A la caza del aliado o la muerte de la “nueva masculinidad”

Hoy criticamos el concepto de “nuevas masculinidades”. Y para ello, dejadme que juegue a dos bandas: la de hater y la de comprensivo.

 

Pensar la masculinidad siempre tiene algo de incómodo, algo de apasionante y algo de arriesgado. Sobre todo, si se hace desde un cuerpo que ha integrado ese amasijo que es el género masculino. Es incómodo porque implica reconocer posiciones de ventaja y que, aunque suframos (y claro que lo hacemos), la nuestra es la posición social de dominación.

Es también apasionante porque desmontar las capas de cebolla de la masculinidad abre a lo diverso, a relajarse y a sentirse menos atado. Abre un mundo de posibilidades. Pero también es arriesgado, porque es fácil pensar que cuestionando algunos de los elementos que nos atraviesan estamos automáticamente “más allá” del machismo, somos “nuevos hombres” y nos olvidamos de que la dominación masculina no puede romperse mediante hombres que individualmente se sienten más libres y mejores persona.

Me gustaría abrir este genial espacio que se crea en El Salto reflexionando sobre uno de los ámbitos más mencionados, más ironizados y más cuestionables de la reflexión sobre la masculinidad. Para empezar con buen pie y las cosas claras. Hoy criticamos el concepto de “nuevas masculinidades”. Y para ello, dejadme que juegue a dos bandas: la de hater y la de comprensivo.

Lo “nuevo” de las nuevas masculinidades

Momento hater: decía que pensar las masculinidades es arriesgado por la facilidad que tenemos para confundir cambios individuales con cambios estructurales. Y con el tema de las nuevas masculinidades pasa algo parecido. Evidentemente, repensar privilegios y decidir meternos en el camino del compromiso y la responsabilidad es genial. Pero cuando la cosa se vuelve moda, se complica. Hablando en plata: se lleva hablando de las “nuevas” masculinidades desde hace más de treinta años. Y si de algo ha servido el tiempo es para enseñarnos algo que, cuando se habla de “nuevas” masculinidades, el adjetivo es certero, pero no adecuado. Me explico.

Es certero para referirse al hecho de que la masculinidad cambia, es mutable y ni de lejos hoy en día la masculinidad hegemónica (aquella que tiene el liderazgo cultural) es la misma que hace veinte años. Son nuevas masculinidades en el sentido de que la forma de expresarse estética, laboral o socialmente, es novedosa. Entonces, el adjetivo nuevo hace referencia simplemente a que es distinto a lo anterior, pero no implica, per sé, una mejora.

Pensar que nuevo es sinónimo de mejor implica una idea del progreso que ya ha sido desmontada muchas veces. La política no entiende de historia y así como el fascismo puede volver (y de hecho, lo está haciendo), las “nuevas” masculinidades pueden no ser mejores que las anteriores. De hecho, esa novedad podría ser la forma que tiene el orden patriarcal de incluir ciertas demandas de igualdad, pero sin trastocar en lo fundamental el reparto desigual de género. Serían nuevas en el sentido de adaptadas.

De hecho, ya en el 2014, Tristan Bridges y Cheri J. Pascoe hablaban de las masculinidades híbridas, formas de masculinidad que, por un lado cuestionan algunos elementos de la masculinidad hegemónica y, por otro, refuerzan la jerarquía de dominación de géneros. Son hombres que incluyen selectivamente elementos que anteriormente pertenecían a feminidades o a masculinidades subalternas (recursos estéticos como pintarse las uñas, preocupación emocional, interés en comunicación no violenta, sensibilidad, etc.) pero que no cuestionan el orden último de la jerarquía de género.

Gran parte de las críticas a las “nuevas masculinidades” viene por aquí, a que son más bien híbridas: dominantes pero blanditas. Los softboys. Y eso, queridos amigos, aunque lo podamos vivir como un gran cambio respecto a lo éramos antes, no termina de romper las dinámicas de desigualdad. También porque erramos en las formas y dedicamos mucho tiempo a la lucha individual.

Un proyecto individual

Este modelo de hombres “nuevos”, más atentos a las emociones, más blanditos y respetuosos, alternativos, de formas menos agresivas al expresarnos corporal y verbalmente, me chirría. No sólo por lo que decía al principio, de que es muy fácil pensarnos que así ya estamos “más allá” del machismo. Sino también porque parecemos no entender que el cambio de género no es una cuestión meramente individual.

El género es colectivo, son sistemas de relaciones sociales. Son símbolos, discursos, formas institucionales de funcionar. No sólo son formas individuales de expresar el género. Es mucho más. Perder de vista lo colectivo, lo social, del género es pensar que un cuerpo individualmente puede romper con el orden de género cuando no es así.

Ya lo decía Connell en su genial libro Masculinidades (Universidad Nacional Autónoma México, 2003): “El riesgo político de un proyecto individualizado de reforma de la masculinidad es que al final ayudará a modernizar el patriarcado en lugar de abolirlo”. Dar salidas individuales a problemas colectivos nunca fue solución. Lo digo siempre que comienzo un nuevo grupo de hombres: mi objetivo no es que en Barcelona haya seis hombres menos machistas. Y creo que la trampa del cambio moral individual es que nos mantiene en el mercado de revalorización individual.

Las masculinidades híbridas son posibles porque los discursos de género están cambiando y es posible incluir nuevos elementos. Pero aunque cambie, mantiene la misma lógica. Sigue siendo una competición donde los ganadores, los que poseemos el mayor capital de género, dominamos el partido. Ahora, la dominación ya no la realizan los hombres duros, insensibles, poco comunicativos (bueno, esa masculinidad sigue cotizando en algunos sectores, pero no en el mainstream), sino que la cúspide la ocupamos hombres emprendedores, dinámicos, sonrientes, estilizados, amables, sensibles.

La trampa del cambio individual es que sigue siendo la lógica de hombres queriendo ser mejores para cotizar individualmente en un mercado cambiante. La norma es adaptarse al mercado, pero intentando no cambiar tanto como para ser un perdedor.

¡A por el aliado!

