadas o conducidas a aceptar "un mal arreglo antes que un buen pleito".


Digámoslo en una palabra: la acción colectiva fue perseguida y prohibida, golpeada y cooptada. Hasta el punto de que es preciso tener autorización de la autoridad competente, según el caso, para llevar a cabo una manifestación. No sin cinismo, mucha gente prefiere concentrarse, antes que movilizarse. La acción colectiva en Colombia ha sido, en el mejor de los casos, reducida a las redes sociales, lejos, muy lejos de las calles.


El movimiento campesino ha sido fuertemente golpeado, y la minga indígena parece no haber alcanzado el oxígeno suficiente, en un país en el que los indígenas jamás han logrado ser protagonistas de una historia social. En contraste con otros países del subcontinente.


En estas condiciones, la protesta social ha quedado reducida al marco de los defensores de derechos humanos, algunos intelectuales, alguna denuncia periodística —supuesta la autoedición— y unos cuantos artistas, siempre algo marginales. Ocasionalmente, se aprecian las protestas de la comunidad LGTBI. Existen múltiples pequeños movimientos aquí y allá de diversa índole, pero todos se encuentran, a la fecha, desagregados.


Vale recordar: no hace mucho el principal asesor de un expresidente escribió —y se puso en práctica— que los enemigos del Estado son: en primer lugar los guerrilleros y los auxiliadores de la guerrilla; luego también, las ONG, principalmente las defensoras de derechos humanos; y finalmente, los intelectuales y académicos.


Pues bien, es, más o menos, en este marco que se entienden las pujas, cada año, en las negociaciones en torno al salario mínimo. Más la imposición de fuertes políticas fiscales, los programas económicos, en fin, la neo–institucionalización del país, en toda la línea de la palabra, para no hablar de la privatización de los (últimos) bienes del Estado.


La protesta social y la acción colectiva son en Colombia, según todo parece indicarlo, cosas del pasado. O por lo menos esa es la idea que se quiere presentar desde los grandes medios de comunicación. Porque la verdad es que movilización hay; y protesta también existe.


La protesta social y la acción colectiva pueden ser dichas de dos maneras, así: de un lado, es el derecho a la rebelión. Y de otra parte, es la forma misma de unión y defensa de los sin–voz, los invisibles, los marginados, los pobres.


Hubo una época en que algunas iglesias tomaron la vocería por estas mayorías. Hubo momentos en que algunos partidos políticos les dieron la mano. Pero hoy día ellos siguen careciendo de voz, siendo invisibles, marginados y excluidos. Todo, en un país históricamente fracturado e inequitativo. La defensa de los excluidos es un tema de ética tanto como de política, y la historia no es ajena al tema. De ética, por cuanto es un tema de humanidad; y de política en cuanto se trata del reconocimiento de que los dramas personales son fenómenos comunes que competen a todos.


Con razón sostiene A. Camus en El hombre rebelde que cada época histórica tiene una forma distinta de rebelión. Ese libro, ya hoy clásico en el que el autor francés estudia las formas de rebeldía o rebelión en los últimos doscientos años.

Correspondientemente, las formas de rebelión habidas en la historia del país no serán, jamás, las mismas en el futuro. No tanto por determinismo histórico, sino porque el mundo ha cambiado y con él, el país. Con el paso del tiempo, los agentes sociales han cambiado, y las formas de organización que ayer fueron posibles hoy parecen no ser ya necesarias.


Nuevas formas de organización social, nuevas formas de acción social, nuevas formas de protesta y acción colectiva serán posibles en un futuro razonablemente previsible. Aun cuando, al parecer, nadie las avizore claramente en el presente inmediato. El drama de la sociedad es que el presente de la política no es nunca linealmente compatible con la historia como medida de largo plazo.


Dicen los analistas que se requieren formas imaginativas de acción y de organización, nuevos lenguajes, nuevas formas de comunicación y acción. Seguramente es cierto. Pero mientras no tengan vida orgánica, se trata de palabras que se las puede llevar el viento.


Hacer visibles a los invisibles, darles voz a los sin–voz, lograr dignificar a los marginados y excluidos, en fin, combatir la pobreza en todas sus formas es un asunto de humanidad tanto como de orden político. Se requiere una acción imaginativa, o bien decisiones radicales e inesperadas. Mientras tanto, en una parte del mundo, aparecen los indignados. Todo parece indicar que existe un vaso comunicante directo entre la indignación y la rebelión.


