Cushing (Oklahoma): encrucijada de la muerte del petróleo en EU

En mi libro Los cinco precios del petróleo (https://bit.ly/2YlrqpI) de 2006, expuse que el "precio especulativo" era uno de sus principales componentes que beneficia el financierismo del petrodólar controlado por Wall Street y sus megabancos, como demostró el economista en energéticos Philip Verleger (https://bit.ly/2KDFkM6).

Los cinco precios del petróleo exhiben el dominio geoestratégico casi absoluto de las "cuatro hermanas" petroleras anglosajonas que mediante su "creatividad especulativa" controlan, todavía, el máximo ingreso "económico" del planeta.

Hace 14 años asombró la forma en que, frente a la extracción real de un solo barril de petróleo, existiesen 500 (¡mega-sic!) barriles "derivados" en papel especulativo.

Hoy, debido a la baja de 30 por ciento de la producción global del "oro negro", concomitante al desplome anunciado (https://bit.ly/3f2EYfK) del petróleo/gas lutita (shale oil/gas), se han puesto de manifiesto tanto la frenética especulación financierista –ahora con los "futuros" ETF’s ( Exchange Trade Funds: Fondos de Intercambio Comercial)– como el desacoplamiento en el precio de las variedades anglosajonas del WTI (West Texas Intermediate) y el Brent del Mar del Norte.

La conjunción de la expiración de los "futuros" de los ETF’s y el embotellamiento del "oro negro" en los almacenes de la encrucijada de oleoductos en Cushing (Oklahoma) resultaron en un insólito desplome de menos (¡sic!) 40 dólares el barril (https://bit.ly/35d3Ddb).

Más que los pletóricos tankers flotantes en los océanos, de la variedad Brent, el problema radica en la trampa de la muerte que se conjugó en Cushing debido a la casi saturación de su almacenamiento y a la expiración de los "futuros" de los ETF’s (https://bit.ly/2WavfeX).

USO (United States Oil Fund) –con un valor de 3 mil millones de dólares (https://bit.ly/3aF4nZK)–, principal mercader de los "futuros" oleosos de ETF’s en EU que ostenta el 30 por ciento doméstico, fue el causante de la espiral negativa del precio (https://bit.ly/2VLol0P).

A la par del contagio viral, hoy las especulativas intoxicaciones financieristas son de carácter exponencial.

Un año antes de la grave crisis financierista de 2008, los ETF’s representaban 807 mil millones de dólares que en 2019 se dispararon a 6.18 millones de millones de dólares ( trillions en anglosajón) de los cuales EU detenta 4 millones de millones de dólares (https://bit.ly/2KILJ8U).

El holandés Cyrill Widdershoven, muy cercano a los sauditas, comenta que "EU creó una trampa de la muerte para su propia industria petrolera en Cushing" y juzga que la carnicería energética "reconfigurará los mercados petroleros globales, pero también el futuro (sic) de la industria petrolera de Estados Unidos en los años por venir" (https://bit.ly/2SiLJjV).

Cyrill Widdershoven critica que los productores de petróleo/gas lutita en EU "no recortaron voluntariamente (sic) su producción", y avizora que "en los próximos años la OPEP (sic), Arabia Saudita y Rusia (sic) regresarán al pináculo del petróleo global, exhibiendo su liderazgo en el mercado".

A Cyrill Widdershoven le falta vislumbrar el determinante factor geopolítico que diagnosticar la identidad de los productores de petróleo que sobrevivirán al Covid-19.

A mi juicio, Estados Unidos cavó su propia tumba del petróleo/gas lutita que lo colocó en forma efímera como el "primer productor global" arriba de su aliado Arabia Saudita y Rusia”.

Trump llegó a jactarse del "dominio energético de Estados Unidos": alucinación cruelmente desmentida por la cruda realidad del crudo.

La quiebra muy anunciada del petróleo/gas lutita puede generar un efecto dominó y afectar a los megabancos de Wall Street cuando Trump navega contra las corrientes turbulentas al intentar rescatar a la industria petrolera de Texas –que ostenta 38 votos electorales imprescindibles para su relección– mediante la compra de millones de barriles (para colmar las "reservas estratégicas" de Estados Unidos), una mayor baja en la producción global –que tendría que ser de 30 millones de barriles al día (MBD) y no los 20 MBD que propone en total– y un muy polémico rescate financiero que no le causa gracia al antidemocrático Partido Demócrata.

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Covid-19, el petróleo, el virus de Wall Street y Estados Unidos

El reciente desplome del precio del petróleo es una oportunidad para advertir de nuevo sobre el inexorable declive de los combustibles fósiles y denunciar la dinámica destructiva de los mercados financieros.

 

La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda mundial de petróleo en abril estará en un nivel visto por última vez en 1995. Lo que podría ser una buena noticia para el clima. Aún así, se prevén temperaturas récord este año por el calentamiento global. Los mercados anuncian un batacazo descomunal del precio de los hidrocarburos porque fallaron las apuestas financieras sobre los futuros del petróleo, un gigantesco mercado especulativo. Probablemente, llega el estallido de la burbuja de la industria del fracking en Estados Unidos que podría dañar severamente a sus bancos. 

Más allá de la coyuntura de estas últimas semanas, en realidad, el precio de las materias primas en lo que va de siglo, y entre ellas destaca claramente el petróleo, se ha caracterizado por ser alto y fluctuante. Además, la industria petrolera ha jugado históricamente un papel decisivo en las crisis económicas y políticas.

¿Qué ha pasado?

El 20 de abril de 2020 ha sido uno de los días más asombrosos en el comercio de carburantes. El precio futuro del petróleo de EE UU, el West Texas Intermediate (WTI), cayó a terreno negativo por primera vez en su historia. El WTI es un índice de crudo producido en Texas y el sur de Oklahoma que sirve como referencia para fijar el precio de otras corrientes de crudo. En vez de pagar por la mercancía, los inversores llegaron a cobrar 37,63 dólares por comprar un barril en EE UU para su entrega en mayo. 

Para ser exactos, lo que ha caído un 305% en realidad son los precios de futuros que expiraban —derechos de compra con una fecha de vencimiento fijada—. Los propietarios tenían que vender los contratos o llevarse el petróleo. La demanda ha bajado y, además no tenían sitio donde almacenarlo.

Vale la pena aclarar que en este suceso no son las grandes compañías extractivistas las que han anotado menores beneficios sino aquellos especuladores que tenían esos contratos y no consiguieron venderlos por la sobreoferta. En las gasolineras, los precios no se han desmoronado tanto.

¿Por qué ha caído el precio del petróleo? 

En este momento confluyen varios factores. La fuerte reducción de la demanda de petróleo fruto de las medidas de confinamiento y la crisis económica que la pandemia ha acelerado, la sobreoferta de crudo y los límites en el almacenamiento, la especulación financiera, el sobreendeudamiento de las empresas, los problemas estructurales de la industria del fracking en EE UU y las tensiones geopolíticas (Rusia vs. Arabia Saudí, EE UU vs China e Irán, intentos de golpe de Estado en Venezuela, Rusia vs Turquía). Todos ellos han generando presión a la baja sobre los precios. 

Un problema de fondo es la falta de control público sobre los mercados financieros y la especulación con el petróleo, que nos lleva a una situación de sobreextracción. De hecho, se ha empezado hablar del mayor exceso de petróleo de la historia. Igualmente, hay una gran incertidumbre respecto al futuro inmediato para el capital transnacional, fundamentalmente el financiero. 

