La libertad de expresión y su policía digital

¿Qué hacer con una red que prometía democratizar las comunicaciones, descentralizar del poder y mejorar el acceso universal al conocimiento, y que hoy parece capaz de alterar la convivencia social, agrietar la política y distorsionar la economía? Estas y otras preguntas se acumulan en estos tiempos y tomaron una acuciante actualidad tras la decisión de Twitter de suspender de manera permanente la cuenta de Donald Trump.

 

Si un presidente habla pero las vías para ser escuchado por la sociedad impiden su expresión, ¿realmente habla? Esta variable del famoso kōan zen bien puede aplicarse al bloqueo sufrido por el ex-presidente Donald Trump en el tramo último de su mandato por parte de las grandes plataformas digitales Facebook, Google y Twitter, que sumó la prohibición de Apple, Amazon y nuevamente Google de descarga para la app de la red social Parler, un foro de extremistas de derecha, supremacistas y otras tribus que encontraron en Trump un genuino vocero.

Cómo y bajo qué reglas circulan los discursos, quién puede escucharlos y cuáles son los límites de lo decible son cuestiones que remiten a la esencia de una democracia. Si a la circulación de ideas y opiniones se le imponen peajes arbitrarios, sea a través de controles gubernamentales, de corporaciones privadas (tema que no suelen contemplar los indicadores de «calidad democrática») o de sistemas mixtos de vigilancia, la capacidad de acceder y participar de los debates y decisiones públicas se resiente.

Después de capitalizar el frenesí autoritario de Trump y su incontinencia comunicacional, las plataformas digitales bloquearon sus posteos, en un giro respecto de la apacible tolerancia que tuvieron con él cuando llamó a fusilar a quienes protestaban por el asesinato de George Floyd en manos de la policía para recordar que «las vidas negras importan». Entretanto, Trump perdió las elecciones generales, y los republicanos, el control de las dos cámaras del Congreso. El giro de la política de las plataformas es copernicano: si bien hubo casos de intervención de estas en otros procesos políticos –en varios países latinoamericanos como Brasil, Venezuela, Cuba o México–, es la primera vez que la coordinación de los gigantes de internet aísla a un jefe de Estado y a sus millones de seguidores. A menos de un año del juramento de defensa radical de la libertad de expresarse del entonces presidente Trump hecho por Mark Zuckerberg (Facebook) y Jack Dorsey (Twitter), las plataformas profanan una de las utopías del credo liberal.

Las fisuras del ecosistema de información y comunicaciones quedaron al desnudo. Un puñado de empresarios y ejecutivos de Silicon Valley decidieron, de manera unilateral, cancelar la expresión del presidente de Estados Unidos. Con ello abrieron la puerta a una discusión que, si bien animaba a especialistas, hasta ahora no había concitado la atención pública ni tenía lugar en la agenda de líderes mundiales. Este enero las cosas cambiaron. Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, sugieren una nueva tendencia: «las interferencias en el derecho de expresión no pueden ser basadas solamente en reglas internas de una empresa» sino que «es necesario un conjunto de reglas y leyes para decisiones de tal efecto», dijo la política democristiana, anteriormente ministra de varias carteras en Alemania.

La interferencia discrecional, opaca e inapelable de contenidos públicos –tal es el caso del discurso de un presidente– y la censura privada de expresiones protegidas por los estándares de libertad de expresión son dos de las múltiples cabezas de una creación que es al mismo tiempo producto de los sueños de la razón y de la evolución científica anabolizada con inversiones estatales y privadas. Del anhelo de arribar a una nueva esfera de democracia directa comparable al Ágora ateniense que profetizó Al Gore en la Asamblea de la Unión Internacional de las Telecomunicaciones en Buenos Aires en 1993, cuando internet se abría al uso civil y comercial tras un cuarto de siglo de funcionalidades militares y científicas, a la plataformización protagonizada por conglomerados globales que mercantilizan los datos de miles de millones de usuarios y generan anomalías según cualquier perspectiva que se adopte sobre defensa de la competencia, media otro cuarto de siglo, y un poco más.

¿Qué hacer con esta red cincuentona que prometía democratizar las comunicaciones, descentralizar los nodos de poderes y controles coercitivos o mejorar el acceso universal al conocimiento, y que hoy es vista por connotados líderes políticos como la Hidra de Lerna, cuyo aliento venenoso es capaz de alterar la convivencia social, agrietar la política y distorsionar la economía?

Para aproximar una respuesta a la pregunta del momento, es necesario reconocer las mutaciones de la libertad de expresión en la etapa actual de expansión global de las plataformas. En primer lugar, es claro que no hay expresión libre si no hay, a la vez, recursos para expresarse. El derecho a la expresión es una abstracción si no contiene el acceso a los recursos imprescindibles para confirmar la expresión en acto. Uno de los mayores expertos en el tema, Owen Fiss, dedicó parte de su obra a enfatizar que la desigualdad en el acceso a recursos materiales que estructura a las sociedades en ricos y pobres tiene su correlato en las condiciones en que unos y otros pueden ejercer su derecho a la expresión.

El derecho a la expresión comprende no solo la posibilidad de emitir ideas y noticias «por cualquier medio de expresión», como dice la Declaración Universal de Derechos Humanos, sino también el acceso a las ideas y noticias de terceros y la facultad de investigar. Si no median políticas que corrijan o compensen las desigualdades estructurales, las probabilidades reales de concretar el derecho a la expresión por parte de los sectores con menores recursos se diluyen.

En segundo lugar, es preciso ponderar el lugar social que hoy ocupan las plataformas digitales, en particular las llamadas «redes sociales». Si durante siglos las industrias culturales fueron las instituciones que producían y distribuían masivamente las ideas y opiniones, y si durante el siglo XX los medios electrónicos, junto a la prensa masiva, operaron como auténticos guardianes de la palabra y del entretenimiento a gran escala, hoy esas funciones migraron hacia las plataformas digitales. Es decir que el lugar social donde ocurre el encuentro entre la noticia opinada y su público, donde las personas conversan acerca de los temas de interés y donde los vendedores y consumidores transan sus productos y servicios, son centralmente –y crecientemente– las plataformas digitales.

Tan constituyente de las conversaciones públicas es el espacio de las plataformas digitales que los líderes políticos, las principales empresas y los referentes sociales son intensivos usuarios de ellas. La interpelación a la ciudadanía por parte de unos, a los consumidores, usuarios y audiencias por parte de otros, quedaría muy resentida si no aprovecharan, con estrategias variopintas, el potencial de las redes que, a diferencia de la lógica de los medios tradicionales, es simultáneamente masivo y personalizado. El alcance global, la ubicuidad y el volumen de las plataformas, junto con su extremo nivel de concentración en unas pocas corporaciones, las ubican como epicentro de las comunicaciones contemporáneas.

Retomando entonces a Fiss, hoy las plataformas son recursos imperiosos para ejercer el derecho a la expresión, para lo cual es preciso acceder a una buena conexión de internet, además de tener las capacidades, los dispositivos y el tiempo indispensables para ejercitar ese derecho como si fuera un músculo. Si las reglas de las plataformas, espacio privilegiado donde ocurren las interacciones comunicativas, informativas y comerciales, son opacas, discrecionales o herméticas; si no respetan el debido proceso que define un procedimiento respetuoso de los principios de derechos humanos, entonces el problema del ejercicio de la expresión se agrava. Por el contrario, si los criterios –es decir, la regulación– de las redes digitales fuesen democráticos, accesibles y justos, si contemplaran mecanismos de apelación y auditoría, disminuiría la desigualdad en la aspiración a que el derecho a la expresión se garantice.

«Si no te gusta Facebook, abre un blog» es una cándida respuesta a quienes observan el poderío de las grandes compañías de internet. Pero ¿hay alternativa a las plataformas dominantes en los intercambios digitales? En las circunstancias actuales, la respuesta es negativa. En efecto, las principales redes operan como barreras de entrada casi imposibles de sortear, siendo además, según la Autoridad de la Competencia y Mercados del Reino Unido, un obstáculo para la innovación y un peso para usuarios y consumidores.

Las plataformas concentran mercados masivos de usuarios (Facebook, que cumplió 17 años, supera los 2.400 millones) que ceden gratuitamente sus datos (contactos, rutinas, localización y preferencias). Pero gracias a los efectos de red de la economía digital y a su escala alcanzada, las plataformas son simultáneamente un peaje obligado para que productores de contenidos (sean industriales, como los medios de comunicación o el cine; o artesanales, como los creadores de música, literatura y obras audiovisuales) y anunciantes se encuentren entre sí y con sus audiencias. 

Esa posición es fruto del talento, sí, y también de la oportunidad de haber llegado a tiempo, de las fusiones y compras de compañías innovadoras emergentes que podrían representar una competencia, y de una regulación sumamente permisiva con la monopolización lubricada por el mayor lobby registrado en los últimos años. Los abusos de posición dominante en este cuello de botella están documentados por autoridades de la competencia en Europa y América del Norte y son el meollo de denuncias presentadas por fiscales de casi 50 estados en Estados Unidos contra Google y Facebook. Por eso, a menos que cambien las circunstancias (por ejemplo, que empiecen a aplicarse las normas antimonopolio), cualquier competencia emergente que amenace el poder de las plataformas tiene muy pocas posibilidades de prosperar sin ser fagocitada por las big tech, ya sea a través de compras (WhatsApp) o del desarrollo de funcionalidades que imiten las del competidor emergente (Snapchat).

Puesto que canalizan la comunicación pública y las interacciones privadas, y que no tienen competencia en la «economía de la atención», las reglas discrecionales que imponen las plataformas respecto de lo que puede o no decirse en ellas afectan el derecho a la libertad de expresión. La edición de sus algoritmos –cambiantes, opacos, desproporcionados e inauditables– define la suerte o la desgracia de empresas, organizaciones y personas que dependen del contacto con usuarios o consumidores y de un día para el otro, sin aviso previo, ven que el vínculo que habían creado se les va de las manos como arena seca con un simple cambio de programación decidido en Silicon Valley.

Las plataformas no son solo la vitrina de exhibición de comentarios generados por sus usuarios, sino también editoras que promueven una mayor exposición de estos jerarquizando su ubicación, destacando su acceso o, como contracara, limitándolo hasta removerlo. También han alentado la difusión de contenidos radicales para promover la permanencia de los usuarios en burbujas que funcionan como un feedlot de polarización, como mostró <span class="s2">.

Lo que han hecho con los mensajes de Trump y, en el extremo, con el bloqueo de sus cuentas, o la censura a la fotografía de valor histórico de «la niña del napalm», se repite a diario con posteos censurados sin que sus autores sepan el motivo ni puedan apelar la decisión unilateral de las big tech. En algunos casos, los contenidos removidos son reclamos sobre violaciones a derechos humanos, en otros, campañas de bien público (como la vacunación) u opiniones perfectamente legales.

Las plataformas ya no son intermediarias asépticas, sino editoras del debate social con un alcance que supera al de los medios de comunicación tradicionales. Básicamente, porque estos no conocen a su público con el nivel de precisión que sí tienen las plataformas que, además, monopolizan la explotación comercial de sus datos y condicionan desde los precios de la economía hasta la agenda de discusión política. Incluso desde el punto de vista legal (que no es el que ensaya este artículo) los medios cargan con un peso mayor que el de las plataformas digitales en cuanto a la responsabilidad ulterior por sus decisiones editoriales.

El poder que han concentrado las big tech llama la atención del estamento político en todos los países de Europa, con prescindencia de si se trata de una líder de centroderecha como Angela Merkel, un socialdemócrata como Pedro Sánchez o un conservador como Boris Johnson. La retórica libremercadista que fomentó la plataformización corporativa de internet no solo engendró monopolios que contradicen cualquier noción de competencia económica, sino que además afecta derechos (como la libertad de expresión) inalienables de la vida democrática. La guía propuesta por la Comisión Europea en diciembre pasado para que las plataformas aclaren públicamente los criterios de priorización de sus algoritmos pretende alinear ambas cuestiones (democracia y no distorsión de mercados) en una misma dirección.

La autoatribución de la facultad de cancelar de facto y sin derecho a defensa a un presidente legítimo, sin que medie una orden judicial o un pronunciamiento de otros poderes democráticos como el Congreso o agencias regulatorias creadas por este, es una representación cabal del rol de policía que esta vez descargaron contra un Trump derrotado en las elecciones, pero en esta acción anida una discrecionalidad, una opacidad, una ausencia de mecanismos elementales de apelación, de rendición de cuentas y de representación social que socava las formas elementales del Estado de derecho.

Varias razones habilitan a cuestionar el bloqueo dispuesto por las plataformas contra Trump: primero, porque cercenaron la palabra del representante de una corriente de opinión; segundo, porque obstruyeron el acceso de la sociedad a la expresión de un presidente legítimo; tercero, porque las plataformas se autoasignaron el rol de controladoras del discurso público y, con este antecedente, les resultará complejo desentenderse de las consecuencias políticas y legales correspondientes, incluida la evidente función editorial de la que tanto han renegado hasta ahora; cuarto, porque se arrogaron de facto facultades que corresponden a poderes públicos en una democracia, es decir que si Trump efectivamente era una amenaza a la convivencia y su incitación a la violencia fue dañina, entonces correspondía que los poderes instituidos y legitimados (poderes Judicial y Legislativo) adoptasen las medidas pertinentes, incluyendo el recorte de los espacios de difusión del primer mandatario; quinto, porque al presentarse como una suerte de atajo ejecutivo y veloz para decisiones que deberían tramitarse por las vías institucionales de una democracia, las plataformas se ofrecen como un sustituto posible para cuestiones que son muy ajenas a su competencia, al tiempo que sustraen de la esfera pública otras que no solo le son propias, sino que le son constitutivas.

Como reflexionan Andrés Piazza y Javier Pallero en Cenital, la cuestión central hoy es quién modera a los moderadores de contenidos, quién regula a los reguladores del discurso y quién los controla. Las restricciones al derecho a la libertad de expresión no pueden ser fruto de la evaluación impulsiva de corporaciones dueñas de las plataformas que alteran su algoritmo al calor de intereses particulares o de presiones externas para disminuir las operaciones de desinformación, la difusión de mensajes de odio o el alcance de las llamadas fake news.

Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, el sonido queda anulado. Si la conversación pública es escamoteada por las plataformas como policía privada de los discursos públicos, la libertad de expresión resulta ultrajada.

Publicado enSociedad
Sábado, 06 Febrero 2021 05:09

Inútil sacrificio

Inútil sacrificio

Al desoír las advertencias, el líder opositor Aleksei Navalny, adversario irreconciliable del presidente Vladimir Putin, con su regreso a Rusia hizo un sacrificio inútil a partir de dos errores: suponer que no podían encarcelarlo, ya que la fiscalía durante seis años no solicitó prisión efectiva hasta dos días antes de que concluyera la condena a libertad condicional, y creer que, de ocurrir ese escenario, su preparado contragolpe –el video sobre el presunto palacio de Putin en el mar Negro– sacaría a la calle a millones de indignados y que las bien remuneradas fuerzas del orden le darían la espalda al Kremlin.

La represión sofocó la protesta, sin precedentes ambas, pero sin inclinar la balanza hacia los que se atrevieron a expresar su opinión pese a los riesgos: 10 mil detenidos en tan sólo dos manifestaciones. El Kremlin quedó con imagen abollada y Navalny con la sensación de que su valiente gesto de volver a su país no provocó la caída del régimen y de que no podrá recobrar pronto la libertad.