Ahora bien, también necesitamos un momento comprensivo. Evidentemente, el cambio en los hombres es una buena noticia. Es genial que nos cuestionemos, de hecho, es vital que lo hagamos. Por ello, ¿es positiva tanta mofa contra las “nuevas masculinidades”?

No se me malinterprete. Estoy absolutamente de acuerdo con machacar a esos hombres que utilizan a su favor el feminismo y los nuevos modelos de masculinidad para hacerse un huequito de éxito o para mantener privilegios de otra clase (ligar más, resultar más atractivos, más aceptación social, etc.). Ahora bien, veo en redes una energía enorme y una cantidad desorbitada de horas dedicadas a reírse de estos hombres a través de memes y chistes. ¿Merece la pena?

Entiendo la gracia y, de verdad, algunos son muy graciosos, pero me preocupan algunas cosas de este escepticismo automático:

Primero, caemos mucho en un esencialismo del machismo. La sospecha a priori contra cualquier compromiso masculino hace que no parezca que haya salida a los comportamientos machistas y, si los hubiese, sólo esconden más comportamientos machistas. Casi un pecado original del que es imposible librarse.

Segundo, si todo es machista es fácil caer en lo que decía la genial Laura Macaya en el podcast de Clara Serra cuando hablaba de que no podemos denominar a todo violencia: perdemos la capacidad de distinguir matices, formas y modos, y confundimos estrategias y rigurosidad.

Tercero, esta lógica de ridiculización del aliado opera reafirmando al machista de siempre que se suma en la mofa contra los hombres que se alinean con el feminismo.

Y cuarto, es un debatazo el de la deseabilidad del cambio. ¿Cómo va a intentar un profesor meterle al discurso de la masculinidad no violenta a su alumno cuando esa masculinidad aliada es ridiculizada socialmente? ¿No es más útil defender que un cambio en los hombres es deseable y aunque sea todo un reto, el cambio es positivo?

Encontrarse con un escepticismo de primeras muchas veces desmotiva, quema y hace más difícil todo. Evidentemente, hay que tener tolerancia cero con los casos de lavado de cara. Las “nuevas masculinidades” como blanqueo del machismo merecen todo el rechazo.

Pero creo que debemos tener también tolerancia al fallo. Veo constantemente hombres que intentan cambiar y no saben cómo o hacia dónde. Evidentemente, en este lodazal, nos tropezaremos inevitablemente (un comentario indebido, hablar de más, actuar de menos, etc.). En estos casos hay que tener cuidado con ser intransigentes al error. Evitemos ver aquí una dicotomía moralista donde el fallo demuestra la verdadera identidad machista.

No se trata de no tener errores, sino de ver qué hacemos con esos errores. Tenemos que pensar que el cambio es complicado y que los fallos forman parte del proceso. Tenemos que ser responsables de ellos, integrarlos y hacerlo mejor la próxima vez. Ni caer en una autocomplacencia comodona (“estoy roto, esto no puede cambiarse”) ni en una autoexigencia culpabilizante (“soy lo peor”).

Esto no va de fórmulas individuales de bondad moral. Ser mejor persona individualmente está genial como proyecto ético, pero no es un proyecto político. Le decía a mi colega Guada hace poco, “¿Nuevas masculinidades? Somos más bien viejas masculinidades repensándonos”. Y seguimos tan en el barro como el resto. En vez de salir individualmente, intentemos drenar el lodazal.

Por ionel S. Delgado

@Lio_Delg

15 nov 2020 07:00

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El socialismo y la mujer hecha a sí misma


El que la heredera Ivanka Trump de un sermón para rechazar la garantía de empleo del Estado es el colmo


Si ustedes son como yo, seguramente les vendrá bien dejar de hablar al menos por un momento de Donald Trump. ¿Por qué no aprovecharlo para hablar de Ivanka Trump? Verán, recientemente dijo algo que habría sido extraordinario viniendo de cualquier republicano, pero que fue verdaderamente asombroso al proceder de la “Hija en Jefe”.
El tema objeto de debate era la propuesta, incluida en el Green New Deal [Nuevo Tratado Verde], de que el Estado ofrezca una garantía de empleo. La hija de Trump descartó la idea, afirmando que los estadounidenses “quieren trabajar por lo que reciben”, que quieren vivir en un país “en el que existe una posibilidad de ascenso social”.


Vale, esto denota una enorme falta de conciencia de uno mismo: el que una heredera cuya estrategia empresarial se basa en comerciar con el nombre de su padre te suelte un sermón sobre la importancia de depender de uno mismo es el colmo. Pero dejemos a un lado lo personal. Sabemos mucho de ascenso social en diferentes países, y los datos no son lo que los republicanos quieren oír.


La observación principal, basada en un corpus creciente de investigación, es que en lo que a ascenso social se refiere, Estados Unidos es verdaderamente excepcional, es decir, presenta unos resultados excepcionalmente malos. Los estadounidenses cuyos progenitores obtienen rentas bajas tienen más probabilidades de tener también rentas bajas y menos de ascender a la clase media o alta que sus homólogos de otros países avanzados. Y los que nacen ricos tienen, correspondientemente, más probabilidades de conservar su condición.
Ahora bien, no es así como nos gusta vernos. De hecho, existe una curiosa desconexión entre realidad y percepción: los estadounidenses tienen muchas más probabilidades que los europeos de imaginar que su sociedad está caracterizada por una elevada movilidad social, cuando la realidad es que tenemos mucha menos que ellos.


Buena parte de esto parece reflejar una desinformación sistemática. En algunos lugares, los miembros hereditarios de la élite se jactan de su linaje, pero en EE UU pretenden haber salido adelante por su cuenta. Por ejemplo, muchos estadounidenses creen, al parecer, que Donald Trump es un hombre hecho a sí mismo.


En cualquier caso, la movilidad social excepcionalmente baja de EE UU es distinta de su desigualdad de renta excepcionalmente elevada, aunque seguramente estén relacionadas. En los países avanzados existe una fuerte correlación negativa entre desigualdad y movilidad a la que en ocasiones se hace referencia como la “curva del Gran Gatsby”. Tiene sentido. Después de todo, las enormes disparidades de renta de los progenitores tienden a traducirse en grandes disparidades en las oportunidades de los hijos.