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Como consecuencia del coronavirus ha descendido el transporte en las ciudades, el tráfico aéreo —en EE UU -60%, en España -95%— y gran parte de la producción industrial. Las medidas implementadas para frenar la crisis sanitaria han disminuido la demanda de petróleo y productos derivados a nivel mundial. El confinamiento que empezó en China se ha ampliado a 3.000 millones de personas en 187 países. Muchas actividades económicas no esenciales pararon. 

Así, el consumo de petróleo en los EE UU se ha caído más del 30%, a los niveles más bajos en al menos 30 años. En el mundo, en el mes de abril la demanda de gasolina y diésel se ha reducido un 33% y el combustible para aviones en 64% comparada con 2019. La demanda de carburantes en Europa es 33% menor de lo que era hace un año. 

Al mismo tiempo, los principales extractores —EE UU, Arabia Saudí, Rusia— han seguido bombeando, lo que ha precipitado una mayor caída de los precios del petróleo. Ahora mismo sobran 30 millones de barriles al día y los lugares donde se almacena —refinerías, depósitos, buques— están a punto de llenarse. Esto ha provocado que se dispare también la especulación con el coste de alquiler de los petroleros que ha pasado de los 15.000 dólares diarios en febrero a los 200.000 y 300.000 dólares en marzo.

¿Por qué hay un exceso tan grande de crudo?

La pandemia global llegó justo cuando la extracción de petróleo había alcanzado sus máximos. La organización de los países exportadores de petróleo y otros estados como Rusia llevan meses negociando el recorte en la producción para apuntalar los precios del petróleo porque, entre otras razones, EE UU había inundado el mercado con crudo en los últimos años. 

Entre febrero y marzo, cuando Rusia y Arabia Saudí no habían llegado todavía a un acuerdo, Arabia Saudí abrió sus grifos profundizando una “guerra de precios” contra su antiguo aliado Rusia, según la narrativa oficial. ¿O tal vez fue una maniobra para hundir al sector en EE UU?

En el mes de marzo se empezó a avisar que la pandemia estaba llevando el mercado de las materias primas “hacia lo desconocido”. Se informó de la llegada del mayor exceso de suministro de petróleo que el mundo haya conocido. Analistas financieros reconocieron que “el valor marginal de un barril de petróleo, en este contexto, tiende a cero”. Hubiera sido lógico reducir drásticamente la extracción, pero el “mercado autorregulado” se rige por la avaricia.

Los precios del petróleo se desmoronaron a gran velocidad, justo cuando a finales de febrero se registró el récord histórico de extracción en EE UU: 13,1 millones de barriles al día. A pesar del descenso de los precios que lleva meses asentándose, las empresas petroleras estadounidenses no redujeron la velocidad de su extracción.

Las corporaciones petroleras habían pedido mucho dinero prestado por los bancos en los últimos años para perforar miles de pozos, construir tuberías y mantener una maquinaria costosa. Todo ello, sin haber conseguido en ningún momento ser rentables por los altos costes del petróleo extraído mediante fracking frente a otros crudos. Cada vez se requiere invertir más energía y capital para extraer petróleo. Parar esa maquinaria significaba no poder devolver, al menos en parte, esas deudas. Además, dejar de explotar un pozo no es sencillo y puede conllevar que este colapse y no se pueda seguir utilizando en el futuro. Bajo estas premisas, las compañías no podían permitirse dejar de bombear y se ha producido de este modo una loca huida hacia adelante. 

Pero a finales de marzo los precios del petróleo se habían reducido a una tercera parte de los de enero. El delirio se hizo insoportable. Empezaron a caer el número de perforaciones en Canadá y Estados Unidos, y las empresas recortaron sus presupuestos. El uso de plataformas de perforación empezó a bajar a toda velocidad. El conteo de las plataformas es considerado como uno de los indicadores más importantes del apetito de inversión y de su confianza en el sector, estrechamente relacionada con la evolución de los precios.

Claramente, el pacto de la OPEP y Rusia del 12 de abril para recortar la producción en unos 12 millones de barriles al día en mayo se va a quedar corto. Los precios del crudo siguen tambaleando.

¿Seguirá disminuyendo la demanda mundial?

Según la Agencia Internacional de la Energía, se espera que la demanda de petróleo mundial caiga en el segundo trimestre de 2020 en 23,2 millones de barriles diarios (Mb/d) con respecto al mismo período de 2019 —esto es una caída del 25%— y se reduzca en una cifra récord de 9,3 millones de barriles al día en 2020. Si se mantiene la reducción del consumo de esta magnitud podría tener una repercusión sobre el capitalismo global de enorme calado. Algunos investigadores apuntan que se trata de una “caída brutal” comparada con la que se produjo con la crisis de 2008 cuando la producción de petróleo cayó un 4%. Antes de la pandemia se extraían cada día unos 100 millones de barriles. 

¿Dónde guardar tanto petróleo sobrante?

La capacidad mundial de almacenar crudo está a punto de llegar al máximo. No hay datos oficiales sobre la capacidad de almacenamiento global de crudo. Según la Agencia Internacional de la Energía es de 6.700 millones de barriles, pero resulta muy complicado saberlo porque muchos datos no son públicos. Por ejemplo, hay unos 800 megapetroleros navegando por los mares capaces de albergar conjuntamente unos 1.800 millones de barriles. Las empresas comercializadoras se están gastando una fortuna para acopiar una cantidad récord de crudo en estos buques esperando precios más altos. Algo similar, pero en mucho menor escala ocurrió el año pasado tras los ataques contra instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí. 

En algunos meses surgirán más dificultades cuando el crudo empieza a degradarse o inducir la corrosión de las instalaciones. 

Otro aspecto a tener en cuenta es la geopolítica asociada a la capacidad de almacenamiento del petróleo. Aunque la información no es muy clara al respecto. Destacan EE UU (1.499 millones de barriles), China (1.440 millones) y Arabia Saudita (329 millones). Ahora lo que va a ser crucial es quién llena antes sus depósitos, es decir quién acaba antes con la capacidad de almacenamiento. Este será el que perderá en el juego geopolítico. Y en este escenario los EE UU están ya al borde del precipicio, lo que podría profundizar aún más la quiebra del “american way of life” y del régimen de Wall Street. 

Mirando al bosque, ¿está realmente barato el crudo?

Si tomamos perspectiva histórica, en realidad los precios del petróleo, que están en niveles de 20 dólares el barril ahora mismo se sitúan dentro de la horquilla en el que han fluctuado a lo largo del siglo XX, descontando las crisis del petróleo. No están tan baratos. En el contexto en el que sí están baratos es en el de la historia reciente, pues desde el inicio del siglo estos precios se caracterizan por ser muy volátiles y, en término medio, mucho más caros que los del siglo XX. Esto es consecuencia de tres factores: haber atravesado el pico del petróleo convencional —y probablemente ya de todos los tipos de crudo—, la crisis económica recurrente y la comercialización del crudo a través de los mercados financieros.

Las consecuencias de este escenario de precios volátiles son muy importantes para la industria petrolera en un contexto en el que la extracción cada vez es más cara.

¿Estados Unidos, origen de una nueva crisis? 