Una vez condenado a dos años y ocho meses de prisión, es de suponer que la siguiente instancia no va a satisfacer el recurso de apelación y, en consecuencia, Navalny será trasladado a una lejana colonia penitenciaria, como se denomina aquí una suerte de territorio cerrado para prisioneros donde los condenados son obligados a trabajar y duermen no en celdas, sino en barracones para decenas de personas. Ahí, sin acceso a Internet, estará aislado y no podrá influir en ninguna acción política.

Mientras tanto, la maquinaria del Estado seguirá fabricando causas contra Navalny. Ayer mismo comenzó el juicio por calumniar a un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que exhortó, en un anuncio de tv, a votar por la nueva Constitución, junto con una veintena de famosos y desconocidos.

Navalny, en Twitter y Telegram, los llamó "lacayos vendidos" y "traidores". Nadie se quejó, pero no faltó quien lo demandara por ofender al anciano que no sabe qué es Internet. Dentro de una semana continuará el juicio, que puede terminar con una elevada multa o incluso hasta dos años más de cárcel. Habrá otros procesos y Navalny no sería el primero en convertirse en moneda de cambio para, tras unos años de castigo ejemplar, expulsarlo del país y obtener alguna concesión en beneficio de la élite gobernante.

Publicado enInternacional
El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social

Este es el segundo de tres artículos del autor sobre el “Imperialismo del siglo XXI”. El primero se centra en "La recuperación imperial fallida de EE UU". Y el tercero analizará la “Indefinición imperial contemporánea”. Todo ello es, sin duda, una cuestión de gran actualidad.]

 

Estados Unidos afronta una crisis de largo plazo que corroe todos sus intentos de recuperación imperial. El retroceso económico es determinante de esa obstrucción.

La primacía militar de la primera potencia ya no se asienta en los viejos pilares productivos. El repliegue industrial ha conducido a un déficit comercial que expresa la pérdida de competitividad fabril.

Ese declive industrial es contrarrestado mediante un continuado liderazgo financiero de Wall Street, el dólar y la Reserva Federal (FED), que permite capturar grandes flujos internacionales del capital. Estados Unidos preserva también una significativa supremacía tecnológica. Invierte importantes sumas en investigación y desarrollo, genera patentes y acrecienta su presencia en los empleos calificados de la informática.

Pero esos timones de las finanzas y la tecnología no alcanzan para retomar el comando imperial. Contribuyen a sostener la delantera frente a Europa y Japón, sin frenar el avance chino y la pujanza de otras economías.

Desventuras económicas

Estados Unidos corroboró sus ventajas entre las viejas potencias durante la crisis del 2008. Definió los planes maestros del rescate bancario y mantuvo al dólar como moneda de refugio.

Esa delantera se verificó incluso frente a la economía germana. Alemania ha demostrado una renovada pujanza tecnológica, con exportaciones de bienes industriales e inversiones en el Este europeo. Pero no logró consolidar con su socio francés el estado multinacional requerido para disputar el poder transatlántico (Duménil, Levy, 2014: 87-94). Gestó una moneda común relegando al grueso de los miembros de la Unión y sin conseguir la unificación fiscal y bancaria del Viejo Continente. Europa sigue careciendo del estado históricamente consolidado que maneja Washington, para administrar las crisis con audaces socorros fiscales (Lapavitsas, 2016: 374-383).

Las ventajas estadounidenses también persisten frente a Japón, que padece un retroceso económico continuado, con sucesivos fracasos en la reactivación, burbujas recicladas y emigración de capital hacia otras localizaciones asiáticas.

Pero las adversidades de Europa y Japón sólo aportan consuelos al bloqueado resurgimiento de la economía norteamericana. Retratan cómo se distribuyen los costos en el agobiado capitalismo occidental frente al despunte asiático. El contraste entre los duros efectos de la eclosión del 2008-09 en las economías occidentales y el acotado impacto de la crisis de 1997-98 en Oriente confirma esa asimetría. La total disparidad de tasas de crecimiento al cabo de esas turbulencias corrobora esas diferencias (Harvey, 2012: 33-39).

Estados Unidos no ha podido contener la reconfiguración geográfica de la producción hacia el universo asiático. Está perdiendo la partida contra China en todos los indicadores de crecimiento, inversión, intercambio comercial y balance financiero. El dragón asiático ascendió en tiempo récord al status de economía central y disputa en el tope mundial. Washington puede marcarle el paso a Bruselas o Tokio, pero no a Beijing.

Estas adversidades se extienden también al ramillete de países intermedios que ganan peso en la producción y el comercio. Ciertamente el despunte de Turquía o la India no tiene la consistencia de Corea del Sur. Pero los avances más corrientes de las economías semiperiféricas se consuman a favor de China y en desmedro del padrinazgo estadounidense (Roberts, 2018). Washington no ha podido siquiera lucrar con la gran depredación sufrida por África y América Latina. Estos resultados impactan sobre el tejido interno del país.

Las fracturas internas

El imperialismo estadounidense ha perdido su viejo sustento de homogeneidad interna. Debe lidiar con la reconfiguración interna que generan las transformaciones demográficas y los flujos inmigratorios, en pleno declive del viejo cinturón industrial. Estas mutaciones han renovado el tradicional choque ideológico entre el anglosajonismo identitario y el multiculturalismo cosmopolita.

La fractura que Washington lograba suturar -para sostener una política externa unificada- se ha profundizado. El capitalismo globalizado requiere un comando asentado en la disciplina interna del país dominante. Esa consistencia se ha diluido y erosiona todos los intentos de relanzamiento imperial.

La grieta en curso no tiene precedentes contemporáneos. Estados Unidos logró mantener su cohesión en las coyunturas más críticas de la posguerra. Ni siquiera la derrota de Vietnam o el temblor provocado por la revolución cubana generaron una corrosión comprable a la ruptura actual.

La división político-cultural entre el americanismo del interior y el globalismo de las costas se extiende a todos los ámbitos de la sociedad. Esa cisura paraliza al sistema político y socava las estrategias externas.

Las últimas elecciones retrataron esa división, en un país fracturado entre zonas urbanas azules (Demócratas) y zonas rurales suburbanas rojas (Republicanos). Frente a semejante polarización el sistema político cruje, anulando los sustentos de la acción externa.

Trump perdió los comicios pero consolidó una base electoral plebeya de seguidores derechistas, resentidos con los gobiernos federales y enemistados con las elites globalistas. Biden canalizó, a su vez, el descontento con la fracasada gestión del magnate, sin ofrecer las reformas que aseguraban en el pasado la lealtad electoral a su partido de los asalariados, los afroamericanos y los empobrecidos. Los dos polos disputan con gran virulencia, en una estructura política obsoleta y divorciada de la población (Morgenfeld 2020a, 2020b).

Esta división político-social refleja también la irresuelta tensión entre sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. El primer grupo reúne a los gigantes del comercio, las finanzas, la tecnología y la comunicación. El segundo sector aglutina a los proveedores del Pentágono, las petroleras, los sojeros y las empresas centradas en el mercado interno.

El proyecto neoliberal es compartido por ambas fracciones, pero con propuestas muy disímiles. Los globalistas propician la recuperación del terreno perdido, apuntalando la gravitación internacional de las firmas estadounidenses. Sus adversarios privilegian el complejo industrial-militar y el mercado interno, con iniciativas de proteccionismo y guerra comercial.

La tensión entre ambos sectores ha escalado frente a las dificultades que exhibe el país para restaurar su primacía económica. Los proyectos de competitividad librecambista han fallado con la misma frecuencia que los emprendimientos de protegido territorialismo.

La nueva etapa de capitalismo neoliberal, financiarizado, digital y precarizador despuntó bajo el padrinazgo de Reagan y fue celebrada por todo el establishment. Pero al cabo de varias décadas ha desembocado en un escenario global adverso. En lugar de revitalizar la primacía norteamericana, expandió los centros de acumulación en varios rincones del planeta. Afianzó el auge de Oriente y el crecimiento de nuevas potencias.

Los beneficios que la globalización generó al comienzo en el sector estadounidense más internacionalizado, no compensaron las pérdidas en el segmento opuesto. Por eso naufragaron los intentos de respuesta común frente al desafío asiático. Esa fractura se afianzó posteriormente con el continuado deterioro de la economía. El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social.

El inesperado curso que siguió la globalización ha sido determinante de este resultado. El proceso que impulsó y lideró la primera potencia derivó en inmanejables desventuras. La mixtura de internacionalización económica y multipolaridad política socava la capacidad de intervención mundial de Estados Unidos.

Adversidades geopolíticas

La crisis interior impide a Estados Unidos lidiar con el tormentoso escenario del siglo XXI. Pero la inoperancia de la primera potencia fue paradójicamente desencadenada por el mayor éxito externo del Departamento de Estado: la implosión de la URSS.

Ese desmoronamiento dejó al gigante del Norte como la única superpotencia del planeta. Cerró una larga disputa entre dos contendientes que tensionaron al planeta, con jugadas de poder atómico y capacidad de exterminio masivo.

Pero la URSS no se desplomó por esa confrontación bélica. Se desmoronó al cabo de un largo declive signado por la transformación pro-capitalista de su elite dirigente. El establishment de Washington no registró esa causalidad. Interpretó el colapso de su adversario como un premio al acoso implementado durante la guerra fría. Reagan se llevó los lauros de esa victoria y Bush pretendió afianzarla con una enceguecida escalada de aventuras bélicas.

La corriente neoconservadora que tomó las riendas del Departamento de Estado imaginó el debut de un nuevo siglo americano basado en el ímpetu del Pentágono. Pero al romper todos los límites que imponía la existencia de un temido contrapeso militar el fin de la URSS incentivó el descontrol imperial.

Con una sensación de incontenible supremacía, Bush recurrió a burdos argumentos para desatar el infierno bélico en Medio Oriente. Perpetró la mayor masacre contemporánea, sepultando a Irak bajo los escombros de incontables cadáveres. Nunca aparecieron las “armas de destrucción masiva” alegadas para justificar semejante matanza.

El renacimiento imperial imaginado con esa exhibición de poder fue una fantasía de corta duración. Irak se convirtió en un pantano militar, que obligó al retiro e implícito reconocimiento del fracaso. El Pentágono sólo consiguió mantener una red de atrincheradas bases en un país administrado por su adversario iraní. Washington ni siquiera consiguió el manejo del petróleo.

Los mismos resultados se verificaron en otras incursiones. Estados Unidos no doblegó a los talibanes en Afganistán y generó en Trípoli el mismo caos que en Bagdad. Contribuyó a la destrucción de Yemen sin controlar el país y facilitó la demolición de Siria a puro beneficio de Rusia e Irán.

Los dantescos escenarios que genera el Pentágono no tienen rédito para la primera potencia. El resurgimiento imperial que parecía tan sencillo cuando se desplomó la Unión Soviética ha resultado impracticable.

Ese fiasco erosionó la red internacional de alianzas cobijada bajo la protección militar estadounidense. Muchos gobernantes, sugieren actualmente la obsolescencia de esa coraza. El fin del bloque socialista y el reflujo de la oleada popular revolucionaria de los años 60-70, afianzó la impresión que la primera potencia ya no aporta un sostén imprescindible al orden capitalista. El padrinazgo norteamericano ha perdido relevancia entre distintas elites del planeta.

La gestión de los conflictos regionales con patrones de bipolaridad ha quedado atrás. El principio de gobernabilidad en torno a las áreas de influencia ya es un recuerdo y el viejo diagrama de fronteras invulnerables se ha pulverizado

En el diversificado universo actual, el manejo imperial de las tensiones geopolíticas se ha tornado muy difícil. La desaparición del antagonista soviético le ha quitado a Estados Unidos el principal argumento para imponer sus decisiones en forma unilateral.

Esa erosión explica las tensiones con los socios. La estructura piramidal que encabezan el Pentágono y la OTAN persiste, pero Washington no tiene la palabra final. Las fricciones en la Tríada se acrecientan, tanto en el eje transatlántico como en el ordenamiento transpacífico.

El deterioro de la autoridad estadounidense se extiende también a un significativo número de súbditos. La dominación a través del temor que generaba el peligro socialista se ha diluido y varias sub-potencias regionales construyen sus propios caminos, sin solicitar autorización al Departamento de Estado.

Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia que pierde guerras y soporta crecientes desplantes del rival asiático. En ambos terrenos se verifica la incapacidad de Washington para retomar el mando efectivo del imperialismo (Smith, A, 2018).

El significado de la multipolaridad

El capitalismo del siglo XXI funciona con gigantescos desequilibrios, que requieren la presencia de un mega-poder estatal para evitar estallidos incontrolables. La expectativa que Estados Unidos cumpliría ese rol quedó desmentida por los efectos de la crisis del 2008 y por la pandemia en curso.

Frente a esas dos eclosiones Washington privilegió la protección de su propia retaguardia, sin ejercer un rol de sostén global del sistema. En el primer caso apuntaló el dólar, los bonos del Tesoro y las acciones de Wall Street. En el segundo confiscó remedios, subsidió a sus farmacéuticas, saboteó a la Organización Mundial de la Salud y propició una guerra de vacunas para inmunizar a su población a costa del resto.

Esa conducta confirma que Estados Unidos persiste como fuerza dominante, pero sin capacidad para ejercer esa supremacía. En este divorcio entre potencialidad y efectividad se sintetiza el agotamiento del modelo comandado por Washington.

Para viabilizar la globalización productiva, comercial y financiera, el capitalismo necesita un poder geopolítico-militar más concentrado y cohesionado que en el pasado. Los esquemas previos ya no permiten gestionar el sistema actual. Quedó atrás el marco de potencias nacionales enfrentadas de la primera mitad del siglo XX y el modelo posterior de conducción norteamericana de la confrontación con la URSS.

En una economía que se mundializa -junto a Estados que preservan sus pilares nacionales- sólo un imperio consolidado junto a sus socios podría asumir un rol conductor global. Ese poder geopolítico no ha emergido bajo las riendas de Washington.

No alcanza con la FED, Wall Street y el dólar para encarrilar la armonización de procesos dispares. Los flujos financieros, las corrientes de inversión y los procesos de fabricación se han globalizado, pero la acumulación de capital continúa regida por patrones nacionales. Sólo una mega-potencia con sus acompañantes y apéndices podría brindar soportes a esa contradictoria articulación.

Estados Unidos no forjó esa estructura dominante y no logró armonizar la mundialización de la economía con la multiplicidad de estados y clases dominantes. No ha podido desenvolver un rol de intermediación entre la dinámica global del capitalismo y el ordenamiento geopolítico nacional (o regional) de ese sistema.

En el plano económico, Washington perdió esa capacidad de conexión dirigente por el retroceso de sus firmas frente a la competencia asiática. Ha exhibido la misma impotencia geopolítica para gobernar el planeta. Carece de efectividad como gendarme, no controla el desarme de sus adversarios y tampoco consigue frenar la proliferación nuclear.

El contexto multipolar prevaleciente expresa esa insolvencia. Ese escenario implica una dispersión del poder contrapuesta a la bipolaridad de los años 80. Se ha plasmado también un marco antitético a la unipolaridad del decenio posterior. El contexto actual contrasta con el ansiado papel dominante de Estados Unidos. La multipolaridad convalida una distribución de fuerzas en varias áreas, que afecta la autoridad del mandante. El Pentágono mantiene la supremacía bélica, pero no hace valer esa superioridad en el escenario geopolítico (Smith, A, 2019).

El escenario policéntrico se afianza con la expansión económica de China, el resurgimiento geopolítico de Rusia y la autonomía de varios países intermedios. Estados Unidos conserva las prerrogativas del pasado, sin lograr la obediencia total de sus socios y la contención eficaz de sus rivales (Boron, 2019).