Y por cierto, la gente parece entender este argumento. Muchos estadounidenses no son conscientes de lo desigual que es realmente nuestra sociedad; cuando se les proporcionan datos sobre la desigualdad de la renta, se vuelve más probable que piensen que proceder de una familia acaudalada influye mucho en el éxito personal.


Pero volviendo al “potencial de movilidad ascendente”: ¿dónde tienen más posibilidades de salir adelante las personas de procedencia pobre o modesta? La respuesta es que Escandinavia lidera la lista, aunque a Canadá también le va bien. La cuestión es que los países nórdicos no solo tienen baja desigualdad, sino que también administraciones públicas mucho más grandes, y colchones de seguridad social mucho más amplios que nosotros. En otras palabras, tienen lo que los republicanos tachan de “socialista” (no lo es, pero da igual).
Y la asociación entre “socialismo” y movilidad social no es accidental. Por el contrario, es exactamente lo que cabría esperar. Para entenderlo, situémoslo en un contextoestadounidense, y preguntémonos qué le ocurriría a la movilidad social si la derecha republicana o los demócratas progresistas consiguieran llevar plenamente a la práctica sus programas políticos.


Si los tipos del Tea Party se salieran con la suya, veríamos recortes drásticos de la asistencia sanitaria a personas sin recursos (Medicaid), de los cupones para alimentos y de otros programas que ayudan a los estadounidenses de pocos ingresos, lo que en muchos casos dejaría a los niños de familias de rentas bajas con una sanidad y una nutrición inadecuadas. También veríamos recortes en la financiación de la educación pública. Y en el otro extremo de la escala, veríamos rebajas tributarias que aumentarían las rentas de los ricos, y la eliminación del impuesto de sucesiones, lo que les permitiría legar todo ese dinero a sus herederos.


En cambio, los demócratas progresistas piden una atención sanitaria universal, un aumento de las ayudas a los pobres y programas que ofrezcan matrículas universitarias gratuitas o al menos subvencionadas. Piden ayudas para que los progenitores con rentas medias y bajas puedan acceder a guarderías de calidad para sus hijos. Y proponen pagar estas prestaciones aumentando los impuestos a las rentas altas y a las grandes fortunas. De modo que, ¿cuál de estos programas tendería a afianzar nuestro sistema de clases, haciendo que a los hijos de los ricos les resulte fácil seguir siendo ricos y a los hijos de los pobres les resulte difícil salir de la pobreza? ¿Cuál nos acercaría más al sueño americano y crearía una sociedad en la que los jóvenes ambiciosos dispuestos a trabajar duro tendrían la oportunidad de superar sus orígenes?


Miren, Ivanka Trump seguramente tiene razón cuando afirma que la mayoría queremos un país donde haya posibilidades de ascender socialmente. Pero lo que necesitamos para asegurarnos de que somos ese tipo de país –las políticas asociadas con niveles elevados de ascenso social en todo el mundo– es exactamente lo que los republicanos tachan de socialismo.


Por Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019.

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Miércoles, 17 Octubre 2018 06:40

Bolsonaro es una creación de la clase media

Bolsonaro es una creación de la clase media

El 17 de marzo de 2016 la pediatra María Dolores Bressan envió un mensaje a la mamá de Francisco, un niño de un año, diciéndole que renunciaba "con carácter irrevocable" como pediatra de su hijo porque ella y su esposo "forman parte del Partido de los Trabajadores (él, del PSOL)".


Su comportamiento fue avalado por el Sindicato Médico de Rio Grande do Sul, cuyo presidente dijo que esa actitud le hizo ganar su "admiración" y que ella debe estar orgullosa por la decisión tomada


Ese año en la ciudad de Brasilia escuché, en diferentes espacios, un relato que me dejó perplejo. Una madre salía del cine abrazada a su hija, en un shopping lujoso de clase alta. Fueron golpeadas porque las confundieron con lesbianas.


En el mismo período, el comandante de un vuelo de Avianca que salía de Salvador, llamó a la Policía para expulsar al actor Érico Brás por considerarlo una "amenaza" para los demás pasajeros. Brás es un conocido actor de la Red Globo, pero es negro y mantuvo una discusión por el lugar donde debía colocar las maletas su esposa, también negra, porque no había espacio suficiente. El actor dijo que fue "tratado como un terrorista". Ocho pasajeros salieron del avión en solidaridad en un acto que fue calificado como racista, por el tono y los modales de la tripulación.


La exposición Queermuseu — Cartografías de la Diferencia en el Arte Brasileño, que llevaba un mes en cartel, en setiembre de 2017, en el centro Santander Cultural en Porto Alegre, fue cancelada por el banco que la auspiciaba por el vendaval de reproches que recibió en las redes sociales. Los críticos acusaban a la muestra artística de "blasfemia" y de "apología de la zoofilia y la pedofilia".


Se trataba de 270 obras de 85 artistas que defienden la diversidad sexual. Las críticas provinieron del Movimiento Brasil Libre (MBL). En un comunicado, el Santander llamó a reflexionar "sobre los retos a los que nos debemos enfrentar en relación con las cuestiones de género, diversidad y violencia". Pero la amenaza de boicot pudo más que cualquier razonamiento.


Todos estos hechos, a los que podrían sumarse una enorme cantidad de otros muy similares, sucedieron mucho antes de la campaña electoral, cuando Jair Bolsonaro era un personaje poco conocido por los brasileños. Mi propuesta es entender que la sociedad fue virando hacia la derecha, lentamente primero, de modo exponencial desde las manifestaciones de junio de 2013 que comenzaron como una protesta contra el aumento del transporte urbano, organizadas por grupos juveniles de izquierda.


La derecha militante, formada por pequeños grupos de clase media, sobre todo estudiantiles, comprendió que había llegado su oportunidad para salir de la marginalidad política y se volcó a la calle ante la pasividad de la izquierda gubernamental, en particular del PT y los sindicatos.


Hasta ese momento los grupos de derecha eran minoritarios, pero ya no marginales.