La crisis financiera de 2007-2008 tuvo su origen en EE UU, y específicamente en Wall Street, por la ruina del sector inmobiliario, activada por la quiebra del mercado de las hipotecas basura, los denominados subprime —entre otras razones—, aunque el epicentro del terremoto se desplazó luego a la UE. Desde hace años, se lleva inflando otra burbuja financiera vinculada a los combustibles fósiles en EE UU y se ha empeorado con la administración de Donald Trump.

En 2010, la extracción de petróleo y gas en rocas poco porosas —como esquisto o pizarra— en los EE UU era mínima. Si bien en 2018, el bombeo mediante la técnica ultracontaminante de la fractura hidráulica —fracking en inglés— había aumentado en 2,2 millones de barriles por día y en 2019 alcanzó los siete millones de barriles por día —sin incluir el petróleo convencional de Alaska, Texas o el Golfo de México—. El país pasó de ser importador neto durante decenios a ser exportador neto de energía en septiembre de 2019. La Agencia Internacional de la Energía llegó a plantear que los EE UU representarían el 70% del aumento de la capacidad de extracción mundial hasta 2024 y colocó a EE UU en el trío de cabeza petrolero junto a Arabia Saudí y Rusia. 

La jugada de Trump y el lobby de los multimillonarios con el “make America great again” [Hacer América grande de nuevo] significaba más petróleo estadounidense para aumentar el consumo doméstico, reducir las importaciones y desestabilizar sus competidores internacionales —Irán, Rusia y Venezuela— principalmente. 

Pero para sostener una extracción mucho más cara que la saudí y la rusa, el precio del petróleo debía mantenerse en una horquilla que iría entre los 40$/barril —precio mínimo para que las compañías de fracking empiecen a anotar beneficios— y un máximo en torno a los 120$/barril —cifra a partir de la cual se desencadenaría una escalada de precios que acabaría arrastrando a la economía de los EE UU—. Los últimos datos indican que para cubrir costes se requería un mínimo de 39,2 $/barril, frente a los 2,8$/barril en Arabia Saudí y los 5$/barril de Rusia

La clave para explicar el crecimiento en la extracción de petróleo y gas de esquisto no ha sido en el campo productivo, sino en el financiero. Muchos pozos no fueron rentables para operar. La mayoría de empresas centradas en fracking gastaron más dinero del que ingresaron. Según un estudio de IEEFA las compañías estadounidenses gastaron 189.000 millones de dólares más en perforación y otros gastos de capital en la última década de lo que generaron al vender petróleo y gas. De hecho, entre 2012 y 2017 las compañías de fracking sumaban unas pérdidas de unos 9.000 millones de dólares trimestrales. Fue el capital financiero y las políticas monetarias del Gobierno —con la tasa de interés a casi cero es barato endeudarse— que permitieron el boom del fracking que en realidad ha sido un fracaso económico, social y ambiental. 

Desde 2015, más de 200 productores de petróleo y gas se han declarado en bancarrota, dejando una deuda de 129.000 millones de dólares sin pagar. Solo entre 2020 y 2022, las empresas tendrían que afrontar el vencimiento de sus deudas por una valor de 137.000 millones de dólares. En el tercer trimestre de 2019, el 91% de los impagos de deuda corporativa estadounidense se debía a las empresas de petróleo y gas. 

Con la volatilidad y los precios de petróleo tan bajos muchas empresas de fracking no son más que un cadáver. Se cree que la cifra de las quiebras aumentará y la situación empeorará. Para remate, en EE UU se alcanzó el pico de extracción de petróleo de roca porosa. 

Trump y el fiasco relativo de controlar el grifo del petróleo

A lo largo de la historia, los vínculos de los gobiernos estadounidenses con la industria petrolera son muy estrechos. El petróleo es un asunto de Estado. 

La crisis de hegemonía de los EE UU está estrechamente unida al declive de los hidrocarburos. Sus élites han intentado revertirla mediante, por ejemplo, el proyecto de un “Nuevo Siglo Americano” que propugnaba incrementar la presencia militar en el sureste y centro de Asia para controlar el grifo mundial de petróleo y gas, bajo el pretexto de la “guerra (global permanente) contra el terrorismo”, continuó con la invasión de Iraq y Libia, las sanciones contra Irán y Venezuela y la militarización de América Latina y el Caribe. Pero estos intentos han sido infructuosos. Es más, la Gran Recesión, a partir de 2008, ha acelerado la tendencia.

Los subsidios públicos a los combustibles fósiles alcanzan los 649.000 millones de dólares en 2015, diez veces el gasto federal para la educación. Pero Trump dio un salto más. Colocó un gran número de abogados y ejecutivos de la industria petrolera y automotriz en puestos de alto rango de la administración. Nombró como primer Secretario de Estado (Ministro de Exteriores) a Rex Tillerson, ex presidente de Exxon Mobil, multinacional acusada de haberse beneficiado de la guerra contra Iraq para la venta de petróleo o haber financiado el negacionismo del cambio climático siendo una de las empresas del mundo que más ha contribuido al calentamiento global. 

En la reciente pugna entre Rusia y Arabia Saudí, Trump, empujado por la industria petrolera, anunció que llenaría la Reserva Estratégica de Petróleo y tras el desplome de precios de abril dio la orden de comprar hasta 75 mIllones de barriles. 

La Administración estadounidense también estaría estudiando pagar a las empresas de petróleo por no extraerlo y dejar en el subsuelo unos 365 millones de barriles a disposición del Gobierno. Aunque esto es más complicado de lo que parece. Parar la extracción es caro e implica la posibilidad física de que el campo no se pueda reabrir. Esta secuencia de acontecimientos da entender que el Gobierno de EEUU, a pesar de su apuesta petrolera, en realidad tiene poca capacidad de maniobra. 

El anuncio de Trump en Twitter que “Nunca dejaremos caer a la gran industria de petróleo y gas de EE UU. ¡He dado instrucciones al secretario de Energía y al secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro!”, suena a respuesta desesperada por su pésima gestión de la crisis sanitaria y su miedo a perder las próximas elecciones presidenciales. Incluso pretende usar los programas de alivio económico del coronavirus, cuando millones de estadounidenses están desempleados y con necesidades vitales sin cubrir.

Si Trump subió al poder con su eslogan “make America great again”, que resumía su alianza con las petroleras estadounidenses, la crisis de covid-19 le puede pasar factura. La incidencia de la pandemia en los EE UU y sus efectos económicos, como la quiebra de empresas del fracking, se está traduciendo ya en un aumento terrible del desempleo. Además, esas quiebras y el desempleo asociado se produce en zonas donde Trump ganó las elecciones de 2016. Ese apoyo estaba condicionado, entre otras cosas, a la promesa de nuevos empleos. Muchos de esos empleos estaban, directamente o indirectamente, vinculados al “Big Oil”. Así pues, podría perder votos en Texas, Dakota del Norte, Virginia Oriental, Pensilvania y Ohio. Además, en algunos de estos estados Trump ganó de manera muy ajustada.

¿Otra vez Wall Street?

Se sabía desde hace años que la burbuja financiera de las empresas del fracking podría explotar y provocar un nueva crisis financiera global

Las políticas de los bancos centrales ha permitido que muchas empresas hayan seguido funcionando. Se trata del proyecto político de las élites de los EE UU en el escenario postcrisis subprime, reforzado por Trump. Entre la Casa Blanca, las altas finanzas y la compañías energéticas han puesto en marcha los mecanismos financieros necesarios para sostener todo el entramado de la industria fósil con el objetivo de reducir importaciones y enriquecer aún más —si cabe— a la clase de multimillonarios que pusieron a Trump en el poder. Esto se ha complementado con el desmontaje de políticas de protección ambiental, los planes de transición energética y el hostigamiento a los Estados díscolos, como Irán o Venezuela.