Apologistas y críticos

Ningún pensador del establishment estadounidense ha podido explicar la crisis del imperialismo. Se limitan a ponderar la continuada centralidad de la primera potencia actualizando sus divergencias. Los estudios de la política exterior (Anderson, 2013), las evaluaciones de tendencias recientes (Chacón, 2019) y nuestras caracterizaciones de las corrientes de opinión que citamos a continuación (Katz, 2011: 121-131) confirman ese escenario.

Las visiones más apologéticas del belicismo alcanzaron su pico de predicamento durante las cruzadas de Bush. En el cenit de esas agresiones, los teóricos neoconservadores (Kaplan, Ignatieff, Kagan) realzaron las virtudes civilizatorias de las matanzas consumadas por los marines. Retomaron la mitología colonial que presenta esos crímenes como acciones correctivas del primitivismo imperante en la periferia.

Durante ese período recobró fuerza el fundamento hegemonista de la acción imperial, como una exigencia de funcionamiento del orden global (Cooper, Huntington). Esa mirada postula la conveniencia de exhibiciones de fuerza para garantizar el equilibrio geopolítico. Pondera la intimidación y el escarmiento como una forma de visibilizar la jerarquía imperial. La invasión a Irak fue un ejemplo de esas demostraciones.

Pero el fracaso de esa operación resucitó las justificaciones realistas, en desmedro de la exaltación hegemonista. Los consejeros tradicionales del Departamento de Estado (Brezinzki, Kissigner, Albright) señalaron que la política exterior debe amoldarse en forma pragmática al ajedrez geopolítico internacional. Archivaron las justificaciones civilizatorias y ponderaron la fría evaluación de la pertinencia de cada acto.

Ese enfoque elude los juicios morales y realza el uso de la violencia como forma de gestión del orden. Se limita a advertir las nefastas consecuencias de cualquier ausencia de un poder supremo. Pero subraya también la importancia de la auto-contención de Washington.

Como la mirada realista tampoco aportó soluciones a la impotencia imperial, bajo la administración de Obama reaparecieron las justificaciones liberales. Los códigos de la diplomacia reemplazaron a la prepotencia del neoconservadurismo y el militarismo fue complementado con mensajes benevolentes.

En ese clima las intervenciones externas fueron nuevamente presentadas como actos de protección de los países desguarnecidos (Ferguson). Se privilegió la justificación humanitaria de la acción imperial, como un socorro de pueblos sojuzgados y minorías perseguidas.

Pero la credibilidad de esos pretextos ha decaído en forma abrupta. Las tropas imperiales suelen encubrir la continuidad de las masacres contra las mismas (u otras) víctimas y las intervenciones quedan invariablemente sujetas a una doble vara. Los derechos humanos vulnerados en Irak, Yugoslavia, Somalia o Sierra Leona, exigen el auxilio negado a las mismas violaciones en Turquía, Colombia o Israel. Las acciones humanitarias son impostergables en regiones con petróleo o diamantes y no tienen urgencia en las zonas sin recursos naturales. Los derechos humanos a custodiar curiosamente se localizan siempre en África, América Latina o Europa del Este.

El hegemonismo, el realismo y el liberalismo se alternan en los mensajes que emite Washington. La primera concepción gana preeminencia en los períodos de intervencionismo descarado (Reagan, Bush), la segunda en los momentos de gestión corriente (Clinton) y la tercera en los contextos de replanteo (Obama).

Trump combinó todos los libretos, Desplegó un discurso hegemonista, adoptó una conducta realista de auto-limitación bélica y aceptó las adversidades internacionales señaladas por los liberales.

Pero la devastación externa y los traumas internos -que genera la política imperial- también suscitan fuertes oleadas de críticas internas. Cuando superan la simple objeción a la oportunidad de una invasión (o a sus excesos), esos cuestionamientos desbordan el patrón liberal (Johnson, Bacevich).

Esos planteos son incluso expuestos por ex funcionarios de alto nivel conmocionados por la brutalidad oficial. Postulan retiros de tropas, cierres de bases militares y anulación de los privilegios extraterritoriales de los marines. Propician el control democrático de los servicios secretos y la ilegalización de las armas peligrosas. Consideran que el imperialismo ha corroído al país generando una espiral de auto-destrucción.

Pero estas acertadas denuncias y propuestas deben completarse con una explicación del militarismo imperial. El capitalismo origina esa brutalidad bélica y Estados Unidos interviene para sostener los privilegios de las clases dominantes.

El ocaso hegemónico

Las interpretaciones de la crisis estadounidense en el pensamiento marxista y sistémico divergen radicalmente de las miradas convencionales. Los tres enfoques más significativos de esas ópticas están centrados en el ocaso, la supremacía y la transnacionalización.

La primera mirada postula la existencia de un triple declive en el plano militar, económico y financiero. Destaca que los fracasos bélicos se remontan a una derrota en Vietnam, que no fue revertida por las contraofensivas posteriores ante la URSS y el mundo árabe. Estima que la regresión fabril obedece al desarrollo de empresas transnacionales que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Considera que la globalización acentuó esa fractura generando mayores adversidades que a otros países (Arrighi, 1999: 192-288).

Esa tesis sostiene que la financiarización agravó el retroceso estadounidense. Retrata cómo el flujo autónomo de la liquidez mundial socavó la primacía de Nueva York, desde la desregulación de los años 60 (eurodólar) hasta la consolidación de los paraísos fiscales. Sostiene que las iniciativas de recentralización monetaria y bursátil no revirtieron ese desplazamiento.

Este enfoque postula que el neoliberalismo acentuó el ocaso de Estados Unidos, al profundizar la sobreacumulación que afecta a la economía del Norte. Resalta cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390). Ese deterioro quedó confirmado con la nueva localización de los procesos productivos en Oriente. También destaca que el ocaso no fue contenido con exhibiciones de fuerza militar. Esas incursiones sólo alimentaron una ficción de recuperación que se disipó al poco tiempo (Arrighi, 2005).

Estas observaciones contribuyen a comprender la dinámica de la acción imperial, como un intento de sostener la primacía estadounidense frente a la creciente acumulación de adversidades. Ofrece una guía para entender la lógica de esos ensayos fallidos de recuperación del poder.

Pero interpretada como un simple postulado de decadencia, esa tesis no explicaría por qué razón Estados Unidos continúa ejerciendo un rol tan relevante en el capitalismo occidental. Tampoco ofrecería respuestas al continuado señoreaje del dólar, el protagonismo de Wall Steet, la centralidad de Google, Amazon o Microsoft o el temor que generan las amenazas del Pentágono. Estados Unidos ha perdido su capacidad para lidiar con escenarios desfavorables, pero sigue pesando en forma dominante en el escenario mundial.

La tesis del declive se fundamenta en una teoría de auge y decadencia de los imperios. Inscribe el descenso norteamericano en la secuencia ya transitada por las ciudades italianas, Holanda y Gran Bretaña (Arrighi, 1999; 322-360). Pero esa sucesión de liderazgos plantea el enigma del reemplazante. Si una potencia debe ser desplazada por otra en el mando global: ¿Quién debería sustituir a Estados Unidos?

Los desenlaces bélicos son concebidos como el factor determinante de esos recambios. Inglaterra prevaleció al derrotar a Francia y Estados Unidos al imponerse a Japón y Alemania. Esa regla de la primacía militar deja afuera en la actualidad a varios candidatos. No sólo colapsó la Unión Soviética. La Unión Europea -reorganizada bajo el comando económico alemán- carece de la autonomía bélica requerida para ocupar la vacancia. Tampoco Japón -subordinado al aparato militar norteamericano- puede pugnar por la sucesión.

China es reiteradamente señalada como el sustituto más probable de Estados Unidos. Incluso es observada como la nueva cabeza de una resurrección histórica de Oriente, que sellaría la venganza de toda esa región contra dos siglos de supremacía occidental.

Pero esas previsiones de transición hegemónica contrastan con los obstáculos que hemos descripto en el propio campo de la sociedad y el estado chinos. Una definición del irresuelto del status social de la nueva potencia debería preceder, a su eventual sucesión de Estado Unidos al comando del sistema mundial (Katz, 2020).

La principal vertiente de los teóricos del ocaso avizoró esos dilemas (Arrighi, 2009). Pero otra corriente soslayó esas disyuntivas e interpretó el declive estadounidense como un momento final del colapso del sistema capitalista. El agotamiento de la primera potencia empalmaría con la definitiva extinción del régimen económico social imperante en las últimas centurias. El rumbo seguido por China no modificaría esa próxima e inexorable auto-destrucción del sistema (Wallerstein, 2005: cap 5).

Pero los límites históricos que efectivamente enfrenta el capitalismo no implican fechas de desemboque terminal. Como todas las teorías del derrumbe, el presagio de un declive iniciado en 1960-70 que culminaría en el 2030-2050, es muy difícil de sostener. La crisis final del capitalismo es imprevisible y no debe ser concebida con la automaticidad de un mecanismo económico. Sólo las mayorías populares actuando en el plano político pueden reemplazar el actual régimen de opresión por otro más igualitario. La dinámica de esas acciones no sigue calendarios o guiones preestablecidos.

La tesis de la supremacía económica

Otra tesis marxista postula la renovada primacía económica de Estados Unidos y el consiguiente carácter meramente político de la crisis imperial. Ilustra esa superioridad con datos de inversión, productividad, desarrollo tecnológico y canalización de recursos financieros. Sostiene que el gigante norteamericano emergió como ganador de la gran convulsión de los años 70 (Panitch; Leys, 2005).

Ese enfoque subraya la centralidad del dólar y la FED en el sistema actual (Panitch; Gindin, 2005a). También estima que el aparato estatal estadounidense ha logrado enlazar la acumulación nacional con la reproducción global del capital, en una gestión unificada (Panitch; Gindin, 2005b).

Esta evaluación contribuye a comprender la capacidad exhibida por Washington para lidiar con el colapso del 2008, con políticas de rescate más audaces que Bruselas o Tokio. Refuta, además, los mitos neoliberales del retiro del Estado, ilustrando cómo el funcionamiento de la economía depende de un sostén institucional.

El papel económico del aparato estatal norteamericano es enfáticamente subrayado. Esta mirada considera que la Reserva Federal ha definido todos los parámetros de la financiarización y la política monetaria contemporánea. Esa centralidad en decisiones estratégicas de tasas de interés, movimientos de capitales, autofinanciación de empresas, titularización de los bancos o gestión familiar de hipotecas ha sido resaltada también por muchos estudios de las transformaciones de las últimas décadas.

Pero la primacía financiera -acertadamente señalada por esos autores- no se extendió al plano comercial o productivo, como lo prueba el recorte de empleos industriales y el protagonismo fabril de Oriente. Estados Unidos ha perdido la primacía de los años 50 o 60 y es un error relativizar esa evidencia, identificando el déficit comercial con la especialización de las firmas estadounidenses en actividades deslocalizadas. Tampoco es válido suponer que el endeudamiento de los consumidores expresa el sometimiento del resto del planeta a los caprichos de los compradores del Norte. Ambos desbalances simplemente reflejan la creciente flaqueza del poder económico de la primera potencia (Georgiou, 2015).

La centralidad económica de estado norteamericano efectivamente constituye un dato clave del capitalismo actual, pero esa gravitación no esclarece el escenario imperial. La tesis de la supremacía económica sitúa los problemas de la política exterior estadounidense en el terreno de la legitimidad. Resalta todos los costos de la acción imperial, pero señalando su función meramente policial o complementaria. Estima que la FED cumple un papel más relevante que el Pentágono en el sostén del capitalismo mundial (Panitch, 2014).

Pero en los hechos opera un balance más complejo. El poderío de Estados Unidos se asienta más en el ejercicio de la fuerza que en la incidencia de su economía. El imperialismo no es un instrumento meramente auxiliar. Concentra todos los dispositivos de coerción que exige el sistema. Las intervenciones de los marines son más significativas que las definiciones de tasas de interés adoptadas por la Reserva Federal.

En ambos terrenos el Estado norteamericano desenvuelve un doble rol, pero la dimensión geopolítica es un termómetro más visible de los proyectos y limitaciones de Washington (Carroll, 2013). En ese plano se verifica la continuada presencia de una potencia que ha perdido el comando de la gestión global. Esa impotencia ha sido reforzada por los fracasos del Pentágono. Esa evaluación queda desdibujada, cuando se focaliza el análisis exclusivamente en la economía.

El énfasis en el control financiero-monetario que preserva Washington, induce a también suponer que los tradicionales socios de Estados Unidos han quedado sometidos a los dictados de la FED. Esa subordinación es derivada de un proceso de canadización de muchos capitalistas del planeta. Se estima que renuncian a sus propios intereses, para participar en los negocios mundiales que maneja Washington (Panitch; Leys, 2005).

Pero la inestabilidad que afronta el dólar y los fracasos de los convenios comerciales impulsados por Estados Unidos, no condice con ese diagnóstico de sometimiento voluntario al predominio yanqui (imperialismo por invitación).

Los rivales europeos no han sido absorbidos y las potencias subimperiales operan con creciente autonomía de la Casa Blanca. La canadización constituiría en todo caso una modalidad del círculo más estrecho de apéndices de Washington.

Al presuponer que nadie desafía a Estados Unidos se pierde de vista la enorme dimensión del desafío chino (Panitch, 2018). Es cierto que el gigante oriental pulsea en desventaja, pero achicó las diferencias en forma vertiginosa. La atrofia del poder estadounidense es un dato más relevante que su eventual recomposición (Smith, A, 2014).

El imperio global

Una tercera interpretación considera que la política exterior de Estados Unidos es representativa de un imperio totalmente global. Estima que la primera potencia se ha transformado en el epicentro de la transnacionalización de los estados y las clases dominantes. Ya no actuaría al servicio de los opresores locales, sino a cuenta del capitalismo mundial (Robinson, 2007).

Esta mirada recuerda que desde los años 80 los grupos dominantes emprendieron una reestructuración, que desembocó en la formación de una clase opresora internacionalmente entrelazada, con proyectos de explotación de todos los asalariados del planeta.

Por eso destaca que los domicilios de origen de las empresas ya no expresan la realidad de esas compañías. Señala que los gerentes han perdido su relación privilegiada con cada Estado y que las firmas se han mixturado, a través de entrecruzamientos, adquisiciones y subcontrataciones. Supone que los empresarios compiten con total divorcio de su vieja pertenencia nacional.

Como esa misma disolución se extendería a los Estados, la primera potencia habría perdido su status de imperialismo estadounidense, para transformarse en un imperio mundial. Manejaría el principal aparato bélico del planeta al servicio de clases dominantes transnacionalizadas.

Esta tesis tuvo gran difusión y un connotado exponente en la década pasada, que postuló una crítica radical a la globalización, presuponiendo la generalizada extensión de esa transformación (Negri; Hardt, 2002). Ese cuestionamiento sintonizó con el auge del movimiento alterglobal y los Foros Sociales Mundiales. Pero ese contexto ha quedado actualmente sustituido por un escenario de proteccionismo, resurgimiento del nacionalismo y auge de la derecha chauvinista.

En ninguna de las dos coyunturas corresponde igualmente presentar a Estados Unidos como un imperio meramente global. La primera potencia cumple una doble función de proteger al capitalismo mundial y apuntalar los intereses de las clases opresoras de su país.

Ese segmento de dominadores no se ha transformado en una clase transnacional. Su principal división opone a sectores americanistas y globalistas, enraizados en las empresas del país. Ambos grupos favorecen a las firmas identificadas con el capitalismo estadounidense. Desde ese pilar compartido privilegian negocios más internacionalizados o más localizados. En los años 90 prevaleció el primer segmento y con Trump irrumpió una tendencia reactiva favorable al segundo.

La preeminencia de un mandatario que rompió los tratados de libre comercio, resucitó el bilateralismo y defendió a los gritos los negocios yanquis es incomprensible con una óptica de transnacionalización. Esa mutación habría imposibilitado la llegada de Trump a la Casa Blanca.