La rebelión y la disidencia, la oposición y la lucha por el cambio: con todo ello se trata de una sola cosa. Contra quienes son partidarios del orden, que han sucumbido ante el peso de lo real, se trata de aquellos individuos que sueñan por un mundo mejor, por una vida diferente, por un horizonte distinto. Y nada nos hace más humanos que soñar que las cosas pueden ser mejores, o diferentes. Pero los sueños se alimentan de ideas.

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Viernes, 08 Enero 2016 07:41

Comunidades populares urbanas

Comunidades populares urbanas

La ciudad es uno de los puntos más endebles en las propuestas y prácticas emancipatorias. En las recientes décadas hemos asistido al despliegue de diversas iniciativas rurales, de la mano de movimientos indígenas y campesinos, que han sido capaces de construir espacios por fuera de la lógica del mercado y del Estado, aunque en ocasiones tengan relaciones tangenciales con ambos. En las ciudades, por el contrario, las construcciones colectivas son mucho más frágiles y menos duraderas.

Conocer al Movimiento de Comunidades Populares de Brasil (MCP) es una inyección de optimismo y esperanza en medio de la crisis política y de las amenazas que se ciernen sobre los sectores populares del mundo. El MCP cuenta con unos 60 grupos, la mitad de ellos urbanos, de barrios y favelas. Formalmente, nació en 2011 integrado por las comunidades populares que habían creado, en 2001, una asociación nacional. En 2006 crearon el periódico mensual Voz das Comunidades y en 2008 la Unión de la Juventud Popular.

Pero el movimiento tiene, en realidad, 40 años, ya que sus orígenes se remontan a 1969, cuando en plena dictadura militar la Juventud Agraria Católica se transformó en Movimiento de Evangelización Rural y, más tarde, en 1986, en Corriente Sindical de los Trabajadores Independientes. El primer encuentro nacional del MCP decidió trabajar en cinco sectores: económico, social, cultural, popular y sindical.

Uno de los trabajos del MCP está enclavado en la comunidad Chico Mendes, en el norte del municipio de Río de Janeiro, lindero con la Baixada Fluminense que rodea la bahía de Guanabara. Se ubica sobre el Morro do Chapadao, tiene 25 mil habitantes y es fruto de una ocupación organizada en 1991. Gelson y Jundair, quienes comenzaron su militancia bajo la dictadura, llevan dos décadas en el barrio, donde comenzaron organizando campeonatos de futbol para varones y mujeres.

Hoy cuentan con un grupo de apoyo escolar al que acuden diariamente 70 niños con cuatro profesoras y un jardín infantil al que van 20 niños y niñas, ambos apoyados por la propia comunidad sin financiación externa. Funciona un grupo de compras colectivas, un grupo de producción que fabrica productos de limpieza con base en aceites de automóviles reciclados y un grupo de ventas, en los que están involucradas dos decenas de familias, que incluyen una tienda de comestibles donde se abastecen unas 200 familias y un almacén que vende materiales de construcción.

Pero el emprendimiento más novedoso es el grupo de inversión colectiva, que luego de una década tiene 400 inversionistas de la comunidad, más de 20 integrantes que administran un fondo de 700 mil reales (unos 170 mil dólares). La mayor parte de los préstamos son para la reforma de viviendas y para la generación de ingresos familiares y colectivos. Gracias a los préstamos del grupo de inversión varios vecinos de la comunidad pudieron comprar camionetas para transporte desde la terminal del Metro hasta la comunidad Chico Mendes.

Trabajan con dinero de los miembros del movimiento que invierten y realizan préstamos, pagan intereses muy bajos, de 2 por ciento a los inversores, y cobran un poco más a los beneficiarios. No acumulan capital y todo el dinero circulante está bajo control comunitario, porque el dinero funciona como valor de uso, algo muy común entre los sectores populares de nuestro continente, y no como valor de cambio.

El tener un grupo de inversión comunitaria hace que los miembros del MCP no tengan necesidad de acudir a la banca para pedir préstamos con intereses usurarios. De ese modo, las familias que necesitan mejorar su vivienda o comprar bienes para poder trabajar cuentan con un mecanismo de financiamiento por fuera del mercado, lo que les brinda mayor autonomía. El MCP cuenta con 30 grupos de inversión que manejan en conjunto millones de reales.

En este punto, es necesario introducir un debate. En una sociedad emancipada, o en el mundo nuevo, será imposible erradicar el dinero. La moneda es anterior al capitalismo y no puede considerarse sinónimo de capitalismo. Los zapatistas tienen sus bancos controlados por las comunidades que prestan dinero a las bases de apoyo, lo que no quiere decir que estén reproduciendo el capitalismo. La ventaja de crear grupos de inversión como los que tiene el MCP es que sus integrantes no dependen de quienes monopolizan el dinero, o sea, de los bancos.