Antes de junio de 2013, una nueva derecha había ganado los centros de estudiantes de universidades estatales como Minas Gerais, Rio Grande do Sul y Brasilia, espacios donde antes dominaba la izquierda. En 2011, la derecha ultra convocó a marchas contra la corrupción en 25 ciudades, siendo la de Brasilia la más numerosa con 20.000 personas con el apoyo de la Orden a Abogados de Brasil (OAB). Recién en 2014 nacen los grupos que convocaron a millones por la destitución de Dilma Rousseff: Movimento Brasil Livre, Vem Pra Rua y Revoltados On Line.


Luego del triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones, las agresiones de sus partidarios estallaron en todo el país, pero principalmente en el sur y en el estado de Sao Paulo. El caso más grave fue el asesinato del maestro de 'capoeira' de 63 años, en Salvador, que recibió doce puñaladas de un partidario de Bolsonaro por identificarse con su adversario.


En apenas una semana se registraron hasta 50 agresiones contra gays y lesbianas, contra negros y mulatos y contra personas que llevaban pegatinas de la izquierda.


Las agresiones y la intolerancia provienen de las clases medias angustiadas ante la posibilidad de perder sus privilegios de color, de clase y de género. Los agresores suelen ser varones blancos, que viven en barrios 'nobles', como se llama en Brasil a los barrios de clase media para distinguirlos de las favelas y los barrios plebeyos.


En una sociedad fuertemente estratificada, con una potente herencia colonial, las nuevas clases medias necesitan diferenciarse de los pobres y se identifican con los más ricos. Porque saben que su repentino y reciente ascenso es frágil y temen deslizarse, en medio de la crisis, cuesta abajo hacia los estratos de los que provienen.


Por eso se aferran a algo, como el náufrago se aferra a una madera que ahora lleva el nombre de 'orden' y 'seguridad', en una sociedad violenta que es la más desigual del mundo.
Esta nueva derecha no puede combatirse con argumentos ideológicos, ni aplicándole adjetivos como "fascista" que solo entiende una minoría militante formada en universidades. La clave está en la disputa viva de la vida cotidiana. Eso es lo que vienen haciendo en las últimas décadas las iglesias evangélicas y pentecostales, con un éxito sorprendente.


Defienden un patriarcado fundamentalista, con la intención de retrotraer las relaciones sociales al siglo XIX. Han levantado miles de templos, sobre todo en los barrios pobres y favelas, desde donde proclaman sus verdades y han jugado un papel destacado en el crecimiento de la nueva derecha.


Los pentecostales atacan la cultura negra para disciplinar a los más pobres, que encuentran en las religiones de origen africano formas de relacionarse sin mediaciones, horizontales y con cierta autonomía en espacios propios, como los 'terreiros'. En apenas cinco años, las denuncias por "intolerancia religiosa" crecieron 4.960%, de 15 en 2011 a 759 en 2016.


Atacan también a gays y lesbianas y a quienes defienden el aborto. Con una masa de 42,3 millones de personas —22% de la población—, los evangélicos son determinantes en las elecciones brasileñas. Tienen mucha más responsabilidad en el viraje derechista de los brasileños que el propio Bolsonaro, quien, sin embargo, se ha beneficiado de esa inflexión reaccionaria.

 

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Trump ordena reducir los impuestos a los más ricos y a las empresas

La Casa Blanca presenta la “mayor reforma fiscal de la historia”. La medida recorta el tipo máximo de 39% al 35%, simplifica en tres tramos la declaración y fomenta la repatriación de capital


La Casa Blanca se puso este miércoles a batir tambores. Con el tono de las grandes ocasiones, la Administración de Donald Trump presentó lo que denominó “la mayor reforma fiscal de la historia”. Una promesa electoral destinada a desatar la euforia de sus votantes y restañar las heridas sufridas por el presidente en sus casi 100 días de mandato. La iniciativa tiene como punto nuclear la reducción del 35% al 15% del impuesto a las empresas (incluidas las de Trump) y se acompaña de una batería de propuestas que vuelven del revés el actual modelo fiscal.


Llegaron, hablaron y desataron el caos. El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, y el director del Consejo Económico, el exbanquero Gary Cohn, desplegaron sobre la mesa en apenas 20 minutos un inmenso abanico de medidas, sabedores de que cada una tiene su propio e infinito debate. Fue un golpe de efecto en el que junto a la promesa de una “simplificación masiva” de las declaraciones de impuestos, la Administración de Trump hizo desaparecer el impuesto de Sucesiones, redujo los tramos fiscales del IRPF de siete a tres (10%, 25% y 35%) y rebajó la carga de los más ricos del 39% al 35%.


El plan también abre la puerta a un trato benévolo para las repatriaciones de capital de las empresas y a la desaparición de casi todas las deducciones del impuesto sobre la Renta, salvo la desgravación por hipotecas y las donaciones a ONG. En esta marejada se incluye la aplicación de un tipo cero para parejas que ganen menos de 24.000 dólares al año y la recuperación de un tipo del 20% sobre los dividendos, que dejarán de sumarse así a los ingresos de los inversores, lo que elevaba su factura fiscal.


La avalancha, a la que Trump quiere dar prioridad política, llegó sin propuesta de ley ni un plan detallado de su impacto sobre la economía y los ingresos. Más bien se trató de una colección de directrices encaminadas a estimular los sueños de prosperidad, cuya ambigüedad evita los puntos que desatarán la batalla en las Cámaras y centra el mensaje en aquello que el presidente quiere destacar: él cumple sus promesas.


La medida clave es la rebaja del tipo del impuesto de Sociedades del 35% al 15%. El recorte implica, según la Tax Foundation, que el Estado federal deje de recaudar dos billones de dólares en 10 años. Esta merma supone uno de los grandes obstáculos del plan. Los republicanos se niegan aprobar cualquier medida que haga subir el déficit, situado en 2016 en el 3,2% del PIB (587.000 millones de dólares), y si no se compensan esos ingresos será muy difícil que dejen pasar la propuesta tal y como ha sido presentada.