La mirada transnacionalista impide registrar el acrecentamiento de los conflictos geopolíticos. Estas tensiones involucran a estados nacionales que disputan negocios a partir de su localización. Desconociendo esa raíz territorial, resultan incomprensibles las divergencias transatlánticas, el Brexit o la fractura entre el Norte y el Sur de Europa.

Más inentendible se torna el choque entre Estados Unidos y China. En el cenit de la asociación entre ambas potencias, los desbalances financiero-comerciales se expandían sin quebrantar los enlaces vigentes. La transnacionalización hubiera supuesto una hermandad mayor, con adquisiciones mutuas de bancos y empresas. Ese enlace jamás despuntó y la convergencia inicial derivó en el conflicto actual.

Salta a la vista el protagonismo de Washington y Beijing en esos choques. Esa gravitación confirma la inexistencia de mixturas plenas entre las principales clases dominantes del planeta. La confrontación sino-americana desmiente en forma contundente la tesis transnacionalizadora.

Ese enfoque registra las novedades introducidas por la globalización productiva, la intensificación de la explotación y la mundialización del transporte y las comunicaciones. Pero supone que la apropiación del nuevo excedente se ha difundido entre un vago conjunto de dominadores deslocalizados. No registra que incentivó los conflictos entre las viejas clases y estados nacionales por la captura del apetecido beneficio.

Como el Departamento de Estado no es un pasivo custodio del capital mundial, sino el exponente de los amenazados intereses norteamericanos ha buscado retomar el timón de la globalización. Los marines no invadieron Irak, ni rodean a China para favorecer a cualquier millonario. Actúan por orden y cuenta de los acaudalados de su país.

Le teóricos transnacionalistas rechazan esas objeciones, cuestionando su familiaridad con obsoletos razonamientos “nacional-Estado-céntricos” (Robinson, 2014)

Pero el mayor equívoco se sitúa en el terreno opuesto de imaginar simples y abruptas globalizaciones, donde prevalecen complejas combinaciones de configuraciones locales y mundiales.

Los cambios en la economía no tienen traducción inmediata en la esfera social o política. Son procesos seculares y no mutaciones instantáneas. Una larga travesía de giros históricos signará, en todo caso, las mixturas entre clases y estados con raíces centenarias (Panitch; Gindin, 2014).

Hasta el momento sólo hay esbozos de estructuras para-estatales de alcance mundial y los ejércitos globalizados ni siquiera despuntan como fantasía. El imperialismo asentado en Washington es el protagonista de las tensiones en curso.

Escenarios y desenlaces

Las tres interpretaciones de la dinámica imperial estadounidense toman en cuenta procesos de largo plazo, que inciden efectivamente en la evolución de la primera potencia. Las tesis del ocaso, la supremacía y la transnacionalización incurren en equívocos o unilateralidades, pero aluden a tendencias potenciales que deberán dirimirse en la crisis del principal actor de capitalismo contemporáneo.

El imperialismo estadounidense debe lidiar con las contradicciones expuestas por esas tres miradas divergentes. No puede resignarse a la administración de su declive. Debe intentar recuperar el liderazgo, mediante cursos de entrelazamiento o confrontación con sus socios y rivales.

Las turbulencias del capitalismo empujan a Washington a retomar el comando del sistema, aunque esa pretensión choque una y otra vez con resultados adversos. El curso liberal globalizante que ensayaron Clinton y Obama y el rumbo protector americanista que intentó Trump constituyen dos variantes de esa compulsión. La reconquista de la primacía mundial es el propósito compartido por todas las vertientes de la política exterior estadunidense.

Las teorías del ocaso, la supremacía y la transnacionalización también indican eventuales cursos que modificarían el escenario actual. Si se afianza la primera tendencia, Estados Unidos perdería definitivamente el timón del sistema mundial, abriendo todas compuertas para una gran disputa por la sustitución de su primacía. Ese choque podría derivar en vertiginosas tensiones o en un contexto inverso de convivencia entre poderes equivalentes.

Un escenario de grandes conflictos reavivaría la pesadilla de la primera mitad del siglo XX. Ese escenario supondría la conversión de los imperios en gestación, en belicosos protagonistas de las sangrías que signaron al imperialismo clásico. El marco opuesto supondría en cambio una estabilización de la multipolaridad, como equilibrio perdurable entre potencias del mismo porte.

La tesis de la supremacía estadounidense presagia otro futuro. Implicaría la recomposición de ese liderazgo y el consiguiente resurgimiento del papel dominante de Washington. Ese protagonismo volvería a exhibir la nitidez del pasado. La primera potencia comandaría nuevamente la Triada, remodelando la estructura interna de esa alianza. Otra variedad del imperialismo colectivo que confrontó con la URSS durante la guerra fría volvería a emerger.

Finalmente, un avance significativo de la transnacionalización conduciría a sólidas asociaciones entre los principales capitalistas del planeta. La convergencia entre Estados Unidos y China modificaría el tablero de todas las disputas. El choque actual devendría en un empalme de contrincantes, a costa de todos los sectores rezagados o estructuralmente atados a las viejas formas de acumulación nacional.

Este ejercicio de futurología ofrece un vago diagrama de desemboques posibles en el largo plazo de la crisis actual. Indica contextos de resurgimiento de las configuraciones imperiales clásicas o del orden americano del período subsiguiente. También alude a dos cursos sin antecedentes previos: un prolongado equilibrio multipolar y una inédita configuración transnacional.

Como ninguna de estas alternativas despunta en lo inmediato, el imperialismo del siglo XXI continúa signado por la indefinición. Sólo se sabe que el desenlace surgirá de las crisis que provoca Estados Unidos en sus intentos de recuperar el liderazgo global.

El señalamiento de esos nebulosos horizontes de mayor ocaso, renovada supremacía, inédita transnacionalización o resignada convivencia, no implica una previsión del futuro. Sólo ordena las tendencias en juego. Al cabo de tantos presagios incumplidos es más sensato clarificar la variedad de escenarios y desenlaces posibles. Esas opciones tienen fundamentos teóricos e históricos que analizaremos en nuestro próximo texto.

24/01/2021

Por Claudio Katz, economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

Referencias

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La pandemia, la senda hacia una nueva guerra fría

Por primera vez en la historia, una pandemia ha producido más efectos económicos que médicos. Hasta este momento, sus efectos políticos han sido menos importantes. Sin embargo, con su aparición tras tres años de Gobierno de Trump y en el contexto de una radicalización de las políticas chinas, la pandemia anuncia y facilita el paso a una nueva guerra fría.

Balance del año 2020

La Covid-19 no ha cambiado las reglas del juego. La pandemia no ha sido ese disruptor que diversos comentaristas estadounidenses (Henry Kissinger, Francis Fukuyama y Thomas Friedman entre algunos de los más conocidos) esperaban a principios de este año, cuando afirmaron que “el mundo ya nunca será como antes”. Una vez más, la incapacidad para observar de modo objetivo los efectos causados por un gran acontecimiento ha llevado a muchos analistas a exagerar las probables consecuencias de la crisis.

Al mismo tiempo, eso ha sido claramente un amplificador o acelerador de tendencias ya existentes. Ha confirmado la disposición de los países más grandes de movilizar en un momento de crisis los activos de su poder (la manufactura para Beijing, las finanzas para Washington). Ha ilustrado el auge de los nacionalismos y la oposición a la globalización. El Gobierno estadounidense ha continuado con su sabotaje del sistema multilateral abandonando la Organización Mundial de la Salud (OMS). La pandemia ha sido una buena noticia para todos cuantos defendían (por razones políticas o económicas) un desacoplamiento de las economías occidentales de China. Además, como todas las grandes crisis, la Covid-19 es ya una fuente de destrucción creativa. Los pioneros entre los ganadores son los sectores digitales y los productores nacionales.

La Covid-19 no ha sido la principal causa de crisis o conflictos importantes. En general, el entorno estratégico ha demostrado ser impermeable a las consecuencias de la pandemia (en Oriente Medio, por ejemplo), aunque cabe el debate en el caso de las intenciones de Beijing, que claramente ha puesto de manifiesto a lo largo del año un comportamiento agresivo en todas sus fronteras (desde la frontera con la India hasta la del mar del Sur de China, pasando por la del mar del Japón, Taiwán y Hong Kong). Sin embargo, a escala mundial, las dinámicas nacionalistas ya existentes y la percepción de un relativo atenuamiento del poderío estadounidense han tenido más impacto que las consecuencias de la pandemia, como se puede ver, por ejemplo, en el Mediterráneo oriental (1). Las organizaciones militares, por su parte, indicaron durante la crisis que las misiones estaban en curso, por utilizar una expresión de moda entre los militares. Lo mismo se aplica en el plano multinacional: por más que los estados miembros de la OTAN fueran los más golpeados en la primavera del 2020, la organización apenas se ha visto afectada por la pandemia en términos de capacidades, aunque algunos ejercicios han tenido que ser pospuestos. Y tampoco se ha producido la tregua mundial pedida por las Naciones Unidas: las propuestas de Arabia Saudí y las fuerzas de defensa sirias para detener los enfrentamientos militares en Yemen y Siria han caído en saco roto. Lo mismo es cierto a la inversa: no hay pruebas de que los acuerdos de Abraham (la normalización de las relaciones entre Israel, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos) no se habrían producido sin la pandemia.

La Covid-19 es también un factor de desaceleración. Ya está contribuyendo a frenar el desarrollo y modernización de los países en desarrollo; sobre todo, a causa de la disminución de las remesas, los ingresos del turismo y las exportaciones de recursos. Todo ello se traduce en un deterioro general del nivel de vida, la educación y la salud. Se puede hablar, por tanto, de un gran salto atrás para el desarrollo. Se calcula que en el 2020 habrá hasta 100 millones más de pobres (150 a finales del 2021) y más de 130 millones más de personas desnutridas (2). La única buena noticia aquí es que África, en el momento de redactar estas líneas, no se ha visto tan afectada por la Covid-19 como muchos temían a principios del 2020.

Ningún modelo político ha demostrado ser más capaz que otros para hacer frente a la pandemia. Un breve análisis elaborado por el Instituto Montaigne ya a finales de marzo llegó a la conclusión de que ni las democracias ni las dictaduras, ni los estados centralistas ni los sistemas federales podían exhibir una especial ventaja comparativa (3). Ahora bien, sí que se puede decir que los gobiernos calificados de populistas han demostrado ser aún menos capaces que otros a la hora de emprender a tiempo acciones eficaces.

La venganza del Estado ha llegado. El apego a la soberanía parece ser ya uno de los grandes ganadores de la crisis, con la ayuda de lo que Ivan Krastev llama “la mística de las fronteras”. En gran medida como el sector de la salud, la agricultura cosechará los beneficios de la reubicación. Con las lecciones aprendidas de las crisis de las décadas del 2000 y 2010, las sociedades nacionales tenderán a replegarse y a exigir una mejor protección contra las amenazas externas en el sentido más amplio: terrorismo, crisis financieras, inmigración ilegal, competencia comercial... Al afirmar en marzo que “tenemos que recuperar el control” de nuestro sistema de salud pública, Emmanuel Macron tal vez tomó prestada, y quizá de modo inconsciente, una expresión directamente asociada con el Brexit. ¿RIP para el mundo sin fronteras, 1990-2020? Como en cualquier otra crisis de seguridad (guerra, terrorismo, epidemias) el Estado se fortalece y se potencia su papel en el control sobre la población y sobre su propia intervención en la economía (en apoyo de la oferta y la demanda). Los estados contra las GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon): ¿un nuevo choque de capitalismos?

Europa ha estado a la altura de la situación. En un principio, la actitud europea no fue más brillante que la de Estados Unidos o China. Es sabido que las competencias de la Unión Europea en el sector de la salud es limitada. De todos modos, su reacción fue tardía y también lo fue la solidaridad entre sus miembros. Existe el riesgo de que una parte del acervo comunitario (el acuerdo de Schengen, el Reglamento General de Protección de Datos, la regla de 3% del déficit...) se desvanezca mañana o por lo menos sea puesta en animación suspendida. Ahora bien, en la primavera del 2020, el Banco Central Europeo (BCE) evaluó el impacto económico de la pandemia, y el histórico acuerdo de julio del 2020 marcó un paso adelante hacia la federalización económica. Además, las redes de seguridad que son características de los modelos europeos han permitido atenuar considerablemente el shock social de la pandemia en la mayoría de los países. En abril predijimos que los profetas de la fatalidad volverían a equivocarse en relación con la capacidad de supervivencia de la Unión Europea, como había ocurrido durante las crisis del euro o de las migraciones. Y es realmente lo que ha ocurrido.

Mirando hacia la década del 2020

En un documento de otoño del 2020, Joseph S. Nye previó varios escenarios posibles para el mundo pospandémico: el fin del orden liberal globalizado; un desafío autoritario similar al de la década de 1930; un orden mundial dominado por China; y una agenda internacional verde. A continuación, afirmó que cada uno de ellos no tenía más de un 10% de posibilidades de convertirse en realidad y consideró que “hay menos de la mitad de las posibilidades de que la actual pandemia de Covid-19 haya conseguido remodelar profundamente la geopolítica en el 2030” (4). Compartimos esa evaluación.

No se vislumbra un retorno a la normalidad. Si bien la pandemia no va a cambiar el mundo, es probable que su impacto en los sistemas de salud sea masivo y duradero hasta la distribución generalizada de una vacuna eficaz en un horizonte temporal que nadie puede predecir hoy en día. De hecho, tampoco se vislumbra una tendencia a la baja en las tasas de contagio y mortalidad en el momento de redactar este artículo. En cualquier caso, la reactivación económica llevará tiempo: no cabe esperar una recuperación rápida de una reducción, previsible en el 2020, del comercio, los flujos de inversión y la transferencia de fondos que puede oscilar entre un 20% y un 40% según las instituciones internacionales. Además, en un mundo en el que todos los países se ven afectados, no existe en este momento ninguna palanca para el crecimiento económico.

Por otra parte, tampoco se vislumbra el fin de la globalización. Es posible que hayamos pasado el punto culminante de la globalización en el 2008 (la crisis financiera) sin saberlo. Sin embargo, en los próximos meses y años las empresas querrán restablecer sus márgenes, por lo que seguirán obteniendo sus suministros de Asia a un costo menor. Del mismo modo que la peste negra no puso fin a los intercambios marítimos, la crisis de la Covid-19 no va a reducir la globalización y, desde luego, sólo tendrá un efecto limitado en los viajes aéreos a medio plazo. Las sociedades interconectadas ofrecen más ventajas que inconvenientes para la gestión de las epidemias: alertas y vigilancia, repatriación por motivos de salud, asistencia internacional o cooperación científica.

Ganarán importancia las preocupaciones ambientales. Es la tercera vez en veinte años que vemos la aparición de un nuevo coronavirus de género beta (con salto entre especies); y seguramente habrá más. No cabe duda de que veremos más advertencias sobre los posibles vínculos entre el calentamiento del planeta y las pandemias; de hecho, hay temores recurrentes acerca de las posibles consecuencias epidemiológicas del derretimiento del permafrost (en particular, en las zonas septentrionales de Rusia). Quizá los temores carezcan de fundamento: no hay estudios serios que indiquen que ese derretimiento pueda suponer un grave peligro para la salud. De todos modos, la ecología, en el sentido estricto de la palabra, tiene buenas posibilidades de cosechar algún éxito: la lucha contra la deforestación y la destrucción de los hábitats naturales, las cuales, según se sabe hoy, sobre todo tras la acometida del VIH/sida, son parcialmente responsables de la aparición de virus hasta ahora desconocidos. Sin duda, el tráfico y el consumo de animales salvajes se prohibirán de modo mucho más drástico. Ello no significa que vayamos a cambiar fundamentalmente nuestro modelo económico; los atractivos del consumismo seguirán intactos, y la clase media mundial, que se ha beneficiado de treinta años de globalización, no renunciará a esos beneficios de forma voluntaria. El crecimiento verde sólo se aceptará sin reparos si se demuestra que permite el mismo tipo de crecimiento que antes.