Gelson y Jundair sienten que luego de dos décadas de trabajo, la comunidad es más fuerte. Cuando se les pregunta por las dificultades, dicen que la mayor es la formación de militantes. A esa tarea dedican su vida, pero aunque han avanzado, en la comunidad Chico Mendes el movimiento tiene medio millar de integrantes y apenas una decena de militantes. Cuando se les pregunta por el tráfico y la violencia, responden: no son dificultades, es la realidad. En los barrios populares de Brasil el primer problema es la policía.

El MCP trabaja para la formación de un frente popular mediante la articulación de grupos de base autónomos, como Ocupa Alemao, que se ha convertido en referencia entre los grupos de favelados de Brasil. A nivel teórico, Gelson reivindica el marxismo y el cristianismo, y no oculta su simpatía por Mao. El movimiento tiene cuatro experiencias históricas de referencia: la resistencia del pueblo guaraní, el quilombo de Palmares en el siglo XVII, el movimiento popular de Canudos a finales del siglo XIX y la lucha minera de Morro Velho en la década de 1930. En suma, la síntesis de las luchas indígena, negra, obrera y popular.

Defienden la independencia de los partidos y trabajan por la autonomía política y económica, que son los ejes del movimiento. Gelson asegura que el MCP no es una organización, es un fermento. No quieren repetir un camino que ya no sirve: movilizar, agitar, tomar el poder y construir el socialismo. Ser fermento es estimular, desde adentro y desde abajo, que el barrio se convierta en comunidad, creando poder popular. Después, veremos

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Rodrigo Patto: "Conocer mejor las culturas políticas implica conocer los valores de la gente"

Durante los días de noviembre el historiador y docente Rodrigo Patto, de la Universidad Federal de Minas Gerais, investigador de la cultura política en la historia de Brasil, en particular en temas como la dictadura, las universidades y las organizaciones de izquierda. El profesor, contrario a la tendencia general seguida con los estudios políticos, no privilegia una visión estructuralista, y más bien opta por valorar las representaciones y valores sociales que construyen identidad.

Aprovechando su visita a nuestro país y las conferencias dictadas desdeabajo lo entrevistó. Aquí presentamos su visión sobre su trabajo académico y la coyuntura que vive su país.

-P. Profesor Rodrigo Patto, ¿cómo entender la crisis en que está envuelto el gobierno de Dilma Rousseff?
-R. Es muy complejo porque hay varios factores. El proyecto económico de Lula y Dilma entró en crisis, aquel gran ritmo de creciendo y de desarrollo llegó a su fin. Esta es una fuente del problema político porque mucha gente piensa que si la economía va bien lo demás no tiene tanta importancia. Otro punto para agregar, la última campaña electoral ha sido la más disputada de todas. Existió una polarización muy intensa, Dilma ganó la elección con un margen muy estrecho. Hubiera perdido sino fuera por pequeños detalles de campaña.


Esto ha tornado a la oposición más agresiva, porque con la investigación del caso Petrobras –que ha sido independiente de jueces y de la Policía Federal– ha encontrado las pruebas de corrupción auspiciada desde el Estado. Evidente, este caso ha sido manipulado por la prensa y la oposición. En todo caso el resultado fue la pérdida de legitimidad del Gobierno, tornó a la posición más movilizada con grandes protestas de calle. El Gobierno no ha tenido la capacidad política de mantener sus bases de apoyo. Ha perdido el respaldo de algunos partidos y de movimientos sociales. Existe, entonces, una combinación o confluencia entre crisis economía y política, donde la oposición está haciendo impedimento en contra el Gobierno.


-P. ¿Cuál es el futuro cercano que tiene el Partido de los Trabajadores?
-R. Es complejo, en este momento es muy grave. Incluso algunos cuadros del partido lo han dejad: por ejemplo, una senadora y un diputado federal importantes se fueron para otros partidos. El partido perdera bastante su consistencia política y social, de hecho ya la perdió. La gran pregunta es si va a continuar como partido en el centro del escenario de la política en Brasil, el tiempo lo dirá. Yo esperaría que sí, porque ha sido un partido importante al representar deseos de grupos sociales por reformas, es un partido de centro izquierda moderada. Si fuera destruido la pérdida para el proceso político en Brasil sería muy grave. No se crean partidos fuertes, orgánicos, de la noche a la mañana. Mi expectativa es que tenga capacidad de recuperarse, pero no sé cómo lo hará. Es evidente que tendrá que hacer una crítica y reflexión sobre sus problemas, para recuperar su credibilidad con sus bases sociales.