Objetivo: el crecimiento


El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, intentó calmar los ánimos acudiendo a la vieja curva de Laffer, aquella teoría que establece que una rebaja impositiva fuerte genera suficiente crecimiento económico, lo que a medio plazo compensa su efecto sobre las arcas públicas. Desde su enunciado en 1974 esa teoría ha sido el gran asidero del liberalismo americano. Pero su efectividad ha sido puesta en duda tantas veces como ha sido empleada, sobre todo, en grandes magnitudes. Así, ciertos estudios establecen que un recorte como el actual requiere un crecimiento sostenido del PIB del 5% para compensar la merma de ingresos, un porcentaje muy superior al previsto el miércoles por el propio Mnuchin (3%).


Pero si hay dudas en el terreno económico, estas apenas se perciben en el electoral. La rebaja al 15% es una de las grandes promesas de Trump y su campo de aceptación va más allá de sus votantes. Ahora mismo, las empresas en Estados Unidos, con los impuestos locales y estatales, soportan una carga cercana al 40%. Con el recorte, quedarían por detrás de Francia o Japón, y millones de empresas verían aumentar de golpe su rentabilidad. Su aceptación, más allá de los colores partidistas, es tan evidente que uno de sus principales problemas, como han destacado los expertos, es que se intente utilizar también para derivar por esa vía las declaraciones de ingresos personales, mucho más onerosas.


La otra cara es más ideológica. Con este hachazo fiscal, Trump se muestra como un presidente dispuesto a mimar a la iniciativa privada, pero distante de los problemas sociales. En su fracasado afán por derribar la reforma sanitaria de Obama no le importó presentar un plan que, por un ahorro de un 150.000 millones de dólares, dejaba el año próximo sin seguro médico a 14 millones de personas. Ahora, está dispuesto a someter el presupuesto de Estados Unidos a una tensión histórica que es muy difícil que no devenga en recortes en programas sociales. Otro golpe a los más débiles.


EE.UU. revisará grandes monumentos


Tierras en la mira

Por, Página12

El presidente Donald Trump ordenó ayer una revisión de tierras federales protegidas en grandes monumentos nacionales. El gobierno norteamericano revisará monumentos mayores a 40 mil hectáreas que fueron declarados por los antecesores del presidente desde 1996, dijo el secretario del Interior Ryan Zinke. Trump se refirió a estas designaciones como una “masiva apropiación de tierras federales” que le arrebataron el control a los habitantes del lugar. “Administraciones previas utilizaron una ley de 100 años para poner unilateralmente millones de acres de tierra y agua bajo estricto control federal, eliminando la capacidad de la gente que actualmente vive en esos estados de decir cómo usar esas tierras”, argumentó Trump al firmar la orden.


Según Zinke, la orden ejecutiva pide revisar alrededor de 30 monumentos nacionales y generar recomendaciones acerca de si las designaciones deben ser eliminadas o redimensionadas. “Se procurará buscar la retroalimentación de las delegaciones del Congreso, gobernadores e interesados locales antes de hacer sus recomendaciones”, aclaró Zinke. “Rescindir o alterar una designación de monumento nacional sería un nuevo terreno para el gobierno. No está probado, como usted sabe, si el presidente puede hacer eso. Por eso, no voy a predisponer cuál va a ser el resultado”, dijo Zinke en conferencia de prensa.


La Ley de Antigüedades de 1906, firmada por Theodore Roosevelt, autoriza al presidente a declarar tierras federales como monumentos y restringir el uso de las tierras. Sin embargo, ésta no le da al presidente un poder explícito para deshacer una designación. Ningún presidente hizo algo así previamente. Desde su creación, casi todos los mandatarios recurrieron a esta ley, a excepción de los republicanos Richard Nixon, Ronald Reagan y George H. W. Bush.


La evaluación del área de los parques para su uso comercial forma parte de un impulso más amplio para reabrir las zonas de perforación, minería y otros desarrollos energéticos, algo que ya había prometido desde su campaña y que fue consistente en todas sus decisiones ambientales. Sin embargo, el gobierno justifica que la finalidad es dar a los estados más participación en el proceso de designación de monumentos.


Trump dijo en múltiples ocasiones que las protecciones ambientales introducidas por el ex presidente Barack Obama estaban debilitando el crecimiento económico de las comunidades y empresas porque eran desproporcionadas. Algunos de los monumentos en revisión incluyen desde la Gran Escalera en Utah creada por el presidente Bill Clinton en 1996 hasta los monumentos de Bears Ears creados por Obama en diciembre del 2016 en ese mismo estado, un área de varios millones de acres ricos en minerales y gas natural. El gobierno de Obama creó el monumento Bears Ears argumentando que protegería los paisajes escénicos e históricos de la zona así como el legado cultural de los Navajo y otras cuatro tribus. Según dijo la Casa Blanca en ese momento, en esta zona hay sitios ceremoniales, viviendas primitivas construidas en los acantilados, arte rupestre y diversidad de artefactos antiguos. Allí se están protegiendo unos 100 mil sitios arqueológicos.

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Hombres blancos enfadados: el sociólogo que estudió a los votantes de Trump antes de Trump

Durante la presidencia de Obama, algunos comentaristas no dudaron en proclamar que los hombres blancos habían dejado de ser un grupo demográfico políticamente relevante. Y entonces llegó Trump, encumbrado por una multitud de hombres blancos enfadados.


El sociólogo Michael Kimmel es uno de los principales expertos mundiales en este fenómeno. Es el director del Centro para el estudio de los hombres y las masculinidades de la Universidad de Stony Brook, y lidera una línea de investigación emergente de estudios en torno a la masculinidad.


Entre sus investigaciones más recientes destaca un estudio sobre asesinos itinerantes o relámpago (que son en su gran mayoría hombres blancos) y la relación entre la masculinidad y el extremismo político. Acaba de terminar un libro que investiga por qué los hombres se unen a grupos que incitan al odio y cómo salen de ellos.


Su libro Angry White Men: American Masculinity at the End of an Era (Hombres blancos enfadados. La masculinidad de Estados Unidos en el fin de una era) volverá a ser publicado en abril. ¿Es cierto?