La gobernanza populista podría perder apoyos. Es probable que la credibilidad del populismo como método de gobernanza salga de la crisis en peor situación que otros modelos políticos a la hora de hacer un balance; en especial, porque uno de sus rasgos característicos es el desafío a los conocimientos técnicos y las administraciones. Ese desafío dista de haber desaparecido (como se ha observado en el ejemplo de la controversia sobre la hidroxi-cloroquina), pero al final acabará por hacerse patente su coste humano y económico. Además, la mayoría de los dirigentes que se consideran populistas (encabezados por Donald Trump, Javier Bolsonaro y Boris Johnson, todos ellos contagiados por el SARS-CoV-2) han demostrado cierta incapacidad para simpatizar con las preocupaciones inmediatas de sus conciudadanos y para expresar la dosis necesaria de empatía. Sin embargo, si la gestión económica nos lleva a un retorno de la inflación a través de la creación monetaria y el aumento de los precios de bienes hoy fabricados en el territorio nacional, el resultado sería un tipo de malestar social favorecedor de la aparición de una segunda ola de populismo a escala gubernamental.

Estamos entrando en una era de individualismo digital. En la mayoría de los países (y no sólo en los más modernos) el teletrabajo, la telemedicina y la teleeducación serán mucho más comunes en los próximos años. Crecerán aun más las compras on line y las entregas a domicilio. La transformación digital de las sociedades tendrá el apoyo de la inteligencia artificial, la robotización y la llegada del 5G. Quienes posean segundas residencias (un concepto, por cierto, cuyo rastro puede seguirse hasta las epidemias de la edad media) obtendrán un retorno de su inversión. Frente al shock de la pandemia, cuatro segmentos de la población han visto confirmadas la elección de su estilo de vida y sus preferencias ideológicas. Tienen en común una mentalidad de autosuficiencia que en ocasiones borra las diferencias, aunque sus elecciones proceden de lógicas diferentes: libertarianos, que no toleran ninguna interferencia del Estado en la forma de disponer de sus cuerpos; supervivencialistas, que comparten esa paranoia y se arman en preparación para una catástrofe; aislacionistas, firmes defensores del cierre de fronteras y partidarios de los barrios residenciales cerrados para los privilegiados; y apocalípticos, que subrayan el riesgo de colapso global de la sociedad moderna y predican una autosuficiencia individual y comunitaria.

Es probable que se produzca una reducción de las libertades. Incluso las democracias más liberales (Reino Unido, Países Bajos), que se vieron tentadas durante un tiempo por el atractivo del laissez-faire y apostaron por una especie de inmunidad de grupo que se adquiriría en pocos meses, tuvieron que dar marcha atrás cuando se vieron enfrentadas a las aterradoras cifras de la letalidad probable de semejante estrategia. ¿Vamos a entrar en una época de auténtico autoritarismo digital (vigilancia, detección, represión) caracterizado por un persistente sacrificio de las libertades individuales? Las dictaduras soñaron con ello. ¿Van a hacerlo también las democracias? En cualquier caso, es probable que la mayoría de la población acepte, como ocurrió tras el 11-S, un recorte significativo de las libertades. Y, en caso de que se produzca un resurgimiento paralelo del yihadismo, ¿veremos la imposición de una especie de estado de emergencia permanente como el que prevalece en Israel, en términos jurídicos, desde 1948? ¿Se hará realidad el todos somos israelíes?

Ninguna de las grandes potencias saldrá ganadora de la crisis. Las pandemias siempre debilitan a los grandes agentes del momento; recordemos la repercusión de la peste en Roma o Venecia. Niall Ferguson escribió que, desde enero del 2020, todas las grandes potencias han puesto de manifiesto su debilidad (5). En este terreno, de nuevo, el virus ha servido para abrir los ojos. Resulta bastante inquietante que las proyecciones elaboradas por la Universidad de Washington en septiembre del 2020 ofrecieran un escenario medio en el que las grandes democracias del mundo fueran las más afectadas a finales de año: India (600.000 muertos), Estados Unidos (400.000) y Brasil (175.000) (6). Y todos los principales agentes serán perdedores a corto plazo, según indicamos en una breve monografía publicada en la primavera de 2020 (7). Estados Unidos tendrá dificultades para presentarse como modelo a seguir, dado que su reacción tardía y desordenada tiene un impacto social masivo y amenaza con causar una catástrofe sin precedentes en la historia moderna del país. A ello no va a ayudar su negativa a proporcionar una verdadera dirección política, ilustrada por su ausencia de la cumbre del G-7 por primera vez en la historia. Ahora bien, a China no le va mucho mejor. Aunque el gobierno de Trump no logró imponer la expresión “virus chino”, China fue claramente el problema antes de intentar ser parte de la solución (a través de la ayuda internacional), y debería de haber estado más preparada. De todos modos, no estará en mejor forma cuando finalice la crisis: retrasos en la gestión de la pandemia, silenciamiento de los denunciantes, propaganda diplomática descarada (Estados Unidos, presuntos responsables de la introducción del virus en China), máscaras y tests inservibles. En conjunto, el calendario del proyecto insignia chino (la Nueva Ruta de la Seda) bien podría saltar por los aires dado que, al deterioro de su imagen pública, se le suman las dificultades económicas.

Con todo, las democracias liberales pueden tener más cartas ganadoras. En lugar de hablar de la Covid-19, como hacen algunos expertos occidentales (Stephen Walt) o asiáticos (Kishore Mahbumani), en tanto que acelerador del desplazamiento aparentemente inevitable del centro del mundo de Occidente a Asia, resulta más tentador apostar a que las democracias liberales acabarán por salir ganando. Algunas potencias medias como Alemania y Corea del Sur, por ejemplo, parecen ir por buen camino para ser consideradas como modelos, en términos relativos, en relación con la gestión médica y económica de la pandemia. En cuanto a Estados Unidos, la historia demuestra que nunca debemos subestimar su capacidad de recuperación.

Sería temerario apostar por un verdadero relanzamiento del multilateralismo. Desde luego, el probable éxito de las políticas soberanas no se traduce de forma mecánica en una cooperación internacional reducida y, de hecho, es la soberanía la que hace posible el multilateralismo (8). Sin embargo, se trata de una condición necesaria pero no suficiente. No cabe duda de que el G-20 y la Unión Europea han demostrado una capacidad infinitamente superior para comprender lo que está en juego en términos económicos en comparación, por ejemplo, con los resultados de la cooperación internacional durante la crisis de 1929. Sin embargo, la debilidad de la OMS y el papel poco convincente del G-7, así como las reacciones nacionales egoístas durante las primeras semanas de la crisis, han demostrado que, incluso cuando se enfrenta una crisis esencialmente mundial y se apela a la solidaridad internacional, la cooperación no se produce de modo espontáneo. Sería, por tanto, arriesgado esperar un auténtico relanzamiento del multi-lateralismo. Eso no significa que las instituciones ya no importen: China hace todo lo posible por maximizar su influencia en ellas, y Wa¬shing¬ton sigue valorando el hecho de colocar a sus representantes en posiciones clave. De hecho, el futuro de las grandes organizaciones multinacionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la OMS, o las regionales como la OTAN o el Cuadrilátero (EE.UU., Japón, India, Australia) dependerá en gran medida del valor que les sea acordado por Beijing y Washington.

Existen aún dos riesgos para un mayor agravamiento en las situaciones de conflicto. Uno es el riesgo de una guerra interestatal como resultado de una alteración del equilibrio de poder: el debilitamiento brutal de un país clave por la Covid-19 podría engendrar la necesidad de una aventura externa para desviar la atención u ofrecer a otro gran Estado la oportunidad de aprovechar la situación. El otro riesgo es que las luchas internas den lugar a un mayor debilitamiento de un Estado que ya se halla en una posición difícil; por ejemplo, los países de América Latina, África, Oriente Medio o Asia que dependen para su crecimiento de las transferencias de dinero, los ingresos del turismo y/o la exportación de recursos.

Una nueva guerra fría está hoy en camino. Durante varios años, los especialistas y los expertos han debatido la pertinencia de la metáfora de la nueva guerra fría. Ahora parece cada vez más apropiado usarla; pues, salvo una nueva sorpresa estratégica, la pandemia está actuando como senda hacia una segunda guerra fría en toda regla. La radicalización de las políticas bilaterales entre China y Estados Unidos ya estaba en marcha, pero el mero hecho de que el SARS-CoV-2 procediera de China y de que el brote inicial en Wuhan estuviera, desde el punto de vista de la mayoría de los observadores, mal gestionado, ha acelerado mucho una tendencia ya existente. Taiwán desempeñó un papel importante en ese sentido al señalar que un gobierno chino (Taipéi) podía manejar mejor la situación y al encender la chispa publicando su correspondencia de diciembre del 2019 con la OMS.9 Tampoco ayudó la insistencia del Gobierno Trump en llamar virus chino al SARS-CoV-2. Los componentes de una guerra fría ya están presentes: la rivalidad Estados Unidos-China es política, económica y militar, y es global. Sí, es cierto que su interdependencia es mucho mayor que la existente en el contexto soviético-estadounidense; pero, justo por ello, la pandemia aumentará lo que los expertos de la Unión Europea han llamado distancia estratégica (10). La gran pregunta no es si se van a regionalizar o no las cadenas de valor, sino cómo y en qué medida. ¿Significa todo esto el fin del orden liberal? Ese destino ha sido anunciado tantas veces que debemos mostrar un poco de precaución. Todas las instituciones posteriores a 1945 siguen ahí: las destinadas a promover la paz (el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), el desarrollo (el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), la estabilidad de la economía internacional (el FMI), la liberalización del comercio (la OMC) o el derecho internacional (el Tribunal Internacional de Justicia, el Tribunal Penal Internacional). Son instituciones que serán atacadas por los nacionalismos, pero los países seguirán compitiendo por la influencia en esos foros. Es probable que lo que se avecina sea una mezcla de la tradicional competencia entre grandes potencias con su agresiva promoción de los intereses nacionales y una continuación del sistema multilateral. Quizá se trate del fin de la ilusión liberal de la década de 1990, pero no necesariamente el fin del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pensamientos finales

Quedan abiertas, por supuesto, varias cuestiones, empezando por las que se refieren a los factores primarios, es decir, los epidemiológicos y médicos. Una mutación significativa del SARS-Cov-2 que lo haga más contagioso o más letal podría cambiar el panorama. A la inversa, la disponibilidad de una vacuna eficaz y accesible para todos antes de lo previsto iluminaría de modo considerable el horizonte. Y, si un descubrimiento pudiera atribuirse a los esfuerzos de un país específico, daría al país ganador una ventaja indiscutible en la competencia por la imagen de poder.

Por lo tanto, es demasiado pronto para sacar verdaderas lecciones de la crisis de la pandemia, puesto que todavía estamos sumidos en ella. La guerra contra el SARS-Cov-2 estalló a la manera de la crisis financiera del 2008, primero con algunas señales débiles, y luego de forma agravada expandiéndose rápidamente por todo el planeta. Sin embargo, esta guerra se está librando de manera muy similar a la campaña contra el terrorismo islamista tras el 11-S y es poco probable que desemboque en una victoria final. Tendremos que vivir con el virus durante mucho tiempo, al igual que con el terrorismo. La OMS no proclamará nunca un “¡Misión cumplida!” en su sitio web, o al menos no dentro del plazo de una previsión razonable. En un texto titulado “El desconfinamiento de las analogías”, el historiador francés Pierre Grosser desmantela la pertinencia de las metáforas bélicas utilizadas muy a menudo en este contexto (11). Viniendo después de dos conflictos mundiales y aunque no afecta directa y profundamente a todos los continentes, lo cierto es que la pandemia tiene un efecto global. De todos modos, si bien es una guerra, no se prestará a una declaración de victoria. Sin duda, no habrá un verdadero mundo nuevo después, o si lo hay, no será ni el mundo anterior ni un mundo totalmente diferente de él.

Es probable que la década del 2020 no se parezca a la de 1920, una época de renacimiento occidental tras una guerra y una espantosa pandemia de gripe. No vamos a ver una repetición de los años locos europeos ni de los rugientes años veinte estadounidenses. Es verosímil que la pandemia empeore todos los males existentes y añada otros nuevos (“el mismo mundo, sólo que peor”, temía el ministro de Asuntos Exteriores francés Jean-Yves Le Drian en la primavera del 2020) (12). Sin embargo, es igualmente posible que la situación geopolítica de principios de la década del 2020 y la actuación de unos agentes agotados por la pandemia no se manifiesten en forma de una prueba de fuerza, sino más bien de prueba de debilidad, como sugirió este autor en abril del 2020 (13).

Podemos tener un debate interminable sobre si el SARS-Cov-2 es un cisne negro o un cisne gris o algún otro animal del bestiario de la previsión estratégica. Lo esencial es observar de nuevo que un escenario a menudo previsto y descrito por los expertos, expuesto con detalle en todos los grandes documentos de estrategia nacional y, por lo tanto, conocido por los políticos, ha revelado la naturaleza defectuosa de nuestros sistemas de gobierno. La cuestión fundamental ahora es: ¿lo haremos mejor la próxima vez? Lamentablemente, es algo que dista de ser seguro. Existe el riesgo de estar preparados para luchar una vez más en la última guerra, es decir, de hacer todo lo posible para evitar otra pandemia de este tipo y descuidar otras posibles sorpresas estratégicas, ya sean militares, tecnológicas o geofísicas. Nunca las podremos evitar del todo. Y, si la Covid-19 nos ayudó a redescubrir el papel indispensable del Estado y las virtudes de la intervención pública, no podemos esperar que nuestros gobiernos estén permanentemente preparados para gestionar sin fallos todos los peores escenarios. Pero, sin duda, podemos hacerlo mejor. Como escribimos en la primavera del 2020, “la anticipación es una cuestión de mentalidad y agilidad mental. La aceptación de lo insondable no es incompatible con la mejora de nuestra capacidad colectiva para gestionar lo que no podíamos prever. No cabe duda de que estaremos mucho mejor preparados para la próxima pandemia. Ahora bien, no estaremos mejor preparados para otro tipo de sorpresa sin un esfuerzo adicional” (14).