-P. ¿Cómo definir acomodação y cuál es su incidencia en el proyecto de Estado nación en Brasil?
-R. Acomodación es una estrategia política que hace parte de nuestra cultura política y tradición. Significa hacer acuerdos o arreglos para reducir los conflictos entre grupos oponentes. Ha sido una estrategia muy importante en la formación del Estado, para mantenerlo unido a pesar de lo enorme que es, con muchas provincias y sus grandes diferencias. La manutención de este país pasó en parte por la flexibilidad de hacer acuerdos, sobre todo involucrando los grupos de liderazgo y las elites sociales, es parte de la tradición política de Brasil.


Práctica que implica a la misma izquierda. De hecho, parte de los problemas del PT es que hizo acuerdos, en esta misma línea; para ganar las elecciones se alió con partidos de derecha o con partidos que tienen interés en la ventaja del poder. Esto explica parte de sus problemas. Buena parte de la corrupción no está en PT sino en sus aliados, pero como líder del Gobierno está implicado de alguna manera.


-P. ¿Cuál ha sido la influencia de las organizaciones de izquierda en el espectro político del Brasil?
-R. Hay varios pequeños grupos de izquierda. El PT es una especie de confederación de grupos de izquierda. Pero muchos salieron del PT en los años recientes, desde grupos trotskistas que crearon sus propios partidos, hasta lograr una coalición hace siete años: el Partido Socialismo y Libertad, que era de expetistas que no soportaron el cambo del PT cuando llegó al poder. El PT de hoy es de centro izquierda, tiene algunos grupos marxistas pero sus capas dominantes son social demócratas. Hay un partido comunista mayor que tiene diez diputados federales, hay un partido socialista muy indefinible –porque ha recibidos políticos de tipo moderado, es un aliando de izquierda del PT– que en estos momentos rompió con el PT. Hay pequeños grupos de izquierda, sin representación parlamentaria, que no tienen capacidad para elegir diputados.


-P. La categoría de cultura política, ¿qué importancia y alcance tiene para los estudios políticos?
-R. Es un concepto que no le gusta a toda la gente; hay polémicas académicas porque algunos piensan que carece de capacidad explicativa. Pero, al contrario a tales opiniones, considero que cultura política tiene una gran utilidad para percibir que las acciones políticas son influenciadas por estructuras muy fuertes, que están en la tradición de los grupos nacionales, sociales y regionales. Hay culturas estructuradas que hacen parte de nuestra memoria y pasado, de lo que heredamos.
La cultura política es muy útil para percibir que hay comportamientos que tienen una inscripción en la historia. Incluso, para explicar las diferencias entre países: para comprender por qué en Brasil hay tantos acuerdos y por qué en otros países entran en conflictos violentos donde no hay capacidad o disposición de acuerdos.


La cultura política hace parte de una tradición, sin duda es una elección. No digo que cultura política sea una cultura que obligue o que sea tabica, evidentemente es una referencia, una las fuentes que influencian el comportamiento político, pero la gente siempre tiene la opción de elegir.


Hay que considerar estas estructuras para poder planear proyectos de cambio con más efectividad, para identificar las situaciones que son más complejas o más fáciles de cambiar; para tener un buen material de informaciones que faciliten encarar proyectos efectivos de cambio. Conocer mejor las culturas políticas implica conocer no sólo las instituciones sino los valores de la gente, sus opiniones y tradiciones. Todo esto es fundamental para una acción política eficaz.

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La revolución individualista: emprendedores y sumisos

Durante los oscuros años de las dictaduras militares en América Latina, altos mandos de las fuerzas armadas vetaron la palabra revolución. Sobre ella recayeron males y pesares. Los revolucionarios fueron torturados, asesinados y se consideraron una excrecencia de la sociedad bien ordenada. En la afiebrada mente de tiranos y asesores, se procedió a erradicar el concepto por decreto. Las anécdotas tragicómicas en un contexto de horror y violación de los derechos humanos han recorrido el mundo. Las bibliotecas públicas fueron objeto de asalto y mutilación. La quema de libros se extendió a cualquier texto cuya portada llevase impresa la palabra revolución. Títulos alusivos a la revolución industrial, científico-técnica, neolítica o copernicana fueron retirados de los anaqueles bajo el asombro de los bibliotecarios.