Sí. Dado que lo ha leído, se habrá percatado de que Trump no aparece ni una sola vez. Mi editor pensó que sería una buena idea volver a publicarlo con una introducción en la que hable de él. Escribí un libro sobre sus votantes, solo que todavía no tenían un líder.


¿Cuándo se va a publicar?


En 2018. Gira en torno a entrevistas que hice a cuatro grupos de distintos países. Uno de los grupos es una organización en Suecia que ayuda a jóvenes neonazis y cabezas rapadas a salir de estos movimientos. Otro de los grupos es Exit (salida), en Alemania, que hace lo mismo con neonazis y supremacistas blancos alemanes. El tercer grupo es Life after Hate (vida después del odio) un grupo de Estados Unidos creado por exintegrantes de movimientos de extrema derecha. Y el cuarto grupo se llama Quilliam, una fundación con sede en Londres que ayuda a exyihadistas que quieren alejarse de ese movimiento.


Es un libro sobre la masculinidad y explica cómo estos hombres entran en estos movimientos y también cómo consiguen salir de ellos. La masculinidad es un factor clave. Hablamos de hombres que se sienten insignificantes y tienen la sensación de haber sido marginados. El hecho de integrarse en un movimiento reafirma su masculinidad.


Evidentemente, existen diferencias entre los grupos. Los neonazis que participan en el programa de la organización sueca suelen tener unos 16 o 17 años. En cambio, los alemanes son mucho mayores y han tenido una trayectoria muy diferente. Se radicalizan en la cárcel. Eran ladrones y delincuentes de poca monta y se radicalizaron cuando conocieron a otros presos. También he investigado el importante papel que desempeña la música. El rap neonazi es muy popular en Suecia, Alemania y Estados Unidos, así como la música hardcore que incita al odio.


Los legisladores y los investigadores no suelen tener en cuenta el factor de la masculinidad cuando intentan comprender los motivos que llevan a estos hombres a alistarse a estos movimientos. En mi opinión, si ignoran la masculinidad no serán capaces de ayudarlos a salir de estos movimientos.


En 2009, Daryl Johnson, analista de los servicios de inteligencia, publicó un informe que alertaba del auge de los movimientos de extrema derecha. El informe dio paso a una batalla política campal. Los republicanos se enfurecieron porque consideraron que el informe era alarmista, tenía motivaciones políticas y comparaba a grupos conservadores y libertarios no violentos con grupos terroristas.


Lo que más indignó a los detractores conservadores de este informe fue que Johnson afirmó que los veteranos de guerra que habían luchado en Irak y en Afganistán se convertirían en los principales objetivos de la extrema derecha, que los intentaría captar. ¿Alguna de sus investigaciones han ido en esta dirección?


En mi opinión, es uno de esos problemas de lógica que podríamos llamar “falacia de composición”. Que los movimientos de supremacistas blancos recluten a muchos veteranos de guerra no significa que todos los veteranos de guerra vayan a ser reclutados.


Lo que sí está confirmado es que, como consecuencia de las operaciones militares en Irak y en Afganistán, los veteranos regresaron con trastorno de estrés postraumático. Cada vez que se subían en un coche podía ser el último día de sus vidas; este es el tipo de terror que sintieron. Es una experiencia que te sacude. A esto se le une un sentimiento racista hacia el enemigo, ya que una de las formas que tienes de autoconvencerte de que es legítimo matar a tu enemigo es odiarlo. Piensa en lo que decíamos de los vietnamitas o lo que la generación de mi padre opinaba sobre los japoneses. Es una combinación que explica por qué algunas personas son más propensas a sentir afinidad con la ideología de extrema derecha.


También es cierto que cada vez hay más hombres que se alistan en el Ejército porque quieren luchar. Timothy McVeigh ingresó en el Ejército de Estados Unidos durante la primera guerra del Golfo y cuando regresó quería unirse a las fuerzas especiales. Le dijeron que no estaba preparado psicológicamente. Se indignó y fue entonces cuando empezó a interesarse por los movimientos extremistas.


Así que nunca me atrevería a afirmar que los veteranos son más susceptibles de sentirse atraídos por la ideología de extrema derecha, pero sí puedo decir que la experiencia que han vivido en el campo de batalla ha afectado profundamente a un gran número de ellos.


No les hacemos ningún favor si ignoramos esta realidad y tampoco hacemos ningún favor a los ciudadanos de Estados Unidos si les decimos que tienen más probabilidades de ser atacados por alguien de otro país que por un compatriota. Lo cierto es que seremos atacados antes por alguien como Wade Michael Page [autor de un tiroteo en un templo sij en Wisconsin] que por un yihadista.


Una de las principales afirmaciones que hace en su libro es que la noción de masculinidad que empuja a los hombres a unirse a grupos de extrema derecha o a disparar contra una multitud está profundamente enraizada en un sentimiento de humillación.


En The Looming Tower (La torre elevada), Lawrence Wright habla de cómo un sentimiento de humillación parecido impregnó en el mundo árabe la línea de pensamiento que más tarde dio lugar a Al Qaeda (y al Estado Islámico). Así que me pregunto si en vez de hablar de “hombres blancos enfadados” deberíamos hablar simplemente de “hombres enfadados”.


Uno de los analistas de la violencia más clarividentes que he leído, James Gilligan, escribió el libro Violence (Violencia). En su libro afirma que los sentimientos de vergüenza y de humillación son los cimientos de todas las acciones violentas: “Me siento insignificante y haré que tú te sientas más insignificante que yo”. En mis entrevistas con extremistas, tanto los que aún lo son como los que dejaron de serlo, he constatado en repetidas ocasiones que se habían sentido avergonzados y humillados.


En su famoso discurso, Osama bin Laden habla de cómo Occidente ha humillado al mundo árabe, de cómo los musulmanes tradicionales se han sentido humillados por una sociedad ultramoderna y el proceso cosmopolita de McDonalización del mundo. Quieren recuperar el califato que tuvieron en el siglo VII porque es la forma de recuperar la masculinidad tradicional.


A este sentimiento lo llamo “agravio por el hecho de creerse con el derecho”. Creerte con un derecho y no conseguir lo que querías te produce un sentimiento de humillación. Al menos este es el caso de los hombres alemanes, suecos y estadounidenses que entrevisté.