Por Bruno Tertrais*

04/02/2021 06:00Actualizado a 04/02/2021 08:05

*Director adjunto de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS)

Bibliografía

  1. La historia nos dirá quizás un día si la ausencia, motivada por la pandemia, de portaaviones estadounidenses en el Pacífico occidental durante unas pocas semanas a principios del 2020 pudo desempeñar un papel en los cálculos geoestratégicos de China (y lo mismo con la reducción temporal, durante el verano del 2020, de las patrullas indias a lo largo de la línea de control entre los dos países).
    2. Estimaciones del Banco Mundial, octubre 2020; Informe Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, julio 2020.
    3. Michel Duclos y Bruno Tertrais, “Covid-19 – les autoritaires vont-ils l’emporter sur les democracies?”, Blog de l’Institut Montaigne, 17 abril 2020. Para una perspectiva histórica, véase Rachel Kleinfeld, “Do Authoritarian or Democratic Countries Handle Pandemics Better?”, Carnegie Endowment for International Peace, 31 marzo 2020.
    4. Joseph S. Nye, “Post-Pandemic Geopolitics”, Project Syndicate, 6 octubre 2020.
    5. Niall Ferguson, “From COVID War to Cold War. The New Three-Body Problem”, en Hal Brands y Francis J. Gavin (eds.), COVID-19 and World Order, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2020, pág. 425.
    6. Institute for Health Metrics and Evaluation, First COVID-19 Global Forecast: IHME Projects Three-Quarters of a Million Lives Could Be Saved by January 1, 3 septiembre 2020.
    7. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    8. Justin Vaïsse, “Derrière le triomphe de l’Etat souverain”, Le Monde, 28 mayo 2020.
    9. Viorel Mionel et al., “Pandemopolitics. How a public health problem became a geopolitical and geoeconomic issue”, Eurasian Geography and Economics, 30 septiembre 2020, pág. 3.
    10. Parlamento Europeo, The Geopolitical Implications of the COVID-19 Pandemic, septiembre 2020.
    11. Pierre Grosser, “Déconfinement des analogies””, Esprit, julio-agosto 2020.
    12. Entrevista para Le Monde, 20 abril 2020.
    13. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    14. Florence Gaub y Bruno Tertrais, “L’anticipation est une affaire de mentalité”, Le Monde, 19 mayo 2020.
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Jueves, 04 Febrero 2021 05:27

El multilateralismo chino

El multilateralismo chino

Hace cuatro años, recién llegado Donald Trump a la presidencia estadounidense y con el conservadurismo antiglobalista en su máximo apogeo, China se presentó en la macrocita de Davos como la gran valedora de la globalización. Ahora, en la convocatoria virtual del Foro Económico Mundial, el líder chino Xi Jinping tocó a rebato por el multilateralismo, la fórmula que la Covid-19 reveló como poción indispensable para siquiera diluir los factores de incertidumbre que aun por bastantes años pueden lastrar la recuperación económica global.

Además de la pandemia, Xi hizo alarde de otro dato que trastoca el escenario: la asunción de Joe Biden y su compromiso con el regreso de los EEUU a las instancias y acuerdos multilaterales, como ya hizo con la OMS o el Acuerdo de París, desbaratando la errática trayectoria de su predecesor.

Si hubiera que destacar una característica del enfoque chino a propósito del multilateralismo es la insistencia en la desideologización. En resumidas cuentas, Beijing defiende la autoridad y eficacia del sistema multilateral pero pone pegas a su instrumentalización con fines hegemónicos en una velada alusión a los intentos de fraguar las llamadas "alianzas basadas en valores" que obviamente no irían dirigidas a países como Vietnam sino como China: aunque ambos militen en el mismo socialismo de mercado, uno es un problema y otro no en función, claro está, de la capacidad para desafiar la hegemonía occidental. Para China, apostar por alianzas de este porte equivale a rubricar la continuidad de fórmulas que considera periclitadas, de clubs exclusivos (como el G7) cuya finalidad no es otra que garantizar poder e influencia en beneficio de los estados más ricos que no pierden comba a la hora de monopolizar el derecho a establecer las reglas que deben regir el orden internacional. Quienes a menudo se erigen a sí mismos como el alter ego de la "comunidad internacional" no pasan de representar en realidad a esos pequeños grupos.

En dicho contexto, Xi alertó en Davos contra los peligros de resucitar una nueva guerra fría. Frente a tal esquema, con su actual poder, China no se amilanará. Dar forma a una nueva bipolaridad en base a la resurrección del anticomunismo estaba en la agenda de Trump y Biden debe decidir ahora si su multilateralismo prima una gestión colectiva de los asuntos globales o si lo acomoda al objetivo de preservar la misma ansiedad hegemónica global de Trump aunque por otra vía.

Pudiéramos ejemplificar muchas manifestaciones de la vocación multilateral china que se sustenta en una capacidad económica reconocida. En el contexto de la pandemia, su compromiso con el programa COVAX de la OMS bien podría ser uno de ellos. Pero quizá el reflejo más duradero bien podría ser su proyecto de rutas de la Seda, iniciado en 2013. Ha recibido muchas críticas y con seguridad muchas de ellas son certeras y deberían ser tenidas en cuenta para perfeccionar sus enfoques, sobre todo a la vista de la escasa aun experiencia internacional de China en proyectos cooperativos. Pero también tiene una virtud esencial: pone el acento no solo en el comercio sino sobre todo en las infraestructuras. Esto hace que su potencia de irradiación sea mucho mayor.

La canciller Merkel reconoció en Davos que la pandemia puso de manifiesto hasta qué punto el mundo está interconectado y como es necesario actuar de forma multilateral; pero puntualizó que "multilateralismo no significa solo trabajar juntos sino hacerlo con transparencia". Y eso no siempre sucede con China. No es un déficit puntual, sino crónico y será difícil crear una atmosfera de confianza intergubernamental en tanto no se operen cambios sustanciales en este orden. La canciller, que como Xi defendió a la OMC y la necesidad de que las empresas europeas se involucren en el mercado chino, también recordó que las distintas percepciones sobre la dignidad de la persona limitan la cooperación.

A Beijing le interesa evitar las dinámicas de confrontación y conjurar el peligro de un regreso a la política de bloques del pasado pero pudiera verse en ello solo interés en despejar obstáculos para su progreso, a expensas de los sacrificios y renuncias de terceros. Si su mensaje no se clarifica, el riesgo de abrir camino a ligas de países democráticos que le planten cara es alto.

La agenda global es de una enorme intensidad y nadie puede creer que cualquier país por si solo puede hacerle frente de forma eficaz. También es evidente que los mecanismos heredados de las dos posguerras, tanto de la IIª Guerra Mundial como de la guerra fría, son insuficientes para abordar con holgura los desafíos actuales. El multilateralismo es indispensable y China quiere que su criterio pese en su actualización, al menos en proporción a lo que representa en el mundo presente.

Por Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China.

04/02/2021

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Miércoles, 03 Febrero 2021 06:15

¿China va ganando la "guerra de las vacunas"?

¿China va ganando la &quot;guerra de las vacunas&quot;?

Estamos atravesando una guerra de las vacunas, en la cual las farmacéuticas occidentales atacan a sus pares china y rusa, y viceversa. Pero también hay una guerra por las vacunas, que en este momento se han convertido en un bien escaso por el cual disputan los países.

 

Luego de que varias personas fallecieran en Noruega tras recibir la vacuna de Pfizer, científicos y medios chinos dijeron que "la comunidad sanitaria china se pronunció en contra del uso de la vacuna de Pfizer en los adultos mayores".

Por su parte, The New York Timesasegura que la vacuna china, Sinovac, "no puede detener el virus tan bien como las desarrolladas por Pfizer y Moderna, las farmacéuticas estadounidenses", aunque acepta que es eficiente y segura.

La polémica está servida. Global Timesasegura, en base a datos del Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EEUU, que hubo "casi 4.400 reacciones adversas después de que las personas recibieron la vacuna Pfizer-BioNTech COVID-19".

Más allá de datos que sólo estudios científicos podrán confirmar en el largo plazo, lo cierto es que las vacunas china Sinovac y la rusa Sputnik V están siendo desprestigiadas por los más variados motivos en Occidente, mientras las de Pfizer, Moderna y AstraZeneca son también fuertemente criticadas aunque por motivos diferentes.

La Fundación kENUP publicó cifras que revelan la escala de la inversión pública en Occidente en vacunas y medicamentos contra el COVID-19. En los últimos once meses los gobiernos gastaron más de 100.000 millones de dólares en vacunas y medicamentos contra el COVID-19.

El 95% de los fondos públicos se destinaron a vacunas y sólo el 5% en medicamentos. Por su procedencia, 32% de los fondos destinados a los productores de vacunas procedían de Estados Unidos, 24% de la Unión Europea y 13% de los gobiernos de Japón y Corea del Sur.

Como puede apreciarse, cuando hay mucho dinero en juego la industria farmacéutica se empeña en buscar soluciones rápidas. Sin embargo, los gobiernos financiaron con algunas condiciones: utilizaron Compromisos de Mercado Anticipados (CMA), para tener el derecho a adquirir un número determinado de dosis de vacunas en un período de tiempo determinado.

Un informe de France 24señala que mientras "los occidentales compraron el 90% de las dosis de las dos vacunas estadounidenses", lo que "dejará huellas y rencor entre los países del Sur", China hizo lo contrario y definió sus vacunas como un "bien público mundial".

El medio destaca que en estos momentos se respira "un aroma de guerra fría" y que "la geopolítica de la vacuna vuelve a trazar las líneas de fractura que se creían pertenecientes al pasado". Este medio europeo cree que China está ganando la guerra de las vacunas por las mismas razones que encumbraron al Dragón al sitial adquirido.

"China tiene ventajas extremadamente importantes teniendo varias vacunas, capacidades de producción considerables, vacunas que a veces son más fáciles de utilizar y, sobre todo, una prioridad muy clara: distribuirla con bastante rapidez a los países en desarrollo", explica a France 24 Antoine Bondaz, investigador de la Fundación para la Investigación Estratégica.

Al tener una incidencia muy baja de COVID-19 en su población, donde los contagios no superan los 100 al día, China tiene las manos libres para exportar la casi totalidad de su producción de vacunas.

El Dragón está llevando vacunas a países de África, Asia y América Latina, pero también a países europeos como Hungría, Serbia y Turquía. Llama la atención el acuerdo con Brasil para fabricar vacunas, a través del gobierno del estado de Sao Paulo, ya que se trata del más cercano aliado de EEUU en la región.

Para el diario financiero españolEl Confidencial, China será "la ganadora de la guerra mundial de las vacunas". Del mismo modo que al comienzo de la pandemia encabezó la "diplomacia de las mascarillas", ahora puso en marcha una ofensiva geopolítica para "inundar el mundo con millones de dosis de vacunas".

Según este medio, las dos vacunas chinas "no son ni tan seguras ni tan eficaces como las equivalentes occidentales, pero son eficaces y más baratas. De momento son las más utilizadas en el mundo".

En medio de las polémicas sobre retrasos en el traslado de las vacunas, Global Timesinforma que la empresa china CanSino Biologics está lanzando "una nueva que garantiza una doble protección después de una sola inyección".

Según los datos proporcionados, la vacuna de CanSino utiliza un vector de adenovirus recombinante, una tecnología similar a las que usan la rusa Sputnik V, la farmacéutica británico-sueca AstraZeneca y Johnson & Johnson.

Sin embargo, lo más importante es que "la vacuna se puede almacenar y transportar a temperaturas que oscilan entre 2 y 8 grados, y la producción no necesita el laboratorio de nivel 3 de bioseguridad como lo requiere la fabricación de vacunas inactivadas, lo que según los expertos las hace más accesibles para los países en desarrollo con instalaciones limitadas".

El éxito de China no debe sorprender. Cuenta con la más pujante industria del mundo y con fuertes inversiones en investigación y desarrollo, con científicos y técnicos de primer nivel. Se trata de las mismas características que explican el ascenso de la potencia asiática que esta década se convertirá en el primer PIB del mundo.

Pero con eso sólo no le alcanzaría, ya que las tecnologías occidentales siguen siendo muy potentes, como lo demuestra la enorme capacidad de EEUU para liderar desde la innovación militar hasta la sanitaria.

China ha desarrollado aquellas vacunas que los países de ingresos bajos y medios del mundo están en condiciones de sufragar que, en los hechos, es donde vive la mayor parte de la población mundial. Pero a la vez, está consiguiendo ingresar en espacios como la Unión Europea, que hasta ahora eran coto exclusivo de las grandes empresas occidentales.

18:52 GMT 02.02.2021URL corto

Por Raúl Zibechi

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La Rusia que se rebela Entrevista a Andrey Schelchkov

La detención de Alekséi Navalny abrió un nuevo frente para Vladímir Putin. Con la mirada puesta en las protestas de la vecina Bielorrusia y en la estrategia para enfrentarlas, el gobierno apuesta a responder con violencia a las manifestaciones y esperar su desgaste. El costo es mostrarse como un régimen abiertamente represivo. Navalny, entretanto, se reafirma como la principal figura de la oposición.

 

El envenenamiento, la salida del país y el regreso y detención de Alekséi Navalny han reactivado las protestas en las calles a lo largo y ancho de Rusia. Con una popularidad que comenzó hace años con sus denuncias anticorrupción, Navalny, de 44 años, se transformó en la principal figura de la oposición, con un apoyo particularmente significativo entre los jóvenes. El gobierno respondió a las protestas con una inusitada escenificación de poder y no menos represión. En esta entrevista, el historiador de la Academia de Ciencias de Rusia Andrey Schelchkov analiza la coyuntura, el liderazgo de Navalny y sus posturas ideológicas -algunas de ellas, paradójicamente, no tan lejanas a las de Putin- y el escenario que abre esta nueva ola de protestas.

¿Cuál es la estrategia del gobierno ruso frente al caso Navalny? ¿Cuánto incide lo que ocurre en la vecina Bielorrusia, con las persistentes protestas en las calles, en la escenificación de la fuerza y la fuerte represión de las protestas?

Parece que el gobierno dejó al lado todas las apariencias. La arbitrariedad es absoluta, la represión es brutal y ejemplarizadora, lo que a los ojos de la gente menos involucrada políticamente contrasta con la imagen paternalista que siempre buscó proyectar Vladímir Putin. Ahora el gobierno optó por la variante de la violencia abierta, al estilo de Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia. Está cortando sus vías de comunicación con amplias capas de la sociedad, inclusive con los partidarios de Putin. La represión acelera la radicalización de la protesta, lo que podría acortar las posibilidades de supervivencia del régimen. Nunca la policía tuvo una imagen positiva, pero ahora está por debajo del suelo. La cantidad de arrestados sobrepasa lo imaginable: entre el 23 y el 31 de enero han sido casi 10.000 personas en todo el país. Ni en la época soviética hubo algo parecido. En la URSS, la policía era disciplinada y no arbitraria o abusiva. Claro, hablamos de la época de Leonid Brézhnev, con Stalin no existía la ley. Cuento esto porque aún ahora hay una cierta confianza e ilusión en la justicia, que de todos modos se fue evaporando en estos años. Hoy solamente los más ancianos tienen estos espejismos. Por ejemplo, una vecina mía de más de 80 años y muy favorable a Putin me dijo «¿Por qué Navalny protesta en vez de ir a denunciar la corrupción en la fiscalía?». Santa simplicitas.

De todos modos, durante estas protestas, no en todas las ciudades hubo confrontación con la policía. Por ejemplo, en mi ciudad natal, Krasnodar, que cuenta con un millón de habitantes y es tradicionalmente muy conservadora, salió muchísima gente. El 23 de enero hubo alrededor de 7.000 personas, un número nunca visto allí desde que se recuerde, y nadie les puso trabas a las marchas. Hay que recordar que todas las manifestaciones fueron prohibidas, lo que hace más importante el número de manifestantes. Tal vez las fuerzas especiales se fueron a Moscú y no tenían con qué reprimir en ciudades más pequeñas. Las autoridades apuestan a la estrategia de Bielorrusia: la gente se cansará y la represión va a cumplir su función. Creen que si mantienen preso a Navalny el gobierno podría aguantar algunas semanas de protestas. El problema es si esto se convierte en una especie de intifada rusa. Por primera vez la policía se enfrentó a la resistencia violenta de quienes protestan. Y además vienen elecciones al Parlamento que puede causar otras conmociones.