Ser revolucionario fue sinónimo de indeseable, cuando no, delincuente. La imagen proyectada por la derecha tampoco iba a trasmano. El estereotipo funcionó a la perfección. Los revolucionarios de sexo masculino eran visualizados como seres poco aseados, de pelo largo y sucio, barba y vestimenta paramilitar, y las revolucionarias fueron tildadas de poco femeninas, usar pantalones, promiscuas y con escaso o nulo decoro. Durante los allanamientos no faltaban soldados cuya labor era trasquilar a los detenidos.


Prohibida la palabra, la revolución se convirtió en una categoría maldita, endosándole un significado peyorativo. Tras décadas de ostracismo, el concepto ha sido rehabilitado por quienes la enviaron antes a las mazmorras. La derecha y sus ideólogos le han dado un giro de 180 grados. Al igual que sucedió durante el siglo XVIII, periodo de la Ilustración, su uso está de moda.

 

Reinhart Koselleck, en su texto Futuro pasado relata la idolatría por la revolución que sentían los ilustrados, quienes eran sus íntimos amigos. Todo lo que se consideraba y describía se concebía bajo el punto de vista del cambio y la subversión. La revolución abarcaba costumbres, derecho, religión, economía, países, estados y continentes, incluso el planeta entero.


La burguesía utilizó el concepto e ideario de revolución contra el viejo régimen y se presentó como clase social revolucionaria. Hoy la historia se repite, no sé, si como tragedia o farsa. El neoliberalismo reivindica su condición de ideología revolucionaria. Su revolución y su ejército de revolucionarios forman parte de un nuevo tipo de individuos cuyo objetivo consiste en imponer un orden bajo los postulados de la economía de mercado. Lo viejo, lo que debe ser remplazado, una vez derrotado su principal enemigo, el comunismo, alude estado del bienestar, las políticas sociales redistributivas, el empleo fijo, la sanidad pública y la ciudadanía política. La revolución neoliberal y sus principios representan el futuro. Es el triunfo del yo individualista frente al nosotros colectivo.


Los nuevos revolucionarios son pragmáticos, afectos al consumo, adictos a la adulación y el éxito individual. Su imaginario social los sitúa dentro del sistema. Aprovechan sus recovecos para ganar espacios de poder, aceptan sus normas y se mueven como pez en el agua cuando se trata de hacer negocios y acumular riquezas. Conocen a la perfección las reglas del mercado y compiten hasta la extenuación, llevan el enemigo en su interior, no se ponen límites. Su objetivo, llegar a millonario lo antes posible. Los medios de comunicación social potencian este prototipo de sujeto individualista y revolucionario como ejemplo del triunfo de la economía de mercado y la iniciativa privada dentro del mundo globalizado que nos ha tocado vivir. Mientras, los gobiernos hacen campaña en favor de los emprendedores, nuevos revolucionarios, empoderados y valientes que asumen el riesgo de fracasar. En otras palabras, alientan y magnifican sus proezas.


El perfil del revolucionario neoliberal es un sujeto joven, con iniciativa; osado, sin prejuicios éticos; competitivo, de carácter flexible y moldeable, preocupado por su apariencia exterior, egoísta y con un elevado nivel de autoestima. Capaz de pasar por encima de todo y todos, sólo le interesa lograr su fin. De vocación nihilista rechaza la acción colectiva, el bien común le viene grande o le sobra. Se califican de emprendedores, se consideran sujetos revolucionarios por sus maneras de actuar y pensar y adjetivan de empoderados.


El triunfo cultural del capitalismo ha disuelto los lazos de unión entre ciudadanía política, responsabilidad ética y acción colectiva. Hoy día asistimos a la revolución individualista, al nacimiento de sujetos sumisos que han desarrollado una hiperactividad en torno a las dinámicas de la economía de mercado.


El descontento producto de las desigualdades de clase, la explotación y el dominio, se desplaza de las estructuras de poder al ámbito personal. No hay responsabilidad social, ni causas políticas achacables al sistema. Cada quien tiene que aprovechar sus oportunidades y saber jugar bien sus cartas. Sólo existen las buenas y las malas decisiones personales. El capitalismo estaría libre de polvo y paja. En esta revolución individualista de la era posmoderna, no está permitido establecer una relación entre pobreza, desigualdad social, explotación. Cada quien se empodera y decide su futuro. Una revolución individualista en la cual se proyecta la máxima de los sofistas: El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto no son.


La revolución individualista y su ejército de sumisos y emprendedores reniegan de la lucha social y política; no son una alternativa al orden establecido, más bien constituyen su mejor defensa.

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