Aún sabiendo que la quiebra de las petroleras podría provocar unas enormes pérdidas o incluso una nueva crisis, las mayores entidades financieras estadounidenses, JP Morgan Chase, Bank of America, Citgroup y Wells Fargo, han financiado cada una con más de 10.000 millones de dólares este peligroso negocio.

Sin embargo, ahora los principales bancos, que han financiado esta industria contaminante, están explorando la posibilidad de retirar la financiación y embargar los activos de las compañías del fracking que no están devolviendo los préstamos. El petróleo y el gas que pretendían extraer no desaparece. Los bancos pretenden quedarse con las reservas de los productores que han puesto como garantía, creando sociedades de cartera e intentando esperar que pase la tormenta y se recuperen los precios. Aunque esto está por ver. 

Otros actores financieros, que también tienen una posición fuerte en el sector, como BlackRock, están pensando en una estrategia de desinversión. El mayor gestor de fondos del mundo contaba con importantes participaciones en las grandes corporaciones petroleras del mundo —ExxonMobil, Shell, BP y Chevron— y en el verano de 2019 presentaba unas pérdidas de 90.000 millones de dólares por sus inversiones en combustibles fósiles. Por ello se postula de repente como nuevo paladín del Pacto Verde Europeo (Geen New Deal) gracias a la ayuda de la Comisión Europea.

El impago de la deuda de las empresas de petróleo y gas en EE UU es un ejemplo flagrante de un sistema económico altamente financiarizado y un modelo empresarial basado en el endeudamiento a bajos tipos de interés. En el mundo, el volumen de la deuda de las empresas alcanzó un máximo histórico en términos reales de 13,5 billones de dólares a finales de 2019, impulsado por políticas monetarias. En todo este tiempo, la calidad general de la deuda corporativa se derrumbó, según un nuevo informe de la OCDE.

¿Cómo puede afectar la caída del precio del petróleo? 

El impacto de los “bajos” precios del petróleo se sentiría sobre todo en los EE UU. Lo que valida la estrategia saudí: el colapso de los precios por la sobreoferta eliminará a muchos productores estadounidenses del mercado, obligando a la Casa Blanca a contribuir al ajuste a la baja de la producción mundial.

¿Habrán conseguido Rusia y Arabia Saudí debilitar a la extracción estadounidense? ¿Se hundirá allí gran parte de la industria petrolera? ¿Se verá un diálogo global sobre la producción del petróleo y el precio como hace tiempo no se ha había visto? 

Según la Administración de Información Energética de EE UU (EIA), el país podría volver a convertirse en un importador neto de petróleo crudo y productos petrolíferos en el tercer trimestre de este año y continuar así hasta la mayor parte de 2021. Aunque unos precios “bajos” también podrían debilitar los regímenes autoritarios de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes lo que tendría secuelas para todo el Oriente Medio.

¿Cómo es la “nueva normalidad”?

El problema político que se nos plantea en el corto y medio plazo es el siguiente: a medida que la demanda mundial de petróleo se tropieza y sectores como el turismo o transporte aéreo sigan teniendo restricciones, las empresas ligadas a los combustibles fósiles pedirán la intervención del Estado. Como ya está ocurriendo con los rescates para los sectores vinculados al capitalismo fósil: compañías petroleras y automovilísticas, líneas aéreas, turismo, etc.

En EE UU se aprobó un paquete de estímulo económico de dos billones de dólares. De ellos 500.000 millones para salvar grandes corporaciones. La Reserva Federal ha anunciado que comprará deuda de empresas por 750.000 millones de dólares y existe el riesgo que una gran parte de todo este dinero beneficie a “Big Oil”. La UE también está dirigida por tecnócratas y gobiernos fuertemente capturados por los intereses que ponen el rescate de empresas contaminantes antes que el interés general. El Banco Central Europeo, por ejemplo, favorecerá a las grandes corporaciones, que son las que más han contribuido a la gran crisis socioambiental a la que se enfrenta el planeta, con su compra los bonos de deuda bajo el paraguas de la expansión cuantitativa (Quantitative Easing en inglés). 

¿Qué oportunidades alberga un declive energético?

Después de las crisis del precio del petróleo de la década de 1970 siguieron décadas en las que aumentó el consumo de petróleo, así que no podemos esperar ningún cambio progresista de esta caída del precio de petróleo. De hecho, desde la última crisis global hace diez años no se ha hecho casi nada para reducir la demanda de petróleo.

Las élites del poder económico y financiero intentarán aprovechar la situación actual para poner en práctica el conocido manual del capitalismo del desastre. Los gobiernos y muchos medios seguirán fingiendo que los fondos de "reconstrucción” en respuesta a la covid-19 servirán para recuperar el crecimiento a toda costa, cuando en realidad empeoran las perspectivas. Tipos de interés negativos fruto de enormes burbujas monetarias, rescates “trillonarios” con dinero público sin los mínimos criterios medioambientales o sociales —más bien lo contrario—, especuladores pagando porque no les entreguen las materias primas que han comprado, etcétera. Son tantas disfunciones que es inevitable buscar un sistema diferente antes de que el actual implosione. El reciente episodio de especulación financiera por un lado y de límites físicos por otro explica muy bien la necesidad de decrecer económicamente.

El desorden global refuerza los argumentos que se plantearon durante numerosas movilizaciones sociales. El covid-19, como detonante de una crisis global que viene de lejos, nos aporta nueva vida y urgencia a las luchas de larga data contra la globalización, desde las políticas de comercio e inversión hasta la especulación financiera, la agricultura industrial y la deuda externa, para reivindicar la protección de la vida como eje central de nuestras sociedades.

En definitiva, como sociedad tenemos la gran tarea de evitar que se vuelva a repetir la “salida” de la Gran Recesión que ha sostenido las tasas de beneficios de los grandes capitales a costa de incrementar la explotación de las mayorías sociales, y especialmente de las mujeres y las clases populares —rescates del capital financiero con ayudas públicas, recortes sociales y salariales, reformas laborales— y de la naturaleza.

Los movimientos por la justicia climática deben hacer la máxima presión para evitar estos rescates de la industria fósil y conseguir que todas las ayudas públicas por la covid-19 estén condicionadas a una profunda transformación socioambiental. 

Si se cumplen las previsiones y la demanda de carburantes se reduce este año en 9,3 millones de barriles al día respecto a 2019 esto sería bueno para el clima. Aun así, se seguirán quemando a diario cerca de 89 millones de barriles que emitirán unos 270 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera cada día. Además, el sector tiene previsto gastar otros 335.000 millones de dólares en nueva exploración y extracción de crudo. ¿No sería deseable dedicar este dinero a una transición energética justa? Si de verdad queremos frenar la emergencia climática y evitar nuevas pandemias, hay que dejar la mayor parte del petróleo —y gas, carbón y uranio— bajo tierra

En vez de salvar nuevamente a la industria petrolera, los gobiernos deberían aprobar planes para su cierre paulatino. Hay estudios señalando que la juventud apoyaría medidas en este sentido. 