En muchas ocasiones no tiene nada que ver con la política. Muchos de ellos, y en especial los estadounidenses, sufrieron abusos sexuales y agresiones de niños. Algunos tienen un perfil parecido al de las víctimas de curas pederastas católicos. Durante su infancia y juventud se sintieron profundamente avergonzados. No les iba bien en la escuela, no tenían amigos, sentían una profunda tristeza e infelicidad y optaron por aislarse. Esto los hizo muy vulnerables y la extrema derecha consiguió captarlos sin problema.


El ambiente de camaradería que se respira en estos movimientos reafirma su masculinidad y, todavía más importante que esto, les da una misión sagrada. Para estos jóvenes, tener una misión es un elemento muy potente.


Los hombres blancos enfadados hablan extensamente de la “homoesfera” de internet y del auge del movimiento de los derechos del hombre. Los defensores de los derechos del hombre alegan que las políticas públicas penalizan a los hombres, por ejemplo, en lo referente a los convenios de divorcio y pensiones alimenticias, o por el hecho de que existen ayudas públicas para la madre soltera pero no para los padres solteros. ¿Cree que durante la presidencia de Trump podrían reformarse estas leyes y cambiar algunas de las políticas públicas mencionadas?


Un grupo que tiene un argumento válido es el colectivo de padres divorciados. Algunos de los grupos que defienden los derechos de los padres echan la culpa a las mujeres y al feminismo. No siento ninguna simpatía por ellos. Sí creo que los juzgados no han sabido adaptarse a los cambios de la sociedad. Los padres han cambiado. Ahora muchos padres se involucran en el cuidado y educación de los hijos. Sin embargo, tenemos leyes que fueron aprobadas durante los tiempos de Don Draper [protagonista de la serie de televisión Mad Men, ambientada en los años cincuenta], cuando los hombres eran figuras ausentes en el hogar. Y muchos de los hombres que se divorcian no consiguen unas condiciones justas.


Por otro lado, es importante atender a la realidad de los hechos: un estudio realizado en California constató que el 80% de las parejas divorciadas obtuvieron el convenio de custodia que ambos querían. Así que solo estamos hablando del 20% de los casos y de este 20%, solo una parte se encuentra en la situación descrita por los defensores de los derechos de los hombres: “Él quiere custodia compartida y ella quiere custodia exclusiva”. En la mayoría de los casos la mujer no quiere custodia compartida porque quiere mudarse a otro Estado porque allí le espera un trabajo o su actual pareja. Esta es la realidad que debemos tener en cuenta. En estos casos, los hombres tienen un derecho legítimo, no lo pongo en duda, pero esto no quiere decir que todo el sistema judicial esté en contra de los hombres.


¿Qué piensa del caso de Milo Yiannopoulos? Es gay, ha tenido relaciones con hombres negros. ¿Alguien con su perfil complica su discurso en torno a la masculinidad y a la derecha más conservadora?


¿Se acuerda de Phyllis Schlafly, una activista que hizo carrera aconsejando a las mujeres que no hicieran carrera? Milo Yiannopoulos es un provocador. Quiere suscitar una reacción para poderse hacer la víctima: “Dios mío, no me dejan hablar, todos estos estudiantes universitarios no paran de lamentarse”. Al mismo tiempo, él no para de lamentarse. Se parece mucho a Trump: “Todo el mundo me odia, soy la víctima de medios de comunicación nocivos, obtuve más votos que ella”.


Yiannopoulos es gay pero también es un tipo blanco de clase alta. No pertenece precisamente a un colectivo desfavorecido. Quiere que lo censuren para poder decir que la izquierda censura tanto como la derecha. Sin embargo, en Estados Unidos esto no es así. A lo largo de la historia del país se ha censurado la libertad de expresión y siempre ha sido la derecha la que lo ha hecho. La noción de que la izquierda también está enfadada y censura... no tiene en cuenta un pequeño detalle técnico: la izquierda no tiene el poder y, por tanto, no puede censurar.


¿Qué piensa del viejo debate en torno a que los hombres son violentos por naturaleza? ¿La violencia es social, un producto de nuestra cultura, o también juegan factores biológicos? ¿Es biología, cultura o una mezcla de ambos?


Creo que es un debate falso. La naturaleza y la educación están íntimamente relacionadas. Sabemos que la hormona de la testosterona nos hace ser agresivos y también nos hace reaccionar ante la agresividad. Es una hormona muy maleable. Creo que no se pueden entender las condiciones naturales biológicas de la violencia sin ponerlas en relación con las condiciones sociales y viceversa.


Le pondré dos ejemplos. Un hombre se enfada y agrede a alguien más débil o a su mujer. Sin embargo, se enfada y no agrede a su jefe. En muchas ocasiones, los jefes tienen una mayor capacidad de sacarnos de nuestras casillas que nuestras esposas. ¿Verdad? ¿Por qué no los atacamos? Para atacar a alguien, primero tienes que creer que estás autorizado a hacerlo. Tienes que creer que es un blanco de ataque legítimo.


El segundo ejemplo sería el famoso experimento de un primatólogo de la Universidad de Stanford. Analiza los niveles de testosterona de cinco monos. Los pone en una jaula. Los monos no tardan en establecer una jerarquía de violencia. El número uno golpea al número dos, el número dos golpea al número tres, el número tres golpea al número cuatro y el número cuatro golpea al número cinco. Obviamente, el número uno tiene el nivel de testosterona más alto y así sucesivamente.


Y este es el experimento: el científico saca de la jaula al mono número tres y le inyecta una alta dosis de testosterona y lo vuelve a meter dentro de la jaula. ¿Qué crees que hace? Cuando se lo pregunto a mis estudiantes siempre piensan que el mono pasa a ser el número uno. No es así. Cuando regresa a la jaula, evita a los monos número uno y dos pero golpea sin parar a los monos cuatro y cinco.


Así que cualquier investigador experto en biología llegaría a la conclusión de que la testosterona no provoca la agresión pero la hace posible. El blanco de ataque ya debe ser visto como legítimo. Tienes un factor biológico y otro sociológico. Así que la respuesta a su pregunta es que ambos factores son importantes y nunca es posible el uno sin el otro.