El gobierno no puede dejar en libertad a Navalny sin que ello sea considerado una muestra de debilidad, algo que Putin teme más que nada porque sería una señal a los servicios de seguridad de que el jefe está débil, y esto podría causar una crisis en la elite gubernamental. El gobierno prefiere una crisis corta ahora que una crisis sin fin con Navalny en libertad. La incógnita es qué sucede si esta situación dura demasiado tiempo. Ya nadie escucha la propaganda por la TV, excepto gente mayor que no sale ni para protestar ni para apoyar a Putin. Los medios oficialistas dicen que las protestas fueron insignificantes. Pero todo el mundo ve la histeria de las autoridades, que cerraron el centro de Moscú para peatones (algo inédito), frente a lo cual los manifestantes se dispersaron por barrios más periféricos mostrando que están «por todos los lados». El centro, donde hasta las estaciones de metro fueron cerradas, parecía parte de una ciudad bajo estado de sitio. Pero el drama no es Moscú, siempre rica y acomodada, y siempre de oposición, sino las provincias, pobres o ricas pero siempre leales, donde sorprendió la dimensión de la protesta.

¿Cómo está hoy la popularidad de Putin? Hasta ahora había un clivaje claro entre «las capitales» (Moscú-San Petersburgo) y el resto de Rusia, pero desde hace tiempo se ven protestas en otros sitios, incluyendo el extremo oriente.

No tiene sentido seguir las encuestas oficiales, pero incluso ellas registran una caída de la popularidad de Putin hasta 53%. Más o menos independiente, el Levada Center llevan la caída hasta 39%, pero lo más interesante es su nivel de apoyo entre los jóvenes (hasta 35 años): en un año, cayó de 36% a 20% de apoyo. En realidad, el problema está además en que Putin aparece como mentiroso e incluso ridículo. Surgieron miles de chistes, una forma de reacción popular tradicional en política en Rusia. Putin pasa a ser objeto de burlas, incluso cae en el ridículo, y esto es lo peor que le puede pasar desde punto de vista de su imagen. Incluso muchos de los que lo saludaron como gran líder nacional durante la epopeya de la anexión de Crimea ya no lo apoyan.

Lo que se denomina «la provincia» es un mundo heterogéneo, y las grandes ciudades del interior (Novosibirsk, Ekaterimburgo y muchas otras) son un gran problema para el gobierno, incluso electoral. En el oriente, en el Pacífico, la población fue siempre rebelde, muchos son descendientes de los deportados, ahí la violencia es muy posible y no hay temor. Ya provocaron grandes sorpresas electorales, allí las autoridades se sienten débiles, pero las preocupan más Moscú y San Petersburgo, donde se decide la suerte del poder; por eso tanto dinero va a estas dos ciudades. En Siberia oriental (Jakasia, Jabárovsk, Vladivostok), en las pasadas elecciones, ganaron los candidatos spoilers (postulados no para ganar, sino para obstaculizar el triunfo opositor), y la política de Navalny denominada «opción inteligente» llamó a la gente a votar por cualquier candidato con posibilidades de ganarle al oficialismo. En varias regiones ganaron los opositores. En Vladivostok simplemente anularon las elecciones, en Jabárovsk en un año detuvieron al gobernador, provocando masivas protestas diarias y semanales que las autoridades no se atrevieron a reprimir. Estas protestas duraron seis meses. Y las consignas pasaron lentamente de un espirito anti-Moscú, que es inherente a todas las provincias rusas, a las consignas anti-Putin. Pero sin tener liderazgo político ni idea de cómo seguir, las protestas se desvanecieron. Y lo más preocupante es que Navalny, desde su regreso, se convirtió en un instante en un héroe sin temor y en figura unificada de la oposición, que consolida todo el descontento en el interior ruso, que realmente está social y económicamente mal.

Navalny es un nacionalista, aunque parece más abierto a temas como los derechos LGBTI, de las mujeres, etc. ¿Qué lo diferencia ideológicamente de Putin?

Navalny es un nacionalista light. Es un político nato, se apoya en los sentimientos que existen en la sociedad: nacionalismo antiinmigrante, sobre todo contra los provenientes de Asia central, de religión islámica y social-liberal. Sabe que Rusia es un país de izquierda, pero donde los social-liberales ya son derecha, por eso tiene discurso de justicia social y de igualdad, en esencia es un «socialista» en lo social y es liberal en lo económico y en la política, una combinación complicada. El problema no es tanto qué lo diferencia de Putin sino lo contrario, qué tiene de parecido con el presidente. Y esto es el caudillismo, un liderazgo personalista. Por eso algunos lo llaman «joven Putin». Navalny consiguió formar un numeroso grupo de seguidores jóvenes, muy abnegados y sacrificados. En cuanto a la agenda social de feminismo, derechos LGBTI, etc., tiene el discurso muy liberal. Pero su nacionalismo preocupa a muchos porque es antiinmigrante (la inmigración es un gran problema cultural y religioso en Rusia), aunque entronca con la sensibilidad de muchos simpatizantes de Putin. Por ejemplo, Navalny acusa a los oligarcas putinistas de fomentar la inmigración de Asia central para mantener salarios bajos. Tampoco les gusta a los liberales su posición sobre el problema de Crimea, que coincide con la de Putin. Hay que recordar que Navalny fue expulsado a principio de 2000 del partido social-liberal Yabloko por sus posiciones nacionalistas. Sin embargo, la mayoría de los opositores, en la derecha y en la izquierda no oficialista (Frente de Izquierda), apoyan a Navalny por ser capaz hoy de enfrentar a Putin.

¿Qué elementos explican la dimensión de la protesta? No parece ser solo la libertad de Navalny... 

Navalny, en su confrontación con Putin, se convirtió en la figura unificadora contra el régimen, y eso ayuda a aumentar la cantidad de personas dispuestas a salir a las calles por su libertad. Lo que sorprende es que un tercio de ellas salió por primera vez. Se junta el cansancio por la pandemia, la crisis, la erosión de los niveles de vida, lo que contrasta con la opulencia gubernamental. Por eso, el video que publicó el equipo de Navalny sobre un un lujoso palacio en las costas del mar Negro, supuestamente perteneciente a Putin, fue una especie de chispa. De ahí la indignación de Putin. Muchos creen que la detención de Navalny sin ninguna justificación legal es una venganza por esa denuncia. De ser cierto, esto colocaría a Putin ya no en el papel de un líder autoritario, lo que parece no molestarlo mucho, sino en el de un vulgar político corrupto. Después de 20 años de poder personal de Putin, muchos sienten ya mucho hastío.

En un comienzo, Putin tenía una base de apoyo también entre los jóvenes, ¿eso está cambiando?

Es cierto, era más popular entre los jóvenes, pero era la época en que el petróleo estaba a 100 dólares por barril; ahora no hay nada de eso. Los jóvenes se enfrentan a varios problemas: (a) tienen mayor información por internet, viven en internet y no ven televisión, que es pura propaganda; (b) en Rusia casi 90% de los jóvenes (de hasta 35 años) son graduados de la universidad y 80% trabajan en puestos que no corresponden a su especialidad profesional, es decir que la frustración laboral entre jóvenes es muy grande; además, el sistema de Putin, que conforma una elite cerrada, acortó todos los canales de ascenso social; (c) hay también un conflicto de tipo estético: los valores putinistas de la guerra, la masculinidad y el imperio no pegan en la mayoría de los jóvenes, que se muestran bastante sordos a todo eso. Las tentativas de crear un movimiento pro-Putin entre los jóvenes en 2005-2010 fracasó. Sus líderes terminaron apropiándose de los recursos y no cuajó. En el ciclo de protestas anti-Putin de 2011-2012, ellos ni aparecieron… Un gran problema con los jóvenes es que no conocieron la URSS, por eso no tienen el temor a una repetición de las épocas estalinistas que tuvimos todos los que vivimos la época soviética. Ellos no tienen miedo a las policías y salen a enfrentarse de manera abierta.

Muchos cantan «Abajo el Zar» en las protestas... ¿quiénes salen a las calles? ¿Puede formarse allí un nuevo bloque opositor con más suerte que los anteriores en los 20 años de putinismo?

Es un gran enigma… Lo más lógico sería que el partido Yabloko, que tiene personería jurídica para presentar las listas para elecciones, aproveche las protestas y acepte la colaboración con los navalnistas. Ahí cambiaría el panorama político, pero es posible que prefieran mantener su mísera existencia sin conflicto con el Kremlin que pujar por ganar las elecciones (en 2021 hay elecciones legislativas). Es la única opción, porque los demás partidos no oficialistas deben juntar firmas para obtener su personería y las autoridades frenan siempre su registro. Si Yabloko no acepta el apoyo de los navalnistas, el voto de protesta va a ser aprovechado por el Partido Comunista, que hace algunas cosas críticas al gobierno pero es antinavalnista. Sin embargo, las bases del PC y de Yabloko (sus diputados municipales, por ejemplo) ya están con los navalnistas y en pleno conflicto con la cúpula de sus partidos. En perspectiva, no veo lo que muchos siempre quisimos: el pluralismo en el espacio opositor. Navalny sin duda va a monopolizar la posición del líder único, incluso desde la prisión.

En una de las fotos desde la comisaría, justo atrás de Navalny se ve en la pared una foto de Genrikh Yagoda, quien estuvo a la cabeza del KGB entre 1934 y 1936, en pleno estalinismo. ¿Se le dio alguna significación particular a esa imagen en Rusia? Hoy en el país parece haber libertad de expresión por fuera de los canales oficiales. ¿Cómo es la situación?

Pues sí, y es una especie de ironía, ya que Yagoda también fue fusilado por Stalin. Aquí lo comentaron mucho, fue más bien un pretexto para comparaciones con el pasado a mi juicio inadecuadas. De momento se conservan pocos medios absolutamente opositores, como el canal de TV Dozhd (Lluvia) que transmite solamente por internet y es de pago, pero tiene mucha audiencia y casi las 24 horas habla del caso Navalny. Las radios y los periódicos conservan cierta libertad y los hay de línea opositora. Ahora bien, las autoridades ya se enteraron de que los millones invertidos en la propaganda por televisión sirven solamente para convencer a las personas de mucha edad y no sirven ya nada para atraer a los jóvenes, que no ven televisión y menos aún los canales oficialistas, con un discurso y una estética tan anticuados. Por eso el gobierno está buscando formas de controlar las redes sociales y YouTube, Telegram, etc. Y es muy posible que cierren más medios. Mucho depende de que les importe la reacción internacional que siempre puede amenazar su pecunia, que es lo más sagrado. Por eso dan un paso y esperan la reacción interna y externa. Pero Occidente prefiere, como siempre, obtener grandes ganancias con Rusia antes que defender los derechos humanos o civiles, por eso ahora es más importante en Europa la presión de la opinión publica frente a sus gobiernos, sobre todo el alemán y el francés, y ni hablar del italiano, que siempre elige una posición prorrusa, para que corrijan su política hacia Moscú.

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Alexéi Navalni durante la vista judicial en el Tribunal Municipal de Moscú, este martes.AP

El activista llama en la vista judicial celebrada en Moscú a mantener la presión en la calle contra Putin

Un tribunal de Moscú ha condenado este martes al destacado opositor ruso Alexéi Navalni a ingresar en prisión por violar repetidamente los términos de una sentencia por fraude de 2014 y la libertad condicional impuesta entonces, por no presentarse a las revisiones judiciales. A esa condena la jueza le ha restado casi un año por el tiempo que pasó en un arresto domiciliario que cumplió en su momento. La pena efectiva se queda así en dos años y ocho meses. La sentencia supone un desafío a los reiterados llamamientos internacionales que insistían en la liberación de Navalni y puede inflamar la ya alta tensión entre el Kremlin y los seguidores del activista anticorrupción. Las autoridades han desplegado un gran número de antidisturbios en el centro de Moscú y de San Petersburgo y han cargado con gran fuerza contra las personas que han salido a la calle de forma pacífica para protestar por el veredicto. Hay más de un millar de detenciones, según la organización especializada Ovd-Info.

Tras conocer la sentencia, el destacado opositor, que ha pasado el juicio haciendo gestos de cariño a su esposa, Yulia Naválnaya, presente en la sala, solo ha atinado a dedicarle unas palabras. “No estés triste, todo va a salir bien”, ha remarcado antes de que se lo llevasen de la sala, cuando Naválnaya ha roto a llorar. Sus abogados han informado de que recurrirán la condena hasta la última instancia. Se espera que esta semana Navalni sea ya trasladado a una colonia penal (un tipo de cárcel en la que los reclusos deben por lo general trabajar, entre otras cosas). La condena ha suscitado la crítica de Estados Unidos y de la Unión Europea, que han reclamado la liberación inmediata del opositor y se ha mostrado profundamente preocupados por la deriva del caso, cuyo fallo llega, además en vísperas de la visita a Moscú del Alto Representante para Política Exterior de la UE, Josep Borrell. El Kremlin había recalcado ya este martes por la mañana que no admitiría “sermones” de nadie sobre el asunto, ni ningún tipo de injerencia.

El activista anticorrupción, de 44 años, que fue arrestado tras regresar a Moscú desde Alemania, donde se recuperó de un envenenamiento grave sufrido este verano en Siberia por el que culpa directamente al presidente ruso, Vladímir Putin, ha afrontado el juicio con todas las cartas sobre la mesa: sabiendo que lo más probable es que fuese condenado. Así, ha utilizado la vista para lanzar un impetuoso discurso político. Desde la cabina acristalada en la que tradicionalmente se sientan los acusados, el disidente ha asegurado que seguirá luchando y ha cargado contra Putin: “Por mucho que pretenda ser un gran geopolítico, su principal amargura es que pasará a la historia como un envenenador”.

Las protestas multitudinarias en apoyo al líder opositor de las pasadas semanas no han logrado su objetivo. Tampoco la crítica y la presión de los países Occidentales que habían exigido la liberación de Navalni, convertido en el crítico más visible contra el presidente ruso y el hombre que ha logrado impulsar las mayores movilizaciones de la última década. Las autoridades rusas, que también han procesado a sus principales aliados, ya habían señalado que no se dejarían influir por la presión pública. Y lo han cumplido. Navalni queda ahora no solo apartado de la política ―ya fue vetado en las elecciones presidenciales de 2018― sino también de la calle. La sentencia puede hacer que las movilizaciones sociales se desinflen, pero también dar todavía más altura al opositor e impulsar las protestas.

“Espero de veras que este proceso no sea percibido por la gente como una señal de que deben tener miedo”, ha insistido ante la juez Navalni, vestido con un jersey azul marino con capucha. El activista anticorrupción ha elogiado a las decenas de miles de personas que han salido a las calles en numerosas ciudades de Rusia, pese a las amenazas de las autoridades y los duros arrestos, y ha asegurado que no cesará la lucha política. Y ha vuelto a llamar a nuevas protestas. Este martes, decenas de sus seguidores han acudido a apoyarle en un día crucial a las inmediaciones del Tribunal Municipal de Moscú, que ha amanecido completamente cercado por los antidisturbios y la policía.

Caso ‘congelado’ desde 2014

El hecho de que el caso detrás de los cargos contra el destacado opositor fuese declarado “injusto y arbitrario” por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en 2017 ha aumentado todavía más el malestar entre la ciudadanía rusa. El tribunal, con sede en Estrasburgo, condenó a Rusia por violar el derecho a un juicio justo de Alexéi Navalni y de su hermano, Oleg. Ambos fueron condenados en el mismo proceso por malversación de fondos (unos 500.000 euros) en dos firmas rusas, incluida la sucursal en el país euroasiático del gigante de cosméticos francés Yves Rocher.

Estrasburgo falló que Rusia debía pagar 10.000 euros a cada uno de los hermanos Navalni por daños y perjuicios y reembolsar sus costos legales: 45.000 euros para Alexéi Navalni y 18.000, para Oleg. Navalni no tuvo que entrar en prisión, sino que recibió lo que se denomina una “condena suspendida”; su hermano, Oleg sí cumplió la pena completa: tres años y medio en una colonia penal (un tipo de cárcel en la que los recursos deben trabajar por lo general).