Otra buena medidas sería prohibir la inversión en combustibles fósiles, como sugiere el informe "Banking on Climate Change" en el que se denuncia que 35 bancos —entre ellos BBVA y Santander— han financiado dicha industria con más de 2,7 billones de dólares en los cuatro años transcurridos desde el acuerdo climático de París de 2015. 

Preparémonos ante el colapso fosilista

Aunque cueste hacernos la idea, esta nueva crisis es la antesala del declive de la era fósil y en esta década se producirá una quiebra energética mucho más profunda. Los datos nos indican que no hay ninguna fuente energética alternativa que pueda sustituir el petróleo convencional y, muchos menos, el conjunto de los combustibles fósiles.

Tanto la emergencia sanitaria y climática son una oportunidad para impulsar cambios profundos. No sólo hay que invertir más en los servicios públicos y revertir las privatizaciones, también relocalizar las economías, reducir el consumo, volver a la planificación, regular y gravar fuertemente las corporaciones y actores financieros, e incluso expropiar sectores vitales, recortar el gasto militar y restituir nuestras deudas con el Sur global.  

Para garantizar una vida digna para todo el mundo, hay que redistribuir de arriba a abajo, tanto los ingresos como la riqueza. Y este proceso debe ir acompañado de una fuerte reducción y redistribución del tiempo de trabajo remunerado, y un reparto equitativo de los trabajos de cuidados. Hay que erradicar la pobreza como el factor más importante que crea miedo e incertidumbre. Por eso también necesitamos un impuesto a las rentas altas para financiar la renta básica.

27 abril 2020

Publicado enEconomía
Los señores del petróleo juegan una partida mortífera

A sólo 20 dólares el barril, el mundo del petróleo está experimentando una severa contracción, debido a la guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia y a la drástica caída de la demanda internacional, deprimida por la pandemia y la crisis económica que la acompaña. En solo unas semanas, el consumo ha caído de 100 millones de barriles al día a 75 millones, una disminución del 20%.

Mientras el desconcertado Trump, que se encuentra al borde de una crisis impensable, hacía una llamada a Putin el lunes [30 demarzo], se dibuja una amenazante perspectiva de ruina para las empresas norteamericanas de petróleo de esquistos, pero lo que es más importante, para pueblos y países enteros, que viven de las exportaciones de “oro negro”.  

El mundo árabe y el Golfo están al borde del derrumbe, Irán se encuentra en estado de crisis debido a las sanciones y, en el norte de África, de Egipto a Argelia y Túnez, se atisba una recesión sin precedentes, acompañada de conflictos interminables y crisis de legitimidad de regímenes que, como mínimo, tienen que lograr dar de comer a su pueblo.

Se trata de una desestabilización que afecta a Irak, Siria, Irán, Líbano, Jordania y los millones de refugiados que deambulan y están varados en los márgenes de países cada vez más pobres que ahora se ven asolados por la epidemia del coronavirus.

Es éste un mundo que depende más o menos directamente del “oro negro” y de las inversiones ligadas a la industria petrolífera para poder llegar a fin de mes y simplemente sobrevivir. Mientras hasta los países del Golfo, los más ricos, están cerrando la billetera, las perspectivas son aun más aterradoras para todos los demás. Así, por ejemplo, Qatar tendrá que cubrir el coste de los 150 millones de dólares que acaba de donar a Gaza.

Al fondo todo esto figuran los Estados Unidos, y no se han ido en absoluto lejos: no abandonan su meta de cambiar el régimen de Teherán, epicentro en Oriente Medio del COVID-19, mientras Turquía ajusta cuentas con los kurdos asesinando a Nazife Bilen, la mujer de más alto rango entre los combatientes del PKK. Esto es únicamente lo que hay que esperar, pues las crisis — siquiera las peores— no paran las guerras ni detienen a los tozudos carniceros de pueblos enteros, como Erdogan, que sigue librando una lucha incesante contra Asad en el infierno humanitario de Idlib.

Están ocurriendo cosas que no tienen precedentes, ni siquiera en la Gran Depresión: se está pagando a las empresas para que se lleven el excedente de petróleo. Los productores ya no saben dónde almacenarlo, razón por la cual una serie de países y varias multinacionales han empezado a cerrar pozos de petróleo e incluso refinerías. Cuando termine la crisis del coronavirus, bien podría suceder lo contrario: podría no haber bastante oro negro en los mercados.

La guerra petrolífera la desencadenó el impulsivo rechazo de recortar la producción, como había pedido Arabia Saudí en el marco de la “OPEP+1″, el acuerdo del histórico cártel petrolífero con Moscú que había mantenido a flote los precios del petróleo. Trump se agarra ahora a Putin, tratando de persuadirle de que suba los precios después de convencer al “príncipe negro” Mohamed Ben Salman de recortar la producción. Moscú, sin embargo, no quiere ceder, está empeñado en sacar del negocio a las empresas norteamericanas, abrumadas por las deudas, y está dispuesto a quemar las reservas del Fondo Soberano Ruso (150.000 millones de dólares) para cubrir los ingresos perdidos. En juego está el liderazgo del mercado energético, no solo del petróleo sino del gas, en el que Rusia domina los suministros en Europa, tanto de modo directo como con ayuda de la conexión de la Turquía de Erdogan.

Esta es la razón por la que el precio del petróleo tiene implicaciones estratégicas formidables: se trata también de influir en los acontecimientos en una inmensa zona, del Mediterráneo a Oriente Medio y al norte de África. Pero hasta el zar podría pensárselo mejor: el juego de tirar los precios puede resultar mortífero.

Los compañías norteamericanas de petróleo de esquisto se encuentran en respiración asistida. Comenzaron su ascenso en 2008, cuando el coste del barril había llegado casi a 150 dólares, un precio extravagante que empujó a las empresas a invertir en innovación, pero también a endeudarse. Encontraron dificultades ya en 2016, cuando comenzó el declive de los precios del crudo, y ahora no saben qué hacer para devolver sus deudas, y sus existencias se han visto desvalorizados hasta llegar a un nivel casi de baratillo. Desde ese año ha habido docenas de bancarrotas en ese sector, con deudas por encima de los 120.000 millones de dólares.

Hay llanto y crujir de dientes de toda la gente del sector. Los efectos de la caída del precio podrían ser comprensibles desde un punto de vista económico, pero la situación parece mucho más apurada desde una perspective estratégica: si continua esta situación durante un periodo más largo, los presupuestos de los países productores, ya en dificultades debido tanto a factores internos como internacionales, como es el caso de Irán, sometido a embargo, Argelia, en una frase de transición muy crítica, Irak, asolado por las revueltas, y Libia, estrangulada por la guerra civil, podría sufrir golpes fatales. En estos países el petróleo lo paga todo, o casi todo: del pan en la mesa para la gente corriente al chantaje de las milicias a las que nadie es capaz de mantener a raya.

Por Alberto Negri*

05/04/2020

*prestigioso periodista italiano, ha sido investigador del Istituto per gli Studi degli Affari Internazionali y, entre 1987 y 2017, enviado especial y corresponsal de guerra para el diario económico Il Sole 24 Ore en Oriente Medio, África, Asia Central y los Balcanes. En 2007 recibió el premio Maria Grazia Cutuli de periodismo internacional y en 2015 el premio Colombe per la Pace. Su último libro publicado es Il musulmano errante. “Storia degli alauiti e dei misteri del Medio Oriente”, galardonado con el Premio Capalbio.