Traducido por Emma Reverter

Publicado enSociedad
Poder, institucionalidad, anarquía y corrupción

Los resultados socioeconómicos del ejercicio del poder, a nivel municipal, departamental y nacional, son progresivamente más desastrosos. No hay voluntad política ni responsabilidad socia, de los gobernantes, para ejercer la función pública con el objetivo de beneficiar a todos los ciudadanos y visión futurista.

De acuerdo con el contenido del discurso de la primera posesión, del Presidente Santos, en su gobierno, toda la problemática socioeconómica y de seguridad, que agobiaba la precaria condición humana de las mayorías nacionales, sería resuelta.

El discurso de su segunda posesión fue similar. Pero en seis años y medio de su ejercicio presidencial, crecieron; el endeudamiento público, el déficit fiscal y de cuenta corriente, la pobreza y la miseria, el desempleo y la informalidad reales (no obstante las estadísticas del DANE). Se catapultaron; la inseguridad ciudadana, la delincuencia común, la criminalidad de cuello blanco. La impunidad y la corrupción se generalizaron y el poder no se atreve a controlarlas.

En los discursos de posesión, evitó ocuparse de los flagelos sociales de la corrupción y la impunidad, ya endémicos, y mucho menos, quiso comprometerse a derrotarlo.

La corrupción y la anarquía institucional se catapultaron, en los últimos catorce años y medio (Uribe, Santos). Vivimos bajo el imperio de la politiquería, el clientelismo y la venalidad y por esto, el desgobierno es galopante, en lo municipal, departamental y nacional. La corrupción y la impunidad se tornaron incontenibles y en grave amenaza socioeconómica.

La superación y erradicación del dramático panorama político-administrativo-económico, exige profundas, radicales e integrales reformas institucionales y de toda la normatividad legal vigente, incluidas drásticas normas legales y procedimentales, para contener y erradicar la corrupción. Sin estas decisiones, el declive ético y moral del poder en Colombia y la frustración del desarrollo socioeconómico, alcanzará niveles de caos y anarquía totales.

Transparencia por Colombia y la U. Externado, en consulta en 2014, a empresarios-contratistas, encontraron que el 62% tenían que pagar sobornos, para acceder a los contratos. Similares encuestas anteriores, fueron: de 54% en .008 y 56% en 2010. Sigue subiendo.

Otras investigaciones recientes señalan, que el 94% de los empresarios-contratistas, tienen que pagar sobornos para acceder a los contratos y que la corrupción en Colombia, se roba más de $30 billones anuales. Superior a dos reformas tributarias como la que acaba de negociar con el congreso e imponer dictatorialmente a los colombianos, el gobierno de Santos y sus secuaces.

Pero si se analiza y contabiliza todo el robo, ejecutado a través de la contratación pública, año por año, la cifra es descomunal y lleva a concluir que si los gobiernos, respondieran por sus obligaciones constitucionales, sociales y políticas, Colombia no estaría en la encrucijada económico-fiscal de insolvencia, que amenaza su presente y futuro, ni requeriría creación de más impuestos. Solo deben racionalizarse con sentido progresivo.

El cinismo del poder, ante la corrupción, la inmoralidad, laxitud y perversidad institucional, hace posible y estimula la anarquía y el caos administrativo generalizado que padece Colombia.
Hay casos más aberrantes que otros, aunque todos son graves.

Las investigaciones sobre la Refinería de Cartagena-REFICAR-, apuntan a que el desfase, entre costo real y el total pagado, pude superar los $13 billones. Paro hay inminente riesgo de maquillaje de cifras y validación de justificaciones y que finalmente nadie responda. Fichas poderosas de la burocracia, la politiquería y el clientelismo, son responsables de lo ocurrido.

El obtuso y pérfido Ministro de Hacienda (tiene antecedentes en anteriores cargos públicos), corresponsable del asalto, dice que el responsable es el subcontratista, la Chicago Bridge and Iron (CB&I). Y el presidente J. M. Santos aseguró que * el “pecado” con Reficar “fue iniciar ese proyecto sin haberlo planeado bien”. Sin estudios y diseños. Y añade; “Se pensaba que iba a costar US$ 3.000 o US$ 4.000 millones, y resultó costando US$ 8.000 millones. Pero (ojo con el pero), *no es que ese dinero se lo hayan robado (que cinismo), porque hoy está la refinería funcionando muy bien (mentiras) y le está aportando al país”, precisó. (El Tiempo 03-05-2.016). Hoy está probado que no satisfizo metas volumétricas, ni expectativas tecnológicas.

Otro tanto puede pasar con el tamal nauseabundo de las vías de cuarta generación -4G- contratadas sin estudios y diseños. Con costos asumidos por ignorantes en la materia o interesados incondicionales en el negocio. Firman contratos para que luego puedan cobrar como en REFICAR y demanden, como en el Tramo 2, de la Ruta del Sol (demanda por $700.000 millones- Odebrecht-Solarte-Sarmiento Angulo), inversiones regionales y locales, etc.

Hay anarquía total en el poder público. Se impuso el criterio de los delincuentes de cuello blanco y de politiqueros: no importa que roben, pero que hagan algo.

Los órganos de control y el gobierno, conocen las causas y la solución de la endemia ética y moral. Saben que la contratación pública, es el ponqué de los corruptos, funcionarios y particulares. Saben que hay funcionarios y contratistas corruptos y corruptores. Pero las investigaciones que adelantan, generalmente son cosméticas, formalismos que se agotan en los anuncios de pantalla. Los resultados son cada vez más precarios. Son resultados que corresponden al hecho de que los órganos de control, investigación y decisión, son fortines de la politiquería y el clientelismo, manejados al antojo del populismo corrupto en el poder.

El poder, lo deben ejercer los mejores y no los más incapaces y mediocres.

Es deber moral del elector, resolver quien gobierne con rectitud, responsabilidad e imaginación, en beneficio de todos los ciudadanos. Debe ser la meta de las próximas elecciones presidenciales.

MARCOS SILVA MARTINEZ
Ing. Civil

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