Pese a la antigüedad del proceso y el fallo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el caso siguió quedando ahí, como una bala en la recámara contra el opositor. La sentencia señalaba que Navalni debía permanecer limpio durante seis años tras el veredicto para que la condena fuese anulada definitivamente, pero el opositor ha acumulado desde entonces en su expediente otros delitos, sobre todo relacionados con su participación y organización de protestas anti-Kremlin. Así que el caso denominado Yves Rocher nunca dejó de estar en la nevera. Hasta finales del año pasado, cuando el proceso resucitó y derivó en una nueva causa judicial contra el opositor.

Navalni ha respondido con cierta ironía en el juicio a las acusaciones de la Fiscalía, que defendió que no hay justificación para que el opositor no acudiese a las revisiones judiciales establecidas sobre su caso y ha tratado de argumentar no solo que ya incumplió las citas antes de salir del país sino también que no tenía forma de saber que el activista se encontraba en Alemania, donde fue trasladado sin conocimiento en un avión medicalizado. “Estaba en coma”, ha remarcado Navalni. “¿Podría explicarme cómo pude haber cumplido mejor con mis obligaciones? Primero estaba inconsciente, luego consciente, más tarde tuve que aprender a caminar de nuevo”, ha señalado el destacado opositor, que ha recalcado que incluso el presidente ruso —que se ha referido a él en ocasiones como “el paciente de Berlín” por su hospitalización allí— sabía que estaba en Alemania.

Los abogados de Navalni han argumentado que no se les notificó que se buscaba al activista hasta pocas horas antes de que este fuese inscrito en la lista de personas buscadas por las autoridades rusas. Desde que recuperó el conocimiento, el opositor siempre había asegurado que tenía intención de volver a Rusia. Y así lo hizo pese a la seguridad de que sería arrestado nada más pisar Moscú y que la probabilidad de ser condenado era inmensa.

En la vista blindada de este martes, la juez ha atendido a la propuesta de la fiscal, que había reclamado que se restablezca la condena original de tres años y medio en régimen penitenciario que se le suspendió en 2014, aunque finalmente ha restado el tiempo que el opositor cumplió en arresto domiciliario.

La indignación por el nuevo proceso a Navalni, que desde el 18 de enero se encuentra cumpliendo 30 días de prisión preventiva, sumada al descontento ciudadano por la corrupción, la desigualdad y una situación económica complicada, han encendido las protestas contra el Kremlin, que han sacudido Rusia los dos últimos fines de semana. El domingo, un despliegue policial inédito en las principales ciudades de Rusia y la dura represión de las fuerzas de seguridad no lograron, sin embargo, reducir las manifestaciones, que terminaron con más de 5.100 detenidos en todo el país, algunos bajo una fuerte violencia, el uso de porras y de pistolas eléctricas.

Entre los detenidos está Yulia Naválnaya, la esposa del opositor, que recibió una multa de 20.000 rublos (220 euros) por participar en la manifestación, y que ha estado presente este martes en el juicio contra su esposo. “Te vi en la televisión en mi celda. Dicen que estás violando constantemente el orden público. ¡Chica mala! Pero estoy orgulloso de ti”, le ha dicho Navalni desde el acuario en un costado de la sala de vistas, revestida de paneles de madera, donde el opositor ha permanecido todo el juicio.

Navalni, que se ha hecho conocido por sus revelaciones de la corrupción de la élite política y económica de Rusia, se ha convertido en el crítico más visible de Vladímir Putin. A él y a su supuesto palacio multimillonario dedicó precisamente su último informe difundido en YouTube, que ha espoleado las protestas.

Por María R. Sahuquillo

Moscú - 02 feb 2021 - 17:14

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La trama detrás del golpe de Estado en Myanmar

Los militares detuvieron a todos los líderes del gobierno que Aung San Suu Kyi dirigía sin presidir. Aludieron a un supuesto fraude electoral en noviembre. 

 

Las fuerzas armadas de Myanmar aludieron fraude en las elecciones de noviembre pasado y el domingo detuvieron a todos los líderes del gobierno que la Nobel de la Paz de 75 años Aung San Suu Kyi dirigía sin presidir. Consumado el golpe, los militares declararon el estado de emergencia durante un año y anunciaron que el exgeneral Myint Swe ejercerá la presidencia del país. 

En Myanmar, antes Birmania, en el medio de India, China, Tailandia y Bangladesh vive gente como Aung Tun. Mediana altura, 45 años, vende celulares en Yangon. En sus fotos de Facebook aparece con un pareo y sus dos hijos con la cara pintada, como todos los varones birmanos. Su foto de perfil está enmarcada por la de su líder y la frase: “estoy con Aung Sang Suu Kyi”. Ahora postea: “Queremos pedir a los líderes del mundo, a las Naciones Unidas, a los medios que ayuden a nuestro país, queremos desarrollarnos como nuestros vecinos”.

El héroe de la independencia birmana fue Aung Sang (padre de Aung Sang Suu Kyi), asesinado en 1947. El exilio llevó a Suu Kyi a estudiar en Delhi primero, Oxford después y quedarse en Inglaterra. En 1988 volvió. Le pidieron que hablara en un acto en el Shwedagon Pagoda, templo budista de 2500 años con una cúpula de oro que se ve desde todo Yangon. Medio millón de personas descubrió ahí a la líder de su revolución democrática. Suu Kiy arrasó en las elecciones de 1990 pero los militares no reconocieron el resultado y encarcelaron a todos los opositores. Un año después ella recibió el Nobel de la Paz, se negó a ser extraditada y aguantó 15 años de prisión domiciliaria. 

La dictadura flexibilizó libertades y convocó a elecciones parlamentarias en 2010 pero antes reformó la Constitución: retuvo el 25% de las bancas del parlamento, la atribución de nombrar ministros y de formar gobierno “en caso de emergencia”, el manejo de los recursos naturales y la prohibición de ser presidente para cualquiera con familia no birmana, justo como Suu Kii, cuyos hijos y difunto esposo nacieron en Inglaterra. En 2016 se convocaron elecciones presidenciales y la LND de Suu Kyi arrasó con Htin Hyaw como candidato. Suu Kii fue designada Consejera de Estado, una especie de presidenta ipso facto.

Hasta 2014 el Relator de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos en Myanmar fue el abogado argentino Tomás Ojea Quintana. “Para mí esto es un deja vú”, afirma a PáginaI12. En 2010, se encontró personalmente con Suu Kyi y le expresó la importancia de juzgar los crímenes cometidos por los militares en las últimas décadas, algo que nunca sucedió. Ojea Quintana está sorprendido por el golpe, cree que el detonante pudo haber sido la abrumadora nueva victoria de Suu Kyi en las elecciones de noviembre, fue un empujón de legitimidad: “con la continuidad del gobierno electo con ese nivel de apoyo, se debilitaría el poder que se guardaron los militares”.

La teoría birmana de los dos demonios

Para Myanmar son bengalíes, para Bangladesh son birmanos. Los rohingyas son apátridas. “Deben parar. Nunca vi una población tan discriminada en mi vida”, dijo el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterrez. Los rohingyas son vulnerables como minoría étnica, como musulmanes y como descendientes del subcontinente indio. Según la ACNUR, al menos 723.000 rohingyas, una de las más de cien etnias que habitan Myanmar, tuvieron que escapar de las fuerzas oficiales birmanas hacia Bangladesh desde mediados de 2017. El 40% son menores de 12 años. En Bangladesh los retienen en un campo de refugiados de 13 kilómetros cuadrados.

La excusa es combatir al ARSA, un grupo insurgente de no más de 500 miembros a quienes los ultranacionalistas budistas comparan con ISIS. Después de décadas de aislamiento en telecomunicaciones, la irrupción de los celulares y de Internet fue una estampida. La campaña de fake news del movimiento budista Ma Ba Tha describiendo al millón de rohingyas como parte del ARSA caló hondo hasta en la base electoral budista de Suu Kii. En 2018, Facebook reconoció en un comunicado que “podría haber hecho más” para evitar que su plataforma sea usada para un genocidio. A fines de 2019, Aung Sang Suu Kyi fue a la Corte Internacional de Justicia a defender a las mismas Fuerzas Armadas que la habían llevado a prisión. Reconoció delitos de lesa humanidad pero los colocó en el marco de un conflicto que comenzó el ARSA.

Hasta llegar al poder, Occidente veía en Suu Kyi a una par de Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. Pero otro premio Nobel, Barack Obama, notó algo distinto. Cuando la visitó en 2012 conversaron sobre el dilema de pasar de ícono opositor a tener el poder. “Yo siempre fui una dirigente política”, le dijo Suu Kyi. Ben Rodes entonces asesor de Obama contó que saliendo, de regreso en la limusina, el ex presidente reflexionó: “Yo solía ser también el rostro de un poster, la imagen solo se desvanece".

Occidente y China

La devaluación de la imagen de Suu Kyi en Occidente la obligó a buscar apoyos en donde sea posible. Fue a ver al presidente de Hungría, el nacionalista Viktor Orban, para hablar sobre “el crecimiento de la población musulmana”. China -que también es acusada de crímenes de lesa humanidad contra los islámicos Uyghur en la región de Xinjiang- vio una oportunidad.

Similar a lo que ocurre en otras regiones en las que Gran Bretaña trazó mapas mezclando pueblos, como Medio Oriente, Myanmar es un país sin una única nación consolidada. Frente a eso, China, desde hace una década, observa lo que pasa en su frontera sur y de vez en cuando mueve una ficha.

En 2017, China incorporó a la Constitución la Belt and Road Initiative, presentada poco antes por Xi Jin Pin como la Ruta de la seda del siglo XXI, un esquema en el que el premier chino invitó a los países a unirse a la mayor red logística global en que el país asiático es el gran dinamizador. Los tigres asiáticos saltan y también se agazapan. Los chinos no están lejos de consolidarse como los principales rule makers del sudeste asiático. Una de las piezas fundamentales del esquema es el puerto que Xi Jin Pin espera construir en Myanmar para acceder de manera directa al mar Índico, acompañado de un oleoducto que le ahorraría unos cuantos millones en la importación del crudo desde el Golfo Persa. El Corredor Económico China-Myanmar consolidaría esta política y, para ello, China puso a consideración del gobierno birmano 38 proyectos de infraestructura que Suu Kyi no desarrolló con la velocidad que los chinos pretendían.

A fin de enero ocurrió un hecho que habría ofendido la mellada paciencia roja: Myanmar adquirió un millón y medio de vacunas para Covid-19 de India y firmó un contrato con el Serum Institute del mismo país para recibir 30 millones más.

Por ahora China no condenó oficialmente el derrocamiento del gobierno civil en Myanmar pero el ministro de relaciones exteriores Wang Wenbin explicó que “China y Myanmar son buenos vecinos. Esperamos que todas las partes puedan resolver sus diferencias dentro del marco de la Constitución y la ley, salvaguardando la estabilidad política y social”. Un evento curioso sucedió el 12 de enero pasado. Wang Yi, canciller chino, se reunió con Min Aung Hlaing, jefe de las fuerzas armadas en la capital birmana. Desde ayer a la madrugada, Min Aung Hlaing es quien firma los decretos de Myanmar.

Miles como Aung Tun dan la batalla en su Facebook, Suu Kyi vuelve a estar presa, los militares vuelven al lugar de donde nunca se fueron y el abogado argentino que los denunciaba hace una década, Tomás Ojea Quintana, aprovecha la jurisprudencia universal de los delitos de lesa humanidad. En Argentina, defiende a una organización de rohingyas que acaba de presentar en el juzgado de Servini de Cubria una denuncia por genocidio en la provincia birmana de Rakhine. 

Por Pablo Linietsky y Daniel Wizenberg

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Lunes, 01 Febrero 2021 06:20

El ejemplo

El ejemplo

Dediqué 33 años y cuatro meses al servicio militar activo como miembro de la fuerza militar más ágil de este país, los marines. Serví en rangos comisionados desde segundo teniente a mayor general. Y durante ese periodo dediqué la mayoría de mi tiempo a ser un golpeador de alta categoría para el gran empresariado, para Wall Street y para los banqueros.

“En suma, fui un estafador, un gánster para el capitalismo… Ayudé a hacer seguro a México, especialmente Tampico, para los intereses petroleros estadunidenses, en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba un lugar decente en donde los chicos del National City Bank pudieran recaudar ingresos. Ayudé en la violación de media docena de repúblicas centroamericanas para beneficio de Wall Street… Ayudé a purificar a Nicaragua para la casa banquera internacional de Brown Brothers en 1909-1912. Traje la luz a República Dominicana para los intereses azucareros estadunidenses, en 1916. En China, ayudé a asegurar que la Standard Oil pudiera avanzar sin ser molestada.

"Durante esos años tenía, como decían los cuates, en el cuarto de atrás, un negocio turbio padre. Viendo hacia atrás, creo que le podría haber ofrecido algunas pistas a Al Capone. Lo más que él logró fue operar su negocio en tres distritos. Yo operé en tres continentes."

El mayor general Smedley Butler, autor de estas palabras en 1935, fue en su tiempo el militar más condecorado de Estados Unidos, incluida la Medalla de Honor por su papel en la batalla de ocupación de Veracruz el 22 de abril de 1914. Muchos conocen estas citas (parte de un libro y discurso), pero siempre vale recordarlas como parte de la larga historia de disidencia en Estados Unidos contra sus aventuras bélicas.

Hoy día, el gasto en "defensa" –aprobado de manera bipartidista (en ciertos rubros como este existe un consenso a pesar de la supuesta polarización política en el país)– asciende aproximadamente a 740 mil millones de dólares, más que el presupuesto militar combinado de los próximos 10 países con los mayores presupuestos militares. Eso es, según cálculos del Friends Comittee on National Legislation, más de 2 mil millones de dólares cada día, más de un millón de dólares cada minuto.

Según cifras recientes del proyecto Costos de Guerra de la Universidad Brown, Estados Unidos ha gastado más de 6.4 billones en guerras y operaciones militares en Afganistán, Pakistán e Irak desde 2001, donde se han registrado por lo menos 800 mil muertes, la mayoría civiles (https://watson.brown.edu/costsofwar/).

Algunas de las operaciones bélicas son llevadas a cabo ahora de manera más "discreta", por ejemplo, el gobierno de Barack Obama realizó por lo menos 500 ataques con dron, asesinando a más de cuatro personas.

El culto al poder militar de este país es algo practicado por presidentes y líderes políticos de ambos partidos. El nuevo gobierno de Biden ha declarado que entre sus objetivos está el de restaurar el liderazgo estadunidense en el mundo (ver Tinker Salas y Silverman: https://www.jornada.com.mx/2021/ 01/31/opinion/014a1pol). Biden ha formulado una consigna de que Estados Unidos será líder no sólo a través del "ejemplo de nuestro poderío, sino por el poder de nuestro ejemplo".

Esto, mientras la violencia política armada además de la criminal dentro del "país ejemplar" ha llegado a tales niveles de que hasta se efectuó una intentona de golpe de Estado y el centro de su capital está bajo protección de miles de tropas armadas de la Guardia Nacional, no para enfrentar a algún enemigo externo, sino el "terrorismo doméstico" de sus propios ciudadanos (muchos de ellos, veteranos militares).

La violencia dentro del país no se puede desvincular de su historia de violencia a nivel internacional. Vale recordar las palabras del reverendo Martin Luther King, quien en 1967 declaró que no podía hablar más sobre la violencia que se sufría en las ciudades estadunidenses sin abordar "el mayor proveedor de violencia en el mundo hoy día: mi propio gobierno".

Bruce Springsteen: War. https://youtu.be/mn91L9goKfQ

George Carlin: Nos gusta la guerra: https://www.youtube.com/watch?v=SoqcDPiVxJ8

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