Fuente:

il manifesto global, 1 de abril de 2020

Traducción:

Lucas Antón

Publicado enEconomía
 Una refinería en el centro de México. Reuters

La revolución del fracking va a cambiar el panorama energético mundial a corto plazo. En realidad, ya lo ha hecho, pero la Agencia Internacional de la Energía (AIE) anticipa que lo va a hacer más en los próximos años, impulsando a Estados Unidos a la cima de la producción mundial de petróleo. El organismo con sede en París anticipa que el país que hasta hace poco era un importador neto de petróleo superará dentro de cinco años al segundo productor mundial (Rusia), acercándose mucho al primero (Arabia Saudí).

Otra de las conclusiones relevantes del informe Petróleo 2019 es que la demanda de crudo sigue creciendo de manera sostenida, a una media anual de 1,2 millones de barriles diarios suplementarios, después de que el año pasado se alcanzará el récord de demanda de 100 millones de barriles al día.


Por ahora, la AIE sigue sin detectar un máximo de demanda que marque el punto de inflexión. Este aumento se explica sobre todo por la necesidad de productos petroquímicos y la aviación, sobre todo en Asia y EE UU. En el lado contrario, se percibe una ralentización en el consumo de gasolina gracias a la mejora de eficiencia y al impulso de los vehículos eléctricos.
“EE UU lidera cada vez más el crecimiento en la oferta global de productos petrolíferos, con un importante crecimiento también de otros países no miembros de la OPEP como Brasil Noruega y Guyana”, asegura la Agencia. La AIE califica además de “inédito” la forma en la que EE UU se ha convertido en menos de una década en un gran exportador de crudo. “Esto se debe a la capacidad de su industria de fracking de responder rápidamente a los movimientos de precios impulsando la producción. EE UU representa el 70% del incremento total en la capacidad global en 2024, añadiendo un total de cuatro millones de barriles diarios. Esto sigue a un crecimiento espectacular en 2018 de 2,2 millones de barriles diarios”, continúa la Agencia.

Por Luis Doncel
Madrid 11 MAR 2019 - 15:59 COT

Publicado enEconomía
El petróleo de Venezuela, las paradojas de EEUU y la crisis de la OPEP

La incertidumbre política de Venezuela coincide con las sanciones simultáneas impuestas por EEUU sobre el petróleo de Irán y Venezuela, así como las continuas interrupciones en el suministro de Libia, como resultado de la agresión de la OTAN. Impedir que las consecuencias de esta situación pongan patas arriba la arquitectura energética mundial es una tarea que supera la capacidad y la habilidad intelectual del actual inquilino de la Casa Blanca y sus asesores.


Entre los motivos de la presión de EEUU sobre el petróleo venezolano se destacan:


• Apoderarse de sus reservas de hidrocarburo.
• Privar a China de otra de las fuentes de energía estable, después de desmantelar los estados que le suministraban como Irak, Libia, Sudan, e imponer sanciones contra Irán.
• Hacerse con el mercado del crudo venezolano, como parte de la extraña política de Trump.
• Empujar al alza los precios del petróleo, ahora que la estación fría está a punto de acabarse en EEUU y tampoco hay elecciones a la vista. Los beneficiarios serán los productores del petróleo de esquisto.

• Impedir que siga utilizado otras monedas que no sea el dólar o el oro para sus transacciones petrolíferas y comerciales.


El mundo ha dejado de estar bajo el dominio absoluto de EEUU: Los países sancionados buscarán fórmulas para vender su petróleo, burlándose de los criminales sanciones (que principalmente afectan a las clases más desfavorecidas), y sus clientes, -China, India, Corea del sur, Turquía, entre otros-, encontraran nuevos suministradores. El Departamento del Tesoro de EEUU ha incluido a PDVSA en su lista de organizaciones bloqueadas y amenaza con restringir el seguro de los cargamentos e incluso prohibir las ventas. Aunque Venezuela recobre la estabilidad política, es difícil que recupere su posición dentro del mercado a corto plazo, y eso a pesar de los 300.000 millones de barriles de petróleo que alberga, entre otros motivos porque el aceite de su principal reserva, la Faja del Orinoco, es ultrapasado, y su extracción y refinación cuesta unos 35 dólares el barril (igual que el petróleo de Canadá), en comparación del crudo libio, unos 5 dólares y el de Arabia Saudí 7. Por lo que los precios deberían alcanzar los 90-100 dólares para que su explotación fuese rentable, algo que hoy sucedería quizás por una gran guerra, por ejemplo, contra Irán.


Agoniza la OPEP, nace la NOPEP


La crisis venezolana es otro mazazo a La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), fundada en 1960 por Venezuela, Arabia Saudí, Kuwait, Irán e Irak. Las relaciones “especiales” entre Washington y Riad y la política de “seguridad a cambio de petróleo” han convertido a los jeques en un instrumento de EEUU para manipular la OPEP y los precios en el mercado mundial: en 1983 EEUU y Arabia con el fin de hundir la economía de la Unión Soviética bajaron los precios de los 35 dólares el barril a 10, y hoy hacen lo mismo contra Rusia, Irán, Venezuela o Bolivia utilizando hasta el cadáver de Khashoggi: de 160.72 dólares el barril en junio del 2008 los precios cayeron a 51.99 en enero de 2019.


La escasa demanda del petróleo, la posible desaceleración de la económica mundial (sobre todo de China), así como el exceso de oferta por parte de EEUU, son algunos factores que podrán impedir la subida de los precios por encima de 70 dólares.


Las paradojas de EEUU


1. Trump tiene que elegir: imponer un embargo al petróleo venezolano o levantar parte del embargo a Irán. Eliminar a ambos del mercado no solo provocaría la rebelión de gigantes como China e India, sino que dispararía los precios. A pesar de que castigar a Venezuela es menos costoso para EEUU y Europa, -ya que Irán ha amenazado que “si no puede exportar su petróleo, nadie lo hará desde el estrecho de Ormuz”-, lo cierto es que en el establishment de EEUU hay presiones por parte de los lobbies israelí y saudí no sólo parar llevar las exportaciones de petróleo iraní a cero, sino bombardear el país.


2. EEUU necesita, por un lado, precios por encima de los 70-80 dólares el barril para que la extracción del petróleo por fracturación hidráulica fuese rentable (ya que además de los costos de extracción, debe ser refinado al ser un petróleo pesado), y por otro, exige un precio bajo para comprarlo, por el elevado consumo de los derivados de petróleo del país. El 3 de octubre, en la víspera de las elecciones parlamentarias de EEUU, Trump amenazó al rey de Arabia Saudí de que “Podría no estar [en el cargo] en dos semanas” si no bajaba el precio del petróleo de los 86 dólares. Y aunque Salman bin Abdulaziz entonces se sometió, el estado de Arabia Saudí tiene vida propia: necesita dinero para llevar adelante su megaproyecto de “Visión Saudí 2030”, que salvaría su economía de la dependencia del petróleo, ahora que los pozos se están secando. Por lo que, Riad desde la OPEP y en cooperación con Rusia decidió, en enero pasado, reducir la producción en 1,2 millones de barriles para reequilibrar el mercado impidiendo una mayor caída de los precios.


Afirma el ex asesor de Goldman Sachs, Bethany McLean, autor de “América Saudita: La verdad sobre el fracking y cómo está cambiando el mundo” , que la revolución de esquisto de EEUU es un espejismo: no sólo daña el medio ambiente, contamina el agua o provoca sismos, sino que tampoco le conducirá a la independencia energética, y que ya ha creado un inmenso agujero negro financiero: las “60 empresas más grandes de producción no han generado ganancias, ni siquiera han podido cubrir sus gastos operativos y de capital“, afirma. La compañía Enron vinculada a la familia de Bush ha quebrado. EEUU engañó a Europa: le obligó en 2014 a renunciar al gasoducto ruso Nord Stream 2 prometiéndole recibir el ‘gas shale’ estadounidense en un futuro que no llega.


La NOPEP contra la OPEP


Ni el servilismo de los saudíes ha sido suficiente para que Washington respete mínimamente las necesidades de los estados que componen la OPEP, y como no puede convertirla en una sucursal del Departamento de Energía de EEUU planea desmantelarla. El 12 de febrero del 2019, el Comité Jurídico del Congreso de EEUU aprobó el proyecto de ley antimonopolio NOPEP (acrónimo de los Países Productores de Petróleo no pertenecientes a la OPEP, como lo son el Reino Unido, México, Egipto Alaska, EEUU o Rusia) que permite al fiscal general demandar a la OPEP o sus miembros, embargar unos 1000 millones de dólares de las inversiones de Arabia saudí en EEUU, o confiscar los activos de ARAMCO, la compañía nacional de petróleo de Arabia. Para aumentar la presión sobre Riad, Donald Trump puede utilizar JASTA, la ley de Justicia Contra Patrocinadores del Terrorismo, aprobada por el Congreso en 2016 que permite a las víctimas de los ataques del 11 de septiembre de 2001 demandar a Riad (¿Y por qué invadieron a Afganistán?).
Si el presidente de EEUU firma el proyecto de ley conseguirá:


• Hacerse con el control absoluto de los precios,
• Reducir la influencia rusa en el mercado,
• Ganarse el título del “héroe del Oro Negro” en una sociedad obsesionada por el culto a los héroes,
• Bajar el tono de las críticas en el Congreso por sus relaciones “excesivamente” buenas con Arabia Saudita y Rusia, e incluso retrasar un posible juicio sobre “Rusiagate” o los escándalos sexuales en los que es protagonista.

La crisis de la OPEP se ha agravado por:

1. Convertirse EEUU en el principal productor de petróleo del mundo, debilitando la efectividad de las decisiones de la OPEP.

2. Disminuir la capacidad de producción de la organización. Una mayor restricción sobre la petrolera estatal venezolana PDVSA, o el embargo de sus activos en extranjero, podrán afectar al suministro de la OPEP. Por el momento, la firma estadounidense Conoco Phillips ha incautado los cargamentos de PDVSA tras ganar un litigio por 2.000 millones de dólares en concepto de deudas pendientes, lo que puede animar a otros acreedores presentar demandas en caso de impago.

3. La intención de Qatar de salir de la OPEP. A pesar de producir sólo el 2% del petróleo del cártel, y carecer de influencia en el grupo, el papel diplomático de Qatar y la mera presencia del mayor exportador mundial del Gas Natural Licuado es un golpe a la Organzaición y al poderío de Arabia Saudí.

4. La división en el seno del grupo debido a la debilidad progresiva de la facción Venezuela-Irán-Argelia, a beneficio del sector encabezado por los saudíes. La Venezuela “no bolivariana” será aliada de Arabia, y debilitará la posición de Iran y Rusia en el mercado.


El petróleo hace décadas que ha dejado de ser un combustible fósil para convertirse en un arma de guerra.

Publicado enCrisis Venezuela
"El arte de Banksy, Kapoor o Hirst no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, al contrario”

La crítica literaria publica un manifiesto titulado Lo que no tiene precio, en el que reflexiona sobre el "realismo globalista" y retrata la "colisión que se produce desde hace años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo"


Le Brun ve en estos autores admirados por las multitudes "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital"

Ocurrió el pasado 6 de octubre. La pieza Niña con globo, de Banksy, se autodestruyó al pasar por una trituradora poco después de haber sido vendida en una subasta en Sotheby's por un millón de libras (más de un millón de euros). Al día siguiente, el artista subió la imagen de la destrucción a Instagram con el texto "se va, se va, se fue" al que sumó una cita de Picasso: "El impulso de destruir también es un impulso creativo". Obtuvo millones de 'me gustas'.


¿Fue una broma? Seguro que no demasiado para el comprador de la obra. ¿Fue arte? Los días siguientes hubo artículos que discutieron aquel acto de Banksy,artista que no se sabe ni quién es ni cómo es, pero que tiene millones de adeptos por todo el mundo. Una exposición ahora en Madrid se hace la misma pregunta:¿Es un genio o un vándalo?


Para la escritora y crítica literaria Annie Le Brun (Rennes, 1942), experta en Sade e inmersa en los últimos años del movimiento surrealista de André Breton, la respuesta es evidente: tiene que ver con una dimensión política de la mercantilización capitalista del arte.


Le Brun acaba de publicar en español el manifiesto Lo que no tiene precio(Cabaret Voltaire) en el que expresa su teoría del realismo globalista, movimiento en el que ubica a creadores como Damien Hirst, Anish Kapoor y el propio Banksy. Como señala en una conversación con eldiario.es, estos artistas son muestra de "la colisión que se produce desde hace veinte años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo. Un síntoma particularmente esclarecedor, porque nos hace asistir a la transmutación del arte en dinero y del dinero en arte".


La pensadora teje una comparativa con la presencia de las mismas tiendas y marcas en todas las ciudades del mundo con la de estos artistas, también presentes en los museos de todas las capitales occidentales. "Me parece difícil no ver en ello el arte oficial del neoliberalismo cuya intención no es otra que la de hacer que aceptemos la brutalidad de este mundo así como su deshumanización", sostiene.


La etiqueta de 'realismo globalista' parte de un juego de palabras con el 'realismo socialista' de la Unión Soviética. "En este la intención era imponer la ideología comunista a través de las imágenes de una realidad edificante", manifiesta Le Brun, que, sin embargo, en el arte actual de los Hirst y compañía lo que observa es "una ideología que impone dispositivos e instalaciones, jugando con las sensaciones fuertes a través del gigantismo de obras que actúan a la manera de los efectos especiales. Ello conlleva la suspensión del juicio crítico. Su función es convencer de que no hay manera de salir de ese mundo".


Saatchi, Thatcher y la extrema derecha


En este sentido, Le Brun, que siempre se ha distinguido por ser una crítica incómoda –en los setenta tuvo varios desencuentros con neofeministas al criticar "el jesuitismo de Marguerite Duras" y "el feminismo encorsetado y mojigato de estas militantes", como escribió en el libro Lachez tout- recuerda la historia de Charles Saatchi y Margaret Thatcher.
Saatchi, antes de convertirse en el publicista universal que después fue, era su director de campaña. Él creó el eslogan "There's no alternative" (no hay alternativa). "Y poco después se convirtió en uno de los mayores promotores y coleccionistas de arte contemporáneo. Como si ese arte contemporáneo constituyera la mejor escuela de adiestramiento, susceptible de reconfigurar nuestra sensibilidad para obligarnos a aceptar lo que hay", afirma Le Brun.


Este pensamiento entronca con la última broma de Banksy: "Constituye la mayor victoria del capital de estas últimas décadas. Porque se trata de una destrucción que, en lugar de acabar con el valor de la obra, lo multiplica de forma vergonzosa", sostiene la escritora a la que ha molestado particularmente que hubiera poca indignación ante esta extravagancia. "Es una prueba más de que la domesticación mediante un cinismo compartido se ha convertido en una de las armas más seguras del neoliberalismo para instaurar su orden, excluyendo a todos aquellos que pudieran oponerse a él", asegura.


Para ella, la peor consecuencia de este cinismo ante las obras gigantes de Kapoor o Hirst y la autodestrucción de la obra de Banksy es política. No sólo tiene que ver con el gusto ni es algo baladí sino que detrás subyace una intención. "Como en toda empresa totalitaria, se trata de acabar con la escala individual y por supuesto con todo lo que dependa intelectual y psíquicamente de ella. Es un arte contemporáneo que no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, antes al contrario", manifiesta. Le Brun analiza que es ese gigantismo de las obras y el hecho de que las admiren multitudes–todo son siempre grandes números- "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital".
La búsqueda de la belleza


Le Brun ahonda más allá y también habla en su manifiesto del engaño al que la sociedad está siendo sometida mediante cierta estetización del mundo que no es tal. Un engaño del que, para ella, es responsable la industria de la moda que lo que está provocando, más que un embellecimiento del mundo, es todo lo contrario. Es ahí, además, donde introduce la desaparición de las ideas de Sade sobre el cuerpo y el triunfo del neopuritanismo actual que acaba con cualquier singularidad. En términos más prosaicos: lo que hoy nos venden como belleza es algo uniforme y paradójicamente feo.


"El neopuritanismo participa de esa cosmetización del mundo que multiplica el afeamiento porque, de los labios botoxados a la industria del turismo, del body bouilding a la agricultura bio… todo se reduce a mercados de reparación", manifiesta. Y alerta de que "el cuerpo es la víctima principal. Pues si es remodelado, formateado, aseptizado, como ya lo fue en ciertas épocas, para simbolizar la belleza anodina y superficial de un mundo sin negatividad, se ha convertido al mismo tiempo en rehén absoluto de esa mercantilización". Esta es la clave para que las multinacionales de la moda "neutralicen cualquier signo de rebelión", añade.


¿Qué hacer entonces? ¿Cómo escapar de la servidumbre de este arte y estas formas de la moda? Le Brun se queja de la irresponsabilidad de intelectuales, artistas y agentes culturales por seguir contribuyendo a la exaltación del realismo globalista. Ante ello, conmina: "Nos queda el lujo de rechazar la fealdad de la conformidad que se nos impone. A menudo basta con un pequeño desvío, con pararnos un momento, para evitar las trampas de la percepción cautiva que quieren imponernos". En definitiva, buscar lo que no tiene precio.

30/12/2018 - 20:43h

 

Publicado enCultura
El café colombiano afronta su peor crisis en una década

La caída del precio internacional golpea a medio millón de familias cultivadoras

 La tradicional cosecha de café que salpica de rojo las verdes montañas de Colombia, y alcanza su pico de producción hacia final de año, se acerca en esta ocasión con un sabor particularmente amargo. La reciente caída por debajo de un dólar por libra del precio internacional del grano está golpeando a los cultivadores colombianos, que se quejan de la que califican como la crisis más profunda en los últimos 10 años y piden una intervención urgente del nuevo gobierno.

Para el tercer productor mundial, por detrás de Brasil y Vietnam, el café es un asunto de Estado. En muchas regiones de este país atravesado por la cordillera de Los Andes, sigue siendo el cultivo predominante. Con algo más de 900.00 hectáreas cultivadas, es uno de los principales sectores de exportación, detrás del petróleo y la minería, e incluso el Paisaje Cultural Cafetero, repartido entre los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda (centro-occidente), es considerado por la Unesco Patrimonio Mundial desde el año 2011.


La angustia de los cafeteros colombianos se hizo insoportable en la última semana. El lunes, el precio del grano en la Bolsa de Nueva York se cotizó a 97 centavos por libra, el nivel más bajo en 12 años. Los cultivadores, representados por la Federación Nacional de Cafeteros (FNC), han acusado el golpe. “Esto no es una crisis solamente de las 540.000 familias cafeteras colombianas, es una crisis mundial del café, a estos niveles de precio ninguna caficultura es rentable ni sostenible”, explica Roberto Vélez, el gerente de la FNC. “Al productor hay que pagarle al menos el costo de producción más algo de rentabilidad”, agrega.
La crisis, sostienen los caficultores, tiene un componente de oferta y demanda pero también un componente especulativo de los inversores. Por un lado, Brasil, el mayor productor mundial, ha tenido una cosecha más alta. Por otro, los fondos de inversión han venido empujando los precios a un nivel por debajo de un dólar. “No se puede seguir permitiendo que sean actores ajenos a la industria como los fondos de inversión quienes, en un desaforado afán de lucro, determinen el precio de un producto básico tan importante del cual derivan su sustento 25 millones de familias productoras en el mundo”, reclamó la FNC en un comunicado.


A diferencia de otros momentos críticos para el producto que ha identificado a Colombia ante el mundo, el nivel de producción no está amenazado. El país de Juan Valdez exportó más de 14 millones de sacos en el último año, y la cosecha de 2018 ya está encaminada a una cifra similar, entre 13,5 y 14,2 millones. Esa meta no se ve afectada, pero sí la rentabilidad.
La caída del precio


El precio internacional de referencia para los cafés suaves, detalla la FNC, lleva 22 meses cayendo desde 160 centavos de dólar por libra en noviembre de 2016 a cerca de 108 en julio de 2018. Esa baja se ha intensificado en agosto, con el correspondiente descenso del precio interno. Como consecuencia de la caída del precio interno, la federación calcula que el valor de la cosecha será inferior en 1,5 billones de pesos (unos 500 millones de dólares) al valor de 2017, cuando alcanzó los 7,5 billones de pesos (2.522 millones de dólares). El golpe, advierte, lo sentirán tanto las regiones cafeteras como el desempeño general de la cuarta economía de América Latina.


Los cafeteros demandan medidas de choque del Gobierno del presidente Iván Duque. “Tenemos un precio interno por carga que en algunos momentos y en algunas zonas del país está incluso siendo por debajo de los costos de producción”, reconoció este jueves el ministro de agricultura, Andrés Valencia Pinzón. El mandatario “es muy consciente de esta situación y quiere darle una señal a los caficultores en el sentido de que no los va a abandonar”, aseguró el ministro, sin llegar a anunciar medidas concretas ni descartar subsidios.


Por lo pronto, el llamado de auxilio de los cafeteros será atendido la próxima semana con una reunión de urgencia del Comité Nacional de Cafeteros, la primera desde que Duque asumió el poder el 7 de agosto, donde tienen asiento los recién posesionados ministros de Agricultura, Hacienda y Comercio. Los caficultores han manifestado que esperan obtener un alivio de las deudas, apoyos para continuar con un ambicioso programa de renovación de los cafetales y ayudas puntuales con los fertilizantes. La preocupación por los precios también será abordada en varios encuentros internacionales. Vélez, el gerente de la FNC, visitará Brasil en los próximos días, y en septiembre se reunirá en Londres la Organización Internacional del Café.

SANTIAGO TORRADO
Bogotá 25 AGO 2018 - 06:20 COT

Publicado enColombia